Hacia la unión con Dios

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Algunos Padres de la Iglesia hablan en el siglo IV sobre la Divina Voluntad

Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 12, 2009

UNIDAD NATURAL DE LOS FIELES EN DIOS

1) Del Tratado sobre la Santísima Trinidad de san Hilario, obispo

(Libro 8, 13-16: PL 10, 246-249.)

Si es verdad que la Palabra se hizo carne, también lo es que en el sagrado alimento recibimos a la Palabra hecha carne; por eso hemos de estar convencidos que permanece en nosotros de un modo connatural aquel que, al nacer como hombre, no sólo tomó de manera in­separable la naturaleza de nuestra carne, sino que tam­bién mezcló, en el sacramento que nos comunica su carne, la naturaleza de esta carne con la naturaleza de la eternidad. De este modo somos todos una sola cosa, ya que el Padre está en Cristo, y Cristo en nosotros. Por su carne, está él en nosotros, y nosotros en él, ya que, por él, lo que nosotros somos está en Dios.

Él mismo atestigua en qué alto grado estamos en él, por el sacramento en que nos comunica su carne y su sangre, pues dice: El mundo ya no me verá; pero vosotros me veréis, porque yo seguiré viviendo y vosotros también; porque yo estoy en mi Padre, y vosotros estáis en mí y yo estoy en vosotros. Si se hubiera referido sólo a la unidad de voluntades, no hubiera usado esa cierta gradación y orden al hablar de la consumación de esta unidad, que ha empleado para que creamos que él está en el Padre por su naturaleza divina, que nosotros, por el contrario, estamos en él por su nacimiento corporal, y que él, a su vez, está en nosotros por el misterio del sacramento. De este modo se nos enseña la unidad perfecta a través del Mediador, ya que, permaneciendo nosotros en él, él permanece en el Padre y, permaneciendo en el Padre, permanece en nosotros; y, así, tenemos acceso a la unidad con el Padre, ya que, estando él en el Padre por generación natural, también nosotros en él de un modo connatural, por su presencia perma­nente y connatural en nosotros.

A qué punto esta unidad es connatural en nosotros lo atestigua él mismo con estas palabras: El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Para estar en él, tiene él que estar en nosotros, ya que sólo él mantiene asumida en su persona la carne de los que reciben la suya.

Ya antes había enseñado la perfecta unidad que obra este sacramento, al decir: Así como me envió el Padre que posee la vida y yo vivo por el Padre, de la misma manera quien me come vivirá por mí. Él, por tanto, vive por el Padre; y, del mismo modo que él vive por el Padre, así también nosotros vivimos por su carne.

Emplea, pues, todas estas comparaciones adecuadas a nuestra inteligencia, para que podamos comprender, con estos ejemplos, la materia de que trata. Ésta es, por tanto, la fuente de nuestra vida: la presencia de Cristo por su carne en nosotros, carnales; de manera que nosotros vivimos por él a la manara que él vive por el Padre.

 

 2) Del Comentario sobre Evangelio de San Juan, de san Cirilo de Ale­jandría

El Señor, para convencernos que es necesa­rio que nos adhiramos a Él por el amor, ponderó cuan grandes bienes se derivan de nuestra unión con El, comparándose a Sí mismo con la vid y afirmando que los que están unidos a El e injerta­dos en su persona, vienen a ser como sus sar­mientos y, que, al participar del Espíritu de Cris­to, éste nos une con Él. La adhesión de quienes se vinculan a la vid consiste en una adhesión de vo­luntad y de deseo; en cambio, la unión de la vid con nosotros es una unión de amor y de inhabitación.

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Mensajes preocupantes recibidos*

Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 11, 2009

Primer mensaje:

Hay, aquí en Colombia, un grupo de fieles seglares, personas consagradas y algunos sacerdotes, de quienes se dice o se sabe que:

·                   afirman que viviendo en la Divina Voluntad ya no son necesarios los Sacramentos,

·                   afirman que viviendo en la Divina Voluntad ya no existe la obligación canónica de hacer el Oficio Divino, lo han reemplazado por un libro titulado: Las Alabanzas del Reino de la Divina Voluntad (este libro no tiene Imprimatur ni Nihil obstat ni firma de un Obispo: dice simplemente: “Con licencia eclesiástica”),

·                   afirman que viviendo en la Divina Voluntad ya no es necesaria la obediencia a las normas de la Iglesia ni la dirección espiritual,

·                   sacan del colegio a sus hijos, para que sean formados en la Divina Voluntad.

Además, escuché unas conferencias llamadas Plan 1/E2, E3, dictadas en mayo de 2006, con errores doctrinales, teológicos y filosóficos (“Dios es la misma Divina Voluntad”, por ejemplo).

Gabriel Cifuentes

 

Segundo mensaje:

Te escribo para contarte un caso inaudito que está sucediendo en Venezuela, con respecto a las revelaciones de la Divina Voluntad. Hay una comunidad en Maracaibo dirigida por dos sacerdotes, uno diocesano y el otro religioso. Yo los conocí porque me invitaron a un concierto (dicho sea de paso, tienen un coro que canta hermosísimo) a darse en esa ciudad. Al llegar allá, uno de los sacerdotes me atendió en la biblioteca de la comunidad. Ellos tienen una “vidente” que dicen que recibe las verdaderas interpretaciones de las revelaciones de Luisa Piccarreta.

Yo me quedé como un mes en esa comunidad (dado que tenía las vacaciones escolares). Allí el sacerdote me iba adoctrinando y entre otras cosas me decía las siguientes: ya Jesús estaba retirando su presencia real de la mayoría de las iglesias, pues en ellas abundaba el pecado; los obispos al imponer las manos sobre los nuevos ordenandos les conferían, en lugar del Espíritu Santo, sus demonios (y esa era la razón que daban de las deserciones sacerdotales y de accidentes extraños que han ocurrido a varios nuevos sacerdotes); que estamos en la era del Tercer Fiat, el Fiat santificante, y que por tanto muchos de los decretos del segundo Fiat ya fueron superados; que el infierno iba a quedar vacío pues Jesús ya estaba sacando almas de allí en virtud de los actos hechos en el Divino Querer (Lo cual me pareció sumamente grave); que no debía obedecerse a ciertos obispos (entre ellos el de Maracaibo) pues estaban infiltrados en la masonería eclesiástica; que, según revelaciones que recibieron, Juan Pablo II (el verdadero) estaba vivo y que iba a aparecer algún día (que su falso funeral fue un acto bien orquestado por la masonería, con Benedicto XVI a la cabeza); que el espíritu de Juan Pablo II y de otros santos venían durante las celebraciones eucarísticas de la comunidad y muchos de ellos los veían; también veían almas salir del purgatorio y hasta del mismo infierno (según la vidente, Judas Iscariote salió del infierno a postrarse a los pies de Jesús); que la mayoría de las personas eran demonios encarnados; que el sacramento de la penitencia tenía mayor validez si era ejecutado por un sacerdote en Divina Voluntad; etc.

Los sacerdotes de esa comunidad están suspendidos por el arzobispo, pero ellos hacen caso omiso y siguen celebrando sacramentos a espaldas de la jerarquía.

Yo estuve un mes con ellos como te dije, sumamente atraído por el coro y por la pulcritud y belleza de las eucaristías, pero ahí me iba enterando de todas esas aberraciones que te conté.

Con respecto a la Divina Voluntad, el arzobispo de Trani-Barletta-Bisceglie (que es donde está Corato, el pueblo donde nació Luisa), quien es el que tiene los derechos exclusivos de las obras de Luisa, ha promulgado que no se debe seguir con la divulgación de las obras de la Divina Voluntad hasta tanto no salga la edición crítica de los libros (después que hayan sido estudiados por el Vaticano y resuelto los puntos teológicos difíciles).

Bien, sin más a qué referirme, se despide de ti,

Francisco A. Herrera S.

 

Tercer mensaje:

Algo  le sucedió a mi hermano unos años atrás, pues fue atraído por una comunidad dirigida por un Sacerdote inspirado en la Divina Voluntad, ubicada en Medellín. Después de encontrarse tal vez un poco más de un año allí, compartiendo su espiritualidad, se dio cuenta de cosas raras y aberraciones permitidas dentro de la comunidad y, después de hablar con varios hombres y mujeres que se encontraban allí y que no comulgaban con estos actos, emprendieron la huida.

Ya mi hermano, para gloria de Dios, es sacerdote Peregrino Eucarístico del Padre Celestial, comunidad dirigida por el Padre Antonio Lutens, que fue monaguillo del Padre Pio.

Antes esos hechos, ¿qué se puede hacer?  Orar y entregarle la vida de esos sacerdotes a nuestro Señor, para que los ilumine y saque del error. 

Bendiciones en Jesús y María.

Mónica Y. Zuluaga Aristizábal.

 

Cuarto mensaje:

Unida a su propósito de aclarar aspectos sobre la espiritualidad de la Divina Voluntad, creo necesario compartir mi experiencia personal al respecto.

Con el anhelo de unirme a una comunidad religiosa de vida contemplativa, que en verdad viviera fielmente su regla y fuera modelo de santidad, conocí en Bogotá, una orden de reciente fundación  (20 años aproximadamente), que  todavía usa cilicio y disciplina.  La santidad de las hermanas para mí, era evidente.  Me impactaron profundamente y luego de conocerlas durante algún tiempo, solicité ingresar.  No podían recibirme, porque la comunidad estaba en proceso de aprobación, a causa de la espiritualidad que estaban viviendo: la Divina Voluntad, que tampoco está aprobada por la Iglesia.  Decidí esperar el tiempo que fuera necesario, pues según me informaban las hermanas, era un proceso bastante lento.

En medio de grandes sufrimientos por esta causa, conocieron al Arzobispo de Perú, quien tomó  muy en serio su causa, hasta que,  les fue emitida una aprobación internacional desde Roma (nunca ha sido claro para mí si diocesana o pontificia),  para establecerse en Perú.

No tuve contacto con la comunidad durante unos pocos meses. Días anteriores a su aprobación, fui aceptada. Ya habían cesado sus dificultades  y se establecieron temporalmente en las afueras de Bogotá. Todo marchaba mejor de lo esperado, pero ellas, ya no eran las mismas que conocí. Compartiendo su vida y espiritualidad, encontré unas mujeres frías, muy duras y casi crueles entre sí y no vi la actitud religiosa que tanto admiré. Sin embargo, para los demás, ellas eran casi como ángeles. Cantaban muy bonito y su presencia imprimía al ambiente un aire de solemnidad poco común. Viví con ellas algunos días, pero fue un tiempo muy doloroso, puesto que nada me conducía al encuentro con Dios. No sentía que estuviera viviendo en un ambiente religioso. No encontré en su espiritualidad el consuelo, la guía y la fortaleza que necesitaba para perseverar en ése camino.  Más aún, respiraba un ambiente de represión, tristeza, mal trato y muchas caras tristes.

Por ese tiempo, un hombre peruano, de notable procedencia en lo humano y supuestamente, también en lo espiritual, les impartía unos  “retiros espirituales”. Se había constituido en su director espiritual y benefactor. En cuestión de días, pasó  de ser un “sapiente” conferencista, a hermano de la orden y luego, se les reveló como un ángel enviado por Dios, según decía, para protegerlas y guiarlas en el establecimiento de una orden santa como no ha habido otra, ni la habrá. Según él, el sitio donde vivían, se convertiría en un santuario al que peregrinarían fieles de todo el mundo. Les decía que ellas ya eran santas, que  su espiritualidad y sus sufrimientos, las habían llevado ya  a ocupar la bóveda del Cielo, junto al Padre Celestial.  Sostenía que ya no era necesario que rezaran, porque ya estaban con Dios.  Que poco a poco, comenzarían  a hacer milagros.  Hablaba en contra de la Iglesia, debido al pecado del clero. Las convenció de la existencia de la reencarnación y otra serie de atrocidades increíbles, repugnantes y espeluznantes, a raíz de las cuales decidí salir despavorida. Más aún, cuando vi que las hermanas le creyeron todo sin oposición alguna. Parecía que les hubieran lavado el cerebro o, como si estuvieran bajo un influjo maléfico.

Hoy en día, oro y pido oración por ellas, para que Dios en su misericordia, las saque de semejantes errores, las haga unas verdaderas esposas de Jesús y unas monjas santas dentro de la Iglesia Católica y para la Iglesia Católica.  El fin para el que nacieron fue muy noble  (ser apoyo en oración para la Iglesia durante los últimos tiempos), pero el camino que escogieron, al margen de la Iglesia, las desvió sin que lo percibieran, hasta el punto de atacar su propósito fundacional.

Sin otro particular y sólo con el ánimo de denunciar todo aquello que va en contra de la fe y de la Santa Iglesia católica,

Mónica Jiménez H.

  

 

 

 

 

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Carta para pedir informe sobre posición oficial de la Iglesia

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Santafé de Bogotá, febrero 11 de 2008.

 

Señor Cardenal:

William Joseph Levada.

Prefecto:

Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

Excelentísimo Señor Cardenal.

 

Que la paz del Señor esté con usted.

 

Desde hace muchos años ofrecí mi vida por los sacerdotes, razón por la cual oro y ofrezco mis trabajos y sacrificios por usted y por su labor pastoral, de tan alta responsabilidad.

 

Soy predicador católico en la Arquidiócesis de Bogotá, con autorización verbal del Señor Cardenal Pedro Rubiano Sáenz. Le escribo en razón a que ya son muchas las personas que me piden consejo sobre una nueva espiritualidad llamada La Divina Voluntad, por Luisa Picarreta (1865, Corato, provincia de Bari, Italia -1947).

 

Quisiera saber cuál es la posición oficial de la Iglesia sobre la vida y obra de Luisa. Entiendo que sus escritos fueron prohibidos por la Iglesia, y que luego el Papa Pablo VI levantó la prohibición. También me he enterado que la fase diocesana de la causa de beatificación ha terminado en la arquidiócesis de Trani, presidida por su arzobispo, monseñor Giovan Battista Pichierri, y que la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos se encuentra a la espera del estudio de los controvertidos escritos de Luisa, pero no tengo certeza sobre ello.

 

He hablado con algunos obispos y no he encontrado respuestas, puesto que no sabían nada al respecto; por eso, le adjunto un análisis que me atreví a hacer sobre lo que he leído hasta ahora y que, como verá, es bastante preocupante.

 

A la espera de su respuesta, oro para que el Señor lo siga acompañando con su paz.

 

Su hijo en Cristo, que le pide su bendición apostólica,

 

 

Pablo Francisco Maurino

 

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La Divina Voluntad

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

 

ALGUNAS APRECIACIONES SOBRE ESTA ESPIRITUALIDAD

 

Son muchas las personas que han conocido de una u otra manera la doctrina de la Divina Voluntad o la vida de Luisa Picarreta.

 

Muy bien vistas por unos y reprobadas por otros, ambas —obra y vida— están siendo estudiadas por la Iglesia Católica, que nos dará su veredicto, una vez concluyan todas las pesquisas, tal y como lo ha hecho siempre, con la profundidad y seriedad que la han caracterizado, para salvaguardar el depósito de la Fe y el bienestar de sus hijos, los bautizados.

 

Mientras tanto, todos quedamos esperando ese dictamen, para someternos obedientemente a sus cuidados maternales.

 

Pero como se populariza cada vez más esta doctrina, es necesario dar pautas prudentes al respecto. Después de leer muy detenidamente el documento: Biografía de Luisa Picarreta hecha en USA (que no contiene solo la biografía: también hay un resumen y análisis de sus escritos) y algunos volúmenes del Libro del Cielo, he aquí algunas apreciaciones, desde los puntos de vista místico, doctrinal y pastoral, que también se someterán obedientemente a la autoridad máxima de la Iglesia.

 

Así como ocurre en otras espiritualidades o carismas, en este caso, lo único que cambia es la senda, el camino; no la meta: la unión íntima —de amor— con Dios que, por otra parte, es la auténtica felicidad, la auténtica realización personal, la razón para la cual fuimos creados.

 

En este sentido, es de grandísimo valor el hecho de que se concentre todo en la Divina Voluntad, novedad tan antigua como el Evangelio, pero quizá olvidada y subvalorada desde antaño. Por esto, si el mensaje es de Dios, es providencial y —como todo lo de Dios— oportunísimo.

 

Quienes acojan con humildad, simplicidad y sencillez esos escritos, y tengan un director espiritual con experiencia y conocimientos de la vida mística y, además, posean una formación doctrinal suficiente, irán por un camino rápido y expedito hasta la unión con Dios.

 

Pero, como el mismo autor del documento lo expresa y como la experiencia nos lo ha demostrado, existen riesgos que no se pueden menospreciar.

 

 

1. Riesgo de una concepción errónea de la doctrina

 

En primer lugar, sobre todo en los casos de quienes no tienen las bases doctrinales mínimas, es fácil desviarse a una comprensión errónea, que tiende al libertinaje, en aras de una interpretación laxa de la auténtica libertad: se olvidan con frecuencia que la obediencia al magisterio de la Iglesia y a las obligaciones que tiene cada cristiano según su estado son la garantía para no errar.

 

Después de leer lo que Jesús le dice a Luisa el 27 de noviembre de 1917, no se puede dejar de quedar perplejo, aun con un extenso conocimiento doctrinal: …quiero hacer la santidad del vivir en mi Querer, en ella no tendré necesidad de sacerdotes para consagrarme ni de templos ni de tabernáculos ni de Hostias, porque estas almas serán todo: sacerdotes, tabernáculos y Hostias…”

 

Asimismo, el 20 de junio de 1918, hablando de las almas que viven en el Querer Divino, dice: conforme hacen salir el querer humano para hacer entrar el Querer Divino, Yo mismo me reservo el privilegio de consagrar esas almas, y lo que hace el Sacerdote sobre la Hostia, lo hago Yo con ellas y no solo una vez, sino cada vez que repite sus actos en mi Voluntad como imán potente me llama y Yo a aquella alma privilegiada me la consagro y le voy repetidamente diciendo las palabras de la Consagración”.

 

La comunicación hecha el 26 de diciembre de 1919 es: mi Voluntad es Sacramento y sobrepasa a todos los Sacramentos juntos y en modo muchísimo más admirable y sin intermediación de nadie y sin ninguna materia”.

 

Estas afirmaciones son peligrosísimas: sabemos que, por el querer expreso de nuestro Señor Jesucristo la gracia de Dios nos viene a través de los Sacramentos, y quienes están destinados a celebrarlos, también por el querer expreso de nuestro Señor Jesucristo, son los sacerdotes; los templos y los tabernáculos, por su parte, son los lugares en donde se conserva al mismo Jesús sacramentado para la adoración y veneración, y para la comunión de los fieles. ¿Tacharíamos de falto de humildad o de sencillez a quien se pregunte si caerá por el piso toda la estructura jurídica de la Iglesia? ¿No podría deducir que ya no serían necesarios los Sacramentos, haciendo a un lado los medios por los cuales nos llega la gracia?

 

Ese mismo día, 26 de diciembre de 1919, Jesús afirmó, hablando de la falta de unión de las voluntades de Dios y del fiel, al recibir el Sacramento de la Eucaristía: “solo el Sacramento de mi Voluntad puede cantar gloria y victoria, solo él es pleno”. Y, ¿por qué no preguntarse qué tan pleno es el Sacramento de la Eucaristía cuando sí hay esa unión de voluntades, cuando la persona comulga unida a la Voluntad de Dios?, ¿no es más pleno ese Sacramento? ¿O es que todos los que reciben a Jesús sacramentado están lejos de la Voluntad de Dios?

 

Al final de ese mensaje, también se queja Jesús de que: en los otros Sacramentos mi Corazón nada en el dolor por causa del hombre que me los ha cambiado en fuentes de amarguras”. Podemos preguntar: ¿no se dan casos en los que son fuentes de gracias?

 

En general, para todo el escrito de ese día, se puede decir que también hay almas que están muy bien dispuestas. Por el texto da la impresión de que no.

 

El 1 de enero de 1920, dice Jesús: “estos actos hechos en mi Querer, son comuniones eternas, no están sujetas como las Hostias sacramentales a extinguirse las especies, y al extinguirse las especies, mi Vida Sacramental termina”. (Da así a entender que la vida sacramental sí es importante, no como en los párrafos anteriores.) Aquí debe afirmarse que al extinguirse las especies, el Señor queda en el alma, aunque no sacramentalmente.

 

Por todo lo dicho y por muchas afirmaciones de los escritos de Luisa Picarreta, a algunas personas equivocadas se los oye decir: “Ya que vivo en la Divina voluntad, no necesito los sacramentos, la oración, el Oficio Divino…”; hasta hay quienes gritan alegres: “Yo no necesito dirección espiritual”…

 

Sería muy largo poner de presente la cantidad de peligros doctrinales que tienen los escritos de Luisa. El 12 de junio de 1918, para poner solo un ejemplo, se habla del “pecado voluntario”. Todos sabemos que solo es pecado lo que es voluntario; sin la participación de la voluntad humana no hay pecado ni virtud. Y, así como este, son muchos más los peligros de errores doctrinales.

 

 

2. Riesgo de una concepción errónea de la santidad

 

Más grave aún es la concepción equivocada sobre la santidad que puede surgir de los escritos sobre la Divina Voluntad. El 15 de abril de 1919, por ejemplo, dice Jesús: “los santos de los siglos pasados [...] no han tenido actitud continua en mi Querer”. ¿Cómo no preguntarse aquí qué clase de santidad fue esa, entonces? Es más: si la santidad no es una actitud continua en el Querer de Dios, entonces, ¿qué es la santidad?

 

El 15 de abril de 1919, dice algo aún más aterrador: “las almas aún en la santidad quieren alguna cosa de bien propio”. Aquí cabe la pregunta: ¿Se puede llamar santidad lo que vivieron quienes querían alguna cosa de bien propio y no solamente la Voluntad de Dios?

 

El 27 de noviembre de 1917 había dicho a Luisa: “Hija mía: todas las demás clases de santidad no están exentas de pérdida de tiempo ni de interés personal”. Entonces, esas clases de santidad ¿no eran santidades? ¿Por qué la Iglesia proclamó santos a esos tales? ¿Cómo pudo equivocarse la Iglesia?

 

Antes, el 8 de abril de 1917, Jesús exclamó, hablando de la santidad que se vivirá en la Divina Voluntad: ¡Es la santidad no conocida aun y que haré conocer y la que pondrá el último ornamento y el más bello y el más refulgente de todas las demás santidades como corona y cumplimiento de todas ellas! Y las santidades que no eran conocidas entonces, ¿no eran santidades? ¿Acaso no es la santidad el llegar al Cielo sin pasar por el purgatorio, es decir, no tener nada que purgar?

 

 

3. Lo único necesario y los medios para conseguirlo

 

Pero el más frecuente de los peligros es el que se observa en muchos de los seguidores de la Divina Voluntad: olvidan lo que Jesús le dijo a Marta, allá en Betania: “Marta, Marta,    andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria” María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.» (Lc 10, 41b-42)

 

En este caso Jesús, después de afirmar que una sola cosa es necesaria, siguió hablando de la mejor parte. Note bien que habla de dos cosas diferentes: 1) la única necesaria y 2) la parte mejor.

 

La parte mejor es la que escogió María: escuchar a Jesús. Y eso es lo que se explica en las predicaciones, lo que se enseña en los escritos…, y quizá por eso, ya lo sabemos. Pero, ¿cuál es la única cosa necesaria?

 

Para entender qué quería decir Jesús, lo primero que hay que conocer con profundidad es la definición del adjetivo «necesario». El Diccionario, en su tercera acepción la da: “Que es menester indispensablemente, o hace falta para un fin”. Y es lógico deducir que Jesús se refiere a la finalidad última de la vida. Por eso es que es tan importante.

 

La palabra «necesario» aparece de nuevo en Hb 9, 23: Era, pues, necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas. Aunque en este texto se está hablando del templo, como en casi toda la Palabra de Dios, aquí se encierra un significado místico: purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales.

 

En las realidades sobrenaturales, pues, está la meta, la finalidad. Y lo necesario, lo que se requiere, es la purificación de lo que llama la «figura» de este mundo, el mundo que pasa.

 

Solo con esta purificación o renovación se llegará a la única meta para la que fuimos hechos, por la única que vale la pena vivir.

 

Es más, incluso ahora se pueden pregustar las maravillas del cielo, por una renovación interior: «Es imposible renovar a los que ya fueron iluminados, que probaron el don sobrenatural y recibieron el Espíritu Santo, y saborearon la maravillosa palabra de Dios con una experiencia del mundo futuro. (Hb 6, 4-5)

 

¿A qué se refiere con «la experiencia del mundo futuro»? A la unión con Dios: solo ella realiza al ser humano.

 

Y, ya desde aquí, en la tierra —este es el grito de todos los santos místicos—, se puede vivir en esa unión con Dios, en la que se experimentan los más sublimes deleites y gozos espirituales que puede disfrutar el ser humano (es un pedacito de Cielo aquí en la tierra); esos gozos y deleites que hacen despreciar todos los placeres mundanos, hasta los afectivos, que son los más altos; esos gozos y deleites que hacen decir: “Ya no quiero seguir viviendo esta vida; solo deseo morir para estar con mi amado” .

 

Es lo que llamamos la experiencia mística, que más que hablarle a Dios es vivir en Él.

 

Aquí cabe la pregunta: ¿Qué es mejor: vivir en la Voluntad Divina o vivir en Dios?

 

Ahora bien, si “Dios es amor” (1Jn 4, 8b), vivir en Dios es vivir en el Amor.

 

Léase la siguiente perícopa evangélica:

 

Entonces se adelantó un maestro de la Ley. Había escuchado la discusión, y se quedaba admirado de cómo Jesús les había contestado. Entonces le preguntó: “¿Qué mandamiento es el primero de todos?” Jesús le contestó: “El primer mandamiento es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es un único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y con todas tus fuerzas. Y después viene este otro: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay ningún mandamiento más importante que estos.” El maestro de la Ley le contestó: “Has hablado muy bien, Maestro; tienes razón cuando dices que el Señor es único y que no hay otro fuera de Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todas las víctimas y sacrificios.” Jesús vio que ésta era respuesta sabia y le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. (Mc 12, 28-34)

 

Al final dice Jesús: “No estás lejos del Reino de Dios.” ¡El Reino de Dios! ¡El Reino del Amor! Esta es, pues, la meta, la única meta del ser humano, la única necesaria para la felicidad auténtica. Todo lo demás son medios.

 

A propósito de este mismo tema, san Bernardo dice:

 

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo; amo para amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. (Sermón 83)

 

La meta es el Amor de Dios, la unión mística con Él, la perfección a la que todos estamos llamados: (Mt 5,48; Col 1,28; Ef 4,13; Mt 19,21; etc.) es la vida de unión con Dios; el estado que los santos místicos, doctores y padres de la Iglesia llaman el estado de los perfectos.

 

La vida de Luisa Picarreta y todo el contenido del mensaje que Dios le hizo escribir tienen como finalidad esta meta: la unión con Dios. En el primer volumen, por ejemplo, cuando Luisa describe el tercer modo como Dios le habla, dice: “En fin, el alma a la que Dios le ha hablado de su pureza se transforma en ella, y tanto que siente no poder seguir viviendo en sí misma, sino que vive y obra en Jesús”. Asimismo, en el cuarto modo: “estando uno y otro como fundidos…”.

 

La Divina Voluntad es solo don, medio para llegar a la Meta. Y este es el riesgo: entre los seguidores de la Divina Voluntad hay quienes, por concentrarse tanto en el medio, olvidan el fin, se fijan en el camino y no en la meta y, a veces, ¡se quedan en el camino! Sus frases preferidas son: “La Divina Voluntad”, “Hay que vivir en la Divina Voluntad”, “Hágalo todo en la Divina Voluntad”, etc.

 

Hacen algo así como lo que hacían en la historia de la gallina que ponía huevos de oro: algunos se quedan con el huevo que acaba de poner y dejan a un lado a la productora de huevos de oro, que los haría ricos. En vez de ir tras el Señor de los dones, se quedan con los dones del Señor.

 

Y que la Divina Voluntad es un Don, está muy claro:

 

Este vivir en mi Voluntad es el Don que les quiero dar a las criaturas (18 de septiembre de 1924).

 

“De manera que vivir en la Voluntad de Dios es poseer la Voluntad de Dios, lo cual es un Don. Hija mía, es cierto que vivir en mi Voluntad es un Don, y es poseer el Don más grande, [...] Don [...] este Don de la Divina Voluntad [...] en todo lo que haga pedirme siempre, incluso como préstamo, el Don de mi Voluntad [...] Se lo doy como Don, [...] poner este Don celestial [...] vivirá de la vida de ese Don, [...] son necesarias las disposiciones, el conocimiento del Don, la estima y el aprecio, y el amar el Don mismo. [...] como mensajero del Don de mi Voluntad que quiero darle a la criatura, doy el conocimiento de ella [...] del Don que quiero dar; [...] la incito a que desee el Don [...] el Don es ya suyo y que lo posee [...] este Don de mi Voluntad.” (25 de diciembre de 1925)

 

“El vivir en nuestra Voluntad es un Don [...] con este Don ella se sentirá transformada [...] el gran Don de nuestra Voluntad, Don de infinito valor, Don que una vez donado cambiará la suerte infeliz de las generaciones humanas [...] Este Don le fue dado al hombre desde el inicio de su creación; [...] Con este Don, la familia humana se sentirá de tal modo vinculada a su Creador, que ya no se verá alejada de Él” (30 de abril de 1932)

 

Luisa Picarreta lo vio así —como don— y que eso es lo que enseñan sus escritos; prueba de esto es el análisis del R. P. Consalvo Valls, OFM, en el punto 4) d), referente a la dogmática, que habla de la continuidad real y mística de Cristo en las almas y, además, todo su estudio acerca de la mística de los mismos escritos de Luisa.

 

Pero existe el peligro de distorsionar el mensaje cuando se destaca tanto el “vivir en la Divina Voluntad”. Eso fue lo que pasó con el autor del documento: en la página 47, al final del sexto párrafo, dice: “la Divina Voluntad es para Luisa todo, principio, medio y fin (!?) de toda santidad”.

 

Muchos caen en este error, aunque con muy buena voluntad: no recordar que la Divina Voluntad es don, no fin; que este es un camino, quizá el más apto para los tiempos modernos, pero camino, no meta.

 

Ahora, bien: ¿quiénes pueden caer en este error? Los que no tienen un buen director espiritual que tenga experiencia y que sepa algo de teología mística. Por eso es que todos los místicos, los que han hecho estudios sobre teología mística o sobre los místicos y, por último, quienes nos dedicamos a enseñar lo que ellos explicaron, no nos cansamos de predicar —de viva voz y por escrito— que lo único necesario en la vida del ser humano es la unión con Dios y que es indispensable tener un director espiritual —que sepa cómo actúa el Espíritu Santo en las almas— a quien se obedezca totalmente.

 

Por esto, siempre se nos enseña que todo lo pensemos, todo lo digamos, todo lo hagamos y todo lo sintamos en Él; no para Él ni por Él, ni siguiera con Él: en Él. El Señor ha dispuesto que nos fundamos en Él, que nos hagamos uno en Él… (esto, como todo lo místico, es un poco difícil de describir).

 

Así, nuestra vida ordinaria (familiar, laboral, profesional y social), nuestra vida apostólica y nuestra vida espiritual, debe ser vivida, según el querer divino, en Dios. Por ejemplo, que recitemos la salmodia en primera persona, en Jesús, no compartiendo sus sentimientos sino viviéndolos en Él; que en Él reparemos el desamor de muchos sacerdotes y personas consagradas (y como es en Él, será muy eficaz esa reparación). Otro ejemplo es la meditación de la Pasión: no decir, por ejemplo, “Flagelan a Jesús”, ni siquiera: “Flagelamos a Jesús” o “Yo flagelo a Jesús”, sino: “Me flagelan y sufro en Él esta flagelación”.

 

La doctrina de todos los santos Padres de la Iglesia, de los santos místicos y de los santos doctores consiste en la afirmación de que el ser humano fue creado para ser amado por Dios; y que eso solo se hace realidad cuando, purificado y muerto a sí mismo y al mundo, se deja quemar en el fuego del Amor divino, haciéndose una sola cosa con Él.

 

Por todo esto, a algunas personas, según lo inspira el Espíritu Santo, se les dice que dejen de luchar con fuerzas humanas, que se dejen hacer y deshacer…; a otros se les enseña a abandonarse al divino querer…; en fin, a todos se los empuja a la única meta: la unión con Dios.

 

Y es viviendo en Dios que se hacen obras extraordinarias, pues es Él quien las hace; es viviendo en Dios que se acaba el miedo para hacer su voluntad, aunque parezca imposible o difícil; es viviendo en Dios que se destruyen las falsas humildades, que nos detienen a hablar, cuando es necesario…

 

Por todo esto, podemos afirmar en Dios que el Señor, a través de la vida de Luisa Picarreta, nos ha desvelado un secreto escondido desde hace veinte siglos en las palabras de Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” (Jn 4, 34).

 

Así como el alimento material sirve para seguir viviendo en esta vida temporal y de esta manera cumplir nuestros cometidos, el alimento espiritual —hacer la Voluntad divina— sirve para tener las fuerzas necesarias y cumplir nuestro único cometido, nuestra única meta, a lo que debemos aspirar: la unión con Dios, vivir en Él. Es esto lo único por lo que vale la pena vivir…, ¡y morir!: es nuestra felicidad, la realización del ser humano.

 

El Divino Querer es el medio por el cual llegaremos a la meta, porque la Divina Voluntad es el alimento con el cual nos nutrimos, nos fortificamos, para llegar a la unión con Dios.

 

No sobra repetir que el Divino Querer es, pues, un don.

 

Y san Pablo nos dice que… “Aspiren a los mejores dones, pero quisiera mostrarles un camino que los supera a todos” (1Co 12, 31). ¿Y cuál es este camino? La respuesta está inmediatamente después, en el versículo siguiente, ya en el capítulo 13: La Caridad. Precisamente este capítulo termina diciendo que, de las 3 virtudes teologales, “la más excelente de ellas es la Caridad”.

 

Y es la Caridad porque esta es una virtud unitiva; es más: es la más unitiva de todas las virtudes. Así, pues, que es imposible vivir en Dios sin tener plenamente la virtud de la Caridad.

 

Está bien que al mundo le leamos toda la vida y doctrina de Luisa Picarreta, que les enseñemos a vivir en la Divina Voluntad, don a través del cual nuestro Señor quiere ayudar a la humanidad. Pero debemos concentrar nuestra atención en la meta, no tanto en el alimento para llegar a ella; en la auténtica felicidad, no tanto en los medios para conseguirla; en la unión con Dios, no tanto en los dones; en vivir en Dios, no tanto en la Divina Voluntad.

 

Todo esto lo corrobora precisamente lo escrito en varios volúmenes del Libro del Cielo; ejemplos de esto son los siguientes:

 

El título de la comunicación del 18 de marzo de 1917, en el volumen 12: “Nuestra vida en la tierra debe estar toda fundida en la vida de Jesús”. Lo mismo dice el título del 18 de julio de 1917: “El alma que vive en la divina Voluntad vive en Jesús”.

 

El 8 de abril de 1917 dice Jesús: “¿Has visto qué cosa es vivir en mi Querer? ¡Es desaparecer y entrar en el ámbito de la eternidad, es penetrar en la Omnipotencia del Eterno en la Mente Increada; es tomar parte en todo y en cada acto divino, por cuanto criatura es posible, es disfrutar aún estando en la tierra de todas las cualidades divinas; es odiar al mal en modo divino; es expandirse en todos sin agotarse, porque la voluntad que anima a esta criatura es divina!” Se pueden resumir estas palabras diciendo que vivir fusionados es perderse en el todo que es Dios.

 

Donde ya es explícito lo que se ha venido diciendo está en la comunicación del 4 de junio de 1918: “fúndete tanto en Mí de formar un solo eco entre tú y Yo de reparaciones”.

 

Pero más claro es cuando Jesús le habla a Luisa del fundirse con Él, tal y como lo expresan todos los místicos, el 3 de septiembre de 1919: ya el título lo expresa bien: “El fundirse con Jesús”. Pero sigue diciendo: con el solo difundirte en Mí […] con el solo entrar en Mí y tomar de Mí el principio de todo lo que se hace […] puede equilibrar todo: satisfacciones, reparaciones y gloria completa al Padre Celestial por parte de todos […] entrar en Mí […] fundirte en todas mis partículas”.

 

Finalmente, para no llenar de citas este documento, Jesús le da la clave a Luisa para integrar ambos conceptos: el 13 de septiembre de 1919 le dice: ¿No es exactamente el vivir en mi Querer perderse en Mí?”

 

Con el mismo arrojo que nos da Dios si vivimos en Él, repitamos con san Pablo:

 

“Hablamos, sin embargo, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este siglo; [...] una sabiduría misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria [...], según está escrito, ´ni ojo vio, ni oído oyó ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que lo aman´” (1Co 2, 6-11).

 

Esta sabiduría, debe repetirse, no es para todos, pero sí es para quienes desean el mayor don: Cristo; los del grupo que san Pablo llama los perfectos; los que saben cuál es la meta —la unión con Dios— y cuál el medio —la Divina Voluntad— que nos presenta el Señor a través de Luisa Picarreta; así serán en Dios, más santos y más eficaces en su labor apostólica. Por el contrario, quienes se centran en la Divina Voluntad, es decir, en el medio, tal vez nunca podrán llegar a la meta.

 

 

 

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