Hacia la unión con Dios

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¿Cuál Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2008

A primera vista, las diferentes ediciones de la Biblia son iguales. Pero, como se verá, existen diferencias.

Hay algunos libros del Libro Sagrado que se llaman Protocanónicos, de «Proto-», que significa «prioridad, preeminencia o superioridad» porque se los incluyó primero en el canon (catálogo de los libros tenidos como auténticamente sagrados).

Otros, por el contrario, se llaman Deuterocanónicos, que tiene el significado de «segundos», porque se incluyeron en el canon después de un período de dudas.

Con respecto al Antiguo Testamento, ha de saberse que treinta y nueve libros del Antiguo Testamento están escritos en lengua hebrea, y son admitidos por todos los cristianos —incluso por los judíos—; son los protocanónicos.

Los siete restantes: los dos de los Macabeos, Sabiduría, Baruc, Tobías, Judit y Eclesiástico (además de unos pasajes de Daniel y Ester), conforman los libros llamados deuterocanónicos, incluidos en la Biblia Griega, llamada «de los LXX», cuyos originales generalmente están en griego (aunque se ha encontrado que partes considerables también fueron escritas en hebreo y algunos trozos en otras lenguas, como el arameo).

Estos libros deuterocanónicos son aceptados tanto por los católicos, como por los orientales y los anglicanos, pero no por los protestantes, ni por las sectas, movimientos y grupos nacidos de ellos, porque los consideran apócrifos, esto es, no auténticos como Palabra de Dios.

Sorprende saber, sin embargo, que estos 7 libros estuvieron en la Biblia de los protestantes, desde la publicación de Casiodoro de Reina en 1569 y la de Cipriano de Valera en 1602 hasta 1827, cuando las Sociedades Bíblicas los eliminaron, según información del Diccionario ilustrado de la Biblia (protestante).

En lo que se refiere al Nuevo Testamento, son deuterocanónicos otros 7: Hebreos, Santiago, segunda carta de Pedro, segunda y tercera carta de Juan, Judas y Apocalipsis.

Curiosamente, tanto los libros protocanónicos como los deuterocanónicos del Nuevo Testamento —conservados todos en lengua griega—, son considerados inspirados (y por lo tanto del canon) por los protestantes y los grupos, movimientos y sectas derivadas de ellos.

Quiere esto decir que los católicos aceptan como inspirados 73 libros de la Biblia, mientras que los protestantes y sus ramificaciones eliminaron 7, para quedarse con 66.

Por último, dado que la Tradición Apostólica es Palabra de Dios, como se vio, la Biblia católica contiene explicaciones del Magisterio de la Iglesia (notas al pie) sobre algunos textos, para su mejor comprensión.

Debe añadirse aquí que la Biblia que usan los Testigos de Jehová y la de los Mormones está modificada en gran cantidad y que se debe considerar totalmente diferente.

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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¿Debe uno confesarse con los sacerdotes?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2008

Dios es infinitamente misericordioso: sabe que el pecado original dejó en el ser humano esa herida que nos hace tender al mal y, por eso, se inventó otro milagro de su amor: el perdón de los pecados. Es un tribunal de justicia en el que el reo se declara culpable y el juez (Dios), en vez de condenarlo, lo perdona.

Y Dios quiso, como se verá, que ese perdón se diera a través del sacramento de la Penitencia, Reconciliación o confesión de los pecados.

Aunque algunos cristianos protestantes (evangélicos) no aceptan el sacramento de la Penitencia, el iniciador del protestantismo, Martín Lutero, escribió:

«No hay duda de que la confesión de los pecados es necesaria y mandada por Dios […] La confesión secreta, como se usa hoy, aunque no puede probarse por la escritura, me agrada muchísimo, y la estimo útil y necesaria y no quisiera que fuese suprimida, antes me alegro de que exista en la Iglesia de Cristo, siendo como es, remedio de las conciencias afligidas…» (De la cautividad babilónica, W. A., VI, 548).

Y, aunque se atrevió a negar algunos sacramentos, siempre defendió la Penitencia:

«Niego que haya siete sacramentos. No admito sino tres: el Bautismo, la Penitencia y el Pan…» (De la cautividad babilónica, W. A., VI, 501).

Sin embargo, a veces aparecen dudas acerca de si un pecador (el sacerdote) puede perdonar los pecados. Esas dudas tienen su base en el desconocimiento de la Biblia o en una interpretación errónea de la misma; y también, en no usar la lógica:

Cuando vamos donde un médico lo que nos importa es que nos cure, no su vida personal. Además, un médico enfermo puede curar a otro ser humano, no necesita estar sano. Lo mismo sucede con el sacerdote: aunque él sea un pecador como nosotros, puede perdonar los pecados, curar las almas; como el médico enfermo cura los cuerpos.

Asimismo, las sentencias de un juez son válidas, aunque él viva una vida desordenada, sea infiel a su esposa, no cumpla las leyes del tránsito, robe o mate…; todos sabemos que el juez malo, como el bueno, tiene autoridad delegada de la rama jurisdiccional; es decir, su autoridad no proviene de él mismo, proviene de una autoridad superior.

El sacerdote no perdona pecados porque él no los ha cometido, lo hace porque el sacerdote tiene una autoridad que proviene de Dios. ¿Acaso Él no tiene poder para encargar a unos hombres que perdonen los pecados en su nombre?:

«¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, así los envío yo también.” Sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo: a quienes perdonen sus pecados, les serán perdonados; y a quienes se los retengan, les serán retenidos.» (Jn 20, 21-23)

Jesús mismo es el que deja a los apóstoles y discípulos este poder de perdonar los pecados.

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Dios se compromete a dar por bueno en el Cielo lo que sus ministros —la Iglesia que Él fundó— dictaminen en la tierra. A través de la Iglesia ha hecho el prodigio de acercar a nosotros el juicio, la sentencia —sentencia o juicio de salvación y perdón— de Dios.

«Viendo Jesús la fe de estos hombres, dijo al paralítico: “Amigo, tus pecados quedan perdonados.” De inmediato los maestros de la Ley y los fariseos empezaron a pensar: “¿Cómo puede blasfemar de este modo? ¿Quién puede perdonar los pecados fuera de Dios?” Jesús leyó sus pensamientos y les dijo: “¿Por qué piensan ustedes así? ¿Qué es más fácil decir: ‛Tus pecados te quedan perdonados’, o decir: ‛Levántate y anda’? Sepan, pues, que el Hijo del Hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados.” Entonces dijo al paralítico: “Yo te lo ordeno: levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.” Y al instante el hombre se levantó a la vista de todos, tomó la camilla en que estaba tendido y se fue a su casa dando gloria a Dios.» (Lc 5 20-25)

Algunos siguen pensando como los fariseos. Pero, ¿qué dijo la gente después de ese episodio?

«La gente, al ver esto, quedó muy impresionada, y alabó a Dios por haber dado tal poder a los hombres.» (Mt 9, 8)

Sacramento administrado por los hombres escogidos por Jesús y sus descendientes.

Más tarde, Pablo lo confirma:

«Todo eso es obra de Dios, que nos reconcilió con Él en Cristo y que a nosotros nos ha confiado el ministerio de la reconciliación. Pues en Cristo Dios estaba reconciliando el mundo con él; ya no tomaba en cuenta los pecados de los hombres, sino que a nosotros nos entregaba el mensaje de la reconciliación. Nos presentamos, pues, como embajadores de Cristo, como si Dios mismo les exhortara por nuestra boca. En nombre de Cristo les rogamos: ¡déjense reconciliar con Dios! Dios hizo cargar con nuestro pecado al que no cometió pecado, para que así nosotros participáramos en él de la justicia y perfección de Dios.» (2Co 5, 18-21)

Los sacerdotes son los sucesores de los apóstoles y de los discípulos, a quienes les delegó esa autoridad divina: Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que iban a necesitar del perdón de los pecados.

 

Dios es la autoridad superior que le da al sacerdote el poder de perdonar los pecados.

Por eso, en la Confesión el sacerdote dice: «Yo te absuelvo de tus pecados

en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».

 

La misma Biblia cuenta que el sacramento de la Confesión se celebraba entre los primeros cristianos:

«Venían muchos y confesaban sus pecados.» (Hch 19, 18)

«Confiésense unos a otros sus pecados para que sean perdonados.» (St 5, 16)

Como se ve, el sacramento de la Confesión o Reconciliación está descrito en la Biblia. Es que ese es uno de los servicios que le corresponde al sacerdote:

«Todo sumo sacerdote es tomado de entre los hombres, y le piden representarlos ante Dios y presentar sus ofrendas y víctimas por el pecado.» (Hb 5, 1)

A propósito del sacerdote pecador, vale la pena decir que, aunque todos somos pecadores, quizá él sea menos pecador de lo que muchos imaginan, por las siguientes razones:

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>Su formación religiosa seria.

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>El gran respeto que siente por Dios.

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>La conciencia clara de que sus malas actuaciones darían lugar al escándalo del que se aterra Jesús en el Evangelio.

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>El temor de ofender a Dios, quien nos ama tanto, que le fue infundido en el seminario.

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>La asistencia y vigilancia de sus superiores.

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>Las oraciones que por él hacen muchos de sus feligreses y algunos religiosos.

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>La intercesión que la Virgen María y los santos hacen por los sacerdotes, «los otros Cristos», hijos predilectos de Dios.

Además, hay 4 aspectos que tienen peso a la hora de analizar las bondades del sacramento de la Penitencia o Confesión:

<!–[if !supportLists]–>1. <!–[endif]–>La seguridad que tiene el feligrés al oír las palabras del sacerdote: «Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». Este acto lo llena de paz interior y de sensación de alivio, porque queda seguro de que Dios lo perdonó.

<!–[if !supportLists]–>2. <!–[endif]–>La humildad que se necesita para contarle a «otro pecador» sus fallas enriquece espiritualmente al que se confiesa, lo acerca más a Dios, y le proporciona una alegría espiritual muy grande («se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.», dijo María, la Madre de Dios).

<!–[if !supportLists]–>3. <!–[endif]–>Los consejos que el sacerdote recomienda, con la gracia de Dios, sirven para una lucha nueva y para sentir, a veces, una «sacudida» espiritual, que nos impulsa más a ser cada vez mejores.

<!–[if !supportLists]–>4. <!–[endif]–>El penitente debe hacer luego una o varias oraciones o sacrificios en reparación por la ofensa cometida, y con esto siente haber saldado la cuenta.

 

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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El significado de la palabra: ‘Católica’ de la Iglesia

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2008

 De la Real Academia Española: Del latín: catholicus, y este del griego: kaqolikoj. Significado: Universal, que comprende y es común a todos; y por esta calidad se ha dado este nombre a la Iglesia Romana.

 

Esta palabra hace su primera aparición en la literatura cristiana con san Ignacio de Antioquía, por el año 110. En su carta Ad Smyr, dice a la comunidad de Esmirna: «Allí donde está Cristo está la iglesia Católica». Esto porque Jesús les dijo: «Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación». (Mc 16, 15)

 

San Policarpo (año 155) utiliza la misma palabra cincuenta años después, en el sentido teológico: Universal y Católica. Lo hace tres veces como «Iglesia Universal» y una vez con el sentido de «auténtica». Policarpo está descrito como obispo de Esmirna y como mártir.

 

San Paciano de Barcelona (375), dijo: «Cristiano es mi nombre y Católico mi apellido. El primero me denomina y el segundo me instituye específicamente. De esta manera he sido especificado y registrado. Cuando somos llamados católicos, es por esta forma que nuestro pueblo se mantiene alejado de cualquier nombre herético» (carta a Sympronian).

San Cirilo de Jerusalén (315-386) dice: «La Iglesia se llama católica o universal por­que está esparcida por todo el orbe de la tierra, de uno a otro confín, y porque de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de la fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, terrenas o celestiales; también porque induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los sim­ples ciudadanos, a los instruidos y a los ignoran­tes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos cuan­to» los externos; ella posee todo género de virtu­des, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espiritua­les» (Catequesis 18,23-25).

 

San Agustín utiliza en sus escritos el nombre de «Católica» 240 veces entre los años 388 y 420.

 

Los dos significados que prevalecen en el período de los Padres de la Iglesia son los de «universal» y «ortodoxa». Los dos significados de la palabra Católica coexistieron por mil años, pero con el cisma de oriente, la Iglesia Latina se continuó llamando «Católica», mientras que la Iglesia de oriente adoptó el nombre de «Ortodoxa».

 

Santo Tomás de Aquino (1221-1272), en desarrollo de los elementos teologales a este respecto, expone:

1) Se encuentra en todos los lugares: «Ante todo doy gracias a mi Dios, por medio de Cristo Jesús, por todos ustedes, pues su fe es alabada en el mundo entero». (Rm 1, 8), y tiene tres partes: una en la Tierra, otra en el Cielo y la última en el Purgatorio.

2) Incluye personas de todos los estados de vida: «Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. (Gal 3, 28).

3) No tiene límite de tiempo: va hasta la consumación de los siglos.

 

(Adaptado de: Iglesia y Sectas, nº 42, enero-marzo de 2003)

 

 

 

 

 

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Orar a gritos y en público*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 15, 2008

 

Las palabras del que ora han de ser mesuradas y lle­nas de sosiego y respeto. Pensemos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a Dios con la acti­tud corporal y con la moderación de nuestra voz. Porque así como es propio del falto de educación hablar a gri­tos, así, por el contrario, es propio del hombre respe­tuoso orar con un tono de voz moderado.

 

El Señor, cuando nos adoctrina acerca de la oración, nos manda hacerla en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestro mismo aposento, lo cual concuerda con nuestra fe, cuando nos enseña que Dios está presente en todas partes, que nos oye y nos ve a todos y que, con la plenitud de su majestad, penetra incluso los lugares más ocultos, tal como está escrito: ¿Soy yo Dios sólo de cer­ca, y no soy Dios también de lejos? Si alguno se esconde en su escondrijo, ¿acaso no lo veo yo? ¿Acaso no lleno yo el cielo y la tierra? Y también: En todo lugar los ojos de Dios observan a malos y buenos.

 

Y, cuando nos reunimos con los hermanos para cele­brar los sagrados misterios, presididos por el sacerdote de Dios, no debemos olvidar este respeto y moderación ni ponernos a ventilar continuamente sin ton ni son nues­tras peticiones, deshaciéndonos en un torrente de pa­labras, sino encomendarlas humildemente a Dios, ya que él escucha no las palabras, sino el corazón, ni hay que convencer a gritos a aquel que penetra nuestros pensa­mientos, como lo demuestran aquellas palabras suyas: ¿Por qué pensáis tan mal? Y en otro lugar: Así conoce­rán todas las Iglesias que yo soy quien escudriña las entrañas y los corazones.

 

De este modo oraba Ana, como leemos en el primer de Samuel, ya que ella no rogaba a Dios a gritos, sino de un modo silencioso y respetuoso, en lo escondido de su corazón. Su oración era oculta, pero manifiesta su fe; hablaba no con la boca, sino con el corazón, porque sabía que así el Señor la escuchaba, y, de este modo, consiguió lo que pedía, porque lo pedía con fe. Esto nos recuerda la Escritura, cuando dice: Hablaba interiormente, y no se oía su voz aunque movía los labios, y el Señor la escuchó. Leemos también en los sal­mos: Reflexionad en el silencio de vuestro lecho. Lo mis­mo nos sugiere y enseña el Espíritu Santo por boca de Jeremías, con aquellas palabras: Hay que adorarte en lo interior, Señor.

 

El que ora, hermanos muy amados, no debe ignorar cómo oraron el fariseo y el publicano en el templo. Este último, sin atreverse a levantar sus ojos al cielo, sin osar levantar sus manos, tanta era su humildad, se daba golpes de pecho y confesaba los pecados ocultos en su interior, implorando el auxilio de la divina misericordia.

 

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor

(Cap. 4-6: CSEL 3, 268-270)

 

 

 

 

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¿Leer la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Muchos cristianos creen que la Biblia es el libro que les enseña todas las verdades de su Fe.

Es habitual, por ejemplo, oír la pregunta: «¿Dónde está eso en la Biblia?»; y si lo dice la Biblia lo creen, pero si no lo dice la Biblia, lo rechazan. Parece que la hubieran endiosado, que la hubieran convertido en un ídolo.

 

 

La Palabra de Dios

 

Al examinar la historia del cristianismo, podemos asegurar que durante muchos años no existió la parte más importante de la Biblia, la que precisamente habla de Jesucristo y de los primeros cristianos: el Nuevo Testamento.

El primer libro que se redactó de los 27 que componen el Nuevo Testamento fue la Primera Carta de Pablo a los Tesalonicenses, escrita a comienzos de los años cincuenta de nuestra era. Posteriores a este, fueron apareciendo los otros libros. El último, el Apocalipsis, se terminó un poco después del año cien.

Hacia el año trescientos había confusión acerca de cuántos eran los verdaderos libros del cristianismo: en muchos lugares se afirmaba que los libros eran 19; en otros, 22; en Egipto, 35…

Fue hasta fines del siglo IV cuando la Iglesia Católica —en el Sínodo Romano (año 382) y en los Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397)— seleccionó y certificó los 27 libros que componen el Nuevo Testamento.

Como se ve, pasaron alrededor de veinte años desde que Jesús murió hasta que se comenzó a escribir el Nuevo Testamento; asimismo, transcurrieron cerca de setenta años mientras se terminó de escribir; y se cumplieron casi cuatro siglos hasta que se estableció el número y autenticidad de sus libros, es decir, el canon de libros inspirados.

¿Qué sucedió con el cristianismo durante todo ese tiempo? ¿Cómo se enseñaba el cristianismo? ¿En qué libro se basaban los pastores para predicar? ¿Dónde estaba la Palabra de Dios?

Las respuestas a estas preguntas están en la misma Biblia:

Poco antes de su partida, Jesús les dijo a sus apóstoles:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

«Vayan por todo el mundo y anuncien la Buena Nueva a toda la creación.» (Mc 16, 15)

Y, como lo cuenta la Biblia, así lo hicieron. Toda la doctrina contenida en esa predicación se llama la Tradición Apostólica. Tradición significa transmisión de noticias: según la orden de Jesús, se anunciaba, se transmitía la Buena Noticia o Evangelio, verbalmente.

Y esto lo cuenta también la Biblia:

«Pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído de mí, todo lo que me han visto hacer, y el Dios de la paz estará con ustedes.» (Flp 4, 9)

Nótese que Pablo no dice: «pongan en práctica únicamente lo que les escribí»; dice: «pongan en práctica todo lo que han aprendido, recibido y oído».

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos, encomiéndalo a hombres fieles capaces de enseñar a otros.» (2Tm 2, 2)

«Lo que de mí oíste ante muchos testigos» significa que se predicaba oralmente.

La primera carta de Pablo a los Corintios se escribió mucho tiempo antes que los Evangelios, y en ella dice:

«Yo he recibido del Señor lo que a mi vez les he transmitido. El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió diciendo: “Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes; hagan esto en memoria mía”. De igual manera, tomando la copa, después de haber cenado, dijo: “Esta copa es la Nueva Alianza en mi Sangre. Todas las veces que la beban háganlo en memoria mía”.» (1Co 11, 23- 25)

En esta carta, el apóstol dice que lo recibió del Señor y lo transmitió, antes de escribirlo; los Evangelios que cuentan este mismo pasaje se escribieron después. Esto significa que primero se dio la transmisión verbal —la Tradición Apostólica— y luego se escribió.

«Los alabo porque me son fieles en todo y conservan las tradiciones tal como yo se las he transmitido.» (1Co 11, 2)

«Hermanos, les ordenamos en nombre de Cristo Jesús, el Señor, que se aparten de todo hermano que viva sin control ni regla, a pesar de las tradiciones que les transmitimos.» (2Ts 3, 6)

El vocabulario de Pablo tiene mucha relación con la Tradición:

«Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié [es decir, oralmente]. Ustedes la recibieron [así debe hacerse con ese anuncio verbal] y perseveran en ella, y por ella se salvarán si la guardan [significa que, además de recibir este mensaje hablado, debe guardarse para salvarse] tal como yo se la anuncié, a no ser que hayan creído cosas que no son. En primer lugar les he transmitido esto, tal como yo mismo lo recibí.» (1Co 15, 1-3)

En esa misma carta, Pablo dice:

«Les envío a Timoteo, mi querido hijo, hombre digno de confianza en el Señor. Él les recordará mis normas de vida cristiana, las mismas que enseño por todas partes.» (1Co 4, 17)

Como se observa, se trata de la enseñanza recibida oralmente, es decir, la Tradición.

Jesús ni siquiera pidió que se escribiera la Biblia. Es más: todos los apóstoles predicaron; solo algunos de ellos escribieron algo años después de haber predicado.

Durante los primeros siglos se anunciaba a un Cristo muerto y resucitado; esa era la Palabra de Dios. Lo importante para los apóstoles nunca fue la Biblia, pues sus libros principales —los del Nuevo Testamento— no se comenzaron a escribir antes del año 51, la Biblia tampoco se terminó de escribir antes del año cien, ni se determinó el número de libros que la componían hasta finales del siglo IV.

Se puede afirmar que la Biblia surgió de la Iglesia, y no al revés.

Además, sólo una pequeña parte de la predicación apostólica se escribió en la Biblia:

«Aún tengo muchas cosas que decirles, pero es demasiado para ustedes por ahora. Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad. Él no viene con un mensaje propio, sino que les dirá lo que escuchó y les anunciará lo que ha de venir. Él tomará de lo mío para revelárselo a ustedes, y yo seré glorificado por él. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso les he dicho que tomará de lo mío para revelárselo a ustedes.» (Jn 16, 12-15)

«Muchas otras señales milagrosas hizo Jesús en presencia de sus discípulos que no están escritas en este libro.» (Jn 20, 30)

«Tendría muchas más cosas que escribirles, pero prefiero no hacerlo por escrito con papel y tinta.» (2Jn 1, 12)

«Jesús hizo también otras muchas cosas. Si se escribieran una por una, creo que no habría lugar en el mundo para tantos libros.» (Jn 21, 25)

En la Segunda Carta a los Tesalonicenses, Pablo lo afirma más categóricamente:

«Por lo tanto, hermanos, manténganse firmes y guarden fielmente las tradiciones que les enseñamos de palabra o por carta.» (2Ts 2, 15)

Dos versículos antes decía:

«De ahí que no cesemos de dar gracias a Dios, porque al recibir de nosotros la enseñanza de Dios, ustedes la aceptaron, no como enseñanza de hombres, sino como Palabra de Dios. Porque eso es realmente y como tal actúa en ustedes los creyentes.» (2Ts 2, 13)

Por otra parte, de lo que se escribió no todo se ha conservado. Pablo, por ejemplo, nombra una carta anterior a la primera que les envió a los corintios, carta que desconocemos:

«En mi carta les decía que no tuvieran trato con la gente de mala conducta.» (1Co 5, 9)

Por todo esto, se puede deducir que la Biblia no sustituyó a la predicación.

Recientes estudios en torno al Nuevo Testamento muestran que los cuatro Evangelios son la expresión escrita de las tradiciones conservadas en Palestina, Roma, Antioquía y Éfeso, tal como se retenían de la predicación apostólica.

Así lo explica Lucas, al comenzar su evangelio:

«Algunas personas han hecho empeño por ordenar una narración de los acontecimientos que han ocurrido entre nosotros, tal como nos han sido transmitidos por aquellos que fueron los primeros testigos y que después se hicieron servidores de la Palabra. Después de haber investigado cuidadosamente todo desde el principio, también a mí me ha parecido bueno escribir un relato ordenado para ti, ilustre Teófilo.» (Lc 1, 1-4)

 

 

Interpretar la Escritura

 

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo los ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos.» (Ga 2, 6-7)

Y, ¿por qué se sometía a esa autoridad Pablo, el apóstol que dijo que el evangelio que predicaba lo recibió por revelación del mismo Cristo Jesús (Ga 1, 12)?

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de loa que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta:  «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

 

 

Pedro, con más autoridad

 

Jesús, desde el día que lo conoció, ya había establecido que Pedro sería la piedra sobre la que construiría su Iglesia. Y para eso le cambió el nombre:

«Encontró primero a su hermano Simón y le dijo: “Hemos encontrado al Mesías” (que significa el Cristo). Y se lo presentó a Jesús. Jesús miró fijamente a Simón y le dijo: “Tú eres Simón, hijo de Juan, pero te llamarás Kefas” (que quiere decir Piedra).» (Jn 1, 41-42)

Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, los nombres se cambian para darle una misión específica a las personas; basta ver el caso de Abrán por Abrahán, esto es, padre de muchos. En este caso, Jesús le cambia el nombre a Simón por el de Pedro queriendo significar así la misión que Él le encomendaba: ser la piedra donde se asentaría la Iglesia fundada por Jesucristo, la piedra donde se edificaría y se sostendría esa Iglesia, tras su partida de este mundo; porque para Jesús era muy importante que su Iglesia estuviera bien construida:

«Se parece a un hombre que construyó una casa; cavó profundamente y puso los cimientos sobre la roca. Vino una inundación, y la corriente se precipitó sobre la casa, pero no pudo removerla porque estaba bien construida.» (Mt 7, 24-25; cf. Lc 6, 48)

Leamos ahora lo que sucedió cuando Jesús les preguntó a sus discípulos quién creían que era Él:

«Pedro contestó: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”. Jesús le replicó: “Feliz eres, Simón Barjona, porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y ahora yo te digo: Tú eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes de la muerte jamás la podrán vencer. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el Cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo”.» (Mt 16, 18-19)

Con esto, Jesús dejó claro que Pedro, por decisión de Dios, es la piedra sobre la que Jesús edificó su Iglesia, la Iglesia fundada por Jesucristo; además, le dio el poder de atar y desatar: la autoridad que ejerce hoy el Papa, su sucesor.

Con frecuencia se presenta el problema de interpretar quién es la piedra o la roca, dado que en 1Co 10, 4, Pablo afirma que «bebieron la misma bebida espiritual; el agua brotaba de una roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo». En este pasaje es obvio deducir que Pablo mostraba a la roca como representación de Cristo, que es la fuente de todos los bienes.

Pero Pablo no hablaba de construcción ni de cimiento, como sí lo hizo Jesús en Mt 16, 18: «edificaré mi Iglesia». Aquí Cristo es el constructor mientras que el cimiento es Pedro.

Eso quedó patente en la última aparición de Jesús a sus apóstoles cuando, como despedida, les enseñó quién debía apacentar su rebaño, es decir, los bautizados, los pertenecientes a la Iglesia:

«Cuando terminaron de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Contestó: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Apacienta mis corderos”.

Le preguntó por segunda vez: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” Pedro volvió a contestar: “Sí, Señor, tú sabes que te quiero”. Jesús le dijo: “Cuida de mis ovejas”.

Insistió Jesús por tercera vez: “Simón Pedro, hijo de Juan, ¿me quieres?” Pedro se puso triste al ver que Jesús le preguntaba por tercera vez si lo quería y le contestó: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero”. Entonces Jesús le dijo: “Apacienta mis ovejas”.» (Jn 21, 15-17)

Jesús mismo había dicho:

«Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da su vida por las ovejas.» (Jn 10, 11)

Lo que ordenó a Pedro, apacentar las ovejas de Jesús, consiste entonces en representar a Jesús aquí en la tierra, ya que Él se iba pronto al Cielo. Ese fue su testamento: se encuentra en el último capítulo del Evangelio de Juan.

Y, según la Biblia, después de su muerte, había que reemplazar a cada apóstol para «que otro ocupe su cargo. » (Hch 1, 20)

Así, cuando murió Pedro, fue elegido Lino; a Lino lo reemplazó Anacleto; al morir éste fue sucedido por Clemente…; y así hasta Juan Pablo II; con él, van 265 Papas.

Esa misión, ese servicio, no hace a Pedro ni a sus sucesores más digno que los demás hombres, solamente le da una autoridad que proviene del mismo Jesús: «Apacienta mis ovejas»: sé tú el Pastor, como lo fui Yo.

Ya antes, Jesús le dijo a Pedro algo que nos hace ver que lo estaba preparando para darle autoridad, como administrador de su Iglesia:

«Pedro preguntó: “Señor, esta parábola que has contado, ¿es sólo para nosotros o es para todos?” El Señor contestó: “Imagínense a un administrador digno de confianza y capaz. Su señor lo ha puesto al frente de sus sirvientes y es él quien les repartirá a su debido tiempo la ración de trigo. Afortunado ese servidor si al llegar su señor lo encuentra cumpliendo su deber. En verdad les digo que le encomendará el cuidado de todo lo que tiene”.» (Lc 12, 41-44)

¿Por qué le habló de un administrador después de la parábola de los trabajadores fieles? Porque quería pedirle esa fidelidad a su trabajador principal: el primer Papa.

Pero quizá una de las muestras mayores de la preocupación de Jesús por quien iba a ser la cabeza visible del cuerpo de Cristo, la Iglesia, es la siguiente:

«¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha pedido permiso para sacudirlos a ustedes como trigo que se limpia; pero yo he rogado por ti para que tu fe no se venga abajo. Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos.» (Lc 22, 32)

Es de notar que Jesús dice aquí que «Satanás va a sacudirlos a ustedes», es decir, a todos los apóstoles. Sin embargo, Jesús no ruega por todos, sino «por ti para que tu fe no se venga abajo», porque sabía la responsabilidad que se derivaba de la autoridad que la había conferido. Además, añade: «Y tú, cuando hayas vuelto, tendrás que fortalecer a tus hermanos».

Otro pasaje de la Biblia nos enseña que para Jesús, Pedro tenía una misión y una autoridad muy especiales:

«Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: “Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora?”» (Mc 14, 37)

Llama la atención que el texto diga que Jesús los encontró dormidos, pero no se preocupó por todos, sino únicamente por Pedro, quien tampoco había podido «permanecer despierto una hora». Es que Él sabía cuán importante iba a ser la autoridad de Pedro.

Por eso, en la Biblia, Pedro ocupa siempre el primer lugar:

«Estos son los Doce: Simón, a quien puso por nombre Pedro…» (Mc 3, 16)

«Allí estaban Pedro…» (Hch 1, 13)

«Seis días después, Jesús tomó consigo a Pedro…» (Mc 9, 2)

«Es verdad. El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón.» (Lc 24, 34)

«Que se apareció a Pedro y luego a los Doce.» (1Co 15, 5)

Veamos lo que sucedió después de la resurrección de Jesús:

«El primer día después del sábado, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, y vio que la piedra que cerraba la entrada del sepulcro había sido removida. Fue corriendo en busca de Simón Pedro.» (Jn 20, 1-2)

María había podido ir corriendo en busca de los discípulos de Jesús. Pero no lo hizo: prefirió buscar a la máxima autoridad.

Y él mismo Juan muestra el respeto por esa autoridad:

«Pedro y el otro discípulo salieron para el sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Como se inclinara, vio los lienzos tumbados, pero no entró. Pedro llegó detrás, entró en el sepulcro, y vio también los lienzos tumbados. El sudario con que le habían cubierto la cabeza no se había caído como los lienzos, sino que se mantenía enrollado en su lugar. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero, vio y creyó.» (Jn 20, 3-8)

Sólo hasta que el primado —Pedro— entró, Juan se permitió entrar y ver. De nuevo queda patente la autoridad de Pedro.

Al final del Evangelio de Marcos se lee cómo un joven instruye a las mujeres que lo vieron resucitado:

«Ahora vayan a decir a los discípulos, y en especial a Pedro, que Él se les adelanta camino de Galilea.» (Mc 16, 7)

Pablo va también en busca de esa máxima autoridad:

«Más tarde, pasados tres años, subí a Jerusalén para entrevistarme con Pedro y permanecí con él quince días.» (Ga 1, 18)

La Biblia nos muestra que Pedro, ejerciendo esa autoridad, es quien decide reemplazar a Judas:

«Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: “Hermanos, era necesario que se cumpliera la Escritura, pues el Espíritu Santo había anunciado por boca de David el gesto de Judas; este hombre, que guió a los que prendieron a Jesús, era uno de nuestro grupo, y había sido llamado a compartir nuestro ministerio común. Sabemos que con el salario de su pecado se compró un campo, se tiró de cabeza, su cuerpo se reventó y se desparramaron sus entrañas. Este hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, que llamaron a aquel campo, en su lengua, Hakeldamá, que significa: Campo de Sangre. Esto estaba escrito en el libro de los Salmos: Que su morada quede desierta y que nadie habite en ella.

“Pero también está escrito: Que otro ocupe su cargo. Tenemos, pues, que escoger a un hombre de entre los que anduvieron con nosotros durante todo el tiempo en que el Señor Jesús actuó en medio de nosotros”.» (Hch 1, 15-21)

Pedro empieza así a ejercer su autoridad.

Autoridad que no solo se ejerce para las decisiones importantes, sino también para castigar:

«Pedro le dijo: “Ananías, ¿por qué has dejado que Satanás se apoderara de tu corazón? Te has guardado una parte del dinero; ¿por qué intentas engañar al Espíritu Santo? Podías guardar tu propiedad y, si la vendías, podías también quedarte con todo. ¿Por qué has hecho eso? No has mentido a los hombres, sino a Dios”. Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y murió. Un gran temor se apoderó de cuantos lo oyeron.» (Hch 5, 3-5)

Tal sería la autoridad de Pedro, que toda la Iglesia oraba por él, cuando lo apresaron:

«Mandó detener también a Pedro: eran precisamente los días de la fiesta de los Panes Ázimos. Después de detenerlo lo hizo encerrar en la cárcel bajo la vigilancia de cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno, pues su intención era juzgarlo ante el pueblo después de la Pascua. Y mientras Pedro era custodiado en la cárcel, toda la Iglesia oraba incesantemente por él a Dios. (Hch 12, 3-5)

Además, es Pedro el primero que predica cuando Jesús es proclamado por primera vez:

«Entonces Pedro, con los Once a su lado, se puso de pie, alzó la voz y se dirigió a ellos diciendo: “Amigos judíos y todos los que se encuentran en Jerusalén, escúchenme, pues tengo algo que enseñarles…”» (Hch 2, 14)

Y así comenzó la predicación apostólica, la Tradición.

Y es él quien dirige las discusiones y les da conclusión:

«Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. Después de una acalorada discusión, Pedro se puso en pie y dijo:…» (Hch 15, 6-7)

La Iglesia, entonces, lo reconocía como el Pastor universal.

Esto es, precisamente, lo que significa la palabra «católico»: universal, es decir, que está abierta a todas las razas y culturas de todos los tiempos.

Recién comenzado el cristianismo, un obispo que conoció a los apóstoles y de quienes recibió la imposición de manos, Ignacio de Antioquía, fue el que, para designar a la Iglesia fundada por Jesucristo, usó la expresión: «católica». Efectivamente, escribiendo a los cristianos de Esmirna les decía: «Donde está Cristo, allí está la Iglesia Católica».

 

 

El Magisterio

 

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

 

v  Se estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

v  Se investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

v  Se examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

v  Se comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

v  Se confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

 

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

 

è  Todo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

è  El AT fue superado y sobrepasado por el NT.

è  El AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

è  El AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

è  La Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

è  Las enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

è  En la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

 

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

 

q  Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

q  Documentos eclesiales (de la Iglesia)

q  Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

q  Derecho canónico

q  Liturgia

q  Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

 

Para informar todo esto al pueblo cristiano de una manera más asequible se editó el Catecismo de la Iglesia Católica, donde están todos los postulados de nuestra Fe, reunidos de la Biblia y de la Tradición de la Iglesia, y adaptados a la evolución de los tiempos. Así, el pueblo de Dios puede comprender mejor su Fe.

 

El Catecismo es, por así decirlo, la explicación actualizada de la Palabra de Dios. Una vez leído y comprendido, meditado y estudiado, se puede entender mucho mejor la Biblia.

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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La cuota inicial de tu casa*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

Una señora soñó que llegaba al cielo y se juntó a las miles de personas que mueren cada día. Estaba haciendo fila para saber cuál era su destino, cuando de pronto apareció San Pedro  y les dijo:

 

“Vengan conmigo y les mostraré en qué barrio está la casa que le corresponde a cada uno. Aquí la cuota inicial que se recibe para su habitación eterna es la caridad traducida en: obras de misericordia, comprensión, respeto por los demás e interés por la salvación de todos”.

 

Luego los fue guiando por barrios primorosos, como ella jamás hubiera pensado que pudieran existir.

 

Llegaron a un barrio con todas las casas de oro: puertas doradas, techos dorados, muros de oro, pisos de oro… ¡Qué maravilla! San Pedro exclamó: “Aquí se quedan todos los que invirtieron mucho en ayudar a los necesitados, aquellos a quienes su amor a los demás sí les costó en la tierra”.

 

Y fueron entrando todos los generosos, los que partieron su pan con el hambriento y regalaron sus vestidos a los pobres, los que consolaron presos y visitaron enfermos.

 

La señora quiso entrar, pero un ángel la detuvo diciéndole: “Perdone señora, pero usted en la tierra no daba sino migajas a los demás. Jamás dio algo que en verdad le costara, ni en tiempo, ni en dinero, ni en vestidos…, y este barrio es solamente para los generosos”. No la dejó entrar.

 

Pasaron luego a otro barrio de la eternidad. Todas las cosas construidas en marfil. ¡Qué blancura, qué primor! Los pisos en marfil, los techos en marfil…

 

La señora se apresuró para entrar a tan hermoso barrio, pero otro ángel la tomó del brazo y le dijo muy respetuosamente: “Me da pena, señora, pero este barrio es únicamente para aquellos que en el trato con los demás fueron delicados, comprensivos y bondadosos. Y usted fue muy dura, falsa y criticona, y a veces hasta grosera con el trato a las personas”.

 

Y mientras todos los que habían sido exquisitos en las relaciones humanas entraban a tomar posesión de sus lujosas habitaciones, la pobre mujer se quedó por fuera, mirando con envidia a los que iban entrando a tan esplendoroso barrio. Le faltó la cuota inicial: haber tratado bien a los demás.

 

Siguieron luego a un tercer barrio. Aquello era lo máximo en luminosidad y belleza. Todas las casas eran de cristal, pero de unos cristales excepcionalmente brillantes y hermosos. Paredes de cristal multicolores, techos de cristales refractarios, ventanas de cristales que parecían arcos iris.

 

La señora corrió a posesionarse de una de aquellas maravillosas mansiones, pero el ángel portero la detuvo y le dijo muy serio: “En su pasaporte dice que usted no se interesó por enseñar a las personas que estaban a su alrededor el camino del bien, la verdad, y este barrio es exclusivamente para las personas que ayudaron a los demás a buscar su felicidad. Aquí se cumple lo que anuncia el Profeta Daniel: ‘Quienes enseñen a otros a ser buenos, brillarán como estrellas por toda la eternidad’. Y usted nunca se preocupó para que las personas que conocía se volvieran mejores. Así que, aquí no hay casa para usted. Le falta la cuota inicial: Haber ayudado a otros a cambiar”.

 

Entristecida, la pobre mujer veía que entraban muchísimas personas radiantes de alegría a tomar posesión de su habitación eterna, mientras que ella, con un numeroso grupo de egoístas, era llevada cuesta abajo a un barrio verdaderamente feo y asqueroso; todas las habitaciones estaban construidas de basura, puertas de basura, techos de basura, paredes de basura. Los gallinazos sobrevolaban sobre aquella hediondez y los ratones y murciélagos rondaban por allí.

 

Ella se puso un pañuelo en la nariz  porque la fetidez era insoportable y quiso salir huyendo, pero el guardián del barrio le dijo con voz muy seria: “Una de estas casas será su habitación, puede pasar a tomar posesión de ella”.

 

La angustiada mujer gritó que no, que eso era horrible, que no sería capaz de habitar en ese montón de basuras, y el ángel le respondió: “Señora, esto es lo único que hemos podido construir con lo que usted envió desde la tierra como cuota inicial. Las habitaciones de la eternidad las hacemos con la cuota inicial que las personas mandan desde el mundo, y usted solamente nos enviaba egoísmo, maltrato a los demás, murmuraciones, críticas, palabras hirientes, tacañería, odio, rencores y envidia; además, usted utilizó a las personas de buen corazón que se acercaron a usted, y no le importó aprovecharse de ellas. En su vida terrenal no dejó entrar a su corazón la verdad de Dios, confundió el verdadero amor con una máscara física y no entendió a sus seres queridos. ¿Qué más podíamos haberle construido? Usted misma nos mandó el material para hacerle su casa”.

 

La mujer comenzó a llorar y a decir que no quería quedarse a vivir allí. Pero de pronto, al hacer un gran esfuerzo para separarse de quien la quería hacer entrar en semejante sitio, dio un salto y se despertó. Tenía la almohada empapada de lágrimas.

 

Esta pesadilla le sirvió de examen de conciencia. Desde entonces, empezó a pagar la cuota inicial de su mansión en la eternidad.

 

 

Autor desconocido

 

 

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‘Se están cumpliendo las profecías’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

Es enorme la cantidad de cristianos que están afirmando que ya llegó el fin de los tiempos, que ya viene Jesucristo, que pronto se acabará el mundo… Se oyen voces de expertos que están alarmando a la población con frases de la Biblia en las que se develan —según ellos— los acontecimientos «claves» que lo demuestran o, también, en mensajes o profecías de algunos videntes que recibieron de parte de la Virgen o de otros.

 

En el texto sagrado se lee lo que Jesús enseñó al respecto:

 

Como Jesús después se sentara en el monte de los Olivos, los discípulos se acercaron y le preguntaron en privado: «Dinos cuándo ocurrirá todo eso. ¿Qué señales anunciarán tu venida y el fin de la historia?» Jesús les contestó: «No se dejen engañar: ustedes oirán hablar de guerras y de rumores de guerra. Pero no se alarmen; todo eso tiene que pasar, pero no será todavía el fin. Unas naciones lucharán contra otras y se levantará un reino contra otro reino; habrá hambre y terremotos en diversos lugares. Esos serán los primeros dolores del parto. (Mt 24, 3-4. 6-8; Mc 13, 7-8)

«No se asusten si oyen hablar de guerras y disturbios, porque estas cosas tienen que ocurrir primero, pero el fin no llegará tan de inmediato.» (Lc 21, 9)

 

Dos aspectos principales deben destacarse de estas frases de quien se llamó a sí mismo «la Verdad»: que no nos alarmemos, puesto que no será todavía el fin. ¿Por qué, entonces, asustarnos y angustiarnos con esos mensajes alarmantes?

 

Además, Jesús nos da la razón:

 

«Porque primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones.» (Mc 13, 10)

«Esta Buena Nueva del Reino será proclamada en el mundo entero, y todas las naciones oirán el mensaje; después vendrá el fin.» (Mc 24, 14)

 

Si el que es la misma Verdad afirma que primero el Evangelio tiene que ser proclamado en todas las naciones y todas oirán el mensaje, podemos deducir que todavía no llegará el fin.

 

Pero lo que nos puede ayudar más es otra aseveración de Jesucristo:

 

«Por lo que se refiere a ese Día y cuándo vendrá, nadie lo sabe, ni siquiera los ángeles de Dios, ni aun el Hijo, sino solamente el Padre.» (Mt 24, 36; Mc 13, 32)

 

Ni siquiera los ángeles lo saben ¡Ni siquiera el Hijo de Dios lo sabe!, solo el Padre. Por lo tanto, ¿quiénes son esos videntes o «expertos»? ¿Saben lo que el mismo Jesús ignora?

 

El Salvador dejó claro lo que debemos hacer mientras tanto:

 

«Por eso estén despiertos, porque no saben en qué día vendrá su Señor. Fíjense en esto: si un dueño de casa supiera a qué hora de la noche lo va a asaltar un ladrón, seguramente permanecería despierto para impedir el asalto a su casa. Por eso, estén también ustedes preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que menos esperan.» (Mt 24, 42-44)

 

Y, ¿cómo estar preparados? Jesús también contestó esa pregunta:

 

«Cuiden de ustedes mismos, no sea que una vida materializada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso, pues se cerrará como una trampa sobre todos los habitantes de la tierra. Por eso estén vigilando y orando en todo momento, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder y estar de pie ante el Hijo del Hombre.» (Lc 21, 34-36)

 

Según el Redentor, todo esto es lo que tenemos que hacer para salvarnos.

 

«Manténganse firmes y se salvarán.» (Lc 21, 19)

 

Y entenderemos que lo que está sucediendo no es para angustiarnos:

 

«Cuando se presenten los primeros signos, enderécense y levanten la cabeza, porque está cerca su liberación.» (Lc 21, 28)

 

 

 

 

 

 

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Corregir al que yerra

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Si tú no se lo adviertes, si no hablas de tal manera que ese malvado deje su mala conducta y así salve su vida, ese malvado morirá debido a su falta, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. En cambio, si se lo adviertes al malvado y él no quiere renunciar a su maldad y a su mala conducta, morirá debido a su falta, pero tú habrás salvado tu vida. (Ez 3, 18b-19)

Algunos se toman tan en serio y tan equivocadamente esta cita, que faltan al principal mandamiento, que es la caridad cristiana: corrigen a diestra y siniestra cuanto error ven con sus ojos nublados por un afán enfermizo que busca la perfección en los demás, sin ver las propias fallas.

Otros asimismo lo toman en serio, pero no saben cómo hacer. Llenos de miedo, se preguntan si los rechazarán, si estarán haciendo lo correcto, si no sería mejor esperar… Los confundirá aquello que tanto se nos repitió con tanto énfasis: “¡Vive y deja vivir!”, “Respeta la libertad de los demás”, “Que cada uno haga lo que quiera”, etc.

Y están también los que no se lo toman en serio. Nada hacen al respecto.

¿Qué es lo correcto? ¿Cómo debemos actuar los cristianos? Obedecer el mandato divino, por supuesto. Pero, ¿en qué circunstancias, cuándo, cómo?

San Francisco de Asís dio una enriquecedora respuesta, que es universal, general, para todos los casos: Que mi ejemplo de vida sea un testimonio tal que per se lleve a los demás a cuestionarse su propia conducta, que mi vida sea una corrección para los que yerran.

Y, ¿en los casos particulares?

A los extraños que te pregunten dales la respuesta.

A los extraños que no te pregunten dales ejemplo.

Y a todos los cercanos, después de haber orado por ellos para que sean receptivos, después de haber orado por ti para que el Espíritu Santo te llene de sabiduría y después de ofrecer algún pequeño sacrificio por ellos, diles toda la verdad con la mayor caridad posible. El resultado siempre será positivo, aunque no lo notes, pues no actuaste solo: Dios lo hizo contigo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Compromisos del cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

1.     Hacer santa mi vida, cumpliendo cabalmente con cada una de mis obligaciones familiares, laborales y sociales. Esta es mi principal vocación: amar eficaz y efectivamente a cada uno de mis familiares, ser un trabajador honesto y responsable, y actuar como un buen ciudadano; todo irradiando paz y alegría. No cumplir estos deberes queriendo llevar a cabo otros compromisos apostólicos sería un desorden que Dios no quiere.

2.     Que la Fe, la Esperanza y la Caridad se noten en cada uno de mis actos y actitudes.

3.     Ofrecer las molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores —a veces pequeños, a veces grandes— que me sobrevengan, para que, unidos a la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, tengan valor redentor y reparador.

4.     Asimismo, ofrecer mis trabajos y actividades cotidianas por la salvación de las almas y por la gloria de Dios.

5.     Renovar, cuantas veces pueda, el Sacrificio de Cristo asistiendo a la Eucaristía. Comulgar con frecuencia. Visitar con asiduidad al Santísimo Sacramento.

6.     Honrar a la Bienaventurada Madre de Dios y siempre Virgen María. Tenerla como especial protectora. Meditar de cuando en cuando los acerbísimos dolores que sufrió en la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

7.     Recibir frecuentemente el Sacramento de la Reconciliación.

8.     Tratar de vivir la pobreza dentro de mi estado: estar sin apegos por las criaturas (cosas, personas, ideas ni por mí mismo), hasta tener el corazón vacío de todo y lleno del Amor de Dios, con el que me entregaré a luchar primero por la felicidad de mis seres queridos, y luego por toda la humanidad.

9.     Tener presente que las cosas que poseo son medios, no fines.

10.                       Vivir con sobriedad, no tener cosas de sobra, administrar los bienes con prudencia y ejercer la caridad.

11.                       Buscar en todas mis acciones, palabras y pensamientos únicamente la gloria de Dios.

12.                       Recordar que la pureza es ser indiferente a todo lo que no sea amor.

13.                       Hacer que la humildad sea mi principal virtud: quiero ser el último de todos, el servidor de todos, el esclavo de todos: en mi casa, en mi trabajo y en la sociedad, como Jesús (cf. Mc 9, 35; Mc 10, 43-45; Mt 20, 26-28; Mt 23, 11).

14.                       Ser obediente al Magisterio de la Iglesia y a mi director espiritual.

15.                       Si he de corregir a alguien, que sea con mi amor y con mi ejemplo.

16.                       Leer, meditar y estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica, la Biblia y el Código de Derecho Canónico.

17.                       De igual forma, leer los documentos del Magisterio de la Iglesia, con especial atención el capítulo IV de la constitución Lumen Gentium: «Los Laicos», del Concilio Vaticano II, y a la constitución Gaudium et Spes, también del Concilio Vaticano II.

18.                       Hacer, al menos, una oración diaria por el Papa, los Obispos y los Presbíteros (especialmente por mi párroco).

 

 

 

 

 

 

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Cómo actuar ante las agresiones

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Cuando alguien es agredido constantemente, ¿debe soportar cristianamente esas ofensas?, ¿debe poner la otra mejilla, como enseñó Jesús?

¿Hasta qué punto esa actitud sería  masoquista?, ¿no es un error quedarse callado para que la situación se torne cada vez peor?, ¿no es mejor hablar con el agresor para que detenga los ataques?, ¿debe detenerlo usando cualquier medio, para preservar la dignidad que tiene como hijo de Dios?…

Se mezclan aquí dos actitudes: la de poner la otra mejilla propuesta por Jesús y la obligación que tenemos de hacer respetar nuestra dignidad de hijos de Dios.

¿Cómo conciliar ambos criterios? ¿Cuál es el justo medio que, como decía santo Tomás, es el punto que define toda virtud?

El criterio cristiano nos dicta las normas básicas: es necesario, primero, orar mucho por el agresor; después, ofrecer pequeños sacrificios por él; por último, en el momento más oportuno, hablarle con amor cristiano, explicándole que estamos preocupados por su comportamiento, no tanto por lo que nos hace sufrir, sino por su salud espiritual, por su salvación, recordándole que Dios, que todo lo ve, está observando su conducta.

Si ese “momento oportuno” no se da, debemos asumir que el mal que hay que erradicar es más grande y que requiere de mayor trabajo espiritual; por lo tanto, debemos deducir que el Señor quiere que oremos más, que ofrezcamos más mortificaciones por quien nos agrede, antes de hablar con él.

Pero si todo lo dicho no da resultado —especialmente si con ese comportamiento se van a perjudicar otros—, después de un tiempo prudencial, es necesario poner todos los medios humanos para evitar ese daño.

Para entender mejor esto conviene poner un ejemplo. El caso más frecuente es el de una mujer que es violentada verbal y psicológicamente por su marido y que, además, le es infiel. Ella, siguiendo el consejo descrito arriba, ora y ofrece pequeños sacrificios y habla con él, pero nada consigue.

Supongamos que se trata de una mujer que trabaja y que con ese trabajo puede mantenerse a sí misma y a sus hijos; hará bien en separarse de su marido, pues no es cristiano tolerar esas agresiones y, sobre todo, permitir que sus hijos sean expuestos a ese ambiente de gritos, insultos, humillaciones y burlas (la infidelidad es también una burla)…

Pero si la mujer depende económicamente de su marido y sus hijos son pequeños todavía, además de poner toda la diligencia para buscar trabajo, debe acudir a la autoridad competente (una comisaría o inspección de familia, juzgado de familia, la fiscalía…), y presentar el caso, para recibir asesoría psicológica y/o ayuda legal, de modo que se corrija esa conducta injusta.

Y mientras se llevan a cabo esos trámites, si no se logran evitar algunas agresiones, conviene soportarlas cristianamente, como san Pablo lo recomendó y como Cristo lo hizo, por amor a los hijos y ofreciéndolas por ellos y por la conversión de su esposo.

 

 

 

 

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Los dioses de la ciencia y la tecnología

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

«Y la van a adorar todos los habitantes de la tierra» (Ap 13, 8). ¿A quién? Al conocimiento humano, a los adelantos científicos, a la tecnología. Porque estos son tan impresionantes, que no acaba de salir algo novedoso, cuando ya está en estudio o a punto de salir otro.

 

Y, sutil como siempre, la diferencia entre admirar y adorar es velada por el endiosamiento: admirar la inteligencia humana es muy distinto a ponerla en el lugar de Dios. Por eso, muchos hombres y mujeres olvidan a su Creador, por eso se alejan de sus mandatos de amor, por eso se deshacen la moral y las buenas costumbres, y todo es sopesado por los avances científicos o tecnológicos con altanería: ya que lo último es lo mejor, todo lo pasado es malo, trátese tanto de aparatos electrónicos como de creencias religiosas; así, hasta la religión católica es relegada al pasado con el rechazo consiguiente de la humanidad a todo lo que “significó”.

 

Los dioses de la tecnología y la ciencia dominan las mentes de muchos, hasta el punto de exigir para la fe pruebas científicas. Y no las hay, ya que su sentido primero y principal no ni siquiera el de mero asentimiento intelectual a una verdad religiosa, sino el de vivencia existencial de esa verdad, o, en otras palabras, el de adhesión vital a Dios. La fe remite, pues, al abandono en manos de Dios, en cuanto el hombre renuncia a fiarse de sí mismo y se confía totalmente a la palabra poderosa y providente de Dios. La fe es la primera de las tres virtudes teologales: luz y conocimiento sobrenatural con que sin ver se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone. Finalmente, la fe es el conjunto de creencias de alguien, de un grupo o de una multitud de personas.

 

Esa petición de pruebas científicas, por tanto, es absurda y altanera, ya que procura aminorar a los límites de la razón algo tan grande y tan profundo.

 

 

 

 

 

 

 

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¿Censurar al sacerdote?*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Nunca se debe censurar al Sacerdote, aun cuando se piense que es culpable de algún error. Al contrario, se debe rogar por él, y hacer penitencia para que se le devuelva mi gracia. Solamente el Sacerdote me representa; así es, ¡aun cuando no viva según mi ejemplo!

 

Cuando un Sacerdote cae, se le debe extender la mano a través de la oración, y no por medio de la censura. Yo mismo seré su juez; ¡solamente yo, y nadie más! Quien censura a un Sacerdote me lo hace también a Mí.

 

Hija mía, nunca permitas que se ataque al Sacerdote, defiéndelo siempre.

 

Hija mía, nunca juzgues a tu confesor. Antes bien, reza mucho por él, y ofrece la santa comunión por su intención  cada jueves, a través de las manos de mi santísima Madre.

 

Ya no vuelvas a aceptar ninguna palabra contra ningún Sacerdote, y no vuelvas a pronunciar palabras ásperas [contra ellos]. Aunque fuera cierto. ¡Cada Sacerdote es mi representante!, y mi Corazón se siente triste y ofendido con tal insulto! Cuando oigas algún juicio contra un Sacerdote reza un avemaría por él.

 

Si ves a un Sacerdote celebrar la Santa Misa indignamente, nunca debes decir nada a nadie; ¡cuéntamelo a Mí solamente!

 

En el Altar Yo estoy junto a él, estoy a su lado. ¡Oh, hay que rezar mucho por mis Sacerdotes, para que amen la pureza sobre todas las cosas y para que celebren el santo Sacrificio de la Misa con manos puras y corazones castos! Ciertamente, el santo Sacrificio es igual aun cuando sea celebrado por un Sacerdote indigno, ¡pero las gracias derramadas sobre el pueblo no son iguales!

 

(Revelación de Nuestro Señor a Mutter Vogel)

 

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¿Celibato en los religiosos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

El hombre es el complemento de la mujer y esta el de aquel. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona histórica, concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de uno por otra —o viceversa—, porque ella —o él— es la imagen de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa: Signo sensible de un efecto interior y espiritual.

Adorar a una mujer, por ejemplo, es idolatría. El camino apropiado es amar y adorar a Dios en la imagen de la esposa; o amar y adorar a Dios en la imagen del esposo.

En cambio, la virginidad, como tal, no necesita del Sacramento, del signo: Dios se convierte en el esposo del alma. ¡El religioso alcanza la realidad frontalmente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad es lo significado. La virginidad, entonces, viene a ser la realidad definitiva del hombre y de la mujer complementada por Dios. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento, con signo (Sacramento) o sin él.

Para los casados, el matrimonio debe constituirse en un signo eficiente de esa virginidad así entendida, que también ellos deben vivir: todas sus acciones están encaminadas a lograr la verdadera y única felicidad en Dios, quien es su auténtico complemento.

El religioso se entrega directamente a Dios; no necesita el signo, es decir, no necesita el Sacramento. Tiene la realidad que verdaderamente lo complementa: Dios.

Por consiguiente, el religioso está por encima de los deseos sexuales del matrimonio; y realmente los desprecia, puesto que ya posee lo que el matrimonio apenas promete. Por esto mismo está muy lejos de las inconstancias y de los vaivenes de las pasiones. He aquí la razón por la cual todos los religiosos abrazan libremente el celibato.

Para ejercer la sexualidad, entonces, basta el encuentro íntimo y sincero del yo personal que trasciende la señal física. Así, un religioso, por ejemplo, puede llegar a vivir su sexualidad mucho mejor que un padre de familia.

Esto no quiere decir que, como camino hacia la santidad, el celibato sea mejor que el matrimonio. Por un lado, tiene la ventaja de estar directamente con Dios, de haberse entregado directamente a Él; pero al casado le queda más fácil, más tangible, ver en la realidad de su cónyuge la expresión de Dios, y buscar en él (o en ella) su complemento.

Así, pues, no existen dos categorías de cristianos: todos están obligados a optar radicalmente por Dios. Además, su mayor o menor virtud no depende del estado —soltero o casado— en sí, sino del modo de vivir en ese estado.

De todo esto resulta que la dignidad del ser humano solo acepta dos opciones: entregarse por completo en el matrimonio a su cónyuge —la imagen de Dios—, o vivir una virginidad total, dirigiendo su amor, sin intermediarios, al Creador.

Así, todo amor es legítimo cuando termina y descansa en Dios.

 

 

 

 

 

 

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¿Actuamos como católicos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

Se citaron en el Capitolio a los defensores de la vida y a los promotores del aborto para un debate sobre el nuevo Proyecto de Ley.

Hubo vehemencia, indirectas, frases soterradas, estadísticas erróneas, y hasta irrespeto. El público, desatendiendo la indicación de la presidencia, elevó fotografías de abortos, puso pancartas, aplaudió y voceó…

 

Para defender nuestros criterios hay muchas armas. Pero no de todas nos podemos valer:

«No salga de sus bocas ni una palabra mala, sino la palabra que hacía falta y que deja algo a los oyentes. No entristezcan al Espíritu Santo de Dios; este es el sello con el que ustedes fueron marcados y por el que serán reconocidos en el día de la salvación. Arranquen de raíz de entre ustedes disgustos, arrebatos, enojos, gritos, ofensas y toda clase de maldad. Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo.» (Ef 4, 29-32)

 

Y, cuando nos agreden o nos tratan de engañar con mentiras, estadísticas falsas o verdades a medias, debemos actuar como san Pedro y san Pablo nos enseñaron:

«No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien bendigan, pues para esto han sido llamados; y de este modo recibirán la bendición.» (1Pe 3, 9)

«Cuiden que nadie devuelva a otro mal por mal, sino constantemente procuren el bien entre ustedes y con los demás.» (1Tes 5, 15)

«Si nos insultan, bendecimos; nos persiguen y lo soportamos todo.» (1Co 4, 12b)

 

Aun cuando tengamos la verdad:

«Bendigan a quienes los persigan: bendigan y no maldigan. […] No busquen grandezas y vayan a lo humilde; no se tengan por sabios. No devuelvan a nadie mal por mal, y que todos puedan apreciar sus buenas disposiciones.» (Rm 12, 14-17)

 

Al contrario, soportemos y perdonemos todo:

«Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo.» (Col 3, 13)

 

Y hagámoslo todas las veces que sea necesario:

Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No te digo siete, sino setenta y siete veces.» (Mt 18, 21-22)

 

Entonces, ¿qué hacer con los que defienden el aborto y lo hacen agrediendo?

«Yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque Él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman[1], ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo.» (Mt 5, 44-48)

«Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea en una mejilla, preséntale también la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo, no se lo reclames. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores obran así. […] Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande, y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. (Lc 6, 27-36)

 

En la Palabra de Dios se nos enseñó cómo derrotar el mal:

«No te dejes vencer por el mal; más bien derrota al mal con el bien.» (Rm 12, 21)

 

Y al que nos ataca:

«No lo consideren como enemigo, sino corríjanlo como a hermano.» (2Tes 3, 15)

 

Aprendamos de los mártires:

Después [Esteban] se arrodilló y dijo con fuerte voz: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado.» Y dicho esto, se durmió en el Señor. (Hch 7, 60)

 

Por eso, san Pablo de la Cruz (1694-1775) nos recomienda lo que cada uno debe hacer: «vencerme a mí mismo, devolviendo bien por mal, amor por odio, humildad por desprecio y paciencia por impaciencia.» (Muerte Mística, nº XVI) Esta es la cruz que Jesús nos pide.

 

El secreto del éxito en nuestras empresas apostólicas es la oración y el sacrificio unido a la cruz de Cristo. Por eso, en vez de pelear y ofender, rezar y aceptar la cruz es el camino más eficaz. No hacerlo fue lo que hizo llorar a san Pablo:

«Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando.» (Flp 3, 18)

Llorando estamos los que vemos que no ha arraigado el amor de Jesús en los corazones de los católicos…


[1] Se podría decir: «Si ustedes aplauden solamente a los que piensan como ustedes…»

 

 

 

 

 

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Católicos de verdad

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Se buscan católicos que conozcan la tríada fundamental de nuestra Fe: la creación, la Encarnación y la Redención.

Se buscan católicos que estén conscientes de la lucha que libran los enemigos de Dios con el fin de conquistar almas para su eterna perdición. Se buscan católicos que recuerden que Satanás y otros espíritus malignos discurren por el mundo para la perdición de las almas, y que actúen en consecuencia.

Se buscan católicos que vivan una lucha interior —ascética— para desterrar de sus vidas los malos hábitos y para forjar nuevas virtudes, especialmente las teologales y las cardinales… Se buscan católicos que no teman enseñar a otros esa ascética como combate diario para conseguir la salvación eterna.

Se buscan católicos que tengan la convicción de en la celebración de la Santa Misa está la entraña misma de la Redención, y que no es un simple rito externo, representativo de la Iglesia Católica a la que se asiste para llenar el vacío de Dios con el que cargan a cuestas. Se buscan católicos que crean realmente en la transubstanciación, en la presencia real de Jesús en la Hostia y Vino consagrados, en el sacrificio único e incruento que se realiza por amor… Se buscan católicos que sepan, por eso, cuándo estar sentados, de pie o arrodillados y qué significan esas posturas; que sepan cómo y cuándo hacer una genuflexión o una inclinación de la cabeza, el sentido presidencial de algunas oraciones litúrgicas y que por eso no debe decir más que el celebrante…

Se buscan católicos que, al entrar a una iglesia vean, con los ojos de la Fe, los coros angélicos que rodean todo tabernáculo en donde son alabados por igual el Hijo de Dios sacramentado, el Padre y el Espíritu Santo, para que entren con respeto a unirse con los santos a esas alabanzas angélicas; y no católicos que entran a estos sitios sagrados como si fueran teatros…

Se buscan católicos que se lean y aprendan el Catecismo de la Iglesia Católica, compendio fácil y asequible de la Biblia, la Tradición de la Iglesia y su Magisterio actualizados; así se conocerían mejor los postulados de nuestro credo, los Sacramentos, los Mandamientos de Dios y de la Iglesia y el modo de hacer oración…

Se buscan católicos que no les dé miedo hacer apostolado con el ejemplo y con la palabra —prevenida de oración y sacrificios— para incrementar la grey del Pastor Supremo. Se buscan católicos que no le huyan a la palabra “cruz”, para completar en sus cuerpos lo que le falta a Cristo para redimir y para reparar… Se buscan católicos que no confíen en sí mismos ni en sus propias fuerzas para realizar las obras pastorales, sino que confían exclusivamente —y valientemente— en la fuerza de Dios, quien no ha perdido su poder para hacer milagros; católicos que saben que el Espíritu Santo escribió en la Biblia que Él no nos faltará y que, por lo tanto, triunfará a través nuestro.

Se buscan católicos que crean que los que están alejados de Dios, incluso los guerrilleros, paramilitares y narcotraficantes, serán vencidos por el amor de Dios si oramos, nos portamos como Dios quiere y ofrecemos nuestras penas por ellos…

Se buscan católicos que amen la obediencia (santa, como decía san Francisco de Asís) al Papa, a los concilios, a los sínodos… ¡Al Magisterio! Es que la obediencia es la eficacia de Jesús, porque, «tomando la condición de servidor, se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz» (Flp 2, 7-8). Además, la obediencia es la mayor humildad, virtud “base” de la vida espiritual; pero, sobre todo, la humildad es el arma más poderosa para derrotar al padre de la soberbia, nuestro principal enemigo.

Se ofrece a los aspirantes una vida temporal no exenta de sufrimientos pero llena de paz y gozo interiores, y la vida eterna junto a Dios, único que puede llenar las ansias que tenemos de felicidad.

Interesados, llamar a Dios a través de la oración diaria o comunicarse con el sacerdote más cercano.

 

 

 

 

 

 

 

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¿Castigo de Dios?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

Son muchos los argumentos para explicar las causas de los desastres terroristas: cumplimiento de las profecías de Nostradamus, de otros videntes, astrólogos o adivinadores; anuncios de la Virgen; presagios dados en el Apocalipsis… Pero lo que más se repite es que esto ha sido un castigo de Dios.

 

Al respecto nacen muchas dudas: ¿A quién quería Dios castigar?¿No se supone que Dios también es infinitamente bueno? ¿Por qué castiga?… ¿No es verdad que el castigo que merecemos por nuestras malas acciones nos será aplicado en el infierno o en el purgatorio?

 

Por otra parte, decir que es un castigo de Dios es juzgar las intenciones de Dios. Es grande la ignorancia que hay sobre la manera de ser de Dios: le viven atribuyendo las consecuencias de las malas acciones humanas, cuando Él es infinitamente misericordioso y busca siempre nuestro bien. Lo que pasa es que Él deja en libertad al hombre, quien con frecuencia se desvía y comete el mal.

 

La verdadera causa del ataque terrorista es la maldad de algunos seres que se dejan llevar por el fanatismo ideológico y sus pasiones personales hasta un grado diabólico. Las pretendidas profecías de Nostradamus, otros videntes, astrólogos o adivinadores son siempre vagas y se pueden adaptar a todo; los anuncios de la Virgen María son signos de la misericordia divina, que llaman a la oración, a la conversión y a la penitencia; el Apocalipsis nada tiene qué ver con estas cosas…

 

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

 

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

 

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

 

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

 

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

 

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

 

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

 

Pero hay también ocasiones en las que Dios, con su sabiduría y su bondad infinita, sabe que no nos conviene pasar por ese dolor y decide actuar: por nuestros ruegos o los de otros (incluyendo la intercesión de los santos y/o ángeles), interviene en el decurso normal de nuestra historia, cambiándolo, siempre para nuestro bien. Y esta intervención es también un acto de Amor divino.

 

Nosotros, pobres criaturas, no comprenderemos totalmente el misterio de la infinita sabiduría de Dios, siempre guiada por el inefable e infinito amor que tiene por sus hijos.

 

En síntesis, los autores de esos crímenes hicieron, por odio y fanatismo, lo contrario a lo que hizo el Hijo de Dios: entregar la vida, por Amor, para salvarnos.

 

 

 

 

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Carta de Dios*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

 

¿Lo saben los hombres?

Un padre tenía un hijo único: ricos, poderosos, vivían rodeados de servidores, de bienestar; perfectamente dichosos; de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el padre era la felicidad de su hijo y este la de su padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria los movía a compasión.

Entre los servidores de este bondadoso señor, uno enfermó gravemente, y estaba a punto de morir si no se lo atendía con remedios enérgicos y con asiduos cuidados.

Mas el servidor era pobre y vivía solo.

¿Qué hacer? ¿Dejarlo morir? La nobleza de sentimientos del señor no puede consentirlo.

¿Enviará para cuidarlo a otro de sus criados? Tampoco estaría tranquilo, porque cuidándolo más por interés que por afecto, le faltarían tal vez mil detalles y atenciones que el enfermo necesita.

Compadecido, el padre confía a su hijo su inquietud respecto del pobre enfermo; le dice que con asidua asistencia podría curarse y vivir muchos años aún. El hijo, que ama a su padre, y comparte su compasión, se ofrece a cuidar al servidor con esmero, sin perdonar trabajo, cansancio ni solicitud, con tal de conseguir su curación.

El padre acepta; sacrifica la compañía de su hijo y este las caricias de su padre y, convirtiéndose en siervo, se consagra a la asistencia del que es verdaderamente su servidor. Le prodiga mil cuidados y atenciones, le provee de cuanto necesita, no sólo para su curación sino aun para su bienestar de suerte que, al cabo de algún tiempo, el enfermo recobra la salud.

Penetrado de admiración por cuanto su señor ha hecho por él, el servidor pregunta de qué manera podría demostrarle su agradecimiento.

El hijo le aconseja que se presente a su padre, y ya que está curado, se ofrezca de nuevo a él, como uno de sus más fieles servidores.

Así lo hace, y reconociéndose su deudor, emplea cuantos medios están a su alcance, para publicar la caridad de su señor; más aún, se ofrece a servirlo sin interés, pues sabe que no necesita ser retribuido como criado, el que es atendido y tratado como hijo.

Esta parábola es pálida figura del amor que mi Corazón siente por las almas y de la correspondencia que espero de ellas. La explicaré poco a poco, pues quiero que todos conozcan los sentimientos de mi Corazón.

 

Dios creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Mas el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Dios no necesita para ser feliz ni del hombre, ni de sus servicios; se basta a sí mismo; su gloria es infinita; nada ni nadie puede menoscabarla.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado.

El Padre entrega a su Hijo; este sacrifica su gloria y la compañía de su Padre, descendiendo a la tierra, no en calidad de señor rico, de poderoso, sino en condición de siervo, de pobre, de niño.

La vida que llevó sobre la tierra todos la conocéis.

Bien sabéis que desde el primer instante de mi encarnación me sometí a todas las miserias de la naturaleza humana.

Pasé por toda clase de trabajos y de sufrimientos; desde niño sentí el frío, el hambre, el dolor, el cansancio, el peso del trabajo, de la persecución, de la pobreza.

El amor me hizo escoger una vida oscura, como un pobre obrero; más de una vez fui humillado, despreciado, tratado con desdén, como hijo de un carpintero. ¡Cuántos días, después de haber soportado mi padre adoptivo y yo, una jornada de rudo trabajo, apenas teníamos por la noche lo necesario para el sustento! ¡Y así pasé treinta años!

Más tarde, renunciando a los cuidados de mi Madre, me dediqué a dar a conocer a mi Padre Celestial. A todos enseñé que Dios es caridad.

Pasaba haciendo el bien a los cuerpos y a las almas.

A los enfermos devolvía la salud, a los muertos la vida. A las almas… ¡Oh! ¡las almas!… les daba la libertad que habían perdido por el pecado y les abría las puertas de su verdadera y eterna patria, pues se acercaba el momento en que para rescatarlas, el Hijo de Dios iba a dar por ellas su Sangre y su vida.

Y ¿cómo iba a morir?… ¿Rodeado de sus discípulos?… ¿Aclamado como bienhechor?… No, almas queridas, ya sabéis que el Hijo de Dios no quiso morir así… El que venía a derramar amor fue víctima del odio. El que venía a dar libertad a los hombres fue preso, maltratado, calumniado; el que venía a traerles la paz es blanco de la guerra más encarnizada. Sólo predicó la mutua caridad y muere en Cruz entre ladrones. ¡Miradlo pobre, despreciado, despojado de todo!

¡Todo lo ha dado por la salud del hombre!

Así cumplió el fin por el cual dejó voluntariamente la bienaventuranza que gozaba al lado de su Padre. El hombre estaba enfermo y el Hijo de Dios bajó hasta él, y no sólo le devolvió la vida por su muerte, sino que le dio también fuerzas y medios con qué trabajar y adquirir la fortuna de su eterna felicidad.

¿Cómo ha correspondido el hombre a semejante favor? ¿Se ofrece, a ejemplo del servidor, a trabajar por su dueño con fidelidad y sin interés de retribución?

Preciso es distinguir las diferentes respuestas del hombre a Dios.

 

La respuesta de los hombres

Unos me han conocido verdaderamente y, movidos por impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de mi Padre, sin ningún interés personal.

Preguntando qué podrían hacer para trabajar por su Señor con más fruto, mi Padre les ha respondido: “Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto yo te pida”.

 

Otros sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos y, llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

A estos, mi Padre les ha dicho: “Guardad la Ley que os ha dado vuestro Dios y Señor. Guardad mis mandamientos y, sin desviaros a derecha ni a izquierda, vivid en la paz de mis fieles servidores”.

 

Otros no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

No son servidores voluntarios, pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor; pero como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden.

 

Otros, en fin, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos.

 

Pero… ¿se han presentado todos los hombres para ofrecerse al servicio de su Dios y Señor?… ¿Han conocido todos el amor inmenso que tiene hacia ellos? ¿Saben agradecer cuanto Jesucristo les ha dado? ¡Ah! , muchos lo ignoran, muchos, conociéndolo, lo desprecian.

A todos Jesucristo va a decirles una palabra de amor.

 

Hablaré primero a los que no me conocen: sí; a vosotros, hijos queridos, que desde vuestra tierna infancia, habéis vivido lejos de vuestro Padre. ¡Venid! Voy a deciros por qué no lo conocéis y, cuando sepáis quién es y qué Corazón tan amoroso tiene, no podréis resistir a su amor.

Con frecuencia sucede que los hijos que han vivido lejos de sus padres no los aman; mas, cuando conocen la dulzura que encierra el amor paterno y sus desvelos, llegan a amarlos con más ternura aún que aquellos que nunca han salido de su hogar.

 

A las almas que no sólo no me aman sino que me aborrecen y me persiguen, preguntaré: ¿por qué me odiáis así?… ¿Qué os he hecho yo, para que me persigáis de ese modo?…

¡Cuántas almas hay que nunca se han hecho esta pregunta! Y hoy, que se la hago yo, tendrán que responder: –No lo sé”.

Yo responderé por ellas: no me conociste cuando niño, porque nadie te enseñó a conocerme; y a medida que ibas creciendo en edad, crecían en ti también las inclinaciones de la naturaleza viciada, el amor por los placeres, el deseo de goces, de libertad, de riquezas.

Un día oíste decir que para vivir bajo mi Ley es preciso soportar al prójimo, amarlo, respetar sus derechos, sus bienes; que es necesario someter las propias pasiones… y como vivías entregado a tus caprichos, a tus malos hábitos, ignorando de qué ley se trataba, protestaste diciendo: “¡No quiero más ley que mi gusto! ¡Quiero gozar! ¡Quiero ser libre!

Así es como empezaste a odiarme, a perseguirme.

Pero yo, que soy tu Padre, te amo con amor infinito y mientras te rebelabas ciegamente y persistías en el afán de destruirme, mi Corazón se llenaba más y más de ternura hacia ti. Así transcurrieron un año, dos, tres, tantos cuantos sabes que has vivido de ese modo.

Hoy no puedo contener por más tiempo el impulso de mi amor y, al ver que vives en continua guerra contra quien tanto te ama, vengo a decirte yo mismo quién soy.

Hijo querido, yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

 

Ahora vamos a hablar a esta pobre alma que me persigue porque no me conoce. Hijo querido: voy a decirte quién soy yo y quién eres tú. Soy tu Dios y tu Padre. ¡Tu Creador y tu Salvador!… Tú eres mi criatura, mi hijo y mi redimido, porque al precio de mi Sangre y de mi vida te rescaté de la tiranía y de la esclavitud del pecado.

Tienes un alma grande, inmortal, creada para gozar eternamente; posees una voluntad capaz de obrar el bien y un corazón que necesita amar y ser amado.

Si buscas alimentar este amor de cosas terrenas y pasajeras, nunca lo saciarás. Tendrás siempre hambre, vivirás en perpetua guerra contigo mismo, triste, inquieto, turbado.

Si eres pobre y tienes que trabajar para ganar el sustento, las miserias de la vida te llenarán de amargura. Sentirás odio contra tus amos y quizá, si pudieras, destruirías sus bienes para reducirlos a vivir como tú, sujetos a la ley del trabajo. Experimentarás cansancio, rebeldía y desesperación pues la vida es triste y al fin has de morir…

Sí, mirado naturalmente, todo eso es triste. Pero yo vengo a mostrarte la vida como es en realidad, no como tú la ves.

Aunque seas pobre y tengas que ganarte tu sustento y el de tu familia, aunque te veas sujeto a un amo, no eres esclavo. Fuiste creado para ser libre.

Si vas buscando amor y no logras satisfacer tus ansias, es porque fuiste creado para amar no lo temporal, sino lo eterno.

Esa familia que amas, por la que te afanas en procurar su subsistencia, su bienestar y su felicidad en la tierra, debes amarla sin olvidar que un día tendrás que separarte de ella, aunque no para siempre.

Ese dueño a quien sirves y para quien trabajas, debes amarlo, respetarlo, cuidar de sus intereses y procurar aumentárselos con tu trabajo y tu fidelidad; mas ten presente que sólo será tu señor por unos cuantos años, pues esta vida pasa pronto y conduce a la otra que no acabará jamás, y que será feliz. Allí no servirás sino que reinarás por toda la eternidad.

Tu alma, creada por un Padre que te ama, no con un amor cualquiera sino con un amor eterno e infinito, irá al lugar de eterna dicha que este Padre te prepara.

Allí encontrarás el amor que responderá a tus anhelos.

Allí vivirás la verdadera vida, de la que no es más que una sombra que pasa, esta de la tierra: el cielo no pasará jamás.

Allí el trabajo que hiciste y soportaste en la tierra será recompensado.

Allí encontrarás a la familia que tanto amabas y por la que derramaste el sudor de tu frente.

Allí te unirás con tu Padre, con tu Dios. ¡Si supieras qué felicidad te espera!…

Quizá al oír esto dirás: “¡Yo no tengo fe! No creo en la otra vida”.

¿No tienes fe?… ¿No crees en Mí?… Pues si no crees en Mí ¿por qué me persigues?…

¿Por qué declaras la guerra a los míos? ¿Por qué te rebelas contra mis leyes?… Y puesto que reclamas libertad para ti, ¿por qué no la dejas a los demás?…

¿No crees en la vida eterna?… Dime, ¿vives feliz aquí abajo?… Bien sabes que necesitas algo que no encuentras en la tierra…

Si encuentras el placer que buscas, no te satisface.

Si alcanzas las riquezas que deseas, no te bastan.

El cariño que anhelas, al fin te causa hastío.

¡No! Lo que necesitas, no lo encontrarás acá…

Necesitas paz; no la paz del mundo, sino la de los hijos de Dios. Y, ¿cómo la hallarás en la rebelión? Yo te diré dónde serás feliz, dónde hallarás la paz, dónde apagarás esa sed que hace tanto tiempo te devora… No te asustes al oírme decir que la encontrarás en el cumplimiento de mi Ley.

Ni te rebeles al oír hablar de Ley, pues no es Ley de tiranía, sino de amor. Sí, mi Ley es de amor, porque soy tu Padre.

Vengo a enseñarte lo que es mi Ley y lo que es mi Corazón que te la da, este Corazón al que no conoces y al que tantas veces persigues. Tú me buscas para darme la muerte y yo te busco para darte la vida. ¿Cuál de los dos triunfará? ¿Será tu corazón tan duro que resista al que ha dado su propia vida y su amor?

 

Ahora ven, hijo mío; voy a decirte lo único que te pide tu Padre. Ya sabes que en el ejército debe haber disciplina y en toda familia bien ordenada, un reglamento. Así, en la gran familia de Jesucristo hay también una Ley, pero llena de suavidad y de amor.

En la familia los hijos llevan el apellido de su padre; así se los reconoce. Del mismo modo, mis hijos llevan el nombre de cristianos, que se les da al administrarles el Bautismo. Has recibido este nombre, eres hijo mío y como tal tienes derecho a todos los bienes de tu Padre.

Sé que no me conoces, que no me amas, antes por el contrario me odias y me persigues. Pero yo te amo con amor infinito y quiero darte parte de la herencia a la que tienes derecho.

Escucha pues lo que debes hacer para adquirirla: creer en mi amor y en mi misericordia.

Tú me has ofendido, yo te perdono.

Tú me has perseguido, yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra, yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.

No creas que ignoro cómo has vivido hasta aquí; sé que has despreciado mis gracias, y tal vez profanado mis Sacramentos. Pero te perdono.

Y desde ahora, si quieres vivir feliz en la tierra y asegurar tu eternidad, haz lo que voy a decirte: ¿Eres pobre? Cumple con sumisión el trabajo a que estás obligado, sabiendo que yo viví treinta años sometido a la misma ley que tú, porque era también pobre, muy pobre.

No veas en tus amos unos tiranos. No alimentes sentimientos de odio hacia ellos; no les desees mal; haz cuanto puedas para acrecentar sus intereses y sé fiel.

¿Eres rico? ¿Tienes a tu cargo obreros, servidores? No los explotes. Remunera justamente su trabajo; ámalos, trátalos con dulzura y con bondad. Si tú tienes un alma inmortal, ellos también. No olvides que los bienes que se te han dado no son únicamente para tu bienestar y recreo, sino para que, administrándolos con prudencia, puedas ejercer la caridad con el prójimo.

Cuando ricos y pobres hayáis acatado la ley del trabajo, reconoced con humildad la existencia de un Ser que está sobre todo lo creado y que es al mismo tiempo vuestro Padre y vuestro Dios.

Como Dios, exige que cumpláis su Divina Ley.

Como Padre os pide que, cual hijos, os sometáis a sus mandamientos. Así, cuando hayáis consagrado toda la semana al trabajo, a los negocios, y aun a lícitos recreos, os pide que le deis siquiera media hora, para cumplir “su precepto”. ¿Es exigir demasiado?

Id, pues, a su casa, a la Iglesia donde Él os espera de día y de noche; el domingo y los días festivos dadle media hora, asistiendo al misterio de amor y de misericordia, a la Santa Misa. Allí, habladle de todo cuanto os interesa, de vuestros hijos, de la familia, de los negocios, de vuestros deseos, dificultades y sentimientos. ¡Si supierais con cuánto amor os escucha!

Me dirás quizá: “Yo no sé oír Misa, ¡hace tantos años que no he pisado una Iglesia!” No te apures por esto. Ven; pasa esa media hora a mis pies, sencillamente. Deja que tu conciencia te diga lo que debes hacer; no cierres los oídos a su voz. Abre con humildad tu alma a la gracia, ella te hablará y obrará en ti, indicándote cómo debes portarte en cada momento, en cada circunstancia de tu vida; con la familia, en los negocios; de qué modo tienes que educar a tus hijos, amar a tus inferiores, respetar a tus superiores. Te dirá, tal vez, que es preciso que abandones tal empresa, tal negocio, que rompas aquella amistad… que te alejes con energía de aquella reunión peligrosa… Te indicará que a tal persona, la odias sin motivo y, en cambio, debes dejar el trato de otra que amas y cuyos consejos no debes seguir.

Comienza a hacerlo así y verás cómo, poco a poco, la cadena de mis gracias se va extendiendo; pues en el bien, como en el mal, una vez que se empiezan, las obras se suceden unas tras otras como los eslabones de una cadena. Si hoy dejas que la gracia te hable y obre en ti, mañana la oirás mejor; después mejor aún, y así día tras día la luz irá creciendo; tendrás paz y te prepararás tu felicidad eterna.

Porque el hombre no ha sido creado para permanecer en la tierra; está hecho para el cielo. Siendo inmortal, debe vivir no para lo que muere, sino para lo que durará siempre.

Juventud, riqueza, sabiduría, gloria humana, todo esto pasa, se acaba… Sólo Dios subsiste eternamente… y las buenas obras hechas por amor a Él, es lo único que perdura y que te seguirá a la otra vida.

El mundo y la sociedad están llenos de odio y viven en continuas luchas: un pueblo contra otro pueblo, unas naciones contra otras, y los individuos entre sí, porque el fundamento sólido de la Fe ha desaparecido de la tierra casi por completo.

Si la Fe se reanima, el mundo recobrará la paz y reinará la caridad.

La Fe no perjudica ni se opone a la civilización ni al progreso, antes al contrario, cuanto más arraigada está en los hombres y en los pueblos, más se acrecienta en ellos la ciencia y el saber, porque Dios es la sabiduría infinita. Mas donde no existe la fe, desaparece la paz, y con ella la civilización y el verdadero progreso, introduciéndose en su lugar la confusión de ideas, la división de partidos, la lucha de clases, y en los individuos, la rebeldía de las pasiones contra el deber, perdiendo así el hombre la dignidad, que constituye su verdadera nobleza.

Dejaos convencer por la Fe y seréis grandes; dejaos dominar por la Fe y seréis libres. Vivid según la Fe y no moriréis eternamente.

 

 

 

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Los cánticos del quinto evangelista*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 14, 2008

He aquí a mi siervo a quien yo sostengo,

mi elegido, al que escogí con gusto.

He puesto mi Espíritu sobre él,

y hará que la justicia llegue a las naciones.

No clama, no grita,

no se escuchan proclamaciones en las plazas.

No rompe la caña doblada

ni aplasta la mecha que está por apagarse.

sino que hace florecer la justicia en la verdad.

No se dejará quebrar ni aplastar,

hasta que establezca el derecho en la tierra.

Las tierras de ultramar esperan su ley. (Is 42, 1-4)

 

Escúchenme, islas lejanas,

pongan atención, pueblos.

El Señor me llamó desde el vientre de mi madre,

conoció mi nombre desde antes que naciera.

Hizo de mi boca una espada cortante

y me guardó debajo de su mano.

Hizo de mí una flecha puntiaguda

que tenía escondida entre las otras.

Él me dijo: «Tú eres mi servidor, Israel,

y por ti me daré a conocer.»

Mientras que yo pensaba: «He trabajado en balde,

en vano he gastado mis fuerzas, para nada.»

El Señor, sin embargo, protegía mis derechos,

mi Dios guardaba mi salario,

pues soy importante para el Señor,

y mi Dios e hizo mi fuerza.

Y ahora ha hablado el Señor,

que me formó desde el seno materno

para que fuera su servidor,

para que le traiga a Jacob y le junte a Israel:

«No vale la pena que seas mi servidor

únicamente para restablecer a las tribus de Jacob,

o traer sus sobrevivientes a su patria.

Tú serás, además, una luz para las naciones,

para que mi salvación llegue

hasta el último extremo de la tierra.» (Is 49, 1-6)

 

El Señor me ha concedido

el poder hablar como su discípulo.

Y ha puesto en mi boca las palabras

para fortalecer al que está aburrido.

A la mañana él despierta mi mente

y lo escucho como lo hacen los discípulos.

El Señor me ha abierto los oídos

y yo no me resistí ni me eché atrás.

He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban,

mis mejillas a quienes me tiraban la barba,

y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

El Señor está de mi parte,

y por eso no me molestan las ofensas;

por eso puse mi cara dura como piedra.

y yo sé que no quedaré frustrado,

Aquí viene mi juez, ¿quieren meterme pleito?

Presentémonos juntos,

y si hay algún demandante, ¡que se acerque!

Si el Señor está de mi parte,

¿quién podrá condenarme?

Todos se harán tiras como un vestido gastado,

y la polilla se los comerá.

Quien de ustedes respeta al Señor,

escuche la voz de su servidor.

El que camina a oscuras,

sin luz para alumbrarse,

que confíe en el Nombre del Señor,

y que se apoye en su Dios.

Pero todos ustedes que encienden un fuego

y que forman un círculo con antorchas,

¡vayan a las llamas de su hoguera

y que sus antorchas los quemen!

Ustedes se revolverán en sus tormentos

y esto será la obra de mis manos. (Is 50, 4-11)

 

Ahora llega para mi servidor la hora del éxito;

será exaltado, y puesto en lo más alto.

Así como muchos quedaron espantados al verlo,

pues estaba tan desfigurado,

que ya no parecía un ser humano

así también todas las naciones se asombrarán,

y los reyes quedarán sin palabras al ver lo sucedido,

pues verán lo que no se les había contado

y descubrirán cosas que nunca se habían oído.

 

¿Quién podrá creer la noticia que recibimos?

Y la obra mayor del Señor, ¿a quién se la reveló?

Este ha crecido ante Dios como un retoño,

como raíz en tierra seca.

No tenía brillo ni belleza para que nos fijáramos en él,

y su apariencia no era como para cautivarnos.

Despreciado por los hombres y marginado,

hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento,

semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara,

no contaba para nada y no hemos hecho caso de él.

Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba,

eran nuestros dolores los que le pesaban.

Nosotros lo creíamos azotado por Dios, castigado y humillado,

y eran nuestras faltas por las que era destruido

nuestros pecados, por los que era aplastado.

Él soportó el castigo que nos trae la paz

y por sus llagas hemos sido sanados.

Todos andábamos como ovejas errantes,

cada cual seguía su propio camino,

y el Señor descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

Fue maltratado y él se humilló y no dijo nada,

fue llevado cual cordero al matadero,

como una oveja que permanece muda cuando la esquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado

¿y quién ha pensado en su suerte?

Pues ha sido arrancado del mundo de los vivos

y herido de muerte por los crímenes de su pueblo.

Fue sepultado junto a los malhechores

y su tumba quedó junto a los ricos,

a pesar de que nunca cometió una violencia

ni nunca salió una mentira de su boca.

Quiso el Señor destrozarlo con padecimientos,

y él ofreció su vida como sacrificio por el pecado.

Por esto verá a sus descendientes y tendrá larga vida,

y el proyecto de Dios prosperará en sus manos.

Después de las amarguras que haya padecido su alma,

gozará del pleno conocimiento.

El Justo, mi servidor, hará una multitud de justos,

después de cargar con sus deudas.

Por eso le daré en herencia muchedumbres

y lo contaré entre los grandes,

porque se ha negado a sí mismo hasta la muerte

y ha sido contado entre los pecadores,

cuando llevaba sobre sí los pecados de muchos

e intercedía por los pecadores. (Is 52, 13—53, 12)

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‘Cada mala acción se devuelve’

Posted by pablofranciscomaurino en junio 13, 2008

 Una de las características de la Nueva Era o New Age es la creencia en que, si hacemos cosas buenas, nos sucederán cosas buenas; por el contrario, si actuamos mal, llegará a nuestras vidas ese mal en la misma medida.

 

Como todo lo de la Nueva Era, esta aseveración es completamente contraria a la Fe católica:

 

Para el cristiano, existe un Dios personal, que nos ama, que es infinitamente misericordioso y que está pendiente de los acontecimientos que nos rodean, para ayudarnos de un modo eficaz, aunque misterioso.

 

En contraste, creer que existe una ley o energía universal que «devuelve» el mal o el bien que hacemos es algo impersonal y, por lo tanto, no hay amor, no hay misericordia, ni existe un Dios que esté pendiente de sus criaturas.

 

¿Acaso Dios no es amor? ¿El Hijo de Dios —Jesús— no lloró la muerte de su amigo Lázaro? ¿No se entristeció al ver a la viuda que perdió a su hijo? ¿Qué sentido tendrían la pasión, la agonía y la muerte de Cristo en una cruz?, ¿no hemos afirmado siempre que Él hizo todo eso por amor a nosotros? Él nos amó hasta el extremo, es un Dios que ama a sus criaturas, y busca por todos los medios que nos acerquemos a Él para llenarnos de ese amor y hacernos inmensamente felices. Por lo tanto, ¿cómo podríamos afirmar que las malas acciones se nos devuelven?

 

Por otra parte, si siempre sufrimos las mismas consecuencias que sufrieron quienes se vieron perjudicados por nuestros actos, podemos asegurar que ya pagamos nuestras culpas. Entonces, ¿para qué existe el infierno del que habla reiteradamente la Biblia? Además, ¿no es cierto que muchos mueren sin que les pase lo mismo que ellos hicieron pasar a otros?

 

Desdichadamente, muchos católicos han aceptado este criterio extraño y contrario a la Fe católica. Afirman, por ejemplo, que si una mujer le quita el marido a otra, tarde o temprano alguien se lo robará también. Otras personas creen que si critican a una mujer por su mala conducta, su hija se comportará del mismo modo. No falta quien está convencido del adagio popular que asegura que «lo que por agua viene, por agua se va», queriendo decir con esto que si yo robo algo, alguien me lo robará después. Y como estas, hay muchas creencias que solo denotan la inmensa ignorancia que hay en los católicos que no han conocido el Amor de Dios y que se olvidan de la providencia divina, eso que Dios dispone sobre el mal que le acaece al ser humano, para componerlo o remediar el daño que pueda resultar de él.

 

Efectivamente, no solo Dios no ha impuesto esa terrible ley que devuelve el mal (invento del hombre), sino que interviene en la historia de sus criaturas para remediar los males, desatinos y errores que ellas mismas cometen o suscitan.

 

Y, para completar nuestra dicha, Él mismo vino a la tierra y pagó nuestras deudas, clavándolas en la Cruz y ganándonos el Cielo. Lo único que nos pide es que creamos en Él demostrádolo con nuestras obras, con nuestra vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Católicos o beatos?

Posted by pablofranciscomaurino en junio 13, 2008

Hay una gran diferencia entre el beato, aquel fiel difunto a quien el Sumo Pontífice ha declarado que goza de la eterna bienaventuranza, y aquel al que despectivamente se llama «beato».

Beato es el que se pasa las horas en la iglesia, cuando su obligación es trabajar o atender a su familia.

Beato es aquel que pertenece a dos grupos de oración y no descansa hasta ingresar al tercero.

Beato es el que todo lo espera de Dios, pero no hace el mínimo esfuerzo personal para resolver lo que espera.

El beato ve el mundo con sus hombres malos y perversos, pero él se cree bueno.

El beato es un sentimental: quiere ser santo, pero no ama a Dios.

En la conversación con él hay que cuidar las palabras porque se escandaliza.

«Al beato le preocupan extraordinariamente las formas que equivocadamente cree que santifican. El beato será siempre poco original. Tratará de pintar aisladamente brochazos de la vida del santo de su devoción, sin calar el móvil de su fuerza vivificadora. Si los hombres, cuando hablan con sus semejantes, se mantienen erguidos, ¿por qué cuando hablan con Dios han de torcer la cabeza?» (El valor divino de lo humano, Jesús Urteaga, p 34).

El beato se queja del maltrato a los sacerdotes, pero nunca será capaz de defender valientemente a esos «Cristos», que dijera Jesús a santa Margarita.

El beato es un cobarde que se esconde en la prudencia. Su candor es propicio para los tiempos pacíficos, pero no está hecho para la lucha.

Ni la valentía, ni la audacia, ni la reciedumbre son sus cualidades.

Al beato le cuesta oír hablar de cruz, de sacrificio, de mortificación, de penitencia… Es que estos sustantivos no son para los cobardes, son para los católicos, son para los mártires, para los magnánimos, para los que saben que nada grande se logra sin esfuerzos y sin sacrificios, para los audaces, para los intrépidos, para los grandes hombres de la historia, en fin, para los que quieren ser tan valientes como Cristo.

Ser cristiano significa pertenecer a la religión de Cristo y estar arreglado a ella; significa profesar la fe de Cristo, que se recibió en el bautismo; pero por encima de todos estas expresiones teóricas, ser cristiano es vivir como Cristo: entregar y gastar toda la vida en ofrecerse al Padre como víctima por los pecados de los hombres, para salvarlos a todos y para la gloria de Dios.

Y para esto se necesita valentía, coraje, valor y temple.

Y eso le falta al beato, porque es un esbozo de hombre y un esbozo de cristiano.

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Aridez y consolaciones*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2008

Qué debe hacer un alma cuando se encuentra:

En estado de aridez

<!–[if !supportLists]–>1. <!–[endif]–>Humillarse

<!–[if !supportLists]–>2. <!–[endif]–>Confiar en la inmensa bondad de Jesús

<!–[if !supportLists]–>3. <!–[endif]–>Despertarlo con una fidelidad más fiel

<!–[if !supportLists]–>4. <!–[endif]–>Llamarlo con los más dulces nombres

<!–[if !supportLists]–>5. <!–[endif]–>Prepararle hermosas sorpresas para su llegada

<!–[if !supportLists]–>6. <!–[endif]–>Cuando vuelve a hacerse oír, estrecharlo para no dejarlo marcharse ya más

 

En las consolaciones espirituales

<!–[if !supportLists]–>1. <!–[endif]–>Humillarse

<!–[if !supportLists]–>2. <!–[endif]–>Ser agradecido con Dios y cifrar en Él todo su placer

<!–[if !supportLists]–>3. <!–[endif]–>Hacer provisión de virtud para el tiempo de aridez

<!–[if !supportLists]–>4. <!–[endif]–>Estar siempre dispuesto a la privación de los favores sensibles, para continuar siendo fiel a Dios en su servicio, aun en medio de la aridez y de los disgustos

 

 

Dictado por Jesús a sor Benigna Consolata

 

 

 

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Aprendió a ser cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2008

Aprendió a ser cristiano

 

Él intentaba ser un buen hombre y un buen católico. Amaba a Dios tratando de hacer siempre su voluntad: se había casado siguiendo la voluntad de Dios, había tenido sus hijos siguiendo la voluntad de Dios; y siguiendo la voluntad de Dios tomaba todas las decisiones, tanto las importantes como las pequeñas…

Educó así a sus hijos, y procuró inculcarles un gran amor a Dios y a los seres humanos.

Su hija, buena católica, con una formación moral excelente y también muy linda, al llegar a la adolescencia, comenzó a vestirse con pantalones muy ceñidos y, de vez en cuando, minifaldas. Sabía él que esa conducta no es del agrado de Dios, y por eso sentía que la educación que había intentado dar a sus hijos no había dado resultado en ese particular aspecto.

Habló con su hija: con cariño le hizo notar que, si bien ella se sentía conforme con esa ropa y no le hallaba nada malo, los hombres que la vieran podrían sentirse tentados a verla con deseo, lo cual podría incitarlos a actuar en contra de la ley de Dios. Le explicó que, en sí misma, la presentación no tenía nada de pecaminoso, pero que podría convertirse en ocasión de pecado para otros y que eso podría entristecer a Nuestro Señor.

A la joven le pareció exagerada la manera de pensar de su padre, y continuó usando esa indumentaria.

Este señor estaba haciendo oración una noche, como era su costumbre, y se acordó de nuevo del hecho. De pronto, sintió deseos grandes de pedirle perdón a Dios por la conducta de su hija y de reparar el error de alguna manera. Se le ocurrió que la mejor manera de hacerlo era orando intensamente por ella y ofreciendo algún pequeño sacrificio. En ese mismo momento decidió ofrecerle al Señor tres mortificaciones pequeñas: poner mucha atención durante el rezo del Santo Rosario (cosa que le costaba mucho trabajo), no llamarle la atención a su hija por hablar mucho por teléfono (cosa que le molestaba) y —el sacrificio más grande para él— no quejarse ni disgustarse cuando su familia lo hiciera trasnochar.

En ese instante, este padre de familia comprendió que, por primera vez, estaba haciendo por alguien lo mismo que Jesús había hecho por él: pagar sus culpas. Descubrió que eso sí era ser cristiano: vivir como Cristo, muriendo a su egoísmo para lograr que el tesoro de su alma —su hija— fuera eternamente feliz.

Acto seguido, se levantó de la cama, entró a la alcoba de la muchacha —quien dormía—, y la besó tiernamente en la frente, mientras en su interior le decía: “Gracias, hija mía”.

 

 

 

 

 

 

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Cinco consejos de perfección*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 12, 2008

1. El alma que quiere ser de mi Jesús, del eterno Padre y del Espíritu Santo, y también mía, es preciso que ame mucho el desprecio de sí, el olvido de sí y el abandono en Dios.

 

2. Si ella quiere ser llevada con ternura en los brazos de Jesús, su dulce esposo, es preciso que en todas las ocasiones de dificultad, de pena, de contratiempos y otros casos semejantes, diga en seguida: «Yo tengo a Jesús», y después descanse en Él.

 

3. Si ella quiere adelantar cada vez más y penetrar en los más íntimos refugios del Corazón dulcísimo de Jesús, conviene que se entregue a una total, rigurosa y constante mortificación de los sentidos y observe un absoluto silencio.

 

4. Si quiere llegar a ser cada vez más alma de vida interior, y descubrir siempre nuevos horizontes, ya que Dios se comunica al alma siempre pronta a recibirlo, debe entregarse al poder del Amor, hablar poco a las criaturas y mucho a Dios, pero con el lenguaje del corazón; y después, sobre todo, servirse de las criaturas como medio para subir a Él.

 

5. Finalmente, para llegar pronto a la perfección, conviene que se proponga en todo dar sólo a Dios su gloria, su dicha, su beneplácito; con esto tendrá siempre paz.

 

Y después, acuérdese de considerar a Jesús como Esposo y, por consiguiente, con el corazón dilatado.

 

Dictado por María Santísima a sor Benigna Consolata

 

 

 

 

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Los tres anhelos del hombre

Posted by pablofranciscomaurino en junio 11, 2008

 

Tres deseos vehementes atraen a la mujer y al hombre, desde el punto de vista natural, es decir, con lo que la naturaleza proveyó al ser humano:

 

1. La belleza

A todos nos atrae la belleza: una flor hermosa, un bello paisaje, un atardecer naranja en una playa… hacen que se experimente una sensación de agrado; los prados llenos de verde, el mar azul que parece infinito, las nubes blancas en el horizonte aguamarina, los bosques tupidos divisados desde un avión… no nos pasan desapercibidos; plantas multicolores; animales de todas clases, formas y tamaños, unos más bellos que otros; todo esto en la naturaleza no humana.

Y qué decir de la mujer: tanto ellos como ellas se complacen en la armonía de su cuerpo, en el encanto de su femineidad, en la galanura de su andar… Pinturas, dibujos y fotografías que se hacen y se venden por doquier y en todas las épocas hacen patente esa admiración que producen. Se hacen reinados de belleza, se venden las revistas que las tienen en sus portadas, se compran los productos que ellas anuncian…

Así mismo, los encantos de la naturaleza se introducen en las minúsculas viviendas de hoy: plantas en sus materas y animales domésticos unas veces; y otras, se llenan sus muros de cuadros y retablos que nos recuerdan, siempre y cada vez más, la naturaleza a la que pertenecemos.

No es difícil deducir que el hombre nació con el ansia natural por la belleza.

 

2. La bondad

¡Cuánto atrae al ser humano la bondad! Se nota en las películas, cuando el televidente o cinéfilo llora ante el sacrificio de uno que da su vida por los demás; se nota cuando alguien se conmueve ante la sonrisa pura y tierna de un bebé; se nota en la prensa escrita o hablada cuando muere un personaje que vivió para los demás…

Teresa de Calcuta, Gandhi, Jesús, Confucio, y todos los grandes hombres de la historia de la humanidad…

Se inventó un premio para otorgar a los mejores: el Nobel (de la Paz y de muchas áreas más); se dan medallas a los héroes; se entregan diplomas y pergaminos; se hacen conmemoraciones, fiestas y hasta bustos y estatuas…

El lector pudo haber recordado algo que vio u oyó y que lo hizo sentir aprecio por la bondad…

Es indudable, también, que al hombre le atrae en forma natural la bondad.

 

3. La verdad

Alguno podría decir: “¡Cuánto hemos avanzado en este campo!” Evidentemente, a vuelo de pájaro, se diría que la mente del ser humano no conoce límites: no acaba de producirse un adelanto científico o tecnológico y ya está apareciendo el otro que lo deja atrás.

¿Y el universo? No han pasado 2 años desde que el hombre descubrió unas mil quinientas galaxias más hasta el momento en que se escriben estas líneas…

Pero al avanzar se incrementan las preguntas: ¿Cuántas galaxias habrá en total?…

Cualquier especialista en cualquier área corroboraría lo dicho: cada respuesta trae más y más preguntas.

Además, están las incógnitas perennes: la razón de ser de la enfermedad, del dolor, de la vejez, de la muerte…

Y, también siempre, están en nuestro interior las preguntas que nos hicimos durante la adolescencia: “¿De dónde vengo?”, ¿Para dónde voy?”, “¿Qué vine a hacer en esta tierra?”, “¿Qué sentido tiene la vida?”…

Por qué, por qué, ¡por qué! Parece como si se pusieran de pie todos los “porqués”.

El hombre es un ser lleno de preguntas. Muchas sin respuestas.

Preguntas que hacen evidente el deseo natural de alcanzar la verdad.

Y ese deseo es evidente en todos los seres humanos: aun los más relativistas de todos los encuestados dejaban entrever su idea de una gran verdad y su anhelo por poseerla para poder contestar sus inquietudes más recónditas, por alcanzar una verdad que ni la retórica ni la elocuencia ni la vehemencia pueden cambiar, que ni siquiera la pueden embellecer o afear. Es una verdad que se sostiene sola, que no necesita ser defendida, que solo debe ser presentada para que brille por sí misma. Es un deseo por la verdad.

——- o ——-

Está claro: la belleza, la bondad y la verdad son las aspiraciones más altas de nuestro ser. Nacimos con ellas.

Y se siente la necesidad de llenar esas aspiraciones. Y no se sabe cómo hacerlo.

Para empezar, el primer paso es contestar por qué están allí, adentro.

¿Es, acaso, que el Creador las puso ahí con una finalidad?

¿No será que quiere atraernos hacia Él?

La respuesta es afirmativa, porque Él es la suma de toda la belleza, Él es toda la bondad junta y Él es la verdad absoluta.

Ya empiezan a aparecer respuestas: nuestro corazón —hecho por Él— nunca descansará hasta que llegue al encuentro con el Creador. Él es la finalidad de todo hombre.

En ese sentido se podría decir que somos como robots: estamos programados para buscar, encontrar y seguir a Dios. Lo demás no nos satisface, nos deja siempre un vacío interior: si tenemos dinero, queremos más; si hallamos placeres, sentimos que no nos llenan; si buscamos amores, nos decepcionamos con más frecuencia de la que querríamos o nos volvemos esclavos de las veleidades o de los vaivenes de las emociones y hasta de las pasiones; a pesar de lograr las metas que nos proponemos, a veces el estrés y una sensación de vacío nos acompañan…

Tratamos de llenar ese vacío con otras cosas o acciones que, en la mayoría de los casos, desdicen de nuestra dignidad de seres humanos, porque no estamos “programados” para ello.

 

Tomado del libro:

SABER VIVIR. Bogotá, Colombia. Indo–american press service limitada, 1999.

 

 

 

 

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