Hacia la unión con Dios

¿Castigo de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Son muchos los argumentos para explicar las causas de los desastres terroristas: cumplimiento de las profecías de Nostradamus, de otros videntes, astrólogos o adivinadores; anuncios de la Virgen; presagios dados en el Apocalipsis… Pero lo que más se repite es que esto ha sido un castigo de Dios.

 

Al respecto nacen muchas dudas: ¿A quién quería Dios castigar?¿No se supone que Dios también es infinitamente bueno? ¿Por qué castiga?… ¿No es verdad que el castigo que merecemos por nuestras malas acciones nos será aplicado en el infierno o en el purgatorio?

 

Por otra parte, decir que es un castigo de Dios es juzgar las intenciones de Dios. Es grande la ignorancia que hay sobre la manera de ser de Dios: le viven atribuyendo las consecuencias de las malas acciones humanas, cuando Él es infinitamente misericordioso y busca siempre nuestro bien. Lo que pasa es que Él deja en libertad al hombre, quien con frecuencia se desvía y comete el mal.

 

La verdadera causa del ataque terrorista es la maldad de algunos seres que se dejan llevar por el fanatismo ideológico y sus pasiones personales hasta un grado diabólico. Las pretendidas profecías de Nostradamus, otros videntes, astrólogos o adivinadores son siempre vagas y se pueden adaptar a todo; los anuncios de la Virgen María son signos de la misericordia divina, que llaman a la oración, a la conversión y a la penitencia; el Apocalipsis nada tiene qué ver con estas cosas…

 

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

 

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

 

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

 

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

 

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

 

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

 

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

 

Pero hay también ocasiones en las que Dios, con su sabiduría y su bondad infinita, sabe que no nos conviene pasar por ese dolor y decide actuar: por nuestros ruegos o los de otros (incluyendo la intercesión de los santos y/o ángeles), interviene en el decurso normal de nuestra historia, cambiándolo, siempre para nuestro bien. Y esta intervención es también un acto de Amor divino.

 

Nosotros, pobres criaturas, no comprenderemos totalmente el misterio de la infinita sabiduría de Dios, siempre guiada por el inefable e infinito amor que tiene por sus hijos.

 

En síntesis, los autores de esos crímenes hicieron, por odio y fanatismo, lo contrario a lo que hizo el Hijo de Dios: entregar la vida, por Amor, para salvarnos.

 

 

 

 

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