Hacia la unión con Dios

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Jesucristo, ideal del sacerdote*

Publicado por pablofranciscomaurino en Septiembre 4, 2009

PRÓLOGO

Poner en manos de nuestros sacerdotes, y sobre todo de los jóvenes, el precioso librito: Jesucristo ideal del sacerdote, del P. José Frassinetti (1804 – 1868) es dar a conocer la vida ejemplar de un sacerdote humilde y modesto, gran trabajador y luchador, inteligente y eficaz, cuál fue su autor, que comprendió los problemas de su tiempo y contribuyó, con su predicación y sus escritos, a darle una solución adecuada.

Continua seguirá siendo cierto que las palabras mueven, pero los ejemplos conquistan.

Vivimos tiempos difíciles. Es cierto. Pero, ¿cuándo el ministerio sacerdotal y la acción de la Iglesia se han realizado en tiempo fáciles? El sacerdote José Frassinetti vio tiempos similares a los nuestros: bien difíciles, como ahora. Tiempos de cambio, de confusión, de siembra de errores no solamente en el campo de la cultura y de la política, sino también en el ámbito religioso. Pero conoció su tiempo y sus problemas, sus errores y dudas, y sobre todo sus peligros en el ámbito religioso y respondió, como sacerdote, a las responsabilidades de la hora, estudiando, predicando y escribiendo, mientras desarrollaba sus actividades ministeriales permanentemente.

Es interesante hacer notar su certera visión de las necesidades urgentes de su tiempo, a las cuales dedicó sus esfuerzos. Catequesis, pastoral de la juventud, predicación sólida del Evangelio: formación de los sacerdotes para la unidad de conducción pastoral en los problemas de la moral católica.

¿Acaso estos problemas no son ahora también nuestros grandes problemas? Tenía pasta de santo. Por eso está introducida y adelantada su causa de beatificación. Estaba convencido que para ser eficaz en su apostolado, era necesario que él mismo predicara primero, con su ejemplo personal, lo que enseñaba a los demás con su palabra.

Así lo hizo siempre. La verdad es que no hay otro camino. Hombre de oración todo lo esperaba de Dios, trabajando de su parte y escribiendo, como si fuera un sacerdote que modestamente cumple su deber, sin llamar la atención.

Desde muy joven, he sentido admiración por este sacerdote tan humilde y tan eficaz; tan activo y tan estudioso; tan valiente y tan decidido frente al error que siempre combatió, y tan caritativo con los hombres a quienes amó. Siendo joven sacerdote conocí su obra “Compendio de la teología Moral de San Alfonso María de Ligorio”, traducido de la cuarta edición italiana por D. Ramón M. García Abad, en su cuarta edición española, en dos tomos, publicado en 1901. Su prestigio como confesor y director espiritual bien conocido, multiplicó las ediciones de esta su obra en Italia y fuera de ella. Lo que puede un sacerdote, unido a Jesucristo por la Fe, la Esperanza y la Caridad está documentado, una vez más, en este librito. Tengo fe en que su lectura levantará el ánimo de los sacerdotes que desean, que quieren cumplir con sus responsabilidades, en estos momentos en que el Pueblo de Dios necesita encontrar luz y orientación en ellos. Son tiempos difíciles: es cierto, pero son tiempos post-conciliares que han abierto rumbos nuevos. El Concilio ha puesto en manos de todos, al alcance de los pueblos, y en su propia lengua los tesoros de las verdades reveladas siempre vivas y nuevas para transformar nuestras vidas y nuestras actividades en la unidad del Cuerpo Místico. Faltan animadores: sabios y fervorosos sacerdotes que muevan con sus predicaciones y sus escritos y arrastren con sus ejemplos a un mundo que necesita volver a Dios, sin el cual la vida no tiene sentido. La vida del Siervo de Dios José Frassinetti ejercerá influencia eficaz en los sacerdotes que se sienten obligados a la obra postconciliar que recién comienza y que deberá retomar la vida y la actividad cristianas.

B. Aires, 5 de Mayo de 1970

Cardenal A. Caggiano Arzobispo de Buenos Aires

 

JESÚS A SUS SACERDOTES

Sacerdote ministro mío, yo te escogí de entre mi pueblo, para que en mi nombre y con mi autoridad instruyas las almas que redimí con mi Sangre, las sueltes de las ataduras del pecado, ofrezcas para ellas el sacrificio eucarístico, y para que con tus plegarias y tu sagrado ministerio las santifiques colmándolas de los dones celestiales. Tú eres mi representante ante el pueblo cristiano y por ello, en lo posible, has de copiarme imitándome fielmente. Estudia mi vida divina e imítala acabadamente. Esto será suficiente para que seas un buen sacerdote.

 

CAPÍTULO I

VIDA INTERIOR Y EXTERIOR DEL SACERDOTE

SEGÚN JESUCRISTO

 

VIDA INTERIOR

Yo soy el espejo sin mancha y la imagen (substancial) de la bondad divina. (Sb 7, 26). Tú también, en cuanto lo permita la fragilidad humana, has de ser imagen y espejo inmaculado de mi bondad. Evita no solo los pecados graves, sino también las faltas más insignificantes, de forma tal que nunca peques advertidamente. Mucho me desagradan los pecados veniales que a sabiendas y voluntariamente cometen los seglares; mucho más desagradables me resultan cuando son cometidos por mis ministros. Ni te parezca exigencia excesiva la mía, si pretende de ti que no me ofendas ni mucho ni poco. No pretende menos un padre de sus hijos ni un soberano de sus súbditos. Sé entonces espejo sin mancha. A la vez has de ser la imagen de mi bondad. Para ello no es suficiente mantenerse limpio de pecado: es necesario el ornamento de todas las virtudes. No te conformes con evitar lo que me pueda ofender; busca lo que me agrada; en fin, esfuérzate por alcanzar la perfección.

Las Sagradas Escrituras, las enseñanzas y los ejemplos de los santos te recuerdan continuamente que el sacerdote debe aspirar de una manera muy especial a la perfección; que el sacerdote que no se empeña en alcanzar la perfección, corre serio riesgo de perder la gloria eterna. No desmayes entonces: esmérate para ser espejo inmaculado de mi bondad.

 

VIDA EXTERIOR

Mi vida, si bien sumamente perfecta, fue una vida normal y por ello puede ser modelo para todo ser humano. No vivía yo en los desiertos, sino en las ciudades en continuo contacto con los hombres para hacerles bien. Toda vez que así lo requería la gloria de mi Padre celestial y la salud de las almas, gustoso asistía a las fiestas rodeado de mis discípulos: hasta acudí a fiestas de bodas (Mt 9, 10; Jn 2, 2) Normalmente no me imponía largos ayunos: “ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe” (Mt 11, 19), y tampoco se los imponía a mis discípulos (Mt 9, 14) Profundo era mi amor por la pobreza: a pesar de ello consentí que mis discípulos guardaran algún dinero para las necesidades diarias (Jn 4, 8; 12, 6). Tu vida también ha de ser normal, sin extravagancias, para que los fieles no se sientan ofendidos en su debilidad y en sus necesidades acudan a ti con mayor confianza. Otra es la regla que yo impongo a los que yo impongo a vivir apartados del mundo; ellos buscan mi gloria de una manera distinta. Si tú no has recibido esta vocación extraordinaria, sea tu vida perfecta y normal como la mía.

 

CAPÍTULO II

LAS VIRTUDES DEL SACERDOTE SEGÚN JESUCRISTO

 

LA HUMILDAD

 Bien podía yo decir a los judíos: “no busco la gloria mía” (Jn 8, 50) Por lo tanto no busques nunca tu gloria, sino la mía. Toda vez que en tu ministerio buscares tu gloria, usurparás lo que me pertenece y que yo a nadie cedo: “No cederé mi gloria a ningún otro” (Is 42, 8). Si prestas atención, verás que los sacerdotes vanidosos nunca consiguen algo verdaderamente sólido; no quiero valerme de la colaboración de ellos. Los que corren en pos de la gloria, al final padecen confusión pues mi Palabra se cumple: “El que se ensalza será humillado” (Lc 18, 14)

¿Te acuerdas? Al leproso curado ordené que con nadie hiciera mención del milagro (Mt 8, 4) Devolví la vista a los ciegos, mas les impuse que nadie se enterara de ello (Mt 9, 30). Devolví la vida a la niña muerta: exigí con energía que nada se propagara (Mc 5, 43). Vela para que quede escondido cuanto podría redundar honor de tu persona.

Por otro lado no rehúyas de prestar servicios humildes a tu prójimo. En la última cena yo lavé los pies a mis discípulos:”Yo que soy el Señor y el Maestro les he lavado los pies” (Jn 13, 14). A la luz de estos ejemplos: ¿habrá algún acto de caridad que, con fundada razón, estimes comprometedor para tu dignidad? En el ejercicio de tu ministerio sé el siervo de todos; no lo olvides, “yo no vine para ser servido, sino para servir” (Mt 20, 28). Si yo permitiera que el mundo se olvidara de ti y tus superiores estimaren no acudir a tu colaboración en tareas importantes, no te quejes por ello. Recuerda que durante 30 años viví apartado: en ese lapso de tiempo no prediqué, no tuve discípulos, no obré milagros; me conocían por el hijo del carpintero (Mt 13, 55). Sin embargo, en aquel período oscuro mucha fue la gloria que yo tributé a mi Padre celestial. Gloria que tú verás y contemplarás a la luz de la eternidad. Tú también me proporcionarás mucha gloria si aprendes a vivir en humildad y resignado al olvido. Nada necesito: sólo me glorifica aquel que cumple mi voluntad. Cuando la muchedumbre, deslumbrada por mi omnipotencia, “querían apoderarse de mí para hacerme rey, huí a la montaña escondiéndome de ellos” (Jn 6, 15). Yo me ocuparé de glorificarte, porque cuando quiero: “Levanto del polvo al desvalido, alzo al pobre de su miseria” (Sal 112, 7) No te preocupes por alcanzar renombre y honores. Acuérdate de mis Palabras: “aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29) La humildad del corazón es la que debes pedirme constantemente y la que debes alcanzar a toda costa. Toda aparente humildad, cuando no está arraigada en el corazón, no sería más que hipocresía y fina soberbia. Conócete a ti mismo, examina tus debilidades, tus perniciosas inclinaciones, tus pecados. Haz un examen detenido de lo que has hecho mal, pero ten presente que puedes haber hecho otro tanto o quizás más y no te percatas de ello por impedírtelo tu orgullo y que muchísimo más podrías haber hecho de no haber mediado mi divina gracia. Nada tienes que te pertenezca, en lo humano y en lo sobrenatural: nada eres, diría yo, menos que la nada, pues la nada ni peca ni encierra maldad. Domina a la soberbia y sumérgete en las profundidades de la santa humildad conociéndote a ti mismo.

Sólo entonces habrás alcanzado la verdadera humildad, la que se aprende de mí y que es el único sólido cimiento de las demás virtudes.

 

MANSEDUMBRE

Para que aprendieras esta virtud te he dejado ejemplos en abundancia; serás manso si alcanzas la virtud de los humildes de corazón. Mansamente eludí la persecución de Herodes (Mt 2, 14). Cuando los fariseos quisieron prenderme, mansamente me escurrí de sus manos (Mt 12, 15), y otro tanto hice cuando quisieron arrojarme por un despeñadero (Lc 4, 30). Reprendí a mis discípulos cuando querían invocar las llamas del cielo sobre los samaritanos que no me recibieron y los invité a que imitaran mi espíritu de mansedumbre (Lc 9, 55). Me tildaron de poseído y mansamente contesté que no era tal (Jn 8, 49). Cuando quisieron apedrearme, me escondí y abandoné el Templo escapándome del furor de mis enemigos (Jn 8, 59). Toda mi pasión, desde el beso de Judas hasta la muerte en la cruz fue un solo ejemplo de mansedumbre sin interrupción. Aprende de mí esta maravillosa virtud y aún pudiendo vengar las ofensas y humillar a tus enemigos, habla y actúa con mansedumbre de acuerdo a los ejemplos que te he dejado. No olvides lo que fue escrito de mí… “mi bienamado en quien me siento complacido… no porfiará, ni se oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña endeble, ni apagará la llamita titilante” (Mt 12, 18-20). No olvides estas enseñanzas cuando creas ofendido tu amor propio y consideres tu justo derecho a reaccionar en defensa de tu personalidad. Sea constante tu mansedumbre. Se manso con todos; no imites a los que proceden mansamente en las relaciones con los poderosos y los ricos, y se vuelven ásperos con los débiles y los pobres. La sumisión ante los poderosos y adinerados sólo es indigna bajeza, y la altanería con que son tratados los débiles y pobres yo la vengaré pues “rindo justicia al mendigo y defiendo los derechos del pobre” (Sal 139, 13).

 

FORTALEZA

Mas que la mansedumbre no se vuelva en debilidad. Yo soy el Cordero de Dios (Jn.1, 29), pero sé indignarme (Ap 6, 16), y mis ministros que yo envío como corderos (Lc.10, 3) deben, según mis ejemplos, estallar en arrebatos de santa indignación. Has leído que merecieron mi ira los pertinaces y los enceguecidos hipócritas (Mc.3, 5), y los tildé de “raza de víboras” (Mt.12, 24).

Lanzaba yo mi indignación contra los pérfidos hipócritas para contrarrestar el daño que causaban a los simples de corazón. Igualmente debes tú levantar la voz contra los que seducen a las almas y precaver al pueblo cristiano contra las asechanzas. “Cuidaos contra los escribas” (Mc.12, 38), repetía yo a la multitud, sin tomar en cuenta el odio que, cada vez más profundo ellos volcaban contra mi persona. Los malvados seductores esgrimen, en apoyo de su nefasto cometido, mis lecciones de mansedumbre, humildad y caridad, pues no admiten trabas en su obra de destrucción. Aquellas lecciones no son para ellos, y tú no dejes de levantar tu voz contra ellos haciendo caso omiso de sus quejas y de sus enojos: usa la espada de la Palabra divina y subyuga a mis enemigos. Mucho daño ha causado al pueblo cristiano la falsa mansedumbre de mis sacerdotes, permitiendo que deplorables errores pongan raíces, broten y se multipliquen en el seno de la Iglesia. Este tipo de timidez adormece a los vigías del campo y envalentona al enemigo para sembrar cizaña.

 

PRUDENCIA

Con mis ejemplos te he enseñado como no tenía miedo a los seductores de las almas; por ello no has de descuidar las lecciones de prudencia que te he dado. Cuando el bien de las almas así lo exija no titubees en obrar virilmente: pero, si el enfrentamiento es evitable, no arriesgues inútilmente. Cuando los judíos me buscaban para darme muerte, yo los eludía, pues no había llegado aún mi hora (Jn 7, 1). Sé precavido. Yo dije “sean simples como palomas y prudentes como las serpientes” (Mt 10, 16). Opina bien de todos, si ello no involucra daño alguno para ti o para terceros: sé simple como la paloma. Por el contrario, si vislumbras algún perjuicio, ponte en guardia: sé prudente como la serpiente. Los perversos quisieran que todos mis ministros no fueran más que palomas para dominarlos a su antojo; mas yo quiero que sean serpientes precavidas, conocedoras de las mañas de los enemigos. Cuida tu conciencia y las almas que yo te confío: no las entregues desaprensivamente a cualquiera. Tu sencillez sea cauta, sabia e iluminada y evitarás que de ella haga estrago la maldad de los enemigos.

 

OBEDIENCIA

Dijo el apóstol que yo fui “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8).

Acaté la voluntad de mi Padre y también fui sumiso a José y a María (Lc 2, 51) Esta virtud te hará vencedor de tus enemigos (Pr 21, 28). Acata las órdenes de tu obispo: él es mi representante y a él has prometido obediencia. Nada hagas, ni aún lo que te pareciere bueno, contrariando sus directivas; no te ciñas a cumplir solamente las órdenes que recibes de él: sé también cabal intérprete y fiel ejecutor de sus consejos. Sé sumiso por espíritu de obediencia y no por humanos e intrascendentes intereses. Yo, que soy fiel y todo lo puedo, premiaré tu obediencia material y espiritualmente.

 

CASTIDAD

Milagro único a través de los siglos, yo he nacido de Madre Virgen. No lo olvides: permití que mis enemigos me calumniasen, pero nunca de sensualidad. Claro está que mi pureza superaba infinitamente la de los ángeles. Esta es la virtud que has de poseer en grado sumo; como si hubiera dicho especialmente para mis ministros “serán como los ángeles del Señor” Eso has de ser: ángel sobre la tierra: en las miradas, en los actos, en las palabras y en los pensamientos. Si tú lo quieres lo conseguirás: mi gracia no te faltará. Si no quieres ser ángel, serás diablo. Esto es lo que generalmente ocurre a todos los cristianos, pero muy especialmente a mis sacerdotes. El vicio que se opone a esta virtud es, para el hombre, el más natural y el que con mayor sutileza se adentra en su corazón para dominarlo. Por lo general en mis ministros se insinúa como inocente apreciación de la belleza; a veces se encubre bajo las apariencias de caridad y compasión por los seres afligidos o bajo el velamen de la devoción que cultivan ellos. Mas cuando ese vicio se ha adueñado del corazón, sin que ellos se percaten, mis ministros se sienten arrebatados por una euforia que produce dulce ilusión, y una y otra aumentan día tras día. Bien podrían a esta altura darse cuenta, mis sacerdotes, que ese afecto ha dejado de ser puro, pero euforia e ilusión le restan toda fuerza de reacción y acaban de compadecerse de su propia debilidad, y ya no hay temor que los detenga. Pecado mortal, sacrilegio, peligro de condena eterna, ya han perdido el tremendo significado que encierran. El vicio de la impureza, gravísimo de por sí, lo es más aún en mis sacerdotes porque en ellos involucra, a la vez, profanación de mi Cuerpo y de mi Sangre y de todas las almas que yo les he confiado. Acuérdate, sacerdote, que sólo con mi auxilio evitarás las ocasiones y mantendrás un corazón puro e inconmovible entre los embates del placer.

 

MORTIFICACIÓN

Desde Belén hasta el Gólgota, mi vida fue un ininterrumpido ejercicio de mortificación. Tu vida también, a pesar de la humana flaqueza, debe ser sacrificada. Debe manifestarse hasta en las habitaciones privadas en las cuales evitarás toda decoración superflua. Sea tu mesa sobria y moderada, rehuyendo de los alimentos refinados. Sea tu vestimenta prolija, más no lujosa y siempre de acuerdo con lo que al respecto disponen las autoridades eclesiásticas. Sean tus descansos medidos y sosegados, y al solo objeto de reponer energías evitando dedicarles más tiempo de lo necesario. El eclesiástico activo y diligente no dispone de mucho tiempo para el recreo y además preferirá destinar el dinero de que dispone en obras de bien moral y material. Mortifica también tu curiosidad: no malgastes tus horas en conocer cosas que no hagan a tu ministerio y al bien de las almas. Finalmente, evita todo lo que de una u otra manera ponga en riesgo tu castidad: la mortificación es la defensa más segura para mantener esta inapreciable virtud.

 

DESAPEGO DE LOS BIENES TERRENALES

He nacido en un pesebre y muy pobres fueron los pañales que me abrigaron recién nacido; exilado y entre privaciones pasé mi infancia; la pobreza fue la compañera de toda mi vida al punto que, con fundamento, puedo decir: “los zorros tienen su cueva y su nido las aves, más el Hijo del hombre no tiene ni siquiera una piedra en la cual recostar su cabeza” (Mt 8, 20) No tuve en cuenta los bienes terrenales y al mismo desapego eduqué a mis íntimos. Dirás que disponer de dinero y de medios materiales es útil para alcanzar más y mejores resultados en el bien; te diré que no hay argumentos valederos contra la sabiduría de mis ejemplos. Los santos que mejor copiaron mi vida fueron o se volvieron pobres; cuanto más se distinguieron en la pobreza, más brillantes y duraderas fueron las obras con que glorificaron mi nombre. Yo soy Aquel que todo lo hice de la nada: esta es la regla de la cual no me aparto en la realización de mis obras. Ama la pobreza: acepta pérdidas y sufrimientos. Lo necesario nunca te faltará: más confiarás tú en mí y más generoso seré yo contigo. Descalzos y sin provisiones enviaba yo mis discípulos y sin embargo nunca padecieron necesidad. (Lc 22, 35-36)

Lo que acabo de decirte no implica que no debas vivir del fruto de tu ministerio: es justo que sea así. Empero, no hagas nada con el propósito de recibir retribuciones materiales. El objeto de tu apostolado es exclusivamente el de glorificarme. Acepta la retribución que se te ofrezca, más no la exijas: sólo podrías echar a perder el resultado de tu obra. No pretendas atesorar durante tu vida con la intención de destinar tus bienes a la realización de obras piadosas después de tu muerte. Destina al servicio de mi causa lo que posees mientras vivas: no demores. Es bueno que alivies las necesidades de tus parientes pobres, cuida empero, de hacerlo con mensura. Trabaja en mi viña con desinterés: eres sacerdote y no dés motivo para que te digan que eres comerciante. No lo olvides: yo que todo lo podía, dejé que mi madre María y el custodio de mi vida, José, se sustentaran con el trabajo de sus propias manos.

 

CARIDAD

“Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12) ¡Y cuanto amé a las almas! Por ellas entregué mi vida divina. “Yo soy el buen Pastor: el buen Pastor entrega su vida por las ovejas” (Jn 10, 11) Por la salvación de las almas dalo todo: hasta la vida. Ten compasión de las almas que se hallan abandonadas y expuestas a los embates del enemigo. De mí se ha escrito: “Al ver la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Pero has de compadecerte de ellas eficazmente. El sacerdote que me ama se preocupa por todas las almas. Te he dejado ejemplos de cómo también las necesidades materiales de mis creaturas merecieron especial atención de mi parte. No había distingo en mi llamado cuando exclamaba: “venid a mí los que andáis agobiados y oprimidos y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Todo mi Evangelio atestigua que yo nunca me negué a aliviar las necesidades, aún las de carácter material. Me causaba pena la muchedumbre hambrienta: “Me da pena esta multitud” (Mc 8, 2) y satisfice aquella necesidad con uno de los milagros más clamorosos. Me llegué a la casa del centurión para sanar al criado enfermo: “Yo mismo iré a curarlo” (Mt 8, 7). Sin demora seguí al apenado padre que me pedía que le devolviese la hija que acababa de morir: “…Jesús se levantó y lo siguió” (Mt 9, 19). Me mostré inconmovible en el episodio de la Cananea, mas yo sólo pretendía acrecentar su fe: “¡Mujer, que grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (Mt 15, 28). Apiádate, pues, de todas las necesidades de tu prójimo y provee lo mejor que puedas. El pobre, el desvalido y el enfermo han de hallar en ti al padre tierno que comparte entrañablemente las penas de sus hijos y las alivia sin demora. No se endurezca tu corazón por la rutina de ser habitual espectador de tantas miserias.

Sé sensible y no permitas que se apague en ti la llama de la caridad. Hasta en los momentos en que tú mismo sientes necesidad de ser consolado, no dejes de consolar a los afligidos que acuden a ti. Camino al Calvario di ánimo a las mujeres que lloraban (Lc 23, 28). Desde la cruz dirigí palabras consoladoras a mi Madre y al discípulo predilecto (Jn 19,26). No te enfrasques en litigios mundanos, llevado por una caridad mal entendida. A los dos hermanos que quisieron conocer mi opinión sobre la partición de bienes les impartí una lección sobre la avaricia. Procede tú del mismo modo cuando seas llamado a ocuparte de cuestiones y negocios humanos.

 

ACATAMIENTO A LA VOLUNTAD DE DIOS

A mi persona se referían aquellas palabras: “En el libro de la ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón” (Sl. 39,9). Sea este el programa de tu vida: dar cumplimiento acabado a mi voluntad: es lo que debes hacer si quieres controlar todos tus afectos. Dije yo: “No busco mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado”(Jn 5,30); “mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me envió” (Jn.4, 34); más aún “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el Cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt.12,50). Cuando en el huerto Pedro quiso defenderme de los enemigos, yo contuve su vehemencia diciéndole que “es necesario que yo beba el cáliz que me ha dado el Padre” (Jn 18, 11), y es sabido cuán amargo era aquel cáliz. El programa de mi vida fue hacer la voluntad del Padre; sea tu programa el acatamiento y cumplimiento de mi voluntad siempre: en la buena y en la mala y cualesquiera sean los acontecimientos que sobrecogen al mundo. Mi voluntad es infinitamente buena, dulce agradable: todo lo bueno lo hallarás en ella. En su órbita ha de moverse tu vida, en lo espiritual y en lo material. Conforme a mi voluntad serán las aspiraciones de tu corazón, los frutos del trabajo sacerdotal, el volumen de gracia en la tierra y de gloria en el cielo. Lo que yo mando y dispongo configura un orden admirable: todo se desarrolla de acuerdo con mi voluntad, y serena felicidad. Si llegas a ser un enamorado de mi voluntad, todo lo que habitualmente te causa repugnancia y sufrimiento moral, dolencias físicas, carencia de recursos temporales, lo aceptaras con ánimo alegre y alcanzarás la perfecta adhesión a mis divinos quereres. Hay momentos en los cuales el poder de las tinieblas parece doblegar a mis secuaces; cuando la inocencia es considerada delito y la iniquidad título de honor. Más esto no es novedoso. En los momentos cruciales de mi pasión exclamé: “Esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

En aquellos trances un ángel me brindó consuelo, y tú también hallarás alivio en la oración. Yo padecí momentos de temor (Mc 14, 33), tú también lo tendrás: no temas, igual que a los mártires te será proporcionado el vigor que te hiciere falta. Hallándome abandonado y escarnecido opté por callar con dignidad o contestar con palabras claras y terminantes. Que conozcan los enemigos la serena altivez de que hacen gala mis elegidos en los momentos de dolor. Yo me abandoné en las manos de mi Padre (Lc 23, 46): haz otro tanto, confía en mí. Nada podrían haberme hecho sin mi permiso y nada podrían contra ti. De haberlo querido “más de doce legiones de ángeles habría enviado el Padre celestial en mi auxilio” (Mt 26, 53); si yo quiero, esas mismas legiones acudirán en tu defensa. Tú no te perteneces, eres mío; confía en mí que no he de fallarte.

 

LA ORACIÓN

“Mi nombre es Emmanuel, eso es, Dios con nosotros” (Mt 1, 23). Acuérdate de mi presencia, pues yo soy Dios que permanece siempre en ti. Nada hallarás dentro de ti ni derredor tuyo tan íntimo como mi presencia. Sea tu corazón el tabernáculo viviente de mi infinita majestad. Ora como yo te he enseñado y cuando lo haces públicamente hazlo en la forma que prescribe la Iglesia. Pide todo lo bueno que deseas, pero en definitiva que todo se resuelva y se te dé según mi voluntad. Sé constante en tu oración, ¿recuerdas? “…oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras” (Mt 26, 44): conviene insistir y cada vez con mayor afecto y confianza. A hora temprana me apartaba para orar; bueno será que así lo hagas tú también, y ello te ayudará a evitar las distracciones y a dedicarte a la meditación, importantísima forma de oración, que te otorgará fuerza y no te dejará envuelto por la fascinación de las vanidades del mundo actual, y en ella hallarás el equilibrio tan necesario para apreciar adecuadamente los bienes celestiales. Durante la meditación estaré siempre cerca de tuyo; se avivará en tu corazón el fuego de la caridad y tu espíritu se fusionará con el mío. Tu oración se elevará hacia mi trono cual perfumado incienso. Si deseas sólo lo que yo deseo, obtendrás lo que pides. La oración y el sacrificio asegurarán resultados firmes y saludables a tu ministerio. Bríndale a tu espíritu, de tanto en tanto, un período de recogimiento; de ello se beneficiarán las almas que Dios te ha confiado y mayor será la gloria que tributarás a tu Creador.

A veces ocurre que uno se dedica tanto al bien de otros que descuida alimentar su espíritu. Es conveniente que mi ministro olvide por un tiempo a su prójimo y descanse en mi presencia, ocupándose de sí mismo: así le exigía yo a mis apóstoles al regreso de sus tareas misioneras (Mc 6, 30). Finalmente, no olvides que la oración te ayudará a alcanzar y mantener todas las demás virtudes.

 

LA SANTA MISA

El sacrificio de mi Cuerpo y de mi Sangre ora, satisface, alaba, da gracias con infinita eficacia. La Misa es la oración por excelencia: la mayor de mis obras que refleja acabadamente mi divino poder y la misma se cumple, sacerdote, por tu ministerio. Quise ofrecer el primer sacrificio “en un cenáculo amplio y suntuosamente decorado” (Mc 14, 15). Así será tu corazón cuando celebras la Misa: amplio por la confianza en mi divina bondad, de suerte que esperes, para ti y todos los demás, el don de las gracias más apreciables. Te acercarás al altar con deseo incontenible, haciendo tuyas las palabras: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes…” (Lc 22, 15); deseoso que la santa Misa resulte para ti, para la Iglesia, para los fieles, el maná que satisface con creces todas las necesidades. Hállese tu corazón convenientemente decorado, durante la celebración, para que yo pueda, en tu compañía y en esplendor de caridad, consumar la Cena divina. Aunque tuvieras que celebrar una sola Misa en tu vida tú tendrías que aspirar a la mayor santidad y adornar tu corazón con las más grandes virtudes; pero piensa que celebras todos los días. Vela que igualmente dispuestos y preparados se encuentren los corazones de los cristianos que comparten mi Mesa; también para ellos yo soy el Pan de cada día. Deja abierto de par en par mi cenáculo para las almas que aborrecen el pecado. No me molesta estar con ellas. No repares en defectos nimios o imperfecciones de los que se acercan a mí: tú los tienes, quizás mayores, y sin embargo permito que ofrezcas el sacrificio todos los días. ¿Serán estos defectos o imperfecciones menos censurables en ti porque eres sacerdote?

 

CAPÍTULO III

CELO DEL SACERDOTE

 

CELO POR EL RESPETO Y EL DECORO DE LAS IGLESIAS

Decía el salmista (Sal 68, 10): “el celo de tu casa me devora”. De aquel celo yo te he proporcionado repetidas muestras. Con insólita indignación arrojé los profanadores del templo y exigí perentoriamente que fuese retirado del templo todo lo que no condecía con el lugar santo. No toleres que mi casa, en la cual estoy presente en la Eucaristía, sea profanada. En algunos casos, mis sacerdotes excesivamente tímidos, no se oponen con vigor a las profanaciones; en otros, resultan negligentes en el cuidado de los elementos destinados al culto. Si obrasen con mayor decisión y sin falsa mansedumbre, muchos irrespetuosos quedarían fuera de los templos y yo no recibiría tantas ofensas. Y si obraran con mayor diligencia, brillaría el aseo y la limpieza en los altares y en los ornamentos. De seguro que no permitirían en sus habitaciones y en su mesa vajilla y mantelería raída. No se impute el desorden, el desaseo y el descuido a pobreza o falta de medios; a los sacerdotes que sienten celo por el brillo de mi casa no les hago faltar lo necesario. Esmérate, sacerdote, en la imitación de mi celo: evita toda profanación de mi casa y cuida en ella el orden y el decoro: así proceden los que creen que yo habito en el templo, día y noche, realmente presente en la Eucaristía.

 

LA PREDICACIÓN CON EL EJEMPLO

Tu celo ha de manifestarse con mayor ahínco en la salvación de las almas y especialmente con la predicación de la Palabra divina. He aquí los ejemplos que te he dejado para tu enseñanza. En primer lugar ten presente que “las turbas se admiraban por mi doctrina, porque yo les enseñaba con autoridad” (Mt 7, 29). Autoridad que me era propia no sólo por el hecho de ser yo maestro divino, sino también porque mis palabras eran respaldadas por mis ejemplos: todos sabían que ponía en práctica lo que pregonaba. De mí se dijo: “comencé por hacer y luego prediqué” (Hch 1, 1). Tú también tienes autoridad para anunciar la Palabra divina; autoridad que es propia del carácter sagrado y que obra eficazmente en los corazones de los hombres.

Pero esa autoridad por sí sola no hace fructífera la predicación, que debe ser acompañada por una vida ejemplar. El Pueblo de Dios juzgará bien de ti cuando se convenza de que predicas lo que prácticas. Si lo que enseñas no está avalado por una actuación ejemplar, los fieles dudarán de la sinceridad de tus palabras y te tildarán de hipócrita. Resulta deplorable la predicación cuando el sacerdote soberbio pregona la humildad, el avaro la generosidad y el sensual la continencia. Le pregunto yo a mi sacerdote: “¿Por qué te atreves a anunciar mis mandamientos y a pregonar mi alianza?” (Sal 49, 16).

 

PREDICACIÓN ATRAYENTE

Todos me ensalzaban, pues mis palabras estaban repletas de gracia: (Lc 4, 22) mis palabras concitaban con suavidad la atención del pueblo. Sean tus palabras afectuosas y consoladoras: los fieles te escucharán con gusto y sacarán provecho de tu predicación. No me agradan los ministros que truenan de continuo contra los pecadores y reparten el sabroso pan de mi Palabra con un dejo de acritud. Habla como lo hacen un padre, un hermano, un amigo: tus palabras rebosarán de gracia y hallarán oídos atentos y voluntades dispuestas.

 

PREDICACIÓN FERVIENTE

Mi predicación era a la vez convincente y sencilla: puedes comprobarlo leyendo el Evangelio. Todos entendían mis palabras, hasta los más incultos. Las turbas me seguían para escucharme y sacaban provecho de mis sermones. A menudo resulta tortuosa y no muy clara la predicación de algunos sacerdotes que la vanidad arrastra a una oratoria hueca e inútil: parecerían perseguir un fácil halago antes que esforzarse por calar hondo en el corazón de los hombres. No existe una predicación barata y otra de lujo, una de alto vuelo y una plebeya. Mi Palabra es una sola y posee todos los atributos para saciar el hambre de todas las almas, sea que pertenezcan ellas a encumbrados y cultos o a plebeyos e ignorantes. El hambre de la verdad aguijonea a todas las almas por igual, sin distinción de clase, región o cultura.

 

PREDICACIÓN SABIA

Si recomiendo sencillez en la predicación, no por esto apruebo la dejadez y negligencia de los sacerdotes que no se preparan como es debido para anunciar mis palabras y llenan los oídos de los fieles con sermones fríos, huecos y desabridos.

Los que me escuchaban admirados, preguntaban: “¿de dónde le viene a este tanta sabiduría?” (Mt 13, 54). Tu predicación debe ser sencilla y a la vez sabia, sólida, substancial y provechosa para el espíritu. Por ello, antes de predicar, medita bien lo que vas a anunciar, fundamenta tu exposición con argumentos sólidos y valederos aptos para sacudir las voluntades y convencer las inteligencias. No te diriges a mi grey para dilucidar un pleito humano: de tu boca quedan pendientes las almas que yo rescaté con mi Sangre. Una preparación concienzuda evitará que tu predicación se pierda en expresiones vulgares, en sentimientos fáciles o en argumentaciones de dudoso contenido. Mientras tú hablas yo te escucho, y tendrás que rendir cuenta del trato poco respetuoso, negligente unas veces, ridículo otras, que has dispensado al sagrado ministerio de la Palabra.

 

CÓMO CONQUISTAR A LOS PECADORES

Dije a mis discípulos que serían “pescadores de hombres” (Mt 1, 17). Los pescadores habitualmente, se sirven de la red o del anzuelo para obtener buenos resultados en su faena. Mis ministros pescan con la red cuando anuncian la Palabra de Dios a los fieles reunidos y atraen a más pecadores; se valen del anzuelo, cuando privadamente alientan al pecador para que haga retorno a la casa del Padre. Durante mi vida terrenal yo usé red y anzuelo para conquistar a los pecadores. De ello encontrarás muchos ejemplos en las páginas del Evangelio. Públicamente prediqué a multitudes y también en privado atendí a la conversión de los pecadores. No desperdicié ocasión alguna para traerlos al bien. Pedían algún bien terrenal y yo aprovechaba el momento para insuflarles la gracia del espíritu. El paralítico se acercó para que yo le devolviese el uso de sus miembros: aproveché para instarlo a dejar el pecado. Lo dejé sano de cuerpo y alma. (Mt.9, 2) Cuando acude a ti el pecador en busca de algún servicio, sugiérele que retome la buena senda. Si los pecadores no se me acercaban, yo iba en busca de ellos en cualquier lugar que fuere. Las habladurías de los malvados me tenían sin cuidado. Recuerda las calumnias de que me hicieron objeto: “he aquí el comilón y bebedor, amigo de los publicanos y pecadores” (Mt 11, 19). Sin ser invitado alguna vez acudí espontáneamente a la casa de los pecadores; así lo hice con Zaqueo a quien dije: “Hoy he de quedarme contigo en tu casa” (Lc 19, 5) Haz que los pecadores entiendan cual es el móvil que te guía en quedarte con ellos: por supuesto que no la aprobación de sus extravíos sino el deseo de devolverlos al recto camino. Ni el cansancio me detenía en la búsqueda de los pecadores.

Cansado me senté junto al pozo de Sicar, y allí convertí a la mujer samaritana que había ido por agua natural, y yo le desperté el deseo de los manantiales eternos. Aún cansado, atesora toda ocasión para santificar las almas; ese es el entrañable deseo de mi corazón.

 

PRONTITUD EN ATENDER A LOS PECADORES

Los pecadores acudían a mí en cualquier circunstancia aún no del todo oportuna. Me hallaba de reunión cuando se presentó la Magdalena: no sólo la atendí, sino que la defendí ante Simón que la miraba de reojo por ser mujer de mala fama. No obligues a los pecadores a idas y venidas: atiéndelos en cualquier momento se te presenten y aprovecha la ocasión para reconciliarlos conmigo. Algunos sacerdotes se fastidian si se los llama al confesionario en hora incómoda para ellos y no titubean en postergar la recepción de la confesión y otras veces niegan la absolución no habiendo ello motivo suficiente. Al parecer estos ministros míos no tienen la menor idea de lo grave y penoso que resulta para el pecador ver postergado su reintegro a la gracia y amistad con Dios. Apenas el ladrón dio señales de arrepentimiento, lo perdoné y le prometí la vida eterna: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43), sin embargo hasta momentos antes había volcado blasfemias e injurias sobre mi divina persona. No seas frío e insensible con los pecadores que en algún momento te hayan hecho objeto de ofensas: atiéndelos con el trato que se dispensa al mejor de los amigos. Así lo exigen tu ministerio y mis enseñanzas.

 

DULZURA CON LOS PECADORES

Muy especialmente te recomiendo que recibas a los pecadores con caridad y amabilidad, para que no se asusten y se alejen de ti, que eres el médico de sus almas. Amables fueron mis modales con Zaqueo, la Magdalena, la Samaritana y la mujer de mala fama encontrada en flagrante adulterio. Temía esta ser apedreada; yo confundí el falso celo de los que la acusaban y los obligué a marcharse en silencio. A ella le pregunté si alguien la había condenado, me contestó que no y agregué yo: “Tampoco yo he de condenarte, vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8, 11). Tú también eres pecador y falta te hace mi misericordia; pero mi promesa queda en pié, y tú recibirás el trato que hayas dispensado a tus hermanos (Lc 6, 38).

 

CONDESCENDENCIA CON LAS ALMAS DÉBILES

Yo enseñaba la perfección, ello no obstante, perdonaba las imperfecciones y debilidades de los hombres. Así procedí con Nicodemo, gran amigo mío, pero temeroso de las reacciones de mis enemigos. Le agradaba mi compañía, mas me visitaba en horas de la noche. Temía ser considerado discípulo mío. Debilidad humana que yo supe disimular; no lo rechacé, al contrario: quise granjearme su afecto. En su momento, ya fortalecido en mi amor y mi amistad, me defendió ante los fariseos; después de mi muerte embalsamó mi cuerpo y más tarde padeció persecución por mi nombre (Jn 19, 39). La condescendencia te cautivará paulatinamente el corazón de los hombres. Muchos hay, aún hoy, que se avergüenzan de mí y temen la decisión de mis enemigos. Por ello, no los obligues a actos de religión que, aún siendo laudables, no son absolutamente necesarios. Quieren seguirme, pero con cierto recelo y, con tino, conviene exigirles sólo lo que es necesario. Paulatinamente se animarán y dejarán de lado el respeto humano que los entorpece. Sé extremadamente caritativo con los pecadores que se acercan al confesionario; por graves que sean las culpas trata a los pecadores de acuerdo a lo que necesitan y no según sus merecimientos. Cuanto más profundo es el abismo en que ha caído el pecador, tanto más comprensivo debe ser el sacerdote que recibe la confesión de sus pecados.

 

CUIDADO DE LAS ALMAS PIADOSAS Y DE LOS NIÑOS

Tú eres, sacerdote, el cuidador de la viña que yo he regado con mi sangre y de la cual forman parte todas las almas cristianas. Primeramente cuida a los niños, tiernas flores que necesitan más que ninguno de tu dedicación y celo. Me encantaba estar con ellos. A los discípulos que querían alejar de mí a los niños por temor que me causasen molestias, decía: “Dejad a los niños, no le impidáis que se acerquen a mí” (Mt 14, 19). Los acariciaba y bendecía. Instrúyelos con paciencia. Que sepan cuanto yo los amo y como quiero llenarlos de dones en esta y en la otra vida. Que me amen con toda la fuerza de su tierno corazón y aborrezcan con toda la fuerza de su voluntad el pecado. Despierta en ellos el amor a Dios: que sean para mí los primeros sentimientos de esos tiernos corazones y, no lo olvides, el amor hacia mí los ayudará a conservar la inocencia bautismal. Procura que en la formación de los niños sean los primeros y mejores colaboradores tuyos, los mismos padres; a ellos, en primer término, corresponde cumplir con todos los deberes hacia sus hijos y cuando ello, por cualquier motivo no sea posible, encomienda la educación de esos párvulos al buen corazón y a la iluminada inteligencia de las almas piadosas. Después de los niños, encomiendo a tu especial cuidado las almas que son deseosas de la cristiana perfección.

A mis discípulos, que más cerca mío estaban, hablaba de las verdades arcanas: “a vosotros se os concede la gracia de conocer los misterios del reino de los cielos” (Mt 13,11). Corregía en ellos hasta los defectos más insignificantes, fruto a veces de apego que sentían hacia mi persona. Así lo hice cuando discutían “cuál de ellos fuese el mayor” y cuando querían que “a los que no pertenecían al grupo se les prohibiese arrojar los espíritus malos” (Lc 22, 24; Mt 9, 37). En el sermón de la última cena, los fui preparando para mi partida de este mundo: los iluminé, los animé y quise que estuvieran listos para enfrentar los acontecimientos inmediatos y futuros (Jn 14). No descuidé la especial dedicación a las mujeres que creían en mí, dispuestas a seguir mis enseñanzas hasta la perfección. Permití que en mis andanzas evangélicas me siguiesen algunas mujeres que yo había librado del espíritu maligno o a las cuales yo había devuelto la salud del cuerpo. Estuvieron a mi lado camino al Calvario junto a mi Madre. Dedícate pues con especial esmero a cultivar las almas piadosas. Es justo que dispenses amor más profundo a las almas que más profundamente me aman. El corazón de las almas piadosas es el terreno mejor preparado para que tus desvelos sacerdotales rindan buenos y cuantioso frutos. Dales ánimo e insufla confianza en aquellas que quieren permanecer castas: ayúdalas a perseverar en ese estado; si lo consiguen se enriquecerán todas las demás virtudes. Instalas a acercarse todos los días al banquete eucarístico: allí encontrarán la fuerza que las hará invencibles.

 

LOS JÓVENES QUE ASPIRAN AL SACERDOCIO

Especialísimo ha de ser el cuidado que dedicas a los jóvenes que sienten inclinación al estado sacerdotal. Ellos deben ser perfectos para sí y para el pueblo cristiano al cual deberán enseñar y trazar el camino hacia Dios. Cuidados muy especiales dediqué yo a mis discípulos para que fuesen buenos ministros. Los mantuve constantemente a mi lado para que nada se les escapara, de mis enseñanzas, vieran de cerca mis milagros y aprendiesen todas las virtudes apostólicas. Si se te acercaran jóvenes que quieren ser sacerdotes, cuida de su espíritu, enséñales como vivir desapegados del mundo, incúlcales el deseo santidad y el propósito firme de colaborar en la santificación de los demás. Para que sean ángeles sobre la tierra, condúcelos diariamente a comer el Pan de los ángeles que los irá formando y fortaleciendo para que, llegado el momento, asciendan al Altar del Señor. Grave es la responsabilidad de los que se dedican a la formación de mis ministros.

 

SABIDURÍA ESPIRITUAL

Ten presente que para la formación de las almas piadosas, de cualquiera condición ellas sean, has de poseer profundos conocimientos de la vida espiritual: de no ser así tu guía será traba y no auxilio. Para este importantísimo cometido es preciso que estudies lo que al respecto han enseñado los maestros de vida espiritual y entre ellos los santos que junto con la sabiduría poseían el conocimiento cabal de los recónditos caminos que llevan a la santidad. Ora y estudia: si tú haces lo que debes no te faltará mi auxilio. Siempre quise que en mi Iglesia hubiese abundancia de almas privilegiadas, de espíritus superiores. No importa saber donde están y cuántos son: lo importante es que los haya y que mis ministros están capacitados para guiarlos por los sublimes caminos del Cielo. Duele decirlo: mucha es la ignorancia de la vida espiritual entre mis ministros y por no entenderla no la valoran como es debido. Estudia, entonces, y serás guía esclarecida y luminosa para las almas que quieren correr en pos de la perfección.

 

LAS MUJERES Y SU FORMACIÓN ESPIRITUAL

En este terreno has de moverte con extrema cautela, de esta depende la salvación de tu alma y de las almas que te confío. Sea tu mayor cuidado valorar en las mujeres exclusivamente el alma que yo he redimido para conducirla a la gloria. Vela para que tu corazón no quede turbado por efectos que no sean espirituales y por más piadosas que ellas sean, no hallen en ti motivo de una mal entendida liberalidad. Vean todos que en el trato con las mujeres, tus modales, sin ser groseros, son serenamente serios. Permití a mis enemigos que me calumniasen a su antojo, más ni una sola palabra irrespetuosa pronunciaron que ofendiera mi pureza: claro está que no les di motivo. Sin embargo yo sané a las mujeres de sus enfermedades físicas y morales, permití que me siguiesen durante mi predicación y era fácil comprender cuanto yo valoraba el favor de su piedad (Lc 8, 2-3). Quedó consignado en el Evangelio que yo… amaba a Marta y María… La mujer ha de encontrar en el sacerdote el padre que la consuele, el maestro que la instruya, el guía que la acompañe, el pastor que la apaciente. ¿Podrá censurarse esta mi divina enseñanza? Si a pesar de toda la prudencia y de una conducta irreprochable, hallares quien te critique o injurie, no te preocupes, yo soy tu juez.

 

LOS COLABORADORES EN EL MINISTERIO

En el cumplimiento de la misión que me encomendó el Padre, quise tener colaboradores: “escogió a doce para tenerlos en su compañía y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). “Señaló el Señor otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de si” (Lc 10, 1)… En esto también has de imitarme en cuanto lo permita tu estado de sacerdote. Esta imitación yo espero especialmente de los Obispos que deben elegir dignos ministros capacitados para colaborar con ellos en el cuidado de la grey para que todas mis ovejas tengan cabida en los celestiales rebaños. Jóvenes hay que dan muestra de vocación eclesiástica, convendrá que tú los ayudes a alcanzar lo que desean aconsejando a los padres para que no sólo no pongan trabas sino que alienten en sus hijos tan admirable vocación. Ello requerirá de ti sacrificios y más horas de trabajo, no importa: maravilloso galardón será para ti haber abierto la puerta del sacerdocio a nuevos ministros. Aprovecha también la colaboración de tus colegas sacerdotes: con finos tratos y amistosas recomendaciones conseguirás que otros ministros hagan rendir buenos frutos a los talentos que yo les he dado: esto también lo exige la salvación de las almas. De mucho provecho para el apostolado serán las reuniones periódicas entre sacerdotes y la comunicación de santas iniciativas redundará, sin duda, en bien de la grey y de sus pastores. Útiles también te serán en el apostolado los laicos: guíalos con prudencia y firmeza, dales ánimo en los momentos difíciles y tu ministerio contará con eficaces colaboradores.

 

LA BUENA PRENSA

Otro elemento que actualmente no ha de descuidarse para que la obra del sacerdote alcance más y mejores frutos es la prensa. Libros, periódicos, folletos, revistas son inapreciables colaboradores en el ministerio cuando son vehículos de mis enseñanzas. Menester es acudir a los servicios de todos los medios de difusión para contrarrestar, en lo posible, los estragos que entre las almas causan las impresiones inmorales y enemigas de la Verdad. Que lleguen mis enseñanzas a todos los hogares, a los talleres, a los rincones más apartados; urge que con vigor sea combatido el error para poder salvar a los que caen en el. Mis enemigos no reparan en sacrificios y gastos para seducir a las almas y alejarlas de mí. Que hagan lo mismo mis ministros con celo y dedicación y los resultados positivos no faltarán.

 

TRATO UNIFORME CON EL PRÓJIMO

En el cuidado de las almas procura dispensar a todos el mismo trato amable y bondadoso: no establezcas diferencias entre las personas. De mí dijeron los fariseos: “Tu no reparas en nadie” (Mt 22, 16), dando testimonio de mi imparcialidad en el trato con las personas, fueran ellas encumbradas o plebeyas. Se lee en Isaías: “Ungido por el Señor, fui enviado a evangelizar a los pobres” (Is 61, 1). Entre las prerrogativas de mi misión, yo destacaba las siguientes “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, el evangelio es predicado a los pobres” (Mt 11, 5). ¿Qué he de decir de aquellos ministros míos que no encuentran ni tiempo ni lugar para atender a los pobres y están siempre disponibles para los ricos? Para el pobre está ocupado o se siente cansado mi ministro: para el rico, aún en horas inoportunas, le sobran tiempo y energías para atenderlos. Esa bajeza no ha de caber en mis sacerdotes. Si alguna preferencia cabe, ella debe ser para los pobres: yo los prefiero y de entre ellos escogí mi Madre y mis discípulos. Sea tu trato respetuoso, atento, amable con todos: con los que te aprecian y con los que demuestran no sentir excesiva simpatía por ti. Trabaja con el mismo celo para la salud de todas las almas indistintamente: “no hagáis acepción de personas vosotros que creéis en Jesucristo, nuestro Señor glorificado” (St 2, 1) Si procedes diversamente, tu servicio no me resultará agradable y serás ocasión de escándalo y no de admiración.

 

LA DOCTRINA NECESARIA

“Yo soy la luz verdadera que ilumina todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9). Tu doctrina no ha de ser otra que la mía y únicamente la hallarás en el manantial que yo he hecho brotar, si quieres poseer celo santo e iluminado. El manantial de que te hablo se halla en la Iglesia católica y su custodio y dispensador es el sucesor de aquel a quien yo dije: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Por ti, Pedro, he rogado para que no desfallezca tu fe… fortalece tus hermanos… apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Por lo tanto tu doctrina ha de concordar siempre con la doctrina de mi Vicario en la tierra, el Romano Pontífice. Lo que es verdad para él, será tu verdad; lo que es falso para él, será falso también para ti. Su sabiduría no es otra que la mía, pues yo se la he comunicado. No te dejes engañar: las doctrinas contrarias a la doctrina de mi Vicario son todas falsas; nadie sacará provecho de ellas que perecerán junto con los que las aceptan.

Sólo mi doctrina es la verdadera y la que debe poseer mi sacerdote: si no la posee dejará de ser sal y será corrupción, no será luz, más tinieblas, no apóstol más seductor. Duros y constantes fueron los embates de mis enemigos contra la doctrina del Romano Pontífice y hasta algunos católicos, no atreviéndose a negarla, buscan debilitarla capciosamente. Mas los humildes la aceptan tal cual es y rinden gracias a Dios por haber querido levantar ese faro de luz en medio del mar bravío y tempestuoso que es el mundo. Hasta hay sacerdotes que se atreven a poner en tela de juicio la conducción de la Iglesia por parte de mi Vicario. Como si los hijos dijeran al padre: “Tú no sabes conducir la familia”, al juez: “tú no sabes administrar la justicia”, al sacerdote: “tú no conoces los límites del santuario: nosotros te enseñaremos la prudencia, la justicia y el derecho”. Los que así obran no son mis ministros. Mis ministros son los que, con amor, docilidad y humildad, obedecen al Vicario que es mi representante en la tierra.

 

PALABRAS FINALES

Sacerdote ministro mío, en las pocas líneas que acabas de leer no está contenido todo lo que has de saber para imitarme acabadamente. Yo soy libro que nunca se termina de leer y estudiar. Estas breves advertencias te serán útiles y despertarán en ti el deseo cada vez más fuerte de conocerme mejor. Yo te daré luz y fervor. Si algunos sacerdotes no son muy fervientes, ello se debe a que no me estudian mucho y por ende no alcanzan a conocerme bien. Podría yo decirles “¿Tanto tiempo que estoy con vosotros, y no me habéis conocido?” (Jn 19, 4). La verdadera sabiduría es conocerme a mí: haz tuyas las palabras del Apóstol: “No me precié de saber alguna cosa, sino Jesucristo, y este crucificado” (1Co 2, 2)

 

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ALIANZA DE PAZ

Tú, Señor, perdona mis pecados y borra todas mis maldades. Enséñame a hacer tu voluntad. Dame un espíritu bueno. Ponme junto a ti. No permitas que me separe de ti. Cuídame como la pupila de los ojos. Sin ti, polvo y ceniza como soy, no puedo hacer nada.

Yo en tu nombre, confiando en tu gracia, propongo no reservarme nada para mí, sino el perfecto cumplimiento de tu ley abrazado a tu santa Cruz.

Por eso nada te pido para mi, ni los bienes, ni la vida, ni la muerte. De esta manera que haya concordancia entre tu voluntad y la mía.

En mí y en todos, esté presente tu misericordia, ahora y por la eternidad.

Amén.

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Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 19, 2009

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

REFLEXIONES DEL CARDENAL CLAÚDIO HUMMES
CON MOTIVO DEL XL ANIVERSARIO DE LA CARTA ENCÍCLICA
«SACERDOTALIS CAELIBATUS»
DEL PAPA PABLO VI

La importancia del celibato sacerdotal

Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.

En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe:  “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundamentada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía:  “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”" (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en:  Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).

Desarrollo histórico

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe:  “El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña” (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33:  “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma:  “El Señor Jesús (…) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (…). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos” (ib., n. 89, p. 34).

En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos:  “Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)” (ib., n. 360, p. 134).

Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).

En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.

Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.

El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de  noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).

La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre:  “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de derecho canónico, can. 277, 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).

El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina:  “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres  creyentes  que  viven  como célibes y  que tienen  la  voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos” (n. 1579).

En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el “hambre eucarística” del pueblo de Dios, se reconoce “la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina”. Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.

El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

Las razones del sagrado celibato

En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales:  “El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras” (n. 1).

Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye:  “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana” (n. 14).

“Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos” (n. 17).

Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.

Las razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres:  su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (n. 19).

El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia. (…) Cristo, mediador de un testamento más excelente (cf. Hb 8, 6), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (cf. 1 Co 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n. 20).

Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres” (n. 21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.

Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó “amigos”. Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el recordado Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.

Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia “constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Sacerdotalis caelibatus, 34).

En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.

Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.

La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma:  “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.

“Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio (cf. nn. 27-29).

El valor de la castidad y del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro.

Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad:  “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11).

Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos:  “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se  alude, presenta  el  celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35):  en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.

El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes “se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia” (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica:  “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21).

La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.

Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.

Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro:  ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la “nueva creación”, hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Medios para ser fieles al celibato

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.

Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de lo Absoluto”. La Pastores dabo vobis afirma:  “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo:  “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (n. 42).

En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. “La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio” (ib., 16).

El sacerdocio no es más que “vivir íntimamente unidos a él” (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como “una forma de amistad” (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio:  la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.

El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total:  enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.

Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice:  “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis caelibatus, 75).

Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.

Sin esta clara perspectiva, cualquier “impulso misionero” está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.

Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular:  la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.

El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.

Los sacerdotes, cuanto más radicalmente sean hombres de Dios, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.

Conclusión:  una vocación santa

La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia:  el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.

La exhortación afirma:  “Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:  el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan” (n. 27).

Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se fundamenta el radicalismo evangélico, dice:  “El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (n. 72).

La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.

A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI:  “El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase:  “Dominus pars (mea)“, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe:  la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundamentar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres”.

 22 de diciembre de 2006

 

 

Card. CLÁUDIO HUMMES, o.f.m.
Prefecto de la Congregación para el clero

  

 

 

 

 

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Sobre el caso del padre Alberto

Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 11, 2009

He aquí algunas precisiones:

1) El padre Alberto tuvo 7 años de estudio en el seminario para pensar si aceptaba el celibato, luego de los cuáles, decidió comprometerse. Y lo hizo libremente, cuando ya era un adulto; nadie lo obligó.

2) Si las palabras del padre Alberto fueron, como se dice en algunos medios: “nunca voy a pedir perdón por amar a una mujer”, está usando una falacia, pues nadie espera que alguien pida perdón por algo bueno (amar a alguien), sino por algo malo: no cumplir la obligación a la que él mismo se comprometió libremente.

3) Dicen también las noticias que el padre pidió perdón “a aquellos que se sintieron ofendidos por sus acciones”. Esto es otra falacia pues, según las noticias “Cutié y la mujer que le conquistó el corazón no eligieron un lugar apartado para darse amor, sino las turísticas y concurridas playas de Miami Beach, plagadas de paparazzi”. El pecado que cometió, pues, se llama escándalo, palabra que él aprendió en el seminario y que significa piedra de tropiezo, y según la Real Academia de la Lengua, “acción o palabra que es causa de que alguien obre mal”, y por el cual el mismo Jesús dijo: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar […]. Por lo tanto, ¡tengan cuidado! (Lc 17, 1-3; Mt 18, 6-7;  Mc 9. 42). Esto quiere decir que el padre Alberto debe arrepentirse sinceramente, confesarse y corregirse y, además, ofrecer muchos sacrificios, oraciones, actos de caridad, limosnas e indulgencias para reparar tanto daño que hizo en tantas partes, y así evitar o reducir el tiempo que tendrá que pasar en el purgatorio. Y que todos lo ayudemos con nuestras oraciones.

4) Los que exigen a la Iglesia que permita el matrimonio de los sacerdotes no saben cuáles son las razones por las que se tomó esa decisión. Valdría la pena que, antes de opinar, se informaran primero de ellas. Por ejemplo: dicen que el celibato es un invento de los curas. En las Sagradas Escrituras —palabra de Dios— se lee: “El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor” (1Co 7, 32-34a. 35).

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio: “Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!”. (Mt 19, 12)

Además de las bíblicas, la Iglesia tiene más razones para recomendar el celibato sacerdotal, ¿Las conocen los críticos? (Si desea conocer más acerca de esto, puede leer en este mismo blog el artículo: ¿Sacerdotes casados?)

5) Argumentan que permitir el matrimonio a los sacerdotes acabarían estas situaciones escandalosas pues, según ellos, es muy frecuente que a los sacerdotes les pasen estas cosas; por lo tanto, ya que los índices de infidelidad conyugal son tan altos, podrían también pedir que se legalice la poligamia: así se acabaría el problema. ¿Es esa la solución?

6) En el fondo de todo esto está escondido un ambiente generalizado de hedonismo silencioso, en el que se cree que lo más importante en la vida es el placer y, sobre todo, el genital: pocos pueden entender hoy que existen —y existieron siempre— seres humanos que no están encadenados por esa esclavitud del cuerpo, que son libres para comprometerse a ideales más altos, que pueden vivir con la vista puesta en el espíritu —como hizo Gandhi y otros muchos hombres de otras religiones, credos y filosofías de vida en el mundo entero—, pues sabían que la vida más elevada –enraizada en valores espirituales— premia con deleites infinitamente más encumbrados que los del cuerpo. ¡Pobres seres humanos! ¡Qué miras tan bajas! ¡Pudiendo llegar tan alto…!

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¿Sacerdotes casados?

Publicado por pablofranciscomaurino en Mayo 10, 2009

El hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

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Protegido: Carta al Santo Padre

Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 3, 2009

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Oración a Jesús, Sacerdote eterno, por los sacerdotes*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

 

¡Oh Jesús, Pontífice Eterno!, Tú, que en un impulso de incomparable amor a los hombres, tus hermanos, hiciste brotar de tu Sagrado Corazón el sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando sobre tus ministros los torrentes vivificantes del Amor Infinito.

 

Vive en tus Sacerdotes, transfórmalos en Ti, hazlos por tu grada, instrumentos de tu misericordia. Obra en ellos y por ellos y que, después de haberse revestido totalmente de Ti, por la fiel imitación de tus adorables virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizaste para la salvación del mundo.

 

Divino Redentor de las almas, ved cuán grande es fa multitud de los que aún duermen en las tinieblas del error, cuenta el número de las ovejas descarriadas que caminan entre precipicios, considera la turba de pobres, hambrientos, ignorantes y débiles que gimen en el abandono.

 

Vuelve Señor a nosotros, por tus sacerdotes, revive verdaderamente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo, enseñando, perdonando, consolando, sacrificando y renovando los lazos sagrados del amor, entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre.

 

Amén.

 

 Betania del Sagrado Corazón

La Ceja, Antioquia, Colombia

Tel.: 553 76 32.

E-mail: hbetaniaco@une.net.co

 

 

 

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¿Censurar al sacerdote?*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 14, 2008

Nunca se debe censurar al Sacerdote, aun cuando se piense que es culpable de algún error. Al contrario, se debe rogar por él, y hacer penitencia para que se le devuelva mi gracia. Solamente el Sacerdote me representa; así es, ¡aun cuando no viva según mi ejemplo!

 

Cuando un Sacerdote cae, se le debe extender la mano a través de la oración, y no por medio de la censura. Yo mismo seré su juez; ¡solamente yo, y nadie más! Quien censura a un Sacerdote me lo hace también a Mí.

 

Hija mía, nunca permitas que se ataque al Sacerdote, defiéndelo siempre.

 

Hija mía, nunca juzgues a tu confesor. Antes bien, reza mucho por él, y ofrece la santa comunión por su intención  cada jueves, a través de las manos de mi santísima Madre.

 

Ya no vuelvas a aceptar ninguna palabra contra ningún Sacerdote, y no vuelvas a pronunciar palabras ásperas [contra ellos]. Aunque fuera cierto. ¡Cada Sacerdote es mi representante!, y mi Corazón se siente triste y ofendido con tal insulto! Cuando oigas algún juicio contra un Sacerdote reza un avemaría por él.

 

Si ves a un Sacerdote celebrar la Santa Misa indignamente, nunca debes decir nada a nadie; ¡cuéntamelo a Mí solamente!

 

En el Altar Yo estoy junto a él, estoy a su lado. ¡Oh, hay que rezar mucho por mis Sacerdotes, para que amen la pureza sobre todas las cosas y para que celebren el santo Sacrificio de la Misa con manos puras y corazones castos! Ciertamente, el santo Sacrificio es igual aun cuando sea celebrado por un Sacerdote indigno, ¡pero las gracias derramadas sobre el pueblo no son iguales!

 

(Revelación de Nuestro Señor a Mutter Vogel)

 

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Diez mitos sobre la pedofilia de los sacerdotes*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

Mito 1: Es más probable que sacerdotes católicos, en comparación con otros grupos de hombres, sean pedófilos.

Esto es simplemente falso. No existe evidencia alguna de que los sacerdotes estén más inclinados a abusar de los niños que otros grupos de hombres.

El uso y abuso de los niños como objeto de gratificación sexual por parte de los adultos es epidémico en todas las clases sociales, profesiones, religiones y grupos étnicos alrededor del mundo, según lo demuestran claramente las estadísticas acerca de la pornografía, el incesto y la prostitución infantil.

La pedofilia (el abuso sexual de niños preadolescentes) entre los sacerdotes es extremamente rara, pues afecta solamente al 0.3% del clero. Esta cifra, citada en el libro Pedophiilia and Priesthood (Pedofilia y Sacerdocio), escrito por el estudioso no-católico, Philip Jenkins, está tomada del estudio más amplio que existe hoy día sobre este tema. Concluye que solamente uno de entre 2.252 sacerdotes que formaron parte del estudio a lo largo de un período de más de 30 años, se ha visto afectado por la pedofilia.

En los escándalos recientes de Boston, solamente 4 de entre más de los 80 sacerdotes etiquetados por los medios de comunicación como “pedófilos” son en realidad culpables de abusar de niños pequeños.

La pedofilia es un tipo particular de desorden sexual compulsivo en el cual un adulto (hombre o mujer) abusa de niños preadolescentes. La gran mayoría de los escándalos sexuales del clero que están saliendo a la luz ahora no entran propiamente en la categoría de pedofilia. Más bien, se deben calificar como efebofilia o atracción homosexual hacia adolescentes.

Aunque el número total de sacerdotes que cometen abuso sexual es mucho más alto que el de los que son culpables de pedofilia, la cifra total queda aún por debajo del 2%, que es semejante al porcentaje que se da entre hombres casados (Jenkins, Pedophilia and Priests).

Con ocasión de la crisis actual en la Iglesia, otros grupos religiosos e instituciones no religiosas han admitido tener problemas semejantes tanto de pedofilia como de efebofilia entre las filas de su clero o personal. No hay evidencia de que la pedofilia sea más común entre el clero católico, que entre los Ministros protestantes, los líderes Judíos, los médicos, o miembros de cualquier otra institución en la que los adultos ocupen posiciones de autoridad sobre los niños.

Mito 2: El estado célibe de los sacerdotes conduce hacia la pedofilia.

El celibato no es causa de ninguna adicción sexual desviada, entre las que se cataloga la pedofilia. De hecho, en comparación con los sacerdotes, es tan probable que los hombres casados abusen sexualmente de los niños (Jenkins, Pedophilia and Priests).

Entre la población general, la mayoría de los transgresores son hombres heterosexuales reincidentes que abusan sexualmente de las niñas. También hay mujeres que cometen este tipo de abusos sexuales.

Aunque es difícil obtener estadísticas exactas sobre el abuso sexual de los niños, los rasgos característicos de los que repetidamente cometen abuso sexual con niños han sido bien descritos.

El perfil de los abusadores sexuales de niños nunca incluye adultos normales que se sienten atraídos eróticamente hacia los niños como resultado de la abstinencia (Fred Berlin, Compulsive Sexual Behaviors, in Addiction and Compulsion Behaviors [Boston: NCBC, 1998]; Patrick J. Carnes, Sexual Compulsion: Challenge for Church Leaders, in Addiction and Compulsion; Dale O’Leary, Homosexuality and Abuse).

Mito 3: Si los sacerdotes se casaran, desparecerían la pedofilia y otras formas de conducta sexual desviada.

Algunas personas, incluyendo algunos disidentes católicos que suelen expresar su disconformidad en público, se están aprovechando de esta crisis para promover sus propios intereses.

Como respuesta a los escándalos, algunos están exigiendo que el clero sea casado, como si el matrimonio hiciera que “ciertos” hombres dejasen de molestar sexualmente a los niños. Esta afirmación se desmiente con las estadísticas mencionadas antes sobre el hecho de que, comparados con los sacerdotes célibes, es igualmente común que los hombres casados abusen sexualmente de los niños. (Jenkins, Pedophilia and Priests).

Dado que ni el ser católico ni el ser célibe predispone a una persona a caer en la pedofilia, el clero casado no resolvería el problema (Doctors call for pedophilia research, The Hartford Currant, March 23). No hay más que mirar a las crisis en otras religiones, sectas o profesiones para ver este punto con claridad.

El hecho es que hombres heterosexuales sanos no suelen caer en la atracción erótica hacia los niños como resultado de su abstinencia.

Mito 4: El celibato sacerdotal fue una invención medieval.

En la Iglesia católica de Occidente, el celibato se practicó ya universalmente a partir del siglo IV, comenzando con la adopción que san Agustín hizo de la disciplina monástica para todos sus sacerdotes. Además de las muchas razones prácticas para adoptar esta disciplina se suponía que era un buen medio para evitar el nepotismo el estilo de vida célibe permitía a los sacerdotes ser más independientes y disponibles. Este ideal era también una oportunidad para que los sacerdotes dieran también testimonio del mismo estilo de vida que sus hermanos los monjes.

La Iglesia no ha cambiado las normas del celibato, porque con el paso de los siglos se ha dado cuenta del valor práctico y espiritual que posee (Pablo VI, carta encíclica sobre El celibato sacerdotal, 1967). De hecho, incluso en la Iglesia católica del Este que admite también la posibilidad de tener sacerdotes casados los obispos son elegidos solamente entre los sacerdotes no casados.

Cristo reveló el verdadero valor y significado del celibato. Los sacerdotes católicos, desde san Pablo hasta el presente lo han imitado en la total donación de sí mismos a Dios y a los demás, viviendo célibes. Aunque Cristo elevó el matrimonio al nivel de sacramento que revela el amor y vida de la Santísima Trinidad, Él fue también testigo vivo de la vida futura. Los sacerdotes célibes son para nosotros testigos vivos de esta vida futura en la cual la unidad y el gozo del matrimonio entre un hombre y una mujer son sobrepasados por la perfecta y amorosa comunión con Dios. El celibato entendido y vivido adecuadamente libera a la persona para amar y servir como Cristo lo hizo.

En los últimos cuarenta años, el celibato ha sido un testimonio todavía más
poderoso del sacrificio amoroso de hombres y mujeres que se ofrecen a sí mismos para servir a sus comunidades.

Mito 5: Mujeres sacerdotes ayudarían a solucionar el problema.

No hay en absoluto ninguna conexión lógica entre el comportamiento desviado de una pequeña minoría de sacerdotes varones y la inclusión en sus filas de las mujeres.

Aunque es verdad que, según muestran la mayoría de las estadísticas sobre abuso de niños, es más común que los hombres abusen de ellos, el hecho es que también hay mujeres que molestan sexualmente a los niños.

En 1994, el National Opinion Research Center demostró que la segunda forma más común de abuso sexual de niños era el de mujeres que abusaban de niños varones. Por cada tres varones abusadores sexuales de niños, hay una mujer abusadora.

Las estadísticas sobre las mujeres que abusan sexualmente de otros son más difíciles de obtener porque el crimen es más oculto (entrevista con el Dr. Richard Cross, “Una cuestión de carácter”, National Opinion Research Center; cf. Carnes). Además, es más improbable que sus víctimas más frecuentes, los niños, reporten los abusos sexuales, especialmente cuando el abusador es una mujer (O’Leary, Child Sexual Abuse).

Hay razones por las cuales la Iglesia no puede ordenar sacerdotes a las mujeres (como Juan Pablo II ha explicado en numerosas ocasiones). Pero esto nos sacaría ahora del tema. El debate sobre la ordenación de las mujeres no está para nada relacionado con el problema de la pedofilia ni con otras formas de abuso sexual.

Mito 6: La homosexualidad no está conectada con la pedofilia.

Es tres veces más probable que los homosexuales sean pedófilos que los hombres heterosexuales.

Aunque la pedofilia exclusiva (atracción hacia los preadolescentes) es un fenómeno extremo y raro, un tercio de los varones homosexuales sienten atracción por los adolescentes (Jenkins, Priests and Pedophilia).

La seducción de adolescentes varones por parte de homosexuales es un fenómeno bien documentado. Esta forma de comportamiento desviado es el tipo más común de abuso obrado por sacerdotes y está directamente relacionado con el comportamiento homosexual.

Como Michael Ross muestra en su libro, Goodbye!, Good Men (¡Adiós!, hombres buenos), hay una activa subcultura homosexual dentro de la Iglesia. Esto se debe a varios factores. La confusión que se ha dado en la Iglesia como resultado de la revolución sexual de los años 60, el tumulto posterior al Concilio Vaticano II, y una mayor aprobación de la homosexualidad por parte de la cultura. Todo esto hizo que se creara un ambiente en el cual homosexuales varones activos fueron admitidos y tolerados en el sacerdocio.

La Iglesia se ha apoyado también más en la psiquiatría para valorar la idoneidad de a los candidatos al sacerdocio y para tratar a los sacerdotes que tenían problemas. En 1973, The American Psychological Association (Asociación Psicológica Americana) dejó de considerar la homosexualidad como una orientación objetivamente desordenada y la suprimió de su Manual Diagnóstico y Estadístico (Nicolosi, J., Reparative Therapy of Male Homosexuality, 1991; Diamond, E., Et al. Homosexuality and Hope, documento no publicado de la CMA). Lógicamente, el tratamiento de comportamientos sexuales desviados se vio afectado por este cambio de actitud.

Mientras la actitud de la Iglesia hacia quienes tienen problema de atracción homosexual se ha caracterizado por la compasión, también ha sido firme y constante en sostener el punto de vista de que la homosexualidad es objetivamente desordenada y que el matrimonio entre un hombre y una mujer es el único contexto propio para el ejercicio de la actividad sexual.

Mito 7: La Jerarquía católica no ha hecho nada para solucionar la pedofilia.

Cuando el Código de Derecho Canónico fue revisado en 1983, se añadió un pasaje importante: “El clérigo que cometa de otro modo un delito contra el sexto mandamiento del Decálogo, cuando este delito haya sido cometido con violencia o amenazas, o públicamente o con un menor que no haya cumplido dieciséis años de edad, debe ser castigado con penas justas, sin excluir la expulsión del estado clerical cuando el caso lo requiera.” (CIC 1395, § 2)

Pero ciertamente, no es lo único que la Iglesia ha hecho.

Los obispos, comenzando con el Papa Pablo VI en 1967, publicaron una advertencia dirigida a los fieles sobre las consecuencias negativas de la revolución sexual. La encíclica papal Sacerdotalis coelibatus (sobre el celibato sacerdotal), trató el tema del celibato sacerdotal en medio de un ambiente cultural que exigía mayor “libertad” sexual. El Papa volvió a reafirmar el celibato al mismo tiempo que apelaba a los obispos para que asumieran responsabilidad por “los hermanos sacerdotes afligidos por dificultades que ponen en peligro el don divino que han recibido”. Aconsejaba a los obispos que buscaran ayuda para estos sacerdotes, o, en casos graves, que pidieran la dispensa para los sacerdotes que no podían ser ayudados. Además, les pidió que fuesen más prudentes al juzgar sobre la aptitud de los candidatos al sacerdocio.

En 1975, la Iglesia publicó otro documento llamado Declaración sobre ciertas cuestiones sobre la ética sexual (escrito por el cardenal Josef Raztinger) que trataba explícitamente, entre otros asuntos, el problema de la homosexualidad entre los sacerdotes.

Tanto el documento de 1967 como el de 1975 tratan el tema de las desviaciones sexuales, incluso la pedofilia y la efebofilia, que son especialmente frecuentes entre los homosexuales.

En 1994, el Ad hoc Committee on Sexual Abuse (Comité sobre abuso sexual de la Conferencia Episcopal Americana) publicó unas orientaciones dirigidas a las 191 diócesis de Estados Unidos para ayudarles a crear unas líneas de acción para tratar el problema de abuso sexual de menores. Casi todas las diócesis redactaron sus propias directrices (USCCB document: Guideliness for dealing with Child sexual Abuse, 1993-1994). En estas fechas la pedofilia se reconocía ya como un desorden que no podía ser curado, y como un problema que se estaba agravando debido al aumento de la pornografía.

Antes de 1994, los obispos siguieron la opinión de los psiquiatras expertos que creían que la pedofilia podía ser tratada con éxito. Los sacerdotes convictos de abuso sexual eran enviados a uno de los establecimientos especializados de los Estados Unidos. Los obispos frecuentemente se basaban en los juicios de los expertos para determinar si los sacerdotes estaban listos para volver al ministerio. Esto no mitiga la negligencia por parte de algunos miembros de la jerarquía, pero por lo menos ayuda a entender mejor la cuestión.

Como respuesta a los escándalos recientes, algunas diócesis están creando comisiones especiales para afrontar los casos de abuso de menores, y también están creando grupos de defensa de las víctimas; y están reconociendo oficialmente que se debe atender inmediatamente cualquier legítima acusación.

Mito 8: La enseñanza de la Iglesia sobre moralidad sexual es el verdadero problema, no la pedofilia.

La enseñanza de la Iglesia sobre la moralidad sexual se basa en la dignidad de la persona humana y en la bondad de la sexualidad humana. Esta enseñanza condena el abuso de los niños en todas sus formas, lo mismo que condena otros crímenes sexuales reprensibles como la violación, el incesto, la pornografía infantil y la prostitución infantil. En otras palabras, si estas enseñanzas se vivieran, no existiría el problema de la pedofilia.

La creencia de que esta enseñanza conduce a la pedofilia se basa en un concepción falsa o en una deliberada falsa interpretación de la moral sexual católica. La Iglesia reconoce que la actividad sexual sin el amor y compromiso que se da solamente en el matrimonio, disminuye la dignidad de la persona humana y a fin de cuentas es destructiva.

En lo que se refiere al celibato, siglos de experiencia han probado que hombres y mujeres pueden abstenerse de la actividad sexual al mismo tiempo que se realizan plenamente viviendo una vida sana y llena de sentido.

Mito 9: Los periodistas católicos han ignorado el problema de la pedofilia.

Nuestro artículo de portada de la revista CRISIS de octubre de 2001 se titulaba así: The High Price of Priestly Pederasty, (El alto precio de la pederastia de los sacerdotes), una exposición del escándalo que saldría a la superficie en el resto de la prensa tres meses después. Puedes leer nuestro artículo haciendo click sobre el título en http:// www.crisismagazine.com

Y nosotros no fuimos los únicos que hemos seguido el problema de pedofilia/pederastia. Charles Sennot, autor de Broken Covenant, Rod Dreher de la National Review, el cofundador de CRISIS, Ralph McIncerny, Maggie Gallagher, Dale O’Leary, The Catholic Medical Association, Michael Novak, Peggy Noona, Bill Donohue, Dr. Richard Cross, Philip Lawler, Alan Keyes, and Msgr. George Kelly han cubierto este tema ampliamente.

El hecho de que el resto de los medios de comunicación haya ignorado nuestro trabajo, no significa que no lo hayamos hecho.

Mito 10: El requisito del celibato limita el número de candidatos al sacerdocio, con el resultado de que haya un número alto de sacerdotes sexualmente desequilibrados.

Primero, no existe un “alto número de sacerdotes sexualmente desequilibrados”. De nuevo afirmamos que la gran mayoría de los sacerdotes son normales, sanos y fieles. Cada día demuestran que son dignos de la confianza de aquellos cuyo cuidado se les ha confiado.

En segundo lugar, quienes no se sienten llamados a una vida de celibato están ipso facto excluidos de poder ser sacerdotes católicos. De hecho, la mayoría de los hombres no está llamada a ser célibe. Sin embargo, algunos están llamados, y de entre ellos algunos están llamados por Dios al sacerdocio.

La vocación sacerdotal, como el matrimonio, requiere el mutuo y libre consentimiento de ambas partes. Por tanto, la Iglesia debe discernir si un candidato es verdaderamente digno y apto mental, física y espiritualmente para comprometerse a una vida de servicio sacerdotal.

El deseo que un candidato tenga de ser sacerdote no constituye de por sí una vocación. Los directores espirituales y vocacionales conocen ahora mejor que nunca las deficiencias de carácter que hacen que un candidato, en otros campos calificado, no sea apto para el sacerdocio.

 

Por Deal Hudson

 

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