Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

¿Se permite el divorcio en la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

Muchos grupos cristianos no católicos admiten el divorcio y las nuevas nupcias, basados en una ley pasajera (de carácter temporal) hecha para el pueblo judío:

Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, puede ser que le encuentre algún defecto y ya no la quiera. En ese caso, escribirá un certificado de divorcio que le entregará antes de despedirla de su casa. (Dt 24, 1)

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19, 4-5).

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de fornicación*, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia:

«Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia.» (Ef 5, 32)

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de fornicación, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles?” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Le 18, 20)

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Le 20, 10)

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

«Odio el divorcio, dice Yavé, Dios de Israel, y al que hace el mal sin manifestar vergüenza. Tengan, pues, mucho cuidado y no cometan tal traición.» (Ml 2, 16)

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

Y, ¿qué es lo que hace la Iglesia Católica cuando anula un matrimonio?

Para contestar esta pregunta, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

La anulación consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

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* NOTA:

Cuando se explica este texto, se debe tener en cuenta que los textos paralelos —los que hablan del mismo tema, que en este caso son: Mc 10, 11s; Lc 16, 18 y 1Co 7, 10s— no especifican la cláusula restrictiva de Jesús.

Esto hace deducir que san Mateo, que fue uno de los últimos redactores sinópticos del Evangelio, la haya añadido porque escribía para el nuevo pueblo judeo-cristiano, que no lograba adecuar la nueva visión cristiana a la antigua Ley judía, como se ve por el versículo 3 (de ese mismo capítulo 19 de san Mateo): «Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?».

Tenemos aquí una decisión eclesiástica de alcance temporal y local, como lo fue la del decreto de Jerusalén, concerniente a la región de Antioquía (Hch 15, 23-29).

 

Otra característica que se debe analizar es que el versículo 9 de Mt, 19, dice así en latín:

«dico autem vobis quia quicumque dimiserit uxorem suam nisi ob fornicationem et aliam duxerit moechatur et qui dimissam duxerit moechatur».

Pero la palabra fornicationem fue traducida del término: porneia, que no significa fornicación en el matrimonio (adulterio o infidelidad), cuya traducción correcta sería: moijeia.

Al usar la palabra porneia, se está haciendo alusión al sentido técnico de la zenut o prostitución, que entre los judíos no equivalía únicamente a lo que entendemos hoy —venta de sexo— sino al sentido técnico de los escritos rabínicos: una unión incestuosa, relación prohibida por la Ley judía, pero no por los pueblos gentiles, que las consideraban legales.

El problema era que los prosélitos —los nuevos cristianos que no provenían del judaísmo— no sabían cómo adaptarse a la nueva Fe: algunos les decían que para ser cristianos debían cumplir la Ley judía, y eso les causaba confusión.

De ahí nace la consigna de Jesús de disolver semejantes uniones irregulares que, en definitiva, no eran sino matrimonios nulos.

 

Todo esto lo deja muy claro san Pablo:

«En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no se divorcie de su mujer.» (1Co 7, 10-11)

 

 

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