Hacia la unión con Dios

passio-domini


Fuiste creado para ser feliz, inmensamente feliz, plenamente feliz

Si examinas tu vida podrás darte cuenta de que siempre has buscado la felicidad, a veces incluso en el error…

Hay cuatro errores en los que puedes caer: creer que la felicidad está en el placer, en el tener, en el poder y/o en la fama.

La búsqueda del placer es la más frecuente. Y esto ocurre porque el concepto de placer es el que más se te parece al de felicidad, pues en este mundo te han enseñado esa asociación: que la felicidad está en el placer.

¿Quieres que te diga algo que te va a sorprender? Aquí va: No están lejos de la verdad quienes piensan así, pues ese es, ha sido y será el plan de Dios: llenarte de placer; pero no de un placer cualquiera: un placer intenso, un placer sublime. Y, como todo parece acabar aquí abajo —en esta vida temporal—, ese placer debe ser infinito pues, si se fuera a acabar, no sería completo, no daría la felicidad total.

¿Recuerdas lo que aprendiste de Dios? Te lo han dicho muchas veces: Dios es Amor —la perfección en sí mismo—. Está en la Biblia: 1Jn 4, 8. Y para que nunca se te olvide, el Espíritu Santo te lo repitió 8 versículos después: 1Jn 4, 16.

Esto quiere decir que la esencia de Dios, su sustancia, la naturaleza divina es Amor: Él es el Amor en sí mismo.

Dios es Dios porque ama; cuando ama (aunque siempre lo hace).

Por eso, ¿no te parece lógico decir —con criterios muy humanos— que Dios solamente “se realiza” amando?

Y aquí está lo maravilloso: Por eso te creó: para amarte. ¡Se realiza Él y te realizas tú!

Te lo voy a demostrar: si la razón de ser de Dios es Amar —existe para eso—, tú existes para que Dios pueda tener a quién amar. Y si Dios solamente “se realiza” amándote, tú solamente te realizarás cuando te dejes amar por Él.

Me preguntarás: “¿Por qué me dices que debo dejarme amar por Dios? ¿Acaso yo puedo impedírselo?”

Y te contestaré: “Después del pecado original, los seres humanos —las criaturas predilectas de la creación visible, los hijos de Dios— quedamos heridos, y esas heridas nos hacen tender a buscar erróneamente en las otras criaturas lo que solo nos puede dar Dios: la felicidad auténtica, el amor.

Examínate. ¿No es verdad que muchas veces buscas la felicidad en las cosas materiales, en las personas, en algunas ideas o en ti mismo? Y esto nos ocurre a todos: creemos que allí vamos a encontrar lo que anhela nuestro corazón, que así vamos a llenar todas esas ansias de felicidad que bullen en nuestro interior…

Te tengo una noticia: tú eres tan grande que esas cosas nunca te llenarán. Tu corazón fue hecho por manos divinas y es tan enorme que nada de lo que hay aquí abajo lo llenará: estás hecho para el amor de Dios y nada inferior te será suficiente.

Por otra parte, Él está —digámoslo así, para entenderlo humanamente— “ansioso”, “anhelante”, “impaciente” por derramar todo su amor sobre ti; al fin y al cabo, ¡Él se realiza amándote!

Te voy a decir, pues, lo que debes hacer para realizarte como ser humano. Recuerda: ¡es tu felicidad lo que está en juego! Para lograrla, vale la pena cualquier sacrificio.

Ataca, vence y elimina a tu único enemigo: tú.

¿Te parece terrible leer el renglón anterior? ¿Te parece imposible que eso sea así? Hay un descubrimiento irónico que debemos hacer: los seres humanos podemos ser los que más propiciamos nuestra propia felicidad o quienes más nos la evitamos.

Cuando se te olvida que eres criatura y no buscas la felicidad en tu Creador —en el Amor—, sino que decides perseguirla en otro lugar, te conviertes en tu propio dios: desprecias la oferta que el Amor te hace para optar por la oferta que tú mismo te haces. Es decir, pretendes estar sobre Dios, sobre su sabiduría: crees que sabes más. En esto consiste el pecado.

Pecar es, entonces, el peor de los suicidios: es el modo más eficaz de alejarnos de la felicidad auténtica.

Y eso le duele a Dios, pues derrumba su plan de derramar sobre nosotros todo el infinito amor que nos tenía preparado. Su amor queda herido, ofendido.

Ahora ya comprendes por qué Jesús fue capaz de dejar la dicha de la compañía de su amantísimo Padre y su gloria, para venir a vivir como un humano, sufrir todo lo que sufrió y morir en una cruz, como un esclavo: por amor a ti, para que puedas encontrar la felicidad. Para eso también te dejo tu santa madre Iglesia, la jerarquía eclesiástica, los Sacramentos, su Palabra, guardada y protegida por el Magisterio eclesiástico. Ahí está todo para que no te equivoques más, para que seas feliz.

Es verdad: el demonio siempre te está tentando para que caigas; pero tú siempre tienes la última palabra: puedes decir “No” a todas sus asechanzas. Tienes la fuerza de los sacramentos y de la oración, ese diálogo íntimo con quien sabes que te ama hasta el extremo. Con esa fuerza puedes lograr tu último fin, la razón por la que Dios te creó: ser feliz.

Pero ¿no es verdad que tú no te contentas con ser medianamente feliz? ¿No es verdad que quieres ser muy feliz, totalmente feliz, infinitamente feliz? Jesús te tiene el camino: sé como Él, en todo pero, principalmente en su humildad.

El pecado de Luzbel y de los ángeles caídos fue soberbia (“Soy como Dios”); el pecado de los seres humanos fue el mismo, pues ese mismo Luzbel —ahora Satanás— les dijo lo mismo a los representantes del género humano: “Seréis como Dioses”, y eso los cautivó.

Y mis pecados y los tuyos son siempre soberbia: no queremos someternos a la Ley de Dios y al Magisterio de la Iglesia, que son una Ley de Amor.

Por eso, el remedio es el contrario a la enfermedad: la humildad.

San Pablo nos dice: “Tengan entre ustedes los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor y haciéndose semejante a los hombres. Y presentándose con aspecto humano, se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz.” (Flp 2, 5-8)

El mismo Jesús lo dejó claro: en Mt 16, 24 o en Mc 8, 34: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. En Lc 9, 23 dice casi lo mismo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame”.

Dime: ¿No es verdad que la meta se ve muy alta, casi imposible? Es que se nos olvida que contamos con la gracia (fuerza de Dios) que podemos obtener por medio de la oración asidua y la frecuencia de los Sacramentos.

Con esa gracia dejarás de cuestionar a la Iglesia, a los sacerdotes, a la gente, a tus seres queridos… Aprenderás que todos tenemos debilidades, que todos podemos caer, que todos somos falibles…

Y, lo mejor: sabrás que todo el bien que haces, lo que dices bueno y tus buenos pensamientos se producen porque lo has recibido de Dios. San Pablo lo expresa mejor: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1Co 4, 7)

Y sabrás que sólo es tuyo (de tu cosecha) lo malo que haces, dices o piensas o el bien que dejas de hacer. Que eso es lo único que puedes presentar al Señor. Afortunadamente, Él lo recibe —su amor es infinito— para perdonarlo; ¡qué misericordia tan grande!: pecamos y Él se pone contento al poder mostrar su infinita bondad, perdonándonos, siempre y cuando estemos sinceramente arrepentidos.

Al avanzar en la virtud de la humildad irás descubriendo que cuando criticas a alguien —externa o internamente—, te estás erigiendo en juez, usurpando a Dios esa potestad y derecho que solo Él tiene, y dirás: “¡Qué arrogancia la mía!”

Y, si quieres seguir avanzando, es decir, si quieres ser más y más feliz, llénate de la misma humildad que tenía Jesús, nuestro paradigma: si nadie más quedará perjudicado, deja que te critiquen, ofendan, calumnien, hieran, vituperen, desprecien, agredan, irrespeten, humillen, deshonren, desprestigien; que sean tan ingratos contigo como hemos sido tú y yo con Él…

Y no te quejes: ponte contento, como los Apóstoles, que quedaron “dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús” (Hch 5, 48).

Haz esto todos los días; cuando caigas, levántate a través del Sacramento de la Reconciliación —para eso lo instituyó Jesús— y sigue adelante, contento, sabiendo a qué meta nos dirigimos: la felicidad auténtica.

Y, por favor, ora por mí; yo haré lo mismo por ti. Así nunca nos faltará la ayuda divina.

Nos veremos allá, en donde no habrá la más mínima mancha en nuestro amor mutuo, cuando hundamos nuestra pobre nada en ese mar de Amor y seamos infinitamente felices, alabando y adorando eternamente al Amor de los amores, nuestro Todo

 

 
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