Hacia la unión con Dios

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El «edificio» espiritual

Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 9, 2009

 

Existe una especie de edificio espiritual, donde viven todos los seres humanos.

Cada uno puede ubicarse para saber en qué piso se encuentra. Así podrá ir subiendo, hasta llegar a la unión verdadera e íntima con Dios, fuente única de la felicidad.

 

El sótano

Aquí están los que se encuentran en pecado mortal.

Por fortuna, son muy pocos los que están en este subterráneo: la mayoría de las veces se trata de almas que por ignorancia han actuado mal; otras, por coacciones psicológicas; y otras, por otras causas. Todas estas, por lo tanto, no viven en este sótano, sino en pisos superiores.

Por eso es doloroso oír, de vez en cuando, a las personas que teniendo plena advertencia y pleno consentimiento hacen algo malo y grave.

En esta cueva hace mucho frío y hay mucha oscuridad. Falta el amor, eso que nos hace sentir vivos, eso que da sentido a la vida del hombre, eso que le da el calor y la luz. No hay amor porque no está presente Dios, fuente única del Amor verdadero. Aunque lo nieguen o no se percaten de ello, las almas que viven aquí son infelices, confunden el amor con las pasiones o con el sentimentalismo, y así hieren a sus parientes, amigos y conocidos, y se alejan cada vez más de la posibilidad de encontrar la felicidad verdadera.

Además, se dejan llevar por las tentaciones de los espíritus malignos que habitan en esta, su cueva, y se van sumergiendo cada vez más en el mal. Helados y pasmados por el frío más intenso del desamor, pasan las horas impulsados constantemente por los demonios a pensar mal, a hablar mal, a hacer el mal, a no cumplir con sus obligaciones. Heridos por el pecado mortal como están, son presa fácil del demonio. A veces llegan con tentaciones difíciles de vencer o en condiciones peores. Es impresionante, por ejemplo, ver acá personas con obsesiones por un tema determinado: su supuesto o real desequilibrio psicológico, una persona en particular, el odio, el sexo, su orgullo, el dinero y las riquezas, su envidia o su pereza para salir de la situación en la que están… Todas estas son obsesiones demoníacas.

Es que en las paredes, por todas partes, se ven imágenes que invitan al mal. Las principales son siete: la soberbia, la lujuria, la codicia, la envidia, la gula, la pereza y la ira: los pecados capitales.

Hay, además, un túnel que conduce a una habitación inferior más sombría y tenebrosa, a través del cual algunos están entrando, muchas veces sin saberlo, al satanismo…

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

Debemos dar gracias a Dios porque siempre, en su infinita misericordia, pone al alcance del pecador una oportunidad, pues lo único que desea, por el amor tan grande que le tiene, es que se convierta y viva, pues Él murió por los pecadores[1]: todos los que estén en pecado mortal, antes de cualquier otra cosa, deben ir al único lugar del sótano por el que pueden salir de este atolladero: el ascensor, es decir, el confesionario. Allí está la única pero pequeñísima fuente de luz: el minúsculo botón que se oprime para llamar al ascensor. Sin la confesión, será imposible que surtan efecto en ellos las terapias psicológicas o psiquiátricas, o asesorías de otro tipo.

Y Dios desea que todos los que están en este lugar salgan pronto de Él; para eso vino al mundo. Veamos lo que le dice Jesús a una de estas almas:

«Hijo querido, yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

Tú me has ofendido, yo te perdono.

Tú me has perseguido, yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra, yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.»[2]

 

El primer piso

En esta primera planta están aquellos seres humanos que viven ajenos al amor de Dios, porque no lo conocen o porque sus vidas han sido influidas por un materialismo muy fuerte, que no los deja vivir en el espíritu.

Los hay de dos tipos: los ateos, quienes niegan la existencia de Dios, y los que viven el llamado ateísmo práctico: aceptan teóricamente que Dios existe, pero actúan, hablan y piensan como si Dios no existiera.

Muchos cristianos que viven en esta planta baja, pegados a la tierra, sin miras superiores. Permanecen olvidados de Dios en su vida personal, familiar, laboral y social. Los atraen únicamente las imágenes de felicidad que hay pintadas en las cuatro paredes, los dioses del mundo: el placer, el tener, el poder y la fama.

«Yo no hago mal a nadie», suelen repetir machaconamente, pues no saben amar.

Bautizados pero no convertidos, se acuerdan de Dios únicamente en los momentos de apremio, para olvidarse de Él tan pronto como salen de sus problemas o cuando no los auxilia de inmediato, de acuerdo con sus exigencias, renegando —a veces— de su Creador.

El suelo está lleno de huecos, cubiertos con una tela negra, por donde caen con facilidad al sótano, especialmente uno que está en el centro, y que es el mayor. Estos huecos son todas las ocasiones de pecar gravemente que se les presentan de continuo. Un simple descuido y ¡caen a las tinieblas del pecado! Inmediatamente después, los demonios se apresuran a colocar una nueva tela negra con la que se oculta el hueco y se evita que entre luz al sótano.

En este primer piso no hay ventanas; la poca luz que le llega proviene del ascensor, cuando se abren sus puertas, el Sacramento de la Reconciliación.

Pero, además, se divisa otro sitio donde hay algo de luz: una escalera que tiene únicamente tres gradas altas. Estos visos de luz provienen de la ley natural que, con la gracia de Dios, puede llevar a las almas al conocimiento de Dios, a aceptarlo y a iniciar su búsqueda: es necesario que la persona haga el esfuerzo de subir el primer peldaño, el cual consiste en escuchar con atención el Evangelio: que existe un Dios–Padre que la ama entrañablemente y que desea todo lo mejor para ella; así podrá acercarse a conocer a ese Dios–Amor. El segundo escalón es, para algunos, un poco más difícil, por lo alto que es para ellos: aceptar que somos simplemente criaturas, que nuestro ser depende del Creador, que no podemos manejar nuestra vida tan acertadamente como Él, pues nos ama infinitamente y, como nos hizo, sabe mucho mejor qué es lo mejor para nuestra felicidad. Una vez en esta grada, se puede pasar al tercer escalón: como Creador, Dios tiene una Ley, «pero una Ley llena de suavidad y de amor»[3]: vivir las obligaciones del bautismo.

 

El segundo piso

Aquí están todos los que, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos. Cumplen los mandamientos, no tanto para ganarse el Cielo cuanto para no ir al infierno.

Con frecuencia, en este sitio se ven los que pertenecen a «grupos de oración» y a espectáculos de sanación en los estadios; asisten asiduamente a la celebración de la Eucaristía y oran con continuidad; cuentan las maravillas realizadas en ellos desde que se acercaron a Dios, están enfervorecidos animando a otros a seguir ese camino… Pero no está centrado su interés en dar gloria a Dios, sino en conseguir, bien cosas materiales, bien espirituales, como encontrar alivio a sus penas, llenar sus vacíos interiores, «huir» de la cruda realidad, llenarse de paz y de gozo espirituales, etc.

Y esa paz y ese gozo se les van, cuando no «sienten» la presencia de Dios, cuando las cosas no les salen como querían, cuando tienen un percance, cuando su supuesta fortaleza se derrumba con la muerte de un ser querido o una tragedia o un percance económico o la traición de un amigo…

Acá viven también los que se complacen porque son «de los buenos, no como los demás pecadores». A veces se ufanan ante los demás de ser buenos cristianos. Los hay también orgullosos de sus buenas obras, de sus rezos, de su «amor» para con los demás…

Como se puede deducir fácilmente, todos ellos se acercan a Dios por interés, para sacar utilidades. No han leído a Dios, quien dice:

«La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón»[4].

Las paredes, en este piso, tampoco tienen ventanas. A cambio de eso, en la parte alta de las paredes hay unas pequeñas claraboyas que dejan pasar algo de luz al recinto. Desdichadamente son pocos los que pueden empinarse para ver algo del Cielo, debido al peso que llevan a sus espaldas: su egocentrismo.

Esas paredes estás tapizadas con espejos, donde la mayoría se la pasan mirándose y aumentando su egoísmo, ese inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de Dios ni del de los demás. Hasta los hay ya ególatras, con un amor excesivo de sí mismos.

Todos los que aquí viven, caerán fácilmente por los huecos pequeños que hay en el piso, cubiertos también engañosamente por una tela gris oscura, cuando sean atraídos por las llamadas provocativas de los ángeles malos, es decir, las tentaciones a las que son sometidos, especialmente en el agujero de su soberbia.

Pero sí sabrán cuidarse mucho del agujero grande que está en el centro, tapado por una tela negra: les aterra la idea de pecar gravemente y, si caen, pronto se reconciliarán con Dios; pero están mucho más lejos de Dios de lo que creen.

Ese autoengaño les causa muchas penas cuando alguna otra persona los delata o cuando ellos mismos se percatan de su verdadera situación.

Además del ascensor —el perdón divino a través de la confesión—, pueden tomar la escalinata que hay para subir a pisos superiores: aprender que amar a Dios consiste en cumplir los mandatos amorosos que nos dejó a través de Moisés y de la Iglesia:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos»[5].

 

El tercer piso

Permanecen en esta planta los que no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

En términos generales son hombres buenos: cumplen los mandamientos, asisten a la Santa Misa, son honestos con los demás, con su trabajo y, en cierto sentido, con Dios.

En este habitáculo también hay agujeros, pero es más fácil descubrirlos, pues la tela que los cubre es gris clara. También se encuentra el hueco del centro, mayor que los demás, pero menor en tamaño que el de los pisos uno y dos.

En los muros de este piso hay ventanas por las que se ve la creación visible: los reinos mineral, protista, vegetal y animal, como también los seres humanos. En cambio, aquí permanecen casi siempre escondidas esas realidades invisibles —pero realidades—, como la Santísima Trinidad, la Virgen María, los arcángeles, los ángeles, los querubines, los serafines, los santos, las almas del purgatorio o, también, los demonios.

Sin embargo, entra suficiente luz para que, cuando alguien les explique un poco más de lo que ven, puedan observar esas otras verdades espirituales.

También entra algo de calor: cuando se les presenta la posibilidad, los que viven acá se mueven a compasión, se muestran caritativos con los necesitados.

A los que viven aquí, aunque no son servidores voluntarios pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor, como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden; es decir, una propuesta a subir por la escalera ancha que lleva al piso siguiente: es bueno recordarles que Dios ya les ha dado la vida, lo que tienen desde el punto de vista material y la Fe; además, conviene recordarles que Jesús se encarnó y los redimió, y que los llenó de privilegios: la Iglesia, los sacramentos y la promesa de la felicidad eterna en el Cielo.

Esa escalera es, por lo tanto, la evangelización.

 

El cuarto piso

En esta etapa espiritual están los que sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos y, llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

Cumplen con sus obligaciones de hijos, hermanos o padres y, mientras trabajan honradamente, sacan el tiempo necesario para colaborar con Dios en la salvación de las almas y en la extensión de su Reino:

Son, primero, almas de oración diaria; viven intensamente la Eucaristía como centro de su espiritualidad, ya que en ella encuentran la esencia de su salvación; rezan el Santo Rosario con gran devoción y realizan otras oraciones buscando pagar así a Dios todo lo que Él les ha dado.

En segundo lugar, trabajan en obras de apostolado en su parroquia o colaboran con los sacerdotes en todo lo que su tiempo y obligaciones se lo permiten… En fin, aman a Cristo.

La luz que hay en este piso entra por todos lados, ya que sus paredes son cristales: no solamente se puede contemplar la naturaleza, sino que se ven más fácilmente las realidades espirituales; además, la temperatura es cálida, puesto que hay amor a Dios y, consiguientemente, amor por los demás.

Ciertamente hay huecos en el piso, pero están destapados y son, por lo tanto, visibles: es más fácil distinguir el pecado de la virtud. Por otra parte, el agujero del centro, el del pecado mortal, es menor que el del tercer piso. Por eso hay paz…

A estos, el Padre del Cielo les ha dicho:

«Guarden la Ley que les ha dado su Dios y Señor. Guarden mis mandamientos y, sin desviarse a derecha ni a izquierda, vivan en la paz de sus fieles servidores».

 

El quinto piso

Se hallan aquí los que han conocido verdaderamente a Dios y, movidos por impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de Dios Padre, sin ningún interés personal.

Dicen así:

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

Dios Padre les ha respondido:

«Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto yo te pida»[6].

Analicemos esas palabras del Padre: «Deja tu casa» no significa «Deja tu hogar». La casa, el edificio para habitar, es distinto del hogar, palabra que viene de hoguera y que significa sitio donde se hace la lumbre, fuego, calor, «calor de hogar», es decir, familia.

Lo que hay que dejar, entonces, es el amor por lo material. De hecho, Dios nunca querrá que dejemos de amar a nuestros seres queridos; por el contrario, nos pide encarecidamente que nos amemos los unos a los otros:

«Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.» [7]

Y nos dice, además, cómo debemos amarnos:

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos.»[8]

¡Hasta dar la vida debemos amarnos!

En cambio, sí nos pide que no amemos así la «casa», es decir, todo lo que significa: el edificio mismo, los muebles, los electrodomésticos, la ropa, la comida, el dinero que se debe conseguir mensualmente para mantener esa casa…

Tampoco debemos apegarnos a los demás bienes materiales.

Esas cosas deben representar para nosotros un préstamo que Dios nos hace en esta vida terrenal, para nuestro bienestar y para el de los demás; no más, como a veces ocurre cuando les damos tanta importancia, que se nos olvida lo principal: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

«Marta, Marta,    andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»[9]

Luego dice: «déjate a ti mismo», queriendo significar con eso que tampoco nos pongamos a nosotros mismos por encima de esas finalidades fundamentales de nuestra vida. Él lo había dejado claro:

«Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”.»[10]

No quiere Dios que nos despreciemos o que nos odiemos, sino de que dejemos nuestros intereses egoístas por lo único que vale la pena: el amor de Dios.

Luego prosigue diciendo: «y ven». Con esto quiere decir: «ven hacia mí», es decir, deja todo eso y decídete por mí, hallarás lo que necesitas para ser feliz.

Por eso, los que viven aquí, si son casados, aman a su cónyuge y a sus hijos por amor a Dios, para su gloria: conciben que el cónyuge es la imagen de Dios a quien ellos tienden y en quien encuentran su verdadero complemento… Y aman sin reservas egoístas a sus hijos, porque saben que eso alegra el Corazón de Jesús. Si son sacerdotes o religiosos, entregan su sexualidad en una oblación perfecta, directamente, a Dios.

Todos saben que su trabajo será, como su vida espiritual, oración y unión con la Cruz de Cristo. Por eso lo hacen bien, para ofrecérselo diariamente a Dios, como homenaje a su realeza y a su bondad…

Entre sus conocidos son ejemplo de paz y gozo interiores, de amistad sincera y desinteresada, de generosidad, de desprendimiento, etc.

Su lema es:

 

«Como criaturas, vivir para glorificar a Dios Padre;

revestidos de Jesucristo, ayudarlo a salvar almas;

y, llenos del Espíritu Santo, derramar ese amor a todos.»

 

Este último piso es la terraza, desde donde se puede explayar la vista; además, está cerca del Cielo: se viven las realidades espirituales.

Con agujeros más pequeños, tiene poco riesgo de caer en el  pecado, y son verdaderamente libres.

Sin paredes, cerca del calor y de la luz del Dios— Sol, los que habitan este privilegiado lugar no tienen otro deseo ni otra ocupación que no sea hacer la Voluntad de Dios.

Centran su vida en conocer esa divina Voluntad, a través de la oración, y en ponerla en práctica de inmediato y del modo más perfecto, para agradar a su Creador y Redentor. Pasan los días, las horas y los minutos pendientes de cómo satisfacer a Dios y ayudarlo a salvar almas.

Aman entrañablemente a Jesús sacramentado, asistiendo con fervor al Sacrificio incruento de la Santa Misa, comulgando con admiración por el amor de Dios que se empequeñece para ser alimento y vida de los bautizados, visitando con frecuencia a Jesús en el Tabernáculo…

Viven en actitud de agradecimiento, adoración y alabanza: es su vida la que alaba a Dios: con sus obras, con sus palabras y con sus pensamientos… Hasta con sus sentimientos quisieran hacer lo que la Sagrada Escritura llama sacrificios de alabanza…

Y escogen la Cruz: no van a la oración a recibir consuelo sino a dárselo al Sagrado Corazón de Jesús; si el Señor se les muestra esquivo y hay «sequedad» espiritual, la aceptan con tal de agradar a su Dios, y nunca fallan a la cita con su Jesús; su oración ya no es por ellos mismos, es por los demás: para que sean eternamente felices; se concentran sólo en la Gloria de Dios y en la salvación de las almas.

De hecho, aman la Cruz: saben que Jesús nos redimió en la Cruz, no con los milagros ni con la fama ni con el bienestar; ni siquiera con la predicación. Por eso, a la hora de los servicios a los demás o de las tareas apostólicas, escogen las más sacrificadas y escondidas; Prefieren no sobresalir, esconden sus virtudes, dejan que Jesús se luzca…

Recuerdan cómo murió Jesús: sentía dolor físico, sed, los tormentos de la agonía, todos lo habían abandonado, se le iba la vida… Y quiso amar más: sintió hasta el abandono de su Padre:

«Y a esa hora Jesús gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”»[11]

¡Es el colmo del despojo! ¡Es el colmo de la entrega! ¡Es el colmo del amor!

Por eso, los del quinto piso no menosprecian el frío, el calor, el dolor físico, el desprecio, la indiferencia, la pobreza, el hambre, la sed, la enfermedad, la crítica, el irrespeto, la esclavitud, la ira de los demás, la humillación, el desamor, la deshonra, la soledad, el desamparo, el rechazo, el cansancio, la ingratitud, las ofensas, el desconsuelo, la incomprensión, la incomodidad, el desprestigio, la cárcel, el despojo, la mala interpretación de los demás, la injusticia…[12] Aceptan todo eso con amor, por amor a Jesús y a las almas, se unen así al Redentor y se alistan, sin buscarlo, al premio que les espera.

Mientras tanto, sólo desean amar, amar, ¡amar!

De aquí salen los mártires. Por eso podemos decir que el martirio es una consecuencia, no algo que se busca. Asimismo, la santidad no es una finalidad, es un resultado. Resultados ambos del amor a Dios.

Aquí se da la oración de contemplación[13], porque aquí desaparecen los egoísmos, los apegos, y los apetitos; todos quedan desnudos de todo: solo les importa Dios. Hacer eso es poner por obra lo que les dijo Dios Padre: dejar su casa, sus bienes, dejarse a sí mismos y, con Jesús, hacer cuanto el Espíritu Santo les pida.

Solo aquí la muerte es un paso: desde este séptimo piso (contando los sótanos) vuelan las almas, suavemente, sin sobresaltos, hacia el Cielo…

 

 



[1] Cf. Rm 5, 6

[2] Carta de Dios, p. 102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[3] Carta de Dios, p. 101-102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[4] 1S 16, 7b

[5] Jn 14, 15

[6] Carta de Dios, p. 95, MRC editores, 1991, Bogotá, Colombia.

[7] Jn 15, 17

[8] Jn 15, 12-13

[9] Lc 10 41b-42

[10] Mc 8, 34

[11] Mc 15, 34

[12] Cf. Cómo hacer meditación, p. 55, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

[13] Cf. Cómo hacer meditación, pp. 82-86, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

  

 

 

 

 

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Cómo defendernos del Maligno

Publicado por pablofranciscomaurino en Abril 3, 2009

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

 

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

 

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

 

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

 

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

 

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

 

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

 

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

 

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

 

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

 

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

 

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

 

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

 

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

 

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

 

   

  

 

 

 

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Vida activa o contemplativa*

Publicado por pablofranciscomaurino en Marzo 9, 2009

Vida activa o contemplativa

según el Cántico espiritual

 de San Juan de la Cruz

 

 

CANCIÓN 28

 

Mi alma se ha empleado,

y todo mi caudal, en su servicio;

ya no guardo ganado,

ni ya tengo otro oficio,

pues ya sólo amar es mi ejercicio.

 

DECLARACIÓN

 

2. En la canción pasada ha dicho la persona, es decir, la esposa, que se dio toda al Esposo sin dejar nada para sí: En esta dice la manera como lo cumple, afirmando que ya está su alma empleada en cuerpo y potencias y toda su habilidad, ya no en las cosas en general, sino en las que son para el servicio de su Esposo; y que por eso ya no anda buscando su propio provecho o ganancia, ni anda tras sus gustos, ni tampoco se ocupa en otras cosas y tratos extraños y ajenos de Dios; y que aun con el mismo Dios ya no tiene otro estilo ni manera de trato sino ejercicio de amor, por cuanto ha ya trocado y mudado todo su primer trato en amor, según ahora se dirá.

 

Mi alma se ha empleado.

 

3. Da a entender la entrega que de sí mismo hizo al Amado en aquella unión de amor, donde quedó ya su alma con todas al potencias —entendimiento, voluntad y memoria— dedicada y mancipada [sujetada, hecha esclava] a su servicio, empleando el entendimiento en entender las cosas que son más para su servicio para hacerlas, y su voluntad en amar todo lo que a Dios agrada y en todas las cosas aficionar la voluntad a Dios, y la memoria en el cuidado de lo que es para su servicio y lo que más le ha de agradar. Y dice más:

 

Y todo mi caudal en su servicio.

 

4. Por todo su caudal entiende aquí todo lo que pertenece a la parte sensitiva de la persona, en la cual se incluye el cuerpo con todos sus sentidos y potencias, así interiores como exteriores, y toda la habilidad natural: las cuatro pasiones —gozo, esperanza, temor y dolor—, los apetitos naturales y el demás caudal del alma. Todo, dice, está ya empleado en servicio de su Amado, y también la parte racional y espiritual del alma. Porque ya todo lo trata según Dios, rige y gobierna los sentidos interiores y exteriores enderezando a Él sus operaciones y tiene ceñidas también a Dios las cuatro pasiones del alma: no se goza sino de Dios, ni tiene esperanza en otra cosa que en Dios, ni teme sino sólo a Dios, ni se duele sino según Dios; y también todos sus apetitos y cuidados van sólo a Dios.

 

5. Y todo este caudal está ya empleado y enderezado hacia Dios de tal manera que (aun sin que lo advierta del alma), en los primeros movimientos se inclina a obrar en Dios y por Dios; porque el entendimiento, la voluntad y memoria se van pronto a Dios, y los afectos, los sentidos, los deseos y apetitos, la esperanza, el gozo y también todo el caudal se inclina rápidamente a Dios, aunque, como digo, no advierta el alma que obra por Dios. De ahí que muy frecuentemente obra por Dios, y entien­de en Él y en sus cosas, sin pensar ni acordarse que lo hace por Él, porque el hábito de proceder en esta manera ya la hace carecer de la advertencia y hasta de los actos fervorosos que solía tener al princi­pio. Y por eso dice:

 

Ya no guardo ganado.

 

6. Que es tanto como decir: ya no ando tras mis gustos y apetitos, porque, habiéndolos dado a Dios, ya no los guarda para mí. Y no sólo dice que ya no guarda este ganado, esta ganancia, sino que dice más aún:

 

Ni ya tengo otro oficio.

 

7. Muchos oficios no provecho­sos suele tener el alma antes de llegar a hacer esta donación y entrega de sí y de su caudal al Amado, con los cuales procuraba servir a su propio apetito y al de otros. Porque cuantos hábitos imperfectos tenía, tantos oficios podemos decir que tenía; como hablar cosas inútiles, y pen­sarlas y obrarlas también, no usando de esto conforme a la perfección del alma; también suele tener otros apetitos desordenados como buscar ostentaciones, cum­plimientos, adulaciones, respetos, procurar parecer bien y dar gusto con sus cosas a la gente, y otras cosas muchas inútiles con que procura agradar a la gente, empleando en ella todos sus cuidados y el apetito y la obra, y finalmente hasta el caudal de su alma. Todos estos oficios dice que ya no los tiene, porque ya todas sus palabras y sus pensamientos y obras son de Dios y enderezadas a Dios, no llevando ellas las imperfecciones que solían tener. Y así, es como si dijera: ya no ando buscando dar gusto a mi apetito ni al ajeno, ni me ocupo ni entretengo en otros pasatiempos inútiles ni en cosas del mundo,

 

pues ya sólo amar es mi ejercicio.

 

8. Como si dijera que ya todos estos oficios están puestos en ejercicio de amor de Dios: qua toda la habilidad de mi alma y cuerpo, memoria, entendimiento y voluntad, sentidos interiores y exteriores y apetitos de la parte sensitiva y espiritual, todo se mueve por amor y en el amor, haciendo todo lo que hago con amor y padeciendo todo lo que padezco con sabor de amor. Esto mismo quiso dar a entender David cuando dijo: Mi fortaleza guardaré para ti (Sal 58, 10).

 

9. Aquí es de notar que, cuando el alma llega a este estado, todo el ejercicio de la parte espiritual y de la parte sensitiva, sea en hacer o en padecer, de cualquier manera que sea, siempre le causa más amor y regalo [gusto o complacencia] en Dios, como hemos dicho; y hasta el mismo ejercicio de oración y trato con Dios que antes solía tener en otras consideraciones y modos, ya todo es ejercicio de amor. De manera que sea su trato acerca de lo tem­poral o de lo espiritual, siem­pre puede decir esta tal alma: ya sólo amar es mi ejercicio.

 

10. ¡Dichosa vida, y dichoso estado, y dichosa el alma que a él llega!; allí todo le es ya sustancia de amor y regalo y deleite de desposorio, en que de veras puede la esposa decir al divino Esposo aquellas palabras que de puro amor le dice en los Cantares (7, 13): Todas las manzanas nuevas y viejas guardé para ti, que es como si dijera: Amado mío, todo lo áspero y trabajoso quiero por ti y todo lo suave y sabroso para ti.

 

Pero el acomodado sentido de este verso es decir que el alma en este estado de desposorio espiritual ordina­riamente anda en unión de amor de Dios, que es común y ordinaria asistencia de voluntad amorosa en Dios.

 

 

ANOTACIÓN PARA LA CANCIÓN SIGUIENTE

 

1. Verdaderamente esta alma ha perdido el apego a todas las cosas y sólo ha ganado en amor, no empleando ya el espíritu en otra cosa. Por lo cual, decae hasta a lo que es vida activa y otros ejercicios exteriores, por cumplir de veras con la única cosa sola es necesaria (Lc 10, 42), como que dijo el Esposo: la asistencia y continuo ejercicio de amor en Dios. Lo cual Él valora y estima tanto, que, así como reprendió a Marta (Lc 10, 41) porque quería apartar a María de sus pies por ocuparla en otras cosas activas en servicio del Señor (entendiendo que ella se lo hacía todo y que María no hacía nada, pues se estaba holgando [entreteniéndose con gusto] con el Señor, siendo ello muy al revés, pues no hay obra mejor ni más necesaria que el amor), así también en los Cantares (3, 5) defiende a la esposa, conjurando a todas las criaturas del mundo, las cuales se entienden allí por las hijas de Jerusalén, que no impidan a la Esposa el sueño espiritual de amor, ni la hagan velar, ni abrir los ojos a otra cosa hasta que ella quiera.

 

2. Aquí debe notarse que, en tanto que el alma no llega a este estado de unión de amor, le conviene ejercitar el amor así en la vida activa como en la contemplativa. Pero, cuando ya llega a él, no le es conveniente ocuparse en otras obras y ejercicios exteriores que le pueda impedir ni un poco aquella asistencia de amor en Dios, aunque sean de gran servicio de Dios, porque es más precioso delante de Dios y del alma un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, aunque parece que no hace nada, que todas esas otras obras juntas. Que, por eso, María Magdalena, según dice la tradición, aunque con su predicación hacía gran provecho y lo va a hacer muy grande después, por el gran deseo que tenía de agradar a su Esposo y aprovechar a la Iglesia, se escondió en el desierto treinta años para entregarse de veras a este amor, pareciéndole que en todas maneras ganaría [le aprovecharía] mucho más de esta manera, por lo mucho que aprovecha e importa a la Iglesia un poquito de este amor.

 

3. De donde, cuando alguna persona tuviese algo de este grado de solitario amor, grande agravio se le hace, a ella y a la Iglesia, si, aunque fuese por poco espacio, la quisiesen ocupar en cosas exteriores o activas, aunque fuesen de mucha importancia. Porque, pues si el mismo Dios reprendió a Marta por impedir este amor, ¿quién se atreverá a hacerlo y quedará sin reprensión? Al fin y al cabo ¡fue para este amor que fuimos creados!

 

Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan llegar al mundo entero con sus predicaciones y obras exteriores, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios (incluso sin contar el buen ejemplo que de sí darían), si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración, aunque no hubiesen llegado a tan alto grado como ésta. Cierto, entonces harían más y con menos trabajo con una obra que con mil, mereciéndolo su oración, y habiendo cobrado fuerzas es­pirituales en ella; porque de otra manera todo es martillar y hacer poco más que nada, y a veces nada, y aun a veces daño. Porque Dios os libre que se comience a envanecer la sal (Mt 5, 13), que, aunque más parezca que hace algo por de fuera, en sustancia no será nada, cuando está cierto que las obras buenas no se pueden hacer sino en virtud de Dios[1].

 

4. ¡Oh, cuánto se pudiera escribir aquí de esto!, mas no es de este lugar. Esto he dicho para dar a entender la siguiente canción; porque en ella el alma responde a todos aquellos que impugnan este santo ocio del alma y quieren que todo sea obrar, que se luzca y se hinche el ojo por fuera, no entendiendo ellos la vena y raíz oculta de donde nace el agua y se hace todo fruto.

 

 



[1] Las duras palabras del santo no condenan en sí la activi­dad apostólica, sino sus excesos, en particular el efectismo y la profesionalización al margen de la íntima y suprema motivación [la fuerza intrínseca divina], que debe presidir toda obra, como afirma en la última frase.

   

 

 

 

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‛Busco una víctima’*

Publicado por pablofranciscomaurino en Diciembre 14, 2008

Dice Jesús: ‛Busco una víctima’

 

Dios mío y mi todo, he comprendido vuestra misteriosa operación obrada en mi alma, y he oído vuestra invitación amorosa. Aquí estoy; me ofrezco a Vos para que me convirtáis en vuestra víctima en el significado más completo de la palabra. Os entrego mi cuerpo, mi alma, mi corazón, todo cuanto poseo, para que Vos lo inmoléis según vuestros deseos.

 

Os ofrezco mi vida, tomadla, ¡oh Dios mío! El amor no exige condiciones, ni reservas. ¡Yo no os pongo ninguna, mi tierno Padre! Me ofrezco y os suplico que me aceptéis. No consultéis ni mis gustos, ni mis repugnancias, satisfaced vuestro amor, esto me basta.

 

Cuando considero mis debilidades, ¡oh! Dios mío, temo muchísimo, mas cuando me dirijo a Vos, me siento fortificada e irresistiblemente atraída hacia la más completa inmolación. Desconfío de mí, ¡oh! mi Dios, pero confío en Vos.

 

¡Oh María, mi buena y tierna Madre, ten piedad de tu hija! Ofréceme, os ruego a la santísima, adorabilísima, gloriosísima Trinidad. Quisiera poseer la pureza de tu Corazón a fin de ser más digna del Dios a quien me ofrezco.

 

¡Oh! María, alcánzame la gracia de disminuir cada día el número de mis culpas, de alcanzar el grado de perfección que ha fijado para mí la Santísima Trinidad: el de vivir tan solo del puro amor y, finalmente, la gracia de la perseverancia final.

 

Ángeles de paraíso, santos y santas del Cielo, en especial mis santos patrones y patronas, digan a su Rey amantísimo: ¡He aquí la víctima que has elegido; ella se entrega eternamente a tu amor!

 

Magdalena Kémusat

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las pruebas

Publicado por pablofranciscomaurino en Noviembre 14, 2008

Es muy fácil hacer oración o cualquier acto de piedad, cuando estamos ayudados por el sentimiento, cuando sentimos gusto. Acertamos si afirmamos que es una prueba que nos está poniendo cuando Dios nos quita estos estímulos, que lo que está procurando es que empecemos a recorrer el camino normal en la vida espiritual.

Al comienzo, en realidad, vivimos la vida espiritual porque nos gusta o para sentirnos bien, es decir, por egoísmo (un egoísmo velado, escondido, porque parece amor), pero no estamos pensando en amar (servir) a Dios, sino en complacernos a nosotros mismos.

Después, si avanzamos en la vida espiritual, ya no lo hacemos por nosotros sino por Él: para complacerlo; y ahí es cuando comienza el amor auténtico: aunque estemos sin ganas, sin alicientes, sin estímulos, hacemos todo lo que lo complace, buscando solamente servirlo, tenerlo contento, aunque por dentro no estemos sintiendo gusto; es decir, por primera vez lo estamos haciendo por amor.

Es una sentencia sapientísima afirmar que el amor comienza cuando nos cuesta.

Y eso fue lo que hizo santos a quienes veneramos como tales: se olvidaron de sí mismos, y se dedicaron a amar a Dios y a sus hermanos. De san Pablo de la Cruz se cuenta, por ejemplo, que mientras servía de consuelo a tantos a través de su dirección espiritual, él estaba desolado, sin consuelos, sin fervor en la oración, sin alicientes, en una cruz dolorosísima que le duró más de cuarenta y ocho años… Por ello fue llamado el príncipe de los desolados. Y eso lo santificó.

Por esto mismo coinciden en afirmar, tanto los grandes maestros de la vida interior como los buenos directores espirituales, que la persona que pasa por estas pruebas —incluso pruebas de fe— no se está alejando de Dios, sino que por el contrario se está acercando Él, a través del único camino que conduce al amor, a la felicidad auténtica: el camino de la sequedad espiritual, del desierto interior, de la falta de fervor en la oración; es decir, del camino ordinario hacia la unión con Dios.

Si esa persona acude a su director espiritual angustiada, él le dice que le parece maravilloso que el Señor haya permitido esta prueba, porque quiere decir que la está preparando para elevarla a la siguiente etapa espiritual.

Cuando el Espíritu Santo quiere llevar a la santidad a alguien, permite que el demonio lo tiente con dudas de fe: empieza a pensar que no existe la vida eterna, duda del amor de Dios o de su existencia… Y Dios lo permite porque sabe que si es capaz de seguir diciendo que quiere creer, a pesar de estar con esas dudas, a pesar de la falta de evidencia, se llenará de méritos, se purificará, saldrá del estado de los principiantes y entrará en el siguiente: el de los aprovechados en la vida espiritual.

Es duro pasar por esta etapa, pero el premio es maravilloso; vale la pena. ¡Si supiéramos con cuánto amor está esperando el Señor que superemos la prueba!

Así pues que, si el lector está pasando por esta noche oscura, ¡ánimo!: ¡a recorrer este camino con la certeza absoluta de la cercanía del Dios invisible!

   

 

 

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Jaculatoria para mantenerse en presencia de Dios

Publicado por pablofranciscomaurino en Septiembre 28, 2008

Amor infinito,

sé que estás aquí,

que me estás mirando,

que me estás amando…

Como nada tengo,

todo lo espero de ti;

y esto que estoy haciendo

lo hago por amor a ti…

 

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¿Lujuria?

Publicado por pablofranciscomaurino en Septiembre 12, 2008

Pocos se animan a hablar abiertamente de los ataques de los demonios de la lujuria, lo que ocurre a todo ser humano y muchas más veces de las que creemos.

Cuando esto ocurre, debemos deducir que el demonio está atacando, porque percibe que Dios quiere llevarnos hacia la santidad y sabe que, de no hacerlo, nos escaparemos de sus manos. Por eso es necesario que pongamos los remedios.

Lo primero que se debe hacer es mantenerse en gracia de Dios: si se ha caído, confesarse con dolor de haber ofendido a ese Dios tan bueno, con arrepentimiento sincerísimo y con un propósito firmísimo de no querer ofender nunca más a nuestro Señor. Este acto de obediencia a Dios (Jn 20, 21-13) trae al alma una fuerza espiritual (la gracia) para no seguir cayendo en este pecado.

Segundo, es necesario frecuentar los sacramentos (comunión y confesión), para seguir recibiendo esa fuerza del Cielo para no caer.

Tercero, hacer oración. Dedicar todos los días unos minutos a estar con Jesús; aprovechar ese tiempo para pedirle perdón y gracia para no caer más.

Cuarto, una gran devoción a la Santísima Virgen: rezar todas las noches las 3 avemarías antes de acostarse, pidiendo la pureza; rezar diariamente el Rosario y tratarla con frecuencia.

Quinto: cuidar la vista. Si no se es capaz de mirar a las personas del otro sexo en los ojos, recordando que son almas a quienes Dios quiere con todas sus fuerzas, mirar al cielo o al suelo. Nunca ver imágenes eróticas en televisión (cambiar inmediatamente de canal) o en Internet, no asistir a cine sin verificar qué tipo de película es la que queremos ver, cerrar las revistas que contengan ese tipo de imágenes.

Sexto: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la impureza son la pereza y la gula. No permitir ni un minuto de pereza: máximo 7 horas de sueño y media hora de descanso después de las comidas. Y, por otra parte, nunca quedar llenos después de comer: que siempre se sienta que faltó comer alguna cosa más.

Séptimo: tener presente que las dos hermanas pequeñas de la virtud de la pureza son el pudor y la modestia. Pudor y modestia en vestirse, en la forma como nos portamos, caminamos, miramos, nos expresamos, hablamos, etc.

Y, particularmente, en los momentos de tentación, es necesario luchar contra ella, haciendo 2 cosas: rezar varias veces, y con mucho cariño y fervor, la oración: “Bendita sea tu pureza…” y quitar el pensamiento que nos está llevando al pecado, si es necesario haciéndonos violencia, como san Francisco de Asís y otros santos que, por preservar la hermosísima virtud de la pureza, llegaron al extremo de echarse a un estanque helado o a una zarza llena de espinas… Y así lograron la gema de esta virtud angélica, con la que ahora engalanan al mismo Cielo.

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¿Pobreza?

Publicado por pablofranciscomaurino en Septiembre 12, 2008

«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos», nos dijo Jesús (Mt 5, 3), y ya se nos ha explicado que no se trata de no tener cosas, sino de estar desprendido de ellas.

Pero, como toda la Escritura, este versículo tiene sus significados más profundos (místicos), y cuanto más nos adentramos en él más significados podemos encontrar: son cuatro los niveles místicos de la pobreza espiritual.

La pobreza a la nos referimos es mejor llamarla “en el espíritu”, pues así no se confunde con el apocamiento, la pusilanimidad (ánimo pobre), que algunos llaman “estupidez”: la pobreza de espíritu.

La pobreza en el espíritu pretende, como los otros consejos evangélicos, llevarnos a la realización personal auténtica, a la bienaventuranza eterna, la felicidad absoluta, distinta a la felicidad relativa, la única que se puede alcanzar en esta vida.

Se trata, en un primer nivel, de estar exentos de todo apetito desordenado por las cosas materiales, por las personas y por uno mismo, con lo que se consigue que el corazón empiece a desocuparse para que pueda ser llenado por Dios.

El segundo nivel consiste en el desapego de todas las formas con las que pretendemos “llegar” a Dios (y con las que nunca lo lograremos): la fantasía y a la imaginación, el discurso intelectual (pensar, estudiar, para llegar a Dios), y el deseo a sentir cosas agradables en la vida espiritual…

El tercero es no tener apego a las cosas espirituales, como querer disfrutar de los dones (mejor llamados carismas: don de lenguas, de interpretarlas, de profecía…), manifestaciones sobrenaturales (olores, visiones, locuciones…), etc.

El último es el desapego de los gozos inefables y deleites espirituales que se derivan de la unión con Dios, y es el más propiamente espiritual: la persona verdaderamente pobre en el espíritu no pretende gozar (ni siquiera con la compañía del Amado), sino amar al Amado (servirlo, darle gusto, tenerlo contento); vive totalmente desprendido de su propio querer, para complacerlo, cueste lo que le cueste. De hecho, este es ahora su único querer: complacerlo; es su mayor deleite, su mayor gozo…

Ser pobre es, entonces, estar desprendido de todo lo que se acaba de describir, para dejar que sea Dios quien actúe, como quiera, cuando quiera, cuanto quiera y en la intensidad que Él quiera, únicamente para su gloria y honra. Es, por tanto, el amor auténtico.

 

 

 

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Las distracciones en la oración

Publicado por pablofranciscomaurino en Agosto 19, 2008

Se ha dicho siempre: Nadie llega a la santidad si no hace oración; nadie es cristiano sin oración. Por eso, es indispensable que se hable y se escriba sobre uno de los principales obstáculos que se presentan en la oración: las distracciones.

Decía santa Teresa de Jesús que la imaginación es “la loca de la casa”, pues corre de un lado para el otro, impidiendo nuestra concentración, haciendo que olvidemos delante de quién estamos, quién es nuestro interlocutor, distrayéndonos…

¿Qué hacer cuando llegan esas distracciones? Es de gran utilidad conocer el mejor método que hay para evitarlas: aprovecharnos de ellas, convertirlas en oración: hablarle al Señor de eso que nos distrajo; por ejemplo: pedirle a Dios por las personas en las que estábamos pensando, solicitarle la solución a los problemas que nos distrajeron, alabarlo por esas cosas hermosas que nos entretuvieron…

Al hacer que todo se convierta en oración, lograremos mantenernos en comunicación con Dios, aprovecharemos mucho mejor el tiempo y, lo que es mejor, nos acercaremos más a la santidad que Dios nos pide.

Pero hay que distinguir entre las distracciones y las acciones del Espíritu Santo, con las que nos hace sentir cosas bellísimas, subidísimas, inefables…, o nos hace entender mejor las cosas de Dios, como nunca las habíamos entendido…

En este caso, conviene dejar de orar como lo estábamos haciendo: apartar el libro de oraciones o el Rosario que teníamos en las manos, dejar de usar la imaginación o el entendimiento (la inteligencia con la que estábamos discurriendo), para dejarnos llevar por el Espíritu Santo…

No se piense que ese es tiempo perdido, pues debemos recordar lo que decía la santa doctora española: “tengo por muy ganada esa pérdida” (de tiempo). Hemos de tener la certeza de que si hacemos esto, nos aprovechará espiritualmente mucho más que si continuáramos rezando del otro modo, porque ese es el camino para llegar a la auténtica unión con Dios.

El Señor le enseñará más a cada lector, si persevera en este camino.

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Oraciones para confiar y abandonarse*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

¡Oh Jesús!,

 

por intercesión de sor Josefa

 

confío a tu corazón [...].

 

Mira y haz lo que tu Corazón te diga…

 

Deja obrar a tu Corazón…

 

Cuento con Él…

 

De Él me fío…

 

A Él me abandono…

 

¡Oh Jesús, estoy seguro de ti!

 

Madre Zaepffel, R.S.C.J.

 

 

Padre, me pongo en tus manos.

 

Haz de mí lo que quieras;

 

sea lo que sea, te doy las gracias.

 

Estoy dispuesto a todo,

 

lo acepto todo,

 

Con tal que tu voluntad se cumpla en mí

 

y en todas tus criaturas.

 

No deseo más, Padre.

 

Te confío mi alma,

 

te la doy con todo el amor de que soy capaz,

 

porque te amo,

 

y necesito darme a ti,

 

ponerme en tus manos,

 

sin limitación,

 

sin medida,

 

con una confianza infinita,

 

porque tú eres mi Padre.

 

Carlos de Foucauld

 

 

 

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Carta a Jesús

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

¡Oh, mi Jesús! Vengo dolorido a tus pies, para pedirte perdón porque te hemos fallado mucho; ¡a ti, que eres la misma pureza! y que, por eso, te duelen tanto nuestros pecados, nuestras impurezas, nuestras faltas de amor…

 

Nos hiciste solo por amor; y a cambio recibiste solo desamor…

 

Te compadeciste de nosotros y —loco de amor— te hiciste como nosotros: ¡una criatura!, siendo Tú el Creador.

 

Decidiste dejar tu riqueza y tu gloria, para ser pobre y humilde… Y nosotros seguimos llenos de soberbia y de codicia.

 

Viviste como uno de nosotros durante treinta años, dándonos ejemplo, para que aprendiéramos a vivir como Dios quiere…

 

Nos enseñaste el Amor de tu Padre…; y seguimos siendo egoístas.

 

Viniste a predicar Amor y te colgamos en una cruz…

 

Pagaste nuestras deudas derramando toda tu Sangre y sufriendo cuanto más podías, por amor; y seguimos pecando continuamente, adquiriendo nuevas deudas…

 

Para nuestra pequeñez te inventaste un tribunal donde nos acusamos culpables y Tú nos perdonas, una y otra vez…

 

Nos buscas para darnos nuevas oportunidades de salvarnos, y las rechazamos con sordera y ceguera espirituales…

 

Siempre estás allí: acercándote a nosotros —humillándote por Amor— con el deseo de darnos la felicidad que tanto buscamos; y nosotros, alejándonos para caer de nuevo en el pecado, en el egoísmo, en la soledad…

 

¡Oh, Jesús! ¡Cuánto sufrirá tu Corazón al ver el nuestro, tan indolente, tan testarudo, tan pecador!…

 

¡Perdónanos, Jesús!

 

Aunque ya es el colmo pedirte más, apiádate de nosotros…

 

Jesús, mira la humanidad: aferrada al placer, al tener, al poder, a la fama…

 

Se matan unos a otros por un pedazo de tierra o por un poco de riqueza material… Se revuelcan en placeres bajos, con los que tratan de llenar sus propios vacíos… Se sacrifican sin medida por arrancarle un instante de alegría a sus vidas o por una brizna de placer… ¡Cuántos santos y santas habría en el mundo si esos esfuerzos se hicieran para conseguir la santidad!

 

El poder cautiva a muchos para servirse de él, no para servir…

 

Dejan crecer el egoísmo hasta caer en la maldad, inconscientes de que su condición trascendente mira más alto: al Cielo, donde hallarán todo lo necesario para llenar sus ansias de felicidad, donde sus corazones conseguirán todo lo que tanto anhelan: la bondad, la belleza y la sabiduría de Dios, que superarán con creces todo lo que logren encontrar aquí, con sus más grandes esfuerzos…

 

No han hecho caso de lo que Jesús vino a enseñar a la humanidad hace más de dos milenios: que la ley del amor debe superar al egoísmo; que no nos enfrasquemos más en nuestro egocentrismo, viviendo del «yo», y salgamos al encuentro del «tú», para que esta multitud de seres solitarios crezca interiormente —por fin— en todos los ámbitos: personal, familiar, laboral y social…

 

Muchos tratan de llenar sus vacíos interiores con las adulaciones y las alabanzas de los demás… Algunos viven sólo para eso: tratan por todos los medios de reemplazar así todo el cariño que dejaron de recibir en su infancia…, o se convierten en mendigos del amor de las criaturas, siendo Tú el único que puede llenar las inmensas ansias que anidan en nuestros corazones.

 

¡Cómo te dolerá el Corazón al ver tantos y tantas que se esfuerzan tanto por proyectar una imagen para ser reconocidos, para ser valorados!… Y Tú, siempre esperándolos para derrochar todo tu amor en ellos, y hacerlos inmensamente felices…

 

Prisionero del amor en los sagrarios, pasas horas y días enteros sin que nadie te visite…

 

Eres la salud para todos nuestros males, y te dejamos solo. Eres la solución de todas nuestras desventuras, y te abandonamos. ¡Eres el amor que tanto añoramos, y nos olvidamos de ti!… Sin ti somos infelices y desgraciados; sin ti estamos vacíos; sin ti nada podemos, nada sabemos, nada tenemos, nada somos…

 

Por favor, ¡grítanos cuando pasemos a tu lado, para que dejemos esta sordera espiritual!…

 

 

 

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Agradecimiento a Dios

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara, ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

 

 

 

 

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Oración de abandono

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 20, 2008

Señor, aquí me tienes; quiero que hagas de mí lo que desees; sé que por mis pecados me merezco el infierno, pero por tu misericordia sé también que me llevarás al Cielo, porque ya pagaste mis pecados.

 

Por ese amor tan grande que me has demostrado, me entrego desde hoy a ti, para lo que me pidas: quiero pagarte tanto amor aceptando todo lo que me ocurra como venido de tus amorosísimas manos, que solo quieren mi bienestar; sé que de tus manos no pueden salir sino cosas buenas para tus hijos, y lo que los humanos llamamos malo en realidad es bueno, porque nos hace madurar y crecer espiritualmente.

 

Sé que lo que más deseas es mi felicidad, y que para lograrla te dejaste matar en una cruz, y que te valdrás de cualquier medio, hasta de lo que nosotros llamamos malo; así pues que, a partir de ahora, te prometo que nunca más me quejaré del trato de las criaturas ni de las circunstancias de mi vida, porque sé que lo que haces, aunque no lo entienda o me duela, es para mi bien eterno, y que lo permites únicamente por amor a mí. Esta es la sabiduría que practicaré desde ahora, con tu ayuda, porque, como ya sabes, yo nada puedo.

 

Lo que más me alegra es saber que así recompensaré, aunque sea mínimamente, tanto derroche de amor por mí, que no merezco, porque mucho te he ofendido.

 

Me declaro tu esclavo —como la Santísima Virgen María, mi amorosísima Madre— y te declaro mi Amo y Señor, mi Amor —Amor infinito—, para obedecerte, cueste lo que cueste, hasta dar la vida por ti, si es necesario, porque sé que así gano la Vida eterna, la que nunca acaba.

 

Dame alegría o sufrimiento, dame dolor o dicha, dame bienestar o malestar, lo que Tú quieras, para consolarte, para que te sientas amado por mí.

 

Ahora soy tuyo, para siempre. Te lo repito: Haz de mí lo que quieras en esta tierra y, después, llévame al Cielo, para gozar de ti, de tu amor, eternamente.

 

Amén.

 

 

 

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¿Confías realmente en Dios?

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 16, 2008

 

 

Los problemas económicos agobian y angustian a muchos hoy día. Pero Jesús invita a los suyos a una confianza inquebrantable:

 

«Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y, sin embargo, el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves?

 

¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura? Y, ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!

 

No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas. No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 25-34)

 

¿Crees en Dios? Él es la misma verdad (Jn 14, 6) y, por lo tanto, no puede mentir. Te está diciendo que para Él vales mucho más que las plantas y que los animales, afirma que el Padre sabe qué necesitas, te promete la comida y el vestido: nunca te faltarán. Y, ¿cuál es la condición? «Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas».

 

Buscar el Reino de Dios y la Justicia de Dios consiste en poner tu interés en dar gloria a Dios, ayudarlo a salvar almas y repartir su Amor.

 

Dar gloria a Dios obedeciéndolo, como Jesús, que fue «obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8), es decir, obedecer a la Iglesia que Él fundó.

 

Ayudarlo a salvar almas orando insistentemente por ellas y ofreciendo tus penas por su salvación y, si es posible, trabajando en alguna actividad apostólica.

 

Repartir su Amor, dándole a todos —sin excepción— el Amor que de Él has recibido, perdonándolos como Él te perdonó, trabajando sólo por su bienestar espiritual y material (sin intereses egoístas), sirviendo a la sociedad con los dones que Él te dio.

 

También dijo Jesús: «No se preocupen por el día de mañana [...] A cada día le bastan sus problemas». Este es el momento de dejar de pensar en las deudas de mañana o del mes que viene, de dejar de vivir preocupado por ahorrar para el futuro, de dejar de prever todo lo que puede pasar, de dejar de tomar seguros para todo… ¿Es que no confías en Dios? ¿No crees en su Palabra? Mira quién es Él. Lee el salmo 103:

 

¡Bendice al Señor, alma mía!

¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios,

vestido de gloria y majestad,

envuelto de luz como de un manto.

 

Tú despliegas los cielos como un toldo,

construyes sobre las aguas tu piso alto.

Tú haces tu carro de las nubes

y avanzas en alas de los vientos.

Tomas de mensajeros a los vientos

y como servidores un fuego en llamas.

 

Pusiste la tierra sobre sus bases,

por siempre jamás es inamovible.

La cubres con el manto de los océanos,

las aguas se han detenido en las montañas.

 

Ante tu amenaza emprenden la fuga,

se precipitan a la voz de tu trueno;

suben los montes, bajan por los valles

hasta el lugar que Tú les señalaste;

pusiste un límite que no franquearán,

para que no vuelvan a cubrir la tierra.

 

Haces brotar vertientes en las quebradas,

que corren por en medio de los montes,

calman la sed de todos los animales;

allí extinguen su sed los burros salvajes.

Aves del cielo moran cerca de ellas,

en medio del follaje alzan sus trinos.

 

De lo alto de tus moradas riegas los montes,

sacias la tierra del fruto de tus obras;

haces brotar el pasto para el ganado

y las plantas que el hombre ha de cultivar,

 

para que de la tierra saque el pan

y el vino que alegra el corazón del hombre.

El aceite le dará brillo a su rostro

y el pan fortificará su corazón.

 

Los árboles del Señor están colmados,

los cedros del Líbano que plantó.

Allí hacen sus nidos los pajaritos,

en su copa tiene su casa la cigüeña;

para las cabras son los altos montes,

las rocas son escondrijo de los conejos.

 

Pusiste la luna para el calendario

y el sol que sabe a qué hora ha de ponerse.

Tú traes las tinieblas y es de noche,

en que corretean todas las fieras de la selva;

rugen los leoncitos por su presa

reclamando a Dios su alimento.

 

Cuando el sol aparece, se retiran

y vuelven a acostarse en sus guaridas;

el hombre entonces sale a su trabajo,

a su labor, hasta que entre la noche.

 

¡Señor, qué numerosas son tus obras!

Todas las has hecho con sabiduría,

de tus criaturas la tierra está repleta!

 

Mira el gran mar, vasto en todo sentido,

allí bullen en número incontable

pequeños y grandes animales;

por allí circulan los navíos

y Leviatán que hiciste para entretenerte.

 

Todas esas criaturas de ti esperan

que les des a su tiempo el alimento;

apenas se lo das, ellos lo toman,

abres tu mano, y sacian su apetito.

 

Si escondes tu cara, quedan anonadados,

recoges su espíritu, expiran

y retornan a su polvo.

Si envías tu espíritu, son creados

y así renuevas la faz de la tierra.

 

¡Que la gloria del Señor dure por siempre

y en sus obras el Señor se regocije!

Él, que mira a la tierra y ésta tiembla,

y si toca a los montes, echan humo. (Sal 103)

 

¡Ese es tu Dios! El dueño de todo, el que todo lo hizo y el que todo lo puede, ¡y el que te ama tanto!

 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la ley para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió mediante amenazas sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cuál sea el término reservado al bien y al mal. Y aunque nosotros, después de todo esto, perseveramos en nuestra obstinación, no por ello se apartó de nosotros.

 

La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo. Y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo.

 

Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue herido por nuestras rebeldías, por sus llagas hemos sido curados; además, nos redimió de la maldición, haciéndose maldición por nosotros, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana. (De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo: respuesta 2,2-4: PG 31, 914-915)

 

Si hizo todo esto por ti, ¿cómo no te va a ayudar en lo que le pides, siendo tan fácil para Él?

 

Te estoy hablando de confiar en Él. Óyelo, y despeja tus dudas:

 

«Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!». (Lc 11, 9-13)

 

Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. (Mc 11, 24)

 

Otra cosa es necesaria: perseverar.

 

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada qué ofrecerle». Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. (Lc 11, 5-8)

 

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi adversario. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza.» (Lc 18, 1-5)

 

Me dirás que, además de buscar el Reino de Dios y su Justicia, tú pides y pides confiando en Él, y no consigues lo que deseas.

 

Quizá todavía te falta algo:

 

Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

Le traían también niños pequeñitos para que los tocara, pero los discípulos empezaron a reprender a esas personas. Jesús pidió que se los trajeran, diciendo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él». (Lc 18, 13-17)

 

Ser humilde. ¿Sabes qué eres? Ponte frente a ese Dios, Señor de señores, Rey del universo: míralo…, mírate. ¡Qué desproporción! Cuando te des cuenta de tu nada y de su todo, habrás comenzado a ser humilde.

 

Mira nada más tu propio ser: tú eres porque Dios así lo quiere. Él te presta el ser. Él tiene vida propia, nosotros la tenemos prestada:

 

Dios dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes. (Ex 3, 14)

 

Cuando te des cuenta lo grande que es Dios y lo pequeñito que eres tú, y a eso le añadas todos tus pecados, tus errores, tus imperfecciones, tus apetitos desordenados, tus apegos…, sabrás lo poco que vales junto a Dios; sabrás pedir con humildad; sabrás que si te concede lo que pides, no es por tus méritos, sino porque te ama demasiado a pesar de tu pequeñez, de tu condición de pecador, de tu pobreza; y sabrás que si no te da lo que le estás pidiendo es porque no te conviene: Él sabe mucho más que tú lo que te hará bien y lo que no, su sabiduría excede infinitamente a la tuya, Él sabe si todavía no es el momento.

 

Esto es ser como los niños, y es muy bueno. Oye de nuevo a Jesús: «Porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él».

 

Humildad también es aceptar la Voluntad de Dios. Recuerda que lo importante es que te salves y que te lleves al Cielo a muchos. ¿Qué importa sufrir un poco (días, meses, años…) en esta vida, si después te ganarás la felicidad para toda la eternidad? Te lo repito: Él sabe más, Él sabe si necesitas un poco de purificación o la necesitan los tuyos, Él sabe cómo evitarte un poco más el purgatorio.

 

Unas veces, Él sabrá que es necesario que se disminuya un poco tu «yo», y mengüe tu egoísmo: verás providencialmente en qué puedes mejorar, para que rectifiques el camino y se te agrandará el corazón para comprender mejor a los demás…, ¡ganarás méritos para obtener el Cielo!

 

En otras ocasiones, trabajarás para tus hermanos, los hombres: podrás ofrecer a Dios tus penas para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

 

Siempre la Voluntad de Dios será lo mejor: Él sabe más.

 

Si supieras cuánto te ama Dios se irían de tu lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etc. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría.

 

Y tú puedes aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios diciendo: «Acepto la Voluntad de Dios, acato la Voluntad de Dios, aplaudo la Voluntad de Dios, me abandono a la Voluntad de Dios…, ¡amo la Voluntad de Dios!»

 

Por último, recuerda que es necesario que te abandones en tu Padre–Dios, como el niño que deja todos sus problemas en las manos de su Padre. Abandonarse totalmente en quien todo lo puede.

 

Así, y solo así, llegarás a la meta más añorada:

 

«Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lc 7, 50b)

 

 

Recuerda los requisitos principales:

Ø Dar gloria a Dios, obedeciendo a su Iglesia

Ø Ayudar a Jesús a salvar almas, orando y mortificándose por ellos y, si es posible, realizar alguna actividad apostólica

Ø Repartir el amor de Dios, amando a todos como Jesús y perdonándolos como Él te perdonó

Ø Confiar totalmente en Él, sabiendo que todo lo puede y que te ama infinitamente

Ø Perseverar en la oración, esperando el momento de Dios

Ø Ser muy humilde, comprendiendo que Él sabe más y amando la Voluntad de Dios

Ø Abandonarse como un niño en la seguridad de los brazos de su Padre amoroso

 

 

 

 

 

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Confiar

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 16, 2008

Muchos católicos afirman que no son capaces de abandonarse totalmente en las manos de Dios; otros dicen que lo hicieron pero, luego de un tiempo, ya están angustiados, y hasta quieren solucionar aquellos problemas que supuestamente habían dejado en las manos de Dios…

Como esta circunstancia está tan generalizada y tiene tanta trascendencia en la vida espiritual, es indispensable explicar que abandonarse en las manos divinas no es dejar de sentir miedo o preocupación; abandonarse consiste en afirmar que confiamos en Dios, en su amor, a pesar de sentir miedo o preocupación.

Esto significa que confiar no es sentir, es asentir; que digamos: “¡Creo! ¡Confío!”, a pesar de que nuestro corazón dude, como lo hizo santa Teresita del Niño Jesús cuando tuvo que pasar por esa terrible prueba de fe: “Yo alabo a Dios porque quiero creer”.

Dicho de otro modo, Dios no nos exige que sintamos la confianza; lo que nos pide es un acto de la voluntad: que queramos confiar, porque sabemos que Él es el amor infinito, porque lo creemos con certeza.

Y esto es lógico: ¿Cómo podría Dios pedirnos lo imposible? Imposible es tratar de cambiar lo que sentimos. Si yo, por ejemplo, siento miedo ante un peligro inminente, Dios nunca pretenderá que yo elimine ese miedo, ni siquiera me pide que lo disminuya. Lo que Él espera es que, aun sintiendo ese miedo, con la voluntad yo diga: “¡Señor, confío en ti!”.

Si sintiéramos confianza, nada nos sería difícil y, por lo tanto, nada de mérito tendríamos; en cambio, si dudamos y, a pesar de eso, nos esmeramos en querer confiar, porque creemos en Dios, Él se complacerá con nuestro esfuerzo, haremos méritos y pasaremos la prueba que nos puso al permitirnos dudar.

Precisamente el mérito está en el esfuerzo: si en determinada circunstancia no sentimos esa confianza y, sin embargo, ponemos toda la voluntad en creer en el amor de Dios, en su misericordia, ganaremos lo que Él nos tenía previsto para avanzar en la vida espiritual.

Por el contrario, cuando no nos cuesta ningún esfuerzo confiar, cuando Él nos hace sentir esa confianza, no podemos hacer méritos, porque esa confianza no exige esfuerzo alguno de nuestra parte.

En resumen: Dios no nos pide sentir confianza, sino tener confianza. Cuando sentimos la confianza poco mérito hacemos; en cambio, cuando no sentimos confianza y hacemos el esfuerzo de querer confiar, hacemos méritos, Dios se complace y avanzamos espiritualmente.

 

 

 

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Confianza*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 16, 2008

Confianza

 

La confianza es la llave que abre los tesoros de mi infinita misericordia.

¿Sabes cuáles son las almas que más gozan de mi bondad? Son aquellas que más confían en Mí. Las almas confiadas son las ladronas de mis gracias. El placer que experimento en un alma confiada es indecible.

Yo me he dejado clavar las manos para no poder, por decirlo así, castigar a los pobres pecadores. Quiero que vean lo mucho que los amo.

Si quieres salir del estado de imperfección en que te hallas, que tanto deploras y del que no puedes verte libre, conviene que hagas dos cosas: que no te fíes de ti y que confíes en Mí. No basta la una sin la otra; sería un carro al que le falta una rueda: no podría marchar.

No son las fragilidades las que detienen la obra del amor en un alma; son los rodeos del amor propio y la estima de sí.

Esta oracioncita sola: «Me fío en ti» me arrebata el Corazón, porque en esta oración están comprendidas la confianza, la fe, el amor y la humildad.

Un alma fidelísimamente fiel tiene todo el poder sobre mi Corazón… Si quieres agradarme, confía en Mí; si quieres agradarme más, confía aún más; si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente; nunca podrás confiar todo lo que desea mi Corazón. Un acto de confianza me agrada hasta este punto, por la razón de que con él se honran mis más queridos atributos: la bondad y la misericordia.

Alma mía, no pierdas un momento más pensando en ti misma, ya sea tocante al alma, ya al cuerpo. Tú tienes un Esposo que piensa en esas cosas; piensa tú únicamente en amarlo todo lo posible.

 

 

(De Jesús a sor Benigna Consolata Ferrero)

 

 

 

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¿Cristianos o beatos?

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 13, 2008

Hay una gran diferencia entre el beato, aquel fiel difunto a quien el Sumo Pontífice ha declarado que goza de la eterna bienaventuranza, y aquel al que despectivamente se llama «beato».

Beato es el que se pasa las horas en la iglesia, cuando su obligación es trabajar o atender a su familia.

Beato es aquel que pertenece a dos grupos de oración y no descansa hasta ingresar al tercero.

Beato es el que todo lo espera de Dios, pero no hace el mínimo esfuerzo personal para resolver lo que espera.

El beato ve el mundo con sus hombres malos y perversos, pero él se cree bueno.

El beato es un sentimental: quiere ser santo, pero no ama a Dios.

En la conversación con él hay que cuidar las palabras porque se escandaliza.

«Al beato le preocupan extraordinariamente las formas que equivocada-mente cree que santifican. El beato será siempre poco original. Tratará de pintar aisladamente brochazos de la vida del santo de su devoción, sin calar el móvil de su fuerza vivificadora. Si los hombres, cuando hablan con sus semejantes, se mantienen erguidos, ¿por qué cuando hablan con Dios han de torcer la cabeza?» (El valor divino de lo humano, Jesús Urteaga, p 34).

El beato se queja del maltrato a los sacerdotes, pero nunca será capaz de defender valientemente a esos «Cristos», que dijera Jesús a santa Margarita.

El beato es un cobarde que se esconde en la prudencia. Su candor es propicio para los tiempos pacíficos, pero no está hecho para la lucha.

Ni la valentía, ni la audacia, ni la reciedumbre son sus cualidades.

Al beato le cuesta oír hablar de cruz, de sacrificio, de mortificación, de penitencia… Es que estos sustantivos no son para los cobardes, son para los católicos, son para los mártires, para los magnánimos, para los que saben que nada grande se logra sin esfuerzos y sin sacrificios, para los audaces, para los intrépidos, para los grandes hombres de la historia, en fin, para los que quieren ser tan valientes como Cristo.

Ser cristiano significa pertenecer a la religión de Cristo y estar arreglado a ella; significa profesar la fe de Cristo, que se recibió en el bautismo; pero por encima de todos estas expresiones teóricas, ser cristiano es vivir como Cristo: entregar y gastar toda la vida en ofrecerse al Padre como víctima por los pecados de los hombres, para salvarlos a todos y para la gloria de Dios.

Y para esto se necesita valentía, coraje, valor y temple.

Y eso le falta al beato, porque es un esbozo de hombre y un esbozo de cristiano.

 

 

 

 

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Aridez y consolaciones*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 12, 2008

Qué debe hacer un alma cuando se encuentra:

En estado de aridez

<!–[if !supportLists]–>1. <!–[endif]–>Humillarse

<!–[if !supportLists]–>2. <!–[endif]–>Confiar en la inmensa bondad de Jesús

<!–[if !supportLists]–>3. <!–[endif]–>Despertarlo con una fidelidad más fiel

<!–[if !supportLists]–>4. <!–[endif]–>Llamarlo con los más dulces nombres

<!–[if !supportLists]–>5. <!–[endif]–>Prepararle hermosas sorpresas para su llegada

<!–[if !supportLists]–>6. <!–[endif]–>Cuando vuelve a hacerse oír, estrecharlo para no dejarlo marcharse ya más

 

En las consolaciones espirituales

<!–[if !supportLists]–>1. <!–[endif]–>Humillarse

<!–[if !supportLists]–>2. <!–[endif]–>Ser agradecido con Dios y cifrar en Él todo su placer

<!–[if !supportLists]–>3. <!–[endif]–>Hacer provisión de virtud para el tiempo de aridez

<!–[if !supportLists]–>4. <!–[endif]–>Estar siempre dispuesto a la privación de los favores sensibles, para continuar siendo fiel a Dios en su servicio, aun en medio de la aridez y de los disgustos

 

 

Dictado por Jesús a sor Benigna Consolata

 

 

 

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Aprendió a ser cristiano

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 12, 2008

Aprendió a ser cristiano

 

Él intentaba ser un buen hombre y un buen católico. Amaba a Dios tratando de hacer siempre su voluntad: se había casado siguiendo la voluntad de Dios, había tenido sus hijos siguiendo la voluntad de Dios; y siguiendo la voluntad de Dios tomaba todas las decisiones, tanto las importantes como las pequeñas…

Educó así a sus hijos, y procuró inculcarles un gran amor a Dios y a los seres humanos.

Su hija, buena católica, con una formación moral excelente y también muy linda, al llegar a la adolescencia, comenzó a vestirse con pantalones muy ceñidos y, de vez en cuando, minifaldas. Sabía él que esa conducta no es del agrado de Dios, y por eso sentía que la educación que había intentado dar a sus hijos no había dado resultado en ese particular aspecto.

Habló con su hija: con cariño le hizo notar que, si bien ella se sentía conforme con esa ropa y no le hallaba nada malo, los hombres que la vieran podrían sentirse tentados a verla con deseo, lo cual podría incitarlos a actuar en contra de la ley de Dios. Le explicó que, en sí misma, la presentación no tenía nada de pecaminoso, pero que podría convertirse en ocasión de pecado para otros y que eso podría entristecer a Nuestro Señor.

A la joven le pareció exagerada la manera de pensar de su padre, y continuó usando esa indumentaria.

Este señor estaba haciendo oración una noche, como era su costumbre, y se acordó de nuevo del hecho. De pronto, sintió deseos grandes de pedirle perdón a Dios por la conducta de su hija y de reparar el error de alguna manera. Se le ocurrió que la mejor manera de hacerlo era orando intensamente por ella y ofreciendo algún pequeño sacrificio. En ese mismo momento decidió ofrecerle al Señor tres mortificaciones pequeñas: poner mucha atención durante el rezo del Santo Rosario (cosa que le costaba mucho trabajo), no llamarle la atención a su hija por hablar mucho por teléfono (cosa que le molestaba) y —el sacrificio más grande para él— no quejarse ni disgustarse cuando su familia lo hiciera trasnochar.

En ese instante, este padre de familia comprendió que, por primera vez, estaba haciendo por alguien lo mismo que Jesús había hecho por él: pagar sus culpas. Descubrió que eso sí era ser cristiano: vivir como Cristo, muriendo a su egoísmo para lograr que el tesoro de su alma —su hija— fuera eternamente feliz.

Acto seguido, se levantó de la cama, entró a la alcoba de la muchacha —quien dormía—, y la besó tiernamente en la frente, mientras en su interior le decía: “Gracias, hija mía”.

 

 

 

 

 

 

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Cinco consejos de perfección*

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 12, 2008

1. El alma que quiere ser de mi Jesús, del eterno Padre y del Espíritu Santo, y también mía, es preciso que ame mucho el desprecio de sí, el olvido de sí y el abandono en Dios.

 

2. Si ella quiere ser llevada con ternura en los brazos de Jesús, su dulce esposo, es preciso que en todas las ocasiones de dificultad, de pena, de contratiempos y otros casos semejantes, diga en seguida: «Yo tengo a Jesús», y después descanse en Él.

 

3. Si ella quiere adelantar cada vez más y penetrar en los más íntimos refugios del Corazón dulcísimo de Jesús, conviene que se entregue a una total, rigurosa y constante mortificación de los sentidos y observe un absoluto silencio.

 

4. Si quiere llegar a ser cada vez más alma de vida interior, y descubrir siempre nuevos horizontes, ya que Dios se comunica al alma siempre pronta a recibirlo, debe entregarse al poder del Amor, hablar poco a las criaturas y mucho a Dios, pero con el lenguaje del corazón; y después, sobre todo, servirse de las criaturas como medio para subir a Él.

 

5. Finalmente, para llegar pronto a la perfección, conviene que se proponga en todo dar sólo a Dios su gloria, su dicha, su beneplácito; con esto tendrá siempre paz.

 

Y después, acuérdese de considerar a Jesús como Esposo y, por consiguiente, con el corazón dilatado.

 

Dictado por María Santísima a sor Benigna Consolata

 

 

 

 

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Cuando llega la noche oscura

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 11, 2008

¡Si supiéramos cuán bueno es que el Señor nos tenga clavados en su santísima Cruz, haciéndonos compartir sus mismos dolores!: la sequedad espiritual que lo llevó a gritar con dolor la ausencia de su Padre, su agonía espiritual, una crisis cada vez más fuerte… Y, en medio de todo, mantener la paciencia, la alegría por estar salvando almas y obedeciendo al Padre hasta las últimas consecuencias, procurando que nadie note nuestro dolor…

Es sólo en esos momentos cuando podemos decir con san Ignacio de Antioquía: “Mis pasiones están crucificadas con Cristo”. Es en esos momentos cuando podemos gritar con san Pablo: “Estoy crucificado con Cristo”, “Cumplo en mi carne lo que le falta a la Pasión de Cristo, en bien de su Cuerpo, que es la Iglesia”.

Entonces Jesús podrá afirmar: ¡Que dicha para la Iglesia!: ¡Ya hay otro Cristo penando por ella!… ¡Otro san Francisco de Asís para repararla!…” ¿Qué más queremos?

Esta etapa de la vida espiritual es la mayor bendición que puede recibir un ser humano: se está dando su identificación con Cristo, ahora sí, plenamente. También en este estado, sin que la persona se dé cuenta, el Señor la está abrasando en su amor (volviéndola una brasa de amor, de su amor).

Según el venerable Juan Taulero, san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, esta es la mejor de las cruces y —dicen los tres— será más provechosa aún es si esa cruz se da sin consuelo. ¡Cuántas dichas y premios le esperan en el Cielo a quienes acojan una cruz así!: el franciscano san Pedro de Alcántara le dijo a santa Teresa de Jesús, cuando se le apareció después de muerto: ¡Dichosa penitencia que es tan bien premiada en el Cielo!

Además, esta purgación que hace el Sumo Bien es preparatoria para las gracias que Dios regala a sus predilectos. A quien Dios la tiene así debe decírsele que espere con gozo… Que le llegará el momento en el que el Amor infinito la llenará de Sí, la fusionará a Sí, y no cabrá en sí mismo de felicidad… Que siga adelante, que va bien; que, como dijo san Pablo de la Cruz, deje que el divino Artesano labre la estatua de su santidad para que quede bien bella y adorne eternamente la galería del Cielo.

 

 Tomado del libro:

´EL QUE QUIERA VENIR EN POS DE MÍ…´. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, (próximo a publicarse).

 

 

 

 

 

 

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Amar es…

Publicado por pablofranciscomaurino en Junio 9, 2008

 Amar significa que valoramos más a quien amamos que a nosotros mismos. Ya no nos importa nuestro bienestar sino el de la persona amada; ya no queremos estar bien sino que ella esté bien; ya no nos importa evitar nuestro sufrimiento sino que ella no sufra; ya no nos importa nuestra felicidad sino la suya, porque nuestra felicidad es que ella sea feliz.

Y eso fue lo que hizo Jesús: desde que dejó la gloria del Cielo y el amor de su Padre para venir a sufrir como cualquier ser humano, hasta que lo mataron haciéndolo sufrir tan intensamente, lo único en lo que pensaba era en nosotros, en pagar todos nuestros pecados, en abrir la puertas del Cielo para que pudiéramos entrar en él, en hacernos felices; a Él no le importó todo lo que tuvo que sufrir: le importó únicamente nuestra felicidad; y si para eso tenía que olvidarse de sí y sufrir inmensamente, lo hizo gustoso, por amor a nosotros.

Amar a Jesús es recorrer ese mismo camino: olvidarnos de nosotros mismos para hallar la felicidad procurándosela a Él; y no hacemos esto porque sea sabroso, sino porque estamos dispuestos a sufrir lo que sea necesario para hacerlo feliz, cueste lo que cueste, y en eso encontramos nuestra propia felicidad, porque El amor hace suyas las penas del amado,  como dice san Pablo de la Cruz.

Así lo hicieron todos los mártires: lo único que querían era consolarlo, compartiendo sus sufrimientos. Así lo hizo san Francisco de Asís, que le pidió a Jesús durante mucho tiempo que le concediera la gracia de amar y sufrir lo que Él amó y sufrió; y el Señor se lo concedió: lo puso a amar todo lo que puede amar un ser humano soportando sus llagas.

Así se comienza a entender en qué consiste el amor; se descubre que amar así es el secreto de la auténtica felicidad, que no hay nada en este mundo que pueda hacernos tan dichosos, que para eso fuimos creados, que por el contrario los que solo intentan pasar sabroso en este mundo nunca lo consiguen…

Cuando dejemos de temerle al sufrimiento seremos inmensamente felices: al unirnos a la Cruz de Jesús no solo lo consolaremos sino que lo ayudaremos a reparar la gloria y honra que le quitamos a Dios Padre, a salvar almas y a instaurar su Reino de amor aquí en la tierra. Pero hay más: nos purificaremos de nuestros apegos para que podamos experimentar los goces y deleites espirituales que Dios tiene reservados a los que lo aman de verdad…

El amor auténtico es efectivo, no solo afectivo. Esta es la prueba que Dios ha puesto para invitarnos a confiar en Él y esperar la auténtica y única posible felicidad.

¿No es un privilegio haber sido escogidos para esta maravillosa misión de amor? ¿Por qué demoramos tanto en responder al Amor? ¿Vamos a hacerlo sufrir más, retardando nuestra respuesta? Mirémoslo ahí, colgado en la Cruz, esperando nuestra respuesta de amor; parece que san Francisco de Asís nos gritara todavía hoy: ¡El amor no es amado! ¡El amor no es amado! ¡El amor no es amado!…

 

 

 

 

 

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