Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

Archivos de la categoría ‘La Cruz’

El grano de trigo

Publicado por pablofranciscomaurino en Enero 23, 2009

El grano de trigo

 

Jesucristo, quien es la imagen de Dios invisible, la Sabiduría infinita encarnada, la mismísima Palabra de Dios, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, dijo algo que nos narra el Evangelio, algo que quizá no hemos meditado con profundidad: «En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.» (Jn 12, 24)

Él se refería, primero, a su muerte: si muero por ustedes, daré mucho fruto: repararé la ofensa de los hombres contra mi Padre celestial, muchas almas se salvarán, entrarán al Cielo, y se instaurará mi Reino en la tierra: Reino de amor, paz y alegría.

Pero también quiso explicarnos que, para llegar a la dicha eterna, a la felicidad sin fin, es necesario que muramos a nuestros egoísmos, a la soberbia, a la codicia, a la lujuria, a la envidia, a la pereza, a la gula, a la ira…; y que si no morimos a todo esto, vamos a quedar solos e infelices, y fracasaremos como seres humanos.

Para explicárnoslo mejor, inmediatamente después, añadió: «El que ama su vida la destruye» (Jn 12, 25a). Con esto quiere significar que todos aquellos que pretenden amar la vida terrenal hasta el extremo de olvidarse de la vida eterna, se autodestruyen para siempre; es decir, que quienes buscan el placer, el tener, el poder o la fama (cosas para la vida presente), por encima de la gloria y honra de Dios, nunca llegarán a ser felices.

Y continuó: «El que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna» (Jn 12, 25b). Así queda clara la otra opción: si, por el amor a Dios y a los demás somos capaces de despreciar el placer, el tener, el poder y la fama, ganaremos la infinita bienaventuranza.

En esto consiste seguir a Jesús. Fijémonos en las palabras que dijo después: «El que quiera servirme, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Y al que me sirve, el Padre le dará un puesto de honor» (Jn 12, 26). Ese puesto de honor es la auténtica realización del ser humano: el gozo perpetuo junto a Él, el Amor.

 

 

 

 

  

 

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El error de san Pablo

Publicado por pablofranciscomaurino en Diciembre 13, 2008

 

Hablaba san Pablo a los atenienses en el areópago, acerca del «Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él» (Hch 17, 24) y, saltándose el relato de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor, les predicó la Resurrección de Jesucristo.

«Cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros le decían: “Sobre esto te escucharemos en otra ocasión”». (Hch 17, 32)

Este fracaso de san Pablo nos da una lección clara acerca de la importancia de la predicación de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Efectivamente, sabemos que luego el Apóstol se dirigió a predicar en Corinto. Y es a los corintios, precisamente, a quienes les dice en su primera carta: «Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Co 2, 2). Se ve, pues, que san Pablo aprendió la lección.

Y nosotros, ¿aprendimos esta lección?

Poco a poco, en los tiempos modernos, se incrementa el discurso de la Resurrección de Cristo y decrece con él la predicación de la Cruz de Cristo. Poco a poco se retiran de los templos las imágenes de Cristo crucificado y se colocan las de Cristo resucitado. Es evidente que se quiere enseñar la virtud teologal de la Esperanza, proclamar el bienestar de la resurrección, el fin maravilloso que nos espera; pero parece que se nos están olvidando los medios para conseguirlo: la sabiduría de la Cruz.

Sabiduría, dice el Diccionario, es «Conducta prudente en la vida», es decir, el adecuado modo de vivir para conseguir la felicidad, la suerte de los bienaventurados en el Cielo. La misma sabiduría que enseñaban los apóstoles: «Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria» (1 Co 2, 7).

Y ¿dónde está esa sabiduría divina? En la Cruz de Cristo; nos lo dice claramente el Apóstol: «¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Porque [...] los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado (1 Co 1, 20. 22-24a).

Pero el versículo continúa: «escándalo para los judíos, locura para los gentiles». Escándalo para algunos que creen que el cristianismo es llegar al Cielo sin pasar por la cruz; locura para quienes piensan todavía que es posible pasar esta vida sin cruz.

¡No! ¡Nosotros necesitamos pasar por la cruz para purificarnos, y así poder entrar en el Cielo, es decir, conseguir la felicidad! Y, ¿cómo lo sabemos? Porque no ignoramos que a la gloria eterna «no entrará cosa impura» (Ap 21, 27a).

¡Dejémonos purificar! No cometamos más el error de san Pablo; corrijámonos con él lo hizo. Amemos la Cruz; Dios la permite porque nos ama como hijos: «Vosotros sufrís, pero es para vuestro bien, y Dios os trata como a hijos» (Hb 12, 7a).

   

 

 

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Edith Stein y la Cruz*

Publicado por pablofranciscomaurino en Septiembre 7, 2008

La mejor lección que aprendió esta mujer inteligente y culta, fue la lección de la sabiduría de la cruz de Cristo. Fue la cruz lo que comenzó a cuestionarla en su búsqueda de la verdad, a abrir nuevas vías de búsqueda y acercarla a la fe verdadera. La cruz es lo que modeló y afianzó su experiencia cristiana y religiosa. La sabiduría de la cruz, según el modelo ofrecido por San Juan de la Cruz y la espiritualidad del Carmelo teresiano, se convierte en el leit-motiv de toda su vida, su obra y su espiritualidad.

Desde su experiencia profundamente cristocéntrica, comprende que toda experiencia mística pasa necesariamente por la experiencia de la cruz, de la noche oscura; comprende asimismo que el misterio de la cruz es la fuerza vivificante de la vida espiritual, y que la vida del hombre es un vía crucis en el que se da una identificación progresiva con el Crucificado hasta llegar a la unión con Dios.

Antes de ingresar en el Carmelo, llega a comprender, por una gracia especial de Dios como ella misma explica, que la cruz de Cristo pesaba en esos momentos históricos sobre su pueblo y que el destino de su pueblo era también el suyo; por eso se ofrece a cargarla sobre sí en nombre de todos: “Bajo la cruz comprendí el destino del pueblo de Dios… Pensé que quienes comprendieron que esto era la cruz de Cristo, deberían tomarla sobre sí en nombre de todos”. Esta ofrenda a Dios por su pueblo, aprendió a vivirla y madurarla en el Carmelo, haciendo del misterio de la cruz una fuente de sabiduría y fortaleza. Edith aprende a compartir los sufrimientos de su pueblo, de su familia y de todas las personas que sufren y con las que se siente identificada, consciente de que “la pasión de Cristo se continúa en su cuerpo místico y en cada uno de sus miembros, y si es un miembro vivo, entonces el sufrimiento y la muerte reciben una fuerza redentora en virtud de la divinidad de su cabeza”.

Vivir su vocación de carmelita es para ella estar ante Dios para los otros, de forma vicaria, en actitud de ofrenda; hacerse omnipresente con Cristo para todos los atribulados, “ser la fuerza de la cruz en todos los frentes y en todos los lugares de aflicción”. Desde su conversión toda su vida espiritual está orientada y centrada en Cristo; y por eso sabe que no hay verdadero encuentro con Cristo que no implique la cruz; si Cristo nos salvó muriendo en la cruz, todo camino de salvación y “toda unión con Dios, pasa por la cruz, se realiza en la cruz y está sellada con la cruz por toda la eternidad”; por eso también “el camino del sufrimiento es el más calificado para la unión con el Señor”, como ella misma escribe a una de sus alumnas que estaba viviendo una situación difícil.

Pero Edith Stein no sólo aprende y enseña la sabiduría de la cruz sino, sobre todo, la vive hasta la plenitud, inmolándose conscientemente como Jesús a favor de los demás. Especialmente los últimos meses de su vida estuvieron marcados por el sufrimiento y la cruz, causada por la trágica situación de su pueblo, por la incertidumbre sobre la suerte de su familia y por las consecuencias de la guerra. Poco después de haber llegado al Carmelo de Echt, escribía a una amiga que deseaba transmitirle algún consuelo: “Desde luego, no hay consuelo humano, pero el que impone la cruz sabe cómo hacer la carga dulce y ligera”. En medio de tan profunda experiencia de cruz, ella no tiene otro deseo que cumplir la voluntad de Dios y es capaz de pensar en el sufrimiento de los demás antes que en el suyo propio: “Es preciso orar para mantenerse fiel en cada situación, y, ante todo, orar por tantos y tantos que lo tienen más difícil que yo y no están anclados en la eternidad”. Un par de meses antes de su muerte, mientras trabajaba en su obra sobre San Juan de la Cruz, escribía: “Una ciencia de la cruz sólo se puede adquirir si se llega a experimentar afondo la cruz”. Ella llegó a experimentarla hasta el fondo, pero la aceptó con alegría y perfecta sumisión a la voluntad de Dios, ofreciendo generosamente su vida por los demás, como deja claro en su testamento.

La vida y la obra de Edith Stein es un luminoso testimonio de esperanza, que nos estimula y nos invita a aprender esta sabiduría que brota del misterio de la cruz de Cristo, pues sólo ella es capaz de dar sabor a la vida y sentido al sufrimiento humano, sólo ella puede proporcionar respuestas satisfactorias a las grandes cuestiones que preocupan o angustian al hombre de hoy.

Anónimo

 

 

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Las fiestas de los mártires*

Publicado por pablofranciscomaurino en Septiembre 7, 2008

De los sermones de san Agustín, obispo y Padre de la Iglesia (Sermón 47 de los santos) 

 

La celebración de las fiestas de los santos mártires nos da motivo para esperar conseguir, por su intercesión, los bienes temporales que nos ayudan a conseguir los eternos, como fruto de la imitación de los mismos mártires. Cele­bran con gozo verdadero las festividades de los mártires los que siguen los ejemplos dados por los mismos. Las fies­tas de los mártires son invitaciones al martirio, a fin de que no nos asuste imitar a aquellos cuya celebración nos alegra.

Pero nosotros queremos alegrarnos con los santos y, no obstante, no queremos sufrir con ellos las tribulaciones del mundo. No puede alcanzar la felicidad de los santos mártires aquel que no quiere imitarlos en cuanto esté de su parte. Es el apóstol san Pablo quien nos lo enseña: Si sois solidarios en los sufrimientos, también lo seréis en la consolación (2Co 1, 7). Y el Señor en el Evangelio: Si el mundo os odia, sabed que primero me ha odiado a mí (Jn 15, 18). Rehúsa per­tenecer al cuerpo quien no quiere sufrir el odio con la cabeza.

Pero dirá alguno: «Y ¿quién es capaz de seguir los ejem­plos de los bienaventurados mártires?» A éste le respondo que no sólo a los mártires, sino al mismo Señor, con su gracia, si queremos, lo podemos imitar. Escuchad, no a mí, sino al Señor que anuncia: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón (Mt 11, 29). Oye también la admonición de san Pedro: Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo, para que sigamos sus huellas (1P 2, 21).

   

 

 

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¿Por qué permite Dios que suframos?

Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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Los inevitables sufrimientos

Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 13, 2008

 

La aterradora realidad del sufrimiento humano —de la que nadie ha podido escapar los cien o doscientos mil años que el hombre lleva sobre la tierra— ha hecho que algunos pretendan lo imposible: vivir sin dolor. Anestésicos y analgésicos de todo tipo, por una parte; técnicas de control mental, faquirismo y budismo, por otra…; siempre buscando libarse del sufrimiento…

Pero han sido infructuosos los intentos: todo ser humano ha tenido que experimentar alguna vez el sufrimiento físico o biológico: los nervios sensitivos llevan la sensación de dolor al sistema nervioso central… ¿Quién no ha sentido frío, calor, sed, hambre, cansancio…?

El sufrimiento emocional también llega —tarde o temprano— a nuestras vidas: se sufre, por ejemplo, ante un fracaso, por el peso del trabajo y de la pobreza, por las vergüenzas, o por una desilusión, las «injusticias», la humillación, la deshonra, el desprestigio, el desconsuelo… Por eso, el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión y muchas enfermedades psicológicas más son muestras de esta realidad que tanto pulula en nuestros días.

En el ámbito afectivo también el ser humano se afecta: la ingratitud, el cariño no correspondido, la indiferencia de los seres queridos, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, el desprecio, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, la soledad…

Un cuarto tipo de sufrimiento es el moral, frecuentemente confundido con los anteriores: se sufre cuando se ve el mal, porque va en contra de la caridad, porque ofende a Dios… Por la misma razón nos duele también el mal que realizamos. ¡Y duele más cuanto más está el alma enamorada de Dios!

Pero el sufrimiento que más afecta es el espiritual: en la vida de intimidad con Dios, cuando el alma es «tocada» por Dios y queda prendada del amor de Dios, ya no hay nada que la atraiga más que la unión con el Amor de los amores… Y, como el alma vive esta vida terrenal, esa separación duele infinitamente, pues infinito es el bien del que se está perdiendo… Dolor que es incomparable a todos los demás, pero que es preciso experimentar para poder llegar limpios a esa unión con Dios, que llenará al alma de los gozos y deleites espirituales que apenas se presienten en la vida de oración, y de la que tanto han hablado los autores místicos. En esta etapa ya los placeres terrenales son despreciables…

Por eso Dios permite nuestro sufrimiento: para purificarnos de todos los apegos y apetitos a los que tendemos desordenadamente, y lleguemos a la meta donde se realizará nuestra auténtica realización personal:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.

Además, cuando nuestros padres según la carne nos corregían, los respetábamos. ¿No deberíamos someternos con mayor razón al Padre de los espíritus para tener vida? Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-12)

 

 

 

 

 

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Ayuno y abstinencia

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

Dicen los Pastores con su estribillo anual en el tiempo de Cuaresma: “El sentido del ayuno y la abstinencia no es el del masoquista, ni Dios quiere algo así; el auténtico sentido del ayuno y la abstinencia es el de ayudar a los necesitados con lo que nos ahorramos”.

Pero son pocos los que explican que el ayuno y la abstinencia tienen una finalidad expiatoria:  el dolor y arrepentimiento que se tiene de las malas acciones realizadas, el sentimiento de haber ejecutado algo que no se quisiera haber hecho, nos llevan a desear borrar las culpas, purificándonos de ellas por medio de algún sacrificio —por los méritos de Jesucristo— y a hacer el propósito de no pecar más.

El ayuno y la abstinencia tienen también un sentido ascético:  los ejercicios penosos con los que mortificamos nuestras pasiones y sentidos nos hacen quedar libres de toda atadura terrenal, de todo apego, purificándonos, y así podemos conseguir la perfección espiritual que nos pidió Jesús (Mt 5, 48). Y sabemos que esos sacrificios tienen esta utilidad si los unimos a los méritos de Jesucristo.

El sacrificio enriquece poderosamente la fuerza de la oración: la oración se avalora con el sacrificio, puesto que queda unida a los méritos de Jesucristo.

Estos actos de mortificación interior y exterior nos hacen crecer como seres humanos: nos llenan de virtudes que no tendríamos sin ellos.

Hacer ayuno y la abstinencia nos une efectivamente a Jesucristo, que nos dio ese ejemplo durante cuarenta días.

Con la penitencia se consuela a Jesús, que está viendo que el pecado todavía impera en muchas partes del mundo y que, por lo tanto, los hombres todavía no son conscientes de su dignidad de hijos de Dios.

El ayuno y la abstinencia son la mejor arma para la eficacia en las tareas apostólicas: con ellos preparó Jesús su vida pública.

¿Acaso dicen los Evangelios que Jesús hizo ese ayuno para ayudar económicamente a los pobres? El Espíritu Santo no inspiró a ningún evangelista a escribir esto.

Otra cosa es que el buen cristiano quiera practicar la caridad con el dinero que ahorra, especialmente cooperando con la campaña de la Comunicación cristiana de bienes,  que organiza cada año la Conferencia Episcopal, y que tanto bien hace; pero eso es una consecuencia, no la esencia del ayuno y la abstinencia.

 

 

 

 

 

 

 

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El Dolor humano

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

 «La religión católica es trágica: su principal representación es una cruz, en la que está un muerto desangrado».

Esta frase de un desconocedor del cristianismo debe suscitar un análisis profundo de nuestra vida y de nuestra Fe.

Lo primero que debe hacerse es estudiar la naturaleza:

Para sacarle mucho jugo a un limón es necesario arrancarlo de la rama, magullarlo, cortarlo y exprimirlo, y cuanto más se exprime, tanto más jugo se le saca. El limón, en el árbol, se veía hermoso, pero no servía para nada. Tuvo que ser destruido para ser útil.

Una cebra en la estepa también se ve bella; pero, aparte de abonar la tierra con sus excrementos, no sirve para nada. Se hará verdaderamente útil en el momento en que es triturada por las dentelladas de las leonas, sirviéndoles de alimento.

Un ser humano necesita que mate seres vivos —vegetales y/o animales— para alimentarse. Ellos deben morir para que otros vivan. Así hizo Dios a los seres vivos: la muerte al servicio de la vida.

Hoy, el ser humano ya no sirve de alimento a las fieras sino en muy contadas ocasiones. En cambio, todos los logros le exigen un poco de dolor: con contadas excepciones, las madres paren con dolor y ¡qué alegría tan grande la que sienten!; los muchachos tienen que pasar por el jardín infantil, el colegio y la universidad para ser profesionales y, ¡cuántos sacrificios hacen en esos 19 años! (si es que no hacen posgrado); los grandes científicos logran sus anhelados avances tras noches y noches de trabajo e insomnio…, en fin, los ideales no se logran sin sacrificios.

Y, ¿por qué Dios se inventó esta ley?

Hay una frase suya puede explicárnoslo:

«En verdad les digo: Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». (Jn 12, 24)

Esto quiere decir, en primer lugar, que cada acto de amor extirpa de mí un poco de egoísmo o, por lo menos, de egocentrismo. Esta pequeña violencia que me hago al olvidar mi satisfacción personal por darle gusto a un ser querido hace morir un poco mi egoísmo, y no me importa, puesto que estoy enamorado.

Ese «morir un poco mi egoísmo» es la señal más clara del amor verdadero: pienso más en ella (o en él) que en mí, más en su bienestar que en el mío, más en su felicidad que en la mía… Y —¡qué paradoja!— así me hago feliz: amar es lo que más felicidad trae.

En la medida en que sintamos más amor, más deseos de servir al otro, más deseos de su felicidad, nos sacrificamos más por él. Basta ver el amor de una madre y hacer memoria de la cantidad de sacrificios que hace por un hijo.

Pero le tenemos miedo al dolor, huimos de él…, como en una fuga de lo natural.

Es necesario que nos expriman (como al limón) para que produzcamos fruto: el científico que no se trasnocha, que no se «quema las pestañas» frente a un microscopio y a sus estadísticas no descubre las vacunas que han salvado tantas vidas, el atleta que no entrena hasta el dolor muscular no llega a las metas que se propuso…

Es necesario que trituren (como a la cebra) nuestro «yo», para que aparezca el «tú»: si cada esposo va tras la felicidad del otro, fácilmente se olvidará de sí, de su egoísmo y hasta de sus metas nobles… ¡Y será feliz! Y enseñará a amar: sus hijos verán ese ejemplo de vida y se sentirán impulsados a seguirlo.

Asimismo, es la cruz de cada día la que nos gana méritos para obtener el Cielo para nosotros y para nuestros seres queridos.

Es la cruz de cada día la que nos enseña providencialmente en qué podemos mejorar.

Es la cruz de cada día la que nos muestra, a veces, nuestros errores, para que rectifiquemos el camino.

Es la cruz de cada día la que nos agranda el corazón para comprender mejor a los demás.

Es la cruz de cada día la que hace que en los que ven nuestro sufrimiento se despierten sentimientos de compasión que, de otro modo, nunca se desarrollarían.

En fin, es la cruz de cada día la que a veces podemos ofrecer a Dios para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

Si supiéramos cuánto nos ama Dios se irían de nuestro lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etcétera. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría. Sabiduría que conocen los padres: a veces deben permitir que sus hijos sufran para que aprendan a vivir.

Debemos aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios:

El católico que quiere transformar a la sociedad debe seguir el ejemplo de Cristo: que vivió una vida sencilla de trabajo y amor, que nos sirvió como ejemplo; dedicó solamente 3 de 30 años, el 10%, de su vida a predicar (¡cómo nos sobran palabras, y cuánta falta nos hace la acción!); y que murió por sus amigos, dándolo todo en la cruz. Mirémoslo…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado… ¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

¡Y ese dolor trajo la Redención a la humanidad entera!

¡Y ese dolor hizo que pudiéramos tener la esperanza de llegar al Cielo!

¡Y ese dolor fue el que venció a la verdadera muerte: la eterna! Ahora podemos resucitar para vivir felices por siempre.

¡Sólo después de ese dolor —Amor— nos podemos llamar hijos de Dios!

Ahora sí podemos entender por qué nuestro emblema es un Dios hecho hombre, muerto y colgado de una Cruz.

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

 

 

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El dedo en la llaga

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

Lo que va a leer le va a doler. Algo de lo que está escrito en este artículo no le va a gustar. Después no se queje: dirá que le pusieron el dedo en la llaga…

Mientras muchos teólogos disputan cosas altas y encumbradas, mientras algunos obispos se ocupan en las cosas de su cargo, mientras millones de párrocos concentran sus esfuerzos para sacar la parroquia adelante, mientras unos religiosos se reúnen para un nuevo capítulo general o provincial, mientras ciertos laicos comprometidos sugieren cómo conseguir un altoparlante para llegar a más gente…; mientras tanto, entre el pueblo llamado católico, crecen los índices de abortos, adulterios, divorcios, uso de anticonceptivos, relaciones prematrimoniales, uniones libres, matrimonios civiles, pornografía…; robos, cobros injustos, demoras en los pagos de los empleados, no pago de impuestos, etc.

Mientras tanto, las creencias y lecturas esotéricas (Nueva Era), el espiritismo, el satanismo, los agüeros, etc., atraen cada día a más y más católicos…

Mientras tanto, ex católicos llenan cada vez más las otras denominaciones cristianas y sectas de toda índole…

Mientras tanto, los índices de católicos que asisten a la Eucaristía y participan de los Sacramentos disminuye dramáticamente…

¿Por qué sucede todo esto?

«Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden.» (1Co 1, 18a)

Porque algunos teólogos, obispos, presbíteros, religiosos y laicos han olvidado la cruz o le tienen miedo; porque sin dejar de hacer lo dicho más arriba —lo que les corresponde— no aceptan ni buscan la unión con la Cruz redentora y eficacísima de Jesús, que terminó en la Resurrección.

Y resurrección es lo que necesita el católico de hoy, que está muerto porque no está evangelizado. Y no está evangelizado porque evangelizar no es lo mismo que enseñar: enseñar es simplemente transmitir unos conocimientos; evangelizar, por el contrario, no se logra sin el martirio de nuestro propio «yo», sin la unión con el sacrificio de Cristo. Por eso la cruz es una locura para los que se pierden; «pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios.» (1Co 1, 18a). ¡El poder que nos falta!

Si seguimos empeñados en «enseñar», nos seguiremos fijando en las técnicas, en los medios, en fin, en la sabiduría de los hombres. Pero, ¿qué dice Dios de esto?:

«Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la pericia de los instruidos. Sabios, entendidos, teóricos de este mundo: ¡cómo quedan puestos! ¿Y la sabiduría de este mundo? Dios la dejó como loca.» (1Co 1, 19-20)

Otros pretenden convertir hoy a los tibios con milagros: apariciones de la Virgen en todas partes, anuncios de castigos, profecías que viajan a través de la Internet, hojitas que prometen bienestar y que se dejan en las bancas de las iglesias…

¡Qué actuales son las palabras de san Pablo!:

«Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros proclamamos a un Mesías crucificado: para los judíos, ¡qué escándalo! Y para los griegos, ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.» (1Co 1, 22-24).

La unión efectiva —no figurativa— con la Cruz de Cristo es el único camino para fortalecer a la Iglesia y resucitar a los muertos: fue el camino que recorrió Jesús. Cristianos son los que siguen a Cristo: ¡No más miedo a la Cruz!

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

 

 

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Donde hay más martirio hay más vocaciones

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

Es evidente que hay una crisis profunda en la Iglesia: constantemente se reciben noticias acerca de que tanto el número de vocaciones sacerdotales como religiosas es muy bajo: aunque a veces se lee en distintas publicaciones que aumentó ligeramente en algún lugar o en alguna institución, al hacer la proporción de esas cifras, se encuentran los índices muy bajos, comparados con el crecimiento demográfico.

Por eso, es de grandísima importancia profundizar conscientemente en las causas que han originado esta disminución vocacional.

Para ello, conviene detenerse primero en la esencia de la vocación religiosa.

Teóricamente son muy bien conocidos por todos los aspectos que se deben tener en cuenta para que un cristiano se decida por la vida religiosa: después de un proceso de discernimiento vocacional, la evidencia de un llamado divino al Amor, dentro de un carisma específico.

Pero, de acuerdo con la experiencia en la dirección espiritual, se puede deducir —no sin inmensa tristeza— que muchos religiosos han tomado la decisión de ingresar a una comunidad por distintas causas, todas diferentes a la descrita en el párrafo anterior.

Efectivamente, aunque hay vocaciones auténticas, hombres y mujeres felices, verdaderamente enamorados de Dios, dispuestos a seguir los consejos evangélicos y llegar al martirio, si Dios se lo pide; algunos religiosos y sacerdotes se guían por criterios más superficiales. He aquí, estadísticamente, los más frecuentes:

Circunstancias espirituales particulares, que son entendidas como la voluntad de Dios, hechas sin todos los pasos que implica el proceso completo del discernimiento vocacional.

Dificultades psicológicas —afectivas y/o emocionales— que inducen a los individuos a encontrar un posible camino para ellos: piensan, en el fondo de su corazón, que ese es el «lugar» (el estado) donde mejor se adaptan sus aptitudes, sus condiciones… Pero no exteriorizan sus pensamientos. Obviamente aquí también ha fallado algo en el proceso de discernimiento.

Una «realización personal» entendida únicamente bajo parámetros puramente humanos planeada, casi siempre, únicamente desde el punto de vista racional. Aquí se incluyen los casos de aquellos que creen gozar de cierto prestigio o estabilidad económica, etc.

La creencia de que, desde chicos, están ya destinados (por Dios) a una vocación específica; esto, por enseñanzas inadecuadas por parte de sus progenitores, educadores (estudios hechos en colegios–seminarios), etc.

Como se puede deducir, todos estos casos carecen de un auténtico discernimiento vocacional previo. Pero hay que advertir, sobre todo, que el móvil de todas estas circunstancias no es el amor a Dios y el deseo de servirlo. Hay que decirlo sin miedo: bajo estas intenciones está escondido un egoísmo, más o menos consciente, según el caso. Y el egoísmo es exactamente lo opuesto al amor auténtico de quien está dispuesto a todo, hasta a dar la vida por amor a Cristo.

Hace falta, pues, que las vocaciones sean auténticas.

Esta situación explica el porqué de tantas deserciones, tanto de religiosos que dejan una comunidad para ir a otra (cambian de orden, congregación o instituto) o para vivir la vida laica…

Además, así se explica también la disminución de las vocaciones religiosas (y también de las vocaciones sacerdotales), como se pasa a considerar:

Algunos aducen causas como el desprestigio de la vida religiosa, cierta apatía hacia lo santo, el consumismo, el ambiente cambiante de la sociedad actual, el fenómeno de la globalización, en fin, innumerables posibles causas. Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Acaso Dios no puede contra todo eso? Si la fuerza de Dios no se ha disminuido, ¿no será que nos falta Fe?

Hoy muchos creen que todo obedece a la falta de testimonio. Pero, ¿será posible que todo dependa únicamente del testimonio y no de la gracia de Dios?

Hay también quienes piensan que hace falta mejorar las técnicas de apostolado, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia… Para ellos, esta es la causa del abandono del camino de algunos y la falta de interés de muchos.

Para ese supuesto «fracaso» de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias «de venta», no saber «llegar» al público, no saber promover el «producto»…

Además, dicen, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas…

Pero poco se habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los religiosos, por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha». (Lc 10,2)

Por eso, todo discernimiento vocacional debe comenzar y seguir con mucha oración.

Tampoco hay muchas palabras escritas o habladas —como habló y escribió san Pablo de la Cruz— acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». (Mc 8,34; Mt 16,24)

«En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.» (Ga 6,14)

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

«Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.» (He 9,16)

«Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.» (2Co 4,10-12)

Como se ve, la cruz es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

«De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.» (2Co 6,4-5)

«Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.» (2Co 11,27-28)

«Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.» (Ef 3, 13)

«Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.» (Col 1,24)

Si queremos vocaciones auténticas, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

«Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.» (Rm 12,1)

«También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.» (1 Pe 2,5)

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la ausencia de vocaciones una gigante calamidad?

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

La primitiva comunidad cristiana lo hizo. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe. Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos «cristianos».

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado». Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. (He 11, 22-26; 13,1-3)

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver más a menudo?: «al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho». ¿No es verdad también que algunos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: «como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor». De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo?, ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: «Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos “cristianos”».

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús (Mt 4).

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

«Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!» (Lc 12, 50)

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

Allí donde hay más martirio —lo constata la historia— allí hay más vocaciones…

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo «sí» al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del mundo. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores, ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el «yo» para que crezca el Señor a la manera de Juan, el Bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

La oración y el sacrificio nos pondrán «a tono» con los deseos del Señor.

La oración y el sacrificio nos conseguirán esas redes que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas, ¡en una muerte de Cruz!

La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

¡La oración y el sacrificio son los medios para conseguir que el Señor nos dé más vocaciones!

Conclusión: si queremos que el Espíritu Santo nos dé más vocaciones, debemos amar apasionadamente a Cristo Crucificado, crucificándonos con Él.

Solo así, lograremos evitar que el Señor no «nos encuentre dormidos o con los ojos cansados».

«Dichosa tú, Virgen María, que sin morir mereciste la corona del martirio junto a la Cruz del Señor», dice una de las antífonas de comunión de la misa votiva de la Virgen de los Dolores. Pidamos su protección y ayuda para que merezcamos también nosotros esa mística corona del martirio, permaneciendo junto a la Cruz del Señor. Y Él multiplicará las vocaciones.

Extractado del libro:

 

 


Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

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Cuando llega la noche oscura

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

¡Si supiéramos cuán bueno es que el Señor nos tenga clavados en su santísima Cruz, haciéndonos compartir sus mismos dolores!: la sequedad espiritual que lo llevó a gritar con dolor la ausencia de su Padre, su agonía espiritual, una crisis cada vez más fuerte… Y, en medio de todo, mantener la paciencia, la alegría por estar salvando almas y obedeciendo al Padre hasta las últimas consecuencias, procurando que nadie note nuestro dolor…

Es sólo en esos momentos cuando podemos decir con san Ignacio de Antioquía: “Mis pasiones están crucificadas con Cristo”. Es en esos momentos cuando podemos gritar con san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo”, “Cumplo en mi carne lo que le falta a la Pasión de Cristo, en bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”.

Entonces Jesús podrá afirmar: ¡Que dicha para la Iglesia!: ¡Ya hay otro Cristo penando por ella!… ¡Otro san Francisco de Asís para repararla!…” ¿Qué más queremos?

Esta etapa de la vida espiritual es la mayor bendición que puede recibir un ser humano: se está dando su identificación con Cristo, ahora sí, plenamente. También en este estado, sin que la persona se dé cuenta, el Señor la está abrasando en su amor (volviéndola una brasa de amor, de su amor).

Según el venerable Juan Taulero, san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, esta es la mejor de las cruces y —dicen los tres— será más provechosa aún es si esa cruz se da sin consuelo. ¡Cuántas dichas y premios le esperan en el Cielo a quienes acojan una cruz así!: el franciscano san Pedro de Alcántara le dijo a santa Teresa de Jesús, cuando se le apareció después de muerto: ¡Dichosa penitencia que es tan bien premiada en el Cielo!

Además, esta purgación que hace el Sumo Bien es preparatoria para las gracias que Dios regala a sus predilectos. A quien Dios la tiene así debe decírsele que espere con gozo… Que le llegará el momento en el que el Amor infinito la llenará de Sí, la fusionará a Sí, y no cabrá en sí mismo de felicidad… Que siga adelante, que va bien; que, como dijo san Pablo de la Cruz, deje que el divino Artesano labre la estatua de su santidad para que quede bien bella y adorne eternamente la galería del Cielo.

 

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

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¿Ayunar?

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 10, 2008

 El ayuno es un gesto religioso, poco apreciado hoy, pero muy enraizado en todas las antiguas religiones y muy positivamente valorado por la Biblia en diversas circunstancias:

1.     Como signo del reconocimiento de la condición frágil y pecadora del hombre frente a la soberanía y santidad de Dios.

2.    Como medio de implorar la protección divina contra una calamidad.

3.    Para pedir ayuda antes de emprender una difícil empresa.

4.    Como señal de luto por una desgracia doméstica o nacional.

5.    Como manera de prepararse al encuentro con Dios.

Pero la Biblia no considera el ayuno como un rito mágico; por eso mismo sólo lo valora positivamente cuando va acompañado de la oración y de la ayuda al necesitado: son muchas las citas[1].

Además de acompañar todo ayuno con la oración y la ayuda al necesitado, la Biblia nos enseña que el ayuno tiene unas características especiales:

Entonces me llegó una palabra de Yavé de los Ejércitos: «Esto es lo que dirás a todos residentes del país y a los sacerdotes: Cuando ustedes han ayunado y llorado en julio y en septiembre, durante setenta años, ¿lo han hecho realmente por Mí? Si ustedes quieren comer y beber, que lo decidan ustedes mismos. ¿Acaso ya se olvidaron de lo que decía Yavé por medio de los antiguos profetas cuando la gente vivía tranquila en Jerusalén y sus pueblos vecinos y los desiertos de Negueb y la Sefela estaban poblados? Pues bien, esto es lo que Yavé decía por sus profetas: Tomen decisiones justas, actúen con sinceridad, sean compasivos con sus hermanos. No opriman a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre; no anden pensando cómo hacerle el mal a otro.[2]

Yavé pregunta: «¿Lo han hecho realmente por Mí?». Esta es, entonces, la segunda cualidad del ayuno querido por Dios: Hacerlo realmente por amor a Dios.

Repitamos lo que contestó Yavé, para descubrir otros requisitos del ayuno verdadero: «Tomen decisiones justas, actúen con sinceridad, sean compasivos con sus hermanos. No opriman a la viuda ni al huérfano, al extranjero ni al pobre; no anden pensando cómo hacerle el mal a otro». He aquí las otras cualidades del ayuno:

Justicia, sinceridad, compasión por los demás, no oprimir a nadie, no andar pensando cómo hacer mal…

Si hacemos ayunos de comida sin vivir esas cualidades, haremos que pase lo que pasó cuando ellos lo hicieron: «Yavé se enojó mucho con esto».

Jesús añade otra característica:

«Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello».[3]

Que nadie se dé cuenta, sólo Dios.

Pero el ayuno que le agrada más a Él es un ayuno particular:

Grita con fuerza y sin miedo. Levanta tu voz como trompeta y denuncia a mi pueblo sus maldades, y sus pecados a la familia de Jacob. Según dicen, me andan buscando día a día y se esfuerzan por conocer mis caminos, como una nación que practica la justicia y no descuida las órdenes de su Dios. Vienen a preguntarme cuáles son sus obligaciones y desean la amistad de Dios. Y se quejan: «¿Por qué ayunamos y tú no lo ves, nos humillamos y tú no lo tomas en cuenta?» Porque en los días de ayuno ustedes se dedican a sus negocios y obligan a trabajar a sus obreros. Ustedes ayunan entre peleas y contiendas, y golpean con maldad. No es con esta clase de ayunos que lograrán que se escuchen sus voces allá arriba. ¿Cómo debe ser el ayuno que me gusta, o el día en que el hombre se humilla?

¿Acaso se trata nada más que de doblar la cabeza como un junco o de acostarse sobre sacos y ceniza? ¿A eso llaman ayuno y día agradable a Yavé? ¿No saben cuál es el ayuno que me agrada?: Romper las cadenas injustas, desatar las amarras del yugo, dejar libres a los oprimidos y romper toda clase de yugo. Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Entonces tu luz surgirá como la aurora y tus heridas sanarán rápidamente. Tu recto obrar marchará delante de ti y la Gloria de Yavé te seguirá por detrás. Entonces, si llamas a Yavé, responderá. Cuando lo llames, dirá: «Aquí estoy».

Si en tu casa no hay más gente explotada, si apartas el gesto amenazante y las palabras perversas; si das al hambriento lo que deseas para ti y sacias al hombre oprimido, brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá como la claridad del mediodía. Yavé te confortará en cada momento, en los lugares desérticos te saciará. Él rejuvenecerá tus huesos y serás como huerto regado, cual manantial de agua inagotable. Volverás a edificar sobre las ruinas antiguas y reconstruirás sobre los cimientos del pasado; y todos te llamarán: El que repara sus muros, el que arregla las casas en ruinas.[4]

Entonces, el ayuno que le agrada a Dios es que seamos buenos seres humanos y buenos católicos. Repasemos todos estos preceptos y verificaremos que todos se resumen, como dice el mismo texto, en un recto obrar

Compartirás tu pan con el hambriento, los pobres sin techo entrarán a tu casa, vestirás al que veas desnudo y no volverás la espalda a tu hermano. Que en tu casa no haya más gente explotada, que apartes el gesto amenazante y las palabras perversas; que des al hambriento lo que deseas para ti y sacies al hombre oprimido…

Pero el sentido más profundo del ayuno se desprende de saber que somos criaturas y que, como tales, debemos adorar al Creador. Esta es la lógica reacción del hombre, pequeño y pecador, ante la cercanía y grandeza de Dios. En ella se entrelazan agradecimiento y homenaje, veneración y respeto. Esta actitud interior se manifiesta en gestos exteriores tales como el sacrificio, la postración y el canto.

Sólo el Señor debe y puede ser adorado. Adorar a las criaturas, sean ángeles, hombres de cualquier rango u otros seres de la naturaleza, es lo contrario a la condición de criatura de todo ser humano, está severamente prohibido por Dios y puede constituir un grave pecado.

Cuando el hombre está más interesado en otras criaturas que en el Creador está cayendo en ese desorden; y eso es precisamente lo que nos sucede desde que cometimos el pecado original: en vez de poner todos nuestros intereses en dar gloria a Dios, a menudo los ponemos en cosas, personas, otras criaturas o en nosotros mismos (soberbia), abandonando al único y verdadero Dios, y poniendo en peligro la consecución de la felicidad eterna en el Cielo.

Desapegarse de todas esas criaturas es un proceso que debe pasar por dos etapas: el esfuerzo personal y, ya que nuestras fuerzas son insuficientes, la ayuda del Espíritu Santo.

Para dar el primer paso, uno de los caminos más adecuados es el ayuno. Si, por ejemplo, dejamos de comer algo que queremos o lo disminuimos un poco, lograremos grandes cosas:

1.     Nos desapegaremos del apetito desordenado por la comida, y amaremos a Dios con un poco más de pureza.

2.    Nos haremos más dueños de nosotros mismos: dominaremos un poco los deseos del cuerpo, ese enemigo que impide nuestro ascenso a Dios.

3.    Nos uniremos a la Cruz de Cristo y, con eso, lo ayudaremos a salvar almas.

4.    Facilitaremos la acción del Espíritu Santo, quien nos dará la gracia que necesitamos para purificarnos por completo de los apetitos que hemos puesto por encima de nuestro amor a Dios, y así lo glorificaremos, dándole cada vez más lo que se merece.

5.    Y, por añadidura, ayudaremos a eliminar el mal personal y el mal del mundo:

     Entonces los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron en privado: «¿Por qué nosotros no pudimos echar a ese demonio?» Jesús les dijo: «Esta clase de demonios solo se puede expulsar con la oración y el ayuno».[5]

Idénticos beneficios alcanzaremos con todos los ayunos:

Ayunar, por ejemplo, —de vez en cuando— comodidades, descanso o bienestar; ayunar riquezas, regalando algo a los más necesitados; ayunar deseo de que nos comprendan o de que nos hagan «justicia»; ayunar aplausos, triunfos, consuelos…, en fin, todo lo que nos aleje más de los apegos y nos acerque más a Dios —Suma Bondad— y, por lo tanto, a nuestra única posible felicidad.

Iguales ganancias espirituales traerá amar las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte, el desamparo… Todas estas circunstancias se convertirán, para nosotros, en verdaderos tesoros.

De este modo se facilitará la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, que quemará nuestras impurezas para hacernos cada vez más dignos de la bondad de su Amor, el Amor eterno, el Amor verdadero, el único que podrá llenar las ansias que bullen en nuestro interior.

Por eso, nunca hubo ni habrá mejor oportunidad para afirmar: «Vale la pena morir a las criaturas y a nosotros mismos por el Amor. ¡Vale la pena!»


[1] Tb 5, 8; 12, 8-9; Jr 14, 10-12; Is 58, 3-7; Mt 9, 14-17; Hch 13, 2-3; Hch 14, 23

[2] Za 7, 4-10

[3] Mt 6, 16-17

[4] Is 58, 1-12

[5] Mt 17, 19.21

 

 

 

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‘Apártate, Satanás’

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 10, 2008

Algunos pasajes evangélicos son particularmente de difícil exégesis. Uno de ellos es este, en el que Jesús llama a Pedro Satanás:

Comenzó a enseñarles que era preciso que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos y por los príncipes de los sacerdotes y los escribas, que sería condenado a muerte y resucitaría a los tres días. Jesús hablaba de esto con mucha claridad. Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose la vuelta y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro y le dijo: «¡Apártate, Satanás, pues tú piensas como los hombres, no como Dios». (Mc 8, 31-33)

Llama la atención que acababa Pedro de proclamar su fe y, acto seguido, Jesús le dijo unas palabras que no pueden ser más enaltecedoras y bellas:

«Feliz eres, Simón Bar Jona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo.» (Mt 16, 17-18)

¡Qué giro en sus palabras!: primero lo enaltece y luego le grita: «Apártate», es decir, «Lárgate», y lo llama nada menos que «Satanás».

Y, ¿por qué razón? Solo hay una: porque «piensa como los hombres, no como Dios».

Conviene saber, por lo tanto, qué es pensar como los hombres y qué es pensar como Dios. En el mismo texto está la respuesta: pensar como los hombres es rechazar eso de «sufrir mucho». En cambio, pensar como Dios es cumplir la Voluntad del Padre —para su gloria y honra, para salvar a las almas y para que se instaure su Reino de Amor aquí en la tierra—, aunque esto implique «sufrir mucho».

Por eso, inmediatamente después (Mc 8, 34), Jesús explica a la muchedumbre que el que quiera seguirlo, debe renunciar a sí mismo y tomar su Cruz. No cualquier cruz: la Cruz de Jesús, esto es: sufrir como Él.

Así pues, quien rechaza el sufrimiento que Dios nos permite, está en la misma posición de Pedro cuando se escandalizó de la Cruz, y podría escuchar el «lárgate» de Jesús y ser tratado por Él como el mismísimo Satanás.

«Sean imitadores míos, hermanos, y fíjense en los que siguen nuestro ejemplo. Porque muchos viven como enemigos de la Cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando. (Flp 3, 17-18)

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

 

 

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Algo que no podremos hacer en el Cielo

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 9, 2008

 –¿Ustedes se quieren morir?

–Por supuesto que no, padre.

–Yo sí.

La mirada de asombro de los concurrentes no inmutó al veterano presbítero, quien sólo sonrió mientras continuaba:

–Un santo decía que no sabía qué escoger: si el encuentro con ese ser maravilloso que llenaría todas sus ansias de felicidad o quedarse aquí trabajando por su gloria y por la salvación de las almas…

Así se explica en la catequesis de los infantes lo que será ese encuentro maravilloso:

Allí, en el Cielo, estará Dios: todo lo bello reunido en un solo Ser, todo lo bondadoso, lo bueno, lo delicado, lo compasivo, lo comprensivo; toda la ternura, la paciencia, la simpatía, toda la alegría; la tranquilidad… en fin, todo el amor en un sólo ser, Dios, que se nos da para llenarnos de felicidad.

Es una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

La narración se hace a veces tan clara y convincente que de vez en cuando un niño dice: “¡Yo quiero irme ya!”. Quien haya tenido esta experiencia lo puede corroborar.

Esos niños aprenden el verdadero valor de la vida si, luego de sus palabras, se les describe la importancia de la vida temporal como preámbulo de la futura y de la conducta que nos ganará el cielo.

–Sin embargo, hay algo que en el cielo perderemos: la Cruz.

–Y, ¿quién quiere la Cruz?

–La quiere quien sabe de amor.

Mientras haya esperanza para que un alma nos acompañe a ese fascinante lugar, en vez de pasar por el purgatorio o, peor aún, llegar a la eterna perdición, bien vale la pena la Cruz.

Mientras cada pequeño sufrimiento de la vida sea esa savia del árbol del cristianismo, la comunión de los santos, bien vale la pena la Cruz.

Mientras haya tiempo, vale la pena corredimir con Cristo.

Mientras se vive en esta vida terrena, en esta vida pasajera, se tiene la potestad de cambiar la historia, después no.

En el cielo ya no habrá Esperanza, ya no habrá Fe… solo quedará el Amor; y ya no quedará esperanza para salvar a nadie, ya no quedará opción para acrecentar la gloria de Dios, si no es alabándolo, cantando para Él  y gozando de Él.

¡Vale la pena vivir un poco más! ¡Vale la pena sufrir un poco más! ¡Vale la pena abrazar (y abrasarse con) la Cruz.

Es por el Amor, es por lograr el Amor para otros, es por Amor.

 

 

 

 

 

 

 

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