Hacia la unión con Dios

Archive for 29 julio 2008

Dios, siendo tan bueno, ¿cómo pudo crear el infierno?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 29, 2008

 No recibe el mismo castigo quien ataca a un ciudadano simple que quien lo hace a un policía o quien lo hace al presidente de la república. El primero pasará unas horas en la cárcel; el segundo, unos días; y el tercero, unas semanas o meses. Por lo tanto, no es el grado de la ofensa la que determina el castigo, sino la dignidad del ofendido. Y si alguien ofende a un Dios eterno, ¿cuánto tiempo deberá ser castigado?

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

El término “infierno” designa el lugar o, mejor, la situación de castigo que corresponde a los impíos. En este sentido es empleada con frecuencia en la Biblia:

«Y, al salir, verán los cadáveres de los hombres que se rebelaron contra mí. El gusano que los devora no morirá, y el fuego que los quema no se apagará, y todos se sentirán horrorizados al verlos. (Is 66, 24)

«Ya tiene la pala en sus manos para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en sus bodegas, mientras que la paja la quemará en el fuego que no se apaga.» (Mt 3, 12)

El mismo Jesús señala la existencia del infierno:

«Pues es mejor para ti entrar con un solo ojo en el Reino de Dios que ser arrojado con los dos al infierno, donde su gusano no muere y el fuego no se apaga.» (Mc 9, 47-48)

«Pero yo les digo: Si uno se enoja con su hermano, es cosa que merece juicio. El que ha insultado a su hermano, merece ser llevado ante el Tribunal Supremo; si lo ha tratado de renegado de la fe, merece ser arrojado al fuego del infierno.» (Mt 5, 22)

«Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno.» (Mt 5, 29-30)

«Dirá después a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!”» (Mt 25, 41)

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

«El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles; éstos recogerán de su Reino todos los escándalos y también los que obraban el mal, y los arrojarán en el horno ardiente. Allí no habrá más que llanto y rechinar de dientes.» (Mt 13, 41-42)

«Así pasará al final de los tiempos: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los buenos, y los arrojarán al horno ardiente. Allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 13, 49-50)

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno.» (Mt 18, 8-9)

«¿Cómo lograrán escapar de la condenación del infierno?» (Mt 23, 33)

«Yo les voy a mostrar a quién deben temer: teman a Aquel que, después de quitarle a uno la vida, tiene poder para echarlo al infierno. Créanme que es a ése a quien deben temer.» (Lc 12, 5)

«Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo.» (Lc 16, 23)

«Y ahora yo te digo: tú eres Pedro (o sea, Piedra), y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; los poderes del infierno jamás la podrán vencer.» (Mt 16, 18)

«El patrón de ese servidor vendrá en el día que no lo espera y a la hora que menos piensa. Le quitará el puesto y lo mandará donde los hipócritas: allí será el llorar y el rechinar de dientes.» (Mt 24, 50-51)

Y Pablo reafirma lo que será el infierno:

«Serán condenados a la perdición eterna, lejos del rostro del Señor y de su Gloria irresistible.» (2Ts 1, 9)

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Decálogo de tácticas de enganche

Posted by pablofranciscomaurino en julio 29, 2008

 1.  La nueva doctrina debe reemplazar la realidad. Para esto se altera la historia o se ignora para hacerla consecuente con la nueva creencia, se hace énfasis en que es más válida, verdadera y cierta que la experiencia.

2.  Se hace que los miembros del nuevo grupo aparezcan contentos y entusiastas todo el tiempo; de este modo los “nuevos” van suprimiendo sus propios sentimientos y no pueden desarrollar su capacidad de juicio. Se aclara que todos los males son resultado de falta de fe o de fallas en el comportamiento.

3.  Se comprimen las ideas de la nueva doctrina en frases cortas -clichés- muy sonoros, fácilmente memorizables y fácilmente expresables. Esas ideas se van metiendo en el ambiente de manera que se enaltezca lo bueno del grupo y lo malo de los demás; también se utilizan para rechazar todo lo que pueda contradecir la nueva creencia. Se utiliza un lenguaje divisor, exageradamente solemne. Es el lenguaje de no pensar, de no hacer juicio alguno ni sobre el o los dirigentes ni sobre el credo. Este lenguaje “cargado” da un sentido de seguridad a su gente y aísla a los individuos del mundo exterior.

4.  A la nueva doctrina se le da altura de ciencia sagrada, de verdad absoluta, más allá de todo cuestionamiento. Se exige para ella reverencia creciente. El o los dirigentes tienen todas las respuestas, son los que poseen la revelación de la verdad. Un cuestionamiento sobre ellos o sus enseñanzas tiene visos de irreverencia y sacrilegio.

5.  A medida que se “progresa” los nuevos participantes deben ser cada vez más crédulos, hasta llegar a exigírseles que publiquen sus errores, aun los más íntimos, siempre en presencia del o de los líderes, no para aliviar las penas ni con finalidad terapéutica, sino más bien como un acto de rendición. Así se va diluyendo el “yo”, se anula o se explota el talento personal en beneficio del grupo.

6.  Se imprime en los cerebros la idea de que todo es negro o blanco. De este modo, las ideas, sentimientos y acciones coherentes con la ideología y la política del grupo son buenas, mientras que las que las podrían cuestionar son malas.

Se induce a pensar que en nombre de la nueva ideología todo se puede hacer: la bondad o maldad de un acto dependen de si va en pro de la doctrina del grupo. Se crea un mundo estrecho de culpa y vergüenza. Uno de esos actos malos, por ejemplo, es la deserción.

7.  Los seguidores son merecedores de la vida; sus detractores, de la muerte. A los “de afuera” se les permite vivir solo si cambian y entran a la organización. Los “de adentro” viven así con el temor de ser declarados “muertos”. De esta manera el “creyente” piensa que solo es si cree, si obedece, si está ”dentro”.

8.  Para provocar patrones de conducta específicos se hacen “estallar” sentimientos místicos: los dirigentes son “iluminados” por una “aura” de misterio, son los llamados a realizar “una gran misión”, se muestran como los “guardianes de la verdad”. Así mismo, los “escogidos” tienen el “privilegio” de participar en esa importante misión, y se pueden asociar a los que no pertenecen a su organización solo para beneficiar la causa.

9.  Se controla lo que los adeptos ven, oyen, leen, escriben, expresan o experimentan. Se les excluye cualquier cosa distinta a la doctrina del grupo. Y finalmente les hacen creer que todo se sabe de un modo místico: lo que pasa y lo que va a pasar. Entonces el individuo queda aislado del exterior, no tiene capacidad de reflexión interna y pierde su identidad fuera del grupo.

10.  Se da al dinero el apelativo de “demonio” para cualquier uso que no sea el de pagar el diezmo a la comunidad. Es en este momento que este autómata pierde lo único que le quedaba: su dinero.

 

 

  

 

 

 

 

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EL MÍSTICO DEL CALVARIO*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2008

SAN PABLO DE LA CRUZ

El místico del Calvario

El día 3 de enero de 1694 en la pequeña ciudad Ovada, cerca de Alejandría. Al norte de Italia, nació Pablo Francisco Danei Massari. Vivirá en buena parte del siglo XVIII, también llamado “siglo de las luces” pues, en general, se pensaba que la inteligencia humana es la única autoridad y que la fe y la revelación son un obstáculo al desarrollo de la humanidad.

 

Pablo vivió su niñez en un hogar auténticamente cristiano, desde el cual experimentó las alegrías y los sufrimientos de la vida: de 16 hijos del matrimonio Lucas Danei y Ana María Massari sólo sobrevivieron 6. No faltaron también las dificultades económicas, por lo que la familia tuvo que cambiar continuamente de domicilio en busca del trabajo. Pablo, quien desde muy pronto debió ayudar a su padre, no pudo asistir con regularidad a la escuela.

 

El gran testimonio de la fe cristiana de Ana Maria —su madre— ejerció gran influencia en la educación religiosa de Pablo, a la que éste correspondió con una respuesta generosa.

 

A los 19 años, en 1713, el joven Pablo tomó la primera gran decisión de su vida. La predicación de un sacerdote o una charla espiritual con él le impresionó de tal forma que, profundamente emocionado y arrepentido, hizo confesión general de sus pecados y decidió consagrar su vida a Dios de un modo más radical y absoluto. Él mismo llamará después a este momento su “conversión a penitencia”.

 

Años más tarde, cuando en 1716 el Papa Clemente XI invitó a la cristiandad a una cruzada contra los turcos, Pablo creyó oír en esto la voz de Dios, pues quería morir mártir y se alistó voluntario, pasando algún tiempo en cuarteles y campamentos. Convencido de que éste no era el servicio que Dios le pedía, regresó a la casa de sus padres a quienes siguió ayudando en sus necesidades, dedicaba muchas horas a la oración, participaba diariamente en la misa y se entregaba a duras penitencias.

 

Pablo Francisco tenía 26 años; sus hermanos habían crecido y sus padres no necesitaban tanto de su de ayuda. Por este tiempo, sintió la llamada de Dios a fundar una orden religiosa: “Sentí mi corazón movido por el deseo de retirarme a la soledad; […] me vino la inspiración de llevar una túnica, de andar descalzo, vivir en estrechísima pobreza y llevar, con la gracia de Dios, vida de penitencia; […] me vino la inspiración de reunir compañeros para vivir con ellos promoviendo en las almas el santo temor de Dios; me vi en espíritu vestido de una túnica negra, con una cruz blanca sobre el pecho, y bajo la cruz escrito el nombre santísimo de Jesús con letras blancas…”

 

El 22 de noviembre de 1720 Pablo se despidió de su familia y se dirigió a su obispo, monseñor Gattinara, en Alejandría. Este, en una ceremonia sencilla y en su capilla privada, revistió a Pablo de la Cruz con el hábito negro de ermitaño. Las seis semanas siguientes, del 23 de noviembre de 1720 al 1 de 1721, las vivió en el trastero de la sacristía de la Iglesia de San Carlos, de Castellazzo, en las más precarias condiciones de alojamiento. Son como los ejercicios espirituales preparatorios para su misión de ermitaño y fundador. En adelante su apellido será “de la Cruz”.

 

Por orden de su obispo, Pablo de la Cruz consigna por escrito los sentimientos y vivencias interiores de esos días en un “Diario espiritual”. En él vemos a qué grado de oración ha llegado ya, así como las grandes líneas de la doctrina espiritual que vivirá y enseñará durante los 55 años siguientes. En las anotaciones del primer día aparece ya la idea fundamental y programática de toda su vida: “No deseo saber otra cosa ni quiero gustar consuelo alguno; sólo deseo estar crucificado con Jesús”.

 

Acabados estos días, Pablo de la Cruz pasó los meses siguientes en distintas ermitas de las cercanías, viviendo en soledad; daba catecismo a los niños en los lugares vecinos, predicaba los domingos e incluso dio una misión.

 

Quiso ir a Roma para pedir personalmente al Papa que le aprobara las Reglas de la nueva Orden religiosa, la misma que escribió durante los 40 días de Castellazzo. En septiembre de 1721 se dirigió a Roma, pero sufrió una gran desilusión: fue rechazado por los guardias de Papa con palabras no muy amables. Aunque profundamente decepcionado, no se desanimó. En la Basílica María la Mayor hizo un voto especial: “dedicarse a promover en los fieles la devoción a la Pasión de Cristo y empeñarse en reunir compañeros para hacer esto mismo”.

 

A su vuelta a Castellazzo, se le unió su hermano Juan Bautista que, lleno de los mismos ideales fue, hasta su muerte en 1765, el compañero fiel de Pablo. Durante los años siguientes, los dos experimentan la Regla pasionista en diferentes ermitas y colaborando con las parroquias vecinas mediante el catecismo y la predicación.

 

Tras la etapa eremítica, Pablo de la Cruz creyó necesario que él y su hermano vivieran en Roma para conseguir de la Santa Sede la aprobación de las Reglas; por eso prestaron sus servicios en el Hospital de San Gallicano, cuyo director les aconsejó hacerse sacerdotes. Después de un breve curso de Teología pastoral, en junio de 1727 los dos hermanos Danei fueron ordenados sacerdotes en la Basílica de San Pedro por el Papa Benedicto XIII.

 

Siguiendo su gran impulso de vivir en la soledad y reunir más compañeros formando la primera comunidad, los dos hermanos se dirigieron al Monte Argentario, unos 150 Kilómetros al norte de Roma, junto a la costa. Ahí vivieron en una pequeña ermita. El aumento de candidatos hizo pequeño el local, y construyeron el primer convento de la naciente Congregación, el cual, por innumerables dificultades, fue inaugurado hasta 1737.

 

Pero faltaba todavía la aprobación de las Reglas. Una comisión de cardenales nombrada para su estudio suavizó algo su gran austeridad, y en mayo de 1741 fueron aprobadas por Benedicto XIV; habían transcurrido 21 años desde que fueron escritas el nombre de la nueva orden religiosa sería: Congregación de la Santísima Cruz y Pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, título que expresaba claramente su peculiaridad en la Iglesia. Los Religiosos Pasionistas anunciarán por todas partes el misterio de la Cruz y Pasión de Jesucristo, a lo cual se obligaban por voto específico.

 

Pablo de la Cruz encontró el sentido completo de su existencia en la Memoria de Jesús Crucificado, quien dio su vida por todos nosotros (Jn 3,16). En su asidua contemplación del Crucificado, Pablo encontró un camino de acceso al misterio de Dios que es vida y amor, y sintió la urgencia de salir al encuentro de las gentes para anunciarles al Dios de la vida.

 

A lo largo de su vida —murió a los 81 años—, Pablo de la Cruz fundó 11 conventos. En 1771, el santo, ya anciano, inauguró el primer monasterio de religiosas pasionistas de clausura, que vivirían el mismo espíritu según la Regla escrita también por él.

 

Además de fundador, Pablo de la Cruz, fue predicador de misiones populares. Poseía cualidades muy especiales para esto: voz potente, agradable presencia física, dotes retóricas extraordinarias. Lo que más impactaba de él era su testimonio de íntima unión con Dios, su devoción y su santidad.

 

Se destacó también como un esclarecido director espiritual, tanto que se lo llamó “el más grande místico italiano del siglo XVIII”. Por su gran actividad apostólica —200 misiones y 80 tandas de ejercicios espirituales— mantuvo contacto con gran número de personas que solicitaban su consejo en la vida espiritual, a quienes él sirvió especialmente por correspondencia; se conservan más de dos mil cartas suyas.

 

El 18 de octubre de 1775 pasó Pablo a la Casa del Padre, con una muerte tranquila y santa en el convento de los Santos Juan y Pablo en Roma. Así terminaba su larga vida de trabajos y sufrimientos por Cristo y por el prójimo. Fue beatificado por Pío IX el 1 de mayo de 1853, y canonizado por el Papa el 29 de junio de 1867.

    

 

 

 

 

 

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¿Debemos pagar el diezmo?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2008

Es verdad que, en el Antiguo Testamento Dios ordenó dar el diezmo a los sacerdotes levitas:

A los hijos de Leví les doy como herencia todos los diezmos de Israel, a cambio del servicio que presten, es decir, del servicio de la Tienda de las Citas. (Nm 18, 21)

Pero Jesús derogó esa orden en el Nuevo Testamento:

Coman y beban lo que les ofrezcan, porque el obrero merece su salario. (Lc 10, 7)

«Lo que les ofrezcan» significa que los cristianos quedan libres para ofrecer lo que deseen para sostener a los sacerdotes.

Es que los sacerdotes deben vivir confiados en la providencia divina (sin más amparo que el de Dios). Lo expresa el mismo Jesús:

«A lo largo del camino proclamen: ¡El Reino de los Cielos está ahora cerca! Sanen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos y echen los demonios. Ustedes lo recibieron sin pagar, denlo sin cobrar. No lleven oro, plata o monedas en el cinturón. Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto; no lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento. (Mt 10, 7-10)

Por eso, la Iglesia Católica, si bien expresa en su quinto mandamiento: «Ayudar a la Iglesia en sus necesidades», no impone valor alguno. Sugiere únicamente que se done el salario de un día por año (o, lo que es lo mismo, el 3 x 1.000 de lo que cada uno gane) a la parroquia a la que cada uno pertenezca.

Sin embargo, son muchos los católicos que dan más de esa medida. Hay algunos, por ejemplo que, basados en unas palabras de Jesús, dan el 1 % de sus ingresos:

«Todo el que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o propiedades por causa de mi Nombre, recibirá cien veces más y tendrá por herencia la vida eterna. (Mt 19, 29)       

Ya que el Señor ofrece el ciento por uno, ellos dan el uno por ciento.

Para la gloria de Dios, son muchos los que sobrepasan estas medidas: dan más, porque saben que el sostenimiento de una parroquia cuesta: servicios, vino, hostias, velas, volantes para repartir, sueldo del sacristán…; por otra parte, se necesita dinero para el transporte y el vestido del sacerdote, junto con su alimentación y los utensilios de aseo que debe gastar, etc.

Pero también se dan casos en los que el sacerdote apenas le alcanza para pagar lo necesario, o pasa necesidades, porque los feligreses dan muy poco. A pesar de esto, la Iglesia no cambia su criterio, basada en las palabras de Jesús.

Es que el Nuevo Testamento imprime un nuevo orden a las cosas:

Entonces dice: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad. Con esto anula el primer orden de las cosas para establecer el segundo. (Hb 10, 9)

Porque la Ley antigua era represiva:

Destruyó el sistema represivo de la Ley. (Ef 2, 15a)

Ahora el parámetro es el amor: cuanto más interiorizada está la esencia de la vida cristiana en nuestras almas, tanto más generosos somos para ayudar a resolver las necesidades de los sacerdotes y en todo lo demás.

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Debemos hacernos la señal de la cruz?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 25, 2008

 Algunos cristianos piensan que no se deben santiguar ni hacer la señal de la Cruz, porque dicen que la Cruz es señal de muerte, y que Cristo no está muerto, está vivo, está resucitado.

Veamos algunos apartes del la Biblia, para saber si estos cristianos aciertan:

Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba. (Col 1, 20)

Ustedes estaban muertos por sus pecados, y su misma persona no estaba circuncidada, pero Dios los hizo revivir junto a Cristo: ¡nos perdonó todas nuestras faltas! Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la cruz y lo suprimió. Les quitó su poder a las autoridades del mundo superior, las humilló ante la faz del mundo y las llevó como prisioneros en el cortejo triunfal de su cruz. (Col 2, 13-15)

Destruyó el odio en la cruz, y habiendo reunido a los dos pueblos, los reconcilió con Dios por medio de la misma cruz. (Ef 2, 16)

O sea, que Jesús nos reconcilió por medio de la cruz. Pero hay más: lo que engrandeció a Jesucristo fue la cruz:

Se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz. Por eso Dios lo engrandeció y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de Jesús se doble toda rodilla en los cielos, en la tierra y entre los muertos, y toda lengua proclame que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Flp 2, 8-11)

Desdichadamente, muchos no quieren a la cruz «porque —dicen ellos— la Cruz es señal de muerte, y Cristo está vivo, está resucitado»:

Porque muchos viven como enemigos de la cruz de Cristo; se lo he dicho a menudo y ahora se lo repito llorando. (Flp 3, 18)

Pablo llora por eso. Es más: dice que lo único que lo enorgullece es la cruz de Cristo:

En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo. (Ga 6, 14)

A pesar de que dice en otra parte que vana sería nuestra fe si Cristo no hubiera resucitado, Pablo no quiere sentirse orgulloso sino únicamente de la cruz de Cristo.

Levantemos la mirada hacia Jesús, que dirige esta competición de la fe y la lleva a su término. Él escogió la cruz en vez de la felicidad que se le ofrecía; no tuvo miedo a la humillación y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. (He 12, 2)

Es la cruz la que lo llevó a la derecha de Dios. Y también es la cruz la que deben cargar los que desean seguirlo:

Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz y me siga. (Mt 16, 24; Mc 8, 34)

Aunque para algunos, la cruz resulta una locura:

De todas maneras, no me envió Cristo a bautizar, sino a proclamar el Evangelio. ¡Y no con discursos sofisticados! Pues entonces la cruz de Cristo ya no tendría sentido. Porque el lenguaje de la cruz resulta una locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es poder de Dios. Ya lo dijo la Escritura: Destruiré la sabiduría de los sabios y haré fracasar la pericia de los instruidos. Sabios, entendidos, teóricos de este mundo: ¡cómo quedan puestos! ¿Y la sabiduría de este mundo? Dios la dejó como loca. Pues el mundo, con su sabiduría, no reconoció a Dios cuando ponía por obra su sabiduría; entonces a Dios le pareció bien salvar a los creyentes con esta locura que predicamos. Mientras los judíos piden milagros y los griegos buscan el saber, nosotros predicamos a un Mesías crucificado: para los judíos ¡qué escándalo! Y para los griegos ¡qué locura! Pero para los que Dios ha llamado, judíos o griegos, este Mesías es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues las locuras de Dios tienen más sabiduría que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. (1Co 1, 17-25)

Llama mucho la atención estas palabras de Pablo, en las que dice que él predica a un Mesías crucificado; no dice «a un Mesías resucitado», sino «a un Mesías crucificado». Y luego, para dar a entender cómo el hombre con su supuesta sabiduría nunca alcanzará la sabiduría de Dios, afirma que hasta la debilidad de Dios es más fuerte: la cruz de Cristo.

Pedro, por su parte, confirma esa doctrina:

Él cargó con nuestros pecados en el madero de la cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empezáramos una vida santa. Y por su suplicio han sido sanados. (1Pe 2, 24)

Sin la cruz, Cristo no hubiera sido crucificado.

Sin la cruz, Aquél que es la vida no hubiera sido clavado en le leño. Si no hubiese sido clavado, no hubiese sido rasgado el documento en que constaba la deuda contraída por nuestros pecados, no hubiéramos sido declarados libres, no podríamos disfrutar del árbol de la vida, el paraíso continuaría cerrado…

Sin la cruz, no hubiera sido derrotada la muerte, ni despojado el lugar de los muertos.

La glorificación de Cristo pasa a través del suplicio de la cruz y la antítesis sufrimiento–glorificación se hace fundamental en la historia de la redención: Cristo, encarnado en su realidad concreta humano–divina, se somete voluntariamente a la humillante condición de esclavo (la cruz, del latín «crux», es decir, tormento, estaba reservada a los esclavos), y el infame suplicio se transforma en gloria imperecedera. Por eso la cruz es el símbolo y el compendio del cristianismo:

«Recuerden la serpiente que Moisés hizo levantar en el desierto: así también tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tendrá por él vida eterna». (Jn 3, 14-15)

 Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Los Sacramentos y la Biblia*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2008

 

BAUTISMO

Originariamente es un rito purificatorio simbólico, consistente en sumergirse o rociarse con agua. Frecuente en la historia de las religiones y no desconocido en el mundo del AT (Nm 19, 2-10). Juan, el precursor, lo utiliza como señal de penitencia (Mt 3, 2-11 par). Jesús, que se somete a este rito (Mt 3, 13-17), lo convierte en rito de entrada en el reino (Mt 28, 19; He 1, 38; 8, 12.16.36-38; 9, 18; 10, 48; etc.). Pero justamente por eso, en adelante ya no será un simple rito externo, sino un acontecimiento eficaz y transformador (Mt 3, 11; Jn 3, 3-8; He 1, 5). Relacionado con la muerte sacrificial de Cristo (Mc 10, 38; Lc 12, 50), es una participación en esa muerte y en la consiguiente resurrección (Rm 6, 3-9; Ga 3, 27; Col 2, 12) y comporta una profunda renovación en la vida y en la conducta (Rm 6, 4-14; 1 Co 6, 11; Tt 3, 3-5).

Ver 139; 135; 137-138.

 

CONFIRMACIÓN

La imposición de las manos es un rito para confirmar el bautismo y recibir los dones del Espíritu (Hch 8, 14.18; 19, 6; 9, 17), que no puede conferir cualquier ministro (Hch 8, 14-17). Hb 6, 2.

 

RECONCILIACIÓN

Tiene en la Biblia dos principales significados:

a)      Proclamación de la fe en Dios, especialmente en Dios misericordioso (Sal 40, 10; 95, 5-6; 104; 105) y en Jesucristo (Mt 16, 16; Rm 10, 9-10; 1 Tm 6, 12; 1 Jn 2, 23).

b)      b) Reconocimiento y manifestación de los propios pecados, bien como individuo (Lv 16, 21; Nm 5, 7; Jos 7, 19; Pro 28, 13; Sir 4, 26; St 5, 16; 1 Jn 1, 9; ver Lc 5, 8; 15, 21), bien como colectividad (Esd 9, 6-15; Bar 1, 15-22; Dn 9, 4-16; Sal 106; Mc 1, 5 par).

 

MATRIMONIO

El matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios (Gn 1, 27-28; 2, 20-24), quien de suyo lo desea monógamo e indisoluble (Mt 19, 4-5; ver Gn 4, 23-24, donde el primer polígamo es presentado como un hombre cruel y vengativo). Cierto que la Biblia se hace eco de la condescendencia de Dios con las costumbres matrimoniales del tiempo (Gn 24, 2-8; 29-15-30; 38, 6-26; Lv 18, 6-19; Dt 7, 1-3; 25, 10; Rt 2, 20), entre las que merecen especial atención la posibilidad de divorcio (Dt 21, 15; 24, 1) y la poligamia, favorecida esta última por el gran aprecio de la fecundidad (Gn 16, 2; 29, 15-30; Ex 21, 10; Dt 21, 10-15; 1Sm 1, 2). Pero el ideal es otro, por lo que desde siempre se canta el amor exclusivo (Gn 25, 19-28; 41, 50; Tb 11, 5-15; Jdt 8, 2-8; Pro 5, 15-20; 18, 22; Sir 26, 1-4; todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos (Lv 20, 10; Dt 22, 22; Ez 18, 6; Mal 2, 14-16). Con esto se va alumbrando el ideal religioso del matrimonio que Jesús (Mt 19, 3-9; Mc 10, 2-12; Jn 2, 1-11) y Pablo (1 Co 7, 2-5.10-11; Ef 5, 31-33) reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia (Ef 5, 23-32). Sin embargo, tanto Jesucristo como Pablo reconocen que el hombre y la mujer pueden también realizarse fuera del matrimonio como personas y como hijos y servidores del reino (Mt 19, 12; Lc 14, 26; 18, 29-30; 1 Co 7, 7-8.25-40).

 

EUCARISTÍA

Etimológicamente significa «acción de gracias», y en este sentido se utiliza con frecuencia en al Biblia griega (Sb 16, 28; 18, 2; 2M 1, 11; 12, 31; He 24, 3; Rm 16, 4; 1 Co 1, 14; 1 Co 14, 16; Ef 5, 4; Col 2, 7; 4, 2; 1Ts 3, 9; 1 Tm 2, 1; .4, 3; Ap 7, 12; 11, 17). Pero en el lenguaje posbíblico, la Iglesia cristiana ha hecho del término Eucaristía la expresión técnica para referirse al gesto con el que Jesús en la última cena instituye un sacrificio de acción de gracias, a la vez anticipativo y rememorativo del sacrificio de la cruz (Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20; 1 Co 11, 22-25). Jesús repite el gesto en Lc 24, 30, y la primitiva comunidad se siente comprometida a hacer lo mismo, si bien en el NT lo expresa con las palabras «fracción del pan» (He 2, 42.46; 20, 7; ver 27, 35).

 

UNCIÓN DE LOS ENFERMOS

Además del sentido bíblico ya explicado del término «consagración», la unción con aceite se utiliza en la Biblia como muestra de honor y de respeto (Sal 23, 5; ver 92, 11; Lc 7, 38-46; Mt 26, 6-13 par; Jn 12, 1-8; 19, 40) y también como elemento curativo (Is 1, 6; Lc 10, 34; Mc 6, 13). De ahí que la unción pase a constituir un elemento sacramental para simbolizar la fuerza curativo–salvífica de la acción divina sobre el hombre (St 5, 15).

 

ORDEN SACERDOTAL

La Biblia se hace eco de dos tipos de sacerdocio:

a)      El sacerdocio ministerial, que en el pueblo israelita era ejercido por los miembros de la tribu de Leví, con la familia de Aarón a la cabeza (Ex 28-29; 32, 25-29; Nm 25, 10-13; Dt 33, 8-11; 1 Re 1, 7-8.25-26; 2 Re 23, 9; Ez 44, 15-31). A estos sacerdotes ministeriales correspondía custodiar el arca de la alianza (1S 2, 12-17), ofrecer sacrificios (Lv 2, 2-10; Nm 18, 1-19; Sir 50, 5-21), recordar a los israelitas la ley y demás beneficios divinos (Dt 27, 9 ss; 33, 10, Ne 8, 10 ss). No siempre fueron fieles a su misión (Is 28, 7; Jr 2, 8; Os 4, 4-11; 5, 1 ss), por lo que los profetas anuncian un nuevo sacerdocio (Jr 33, 18; Za 3, 6-10; Mal 3, 14; Sal 110, 4), que tendrá pleno cumplimiento en Jesucristo (Hb 5-10) y en los sacerdotes de la nueva alianza (Lc 22, 19-20; 1 Co 11, 24-25).

b)      b) El sacerdocio común, que afecta a todos los miembros del pueblo de Dios y del que el sacerdocio familiar es una especie de tipo (Gn 12, 7-8; 13, 18; 16, 25). Ya el AT proclama esta condición sacerdotal de todo el pueblo (Ex 19, 6; Is 61, 6), y el NT la confirma (1 Pe 2, 5.9; Ap 1, 6; 5, 10; 20, 5; ver Rm 12, 1; Hb 12, 28).

 

 

Bibliografía: La Biblia Latinoamericana.

 

 

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¿Sanación intergeneracional?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 18, 2008

 

1. La herencia

Se cree que todos tenemos ataduras provenientes de nuestros antepasados. Se afirma, por ejemplo, que si alguien fuma en exceso o es alcohólico, esto se debe a que heredó esos hábitos malos de sus padres, abuelos o cualquier ascendiente; que si alguno de nuestros antepasados realizó rituales satánicos o brujería, esto nos producirá efectos secundarios adversos en nuestra alma; que las malas acciones de nuestros antepasados dejan secuelas en su descendencia; que la herencia nos condiciona…

La parte de la biología que trata de la herencia y de lo relacionado con ella es la genética. Esta ciencia ha avanzado mucho en los últimos tiempos y, con las nuevas investigaciones, se han podido descubrir en determinados individuos alguna tendencia a realizar ciertas conductas determinadas, lo que ha llevado a los investigadores a postular la teoría de que algunos factores genéticos pueden tratar de inducirnos o persuadirnos a actuar así.

Si bien esta teoría no está demostrada plenamente, debe advertirse que, de comprobarse, se trataría simplemente de una propensión, una tendencia a repetir esas conductas. No puede asumirse como verdad que, por herencia, el individuo adquiera esas costumbres; lo único que se afirma en las investigaciones es que existe la posibilidad, por la tendencia que existe. Un ejemplo ayuda mucho a entender esto:

Si un individuo tiene problemas depresivos que lo llevan a encerrarse en el alcoholismo, es posible que su hijo adquiera hereditariamente esa tendencia a la depresión; si, además, se dan las condiciones ambientales (poco cariño por parte de su padre, por ejemplo), es factible que repita la conducta paterna de esconder su problema acudiendo al licor.

Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que la ciencia de la psicología ha demostrado hasta la saciedad que el entorno del individuo influye mucho en la conducta: lo que lo llevará al alcoholismo no es tanto la herencia sino el ejemplo de quienes con él conviven.

Por otra parte, es inadmisible pensar que el ser humano pueda estar condicionado a actuar mal o bien. De ser así, no se podría juzgar la bondad o la maldad de sus acciones; nadie sería culpable, nadie sería virtuoso; todos seríamos una especie de robots sin libertad.

Todos podemos dominar las malas inclinaciones que puedan provenir de factores hereditarios: una simple tendencia no obliga a nadie.

No existen las cadenas o ataduras intergeneracionales que producen los mismos daños de generación en generación; lo que parecen cadenas o ataduras son hábitos aprendidos o puras coincidencias que se pueden descubrir también en otras familias. Y si no existen tales cadenas o ataduras, tampoco hay que tratar de romperlas.

Toda persona es libre; de otro modo no sería persona, pues la libertad es uno de los distintivos de la especie humana.

Por eso, toda oración de sanación puede beneficiar al individuo de algunos hábitos inadecuados que pudo adquirir por aprendizaje.

 

2. La sanación «intergeneracional»

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian». (Dt 5, 9)

«Yo, el Señor Dios, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos. (Ex 20, 5-6)

Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado, pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación». (Ex 34, 7)

Ante todas estas palabras divinas nace la pregunta: Y, ¿dónde está la bondad de Dios?

En otro pasaje se reafirma:

Tú mantienes tu bondad por mil generaciones, pero castigas la falta de los padres en sus hijos. (Jr 32, 18)

Pero después se añade:

¡Oh Dios grande y poderoso, que te llamas Dios de los Ejércitos, grande en tus proyectos y poderoso en tus realizaciones; Tú tienes los ojos fijos en la conducta de los humanos para pagar a cada uno según su conducta y según el fruto de sus obras! (Jr 32, 19)

¿Acaso Dios se contradice? No. Él es la misma verdad; no puede contradecirse:

Se acuerda para siempre de su alianza, de la palabra impuesta a mil generaciones, del pacto que con Abraham concluyó, y de su juramento a Isaac. (Sal 105, 8-9)

¿Cómo se pueden entender estos pasajes aparentemente contrarios? En la Biblia van apareciendo las respuestas:

«Reconoce, pues, que el Señor Dios, tu Dios, es “el” Dios. Es el Dios fiel, que guarda su Alianza y su misericordia hasta mil generaciones a los que lo aman y cumplen sus mandamientos, pero castiga en su propia persona a quien lo odia, y lo sanciona sin demora». (Dt 7, 9-10)

Es verdad que no se encontraría en nuestros días tribu, familia, pueblo o ciudad de las nuestras que se postre ante dioses hechos por mano del hombre, como sucedió en otros tiempos, por lo cual, en castigo, nuestros padres fueron entregados a la espada y al saqueo, y murieron en forma desastrosa ante sus enemigos. En cambio, nosotros no reconocemos a otro Dios fuera de él, y en esto radica nuestra esperanza de que no nos mirará con indiferencia, ni a nosotros, ni a ninguno de nuestra raza. (Jdt 8, 18-20)

Y, en otros pasajes, se refiere claramente a la culpa individual:

Lo mismo pasa con el que va donde la mujer de su prójimo: el que la toca no quedará sin castigo. (Pr 6, 29)

Un severo castigo aguarda al que se sale del camino; si no quiere corregirse, morirá. (Pr 15, 10)

Escucha tú desde los cielos y obra; juzga a tus siervos y castiga al culpable, haciendo recaer su conducta sobre su cabeza y declarando inocente al justo, dándole según lo que merece. (2Cro 6, 23)

Recuerda, pues, ¿cuándo ha perecido un inocente, dónde se ha visto que los buenos desaparezcan? He observado a los que hacen el mal: los mismos que lo siembran lo cosechan. (Jb 4, 7-8)

Después de éste trajeron al sexto, quien dijo a punto de morir: «No te equivoques. En verdad, es por causa de nosotros mismos que sufrimos todo esto, porque pecamos contra nuestro propio Dios; por eso nos han pasado cosas asombrosas. (2Mc 7, 18)

Además, unas son nuestras culpas; otras, las de nuestros padres:

Y ahora, Señor, acuérdate de mí y mírame. Perdona mis pecados, así como el mal que hice por ignorancia. Perdona los pecados de mis padres que pecaron ante ti. (Tb 3, 3)

Quizá donde más luces hay es en el capítulo 18 de Ezequiel:

Me fue dirigida esta palabra del Señor: «¿Por qué al hablar de Israel repiten este proverbio: Los padres comieron uvas verdes y los hijos tienen dentera a los hijos les temblaron los dientes? Yo juro, dice el Señor, que ese proverbio no tendrá más valor en Israel. Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. […] Sea un hombre justo que practica el derecho y la justicia; […] sigue mis mandamientos, observa mis leyes y actúa en todo con fidelidad. Ese hombre es justo y vivirá, palabra del Señor. Pero ocurre que ese hombre tiene un hijo violento, que derrama sangre y comete esas faltas que su padre no cometió. […] ¿Después de eso, vivirá? Ciertamente que no. Si cometió todos esos crímenes, debe morir: él será responsable de su muerte. […] Pero ese hombre, a su vez, tiene un hijo; éste vio todos los pecados que cometía su padre, los vio pero no lo imitó. […] Observa mis leyes y sigue mis mandamientos. Ese no morirá por el pecado de su padre, sino que al contrario vivirá. Quien morirá por su pecado es el padre, el que multiplicó sus violencias, robó a su prójimo e hizo lo que es malo en medio de mi pueblo. […] Quien debe morir es el que peca; el hijo no carga con el pecado del padre, y el padre no cargará con el pecado del hijo. El mérito del justo le corresponderá sólo a él, y la maldad del malo, sólo a él. […] Juzgaré a cada uno de ustedes de acuerdo a su comportamiento, gente de Israel, dice el Señor. Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Esto se corrobora en Dt 24, 16: «No serán ejecutados los padres por culpa de los hijos ni los hijos serán ejecutados por culpa de los padres. Cada cual será ejecutado por su propio pecado.»

Lo que sucede es que, cuando Dios habla de la especie humana, recuerda su gran pecado: el pecado original, por el que Él, el Señor, es un Dios celoso, que castiga la maldad de los padres en los hijos de generación en generación; pide cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de los primeros padres (Adán y Eva); nunca los deja sin castigo, pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos, es decir, a toda su descendencia.

Todo lo anterior quiere decir que la verdadera sanación intergeneracional es la Redención, dada a través de la muerte y resurrección de Jesucristo, que se lleva a cabo con dos requisitos: la Fe en Jesucristo y el Sacramento del Bautismo.

Una vez bautizados —ya perdonados y sin el pecado original—, cada uno puede cometer pecados personales, por los que será juzgado y castigado. El perdón de los pecados mortales personales, posteriores al Bautismo, requiere también de dos condiciones: un sincero arrepentimiento y el Sacramento de la Reconciliación, mientras que los pecados veniales no exigen el Sacramento.

 

3. Interpretar la Biblia

Cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

En materia de dogma y moral, entonces, el Papa y los obispos unidos a él poseen una autoridad que se llama Magisterio de la Iglesia. Efectivamente, asistido por el Espíritu Santo, el Magisterio es el auténtico depositario de la doctrina cristiana y también su auténtico intérprete.

El Magisterio examina constantemente la Fe, la moral y las costumbres e interpreta adecuadamente la Tradición Apostólica y la Biblia.

La interpretación de la Biblia es llamada exégesis, y se hace siguiendo algunos parámetros serios y profundos:

qSe estudia el estilo literario de cada uno de sus libros: hay diversísimos modos de expresarse a través de los tiempos, según los lugares y de acuerdo con los idiomas y giros idiomáticos. También es necesario verificar a qué género literario pertenece cada texto: poesía, historia, cuento, leyenda, etc. Por último, debe investigarse la vida y mentalidad del autor.

qSe investiga el contexto histórico de cada escrito: las costumbres van cambiando en cada época y se adecuan a las circunstancias que se están viviendo.

qSe examina también el contexto literal: recuérdese que todo texto sacado de su contexto puede significar otra idea diferente e, incluso, contraria.

qSe comparan los diferentes textos que hablan del mismo tema: la Biblia no es un catecismo que presenta los temas ordenados, uno a uno. El plan de Dios fue revelarse paulatinamente, de acuerdo con la madurez histórica de su pueblo elegido, hasta expresar lo que quería informarnos. Muchos temas son tratados en diferentes lugares del libro sagrado, y solo se entenderán cuando se reúnan todos, para comprender la idea global de Dios.

qSe confronta la Tradición de la Iglesia con la Biblia: la Revelación de Dios incluye ambas fuentes, como se demostró líneas más arriba.

Además, el Magisterio tiene en cuenta criterios de gran importancia:

èTodo lo valioso del Antiguo Testamento (AT) está interiorizado en el Nuevo Testamento (NT): menos acciones externas y más conversión del corazón.

èEl AT fue superado y sobrepasado por el NT.

èEl AT presenta una forma provisional de la religión, sombra del NT.

èEl AT llega a la plenitud solamente con el NT y este se entiende mejor con el Antiguo.

èLa Ley del AT fue establecida para el pueblo judío y para antes de la venida de Cristo; por lo tanto, ya no obliga a los que creen en Cristo. Esa Ley fue sustituida por la nueva Ley del amor del NT, que comprende y sobrepasa la antigua Ley.

èLas enseñanzas y órdenes divinas que contiene la Escritura pueden ser temporales (para un momento determinado) o particulares (para ciertas personas o grupos de personas).

èEn la Biblia se encuentran a menudo expresiones derivadas de costumbres, opiniones o creencias de ciertos lugares y momentos históricos en los que vive el autor, a los que no es extraño. Estas expresiones en nada desdicen la autoría de Dios, ya que Él se vale de esa individualidad para precisar lo que desea en los términos de la época, lugar y circunstancias, para hacerse entender mejor.

Como se ve, el estudio bíblico requiere, además de la asistencia del Espíritu Santo, de personas capacitadas y especializadas, y de mucho tiempo y dedicación.

Estas investigaciones del Magisterio de la Iglesia son publicadas constantemente, para que todos los cristianos estén adecuadamente informados. Las principales publicaciones son las siguientes:

q  Cartas y encíclicas pontificias (del Papa)

q  Documentos eclesiales (de la Iglesia)

q  Documentos emanados de los concilios, congregaciones, asambleas episcopales y sínodos

q  Derecho canónico

q  Liturgia

q  Escritores eclesiásticos: Padres de la Iglesia (patrística), Doctores, santos, etc.

Con el fin de recoger todos estos documentos de la Iglesia en uno solo, se editó el Enchiridion Symbolorum o Denzinger. Esta labor que se ha seguido realizando hasta ahora.

Pues bien: en ninguno de estos documentos oficiales del Magisterio de la Iglesia Católica hay nada escrito acerca de la sanación intergeneracional o las llamadas cadenas o ataduras intergeneracionales. Lo cual significa que estos temas están fuera del depósito de la fe, de la Revelación Universal; es decir: no son cristianos.

Por otra parte, no se puede afirmar que estos temas de la sanación intergeneracional, cadenas o ataduras intergeneracionales son nuevas revelaciones del Espíritu Santo, pues no debemos olvidar lo que afirma el Magisterio en el Catecismo de la Iglesia Católica:

«Dios se ha revelado plenamente enviando a su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él.» (nº 73).

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4. Castigo

Tal vez el problema es de lenguaje: la palabra «castigo» tiene, según el Diccionario de la Real Academia, dos acepciones, dos significados distintos: el primero de ellos es: «Pena que se impone al que ha cometido un delito o falta».

La palabra «Pena» en este caso no significa vergüenza (como solemos usarla en Colombia, Costa Rica, Méjico, Panamá y Venezuela), sino la sanción impuesta por la autoridad legítima con la que se paga a la sociedad por un delito o una falta cometida. Así, hasta de 40 años de cárcel es la pena que se le impone en nuestro país a quien comete un homicidio. Se supone que con esa pena se salda la deuda con la sociedad, es decir, se hace justicia.

Las ofensas a Dios —infinitamente justo— tienen, en este sentido, su castigo proporcional y definitivo, el cual se llevará a cabo después de la muerte.

 

El otro significado de «castigo» que nos presenta el Diccionario es: «Reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección». Llama la atención que el Diccionario considere «antigua» esta acepción.

Es en este sentido en el que Dios nos «castiga»: Él, en su infinito amor, no nos quita la libertad que nos dio; nos deja actuar mal o bien, según nuestro libre albedrío: deja que nos amemos, deja que nos odiemos, deja que nos matemos…

Y deja que esos actos produzcan sus consecuencias: bienestar, malestar, destrucción…, permitiendo que los acontecimientos sigan su curso. Él, con su infinita sapiencia, sabe que ese sufrimiento que se deriva de nuestros actos, aunque nosotros no lo entendamos, nos conviene, nos hará bien.

Este es el «castigo» divino, que deberíamos llamar más bien reprensión, aviso, consejo, amonestación o corrección. Es más: es una corrección paternal, es un aviso amoroso del Padre que siempre está pendiente de sus hijos, procurándoles el bien por todos los medios. Es un acto de Amor divino:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-8. 11)

A Dios no le importa si sufrimos o no en esta vida temporal: lo único que quiere es que nos salvemos.

 

5. ¿Buscar la Sanación?

Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, le abrirán. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»  (Lc 11, 9-13)

¿Por qué el Señor dice que el Padre dará el Espíritu Santo, en vez de lo que le pedimos? Porque Él sabe que lo importante no son las cosas temporales: un pez, un huevo, la salud, la vida…; lo importante es la vida eterna.

Y para llegar a ella, es necesario que nuestros pecados sean perdonados:

Unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirlo, para ponerlo delante de él. Pero no encontrando por dónde meterlo, a causa de la multitud, subieron al terrado, lo bajaron con la camilla a través de las tejas y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Viendo Jesús la fe que tenían, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados». (Lc 5, 18-20)

Así quiso enseñarnos que lo importante no es la sanación, sino la salvación: aunque nos curen mil veces y mil veces nos resuciten, de todas formas moriremos.

Quienes olvidan esto, no entienden la bendición que es el sufrimiento:

Ahora me alegro de sufrir por vosotros, y por mi parte completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es su Iglesia. (Col 1, 24)

Y hasta podrían hacerse enemigos de la Cruz de Cristo, como lo dice el apóstol:

Porque muchos viven, según os dije tantas veces, y ahora os lo repito con lágrimas, como enemigos de la cruz de Cristo (Flp 3, 18)

  

 

 

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¿Miedo a exigir?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Son muchos los eventos que suceden a diario para demostrar que la Iglesia Católica pierde cada vez más “adeptos”. Y si son incontables los “ex católicos” que pasan a las huestes mormonas, qué no se dirá de los que se unen a los cristianos evangélicos o a los Testigos de Jehová. Además, hoy pululan los que creen en la Nueva Era, entendida de mil formas distintas, y a las sectas…

 

A todos los ciudadanos nos aterra ver cómo los almacenes, las fábricas y las empresas anuncian grandes descuentos en los productos que venden, desde cosas palpables como los carros que cuestan ahora millones de pesos menos, hasta las intangibles como los viajes y los seguros… Así mismo, es impresionante observar las estadísticas en lo referente a la presencia de católicos en los templos, en la solicitud de servicios litúrgicos, de sacramentos, de asesoría espiritual…

 

Esta última, por ejemplo, si se compara con la que brindan los centros de yoga, el esoterismo y los almacenes de venta de velas de colores para cada necesidad, muestra un valor mínimo: muy pocos feligreses creen en la eficacia de la labor sacerdotal que, como ministros de Dios, pueden ejercer.

 

Las editoriales católicas están pasando un momento verdaderamente apremiante desde el punto de vista económico. Si se coteja su situación con las librerías esotéricas y las que venden libros de frutoterapia, aromaterapia, coloroterapia, radioterapia, digitoterapia… es decir, sobre todas las “terapias” posibles, se llegará a la conclusión evidente de que el catolicismo está “de capa caída”.

 

Y algunos sacerdotes se llenan de miedo: cambian la liturgia de los ritos sagrados, desobedeciendo las normas emanadas del Vaticano; se esfuerzan por “llegar” al público con novedosas técnicas de oratoria, música más “alegre”, actitudes más “acordes con el pensar de las gentes de hoy”, llegando muchas veces a perder la modestia, la mesura y la circunspección debidas en un ministro de Dios; otros hablan más de política y de cosas profanas que de aspectos útiles para la gloria Dios y la salvación de las almas, para “no cansar al auditorio y que se nos alejen más fieles”; En fin, se llega a claudicar en aspectos esenciales de nuestra Fe y hasta en los Dogmas que la Iglesia ha proclamado, por ser “más asequibles”…

 

Y, ¿fue Jesús así? No. Por más “mal” que llegase a caer en los ambientes de su época, Él permaneció digno e inflexible, aunque lleno de amor por todos. Es más: esa actitud fue la que lo llevó a una muerte de cruz. No cedió ante los escribas y fariseos a quienes no dudó en llamar sepulcros blanqueados, hipócritas (Mt 23, 27) y otros improperios; ni siquiera claudicó ante Caifás o ante Pilato, cuando podía decir algo para salvarse de la muerte.

 

Y tuvo éxito: hoy, en más de dos tercios del globo terráqueo se dice “antes de Cristo” o “después de Cristo” para dar fechas; hoy el cristianismo sigue siendo todavía la religión con más creyentes…

 

En los momentos difíciles es cuando más se fortalece un ser humano. Asimismo, en las dificultades, los cristianos somos más cristianos: cuando se persigue a la Iglesia aparecen los mártires, cuando un lugar se siembra de mártires crece esa Iglesia local más que nunca, cuando los obispos y los presbíteros son perseguidos se hacen más fuertes, se llenan más de amor por Dios y por su Iglesia, y ese ejemplo mueve a los laicos a ser mejores hijos de Dios…

 

¿Necesitaremos acaso hostigamientos, persecuciones, acosos, para ser otra vez como los primeros cristianos? ¿Vamos a esperar a que lleguen esos momentos?

 

No son las tácticas las que atraerán a los verdaderos católicos. Es nuestro ejemplo de valentía, de obediencia, de sacrificio, lo que lo logrará; es la unión verdadera con Cristo: en la oración frecuente, puntual, perseverante, de diálogo verdadero entre Dios y su criatura; en la cruz de cada día que nos viene o en la que valiente y voluntariamente le ofrecemos por la salvación del mundo y para reparar la gloria que le hemos quitado; es la obediencia delicada a sus leyes y a las de su Iglesia… Es Dios quien mantendrá firme y creciente a la Iglesia Católica. Si creemos que son nuestras habilidades o las tácticas las que evitarán la desbandada de los católicos  o las que nos traerán más adeptos, estamos cometiendo el mismo pecado de Adán y Eva: la soberbia. Y eso no es nada original.

 

 

 

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Merma el número de católicos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Es algo innegable: los países latinoamericanos están viendo cómo sus hijos católicos se hacen principalmente Evangélicos y Pentecostales (que se llaman a sí mismos cristianos), Testigos de Jehová, seguidores de la Nueva Era, Mormones… Los párrocos están percibiendo una menor proporción de feligreses.

 

Este abandono ya muestra sus efectos: críticas a la Iglesia Católica que van y vienen en los medios de comunicación, en los círculos sociales y en los ambientes más dispares, lo que deriva en menor credibilidad en la Iglesia…

 

Y, ¿cuál es la razón de esa huida? ¿Por qué se van los católicos a otras huestes?

 

Preguntando tanto a los «ex católicos» como a los que todavía no se han cambiado, se descubrió que las siguientes son las principales causas, en orden de prevalencia: primero, falta de motivación por parte del clero a sus feligreses; segundo, presencia de cierta rigidez y monotonía en los ritos católicos, que no tienen alegría ni entusiasmo; tercero, alejamiento de la jerarquía de la realidad del católico común; y cuarto, un léxico incomprensible por parte de los sacerdotes y laicos comprometidos (que con frecuencia se ven un poco fanáticos).

 

Este estudio muestra realidades que invitan a hacer profundos análisis, imposibles de exponer en un artículo tan reducido en espacio; pero bien se alcanza a descubrir la entraña de este innegable desastre: la deserción —ya en masa— de muchos bautizados y la disminución de la eficacia apostólica de quienes creen que la Iglesia Católica es depositaria de la verdadera Fe.

 

En primer lugar, sorprende saber que las razones apuntadas para esta especie de apostasía dejan entrever la falta de testimonio que damos los católicos: cerca de un 97% de los encuestados tuvieron padres católicos que no vivían como tales (algunos, aunque conocían los principales postulados de nuestra Fe, no cumplían los mandamientos: vivían en unión libre o eran infieles a sus cónyuges o abortaban o usaban anticonceptivos, etc.).

 

Directamente relacionada con el antitestimonio, la incoherencia es otro de los resultados de la investigación que se llevó a cabo; el estribillo de los encuestados fue: «El cura predica pero no aplica» o «Piden humildad, pobreza, obediencia, castidad… pero no las viven».

 

Jesús, por ejemplo, dijo que la gente conocería si somos sus discípulos por el amor que nos demostremos unos a otros y, sin embargo, oímos críticas, sentimos envidias y recelos, nos obstinamos en el error…

 

Hay algo más: el defecto en la explicación de las verdades de la Fe es evidente: los feligreses no saben, por ejemplo, qué es la Eucaristía; creen que se trata de algo superficial, obligatorio («quién sabe por qué») y monótono.

 

Del mismo modo, casi toda la doctrina de la Iglesia es desconocida, aunque no siempre nominalmente: muchos conocen los «qué», pero no los «porqué» de cada dogma, de la moral, de la gracia, de la oración, de los sacramentos, de los mandamientos, de la economía de la salvación… Pero lo que menos conocen los católicos que se cansan y se van tras otras «luces» es la tríada fundamental de nuestra Fe: la creación, la Encarnación y la Redención.

 

Analizado sin la Fe, sin la Esperanza y sin el Amor, podríamos decir que, poco a poco, el éxodo seguirá creciendo hasta hacer desaparecer a la Iglesia; pero, por fortuna, tenemos esas 3 virtudes teologales que nos hacen decir: «A grandes desafíos, grandes respuestas».

 

De modo pues que es necesario hacer algo grande. Y debemos comenzar por el principio: estudiar nuestra Fe y vivirla, para ser testigos veraces, más con el ejemplo que con las palabras.

 

El segundo paso es ser hombres y mujeres de oración, una oración asidua y profunda que nos lleve a conocer y comprometernos con Cristo, quien siempre pide más. Ese Cristo nos llevará, como a los santos, como a los mártires, a desgastar la vida por su amor ofreciendo nuestras cruces (unidas a la de Él para que así tengan eficacia) por la salvación de las almas y para reparar la gloria que le hemos quitado.

 

Y, por último, a cumplir con el deber de bautizados: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio» (Mc 16, 15), más con las obras que con las palabras.

 

 

 

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El secreto de la eficacia apostólica

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Las técnicas, los medios, la imagen que proyecta la Iglesia es, para la prensa, la causa del abandono del camino católico de muchos.

Para ese supuesto “fracaso” de la Iglesia Católica se aduce error en las estrategias “de venta”, no saber “llegar” al público, no saber promover el “producto”…

Además —dicen los medios—, se ha minado el antiguo esplendor del catolicismo por la atracción de otras Iglesias o sectas con música y alegría en sus templos, con tácticas psicológicas para atraer adeptos, con sermones que sí cautivan al público, junto con la aparición de la Nueva Era —menos exigente y más acomodadiza en lo que respecta a la moral y a las costumbres—, y otros modos de vivir subjetivistas y relativistas.

Pero ningún medio de comunicación habla o escribe de la necesidad de la oración: oración por la grey del Señor, oración por los diáconos, por los presbíteros, por los obispos:

“Les dijo: «La cosecha es abundante, pero los obreros son pocos. Rueguen, pues, al dueño de la cosecha que envíe obreros a su cosecha».” (La Biblia Latinoamericana, Lc 10,2)

Tampoco hay palabras escritas o habladas acerca de la unión con la Cruz de Cristo, lugar donde se hizo la Redención:

A partir del misterioso designio de Dios (1Co 1,23) la cruz, en su sentido físico cuando lo requieran las circunstancias (y siempre en sentido espiritual) se ha convertido en camino inesquivable para alcanzar la salvación propia y de los demás:

“Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga».” (Mc 8,34; Mt 16,24)

“En cuanto a mí, no quiero sentirme orgulloso más que de la cruz de Cristo Jesús, nuestro Señor. Por él el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo.” (Ga 6,14)

El dolor, históricamente, en lo que tiene de duro y mortificante para el hombre, es instrumento querido por Dios para que individuo y comunidad se conviertan en frutos maduros para la salvación:

“Yo le mostraré todo lo que tendrá que sufrir por mi Nombre.” (He 9,16)

“Por todas partes llevamos en nuestra persona la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra persona. Pues a los que estamos vivos nos corresponde ser entregados a la muerte a cada momento por causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra existencia mortal. Y mientras la muerte actúa en nosotros, a ustedes les llega la vida.” (2Co 4,10-12)

Como se ve, la cruz personal es el cauce para que la gracia de Dios actúe y transforme.

“De mil maneras demostramos ser auténticos ministros de Dios que lo soportan todo: las persecuciones, las privaciones, las angustias, los azotes, las detenciones, las oposiciones violentas, las fatigas, las noches sin dormir y los días sin comer.” (2Co 6,4-5)

“Trabajos y agotamiento, con noches sin dormir, con hambre y sed, con muchos días sin comer, con frío y sin abrigo. Además de estas y otras cosas, pesa sobre mí la preocupación por todas las Iglesias.” (2Co 11,27-28)

“Por eso, yo les ruego que no se desanimen al ver las pruebas que soporto por ustedes. Más bien han de sentirse orgullosos de ellas.” (Ef 3,13)

“Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia.” (Col 1,24)

Si queremos el bien de la Iglesia, todos debemos seguir este mismo camino. Quien desee triunfar en el apostolado debe hacer sacrificios.

“Les ruego, pues, hermanos, por la gran ternura de Dios, que le ofrezcan su propia persona como un sacrificio vivo y santo capaz de agradarle; este culto conviene a criaturas que tienen juicio.” (Rm 12,1)

“Ofrezcamos a Dios en todo tiempo, por medio de Jesús, el sacrificio de alabanza” (He 13,15)

“También ustedes, como piedras vivas, edifíquense y pasen a ser un Templo espiritual, una comunidad santa de sacerdotes que ofrecen sacrificios espirituales agradables a Dios, por medio de Cristo Jesús.” (1 Pe 2,5)

Y quien desee éxito también debe hacer ayunos, gesto religioso muy positivamente valorado por la Biblia como medio de implorar la protección divina contra una calamidad (Jl 2,12-17; Jdt 4,9-13). ¿Acaso no es la situación moral y espiritual de hoy una gigante calamidad?

“Esta clase de demonios sólo se puede expulsar con la oración y el ayuno.” (Mt 17,21)

O antes de emprender una difícil empresa (Jc 20,26; Est 4,16; He 13,2-3).

Pero la Biblia no considera el ayuno como un rito mágico; por eso mismo sólo lo valora positivamente cuando va acompañado de la oración y de la ayuda al necesitado (Tb 12,8-9; Jr 14,10-12; Is 58,3-7). En esta misma línea de valoración positiva, pero condicionada, se coloca Jesús:

“Cuando ustedes hagan ayuno, no pongan cara triste, como los que dan espectáculo y aparentan palidez, para que todos noten sus ayunos. Yo se lo digo: ellos han recibido ya su premio. Cuando tú hagas ayuno, lávate la cara y perfúmate el cabello. (Mt 6,16-17)

Y también la primitiva comunidad cristiana lo hace. Veamos unos apartes de los Hechos de los Apóstoles:

“En aquellos días, muchos se convirtieron y abrazaron la fe.

Llegó noticia a la Iglesia de Jerusalén y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho, y exhortó a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño; como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor.

Más tarde, salió para Tarso en busca de Saulo: lo encontró y se lo llevó a Antioquía. Durante 1 año fueron huéspedes de aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’.

En la Iglesia de Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, apodado el moreno; Lucio el cireneo, Manahén, hermano de leche del rey Herodes, y Saulo.

Un día que ayunaban y daban culto al Señor, dijo el Espíritu Santo:

–Apartadme a Bernabé y a Saulo para la misión a la que los he llamado.

Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron.” (He 11, 22-26; 13,1-3)

¿No es precisamente lo que nos cuenta la Palabra de Dios lo que queremos ver los Católicos más a menudo?: “al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró mucho” Es verdad que se hace apostolado, es verdad que se incrementan los integrantes de los grupos de oración, es verdad que a veces se ve un florecimiento del catolicismo…, pero ¿no es verdad también que la mayoría de los católicos están ajenos al verdadero compromiso?

¿Cómo lograr que esto mejore? El mismo texto nos lo va contestando: “como era hombre de bien, lleno de Espíritu Santo y de fe, una multitud considerable se adhirió al Señor”. De la mayoría de nosotros se puede decir que somos hombres de bien, pero, ¿estamos realmente llenos del Espíritu Santo? ¿llenos de fe? Solo así se podrán oír frases tan triunfalistas como: “Fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos ‘cristianos’”.

Pero hay más: “Volvieron a ayunar y a orar, les impusieron las manos y los despidieron”.

¿Cuántos católicos ayunan?

“En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.” (He 14,23)

Para estar plenamente convencidos de todo esto basta ver lo que fue la cuaresma de Jesús: Mt 4.

El Señor nos enseñó, con su vida, a amar la Cruz:

“Pero también he de recibir un bautismo y ¡qué angustia siento hasta que no se haya cumplido!” (Lc 12, 50)

Si estamos acostumbrados a las palabras claves de hoy, quizá esta sea la adecuada: coherencia.

Por eso, quien quiera lograr mucho con su apostolado debe abnegarse, exigencia indispensable para ser discípulo de Jesús (Mt 10,37; Mt 16,24; 19,17.29; Mc 8,34; Lc 9,23).

También el apóstol de Cristo debe tomar la cruz y seguir a Jesús (Mt 16,24 par), crucificar la propia carne (Ga 5,24), preferir los intereses de Cristo a los propios (Mt 10,37; Lc 14,26), y otras tantas expresiones neotestamentarias de la abnegación cristiana.

San Pablo recomienda encarecidamente la abnegación (Rm 6,12-13; 1Co 7,29-31; Ti 2,12).

Solo la unión, no figurativa, sino real, con la Cruz de Cristo es la esencia de la eficacia apostólica.

Es la historia de los mártires que llenan nuestro santoral, y la de los otros que, sin que nadie lo supiera, en la humildad más profunda y ocultos a los ojos del mundo, supieron adecuar su vida a la de Jesús, hasta la locura de la Cruz.

No podemos volver la mirada hacia las técnicas o hacia los medios para hacer apostolado sin recordar y vivir la verdadera identificación con Cristo: en su Cruz. No en nuestras cruces, en la de Él.

Unidos a su Cruz cada día, diciendo “sí” al Padre Celestial cada instante se hará la transformación del gran grupo de católicos llamados “no practicantes”. Nuestros sufrimientos, nuestras penas, nuestros dolores ¡los voluntarios también!, unidos a la Cruz de Cristo harán realidad nuestra misión de apóstoles.

El error es creer que son nuestras fuerzas las que logran el triunfo en el apostolado: cuando se mengua el “yo” para que crezca el Señor a la manera de Juan, el bautista (Cf. Jn 3,30), se obtiene el éxito:

1.  La oración y el sacrificio nos obtendrán fuerzas para saber escuchar a quienes acuden a nosotros.

2.  La oración y el sacrificio ayudarán a que seamos más comprensivos y tolerantes.

3.  La oración y el sacrificio hará que sepamos que el éxito no depende de nosotros sino de la gracia de Dios.

4.  La oración y el sacrificio servirán de cauce para la acción del Espíritu Santo en las almas que nos están confiadas.

5.  La oración y el sacrificio nos pondrán “a tono” con los deseos del Señor.

6.  La oración y el sacrificio nos acarrearán ese “gancho” que necesitamos como pescadores de hombres que somos: el amor sincero y desinteresado por las almas, como el de Jesús, quien fue capaz de morir por ellas ¡y en una muerte de Cruz!

7.  La oración y el sacrificio son, como dice la canción, el instrumento para que el grano de trigo (nuestro egoísmo) muera, y dé fruto en abundancia…

  

Los siguientes documentos de la Iglesia hablan de estos temas de un modo similar:

·     Sobre la Cruz:

Lumen Gentium, 3;

Hechos de los apóstoles, 14, 22;

Santo Domingo, conclusiones, 2;

Santo Domingo, conclusiones, 10;

Santo Domingo, conclusiones, 40.

Puebla, conclusiones, 278;

Puebla, conclusiones, 296;

Puebla, conclusiones,  585;

Catecismo de la Iglesia Católica, 710.

·     Sobre el anonadamiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 520.

·     Sobre el sufrimiento:

Catecismo de la Iglesia Católica, 307;

Catecismo de la Iglesia Católica, 428.

·     Sobre la mortificación:

Catecismo de la Iglesia Católica, 2015;

Catecismo de la Iglesia Católica, 2043.

·     Sobre el ayuno:

Catecismo de la Iglesia Católica, 575;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1430;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1434;

Catecismo de la Iglesia Católica, 1969.

·     Y sobre el dolor:

Santo Domingo, mensaje a los pueblos de América latina y el Caribe, 8;

Santo Domingo, conclusiones, 145;

Puebla, conclusiones, 279.

 

 

 

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Desbandada de católicos

Posted by pablofranciscomaurino en julio 11, 2008

 

Hacer una evaluación, parroquia por parroquia, o viajar por el país son, entre otras, las mejores maneras de evaluar lo que está sucediendo en las huestes católicas: grupos de esoterismo, presencia de Testigos de Jehová, satanismo, budismo tibetano y otros y, mucho más extendidas, agrupaciones cristianas no católicas que son ahora sedes llenas de ex católicos. Hay lugares en donde por cada templo católico hay tres iglesias de credos no católicos en las que los pastores aleccionan a los fieles a seguir tras las huellas de fundadores de nuevos modos de ver el cristianismo; y lo que es más: por cada feligrés hay doscientos o trescientos nuevos cristianos: personas que antes conocíamos como evangélicos y más atrás como protestantes.

Preocupados por esa desbandada, muchos prelados y laicos intentan retornarlos o disminuir su éxodo cambiando sus actitudes e intentando mudar la forma —no el fondo— de los ritos, llenándolos de cánticos, de diálogo pastoral, de música, de simpatía…, como si se tratase de la captura de un mercado comercial.

Pocos, en cambio, se han dado a la tarea de examinar los motivos extrínsecos de tales cambios de “religión” y mucho menos los motivos interiores o intrínsecos. Sobresalen los siguientes en orden de prevalencia (del más frecuente al menos):

1. La inexistencia de una “alma” en el catolicismo que impela a un verdadero compromiso de vida. 2. La ausencia de un cambio exterior en los ritos católicos que demuestre los movimientos interiores del alma. 3. La presencia en los otros credos de expresiones externas que muevan el sentimentalismo de las masas. 4. La evidencia de gran cantidad de cambios positivos en drogadictos, delincuentes de la más variada maldad y, especialmente, de seres que, tras etapas de depresión, encuentran cariño y el apoyo psicológico y material que – dicen ellos – no hallaron entre los sacerdotes y religiosos y, mucho menos, entre quienes se llaman católicos.

¿Qué podemos contestar ante estos argumentos?…

Más que contestar bien vale la pena evaluar la situación actual, tanto en la realidad (llegaremos ser la religión menos numerosa del país), realidad imposible de negar, como en las causas de la misma:

¿Por qué se niega la existencia de una “alma” en el catolicismo que impulse a un cambio verdadero de vida en el Señor? No nos dejemos llevar por respuestas simplistas. No es porque no se predique lo suficiente, ni porque el cura no “llega” al feligrés. Es porque esa “alma” del catolicismo es la misma Cruz de Cristo a la que no hemos llegado de veras y con la valentía de algunos de los primeros cristianos; “hasta la sangre”, como decía san Pablo; radicalmente, como lo hizo san Francisco; “… es Cristo quien vive en mí”…

¿Por qué no llegamos a tantos, como los otros? Tampoco conviene dejar esta pregunta sin un profundo análisis. Y la respuesta es la misma: la eficacia no está en nosotros, en nuestras cualidades como predicadores o como hombres piadosos únicamente, está en nuestra unión con la Cruz de Cristo. ¿Cuántas veces nos unimos a ella, no en el sentimiento sino en la realidad? Morir con Cristo en la Cruz cada día es ser el servidor de todos; trabajar, sufrir y dejar toda la satisfacción a los demás; considerase siempre el último de todos, por tanto, contento de ocupar el último lugar; ser indiferente a todo, tanto a los reproches como a las alabanzas, y hasta preferir lo primero; ser siempre condescendientes con las opiniones ajenas; no vivir dando disculpas y explicaciones por los errores cometidos; no hablar de nosotros mismos; que los oficios más humildes sean siempre los nuestros…

Y, principalmente, pureza de intención en la acción menor como en la mayor y unión íntima con el Corazón de Jesús. Aquí está la fuerza del amor de Cristo: en su Cruz.

 

 

 

 

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Por los bebés abortados*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 4, 2008

Padre celestial, tú nos das la dádiva de la libertad de amar y seguir tus caminos y tus mandatos. Algunos padres escogen abusar de esta libertad destruyendo el regalo de la vida, tu obsequio.

Por favor, perdona a quienes destruyen la vida humana con el aborto, y da a esos niños abortados la oportunidad de disfrutarte por toda la eternidad.

Ayúdame a ser solidario con esos pequeños seres tuyos, tomando como propias las palabras de tu Hijo: “Cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25,40). Por eso, permíteme hoy, Padre, adoptar espiritualmente a un niño abortado, y ofrecer todas mis oraciones, mi trabajo, mis alegrías y mis sufrimientos por ese pequeñito, para que pueda vivir en tu gloria, con tu Hijo Jesucristo y con el Espíritu Santo, un sólo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

 

A María, madre de las mujeres heridas por el aborto

 

María de Belén y Nazaret, esposa de José, Virgen y Madre del Hijo de Dios hecho hombre, mujer del sufrimiento, modelo de Fe. Tú eres nuestra Madre: viviendo en el gozo de la presencia de Dios, cuidas de cada uno de nosotros con generosidad, compasión y ternura. A ti te confiamos todas las madres heridas por el aborto y sus hijos abortados. Que tu amor infinito consuele a nuestras hermanas devolviéndoles su dignidad. Sé para ellas un manantial de salud, paz y alegría; permíteles encontrar el consuelo de saber que sus hijos reposan en tus brazos.

Protege y bendice el trabajo de quienes apoyan a estas mujeres. Que puedan dar todo el amor y el consuelo a tus adoloridas hijas. Asístelos para que trabajen con coraje, dedicación y perseverancia, y así logren proteger a todas las mujeres del horror de abortar a sus hijos.

Da capacidad de comprensión a todos los que se acerquen a las madres que han abortado, especialmente a quienes puedan ayudarlas.

Y a nosotros, pobres pecadores, concédenos permanecer unidos en la presencia de tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

 

Anónimo

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