Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

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Dios, ¿solamente misericordioso?

Publicado por pablofranciscomaurino en Noviembre 19, 2009

 

Dios es infinitamente misericordioso. Nada más veraz, nada más cierto. La mayor evidencia de la misericordia de Dios se muestra en la creación, la Encarnación y la Redención, la tríada del cristiano.

Pero también es infinitamente justo. Lo dicen innumerables pasajes de la Biblia. Examinemos algunos de ellos, del Evangelio de san Mateo:

El Amor de los amores dijo un día: «Yo os lo digo: si no hay en vosotros algo mucho más perfecto que lo de los Fariseos, o de los maestros de la Ley, vosotros no podréis entrar en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).

No parece que aquél mismo que lloró por su amigo Lázaro predicara un día lo siguiente: «Yo os digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (5, 22).

El que perdonó al ladrón en la cruz fue bastante claro: «Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» (5, 29).

El que contó la bella historia del hijo pródigo habló de la senda que lleva a la perdición: «Entrad por la puerta angosta, porque ancha es la puerta y espacioso el camino que conduce a la ruina, y son muchos los que pasan por él. Pero ¡qué angosta es la puerta y qué escabroso el camino que conduce a la salvación! y qué pocos son los que lo encuentran» (7, 13-14). ¡Y esto es palabra de Dios! 

El que se compadeció de la mujer cananea decía refiriéndose a los hombres: «Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego» (7, 19).

Aquél que sintió dolor por la mujer que perdió a su hijo y lo resucitó dijo: «Entonces yo les diré claramente: Nunca os conocí. ¡Apartaos de mí, vosotros que hacéis el mal!» (7, 23).

El que curó a los endemoniados dijo: «Yo os digo que, en el día del juicio, los hombres tendrán que dar cuenta hasta de lo dicho» (12, 36).

El que decía que había que perdonar las ofensas y poner la otra mejilla, «entró en el Templo y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el Templo. Derribó las mesas de los que cambiaban monedas y los puestos de los vendedores de palomas. » (21, 12).

El que habló del amor a los enemigos no dejó entrar a las vírgenes necias: «Más tarde llegaron las otras jóvenes y llamaron: «Señor, Señor, ábrenos.» Pero él respondió: «En verdad, os lo digo: no os conozco.» Por tanto, estad despiertos, porque no sabéis el día ni la hora. (25, 11-13).

El que sanó al siervo del Centurión contó la siguiente historia: «Le dijo: Amigo, ¿cómo es que has entrado sin traje de bodas? El hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a sus servidores: Atadlo de pies y manos y echadlo a las tinieblas de fuera. Allí será el llorar y el rechinar de dientes. Sabed que muchos son llamados, pero pocos son elegidos.» (22, 12-14).

El que resucitó a una niña recriminó a los escribas y fariseos: «¡Serpientes, raza de víboras!, ¿cómo lograréis escapar de la condenación del infierno?» (23, 33)

Por eso, «No digas: “¡La misericordia del Señor es grande, perdonará mis pecados por numerosos que sean!”. Porque aunque es misericordioso también castiga; y su cólera caerá sobre los pecadores. [...] Se encenderá de repente la cólera del Señor y tú perecerás.» (Sir 5, 6-9)

 

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¿Sanación ‛intergeneracional’?

Publicado por pablofranciscomaurino en Julio 18, 2008

1. La herencia

Se cree que todos tenemos ataduras provenientes de nuestros antepasados. Se afirma, por ejemplo, que si alguien fuma en exceso o es alcohólico, esto se debe a que heredó esos hábitos malos de sus padres, abuelos o cualquier ascendiente; que si alguno de nuestros antepasados realizó rituales satánicos o brujería, esto nos producirá efectos secundarios adversos en nuestra alma; que las malas acciones de nuestros antepasados dejan secuelas en su descendencia; que la herencia nos condiciona…

La parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella es la genética. Esta ciencia ha avanzado mucho en los últimos tiempos y, con las nuevas investigaciones, se han podido descubrir en determinados individuos alguna tendencia a realizar ciertas conductas determinadas, lo que ha llevado a los investigadores a postular la teoría de que algunos factores genéticos pueden tratar de inducirnos o persuadirnos a actuar así.

Si bien esta teoría no está demostrada plenamente, debe advertirse que, de comprobarse, se trataría simplemente de una propensión, una tendencia a repetir esas conductas. No puede asumirse como verdad que, por herencia, el individuo adquiera esas costumbres; lo único que se afirma en las investigaciones es que existe la posibilidad, por la tendencia que existe. Un ejemplo ayuda mucho a entender esto:

Si un individuo tiene problemas depresivos que lo llevan a encerrarse en el alcoholismo, es posible que su hijo adquiera hereditariamente esa tendencia a la depresión; si, además, se dan las condiciones ambientales (poco cariño por parte de su padre, por ejemplo), es factible que repita la conducta paterna de esconder su problema acudiendo al licor.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ciencia de la psicología ha demostrado hasta la saciedad que el entorno del individuo influye mucho en la conducta: lo que lo llevará al alcoholismo no es tanto la herencia sino el ejemplo de quienes con él conviven.

Por otra parte, es inadmisible pensar que el ser humano pueda estar condicionado a actuar mal o bien. De ser así, no se podría juzgar la bondad o la maldad de sus acciones; nadie sería culpable, nadie sería virtuoso; todos seríamos una especie de robots sin libertad.

Todos podemos dominar las malas inclinaciones que puedan provenir de factores hereditarios: una simple tendencia no obliga a nadie.

No existen las cadenas intergeneracionales que producen los mismos daños de generación en generación; lo que parecen cadenas son hábitos aprendidos o puras coincidencias que se pueden descubrir también en otras familias. Y si no existen tales cadenas, tampoco hay que tratar de romperlas.

Toda persona es libre; de otro modo no sería persona, pues la libertad es uno de los distintivos de la especie humana.

Por eso, toda oración de sanación puede beneficiar al individuo de algunos hábitos inadecuados que pudo adquirir por aprendizaje.

 

2. La sanación «intergeneracional»

«Yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». (Dt 5, 9)

«Yo, Yavé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos. (Ex 20, 5-6)

Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación». (Ex 34, 7)

Ante todas estas palabras divinas nace la pregunta: Y, ¿dónde está la bondad de Dios?

En otro pasaje se reafirma:

Tú mantienes tu bondad por mil generaciones, pero castigas la falta de los padres en sus hijos. (Jr 32, 18)

Pero después se añade:

¡Oh Dios grande y poderoso, que te llamas Yavé de los Ejércitos, grande en tus proyectos y poderoso en tus realizaciones; Tú tienes los ojos fijos en la conducta de los humanos para pagar a cada uno según su conducta y según el fruto de sus obras! (Jr 32, 19)

¿Acaso Dios se contradice? No. Él es la misma verdad; no puede contradecirse:

Se acuerda para siempre de su alianza, de la palabra impuesta a mil generaciones, del pacto que con Abraham concluyó, y de su juramento a Isaac. (Sal 105, 8-9)

¿Cómo se pueden entender estos pasajes aparentemente contrarios? En la Biblia van apareciendo las respuestas:

«Reconoce, pues, que Yavé, tu Dios, es “el” Dios. Es el Dios fiel, que guarda su Alianza y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo sanciona sin demora». (Dt 7, 9-10)

Es verdad que no se encontraría en nuestros días tribu, familia, pueblo o ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano del hombre, como sucedió en otros tiempos, por lo cual, en castigo, nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y murieron en forma desastrosa ante sus enemigos. En cambio, nosotros no reconocemos a otro Dios fuera de él, y en esto radica nuestra esperanza de que no nos mirará con indiferencia, ni a nosotros, ni a ninguno de nuestra raza. (Jdt 8, 18-20)

Y, en otros pasajes, se refiere claramente a la culpa individual:

Lo mismo pasa con el que va donde la mujer de su prójimo: el que la toca no quedará sin castigo. (Pr 6, 29)

Un severo castigo aguarda al que se sale del camino; si no quiere corregirse, morirá. (Pr 15, 10)

Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos y castiga al culpable, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo, dándole según lo que merece. (2Cro 6, 23)

Recuerda, pues, ¿cuándo ha perecido un inocente, dónde se ha visto que los buenos desaparezcan? He observado a los que hacen el mal: los mismos que lo siembran lo cosechan. (Jb 4, 7-8)

Después de éste trajeron al sexto, quien dijo a punto de morir: «No te equivoques. En verdad, es por causa de nosotros mismos que sufrimos todo esto, porque pecamos contra nuestro propio Dios; por eso nos han pasado cosas asombrosas. (2Mc 7, 18)

Además, unas son nuestras culpas; otras, las de nuestros padres:

Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame. Perdona mis pecados, así como el mal que hice por ignorancia. Perdona los pecados de mis padres que pecaron ante ti. (Tb 3, 3)

Quizá donde más luces hay es en el capítulo 18 de Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra de Yavé: «¿Por qué al hablar de Israel repiten este proverbio: Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen dentera a los hijos les temblaron los dientes? Yo juro, dice Yavé, que ese proverbio no tendrá más valor en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. [...] Sea un hombre justo que practica el derecho y la justicia; [...] sigue mis mandamientos, observa mis leyes y actúa en todo con fidelidad. Ese hombre es justo y vivirá, palabra de Yavé. Pero ocurre que ese hombre tiene un hijo violento, que derrama sangre y comete esas faltas que su padre no cometió. [...] ¿Después de eso, vivirá? Ciertamente que no. Si cometió todos esos crímenes, debe morir: él será responsable de su muerte. [...] Pero ese hombre, a su vez, tiene un hijo; éste vio todos los pecados que cometía su padre, los vio pero no lo imitó. [...] Observa mis leyes y sigue mis mandamientos. Ese no morirá por el pecado de su padre, sino que al contrario vivirá. Quien morirá por su pecado es el padre, el que multiplicó sus violencias, robó a su prójimo e hizo lo que es malo en medio de mi pueblo. [...] Quien debe morir es el que peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él. [...] Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento, gente de Israel, dice Yavé. Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, Yavé, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, Yavé, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Todo lo anterior quiere decir que la verdadera sanación intergeneracional es la Redención, dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, que se lleva a cabo con dos requisitos: la Fe en Jesucristo y el Sacramento del Bautismo.

Una vez bautizados —ya perdonados y sin el pecado original—, cada uno puede cometer pecados personales, por los que será juzgado y castigado. El perdón de los pecados mortales personales, posteriores al Bautismo, requiere también de dos condiciones: un sincero arrepentimiento y el Sacramento de la Reconciliación, mientras que los pecados veniales no exigen el Sacramento.

 

3. Interpretar la Biblia

Cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

q Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

q Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

q Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

q Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

q Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

è Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

è El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

è El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

è El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

è La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

è Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

è En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

q  Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

q  Documentos eclesiales (de la Iglesia)

q  Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

q  Derecho canónico

q  Liturgia

q  Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Para informar todo esto al pueblo cristiano de una manera más asequible, se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe.

El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

 

4. Castigo

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

A Dios no le importa si sufrimos o no en esta vida temporal: lo único que quiere es que nos salvemos.

 

5. ¿Buscar la Sanación?

Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»  (Lc 11, 9-13)

¿Por qué el Señor dice que el Padre dará el Espíritu Santo, en vez de lo que le pedimos? Porque Él sabe que lo importante no son las cosas temporales: un pez, un huevo, la salud, la vida…; lo importante es la vida eterna.

Y para llegar a ella, es necesario que nuestros pecados sean perdonados:

Unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de él. Pero no encontrando por dónde meterlo, a causa de la multitud, subieron al terrado, lo bajaron con la camilla a través de las tejas y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». (Lc 5, 18-20)

Así quiso enseñarnos que lo importante no es la sanación, sino la salvación: aunque nos curen mil veces y mil veces nos resuciten, de todas formas moriremos.

Quienes olvidan esto, no entienden la bendición que es el sufrimiento:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su Iglesia. (Col 1, 24)

Y hasta podrían hacerse enemigos de la Cruz de Cristo, como lo dice el apóstol:

Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18)

  

 

 

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‘Se están cumpliendo las profecías’

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 14, 2008

 

Es enorme la cantidad de cristianos que están afirmando que ya llegó el fin de los tiempos, que ya viene Jesucristo, que pronto se acabará el mundo… Se oyen voces de expertos que están alarmando a la población con frases de la Biblia en las que se develan —según ellos— los acontecimientos «claves» que lo demuestran o, también, en mensajes o profecías de algunos videntes que recibieron de parte de la Virgen o de otros.

 

En el texto sagrado se lee lo que Jesús enseñó al respecto:

 

Como Jesús después se sentara en el monte de los Olivos, los discípulos se acercaron y le preguntaron en privado: «Dinos cuándo ocurrirá todo eso. ¿Qué señales anunciarán tu venida y el fin de la historia?» Jesús les contestó: «No se dejen engañar: ustedes oirán hablar de guerras y de rumores de guerra. Pero no se alarmen; todo eso tiene que pasar, pero no será todavía el fin. Unas naciones lucharán contra otras y se levantará un reino contra otro reino; habrá hambre y terremotos en diversos lugares. Esos serán los primeros dolores del parto. (Mt 24, 3-4. 6-8; Mc 13, 7-8)

«No se asusten si oyen hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato.» (Lc 21, 9)

 

Dos aspectos principales deben destacarse de estas frases de quien se llamó a sí mismo «la Verdad»: que no nos alarmemos, puesto que no será todavía el fin. ¿Por qué, entonces, asustarnos y angustiarnos con esos mensajes alarmantes?

 

Además, Jesús nos da la razón:

 

«Porque primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones.» (Mc 13, 10)

«Esta Buena Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, y todas las naciones oirán el mensaje; después vendrá el fin.» (Mc 24, 14)

 

Si el que es la misma Verdad afirma que primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones y todas oirán el mensaje, podemos deducir que todavía no llegará el fin.

 

Pero lo que nos puede ayudar más es otra aseveración de Jesucristo:

 

«Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre.» (Mt 24, 36; Mc 13, 32)

 

Ni siquiera los ángeles lo saben ¡Ni siquiera el Hijo de Dios lo sabe!, solo el Padre. Por lo tanto, ¿quiénes son esos videntes o «expertos»? ¿Saben lo que el mismo Jesús ignora?

 

El Salvador dejó claro lo que debemos hacer mientras tanto:

 

«Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Fíjense en esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto a su casa. Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan.» (Mt 24, 42-44)

 

Y, ¿cómo estar preparados? Jesús también contestó esa pregunta:

 

«Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.» (Lc 21, 34-36)

 

Según el Redentor, todo esto es lo que tenemos que hacer para salvarnos.

 

«Manténganse firmes y se salvarán.» (Lc 21, 19)

 

Y entenderemos que lo que está sucediendo no es para angustiarnos:

 

«Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación.» (Lc 21, 28)

 

 

 

 

 

 

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¿Castigo de Dios?

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 14, 2008

Son muchos los argumentos para explicar las causas de los desastres terroristas: cumplimiento de las profecías de Nostradamus, de otros videntes, astrólogos o adivinadores; anuncios de la Virgen; presagios dados en el Apocalipsis… Pero lo que más se repite es que esto ha sido un castigo de Dios.

 

Al respecto nacen muchas dudas: ¿A quién quería Dios castigar?¿No se supone que Dios también es infinitamente bueno? ¿Por qué castiga?… ¿No es verdad que el castigo que merecemos por nuestras malas acciones nos será aplicado en el infierno o en el purgatorio?

 

Por otra parte, decir que es un castigo de Dios es juzgar las intenciones de Dios. Es grande la ignorancia que hay sobre la manera de ser de Dios: le viven atribuyendo las consecuencias de las malas acciones humanas, cuando Él es infinitamente misericordioso y busca siempre nuestro bien. Lo que pasa es que Él deja en libertad al hombre, quien con frecuencia se desvía y comete el mal.

 

La verdadera causa del ataque terrorista es la maldad de algunos seres que se dejan llevar por el fanatismo ideológico y sus pasiones personales hasta un grado diabólico. Las pretendidas profecías de Nostradamus, otros videntes, astrólogos o adivinadores son siempre vagas y se pueden adaptar a todo; los anuncios de la Virgen María son signos de la misericordia divina, que llaman a la oración, a la conversión y a la penitencia; el Apocalipsis nada tiene qué ver con estas cosas…

 

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

 

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

 

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

 

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

 

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

 

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

 

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

 

Pero hay también ocasiones en las que Dios, con su sabiduría y su bondad infinita, sabe que no nos conviene pasar por ese dolor y decide actuar: por nuestros ruegos o los de otros (incluyendo la intercesión de los santos y/o ángeles), interviene en el decurso normal de nuestra historia, cambiándolo, siempre para nuestro bien. Y esta intervención es también un acto de Amor divino.

 

Nosotros, pobres criaturas, no comprenderemos totalmente el misterio de la infinita sabiduría de Dios, siempre guiada por el inefable e infinito amor que tiene por sus hijos.

 

En síntesis, los autores de esos crímenes hicieron, por odio y fanatismo, lo contrario a lo que hizo el Hijo de Dios: entregar la vida, por Amor, para salvarnos.

 

 

 

 

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‘Cada mala acción se devuelve’

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 13, 2008

 Una de las características de la Nueva Era o New Age es la creencia en que, si hacemos cosas buenas, nos sucederán cosas buenas; por el contrario, si actuamos mal, llegará a nuestras vidas ese mal en la misma medida.

 

Como todo lo de la Nueva Era, esta aseveración es completamente contraria a la Fe católica:

 

Para el cristiano, existe un Dios personal, que nos ama, que es infinitamente misericordioso y que está pendiente de los acontecimientos que nos rodean, para ayudarnos de un modo eficaz, aunque misterioso.

 

En contraste, creer que existe una ley o energía universal que «devuelve» el mal o el bien que hacemos es algo impersonal y, por lo tanto, no hay amor, no hay misericordia, ni existe un Dios que esté pendiente de sus criaturas.

 

¿Acaso Dios no es amor? ¿El Hijo de Dios —Jesús— no lloró la muerte de su amigo Lázaro? ¿No se entristeció al ver a la viuda que perdió a su hijo? ¿Qué sentido tendrían la pasión, la agonía y la muerte de Cristo en una cruz?, ¿no hemos afirmado siempre que Él hizo todo eso por amor a nosotros? Él nos amó hasta el extremo, es un Dios que ama a sus criaturas, y busca por todos los medios que nos acerquemos a Él para llenarnos de ese amor y hacernos inmensamente felices. Por lo tanto, ¿cómo podríamos afirmar que las malas acciones se nos devuelven?

 

Por otra parte, si siempre sufrimos las mismas consecuencias que sufrieron quienes se vieron perjudicados por nuestros actos, podemos asegurar que ya pagamos nuestras culpas. Entonces, ¿para qué existe el infierno del que habla reiteradamente la Biblia? Además, ¿no es cierto que muchos mueren sin que les pase lo mismo que ellos hicieron pasar a otros?

 

Desdichadamente, muchos católicos han aceptado este criterio extraño y contrario a la Fe católica. Afirman, por ejemplo, que si una mujer le quita el marido a otra, tarde o temprano alguien se lo robará también. Otras personas creen que si critican a una mujer por su mala conducta, su hija se comportará del mismo modo. No falta quien está convencido del adagio popular que asegura que «lo que por agua viene, por agua se va», queriendo decir con esto que si yo robo algo, alguien me lo robará después. Y como estas, hay muchas creencias que solo denotan la inmensa ignorancia que hay en los católicos que no han conocido el Amor de Dios y que se olvidan de la providencia divina, eso que Dios dispone sobre el mal que le acaece al ser humano, para componerlo o remediar el daño que pueda resultar de él.

 

Efectivamente, no solo Dios no ha impuesto esa terrible ley que devuelve el mal (invento del hombre), sino que interviene en la historia de sus criaturas para remediar los males, desatinos y errores que ellas mismas cometen o suscitan.

 

Y, para completar nuestra dicha, Él mismo vino a la tierra y pagó nuestras deudas, clavándolas en la Cruz y ganándonos el Cielo. Lo único que nos pide es que creamos en Él demostrádolo con nuestras obras, con nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El anticristo

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

 

La apologética es la ciencia que expone las pruebas y fundamentos de la verdad. Los católicos no debemos juzgar ni agredir a los hermanos cristianos separados de la Iglesia; pero sí debemos conocer los fundamentos de nuestra Fe, para no caer en el error.

Cada ser humano puede buscar la verdad como él lo desee y en creer en lo que considera la verdad; en esto consiste la libertad de conciencia. Por lo tanto, no debemos imponer a nadie nuestra forma de pensar. Y la libertad de religión es el derecho que todos tenemos de expresar y vivir privada y públicamente nuestras creencias o dogmas. Por eso, este artículo no pretende juzgar ni agredir a nadie, sino explicar a los católicos la doctrina que hay acerca de los anticristos, analizando las palabras que al respecto escribió san Juan en su primera carta: «Hijitos, es la última hora, y han oído que va a venir un anticristo. Pero ya han venido varios anticristos, por lo cual conocemos que es la última hora.» (1Jn 2, 18)

Estas primeras líneas nos enseñan dos aspectos. Cuando el Apóstol habla de «la última hora» se refiere al tiempo que transcurre desde que Jesús ascendió al Cielo hasta el fin del mundo: «ya han venido varios anticristos, por lo cual conocemos que es la última hora». Esto no se escribió hace unos pocos días, meses o años: se escribió hace casi dos milenios. En este tiempo, en el cual el Espíritu Santo asiste a la Iglesia, no va a ocurrir nada tan trascendental como lo fue la creación, la Encarnación o la Redención. Son los tiempos de los combates para los fieles a quienes escribe: los cristianos de su época y los que los siguieron, es decir, nosotros, la Iglesia militante.

El siguiente versículo nos amplía el panorama: «Esa gente salió de entre nosotros, pero no eran de los nuestros; si hubieran sido de los nuestros, se habrían quedado con nosotros. Así es como descubrimos que no todos son de los nuestros.» (1Jn 2, 19) Quiere decir esto que los anticristos no son personajes extraños, sino que salen de entre la Iglesia Católica. Ese es un dato muy importante: los anticristos siempre serán antiguos católicos; digámoslo como se hace tanto ahora: «ex católicos». Pero —dice el texto— no eran de los nuestros. Son esos católicos que nunca vivieron como tales. Al respecto, es frecuente que algunos de nuestros hermanos digan: «Es que cuando yo era católico era drogadicto, era alcohólico, era infiel, vivía muy mal.» Ellos no deberían hablar así; deberían decir: «Es que cuando yo era drogadicto, era alcohólico, era infiel, vivía muy mal…». Porque nunca fueron católicos de verdad: «No eran de los nuestros».

Es este el caso de quienes nunca buscaron vivir bien su religión católica: no acudieron al párroco ni asistieron a grupos de oración ni leyeron el Catecismo de la Iglesia Católica ni tomaron cursos sobre la Biblia, y de pronto alguien los invitó a una Iglesia no católica o a una secta, y allí sí fueron responsables.

«Permanezca en ustedes lo que oyeron desde el principio; si permanece en ustedes lo que oyeron desde el comienzo, también ustedes permanecerán en el Hijo y en el Padre. Esta es la promesa que él mismo prometió, y que es la vida eterna.» (1Jn 2, 24-25) La vida eterna, es decir, la verdadera felicidad, será entonces para los que permanezcan en lo que oyeron desde el principio. Y, ¿qué es «lo que oyeron desde el principio»? Lo que predicó la Iglesia Católica desde sus comienzos.

Aunque algunos se separaron de la Iglesia durante el primer milenio, se fueron desvaneciendo, y hoy se puede decir que ya no quedan rezagos de esos grupos.

En cambio, en el último milenio sí ha habido cismas: en el año 1054 se separaron las que se llamaron Iglesias Ortodoxas; luego, con Martín Lutero, los protestantes o evangélicos, que son los que se llaman a sí mismos «cristianos», en 1517; y, por último, los anglicanos/episcopalianos, en 1534.

Estos tres grupos no han permanecido en lo que oyeron desde el principio.

Y san Juan vuelve a repetirlo una vez más: «Así, pues, quédense con lo que se les ha enseñado.» (1Jn 2, 27)

Termino con las palabras del versículo anterior: «Les he escrito esto pensando en aquellos que tratan de desviarlos.» (1Jn 2, 26)

 

 

 

 

 

 

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