Hacia la unión con Dios

Donde hay más martirio hay más vocaciones

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

Es evidente que hay una crisis profunda en la Iglesia: constantemente se reciben noticias acerca de que tanto el número de vocaciones sacerdotales como religiosas es muy bajo: aunque a veces se lee en distintas publicaciones que aumentó ligeramente en algún lugar o en alguna institución, al hacer la proporción de esas cifras, se encuentran los índices muy bajos, comparados con el crecimiento demográfico.

Por eso, es de grandísima importancia profundizar conscientemente en las causas que han originado esta disminución vocacional.

Para ello, conviene detenerse primero en la esencia de la vocación religiosa.

Teóricamente son muy bien conocidos por todos los aspectos que se deben tener en cuenta para que un cristiano se decida por la vida religiosa: después de un proceso de discernimiento vocacional, la evidencia de un llamado divino al Amor, dentro de un carisma específico.

Pero, de acuerdo con la experiencia en la dirección espiritual, se puede deducir —no sin inmensa tristeza— que muchos religiosos han tomado la decisión de ingresar a una comunidad por distintas causas, todas diferentes a la descrita en el párrafo anterior.

Efectivamente, aunque hay vocaciones auténticas, hombres y mujeres felices, verdaderamente enamorados de Dios, dispuestos a seguir los consejos evangélicos y llegar al martirio, si Dios se lo pide; algunos religiosos y sacerdotes se guían por criterios más superficiales. He aquí, estadísticamente, los más frecuentes:

Circunstancias espirituales particulares, que son entendidas como la voluntad de Dios, hechas sin todos los pasos que implica el proceso completo del discernimiento vocacional.

Dificultades psicológicas —afectivas y/o emocionales— que inducen a los individuos a encontrar un posible camino para ellos: piensan, en el fondo de su corazón, que ese es el «lugar» (el estado) donde mejor se adaptan sus aptitudes, sus condiciones… Pero no exteriorizan sus pensamientos. Obviamente aquí también ha fallado algo en el proceso de discernimiento.

Una «realización personal» entendida únicamente bajo parámetros puramente humanos planeada, casi siempre, únicamente desde el punto de vista racional. Aquí se incluyen los casos de aquellos que creen gozar de cierto prestigio o estabilidad económica, etc.

La creencia de que, desde chicos, están ya destinados (por Dios) a una vocación específica; esto, por enseñanzas inadecuadas por parte de sus progenitores, educadores (estudios hechos en colegios–seminarios), etc.

Como se puede deducir, todos estos casos carecen de un auténtico discernimiento vocacional previo. Pero hay que advertir, sobre todo, que el móvil de todas estas circunstancias no es el amor a Dios y el deseo de servirlo. Hay que decirlo sin miedo: bajo estas intenciones está escondido un egoísmo, más o menos consciente, según el caso. Y el egoísmo es exactamente lo opuesto al amor auténtico de quien está dispuesto a todo, hasta a dar la vida por amor a Cristo.

Hace falta, pues, que las vocaciones sean auténticas.

Esta situación explica el porqué de tantas deserciones, tanto de religiosos que dejan una comunidad para ir a otra (cambian de orden, congregación o instituto) o para vivir la vida laica…

Además, así se explica también la disminución de las vocaciones religiosas (y también de las vocaciones sacerdotales), como se pasa a considerar:

Algunos aducen causas como el desprestigio de la vida religiosa, cierta apatía hacia lo santo, el consumismo, el ambiente cambiante de la sociedad actual, el fenómeno de la globalización, en fin, innumerables posibles causas. Aquí vale la pena preguntarnos: ¿Acaso Dios no puede contra todo eso? Si la fuerza de Dios no se ha disminuido, ¿no será que nos falta Fe?

Hoy muchos creen que todo obedece a la falta de testimonio. Pero, ¿será posible que todo dependa únicamente del testimonio y no de la gracia de Dios?

Hay también quienes piensan que hace falta mejorar las técnicas de apostolado, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia… Para ellos, esta es la causa del abandono del camino de algunos y la falta de interés de muchos.

Para ese supuesto «fracaso» de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias «de venta», no saber «llegar» al público, no saber promover el «producto»…

Además, dicen, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas…

Pero poco se habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los religiosos, por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha». (Lc 10,2)

Por eso, todo discernimiento vocacional debe comenzar y seguir con mucha oración.

Tampoco hay muchas palabras escritas o habladas —como habló y escribió san Pablo de la Cruz— acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga». (Mc 8,34; Mt 16,24)

«En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.» (Ga 6,14)

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

«Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.» (He 9,16)

«Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.» (2Co 4,10-12)

Como se ve, la cruz es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

«De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.» (2Co 6,4-5)

«Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.» (2Co 11,27-28)

«Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.» (Ef 3, 13)

«Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.» (Col 1,24)

Si queremos vocaciones auténticas, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

«Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarlo; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.» (Rm 12,1)

«También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.» (1 Pe 2,5)

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la ausencia de vocaciones una gigante calamidad?

«Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.» (Mt 17, 21)

La primitiva comunidad cristiana lo hizo. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe. Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor. Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos «cristianos».

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado». Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron. (He 11, 22-26; 13,1-3)

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver más a menudo?: «al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho». ¿No es verdad también que algunos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: «como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor». De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo?, ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: «Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos “cristianos”».

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús (Mt 4).

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

«Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!» (Lc 12, 50)

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

Allí donde hay más martirio —lo constata la historia— allí hay más vocaciones…

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo «sí» al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del mundo. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores, ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el «yo» para que crezca el Señor a la manera de Juan, el Bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

La oración y el sacrificio nos pondrán «a tono» con los deseos del Señor.

La oración y el sacrificio nos conseguirán esas redes que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas, ¡en una muerte de Cruz!

La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

¡La oración y el sacrificio son los medios para conseguir que el Señor nos dé más vocaciones!

Conclusión: si queremos que el Espíritu Santo nos dé más vocaciones, debemos amar apasionadamente a Cristo Crucificado, crucificándonos con Él.

Solo así, lograremos evitar que el Señor no «nos encuentre dormidos o con los ojos cansados».

«Dichosa tú, Virgen María, que sin morir mereciste la corona del martirio junto a la Cruz del Señor», dice una de las antífonas de comunión de la misa votiva de la Virgen de los Dolores. Pidamos su protección y ayuda para que merezcamos también nosotros esa mística corona del martirio, permaneciendo junto a la Cruz del Señor. Y Él multiplicará las vocaciones.

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

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