Hacia la unión con Dios

Archive for 20 junio 2008

Consagración del matrimonio a la Santísima Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 

 

María, el más dulce nombre

que pueda emitir el hombre;

con tu Hijo el Amor trajiste

y la senda a la eternidad nos diste.

 

A ti  siempre hemos recurrido

en toda necesidad;

por consuelo hemos acudido,

confiados en tu generosidad.

 

Refrescas la vida con tu amor,

haciendo desaparecer todo dolor;

a Jesús nos llevas de las manos

y así nos sentimos hermanos.

 

Ir contigo, oh Virgen pura,

de triunfo es señal segura;

por eso acudimos a rogarte

y nuestro matrimonio consagrarte.

 

Al fin del camino de tu manto asidos

el mundo entero podrá proclamar

que quienes deseen permanecer unidos

es a tu Hijo a quien deben amar.

 

 

 

 

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Confiar y abandonarse*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

¡Oh Jesús!,

 

por intercesión de sor Josefa

 

confío a tu corazón […].

 

Mira y haz lo que tu Corazón te diga…

 

Deja obrar a tu Corazón…

 

Cuento con Él…

 

De Él me fío…

 

A Él me abandono…

 

¡Oh Jesús, estoy seguro de ti!

 

Madre Zaepffel, R.S.C.J.

 

 

Padre, me pongo en tus manos.

 

Haz de mí lo que quieras;

 

sea lo que sea, te doy las gracias.

 

Estoy dispuesto a todo,

 

lo acepto todo,

 

Con tal que tu voluntad se cumpla en mí

 

y en todas tus criaturas.

 

No deseo más, Padre.

 

Te confío mi alma,

 

te la doy con todo el amor de que soy capaz,

 

porque te amo,

 

y necesito darme a ti,

 

ponerme en tus manos,

 

sin limitación,

 

sin medida,

 

con una confianza infinita,

 

porque tú eres mi Padre.

 

Carlos de Foucauld

 

 

 

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Carta a Jesús

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

¡Oh, mi Jesús! Vengo dolorido a tus pies, para pedirte perdón porque te hemos fallado mucho; ¡a ti, que eres la misma pureza! y que, por eso, te duelen tanto nuestros pecados, nuestras impurezas, nuestras faltas de amor…

 

Nos hiciste solo por amor; y a cambio recibiste solo desamor…

 

Te compadeciste de nosotros y —loco de amor— te hiciste como nosotros: ¡una criatura!, siendo Tú el Creador.

 

Decidiste dejar tu riqueza y tu gloria, para ser pobre y humilde… Y nosotros seguimos llenos de soberbia y de codicia.

 

Viviste como uno de nosotros durante treinta años, dándonos ejemplo, para que aprendiéramos a vivir como Dios quiere…

 

Nos enseñaste el Amor de tu Padre…; y seguimos siendo egoístas.

 

Viniste a predicar Amor y te colgamos en una cruz…

 

Pagaste nuestras deudas derramando toda tu Sangre y sufriendo cuanto más podías, por amor; y seguimos pecando continuamente, adquiriendo nuevas deudas…

 

Para nuestra pequeñez te inventaste un tribunal donde nos acusamos culpables y Tú nos perdonas, una y otra vez…

 

Nos buscas para darnos nuevas oportunidades de salvarnos, y las rechazamos con sordera y ceguera espirituales…

 

Siempre estás allí: acercándote a nosotros —humillándote por Amor— con el deseo de darnos la felicidad que tanto buscamos; y nosotros, alejándonos para caer de nuevo en el pecado, en el egoísmo, en la soledad…

 

¡Oh, Jesús! ¡Cuánto sufrirá tu Corazón al ver el nuestro, tan indolente, tan testarudo, tan pecador!…

 

¡Perdónanos, Jesús!

 

Aunque ya es el colmo pedirte más, apiádate de nosotros…

 

Jesús, mira la humanidad: aferrada al placer, al tener, al poder, a la fama…

 

Se matan unos a otros por un pedazo de tierra o por un poco de riqueza material… Se revuelcan en placeres bajos, con los que tratan de llenar sus propios vacíos… Se sacrifican sin medida por arrancarle un instante de alegría a sus vidas o por una brizna de placer… ¡Cuántos santos y santas habría en el mundo si esos esfuerzos se hicieran para conseguir la santidad!

 

El poder cautiva a muchos para servirse de él, no para servir…

 

Dejan crecer el egoísmo hasta caer en la maldad, inconscientes de que su condición trascendente mira más alto: al Cielo, donde hallarán todo lo necesario para llenar sus ansias de felicidad, donde sus corazones conseguirán todo lo que tanto anhelan: la bondad, la belleza y la sabiduría de Dios, que superarán con creces todo lo que logren encontrar aquí, con sus más grandes esfuerzos…

 

No han hecho caso de lo que Jesús vino a enseñar a la humanidad hace más de dos milenios: que la ley del amor debe superar al egoísmo; que no nos enfrasquemos más en nuestro egocentrismo, viviendo del «yo», y salgamos al encuentro del «tú», para que esta multitud de seres solitarios crezca interiormente —por fin— en todos los ámbitos: personal, familiar, laboral y social…

 

Muchos tratan de llenar sus vacíos interiores con las adulaciones y las alabanzas de los demás… Algunos viven sólo para eso: tratan por todos los medios de reemplazar así todo el cariño que dejaron de recibir en su infancia…, o se convierten en mendigos del amor de las criaturas, siendo Tú el único que puede llenar las inmensas ansias que anidan en nuestros corazones.

 

¡Cómo te dolerá el Corazón al ver tantos y tantas que se esfuerzan tanto por proyectar una imagen para ser reconocidos, para ser valorados!… Y Tú, siempre esperándolos para derrochar todo tu amor en ellos, y hacerlos inmensamente felices…

 

Prisionero del amor en los sagrarios, pasas horas y días enteros sin que nadie te visite…

 

Eres la salud para todos nuestros males, y te dejamos solo. Eres la solución de todas nuestras desventuras, y te abandonamos. ¡Eres el amor que tanto añoramos, y nos olvidamos de ti!… Sin ti somos infelices y desgraciados; sin ti estamos vacíos; sin ti nada podemos, nada sabemos, nada tenemos, nada somos…

 

Por favor, ¡grítanos cuando pasemos a tu lado, para que dejemos esta sordera espiritual!…

 

 

 

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Akatisthos (himno a la Madre de Dios)*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

El himno Akathistos

Un arcángel excelso

fue enviado del Cielo

a decir «Dios te salve» a María.

Contemplándote, oh Dios, hecho hombre

por virtud de su angélico anuncio,

extasiado quedó ante la Virgen,

y así le cantaba:

 

Salve, por ti resplandece la dicha;

salve, por ti se eclipsa la pena.

 

Salve, levantas a Adán, el caído;

salve, rescatas el llanto de Eva.

 

Salve, oh cima encumbrada

a la mente del hombre;

salve, abismo insondable

a los ojos del ángel.

 

Salve, tú eres de veras

el trono del Rey;

salve, tú llevas en ti

al que todo sostiene.

 

Salve, lucero que el sol nos anuncia;

salve, regazo del Dios que se encarna.

 

Salve, por ti la creación se renueva;

salve, por ti el Creador se hace niño.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Conociendo la Santa

que era a Dios consagrada,

al arcángel Gabriel le decía:

«Tu mensaje es arcano a mi oído

y difícil resulta a mi alma;

insinúas de Virgen el parto

exclamando: ¡Aleluya!.»

 

Deseaba la Virgen

comprender el misterio

y al heraldo divino pregunta:

«¿Podrá dar a luz criatura

una Virgen?, responde, te ruego».

Reverente Gabriel contestaba,

y así le cantaba:

 

Salve, tú guía el eterno consejo;

salve, tú prenda de arcano misterio.

 

Salve, milagro primero de Cristo;

salve, compendio de todos sus dogmas.

 

Salve, celeste escalera

que Dios ha bajado;

salve, oh puente que llevas

los hombres al Cielo.

 

Salve, de angélicos coros

solemne portento;

salve, de turba infernal

lastimero flagelo.

 

Salve, inefable, la luz alumbraste;

salve, a ninguno dijiste el secreto.

 

Salve, del docto rebasas la ciencia;

salve, del fiel iluminas la mente.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

La virtud de lo alto

la cubrió con su sombra

e hizo Madre a la Esposa inviolada.

Aquel seno por Dios fecundado

germinó como fértil arada

para todo el que busca la gracia

y aclama: ¡Aleluya!

 

Con el Niño en su seno

presurosa María,

a su prima Isabel visitaba.

El pequeño en el seno materno

exultó al oír el saludo,

y con saltos cual cantos de gozo,

a la Madre aclamaba:

 

Salve, oh tallo del verde retoño;

salve, oh rama del fruto incorrupto.

 

Salve, al pío Arador tú cultivas;

salve, tú plantas quien planta la vida.

 

Salve, oh campo fecundo

de gracias copiosas;

salve, oh rama repleta

de dones divinos.

 

Salve, un prado germinas

de toda delicia;

salve, al alma preparas

asilo seguro.

 

Salve, incienso de grata plegaria;

salve, ofrenda que al mundo concilia.

 

Salve, clemencia de Dios para el hombre;

salve, del hombre con Dios confianza.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Con la mente en tumulto,

inundado de dudas,

el prudente José se debate.

Te conoce cual Virgen intacta;

desposorio secreto sospecha.

Al saber que es acción del Espíritu,

exclama: ¡Aleluya!

 

Los pastores oyeron

los angélicos coros

que al Señor hecho hombre cantaban.

Para ver al Pastor van corriendo;

un Cordero inocente contemplan,

que del pecho materno se nutre,

y a la Virgen le cantan:

 

Salve, nutriz del Pastor y Cordero;

salve, aprisco de fieles rebaños.

 

Salve, barrera a las fieras hostiles;

salve, ingreso que da al Paraíso.

 

Salve, por ti con la tierra

exultan los cielos;

salve, por ti con los cielos

se alegra la tierra.

 

Salve, de apóstoles boca

que nunca enmudece;

salve, de mártires fuerza

que nadie somete.

 

Salve, de fe inconcuso cimiento;

salve, fulgente estandarte de gracia.

 

Salve, por ti es despojado el averno;

salve, por ti revestimos la gloria.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Observando la estrella

que hacia Dios los guiaba,

sus fulgores siguieron los magos.

Era antorcha segura en su ruta;

los condujo hasta el Rey Poderoso.

Al llegar hasta el Inalcanzable

le cantan: ¡Aleluya!

 

Contemplaron los magos

entre brazos maternos

al que al hombre plasmó con sus manos.

Comprendieron que era Él su Señor,

a pesar de su forma de esclavo;

presurosos le ofrecen sus dones

y a la Madre proclaman:

 

Salve, oh Madre del Sol sin ocaso;

salve, aurora del místico día.

 

Salve, tú apagas hogueras de errores;

salve, Dios trino al creyente revelas.

 

Salve, derribas del trono

al tirano enemigo;

salve, nos muestras a Cristo,

el Señor y el Amigo.

 

Salve, nos has liberado

de bárbaros ritos;

salve, nos has redimido

de acciones de barro.

 

Salve, destruyes el culto del fuego;

salve, extingues las llamas del vicio.

 

Salve, camino a la santa templanza;

salve, alegría de todas las gentes.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Portadores y heraldos

de Dios eran los magos

de regreso, allá en Babilonia.

Se cumplía el oráculo antiguo

cuando a todos hablaban de Cristo,

sin pensar en el necio de Herodes

que no canta: ¡Aleluya!

 

El Egipto iluminas

con la luz verdadera

persiguiendo el error tenebroso.

A tu paso caían los dioses,

no pudiendo, Señor, soportarte;

y los hombres, salvados de engaño,

a la Virgen aclaman:

 

Salve, levantas al género humano;

salve, humillas a todo el infierno.

 

Salve, conculcas engaños y errores;

salve, impugnas del odio el fraude.

 

Salve, oh mar que sumerge

al cruel enemigo;

salve, oh roca de Belén

sedientos de vida.

 

Salve, columna de fuego

que guía en tinieblas;

salve, amplísima nube

que cubres el mundo.

 

Salve, nos diste el Maná verdadero;

salve, nos sirves Manjar de delicias.

 

Salve, oh tierra por Dios prometida:

salve, en ti fluyen la miel y la leche.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Simeón, el anciano,

al final de sus días,

de este mundo dejaba la sombra.

Presentado le fuiste cual niño,

mas, al verte cual Dios poderoso,

admiró el arcano designio,

y gritaba: ¡Aleluya!

 

Renovó el Excelso

de este mundo las leyes

cuando vino a habitar en la tierra.

Germinando en un seno incorrupto

lo conservaba intacto cual era.

Asombrados por este prodigio

a la Santa cantamos:

 

Salve, azucena de intacta belleza;

salve, corona de noble firmeza.

 

Salve, la suerte futura revelas;

salve, la angélica vida desvelas.

 

Salve, frutal exquisito

que nutre a los fieles;

salve, ramaje profundo

que a todos cobija.

 

Salve, llevaste en el seno

quien guía al errante;

salve, al mundo entregaste

quien libra al esclavo.

 

Salve, plegaria ante el Juez verdadero;

salve, perdón del que tuerce el sendero.

 

Salve, atavío que cubre al desnudo;

salve, del hombre supremo deseo.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Ante el parto admirable,

alejados del mundo,

hacia el Cielo elevamos la mente.

El Altísimo vino a la tierra

con la humilde semblanza de un pobre

y enaltece hasta cumbres de gloria

a quien canta: ¡Aleluya!

 

Habitaba en la tierra

y llenaba los cielos

la Palabra de Dios infinita.

Su bajada amorosa hasta el hombre

no cambió su morada suprema.

Era el parto divino de Virgen

que este canto escuchaba:

 

Salve, mansión que contiene al Inmenso;

salve, dintel del augusto Misterio.

 

Salve, de incrédulo equívoco anuncio;

salve, de fiel inequívoco orgullo.

 

Salve, carroza del Santo

que portan querubes;

salve, sitial del que adoran

sin fin serafines.

 

Salve, tú solo has unido

dos cosas opuestas;

salve, tú sola a la vez

eres Virgen y Madre.

 

Salve, por ti fue borrada la culpa;

salve, por ti Dios abrió el Paraíso.

 

Salve, tú, llave del Reino de Cristo;

salve, esperanza de bienes eternos.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Todo el orden angélico

asombrado contempla

el misterio de Dios que se encarna.

Al Señor, al que nadie se acerca,

hecho hombre, accesible, admira

caminar por humanos senderos,

escuchando: ¡Aleluya!

 

Oradores brillantes

como peces se callan

ante ti, santa Madre del Verbo,

Cómo ha sido posible no entienden

ser tú Virgen después de ser Madre.

El prodigio admiramos tus fieles,

y con fe proclamamos:

 

Salve, sagrario de arcana sapiencia;

salve, despensa de la Providencia.

 

Salve, por ti se confunden los sabios;

salve, por ti el orador enmudece.

 

Salve, por ti se aturden

sutiles doctores;

salve, por ti desfallecen

autores de mitos.

 

Salve, disuelves enredos

de agudos sofistas;

salve, rellenas las redes

de los pecadores.

 

Salve, levantas de honda ignorancia;

salve, nos llenas de ciencia suprema.

 

Salve, navío del que ama salvarse;

salve, oh puerto en el mar de la vida.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Por salvar todo el orbe,

el divino Alfarero

hasta el mundo bajó porque quiso.

Por ser Dios era el Pastor nuestro;

se mostró por nosotros Cordero;

como igual sus iguales atrae;

cual Dios oye: ¡Aleluya!

 

Virgen, Madre de Cristo,

Baluarte de vírgenes

y de todo el que en ti se refugia;

el divino Hacedor te dispuso

al tomar de ti carne en tu seno;

y enseña a que todos cantemos

en tu honor, oh inviolada.

 

Salve, columna de sacra pureza;

salve, umbral de la vida perfecta.

 

Salve, tú inicias la nueva progenie;

salve, dispensas bondades divinas.

 

Salve, de nuevo engendraste

al nacido en deshonra;

salve, talento infundiste

al hombre insensato.

 

Salve, anulaste a Satán,

seductor de las almas;

salve, nos diste al Señor,

sembrador de los castos.

 

Salve, regazo de nupcias divinas;

salve, unión de los fieles con Cristo.

 

Salve, de vírgenes Madre y Maestra;

salve, al Esposo conduces las almas.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Impotente es el canto

que alabar presumiera

de tu gracia el caudal infinito.

Como inmensa es la arena en la playa

pueden ser nuestros himnos, Rey santo,

mas no igualan los dones que has dado

a quien canta: ¡Aleluya!

 

Como antorcha luciente

del que yace en tinieblas

resplandece la Virgen María.

Ha encendido la luz increada;

su fulgor ilumina las mentes

y conduce a la ciencia celeste

suscitando este canto:

 

Salve, oh rayo del Sol verdadero;

salve, destello de luz sin ocaso.

 

Salve, fulgor que iluminas las mentes;

salve, cual trueno enemigos aterras.

 

Salve, surgieron de ti

luminosos misterios;

salve, brotaron en ti

caudalosos arroyos.

 

Salve, figura eres tú

de salubre piscina;

salve, tú limpias las manchas

de nuestros pecados.

 

Salve, oh fuente que lavas las almas;

salve, oh copa que vierte alegría.

 

Salve, fragancia de ungüento de Cristo;

salve, oh vida de sacro banquete.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Por querer perdonarnos

el pecado primero,

el que paga las deudas de todos,

de sus prófugos busca el asilo,

libremente del Cielo exiliado.

Mas, rasgado el quirógrafo antiguo,

oye un canto: ¡Aleluya!

 

Celebrando tu parto,

a una voz te alabamos

como templo viviente, Señora.

Ha querido encerrarse en tu seno

el que todo contiene en su mano,

el que santa y gloriosa te ha hecho,

el que enseña a cantarte:

 

Salve, oh tienda del Verbo divino;

salve, más grande que el gran santuario.

 

Salve, oh arcana que Espíritu dora;

salve, tesoro inexhausto de vida.

 

Salve, diadema preciosa

de reyes devotos;

salve, orgullo glorioso

de sacros ministros.

 

Salve, firmísimo alcázar

de toda la Iglesia;

salve, muralla invencible

de todo el Imperio.

 

Salve, por ti enarbolamos trofeos;

salve, por ti sucumbió el adversario.

 

Salve, remedio eficaz de mi carne;

salve, inmortal salvación de mi alma.

 

¡Salve, Virgen y Esposa!

 

Digan de toda loa,

Madre santa del Verbo,

el más santo entre todos los santos.

Nuestra ofrenda recibe en el canto;

salva al mundo de todo peligro;

del castigo inminente libera

a quien canta: ¡Aleluya!

Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos

(Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia, nº 207)

 

El venerable himno a la Madre de Dios, denominado Akathistos —esto es, cantado de pie— representa una de las más altas y célebres expresiones de piedad mariana en la tradición bizantina. Obra de arte de la literatura y de la teología, contiene en forma orante todo cuanto la Iglesia de los primeros siglos ha creído sobre María, con el consenso universal. Las fuentes que inspiran este himno son la Sagrada Escritura, la doctrina definida en los concilios ecuménicos de Nicea (325), de Éfeso (431) y de Calcedonia (451), y la reflexión de los Padres orientales de los siglos IV y V. Se celebra solemnemente en el año litúrgico oriental, el quinto sábado de cuaresma; el himno Akathistos se canta también en otras muchas ocasiones, y se recomienda a la piedad del clero, de los monjes y de los fieles.

En los últimos años este himno se ha difundido mucho, también en las comunidades de fieles de rito latino. Especialmente han contribuido a su conocimiento algunas solemnes celebraciones marianas que tuvieron lugar en Roma, con la asistencia del Santo Padre y con amplia resonancia eclesial[1]. Este himno antiquísimo[2], que constituye el fruto maduro de la más antigua tradición de la Iglesia indivisa en honor de María, es una llamada e invocación a la unidad de los cristianos bajo la guía de la Madre del Señor: «Tanta riqueza de alabanzas, acumulada por las diversas manifestaciones de la gran tradición de la Iglesia, podría ayudarnos a que esta vuelva a respirar plenamente con sus “dos pulmones”, Oriente y Occidente»[3].

 


[1] Con el canto Akathistos en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, el 7 de junio de 1981 se conmemoraron los aniversarios de los concilios de Constantinopla (381) y de Éfeso (431); el himno resonó también en el 450º aniversario de las apariciones de la Virgen de Guadalupe, en México, el 10-12 de diciembre de 1981. Durante el año mariano, el 25 de marzo de 1988, en la basílica de Santa María sopra Minerva, Juan Pablo II presidió el oficio matutino con el Akathistos, en rito bizantino–eslavo. Mencionado explícitamente en la bula Incarnationis Mysterium entre las prácticas jubilares para lucrar la indulgencia del año santo, el Akathistos —cantado en las lenguas griega, paleoeslava, húngara, ucraniana, rumena y árabe— ha sido objeto de una solemne celebración presidida por el Papa Juan Pablo II, el 8 de diciembre de 2000, en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, con la participación de representantes de varias Iglesias bizantinas católicas.

[2] Trasmitido como anónimo, la crítica científica actual tiende a datarlo en los años siguientes al Concilio de Calcedonia; la versión latina, compuesta por el obispo Cristóbal de Venecia hacia el año 800, que tanto influjo tuvo en la piedad de la edad media occidental, lo atribuye a Germán de Constantinopla (†733).

[3] Juan Pablo II, Carta encíclica Redemptoris Mater, 34.

 

 

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Agradecimiento a Dios

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara, ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

 

 

 

 

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Abandono

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

Señor, aquí me tienes; quiero que hagas de mí lo que desees; sé que por mis pecados me merezco el infierno, pero por tu misericordia sé también que me llevarás al Cielo, porque ya pagaste mis pecados.

 

Por ese amor tan grande que me has demostrado, me entrego desde hoy a ti, para lo que me pidas: quiero pagarte tanto amor aceptando todo lo que me ocurra como venido de tus amorosísimas manos, que solo quieren mi bienestar; sé que de tus manos no pueden salir sino cosas buenas para tus hijos, y lo que los humanos llamamos malo en realidad es bueno, porque nos hace madurar y crecer espiritualmente.

 

Sé que lo que más deseas es mi felicidad, y que para lograrla te dejaste matar en una cruz, y que te valdrás de cualquier medio, hasta de lo que nosotros llamamos malo; así pues que, a partir de ahora, te prometo que nunca más me quejaré del trato de las criaturas ni de las circunstancias de mi vida, porque sé que lo que haces, aunque no lo entienda o me duela, es para mi bien eterno, y que lo permites únicamente por amor a mí. Esta es la sabiduría que practicaré desde ahora, con tu ayuda, porque, como ya sabes, yo nada puedo.

 

Lo que más me alegra es saber que así recompensaré, aunque sea mínimamente, tanto derroche de amor por mí, que no merezco, porque mucho te he ofendido.

 

Me declaro tu esclavo —como la Santísima Virgen María, mi amorosísima Madre— y te declaro mi Amo y Señor, mi Amor —Amor infinito—, para obedecerte, cueste lo que cueste, hasta dar la vida por ti, si es necesario, porque sé que así gano la Vida eterna, la que nunca acaba.

 

Dame alegría o sufrimiento, dame dolor o dicha, dame bienestar o malestar, lo que Tú quieras, para consolarte, para que te sientas amado por mí.

 

Ahora soy tuyo, para siempre. Te lo repito: Haz de mí lo que quieras en esta tierra y, después, llévame al Cielo, para gozar de ti, de tu amor, eternamente.

 

Amén.

 

 

 

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A la Santísima Virgen María*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

(Compuesta por Nuestro Señor)

 

¡Oh Madre tierna y amante! ¡Virgen Purísima! ¡Madre de mi Redentor! Vengo a saludarte con el más filial amor de que es capaz el corazón de un(a) hijo(a).

 

Sí, Madre mía, soy hijo(a) tuyo(a), y como mi impotencia es grande, muy grande, me apropiaré de los ardores del Corazón de tu hijo Jesús y con El te saludaré como a la más pura de las criaturas, formada según los deseos del Dios tres veces Santo.

 

Concebida sin mancha de pecado original, exenta de toda corrupción siempre fiel a todos los movimientos de la gracia, tu alma atesoró esos méritos que te han levantado sobre todas las criaturas.

 

Escogida para Madre de Jesucristo, le has guardado como en un santuario purísimo, y el que venía a dar vida a las almas, la ha tomado de ti, y ha recibido de ti su sustento.

 

¡Oh, Virgen incomparable! ¡Virgen Inmaculada! ¡Delicias de la Trinidad Beatísima! ¡Admirada de los ángeles y de los santos! ¡Eres la alegría de los Cielos! Estrella de la mañana, rosal florido de la primavera, azucena blanquísima, lirio esbelto y gracioso, violeta perfumada, jardín cerrado y cultivado para delicia del Rey de los Cielos.

 

Eres mi Madre ¡Virgen prudentísima, arca preciosa donde se encierran todas las virtudes! Eres mi Madre, ¡Virgen poderosísima, Virgen clemente, Virgen fiel! Eres mi Madre ¡refugio de los pecadores! Te saludo y me regocijo al ver que el Todopoderoso te ha otorgado tales dones y te ha enriquecido con tantas prerrogativas.

 

Bendita y alabada seas, ¡Madre de mi Redentor! ¡Madre de los pobres pecadores! Ten piedad de nosotros y protégenos con tu maternal solicitud.

 

Yo te saludo en nombre de todos los hombres, de todos los santos y de todos los ángeles.

 

Deseo amarte con el amor y los ardores de los más encendidos serafines, y como aun esto es muy poco para saciar mis deseos, te saludo y te amo con tu Divino Hijo que es mi Redentor, mi Salvador, mi Padre y mi Esposo.

 

Te saludo con la santidad de la adorable Trinidad y con la pureza del Espíritu Santo, tu Esposo. Me regocijo y te bendigo con estas Divinas Personas y deseo tributarte eternamente un homenaje filial y puro.

 

¡Virgen incomparable! Bendíceme, ya que soy tu hijo(a).

 

Bendice a todos los hombres, protégelos y ruega por ellos al que es Todopoderoso y nada te puede negar.

 

Adiós, ¡tierna y querida Madre! Te saludo día y noche, en el tiempo y en la eternidad.

 

 

 

Del libro:

Un llamamiernto al amor

 

 

 

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A Jesús, Sacerdote eterno, por los sacerdotes*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 

¡Oh Jesús, Pontífice Eterno!, Tú, que en un impulso de incomparable amor a los hombres, tus hermanos, hiciste brotar de tu Sagrado Corazón el sacerdocio cristiano, dígnate continuar derramando sobre tus ministros los torrentes vivificantes del Amor Infinito.

 

Vive en tus Sacerdotes, transfórmalos en Ti, hazlos por tu grada, instrumentos de tu misericordia. Obra en ellos y por ellos y que, después de haberse revestido totalmente de Ti, por la fiel imitación de tus adorables virtudes, cumplan en tu nombre y por el poder de tu Espíritu, las obras que Tú mismo realizaste para la salvación del mundo.

 

Divino Redentor de las almas, ved cuán grande es fa multitud de los que aún duermen en las tinieblas del error, cuenta el número de las ovejas descarriadas que caminan entre precipicios, considera la turba de pobres, hambrientos, ignorantes y débiles que gimen en el abandono.

 

Vuelve Señor a nosotros, por tus sacerdotes, revive verdaderamente en ellos, obra por ellos y pasa de nuevo por el mundo, enseñando, perdonando, consolando, sacrificando y renovando los lazos sagrados del amor, entre el Corazón de Dios y el corazón del hombre.

 

Amén.

 

 Betania del Sagrado Corazón

La Ceja, Antioquia, Colombia

Tel.: 553 76 32.

E-mail: hbetaniaco@une.net.co

 

 

 

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Carta de su Santidad Benedicto XVI*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

CARTA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DE LA PLENARIA DE LA CONGREGACIÓN
PARA LOS INSTITUTOS DE VIDA CONSAGRADA
 Y LAS SOCIEDADES DE VIDA APOSTÓLICA

 

 

Venerado hermano
Mons. FRANC RODÉ
Prefecto de la Congregación
para los institutos de vida consagrada
y las sociedades de vida apostólica
Con ocasión de la plenaria de esa Congregación, de buen grado dirijo mi saludo cordial a todos los que participan en ella. En particular, lo saludo a usted, al secretario y a cuantos trabajan en el dicasterio que usted preside. Uno a mi saludo la expresión de mi gratitud y de mi alegría:  gratitud, porque conmigo compartís la atención y el servicio a las personas consagradas; alegría, porque a través de vosotros sé que me dirijo al mundo de las mujeres y de los hombres consagrados que siguen a Cristo por el camino de los consejos evangélicos y del respectivo carisma particular sugerido por el Espíritu.
La historia de la Iglesia está marcada por las intervenciones del Espíritu Santo, que no sólo la ha enriquecido con los dones de sabiduría, profecía y santidad, sino que también la ha dotado de formas siempre nuevas de vida evangélica a través de la obra de fundadores y fundadoras que han transmitido su carisma a una familia de hijos e hijas espirituales. Gracias a ello, hoy, en los monasterios y en los centros de espiritualidad, monjes, religiosos y personas consagradas ofrecen a los fieles oasis de contemplación y escuelas de oración, de educación en la fe y de acompañamiento espiritual. Pero, sobre todo, continúan la gran obra de evangelización y de testimonio en todos los continentes, hasta la vanguardia de la fe, con generosidad y, a menudo, con el sacrificio de la vida hasta el martirio. Muchos de ellos se dedican totalmente a la catequesis, a la educación, a la enseñanza, a la promoción de la cultura y al ministerio de la comunicación. Están junto a los jóvenes y sus familias, a los pobres, a los ancianos, a los enfermos y a las personas solas. No existe ámbito humano y eclesial donde no estén presentes de modo a menudo silencioso, pero siempre activo y creativo, casi como una continuación de la presencia de Jesús, que  pasó  haciendo  el bien a todos (cf. Hch 10, 38). La Iglesia da gracias por el testimonio de fidelidad y de santidad dado por tantos miembros de los institutos de vida consagrada, por la oración incesante de alabanza y de intercesión que se eleva de sus comunidades, y por su vida gastada al servicio del pueblo de Dios.

Ciertamente, no faltan pruebas y dificultades en la vida consagrada de hoy, así como en los otros sectores de la vida de la Iglesia. “El gran tesoro del don de Dios -habéis recordado al final de la precedente plenaria- se halla en frágiles vasijas de barro (cf. 2 Co 4, 7) y el misterio del mal acecha también a quienes dedican a Dios toda su vida” (Caminar desde Cristo

, 11). Más bien que enumerar las dificultades que encuentra hoy la vida consagrada, quisiera confirmar a todos los consagrados y consagradas la cercanía, la solicitud y el amor de toda la Iglesia. La vida consagrada, al inicio del nuevo milenio, tiene ante sí desafíos formidables, que sólo puede afrontar en comunión con todo el pueblo de Dios, con sus pastores y con el pueblo de los fieles. En este contexto se inserta la atención de la plenaria de la Congregación para los institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, que afronta tres temáticas bien precisas.
La primera se refiere al ejercicio de la autoridad. Se trata de un servicio necesario y valioso, para asegurar una vida auténticamente fraterna, en la búsqueda de la voluntad de Dios. En realidad, es el mismo Señor resucitado, nuevamente presente entre los hermanos y las hermanas reunidos en su nombre (cf. Perfectae caritatis, 15), quien indica el camino por recorrer. Solamente si el superior, por su parte, vive en obediencia a Cristo y en sincera observancia de la regla, los miembros de la comunidad pueden ver claramente que su obediencia al superior no sólo no es contraria a la libertad de los hijos de Dios, sino que además la hace madurar en conformidad con Cristo obediente al Padre (cf. ib

., 14).
El otro tema elegido para la plenaria concierne a los criterios de discernimiento y aprobación de nuevas formas de vida consagrada. “El juicio de su autenticidad y de su ejercicio razonable ―recuerda la constitución dogmática Lumen gentium

, hablando de los carismas en general― pertenece a quienes tienen la autoridad en la Iglesia, a los cuales compete ante todo no sofocar el Espíritu, sino probarlo todo y retener lo que es bueno” (n. 12). Es lo que tratáis de hacer también vosotros durante estos días, sin olvidar que vuestro trabajo valioso y delicado debe desarrollarse en un contexto de acción de gracias a Dios, que también hoy sigue enriqueciendo con carismas siempre nuevos a su Iglesia, con la creatividad y la generosidad de su Espíritu.
El tercer tema que habéis afrontado atañe a la vida monástica. Partiendo de situaciones contingentes, que también requieren concretas intervenciones sabias e incisivas, vuestra mirada quiere abarcar el vasto horizonte de esta realidad, que tanto significado ha tenido y tiene en la historia de la Iglesia. Buscáis los caminos oportunos para impulsar en el nuevo milenio la experiencia monástica, que la Iglesia necesita también hoy, porque reconoce en ella el testimonio elocuente del primado de Dios, constantemente alabado, adorado, servido y amado con toda la mente, con toda el alma y con todo el corazón (cf. Mt 22, 37).
Por último, me agrada constatar que  la plenaria se sitúa en el marco de la solemne celebración que el dicasterio ha organizado con ocasión del 40° aniversario de la promulgación del decreto conciliar Perfectae caritatis sobre la renovación de la vida religiosa. Deseo que las indicaciones fundamentales dadas entonces por los padres conciliares para el camino de la vida consagrada sigan siendo también hoy fuente de inspiración para cuantos consagran su existencia al servicio del reino de Dios. Me refiero, ante todo, a lo que el decreto Perfectae caritatis

califica como “vitae religiosae ultima norma“, “norma definitiva de la vida religiosa”, es decir, “el seguimiento de Cristo”. Una auténtica renovación de la vida religiosa sólo puede darse tratando de llevar una existencia plenamente evangélica, sin anteponer nada al único Amor, sino encontrando en Cristo y en su palabra la esencia más profunda de todo carisma del fundador o de la fundadora.
Otra indicación de fondo que el Concilio dio es la de la entrega generosa y creativa de sí a los hermanos, sin ceder jamás a la tentación de encerrarse en sí mismos, sin conformarse jamás con lo conseguido y sin abandonarse al pesimismo y al cansancio. El fuego del amor, que el Espíritu infunde en los corazones, impulsa a interrogarse constantemente sobre las necesidades de la humanidad y sobre cómo afrontarlas, sabiendo bien que sólo quien reconoce y vive el primado de Dios puede afrontar realmente las verdaderas necesidades del hombre, imagen de Dios.
Quisiera recoger aún una indicación entre las muchas significativas dadas por los padres conciliares en el decreto Perfectae caritatis

el empeño que la persona consagrada debe poner en cultivar una sincera vida de comunión (cf. n. 15), no sólo dentro de cada una de las fraternidades, sino también con toda la Iglesia, porque los carismas deben custodiarse, profundizarse y desarrollarse constantemente “en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne” (Mutuae relationes, 11).
Estos son los pensamientos que me urge confiar a vuestra reflexión sobre los temas afrontados por los trabajos de la plenaria. Os acompaño con la oración y, a la vez que sobre vosotros y sobre vuestra actividad invoco la ayuda de Dios y la protección de la Virgen santísima, como prenda de mi afecto, a cada uno envío mi bendición.
Castelgandolfo, 27 de septiembre de 2005, memoria de san Vicente de Paúl.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el oficio del ministro ordenado en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

Aspectos generales

 

Ø  Ceñirse a las recomendaciones de los misales y leccionarios no solamente es un gesto de comunión eclesial, sino que muestra la humildad del Ministro ordenado y da ejemplo de obediencia al Magisterio de la Iglesia.

«El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal. Quien actúa contra esto, cediendo a sus propias inspiraciones, aunque sea sacerdote, atenta contra la unidad substancial del Rito romano, que se debe cuidar con decisión.»[1]

«Cese la práctica reprobable de que sacerdotes, o diáconos, o bien fieles laicos, cambian y varían a su propio arbitrio, aquí o allí, los textos de la sagrada Liturgia que ellos pronuncian. Cuando hacen esto, convierten en inestable la celebración de la sagrada Liturgia y no raramente adulteran el sentido auténtico de la Liturgia.»[2]

Además, la uniformidad facilita a los fieles su participación activa, sin confundirlos: «La unidad de criterios entre uno y otro presidente de asambleas litúrgicas está cuestionando seriamente la participación de los fieles: “¿A qué nos atenemos?” Y: “¿A quién le creemos?”»[3].

 

Ø  Conviene mucho tener presentes los actos presidenciales, en los que actúa dirigiéndose a Dios en nombre de todo el pueblo o al pueblo en nombre de Dios y de Cristo, los cuales debe decir solo el sacerdote. Este es el caso de la doxología de la Plegaria Eucarística y de la Oración de la Paz.

 

Ø  Es también muy importante que el Ministro ordenado tenga en cuenta las oraciones que son secretas (que no deben decirse en voz alta), como la que se hace durante el lavabo o las que se hacen en la fracción del Pan.

 

Ø  «Que nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia».[4]

 

Ø  No conviene distorsionar las oraciones que trae el Misal Romano agregando intenciones particulares que el presidente quisiera incluir en las mismas (ejemplo: en la memoria de un santo, mencionar a un difunto en la oración colecta o en la oración sobre las ofrendas o en la oración después de la comunión).

Tampoco es bueno incluir, dentro de la celebración de la Santa Misa, oraciones no litúrgicas (por ejemplo: «Alma de Cristo, santifícame…» después de la comunión, una oración a la Santísima Virgen, etc.). Estas se pueden recitar después, si se desea.

 

Ø  Cuando hay canto no hay necesidad de decir la antífona (ejemplo: si se canta durante la comunión no será necesario leer la antífona de la comunión; lo mismo se aplica al canto de entrada).

 

Ø  El presidente de la asamblea debe favorecer el silencio y dar espacio para la oración.[5] Hay varios momentos especiales de silencio: en el acto penitencial, después del «Oremos» de la oración colecta, entre la primera lectura y el salmo, después de la homilía[6] y después de la comunión.

 

Ø  «Los pastores de almas deben fomentar con diligencia y paciencia la educación litúrgica y la participación activa de los fieles […], cumpliendo así una de las funciones principales del fiel dispensador de los misterios de Dios».[7]

 

Ø  «El Misal Romano debe quedar como un instrumento para testimoniar y conformar la mutua unidad del Rito Romano en la diversidad de lenguas y culturas, como su signo preeminente».[8]

 

Ø  «Exceptuadas las celebraciones de la Misa que, según las horas y los momentos, la autoridad eclesiástica establece que se hagan en la lengua del pueblo, siempre y en cualquier lugar es lícito a los sacerdotes celebrar el santo sacrificio en latín.»[9]

 

Ø  «Los presbíteros presentes en la celebración eucarística, si no están excusados por una justa causa, ejerzan la función propia de su Orden, como habitualmente, y participen por lo tanto como concelebrantes, revestidos con las vestiduras sagradas. De otro modo, lleven el hábito coral propio o la sobrepelliz sobre la vestidura talar. No es apropiado, salvo los casos en que exista una causa razonable, que participen en la Misa, en cuanto al aspecto externo, como si fueran fieles laicos.»[10]

 

Ø  «Nunca es lícito a los laicos asumir las funciones o las vestiduras del diácono o del sacerdote, u otras vestiduras similares.»[11]

 

Aspectos particulares

 

Ø  «Antes de ponerse el alba, si no cubre totalmente el vestido común alrededor del cuello, empléese el amito».[12] «El sacerdote que se reviste con la casulla, conforme a las rúbricas, no deje de ponerse la estola.»[13]

 

Ø  Es bueno que el ministro ordenado que va a celebrar la Eucaristía verifique que el sacristán haya cumplido sus labores (ver indicaciones sobre el oficio del sacristán al final de este documento).

 

Ø  «Tanto el que preside como la asamblea deben distinguirse por la puntualidad para comenzar a la hora exacta».[14] Del mismo modo, recuérdese que el tiempo del que se dispone entre semana es menor: una celebración de la Eucaristía mayor de media hora es excesiva para muchos fieles, que deben trabajar.

 

Ø  Cuando no se hace canto de entrada, el presidente puede adaptar la antífona de entrada a manera de monición.[15]

 

Ø  Solamente en la oración colecta se usa la conclusión larga: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.» o «Él, que vive y reina…» o «Tú que vives y…».

En la oración sobre las ofrendas y en la oración después de la comunión se utiliza la terminación corta: «Por Jesucristo nuestro Señor. Amén». o «Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén». o «Tú que vives y reinas…».

 

Ø  «La homilía tiene la finalidad de explicar a los fieles la palabra de Dios proclamada en las lecturas y actualizar su mensaje»[16], y corresponde al sacerdote o al diácono.[17]

«La prohibición de admitir a los laicos para predicar, dentro de la celebración de la Misa, también es válida para los alumnos de seminarios, los estudiantes de teología, para los que han recibido la tarea de «asistentes pastorales» y para cualquier otro tipo de grupo, hermandad, comunidad o asociación, de laicos.»[18]

«Se predicará la homilía en todas las misas que se celebren los domingos y fiestas de precepto con asistencia del pueblo […]. Se recomienda la homilía, además, en los días laborables, principalmente en ciertas ferias de Adviento y de Cuaresma».[19]

La predicación actualiza la Palabra y, para eso, conviene prepararla adecuadamente para no caer en la frialdad, la falta de convicción o el empleo del tiempo de la homilía para otras cosas totalmente distintas a la aplicación de los textos bíblicos a la vida de los oyentes y del predicador mismo, lo cual muestra cierta improvisación.[20]

La homilía se hará desde la sede, preferencialmente.

Recuérdese que los sermones largos o muy teóricos (de poca aplicación para la vida diaria) no son eficaces desde el punto de vista pastoral.

 

Ø  El celebrante dirige la oración universal desde la sede.[21]

 

Ø  Las fórmulas de presentación del pan y del vino se dicen habitualmente en voz baja; sólo se dicen en voz alta si no hay canto ni suena el órgano.[22]

 

Ø  La inclinación del celebrante al In spiritu humilitatis debe hacerse «profunde inclinatus».[23]

 

Ø  «Merece especial atención la Plegaria Eucarística, que es la parte central de la celebración de la Eucaristía. Hay que orarla con voz alta y clara, sin precipitación, haciendo pausas de interiorización».[24]

«Es un gravísimo abuso modificar las Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras compuestas privadamente».[25]

Se insiste en que el celebrante deje de dirigirse al pueblo y, como imagen de Cristo que ora al Padre, no hable sino a Dios.[26]

Recuérdese que solo las plegarias eucarísticas I, II y III admiten el uso de cualquier prefacio; las demás forman un todo con su prefacio y, por lo tanto, deben recitarse exclusivamente con él.

En la consagración del pan, el que preside dice: «Tomad y comed todos de él, porque esto es mi Cuerpo…». No dice: «porque este es mi Cuerpo».

«En algunos lugares se ha difundido el abuso de que el sacerdote parte la hostia en el momento de la consagración, durante la celebración de la santa Misa. Este abuso se realiza contra la tradición de la Iglesia. Sea reprobado y corregido con urgencia.»[27]

 

Ø  Inmediatamente después de la consagración del pan, adórese unos segundos el Cuerpo de Cristo con una genuflexión. Hágase lo mismo con la Sangre de Cristo.

 

Ø  El Pan eucarístico se muestra a los fieles sobre la patena o sobre el cáliz (se muestra una parte de la Hostia fraccionada).[28]

 

Ø  «La fracción del Pan se inicia después del gesto de la paz y debe realizarse con la debida reverencia sin alargarla innecesariamente, a fin de que el gesto [de la paz] no adquiera un excesivo realce».[29]

«El sacerdote puede dar la paz a los ministros, permaneciendo siempre dentro del presbiterio, para no alterar la celebración. Hágase del mismo modo si, por una causa razonable, desea dar la paz a algunos fieles.»[30]

 

Ø  Los ministros extraordinarios de la comunión e incluso los diáconos y sacerdotes deben recibir el recipiente de la Eucaristía de manos del celebrante, detalle este sacramentalmente importante porque manifiesta que la Eucaristía se recibe del Señor.[31]

 

Ø  Como se dijo para los ministros extraordinarios de la comunión, el sacerdote «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”, dando espera a la respuesta del comulgante. Ninguna otra fórmula cabe acá»; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.

 

Ø  «Las normas del Misal Romano admiten el principio de que, en los casos en que se administra la sagrada Comunión bajo las dos especies, «la sangre del Señor se puede tomar bebiendo directamente del cáliz, o por intinción».[32] «No se permita al comulgante mojar por sí mismo la hostia en el cáliz, ni recibir en la mano la hostia mojada. Por lo que se refiere a la hostia que se debe mojar, esta debe hacerse de materia válida y estar consagrada; está absolutamente prohibido el uso de pan no consagrado.»[33]

 

Ø  Lo que queda de la Sangre del Señor se la toma el sacerdote, el diácono o un acólito instituido que sirve de ministro del cáliz.[34]

 

Ø  Como señal de respeto con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la limpieza de las patenas y los vasos sagrados debe hacerse sobre el corporal. Los purifica el sacerdote, uno de los concelebrantes, el diácono o un acólito instituido.[35] «El ministro extraordinario de la comunión está excluido notablemente de la lista de personas que pueden purificar los utensilios sagrados».[36]

 

Ø  Es preferible que la atención a los fieles que requieran al sacerdote se haga después de retirarse los ornamentos, a la salida de la sacristía.


[1] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 11

[2] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 59

[3] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[4] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 22, par. 3

[5] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 11

[6] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[7] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 19;

   cf. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 19

[8] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, final

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 112

[10] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 128

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 153

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 122

[13] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 123

[14] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 33, p. 12

[15] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[16] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 3;

    cf. Sagrada Congregación para el Culto Divino, instrucción Liturgicæ instaurationes, 2, a

[17] Cf. Ídem

[18] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 66

[19] Sagrada Congregación de Ritos, Intrusión sobre la Constitución de la Sagrada Liturgia, 53

[20] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 8

[21] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 71

[22] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 142;

   cf. Ordinario de la Misa, 1975, 20-21

[23] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 143

[24] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 20

[25] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 5

[26] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 31

[27] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 55

[28] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 84

[29] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 83

[30] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[31] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[32] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 103

[33] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 104

[34] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 284b; 279

[35] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 163; 279

[36] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 37, p. 30

 

  Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Sobre el oficio del ministro extraordinario de la comunión en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 Aspectos generales

 

v  «Solamente por verdadera necesidad se recurra al auxilio de ministros extraordinarios, en la celebración de la Liturgia. […] esto no está previsto para asegurar una plena participación a los laicos, sino que, por su naturaleza, es suplementario y provisional.»[1]

 

v  «El fiel, religioso o seglar, autorizado como ministro extraordinario de la comunión, podrá distribuir la comunión, solamente cuando falten el sacerdote, el diácono o el acólito, cuando el sacerdote esté impedido por enfermedad o por su edad avanzada, o cuando el número de fieles que se acercan a la comunión sea tan grande que haría prolongar excesivamente la celebración de la Misa».[2] Léase también: «Cuando es tan grande el número de los fieles que se acercan a la Comunión, que la celebración de la Misa se prolongaría demasiado.»[3] «Pero esto debe entenderse de forma que una breve prolongación sería una causa absolutamente insuficiente.»[4] «Sólo donde la necesidad lo requiera, los ministros extraordinarios pueden ayudar al sacerdote celebrante, según las normas del derecho.»[5]

 

v  «Llamar [a alguien] ministro extraordinario significa que sólo puede ejercitar el cargo recibido en ausencia de los ministros ordinarios. Si hay diáconos o sacerdotes, son estos los que deben distribuir la Eucaristía, empezando por el presidente de la celebración, que es el que con mayor coherencia, en nombre de Cristo, reparte a sus hermanos el Cuerpo y la Sangre del Señor. Todos los documentos desautorizan expresamente el que un sacerdote se siente y deje que sean los laicos solos los que reparten la comunión».[6]

 

v  «Si lo aconsejan razones de verdadera necesidad, conforme a las normas del derecho, el Obispo diocesano puede delegar también otro fiel laico como ministro extraordinario, ya sea para ese momento, ya sea para un tiempo determinado, recibida en la manera debida la bendición.»[7] El Obispo nombrará con el rito correspondiente al ministro extraordinario de la comunión que haya sido escogido y preparado por el párroco bajo los cánones establecidos; para ello se utiliza el Ritual del Culto (pp. 139-142).

«Sólo en casos especiales e imprevistos, el sacerdote que preside la celebración eucarística puede dar un permiso ad actum[8] En esos casos esporádicos, en los misales se encuentra el «Rito para designar un ministro ocasional para la distribución de la sagrada comunión».

 

v  «Si habitualmente hay número suficiente de ministros sagrados, también para la distribución de la sagrada Comunión, no se pueden designar ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. En tales circunstancias, los que han sido designados para este ministerio, no lo ejerzan. Repruébese la costumbre de aquellos sacerdotes que, a pesar de estar presentes en la celebración, se abstienen de distribuir la comunión, encomendando esta tarea a laicos.»[9]

 

Aspectos prácticos

 

v  El ministro extraordinario de la comunión debe subir al presbiterio después que el celebrante haya comulgado.[10]

 

v  El ministro extraordinario de la comunión «ha de emplear una sola fórmula, de acuerdo con la última edición del Ordinario de la Misa para los países de habla hispánica. La fórmula es: “El Cuerpo de Cristo”. […] Ninguna otra fórmula cabe acá»[11]; por lo tanto no debe decir, por ejemplo: “Cristo, Pan de vida”.

También se le debe dar tiempo suficiente al comulgante para que pueda contestar: “Amén”, antes de colocar la Hostia consagrada en su boca.

 

v  Los fieles no pueden tomar por sí solos la Eucaristía, ya que el Cuerpo y la Sangre del Señor no se toma, sino que se recibe, ni siquiera en el caso de monjas, monjes o seminaristas (los concelebrantes, en cambio, sí lo toman porque ellos mismos lo han consagrado y, como consagrantes, son también figura de Cristo).[12]

 

v  El ministro extraordinario de la comunión estará bien presentado (sin trajes deportivos, como sudaderas o pantalonetas) y muy limpio.

 

v  El ministro extraordinario de la comunión se lavará las manos antes y después de repartir la comunión.

 

Cualidades de este ministerio

 

v  Según el Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, Actualidad litúrgica, nº 28, p. 8-9 (cf.), es necesario que el ministro extraordinario de la comunión cumpla los siguientes requisitos:

1.    Conocer, estudiar y aplicar los documentos oficiales de la Iglesia relacionados con la liturgia eucarística.

2.    Saber los nombres de lugares, vestiduras, libros, vasos sagrados y utensilios litúrgicos en general.

3.    Participar de viva voz sabiendo bien las respuestas actuales de la celebración eucarística.

4.    Estar entrenado en el servicio al altar para cuando no se dispone de la presencia o ayuda de monaguillos.

5.    Conocer el Misal, distinguir las diversas partes que lo conforman y aprender a registrarlo.

6.    Entrenarse en el manejo y buen uso del incensario mediante prácticas que ayuden a utilizarlo con destreza y naturalidad.


[1] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 151

[2] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 10;

   cf. Sagrada Congregación para la disciplina de los Sacramentos, Instrucción;

   cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 158

[4] Ídem

[5] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 88

[6] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 21

[7] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[8] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 155

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 157

[10] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 162 (antes se establecía que subieran al altar durante la fracción del Pan)

[11] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 28, p. 12

[12] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 160

 

 

 Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el oficio del acólito en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 Antes de comenzar

 

à      Es muy importante que el acólito llegue a la iglesia con anticipación para verificar que todo lo necesario para la misa esté listo: el Misal, el leccionario abierto en la página que corresponde a las lecturas del día, los micrófonos funcionando, el cáliz y las vinajeras en la credencia (mesa o repisa que se pone inmediata al altar, a fin de tener a mano lo necesario: vasos sagrados, vinajeras, patena de los fieles, etc.); en fin, revisar que el trabajo del sacristán haya sido bien hecho. Además, conviene que se lave las manos.

 

Aspectos prácticos

 

à      Después de entrar con el sacerdote, ubicarse en un lugar discreto con la vista puesta en el celebrante (no en el pueblo), conservar la mayor compostura posible y evitar todo movimiento que distraiga la participación de los fieles (no estar pasando de un lado a otro del altar, ni siquiera para tocar la campana).

 

à      El acólito no debe sentarse en la sede, al lado del presidente; este lugar está reservado para los diáconos o para otros ministros ordenados en las concelebraciones. Destínese para ello una pequeña silla cerca de la credencia.

 

à      Sobre el altar no se debe colocar el cáliz ni el copón hasta que no haya terminado la liturgia de la Palabra.

 

à      Recuérdese que en la presentación de ofrendas se entregan al sacerdote las vinajeras sobre su bandeja, para que él mismo se surta del vino y agua. Es ideal mantener la bandeja en la mano (a veces, por comodidad, se prefiere colocarlas en el extremo del altar).

 

à      El lavabo no debe omitirse. Hágase por fuera del altar (es importante no incomodar al sacerdote colocando muy alta la vasija donde se recibe el agua).

 

à      La campana debe tocarse con moderación: un solo toque cuando el sacerdote pone las manos sobre las ofrendas, tres toques durante la elevación de la Hostia consagrada y tres toques durante la elevación del Vino consagrado (no se toca durante la adoración, cuando el sacerdote hace la genuflexión).

 

à      El acólito no debe transportar el copón con las Hostias consagradas del sagrario al altar ni viceversa. Solamente el sacerdote o el diácono pueden hacerlo.

 

à      Al usar la patena de los fieles para recoger las migajas que caen durante la comunión del pueblo, es bueno retirarla cuando alguien desee recibirla en las manos.

 

Cualidades de este ministerio

 

à      La finalidad de este ministerio está descrita en el boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal Actualidad litúrgica, nº 25 (cf.):

1.    Prestan un servicio desinteresado

2.    Han de formarse en la responsabilidad que han adquirido

3.    Deben dar testimonio de vida cristiana

 

Nota:

 

à      «Como es sabido, las funciones que la mujer puede ejercer en la asamblea litúrgica son varias; entre ellas la lectura de la Palabra de Dios y la proclamación de las intenciones en la oración de los fieles. No están permitidas a las mujeres las funciones de servicio al altar».[1] Sin embargo, la carta de 1994 de la Congregación para el culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos amplió la norma: con la autorización pública del obispo del lugar podrán prestar ese servicio.*


[1] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 18;

   cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Liturgicæ instaurationes, 7

* Hasta la fecha no ha habido autorización pública de ningún obispo colombiano

 

  Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Sobre el oficio del lector en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 Aspectos prácticos

 

¨      El lugar para proclamar las lecturas es el ambón; los fieles escogidos como lectores no deben leer desde su puesto.

 

¨      Es importante que el lector «permita que quien preside la celebración y la asamblea se acomoden en su puesto, se sienten y, cuando haya silencio, empiece a proclamar».[1]

 

¨      No se lea lo que está escrito en color rojo. No se diga, por ejemplo, «Primera lectura» ni «Salmo responsorial» o «Al salmo respondemos» o «Salmo de respuesta».

Tampoco deben añadirse palabras, como: «Esta es Palabra de Dios» o «Es Palabra de Dios»; dígase: «Palabra de Dios». La razón es que «el lector se identifica tanto con aquello que anuncia, que él mismo se hace Palabra de Dios».[2] Téngase cuidado de no hacer entonación de interrogación, como si se estuviera preguntando: «¿Palabra de Dios?».[3]

El sacerdote, al finalizar la lectura del Evangelio, levanta el leccionario para decir: «Palabra del Señor»; esto no lo hace quien proclama las otras lecturas: debe dejarse el leccionario en el atril.

 

¨    El lector debe leer pausadamente, articulando con la debida distinción las vocales, consonantes y sílabas de las palabras para hacer plenamente inteligible lo que se lee.

 

¨    El micrófono estará a una cuarta de distancia de la boca (la cuarta es la medida de la mano abierta y extendida desde el extremo del pulgar al del meñique). Así se evitan circunstancias que impiden una buena comprensión de lo que se lee: por ejemplo, que la «P» suene como un golpe; la «S», como un silbido fuerte; o que se escuche la respiración.

 

¨      «No es necesario estar pasando la cinta de una hoja a otra; lo mejor es dejarla en su puesto para evitar posibles confusiones en otras celebraciones».[4]

 

¨      «Al terminar la lectura, haga una pausa de tres segundos antes de decir: «Palabra de Dios».[5]

 

¨      Es conveniente hacer unos instantes de silencio entre la primera lectura y el salmo, para facilitar la meditación.[6]

 

¨      «Si hay dos lectores para tres lecturas, el mismo que proclamó la primera hará la segunda y el otro proclamará el salmo»[7] y el versículo anterior al Evangelio. Asimismo, cuando hay una sola lectura, uno proclamará la lectura y el otro el salmo. El cambio de voz del lector al salmista y el espacio de tiempo entre la subida al ambón de estos dos ministros favorece la contemplación de la Palabra; por eso se insiste en que quien proclama el salmo no sea el mismo que proclamó la primera lectura[8], ya que es a todas luces un texto muy diverso.

 

¨      El versículo anterior al Evangelio suele ir intercalado entre el canto del Aleluya (salvo en cuaresma, que no se dice ni se canta el Aleluya). Como norma general, si se proclama el versículo, el Aleluya debe cantarse; si no, se omite el versículo.[9]

 

¨      Se recomienda que el salmo se cante. «Si no es posible cantar el salmo, éste debe recitarse del modo más apto en vistas a favorecer la meditación de la Palabra de Dios».[10]

 

¨      La lectura del Evangelio está reservada al diácono o al sacerdote, lo mismo que la homilía.[11] La homilía nunca la hará un laico[12]. Se recuerda que debe tenerse por abrogada, según lo prescrito en el canon 767 § 1, cualquier norma precedente que admitiera a los fieles no ordenados para poder hacer la homilía en la celebración eucarística. Se reprueba esta concesión, sin que se pueda admitir ninguna fuerza de la costumbre.»[13]

 

Cualidades de este ministerio

 

¨    «Las lecturas […] sean confiadas a un lector o a otros laicos preparados espiritualmente y técnicamente».[14]

 

¨    La preparación espiritual presupone, por lo menos, una doble instrucción: bíblica y litúrgica. La instrucción bíblica debe apuntar a que los lectores estén capacitados para percibir el sentido de las lecturas en su propio contexto y, para entender a la luz de la Fe el núcleo central del mensaje revelado.

 

¨    La instrucción litúrgica debe facilitar a los lectores una cierta percepción del sentido y de la estructura de la liturgia de la Palabra y las razones de la conexión entre ésta y la liturgia eucarística.

 

¨    «La preparación técnica debe consistir en que los lectores sean cada día más aptos en el arte de proclamar delante del pueblo, ya sea de viva voz, ya sea con ayuda de los instrumentos modernos de amplificación de voz».[15]

 

¨    Se requiere de práctica y de talleres para proclamar la Palabra, en vez de leerla, simplemente.[16] «La proclamación es un anuncio solemne, una declaración».[17]

 

¨    Es necesario diferenciar las lecturas para hacer una entonación adecuada de ellas: no es lo mismo recitar un cántico o un salmo que narrar una historia o leer una exhortación. Conviene que sean nombrados lectores quienes ya distinguen estos estilos literarios y el modo adecuado de proclamarlos.

[1] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 21

[2] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 22

[3] Cf. Ídem

[4] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 21

[5] Ídem

[6] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56 y 128

[7] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[8] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1, que cita al Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 56

[9] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 23

[10] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[11] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2-3

[12] Cf. La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.64

[13] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 65

[14] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 2

[15] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 19-20

[16] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

[17] Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 18

 

 Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

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Sobre el oficio de los animadores del canto en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

Aspectos generales

 

Þ  El día domingo y las solemnidades son los apropiados para la interpretación de cantos más festivos y más conocidos por la asamblea.

Los demás días se podría omitir el canto del Aleluya, reservándolo para el domingo, por su significado; a cambio, se puede cantar un verso interleccional.

Igualmente, podría suprimirse el canto del «Señor ten piedad» y el del «Cordero de Dios»; también se puede suprimir el canto durante la presentación de ofrendas, dando así más importancia al silencio en ese momento.

 

Þ  Cuando está establecido un coro o un cantante idóneo, será éste quien entone los cantos apropiados para cada momento de la celebración.

 

Þ  La nueva Ordenación General del Misal Romano no permite la sustitución de cantos o himnos por otros que no digan lo mismo; se refiere al «Cordero de Dios» y a las demás partes de la Misa.[1]

 

Þ  Recuérdese que el canto gregoriano es el más propio de la liturgia romana.[2]

 

Þ  «En tiempo de Cuaresma […] se permiten los instrumentos musicales solo para sostener el canto, como corresponde al carácter penitencial de este tiempo»[3], salvo el cuarto domingo de Cuaresma, «Lætare».

Asimismo, en el tiempo de Adviento «deben usarse con moderación los instrumentos musicales»[4], salvo el tercer domingo.

 

Þ  Durante el tiempo de Cuaresma no se debe cantar el «Aleluya», salvo en las solemnidades.

 

Aspectos particulares

 

Þ  El canto de entrada tiene que estar acomodado a la acción sagrada o a la índole del día o del tiempo litúrgico y debe ser un texto aprobado por la Conferencia Episcopal.[5]

 

Þ  Se recomienda que se cante el salmo responsorial.[6]

 

Þ  «Recuérdese que durante la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”… hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él…”] no se deben ejecutar cantos».[7] Tampoco debe ejecutarse música alguna.[8] Este otro documento enfatiza la norma: «Mientras el Sacerdote celebrante pronuncia la Plegaria Eucarística, no se realizarán otras oraciones o cantos, y estarán en silencio el órgano y los otros instrumentos musicales.»[9]

 

Þ  Antes de iniciar el canto: «Cordero de Dios…» debe esperarse un poco para que los fieles se den la paz.[10]

A propósito: existen cantos para la paz, distintos del «Cordero de Dios…», los cuales —en ningún caso— lo reemplazan.

 

Þ  Se inicia el canto de la comunión después de que el sacerdote comulgue el Cuerpo de Cristo.

Durante la comunión es bueno escoger no solamente cantos eucarísticos, sino aquellos que expresen la participación en la mesa del Señor. Además, el canto de la comunión debe tener índole comunitaria.[11]

 

Þ  Después de la comunión, permítase un espacio de tiempo en silencio para la oración.

 

Þ  No es litúrgico incluir cantos de carácter popular (como los villancicos, por ejemplo) dentro de la celebración de la Eucaristía. Estos se pueden cantar después de la Misa. Tampoco conviene incluir en el repertorio letras totalmente profanas, sin contenido doctrinal religioso.

 

Cualidades de este ministerio

 

Þ  No solamente es necesario que los cantores tengan las cualidades técnicas para interpretar con gusto y armonía los cantos litúrgicos, sino que deben conocer cuáles corresponden a las diferentes partes de la celebración eucarística: los cantos de entrada, los del momento penitencial, gloria, cantos entre las lecturas, aclamación al Evangelio, profesión de Fe, procesión de ofrendas, santo, Padre Nuestro, momento de la paz, Cordero de Dios, cantos para la comunión, cantos de despedida.

 

Þ  Los cantores deben conocer también los cantos que se emplean para los diferentes tiempos del año litúrgico, los de los sacramentos, los que se hacen en honor de la Virgen María, los que se emplean para misas de difuntos, entre otros.

 

Þ    Debe recordarse que el oficio se llama Animación del canto, no se trata de un simple «coro».[12]


[1] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 366

[2] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 41

[3] Ordo, Calendario Litúrgico para la celebración de la Eucaristía y de la Liturgia de las Horas. Conferencia      Episcopal de Colombia, Departamento de Liturgia.

[4] Ídem

   Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 313

[5] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 48

[6] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 61

[7] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 6

[8] Cf. Ordenación General del Misal Romano, 12;

   cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 34, p. 30

[9] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 53

[10] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 35, p. 31

[11] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 86

[12] Cf. Actualidad litúrgica, Boletín del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal, nº 36, p. 10

 

 Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

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Posturas durante la Celebración Eucarística

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

Ritos iniciales (de pie)

Signación: «En el nombre del Padre, y…»

Saludo

Acto penitencial

Gloria (si lo hay)

Oración colecta: «…y es Dios por los siglos de los siglos. Amén».

 

Liturgia de la Palabra

Primera lectura (sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Salmo (sentados)

Segunda lectura (si la hay, sentados)

Se contesta al final: «Te alabamos, Señor».

Aleluya (si lo hay, de pie)

Evangelio (de pie)

Se contesta al final: «Gloria a ti, Señor Jesús».

Homilía (si la hay, sentados)

Credo (si lo hay, de pie)

En donde dice: «y por obra del Espíritu Santo… y se hizo hombre», se hace una inclinación de la cabeza (en la Anunciación del Señor [marzo 25] y en la Natividad del Señor [diciembre 25] se ponen de rodillas).

Oración de los fieles (si la hay, de pie)

 

Liturgia eucarística

Procesión con las ofrendas (si la hay, sentados)

Presentación del pan y del vino (sentados)

Lavabo (sentados)

Oración sobre las ofrendas (de pie)[1]

Plegaria eucarística

Diálogo introductorio al prefacio (de pie)

Prefacio (de pie)

Santo (de pie)

Consagración del pan y del vino (de rodillas desde que el sacerdote coloca ambas manos sobre las ofrendas hasta el final de la consagración; luego, de pie)

(Cuando la salud, la estrechez del lugar, la aglomeración de la concurrencia o cualquier otra causa razonable impidan a los fieles arrodillarse, deben hacer una inclinación profunda)[2]

La última edición del misal alaba el hecho de que la comunidad permanezca de rodillas durante toda la plegaria eucarística (Instrucción general del misal Romano, 3ª ed., nº 43).

Conclusión (de pie)

 

Rito de la comunión

Oración del Señor o Padrenuestro (de pie)

Rito de la paz (de pie)

Fracción del Pan (de pie)

La última edición del misal alaba el hecho de que la comunidad permanezca de rodillas (Instrucción general del misal Romano, 3ª ed., nº 43).

Comunión (de pie)

Silencio después de la comunión (sentados)

Oración después de la comunión (de pie)

 

Rito de conclusión

Bendición (de pie [inclinada la cabeza si hay oración sobre el pueblo])

Despedida (de pie)

Significado de las posturas

De pie: significa prestar atención, alegría y prontitud a la acción

Sentados: significa escucha atenta, contemplación

De rodillas: significa oración, actitud de penitencia, adoración y súplica

Actos de reverencia

Genuflexión. Consiste en doblar la rodilla, bajándola hasta el suelo. Se hace al pasar frente al sagrario (lugar donde se guarda a Cristo sacramentado) o frente del Santísimo Sacramento cuando esté expuesto en la custodia (pieza de oro, plata u otro metal, en que se expone el Santísimo Sacramento a la pública veneración) sobre el altar. No es necesario santiguarse ni inclinarse. No es obligatorio hacer la genuflexión para pasar a comulgar.

Si en el altar no está Jesús sacramentado, y se pasa entre el altar y el sagrario, se hace la genuflexión dirigiéndose hacia el sagrario.

Inclinación de la cabeza. Se hace al pasar frente a las imágenes —especialmente ante los crucifijos— y ante el sacerdote que preside la celebración, si hay que pasar por delante de él.

Inclinación del cuerpo. No está previsto que el pueblo ejecute este acto en la celebración de la Eucaristía.


[1] Esta norma era distinta: se permanecía sentados hasta después de la respuesta al «Orad hermanos…», con el fin de diferenciar la preparación de la Eucaristía de la liturgia eucarística propiamente dicha.

Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43, 146

[2] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 43

 

Tomado del libro:

 

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

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Sobre la actuación del pueblo en la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

 ·      El pueblo está de pie a la entrada del sacerdote–presidente, como señal de respeto y acogida.

 

·      Al anunciar la proclamación del Evangelio, el sacerdote dice: «Lectura del santo Evangelio según…». En ese momento todos se signan con el dedo pulgar, se hacen tres cruces: la primera en la frente, para conocer mejor la palabra; la segunda en los labios, para anunciarla con ardor; y la tercera en el pecho, para vivirla en la práctica diaria. No se santiguan (hacerse la señal de la cruz desde la frente al ombligo y desde el hombro izquierdo al derecho, invocando a la Santísima Trinidad), porque ya se hizo al comienzo de la celebración y, en liturgia, se evitan los duplicados.[1]

 

·      Durante la lectura del Evangelio, los presentes se vuelven hacia el ambón para manifestar su especial reverencia a esta lectura culminante.[2]

 

·      Al finalizar la lectura del Evangelio, el sacerdote dice: «Palabra del Señor» y el pueblo responde: «Gloria a ti, Señor Jesús» (antes se respondía: «Te alabamos Señor»), para adherirnos mejor a las mismísimas palabras de Cristo.

 

·      A la homilía no se conteste: «Amén» ni «Así sea».

 

·      «El dinero, así como otras ofrendas para los pobres, se pondrán en un lugar oportuno, pero fuera de la mesa eucarística.»[3]

 

·      Inmediatamente después de la consagración del pan y del vino, los fieles quedan en silencio respetuoso (antes se decía: «Señor mío y Dios mío…», oración que pueden recitar mentalmente los fieles que lo deseen), porque la aclamación vendrá enseguida.

 

·      La doxología de la plegaria eucarística: «Por Cristo, con Él y en Él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos» la dice el presidente solo.[4]

Es que la Plegaria Eucarística [desde que se hace el dialogo: “El Señor esté con ustedes” “Y con tu espíritu” “Levantemos el corazón”… hasta la doxología: “Por Cristo, con Él y en Él…”] debe ser pronunciada en su totalidad, y solamente, por el Sacerdote[5].

El pueblo responde: «Amén». Este «Amén» en particular debería resaltarse con el canto, dado que es el más importante de toda la Misa.[6]

 

·      Durante el rezo del Padre Nuestro, solamente el presidente levanta las manos. No es litúrgico que los fieles lo hagan, ni que se cojan de las manos (este es más signo de hermandad que de nuestra condición de hijos).

 

·      La oración de la paz («Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles…») es presidencial, es decir, la dice el sacerdote solo en nombre de toda la asamblea. El sacerdote termina esa oración diciendo: «…mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo» el pueblo concluye: «Tuyo es el reino…» (antes se decía: «Porque tuyo es el reino»).

 

·      «Conviene que cada uno de los fieles dé la paz de una manera sobria, únicamente a los que están cerca»[7], sin moverse de su puesto.[8]

El que da la paz puede decir: «La paz del Señor esté siempre contigo»; y el que la recibe, «Amén».[9]

 

·      Mientras el sacerdote comulga, los fieles deben permanecer de pie (aunque, como signo externo de adoración, pueden estar de rodillas), y pasarán a comulgar después de que consuma ambas especies.

 

·      «Cuando los fieles comulgan de rodillas no se les exige ningún otro signo de reverencia al Santísimo Sacramento, ya que la misma genuflexión es expresión de adoración. En cambio, cuando comulgan de pie, acercándose al altar procesionalmente, hagan un acto de reverencia antes de recibir el Sacramento, en el lugar y de manera adecuados, con tal de no desordenar el turno de los fieles»[10] (por ejemplo, una pequeña inclinación de la cabeza).

 

·      «La bandeja para la Comunión de los fieles se debe mantener, para evitar el peligro de que caiga la hostia sagrada o algún fragmento.»[11]

 

·      Autorizados por la Conferencia Episcopal, los fieles pueden recibir la comunión en la boca o en la mano, según lo deseen; pero se recomienda que, si lo hacen de este último modo, lo hagan cuando las manos están perfectamente limpias (para evitar que las partículas sagradas en las que sigue presente el Señor caigan al piso, se ha considerado siempre un signo de delicadeza que un acólito ponga la patena, y que los fieles reciban el Pan consagrado en la boca).

 

·      No está permitido que los fieles tomen la hostia consagrada ni el cáliz sagrado por sí mismos, ni mucho menos que se lo pasen entre sí de mano en mano. En esta materia, además, debe suprimirse el abuso de que los esposos, en la Misa nupcial, se administren de modo recíproco la sagrada Comunión.»[12] «No se admite que los fieles tomen por sí mismos el Pan consagrado»[13], ni siquiera cuando el que comulga es monja, monje o seminarista. Razón: en liturgia no se contempla el autoservicio. Tampoco deben tomar el cáliz sagrado.[14]

 

·      Durante la comunión de los fieles se pueden entonar cantos apropiados.

«Se recomienda a los fieles no descuidar, después de la comunión, una justa y debida acción de gracias, quedando posiblemente en oración por un conveniente espacio de tiempo».[15]

No es litúrgico recitar oraciones, como sucede cuando, al acabar, algunos fieles pronuncian la conocida oración: «Alma de Cristo, santifícame…»; este acto se sale de las rúbricas de la Santa Misa (por otra parte, durante la celebración, las oraciones deben ser dirigidas por el presidente, es decir, el sacerdote, y son de carácter comunitario y no privado).

 

·      La bendición se recibe de pie, salvo que se haga oración sobre el pueblo, que inclina la cabeza (no se arrodilla), en señal de humildad.

 

·      Por su significado, espérese de pie a que el sacerdote salga.

 

·      No inicien los fieles oraciones en voz alta inmediatamente después de terminada la celebración; espérese un poco para que, quienes lo deseen, continúen su acción de gracias.


[1] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 134

[2] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 133

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 70

[4] Cf. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 4

[5] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 52

[6] Ídem

[7] Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 82

[8] Cf. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 72

[9] Cf. Insitutio Generalis Missalis Romani, 3ª ed, 154

[10] Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, 34;

   Cf. Institutio generalis Missalis Romani, c; 246, d; 247, b;

   Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 11

[11] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 93

[12] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 94

[13] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 9

[14] Cf. Ídem.

[15] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, 17

 

Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Celebrar bien la Eucaristía

Posted by pablofranciscomaurino en junio 20, 2008

Celebrar bien

la Eucaristía

 

 

 

La delicadeza es un distintivo del amor verdadero. El alma que ama a Dios busca hacer siempre su voluntad; además, quiere mostrarle todo el amor que le profesa, expresándoselo tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

 

Uno de los campos en donde se puede expresar ese amor es en la celebración de las acciones litúrgicas, en la que «cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas»[1], ya que cada acción litúrgica tiene un fundamento teológico–sacramental y una justificación histórico–jurídica[2]; además, «la sagrada Liturgia está estrechamente ligada con los principios doctrinales».[3]

 

 

 

 

Los siguientes son algunos avisos de importancia acerca del culto del ministerio eucarístico, extractados de la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la sagrada liturgia, del Concilio Vaticano II; del Missale Romanum; del Ritual De Sacra Communione et de culto mysterii eucharistici extra Missam; de las instrucciones: Eucharisticum mysterium, Memoriale Domini, Inmensæ caritatis y Liturgicæ instaurationis; de las instrucciones Inæstimabile Donum y Redemptionis Sacramentum de la Sagrada Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos; de la Instrucción de la Sagrada Congregación de Ritos; del boletín: Actualidad litúrgica, del Departamento de Liturgia de la Conferencia Episcopal y de otros documentos de la Iglesia.

 

 

 

Obediencia

 

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud».[4]

 

La virtud de la obediencia está, como se ve, muy arraigada en el espíritu cristiano. De Jesús hay una frase que podríamos llamar su biografía: «les obedeció».[5]

 

Y, ¿cuál fue la misión de Jesucristo? Él mismo nos lo dice: «Mi voluntad es cumplir la voluntad del que me ha enviado».[6]

 

De hecho, san Pablo pone la obediencia como la esencia de la Redención. Este es el texto completo: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz».[7]

 

Además, en la obediencia está, nada menos, nuestra salvación: «Aunque era Hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen».[8]

 

Y también es de Jesús la propuesta de que la obediencia se viva con una delicadeza mayúscula, hasta en las cosas más pequeñas: «El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho; y el que en lo poco es infiel también es infiel en lo mucho».[9]

 

¿Qué tal está nuestra disposición para llevar a la práctica esos detalles pequeños que se recomiendan para las celebraciones de la Eucaristía?

 

La Sagrada Congregación para los Sacramentos y el culto divino alerta sobre los errores más frecuentes «señalados desde las diversas partes del mundo católico: confusión de las funciones, especialmente por lo que se refiere al ministerio sacerdotal y a la función de los seglares, creciente pérdida del sentido de lo sagrado, desconocimiento del carácter eclesial de la liturgia […]. Ahora bien, todo esto no puede dar buenos frutos. Las consecuencias son —y no pueden menos de serlo— la resquebradura de la unidad de la Fe y de culto en la Iglesia, la inseguridad doctrinal, el escándalo y la perplejidad del pueblo de Dios».[10]


[1] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 28

[2] Cf. Liturgia y espiritualidad, revista vinculada al Instituto Superior de Liturgia y al Instituto de Teología Espiritual de Barcelona, enero de 2001, año 32, nº 1

[3] Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos,  Instrucción Redemptionis Sacramentum, nº 10

[4] Rm 5, 19

[5] Lc 2, 51

[6] Jn 4, 34

[7] Flp 2, 5-8

[8] Hb 5, 8-10

[9] Lc 16, 10

[10] Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inæstimabile Donum, introducción

 

  

Tomado del libro:

CELEBRAR BIEN LA EUCARISTÍA. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2004.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

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Crisis vocacional

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

Es evidente que hay una crisis profunda en la Iglesia: constantemente se reciben noticias acerca de que tanto el número de vocaciones sacerdotales como religiosas es muy bajo: aunque a veces se lee en distintas publicaciones que aumentó ligeramente en algún lugar o en alguna institución, al hacer la proporción de esas cifras, se encuentran los índices muy bajos, comparados con el crecimiento demográfico.

 

Por eso, es de grandísima importancia profundizar conscientemente en las causas que han originado esta disminución vocacional.

 

Para ello, conviene detenerse primero en la esencia de la vocación religiosa.

 

Teóricamente son muy bien conocidos por todos los aspectos que se deben tener en cuenta para que un cristiano se decida por la vida religiosa: después de un proceso de discernimiento vocacional, la evidencia de un llamado divino al Amor, dentro de un carisma específico.

 

Pero, de acuerdo con la experiencia en la dirección espiritual, se puede deducir —no sin inmensa tristeza— que muchos religiosos han tomado la decisión de ingresar a una comunidad por distintas causas, todas diferentes a la descrita en el párrafo anterior.

 

Efectivamente, aunque hay vocaciones auténticas, hombres y mujeres felices, verdaderamente enamorados de Dios, dispuestos a seguir los consejos evangélicos y llegar al martirio, si Dios se lo pide; algunos religiosos y sacerdotes se guían por criterios más superficiales. He aquí, estadísticamente, los más frecuentes:

 

1.                 Circunstancias espirituales particulares, que son entendidas como la voluntad de Dios, hechas sin todos los pasos que implica el proceso completo del discernimiento vocacional.

 

2.                 Dificultades psicológicas —afectivas y/o emocionales— que inducen a los individuos a encontrar un posible camino para ellos: piensan, en el fondo de su corazón, que ese es el “lugar” (el estado) donde mejor se adaptan sus aptitudes, sus condiciones… Pero no exteriorizan sus pensamientos. Obviamente aquí también ha fallado algo en el proceso de discernimiento.

 

3.                 Una “realización personal” entendida únicamente bajo parámetros puramente humanos planeada, casi siempre, únicamente desde el punto de vista racional. Aquí se incluyen los casos de aquellos que creen gozar de cierto prestigio o estabilidad económica, etc.

 

4.                 La creencia de que, desde chicos, están ya destinados (por Dios) a una vocación específica; esto, por enseñanzas inadecuadas por parte de sus progenitores, educadores (estudios hechos en colegios–seminarios), etc.

 

Como se puede deducir, todos estos casos carecen de un auténtico discernimiento vocacional previo. Pero hay que advertir, sobre todo, que el móvil de todas estas circunstancias no es el amor a Dios y el deseo de servirlo. Hay que decirlo sin miedo: bajo estas intenciones está escondido un egoísmo, más o menos consciente, según el caso. Y el egoísmo es exactamente lo opuesto al amor auténtico de quien está dispuesto a todo, hasta a dar la vida por amor a Cristo.

 

Hace falta, pues, que las vocaciones sean auténticas.

 

Esta situación explica el porqué de tantas deserciones, tanto de religiosos que dejan una comunidad para ir a otra (cambian de orden, congregación o instituto) o para vivir la vida laica…

 

Además, así se explica también la disminución de las vocaciones religiosas (y también de las vocaciones sacerdotales), como se pasa a considerar:

 

Algunos aducen causas como el desprestigio de la vida religiosa, cierta apatía hacia lo santo, el consumismo, el ambiente cambiante de la sociedad actual, el fenómeno de la globalización, en fin, innumerables posibles causas. Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Acaso Dios no puede contra todo eso? Si la fuerza de Dios no se ha disminuido, ¿no será que nos falta Fe?

 

Hoy muchos creen que todo obedece a la falta de testimonio. Pero, ¿será posible que todo dependa únicamente del testimonio y no de la gracia de Dios?

 

Hay también quienes piensan que hace falta mejorar las técnicas de apostolado, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia… Para ellos, esta es la causa del abandono del camino de algunos y la falta de interés de muchos.

 

Para ese supuesto “fracaso” de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias “de venta”, no saber “llegar” al público, no saber promover el “producto”…

 

Además, dicen, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas…

 

Pero poco se habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los religiosos, por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

 

“Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha».” (Lc 10,2)

 

Por eso, todo discernimiento vocacional debe comenzar y seguir con mucha oración.

 

Tampoco hay muchas palabras escritas o habladas —como habló y escribió san Pablo de la Cruz— acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

 

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

 

“Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».” (Mc 8,34; Mt 16,24)

 

“En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.” (Ga 6,14)

 

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

 

“Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.” (He 9,16)

 

“Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.” (2Co 4,10-12)

 

Como se ve, la cruz es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

 

“De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.” (2Co 6,4-5)

 

“Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.” (2Co 11,27-28)

 

“Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.” (Ef 3, 13)

 

“Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1,24)

 

Si queremos vocaciones auténticas, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

 

“Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.” (Rm 12,1)

 

 “También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.” (1 Pe 2,5)

 

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la ausencia de vocaciones una gigante calamidad?

 

“Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.” (Mt 17, 21)

 

La primitiva comunidad cristiana lo hizo. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

 

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe».

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.” (He 11, 22-26; 13,1-3)

 

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho”. ¿No es verdad también que algunos están ajenos al verdadero compromiso?

 

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo?, ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

 

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús: Mt 4.

 

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

 

“Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!” (Lc 12, 50)

 

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

 

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

 

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

 

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

 

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

 

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

 

Allí donde hay más martirio —lo constata la historia— allí hay más vocaciones…

 

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

 

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del mundo. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores, ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

 

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el “yo” para que crezca el Señor a la manera de Juan, el Bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

 

1.   La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

 

2.   La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

 

3.   La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

 

4.   La oración y el sacrificio nos pondrán “a tono” con los deseos del Señor.

 

5.   La oración y el sacrificio nos conseguirán esas redes que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas, ¡en una muerte de Cruz!

 

6.   La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

 

7.   ¡La oración y el sacrificio son los medios para conseguir que el Señor nos dé más vocaciones!

 

Con sinceridad, profundidad y valentía, hagámonos algunas preguntas más:

 

¿Estamos viviendo nuestro carisma, nuestro espíritu a cabalidad?

 

Y por otra parte, ¿cómo estamos viviendo las Reglas?¿Las obedecemos con heroica fidelidad?

 

Vivir las Reglas nos lleva a la esencia de nuestra vocación, de nuestra pertenencia. Vivir las Reglas es la esencia de la eficacia apostólica.

 

Vivir las Reglas es atraer sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo.

 

Por eso, además de la oración y el sacrificio, vivir las Reglas es el modo de aumentar las vocaciones, pero eso sólo ocurrirá si estamos crucificados.

 

Conclusión: si queremos que el Espíritu Santo nos dé más vocaciones, debemos amar apasionadamente a Cristo Crucificado, crucificándonos con Él, “encarnando” nuestro carisma y viviendo las Reglas con una santísima observancia.

 

Solo así, lograremos evitar que el Señor no «nos encuentre dormidos o con los ojos cansados».

 

«Dichosa tú, Virgen María, que sin morir mereciste la corona del martirio junto a la Cruz del Señor», dice una de las antífonas de comunión de la misa votiva de la Virgen de los Dolores. Pidamos su protección y ayuda para que merezcamos también nosotros esa mística corona del martirio, permaneciendo junto a la Cruz del Señor. Y Él multiplicará las vocaciones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Confías realmente en Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

 

Los problemas económicos agobian y angustian a muchos hoy día. Pero Jesús invita a los suyos a una confianza inquebrantable:

 

«Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y, sin embargo, el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves?

 

¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura? Y, ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!

 

No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas. No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 25-34)

 

¿Crees en Dios? Él es la misma verdad (Jn 14, 6) y, por lo tanto, no puede mentir. Te está diciendo que para Él vales mucho más que las plantas y que los animales, afirma que el Padre sabe qué necesitas, te promete la comida y el vestido: nunca te faltarán. Y, ¿cuál es la condición? «Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas».

 

Buscar el Reino de Dios y la Justicia de Dios consiste en poner tu interés en dar gloria a Dios, ayudarlo a salvar almas y repartir su Amor.

 

Dar gloria a Dios obedeciéndolo, como Jesús, que fue «obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8), es decir, obedecer a la Iglesia que Él fundó.

 

Ayudarlo a salvar almas orando insistentemente por ellas y ofreciendo tus penas por su salvación y, si es posible, trabajando en alguna actividad apostólica.

 

Repartir su Amor, dándole a todos —sin excepción— el Amor que de Él has recibido, perdonándolos como Él te perdonó, trabajando sólo por su bienestar espiritual y material (sin intereses egoístas), sirviendo a la sociedad con los dones que Él te dio.

 

También dijo Jesús: «No se preocupen por el día de mañana […] A cada día le bastan sus problemas». Este es el momento de dejar de pensar en las deudas de mañana o del mes que viene, de dejar de vivir preocupado por ahorrar para el futuro, de dejar de prever todo lo que puede pasar, de dejar de tomar seguros para todo… ¿Es que no confías en Dios? ¿No crees en su Palabra? Mira quién es Él. Lee el salmo 103:

 

¡Bendice al Señor, alma mía!

¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios,

vestido de gloria y majestad,

envuelto de luz como de un manto.

 

Tú despliegas los cielos como un toldo,

construyes sobre las aguas tu piso alto.

Tú haces tu carro de las nubes

y avanzas en alas de los vientos.

Tomas de mensajeros a los vientos

y como servidores un fuego en llamas.

 

Pusiste la tierra sobre sus bases,

por siempre jamás es inamovible.

La cubres con el manto de los océanos,

las aguas se han detenido en las montañas.

 

Ante tu amenaza emprenden la fuga,

se precipitan a la voz de tu trueno;

suben los montes, bajan por los valles

hasta el lugar que Tú les señalaste;

pusiste un límite que no franquearán,

para que no vuelvan a cubrir la tierra.

 

Haces brotar vertientes en las quebradas,

que corren por en medio de los montes,

calman la sed de todos los animales;

allí extinguen su sed los burros salvajes.

Aves del cielo moran cerca de ellas,

en medio del follaje alzan sus trinos.

 

De lo alto de tus moradas riegas los montes,

sacias la tierra del fruto de tus obras;

haces brotar el pasto para el ganado

y las plantas que el hombre ha de cultivar,

 

para que de la tierra saque el pan

y el vino que alegra el corazón del hombre.

El aceite le dará brillo a su rostro

y el pan fortificará su corazón.

 

Los árboles del Señor están colmados,

los cedros del Líbano que plantó.

Allí hacen sus nidos los pajaritos,

en su copa tiene su casa la cigüeña;

para las cabras son los altos montes,

las rocas son escondrijo de los conejos.

 

Pusiste la luna para el calendario

y el sol que sabe a qué hora ha de ponerse.

Tú traes las tinieblas y es de noche,

en que corretean todas las fieras de la selva;

rugen los leoncitos por su presa

reclamando a Dios su alimento.

 

Cuando el sol aparece, se retiran

y vuelven a acostarse en sus guaridas;

el hombre entonces sale a su trabajo,

a su labor, hasta que entre la noche.

 

¡Señor, qué numerosas son tus obras!

Todas las has hecho con sabiduría,

de tus criaturas la tierra está repleta!

 

Mira el gran mar, vasto en todo sentido,

allí bullen en número incontable

pequeños y grandes animales;

por allí circulan los navíos

y Leviatán que hiciste para entretenerte.

 

Todas esas criaturas de ti esperan

que les des a su tiempo el alimento;

apenas se lo das, ellos lo toman,

abres tu mano, y sacian su apetito.

 

Si escondes tu cara, quedan anonadados,

recoges su espíritu, expiran

y retornan a su polvo.

Si envías tu espíritu, son creados

y así renuevas la faz de la tierra.

 

¡Que la gloria del Señor dure por siempre

y en sus obras el Señor se regocije!

Él, que mira a la tierra y ésta tiembla,

y si toca a los montes, echan humo. (Sal 103)

 

¡Ese es tu Dios! El dueño de todo, el que todo lo hizo y el que todo lo puede, ¡y el que te ama tanto!

 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la ley para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió mediante amenazas sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cuál sea el término reservado al bien y al mal. Y aunque nosotros, después de todo esto, perseveramos en nuestra obstinación, no por ello se apartó de nosotros.

 

La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo. Y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo.

 

Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue herido por nuestras rebeldías, por sus llagas hemos sido curados; además, nos redimió de la maldición, haciéndose maldición por nosotros, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana. (De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo: respuesta 2,2-4: PG 31, 914-915)

 

Si hizo todo esto por ti, ¿cómo no te va a ayudar en lo que le pides, siendo tan fácil para Él?

 

Te estoy hablando de confiar en Él. Óyelo, y despeja tus dudas:

 

«Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!». (Lc 11, 9-13)

 

Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. (Mc 11, 24)

 

Otra cosa es necesaria: perseverar.

 

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada qué ofrecerle». Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. (Lc 11, 5-8)

 

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi adversario. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza.» (Lc 18, 1-5)

 

Me dirás que, además de buscar el Reino de Dios y su Justicia, tú pides y pides confiando en Él, y no consigues lo que deseas.

 

Quizá todavía te falta algo:

 

Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

Le traían también niños pequeñitos para que los tocara, pero los discípulos empezaron a reprender a esas personas. Jesús pidió que se los trajeran, diciendo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él». (Lc 18, 13-17)

 

Ser humilde. ¿Sabes qué eres? Ponte frente a ese Dios, Señor de señores, Rey del universo: míralo…, mírate. ¡Qué desproporción! Cuando te des cuenta de tu nada y de su todo, habrás comenzado a ser humilde.

 

Mira nada más tu propio ser: tú eres porque Dios así lo quiere. Él te presta el ser. Él tiene vida propia, nosotros la tenemos prestada:

 

Dios dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes. (Ex 3, 14)

 

Cuando te des cuenta lo grande que es Dios y lo pequeñito que eres tú, y a eso le añadas todos tus pecados, tus errores, tus imperfecciones, tus apetitos desordenados, tus apegos…, sabrás lo poco que vales junto a Dios; sabrás pedir con humildad; sabrás que si te concede lo que pides, no es por tus méritos, sino porque te ama demasiado a pesar de tu pequeñez, de tu condición de pecador, de tu pobreza; y sabrás que si no te da lo que le estás pidiendo es porque no te conviene: Él sabe mucho más que tú lo que te hará bien y lo que no, su sabiduría excede infinitamente a la tuya, Él sabe si todavía no es el momento.

 

Esto es ser como los niños, y es muy bueno. Oye de nuevo a Jesús: «Porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él».

 

Humildad también es aceptar la Voluntad de Dios. Recuerda que lo importante es que te salves y que te lleves al Cielo a muchos. ¿Qué importa sufrir un poco (días, meses, años…) en esta vida, si después te ganarás la felicidad para toda la eternidad? Te lo repito: Él sabe más, Él sabe si necesitas un poco de purificación o la necesitan los tuyos, Él sabe cómo evitarte un poco más el purgatorio.

 

Unas veces, Él sabrá que es necesario que se disminuya un poco tu «yo», y mengüe tu egoísmo: verás providencialmente en qué puedes mejorar, para que rectifiques el camino y se te agrandará el corazón para comprender mejor a los demás…, ¡ganarás méritos para obtener el Cielo!

 

En otras ocasiones, trabajarás para tus hermanos, los hombres: podrás ofrecer a Dios tus penas para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

 

Siempre la Voluntad de Dios será lo mejor: Él sabe más.

 

Si supieras cuánto te ama Dios se irían de tu lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etc. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría.

 

Y tú puedes aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios diciendo: «Acepto la Voluntad de Dios, acato la Voluntad de Dios, aplaudo la Voluntad de Dios, me abandono a la Voluntad de Dios…, ¡amo la Voluntad de Dios!»

 

Por último, recuerda que es necesario que te abandones en tu Padre–Dios, como el niño que deja todos sus problemas en las manos de su Padre. Abandonarse totalmente en quien todo lo puede.

 

Así, y solo así, llegarás a la meta más añorada:

 

«Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lc 7, 50b)

 

 

Recuerda los requisitos principales:

Ø Dar gloria a Dios, obedeciendo a su Iglesia

Ø Ayudar a Jesús a salvar almas, orando y mortificándose por ellos y, si es posible, realizar alguna actividad apostólica

Ø Repartir el amor de Dios, amando a todos como Jesús y perdonándolos como Él te perdonó

Ø Confiar totalmente en Él, sabiendo que todo lo puede y que te ama infinitamente

Ø Perseverar en la oración, esperando el momento de Dios

Ø Ser muy humilde, comprendiendo que Él sabe más y amando la Voluntad de Dios

Ø Abandonarse como un niño en la seguridad de los brazos de su Padre amoroso

 

 

 

 

 

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Confiar

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

Muchos católicos afirman que no son capaces de abandonarse totalmente en las manos de Dios; otros dicen que lo hicieron pero, luego de un tiempo, ya están angustiados, y hasta quieren solucionar aquellos problemas que supuestamente habían dejado en las manos de Dios…

Como esta circunstancia está tan generalizada y tiene tanta trascendencia en la vida espiritual, es indispensable explicar que abandonarse en las manos divinas no es dejar de sentir miedo o preocupación; abandonarse consiste en afirmar que confiamos en Dios, en su amor, a pesar de sentir miedo o preocupación.

Esto significa que confiar no es sentir, es asentir; que digamos: “¡Creo! ¡Confío!”, a pesar de que nuestro corazón dude, como lo hizo santa Teresita del Niño Jesús cuando tuvo que pasar por esa terrible prueba de fe: “Yo alabo a Dios porque quiero creer”.

Dicho de otro modo, Dios no nos exige que sintamos la confianza; lo que nos pide es un acto de la voluntad: que queramos confiar, porque sabemos que Él es el amor infinito, porque lo creemos con certeza.

Y esto es lógico: ¿Cómo podría Dios pedirnos lo imposible? Imposible es tratar de cambiar lo que sentimos. Si yo, por ejemplo, siento miedo ante un peligro inminente, Dios nunca pretenderá que yo elimine ese miedo, ni siquiera me pide que lo disminuya. Lo que Él espera es que, aun sintiendo ese miedo, con la voluntad yo diga: “¡Señor, confío en ti!”.

Si sintiéramos confianza, nada nos sería difícil y, por lo tanto, nada de mérito tendríamos; en cambio, si dudamos y, a pesar de eso, nos esmeramos en querer confiar, porque creemos en Dios, Él se complacerá con nuestro esfuerzo, haremos méritos y pasaremos la prueba que nos puso al permitirnos dudar.

Precisamente el mérito está en el esfuerzo: si en determinada circunstancia no sentimos esa confianza y, sin embargo, ponemos toda la voluntad en creer en el amor de Dios, en su misericordia, ganaremos lo que Él nos tenía previsto para avanzar en la vida espiritual.

Por el contrario, cuando no nos cuesta ningún esfuerzo confiar, cuando Él nos hace sentir esa confianza, no podemos hacer méritos, porque esa confianza no exige esfuerzo alguno de nuestra parte.

En resumen: Dios no nos pide sentir confianza, sino tener confianza. Cuando sentimos la confianza poco mérito hacemos; en cambio, cuando no sentimos confianza y hacemos el esfuerzo de querer confiar, hacemos méritos, Dios se complace y avanzamos espiritualmente.

 

 

 

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Confianza*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

Confianza

 

La confianza es la llave que abre los tesoros de mi infinita misericordia.

¿Sabes cuáles son las almas que más gozan de mi bondad? Son aquellas que más confían en Mí. Las almas confiadas son las ladronas de mis gracias. El placer que experimento en un alma confiada es indecible.

Yo me he dejado clavar las manos para no poder, por decirlo así, castigar a los pobres pecadores. Quiero que vean lo mucho que los amo.

Si quieres salir del estado de imperfección en que te hallas, que tanto deploras y del que no puedes verte libre, conviene que hagas dos cosas: que no te fíes de ti y que confíes en Mí. No basta la una sin la otra; sería un carro al que le falta una rueda: no podría marchar.

No son las fragilidades las que detienen la obra del amor en un alma; son los rodeos del amor propio y la estima de sí.

Esta oracioncita sola: «Me fío en ti» me arrebata el Corazón, porque en esta oración están comprendidas la confianza, la fe, el amor y la humildad.

Un alma fidelísimamente fiel tiene todo el poder sobre mi Corazón… Si quieres agradarme, confía en Mí; si quieres agradarme más, confía aún más; si quieres agradarme inmensamente, confía inmensamente; nunca podrás confiar todo lo que desea mi Corazón. Un acto de confianza me agrada hasta este punto, por la razón de que con él se honran mis más queridos atributos: la bondad y la misericordia.

Alma mía, no pierdas un momento más pensando en ti misma, ya sea tocante al alma, ya al cuerpo. Tú tienes un Esposo que piensa en esas cosas; piensa tú únicamente en amarlo todo lo posible.

 

 

(De Jesús a sor Benigna Consolata Ferrero)

 

 

 

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El saber infla al hombre*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

El saber infla al hombre, mientras que el amor edifica.[1]


[1] 1Co 8, 1b

 

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Matrimonio católico, ¿para qué?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

Para que un amor sea verdadero, debe darse en los 3 planos en que se maneja el ser humano: el biológico, el psicológico y el espiritual.

 

A nadie escapa de su mente el hecho de que la sexualidad humana se manifiesta —en una pareja— a través del cuerpo, de sus estructuras anatómicas, de su parte material, de su biología. Esto es tan cierto y tan normal, que hoy repugna a cualquiera la concepción fanático–religiosa de que todo lo genital es pecaminoso.

 

Aparte de esto, el hombre no es sólo cuerpo, biología: el hombre llora, se alegra, sonríe y ríe; triunfa y fracasa; está disgustado y a veces disfruta; vive intensamente la vida o se deja llevar por las circunstancias; ama o es egoísta; es decir, siente.

 

La entrega mutua que viven los seres humanos; la compenetración entre los esposos; el compartir los sentimientos, las emociones y la afectividad; la complementariedad psicológica que buscan los que se aman es el plano psicológico, ausente siempre en los animales.

 

Pero hay algo propio del hombre, además, que influye en las relaciones de pareja. Se trata de algo que la historia ha probado desde hace milenios: el hombre desde la época de las cavernas ha levantado sus ojos en busca de alguien que le dé cómo llenar sus ansias —que bullen en su interior sin descansar— de ser trascendente, imperecedero; sabe él que su vida no termina aquí en la tierra, sino que después de ésta existe la esperanza de otra, es decir, Dios. Es inherente al ser humano la creencia en otra vida. Este es el plano espiritual. Y en el amor, lo espiritual significa para siempre. Cuando uno ama de veras, ama con la ilusión de que sea “hasta que la muerte los separe” y, si fuera posible, hasta después de la muerte, que trascienda, que no tenga fin.

 

El aspecto espiritual, reluce de una manera muy especial en el amor humano. Un amor meramente carnal no tiene nada en qué competir con un amor en el que la entrega se limita a complementarse psicológicamente, siendo uno de los componentes de la pareja apoyo y suplemento del otro; pero aquel y este palidecen frente a una entrega imperecedera, que no piensa en un fin, una entrega que busca trascender, difundirse hacia la eternidad, como lo es el amor en el plano espiritual.

 

Y si el amor verdadero tiene que ser espiritual, también debe contar con Dios, creador de la materia y del espíritu.

 

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre  esposo  y de una mujer  esposa en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1,27-28; 2,20-24). Esto significa que su valor intrínseco, su legitimidad y las leyes que lo regulan no pueden nacer en el hombre, sino en Dios.

 

Dios lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19,4-5). Y desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25,19-28; 41,50; Tb 11,5-15; Jdt 8,2-8; Pro 5,15-20; 18,22; Sir 26,1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20,10; Dt 22,22; Ez 18,6; Mal 2,14-16). Esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, entonces,  difícilmente se pueden conseguir sin la ayuda de Dios.

 

Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19,3-9; Mc 10,2-12; Jn 2,1-11) y Pablo (1 Co 7,2-5.10-11; Ef 5,31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5,23-32). Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un Sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia.

 

Cualquier católico que se case por lo civil o que viva en unión libre, entonces, está dejando a un lado el amor en el plano espiritual —el más importante— y, por lo tanto, se está engañando a sí mismo, porque no ama por completo, y está engañando a su pareja, pues no se está dando del todo. Ante las vicisitudes del matrimonio, será muy difícil lograr esa exclusividad, esa estabilidad y esa fidelidad, y, por tanto, muy fácil el fracaso.

 

Por otro lado está rechazando la gracia divina que Dios da a los contrayentes, necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia y, por ende, para lograr su felicidad.

 

 

 

 

 

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El Cielo en la tierra

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

Desde que el Papa dijo que el Cielo no es tanto un lugar sino un estado, muchos se confundieron.

Un estado es la situación en que la está la persona. El Infierno, por ejemplo, es ese estado del alma en el que hay ausencia total de amor; por su parte, el Cielo es un estado de amor perfecto: allí no hay egoísmo alguno, no existe el mal…

Imaginémonos un mundo en el que cada ser humano ha aprendido a amar hasta el extremo a sus congéneres, a Dios y al cosmos. Todos se ocupan de la felicidad de los demás, aman a Dios sobre todas las cosas —sufrirían mucho si ofendieran a ese Dios tan bueno— y, por eso mismo, evitan dañar la naturaleza, regalo divino.

Nadie busca su propio interés sino el de los demás; es tanto el interés por el otro, que a duras penas cada uno se acuerda de sus propias necesidades.

En las familias se ve de manera especial esta actitud: los padres viven preocupados por sus hijos, nada anteponen a su educación en el amor, siempre tienen tiempo para ellos, son condescendientes, los ayudan en todo lo que pueden… Los hijos obedecen por amor, sabiendo que solo el amor mueve a sus padres. Los hermanos se «pelean» por dejar al otro la mejor parte de las comidas, el agua caliente…, su bienestar. Y todos se preparan para forjar un mundo mejor…

La generosidad invade las calles citadinas, los pueblos y veredas… Progresan los trabajos que sirven realmente al ser humano: la producción de alimentos, vestido y vivienda se ponen por encima de los productos superfluos y lujosos. Se invierte más en salud y educación que en otros beneficios y comodidades que nos podrían traer la ciencia y la tecnología: nadie es capaz de «disfrutar» de su bienestar viendo hambre y miseria a su alrededor…

El trabajo de cada día es tomado como un servicio: se regresa al trueque, se acaba el dinero. Y los servicios se dan sin esperar nada a cambio: ya no hay deudas por cobrar, pues el que debe algo se hace presente para responder pronta y responsablemente; y si el deudor no logra pagar a tiempo, el otro comprende la situación… La honestidad de todos hace que se cierren las facultades de derecho.

El ser humano comprende la igualdad de todos, aprende a través de los estudios genéticos que la especie humana está constituida por los mismos genes, distribuidos en forma distinta para cada individuo. Esto lo hace consciente de los grandes errores que se cometieron con la discriminación racial, social, sexual, cultural…, y lo impulsa a remediar eficazmente esos errores históricos, llenando el mundo de amor verdadero… Los conceptos de belleza o fealdad son eliminados: todo ser humano es bello y digno per se.

Se borran las fronteras: surge un solo país, al cual pertenecemos todos, al que todos amamos, por el que todos luchamos: el mundo. De esto se deriva que la política deja de ser un negocio egoísta para transformarse en otro servicio con el que se solventan todas las necesidades primarias de los nuevos ciudadanos del globo terráqueo, para luego dar principio a nuevas tecnologías realmente útiles para el bien común.

La diversión que se busca y que se da es sana.

Los medios de comunicación dicen siempre la verdad, sí; pero informan lo que beneficia al mundo y evitan lo que perjudica las mentes de infantes y jóvenes…

Nadie daña la capa de ozono por pingües ganancias; los animales son respetados como parte de los regalos que Dios nos dio; se elimina la producción de detergentes que destruyen la flora y fauna de los ríos, lagos y mares; el petróleo da lugar a la energía solar, que no produce deshechos tóxicos, que es más barata, que no enriquece solo a unos pocos y que produjo tantos enfrentamientos y tanta explotación; se encuentra un sustituto para el plástico o se recicla siempre sopesando el bien que pueda derivarse de ello… Asimismo, cada nuevo avance pasa por la coladera de la protección del mundo que Dios nos dio como hábitat nuestro, como nuestro hogar.

Tal vez usted juzgue ingenuos estos pensamientos; quizá los encuentre imposibles de realizar. En ambos casos es cierto que no entendió el mensaje, porque para Dios no hay cosas imposibles, y Él quiere establecer su Reino de amor —el Cielo— en la tierra; sólo desea que le creamos y nos pongamos a trabajar: comencemos usted y yo a amar cuanto podamos. Además, recuerde que los que creen lo imposible son los que logran lo imposible.

 

 

 

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