Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

Archivos de la categoría ‘Reflexiones’

Cruzando el umbral de la esperanza

Publicado por pablofranciscomaurino en marzo 28, 2014

¿Un libro profético?

Ningún título pudo ser más exacto para el libro que contiene las respuestas que le diera el Papa Juan Pablo II a Vittorio Messori.

Además de la ecuanimidad y el profundo respeto por otras formas de pensar, la caridad verdadera, el afán apostólico y la profundidad con que está escrito, hacen pensar que este Pontífice se adelantó en el tiempo: lo que más se destaca es ese vivísimo expresar de la esperanza y de la alegría cristianas.

En un mundo donde hay guerras por todas partes, desastres naturales que entristecen el caminar humano, pérdida de la verdadera Fe, que se intenta reemplazar con caminos viejos o nuevos, dolor físico y moral…, revive este libro, abanderado de la Esperanza; esperanza del triunfo del bien sobre el mal, esperanza de la vida sobre la muerte eterna —verdadero mal—, esperanza en la resurrección.

¡Cuántos de nosotros no perdemos con relativa frecuencia el norte en nuestro trajinar diario! ¡Cuántas caras tristes en las filas de quien triunfó sobre el mal verdadero!, ¡de quien venció a la misma muerte!

Hoy, este libro, escrito por un hombre sobresaliente, más que especial, lleno de la gracia de Dios —¡santo!—, se vuelve a erigir como la voz de la Esperanza, para decirnos a todos los católicos que somos los privilegiados del mundo, que tenemos la certeza de que nuestro camino finaliza en el Cielo, que no hay nada por qué tener miedo, que Jesús resucitó y tras él resucitaremos todos…

Y esto nos lleva irremediablemente a la alegría verdadera: la inmutable, la que no cambia por la perspectiva de lo que nos espera en los próximos días, la que todavía no ha encontrado el mundo e intenta llenar con ilusiones pasajeras.

Si vivimos hoy lo que se lee en Cruzando el umbral de la esperanza, los demás hombres verán abismados la alegría de los hijos de Dios. Se sentirán atraídos por esa fuerza fulminante del amor de Dios que brilla en nosotros, harán a un lado los espejismos de las sectas y de la Nueva Era, y serán arrastrados a la verdadera fe.

Este es el verdadero apostolado: el ejemplo de una actitud positiva que nace de saberse llenos de Fe, de Esperanza cierta y veraz, y de Caridad.

De la mano del ahora san Juan Pablo, seguros de su entrañable escucha del Espíritu Santo —oración íntima—, llegaremos a la eterna felicidad.

 

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El hombre más feliz de la tierra

Publicado por pablofranciscomaurino en febrero 21, 2014

¡Dios te ama!: Te creó para amarte. Es que, siendo el Amor en esencia, quería tener a quién amar, y por eso te hizo a su imagen y semejanza.

Y te ama personalmente, particularmente, a ti: si Él dejara de pensar un solo instante en ti, si dejara de amarte, ¡te desintegrarías!, ¡desaparecerías! Es la fuerza infinita de su amor la que te mantiene con vida.

Y no dejó de amarte a pesar de que tú —junto con todos los hombres— dañaste ese plan perfecto de amor.

Siendo Dios, se redujo a criatura —se hizo uno como nosotros—, asumió todos tus pecados como propios y los pagó con creces: a pesar de que una sola gota de su Sangre habría bastado para expiar todos los pecados de la humanidad, decidió sufrir más, mucho más, infinitamente más…

Ninguna película, ninguna narración, ni las meditaciones más profundas y prolijas describirán jamás todos los horrores de su Pasión y de su Muerte.

A sus atroces dolores físicos debemos sumar sus angustias de muerte, el abandono de los suyos y hasta el de su Padre, las burlas, los desprecios y el odio de aquellos por quienes precisamente estaba dando su vida… Y todo esto le dolía más porque amaba más (nadie ha amado tanto); si nosotros mismos, que no sabemos amar, sufrimos mucho más las ingratitudes, los desprecios y las indiferencias de quienes amamos, imagina lo que sintió Él…

Y lo hizo porque te ama, ¡porque te ama sin límites!

No lo puedes seguir dudando.

Además, te dejó la Iglesia, para enseñarte todo lo que debes saber para ser feliz, para que te administre los Sacramentos con los que recibes la fuerza celestial que requieres para conquistar esa felicidad, para que te enseñe a hablar con Él, a conocerlo y a amarlo…

Y te cuida: en cada circunstancia de tu vida está sopesando cada opción y, sin menoscabar tu libertad, interviene siempre y únicamente para tu bien. El amor lo hace evitar los acontecimientos que te dañan y permitir los que te facilitan tu camino hacia la felicidad.

Como Él es la infinita sabiduría, sabe qué te conviene en cada momento. Y como te ama tanto, sólo deja que ocurra precisamente eso.

Hasta lo que en esta vida llamamos males: sufrimientos, enfermedad, muerte, lo usa para tu bienestar. ¡Cuántas veces hemos constatado que, por una cruz que Dios los dejó llevar, es por la que muchos se acercaron a Él, se convirtieron e iniciaron una nueva vida, alejada del pecado, que los lleva a la salvación! Y, ¿qué importa más que la salvación?

Si comparamos dos personas, una que nunca sufrió, nunca se enfermó y le fue bien en su vida terrenal, pero por sus pecados no pudo llegar a la dicha eterna del Cielo, con otra que sufrió, se enfermó y le fue mal en esta vida, pero llegó a gozar de Dios para siempre, escogeremos —seguro— la segunda opción.

Dirás que sería mejor no sufrir aquí y recibir el premio allá pero, después del pecado original eso ya no es posible, precisamente porque le dañamos el plan a Dios. Ahora, por nuestra culpa, debemos andar por el camino del dolor.

Pero ese dolor es, desde que Cristo lo asumió, el instrumento que usa Dios para quitarnos los impedimentos para llegar al Cielo y ocupar allí el mejor lugar: junto al Amor de los amores; es que —también por el pecado original— ahora permanecemos muy distraídos de nuestra meta final. Nos preocupamos y nos ocupamos más en conseguir algunos consuelos temporales, sin pensar que así nos alejamos de lo único que importa: la auténtica felicidad. Y con mucha frecuencia descubrimos que esos consuelos no llenan esas ansias de felicidad que arden en nuestro corazón: aparece siempre una sensación de insatisfacción.

Por eso casi nadie acaba de satisfacerse jamás.

Es que fuiste creado por un ser eterno y por eso estás hecho para cosas muy grandes, eternas. Nada te satisfará fuera del Amor de Dios, cuando se derrame infinitamente sobre tu ser. Entonces sí gritarás: “¡Fui creado para esto!”

Y añadirás: “¡Valió la pena todo el sufrimiento! ¡Bendito sea ese sufrimiento que me trajo tanta dicha!

Así es como el cristiano percibe la vida: tal y como en realidad es. Por eso es que el católico es el hombre más feliz de la tierra.

Y es por eso que tú debes estar sonriendo siempre, hasta en los momentos más difíciles de tu vida, porque tienes la certeza de que también en esos momentos —aunque no lo entiendas— Dios está fraguando tu felicidad, la que no te dará el mundo ni las criaturas.

¡A contagiar de esta alegría al mundo entero! Grítale a todos lo que aprendiste: “¡Dios te ama! ¡Dios te cuida! ¡Dios te espera allá arriba!”; pero hazlo principalmente con tu vida, con tu ejemplo.

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Para acabar con el estrés

Publicado por pablofranciscomaurino en enero 31, 2014

 

Dios nos creó. Él conoce nuestra psicología mejor que nadie, mejor que cualquier psicólogo. Es el mejor psicólogo del mundo; el mejor de todos los tiempos. Por esto, es obvio que sabe mucho más que todo lo que la ciencia de la psicología ha descubierto hasta hoy y lo que descubrirá hasta el fin del mundo.

Y, para ayudarnos, nos dejó el manual más perfecto para nuestro bienestar: la Revelación Universal, en la que se nos reveló y asimismo nos reveló todo lo que debemos saber de nosotros mismos, para alcanzar la felicidad.

Y hasta se ocupó de los detalles más pequeños. Por ejemplo, nos dejó escrito el secreto para acabar con el estrés:

Unusquisque vestrum proximo suo placeat in bonum ad aedificationem: Que cada uno trate de agradar a su prójimo para su bien y la edificación común (Rm 15, 2).

Non quae sua sunt singuli considerantes sed et ea quae aliorum: Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás (Flp 2, 4).

Nemo quod suum est quaerat sed quod alterius: Que nadie busque su propio interés, sino el de los demás (1Co 10, 24).

Sicut et ego per omnia omnibus placeo non quaerens quod mihi utile est sed quod multis ut salvi fiant: Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse (1Co 10, 33).

Agradar a los demás, buscar su interés, complacer a los demás, no a nosotros mismos.

Pero, ¿agradar a los demás en sus caprichos?, ¿buscar el interés malvado o egoísta de los otros?, ¿complacerlos en lo que les causa daño? No: únicamente para que puedan salvarse, como lo dice la última cita.

En resumen: concentrar todo el interés en el bien auténtico de los demás y usar todos los talentos y capacidades en ello, olvidándonos de nosotros mismos.

Pero, ¿y nosotros? ¿Dónde queda la felicidad propia?

Si miramos atentamente nuestro pasado, podemos recordar que en aquellas oportunidades en las que nos concentramos en nuestros propios problemas fue cuando más nos estresamos; en cambio, cuando —olvidándonos de esos problemas— nos ocupamos de los de los demás, ¡se nos olvidaron los nuestros! o, por lo menos, les dimos menor importancia: la importancia que realmente tenían.

Es que la caridad es terapéutica: cuando me concentro y trabajo para hacer felices a mis seres queridos, es cuando más feliz soy, pues su felicidad es mi felicidad. Y esto lo sabía Dios, mi creador; por eso me dio la amorosa orden de amarlo con todas mis fuerzas, con toda mi alma, con todo mi ser y de amar a los demás como a mí mismo.

Cuando pongo en práctica este mandato, me hago tan dichoso al ver que estoy sirviendo a Dios y a los demás, que ya ni me importan mis problemas.

Cuando pongo en práctica este mandato, es tanto lo que me agrada agradar a Dios, que lo único que me importa es su gloria; es tanto lo que me complace trabajar por la felicidad de los demás, que eso es lo que me hace feliz a mí.

Y aprendo así a asumir el dolor ajeno como propio. San Pablo de la Cruz afirmaba que: «el amor auténtico hace suyas las penas del amado»; por eso asumo la Cruz de Cristo como mía, hago mío el dolor que Él siente cuando ve que tantas personas no se salvarán a pesar de toda la sangre que vertió…, ¡y me siento gozoso de completar en mi carne lo que le falta a la Pasión de Cristo para el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia! (Cf. Col 1, 24: nunc gaudeo in passionibus pro vobis et adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea pro corpore eius quod est Ecclesia.)

Así, todo lo que puedo sufrir lo ofrezco para ayudar a Jesús a salvar personas y para ayudar al Espíritu Santo a santificarlas, y de este modo es como más gloria le doy a Dios Padre.

En resumen: tanto en el gozo como en el dolor ¡ya no tengo estrés! ¡Y soy feliz!

 

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¿Preocupaciones?

Publicado por pablofranciscomaurino en septiembre 16, 2013

La Biblia nos enseña, en el salmo 38: «La vida del hombre sobre la tierra es un soplo»; dos versículos después dice: «Y el hombre se afana por un soplo»Asimismo, el apóstol Santiago afirma: «Ustedes son vapor que aparece un momento y después desaparece».

Esta es la mirada cristiana de la vida que han enseñado los santos: «Esta vida es un instante, es humo», decía santa Teresita del Niño Jesús. Y santa Teresa de Jesús: «Esta vida es apenas una mala noche en una mala posada». Recordemos siempre —metámonoslo en la cabeza— que esta vida es pasajera.

A veces se nos olvida que en esta vida estamos de paso: que vamos hacia la realidad, pues vivimos en una especie de representación de la realidad, como lo dice san Pablo, el Apóstol: «La representación de este mundo pasa» (1Co 7, 31).

La realidad es precisamente lo que no vemos: la Santísima Trinidad, la Virgen Madre de Dios, toda la jerarquía celeste (los serafines, los querubines, los tronos, las dominaciones, los principados, las virtudes, las potestades, los arcángeles, los ángeles), los santos…, la luz, la Vida, ¡el reino del amor! Lo que vemos, lo que tocamos, lo que sentimos, es solo apariencia…

Aquí estamos en una prueba de fe, en una prueba de obediencia y en una prueba de amor que, en fin de cuentas, se pueden reducir a una prueba de amor. Así lo escribió san Juan de la Cruz: «Al atardecer de nuestras vidas seremos examinados en el amor»: si amamos —si amamos siempre— seremos premiados con la visión de la realidad: el Amor en persona nos cubrirá y nos llenará, y todas nuestras ansias de felicidad serán colmadas.

Somos católicos; debemos distinguirnos de los ateos: la salud, el dinero, el trabajo, el bienestar (físico, psicológico), el aprecio de los demás, los viajes, el placer, la imagen, etc., son las preocupaciones de los ateos. A nosotros esas cosas nos son indiferentes, porque ponemos nuestra esperanza en la dicha eterna (hacemos un mejor negocio). Ni siquiera nos preocupamos por la muerte, de la que nadie puede escapar, porque es el único modo de llegar a la felicidad auténtica.

Pongamos por escrito las frases azules y verdes de este escrito en los lugares por donde pasemos siempre: una en la cabecera de la cama, otra en el baño, otra en la salida de la casa, otra en el lugar donde trabajamos, etc.; así recordaremos que no podemos vivir como los ateos: preocupados por las cosas de esta vida, que es temporal y es pura apariencia…

Nos veremos allá arriba, después de pasar esta corta prueba, para gozar eternamente del Amor infinito, pues para eso fuimos creados.

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Reglas y más reglas

Publicado por pablofranciscomaurino en julio 26, 2013

Código Penal, Código de Tránsito, Código Civil, Código de Derecho Canónico… Leyes, decretos, normas… Para proteger los derechos de los menores, de los ancianos, de los enfermos de sida, de los homosexuales, etc. Supuestamente tenemos —cada vez más— lo necesario para ser una sociedad justa y equitativa.

Pero, ¿no se establecen las leyes y las normas precisamente porque se incumplen? ¿Para qué instituir reglas en un ambiente sano, donde se cumple todo a cabalidad?

Si en una familia, por ejemplo, todos hacen lo que deben y se cumplen los horarios, ya no se necesitará estar repitiendo cuál es la obligación de cada uno ni la hora en que todos deben llegar a la casa o al apartamento.

Otro tanto habría de esperarse del comportamiento de la sociedad. He aquí un ejemplo sencillo: cuando ya todos los ciudadanos de una urbe no boten basuras en los lugares públicos por fuera de las canecas, no será necesaria la norma, pues ya no existe el mal que la requería. Acabado el desorden, desaparecerá la norma.

Asimismo, en la época del Antiguo Testamento, san Jerónimo contó 613 preceptos, que son los que actualmente rigen al Judaísmo. Una vez llegó la Ley del Amor, promulgada por Jesucristo, todos esos mandamientos legales se hicieron vanos e innecesarios, pues la Nueva Ley los cobija a todos. El apóstol san Pablo se encargó de hacérselo entender a sus coetáneos de muchos modos, y dejó escritos que nos lo recuerdan machacona y enfáticamente, totalizando todas esas prescripciones particulares en la Ley suprema del Amor:

 

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido la Ley. Pues los mandamientos [...] se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley.» (Rm 13, 8-10)

Cuando la especie humana llegue a comprender este mensaje de Jesucristo, ya no se necesitarán leyes. Cuando el ser humano evolucione realmente, no necesitará de normas que le recuerden sus obligaciones; simplemente las cumplirá.

La señal inequívoca de la auténtica evolución de nuestra especie será, por lo tanto, la abolición de todos los códigos de leyes, decretos, normas, etc.; entonces desaparecerán los juzgados, los abogados, la policía, los ejércitos…

Sólo en ese momento seremos una sociedad civilizada y unos verdaderos hermanos: hijos de Dios.

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Un sacrificio de amor*

Publicado por pablofranciscomaurino en junio 14, 2013

Es la tarde de un viernes típico, y estás manejando hacia tu casa. Sintonizas la radio. El noticiero cuenta una historia que te parece de poca importancia: en un pueblo lejano han muerto tres personas de alguna enfermedad que nunca antes se había visto. No lo piensas mucho…

El lunes, cuando despiertas, escuchas que ya no son tres, sino cerca de treinta mil personas las que han muerto por esa enfermedad en las colinas remotas de la India. Se informa también que personal del control de enfermedades de Estados Unidos ha ido a investigar.

El martes ya es la noticia más importante en la primera plana del periódico, porque no solo es la India, sino Pakistán, Irán y Afganistán los países a los que llega la epidemia. Pronto la noticia corre a través de las emisoras de radio y televisión. La llaman «la enfermedad misteriosa». Todos se preguntan: «¿Cómo vamos a controlarla?»

Entonces, otra noticia sorprende a todos: Europa cierra sus fronteras: no habrá vuelos desde la India ni de ningún otro país en el que se haya visto un brote de la enfermedad.

Para enterarte bien del cierre de fronteras estás viendo las noticias, cuando escuchas las palabras traducidas de una mujer que, en Francia, afirma que hay un hombre en el hospital muriendo de la «enfermedad misteriosa»…

Hay pánico en Europa. La noticia que llega informa que cuando adquieres el virus, permanece latente una semana, y ni cuenta te das. Luego, tienes cuatro días de síntomas horribles y mueres.

Pasa un día más, y el presidente de los Estados Unidos cierra los viajes a Europa y a Asia, tanto de ida como de regreso, para evitar el contagio en el país, hasta que encuentren la cura…

Al día siguiente la gente se reúne en las iglesias a orar para que los científicos encuentren una solución…

Estás en una de esas iglesias orando cuando, de pronto, entra alguien diciendo: «Prendan la radio». Se oye la noticia: dos mujeres han muerto en Nueva York. Lo que se temía: ¡América está infectada!

En horas, parece que la enfermedad invade a todo el mundo. Los científicos siguen trabajando para encontrar el antídoto. Pero nada funciona…

De repente, llega la noticia más esperada: se ha descifrado el código del ADN del virus. ¡Se puede hacer el antídoto! Va a requerirse de alguien que no haya sido infectado, y en todo el país se corre la voz de que los ciudadanos deben ir a los hospitales para que se les practique un examen de sangre.

Acudes con tu familia y unos vecinos, preguntándote por el camino qué pasará. «¿Será esto el fin del mundo?…»

Se efectúan los exámenes a la familia. Todos deben esperar…

Repentinamente, un médico sale gritando un nombre que ha leído en su cuaderno. El más pequeño de tus hijos está a tu lado, te agarra la chaqueta y te dice: «Papi, ese es mi nombre». Antes de que puedas reaccionar, se están llevando a tu hijo, y gritas «¡Esperen!». Y ellos contestan: «Su sangre está limpia, su sangre es pura. Creemos que tiene el tipo de sangre correcto».

Después de cinco largos minutos salen los médicos llorando y riendo de la emoción. Hacía mucho que no oías reír a alguien. El médico de mayor edad se te acerca y te dice: «Señor, la sangre de su hijo es perfecta, está limpia y pura; podemos hacer el antídoto contra esta enfermedad». La noticia corre por todas partes; la gente da gracias a Dios y ríe de felicidad.

En eso, el médico se acerca y te dice: «¿Podemos hablar un momento? Es que no sabíamos que el donante era un niño, y necesitamos que firme este formato para darnos el permiso de usar su sangre».

Cuando estás leyendo el documento te das cuenta de que allí no ponen la cantidad de sangre que necesitan y preguntas: «¿Cuánta sangre…?» La sonrisa del galeno desaparece, y contesta: «La necesitamos toda».

No lo puedes creer, y tratas de contestar: «Pero… Pero…». El médico sigue insistiendo: «Usted no entiende; estamos hablando de la cura para todo el mundo. Por favor, firme».

Tú preguntas: «¿No pueden hacerle una transfusión?» Y viene la respuesta: «Si tuviéramos sangre limpia podríamos… ¿Firmará?… ¡Por favor!… Firme»…

Tu hijo interrumpe: «No importa, papá. Se salvarán todos. ¡Si no, morirán!»

En silencio y sin poder sentir los dedos que sostienen la pluma, lo firmas…

Cuando regresa el médico, te dice: «Lo siento, necesitamos empezar: mucha gente en todo el mundo está muriendo»…

La siguiente semana, cuando hacen una ceremonia para honrar a tu hijo, algunas personas se quedan dormidas en sus casas, otras no asisten porque prefieren ir de paseo o ver un partido de fútbol, otras asisten a la ceremonia distraídos o con una sonrisa falsa, fingiendo que les importa…

Quisieras pararte y gritar: «¡Mi hijo murió por ustedes!; ¿Acaso no les importa?»

Tal vez eso es lo que tu Padre Dios quiere decir: «Mi Hijo murió por ustedes, ¿no les importa?»

La ceremonia se celebra todos los días: es la Santa Misa, la Eucaristía. Allí se renueva el sacrificio de Jesucristo: de un modo misterioso estás presente en el lugar y en el momento en que murió por la humanidad, para salvarla de la enfermedad que le traería la muerte eterna…

¿Asistirás, al menos, los domingos y las fiestas, para honrar al que derramó toda su Sangre por ti?

Anónimo

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La Semana Santa, ¿semana mayor para los laicos?

Publicado por pablofranciscomaurino en marzo 22, 2013

En una encuesta hecha a laicos de toda la nación se desvelaron muchos aspectos concernientes a la Fe, dentro de los cuales se destacan, a continuación, los relativos a la liturgia.

La mayoría de los encuestados criticó por monótona la liturgia de la Semana Santa, aduciendo, para ello, que las ceremonias son muy largas (“especialmente el sermón”), que hay repetición (“todos los años lo mismo”) y, sobre todo, que son inútiles para la vida diaria más que incomprensibles.

Aunado a eso, se descubrió una inmensa ignorancia con respecto a la razón de ser de cada ceremonia: el lavatorio de los pies, la posición acostados boca abajo de los sacerdotes, la adoración a la Cruz, la oscuridad de la noche pascual, su celebración el sábado por la noche y no el domingo, el significado de la luz en el cirio y muchas cosas más, como también se percibió inseguridad por parte de muchos de qué es precepto y qué no.

Entre todos los encuestados hubo énfasis principalmente al afirmar que hay poca información de parte del clero, que de ahí nace su ignorancia y hasta se escucharon alusiones a otras Iglesias y sectas en donde, según ellos, sí se les explica todo con detalle y se les induce a estudiar su fe.

Se puede deducir, obviamente, que todo esto obedece principalmente a que nos falta mucha oración y unión con la Cruz —a laicos y a ordenados— para dar un testimonio de vida atrayente, no por nosotros mismos, sino para que el Espíritu Santo mueva los corazones de quienes nos ven; pero, además, vale la pena dar una explicación —concisa, pero completa— de lo que es, en esencia, la historia de los ángeles caídos y su maléfica acción en el mundo sobre el ser humano (especialmente el pecado original), la Encarnación y la Redención, para luego pasar a describir, cada día, la liturgia que se va a celebrar:

El Jueves Santo, la institución de la Eucaristía: en el momento de la consagración del pan y del vino, el sacerdote deja de ser él mismo para convertirse en Jesús: son sus palabras las que convierten el pan en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre. Y esto no es figurativo, no es simbólico. Allí, con intervención humana pero con fuerza divina se realiza la conversión del pan en el Cuerpo de Cristo y del vino en su Sangre. Y esto es un milagro que deja asombrado a cualquiera. Pero hay más: en ese mismo momento de la consagración, se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén, y desaparecen los años que han transcurrido desde que Jesús murió, y ahí está el cristiano asistiendo al sacrificio de Jesús, percibiendo con los ojos del alma cómo alguien paga sus culpas muriendo en la Cruz, la prueba de amor más sublime que pueda existir. Este es otro espectáculo que vale más que mil cantos de alabanza… También el Jueves Santo se llevó a cabo la institución del sacramento del orden: unas personas escogidas por Dios se hacen sacerdotes para servirlo y para servirnos, administrándonos los Sacramentos y guiándonos en nuestro peregrinar terreno y presidiendo las celebraciones… Además, se muestra el amor que Dios le tiene a la virtud de la humildad —lo opuesto a la soberbia de Satanás— en la posición del sacerdote boca abajo y en el lavatorio de los pies, a ejemplo de Jesucristo.

El Viernes Santo se conmemora —no únicamente se rememora— la pasión y muerte de quien pagó nuestras culpas y nos abrió de nuevo las puertas del cielo. ¡Cómo no asistir!

El Sábado Santo, vísperas y vigilia de la Resurrección del Señor, por eso ya Domingo de Resurrección, es el más importante de todos los días del año, pues “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra Fe”. Él, el primero que resucitó, va delante de nosotros hacia ese estado de una felicidad eterna, en un presente continuo, sin ayer y sin mañana, sin antes ni después, un ahora hermoso que no pasa; ¡y es una felicidad que sacia sin saciar!: cuando ya se siente plena, no llena del todo, pues se desea más…

Así, con la fuerza del Espíritu Santo, conseguida con nuestra vida unida realmente a la de Cristo y con estas explicaciones —cortas pero convincentes—, los fieles no verán las ceremonias católicas monótonas ni largas ni repetitivas ni inútiles, y se acercarán más al Amor de Dios en su Iglesia.

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¿Qué es la vida?

Publicado por pablofranciscomaurino en agosto 10, 2012

 

Esa pregunta tan profunda, que solemos hacer al comienzo de la adolescencia, no siempre queda contestada.

Con el paso de los años, esa cuestión permanece viva en algunos, ya casi desesperanzados.

Otros la han respondido con sus cabezas, pero no con sus vidas: sus afirmaciones quizá asentadas en el estudio y en la meditación son teóricas, pero no hay coherencia entre sus actos y la finalidad que dicen haber dado a sus vidas, ejemplo patente de lo cual son algunos cristianos que viven en forma acomodadiza su religión, llegando a negar principios fundamentales de su Fe.

Pero también hay quienes no tienen Fe. O quienes la tienen débil. Son aquellos a los que se les pregunta acerca de sus creencias y las enumeran con decisión y firmeza, pero les acaece algún evento negativo en sus vidas, como la muerte de un ser querido, y dicen con un dejo de desilusión y de abulia: “La vida es un misterio…”

Estos últimos olvidaron que hace dos mil años vino el mismo Dios a decirnos lo que son la vida presente y la que nos espera:

Que hay un Padre que nos creó y que creó todo el universo para nuestro provecho. Que somos criaturas suyas y que nos ama como nadie puede amarnos, ya que Él es perfecto. Que cada ser inanimado o animado es una pequeñísima expresión de su ser. Que cada cosa bella es una muestra minúscula de lo que es Él: que está representada en un mineral, en una planta o en un animal…

Se puede deducir, entonces, que la vida es una experiencia maravillosa, porque podemos  ir descubriendo lo que nos dio y que es para nuestro bienestar: el aire, el agua, la lluvia, el sol, los alimentos, los vegetales, los animales tan variados… Cosas todas redescubiertas y tan valoradas hace siete siglos por san Francisco.

Y al volver la vista sobre los seres humanos, con quienes compartimos esta vida, los podemos hallar todos tan diferentes… tantas formas de ser, tantos modos de pensar, tantos “mundos” interiores por descubrir… Sus aptitudes, todas tan variadas, que hacen de este mundo una orquesta en la que cada uno puede tocar su instrumento para producir la armonía en el cosmos: unos en las artes, otros en la literatura, las ciencias, la religión, filosofía y demás humanidades, la tecnología, el comercio, la educación, las comunicaciones, la medicina, la construcción, el transporte… en fin, miles y miles de ocupaciones que pueden hacer progresar técnica, científica, cultural y espiritualmente a la especie humana… Concebidos así, no hay trabajos de segunda categoría (¿qué haría un director de orquesta sin uno de sus músicos?), y la vida se convierte en una aventura fascinante.

Como si todo esto fuera poco, está lo que aprendimos de niños: conocer, amar y servir a Dios. La aventura de mayor alcance para el ser humano, trascender, está al alcance de todos: tenemos la facultad para abrir los ojos del espíritu y, con ellos, ver las cosas invisibles: los ángeles, los santos, la Virgen, ¡Dios! Comunicarse con Él a través de la oración, paladear algo de su belleza, de su bondad, de su perfección; y, aunque no lleguemos nunca a comprenderlo del todo, conocerlo, y admirarnos y asombrarnos con su deslumbrante ser…

Además, están la Redención y la Revelación: los hombres, que habíamos pecado al transgredir las leyes del Creador, tenemos la dicha de saber que vino su Hijo a pagar nuestra culpa y a enseñarnos el único camino que puede hacernos felices: el amor verdadero.

Y, como si esto no fuera suficiente, nos hizo sus hijos adoptivos, ¡podemos llamarlo “Padre”! Un Padre que sabe de nuestros sufrimientos, de nuestras penas, de nuestras ansias… (y que sabe más, y que por eso a veces las permite). Así el católico vive sereno, en paz, por su Fe.

Y —esto ya es el colmo— se quedó con nosotros para acompañarnos hasta el fin de los siglos, en forma de… ¡comida espiritual! Comida que nos da fuerza para llegar a la meta.

Sí. Hay más todavía: hay una meta que será la plenitud del amor, el cielo, la posesión eterna y completa de Dios, único que puede saciar las ansias de felicidad que tenemos. Así el cristiano vive con alegría, por su Esperanza.

Y al llegar a disfrutar de la plenitud del Amor (con mayúscula) será eternamente feliz, finalidad intrínseca de todos los seres humanos. Por su Caridad.

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Poseer bienes

Publicado por pablofranciscomaurino en abril 27, 2012

Sé muy bien que los bienes que tú tienes no son tuyos;

Dios los ha dado al mundo para provecho del hombre:

no son del hombre, no, sino para las necesidades del hombre.

 

Si tú tienes muchos bienes

y no tienes necesidad de ellos,

y no los regalas y mueres,

vas a parar a una casa muy caliente.

 

Bernardino de Siena

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Dios es amor*

Publicado por pablofranciscomaurino en febrero 13, 2012

 

El primer y fundamental anuncio que la Iglesia está encargada de llevar al mundo y que el mundo espera de la Iglesia es el del amor de Dios. Pero para que los evangelizadores sean capaces de transmitir esta certeza, es necesario que ellos sean íntimamente permeados por ella, que ésta sea luz de sus vidas. A este fin quisiera servir, al menos mínimamente, la presente meditación.

La expresión “amor de Dios” tiene dos acepciones muy diversas entre sí: una en la que Dios es objeto y la otra en la que Dios es sujeto; una que indica nuestro amor por Dios y la otra que indica el amor de Dios por nosotros. El hombre, más inclinado por naturaleza a ser activo que pasivo, más a ser acreedor que a ser deudor, ha dado siempre la precedencia al primer significado, a lo que hacemos nosotros por Dios. También la predicación cristiana ha seguido este camino, hablando, en ciertas épocas, casi solo del deber de amar a Dios (De diligendo Deo).

Pero la revelación bíblica da la precedencia al segundo significado: al amor de Dios, no al amor por Dios. Aristóteles decía que Dios mueve el mundo “en cuanto es amado”, es decir, en cuanto que es objeto de amor y causa final de todas las criaturas [1]. Pero la Biblia dice exactamente lo contrario, es decir, que Dios crea y mueve el mundo en cuanto que ama al mundo. Lo más importante, a propósito del amor de Dios, no es por tanto que el hombre ama a Dios, sino que Dios ama al hombre y que lo ama primero: “Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero” (1 Jn 4, 10). De esto depende todo lo demás, incluida nuestra propia posibilidad de amar a Dios: “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

 

1. El amor de Dios en la eternidad

Juan es el hombre de los grandes saltos. Al reconstruir la historia terrena de Cristo, los demás se detenían en su nacimiento de María; él da el gran salto hacia atrás, del tiempo a la eternidad: “Al principio estaba la Palabra”. Lo mismo hace a propósito del amor. Todos los demás, incluido Pablo, hablan del amor de Dios manifestado en la historia y culminado en la muerte de Cristo; él se remonta a más allá de la historia. No nos presenta a un Dios que ama, sino a un Dios que es amor: “Al principio estaba el amor, y el amor estaba junto a Dios, y el amor era Dios”: así podemos descomponer su afirmación: “Dios es amor” (1Jn 4,10).

De ella Agustín escribió: “Aunque no hubiese, en toda esta Carta y en todas las páginas de la Escritura, otro elogio del amor fuera de esta única palabra, es decir, que Dios es amor, no deberíamos pedir más”[2]. Toda la Biblia no hace sino “narrar el amor de Dios” [3]. Esta es la noticia que sostiene y explica todas las demás. Se discute sin fin, y no sólo desde ahora, si Dios existe; pero yo creo que lo más importante no es saber si Dios existe, sino si es amor [4]. Si, por hipótesis, Él existiese pero no fuese amor, habría que temer más que alegrarse de su existencia, como de hecho ha sucedido en diversos pueblos y civilizaciones. La fe cristiana nos reafirma precisamente en esto: ¡Dios existe y es amor!

El punto de partida de nuestro viaje es la Trinidad. ¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? La respuesta es: porque creen que Dios es amor. Allí donde Dios es concebido como Ley suprema o Poder supremo no hay, evidentemente, necesidad de una pluralidad de personas, y por esto no se entiende la Trinidad. El derecho y el poder pueden ser ejercidos por una sola persona, el amor no.

No hay amor que no sea amor a algo o a alguien, así como —dice el filósofo Husserl— no hay conocimiento que no sea conocimiento de algo. ¿A quién ama Dios para ser definido amor? ¿A la humanidad? Pero los hombres existen sólo desde hace algunos millones de años; antes de entonces, ¿a quién amaba Dios para ser definido amor? No puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar su esencia. ¿El cosmos? Pero el universo existe desde hace algunos miles de millones de años; antes, ¿a quién amaba Dios para poderse definir como amor? No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o, como dicen los psicólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana que la Iglesia recogió de Cristo y que explicitó en su Credo. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo un Hijo, el Verbo, que ama con un amor infinito que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado, y el amor que los une.

 

2. El amor de Dios en la creación

Cuando este amor fontal se extiende en el tiempo, tenemos la historia de la salvación. La primera etapa de ella es la creación. El amor es, por su naturaleza, “diffusivum sui”, es decir, “tiende a comunicarse”. Dado que “el actuar sigue al ser”, siendo amor, Dios crea por amor. “¿Por qué nos ha creado Dios?”: así sonaba la segunda pregunta del catecismo de hace tiempo, y la respuesta era: “Para conocerle, amarle y servirle en esta vida y gozarlo después en la otra en el paraíso”. Respuesta impecable, pero parcial. Esta responde a la pregunta sobre la causa final: “con qué objetivo, con que fin nos ha creado Dios”; no responde a la pregunta sobre la causa causante: “por qué nos creó, qué le empujó a crearnos”. A esta pregunta no se debe responder: “para que lo amásemos”, sino “porque nos amaba”.

Según la teología rabínica, hecha propia por el Santo Padre en su último libro sobre Jesús, “el cosmos fue creado no para que haya múltiples astros y muchas otras cosas, sino para que haya un espacio para la ‘alianza’, el ‘sí’ del amor entre Dios y el hombre que le responde” [5]. La creación existe de cara al diálogo de amor de Dios con sus criaturas.

¡Qué lejos está, en este punto, la visión cristiana del origen del universo de la del cientificismo ateo recordado en Adviento! Uno de los sufrimientos más profundos para un joven o una chica es descubrir un día que está en el mundo por casualidad, no querido, no esperado, incluso por un error de sus padres. Un cierto cientificismo ateo parece empeñado en infligir este tipo de sufrimiento a la humanidad entera. Nadie sabría convencernos del hecho de que nosotros hemos sido creados por amor, mejor de como lo hace santa Catalina de Siena en una fogosa oración suya a la Trinidad:

“¿Cómo creaste, por tanto, oh Padre eterno, a esta criatura tuya? […]. El fuego te obligó. Oh amor inefable, a pesar de que en tu luz veías todas las iniquidades que tu criatura debía cometer contra tu infinita bondad, tu hiciste como si no las vieras, sino que detuviste tus ojos en la belleza de tu criatura, de la que tu, como loco y ebrio de amor, te enamoraste y por amor la engendraste de ti, dándole el ser a tu imagen y semejanza. Tú, verdad eterna, me declaraste a mí tu verdad, es decir, que el amor te obligó a crearla”.

Esto no es solo agape, amor de misericordia, de donación y de descendimiento; es también eros y en estado puro; es atracción hacia el objeto del proprio amor, estima y fascinación por su belleza.

3. El amor de Dios en la revelación

La segunda etapa del amor de Dios es la revelación, la Escritura. Dios nos habla de su amor sobre todo en los profetas. Dice en Oseas: “Cuando Israel era niño, yo lo amé […] ¡Yo había enseñado a caminar a Efraím, lo tomaba por los brazos! […] Yo los atraía con lazos humanos, con ataduras de amor; era para ellos como los que alzan a una criatura contra sus mejillas, me inclinaba hacia él y le daba de comer […] ¿Cómo voy a abandonarte, Efraím? […] Mi corazón se subleva contra mí y se enciende toda mi ternura” (Os 11, 1-4).

Encontramos este mismo lenguaje en Isaías: “¿Se olvida una madre de su criatura, no se compadece del hijo de sus entrañas?” (Is 49, 15) y en Jeremías: “¿Es para mí Efraím un hijo querido o un niño mimado, para que cada vez que hablo de él, todavía lo recuerde vivamente? Por eso mis entrañas se estremecen por él, no puedo menos que compadecerme de él” (Jr 31, 20).

En estos oráculos, el amor de Dios se expresa al mismo tiempo como amor paterno y materno. El amor paterno está hecho de estímulo y de solicitud; el padre quiere hacer crecer al hijo y llevarle a la madurez plena. Por esto le corrige y difícilmente lo alaba en su presencia, por miedo a que crea que ha llegado y ya no progrese más. El amor materno en cambio está hecho de acogida y de ternura; es un amor “visceral”; parte de las profundas fibras del ser de la madre, allí donde se formó la criatura, y de allí afirma toda su persona haciéndola “temblar de compasión”.

En el ámbito humano, estos dos tipos de amor – viril y materno – están siempre repartidos, más o menos claramente. El filósofo Séneca decía: “¿No ves cómo es distinta la manera de querer de los padres y de las madres? Los padres despiertan pronto a sus hijos para que se pongan a estudiar, no les permiten quedarse ociosos y les hacen gotear de sudor y a veces también de lágrimas. Las madres en cambio los miman en su seno y se los quedan cerca y evitan contrariarles, hacerles llorar y hacerles cansarse”[6]. Pero mientras el Dios del filósofo pagano tiene hacia los hombres sólo “el ánimo de un padre que ama sin debilidad” (son palabras suyas), el Dios bíblico tiene también el ánimo de una madre que ama “con debilidad”.

El hombre conoce por experiendia otro tipo de amor, aquel del que se dice que es “fuerte como la muerte y que sus llamas son llamas de fuego” (cf Ct 8, 6), y también a este tipo de amor recurre Dios, en la Biblia, para darnos una idea de su apasionado amor por nosotros. Todas las fases y las vicisitudes del amor esponsal son evocadas y utilizadas con este fin: el encanto del amor en estado naciente del noviazgo (cf Jr 2, 2); la plenitus de la alegría del día de las bodas (cf Is 62, 5); el drama de la ruptura (cf Os 2, 4 ss) y finalmente el renacimiento, lleno de esperanza, del antiguo vínculo (cf Os 2, 16; Is 54, 8).

El amor esponsal es, fundamentalmente, un amor de deseo y de elección. ¡Si es verdad, por ello, que el hombre desea a Dios, es verdad, misteriosamente, también lo contrario, es decir, que Dios desea al hombre, quiere y estima su amor, se alegra por él “como se alegra el esposo por la esposa” (Is 62,5)!

Como observa el Santo Padre en la “Deus caritas est”, la metáfora nupcial que atraviesa casi toda la Biblia e inspira el lenguaje de la “alianza”, es la mejor muestra de que también el amor de Dios por nosotros es eros y agape, es dar y buscar al mismo tiempo. No se le puede reducir a sola misericordia, a un “hacer caridad” al hombre, en el sentido más restringido del término.

4. El amor de Dios en la encarnación

Llegamos así a la etapa culminante del amor de Dios, la encarnación: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Frente a la encarnación se plantea la misma pregunta que nos planteamos para la encarnación. ¿Por qué Dios se hizo hombre? Cur Deus homo? Durante mucho tiempo la respuesta fue: para redimirnos del pecado. Duns Scoto profundizó esta respuesta, haciendo del amor el motivo fundamental de la encarnación, como de todas las demás obras ad extrade la Trinidad.

Dios, dice Scoto, en primer lugar, se ama a sí mismo; en segundo lugar, quiere que haya otros seres que lo aman (“secundo vult alios habere condiligentes”). Si decide la encarnación es para que haya otro ser que le ama con el amor más grande posible fuera de Él [7]. La encarnación habría tenido lugar por tanto aunque Adán no hubiese pecado. Cristo es el primer pensado y el primer querido, el “primogénito de la creación” (Col 1,15), no la solución a un problema creado a raíz del pecado de Adán.

Pero también la respuesta de Scoto es parcial y debe completarse en base a lo que dice la Escritura del amor de Dios. Dios quiso la encarnación del Hijo, no sólo para tener a alguien fuera de sí que le amase de modo digno de sí, sino también y sobre todo para tener a alguien fuera de sí a quien amar de manera digna de sí. Y este es el Hijo hecho hombre, en el que el Padre pone “toda su complacencia” y con él a todos nosotros hechos “hijos en el Hijo”.

Cristo es la prueba suprema del amor de Dios por el hombre no sólo en sentido objetivo, a la manera de una prenda de amor inanimada que se da a alguien; lo es en sentido también subjetivo. En otras palabras, no es solo la prueba del amor de Dios, sino que es el amor mismo de Dios que ha asumido una forma humana para poder amar y ser amado desde nuestra situación. En el principio existía el amor, y “el amor se hizo carne”: así parafraseaba un antiquísimo escrito cristiano las palabras del Prólogo de Juan [8].

San Pablo acuña una expresión adrede para esta nueva modalidad del amor de Dios, lo llama “el amor de Dios que está en Cristo Jesús” (Rom 8, 39). Si, como se decía la otra vez, todo nuestro amor por Dios debe ahora expresar concretamente en amor hacia Cristo, es porque todo el amor de Dios por nosotros, antes, se expresó y recogió en Cristo.

5. El amor de Dios infundido en los corazones

La historia del amor de Dios no termina con la Pascua de Cristo, sino que se prolonga en Pentecostés, que hace presente y operante “el amor de Dios en Cristo Jesús” hasta el fin del mundo. No estamos obligados, por ello, a vivir sólo del recuerdo del amor de Dios, como de algo pasado. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado” (Rom 5,5).

¿Pero qué es este amor que ha sido derramado en nuestro corazón en el bautismo? ¿Es un sentimiento de Dios por nosotros? ¿Una disposición benévola suya respecto a nosotros? ¿Una inclinació? ¿Es decir, algo intencional? Es mucho más; es algo real. Es, literalmente, el amor de Dios, es decir, el amor que circula en la Trinidad entre Padre e Hijo y que en la encarnación asumió una forma humana, y que ahora se nos participa bajo la forma de “inhabitación”. “Mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él” (Jn 14, 23).

Nosotros nos hacemos “partícipes de la naturaleza divina” (2 Pe 1, 4), es decir, partícipes del amor divino. Nos encontramos por gracia, explica san Juan de la Cruz, dentro de la vorágine de amor que pasa desde siempre, en la Trinidad, entre el Padre y el Hijo [9]. Mejor aún: entre la vorágine de amor que pasa ahora, en el cielo, entre el Padre y su Hijo Jesucristo, resucitado de la muerte, del que somos sus miembros.

6. ¡Nosotros hemos creído en el amor de Dios!

Esta, Venerables padres, hermanos y hermanas, que he trazado pobremente aquí es la revelación objetiva del amor de Dios en la historia. Ahora vayamos a nosotros: ¿qué haremos, qué diremos tras haber escuchado cuánto nos ama Dios? Una primera respuesta es: ¡amar a Dios! ¿No es este, el primero y más grande mandamiento de la ley? Sí, pero viene después. Otra respuesta posible: ¡amarnos entre nosotros como Dios nos ha amado! ¿No dice el evangelista Juan que si Dios nos ha amado, “también nosotros debemos amarnos los unos a los otros” (1Jn 4, 11)? También esto viene después; antes hay otra cosa que hacer. ¡Creer en el amor de Dios! Tras haber dicho que “Dios es amor”, el evangelista Juan exclama: “Nosotros hemos creído en el amor que Dios tiene por nosotros” (1 Jn 4,16).

La fe, por tanto. Pero aquí se trata de una fe especial: la fe-estupor, la fe incrédula (una paradoja, lo sé, ¡pero cierta!), la fe que no sabe comprender lo que cree, aunque lo cree. ¿Cómo es posible que Dios, sumamente feliz en su tranquila eternidad, tuviese el deseo no sólo de crearnos, sino también de venir personalmente a sufrir entre nosotros? ¿Cómo es posible esto? Esta es la fe-estupor, la fe que nos hace felices.

El gran convertido y apologeta de la fe Clive Staples Lewis (el autor, dicho sea de paso, del ciclo narrativo de Narnia, llevado recientemente a la pantalla) escribió una novela singular titulada “Cartas del diablo a su sobrino”. Son cartas que un diablo anciano escribe a un diablillo joven e inexperto que está empeñado en la tierra en seducir a un joven londinense apenas vuelto a la práctica cristiana. El objetivo es instruirlo sobre los pasos a dar para tener éxito en el intento. Se trata de un moderno, finísimo tratado de moral y de ascética, que hay que leer al revés, es decir, haciendo exactamente lo contrario de lo que se sugiere.

En un momento el autor nos hace asistir a una especie de discusión que tiene lugar entre los demonios, Estos no pueden comprender que el Enemigo (así llaman a Dios) ame verdaderamente “a los gusanos humanos y desee su libertad”. Están seguros de que no puede ser. Debe haber por fuerza un engaño, un truco. Lo estamos investigando, dicen, desde el día en que “Nuestro Padre” (Así llaman a Lucifer), precisamente por este motivo, se alejó de él; aún no lo hemos descubierto, pero un día llegaremos [10]. El amor de Dios por sus criaturas es, para ellos, el misterio de los misterios. Y yo creo que, al menos en esto, los demonios tienen razón.

Parecería una fe fácil y agradable; en cambio, es quizás lo más difícil que hay también para nosotros, criaturas humanas. ¿Creemos nosotros verdaderamente que Dios nos ama? ¡No nos lo creemos verdaderamente, o al menos, no nos lo creemos bastante! Porque si nos lo creyésemos, en seguida la vida, nosotros mismos, las cosas, los acontecimientos, el mismo dolor, todo se transfiguraría ante nuestros ojos. Hoy mismo estaríamos con él en el paraíso, porque el paraíso no es sino esto: gozar en plenitud del amor de Dios.

El mundo ha hecho cada vez más difícil creer en el amor. Quien ha sido traicionado o herido una vez, tiene miedo de amar y de ser amado, porque sabe cuánto duele sentirse engañado. Así, se va engrosando cada vez más la multitud de los que no consiguen creer en el amor de Dios; es más, en ningún amor. El desencanto y el cinismo es la marca de nuestra cultura secularizada. En el plano personal está también la experiencia de nuestra pobreza y miseria que nos hace decir: “Sí, este amor de Dios es hermoso, pero no es para mí. Yo no soy digno…”.

Los hombres necesitan saber que Dios les ama, y nadie mejor que los discípulos de Cristo es capaz de llevarles esta buena noticia. Otros, en el mundo, comparten con los cristianos el temor de Dios, la preocupación por la justicia social y el respeto del hombre, por la paz y la tolerancia; pero nadie – digo nadie – entre los filósofos ni entre las religiones, dice al hombre que Dios le ama, lo ama primero, y lo ama con amor de misericordia y de deseo: con eros y agape.

San Pablo nos sugiere un método para aplicar a nuestra existencia concreta la luz del amor de Dios. Escribe: “¿Quién podrá entonces separarnos del amor de Cristo? ¿Las tribulaciones, las angustias, la persecución, el hambre, la desnudez, los peligros, la espada? Pero en todo esto obtenemos una amplia victoria, gracias a aquel que nos amó” (Rom 8, 35-37). Los peligros y los enemigos del amor de Dios que enumera son los que, de hecho, los que él experimentó en su vida: la angustia, la persecución, la espada… (cf 2 Cor 11, 23 ss). Él los repasa en su mente y constata que ninguno de ellos es tan fuerte que se mantenga comparado con el pensamiento del amor de Dios.

Se nos invita a hacer como él: a mirar nuestra vida, tal como ésta se presenta, a sacar a la luz los miedos que se esconden allí, el dolor, las amenazas,los complejos, ese defecto físico o moral, ese recuerdo penoso que nos humilla, y a exponerlo todo a la luz del pensamiento de que Dios me ama.

Desde su vida personal, el Apóstol extiende la mirada sobre el mundo que le rodea. “Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rm 8, 37-39). Observa “su” mundo, con los poderes que lo hacían amenazador: la muerte con su misterio, la vida presente con sus seducciones, las potencias astrales o las infernales que infundían tanto terror al hombre antiguo.

Nosotros podemos hacer lo mismo: mirar el mundo que nos rodea y que nos da miedo. La “altura” y la “profundidad”, son para nosotros ahora lo infinitamente grande a lo alto y lo infinitamente pequeño abajo, el universo y el átomo. Todo está dispuesto a aplastarnos; el hombre es débil y está solo, en un universo mucho más grande que él y convertido, además, en aún más amenazador a raíz de los descubrimientos científicos que ha hecho y que no consigue dominar, como nos está demostrando dramáticamente el caso de los reactores atómicos de Fukushima.

Todo puede ser cuestionado, todas las seguridades pueden llegar a faltarnos, pero nunca esta: que Dios nos ama y que es más fuerte que todo. “Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra”.

 

P. Raniero Cantalamessa

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[1] Aristóteles, Metafísica, XII, 7, 1072b.

[2] S. Agustín, Tratados sobre la Primera Carta de Juan, 7, 4.

[3] S. Agustín, De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[4] Cf. S. Kierkegaard, Disursos edificantes en diverso espíritu, 3: El Evangelio del sufrimiento, IV.

[5] Benedicto XVI, Gesù di Nazaret, II Parte, Libreria Editrice Vaticana, 2011, p. 93.

[6] Séneca, De Providentia, 2, 5 s.

[7] Duns Scoto, Opus Oxoniense, I,d.17, q.3, n.31; Rep., II, d.27, q. un., n.3

[8] Evangelium veritatis (de los Códigos de Nag-Hammadi).

[9] Cf. S. Juan de la Cruz, Cántico espiritual A, estrofa 38.

[10] C.S. Lewis, The Screwtape Letters, 1942, cap. XIX; trad. it. Le lettere di Berlicche, Milán, Mondadori, 1998

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Prioridades

Publicado por pablofranciscomaurino en febrero 10, 2012


Una de las verdaderas causas de estrés es el no darle, en nuestras mentes, la importancia que tienen las cosas, las circunstancias y las personas en nuestras vidas.

Con frecuencia, por ejemplo, anteponemos cosas superfluas a las trascendentales o les damos más interés a circunstancias secundarias o le dedicamos más tiempo a personas menos allegadas que a los seres queridos…

Se da también el caso de quienes tienen una desavenencia con un amigo, y no valoran el apoyo que recibe en su propio hogar.

Hay quienes se amargan el día porque no pueden ir a tomarse unos tragos y departir con sus amigos, pues los requieren asuntos de trabajo o familiares

Otros se angustian mucho ante la inminencia de una dificultad económica, pero olvidan que lo más importante —su salud espiritual, psicológica y biológica— está bien.

Por otra parte, es común observar cuánto se pierde diariamente al dedicar tiempo y esfuerzos a cosas triviales, dejando de lado las cosas que nos harían realmente felices.

Y todo esto obedece a que no tenemos ordenadas las ideas.

Lo más importante en un ser humano es que posee un alma espiritual, que está destinado a ser eternamente feliz; que esta vida es un paso, «una mala noche en una mala posada», como dijo santa Teresa de Ávila. Por lo tanto, la mejor inversión (de tiempo, de esfuerzo, de dedicación) es la que se haga para lograr esa trascendental meta.

En segundo lugar está la familia, sus seres queridos: el amor que logre construir. Con ese empuje e inspiración podrá proyectar ideales altos y soportará cualquier penalidad.

Luego, es necesaria la salud. Con ella se puede trabajar y dar el máximo de las capacidades para llegar a ver hechas realidad las metas que se proponga.

Después de estas preferencias están las otras personas, circunstancias y cosas de la vida de un ser humano.

Como resumen, el siguiente cuadro podrá servir para ordenar la vida humana por prioridades y, sobre todo, para elegir en cuál área trabajar primero para forjar nuestro bienestar:

 

  1. Mi salvación eterna y la de mis seres queridos
  2. Mi relación con mis seres queridos
  3. Mi salud y la de mis seres queridos
  4. Mis necesidades materiales
  5. Mis relaciones con los otros familiares
  6. Mis amistades
  7. Mis gustos personales

 

Confronte con su propia vida las cosas que de esta lista ya posee, las que necesita mejorar o reforzar y las que le hace falta implementar. Y comience hoy mismo.

Póngase metas diarias, semanales, mensuales y anuales; revise a diario cómo va el mejor negocio de su vida: su propia felicidad.

 

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Hijo mío…*

Publicado por pablofranciscomaurino en enero 13, 2012

 

Hijo mío que estás en la tierra,

preocupado, solo y tentado,

yo conozco perfectamente tu nombre

y lo pronuncio, como santificándolo, porque te amo.

No, no estás solo, sino habitado por mí, y

juntos construiremos ese Reino,

del que tú vas a ser heredero.

Me gusta que hagas mi voluntad,

porque mi voluntad es que tú seas feliz,

ya que la gloria de Dios es el hombre vivo.

 

Cuenta siempre conmigo, y tendrás pan para hoy;

solo te pido que sepas compartirlo con tus hermanos.

Sabes que perdono tus ofensas,

antes —incluso— de que las cometas;

por eso te pido que hagas tú lo mismo con los que te ofenden.

Y, para que nunca caigas en la tentación,

cógete fuertemente de mi mano,

y yo te libraré del mal, querido y pobre hijo mío.

Padre José Luis Martín Descalzo

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La voz de Dios*

Publicado por pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2011

Un hombre como tú se encontró en un silencio profundo y comenzó a orar:

–Dios, si eres real, ¡háblame!

Y entonces una alondra del campo cantó, pero el hombre no escuchó.

Nuevamente, el hombre dijo con voz más fuerte:

–Dios, ¡háblame!

Y un trueno resonó en el cielo, pero el hombre no escuchó.

El hombre miró alrededor y dijo:

–Dios, déjame verte.

Y una estrella brilló, pero el hombre no se dio cuenta.

Entonces el hombre gritó:

–¡Dios, muéstrame un milagro!

Y una vida nació, pero el hombre no se dio cuenta.

El hombre lloró desesperadamente y dijo:

–¡Tócame, Dios, para saber que te encuentras aquí!

Dios se inclinó y tocó al hombre.

Pero el hombre —como tú— alejó la mariposa y se apartó sin darse cuenta.

 

Muchas veces, las cosas que pasamos por alto son aquellas que hemos estado buscando. No te pierdas las bendiciones de Dios simplemente porque no están envueltas como lo esperas.

 

Anónimo

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Lo que merezco

Publicado por pablofranciscomaurino en noviembre 5, 2011

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Lo único que merezco es el infierno.

El único derecho que tengo es el derecho a pedir perdón.

«Aprendan de mí,

que soy manso y humilde de corazón,

y sus almas encontrarán descanso».

(Mt 11, 29)

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¿Quién va ganando?

Publicado por pablofranciscomaurino en octubre 29, 2011


La cruz magnética del gran poder, las velitas de «la virgen», la casa del «equeco», la aromaterapia y todas las demás «variadoterapias» existentes están tomando la delantera en las creencias de la gente.

Los libros que se venden más son los que tratan temas esotéricos; las casas o templos que propagan religiones orientales se llenan de neófitos; los centros de enseñanza de yoga y técnicas de relajación mental no se han perjudicado económicamente sino que, por el contrario, están más boyantes que nunca…

Asimismo, un porcentaje creciente de católicos abandona su credo, para ir tras creencias protestantes (evangélicos o cristianos), testigos de Jehová, mormones, culto al Espíritu Santo y sectas de las más variadas denominaciones.

Hoy se puede decir que por cada parroquia existen aproximadamente unas tres iglesias cristianas y uno o dos centros con creencias contrarias a la Fe católica.

Y, si se le pregunta a diez personas de las que asisten a esos lugares, se puede verificar que nueve fueron bautizadas en la Fe católica.

Algo está sucediendo. Y conviene averiguar qué es. En la superficie de esta situación se ve una especie de «cansancio» de los feligreses, falta de «atractivo» de la Iglesia católica, cierta monotonía en los ritos, malas «estrategias de venta» y, por otra parte, el descrédito producido por los escándalos publicados de algunos miembros de la Iglesia…

Pero en el fondo está la realidad patente: primero, una ignorancia garrafal de muchos católicos en su Fe: no se saben el Credo o lo que significa cada uno de sus artículos, desconocen el efecto interior y espiritual que Dios obra en las almas con los Sacramentos (los viven por costumbre o simplemente como otra opción), no se saben los mandamientos o si se los saben no los ponen en práctica, no oran o ignoran cómo hacerlo; son muy pocos los que saben de la existencia del Catecismo de la Iglesia Católica y de la necesidad de leerlo para aprender las verdades de la Fe (algunos leen la Biblia, pero sin guía que los aleje de erróneas interpretaciones).

Y, segundo, un antitestimonio generalizado: muchos, aferrados a las cosas materiales, a su imagen o a su honra, a los placeres desordenados o al poder, viven un ateísmo práctico rampante.

Concentrados en las cosas temporales, olvidan con frecuencia que poseen un alma espiritual y que están llamados a una vida eternamente feliz. No se acuerdan de agradecer a Dios Padre el habernos creado; ni a Jesús, el inmenso favor que nos hizo al morir por nuestros pecados; ni de rogar al Espíritu Santo para que nos ayude en nuestra santificación.

Y, entre los piadosos, se ven casos de personas que rechazan la cruz como camino de perfección o que se olvidan de los demás, ensimismados, sin pensar en la salvación de las almas.

Y, en su vida personal, familiar, laboral y social se ven como los que no son católicos: apáticos, abúlicos, anhelando un poco de placer, luchando por ganar más dinero o por acreditarse ante los demás… No tienen la paz que da la Fe ni la alegría que da la Esperanza ni la felicidad que da el Amor.

 

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Por las ramas

Publicado por pablofranciscomaurino en octubre 15, 2011

Son muchos los que olvidan la esencia del cristianismo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado. En esto reconocerán todos que ustedes son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 34-35).

Pero, ¡cuántos hay que creen que ser cristianos consiste en asistir a la Eucaristía todos los días, rezar el Rosario, visitar al Santísimo Sacramento, hacer muchas horas de oración…! Otros creen que ser cristianos es pertenecer a un grupo de oración, asistir a congresos de alabanza o de adoración, vivir determinada espiritualidad… Olvidan que todos estos actos son medios para llenarse del amor de Dios, y así repartir ese amor a todos los que viven a su alrededor.

También están los que creen que Dios los escogió para corregir a los demás: se la pasan escribiendo cartas o artículos agresivos a cuantas personas o entidades defienden un criterio o conducta contrarias a la Fe. Olvidan que la verdad sin caridad no es verdad.

Hay quienes creen que la esencia de la vida cristiana consiste en saber mucho: leen libros, se aprenden los versículos y los capítulos de la Biblia para defender cualquier criterio, asisten a cuanta predicación pueden, toman cursos, estudian teología… Olvidan que, aunque es importante conocer nuestra doctrina, el cristiano no se distingue por saber, sino por amar.

Y, por último, pululan cada vez más los que concentran su atención en las cosas periféricas de la Fe cristiana, descuidando su esencia: creen que Satanás está en todas partes o que la Virgen se aparece en todas partes o que el Señor se la pasa haciendo manifestaciones extraordinarias… Y se olvidan que la Iglesia, como Madre que es, tiene un Magisterio que nos informa lo que está correcto y lo que no; para que nos despreocupemos de todas esas cosas, y nos concentremos en lo más importante: en amar.

¿Queremos saber qué tan buenos seguidores de Cristo somos? Preguntémosle a quienes conviven con nosotros qué reciben de nosotros; si ellos nos dicen que somos los que les damos amor, los que trabajamos por su felicidad, los que dejando a un lado nuestro egoísmo nos ocupamos por su bienestar…, sabremos que somos buenos cristianos.

Pero si ellos notan que lo que nosotros queremos es que nos amen, que nos respeten, que nos valoren, que nos tengan en cuenta…, podremos deducir con ello cuán egoístas somos. Y el egoísmo es lo contrario del amor; es decir, es lo contrario del cristianismo.

 

 

 

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Las postrimerías

Publicado por pablofranciscomaurino en octubre 7, 2011

 

Sabemos que existen las postrimerías: el juicio particular, el juicio final, el cielo, el purgatorio y el infierno. Pero, ¿la gente cree realmente en ellas?

Es muy común que este tema sea tratado de una manera superficial, ya que las preocupaciones y las ocupaciones de la vida moderna atraen mucho más la atención de los católicos.

Al preguntar a muchos de ellos acerca de su fe en estos aspectos manifiestan creer, pero, una vez que los dejamos, hacen, dicen y piensan cosas propias de quienes viven en esta tierra apegados al dinero, a las posesiones, a los honores mundanos, al placer, etc.

Es frecuente que quienes dicen creer en el cielo lo busquen aquí desperdiciando todas sus energías en la consecución de estos apegos. Otros no reparan en la gravedad de sus actos cuando van en contra de la ley divina, mientras afirman creer en el infierno. Y hay quienes creen que el demonio es un invento de los hombres, quienes piensan que es una realidad la reencarnación o el poder de determinadas piedras, actos o rezos extraños al Catecismo…

¿Por qué sucede eso? ¿No será porque los que debemos ser ejemplo tampoco creemos? Creer no es sólo pensar en esas realidades o aceptarlas intelectualmente: es tener la absoluta certeza de su existencia y actuar en consecuencia.

¿Sabemos que cada acto puede convertirse en gloria para Dios, pero también en una oportunidad de perdernos irremediablemente en ese lugar de pena y dolor infinitos? ¿Le tememos realmente al infierno? ¿Acudimos al Sacramento de la Reconciliación con frecuencia? ¿Cuántas veces examinamos nuestra conciencia? ¿Con qué seguridad nos alejamos de las ocasiones de pecado?…

¿Cuántas veces hemos estado en peligro inminente de muerte? En esos momentos es cuando se experimenta el creer o no creer verdaderamente.

¿Cuánto del día dedicamos al trato íntimo con Dios? Quien ora considerando con alguna frecuencia las postrimerías está siempre dispuesto a servir a los demás sin reparar en tiempo, cansancio, estado de ánimo, enfermedad y hasta dolor… Dejará la distracción, el descanso, la comida servida por hacer lo que hizo Jesús: nos cuenta san Marcos que, tras un día agotador de caminatas, prédicas y milagros, al día siguiente se levantó muy temprano a orar, para seguir trabajando por las almas. Así pasó su vida: haciendo el bien.

¿Cuánto nos importa nuestro «merecido» descanso? ¿Cuánto nos molestan las interrupciones en nuestra vida privada? ¿Queremos a las almas como las quiere Jesús?…

Son muchas las almas que van al infierno; ¿luchamos por su salvación con todas nuestras fuerzas? El infierno es la ausencia total de amor y, mientras quede un instante de vida, ¡todavía tienen posibilidades de amar!

¡Qué relativo se vuelve todo si pensamos en las postrimerías!

El cielo es la meta, no vale la pena luchar por otra. Cualquier sacrificio en esta tierra es nada comparado con el amor que nos espera en el cielo.

El que haga la voluntad de Dios…, ¡ese entrará!

 

 

 

 

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La nueva Jerusalén

Publicado por pablofranciscomaurino en agosto 26, 2011


Y vi a la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén [...] Y oí una voz que clamaba desde el trono: «Esta es la morada de Dios con los hombres; él habitará en medio de ellos; ellos serán su pueblo y él será Dios–con–ellos; Él enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte ni lamento, ni llanto ni pena, pues todo lo anterior ha pasado».

Apocalipsis 21, 2-4

¿Quieres vivir en la nueva Jerusalén?

Entonces comencemos a construirla:

.

«La vida huye rápidamente.

Ni un segundo regresa.

Esforcémonos por dar las mayores muestras posibles de amor».

Maximiliano Kolbe

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¿Por qué Dios no nos da lo que le pedimos?

Publicado por pablofranciscomaurino en junio 10, 2011

Dios desea lo mejor para nosotros, porque nos ama; y, además, todo lo puede.

Él tiene en sus manos miles de cosas para regalarnos, y está ansioso de que se las pidamos, para dárnoslas… Está esperando que las pidamos, para derrochar todo su amor, como padre amorosísimo que es, dándonos gusto en todo.

Entonces, ¿por qué no nos da todas esas cosas? El problema está precisamente en que en el fondo no nos creemos eso. Si lo creyéramos así, si creyéramos en su infinito amor, en su infinita bondad, en su infinita misericordia, si creyéramos que está que se derrite de deseos de mostrarnos su amor, su misericordia, su dulzura, su ternura, entonces le pediríamos con confianza y con constancia.

Una confianza total, como la de la niña chiquita, que sabe que su papá millonario la adora y que nunca le negará nada, sino lo que él sabe que no es para su bien. ¡Y Dios es Papá! ¡Y es millonario, más que todos los papás del mundo! ¡Todo lo puede! Nada nos negaría si se lo pidiéramos con confianza de hijos.

Y, por otro lado, con constancia. Es de admirar cómo los niños pequeños insisten e insisten sin descanso, hasta lograr que sus padres le den lo que les piden. ¿Por qué no somos así con nuestro Padre–Dios? Porque todavía no creemos que es papá amorosísimo, porque todavía no nos hemos dado cuenta de que Él fue capaz de sufrir atrozmente por nosotros y terminar dando su vida por nuestra felicidad.

En el fondo, lo que sucede es que todavía no creemos, porque no hemos meditado suficientemente la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Por eso es que los santos amaban entrañablemente a Jesús y estaban dispuesto a dar la vida por Él; y por eso es que ellos hacían milagros: porque no había nada que el Señor les negara, ya que todo lo esperaban de Él, con una confianza infinita.

Meditemos, pues, diariamente, la Pasión y la Muerte de nuestro divino Redentor, y veremos milagros, experimentaremos su misericordia, nuestros sueños se harán realidad.

Y, después de meditar asiduamente Pasión y la Muerte de Jesús —la muestra más maravillosa del amor de Dios por nosotros—, pidámosle eso que deseamos, convencidos de que nos lo dará. Él mismo lo dijo.

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‘Nadie se muere la víspera’

Publicado por pablofranciscomaurino en junio 4, 2011

 

Por supuesto que nadie se muere la víspera: todos mueren el día de su muerte, pero esta frase que tanto se repite da a entender que existe una fecha exacta en la que cada ser humano morirá, y que no es adelantable ni postergable. Por extensión, muchas personas la aplican a todo acontecimiento: todo está predeterminado.

Entre los no cristianos, se habla del destino. Los católicos —obviamente— no creen en el destino, pero sí hay algunos que dicen esa frase explicando que Dios tiene establecidas las fechas de la muerte y de todos los sucesos de la vida, y que nada ni nadie puede cambiarlas.

Tal vez esos cristianos católicos han olvidado que uno de los mayores regalos que ha recibido el ser humano de parte de Dios es su libertad, y que Dios no puede dar algo para quitarlo después. Por eso, cualquier hombre puede matar a otro cuando lo desee, y Dios no intervendrá en esa decisión ni en esa acción, a no ser que, por su inmensa misericordia, determine que conviene evitar el suceso, cosa que hará solamente en ocasiones especiales.

Otro aspecto en el que Dios es inmutable son las leyes que asignó a la naturaleza; Él, en su infinita sabiduría, creó el cosmos y lo puso a funcionar con determinadas leyes: la trayectoria de los astros, las catástrofes naturales, los cambios climáticos…; todo eso puede ocasionar muertes y desastres, dependiendo de las circunstancias, el día y la hora. Además, los accidentes, las guerras, las mutaciones genéticas, las enfermedades, epidemias, etc., pueden producir cambios en la historia, tanto en la pérdida de vidas como en su calidad. El azar impuesto por Dios en el cosmos y en la naturaleza humana incide en el devenir humano.

También puede tratarse de católicos que tienen marcada tendencia a ser exageradamente providencialistas: todo sucede, según ellos, por disposición de la Divina Providencia. Debe tenerse en cuenta que, si bien Dios interviene eventualmente en la historia del hombre para su bien y guiado por su infinita sabiduría, los acontecimientos que vive son el resultado de circunstancias adicionales: el pecado original que dejó al ser humano con la propensión al mal, las tentaciones del maligno, las positivas insinuaciones del Espíritu Santo y de los ángeles y la ayuda de la gracia divina…; y, sobre todo, su libertad individual.

O quizá esos católicos no leyeron en la Biblia las ocasiones en las que Dios cambió sus planes, bien para castigar, bien para dar o negar dones a determinadas personas… Baste recordar la promesa que le hiciera a Moisés de disfrutar de la tierra prometida, la cual solo atisbó desde lejos unos momentos antes de su muerte…

En resumen, el ser humano es libre: podemos cambiar nuestro destino para bien o para mal; la ley del azar impuesta por Dios en el universo determina muchos de los acontecimientos que nos acaecen; y Dios interviene esporádicamente para propiciar nuestro bien.

Por lo tanto, sí se puede morir la víspera: la vida, según la inteligencia cristiana, es toda una aventura.

 

 

 

 

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La riqueza no es un don*

Publicado por pablofranciscomaurino en abril 15, 2011

“El trabajo honesto ofrece dignidad,

no gran riqueza, por cierto, pero

la riqueza no es un don de Dios,

es una prueba difícil de superar

sin sentir avidez por ella,

o tener soberbia, sin egoísmo;

porque la riqueza es

para compartir con quien no la posee,

no para vanagloriarse.

Es la prueba más difícil para el alma;

y esto a muchos podrá parecer extraño.”

Jesús


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Las dos caras del amor: eros y ágape*

Publicado por pablofranciscomaurino en marzo 26, 2011

 

1. Las dos caras del amor

Con las predicaciones de esta Cuaresma quisiera seguir en el esfuerzo, comenzado en Adviento, de llevar una pequeña contribución de cara a la reevangelización del occidente secularizado, que constituye en este momento la preocupación principal de toda la Iglesia y en particular del Santo Padre Benedicto XVI.

Hay un ámbito en el que la secularización actúa de modo particularmente difundido y nefasto, y es el ámbito del amor. La secularización del amor consiste en separar el amor humano, en todas sus formas, de Dios, reduciéndolo a algo puramente “profano”, donde Dios está “de más” e incluso molesta.

Pero el tema del amor no es importante solo para la evangelización, es decir, en la relación con el mundo; lo es también, y ante todo, para la vida interna de la Iglesia, para la santificación de sus miembros. Es la perspectiva en la que se coloca la encíclica Deus caritas est del Santo Padre Benedicto XVI y en la que nos colocamos también nosotros en estas reflexiones.

El amor sufre una nefasta separación, no sólo en la mentalidad del mundo secularizado, sino también en el lado opuesto, entre los creyentes y en particular entre las almas consagradas. Simplificando al máximo, podríamos formular así la situación: en el mundo encontramos un eros sin ágape; entre los creyentes encontramos a menudo un ágape sin eros.

El eros sin ágape es un amor romántico, muy a menudo pasional, hasta la violencia. Un amor de conquista que reduce fatalmente el otro a objeto del propio placer e ignora toda dimensión de sacrificio, de fidelidad y de donación de sí. No es necesario insistir en la descripción de este amor porque se trata de una realidad que tenemos a diario ante los ojos, de la que se hace propaganda martilleante por parte de novelas, películas, series televisivas, internet, revistas llamadas “rosa”. Es lo que el lenguaje común entiende, actualmente, con la palabra “amor”.

Más útil para nosotros es comprender qué se entiende por ágape sin eros. En música existe una distinción que nos puede ayudar a hacernos una idea: la que existe entre el jazz caliente y el jazz frío. Leí en alguna parte esta caracterización de los dos géneros, aunque no es la única posible. El jazz caliente (hot) es el jazz apasionado, ardiente, expresivo, hecho de impulsos, de sentimientos, y por tanto de cabriolas e improvisaciones originales. El jazz frío (cool) es el que se hace cuando se pasa al profesionalismo: los sentimientos se vuelven repetitivos, la inspiración se sustituye por la técnica, la espontaneidad por el virtuosismo.

Siguiendo esta distinción, el ágape sin eros nos parece como un “amor frío”, un amar “con la cabeza”, sin participación de todo el ser, más por imposición de la voluntad que por impulso íntimo del corazón. Un ajustarse a un molde preconstituido, en lugar de crear uno propio e irrepetible, como irrepetible es todo ser humano ante Dios. Los actos de amor dirigidos a Dios se parecen a aquellos de ciertos enamorados inexpertos que escriben a la amada cartas copiadas de un prontuario.

Si el amor mundano es un cuerpo sin alma, el amor religioso practicado así es un alma sin cuerpo. El ser humano no es un ángel, es decir, un puro espíritu; es alma y cuerpo sustancialmente unidos: todo lo que hace, incluyendo amar, debe reflejar esta estructura suya. Si la parte ligada al tiempo y a la corporeidad es sistemáticamente negada o reprimida, el resultado será doble: o se sigue adelante de forma fatigosa, por sentido del deber, por defensa de la propia imagen, o bien se buscan compensaciones más o menos lícitas, hasta los dolorosísimos casos que están afligiendo a la Iglesia. En el fondo de muchas desviaciones morales de almas consagradas, no puede ignorarse, hay una concepción distorsionada y deformada del amor.

Tenemos por tanto un motivo doble y una doble urgencia de redescubrir el amor en su unidad originaria. El amor verdadero e íntegro es una perla escondida entre dos valvas, que son el eros y el ágape. No se pueden separar estas dos dimensiones del amor sin destruirlo, como no se pueden separar entre el hidrógeno y el oxígeno sin privarnos con ello mismo del agua.

 

2. La tesis de la incompatibilidad entre los dos amores

La reconciliación más importante entre las dos dimensiones del amor es esa práctica que tiene lugar en la vida de las personas, pero precisamente para que esta sea posible es necesario comenzar con reconciliar entre sí eroságape también teóricamente, en la doctrina. Esto nos permitirá entre otras cosas conocer finalmente qué se entiende con estos dos términos tan a menudo usados y malentendidos.

La importancia de la cuestión nace del hecho de que existe una obra que hizo popular en todo el mundo cristiano la tesis opuesta de la inconciliabilidad de las dos formas de amor. Se trata del libro del teólogo luterano sueco Anders Nygren, titulado “Eros y ágape” [1]. Podemos resumir su pensamiento en estos términos. Eros y ágape designan dos movimientos opuestos: el primero indica ascensión y subida del hombre a Dios y a lo divino como al propio bien y al propio origen; la otra, el ágape, indica el descendimiento de Dios al hombre con la encarnación y la cruz de Cristo, y por tanto la salvación ofrecida al hombre sin mérito y sin respuesta por su parte, que no sea la sola fe. El Nuevo Testamento hizo una elección precisa, usando, para expresar el amor, el término ágape y rechazando sistemáticamente el término eros.

San Pablo es el que con más pureza recogió y formuló esta doctrina del amor. Después de él, siempre según la tesis de Nygren, esta antítesis radical fue perdiéndose casi en seguida para dar lugar a intentos de síntesis. Apenas el cristianismo entra en contacto cultural con el mundo griego y la visión platónica, ya con Orígenes, hay una revaloración del eros, como movimiento ascensional del alma hacia el bien y hacia lo divino, como atracción universal ejercida por la belleza y por lo divino. En esta línea, el Pesado Dionisio Areopagita escribirá que “Dios es eros[2], sustituyendo este término al de ágape en la célebre frase de Juan (1 Jn 4,10).

En occidente una síntesis análoga la realiza Agustín con su doctrina de la caritas entendida como doctrina del amor descendente y gratuito de Dios por el hombre (¡nadie ha hablado de la “gracia” de manera más fuerte que él!), pero también como anhelo del hombre al bien y a Dios. Suya es la afirmación: “Nos has hecho para ti, oh Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que no reposa en ti”[3]; suya es también la imagen del amor como de un peso que atrae al alma, como por la fuerza de la gravedad, hacia Dios, como al lugar del propio descanso y del propio placer [4]. Todo esto, para Nygren, inserta un elemento de amor de sí, del propio bien, y por tanto de egoísmo, que destruye la pura gratuidad de la gracia; es una recaída en la ilusión pagana de hacer consistir la salvación en una ascensión a Dios, en lugar de en el gratuito e inmotivado descenso de Dios hacia nosotros.

Prisioneros de esta síntesis imposible entre eroságape, entre amor de Dios y amor propio, siguen siendo, según Nygren, san Bernardo cuando define el grado supremo del amor de Dios como un “amar a Dios por sí mismo” y un “amar a sí mismo por Dios” [5], san Buenaventura con su ascensional “Itinerario de la mente en Dios”, como también santo Tomás de Aquino que define el amor de Dios infundido en el corazón del bautizado (cf. Rm 5,5) como “el amor con el que Dios nos ama y con el que hace que nosotros lo amemos” (amor quo ipse nos diligit et quo ipse nos dilectores sui facit”) [6]. Esto de hecho vendría a decir que el hombre, amado por Dios, puede a su vez amar a Dios, darle algo suyo, lo que destruiría la absoluta gratuidad del amor de Dios. En el plano existencial la misma desviación según Nygren, se tiene con la mística católica. El amor de los místicos, con su fortísima carga de eros, no es otro, para él, que un amor sensual sublimado, un intento establecer con Dios una relación de presuntuosa reciprocidad en amor.

Quien rompió la ambigüedad y devolvió a la luz la neta antítesis paulina fue, según el autor, Lutero. Fundando la justificación en la sola fe, él no excluyó la caridad del momento fundacional de la vida cristiana, como le recrimina la teología católica; más bien liberó a la caridad, el ágape, del elemento espurio del eros. A la fórmula de la “sola fe”, con exclusión de las obras, correspondería, en Lutero, la fórmula del “solo ágape”, con exclusión del eros.

No me corresponde aquí establecer si el autor interpretó correctamente en este punto el pensamiento de Lutero que – hay que decirlo – nunca planteó el problema en términos de confrontación entre eroságape, como hizo en cambio entre fe y obras. Es significativo, con todo, el hecho de que también Karl Barth, en un capítulo de su “Dogmática eclesial”, llega al mismo resultado que Nygren de una confrontación incurable entre eroságape: “Donde entra en escena el amor cristiano —escribe—, comienza inmediatamente el conflicto con el otro amor y este conflicto no tiene fin”[7]. Yo digo que si esto no es luteranismo, es sin embargo ciertamente teología dialéctica, teología del aut-aut, de la antítesis, no de la síntesis.

El resultado de esta operación es la radical mundanización y secularización del eros. Mientras de hecho una cierta teología excluía el eros del ágape, la cultura secular era muy feliz, por su parte, de excluir el ágape del eros, es decir, toda referencia a Dios y a la gracia del amor humano. Freud proporcionó a ello una justificación teórica, reduciendo el amor a eros y el eroslibido, a pura pulsión sexual que lucha contra toda represión e inhibición. Es el estadio al que se recurre hoy el amor en muchas manifestaciones de la vida y de la cultura, sobre todo en el mundo del espectáculo.

Hace dos años me encontraba en Madrid. En los periódicos no se hacía otra cosa que hablar de una cierta exposición de arte que se celebraba en la ciudad, titulada “Las lágrimas del eros”. Era una exposición de obras artísticas con trasfondo erótico – cuadros, dibujos, esculturas – que pretendía sacar a la luz el indisoluble vínculo que existe, en la experiencia del hombre moderno, entre erosthanatos, entre amor y muerte. A la misma constatación se llega, leyendo la recopilación de poesías “Las flores del mal” de Baudelaire o “Una temporada en el infierno” de Rimbaud. El amor que por su naturaleza debería llevar a la vida, lleva en cambio a la muerte.

3. Vuelta a la síntesis

Si no podemos cambiar de golpe la idea de amor que tiene el mundo, podemos sin embargo corregir la visión teológica que, sin quererlo, la favorece y legitima. Es lo que ha hecho de manera ejemplar el Santo Padre Benedicto XVI con la encíclica Deus caritas est. Él reafirma la síntesis católica tradicional expresándola en términos modernos. “Eroságape, se lee – amor ascendente y amor descendente – nunca llegan a separarse completamente […]. la fe bíblica no construye un mundo paralelo o contrapuesto al fenómeno humano originario del amor, sino que asume a todo el hombre, interviniendo en su búsqueda de amor para purificarla, abriéndole al mismo tiempo nuevas dimensiones” (nº 7-8). Eroságape están unidos a la fuente misma del amor que es Dios: “Él ama —continua el texto de la encíclica— y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente ágape. ” (nº 9).

Se entiende la acogida insólitamente favorable que este documento pontificio encontró también en los ambientes laicos más abiertos y responsables. Ésta da una esperanza al mundo. Corrige la imagen de una fe que toca tangencialmente el mundo, sin penetrar dentro de él, con la imagen evangélica de la levadura que hace fermentar la masa; sustituye la idea de un reino de Dios venido a “juzgar” al mundo, con la de un reino de Dios venido a “salvar” al mundo, empezando por el eros que es su fuerza dominante.

A la visión tradicional, propia tanto de la teología católica como de la ortodoxa, se puede aportar, creo, una confirmación también desde el punto de vista de la exégesis. Los que sostienen la tesis de la incompatibilidad entre eroságape se basan en el hecho de que el Nuevo Testamento evita cuidadosamente – y, al parecer, intencionalmente – el término eros, usando en su lugar siempre y sólo ágape (aparte de algún uso raro del término philia, que indica el amor de amistad).

El hecho es cierto, pero no son ciertas las conclusiones que se sacan de él. Se supone que los autores del NT estaban al corriente del sentido que el término eros tenía en el lenguaje común —el eros, por así decirlo, “vulgar”— como el sentido elevado y filosófico que tenía, por ejemplo, en Platón, el llamado eros “noble”. En la acepción popular, eros indicaba más o menos lo que indica también hoy cuando se habla de erotismo o de películas eróticas, es decir, la satisfacción del instinto sexual, una degradación, más que un enaltecimiento. En la acepción noble éste indicaba el amor por la belleza, la fuerza que mantiene unido el mundo y que empuja a todos los seres a la unidad, es decir, ese movimiento de ascensión hacia lo divino que los teólogos dialécticos consideran incompatible con el movimiento descendente de lo divino hacia el hombre.

Es difícil sostener que los autores del Nuevo Testamento, dirigiéndose a personas sencillas y de ninguna cultura, pretendiesen ponerles en guardia contra el eros de Platón. Estos evitaron el término eros por el mismo motivo por el que un predicador evita hoy el término erótico o, si lo usa, lo hace sólo en sentido negativo. El motivo es que, entonces como ahora, la palabra evoca el amor en su expresión más egoísta y sensual [8]. La sospecha de los primeros cristianos hacia el eros se agravaba ulteriormente por el papel que éste desempeñaba en los desenfrenados cultos dionisíacos.

Apenas el cristianismo entra en contacto y en dialogo con la cultura griega de la época, cae inmediatamente, lo hemos visto ya, toda exclusión respecto al eros. Éste era usado a menudo, en los autores griegos, como sinónimo de ágape y empleado para indicar el amor de Dios por el hombre, como también el amor del hombre por Dios, el amor por las virtudes y por todo lo bello. Basta, para convencerse de ello, una simple mirada al “Léxico Patrístico Griego” de Lampe [9]. El de Nygren y de Barth es por tanto un sistema construido sobre una falsa aplicación del argumento llamado ex silentio.

 

4. Un eros para los consagrados

La redención del eros ayuda antes que nada a los enamorados humanos y a los esposos cristianos, mostrando la belleza y la dignidad del amor que los une. Ayuda a los jóvenes a experimentar la fascinación del otro sexo, no como algo turbio, vivido lejos de Dios, sino como un don del Creador para su alegría si se vive en el orden que Él quiere. A esta función positiva del eros se refiere también el Papa en su encíclica, cuando habla del camino de purificación de eros que lleva de la atracción momentánea al “para siempre” del matrimonio (nº 4-5).

Pero la redención del eros nos debe ayudar también a nosotros, consagrados, hombres y mujeres. He destacado al principio el peligro que corren las almas religiosas, que es aquel de un amor frío, que no desciende desde la mente hasta el corazón. Un sol invernal que ilumina pero que no calienta. Si eros significa empuje, deseo, atracción, no debemos tener miedo a los sentimientos, ni menospreciarlos o reprimirlos. Cuando se trata del amor de Dios —escribió Guillermo de St. Thierry— el sentimiento de afecto (affectio) es también gracia; no es, de hecho, la naturaleza la que puede infundir un sentimiento tal [10].

Los salmos están llenos de este anhelo del corazón de Dios: “A ti Señor, levanto mi alma…”, “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo”. “Por tanto, presta atención —dice el autor de la ‘Nube del no saber’— a este maravilloso trabajo de la gracia en tu alma. Esto no es otra cosa que un impulso espontáneo que surgen sin avisar y que señala directamente a Dios, como una centella que se libera del fuego… Golpea esta nube densa del no saber con la flecha afilada del deseo de amor y no te muevas de allí, pase lo que pase”[11]. Es suficiente, para realizar esto, un pensamiento, un movimiento del corazón, una jaculatoria.

Pero todo esto no nos basta y Dios lo sabe mejor que nosotros. Nosotros somos criaturas, vivimos en el tiempo y en un cuerpo; necesitamos una pantalla sobre la que proyectar nuestro amor que no sea sólo “la nube del no saber”, es decir el velo de oscuridad tras el cual se esconde el Dios que nadie ha visto nunca y que habita una luz inaccesible…

La respuesta que se da a esta pregunta, la conocemos bien: ¡por esto Dios nos ha dado la posibilidad de amar! “Nadie ha visto nunca a Dios: si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros… El que dice: ‘Amo a Dios’, y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve?” (1Jn 4, 12.20). Pero debemos estar atentos para no obviar un eslabón fundamental. Antes que el hermano que se ve hay otro que también se ve y se toca: es el Dios hecho carne, ¡es Jesucristo! Entre Dios y el prójimo está el Dios hecho carne que ha reunido los dos extremos en una sola persona. Es en él donde se encuentra el fundamento del mismo amor al prójimo: “A mí me lo hicisteis”.

¿Qué significa todo esto para el amor de Dios? Que el objeto primario de nuestro eros, de nuestra búsqueda, deseo, atracción, pasión, debe ser Cristo. “Al Salvador se le ha predestinado el amor humano desde el principio, como su modelo y fin, un cofre tan grande y tan amplio que pudiese acoger a Dios […]. El deseo del alma va únicamente hacia Cristo. Aquí está el lugar de su reposo, porque sólo Él es el bien, la verdad, y todo lo que inspira amor”[12]. Esto no significa restringir el horizonte del amor cristiano de Dios a Cristo; significa amar a Dios en la manera en la que Él quiere ser amado. “ya que Él mismo os ama, porque vosotros me amáis” (Jn 16,27). No se trata de un amor mediado, casi por poder, porque quien ama a Jesús “es como si” amase al Padre. No, Jesús es un mediador inmediato; amándolo a Él se ama, ipso facto, también al Padre. “El que me ha visto, ha visto al Padre”, quien me ama a mí, ama al Padre.

Es verdad que tampoco se ve a Cristo, pero está, está resucitado, está a nuestro lado, más de lo que un esposo enamorado está al lado de su esposa. Aquí está el punto crucial: pensar en Cristo no como en una persona del pasado, sino como el Señor resucitado y vivo, con el que puedo hablar, que puedo besar si quiero, convencido de que mi beso no termina en el papel o en la madera de un crucifijo, sino sobre un rostro o unos labios de carne viva (aunque espiritualizada), felices de recibir mi beso.

La belleza y la plenitud de la vida consagrada dependen de la calidad de nuestro amor por Cristo. Sólo éste es capaz de defender de los bandazos del corazón. Jesús es el hombre perfecto; en Él se encuentran, en un grado infinitamente superior, todas esas cualidades y atenciones que un hombre busca en una mujer y una mujer en un hombre. Su amor no nos sustrae necesariamente de la llamada de las criaturas y en particular de la atracción del otro sexo (esta forma parte de nuestra naturaleza, que Él ha creado y que no quiere destruir); pero nos da la fuerza de vencer estas atracciones con una atracción más fuerte. “Casto —escribe san Juan Clímaco— es aquel que expulsa al eros con el Eros[13].

¿Destruye quizás, todo esto, la gratuidad del ágape, pretendiendo dar a Dios algo a cambio de su corazón? ¿Anula la gracia? En absoluto, al contrario la exalta. ¿Qué damos, de hecho, de esta forma a Dios sino lo que hemos recibido de Él? “Nosotros amamos porque Dios nos amó primero” (1 Jn 4, 19). El amor que damos a Cristo es su mismo amor por nosotros que le devolvemos, como hace el eco con la voz.

¿Dónde está entonces la novedad y la belleza de este amor que llamamos eros? El eco devuelve a Dios su mismo amor, pero enriquecido, colorado o perfumado por nuestra libertad. Y es todo lo que Él quiere. Nuestra libertad lo resarce de todo. No solo, sino, cosa inaudita, escribe Cabasilas, “recibiendo de nosotros el don del amor a cambio de todo lo que nos ha dado, se considera deudor nuestro”[14]. La tesis que contrapone eroságape se basa en otra bien conocida contraposición, entre gracia y libertad, es más, en la negación misma de la libertad en el hombre decaído (sobre el “siervo arbitrio”).

Yo he intentado imaginar, Venerables Padres y hermanos, qué diría Jesús resucitado si, como hacía en la vida terrena cuando entraba el sábado en una sinagoga, ahora viniese a sentarse aquí en mi lugar y nos explicase en persona cuál es el amor que él desea de nosotros. Quiero compartir con vosotros, con sencillez, lo que creo que diría; nos servirá para hacer nuestro examen de conciencia sobre el amor:

El amor ardiente:

Es ponerme siempre en el primer lugar.

Es buscar agradarme en todo momento.

Es confrontar tus deseos con mi deseo.

Es vivir ante ti como amigo, confidente, esposo, y ser feliz por ello.

Es estar inquieto si piensas estar un poco lejos de mí.

Es estar lleno de felicidad cuando estoy contigo.

Es estar dispuesto a grandes sacrificios con tal de no perderme.

Es preferir vivir pobre y desconocido conmigo, más que rico y famoso sin mí.

Es hablarme como al amigo más querido en todo momento posible.

Es confiarte a Mí mirando a tu futuro.

Es desear perderte en Mí como meta de tu existencia

Si os parece también a vosotros, como me parece a mí, estar lejísimos de esta visión, no nos desanimemos. Tenemos a uno que puede ayudarnos a alcanzarlo si se lo pedimos. Repitamos con fe al Espíritu Santo: Veni, Sancte Spiritus, repletuorum corda fidelium et tui amoris in eis ignem accende: Ven, Espíritu Santo, llena el corazón de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

 

 

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[1] Edición original sueca, Estocolmo 1930, trad. ital. Eros e agapeLa nozione cristiana dell’amore e le sue trasformazioni, Bolonia, Il Mulino, 1971

[2] Pseudo-Dionisio Areopagita, Los nombres divinos, IV, 12 (PG, 3, 709 ss.)

[3] S. Agustín, Confesiones I, 1.

[4] Comentario al evangelio de Juan, 26, 4-5.

[5] Cf. S. Bernardo, De diligendo Deo, IX, 26 –X, 27.

[6] S. Tomás de Aquino, Comentario a la Carta a los Romanos, cap. V, lec.1, n. 392-293; cf. S. Agustín, Comentario a la Primera Carta de Juan, 9, 9.

[7] K. Barth, Dogmática eclesial, IV, 2, 832-852; trad. ital. K. Barth, Dommatica ecclesiale, antología dirigida por H. Gollwitzer, Bolonia, Il Mulino 1968, pp. 199-225.

[8] El sentido que los primeros cristianos dieron a la palabra eros se deduce claramente del conocido texto de S. Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 7,2: “Mi amor (eros) ha sido crucificado y ya no hay en mí fuego de pasión… no me atraen el alimento de corrupción y los placeres de esta vida”. “Mi eros” no indica aquí a Jesús crucificado, sino “el amor por mí mismo”, el apego a los placeres terrenos, en la línea del paulino “He sido crucificado con Cristo, no soy yo quien vive” (Gal 2, 19 s.).

[9] Cf. G.W.H. Lampe, A Patristic Greek Lexicon, Oxford 1961, pp.550.

[10] Guillermo de St. Thierry, Meditaciones, XII, 29 (SCh 324, p. 210).

[11] Anonimo, La nube della non conoscenza, Ed. Áncora, Milán, 1981, pp. 136.140.

[12] N. Cabasilas, Vida en Cristo, II, 9 (PG 88, 560-561)

[13] S. Juan Clímaco, La escala del paraíso, XV, 98 (PG 88,880).

[14] N. Cabasilas, Vida en Cristo, VI, 4.

 

P. Raniero Cantalamessa

Predicación ante el Papa y la Curia Romana

 

 

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Cómo eliminar el estrés

Publicado por pablofranciscomaurino en febrero 15, 2011

 

El camino más corto y fácil de acabar con nuestro estrés, angustias, ansiedades, depresiones, preocupaciones… y todas las demás neurosis, es olvidarnos de nosotros mismos y concentrar nuestra atención y realizar todos nuestros trabajos por un ideal grande, de servicio a los demás.

¿Y cuáles son los ideales más grandes? Aquellos por los cuales luchó el Hombre perfecto, el Hombre por antonomasia, el paradigma de todo ser humano: Jesucristo.

Hay 3 razones por las cuales vino Cristo al mundo:

  1. para restituir la gloria y honra que le quitamos a Dios–Padre con nuestros pecados,

  2. para tratar de salvar a la mayor cantidad de personas posible y

  3. para lograr la santificación de todos los bautizados (el Reino de Dios).

Esos son sus únicos ideales, sus metas, las causas por las que el luchó: se redujo de Dios a criatura por eso, se dejó matar con una muerte atroz por eso, se quedó en la Eucaristía por eso, fundó la Iglesia por eso…

Si quieres, puedes escoger los mejores ideales: aquellos por los que Él dio su vida.

Concéntrate en ellos: que sean tu único pensamiento; ofrece tu trabajo (el que estás obligado a hacer) y tu descanso por estas intenciones, tus oraciones y penas, tus alegrías y tristezas, tu vida ordinaria o extraordinaria, tus amores…, todo, para que se den en el mundo, cada vez más, los ideales de Jesucristo… Ocúpate únicamente de eso; y despreocúpate de todo lo demás.

Y siéntete feliz cuando puedas ofrecerle padecimientos y desprecios —como Él lo hizo por ti— para que los use con esos tres fines.

Y serás como Jesucristo; te identificarás con Él… Y él sabrá que hay otro Cristo trabajando con Él, por las causas más altas de todas: las mismas de Dios.

Y, por añadidura, se te acabará el estrés.

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