La Divina Voluntad
Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008
ALGUNAS APRECIACIONES SOBRE ESTA ESPIRITUALIDAD
Son muchas las personas que han conocido de una u otra manera la doctrina de la Divina Voluntad o la vida de Luisa Picarreta.
Muy bien vistas por unos y reprobadas por otros, ambas —obra y vida— están siendo estudiadas por la Iglesia Católica, que nos dará su veredicto, una vez concluyan todas las pesquisas, tal y como lo ha hecho siempre, con la profundidad y seriedad que la han caracterizado, para salvaguardar el depósito de la Fe y el bienestar de sus hijos, los bautizados.
Mientras tanto, todos quedamos esperando ese dictamen, para someternos obedientemente a sus cuidados maternales.
Pero como se populariza cada vez más esta doctrina, es necesario dar pautas prudentes al respecto. Después de leer muy detenidamente el documento: Biografía de Luisa Picarreta hecha en USA (que no contiene solo la biografía: también hay un resumen y análisis de sus escritos) y algunos volúmenes del Libro del Cielo, he aquí algunas apreciaciones, desde los puntos de vista místico, doctrinal y pastoral, que también se someterán obedientemente a la autoridad máxima de la Iglesia.
Así como ocurre en otras espiritualidades o carismas, en este caso, lo único que cambia es la senda, el camino; no la meta: la unión íntima —de amor— con Dios que, por otra parte, es la auténtica felicidad, la auténtica realización personal, la razón para la cual fuimos creados.
En este sentido, es de grandísimo valor el hecho de que se concentre todo en la Divina Voluntad, novedad tan antigua como el Evangelio, pero quizá olvidada y subvalorada desde antaño. Por esto, si el mensaje es de Dios, es providencial y —como todo lo de Dios— oportunísimo.
Quienes acojan con humildad, simplicidad y sencillez esos escritos, y tengan un director espiritual con experiencia y conocimientos de la vida mística y, además, posean una formación doctrinal suficiente, irán por un camino rápido y expedito hasta la unión con Dios.
Pero, como el mismo autor del documento lo expresa y como la experiencia nos lo ha demostrado, existen riesgos que no se pueden menospreciar.
1. Riesgo de una concepción errónea de la doctrina
En primer lugar, sobre todo en los casos de quienes no tienen las bases doctrinales mínimas, es fácil desviarse a una comprensión errónea, que tiende al libertinaje, en aras de una interpretación laxa de la auténtica libertad: se olvidan con frecuencia que la obediencia al magisterio de la Iglesia y a las obligaciones que tiene cada cristiano según su estado son la garantía para no errar.
Después de leer lo que Jesús le dice a Luisa el 27 de noviembre de 1917, no se puede dejar de quedar perplejo, aun con un extenso conocimiento doctrinal: “…quiero hacer la santidad del vivir en mi Querer, en ella no tendré necesidad de sacerdotes para consagrarme ni de templos ni de tabernáculos ni de Hostias, porque estas almas serán todo: sacerdotes, tabernáculos y Hostias…”
Asimismo, el 20 de junio de 1918, hablando de las almas que viven en el Querer Divino, dice: “conforme hacen salir el querer humano para hacer entrar el Querer Divino, Yo mismo me reservo el privilegio de consagrar esas almas, y lo que hace el Sacerdote sobre la Hostia, lo hago Yo con ellas y no solo una vez, sino cada vez que repite sus actos en mi Voluntad como imán potente me llama y Yo a aquella alma privilegiada me la consagro y le voy repetidamente diciendo las palabras de la Consagración”.
La comunicación hecha el 26 de diciembre de 1919 es: “mi Voluntad es Sacramento y sobrepasa a todos los Sacramentos juntos y en modo muchísimo más admirable y sin intermediación de nadie y sin ninguna materia”.
Estas afirmaciones son peligrosísimas: sabemos que, por el querer expreso de nuestro Señor Jesucristo la gracia de Dios nos viene a través de los Sacramentos, y quienes están destinados a celebrarlos, también por el querer expreso de nuestro Señor Jesucristo, son los sacerdotes; los templos y los tabernáculos, por su parte, son los lugares en donde se conserva al mismo Jesús sacramentado para la adoración y veneración, y para la comunión de los fieles. ¿Tacharíamos de falto de humildad o de sencillez a quien se pregunte si caerá por el piso toda la estructura jurídica de la Iglesia? ¿No podría deducir que ya no serían necesarios los Sacramentos, haciendo a un lado los medios por los cuales nos llega la gracia?
Ese mismo día, 26 de diciembre de 1919, Jesús afirmó, hablando de la falta de unión de las voluntades de Dios y del fiel, al recibir el Sacramento de la Eucaristía: “solo el Sacramento de mi Voluntad puede cantar gloria y victoria, solo él es pleno”. Y, ¿por qué no preguntarse qué tan pleno es el Sacramento de la Eucaristía cuando sí hay esa unión de voluntades, cuando la persona comulga unida a la Voluntad de Dios?, ¿no es más pleno ese Sacramento? ¿O es que todos los que reciben a Jesús sacramentado están lejos de la Voluntad de Dios?
Al final de ese mensaje, también se queja Jesús de que: “en los otros Sacramentos mi Corazón nada en el dolor por causa del hombre que me los ha cambiado en fuentes de amarguras”. Podemos preguntar: ¿no se dan casos en los que son fuentes de gracias?
En general, para todo el escrito de ese día, se puede decir que también hay almas que están muy bien dispuestas. Por el texto da la impresión de que no.
El 1 de enero de 1920, dice Jesús: “estos actos hechos en mi Querer, son comuniones eternas, no están sujetas como las Hostias sacramentales a extinguirse las especies, y al extinguirse las especies, mi Vida Sacramental termina”. (Da así a entender que la vida sacramental sí es importante, no como en los párrafos anteriores.) Aquí debe afirmarse que al extinguirse las especies, el Señor queda en el alma, aunque no sacramentalmente.
Por todo lo dicho y por muchas afirmaciones de los escritos de Luisa Picarreta, a algunas personas equivocadas se los oye decir: “Ya que vivo en la Divina voluntad, no necesito los sacramentos, la oración, el Oficio Divino…”; hasta hay quienes gritan alegres: “Yo no necesito dirección espiritual”…
Sería muy largo poner de presente la cantidad de peligros doctrinales que tienen los escritos de Luisa. El 12 de junio de 1918, para poner solo un ejemplo, se habla del “pecado voluntario”. Todos sabemos que solo es pecado lo que es voluntario; sin la participación de la voluntad humana no hay pecado ni virtud. Y, así como este, son muchos más los peligros de errores doctrinales.
2. Riesgo de una concepción errónea de la santidad
Más grave aún es la concepción equivocada sobre la santidad que puede surgir de los escritos sobre la Divina Voluntad. El 15 de abril de 1919, por ejemplo, dice Jesús: “los santos de los siglos pasados [...] no han tenido actitud continua en mi Querer”. ¿Cómo no preguntarse aquí qué clase de santidad fue esa, entonces? Es más: si la santidad no es una actitud continua en el Querer de Dios, entonces, ¿qué es la santidad?
El 15 de abril de 1919, dice algo aún más aterrador: “las almas aún en la santidad quieren alguna cosa de bien propio”. Aquí cabe la pregunta: ¿Se puede llamar santidad lo que vivieron quienes querían alguna cosa de bien propio y no solamente la Voluntad de Dios?
El 27 de noviembre de 1917 había dicho a Luisa: “Hija mía: todas las demás clases de santidad no están exentas de pérdida de tiempo ni de interés personal”. Entonces, esas clases de santidad ¿no eran santidades? ¿Por qué la Iglesia proclamó santos a esos tales? ¿Cómo pudo equivocarse la Iglesia?
Antes, el 8 de abril de 1917, Jesús exclamó, hablando de la santidad que se vivirá en la Divina Voluntad: ¡Es la santidad no conocida aun y que haré conocer y la que pondrá el último ornamento y el más bello y el más refulgente de todas las demás santidades como corona y cumplimiento de todas ellas! Y las santidades que no eran conocidas entonces, ¿no eran santidades? ¿Acaso no es la santidad el llegar al Cielo sin pasar por el purgatorio, es decir, no tener nada que purgar?
3. Lo único necesario y los medios para conseguirlo
Pero el más frecuente de los peligros es el que se observa en muchos de los seguidores de la Divina Voluntad: olvidan lo que Jesús le dijo a Marta, allá en Betania: “Marta, Marta, tú andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria” María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.» (Lc 10, 41b-42)
En este caso Jesús, después de afirmar que una sola cosa es necesaria, siguió hablando de la mejor parte. Note bien que habla de dos cosas diferentes: 1) la única necesaria y 2) la parte mejor.
La parte mejor es la que escogió María: escuchar a Jesús. Y eso es lo que se explica en las predicaciones, lo que se enseña en los escritos…, y quizá por eso, ya lo sabemos. Pero, ¿cuál es la única cosa necesaria?
Para entender qué quería decir Jesús, lo primero que hay que conocer con profundidad es la definición del adjetivo «necesario». El Diccionario, en su tercera acepción la da: “Que es menester indispensablemente, o hace falta para un fin”. Y es lógico deducir que Jesús se refiere a la finalidad última de la vida. Por eso es que es tan importante.
La palabra «necesario» aparece de nuevo en Hb 9, 23: Era, pues, necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas. Aunque en este texto se está hablando del templo, como en casi toda la Palabra de Dios, aquí se encierra un significado místico: purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales.
En las realidades sobrenaturales, pues, está la meta, la finalidad. Y lo necesario, lo que se requiere, es la purificación de lo que llama la «figura» de este mundo, el mundo que pasa.
Solo con esta purificación o renovación se llegará a la única meta para la que fuimos hechos, por la única que vale la pena vivir.
Es más, incluso ahora se pueden pregustar las maravillas del cielo, por una renovación interior: «Es imposible renovar a los que ya fueron iluminados, que probaron el don sobrenatural y recibieron el Espíritu Santo, y saborearon la maravillosa palabra de Dios con una experiencia del mundo futuro. (Hb 6, 4-5)
¿A qué se refiere con «la experiencia del mundo futuro»? A la unión con Dios: solo ella realiza al ser humano.
Y, ya desde aquí, en la tierra —este es el grito de todos los santos místicos—, se puede vivir en esa unión con Dios, en la que se experimentan los más sublimes deleites y gozos espirituales que puede disfrutar el ser humano (es un pedacito de Cielo aquí en la tierra); esos gozos y deleites que hacen despreciar todos los placeres mundanos, hasta los afectivos, que son los más altos; esos gozos y deleites que hacen decir: “Ya no quiero seguir viviendo esta vida; solo deseo morir para estar con mi amado” .
Es lo que llamamos la experiencia mística, que más que hablarle a Dios es vivir en Él.
Aquí cabe la pregunta: ¿Qué es mejor: vivir en la Voluntad Divina o vivir en Dios?
Ahora bien, si “Dios es amor” (1Jn 4, 8b), vivir en Dios es vivir en el Amor.
Léase la siguiente perícopa evangélica:
Entonces se adelantó un maestro de la Ley. Había escuchado la discusión, y se quedaba admirado de cómo Jesús les había contestado. Entonces le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Jesús le contestó: “El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que estos.” El maestro de la Ley le contestó: “Has hablado muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios.” Jesús vio que ésta era respuesta sabia y le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. (Mc 12, 28-34)
Al final dice Jesús: “No estás lejos del Reino de Dios.” ¡El Reino de Dios! ¡El Reino del Amor! Esta es, pues, la meta, la única meta del ser humano, la única necesaria para la felicidad auténtica. Todo lo demás son medios.
A propósito de este mismo tema, san Bernardo dice:
El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo; amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. (Sermón 83)
La meta es el Amor de Dios, la unión mística con Él, la perfección a la que todos estamos llamados: (Mt 5,48; Col 1,28; Ef 4,13; Mt 19,21; etc.) es la vida de unión con Dios; el estado que los santos místicos, doctores y padres de la Iglesia llaman el estado de los perfectos.
La vida de Luisa Picarreta y todo el contenido del mensaje que Dios le hizo escribir tienen como finalidad esta meta: la unión con Dios. En el primer volumen, por ejemplo, cuando Luisa describe el tercer modo como Dios le habla, dice: “En fin, el alma a la que Dios le ha hablado de su pureza se transforma en ella, y tanto que siente no poder seguir viviendo en sí misma, sino que vive y obra en Jesús”. Asimismo, en el cuarto modo: “estando uno y otro como fundidos…”.
La Divina Voluntad es solo don, medio para llegar a la Meta. Y este es el riesgo: entre los seguidores de la Divina Voluntad hay quienes, por concentrarse tanto en el medio, olvidan el fin, se fijan en el camino y no en la meta y, a veces, ¡se quedan en el camino! Sus frases preferidas son: “La Divina Voluntad”, “Hay que vivir en la Divina Voluntad”, “Hágalo todo en la Divina Voluntad”, etc.
Hacen algo así como lo que hacían en la historia de la gallina que ponía huevos de oro: algunos se quedan con el huevo que acaba de poner y dejan a un lado a la productora de huevos de oro, que los haría ricos. En vez de ir tras el Señor de los dones, se quedan con los dones del Señor.
Y que la Divina Voluntad es un Don, está muy claro:
Este vivir en mi Voluntad es el Don que les quiero dar a las criaturas (18 de septiembre de 1924).
“De manera que vivir en la Voluntad de Dios es poseer la Voluntad de Dios, lo cual es un Don. Hija mía, es cierto que vivir en mi Voluntad es un Don, y es poseer el Don más grande, [...] Don [...] este Don de la Divina Voluntad [...] en todo lo que haga pedirme siempre, incluso como préstamo, el Don de mi Voluntad [...] Se lo doy como Don, [...] poner este Don celestial [...] vivirá de la vida de ese Don, [...] son necesarias las disposiciones, el conocimiento del Don, la estima y el aprecio, y el amar el Don mismo. [...] como mensajero del Don de mi Voluntad que quiero darle a la criatura, doy el conocimiento de ella [...] del Don que quiero dar; [...] la incito a que desee el Don [...] el Don es ya suyo y que lo posee [...] este Don de mi Voluntad.” (25 de diciembre de 1925)
“El vivir en nuestra Voluntad es un Don [...] con este Don ella se sentirá transformada [...] el gran Don de nuestra Voluntad, Don de infinito valor, Don que una vez donado cambiará la suerte infeliz de las generaciones humanas [...] Este Don le fue dado al hombre desde el inicio de su creación; [...] Con este Don, la familia humana se sentirá de tal modo vinculada a su Creador, que ya no se verá alejada de Él” (30 de abril de 1932)
Luisa Picarreta lo vio así —como don— y que eso es lo que enseñan sus escritos; prueba de esto es el análisis del R. P. Consalvo Valls, OFM, en el punto 4) d), referente a la dogmática, que habla de la continuidad real y mística de Cristo en las almas y, además, todo su estudio acerca de la mística de los mismos escritos de Luisa.
Pero existe el peligro de distorsionar el mensaje cuando se destaca tanto el “vivir en la Divina Voluntad”. Eso fue lo que pasó con el autor del documento: en la página 47, al final del sexto párrafo, dice: “la Divina Voluntad es para Luisa todo, principio, medio y fin (!?) de toda santidad”.
Muchos caen en este error, aunque con muy buena voluntad: no recordar que la Divina Voluntad es don, no fin; que este es un camino, quizá el más apto para los tiempos modernos, pero camino, no meta.
Ahora, bien: ¿quiénes pueden caer en este error? Los que no tienen un buen director espiritual que tenga experiencia y que sepa algo de teología mística. Por eso es que todos los místicos, los que han hecho estudios sobre teología mística o sobre los místicos y, por último, quienes nos dedicamos a enseñar lo que ellos explicaron, no nos cansamos de predicar —de viva voz y por escrito— que lo único necesario en la vida del ser humano es la unión con Dios y que es indispensable tener un director espiritual —que sepa cómo actúa el Espíritu Santo en las almas— a quien se obedezca totalmente.
Por esto, siempre se nos enseña que todo lo pensemos, todo lo digamos, todo lo hagamos y todo lo sintamos en Él; no para Él ni por Él, ni siguiera con Él: en Él. El Señor ha dispuesto que nos fundamos en Él, que nos hagamos uno en Él… (esto, como todo lo místico, es un poco difícil de describir).
Así, nuestra vida ordinaria (familiar, laboral, profesional y social), nuestra vida apostólica y nuestra vida espiritual, debe ser vivida, según el querer divino, en Dios. Por ejemplo, que recitemos la salmodia en primera persona, en Jesús, no compartiendo sus sentimientos sino viviéndolos en Él; que en Él reparemos el desamor de muchos sacerdotes y personas consagradas (y como es en Él, será muy eficaz esa reparación). Otro ejemplo es la meditación de la Pasión: no decir, por ejemplo, “Flagelan a Jesús”, ni siquiera: “Flagelamos a Jesús” o “Yo flagelo a Jesús”, sino: “Me flagelan y sufro en Él esta flagelación”.
La doctrina de todos los santos Padres de la Iglesia, de los santos místicos y de los santos doctores consiste en la afirmación de que el ser humano fue creado para ser amado por Dios; y que eso solo se hace realidad cuando, purificado y muerto a sí mismo y al mundo, se deja quemar en el fuego del Amor divino, haciéndose una sola cosa con Él.
Por todo esto, a algunas personas, según lo inspira el Espíritu Santo, se les dice que dejen de luchar con fuerzas humanas, que se dejen hacer y deshacer…; a otros se les enseña a abandonarse al divino querer…; en fin, a todos se los empuja a la única meta: la unión con Dios.
Y es viviendo en Dios que se hacen obras extraordinarias, pues es Él quien las hace; es viviendo en Dios que se acaba el miedo para hacer su voluntad, aunque parezca imposible o difícil; es viviendo en Dios que se destruyen las falsas humildades, que nos detienen a hablar, cuando es necesario…
Por todo esto, podemos afirmar en Dios que el Señor, a través de la vida de Luisa Picarreta, nos ha desvelado un secreto escondido desde hace veinte siglos en las palabras de Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4, 34).
Así como el alimento material sirve para seguir viviendo en esta vida temporal y de esta manera cumplir nuestros cometidos, el alimento espiritual —hacer la Voluntad divina— sirve para tener las fuerzas necesarias y cumplir nuestro único cometido, nuestra única meta, a lo que debemos aspirar: la unión con Dios, vivir en Él. Es esto lo único por lo que vale la pena vivir…, ¡y morir!: es nuestra felicidad, la realización del ser humano.
El Divino Querer es el medio por el cual llegaremos a la meta, porque la Divina Voluntad es el alimento con el cual nos nutrimos, nos fortificamos, para llegar a la unión con Dios.
No sobra repetir que el Divino Querer es, pues, un don.
Y san Pablo nos dice que… “Aspiren a los mejores dones, pero quisiera mostrarles un camino que los supera a todos” (1Co 12, 31). ¿Y cuál es este camino? La respuesta está inmediatamente después, en el versículo siguiente, ya en el capítulo 13: La Caridad. Precisamente este capítulo termina diciendo que, de las 3 virtudes teologales, “la más excelente de ellas es la Caridad”.
Y es la Caridad porque esta es una virtud unitiva; es más: es la más unitiva de todas las virtudes. Así, pues, que es imposible vivir en Dios sin tener plenamente la virtud de la Caridad.
Está bien que al mundo le leamos toda la vida y doctrina de Luisa Picarreta, que les enseñemos a vivir en la Divina Voluntad, don a través del cual nuestro Señor quiere ayudar a la humanidad. Pero debemos concentrar nuestra atención en la meta, no tanto en el alimento para llegar a ella; en la auténtica felicidad, no tanto en los medios para conseguirla; en la unión con Dios, no tanto en los dones; en vivir en Dios, no tanto en la Divina Voluntad.
Todo esto lo corrobora precisamente lo escrito en varios volúmenes del Libro del Cielo; ejemplos de esto son los siguientes:
El título de la comunicación del 18 de marzo de 1917, en el volumen 12: “Nuestra vida en la tierra debe estar toda fundida en la vida de Jesús”. Lo mismo dice el título del 18 de julio de 1917: “El alma que vive en la divina Voluntad vive en Jesús”.
El 8 de abril de 1917 dice Jesús: “¿Has visto qué cosa es vivir en mi Querer? ¡Es desaparecer y entrar en el ámbito de la eternidad, es penetrar en la Omnipotencia del Eterno en la Mente Increada; es tomar parte en todo y en cada acto divino, por cuanto criatura es posible, es disfrutar aún estando en la tierra de todas las cualidades divinas; es odiar al mal en modo divino; es expandirse en todos sin agotarse, porque la voluntad que anima a esta criatura es divina!” Se pueden resumir estas palabras diciendo que vivir fusionados es perderse en el todo que es Dios.
Donde ya es explícito lo que se ha venido diciendo está en la comunicación del 4 de junio de 1918: “fúndete tanto en Mí de formar un solo eco entre tú y Yo de reparaciones”.
Pero más claro es cuando Jesús le habla a Luisa del fundirse con Él, tal y como lo expresan todos los místicos, el 3 de septiembre de 1919: ya el título lo expresa bien: “El fundirse con Jesús”. Pero sigue diciendo: “con el solo difundirte en Mí […] con el solo entrar en Mí y tomar de Mí el principio de todo lo que se hace […] puede equilibrar todo: satisfacciones, reparaciones y gloria completa al Padre Celestial por parte de todos […] entrar en Mí […] fundirte en todas mis partículas”.
Finalmente, para no llenar de citas este documento, Jesús le da la clave a Luisa para integrar ambos conceptos: el 13 de septiembre de 1919 le dice: “¿No es exactamente el vivir en mi Querer perderse en Mí?”
Con el mismo arrojo que nos da Dios si vivimos en Él, repitamos con san Pablo:
“Hablamos, sin embargo, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este siglo; [...] una sabiduría misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria [...], según está escrito, ´ni ojo vio, ni oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que lo aman´” (1Co 2, 6-11).
Esta sabiduría, debe repetirse, no es para todos, pero sí es para quienes desean el mayor don: Cristo; los del grupo que san Pablo llama los perfectos; los que saben cuál es la meta —la unión con Dios— y cuál el medio —la Divina Voluntad— que nos presenta el Señor a través de Luisa Picarreta; así serán en Dios, más santos y más eficaces en su labor apostólica. Por el contrario, quienes se centran en la Divina Voluntad, es decir, en el medio, tal vez nunca podrán llegar a la meta.