Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

El matrimonio espiritual*

Publicado por pablofranciscomaurino en junio 18, 2010

 

X  Los sufrimientos de la noche oscura son una participación en la Pasión de Cristo y, principalmente, en el tormento principal de la misma: el abandono de Dios.

X  ¿Pero qué angustia humana, por más dolorosa que sea podrá medirse con la de la Pasión de Cristo, quien durante toda su vida gozó de la visión beatífica, hasta que por propia y libre decisión se privó de este gozo la noche de Getsemaní?

X  Solamente Él, el único que la sufrió, puede ser capaz de dar a probar algo de ella a los que para esa gracia tiene destinados, en la intimidad de la unión que se realiza en el matrimonio espiritual.

X  Un verdadero conocimiento experimental del mal y de su radical oposición al bien únicamente podían los hombres adquirir, obrando el mal, haciéndolo.

Pues bien, el alma unida a Cristo llega por la participación en la Pasión del Crucificado (es decir, en la noche oscura de la contemplación) al «conocimiento del bien y del mal», adquiriendo experiencia de su fuerza redentora.

Siempre se insiste, en efecto, de una forma y de otra en que el alma se purifica precisamente mediante ese padecer agudísimo y vivísimo, causado por el propio conocimiento (como reconocimiento de la propia íntima condición pecadora).

X  La unión mística hay que concebirla también como una participación en la Encarnación: es tal la junta de las dos naturalezas y tal comunicación de la divina a la humana, que el alma unida en matrimonio espiritual con Dios parece Dios; es parecida la unión de las dos naturalezas de Cristo en la unión hipostática: en el matrimonio místico entran en contacto y se unen dos personas, manteniendo su dualidad. Pero también mediante la mutua entrega surge una unión que se parece y acerca a la hipostática. Ella abre las almas a la infusión de la gracia divina, y por la absoluta y total sumisión de la propia voluntad a la divina, el Señor queda con las manos libres para poder disponer de tales almas como si fueran miembros de su propio cuerpo. Ya no viven su propia vida sino la de Cristo, ya no sufren su propia pasión sino la Pasión de Cristo.

X  El alma que ha llegado al matrimonio espiritual está en el más alto grado de amor.

X  Así como la bebida se difunde y derrama por todos los miembros y venas del cuerpo, así se difunde esta comunicación de Dios sustancialmente en toda el alma, o mejor, el alma se transforma en Dios, según la sustancia de ella y según sus potencias espirituales: según el entendimiento bebe sabiduría y ciencia, según la voluntad bebe amor suavísimo y según la memoria bebe recreación y deleite en recordación y sentimiento de gloria.

X  Bebida de altísima sabiduría de Dios que la hace olvidar todas las cosas del mundo, y le parece al alma que lo que antes sabía y aun lo que sabe todo el mundo, en comparación de aquel saber, es pura ignorancia…

X  Está el alma en este puesto en cierta manera como Adán en la inocencia, que no sabía qué cosa era el mal; porque está tan inocente que no entiende el mal ni juzga nada mal.

X  Las noticias y formas particulares de las cosas y actos imaginarios y cualquier otra aprensión que tenga forma y figura, todo lo pierde e ignora en aquel absorbimiento de amor, porque como actualmente queda absorta y embebida el alma en aquella bebida de amor, no puede estar en otra cosa actualmente, porque aquella transformación en Dios de tal manera la conforma con la sencillez y pureza de Dios (en la cual no cae forma ni figura imaginaria), que la deja limpia y pura y vacía de todas las formas y figuras que antes tenía.

X  Antes de que el alma entre en este estado de perfección, por más espiritual que sea, al entendimiento suele quedarle algo de sus antiguas ganas de saber; la voluntad se deja llevar de algunos gustillos y apetitos propios, todavía le apetece poseer algunas cosillas, guarda asimientos y preferencias, busca la estima de los demás y tiene puntillos de honra, tocante a comida y bebida gusta más de esto que de aquello, es presa de cuidados impertinentes, de variedad de gozos, dolores, esperanzas y temores.

Todo esto sucede hasta que, entrándose a beber en esta bodega interior, lo pierde todo, quedándose hecha toda amor.

X  En el matrimonio espiritual Dios le descubre sus secretos como amigo y le comunica la ciencia sabrosa de la teología mística, la ciencia secreta de Dios. Ella, a su vez, se entrega a Dios con entrega total, quiere ser toda suya y no tener ya más en sí cosa que no sea de Él.

Y como Dios ha quitado de ella todo lo que podía atar su corazón, puede entregarse no solo según la voluntad, sino de hecho absolutamente sin reservarse nada. Ni primeros movimientos siente ya levantarse contra lo que sea voluntad de Dios. No sabe otra cosa sino amar y andar siempre en deleites de amor con el Esposo.

Ha llegado ya a aquel estado, cuya forma y ser es el amor. Ella todo es amor, si así se puede decir, y todas sus acciones son amor, y todas sus potencias y caudal de su alma emplea en amar. Como el alma ve que su Amado nada aprecia ni de nada se sirve fuera del amor, de aquí es que desando ella servirlo perfectamente, todo lo emplea en amor puro de Dios…

X  Como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer Dios que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que lo ame, porque la propiedad del amor es igualar al alma que ama con la cosa amada. De ahí que el alma aquí tiene perfecto amor, por eso se llama esposa del Hijo de Dios, lo cual significa igualdad con Él, igualdad en la cual todas las cosas de los dos son comunes a ambos.

X  Tan natural le es a ella trabajar por Él y por su honra, que muchas veces lo hace sin pensarlo y sin darse cuenta de que está trabajando para Dios. Todos los hábitos de imperfección que tenía: hábito de hablar cosas inútiles y de pensarlas y obrarlas, sin mirar en ello a la mayor perfección del alma, cumplimientos, procurar parecer bien, etc.; todos estos oficios u ocupaciones los ha dejado ya.

X  Ya no tiene otro ejercicio o empleo que el de amar. Todas sus facultades se mueven ya por el amor y en el amor.

X  Ante Dios más valor tiene un poquito de este puro amor y más provecho a la Iglesia, aunque parezca que no hace nada, que muchas otras obras juntas.

X  Si el mundo da por perdida a un alma que no quiere saber nada de sus cosas y pasatiempos, ella acepta de buena gana tal imputación o murmuración. Lo confiesa espontánea y resueltamente: «Sí, me hice perdidiza, pero fui ganada». Ganada para Dios, porque de veras se ha perdido a todo lo que no es Dios.

X  El alma reconoce que sin mérito de su parte Dios le ha hecho grandísimas mercedes y todo lo atribuye, no a sí sino a Dios. Si ha hallado gracia a los ojos del Esposo divino, todo ha sido efecto de la mirada amorosa de éste, que con su gracia la ha dejado tan hermosa que ha merecido ser amada del modo más tierno por Él.

X  Dios no puede amar cosa fuera de Sí. Por eso, amar Dios al alma es meterla en cierta manera en Sí mismo igualándola consigo, y así ama al alma en Sí, consigo, con el mismo amor con que Él se ama, y por eso en cada obra, por cuanto la hace por Dios, merece el alma el amor de Dios. Merece al mismo Dios.

X  El recuerdo de su primer estado feo y vergonzoso le sirve para gozarse aún más en la compañía de su Esposo divino.

X  Cuando Dios ve al alma graciosa en sus ojos, mucho se mueve a hacerle más gracia, por cuanto en ella mora bien agradado. De manera que, si antes de que estuviese en su gracia, por Sí solo la amaba, ahora que ya está en su gracia no solo la ama por Sí, sino también por ella; y así enamorado de su hermosura siempre le va Él comunicando más amor y gracia, y como la va honrando y engrandeciendo más, siempre se va prendado y enamorado más de ella. ¿Quién podrá decir hasta dónde llega lo que Dios engrandece un alma cuando da en agradarse de ella? No hay cómo poderlo ni aun imaginar; porque, en fin, lo hace como Dios, para mostrar quién es Él.

X  Esta es la propiedad de esta unión del alma con Dios en matrimonio espiritual, hacer Dios en ella y comunicársele por Sí solo, no por medio de ángeles ni por medio de habilidad natural.

X  A medida que crece el amor crece también y se hace más intenso el deseo de entender clara y desnudamente las verdades divinas y de adentrarse más y más en los abismos de los incomprensibles juicios y misterios divinos, y a trueque de esto le sería grande consuelo y alegría encontrar por todos los aprietos y trabajos del mundo, por dificultoso y penoso que fuese.

X  El alma desea entrar en multitud de trabajos y tribulaciones, por cuanto le es sabrosísimo y provechosísimo el padecer; porque el padecer le es medio para entrar más en la espesura de la deleitable sabiduría de Dios. Porque el mas puro padecer trae más íntimo y puro entender, y por consiguiente más puro y subido gozar, porque es de más adentro saber. Por tanto no contentándose con cualquier manera de padecer, dice: «Entremos hasta los aprietos de la muerte por ver a Dios».

X  ¡Oh, si se acabase de entender cómo se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, si no es entrando en la espesura del padecer!

X  A esta visión divina predestinó Dios al alma desde la eternidad. Pero es algo que «ningún ojo lo vio, ningún oído lo oyó ni cayó en corazón de hombre» (1Co 2, 9; Is 64, 3). Pero lo que de ella llega a barruntar el alma es algo tan grande, que para expresarlo no hay otra palabra que «aquello».

X  No es posible dar una explicación de este misterioso «aquello». El Señor se refirió a él por medio de siete distintas expresiones y comparaciones en el Apocalipsis.

«Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida que está en el Paraíso de mi Dios» (2, 7).

«Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (2, 10c).

«Al que venciere le daré el maná escondido y le pondré una piedrecilla blanca y en la piedrecilla escrito un nombre nuevo que nadie lo sabe sino el que lo recibe» (2, 17b-c).

«Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin le daré potestad sobre las gentes, y las regirá con vara de hierro y como un vaso de barro se desmenuzarán, así como Yo también la he recibido de mi Padre, y le daré la estrella de la mañana» (2, 26-28)

«El vencedor será revestido de vestiduras, yo no borraré jamás su nombre del libro de la vida y reconoceré su nombre delante de mi Padre y de los ángeles» (3, 5)

«Al que venciere lo haré columna del templo de mi Dios y no saldrá fuera ya jamás, y escribiré sobre él el nombre de mi Dios y el nombre de la ciudad de mi Dios, la Jerusalén nueva, la que desciende del Cielo de mi Dios, y también Mi nombre nuevo» (3,12).

«Al vencedor lo sentaré conmigo en mi trono, igual que yo, que he vencido y me he sentado con mi Padre en su Trono» (3, 21)

Hasta aquí son palabras del Hijo de Dios para dar a entender «aquello», y es que lo inefable no se deja encerrar en palabras humanas.

* Doctrina de san Juan de la Cruz, por santa Teresa Benedicta de la Cruz

About these ads

Lo siento, el formulario de comentarios está cerrado en este momento.

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 147 seguidores