Hacia la unión con Dios

Blog de Pablo Francisco Maurino

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Síntesis biográfica*

Publicado por pablofranciscomaurino en Octubre 19, 2008

 

Pablo Danei Massari nació en Ovada, Italia, el 3 de enero de 1694; más tarde se trasladó a Castellazzo-Bormida, no lejos de su pueblo natal. Su madre le enseñó a encontrar en la Pasión de Cristo la fuerza para superar las pruebas. Enamorado de Jesús Crucificado desde su infancia, quiso que toda su vida fuera para Él. Durante una grave enfermedad, la visión del infierno lo horrorizó. Oyendo la predicación de un sacerdote, el Señor lo iluminó sobre el amor de Cristo Crucificado: fue el momento que él llamó su “conversión”.

Hacia 1715-1716, deseoso de servir a Cristo, se presentó en Venecia y se alistó en el ejército. Con mística de cruzado, quería luchar contra los turcos que amenazaban a la cristiandad de Europa. Mientras adoraba el Santísimo Sacramento en una iglesia, comprendió que no era aquella su vocación. Abandonó el camino militar, sirvió algunos meses en una familia y regresó a casa. Aunque un tío sacerdote le dejaba una herencia para que se casara, Pablo renunció.

Hacer memoria del Crucificado

Según un testimonio, una aparición de la Virgen María le permitió conocer el hábito, el emblema y el estilo de vida, que giraría siempre en torno a Jesús Crucificado. El obispo de Alejandría, monseñor Gattinara, previo el juicio de confesores prudentes, lo revistió del hábito de la Pasión el 22 de noviembre de 1720. Pasó 40 días en la sacristía de la iglesia de San Carlos, en Castellazzo. Sus experiencias y el estado de su espíritu durante aquella “cuarentena” se han conservado con el nombre de Diario Espiritual. Redactó además las Reglas de unos posibles compañeros, a quienes llamaba Los Pobres de Jesús. Su hermano Juan Bautista que lo visitaba, quiso asociársele, pero Pablo no aceptó por entonces.

Concluida la experiencia, el obispo lo autorizó a vivir en la ermita de San Esteban, de Castellazzo, y a realizar apostolado como laico. En el verano de 1721 viajó a Roma, con el deseo de obtener del Papa una audiencia, a fin le explicarle las luces recibidas sobre la fundación de una Congregación. Los oficiales del Quirinal, donde residía el Papa, no lo dejaron entrar, por parecerles un aventurero más.

El primer voto pasionista

Aceptó la humillación que lo configuraba más con Jesús Crucificado y, en la basílica de Santa María la Mayor, ante la Virgen “Salus Populi Romani”, hizo voto de consagrar se a promover la memoria de la Pasión de Jesucristo.

De regreso a su pueblo se detuvo un poco en Orbetello, en la ermita de la Anunciación, de Monte Argentario. En Castellazzo se le asoció su hermano Juan Bautista y se fueron a hacer vida eremítica en Monte Argentario. Después, invitados por monseñor Pignatelli, estuvieron en la ermita de Nuestra Señora de la Cadena, en Gaeta.

Monseñor Cavallieri los recibió un tiempo en Troia, y volvieron a Gaeta, pero esta vez fueron al santuario de la Virgen de la Civita, en Itri. Fracasaban una y otra vez los intentos de fundar una comunidad. Viajaron a Roma. En el hospital de San Gallicano atendieron a los tiñosos, mientras estudiaban Teología. Para ser predicadores de la Pasión les aconsejaron acceder al sacerdocio. El Papa los saludó en el monte Celio, junto a la iglesia llamada La Navicella, los ordenó y les permitió oralmente fundar en Monte Argentario. Los dos hermanos abandonaron Roma para marchar a Monte Argentario.

Predicar la Pasión de Cristo

Iniciaron su apostolado entre pescadores, leñadores, pastores, etc. Se les asociaron compañeros, entre ellos su hermano Antonio, y sacerdotes bien preparados. Los obispos recurrían a ellos a fin de dar misiones a los pueblos. Cuando en la zona se declaró la guerra de los Presidios, Pablo ejercía su ministerio en ambos bandos, y en los dos era bien recibido.
El primer convento, dedicado a la Presentación se inauguró en 1737. Pablo presentó en Roma las Reglas para el instituto naciente. Después de algunas mitigaciones, pues eran muy exigentes, Benedicto XIV las aprobó en 1741.

El Fundador fue contemporáneo de apóstoles como san Leonardo de Puerto Mauricio, al que saludó en una ocasión y san Alfonso María de Ligorio, al que no conoció. Como a ellos, el amor a Jesús Crucificado lo impulsaba al servicio apostólico de las misiones.

El 11 de junio de 1747 emitió la Profesión, empezó a usar el apellido de la Cruz y se colocó el emblema pasionista. Desde entonces fue siempre el superior general, pero no dejó de predicar ni de escribir cartas como director espiritual. El Instituto tropezó con alguna oposición dentro de un sector de la Iglesia, y la fundación de varios conventos se suspendió hasta que una comisión pontificia dictaminó en favor de los Pasionistas.

Trató siempre de mantener el espíritu de soledad, pobreza y oración, con los consejos y con el ejemplo de su hermano Juan Bautista. Cuando éste murió en 1765. Pablo se sintió como huérfano.

Religiosas pasionistas

Una campesina, Lucía Burlini, le habló de las Palomas del Calvario, símbolo de unas almas con el mismo espíritu contemplativo que los religiosos. Aunque Pablo tardó casi cuarenta años en realizar esta idea, en 1771 nacieron las Pasionistas de clausura en Corneto, Tarquinia. Al frente puso a María Crucificada Constantini, benedictina, que con permiso de Clemente XIV pasó al nuevo monasterio.

Después de la supresión de la Compañía de Jesús, Clemente XIV trasladó a los Padres de la Misión, que ocupaban la casa y la basílica del monte Celio, la de los Santos Juan y Pablo, a la iglesia de San Andrés del Quirinal, y se la concedió a Pablo de la Cruz. En ella, a dos pasos del Coliseo, vivió los últimos años de su vida; allí recibió las visitas de Clemente XIV, en 1774, y de Pío VI, en 1775. Y allí falleció unos meses más tarde. Sus reliquias se conservan en la capilla que se inauguró en 1880.

  

 

 

 

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El fundador de los pasionistas

Publicado por pablofranciscomaurino en Octubre 4, 2008

Vida de san Pablo de la Cruz

 

Pablo Francisco Danei Massari nació en Ovada, Italia, el 3 de enero de 1694; más tarde se trasladó a Castellazzo-Bormida, no lejos de su pueblo natal.

 

Su madre le enseñó a encontrar en la Pasión de Cristo la fuerza para superar las pruebas. Le recordaba el crucifijo cada vez que experimentaba algún sufrimiento.

 

Enamorado de Jesús Crucificado desde su infancia, quiso entregarle toda su vida.

 

Su padre le leía vidas de santos, y esto lo animaba mucho a ser mejor. Aquel buen hombre le avisaba también acerca de lo peligroso y dañino que es juntarse con malas compañías. Así lo libró de muchos males.

 

A los 15 años, un inspirado sermón cambió su vida. El tema de ese sermón era la frase de Jesús: “Si no se convierten y no hacen penitencia, todos perecerán”.  Para Pablo fue el momento que él llama su “conversión”. Hizo una confesión general y desde aquel día empezó a una vida de penitencia muy rigurosa. Dormía en el suelo,  ayunaba, dedicaba varias horas de la noche a rezar y a leer libros santos. Luego organizó con algunos de sus compañeros una asociación de jóvenes para ayudar a los demás con sus palabras y buenos ejemplos a ser mejores. Varios de esos muchachos se hicieron religiosos después. Durante una grave enfermedad, la visión del infierno lo horrorizó.

 

Hacia 1715-1716, deseoso de servir a Cristo, se alistó en el ejército en Venecia. Quería defender el cristianismo de los turcos que amenazaban a Europa. Pero, mientras adoraba el Santísimo Sacramento en una iglesia, comprendió que no era aquella su vocación. Abandonó el camino militar, sirvió algunos meses en una familia y regresó a casa. Aunque un tío sacerdote le dejaba una herencia para que se casara, Pablo renunció. Rechazó también unos negocios muy prometedores que le ofrecían y se quedó por varios años en la casa de sus padres dedicado a la oración, a la meditación y a practicar la caridad hacia los pobres.

 

 

Hacer memoria del Crucificado

 

La Virgen María se le apareció y le dio a conocer el hábito, el emblema y el estilo de vida de una comunidad religiosa, que giraría siempre en torno a Jesucristo Crucificado. Pablo presentó estos mensajes al obispo de Alejandría, monseñor Gattinara, y a su director espiritual. Previo el juicio de confesores prudentes, el obispo lo revistió del hábito de la Pasión el 22 de noviembre de 1720. Pasó 40 días en una habitación junto a la sacristía de la iglesia de San Carlos, en Castellazzo, para redactar los Reglamentos de la futura comunidad a quienes llamaba “Los Pobres de Jesús”.  Vivía todo este tiempo a pan y agua, y durmiendo en un lecho de paja. Sus experiencias y el estado de su espíritu, escritos por obediencia durante aquella “cuarentena” se han conservado con el nombre de Diario Espiritual.

 

Concluida la experiencia, el obispo lo autorizó a vivir en la ermita de San Esteban de Castellazzo y a realizar apostolado como laico, ayudando a los sacerdotes a dar clases de catecismo y dando misiones. En el verano de 1721 viajó a Roma, con el deseo de obtener del Papa una audiencia, a fin le explicarle las luces recibidas sobre una futura Congregación. Los oficiales de la residencia Papal no lo dejaron entrar por parecerles un aventurero más.

 

Votos y Fracasos

 

En la basílica de Santa María la Mayor de Roma, ante la Virgen Salus Populi Romani, hizo voto de consagrarse a promover la memoria de la Pasión de Jesucristo.

 

De regreso a su pueblo se detuvo un poco en Orbetello, en la ermita de la Anunciación de Monte Argentario. En Castellazzo se le asoció su hermano Juan Bautista y se fueron a hacer vida eremítica en Monte Argentario. Después, invitados por monseñor Pignatelli, estuvieron en la ermita de Nuestra Señora de la Cadena en Gaeta. Monseñor Cavallieri los recibió un tiempo en Troia y volvieron a Gaeta, pero esta vez fueron al santuario de la Virgen de la Civita, en Itri.

 

Fracasaban una y otra vez los intentos de fundar una comunidad. Para ser predicadores de la Pasión necesitaban acceder al sacerdocio por lo que viajaron a Roma. En el hospital de San Gallicano atendieron a los enfermos mientras estudiaban teología. El Papa los saludó en el monte Celio, junto a la iglesia llamada “La Navicella” y les permitió oralmente fundar en Monte Argentario. Una vez ordenados sacerdotes en 1727, los dos hermanos abandonaron Roma para marchar a Monte Argentario.

 

Los primeros candidatos que se presentaron pidiendo ser admitidos en la nueva Congregación encontraron demasiado duro el Reglamento y se retiraron.

 

Mientras tanto san Pablo de la Cruz y un compañero suyo viajaban por los pueblos predicando misiones y obteniendo muchas conversiones.

 

Comienzos de la Comunidad de los Pasionistas

 

El Papa Benedicto XIV aprobó los Reglamentos pero suavizándolos un poco. Entonces empezaron a llegar novicios y pronto tuvo tres casas de religiosos pasionistas.

 

En todas las ciudades y pueblos a donde llegaba predicaba acerca de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Le gustaba utilizar símbolos que ayudasen a expresar la pasión. A veces se presentaba con una corona de espinas en la cabeza, y siempre llevaba en la mano una cruz. Con los brazos extendidos, el santo hablaba de los sufrimientos de Nuestro Señor en forma que conmovía aun a los más duros e indiferentes. A veces, cuando el público no demostraba conversión, se azotaba violentamente delante de todos, por los pecados del pueblo, de modo que hacía llorar hasta a los soldados y a los bandoleros.

 

Un oficial que asistió a algunos de sus sermones decía: “Yo he estado en muchas batallas, sin sentir el mínimo miedo al oír el estallido de los cañones. Pero cuando este padre predica me hace temblar de pies a cabeza”. Es que Dios le había dado la eficacia de la palabra y el Espíritu Santo le concedía la gracia de conmover los corazones.

 

En los sermones era duro para no dejar que los pecadores vivieran en paz con sus vicios y pecados, pero luego en la confesión era comprensivo y amable, invitándolos a hacer buenos propósitos, animándolos a cambiar de vida y aconsejándoles medios prácticos para perseverar siendo buenos cristianos y portándose bien.


Dones extraordinarios

 

Dios colmó a San Pablo de la Cruz con dones extraordinarios. A muchas personas les anunció cosas que les iban a suceder. Curó a innumerables enfermos. Estando a grandes distancias, de pronto se aparecía a alguno para darle algún aviso de importancia y desaparecía inmediatamente.

 

Rechazaba toda muestra de veneración que quisieran darle, pero las gentes se apretujaban junto a él y hasta le quitaban pedacitos de su sotana para llevarlos como reliquias y recuerdos.

 

Con su hermano Juan Bautista trabajaron siempre juntos predicando misiones, enseñando catecismo y atendiendo pobres. Como ambos eran sacerdotes, se confesaban el uno con el otro y se corregían en todo lo necesario. Pablo sufrió mucho la muerte de su hermano en 1765.

 

Aunque desde 1747 san Pablo fue siempre superior general, no dejó de predicar ni de escribir cartas como director espiritual. La Congregación tropezó con oposiciones dentro de un sector de la Iglesia, y la fundación de varios conventos se suspendió hasta que una comisión pontificia dictaminó en favor de los Pasionistas.


Religiosas pasionistas

 

San Pablo de la Cruz fundó la comunidad de las Hermanas Pasionistas que se dedican también a amar y hacer amar la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

 

Una campesina, Lucía Burlini, le habló de las “palomas del Calvario”, símbolo de unas almas con el mismo espíritu contemplativo que los religiosos. Aunque Pablo tardó casi cuarenta años en realizar esta idea, en 1771 nacieron las Pasionistas de clausura en Corneto, Tarquinia. Al frente puso a María Crucificada Constantini, benedictina, que con permiso de Clemente XIV pasó al nuevo monasterio.


Últimos años

 

En 1772 sintiéndose muy enfermo mandó pedir al Papa su bendición para morir en paz. Pero el Sumo Pontífice le respondió que la Iglesia necesitaba que viviera unos años más. Entonces se mejoró y vivió otros tres años.

 

Después de la supresión de la Compañía de Jesús, Clemente XIV llevó a los Padres de la Misión a la iglesia de San Andrés del Quirinal y concedió a Pablo de la Cruz la casa y la basílica de los Santos Juan y Pablo. En ella, junto al Coliseo, vivió los últimos años de su vida; allí recibió las visitas de Clemente XIV, en 1774, y de Pío V1 en 1775. Y allí falleció unos meses más tarde, el 18 de octubre de 1775, a la edad de ochenta y un años. Sus reliquias se conservan en la capilla que se inauguró en 1880. En 1867 fue declarado santo.

 

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Reflexiones de san Pablo de la Cruz*

Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 9, 2008

He aquí una hermosa selección de

  

los escritos de san Pablo de la Cruz:

 

Créame, hija mía, nunca soy tan feliz como cuando vivo mi miserable vida por partes, es decir, sin pensar en otro momento fuera del presente en que me encuentro. Y cuando se me presentan tempestades de toda especie, me digo: «Quiero amar a Dios tanto cuanto me sea posible en este momento, cual si fuera el último instante de mi vida; quiero sufrir alegremente ahora sin pensar en el porvenir. Haz, alma mía, la voluntad de Dios con perfección en este momento, cual si fuera el último, y continuarás así. ¡Viva Jesús! Amén.»

 

Feliz el alma que reposa en el seno de Dios, sin pensar en el porvenir, sino que se esfuerza por vivir en el momento presente sin otra ilusión que la de hacer bien su santísima voluntad en todo suceso, cumpliéndola fielmente en sus deberes de estado.

 

La voluntad de Dios no puede querer para el hombre sino lo mejor.

 

Permanezca en gozosa confianza en Dios. Encomiéndese totalmente a Él: es un Padre amoroso, que antes permitirá que sucumban el cielo y la tierra, que una sola alma que confía en Él.

 

El que mira sólo el consuelo pierde de vista al gran Dios de los consuelos.

 

Agárrese fuertemente a ese leño, a la Cruz. De ese modo, nunca naufragará. Llegará con toda seguridad al puerto de la salvación.

 

Por el pensamiento habitual de la presencia de Dios se llega a hacer oración veinticuatro horas al día.

 

Sagrado silencio de amor, que es un hablar tan fuerte a los oídos del Esposo divino.

 

La señal de que el alma debe dejar los discursos interiores se tiene cuando ella gusta de estarse completamente sola en el seno amoroso del Señor, con atención amorosa, con una dulce mirada de fe, con un silencio sagrado de amor.

 

Empiece siempre su oración por uno de los misterios de la Pasión, ejercítese en piadosos soliloquios, sin hacer ningún esfuerzo para meditar. Si Dios viene luego a traerlo al silencio de amor y de fe en su seno divino, no turbe la paz y descanso de su alma con reflexiones explícitas.

 

Doy gracias a la divina misericordia de que conserve continuo recuerdo de los padecimientos de su celestial Esposo: deseo que se deje penetrar bien del amor con que los ha sufrido. El camino más corto es perderse toda entera en ese abismo de padecimientos.

 

En el sumo grado de la ascensión a Dios se encuentra el purísimo padecer sin consuelo, ni del cielo ni de la tierra.

 

Por medio de su padecer se purifica lo imperfecto que no conoce, y su alma se vuelve como un cristal en el que se refleja la luz del sol divino; y quedará toda transformada en Dios por amor.

 

Siendo la oración infusa un don gratuito de Dios, no se debe pretender conducir a la misma a nadie a fuerza de brazos, como se suele decir. Todo el cuidado del maestro debe consistir en elevarlos hasta allí por una grande costumbre de virtud y de verdadera humildad de corazón, de conocimiento de su propia nada, de desprecio de sí mismos, de verdadera obediencia ciega, haciéndoles concebir grande amor hacia esta virtud, a toda costa, de verdadera y perfecta abnegación de su propia voluntad en todo, de mortificación personal de sus inclinaciones, simpatías y antipatías. Estas  son las virtudes fundamentales para el edificio espiritual y para obtener el don de la santa oración y unión con Dios.

 

Esté en la presencia de Dios con una pura y simple atención amorosa en aquel inmenso Bien, en un sagrado silencio de amor, reposando todo su espíritu en el seno amoroso del Dios eterno.

 

 ¡Ah!, ¡un Dios crucificado!… ¡Un Dios muerto!… ¡Oh prodigio de amor!… ¡Oh ingratas criaturas! ¡Las mismas piedras lloran!… Ha muerto el Soberano Sacerdote, y nosotros, ¿no lloramos? ¡Sería preciso haber perdido la fe para no derretirse en lágrimas, ¡oh Dios mío!

 

Perpetuo luto por la Pasión y muerte de Jesús.

 

La santidad consiste en estar totalmente unidos a la voluntad de Dios.

 

La oración no consiste en tener consuelos, lágrimas, etc., ni a los hombres fuertes se les da manjar de niños; después del otoño viene el crudo invierno. Es bien cierto que el entender lo que Dios manda y dejarse gobernar totalmente por su infinita bondad, poniendo, sin embargo, nuestra parte y siguiendo en todo su voluntad es lo mejor.

 

Gran misterio es este; y es gran perfección el resignarse en todo a la divina voluntad; mayor perfección, vivir abandonada con gran indiferencia al divino beneplácito; y máxima y altísima perfección, el alimentarse con espíritu de fe y de amor de la divina voluntad. ¡Oh dulce Jesús, qué cosa tan grande nos has enseñado con palabras y obras de vida eterna! Recuerde que este amable Salvador dijo a sus queridos discípulos que su alimento era hacer la voluntad de su eterno Padre.

 

Conviene aceptar los golpes que vienen de lo alto, de la mano dulcísima del gran Padre del Cielo, y sufrirlos pacientemente con amorosa mansedumbre. De esta forma pasa el temporal que amenaza tormenta, y uno hace como el viñador o el hortelano que, cuando llega la tormenta, se retira en la choza hasta que pase, y está en paz. Así nosotros, en medio de tantas tempestades con que nos amenazan nuestros pecados y los pecados del mundo, estemos retirados en la áurea choza de la  divina voluntad, complaciéndonos y haciendo fiesta de que se cumpla en todo el soberano y divino beneplácito.

 

Pierda de vista todo lo creado; tenga el intelecto bien purgado y limpio de toda imagen y huya, en medio de tatos males como hay en el mundo, al seno del Padre celestial por medio de Jesucristo Nuestro Señor, y allí piérdase toda en la inmensa divinidad, como se pierde una gota de agua en el gran océano. De esta forma no vivirá una vida suya, sino una vida deífica y santa.

 

Temamos ser privados de padecer más que el avaro de sus tesoros.

 

Todo está en la Pasión; es allí donde se aprende la ciencia de los santos.

 

Creo que la Cruz de nuestro dulce Jesús habrá echado más profundas raíces en su corazón, y que cantará: padecer y no morir; o bien: o padecer o morir; y aun mejor: ni padecer ni morir, sino transformarse en el divino querer.

 

Jesús, que es el divino Pastor, os conducirá como a sus queridas ovejas a su redil. Y, ¿cuál es el redil de este dulce y soberano Pastor?, ¿sabéis cuál es? Es el seno del divino Padre; y porque Jesús está en el seno del divino Padre, Christus Iesus qui est in sinu Patris, en ese seno sacrosanto y divino Él conduce y hace reposar a sus queridas ovejitas; y toda esa labor supercelestial y divina se hace en la casa interior de vuestra alma, en pura y desnuda fe y santo amor, en verdadera abstracción de todo lo creado, pobreza de espíritu y perfecta soledad interior; pero esta gracia tan excelsa se da solamente a los que tratan de ser cada día más humildes, sencillos y caritativos.

 

Un pequeño grano de orgullo es suficiente para echar por tierra una gran montaña de santidad.

 

Vuelva a arrojarse en su nada, a reconocer su indignidad, y de este reconocimiento ha de nacer una mayor confianza en Dios.

 

El que quiera encontrar el verdadero todo que es Dios ha de arrojarse en su nada. Dios es aquello que, en esencia, es lo que es: ego sum qui sum; nosotros somos lo que no somos porque, por más hondo que excavemos, no encontraremos otra cosa que nada, nada; y quien ha pecado es peor que la misma nada, porque el pecado es una horrible nada, peor que la nada.

 

Para ser santo se necesita una ‘n’ y una ‘T’. La ‘n’ eres tú, que eres una horrible nada; la ‘T’ es Dios, que es el todo infinito por esencia. Deja pues que desaparezca la ‘n’ de tu nada en el fondo infinito que es Dios, óptimo y máximo, y allí piérdete enteramente en el abismo de la inmensa divinidad. ¡Oh, qué hermoso trabajo es este!

 

No hay que temer ningún engaño con tal que haya y se aumente el conocimiento del propio nada tener, nada saber, nada poder y que, cuanto más se cava, se encuentra también más la horrible nada para, por tanto, dejarla desaparecer en el Todo infinito.

 

Nada agrada tanto a Dios como aniquilarse y abismarse en la nada; esto espanta al diablo y lo hace huir… Para prepararse a la batalla y estar armada con la armadura de Dios, no hay medio más eficaz que aniquilarse y anonadarse delante de Él, creyendo firmemente no ser capaz de salir victoriosa si Dios no está con ella para combatir; de donde debe arrojar esta su nada en aquel verdadero todo que es Dios y, con gran confianza, combatir como valiente guerrera, estando ciertísima de salir victoriosa.

 

Cuando esté bien aniquilada, bien despreciada y convencida de su nada, pida a Dios  permiso para entrar en el Corazón divino, y luego lo obtendrá. Colóquese allí como una víctima sobre este divino altar, donde arde eternamente el fuego del santo Amor: déjese penetrar hasta la médula de los huesos de aquellas llamas sagradas, hasta que se vea reducida a cenizas; después, si el dulce soplo del Espíritu Santo eleva esta ceniza a la contemplación de los divinos misterios, deje a su alma en libertad de abismarse en esta santa contemplación. ¡Oh, cuánto agrada a Dios esta práctica!

 

Estando allí, en aquel sagrado desierto interior, del que le hablado tanto de palabra como por escrito, deje desaparecer su verdadera nada en el todo infinito, y descanse en Jesucristo en el seno del dulcísimo Padre como niña, mamando la leche divina de los pechos sacratísimos de la infinita Caridad. Y si el Amor la hace dormir aquel místico sueño, que es la herencia que el sumo Bien da en esta vida a sus queridos, como dice el profeta: Cum dederit dilectis suis somnum, ecce hæreditas Domini (cuando diera el sueño a sus predilectos, he aquí la heredad del Señor), usted duerma, que en tan sagrado sueño se hará sabia con la sabiduría de los santos.

 

Total desprendimiento de todo lo creado.

 

Feliz el alma que se despega de su propio gozar, del propio sentir, del propio entender. Altísima lección es esta; Dios se la hará entender si usted pone su contento en la Cruz de Cristo Jesús, en morir a todo, esto es, a todo lo que no es Dios, en la Cruz del Salvador.

 

Toda humillada y reconcentrada en su nada, nada poder, nada tener, nada saber, con alta y filial confianza en el Señor, procure perderse totalmente en el abismo de la infinita caridad de Dios, que es todo fuego de amor… Y así, en ese inmenso fuego, deje que se consuma todo lo que hay en usted de imperfecto, para que renazca a una nueva vida deífica, vida toda de amor, toda santa; y esta divina natividad la celebrará en el divino Verbo, Cristo nuestro Señor. Tenga en cuenta, sin embargo, que este divino trabajo se hace en lo más íntimo del espíritu, en el gabinete más secreto. Así que, muerta místicamente a todo lo que no es Dios, con altísimo desprendimiento de todo lo  creado, entre sola en lo más profundo de esa sagrada soledad interior, en ese sagrado desierto; entrada que se ha de hacer con total aniquilamiento de sí, con fe y santo amor, con alto desprendimiento de todo contento sensible, por santo que sea, al cual no debe mirar y mucho menos reposar en él. De esta manera, cada vez que se hacen estas introversiones o retiradas interiores, quedando en santo silencio de fe y de amor, el alma renace constantemente a una nueva vida de caridad en el divino Verbo, que siempre escucha y ama. ¡Oh cuánto tendría que decirle!

 

Dé mucha importancia a esta sagrada soledad interior, abstraída de todo lo creado, desnuda de sí misma, pobre de espíritu, cargada de cruces, arrojada en su nada, abandonada en Dios; y tal abandono sacrosanto se hará en el sagrado desierto interior, en el sagrado silencio de fe y de santo amor, puro y neto. De esta forma abandónese en el seno del Padre celestial y haga largos sueños. No se despierte sin permiso del Esposo divino; de esta forma, el alma renace a vida deífica en el divino Verbo, y cada vez que con fe viva entre en este sagrado desierto, se realizará en usted esta divina natividad.

 

Sumérjase en el mar inmenso de la infinita caridad de Dios, del que nace aquel gran mar de la vida santísima, Pasión y muerte de nuestro Jesús.

 

Le recomiendo ir frecuentemente en espíritu a pescar en el mar santísimo de los sufrimientos de Jesucristo y de los dolores de María santísima. En este gran mar pescará las perlas de las santas virtudes del dulce Jesús, y su alma quedará cada vez más hermosa y adornada de estas preciosas margaritas. Esta divina pesca en el mar de la infinita caridad, del que procede este mar de la Pasión santísima de Jesucristo, que son dos mares en uno, se hace en el reino interno del espíritu, en fe purísima y amor ardiente.

 

El amor es una virtud unitiva y hace propias las penas del bien amado. Si se siente toda compenetrada, por dentro y por fuera, de las penas del Esposo, haga fiesta; pero le puedo decir que esta fiesta se hace en el horno del amor divino, porque el fuego que penetra hasta la médula de los huesos transforma al amante en el amado, mezclándose de un modo alto el amor con el dolor, el dolor con el amor, se hace una mezcla amorosa y dolorosa, pero tan unidos que no se distingue ni el amor del dolor, ni el dolor del amor, tanto que el alma amante goza en su dolor y hace fiesta en su doloroso amor.

 

El punto que usted no entiende, de hacer suyas, por obra del amor, las penas santísimas del dulce Jesús, se lo hará entender su divina Majestad cuando le plazca. Esta es una obra toda de Dios; el alma toda sumergida en el puro amor, sin  imágenes, en purísima fe desnuda (cuando le place al sumo Bien), en un momento se encuentra precisamente inmersa en el mar de las penas del Salvador, y, en una mirada de fe, las entiende todas sin entender, ya que la Pasión de Jesús es obra toda de amor; y estando el alma toda perdida en Dios, que es caridad, que es todo amor, se hace una mezcla de amor y de dolor, ya que el espíritu queda ahí todo penetrado y está todo inmerso en amor doloroso y en un dolor amoroso: Opus Dei.

 

Permanezca toda recogida dentro de sí misma en pura fe, adorando al Altísimo en espíritu y en verdad, con la parte superior de la mente. No desee ningún alivio, sino el puro beneplácito de Dios. Permanezca en aquel desnudo padecer, en sagrado silencio de fe, y no se lamente ni de dentro ni de fuera. A lo más, dé algún gemido de niña, a ejemplo de Jesucristo en el Huerto: Ita, Pater, quoniam sic placitum fuit ante te… (Sí, Padre, porque así te ha complacido a ti…). Continúe luego en silencio de fe y déjese martirizar del santo amor con pobreza y desnudez de espíritu, siempre acompañadas de angustias y de abandonos.

 

Tal sagrado martirio produce en el alma dos maravillosos efectos: uno es purificarla de todo neón de imperfección, como hace el fuego del purgatorio y por eso se llama pena purgativa; el segundo es enriquecer al alma de virtud, sobre todo de paciencia, de mansedumbre, de alta resignación a la divina voluntad, con profundo conocimiento de la propia nada horrible. De esta forma, el alma, toda inhabitada en su nada, padece y calla, y deja desaparecer su nada en Dios, y goza de padecer y callar.

 

Sé que, por la misericordia  de nuestro querido Dios, no deseo saber otra cosa ni gustar ningún consuelo: sólo deseo ser crucificado con Jesús.

 

Nuestra corrompida naturaleza se hace ladrona de los dones de Dios, cosa sumamente peligrosa y perniciosa.

 

El camino de los santos es el de esperar con sumisión la prueba de Dios, y hacer morir en la divina voluntad los movimientos de la propia naturaleza, que no busca más que la propia comodidad. Hay que morir místicamente a todo; y el no sentir las inclinaciones naturales y los movimientos de las pasiones, que no mueren nunca hasta que nosotros no muramos, no es cosa de este tiempo, sino que  hay que esperar con paciencia la visita del soberano dueño; porque así como agrada mucho a Dios esa angustiosa espera, así Él embiste luego al alma con rayos tan ardientes de su gracia, que secan todos los malos humores. Y si las inclinaciones naturales y los movimientos de las pasiones no mueren del todo, quedan, sin embargo, de tal manera mortificados, que ya no son obstáculo a la quietud, sobre manera dulce, de la santa contemplación; se comienzan a gustar los efectos de esta muerte mística, que es más preciosa que la vida, porque el alma vive en Dios vida deífica.

 


En la Cruz el amor puro

perfecciona al alma amante

cuando férvida y constante

le consagra el corazón.

 

¡Oh, si yo explicar pudiera

el tesoro alto y divino

que el grande Dios uno y trino

ha encerrado en la aflicción!

 

Mas, como es un grande arcano

al amante sólo abierto,

yo, en amar tan inexperto,

distante admiro, no más.

 

Oh dichoso el que padece

en la Cruz abandonado

y en los brazos del Amado

se consume en santo amor.

 

Más dichoso todavía

quien, sin sombra de consuelo,

en un puro desconsuelo

en Cristo se transformó.

 

¡Oh feliz el que padece,

sin apego al sufrimiento!

Morir así es su contento

y amar más a quien lo hirió.

 

Desde la Cruz del Señor

yo te doy estas lecciones.

En santas meditaciones

las aprenderás mejor.

 

Amén


.

Conságrese al ejercicio de la santa oración mental, meditando particularmente la  Pasión de Jesucristo y los dolores de María Santísima. Ejercite santas virtudes: la humildad, la obediencia, la mortificación externa e interna, son las piedras fundamentales. Sobre todo habitúese bien a la resignación con la divina voluntad, ejercitándose con frecuencia en ella.

 

Sobre todo, hay que practicar las virtudes que Jesús ha practicado y nos ha enseñado. Jesús padecía y callaba, sin jamás lamentarse. Aprenda pues a padecer y callar, cuidando también de padecer en silencio.

 

Lleve siempre a la oración algún misterio de la vida santísima y Pasión de Jesucristo, y si después lo eleva el Espíritu Santo a recogimiento más profundo e interior, déjese llevar por el soplo del Espíritu Santo, pero siempre por medio de la santísima Pasión, con lo que se evita todo engaño.

 

Respecto a los misterios de Jesucristo, deténgase allí donde el corazón experimenta mayor devoción y más se enciende en el amor divino; pero cuando siente que el alma gusta permanecer en el sagrado silencio de la fe y del santo amor en el seno del divino Padre, prosiga así, aunque se prolongue por todo el tiempo de la oración; porque entonces es el Espíritu Santo quien lleva al alma a semejante oración; por lo que conviene seguir sus atractivos.

 

Una vez terminada la preparación, imagine asistir al misterio que medita cual si actualmente se verificara ante sus ojos. Si medita la agonía de Jesús en el huerto, hágase cuenta de encontrarse en aquel huerto a solas con Él, mírelo compasiva, pero con viva fe y amor; recoja aquellas gotas de Sangre preciosa y hágale esta pregunta: Mi querido Jesús, ¿por qué padeces? Haga de cuenta que le responde al corazón: Hija, padezco por ti, por tus pecados, porque te amo. Seguidamente arrójese a sus santísimas plantas, como lo hacía la santa penitente Magdalena; deténgase un momento; béselos en espíritu y dígale todo cuanto le inspira el amor. ¡Oh, qué afectos tan amorosos se le ocurrirán! Deje que Jesús le enseñe, y dígale: Mi divino Maestro y Esposo, enséñame cómo debo amarte y servirte. Suplique a continuación la gracia de todas las virtudes.

 

El recuerdo de la Pasión santísima de Jesucristo y la meditación de sus virtudes [...] conducen al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la contemplación más sublime.

 

Al repasar los tormentos de mi Jesús [...] lo hacía languideciendo en el alma con altísima suavidad mezclada con lágrimas, con el dolor de su Esposo infundido en ella, o bien, para mejor explicarme, sumergida en el Corazón y en el dolor santísimo de su dulcísimo Esposo Jesús.

 

No le digo que haga oración a mi modo, sino al de Dios… Deje a su alma libertad para tomar su vuelo hacia el soberano Bien, según Dios la conduce. La mariposa revolotea alrededor de la llama, y acaba por quemarse: que su alma dé vueltas alrededor de la luz divina, que se arroje en ella…

 

Deje que la pobre mariposilla se queme del todo, que quede reducida a cenizas en aquella luz amorosa del horno dulcísimo del Corazón amoroso de Jesús, y ya incinerada, deje que esa poca ceniza de nuestra nada se abisme, se pierda, se consuma —por decirlo así— totalmente en aquel abismo de infinita bondad de  nuestro Dios, y allí, licuada de amor, celebre fiesta continua, con cánticos amorosos, con sagradas complacencias, con sueños de amor, con santo silencio, toda absorta en aquel mar inmenso de amor, y en este mar penetre hasta el fondo, segura de hallar otro gran mar: el de las penas de Jesús y de los dolores de María Santísima. Este mar brota de aquel inmenso mar del amor de Dios.

 

Tuve alta inteligencia infusa de los espasmos de Jesús, y tantos deseos de estar perfectamente unido a Él, que deseaba experimentar actualmente sus espasmos y estar en al Cruz con Él.

 

El que quiere ser santo gusta de seguir las huellas divinas de Jesucristo, de ser hecho el oprobio y la abyección de la plebe… El que quiere ser santo gusta de esconderse a los ojos de los hombres, toma lo dulce por amargo y lo amargo por dulce, y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios; y como quiera que esta se cumple mejor en el padecer que en el gozar, porque en el goce peligra siempre entrar la propia voluntad, por eso el verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer, recibiéndolo sin intermediarios de la purísima voluntad de Dios. Recuerde que este divino trabajo, para ser seguro, conviene que pase por la puerta, que es Jesucristo nuestro Señor y su santísima Pasión, que es toda ella obra de amor; la cual jamás debe perderse de vista, con docilidad absoluta a la acción divina, a la que el alma debe ser fidelísima en obedecer interiormente.

 

Veo que se halla privada de todo consuelo. Doy gracias a Dios bendito, porque ahora se asemeja más al Esposo divino, abandonado de todos mientras agonizaba sobre la Cruz; pero en este abandono ofreció el gran sacrificio y lo consumó con las últimas palabras que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto entregó su alma santísima en las manos del eterno Padre, y cumplió la obra de la humana redención. Haga usted lo mismo, hija mía. [...] Ahora está en agonía sobre el riquísimo lecho de la Cruz. ¿Qué le queda por hacer, sino entregar el alma en manos del eterno Padre diciendo: Padre dulcísimo, en tus manos encomiendo mi espíritu? Y esto dicho, muera felizmente de esa preciosa muerte mística, y vivirá una nueva vida, mejor dicho, renacerá a una nueva vida deífica en el divino Verbo Cristo Jesús. Y, ¡oh, qué vida esta! Vida tal y tan grandiosa y llena de inteligencia celestial, que ni aun saber hablar de ella podrá conmigo.

 

Jesús oró en la Cruz durante tres horas: oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh Dios, qué gran enseñanza! Pida a Jesús que la imprima en su corazón. ¡Oh, cuánto hay aquí que meditar! He leído que durante su agonía en la Cruz, después de sus tres primeras llamas de amor, es decir, sus tres primeras palabras, Jesús quedó en silencio hasta la hora de nona, orando todo aquel tiempo. Dejo a su consideración cuán desolada fue su oración. Descanse pues sobre la cruz del dulce Jesús, y no exhale otra queja que este gemido: Padre mío, Padre mío, hágase tu voluntad… Y luego calle. Continúe descansando sobre la cruz y luego calle hasta que llegue el momento dichoso de la verdadera muerte mística. Entonces, como dice san Pablo, estará toda oculta en Dios con Jesucristo (Col 3, 3), y se hallará en esa altísima soledad hacia la cual suspira, con desprendimiento absoluto de todo lo creado. Esta es la hora de sufrir en silencio y en paz: resignación perfecta en su agonía, que la conduce a la muerte mística.

 

¡Oh mi Dios!, ¡quién nunca te hubiera ofendido!

 

¡Esperanza de mi corazón!, antes morir mil veces que pecar.

 

¡Oh mi Jesús!, ¿cuándo te amaré yo?

 

¡Oh sumo Bien mío!, haz mi corazón semejante al tuyo.

 

¡Oh Dios mío!, quien no te ama no te conoce.

 

¡Oh, si todos te amasen, Amor infinito!

 

¡Amor mío!, ¿cuándo estará mi alma abrasada en tu santa Caridad?

 

¡Oh mi soberano Bien, hiere, hiere mi corazón con tu santo amor!

 

¡Cúmplase tu santa voluntad, Dios mío!

 

Bienvenidas sean las aflicciones.

 

Queridos padecimientos, yo los abrazo y los estrecho contra mi corazón. Ustedes son las perlas preciosas que me envía el Señor.

 

¡Qué hermoso sufrir! ¡Oh mano querida de mi Dios!, te beso amorosamente.

 

Bendita sea la vara santa que con tanto amor me hiere.

 

¡Ah, tierno Padre!, bien harás en humillarme.

 

Amado Bien, Dios mío, tus azotes son las joyas de mi corazón.

 

Sí, sí, Jesús mío, o padecer o morir.

 

Trátame como quieras, Dios mío; jamás dejaré de amarte.

 

Por los enemigos:

¡Oh almas queridas de Jesús!, yo las amo en el Corazón de Jesús, que arde de amor por ustedes.

 

 

 

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EL MÍSTICO DEL CALVARIO*

Publicado por pablofranciscomaurino en Julio 26, 2008

SAN PABLO DE LA CRUZ

El místico del Calvario

El día 3 de enero de 1694 en la pequeña ciudad Ovada, cerca de Alejandría. Al norte de Italia, nació Pablo Francisco Danei Massari. Vivirá en buena parte del siglo XVIII, también llamado “siglo de las luces” pues, en general, se pensaba que la inteligencia humana es la única autoridad y que la fe y la revelación son un obstáculo al desarrollo de la humanidad.

 

Pablo vivió su niñez en un hogar auténticamente cristiano, desde el cual experimentó las alegrías y los sufrimientos de la vida: de 16 hijos del matrimonio Lucas Danei y Ana María Massari sólo sobrevivieron 6. No faltaron también las dificultades económicas, por lo que la familia tuvo que cambiar continuamente de domicilio en busca del trabajo. Pablo, quien desde muy pronto debió ayudar a su padre, no pudo asistir con regularidad a la escuela.

 

El gran testimonio de la fe cristiana de Ana Maria —su madre— ejerció gran influencia en la educación religiosa de Pablo, a la que éste correspondió con una respuesta generosa.

 

A los 19 años, en 1713, el joven Pablo tomó la primera gran decisión de su vida. La predicación de un sacerdote o una charla espiritual con él le impresionó de tal forma que, profundamente emocionado y arrepentido, hizo confesión general de sus pecados y decidió consagrar su vida a Dios de un modo más radical y absoluto. Él mismo llamará después a este momento su “conversión a penitencia”.

 

Años más tarde, cuando en 1716 el Papa Clemente XI invitó a la cristiandad a una cruzada contra los turcos, Pablo creyó oír en esto la voz de Dios, pues quería morir mártir y se alistó voluntario, pasando algún tiempo en cuarteles y campamentos. Convencido de que éste no era el servicio que Dios le pedía, regresó a la casa de sus padres a quienes siguió ayudando en sus necesidades, dedicaba muchas horas a la oración, participaba diariamente en la misa y se entregaba a duras penitencias.

 

Pablo Francisco tenía 26 años; sus hermanos habían crecido y sus padres no necesitaban tanto de su de ayuda. Por este tiempo, sintió la llamada de Dios a fundar una orden religiosa: “Sentí mi corazón movido por el deseo de retirarme a la soledad; [...] me vino la inspiración de llevar una túnica, de andar descalzo, vivir en estrechísima pobreza y llevar, con la gracia de Dios, vida de penitencia; [...] me vino la inspiración de reunir compañeros para vivir con ellos promoviendo en las almas el santo temor de Dios; me vi en espíritu vestido de una túnica negra, con una cruz blanca sobre el pecho, y bajo la cruz escrito el nombre santísimo de Jesús con letras blancas…”

 

El 22 de noviembre de 1720 Pablo se despidió de su familia y se dirigió a su obispo, monseñor Gattinara, en Alejandría. Este, en una ceremonia sencilla y en su capilla privada, revistió a Pablo de la Cruz con el hábito negro de ermitaño. Las seis semanas siguientes, del 23 de noviembre de 1720 al 1 de 1721, las vivió en el trastero de la sacristía de la Iglesia de San Carlos, de Castellazzo, en las más precarias condiciones de alojamiento. Son como los ejercicios espirituales preparatorios para su misión de ermitaño y fundador. En adelante su apellido será “de la Cruz”.

 

Por orden de su obispo, Pablo de la Cruz consigna por escrito los sentimientos y vivencias interiores de esos días en un “Diario espiritual”. En él vemos a qué grado de oración ha llegado ya, así como las grandes líneas de la doctrina espiritual que vivirá y enseñará durante los 55 años siguientes. En las anotaciones del primer día aparece ya la idea fundamental y programática de toda su vida: “No deseo saber otra cosa ni quiero gustar consuelo alguno; sólo deseo estar crucificado con Jesús”.

 

Acabados estos días, Pablo de la Cruz pasó los meses siguientes en distintas ermitas de las cercanías, viviendo en soledad; daba catecismo a los niños en los lugares vecinos, predicaba los domingos e incluso dio una misión.

 

Quiso ir a Roma para pedir personalmente al Papa que le aprobara las Reglas de la nueva Orden religiosa, la misma que escribió durante los 40 días de Castellazzo. En septiembre de 1721 se dirigió a Roma, pero sufrió una gran desilusión: fue rechazado por los guardias de Papa con palabras no muy amables. Aunque profundamente decepcionado, no se desanimó. En la Basílica María la Mayor hizo un voto especial: “dedicarse a promover en los fieles la devoción a la Pasión de Cristo y empeñarse en reunir compañeros para hacer esto mismo”.

 

A su vuelta a Castellazzo, se le unió su hermano Juan Bautista que, lleno de los mismos ideales fue, hasta su muerte en 1765, el compañero fiel de Pablo. Durante los años siguientes, los dos experimentan la Regla pasionista en diferentes ermitas y colaborando con las parroquias vecinas mediante el catecismo y la predicación.

 

Tras la etapa eremítica, Pablo de la Cruz creyó necesario que él y su hermano vivieran en Roma para conseguir de la Santa Sede la aprobación de las Reglas; por eso prestaron sus servicios en el Hospital de San Gallicano, cuyo director les aconsejó hacerse sacerdotes. Después de un breve curso de Teología pastoral, en junio de 1727 los dos hermanos Danei fueron ordenados sacerdotes en la Basílica de San Pedro por el Papa Benedicto XIII.

 

Siguiendo su gran impulso de vivir en la soledad y reunir más compañeros formando la primera comunidad, los dos hermanos se dirigieron al Monte Argentario, unos 150 Kilómetros al norte de Roma, junto a la costa. Ahí vivieron en una pequeña ermita. El aumento de candidatos hizo pequeño el local, y construyeron el primer convento de la naciente Congregación, el cual, por innumerables dificultades, fue inaugurado hasta 1737.

 

Pero faltaba todavía la aprobación de las Reglas. Una comisión de cardenales nombrada para su estudio suavizó algo su gran austeridad, y en mayo de 1741 fueron aprobadas por Benedicto XIV; habían transcurrido 21 años desde que fueron escritas el nombre de la nueva orden religiosa sería: Congregación de la Santísima Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, título que expresaba claramente su peculiaridad en la Iglesia. Los Religiosos Pasionistas anunciarán por todas partes el misterio de la Cruz y Pasión de Jesucristo, a lo cual se obligaban por voto específico.

 

Pablo de la Cruz encontró el sentido completo de su existencia en la Memoria de Jesús Crucificado, quien dio su vida por todos nosotros (Jn 3,16). En su asidua contemplación del Crucificado, Pablo encontró un camino de acceso al misterio de Dios que es vida y amor, y sintió la urgencia de salir al encuentro de las gentes para anunciarles al Dios de la vida.

 

A lo largo de su vida —murió a los 81 años—, Pablo de la Cruz fundó 11 conventos. En 1771, el santo, ya anciano, inauguró el primer monasterio de religiosas pasionistas de clausura, que vivirían el mismo espíritu según la Regla escrita también por él.

 

Además de fundador, Pablo de la Cruz, fue predicador de misiones populares. Poseía cualidades muy especiales para esto: voz potente, agradable presencia física, dotes retóricas extraordinarias. Lo que más impactaba de él era su testimonio de íntima unión con Dios, su devoción y su santidad.

 

Se destacó también como un esclarecido director espiritual, tanto que se lo llamó “el más grande místico italiano del siglo XVIII”. Por su gran actividad apostólica —200 misiones y 80 tandas de ejercicios espirituales— mantuvo contacto con gran número de personas que solicitaban su consejo en la vida espiritual, a quienes él sirvió especialmente por correspondencia; se conservan más de dos mil cartas suyas.

 

El 18 de octubre de 1775 pasó Pablo a la Casa del Padre, con una muerte tranquila y santa en el convento de los Santos Juan y Pablo en Roma. Así terminaba su larga vida de trabajos y sufrimientos por Cristo y por el prójimo. Fue beatificado por Pío IX el 1 de mayo de 1853, y canonizado por el Papa el 29 de junio de 1867.

    

 

 

 

 

 

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