Hacia la unión con Dios

Los cánticos del quinto evangelista*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

He aquí a mi siervo a quien yo sostengo,

mi elegido, al que escogí con gusto.

He puesto mi Espíritu sobre él,

y hará que la justicia llegue a las naciones.

No clama, no grita,

no se escuchan proclamaciones en las plazas.

No rompe la caña doblada

ni aplasta la mecha que está por apagarse.

sino que hace florecer la justicia en la verdad.

No se dejará quebrar ni aplastar,

hasta que establezca el derecho en la tierra.

Las tierras de ultramar esperan su ley. (Is 42, 1-4)

 

Escúchenme, islas lejanas,

pongan atención, pueblos.

El Señor me llamó desde el vientre de mi madre,

conoció mi nombre desde antes que naciera.

Hizo de mi boca una espada cortante

y me guardó debajo de su mano.

Hizo de mí una flecha puntiaguda

que tenía escondida entre las otras.

Él me dijo: «Tú eres mi servidor, Israel,

y por ti me daré a conocer.»

Mientras que yo pensaba: «He trabajado en balde,

en vano he gastado mis fuerzas, para nada.»

El Señor, sin embargo, protegía mis derechos,

mi Dios guardaba mi salario,

pues soy importante para el Señor,

y mi Dios e hizo mi fuerza.

Y ahora ha hablado el Señor,

que me formó desde el seno materno

para que fuera su servidor,

para que le traiga a Jacob y le junte a Israel:

«No vale la pena que seas mi servidor

únicamente para restablecer a las tribus de Jacob,

o traer sus sobrevivientes a su patria.

Tú serás, además, una luz para las naciones,

para que mi salvación llegue

hasta el último extremo de la tierra.» (Is 49, 1-6)

 

El Señor me ha concedido

el poder hablar como su discípulo.

Y ha puesto en mi boca las palabras

para fortalecer al que está aburrido.

A la mañana él despierta mi mente

y lo escucho como lo hacen los discípulos.

El Señor me ha abierto los oídos

y yo no me resistí ni me eché atrás.

He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban,

mis mejillas a quienes me tiraban la barba,

y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

El Señor está de mi parte,

y por eso no me molestan las ofensas;

por eso puse mi cara dura como piedra.

y yo sé que no quedaré frustrado,

Aquí viene mi juez, ¿quieren meterme pleito?

Presentémonos juntos,

y si hay algún demandante, ¡que se acerque!

Si el Señor está de mi parte,

¿quién podrá condenarme?

Todos se harán tiras como un vestido gastado,

y la polilla se los comerá.

Quien de ustedes respeta al Señor,

escuche la voz de su servidor.

El que camina a oscuras,

sin luz para alumbrarse,

que confíe en el Nombre del Señor,

y que se apoye en su Dios.

Pero todos ustedes que encienden un fuego

y que forman un círculo con antorchas,

¡vayan a las llamas de su hoguera

y que sus antorchas los quemen!

Ustedes se revolverán en sus tormentos

y esto será la obra de mis manos. (Is 50, 4-11)

 

Ahora llega para mi servidor la hora del éxito;

será exaltado, y puesto en lo más alto.

Así como muchos quedaron espantados al verlo,

pues estaba tan desfigurado,

que ya no parecía un ser humano

así también todas las naciones se asombrarán,

y los reyes quedarán sin palabras al ver lo sucedido,

pues verán lo que no se les había contado

y descubrirán cosas que nunca se habían oído.

 

¿Quién podrá creer la noticia que recibimos?

Y la obra mayor del Señor, ¿a quién se la reveló?

Este ha crecido ante Dios como un retoño,

como raíz en tierra seca.

No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él,

y su apariencia no era como para cautivarnos.

Despreciado por los hombres y marginado,

hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento,

semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara,

no contaba para nada y no hemos hecho caso de él.

Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba,

eran nuestros dolores los que le pesaban.

Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado,

y eran nuestras faltas por las que era destruido

nuestros pecados, por los que era aplastado.

Él soportó el castigo que nos trae la paz

y por sus llagas hemos sido sanados.

Todos andábamos como ovejas errantes,

cada cual seguía su propio camino,

y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada,

fue llevado cual cordero al matadero,

como una oveja que permanece muda cuando la esquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado

¿y quién ha pensado en su suerte?

Pues ha sido arrancado del mundo de los vivos

y herido de muerte por los crímenes de su pueblo.

Fue sepultado junto a los malhechores

y su tumba quedó junto a los ricos,

a pesar de que nunca cometió una violencia

ni nunca salió una mentira de su boca.

Quiso el Señor destrozarlo con padecimientos,

y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado.

Por esto verá a sus descendientes y tendrá larga vida,

y el proyecto de Dios prosperará en sus manos.

Después de las amarguras que haya padecido su alma,

gozará del pleno conocimiento.

El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos,

después de cargar con sus deudas.

Por eso le daré en herencia muchedumbres

y lo contaré entre los grandes,

porque se ha negado a sí mismo hasta la muerte

y ha sido contado entre los pecadores,

cuando llevaba sobre sí los pecados de muchos

e intercedía por los pecadores. (Is 52, 13—53, 12)

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