Archivos de la categoría ‘Homilías’
Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 23, 2009
¿Comulgar o no comulgar?
«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?», era la pregunta obvia de los judíos, después de haber oído a Jesús: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo».
Y hoy, ¿somos conscientes de lo que vamos a hacer cuando estamos haciendo la fila para recibir la comunión? ¿Sabemos a qué vamos? ¿Creemos realmente que vamos a recibir en nuestro corazón a Dios? ¿Creemos en la presencia real de Jesús en la Hostia que vamos a recibir?
Cuántas veces vamos en la fila distraídos —o quizá devotos— pero sin darnos cuenta del milagro que está por realizarse en nuestras vidas: ¡Dios, el mismo Dios, el Dueño del Universo se ha hecho pequeño para que podamos entrar en intimidad con Él!
Es como si tuviésemos una experiencia pequeña de Cielo: el encuentro personal y definitivo con Dios, ¡el único que puede llenar nuestros anhelos de felicidad!
Si pensamos por un momento quién es Él, su grandeza, su poder, su esplendor, y luego nos vemos a nosotros mismos, con nuestras limitaciones y nuestra poquedad…, es seguro que nos desbocaríamos en agradecimientos; es que participar de la divinidad, por unos instantes (nosotros que somos apenas criaturas) está fuera del alcance de nuestra limitada inteligencia. ¡Sólo se puede permanecer extasiado ante semejante portento!
Habría que permanecer dando gracias, aunque sea unos minutos. Y, a veces, salimos apresurados a las actividades diarias, sin pensar siquiera cuánto nos ayudaría un diálogo interior con ese Dios que lo hizo todo y que nos dio la vida y todos los bienes espirituales y materiales que tenemos.
Vale la pena que lo meditemos un momento: hagamos ahora una evaluación de nuestra vida, antes de celebrar en esta Eucaristía la vida, Pasión, muerte y resurrección del Señor: ¿Aprovechamos la oportunidad de comulgar? ¿Somos conscientes de lo que va a ocurrir en nuestro ser dentro de unos momentos? ¿Nos preparamos convenientemente? ¿Cómo estamos recibiendo a Jesús?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 18, 2009
Para que el hombre no muera
Elías, a quien creían que Jesús llamaba desde la Cruz, comió y bebió pan y agua, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. En cambio, los judíos —los escogidos— comieron en el desierto el maná enviado por el mismo Dios y, sin embargo, murieron.
Hoy, Jesús se nos presenta como el pan de la vida: el que coma de este pan vivirá para siempre.
¿Somos conscientes de lo que significa vivir para siempre? ¡No morir!… ¿Creemos realmente en esto? ¿No es verdad que muchas veces durante el día pensamos en lo de hoy, en lo de los días próximos, en las preocupaciones económicas, de salud,… y hasta en los afanes y en el tráfico?
Cristo vino a decir a todos que el Padre existe, que Él lo conoce desde siempre y que nos espera otra vida después de esta. Los cristianos hemos sido escogidos por ese Padre amoroso para ser sus imitadores, como hijos queridos, y para que vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, para pagar nuestros pecados.
¡Estamos marcados con una marca divina! La marca de la liberación final. Y por eso no podemos ser iguales a los demás: debemos desterrar de nosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Seamos, como nos dice san Pablo, buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros, como Él nos perdonó. No más maldad, no más rencor, no más venganzas (ni siquiera pequeñas), ¡no más que amor de Dios!
Los que, como nosotros, están marcados por Dios y que, además, reciben el Cuerpo de Cristo, pan para la eternidad, sólo pueden estar listos para el amor.
Solo así la vida será como un mar, en el que muchos pasan grandes trabajos para mantenerse a flote, y la fe como la fuerza de Dios que nos hace nadar en la superficie, sin hundirnos. Y, como si fuera poco, seguros de que iremos a la vida eterna, a la felicidad sin fin.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 5, 2009
El alimento que perdura
«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura», dijo Jesús a quienes lo buscaban.
Muchos, desde que se levantan, luchan por el «alimento» que perece: no solo el alimento para el cuerpo —desayuno, almuerzo y comida—, sino también el que intenta saciar el deseo de tener, de gozar, del placer, del qué dirán, del «surgir», del «triunfar»… Se los ve por todas partes colmando el día de muchos quehaceres, corriendo de un lado para otro, angustiados por la falta de dinero —o por saber qué hacer con ese dinero—… y, siempre, con estrés, buscando quién o qué pueda darles algo de paz.
Así, los psicólogos clínicos y los psiquiatras, pero también los consultorios de diversas y novedosas terapias se convierten en alternativas de todas estas mujeres y hombres insatisfechos y «llenos de vacío». Además, las personas migran a creencias como la reencarnación, el budismo, el hinduismo, los Testigos de Jehová, las sectas protestantes y miles de opciones más.
La respuesta la dio, hace dos milenios, aquel que es el camino, la verdad y la vida: «que creáis en el que Él ha enviado».
«Pero yo creo», podremos decir, y estaremos en lo cierto si, todos los días, al levantarnos, lo hacemos para trabajar por Él y por toda la humanidad, para que los hijos de Dios vayan recorriendo el camino del amor, para que el mundo mejore y para que todos sean felices.
Trabajar es, primero, dar ejemplo; luego, orar sin desfallecer por todos, día tras día, y si nuestro amor es mayor, hora tras hora; después, ofrecer sacrificios pequeños (y si amamos más, grandes) para unirnos a la cruz de Jesús y así ser eficaces; y por último, si se presenta la oportunidad, enseñar esto a cuantos podamos.
¿Por qué no comenzar ahora?
Nunca pasaremos hambre, nunca más pasaremos sed.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Julio 31, 2009
«Y no tenían tiempo»
Basta mirar a nuestro alrededor para comprender la autodestrucción paulatina que emprendió la humanidad hace tiempo: homicidios que se producen por todas las «causas» (¡hasta por simples juegos!), secuestros, guerras fratricidas, eliminación de las buenas costumbres, valoración de los demás como sólo peldaños… Urge trabajar por la reedificación de los valores perdidos.
Si analizamos la vida de Jesucristo, nuestro modelo, podremos ver que, desde su infancia en el taller de José hasta los días de su predicación, fue intenso su trabajo por los demás, pues pasó haciendo el bien.
Cuenta san Marcos que Él y sus apóstoles «no tenían tiempo ni para comer». Por eso los invitó a un lugar desierto para descansar un poco. Luego reemprendería su labor salvífica hasta su muerte ignominiosa en el patíbulo de los ladrones, derribando el muro de la enemistad entre el hombre y Dios: el pecado.
Sin embargo, contrasta hoy la actitud de las propagandas de los medios de comunicación, cuando nos invitan a colocar el descanso por encima del trabajo y la diversión como algo más importante que el servicio.
Si bien es verdad que después de una ardua labor conviene restituir las fuerzas para seguir adelante con las metas que nos hemos impuesto, muchos hombres desconocen aún ese milagro de amor que nos acercó, por la Sangre de Cristo, de nuevo a la paz.
Es necesario que todos sepan que Dios los amó y los ama con un amor infinito, que «anuló» en su carne la ley de los mandamientos formulada solo en decretos, dándole así plenitud por la caridad.
Esta labor es imposible sin que participemos todos los hombres bautizados, especialmente nosotros.
El mundo se derrumba y el único que puede salvarlo quiere necesitar de nosotros para hacerlo. ¿Qué vamos a hacer?
¡Respondámosle!
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Publicado por pablofranciscomaurino en Julio 31, 2009
La misión de los apóstoles
Los doce apóstoles enviados por Jesucristo curaban muchos enfermos, pero los católicos de este siglo no logramos lo mismo: hoy no se ven los milagros de antaño.
Esta realidad hace que muchos se pregunten si es posible que la fuerza de Dios haya disminuido.
No. Lo que ha mermado es la fe de los actuales apóstoles y discípulos de Jesús: estamos desaprovechando la gracia que «superabundantemente derramó sobre nosotros toda sabiduría y prudencia».
Elegidos antes de la constitución del mundo para lleva la Buena Nueva a nuestros congéneres, podemos empapar todas nuestras acciones en la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo por todos, para que seamos santos e inmaculados ante Él, de manera que esas acciones realicen la curación que quiere hoy Jesús para todos los hombres: que puedan oír los sordos que no escuchan la voz del amor, que se levanten y anden los paralíticos que el odio no deja caminar hacia la paz y la perfecta caridad, que hablen los mudos que no confían en el sacramento de la reconciliación, ¡que no haya más ciegos al amor de Dios!
El sendero que nos escoge Jesús es claro: no llevar ni pan ni alforja ni dinero, esto es, no confiar tanto en los valores humanos, sino en la fuerza y el poder de Dios; calzarse con las sandalias del servicio continuo, sin mirar el cansancio personal.
Oración, sacrificio y ansias de llegar a todos. Para Dios no hay acción pequeña: las acciones, las palabras y hasta los pensamientos nobles ofrecidos a Él tienen —empapados en su Sangre— valor infinito para que, célibes o casados, cumplamos con la misión que tenemos todos, como sus apóstoles y discípulos de estos tiempos.
Ya sabemos que eso es lo que el Señor nos pide. ¿Qué respondemos a ese llamado de amor?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 30, 2009
El hombre perdido es rescatado por Dios
Alianza, compromiso. Estas palabras dicen muy poco a los seres humanos de nuestros días; parecen aludir a los procesos de paz…
Pero se trata de lo mejor que le pudo haber ocurrido al ser humano: caído como estaba por el pecado, destinado al infierno, marcado por el fracaso total; es el mismo Dios quien hace una alianza para redimirlo: fue la que Dios hizo a través de Moisés, como nos lo narra hoy la primera lectura: Moisés tomó la mitad de la sangre y la echó en vasijas; con la otra mitad roció el altar. Después tomó el libro de la Alianza y lo leyó en presencia del pueblo. Respondieron: «Obedeceremos a Yavé y haremos todo lo que Él pide». Entonces Moisés tomó la sangre con la que roció el pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la Alianza que Yavé ha hecho con ustedes, conforme a todos estos compromisos.»
Pero esa alianza solo era una figura de la que Dios haría a través de Cristo que, como el Sumo Sacerdote que nos consigue los nuevos dones de Dios, entra en un santuario no creado y, con su propia Sangre, consigue de una sola vez nuestra liberación definitiva.
Por eso Cristo es el mediador de un nuevo testamento o alianza. Por su muerte fueron redimidas las faltas cometidas, y desde entonces la promesa se cumple en los que Dios llama para la herencia eterna: ¡nosotros!
Y esa promesa se cumple en la Misa de cada día:
Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen; esto es mi cuerpo». Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos».
Esta es la razón de ser de la solemnidad de hoy, en la que festejamos nuestra liberación, en la que el Cuerpo santísimo de Cristo es destrozado por amor a sus hijos, los hombres, y su santísima Sangre paga nuestros pecados.
¿No vale la pena celebrar este portentoso hecho?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 30, 2009
Un Dios cercano
Siempre que se habla de la Santísima Trinidad todos se acuerdan de la palabra misterio; y así es, efectivamente: el misterio más grande de nuestra fe. Leemos hoy en el Deuteronomio: ¿Hubo jamás una cosa tan extraordinaria como ésta? ¿Se ha oído cosa semejante?
Pero no siempre nos acordamos de que ese Dios es Padre. En la segunda lectura san Pablo nos lo dice claramente: no recibimos un espíritu de esclavos, sino el de los hijos, que nos permite gritar: ¡Papá! El Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.
Y tampoco recordamos que Jesús nos dijo: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia». Este Dios vive entre nosotros.
Así pues, podemos verificar que el Dios Uno y Trino —Padre, Hijo y Espíritu Santo— es un Dios cercano. Es más: vive en nosotros. La Santísima Trinidad reside en lo que san Juan de la Cruz llamó la sustancia del alma, es decir, nuestro espíritu.
Por eso, Jesús les dijo a los discípulos: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado». Esta realidad es conocida desde hace mucho tiempo como la inhabitación trinitaria: desde que fuimos bautizados Dios mora en nosotros.
Si permanecemos limpios, sin pecado, la Santísima Trinidad seguirá allí, dentro de nosotros, ayudándonos a ser santos, esto es: a ser felices. Si nos dejamos guiar por ella, si le permitimos que gobierne cada vez más nuestra vida, crecerá más y más en nuestro interior, hasta divinizarnos, hacer de nosotros hombres y mujeres perfectos, según su querer. Pero si pecamos, reduciremos su actuar en nosotros; y si lo hacemos gravemente, la echaremos de nuestras vidas, cometiendo el peor error que podamos cometer.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 9, 2009
Una fuerza descomunal
Estaban todos los apóstoles reunidos cuando, de repente, vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo…
La violencia que expresa en esta narración, en el lenguaje moderno, podría ser presagio de un suceso aterrador, algo demoledor, devastador.
Pero lo que hoy puede suceder es precisamente lo contrario: que el Espíritu Santo descienda sobre cada uno de nosotros, y penetre en el alma, para invadirnos de un amor inmenso, infinito, que es la mayor fuerza del cosmos: una fuerza unitiva tal, que lo cohesione todo, hasta hacerlo parecer uno.
Si recibiéramos con las debidas disposiciones esta fuerza sobrenatural —la más poderosa de todas—, inmediatamente quedaríamos fusionados al Dios–Amor: recibiríamos todo el impacto de su fuerza, sin podernos resistir a ella, pues experimentaríamos toda la felicidad que hemos estado anhelando toda la vida.
Y, como si fuera poco, esa fuerza nos llevaría a romper todos los obstáculos que ponemos para vivir el amor entre nosotros, aquí en la tierra. Quedaríamos con tal avidez de amar a nuestros semejantes, que nada ni nadie podría echar abajo. Comenzaríamos a vivir el ideal que Cristo vino a traer a la tierra: que cada uno de nosotros dedique su vida a trabajar por la felicidad de los demás, sin esperar nada a cambio; olvidándose de sí mismo.
Así constituiríamos la Nueva Jerusalén, la Jerusalén del amor: todos en un solo cuerpo. Haríamos realidad lo que hoy dice san Pablo: Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formemos un solo cuerpo.
Y recibiríamos su primer fruto: la paz que recibieron los apóstoles; cuando Jesús se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Y después, si fallamos, el perdón: «A quienes perdonen los pecados les serán perdonados». ¿Qué más queremos?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 2, 2009
¿Para qué subió Jesús?
“Subiendo a la altura, repartió dones a los hombres.” Eso fue lo que lo hizo subir: poder repartir regalos a los miembros de la Iglesia: Dios dispuso que unos fueran apóstoles; otros, profetas; otros, evangelizadores; otros, pastores y maestros, etc.
Y, ¿qué pretendía con ello? Que hubiera una adecuada organización de los miembros de la Iglesia, en las funciones del servicio, pues todos pertenecemos a un cuerpo: somos el Cuerpo místico de Cristo.
Por eso debemos ayudarnos los unos a los otros con los dones que cada uno recibió, para que todos crezcamos espiritualmente, hasta que lleguemos todos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo, a la felicidad personal y social, a la santidad individual y gremial.
Él sube, podríamos decir, para poder organizar la Iglesia desde allá. Porque no se trataba sólo de cumplir la misión de Jesús: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» Había que organizase.
De hecho, Jesús se presentó a ellos después de su pasión, y les dio numerosas pruebas de que vivía. Durante cuarenta días se dejó ver por ellos y les habló del Reino de Dios. En una ocasión en que estaba reunido con ellos les dijo que no se alejaran de Jerusalén y que esperaran lo que el Padre había prometido. «Ya les hablé al respecto, les dijo: Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días.»
Después, los apóstoles salieron a predicar en todos los lugares, y el Señor actuaba con ellos y confirmaba el mensaje con los milagros que los acompañaban. Y se fueron organizando, dirigidos por el Espíritu Santo, hasta conformar la Iglesia que conocemos hoy: con una cabeza invisible —Cristo—, una visible —el Santo Padre—, toda la jerarquía y el pueblo fiel, obediente a la jerarquía, caminando hacia la unión con Dios, hacia la felicidad eterna.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 26, 2009
La esencia del cristianismo
«Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios», nos dice hoy san Juan en la segunda lectura. Y añade: «El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor».
Al ver el mundo nos encontramos con una realidad innegable. El porcentaje de quienes no aman es muy alto; basta ver las noticias diarias para corroborarlo: aunque se ve el bien, parece que aquello que se dijo alguna vez es verdad: el hombre es un lobo para el hombre. El mal cunde por todas partes y los intereses particulares (casi siempre egoístas) están por encima de los de nuestros prójimos.
En la familia ocurre lo mismo: no estaría la sociedad enferma si no lo está su célula: las separaciones conyugales, la dispersión familiar, los problemas afectivos y emocionales, la soledad, etc., son cada vez más frecuentes
Conclusión fácil de sacar: todavía el mundo no ha conocido a Dios.
Sigue diciendo san Juan: «Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros: Dios envió a su Hijo único a este mundo para que tengamos vida por medio de Él». Y en el Evangelio leemos: «Dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor».
Y, ¿Cómo nos amó Jesús? Él mismo responde: «Como yo los he amado», dando la vida por nosotros.
Podemos preguntarnos: ¿Damos la vida por alguien? Y la respuesta ya la sabemos: solo quienes se gastan en el servicio desinteresado por los demás están cumpliendo el verdadero sentido del cristianismo. Y son pocos.
San Pedro, en la primera lectura dijo: «Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas». Esto quiere decir que tenemos que enseñarle a amar al mundo entero.
Y, ¿cómo? Con la única manera de hacerlo: con el ejemplo. El Hijo de Dios fue claro: «Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando».
Si no comenzamos hoy y ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 20, 2009
‘Pidan lo que quieran y lo conseguirán’
En el Evangelio Jesús nos invita: «Mientras ustedes permanezcan en Mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán».
Pero, ¿en qué consiste ese permanecer en Él? Podemos entender en qué consiste permanecer con Él pero, ¿en Él?…
Por fortuna, en otro texto de la Palabra de Dios del día de hoy está la respuesta: san Juan dice en la segunda lectura: «El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él». Y añade: «¿Y cuál es su mandato? Que creamos en el Nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros, tal como él nos lo ordenó».
Esto quiere decir que lo que hace que permanezcamos en Jesús es creer en Él y amarnos. Y que si hacemos estas dos cosas conseguiremos lo que pidamos. ¡Haremos milagros!
Pero no olvidemos que amar no es un mero sentimiento: «No amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino de verdad y con hechos».
Y, ¿cuáles son los hechos? Servicios, más que sentimientos. Servir a los demás, pero para que crezcan como seres humanos, para que encuentren su felicidad, para que sean santos; no para darles gusto en todos sus caprichos, pues los ayudaríamos a pervertir… A veces servirlos consistirá en corregirlos; otras, en aconsejarlos, ayudarlos a mejorar, exigirles…, todo por amor y con amor.
Así mejoraremos el mundo en que vivimos, pues empezarán a aparecer santos por todas partes. Como ocurrió con san Pablo, a quien todos le tenían miedo, pues no creían que él hubiera cambiado realmente; pero al ver la valentía con la que predicaba abiertamente el Nombre del Señor, cómo enseñaba a todos la manera de ser feliz en esta tierra, lo acogieron finalmente.
Así la Iglesia se edificaba, caminaba con los ojos puestos en el Señor y estaba llena del consuelo del Espíritu Santo.
Hoy, el Espíritu Santo quiere también lo mismo para nosotros. ¿Empezamos?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 12, 2009
El buen pastor da su vida por las ovejas
¡Qué amor tan singular nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos! Es el mismo amor que enseñó a sus Apóstoles y discípulos: los sacerdotes de hoy. Quería que ellos dieran la vida por sus ovejas, los demás fieles de la Iglesia, como Él la dio; en efecto, dijo claramente: «Yo doy mi vida por las ovejas»; y en otro pasaje: «Ámense los unos a los otros como Yo los he amado».
Si vemos que hoy no todos los sacerdotes se entregan con todas sus fuerzas, con todo su corazón, a ese servicio que el Fundador les encargó, si notamos que algunos no son capaces de dar su vida por el pueblo de Dios; es porque las ovejas han olvidado que hay que orar y ofrecer sacrificios por sus pastores, ya que ellos son atacados más fuertemente por el Demonio, pues él sabe que gana una gran batalla cuando derriba al pastor: las ovejas se dispersan.
Por eso se acierta cuando se dice que toda comunidad tiene el pastor que se merece. No los pueden dejar solos en esa lucha.
Orar y ofrecer sacrificios por los pastores. Si así lo hacen los laicos, verán a los sacerdotes como a san Pedro, que estaba lleno del Espíritu Santo, cuando les dijo a los Jefes del pueblo y a los Ancianos:
«Hoy debemos responder por el bien que hemos hecho a un enfermo. ¿A quién se debe esa sanación? Sépanlo todos ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre que está aquí sano delante de ustedes ha sido sanado por el Nombre de Jesucristo el Nazareno».
Sanación. ¡La gente quedará sana con la acción de los sacerdotes!: resucitarán los que estaban muertos por el pecado, oirán los que estaban sordos a las cosas de Dios, caminarán los que eran paralíticos para avanzar en la vida espiritual, los ciegos espirituales comenzarán a ver las maravillas de Dios…; en fin: el mundo será como lo quiere Dios.
Así, pues, laico: en tus manos está la salvación del mundo.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 5, 2009
Vivir y morir por el ideal más grande
Es impresionante ver el valor san Pedro y los demás Apóstoles: querían explicarle a la gente la felicidad que los embargaba; querían que todo el mundo se enterara que el ser humano puede ser feliz; habían encontrado la llave de la felicidad; nada les importaba: ni el sufrimiento, ni la cárcel, ni las críticas, ni que los encarcelaran, ni que los condenaran a muerte…
Y todo se basaba en un argumento que recoge hoy la primera lectura, de la boca de san Pedro: «Mataron al Señor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.»
Los demás Apóstoles se contaban unos a otros la misma noticia: Jesús resucitó y, por consiguiente, nosotros resucitaremos también. ¡Y resucitaremos a una vida de felicidad eterna!
Habían entendido que por este ideal, por esparcir esta noticia, vale la pena cualquier sacrificio; vale la pena hasta sacrificar la propia vida que, al fin y al cabo, es transitoria, efímera.
Jesús les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan».
Para ser felices es, por lo tanto, indispensable que nos arrepintamos, que consigamos el perdón de nuestros pecados y que, como dice la segunda lectura, no pequemos más. Y así conoceremos a Dios, que nos llevará al Cielo.
Sabremos que lo conocemos si cumplimos sus mandatos: los de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Si alguien los guarda, el auténtico amor de Dios está en él.
Si los Apóstoles y los primeros cristianos eran capaces de dejarse matar por este ideal, nosotros deberíamos preferir morir antes que dejar de cumplir uno de sus mandamientos; porque sabemos que si así lo hacemos lograremos la meta.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 20, 2009
Misericordia aquí
Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común.
Es lo que Dios quiere: una familia. Él no pensó en una democracia, una monarquía, anarquía, comunismo, socialismo…, todos inventos de la reducida inteligencia humana; y, por supuesto, todos con defectos, fallos, imperfecciones.
Entre otras cosas, a eso vino a la tierra: a fundar una familia en la que Dios es el Padre, y nosotros sus hijos —misericordiosos como Él— hermanos los unos de los otros, por quienes seríamos capaces de hacer cualquier cosa: quiere que en esta familia cada uno compita en el amor, esto es, en el servicio.
Y, ¿cómo aseguraremos que semejante “utopía” pueda llevarse a cabo? En primer lugar, porque sabemos que esa no es obra humana sino divina: será Él quien la forjará, en el momento preciso de la historia, con su fuerza todopoderosa.
El alma de semejante familia está descrita en la carta de san Juan que leímos hoy: “Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Si amamos al que da la vida, amamos también a quienes han nacido de Él; y por eso, cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, con toda certeza sabemos que amamos a los hijos de Dios”.
Quizá nos parecerá todavía algo imposible, pues sabemos que nuestras fuerzas son ínfimas, si las comparamos con la empresa que nos propone, pero sabemos que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe en Jesús.
Tomás no tuvo esa fe en Jesús. Tal vez estemos como Tomás: todavía no creemos que Jesús nos diga: “Como el Padre me envío a mí, así los envío Yo” a formar una familia en la que reine mi misericordia, una familia que va —unida— hacia el Cielo.
En cambio, ¡felices los que tienen esa fe en Jesús, los que sin haber visto creen!
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Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 14, 2009
Aprendió a obedecer
Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.
Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?
Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.
«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.
Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.
Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.
Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.
Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…
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Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 14, 2009
¡Y se quedó con nosotros!
La primera información escrita de la última cena del Señor fue la primera carta de san Pablo a los corintios; era una tradición que se conocía de boca en boca.
Oralmente, entonces, se sabían las tradiciones más importantes de la esencia de nuestra Fe. Luego, con el transcurso de los años, apareció esta carta y, después, los Evangelios; así se dejaron por escrito los testimonios orales. Es esta la razón por la cual la Iglesia enseña que la Palabra de Dios está contenida en la Tradición Apostólica y en la Biblia, y ambas están resumidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.
Dentro de la Tradición Apostólica está la Liturgia, que hoy celebra la institución de dos Sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal; además, se revive el gesto humilde y amoroso de Jesús de lavar los pies a sus discípulos.
Jesús nos prometió quedarse entre nosotros y nos cumplió: en cada partícula de la Hostia consagrada y en cada gota del Vino consagrado están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Así, nos sirve de alimento espiritual —fuerza para ser cada vez más parecidos a Él— y, además, lo podemos visitar cuando queramos… Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo. Es un pedazo de Cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo en nuestras almas! ¡Y pensar que hay quienes no se preparan bien para este encuentro!
Por otro lado, hoy Jesús ordena a los primeros sacerdotes. Sus sucesores, los obispos y los presbíteros están entre nosotros para administrar los Sacramentos, para servirnos como guías espirituales, para orar con y por el pueblo de Dios, para dirigir las celebraciones litúrgicas, para lavar los pies —los pecados— con el amor de Cristo…
Es la Ley del amor. ¡Demos gracias a Dios por tantos beneficios!
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Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 14, 2009
Busquen las cosas de arriba
Es muy triste encontrarse con cristianos que todavía no han entendido el mensaje de Jesús. Él no vino a solucionar nuestros problemas terrenales: personales, familiares, laborales, económicos o sociales; Él vino para pagar nuestras culpas y llevarnos al Cielo, a la felicidad absoluta. Y nos enseñó todo lo que debemos saber para conseguir este objetivo.
Debemos dar por supuesto que, si cumplimos lo que nos pide, seremos también felices aquí y, como si fuera poco, solucionaremos muchos de nuestros problemas terrenales; pero eso será una consecuencia, no la finalidad de la vida del cristiano.
La vida terrenal es apenas “una mala noche en una mala posada”, como dijo santa Teresa de Jesús. El mensaje cristiano se centra en la Resurrección: Jesús resucitó, y nosotros lo haremos también: a una vida feliz, inmensamente feliz, eternamente feliz, absolutamente feliz. En la tierra la felicidad que se puede alcanzar es relativa; no absoluta.
Es más: de hecho ya estamos resucitados si hemos sido bautizados, pues vivimos con esa meta en la mira: quien todavía pone todas sus esperanzas en las cosas temporales está muerto; muerto en vida, como si no se hubiera bautizado.
Por eso, san Pablo nos enseña en la segunda lectura que si hemos sido resucitados con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Nos dice que por lo único que vale la pena luchar es por las cosas de arriba, no por las de la tierra.
También Jesús le dijo a Marta que una sola cosa es la necesaria: el Reino de Dios, el Cielo. ¿Es así? ¿Se nos nota que es eso lo único que buscamos? ¿Está nuestro interés centrado ahí?
Recordemos que dijo que al que busque el Reino de Dios todo se le dará por añadidura. ¡Felicidad absoluta allá y felicidad relativa aquí! ¿Qué más queremos?
¿O es que estamos todavía como los apóstoles, que no habían entendido todavía la Escritura, como dice el Evangelio de hoy?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 9, 2009
La esencia de la sabiduría divina
Hoy se nos presentan dos acontecimientos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Es difícil entender su relación, pues primero Jesús es aclamado como Dios y luego es torturado hasta la muerte como un esclavo; este es uno de los misterios más maravillosos de nuestra fe: un Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios.
Esto nos ensaña que en la medida en que el ser humano se despoja de sus ataduras, de sus apegos, de sus malas inclinaciones, en esa medida crece su capacidad espiritual, se hace más cercano a Dios…
Debemos morir al pecado y a las malas acciones para poder llegar a Dios, a ese estado en el cual Él gobierna nuestras acciones: ya no tomamos las decisiones, basados en criterios humanos, sino que es el Espíritu Santo quien nos ilustra, quien nos dirige, quien decide por nosotros.
Así, cada acto estará lleno de la sabiduría divina, es decir, ya actuaremos según Dios y no según nuestro pobre modo de entender, equivocándonos con frecuencia, pues estamos viciados por el pecado original.
Así lo hizo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría encarnada. Y, ¿cómo lo hizo? Él mismo nos lo dice: No me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.
En la segunda lectura está la esencia de esta sabiduría: Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.
Si hacemos eso, reconocernos criaturas, seres falibles, capaces de caer, necesitados de Dios, Él nos engrandecerá también a nosotros y nos dará la sabiduría, con la que llegaremos a la meta de todo ser humano: la felicidad.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 9, 2009
La vida espiritual
Hay un aspecto de nuestra fe que muy pocos conocen y que, para los que lo viven, tiene reservadas las más maravillosas experiencias que en esta tierra se pueden disfrutar.
Se trata de la vida mística, es decir, la experiencia de lo divino. Efectivamente, el ser humano fue hecho para vivir estas experiencias; nada más podrá satisfacer esos anhelos que bullen en su interior: Dios se comunica al alma, colmándola de consuelos, gozos y deleites espirituales que nunca se podrán comparar con los terrenales.
Pero para acceder a ellos es necesario no reservarse nada, como nos lo sugiere la primera lectura: Dios le dijo a Abraham que por no haberse reservado ni siquiera a su hijo, que era lo que más quería, lo llenaría de bendiciones.
Por eso la Iglesia se goza poniendo a nuestra consideración la transfiguración del Señor el día de hoy: porque es figura de nuestra propia transfiguración, un cambio de figura, para que nos convirtamos en aquellos hijos de Dios que viven en intimidad con Dios, recibiendo de Él todas esas comunicaciones que llenan nuestras más íntimas y altas aspiraciones.
Además de no reservarnos nada, debemos orar. Orar mucho; con constancia y con confianza.
Una constancia tal que nunca dejemos de hacerlo; por ningún motivo; a diario.
Y una confianza total en ese amor divino, que lo único que busca es nuestra auténtica felicidad, la felicidad de haber llegado a la meta: el encuentro con Dios que nos transfigura. Confianza que muestra san Pablo en la segunda lectura:
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? Si ni siquiera perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos va a dar con Él todo lo demás? ¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios mismo los declara justos. ¿Quién los condenará? ¿Acaso será Cristo, el que murió y, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios intercediendo por nosotros?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 2, 2009
Entrar en el Arca
Nos dice san Pedro que muchos se negaron a creer, en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.
Hoy es posible que vivamos una situación similar: el mal que hay en el mundo es una evidencia palpable y, si miramos nuestro interior, quizá encontremos aspectos de nuestra vida por corregir, conductas para cambiar, virtudes que instaurar…
Con esta cuaresma que comienza se abre ante nuestros ojos la oportunidad perfecta para hacer esos cambios; es una especie de Arca en la que debemos entrar para pasar el torrencial, hasta que lleguemos a la Semana Santa, limpios y puros, como Dios nos quiere.
Y el ejemplo nos lo da el mismo Cristo, como nos lo cuenta el Evangelio: Estuvo cuarenta días en el desierto, orando, haciendo penitencia. Esta es la oportunidad que nos brinda Dios, por medio de su Iglesia: un tiempo de examen, reparación y cambio; y todo con la finalidad de estar preparados para el encuentro con Dios, en las fiestas de Pascua y, también, en la fiesta del Cielo.
No faltarán las pruebas; a Jesús le pasó lo mismo: fue tentado por Satanás. Él no quiere nuestra conversión, por eso, enfilará todas sus fuerzas para evitarla.
En el fondo, la Cuaresma se vive toda la vida: Dios permite que el Demonio nos ataque para irnos fortaleciendo y para ir eliminando las impurezas que nos impedirían ir al Cielo, a gozar de la eternidad feliz.
Pero nunca nos faltará la fuerza de Dios, la gracia, con la que venceremos al enemigo de nuestra auténtica realización personal, es decir, la eterna bienaventuranza junto al Amor de los amores. Ya muchos lo han logrado; ¿por qué no vamos a lograrlo nosotros?
Jesús, como entonces, nos proclama la Buena Noticia de Dios: «El Reino de Dios está cerca. Cambien sus caminos y crean en la Buena Noticia.»
¿Desatenderemos ese llamado de amor? ¿Vamos a entrar en el Arca?
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Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 23, 2009
Algo nuevo está brotando…
Son tiempos difíciles. El mal ronda por todas partes: secuestros, asesinatos, guerras, robos, políticas gubernamentales que favorecen sólo a unos pocos, hambre, injusticia…
El profeta Isaías escribe lo que dice el Señor al respecto: Tú no me invocas, pueblo mío; ni te esfuerzas por mí; me avasallas con tus pecados, y me cansas con tus culpas.
Pareciera que los hombres no avanzamos: seguimos tan mal como antes o peor quizá… Hemos progresado en tecnología y en ciencia, pero parecemos paralíticos en lo moral y en lo espiritual.
Lo sorprendente es que Él mismo nos anuncia: No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?
Y, ¿qué es eso nuevo? Que nos va a curar la parálisis moral y espiritual, tal y como lo hizo en Cafarnaún: cuando le trajeron al paralítico, les dijo: «¿Qué es más fácil: decirle “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Y luego se dirige a él: “Contigo hablo: levántate; coge tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y se fue a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”».
Esto es lo nuevo, lo que había anunciado siete siglos atrás: que Dios, por su cuenta, borra nuestros crímenes, y no se acuerda de nuestros pecados.
Pero lo hace con quien está verdaderamente arrepentido, con quien acata sus reglas, con quien confiesa sus pecados a un sacerdote. Y con quien cambia de conducta.
Él lo prometió y lo cumple, como lo escribió san Pablo a los Corintios: en Cristo Jesús, el Hijo de Dios, todas las promesas se han cumplido.
Y por eso debemos estar felices y darle gloria.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 17, 2009
‘¡Impuro, impuro!’
En la época de Jesús, quien había sido declarado enfermo de lepra, debía ir harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!». Y también debía vivir solo, lejos de los pueblos y ciudades.
Esta regla, según los Padres de la Iglesia, fue impuesta por Dios como un símbolo del pecado que todos cometemos, pues sabemos que quien diga que no ha pecado es un mentiroso, como nos lo enseñó san Juan. Es por esa consciencia que tenemos de ser pecadores que todos los pueblos, desde que el homo sapiens camina por la tierra, han ofrecido sacrificios a sus dioses.
Pero Dios mismo vino en busca del hombre que se creía irremediablemente perdido, y pagó todos sus pecados.
Por eso la Iglesia nos propone que gritemos, ya no: «¡Impuros, impuros!», sino las palabras del salmo de hoy: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; ¡y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!».
Se acercó Jesús a nosotros, leprosos por el pecado, que pedíamos: «Si quieres, puedes limpiarme». Y, sintiendo lástima, extendió la mano, nos tocó y dijo: «Quiero: queden limpios».
Por eso, como nos enseña hoy san Pablo, cuando comamos o bebamos o hagamos cualquier otra cosa, hagámoslo todo para gloria de ese Dios que nos perdonó y nos sigue perdonando en el Sacramento de la Confesión.
Y hagamos lo que hizo el leproso curado: divulguemos el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no pueda evitar el agradecimiento de todos los seres humanos.
Y, aunque se esconda en descampado —en los sagrarios, en el silencio del alma, en la Fe desértica de cada cristiano—, aun así acudan a Él, para darle gloria con su buen comportamiento.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 17, 2009
Casados y solteros, ¿profetas?
Está muy claro el mensaje de las lecturas de hoy para todo cristiano, pues quien encontró el camino hacia la felicidad siente que tiene el compromiso de enseñarlo a todos, para hacerlos partícipes de esa dicha: es una necesidad y una obligación predicar la Palabra de Dios.
Pero debemos hacerlo con convicción, como Jesús que, cuando hablaba, sus oyentes se quedaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad. Por eso, lo debemos hacer, primero, con nuestra conducta; después, si tenemos oportunidad, también con nuestras palabras.
Y así nos convertiremos, como lo exige nuestro bautismo, en profetas. Lo dice Dios: Pondré mis palabras en la boca de mis profetas, y ellos les dirán todo lo que yo les mande. Y si un hombre no escucha mis palabras, las que esos profetas pronuncien en mi Nombre, yo mismo le pediré cuentas. Por eso decimos con el salmo: «Ojalá escuchen hoy su voz; no endurezcan sus corazones».
Algunos de esos profetas —los sacerdotes, los religiosos— se dedican de lleno a Dios, preocupados únicamente por los asuntos del Señor, buscando agradarlo en todo; en cambio, los casados se preocupan de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer. Lo mismo, las religiosas se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.
En ambos casos somos profetas. En ambos casos aclamamos al Señor, damos vítores a la Roca que nos salva, entramos en su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos, bendiciendo al Señor, creador nuestro, porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Y en ambos casos podremos echar demonios, como Jesús: hasta los espíritus inmundos nos obedecerán: se irán de nuestras vidas el egoísmo, el estrés y la tristeza; y vendrán a cambio el amor, la paz y la alegría.
Y la fama del Señor se extenderá por todas partes, como cuenta el Evangelio.
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Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 9, 2009
El sentido de la vida
Al analizar al ser humano del tercer milenio, es fácil descubrir que tiene las mismas inquietudes de hombre antiguo. Hoy leemos que Job, aquel misterioso personaje, se preguntaba acerca de la vida casi trágicamente: «Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche, los días corren y se consumen sin esperanza…, mi vida es un soplo».
No hay nada más trágico que no saber de dónde venimos, para dónde vamos y qué vinimos a hacer en esta tierra… Vivir así, sin sentido, desgarra el corazón. Los que así lo hacen son unos inconscientes. Pero los hombres que se preguntan por el sentido de sus vidas parece que sufrieran de angustia existencial.
Para sanar estos corazones destrozados vino Jesús. Lo dice el salmo de Hoy: «Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas». Y vino también para sanar las demás enfermedades; lo dice también el Evangelio: La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, Él la levantó y se le quitó la fiebre. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y posesos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos y expulsó demonios.
En estos tiempos necesitamos expulsar principalmente los demonios de la ignorancia acerca del origen, el sentido y el destino de nuestras vidas. Y la única forma de salir de esa ignorancia es escuchar la Palabra de Dios. Él nos creó; por eso sólo Él puede responder preguntas tan trascendentales.
Es en la Palabra de Dios, en la Revelación, donde el ser humano puede hallar respuestas. Por eso el Evangelio nos cuenta que Jesús apremió a los apóstoles diciéndoles: vámonos a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Y así recorrió toda Galilea, enseñando el sentido de la vida.
Y así lo entendieron sus discípulos. Por eso se pusieron a predicar. San Pablo decía: «Siendo libre como soy me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Me he hecho débil con los débiles, para ganar débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos».
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