Hacia la unión con Dios

¿Confías realmente en Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 16, 2008

 

 

Los problemas económicos agobian y angustian a muchos hoy día. Pero Jesús invita a los suyos a una confianza inquebrantable:

 

«Por eso yo les digo: No anden preocupados por su vida con problemas de alimentos, ni por su cuerpo con problemas de ropa. ¿No es más importante la vida que el alimento y más valioso el cuerpo que la ropa? Fíjense en las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, no guardan alimentos en graneros, y, sin embargo, el Padre del Cielo, el Padre de ustedes, las alimenta. ¿No valen ustedes mucho más que las aves?

 

¿Quién de ustedes, por más que se preocupe, puede añadir algo a su estatura? Y, ¿por qué se preocupan tanto por la ropa? Miren cómo crecen las flores del campo, y no trabajan ni tejen. Pero yo les digo que ni Salomón, con todo su lujo, se pudo vestir como una de ellas. Y si Dios viste así el pasto del campo, que hoy brota y mañana se echa al fuego, ¿no hará mucho más por ustedes? ¡Qué poca fe tienen!

 

No anden tan preocupados ni digan: ¿tendremos alimentos? o ¿qué beberemos? o ¿tendremos ropas para vestirnos? Los que no conocen a Dios se afanan por esas cosas, pero el Padre del Cielo, Padre de ustedes, sabe que necesitan todo eso. Por lo tanto, busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas. No se preocupen por el día de mañana, pues el mañana se preocupará por sí mismo. A cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 25-34)

 

¿Crees en Dios? Él es la misma verdad (Jn 14, 6) y, por lo tanto, no puede mentir. Te está diciendo que para Él vales mucho más que las plantas y que los animales, afirma que el Padre sabe qué necesitas, te promete la comida y el vestido: nunca te faltarán. Y, ¿cuál es la condición? «Busquen primero el Reino y la Justicia de Dios, y se les darán también todas esas cosas».

 

Buscar el Reino de Dios y la Justicia de Dios consiste en poner tu interés en dar gloria a Dios, ayudarlo a salvar almas y repartir su Amor.

 

Dar gloria a Dios obedeciéndolo, como Jesús, que fue «obediente hasta la muerte» (Flp 2, 8), es decir, obedecer a la Iglesia que Él fundó.

 

Ayudarlo a salvar almas orando insistentemente por ellas y ofreciendo tus penas por su salvación y, si es posible, trabajando en alguna actividad apostólica.

 

Repartir su Amor, dándole a todos —sin excepción— el Amor que de Él has recibido, perdonándolos como Él te perdonó, trabajando sólo por su bienestar espiritual y material (sin intereses egoístas), sirviendo a la sociedad con los dones que Él te dio.

 

También dijo Jesús: «No se preocupen por el día de mañana […] A cada día le bastan sus problemas». Este es el momento de dejar de pensar en las deudas de mañana o del mes que viene, de dejar de vivir preocupado por ahorrar para el futuro, de dejar de prever todo lo que puede pasar, de dejar de tomar seguros para todo… ¿Es que no confías en Dios? ¿No crees en su Palabra? Mira quién es Él. Lee el salmo 103:

 

¡Bendice al Señor, alma mía!

¡Eres muy grande, oh Señor, mi Dios,

vestido de gloria y majestad,

envuelto de luz como de un manto.

 

Tú despliegas los cielos como un toldo,

construyes sobre las aguas tu piso alto.

Tú haces tu carro de las nubes

y avanzas en alas de los vientos.

Tomas de mensajeros a los vientos

y como servidores un fuego en llamas.

 

Pusiste la tierra sobre sus bases,

por siempre jamás es inamovible.

La cubres con el manto de los océanos,

las aguas se han detenido en las montañas.

 

Ante tu amenaza emprenden la fuga,

se precipitan a la voz de tu trueno;

suben los montes, bajan por los valles

hasta el lugar que Tú les señalaste;

pusiste un límite que no franquearán,

para que no vuelvan a cubrir la tierra.

 

Haces brotar vertientes en las quebradas,

que corren por en medio de los montes,

calman la sed de todos los animales;

allí extinguen su sed los burros salvajes.

Aves del cielo moran cerca de ellas,

en medio del follaje alzan sus trinos.

 

De lo alto de tus moradas riegas los montes,

sacias la tierra del fruto de tus obras;

haces brotar el pasto para el ganado

y las plantas que el hombre ha de cultivar,

 

para que de la tierra saque el pan

y el vino que alegra el corazón del hombre.

El aceite le dará brillo a su rostro

y el pan fortificará su corazón.

 

Los árboles del Señor están colmados,

los cedros del Líbano que plantó.

Allí hacen sus nidos los pajaritos,

en su copa tiene su casa la cigüeña;

para las cabras son los altos montes,

las rocas son escondrijo de los conejos.

 

Pusiste la luna para el calendario

y el sol que sabe a qué hora ha de ponerse.

Tú traes las tinieblas y es de noche,

en que corretean todas las fieras de la selva;

rugen los leoncitos por su presa

reclamando a Dios su alimento.

 

Cuando el sol aparece, se retiran

y vuelven a acostarse en sus guaridas;

el hombre entonces sale a su trabajo,

a su labor, hasta que entre la noche.

 

¡Señor, qué numerosas son tus obras!

Todas las has hecho con sabiduría,

de tus criaturas la tierra está repleta!

 

Mira el gran mar, vasto en todo sentido,

allí bullen en número incontable

pequeños y grandes animales;

por allí circulan los navíos

y Leviatán que hiciste para entretenerte.

 

Todas esas criaturas de ti esperan

que les des a su tiempo el alimento;

apenas se lo das, ellos lo toman,

abres tu mano, y sacian su apetito.

 

Si escondes tu cara, quedan anonadados,

recoges su espíritu, expiran

y retornan a su polvo.

Si envías tu espíritu, son creados

y así renuevas la faz de la tierra.

 

¡Que la gloria del Señor dure por siempre

y en sus obras el Señor se regocije!

Él, que mira a la tierra y ésta tiembla,

y si toca a los montes, echan humo. (Sal 103)

 

¡Ese es tu Dios! El dueño de todo, el que todo lo hizo y el que todo lo puede, ¡y el que te ama tanto!

 

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, lo honró con el conocimiento de sí mismo, lo dotó de razón, por encima de los demás seres vivos, le otorgó poder gozar de la increíble belleza del paraíso y lo constituyó, finalmente, rey de toda la creación. Después, aunque el hombre cayó en el pecado, engañado por la serpiente, y, por el pecado, en la muerte y en las miserias que acompañan al pecado, a pesar de ello, Dios no lo abandonó; al contrario, le dio primero la ley para que le sirviese de ayuda, lo puso bajo la custodia y vigilancia de los ángeles, le envió a los profetas para que le echasen en cara sus pecados y le mostrasen el camino del bien, reprimió mediante amenazas sus tendencias al mal y estimuló con promesas su esfuerzo hacia el bien, manifestando en varias ocasiones por anticipado, con el ejemplo concreto de diversas personas, cuál sea el término reservado al bien y al mal. Y aunque nosotros, después de todo esto, perseveramos en nuestra obstinación, no por ello se apartó de nosotros.

 

La bondad del Señor no nos dejó abandonados y, aunque nuestra insensatez nos llevó a despreciar sus honores, no se extinguió su amor por nosotros, a pesar de habernos mostrado rebeldes para con nuestro bienhechor; por el contrario, fuimos rescatados de la muerte y restituidos a la vida por el mismo nuestro Señor Jesucristo. Y la manera como lo hizo es lo que más excita nuestra admiración. En efecto, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo.

 

Más aún, soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, fue herido por nuestras rebeldías, por sus llagas hemos sido curados; además, nos redimió de la maldición, haciéndose maldición por nosotros, y sufrió la muerte más ignominiosa para llevarnos a una vida gloriosa. Y no se contentó con volver a dar vida a los que estaban muertos, sino que los hizo también partícipes de su divinidad y les preparó un descanso eterno y una felicidad que supera toda imaginación humana. (De la Regla monástica mayor de san Basilio Magno, obispo: respuesta 2,2-4: PG 31, 914-915)

 

Si hizo todo esto por ti, ¿cómo no te va a ayudar en lo que le pides, siendo tan fácil para Él?

 

Te estoy hablando de confiar en Él. Óyelo, y despeja tus dudas:

 

«Pues bien, yo les digo: Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá. ¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!». (Lc 11, 9-13)

 

Por eso les digo: todo lo que pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán. (Mc 11, 24)

 

Otra cosa es necesaria: perseverar.

 

Les dijo también: «Supongan que uno de ustedes tiene un amigo y va a medianoche a su casa a decirle: «Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha llegado de viaje y no tengo nada qué ofrecerle». Y el otro le responde a usted desde adentro: «No me molestes; la puerta está cerrada y mis hijos y yo estamos ya acostados; no puedo levantarme a dártelos». Yo les digo: aunque el hombre no se levante para dárselo porque usted es amigo suyo, si usted  se pone pesado, al final le dará todo lo que necesita. (Lc 11, 5-8)

 

Jesús les mostró con un ejemplo que debían orar siempre, sin desanimarse jamás: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaba la gente. En la misma ciudad había también una viuda que acudía a él para decirle: Hazme justicia contra mi adversario. Durante bastante tiempo el juez no le hizo caso, pero al final pensó: Es cierto que no temo a Dios y no me importa la gente, pero esta viuda ya me molesta tanto que le voy a hacer justicia; de lo contrario acabará rompiéndome la cabeza.» (Lc 18, 1-5)

 

Me dirás que, además de buscar el Reino de Dios y su Justicia, tú pides y pides confiando en Él, y no consigues lo que deseas.

 

Quizá todavía te falta algo:

 

Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

 

Le traían también niños pequeñitos para que los tocara, pero los discípulos empezaron a reprender a esas personas. Jesús pidió que se los trajeran, diciendo: «Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él». (Lc 18, 13-17)

 

Ser humilde. ¿Sabes qué eres? Ponte frente a ese Dios, Señor de señores, Rey del universo: míralo…, mírate. ¡Qué desproporción! Cuando te des cuenta de tu nada y de su todo, habrás comenzado a ser humilde.

 

Mira nada más tu propio ser: tú eres porque Dios así lo quiere. Él te presta el ser. Él tiene vida propia, nosotros la tenemos prestada:

 

Dios dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes. (Ex 3, 14)

 

Cuando te des cuenta lo grande que es Dios y lo pequeñito que eres tú, y a eso le añadas todos tus pecados, tus errores, tus imperfecciones, tus apetitos desordenados, tus apegos…, sabrás lo poco que vales junto a Dios; sabrás pedir con humildad; sabrás que si te concede lo que pides, no es por tus méritos, sino porque te ama demasiado a pesar de tu pequeñez, de tu condición de pecador, de tu pobreza; y sabrás que si no te da lo que le estás pidiendo es porque no te conviene: Él sabe mucho más que tú lo que te hará bien y lo que no, su sabiduría excede infinitamente a la tuya, Él sabe si todavía no es el momento.

 

Esto es ser como los niños, y es muy bueno. Oye de nuevo a Jesús: «Porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. En verdad les digo que el que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él».

 

Humildad también es aceptar la Voluntad de Dios. Recuerda que lo importante es que te salves y que te lleves al Cielo a muchos. ¿Qué importa sufrir un poco (días, meses, años…) en esta vida, si después te ganarás la felicidad para toda la eternidad? Te lo repito: Él sabe más, Él sabe si necesitas un poco de purificación o la necesitan los tuyos, Él sabe cómo evitarte un poco más el purgatorio.

 

Unas veces, Él sabrá que es necesario que se disminuya un poco tu «yo», y mengüe tu egoísmo: verás providencialmente en qué puedes mejorar, para que rectifiques el camino y se te agrandará el corazón para comprender mejor a los demás…, ¡ganarás méritos para obtener el Cielo!

 

En otras ocasiones, trabajarás para tus hermanos, los hombres: podrás ofrecer a Dios tus penas para que algunos vuelvan a Él, para que otros yerren menos, para que otros se alejen del camino de la perdición…

 

Siempre la Voluntad de Dios será lo mejor: Él sabe más.

 

Si supieras cuánto te ama Dios se irían de tu lado el desasosiego, la tristeza, el estrés, la angustia, la depresión, etc. Todo, aun lo que parece negativo, lo permite nuestro Padre amoroso para nuestro bien. Esta es la verdadera sabiduría.

 

Y tú puedes aprender a vivir la Vida (con mayúscula) de los hijos de Dios diciendo: «Acepto la Voluntad de Dios, acato la Voluntad de Dios, aplaudo la Voluntad de Dios, me abandono a la Voluntad de Dios…, ¡amo la Voluntad de Dios!»

 

Por último, recuerda que es necesario que te abandones en tu Padre–Dios, como el niño que deja todos sus problemas en las manos de su Padre. Abandonarse totalmente en quien todo lo puede.

 

Así, y solo así, llegarás a la meta más añorada:

 

«Tu fe te ha salvado, vete en paz». (Lc 7, 50b)

 

 

Recuerda los requisitos principales:

Ø Dar gloria a Dios, obedeciendo a su Iglesia

Ø Ayudar a Jesús a salvar almas, orando y mortificándose por ellos y, si es posible, realizar alguna actividad apostólica

Ø Repartir el amor de Dios, amando a todos como Jesús y perdonándolos como Él te perdonó

Ø Confiar totalmente en Él, sabiendo que todo lo puede y que te ama infinitamente

Ø Perseverar en la oración, esperando el momento de Dios

Ø Ser muy humilde, comprendiendo que Él sabe más y amando la Voluntad de Dios

Ø Abandonarse como un niño en la seguridad de los brazos de su Padre amoroso

 

 

 

 

 

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