Hacia la unión con Dios

Aprendió a ser cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2008

Aprendió a ser cristiano

 

Él intentaba ser un buen hombre y un buen católico. Amaba a Dios tratando de hacer siempre su voluntad: se había casado siguiendo la voluntad de Dios, había tenido sus hijos siguiendo la voluntad de Dios; y siguiendo la voluntad de Dios tomaba todas las decisiones, tanto las importantes como las pequeñas…

Educó así a sus hijos, y procuró inculcarles un gran amor a Dios y a los seres humanos.

Su hija, buena católica, con una formación moral excelente y también muy linda, al llegar a la adolescencia, comenzó a vestirse con pantalones muy ceñidos y, de vez en cuando, minifaldas. Sabía él que esa conducta no es del agrado de Dios, y por eso sentía que la educación que había intentado dar a sus hijos no había dado resultado en ese particular aspecto.

Habló con su hija: con cariño le hizo notar que, si bien ella se sentía conforme con esa ropa y no le hallaba nada malo, los hombres que la vieran podrían sentirse tentados a verla con deseo, lo cual podría incitarlos a actuar en contra de la ley de Dios. Le explicó que, en sí misma, la presentación no tenía nada de pecaminoso, pero que podría convertirse en ocasión de pecado para otros y que eso podría entristecer a Nuestro Señor.

A la joven le pareció exagerada la manera de pensar de su padre, y continuó usando esa indumentaria.

Este señor estaba haciendo oración una noche, como era su costumbre, y se acordó de nuevo del hecho. De pronto, sintió deseos grandes de pedirle perdón a Dios por la conducta de su hija y de reparar el error de alguna manera. Se le ocurrió que la mejor manera de hacerlo era orando intensamente por ella y ofreciendo algún pequeño sacrificio. En ese mismo momento decidió ofrecerle al Señor tres mortificaciones pequeñas: poner mucha atención durante el rezo del Santo Rosario (cosa que le costaba mucho trabajo), no llamarle la atención a su hija por hablar mucho por teléfono (cosa que le molestaba) y —el sacrificio más grande para él— no quejarse ni disgustarse cuando su familia lo hiciera trasnochar.

En ese instante, este padre de familia comprendió que, por primera vez, estaba haciendo por alguien lo mismo que Jesús había hecho por él: pagar sus culpas. Descubrió que eso sí era ser cristiano: vivir como Cristo, muriendo a su egoísmo para lograr que el tesoro de su alma —su hija— fuera eternamente feliz.

Acto seguido, se levantó de la cama, entró a la alcoba de la muchacha —quien dormía—, y la besó tiernamente en la frente, mientras en su interior le decía: “Gracias, hija mía”.

 

 

 

 

 

 

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