Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

Archivos de la categoría ‘Liturgia’

Instrucción Redemptionis Sacramentum*

Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 12, 2009

Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

(selección de los números más importantes)

 

[183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.

 [51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.

[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante de la liturgia de la palabra», en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia. Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.

[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia, «la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la celebración, aunque sin poder concelebrar».

[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.

[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.

[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante. Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia. Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla, de la forma acostumbrada.

[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi». De donde el nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son el Obispo, el presbítero y el diácono, a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia, y se realiza el signo del sacramento.

[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum.

[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto, este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»; con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.

[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

Esta Instrucción, preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo Pontífice la aprobó el día 19 del mes de marzo, solemnidad de San José, del año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

En Roma, en la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo del 2004.

Francis Card. Arinze
Prefecto

Domenico Sorrentino
Arzobispo Secretario

   

 

 

 

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La Liturgia de las Horas

Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 12, 2009

Cómo celebrar bien

Laudes matutinas y Vísperas

 

Conformación[1]:

 

Invocación inicial                                                        (de pie)

Himno                                                                          (de pie)

Salmodia                                                                     (sentados)

Lectura breve                                                             (sentados)

Silencio meditativo                                             (sentados)

Responsorio                                                        (de pie)

Cántico evangélico                                                     (de pie)

Preces                                                                         (de pie)

Padre nuestro y Oración                                     (de pie)

Conclusión                                                                  (de pie)

 

 

Modo de unirlas con la Misa[2]

 

Cuando las Laudes matutinas se celebran con la Eucaristía, la acción litúrgica puede comenzar por las Laudes: Invocación inicial e Himno (los días de feria), o por la Misa: canto de entrada con procesión y saludo del presidente (los días festivos). Según el caso, se omite, pues, uno u otro de los ritos iniciales.

A continuación se prosigue con la salmodia de las Laudes con sus antífonas, como de costumbre. Después de la salmodia, omitido el acto penitencial (y, según la oportunidad también el Señor, ten piedad,) se dice, si lo prescriben las rúbricas, el Gloria, y el presidente reza la Colecta de la Misa. Después se continúa con la Liturgia de la Palabra, como de costumbre.

La oración de los fieles de la Misa se hace en su lugar y según la forma acostumbrada. Pero los días de feria, en su lugar, se pueden decir las preces matutinas de las Laudes.

Después de la comunión, se dice el cántico de Zacarías, con su antífona. Seguidamente, se dice la Oración para después de la comunión y lo demás de la Misa, como de costumbre.

 

Algunas indicaciones[3]

 

v Durante la invocación inicial todos se santiguan mientras se dice: «Dios mío, ven en mi auxilio…».

 

v En la salmodia no se lee el número del salmo ni el título ni la sentencia (la frase que está debajo del título, a la derecha). En cambio, durante el tiempo ordinario, si se prefiere, se toma esta sentencia bíblica o patrística en lugar de las antífonas.

Hay varios modos de salmodiar:

Ø Al unísono, en un solo coro (una sola voz, al tiempo todos).

Ø Cada uno reza una estrofa (este modo se puede hacer cuando el grupo es pequeño).

Ø Alternando a dos coros o parte de la asamblea, o entre un solista y después la asamblea o por secciones de bancas.

Ø En forma responsorial, como suele acontecer en la celebración eucarística: el salmista enuncia la antífona, la asamblea la repite y la va intercalando entre estrofa y estrofa.

Ø Proclamado por uno o dos solistas.

 

v En la lectura breve no se anuncia: «Lectura del profeta…» o «de la carta…»; tampoco se dice al terminar: «Palabra de Dios».

 

v Al comenzar a recitar el cántico evangélico, todos se santiguan, por la dignidad con la que se proclama el evangelio (este cántico se convierte en la cima y el grado más elevado de la Liturgia de las Horas).

 

v Las preces, tanto en Laudes como en Vísperas, contemplan tres posibilidades de respuesta:

Ø La que aparece insinuada como frase de respuesta.

Ø La segunda parte de cada una de las preces.

Ø Hacer una pausa de silencio después de cada una de las preces.

En Laudes se pueden añadir preces de invocación (que conserven el estilo que se trae).

En Vísperas se pueden añadir preces de intercesión (petición).

 

v Antes de la oración final o conclusiva no se dice: «Oremos» ni «Oración…», porque la invitación a orar ya se hizo al comienzo, en el encabezamiento de las preces.

 

 



[1] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 41-54

[2] Cf. Liturgia de las Horas, documentos preliminares, principios y normas generales, nº 94

[3] Cf. Actualidad Litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 27

  

  

 

 

 

 

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Sobre el rito actual de la Misa*

Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 5, 2009

 Intervención del Cardenal Darío Castrillón en Aparecida, Brasil

Queridos y venerados hermanos:

Me permito presentar un breve informe sobre la Pontificia Comisión Ecclesia Dei y sobre el estado de la realidad pastoral que el Santo Padre ha puesto bajo su competencia.

Esta Comisión fue instituida por el siervo de Dios, Juan Pablo II, en 1988, cuando un grupo notable de sacerdotes, religiosos y fieles que habían manifestado su descontento con la reforma litúrgica conciliar y se habían congregado bajo el liderazgo del Arzobispo francés Marcel Lefebvre, se separaron de éste porque no estuvieron de acuerdo con la acción cismática de la ordenación de Obispos sin el debido mandato pontificio. Ellos, entonces, prefirieron mantener la plena unión con la Iglesia. El Santo Padre, mediante el motu proprio Ecclesia Dei Adflicta, confió a esta Comisión el cuidado pastoral de estos fieles tradicionalistas.

Hoy la actividad de la Comisión no se limita al servicio de aquellos fieles que en tal oportunidad quisieron mantenerse en plena comunión con la Iglesia, ni a los esfuerzos encaminados a poner fin a la dolorosa situación cismática y a lograr el regreso de estos hermanos de la fraternidad San Pío X a la plena comunión. Por voluntad del Santo Padre, este Dicasterio extiende, además, su servicio a satisfacer las justas aspiraciones de cuantos por una sensibilidad particular, sin haber tenido vínculos con los dos grupos anotados, desean mantener viva la liturgia latina anterior en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos.

Sin duda alguna, el empeño más importante, que concierne a toda la Iglesia, es la búsqueda de poner fin a la acción cismática y reconstruir sin ambigüedades la plena comunión. El Santo Padre, que fue durante algunos años miembro de esta Comisión, quiere que ella se convierta en un organismo de la Santa Sede con la finalidad propia y distinta de conservar y mantener el valor de la liturgia latina tradicional. Pero se debe afirmar con toda claridad que no se trata de un volver atrás, de un regreso a los tiempos anteriores a la reforma de 1970. Se trata en cambio de una oferta generosa del Vicario de Cristo que, como expresión de su voluntad pastoral, quiere poner a disposición de la Iglesia todos los tesoros de la liturgia latina que durante siglos ha nutrido la vida espiritual de tantas generaciones de fieles católicos. El Santo Padre quiere conservar los inmensos tesoros espirituales, culturales y estéticos ligados a la liturgia antigua. La recuperación de esta riqueza se une a la no menos preciosa de la liturgia actual de la Iglesia.

Por estas razones el Santo Padre tiene la intención de extender a toda la Iglesia latina la posibilidad de celebrar la Santa Misa y los Sacramentos según los libros litúrgicos promulgados por el Beato Juan XXIII en 1962. Por esta liturgia, que nunca fue abolida, y que, como hemos dicho, es considerada un tesoro, existe hoy un nuevo y renovado interés y, también por esta razón el Santo Padre piensa que ha llegado el tiempo de facilitar, como lo había querido la primera Comisión Cardenalicia en 1986, el acceso a esta liturgia haciendo de ella una forma extraordinaria del único rito Romano.

Hay algunas buenas experiencias de comunidades de vida religiosa o apostólica, erigidas recientemente por la Santa Sede, que celebran en paz y serenidad esta liturgia. En torno a ellas se congregan asambleas de fieles que frecuentan estas celebraciones con alegría y gratitud. Las erecciones más recientes son el Instituto de San Felipe Neri en Berlín, que funciona como un Oratorio y se ha hecho presente también, con buena acogida, en la Diócesis de Tréveris; el Instituto del Buen Pastor de Burdeos que reúne sacerdotes, seminaristas y fieles, algunos salidos de la Fraternidad San Pío X. Están muy adelantados los trámites para el reconocimiento de una comunidad contemplativa, el Oasis de Jesús Sacerdote, de Barcelona.

En América Latina, como es bien conocido, debemos agradecer al Señor por el regreso de toda una Diócesis, la de Campos, antes lefevriana y que ahora, después de cinco años, presenta buenos frutos. Ha sido un retorno pacífico y los fieles que se han inscrito en la Administración Apostólica, están contentos de poder vivir en paz en sus comunidades parroquiales; más aún, algunas diócesis brasileñas han hecho contactos con la Administración Apostólica de Campos que ha puesto a su disposición sacerdotes para la cura pastoral de los fieles tradicionalistas en sus iglesias locales. El proyecto del Santo Padre ha sido ya parcialmente probado en Campos donde la cohabitación pacífica de las dos formas del único rito romano en la Iglesia es una bella realidad. Tenemos la esperanza de que tal modelo produzca buenos frutos también en otros lugares de la Iglesia donde viven juntos fieles católicos con sensibilidades litúrgicas diversas. Y esperamos, además, que tal modo de vivir juntos atraiga también aquellos tradicionalistas que todavía están lejos.

Hasta ahora han estado bajo la Pontificia Comisión Ecclesia Dei varias comunidades dispersas por el mundo: 300 sacerdotes, 79 religiosos, 300 religiosas, 200 seminaristas y varias centenas de miles de fieles. Curiosamente aumenta el interés de los jóvenes en Francia, Estados Unidos, Brasil, Italia, Escandinavia, Australia y China. En el momento del regreso, de Campos han pasado 50 sacerdotes, unos cincuenta seminaristas, 100 religiosas y 25.000 fieles.

Hoy el grupo de los lefevrianos consta de 4 Obispos que fueron ordenados por monseñor Lefebvre, de 500 sacerdotes y 600.000 fieles. Al grupo se unieron igualmente varios monasterios contemplativos y algunos grupos religiosos masculinos y femeninos; tienen parroquias (las llaman prioratos), seminarios y asociaciones. Están presentes en 26 países.

Pidamos al Señor que este proyecto del Santo Padre pueda realizarse pronto para la unidad de la Iglesia.

 

 

 

Cardenal Darío Castrillón

Presidente de la Comisión Pontificia Ecclesia Dei

ZS07051715

17 mayo 2007 (ZENIT.org).

 

  

 

 

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¿La comunión de rodillas y en la boca?*

Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 26, 2009

 

 

Benedicto XVI distribuirá habitualmente la comunión a los fieles de rodillas y en la boca, ha anunciado el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.

 

En una entrevista concedida a la edición italiana del 26 de junio de ‘L’Osservatore Romano’, monseñor Guido Marini responde a quien se pregunta si el Papa mantendrá esta práctica que pudo verse en su último viaje a Italia, a las localidades de Santa María de Leuca y Brindisi.

 

‘Creo realmente que sí —considera—. En este sentido, no hay que olvidar que la distribución de la comunión en la mano sigue siendo todavía, desde el punto de vista jurídico, un indulto a la ley universal, concedido por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo hayan pedido’.

 

‘La modalidad adoptada por Benedicto XVI tiende a subrayar la vigencia de la norma válida para toda la Iglesia’, aclara.

 

Esta modalidad de distribución del sacramento, dice, ’sin quitar nada a la otra, subraya mejor la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ayuda a la devoción de los fieles, introduce con más facilidad en el sentido del misterio. Aspecto que en nuestro tiempo, pastoralmente hablando, es urgente subrayar y recuperar’, aclara.

 

A quien acusa a Benedicto XVI de querer imponer modelos preconciliares, el maestro de las celebraciones litúrgicas explica que ‘términos como ‘preconciliar’ y ‘postconciliar’ me parece que pertenecen a un lenguaje que ya ha sido superado y, si se utilizan con el objetivo de indicar una discontinuidad en el camino de la Iglesia, considero que son equivocados y típicos de visiones ideológicas muy reductivas’.

 

‘Hay ‘cosas antiguas y cosas nuevas’ que pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre y como tales deben ser consideradas. Quien es sabio sabe encontrar en su tesoro tanto unas como otras, sin tener otros criterios que no sean evangélicos y eclesiales’.

 

‘No todo lo que es nuevo es verdadero, como tampoco lo es todo lo antiguo. La verdad atraviesa lo antiguo y lo nuevo y a ella debemos tender sin prejuicios’.

 

‘La Iglesia vive según esa ley de la continuidad, en virtud de la cual, conoce un desarrollo arraigado en la tradición. Lo importante es que todo esté orientado a una celebración litúrgica que sea verdaderamente la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado, que se hace presente en su Iglesia, reactualizando el misterio de la salvación y llamándonos, según la lógica de una auténtica y activa participación, a compartir hasta sus últimas consecuencias su misma vida, que es vida de don de amor al Padre y a los hermanos, vida de santidad’.

 

 

Explicación

 

La norma es comulgar de rodillas. La autorización a hacerlo de pie y en la mano es una excepción a la regla, contra el deseo de la Cátedra de Pedro y contra la tradición de la Iglesia.

 

En los documentos que se citan a continuación queda claro que ningún sacerdote, obispo o Conferencia Episcopal tiene potestad para prohibir la norma. Jamás autorizó la Santa Sede a Conferencia Episcopal alguna prohibir comulgar de rodillas y en la boca. Comulgar de rodillas es un derecho del fiel que sólo puede ser suprimido por el Papa. Nadie puede prohibir comulgar rodillas y en la boca, porque es un derecho del fiel y porque en definitiva es lo que sugiere la Santa Sede como una mejor forma de comulgar.

 

Si alguna vez un sacerdote dice lo contrario, favor corregirle fraternalmente, rezando antes por él. Si ha propagado el error públicamente, por ejemplo en una Misa o en el boletín parroquial, el corregirse públicamente muestra el amor a la Verdad y la virtud de la humildad.

 

Ordenamiento del Misal Romano 2001, nro. 160, dice: “Después el sacerdote toma la patena o el copón, y se aproxima a los que van a comulgar, quienes de ordinario se acercan procesionalmente. No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. Los fieles comulgan de rodillas o de pie, según lo establezca la Conferencia Episcopal. Cuando comulgan de pie, se recomienda hacer, antes de recibir el Sacramento, la debida reverencia, establecida por las mismas normas.”

Muchas Conferencias Episcopales (como la Argentina) no han establecido normas al respecto, pero las que lo hacen, deben hacerlas reconocer por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. Ese dicasterio las reconoce, pero siempre, salvando el derecho de los fieles a comulgar de rodillas.

“Notitiæ”, la publicación oficial de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en su edición de noviembre-diciembre de 2002 (Nº 436), dice: “Aun en aquellos países donde esta Congregación ha aprobado la legislación local que establece el permanecer de pie como la postura para recibir la Sagrada Comunión, de acuerdo con las adaptaciones permitidas a las Conferencias Episcopales por la Instrucción General del Misal Romano n. 160, § 2, lo ha hecho con la condición de que a los comulgantes que prefieren arrodillarse no les será negada la Sagrada Comunión.”

“La Congregación está de hecho preocupada por el número de quejas similares que ha recibido desde varios lugares en los últimos meses, y considera que cualquier negativa de dar la Sagrada Comunión a un miembro de la feligresía, fundada en que se encuentra de rodillas para recibirla, es una grave violación a uno de los derechos más básicos del feligrés cristiano, a saber, el de ser ayudado por sus Pastores por medio de los Sacramentos” (Código de Derecho Canónico, canon 213).

“En vista de la ley que establece que ‘los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos’ (Código de Derecho Canónico, canon 843, § 1), no debe negarse la Sagrada Comunión a ningún católico durante la Santa Misa, excepto en casos que pongan en peligro de grave escándalo a otros creyentes, como el pecador público o la obstinación en la herejía o el cisma, públicamente profesado o declarado.”

 

San Efrén dice: ‘Comed este pan y no piséis sus migas, … una partícula de sus migas puede santificar a miles de miles y es suficiente para dar vida a todos los que la comen.’ (Serm. in hebd. s., 4, 4.).

 

Este texto es comentado por el PAPA PABLO VI: ‘Consta que los fieles creían, y con razón, que pecaban, como nos recuerda Orígenes, si, habiendo recibido el cuerpo del Señor, y conservándolo con todo cuidado y veneración, algún fragmento caía por negligencia.’ (Mysterium Fidei, 32.)

 

Recordando que Jesús está entero en cada partícula y que cada partícula merece el respeto del Rey del universo y Amor de los Amores, la comunión en la mano es peor por varias razones:

 

1.      Mayor posibilidad de maltrato a la Eucaristía:

a.     Mayor posibilidad de secuestro de Jesús (llevarse la Hostia a casa) y de robo para sectas satánicas y misas negras

b.     Posibilidad de que se comparta con alguien (caso de una madre que da a su hijita)

c.      Pérdida de partículas en la mano (a veces ni siquiera se pone cuidado en esto)

d.     Pérdida de partículas en los dedos que la agarran

e.     Nadie se lava las manos inmediatamente para evitar posibilidad de que haya quedado partículas, cosa que sí hace (o debiera hacer) el sacerdote

f.       Nadie se lame las manos o dedos por si quedaran partículas (si no, comulgaría en la boca)

g.     Riesgo de pérdida de partículas y de no alcanzar una Hostia que se cae porque la mano obliga a poner la patena más abajo (a veces, incluso no se usa la bandeja o patena a pesar de lo prescripto por la Santa Sede)

h.     Mayor riesgo de pérdida de partículas al hacerse dos trayectos en vez de uno: del sacerdote a la mano y de la mano a la boca

 

2.      Falta de respeto y pérdida del sentido de lo sagrado:

a.     La Hostia es tocada por manos no consagradas: en lo posible, Jesús debe ser tocado únicamente por manos consagradas (es lo que prefiere la Iglesia)

b.     No considerarse digno de tocar a Cristo muestra respeto, como la hemorroísa, que apenas se dignó a tocar los flecos de su manto, mientras todos los demás lo empujaban

c.      Casi la totalidad de quienes comulgan en la mano no hacen la debida reverencia solicitada por la Santa Sede en el Misal (al menos una inclinación de cabeza); al hacerlo de rodillas, ya se está dando una mejor forma de respeto por la divinidad

d.     Algunos llevan la Hostia a la boca con la misma mano en que se depositó directamente a la boca, mostrando así que no fueron preparados o no comprendieron la norma correcta

 

3.      Desidia y falta de control de abusos: la mayoría de quienes comulgan en la mano lo hacen de espaldas al sacerdote camino a su banco sin seguir los lineamientos de comulgar frente al Sacerdote

 

La comunión en la mano también es un acto antiecuménico

 

Nuestros hermanos orientales (ortodoxos) no comulgan en la mano; respetan en grado sumo al Santísimo Sacramento.

 

Los protestantes sí reciben en la mano el pan no consagrado, porque ellos no tienen la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

 

 

¿Es una pérdida de tiempo?

 

Antes los fieles que comulgaban de rodillas rodeaban el altar y el sacerdote iba de fiel en fiel en un semicírculo: mientras se iba un fiel se acercaba otro y para cuando el sacerdote regresaba de la “ronda” ya estaba bien ubicado y listo para comulgar. Este sistema era mucho más rápido que recibir la comunión de pie.

 

Y aun si no se hicieran cambios, la demora en la distribución no debe ser considerado una desventaja: da más tiempo para rezar fervorosamente, para prepararse mejor para comulgar y para agradecer mejor semejante visita.

 

A Dios se le debe todo el tiempo que sea necesario.

 

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 26 junio 2008 (ZENIT.org).

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Avatares de la fórmula de la consagración

Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 26, 2009

Colombia era el único país de habla hispana (fuera de España, por supuesto) que en la celebración de la Eucaristía no había cambiado el pronombre personal vosotros por el ustedes. Dicho de otra manera, solamente en España y en Colombia el sacerdote–celebrante seguía diciendo: «El Señor esté con vosotros», mientras que en el resto de Hispanoamérica, ya desde hace bastante tiempo estaban diciendo: «El Señor esté con ustedes».

Había quienes defendían el uso del pronombre español vosotros, mostrando así una forma de respeto por las cosas divinas, mientras que otros objetaban la idea afirmando que aquello no era más que una herencia idiomática de España, de la que había de destetarse…

El hecho es que la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos quiso que, en el proceso llamado de inculturación, se respetasen las costumbres y la cultura de cada país y de cada región, no imponiendo, en este caso, el uso de un pronombre personal que se usa únicamente en España, en los actos cultuales como la Misa.

Por eso, en la nueva edición colombiana del Misal se cambió el vosotros por el ustedes y todo el lenguaje que se relacione, como se está haciendo en todos los leccionarios: falta únicamente el correspondiente al ferial Adviento a Pascua.

Sin embargo, el venerable Juan Pablo II se reservó el derecho de mantener la fórmula de la consagración con el vosotros, después de aprobar la tercera edición latina.

En una de las asambleas de la Conferencia Episcopal de Colombia se hizo una votación para que la fórmula de la consagración quedara con el pronombre personal ustedes, pero esa votación no convenció a la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Por consiguiente, la fórmula quedó con el vosotros.

Sin saberse por qué razón, la oración presidencial que hace alusión a la paz, después del embolismo, también se dejó con el vosotros: «Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, la paz os doy…».

Es probable que se haya tomado esta decisión por el tradicional criterio de hacer eso ya que son las mismísimas palabras de nuestro Señor Jesucristo y están tan cerca de la fórmula de la consagración. Lo que está claro es que la Conferencia Episcopal de Colombia solo discutió únicamente la fórmula de la consagración.

Por último, como ya se sabe, fue Su Santidad Benedicto XVI quien ordenó corregir el error que se cometió desde hace ya casi cuarenta años: haber traducido mal las palabras que Jesucristo usó para la consagración del vino. Fueron ellas: «Tomad y bebed todos de él… que será derramada por vosotros y por muchos.

  

   

  

 

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¿De espaldas a quién?

Publicado por pablofranciscomaurino en Febrero 26, 2009

Después de de leer y escuchar a varias personas acerca de la misa que el Santo Padre celebró “de espaldas al pueblo”, hubo gran inquietud, especialmente entre quienes menos conocen la historia de este tema litúrgico.

Para abordar el tema, es necesario dejar claros varios conceptos:

Primero, los del actual Papa, el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en el documento La fiesta de la fe:

·        Que no hay mandato explícito del Concilio para celebrar cara al pueblo; que a eso se llegó por una especie de reacción entusiasta a la decadencia litúrgica.

·        Que, al celebrar cara al pueblo para hacer notar más lo comunitario de la celebración, existe el peligro de que la comunidad se convierta en un círculo cerrado, que no perciba la dinámica trinitaria, que es la que otorga la grandeza a la Eucaristía.

·        Que la comunidad no dialoga consigo misma, sino que va colectivamente al encuentro del Señor.

·        Que la Eucaristía celebrada cara a Dios es un volverse tanto el sacerdote como el pueblo hacia un acto común de adoración trinitaria.

·        Que el sacerdote y el pueblo no se deberían mirar mutuamente, sino mirar juntos a Aquél que ha sido traspasado.

Además, el hecho de que el sacerdote y el pueblo miren en la misma dirección pone de relieve que el sacerdote hace parte de la comunidad orante, se solidariza con ella y así los dos dirigen a Dios la plegaria.

Ahora nos podemos preguntar si tenía razón un sacerdote que en 1970 afirmaba que al celebrar cara al pueblo se celebraría de espaldas a Dios. ¿No es eso lo que hemos hecho estos ya casi cuarenta años?

     

   

 

 

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Redemptionis Sacramentum

Publicado por pablofranciscomaurino en Octubre 4, 2008

INSTRUCCIÓN
Redemptionis Sacramentum

Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía

(Selección de los números más importantes)

 

[183.] De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y, excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor.

 [51.] Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarística que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. «No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas», ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas.

[53.] Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, «no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales», salvo las aclamaciones del pueblo, como rito aprobado, de que se hablará más adelante.

[55.] En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.

[63.] La lectura evangélica, que «constituye el momento culminante de la liturgia de la palabra», en las celebraciones de la sagrada Liturgia se reserva al ministro ordenado, conforme a la tradición de la Iglesia. Por eso no está permitido a un laico, aunque sea religioso, proclamar la lectura evangélica en la celebración de la santa Misa; ni tampoco en otros casos, en los cuales no sea explícitamente permitido por las normas.

[64.] La homilía, que se hace en el curso de la celebración de la santa Misa y es parte de la misma Liturgia, «la hará, normalmente, el mismo sacerdote celebrante, o él se la encomendará a un sacerdote concelebrante, o a veces, según las circunstancias, también al diácono, pero nunca a un laico. En casos particulares y por justa causa, también puede hacer la homilía un obispo o un presbítero que está presente en la celebración, aunque sin poder concelebrar».

[65.] Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.

[66.] La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.

[72.] Conviene «que cada uno dé la paz, sobriamente, sólo a los más cercanos a él». «El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles». «En cuanto al signo para darse la paz, establezca el modo la Conferencia de Obispos», con el reconocimiento de la Sede Apostólica, «según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos».

[88.] Los fieles, habitualmente, reciban la Comunión sacramental de la Eucaristía en la misma Misa y en el momento prescrito por el mismo rito de la celebración, esto es, inmediatamente después de la Comunión del sacerdote celebrante. Corresponde al sacerdote celebrante distribuir la Comunión, si es el caso, ayudado por otros sacerdotes o diáconos; y este no debe proseguir la Misa hasta que haya terminado la Comunión de los fieles. Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.

[91.] En la distribución de la sagrada Comunión se debe recordar que «los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho recibirlos». Por consiguiente, cualquier bautizado católico, a quien el derecho no se lo prohíba, debe ser admitido a la sagrada Comunión. Así pues, no es lícito negar la sagrada Comunión a un fiel, por ejemplo, sólo por el hecho de querer recibir la Eucaristía arrodillado o de pie.

[92.] Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano.

[93.] La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.

[94.] No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado «por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano». En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.

[100.] Para que, en el banquete eucarístico, la plenitud del signo aparezca ante los fieles con mayor claridad, son admitidos a la Comunión bajo las dos especies también los fieles laicos, en los casos indicados en los libros litúrgicos, con la debida catequesis previa y en el mismo momento, sobre los principios dogmáticos que en esta materia estableció el Concilio Ecuménico Tridentino.

[104.] No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado o de otra materia.

[119.] El sacerdote, vuelto al altar después de la distribución de la Comunión, de pie junto al altar o en la credencia, purifica la patena o la píxide sobre el cáliz; después purifica el cáliz, como prescribe el Misal, y seca el cáliz con el purificador. Cuando está presente el diácono, este regresa al altar con el sacerdote y purifica los vasos. También se permite dejar los vasos para purificar, sobre todo si son muchos, sobre el corporal y oportunamente cubiertos, en el altar o en la credencia, de forma que sean purificados por el sacerdote o el diácono, inmediatamente después de la Misa, una vez despedido el pueblo. Del mismo modo, el acólito debidamente instituido ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y arreglo de los vasos sagrados, ya sea en el altar, ya sea en la credencia. Ausente el diácono, el acólito litúrgicamente instituido lleva los vasos sagrados a la credencia, donde los purifica, seca y arregla, de la forma acostumbrada.

[151.] Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. Pero esto, no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional. Además, donde por necesidad se recurra al servicio de los ministros extraordinarios, multiplíquense especiales y fervientes peticiones para que el Señor envíe pronto un sacerdote para el servicio de la comunidad y suscite abundantes vocaciones a las sagradas órdenes.

[153.] Además, nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.

[154.] Como ya se ha recordado, «sólo el sacerdote válidamente ordenado es ministro capaz de confeccionar el sacramento de la Eucaristía, actuando in persona Christi». De donde el nombre de «ministro de la Eucaristía» sólo se refiere, propiamente, al sacerdote. También, en razón de la sagrada Ordenación, los ministros ordinarios de la sagrada Comunión son el Obispo, el presbítero y el diácono, a los que corresponde, por lo tanto, administrar la sagrada Comunión a los fieles laicos, en la celebración de la santa Misa. De esta forma se manifiesta adecuada y plenamente su tarea ministerial en la Iglesia, y se realiza el signo del sacramento.

[155.] Además de los ministros ordinarios, está el acólito instituido ritualmente, que por la institución es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, incluso fuera de la celebración de la Misa. Todavía, si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición. Sin embargo, este acto de designación no tiene necesariamente una forma litúrgica, ni de ningún modo, si tiene lugar, puede asemejarse la sagrada Ordenación. Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum.

[156.] Este ministerio se entienda conforme a su nombre en sentido estricto, este es ministro extraordinario de la sagrada Comunión, pero no «ministro especial de la sagrada Comunión», ni «ministro extraordinario de la Eucaristía», ni «ministro especial de la Eucaristía»; con estos nombres es ampliado indebida e impropiamente su significado.

[157.] Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.

[158.] El ministro extraordinario de la sagrada Comunión podrá administrar la Comunión solamente en ausencia del sacerdote o diácono, cuando el sacerdote está impedido por enfermedad, edad avanzada, o por otra verdadera causa, o cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado. Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente, según la cultura y las costumbres propias del lugar.

Esta Instrucción, preparada por mandato del Sumo Pontífice Juan Pablo II por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en colaboración con la Congregación para la Doctrina de la Fe, el mismo Pontífice la aprobó el día 19 del mes de marzo, solemnidad de San José, del año 2004, disponiendo que sea publicada y observada por todos aquellos a quienes corresponde.

En Roma, en la Sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, en la solemnidad de la Anunciación del Señor, 25 de marzo del 2004.

Francis Card. Arinze
Prefecto

Domenico Sorrentino
Arzobispo Secretario

  

 

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Sobre el oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Aspectos generales

 

Ø  Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[1]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[2]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[3].

 

Ø  Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.

 

Ø  Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.

 

Ø  «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[4]

 

Ø  No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

 

Ø  Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).

 

Ø  El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[5] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[6] y después de la comunión.

 

Ø  «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles [...], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[7]

 

Ø  «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[8]

 

Ø  «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[9]

 

Ø  «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[10]

 

Ø  «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[11]

 

Aspectos particulares

 

Ø  «Antes de ponerse el alba, si no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito».[12] «El sacerdote que se reviste con la casulla, conforme a las rúbricas, no deje de ponerse la estola.»[13]

 

Ø  Es bueno que el ministro ordenado que va a celebrar la Eucaristía verifique que el sacristán haya cumplido sus labores (ver indicaciones sobre el oficio del sacristán al final de este documento).

 

Ø  «Tanto el que preside como la asamblea deben distinguirse por la puntualidad para comenzar a la hora exacta».[14] Del mismo modo, recuérdese que el tiempo del que se dispone entre semana es menor: una celebración de la Eucaristía mayor de media hora es excesiva para muchos fieles, que deben trabajar.

 

Ø  Cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[15]

 

Ø  Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

 

Ø  «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[16], y corresponde al sacerdote o al diácono.[17]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[18]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo [...]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[19]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción o el empleo del tiempo de la homilía para otras cosas totalmente distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[20]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

 

Ø  El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[21]

 

Ø  Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[22]

 

Ø  La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[23]

 

Ø  «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[24]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[25]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[26]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[27]

 

Ø  Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.

 

Ø  El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[28]

 

Ø  «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[29]

«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[30]

 

Ø  Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[31]

 

Ø  Como se dijo para los ministros extraordinarios de la comunión, el sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.

 

Ø  «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[32] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[33]

 

Ø  Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[34]

 

Ø  Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[35] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[36]

 

Ø  Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.


[1] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[2] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[3] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[4] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[5] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[6] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[7] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

   cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[8] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[10] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 122

[13] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 123

[14] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 33, p. 12

[15] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[16] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

    cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[17] Cf. Ídem

[18] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[19] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[20] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[21] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[22] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

   cf. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[23] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[24] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[25] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[26] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[27] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[28] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[29] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[30] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[31] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[32] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[33] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[34] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[35] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[36] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

 

  Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Sobre el oficio del ministro extraordinario de la comunión en la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

 Aspectos generales

 

v  «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. [...] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[1]

 

v  «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[2] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[3] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[4] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[5]

 

v  «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[6]

 

v  «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[7] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[8] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

 

v  «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[9]

 

Aspectos prácticos

 

v  El ministro extraordinario de la comunión debe subir al presbiterio después que el celebrante haya comulgado.[10]

 

v  El ministro extraordinario de la comunión «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”. [...] Ninguna otra fórmula cabe acá»[11]; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.

También se le debe dar tiempo suficiente al comulgante para que pueda contestar: “Amén”, antes de colocar la Hostia consagrada en su boca.

 

v  Los fieles no pueden tomar por sí solos la Eucaristía, ya que el Cuerpo y la Sangre del Señor no se toma, sino que se recibe, ni siquiera en el caso de monjas, monjes o seminaristas (los concelebrantes, en cambio, sí lo toman porque ellos mismos lo han consagrado y, como consagrantes, son también figura de Cristo).[12]

 

v  El ministro extraordinario de la comunión estará bien presentado (sin trajes deportivos, como sudaderas o pantalonetas) y muy limpio.

 

v  El ministro extraordinario de la comunión se lavará las manos antes y después de repartir la comunión.

 

Cualidades de este ministerio

 

v  Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:

1.    Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.

2.    Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.

3.    Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.

4.    Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.

5.    Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.

6.    Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.


[1] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[2] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

   cf. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;

   cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[4] Ídem

[5] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[6] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[7] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[8] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[10] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162 (antes se establecía que subieran al altar durante la fracción del Pan)

[11] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 12

[12] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 160

 

 

 Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el oficio del acólito en la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

 Antes de comenzar

 

à      Es muy importante que el acólito llegue a la iglesia con anticipación para verificar que todo lo necesario para la misa esté listo: el Misal, el leccionario abierto en la página que corresponde a las lecturas del día, los micrófonos funcionando, el cáliz y las vinajeras en la credencia (mesa o repisa que se pone inmediata al altar, a fin de tener a mano lo necesario: vasos sagrados, vinajeras, patena de los fieles, etc.); en fin, revisar que el trabajo del sacristán haya sido bien hecho. Además, conviene que se lave las manos.

 

Aspectos prácticos

 

à      Después de entrar con el sacerdote, ubicarse en un lugar discreto con la vista puesta en el celebrante (no en el pueblo), conservar la mayor compostura posible y evitar todo movimiento que distraiga la participación de los fieles (no estar pasando de un lado a otro del altar, ni siquiera para tocar la campana).

 

à      El acólito no debe sentarse en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.

 

à      Sobre el altar no se debe colocar el cáliz ni el copón hasta que no haya terminado la liturgia de la Palabra.

 

à      Recuérdese que en la presentación de ofrendas se entregan al sacerdote las vinajeras sobre su bandeja, para que él mismo se surta del vino y agua. Es ideal mantener la bandeja en la mano (a veces, por comodidad, se prefiere colocarlas en el extremo del altar).

 

à      El lavabo no debe omitirse. Hágase por fuera del altar (es importante no incomodar al sacerdote colocando muy alta la vasija donde se recibe el agua).

 

à      La campana debe tocarse con moderación: un solo toque cuando el sacerdote pone las manos sobre las ofrendas, tres toques durante la elevación de la Hostia consagrada y tres toques durante la elevación del Vino consagrado (no se toca durante la adoración, cuando el sacerdote hace la genuflexión).

 

à      El acólito no debe transportar el copón con las Hostias consagradas del sagrario al altar ni viceversa. Solamente el sacerdote o el diácono pueden hacerlo.

 

à      Al usar la patena de los fieles para recoger las migajas que caen durante la comunión del pueblo, es bueno retirarla cuando alguien desee recibirla en las manos.

 

Cualidades de este ministerio

 

à      La finalidad de este ministerio está descrita en el boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal Actualidad litúrgica, nº 25 (cf.):

1.    Prestan un servicio desinteresado

2.    Han de formarse en la responsabilidad que han adquirido

3.    Deben dar testimonio de vida cristiana

 

Nota:

 

à      «Como es sabido, las funciones que la mujer puede ejercer en la asamblea litúrgica son varias; entre ellas la lectura de la Palabra de Dios y la proclamación de las intenciones en la oración de los fieles. No están permitidas a las mujeres las funciones de servicio al altar».[1] Sin embargo, la carta de 1994 de la Congregación para el culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos amplió la norma: con la autorización pública del obispo del lugar podrán prestar ese servicio.*


[1] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 18;

   cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Liturgicæ instaurationes, 7

* Hasta la fecha no ha habido autorización pública de ningún obispo colombiano

 

  Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

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Sobre el oficio del lector en la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

 Aspectos prácticos

 

¨      El lugar para proclamar las lecturas es el ambón; los fieles escogidos como lectores no deben leer desde su puesto.

 

¨      Es importante que el lector «permita que quien preside la celebración y la asamblea se acomoden en su puesto, se sienten y, cuando haya silencio, empiece a proclamar».[1]

 

¨      No se lea lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[2] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?».[3]

El sacerdote, al finalizar la lectura del Evangelio, levanta el leccionario para decir: «Palabra del Señor»; esto no lo hace quien proclama las otras lecturas: debe dejarse el leccionario en el atril.

 

¨    El lector debe leer pausadamente, articulando con la debida distinción las vocales, consonantes y sílabas de las palabras para hacer plenamente inteligible lo que se lee.

 

¨    El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca (la cuarta es la medida de la mano abierta y extendida desde el extremo del pulgar al del meñique). Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.

 

¨      «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[4]

 

¨      «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[5]

 

¨      Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[6]

 

¨      «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[7] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[8], ya que es a todas luces un texto muy diverso.

 

¨      El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el Aleluya debe cantarse; si no, se omite el versículo.[9]

 

¨      Se recomienda que el salmo se cante. «Si no es posible cantar el salmo, éste debe recitarse del modo más apto en vistas a favorecer la meditación de la Palabra de Dios».[10]

 

¨      La lectura del Evangelio está reservada al diácono o al sacerdote, lo mismo que la homilía.[11] La homilía nunca la hará un laico[12]. Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.»[13]

 

Cualidades de este ministerio

 

¨    «Las lecturas [...] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[14]

 

¨    La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.

 

¨    La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.

 

¨    «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[15]

 

¨    Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[16] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[17]

 

¨    Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

[1] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 21

[2] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[3] Cf. Ídem

[4] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[5] Ídem

[6] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[7] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[8] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[9] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[10] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[11] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2-3

[12] Cf. La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.64

[13] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 65

[14] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[15] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[16] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[17] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

 

 Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

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Sobre el oficio de los animadores del canto en la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Aspectos generales

 

Þ  El día domingo y las solemnidades son los apropiados para la interpretación de cantos más festivos y más conocidos por la asamblea.

Los demás días se podría omitir el canto del Aleluya, reservándolo para el domingo, por su significado; a cambio, se puede cantar un verso interleccional.

Igualmente, podría suprimirse el canto del «Señor ten piedad» y el del «Cordero de Dios»; también se puede suprimir el canto durante la presentación de ofrendas, dando así más importancia al silencio en ese momento.

 

Þ  Cuando está establecido un coro o un cantante idóneo, será éste quien entone los cantos apropiados para cada momento de la celebración.

 

Þ  La nueva Ordenación General del Misal Romano no permite la sustitución de cantos o himnos por otros que no digan lo mismo; se refiere al «Cordero de Dios» y a las demás partes de la Misa.[1]

 

Þ  Recuérdese que el canto gregoriano es el más propio de la liturgia romana.[2]

 

Þ  «En tiempo de Cuaresma [...] se permiten los instrumentos musicales solo para sostener el canto, como corresponde al carácter penitencial de este tiempo»[3], salvo el cuarto domingo de Cuaresma, «Lætare».

Asimismo, en el tiempo de Adviento «deben usarse con moderación los instrumentos musicales»[4], salvo el tercer domingo.

 

Þ  Durante el tiempo de Cuaresma no se debe cantar el «Aleluya», salvo en las solemnidades.

 

Aspectos particulares

 

Þ  El canto de entrada tiene que estar acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico y debe ser un texto aprobado por la Conferencia Episcopal.[5]

 

Þ  Se recomienda que se cante el salmo responsorial.[6]

 

Þ  «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”... hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él...”] no se deben ejecutar cantos».[7] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[8] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[9]

 

Þ  Antes de iniciar el canto: «Cordero de Dios…» debe esperarse un poco para que los fieles se den la paz.[10]

A propósito: existen cantos para la paz, distintos del «Cordero de Dios…», los cuales —en ningún caso— lo reemplazan.

 

Þ  Se inicia el canto de la comunión después de que el sacerdote comulgue el Cuerpo de Cristo.

Durante la comunión es bueno escoger no solamente cantos eucarísticos, sino aquellos que expresen la participación en la mesa del Señor. Además, el canto de la comunión debe tener índole comunitaria.[11]

 

Þ  Después de la comunión, permítase un espacio de tiempo en silencio para la oración.

 

Þ  No es litúrgico incluir cantos de carácter popular (como los villancicos, por ejemplo) dentro de la celebración de la Eucaristía. Estos se pueden cantar después de la Misa. Tampoco conviene incluir en el repertorio letras totalmente profanas, sin contenido doctrinal religioso.

 

Cualidades de este ministerio

 

Þ  No solamente es necesario que los cantores tengan las cualidades técnicas para interpretar con gusto y armonía los cantos litúrgicos, sino que deben conocer cuáles corresponden a las diferentes partes de la celebración eucarística: los cantos de entrada, los del momento penitencial, gloria, cantos entre las lecturas, aclamación al Evangelio, profesión de Fe, procesión de ofrendas, santo, Padre Nuestro, momento de la paz, Cordero de Dios, cantos para la comunión, cantos de despedida.

 

Þ  Los cantores deben conocer también los cantos que se emplean para los diferentes tiempos del año litúrgico, los de los sacramentos, los que se hacen en honor de la Virgen María, los que se emplean para misas de difuntos, entre otros.

 

Þ    Debe recordarse que el oficio se llama Animación del canto, no se trata de un simple «coro».[12]


[1] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 366

[2] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 41

[3] Ordo, Calendario Litúrgico para la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Conferencia      Episcopal de Colombia, Departamento de Liturgia.

[4] Ídem

   Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 313

[5] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[6] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[7] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[8] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

   cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[10] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 31

[11] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 86

[12] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

 

 Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

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Posturas durante la Celebración Eucarística

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Ritos iniciales (de pie)

Signación: «En el nombre del Padre, y…»

Saludo

Acto penitencial

Gloria (si lo hay)

Oración colecta: «…y es Dios por los siglos de los siglos. Amén».

 

Liturgia de la Palabra

Primera lectura (sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Salmo (sentados)

Segunda lectura (si la hay, sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Aleluya (si lo hay, de pie)

Evangelio (de pie)

Se contesta al final: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Homilía (si la hay, sentados)

Credo (si lo hay, de pie)

En donde dice: «y por obra del Espíritu Santo… y se hizo hombre», se hace una inclinación de la cabeza (en la Anunciación del Señor [marzo 25] y en la Natividad del Señor [diciembre 25] se ponen de rodillas).

Oración de los fieles (si la hay, de pie)

 

Liturgia eucarística

Procesión con las ofrendas (si la hay, sentados)

Presentación del pan y del vino (sentados)

Lavabo (sentados)

Oración sobre las ofrendas (de pie)[1]

Plegaria eucarística

Diálogo introductorio al prefacio (de pie)

Prefacio (de pie)

Santo (de pie)

Consagración del pan y del vino (de rodillas desde que el sacerdote coloca ambas manos sobre las ofrendas hasta el final de la consagración; luego, de pie)

(Cuando la salud, la estrechez del lugar, la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable impidan a los fieles arrodillarse, deben hacer una inclinación profunda)[2]

La última edición del misal alaba el hecho de que la comunidad permanezca de rodillas durante toda la plegaria eucarística (Instrucción general del misal Romano, 3ª ed., nº 43).

Conclusión (de pie)

 

Rito de la comunión

Oración del Señor o Padrenuestro (de pie)

Rito de la paz (de pie)

Fracción del Pan (de pie)

La última edición del misal alaba el hecho de que la comunidad permanezca de rodillas (Instrucción general del misal Romano, 3ª ed., nº 43).

Comunión (de pie)

Silencio después de la comunión (sentados)

Oración después de la comunión (de pie)

 

Rito de conclusión

Bendición (de pie [inclinada la cabeza si hay oración sobre el pueblo])

Despedida (de pie)

Significado de las posturas

De pie: significa prestar atención, alegría y prontitud a la acción

Sentados: significa escucha atenta, contemplación

De rodillas: significa oración, actitud de penitencia, adoración y súplica

Actos de reverencia

Genuflexión. Consiste en doblar la rodilla, bajándola hasta el suelo. Se hace al pasar frente al sagrario (lugar donde se guarda a Cristo sacramentado) o frente del Santísimo Sacramento cuando esté expuesto en la custodia (pieza de oro, plata u otro metal, en que se expone el Santísimo Sacramento a la pública veneración) sobre el altar. No es necesario santiguarse ni inclinarse. No es obligatorio hacer la genuflexión para pasar a comulgar.

Si en el altar no está Jesús sacramentado, y se pasa entre el altar y el sagrario, se hace la genuflexión dirigiéndose hacia el sagrario.

Inclinación de la cabeza. Se hace al pasar frente a las imágenes —especialmente ante los crucifijos— y ante el sacerdote que preside la celebración, si hay que pasar por delante de él.

Inclinación del cuerpo. No está previsto que el pueblo ejecute este acto en la celebración de la Eucaristía.


[1] Esta norma era distinta: se permanecía sentados hasta después de la respuesta al «Orad hermanos…», con el fin de diferenciar la preparación de la Eucaristía de la liturgia eucarística propiamente dicha.

Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43, 146

[2] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43

 

Tomado del libro:

 

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

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Sobre la actuación del pueblo en la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

 ·      El pueblo está de pie a la entrada del sacerdote–presidente, como señal de respeto y acogida.

 

·      Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[1]

 

·      Durante la lectura del Evangelio, los presentes se vuelven hacia el ambón para manifestar su especial reverencia a esta lectura culminante.[2]

 

·      Al finalizar la lectura del Evangelio, el sacerdote dice: «Palabra del Señor» y el pueblo responde: «Gloria a ti, Señor Jesús» (antes se respondía: «Te alabamos Señor»), para adherirnos mejor a las mismísimas palabras de Cristo.

 

·      A la homilía no se conteste: «Amén» ni «Así sea».

 

·      «El dinero, así como otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa eucarística.»[3]

 

·      Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso (antes se decía: «Señor mío y Dios mío…», oración que pueden recitar mentalmente los fieles que lo deseen), porque la aclamación vendrá enseguida.

 

·      La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[4]

Es que la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”... hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él...”] debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[5].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[6]

 

·      Durante el rezo del Padre Nuestro, solamente el presidente levanta las manos. No es litúrgico que los fieles lo hagan, ni que se cojan de las manos (este es más signo de hermandad que de nuestra condición de hijos).

 

·      La oración de la paz («Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles…») es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).

 

·      «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[7], sin moverse de su puesto.[8]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[9]

 

·      Mientras el sacerdote comulga, los fieles deben permanecer de pie (aunque, como signo externo de adoración, pueden estar de rodillas), y pasarán a comulgar después de que consuma ambas especies.

 

·      «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[10] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).

 

·      «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[11]

 

·      Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).

 

·      No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[12] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[13], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[14]

 

·      Durante la comunión de los fieles se pueden entonar cantos apropiados.

«Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[15]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa (por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado).

 

·      La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza (no se arrodilla), en señal de humildad.

 

·      Por su significado, espérese de pie a que el sacerdote salga.

 

·      No inicien los fieles oraciones en voz alta inmediatamente después de terminada la celebración; espérese un poco para que, quienes lo deseen, continúen su acción de gracias.


[1] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[2] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 133

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 70

[4] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[5] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[6] Ídem

[7] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[8] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[9] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[10] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

   Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

   Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[13] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[14] Cf. Ídem.

[15] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

 

Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Celebrar bien la Eucaristía

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Celebrar bien

la Eucaristía

 

 

 

La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

 

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

 

 

 

 

Los siguientes son algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

 

 

 

Obediencia

 

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

 

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

 

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

 

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

 

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

 

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

 

¿Qué tal está nuestra disposición para llevar a la práctica esos detalles pequeños que se recomiendan para las celebraciones de la Eucaristía?

 

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia [...]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

 

  

Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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