Hacia la unión con Dios

Archive for 29 agosto 2008

¿Por qué permite Dios que suframos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 29, 2008

 Ø  Porque sirve de prueba a los que agradan a Dios, y los purga para embellecerlos más (como se purgan las joyas y las estatuas)

Ø  Porque es medicina que preserva para no caer:

§  Debilita al hombre viejo y

§  Quita las armas del enemigo: la soberbia, la codicia y la lujuria

Ø  Porque es medicina que paga la culpa, limpiándola de sus pecados:

§  Hace entrar en los rincones de la conciencia y ver la fealdad del alma, y la invita a la contrición

§  Hace entender lo que alguna vez se había oído o leído sin entender

§  Libra de las penas del infierno

§  Libra de las penas del purgatorio

Ø  Porque sirve de castigo, que no gusta en el momento, pero que luego es valorado por lo útil que nos fue

Ø  Porque alumbra los bienes de la gloria eterna, al hacernos conscientes de que somos peregrinos en este valle de lágrimas, y de que todo lo temporal es sombra o sueño

Ø  Porque nos concientiza de las necesidades de los prójimos, las cuales no veíamos cuando no teníamos su pobreza, sus enfermedades, sus necesidades… Aparece entonces la compasión, y los ayudamos con la caridad que no tendríamos sin los sufrimientos

Ø  Porque nos conocemos mejor y nos humillamos, porque sin el sufrimiento el hombre es ciego y no se conoce, y cree que es bueno. Si en el momento del sufrimiento hacemos muchos propósitos que no cumplimos después, nos humillamos y pedimos ayuda a Dios, llorando nuestra flaqueza

Ø  Porque nos perfecciona:

§  Hace el corazón capaz de Dios, vaciándolo de las criaturas a las que estaba apegado, porque descubrimos su vaciedad, inestabilidad, finitud e inutilidad

§  Hincha en el amor a Dios

§  Hace volar hacia la perfección

Ø  Porque nos conocemos mejor, y vemos mejor la diferencia entre lo malo y lo bueno y, también, entre los malos y los buenos

Ø  Porque hace volver al bien y enmendarse

Ø  Porque sirve de ejemplo para los demás

Ø  Porque nos enseña de las riquezas que: adquirirlas está lleno de trabajos; poseerlas, de fervor; y perderlas, de dolor.

 

 Extractado del libro: Tratado de la tribulación, del padre Pedro de Ribadeneira

 

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Las obras de misericordia*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2008

Espirituales

1. Enseñar al que no sabe

2. Dar buen consejo al que lo necesita

3. Corregir al que yerra

4. Perdonar las injurias

5. Consolar al triste

6. Sufrir con paciencia las molestias de nuestros prójimos

7. Rogar a Dios por los vivos y por los muertos

Corporales

1. Visitar a los enfermos

2. Dar de comer al hambriento

3. Dar de beber al sediento

4.Visitar a los presos

5. Vestir al desnudo

6. Dar posada al peregrino

7. Enterrar a los muertos

Iglesia Católica

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Los frutos del Espíritu Santo*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 28, 2008

Caridad: Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos. Opuesto a la envidia y a la animadversión.

Gozo: Sentimiento de complacencia en la posesión, recuerdo o esperanza de bienes. Alegría del ánimo.

Paz: Virtud que pone en el ánimo tranquilidad y sosiego, opuestos a la turbación y las pasiones.

Paciencia: Capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse. Facultad de saber esperar cuando algo se desea mucho. (Algunos afirman que sería la suma de la paz y la ciencia.)

Longanimidad: Grandeza y constancia de ánimo en las adversidades.

Bondad: Natural inclinación a hacer el bien.

Benignidad: Afabilidad, benevolencia, piedad. Templanza, suavidad, apacibilidad.

Mansedumbre: Virtud de quienes poseen condición benigna y suave. Apacible, sosegado, tranquilo.

Fidelidad: Lealtad, observancia de la fe que uno debe a otro.

Modestia: Virtud que modera, templa y regla las acciones externas, conteniendo al hombre en los límites de su estado según lo conveniente a él.

Continencia: Virtud que modera y refrena las pasiones y afectos del ánimo, y hace que viva el hombre con sobriedad y templanza.

Castidad: Virtud del que se abstiene de todo goce genital ilícito.

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¿Cómo interpretar la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 26, 2008

Al leer la Biblia desprevenidamente, sin preparación previa, se pueden cometer muchos errores en su interpretación: entender literalmente los versículos, no investigar el estilo literario en que están escritos (muchas veces simbólico), no analizar su contexto histórico y literal, no estudiar los diferentes textos que hablan del mismo tema (los llamados textos paralelos) o no tener en cuenta la Tradición Apostólica.

Sin estos criterios, se pueden comprender erróneamente los textos bíblicos. Se da el caso de quienes afirman que Jesús fue un extraterrestre, que aprobó la prostitución o la homosexualidad; que los cristianos pueden tener varias esposas; que la Biblia prohíbe las transfusiones de sangre y la celebración de cumpleaños; que en sus líneas se habla de la reencarnación; que cada cual puede interpretar las Escrituras como quiera; que se puede matar en nombre de Dios…

Por otra parte, al interpretar la Biblia a su manera, muchos establecen o fundan nuevos grupos cristianos. Y así se dividen más los cristianos.

Entonces, cómo leer e interpretar correctamente la Biblia, si el apóstol Pedro dice:

«Sépanlo bien: nadie puede interpretar por sí mismo una profecía de la Escritura, ya que ninguna profecía proviene de una decisión humana, sino que los hombres de Dios hablaron movidos por el Espíritu Santo.» (2Pe 1, 20)

Más adelante, él mismo, hablando de las cartas de Pablo, escribe:

«Hay en ellas algunos puntos difíciles de entender, que las personas ignorantes y poco firmes en su fe tuercen, lo mismo que las demás escrituras para su propio perjuicio.» (2Pe 3, 16)

Y, ¿cómo tener la seguridad de una interpretación correcta?

Las respuestas están otra vez en la Biblia:

Antes de que lo llevaran preso, Jesús reunió a sus apóstoles, y les dijo:

«En adelante el Espíritu Santo, el Intérprete que el Padre les va a enviar en mi Nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho.» (Jn 14, 26)

Él sabía que los seres humanos iban a existir durante muchos siglos y que necesitarían siempre un Intérprete seguro. Y, ¿qué iba a pasar cuando murieran los apóstoles? ¿Quién iba a interpretar adecuadamente la Palabra de Dios?

Como se lee en el capítulo anterior (Jn 13), en ese momento Jesús estaba solo con sus apóstoles. Esto significa que a quienes sucedieran a los apóstoles les dejó esa seguridad: el Espíritu Santo les enseñará todas las cosas.

Ahora bien, ¿cómo se fueron sucediendo los apóstoles escogidos por Jesús? Veamos la Biblia:

«Un día, mientras celebraban el culto del Señor y ayunaban, el Espíritu Santo les dijo: “Sepárenme a Bernabé y a Saulo, y envíenlos a realizar la misión para la que los he llamado.” Ayunaron e hicieron oraciones, les impusieron las manos y los enviaron.» (Hch 13, 2-3)

Otro tanto nos recuerda Pablo:

«No descuides el don espiritual que recibiste de manos de profetas cuando el grupo de los presbíteros te impuso las manos.» (1Tm 4, 14)

«No impongas a nadie las manos a la ligera, pues te harías cómplice de los pecados de otro.» (1Tm 5, 22)

«Por eso te invito a que reavives el don de Dios que recibiste por la imposición de mis manos.» (2Tm 1, 6)

Queda claro que los sucesores de los apóstoles se elegían a través de la imposición de las manos. Estos sucesores eran llamados ancianos o presbíteros en Jerusalén y, fuera de Palestina, apóstoles u obispos (obispo quiere decir superior de una diócesis, a cuyo cargo está la cura espiritual y la dirección y el gobierno):

«Pues el obispo, siendo el encargado de la Casa de Dios, debe ser irreprensible: no debe ser autoritario ni de mal genio, ni bebedor, ni peleador o que busque dinero.» (Tt 1, 7)

«Carta de Pablo y Timoteo, siervos de Cristo Jesús, a los filipenses, a todos ustedes, con sus obispos y sus diáconos, que en Cristo Jesús son santos.» (Flp 1, 1)

«En cada Iglesia designaban presbíteros.» (Hch 14, 23)

«Se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 2)

«Al llegar a Jerusalén fueron recibidos por la Iglesia, por los apóstoles y los presbíteros.» (Hch 15, 4)

«Los presbíteros que son buenos dirigentes recibirán doble honor y remuneración, sobre todo los que llevan el peso de la predicación y de la enseñanza.» (1Tm 5, 17)

«Entonces, los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: “Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia.”» (Hch 15, 22-23)

«A su paso de ciudad en ciudad, iban entregando las decisiones tomadas por los apóstoles y presbíteros en Jerusalén y exhortaban a que las observaran.» (Hch 16, 4)

«Pablo envió un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia.» (Hch 20, 17)

«Cuiden de sí mismos y de todo el rebaño en el que el Espíritu Santo les ha puesto como obispos (o sea, supervisores): pastoreen la Iglesia del Señor, que él adquirió con su propia sangre.» (Hch 20, 28)

A estos pronto se añadieron los diáconos.

Los apóstoles se reservaban la autoridad suprema, que solo trasmitían a algunos colaboradores de mayor confianza. Con el tiempo, a estos se les dio el nombre de obispos, y contaron con la misma autoridad de los apóstoles.

Así quedaron constituidos los tres grados fundamentales de la jerarquía de la Iglesia, que todavía hoy subsisten: obispos, presbíteros (llamados comúnmente sacerdotes) y diáconos.

Ya desde antes, Jesús les había dicho a los apóstoles y, obviamente, a sus sucesores, los obispos:

«Quien los escucha a ustedes, me escucha a Mí; quien los rechaza a ustedes, me rechaza a Mí; y el que me rechaza a Mí, rechaza al que me ha enviado.» (Lc 10, 16)

Rechazar a los obispos es, entonces rechazar a Jesucristo y a Dios Padre. Escucharlos es escuchar al mismo Dios.

La autoridad de los obispos quedó patente cuando les dijo:

«Todo lo que aten en la tierra, lo mantendrá atado el Cielo, y todo lo que desaten en la tierra, lo mantendrá desatado el Cielo.» (Mt 18, 18)

Y esa autoridad comenzó a ejercitarse así:

«Por aquellos días, como el número de los discípulos iba en aumento, hubo quejas de los llamados helenistas contra los llamados hebreos, porque según ellos sus viudas eran tratadas con negligencia en la atención de cada día. Los Doce reunieron la asamblea de los discípulos y les dijeron: “No es correcto que nosotros descuidemos la Palabra de Dios por hacernos cargo de las mesas. Por tanto, hermanos, elijan entre ustedes a siete hombres de buena fama, llenos del Espíritu y de sabiduría; les confiaremos esta tarea mientras que nosotros nos dedicaremos de lleno a la oración y al ministerio de la Palabra.” Toda la asamblea estuvo de acuerdo y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Pármenas y Nicolás, que era un prosélito de Antioquía. Los presentaron a los apóstoles, quienes se pusieron en oración y les impusieron las manos.» (Hch 6, 1-6)

Son los Doce los que promueven la elección de los siete diáconos, son los Doce los que explican lo que conviene hacer y por qué y, aunque la asamblea escoge y propone los postulantes, son los Doce quienes establecen en su cargo a los primeros diáconos, con el rito de oración e imposición de manos.

Los Doce, es decir, los apóstoles u obispos, son los que designaban a los presbíteros:

«En cada Iglesia designaban presbíteros y, después de orar y ayunar, los encomendaban al Señor en quien habían creído.» (Hch 14, 23)

El apóstol Pablo hace lo suyo, dirigiéndose a Tito:

«Te dejé en Creta para que solucionaras los problemas existentes y pusieras presbíteros en todas las ciudades, de acuerdo con mis instrucciones.» (Tt 1, 5)

Además, Jesús mismo prometió estar con ellos, los obispos, hasta el fin de la historia:

«Por su parte, los once discípulos partieron para Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: “Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia”.» (Mt 28, 16-20)

Debe notarse que Jesús no dijo: «Vayan, pues, y hagan que todos lean la Biblia.» Son los apóstoles los encargados de enseñar. Es más: si se perdiera la Biblia, los obispos seguirían poseyendo el mensaje del Evangelio, la Palabra de Dios.

Tampoco dijo Jesús: «Tomen la Biblia y funden cada uno una Iglesia». Lo que dijo fue:

«Habrá un solo rebaño con un solo pastor.» (Jn 10, 16)

La parte más importante de la Biblia surgió de la predicación de los apóstoles, de la Tradición, es decir, de la Iglesia fundada por Cristo; por el contrario, otras Iglesias y grupos surgieron de la Biblia.

Fue la Iglesia Católica la que se encargó de reunir los libros de la Biblia. Si tenemos la Biblia es gracias a la Iglesia Católica. Por eso, el argumento del que dice que «Yo leo la Biblia y creo en Jesucristo pero no creo en la Iglesia Católica» no tiene soporte ni es racional: la Iglesia Católica le dio vida a la Biblia: si no hubiera habido Iglesia Católica, la Biblia no estaría como está hoy.

Sin embargo, algunos dicen que para entender la Biblia no hace falta que haya una Iglesia que nos la explique, ni un obispo, ni un sacerdote; afirman que cada uno puede interpretarla a su modo.

Veamos lo que dice al respecto Pablo:

«Siguiendo una revelación, fui para exponerles el evangelio que anuncio a los paganos. Me entrevisté con los dirigentes en una reunión privada, no sea que estuviese haciendo o hubiera hecho un trabajo que no sirve.» (Ga 2, 2)

¡El autor de 13 de los 27 libros del Nuevo Testamento va a la Iglesia presidida por Pedro a verificar si lo que él estaba haciendo, servía!

Es más, para él era muy importante su opinión:

«Santiago, Cefas y Juan reconocieron la gracia que Dios me ha concedido. Estos hombres, que son considerados pilares de la Iglesia» (Ga 2, 9).

El que, comparándose con los demás apóstoles, dijo una vez: «he trabajado más que todos» (1Co 15, 10), averigua con ellos si su misión es la que él cree:

«En cuanto a los dirigentes de más consideración (lo que hayan sido antes no me importa, pues Dios no se fija en la condición de las personas), no me pidieron que hiciera marcha atrás. Por el contrario, reconocieron que a mí me había sido encomendada la evangelización de los pueblos paganos». (Ga 2, 6-7)

Porque quería estar seguro, y sabía que solo la Iglesia, según el mismo Jesús, es la que da seguridad.

Ese mismo comportamiento tuvo la primitiva Iglesia, cuando se presentaban controversias acerca de lo que se debería enseñar:

Llegaron algunos de Judea que aleccionaban a los hermanos con estas palabras: «Ustedes no pueden salvarse, a no ser que se circunciden como lo manda Moisés». Esto ocasionó bastante perturbación, así como discusiones muy violentas de Pablo y Bernabé con ellos. Al fin se decidió que Pablo y Bernabé junto con algunos de ellos subieran a Jerusalén para tratar esta cuestión con los apóstoles y los presbíteros. Entonces los apóstoles y los presbíteros se reunieron para tratar este asunto. (Hch 15, 1-2.6)

La Biblia nos muestra que nada de la doctrina se debe enseñar sin la aprobación de las autoridades máximas de la Iglesia:

Entonces los apóstoles y los presbíteros, de acuerdo con toda la Iglesia, decidieron elegir algunos hombres de entre ellos para enviarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Fueron elegidos Judas, llamado Barsabás, y Silas, ambos dirigentes entre los hermanos. Debían entregar la siguiente carta: «Los apóstoles y los hermanos con título de ancianos saludan a los hermanos no judíos de Antioquía, Siria y Cilicia. Nos hemos enterado de que algunos de entre nosotros los han inquietado y perturbado con sus palabras. No tenían mandato alguno nuestro. Pero ahora, reunidos en asamblea, hemos decidido elegir algunos hombres y enviarlos a ustedes, junto con los queridos hermanos Bernabé y Pablo, que han consagrado su vida al servicio de nuestro Señor Jesucristo. Les enviamos, pues, a Judas y a Silas, que les expondrán de viva voz todo el asunto. Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro no imponerles ninguna otra carga fuera de las indispensables. (Hch 15, 22-28)

Nótese la afirmación de los apóstoles y los presbíteros: «No tenían mandato alguno nuestro». Además, dicen con una certeza que impresiona lo que sí es mandato suyo: «Fue el parecer del Espíritu Santo y el nuestro…» Y estas frases son Palabra de Dios.

Lo que sucede es que no hay posibilidad de error cuando la Iglesia está cimentada sobre los apóstoles:

La muralla de la ciudad descansa sobre doce bases en las que están escritos los nombres de los doce Apóstoles del Cordero. (Ap 21, 14)

«Ustedes son de la casa de Dios. Están cimentados en el edificio cuyas bases son los apóstoles y profetas, y cuya piedra angular es Cristo Jesús. (Ef 2, 19b-20)

Los primeros cristianos sabían que si no seguían la autoridad de la Iglesia se podrían crear confusiones. Y esas confusiones son las que han generado la formación de tantas creencias contrarias a la verdadera Fe.

Era esa la razón para que la Iglesia Católica fuera tan precavida en el acceso a la Sagrada Escritura: porque sabía lo que iba a pasar. Por ejemplo, Martín Lutero tradujo y dio la Biblia a todo el mundo sin orientación alguna, lo que produjo interpretaciones incorrectas.

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Ciclo A, XX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 24, 2008

Confiar contra toda esperanza

Dios no aceptaba los sacrificios del Antiguo Testamento, pues en esa época Jesús no había pagado todavía nuestra deuda; teníamos el pecado original y nada podía evitar que se nos siguiera teniendo en cuenta ese pecado.

Pero unos setecientos años antes de Cristo apareció Isaías diciendo que había una esperanza: así nos dice el Señor: «Actúen correctamente y hagan siempre lo debido, pues mi salvación se viene acercando.»

A todos, los judíos y los extranjeros que se han puesto de parte del Señor para obedecerlo, amar su Nombre y ser sus servidores, y que cumplen fielmente su compromiso con Él, Él mismo hará que se sientan felices en su Casa de oración. Serán aceptados los holocaustos y los sacrificios que hagan sobre su altar, ya que su casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos.

Pero esa gracia primero debía venir sobre el pueblo judío, el pueblo elegido, antes de llegar a los gentiles, los no–judíos. Por eso Jesús se niega a atender a la mujer del Evangelio de hoy: primero se hace el sordo; luego, ante la insistencia de sus discípulos, contesta: «No he sido enviado sino al pueblo de Israel.»; ella persiste en su empeño y le ruega de rodillas; Jesús le dice: «No se debe echar a los perros el pan de los hijos.»; la mujer contesta: «Es verdad, Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.» Entonces Jesús le dijo: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla tu deseo.»

¡Dios hace una excepción! Ante la fe inquebrantable de esta no–judía, ante su confianza total y ante la firmeza en seguir pidiendo «migajas», Jesús cede y se obra el milagro. Todo el orden establecido desde la eternidad por la Santísima Trinidad para la salvación del mundo puede cambiar cuando se espera en la misericordia y en el poder de Dios.

Eso mismo pasó en Caná: la Virgen hizo que se cambiaran los planes que Dios tenía planeados desde la eternidad, porque esperaba contra toda esperanza.

Y nosotros, ¿esperamos así?, ¿confiamos así?, ¿tenemos esa fe?

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Un solo Mediador

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 20, 2008

Un sólo Mediador se nos ha dado: Jesús (mediador es el que paga lo que uno debe).

Pero también hay intercesores, es decir, otro tipo de mediadores (mediar también significa: «interceder o rogar por uno»): son los que suplican al ofendido que perdone al ofensor o que envíe ayudas especiales al necesitado:

«Oren unos por otros para que sean salvos.» (St 5, 16)

Esto quiere decir que la salvación puede llegar mediante las oraciones de los otros.

Hay otro ejemplo en la Biblia:

«Por lo tanto, consíganse siete becerros y siete carneros y vayan a ver a mi servidor Job. Ofrecerán un sacrificio de holocausto, mientras que mi servidor Job rogará por ustedes. Ustedes no han hablado bien de mí, como hizo mi servidor Job, pero los perdonaré en consideración a él.» (Jb 42, 8)

En este caso, Job aparece como intermediario entre los hombres y Dios para rogar en favor de ellos, no para pagar sus deudas.

Pero hay un ejemplo mejor en la misma Biblia:

«“Perdona pues el pecado de este pueblo con esa gran misericordia y esa paciencia que has tenido para con él, desde su salida de Egipto hasta el día de hoy”. El Señor respondió: “Ya que tú me lo pides, lo voy a perdonar”.» (Nm 14, 19–20)

En esta ocasión, Moisés intercedió por el pueblo y fue oído.

Igual pueden interceder todos los amigos de Jesús, los amigos de Jesús que están en el Cielo (porque en el infierno no hay amigos de Jesús), es decir, los santos.

Y si los amigos de Jesús pueden servirnos de intercesores ante Él, mucho más su Madre, como lo hizo en Caná:

«Tres días más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos. Sucedió que se terminó el vino preparado para la boda, y se quedaron sin vino. Entonces la madre de Jesús le dijo: “No tienen vino”. Jesús le respondió: “Mujer, ¿por qué te metes en mis asuntos? Aún no ha llegado mi hora.” Pero su madre dijo a los sirvientes: “Hagan lo que él les diga”. Había allí seis recipientes de piedra, de los que usan los judíos para sus purificaciones, de unos cien litros de capacidad cada uno. Jesús dijo: “Llenen de agua esos recipientes”. Y los llenaron hasta el borde. “Saquen ahora, les dijo, y llévenle al mayordomo”. Y ellos se lo llevaron.

Después de probar el agua convertida en vino, el mayordomo llamó al novio, pues no sabía de dónde provenía, a pesar de que lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua. Y le dijo: “Todo el mundo sirve al principio el vino mejor, y cuando ya todos han bebido bastante, les dan el de menos calidad; pero tú has dejado el mejor vino para el final”.» (Jn 2, 1–10)

De modo, pues, que una cosa es ser Mediador y otra intercesor.

 

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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¿Sirven los sacramentos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 20, 2008

 

Algunos cristianos creen que si aceptan los sacramentos —especialmente su acción salvadora— disminuirían a Cristo o negarían que solo Cristo salva.

Por eso rechazan los sacramentos diciendo que no se gana la salvación con ritos externos, cultos o cosas materiales. Quieren ir directamente a Cristo, sin intermediario alguno.

Pero continuamente invocan, como camino para llegar a Cristo, la Biblia. Libro sagrado y santo, pero libro material, hecho de hojas y tinta. Palabra de Dios, pero escrita en palabras humanas, las cuales se expresan con sonidos de lenguaje humano, en idiomas humanos diversos, escrito por autores humanos, de épocas diversas, de distintas culturas, de diferentes formas de pensar…

Y es que la Biblia no cayó del cielo; ni la escribió Dios directamente. Él utilizó medios: hombres que escribían palabras humanas; papiro, pergamino o papel y tinta; varios idiomas, diversas culturas y distintas psicologías; y sigue utilizando los mismos medios: cuando un predicador lee en voz alta la Biblia usa sonidos del lenguaje humano que vuelan y llegan a los oídos de los que escuchan; cuando uno adquiere una Biblia le dan un libro material lleno de letras impresas en hojas materiales.

Algunos dicen con frecuencia que debe hacerse contacto directo con Dios, sin intermediarios; pero la Biblia es para ellos un intermediario, una tremenda mediación entre ellos —seres humanos— y Dios.

Eso mismo son los sacramentos que —afirma la Real Academia Española— son «signos sensibles de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

El sacramento es un don divino de salvación, otorgado a través de una forma visible y palpable que concretiza ese don. La Biblia, para algunos cristianos, es un sacramento en el pleno sentido de la palabra, dotado por Dios de una eficacia intrínseca sobrenatural para iluminar, para convertir, para salvar.

El ser humano necesita de los sacramentos, pues está compuesto de cuerpo y alma espiritual —materia y espíritu—; necesita de las cosas materiales para subir a lo más espiritual. Si debemos dar gloria a Dios con todo nuestro ser, debemos poner a su servicio también esas cosas materiales.

De hecho, Dios mismo se hizo hombre. El cristianismo no es de ángeles y espíritus sin materia: es un conglomerado de seres humanos —materia y espíritu, otra vez— que siguen a la Palabra de Dios hecha Carne:

«Y la Palabra se hizo Carne, puso su tienda entre nosotros.» (Jn 1, 14)

¡Este es el principal sacramento: un Dios hecho hombre!

Y ese Hombre hizo milagros a través de signos, de sacramentos:

Veamos, por ejemplo, ¿por qué usó Jesús tierra y saliva para curar?

«Dicho esto, hizo un poco de lodo con tierra y saliva, untó con él los ojos del ciego y le dijo: “Vete y lávate en la piscina de Siloé (que quiere decir el Enviado).” El ciego fue, se lavó y, cuando volvió, veía claramente.» (Jn 9, 6-7)

¿No podía haber dicho: «Desde este momento estás curado»? Él es Dios; para Él no hay nada imposible.

Sin embargo, usó muchos signos materiales, es decir, sacramentos:

«Jesús lo apartó de la gente, le metió los dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Enseguida levantó los ojos al cielo, suspiró y dijo: “Effetá”, que quiere decir: “Ábrete”.» (Mc 7, 33-34)

Es más, algunos de entre la gente sabían que debían usar un sacramento, un signo —tocar su ropa, por ejemplo—, para poder lograr lo que querían:

«Como había oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. La mujer pensaba: “Si logro tocar, aunque sólo sea su ropa, sanaré.” Al momento cesó su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba sana.» (Mc 5, 27-29)

Hay más todavía: ¿Por qué Jesús no hacía los milagros sin emitir palabras? ¿Para qué hablaba? ¿Acaso hay algo imposible para Él?

«Jesús le contestó: “Puedes volver, tu hijo está vivo.” El hombre creyó en la palabra de Jesús y se puso en camino. Al llegar a la bajada de los cerros, se topó con sus sirvientes que venían a decirle que su hijo estaba sano.» (Jn 4, 50-51)

Es que Él quiso necesitar del signo —del sacramento—, para que pudiéramos entender visualmente, auditivamente, tactilmente, como seres humanos que somos. Dice el texto que «el hombre creyó en la palabra de Jesús». La palabra es, en este caso, ese signo.

 

La Eucaristía

Y, cuando se habla de la salvación, del rescate, de la purificación, de la ira aplacada de Dios, se muestra que eso se da por un signo, por un sacramento:

«Y gracias a él fuera reconciliado con Dios, porque la Sangre de su cruz ha restablecido la paz tanto sobre la tierra como en el mundo de arriba.» (Col 1, 20)

«En cambio, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la Sangre de Jesús, el Hijo de Dios, nos purifica de todo pecado.» (1Jn 1, 7)

«Pero con toda seguridad la Sangre de Cristo, que se ofreció a Dios por el Espíritu eterno como víctima sin mancha, purificará nuestra conciencia de las obras de muerte, para que sirvamos al Dios vivo.» (Hb 9, 14)

«Y por su Sangre nos ha purificado de nuestros pecados, haciendo de nosotros un reino y una raza de sacerdotes de Dios, su Padre.» (Ap 1, 6)

La Sangre de Cristo es el signo, el sacramento.

«En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su Sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi Carne y bebe mi Sangre vive de vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida. El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en mí y yo en él.» (Jn 6, 53–56)

La vida divina, entonces, viene a nosotros mediante el sacramento. El modo de unirnos a Cristo y permanecer en Él es la Eucaristía.

 

El Bautismo

Otro sacramento es el agua, que posee atributos inesperados en el Bautismo: aquella agua lava los pecados.

Para que quedara bien claro, Pedro afirmó:

«Ustedes reconocen en esto la figura del bautismo que ahora los salva.» (1Pe 3, 21)

¡El Bautismo que ahora los salva! Entonces, ¿Pedro dice que es el Bautismo el que nos salva? ¿Acaso no es Jesús el que nos salva?

Lo que pasa es que el sacramento del Bautismo es «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

Solo la muerte y la Resurrección de Jesucristo nos salvan. Pero los sacramentos nos acercan y ponen a nuestro alcance esa muerte y Resurrección salvadoras. Esto lo explica muy bien Pablo:

«Como ustedes saben, todos nosotros, al ser bautizados en Cristo Jesús, hemos sido sumergidos en su muerte. Por este bautismo en su muerte fuimos sepultados con Cristo, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la Gloria del Padre, así también nosotros empezamos una vida nueva.» (Rm 6, 3-4)

Recordemos también que para salvarse no solo se necesita el Espíritu, sino también el agua, signo material:

«Jesús le contestó: “En verdad te digo: El que no renace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”.» (Jn 3, 5)

«Y ahora, ¿qué esperas? Levántate, recibe el Bautismo y lava tus pecados invocando su Nombre.» (Hch 22, 16)

«El que crea y se bautice se salvará; el que se niegue a creer se condenará.» (Mc 16, 16)

«En el bautismo volvimos a nacer y fuimos renovados por el Espíritu Santo.» (Tt 3, 5)

El padre de los protestantes, Martín Lutero, bautizaba a los niños recién nacidos. Juan Calvino —defensor de Lutero y quizá el más importante propulsor del protestantismo— escribió lo siguiente acerca de la idea de algunos de dejar a los niños sin bautizar hasta que sean capaces de escoger por sí mismos:

«Todo esto repugna maliciosamente a la verdad de Dios. Porque si se los deja como meros hijos de Adán, se los deja en la muerte, tal como se dice (en la escritura); en Adán no podemos hacer otra cosa que morir. Al contrario, Jesucristo dice que se deje que los niños se acerquen a Él (Mt 19, 14). ¿Por qué? Porque Él es la vida. Él quiere, por tanto, hacerlos participar de sí para darles vida.» (Institución cristiana, IV, 16-17: O. C. T. 4, p 951)

Y en forma conclusiva afirmó:

«Finalmente retengamos esta sencilla afirmación, a saber, que mientras no haya sido regenerado en el agua viva, nadie entrará en el Reino de Dios.» (Institución cristiana, IV, 25: O. C. T. 4, p 963)

¿Por qué escribía todo esto Calvino? Porque sabía que todos los hombres, aunque personalmente no hayan pecado, tan solo por descender de Adán tienen el pecado original:

«Un solo hombre hizo entrar el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte. Después la muerte se propagó a todos los hombres.» (Rm 5, 12)

«Y así como la desobediencia de uno solo hizo pecadores a muchos, así también por la obediencia de uno solo una multitud accede a la verdadera rectitud.» (Rm 5, 19)

A pesar de todo, algunos cristianos creen que es necesario que la persona tenga conciencia para que se le pueda administrar el Bautismo.

Si un niño recién nacido se enferma y el médico le administra un medicamento para curarlo, ¿hay necesidad de que el niño esté consciente para que el medicamento le haga efecto? No; las drogas actúan por su capacidad intrínseca de curar, tanto en los adultos como en los niños. Para que surtan efecto no es necesario que el paciente sepa qué droga le están administrando, ni cuál es su mecanismo de acción.

El pecado original —recordémoslo— es la enfermedad del espíritu, por la que se pierde la salvación eterna. ¿Para qué esperar, si el sacramento del Bautismo tiene esa capacidad intrínseca para lavar el pecado original, como se ha visto?

Para librar a un menor de un gran mal no es necesario pedirle permiso. No les pedimos permiso a los niños para vacunarlos, por ejemplo; ni para curar sus enfermedades; ni para enseñarle cómo debe portarse en la vida; tampoco para inscribirlo en el registro civil y, más tarde, usarlos en su propio beneficio.

El nombre que nos ponen nuestros padres es inconsulto: no nos pidieron consejo ni opinión y, sin embargo, lo llevamos toda la vida. Así sucede con el Bautismo.

Nadie se disgusta al recibir, siendo pequeño, una gran herencia, aunque nos la den sin pedirnos permiso. Y, ¿qué mayor herencia que la salvación eterna? Es que para lo que es absolutamente bueno y esencial no se requiere pedirle permiso al menor de edad.

Además, la Biblia nos cuenta que se bautizaban familias enteras:

Se bautizó con toda su familia a aquella hora de la noche. (Hch 16, 33b)

En este versículo no se dice: «Se bautizó con su esposa», sino: «Se bautizó con toda su familia».

Recibió el bautismo junto con los de su familia. (Hch 16, 15a)

Tampoco se dice: «se bautizaron solo los adultos». Se dice: «Recibió el bautismo junto con los de su familia»; recordemos que por familia se entendían los padres, los hijos y hasta los servidores y esclavos.

Por otra parte, hay quienes dicen que, ya que Jesucristo se bautizó a los 33 años, nadie debe bautizarse antes. De aquí nacen varias preguntas: ¿Qué le sucederá a alguien que muera a los 24 años o a otro que conoció los caminos de Dios a los 45 años?

Por lo demás, no es necesario que hagamos las cosas tal y como Jesús las hizo. ¿Por qué, por ejemplo, no ayunamos 40 días y 40 noches después del bautismo?. ¿Por qué no morimos a los 33 años?. ¿Por qué no trabajamos todos 30 años como carpinteros?…

Otro aspecto de controversia es si se debe bautizar o no a una persona que no ha recibido la enseñanza necesaria. Jesús nos responde eso:

Jesús se acercó y les habló así: «Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» (Mt 28, 18-19))

Está claro: primero, el Bautismo; luego, la enseñanza.

Analicemos, como muestra, lo que afirman algunos cristianos: que hay que bautizarse en un río, puesto que en un río se bautizó Jesús.

El día de Pentecostés, después de que apareció el Espíritu Santo, Pedro se puso a predicar, y muchas personas lo escucharon.

Los que acogieron la palabra de Pedro se bautizaron, y aquel día se unieron a ellos unas tres mil personas. (Hch 2, 41)

Sabemos que en Jerusalén no hay ríos. ¿Dónde se bautizaron entonces?

Siguiendo el camino llegaron a un lugar donde había agua. El etíope dijo: «Aquí hay agua. ¿Qué impide que yo sea bautizado?» .Felipe respondió: «Puedes ser bautizado si crees con todo tu corazón.» El etíope replicó: «Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.» Entonces hizo parar su carro. Bajaron ambos al agua y Felipe bautizó al eunuco. (Hch 8, 36-38)

El texto no dice: «Aquí hay un río», sino «Aquí hay agua»; lo que hace suponer que se trataba de un pozo o un charco.

Es que este sacramento es, como se vio más arriba, «signo sensible de un efecto interior y espiritual que Dios obra en nuestras almas».

Y lo mismo ocurre con los demás sacramentos.

Cuando algunos cristianos dicen que es la fe en Cristo la que salva y no los sacramentos, están olvidando que precisamente los sacramentos son acciones de fe.

 

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

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¿Somos sectarios?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 20, 2008

Jesús no decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué persigues a los cristianos?»; decía: «¿Por qué me persigues?» (Hch 9, 4). Es que todo lo que hagamos contra los discípulos de Jesús se lo hacemos a Él.

 

Precisamente, los que persiguen a Jesús son los sectarios:

 

«Ustedes los reconocerán por sus frutos. ¿Cosecharían ustedes uvas de los espinos o higos de los cardos? Lo mismo pasa con un árbol sano: da frutos buenos, mientras que el árbol malo produce frutos malos. Un árbol bueno no puede dar frutos malos, como tampoco un árbol malo puede producir frutos buenos». (Mt 7, 16-18)

 

Uno de los frutos de los árboles buenos es la paz:

 

«Felices los que trabajan por la paz, porque serán reconocidos como hijos de Dios». (Mt 5, 9)

 

«Finalmente, hermanos, estén alegres; sigan progresando; anímense; tengan un mismo sentir y vivan en paz. Y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes». (2Co 13, 11)

 

El segundo fruto bueno es la unidad.

 

«¡Qué bueno y qué tierno es ver a esos hermanos vivir unidos! Allí el Señor otorgó su bendición, la vida para siempre.» (Sal 132, 1. 3)

 

«Les ruego, hermanos, en nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, que se pongan todos de acuerdo y terminen con las divisiones; que encuentren un mismo modo de pensar y los mismos criterios». (1Co 1, 10)

 

Porque donde hay unidad, allá está Dios:

 

«Un solo cuerpo y un mismo espíritu, pues ustedes han sido llamados a una misma vocación y una misma esperanza. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está por encima de todos, que actúa por todos y está en todos. (Ef 4, 4-6)

 

El mismo Jesús deseaba esa unidad. Por eso dijo:

 

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado». (Jn 17, 21)

 

Y el tercer fruto es el amor:

 

«No tengan deuda alguna con nadie, fuera del amor mutuo que se deben, pues el que ama a su prójimo ya ha cumplido con la Ley. Pues los mandamientos: no cometas adulterio, no mates, no robes, no tengas envidia y todos los demás, se resumen en estas palabras: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace nada malo al prójimo; el amor, pues, es la manera de cumplir la Ley. (Rm 13, 8-10)

 

«Queridos míos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios. Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.» (1Jn 4, 7)

 

Pero el verdadero amor llega más lejos:

 

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al malvado. Antes bien, si alguien te golpea en la mejilla derecha, ofrécele también la otra. Si alguien te hace un pleito por la camisa, entrégale también el manto. Si alguien te obliga a llevarle la carga, llévasela el doble más lejos. Da al que te pida, y al que espera de ti algo prestado, no le vuelvas la espalda. Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y no harás amistad con tu enemigo”. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo». (Mt 5, 38-48)

 

Es más, Jesús nos dio una medida para el amor que debemos tenernos los cristianos:

 

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

 

Y, ¿cómo nos amó Jesús? Dando su vida por nosotros.

 

Precisamente por eso nos reconocerán como discípulos de Cristo, porque nos amamos:

 

«En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35).

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

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Las distracciones en la oración

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

Se ha dicho siempre: Nadie llega a la santidad si no hace oración; nadie es cristiano sin oración. Por eso, es indispensable que se hable y se escriba sobre uno de los principales obstáculos que se presentan en la oración: las distracciones.

Decía santa Teresa de Jesús que la imaginación es “la loca de la casa”, pues corre de un lado para el otro, impidiendo nuestra concentración, haciendo que olvidemos delante de quién estamos, quién es nuestro interlocutor, distrayéndonos…

¿Qué hacer cuando llegan esas distracciones? Es de gran utilidad conocer el mejor método que hay para evitarlas: aprovecharnos de ellas, convertirlas en oración: hablarle al Señor de eso que nos distrajo; por ejemplo: pedirle a Dios por las personas en las que estábamos pensando, solicitarle la solución a los problemas que nos distrajeron, alabarlo por esas cosas hermosas que nos entretuvieron…

Al hacer que todo se convierta en oración, lograremos mantenernos en comunicación con Dios, aprovecharemos mucho mejor el tiempo y, lo que es mejor, nos acercaremos más a la santidad que Dios nos pide.

Pero hay que distinguir entre las distracciones y las acciones del Espíritu Santo, con las que nos hace sentir cosas bellísimas, subidísimas, inefables…, o nos hace entender mejor las cosas de Dios, como nunca las habíamos entendido…

En este caso, conviene dejar de orar como lo estábamos haciendo: apartar el libro de oraciones o el Rosario que teníamos en las manos, dejar de usar la imaginación o el entendimiento (la inteligencia con la que estábamos discurriendo), para dejarnos llevar por el Espíritu Santo…

No se piense que ese es tiempo perdido, pues debemos recordar lo que decía la santa doctora española: “tengo por muy ganada esa pérdida” (de tiempo). Hemos de tener la certeza de que si hacemos esto, nos aprovechará espiritualmente mucho más que si continuáramos rezando del otro modo, porque ese es el camino para llegar a la auténtica unión con Dios.

El Señor le enseñará más a cada lector, si persevera en este camino.

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Ciclo A, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

El milagro de la Fe

Cada vez que nos cuentan la escena de san Pedro caminando sobre el agua, su miedo y su caída, nos entra en el corazón la idea de que, como él, también nos hundiríamos por nuestra falta de fe.

Efectivamente, es frecuente que en nuestra vida nos hayamos encontrado con muchos episodios en los cuales dudamos de Dios o, lo que es lo mismo, confiamos más en otras cosas: nuestras capacidades, estudios, experiencia, el haber aprendido a sortear algunos problemas y otras habilidades más…

Otras veces, lo que nos sucede es que pretendemos que Dios actúe siempre en forma extraordinaria, con milagros…

O creemos que se presenta solamente con signos portentosos visibles, como le pasó a Elías, según cuenta la primera lectura de hoy: Dios no acostumbra a venir de un modo prodigioso o extraordinario; lo hace casi siempre en forma callada, velada, en el silencio de la oración, como una suave brisa, como dice el texto.

Y se presenta a las almas sencillas, humildes. Si revisamos la historia de la Iglesia, observaremos que los verdaderos milagros se operan en aquellos seres que no están llenos de sí mismos, que se sienten criaturas frente a un Dios todopoderoso, que se dan cuanta de sus limitaciones, que trabajan con sencillez por la felicidad de los demás, por la Iglesia, por el Reino de Dios…

Por eso san Pablo nos cuenta en la segunda lectura que siente una tristeza muy grande y una pena continua, hasta el punto que desearía ser rechazado y alejado de Cristo —que es a quien él más añora— en lugar de sus hermanos. Es que él desea que todos tengamos el beneficio de ser inmensamente felices junto a Dios.

Queda como lección que quien desee, con egoísmo, hacer milagros, nunca los hará. Pero aquellos que no se buscan a sí mismos, sino que prefieren servir a Dios y a sus hermanos, sin aspavientos, calladamente, serán testigos del milagro más grande del amor de Dios: la fe, la suave brisa de la conversión, la paz y el gozo interiores que da Dios a los que lo aman verdaderamente.

 

 

 

 

 

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Asunción

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 19, 2008

¡Bendita tú entre las mujeres!

 

Nos dice hoy san Pablo que el último enemigo en ser destruido será la Muerte, porque por Cristo viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que por Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo.

Pero, como lo especifica el Apóstol, cada cual en su rango. La más alta de rango, por supuesto, es la Madre de Dios y Madre nuestra.

Y esto es lo que celebramos hoy: la Virgen María es llevada a recibir el premio, como nos lo hace entrever el Apocalipsis: se abrió el Santuario de Dios en el Cielo, y apareció el arca de su alianza: la Mujer por antonomasia, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.

Y se oyó entonces una fuerte voz que decía en el Cielo: «Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo».

Por esto fue que cuando se puso en camino María a la casa de Zacarías y saludó a Isabel, saltó de gozo el niño en su seno, Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos:

«Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; ¿de dónde a mí que venga a verme la Madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Se cumplió lo que nos había dicho el Señor acerca de la felicidad eterna en el Cielo: María llegó al Cielo: ¡es feliz!, ¡totalmente feliz!, ¡y para siempre!

Y, por sus palabras, podemos saber cómo lograrlo también nosotros:

«Alaba mi alma la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha visto la humildad de su esclava»; por eso, porque fue humilde, desde ahora todas las generaciones la llamarán bienaventurada.

Nosotros también seremos bienaventurados; solo hay una condición: que Dios vea nuestra humildad.

 

 

 

 

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Las indulgencias (1)

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 15, 2008

Las indulgencias están relacionadas con la confesión, los pecados, la redención y la comunión de los santos.

Una persona que comete un pecado adquiere obviamente la condición de pecador, se aleja del Señor y queda más inclinado al mal. Además, la justicia reclama una reparación, llamada también pena, expiación o penitencia.

La confesión borra la culpa del pecado y también perdona parte de la penitencia que debía realizarse. Lo que falta por expiar se purifica mediante los sufrimientos y buenas obras de esta vida, con las penas del purgatorio, y mediante las indulgencias.

Las indulgencias

La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto —y cumpliendo determinadas condiciones— consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la Redención, distribuye y aplica con autoridad del tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos, (cf. Mt 16, 19).

Las indulgencias siempre son aplicables o a sí mismo o a las almas de los difuntos que están en el Purgatorio; no son aplicables a otras personas vivas en la tierra. Algunas indulgencias sólo pueden aplicarse a los difuntos; por ejemplo, rezando por ellos en un cementerio, se consigue una indulgencia parcial, que será plenaria si se hace los días 1 al 8 de noviembre (una cada día).

Para lucrar las indulgencias, tanto plenarias como parciales, es preciso que el fiel se halle en estado de gracia, es decir, que esté confesado de sus pecados mortales.

Indulgencias plenarias

Esta indulgencia tiene un valor muy grande y requiere varias condiciones:

·Que tenga la disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial;

·Que se confiese sacramentalmente de sus pecados;

·Que reciba la sagrada Eucaristía (ciertamente, es mejor recibirla participando en la Santa Misa, pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);

·Que ore según las intenciones del Romano Pontífice: el Credo, un padrenuestro y un aventaría.

Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos sagrados ritos y oraciones se realicen dentro de algunos días (una semana antes o después del acto indulgenciado).

Los confesores pueden conmutar, en favor de los que estén legítimamente impedidos, tanto la obra prescrita como las condiciones requeridas (obviamente, excepto el desapego del pecado, incluso venial).

La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día.

Las indulgencias parciales proporcionan una remisión total de la pena temporal.

Cualquier día se puede obtener una indulgencia plenaria, cumpliendo los requisitos expuestos más arriba, en los siguientes casos:

üAdoración a la Eucaristía durante media hora

üRezo del Vía Crucis, recorriendo las catorce estaciones meditando la Pasión del Señor

üRezo del Santo Rosario en un templo o en familia o acompañado de otros

üLectura o audición de la Sagrada Escritura durante media hora

Hay también indulgencias plenarias en circunstancias especiales; por ejemplo:

ØEn el momento de la muerte a quien hubiere rezado algo durante su vida (es muy consolador). En este caso no se precisa la confesión, ni la comunión, ni la oración por el Papa; pero es necesario estar bien dispuesto: en gracia de Dios, rechazando cualquier pecado, y habiendo deseado alguna vez ganar esta indulgencia

ØRezar un padrenuestro y un credo en un santuario o basílica (se concede una vez al año por santuario; santuario es una iglesia con muchos peregrinos, aprobada como santuario por el Obispo correspondiente)

ØRecibir la bendición papal Urbi et Orbi (o escucharla por radio o televisión, en directo)

ØRealizar ejercicios espirituales de al menos tres días completos

ØAsistir a una primera comunión

Hay varios días al año en los que se pueden conseguir indulgencias plenarias, con algunas condiciones; por ejemplo:

v1 de enero: recitando solemnemente el himno: Veni Creator en un templo

vLos viernes de Cuaresma: después de comulgar, rezando ante un crucifijo la oración: Miradme, oh mi amado y buen Jesús

vJueves Santo: recitando el canto: Tantum ergo, durante la exposición que sigue a la Misa

vViernes Santo: asistiendo a los oficios

vSábado Santo: renovando las promesas bautismales en la Vigilia Pascual

vPentecostés: recitando solemnemente el himno: Veni Creator en un templo

vCorpus Christi: participando en la procesión eucarística

v2 de agosto: rezando un padrenuestro y un credo en la catedral o parroquia

v2 de noviembre: visitando un templo

vDesde el día 1 al 8 de noviembre: visitando un cementerio y haciendo oración por los difuntos (aplicable solo a difuntos)

v31 de diciembre: recitando solemnemente el himno: Te Deum en un templo, dando gracias a Dios por los beneficios recibidos el último año

Indulgencias parciales

Cada día pueden ganarse muchas indulgencias parciales, con cumplir sólo tres condiciones:

1.estar en gracia de Dios,

2.realizar las obras que la Iglesia premia con esa indulgencia y

3.tener intención de ganarla.

Las indulgencias parciales proporcionan una remisión de la pena del mismo valor que el mérito ganado por esa misma acción. Dicho de otro modo: en las indulgencias parciales, la Iglesia duplica el mérito de esas acciones.

Algunas de las oraciones premiadas con indulgencia parcial (todas ellas deben rezarse piadosamente, como es lógico):

oEl Ángelus

oEl Magníficat

oLa Salve

oEl Acordaos

oLas Letanías u otras oraciones marianas aprobadas

oLetanías a san José

oLetanías al propio ángel custodio

oEl Credo

oRezar con devoción filial por el Papa una oración aprobada.

oRrezar agradecido la oración por los benefactores

oRezar antes (una oración aprobada de súplica) y después de comer (una de acción de gracias)

oRezar una oración aprobada al empezar y acabar el día o el trabajo

oVisitar al Santísimo adorándolo

oRezar una comunión espiritual

oRecitar una de las oraciones aprobadas de acción de gracias tras la Comunión (Alma de Cristo; Miradme o mi amado y buen Jesús)

oHacer examen de conciencia con propósito de enmendarse

oRezar el Yo pecador… u otro acto de contrición aprobado

oHacer la señal de la cruz diciendo: En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

Otros ejemplos de indulgencias parciales.

§Decir mentalmente una oración breve al trabajar o al soportar los sufrimientos de la vida.

§Dedicarse uno mismo o gastar bienes en servicio a los demás, por amor a dios

§Privarse libremente de algo grato y correcto, con espíritu de penitencia

§Dar testimonio de la propia fe; trabajar en la enseñanza o trasmisión de la doctrina cristiana

§Usar piadosamente un objeto de piedad bendecido (crucifijo, rosario, escapulario o medalla)

§Dedicar un tiempo a la oración

§Asistir devotamente a cualquier predicación de la palabra de dios

§Asistir piadosamente a una novena pública (a la inmaculada concepción, por ejemplo)

(Adaptado de un documento del Movimiento de Schoenstatt, 2008)

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Qué es ser cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

La mayoría de los cristianos fundamentan su vida de Fe en aspectos accidentales de la misma: en los ritos, en la seguridad que proporciona la cercanía a Dios, en la satisfacción de estar en el camino verdadero, en los beneficios psicológicos y espirituales que proporciona este modo de vida, en los sentimientos y aun en el sentimentalismo… en fin, en un egoísmo rampante: solo pensamos en la ganancia, en el provecho, en la recompensa…

Ser cristiano es, como su nombre lo dice, vivir como Cristo. Y, ¿cómo vivió Cristo?

Primero, durante 30 años, nos dio ejemplo de vida humilde, sencilla, normal, sin aspavientos, como uno de tantos, sin hacerse notar, como su Madre. Trabajó sin descanso, oró sin descanso, amó sin descanso…

Luego, dedicó 3 años más a enseñar, ya no con su ejemplo, sino con su palabra. Esto significa que gastó solo el 10 % de su vida a predicar. En cambio nosotros ¡cuánto hablamos! Parece que la fuerza se nos va por la boca…

Escogió nacer y vivir pobre, en una ciudad miserable y de mala fama (Nazaret era conocida como semillero de ladrones y prostitutas), ejercer una labor despreciada (en la época, Cicerón y otros la consideraban tan vil que no se atrevían a llamar seres humanos a los trabajadores manuales)…

Para finalizar, dio su vida por amor a la humanidad, por cada uno de nosotros que, pecadores, merecíamos únicamente su desprecio y su castigo; y no dio su vida de una manera fácil: con la humillación de una cruz, entre ladrones, y hasta verter la última gota de sangre y agua, según el testimonio de san Juan… ¡Una sola gota habría bastado para redimirnos! ¡Una sola! Pero su amor fue más allá de cualquier expectativa: se desbordó, fue un derroche… Y todo gratis, sin recibir nada a cambio, y por unos pecadores, desagradecidos, mal portados…

¿Vivimos así? ¿Somos como Cristo?

Ser cristianos comienza cuando dedicamos nuestro tiempo a lograr —gratis, sin esperar nada a cambio— los 2 principales objetivos de la Redención:

1) La salvación de las almas y

2) La reparación de la gloria de Dios que,

por nuestros pecados, le hemos quitado

Para dar un testimonio de vida, se debe profundizar con resolución y con todo el corazón en la tríada cristiana:

1. La creación,

2. La Encarnación y

3. La Redención.

Y, como consecuencia de esa meditación, se verá la importancia de vivir con:

Pobreza en el espíritu

Confianza total en Dios

Humildad

Obediencia delicada a Dios y a su Iglesia

Crucificarse con Jesús en el cumplimiento de los 15 mandamientos del católico: 10 de la Ley de Dios y 5 de su Iglesia, en las obras de misericordia corporales y espirituales, en la oración mental y verbal continua, en los actos de mortificación (sacrificios voluntarios)…

Unión a Jesús en la Sagrada Eucaristía

Misericordia con todos

Pureza

Completamente desapegado y confiado únicamente en ti, Padre mío, sabiéndome una pequeña criatura y siendo total y delicadamente obediente a ti y a tu Iglesia, te ofrezco vivir crucificado con Jesús y unido a Él en la Sagrada Eucaristía, ser misericordioso con todos y permanecer indiferente a todo lo que no sea amor, para ser así eco del Espíritu Santo en todos mis actos, palabras y pensamientos, y hasta en mis sentimientos.

Sagrado Corazón de Jesús e Inmaculado Corazón de María, ayúdenme a cumplir este propósito todos los días de mi vida. Amén.

 

 

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¿Quiénes son los Testigos de Jehová?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

¿Quiénes son los Testigos de Jehová,

Ruselistas o Estudiantes de la Biblia?

El fundador de los Testigos de Jehová, Charles Taze Russell (1852-1916), nació en Pittsburg, fue de origen presbiteriano y frecuentó en su juventud reuniones adventistas.

Por lo tanto, para poder entender su pensamiento, conviene al menos tener una idea sobre lo que son las Iglesias Adventistas, la Iglesia Presbiteriana y la Iglesia Luterana (de la que emergió el presbiterianismo).

Iglesias Luteranas

La gratuita santificación del hombre por la gracia, con la cual se hace justo, es contraria, según Lutero, al ambiente eclesiástico que lo rodeaba: el mundo de la curia romana, las penitencias monacales, la predicación de las indulgencias, la veneración de los santos, las peregrinaciones a santuarios marianos, la sutil teología escolástica.

Martín Lutero nunca pensó en fundar una nueva Iglesia, sino reformarla, no tanto en las costumbres, como en las creencias. Pero de aquí se derivan muchos de los principios que ilustrarán a otras Iglesias, Comunidades Eclesiales, Movimientos Religiosos, Grupos y Sectas de la mayor variedad:

Total soberanía de la Biblia sobre cualquier otro tipo de autoridad, negación de la Tradición de la Iglesia, permanencia de la condición pecadora del hombre, el perdón es gratuito, incondicional e inmerecido, y se ofrece por la redención de Cristo (se manifiesta con el arrepentimiento y la reparación), temor a que la mediación de María pueda atentar a la única mediación de Cristo, se rinde culto solo a Dios, no existe el purgatorio, el centro de la Iglesia está en la predicación, el bautismo confiere al fiel el hecho de ser sacerdotes (no es un sacramento especial), etc.

Iglesia Reformada o Presbiteriana. Es la doctrina de Juan Calvino (se llama también «calvinismo»). Afín al Luteranismo, contempla la predestinación (está decidido por Dios quién se va a salvar y quién no), es de carácter más universal que el Luteranismo, se gobierna por presbíteros y ancianos (no hay obispos) y se celebra la Cena una vez al mes, consumiendo ambas especies y creyendo en una presencia espiritual de Cristo en ella.

Iglesia Adventista. Desde su fundación (hecha por William Miller), estudian la inminente segunda venida de Cristo, vaticinada para 1843, 1844 y varias fechas más. Ellen Gould Harmon (la señora White) las impulsó grandemente. También hacen énfasis en la guarda del sábado y no del domingo. Además, afirman que el alma no es inmortal, que los justos vivirán en la tierra un milenio con Cristo, tras lo cual irán al cielo y que los impíos serán definitivamente aniquilados. El cuerpo es templo del Espíritu Santo y, por lo tanto, debe cuidarse: vegetarianismo, desaprobación del café, té, carne de cerdo, licor y tabaco.

 

Historia de los Testigos

En este ambiente adventista se mueve el fundador de los Testigos de Jehová.

Por eso, el estudio asiduo del texto bíblico lleva a Russell a cifrar 1914 como la fecha del juicio final y el comienzo del milenio en el que Cristo reinará durante mil años de paz. Organiza el grupo de los estudiantes de la Biblia y crea la Atalaya, revista que difunde ampliamente sus ideas milenaristas. En 1909, la sede central de la organización se instala en Brooklyn.

Joseph F. Rutherdorf (1869-1942) sucede a Russell, consolida la obra y reinterpreta el significado de 1914: ese año, el mundo tocó a su fin «legalmente». El juez Rutherdorf anuncia para 1925 la llegada a la tierra de los antiguos patriarcas. Años después, la sociedad recibe el nombre de Testigos de Jehová (1931).

Nathan H. Knorr (1905-1978) toma la dirección en 1942 y centraliza todavía más el movimiento alrededor de Brooklyn. Dentro de la mejor tradición jehovista, Knorr anuncia el año 1975 como la fecha para el final del mundo. En 1978, Frederic Franz fue el nuevo presidente y, desde 1993, Milton G. Henschel.

 

Doctrina de los Testigos

La doctrina de los Testigos reposa en la Biblia, considerada como palabra de Dios y regla de vida. La interpretación que de ella se hace es literalista, rechazando la aplicación de la teoría de los géneros literarios al texto bíblico.

El monoteísmo de los Testigos lleva a la negación tanto de la fe trinitaria como de la divinidad de Jesucristo, quien es llamado «el ángel de Jehová» o el arcángel Miguel. María engendró a un ser humano; no es Virgen ni inmaculada ni Madre de Dios. El Espíritu Santo no es persona, sino fuerza activa de Dios.

El infierno no existe.

Las ideas sobre la redención hecha por Jesús, la salvación del hombre y la inmortalidad del alma presentan divergencias fundamentales respecto a las enseñanzas de todas las Iglesias cristianas.

Cristo no fundó una Iglesia jerárquica; esta es obra de Satán.

La escatología, sin embargo, es el capítulo que especifica a los Testigos. Alrededor de este centro neurálgico gira todo su universo religioso. La clave para su interpretación radica en los distintos modos de resurrección de las gentes, que debe colocarse dentro del esquema de su particular historia del mundo. Tras un Reino de armonía universal que se concluyó con el diluvio, y otro de rebelión y de las obras de Satán que llega hasta 1914, se inicia el último período que es el del milenio en el que Jehová reúne a los Testigos que lucha contra las fuerzas de Satán. Lucha que concluirá con la batalla de Armagedón y en la que los no–Testigos serán aniquilados para siempre. Pero los 144 000 elegidos serán criaturas espirituales y gozarán del cielo. Los otros testigos están destinados a habitar en un paraíso terrestre con felicidad inacabable.

Ahora es el tiempo en el que ya se ha instaurado la teocracia, o el gobierno directo de Jehová en el mundo. Es el momento para anunciar a todos los hombres la necesidad de refugiarse en la sociedad de los Testigos, única posibilidad de llegar a la salvación final.

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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¿Quiénes son los Mormones?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

Joseph Smith, originario de una familia metodista del estado de Vermont, Estados Unidos, ante el fenómeno de las múltiples denominaciones cristianas y diferentes «despertares» religiosos, se cuestiona acerca de la verdadera comunidad querida por Dios mismo. En una visión se le comunica que todas las sectas están equivocadas. Y en una segunda visión, el ángel Moroni le revela la existencia de unas tablas escondidas, en las que está encerrada la plenitud del evangelio eterno. En 1827 encuentra las planchas de oro escritas en un idioma llamado egipcio reformado, que traduce al inglés (traducción que debía hacerse con la ayuda de dos piedras que venían en el cofre junto con las tablas, llamadas Urim y Tummim) y publica en 1830 con el nombre de Libro de Mormón. Luego, las tablas son llevadas por el ángel al cielo.

Se afirma que uno de los últimos reyes nefitas, Mormón, dejó por escrito en tablas de oro las crónicas que siglos después el ángel Moroni haría descubrir al profeta Smith.

En abril de ese año queda constituida su iglesia. Después de un largo éxodo, debido a las persecuciones, se asientan definitivamente en Utah, donde fundan la ciudad de Salt Lake City, que desde 1847 será el centro religioso de la fe mormona.

En el Libro de Mormón, Smith afirma que «La grande y abominable iglesia [se refiere a la Iglesia Católica] por encima de todas las iglesias ha adulterado el Evangelio del Cordero en muchas de sus preciosas partes para pervertir los caminos del Señor». Por eso introdujo muchos cambios: en el Nuevo Testamento agregó 128 versículos y cambió otros 1.475, cambiando por completo el sentido de muchos capítulos. Además, los mormones afirman que el Papa es el anticristo.

Su doctrina defiende el bautismo de los muertos, los dos tipos de matrimonios: el terrestre y el celeste, la práctica de la iniciación, el rechazo de la fe trinitaria, la corporeidad de Dios Padre, la revelación progresiva, la eternidad del hombre antes de su nacimiento y su accesibilidad a la condición de dioses, el infierno no existe y se defiende la poligamia (Smith tuvo 27 esposas).

Tienen un gran sentido de familia y pretenden el monopolio de la verdad y plenitud del evangelio su exclusivismo vuelve inútil cualquier diálogo ecuménico. Son muy sobrios en su vida y costumbres, pagan el diezmo a la iglesia, y les están prohibidos el alcohol, el tabaco, el café y otros estimulantes.

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿Se les puede pedir cosas a los santos?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

¿Dice la Biblia algo de esto?

Efectivamente, son muchos los pasajes en los que la Biblia llama «santo» o «santos» a algunos seres humanos. Veamos algunos.

  • «No nos retires tu misericordia, por Abraham, tu amigo, por Isaac, tu siervo, por Israel, tu santo.» (Dn 3, 35)
  • «La sabiduría hizo que lo que ellos emprendían tuviera éxito gracias a un santo profeta.» (Sb 11, 1)
  • «Envidiaron a Moisés, en el campamento, y a Aarón, el santo del Señor.» (Sal 106, 16)
  • «Le colocó también el turbante en la cabeza, y puso en su parte delantera la lámina de oro: ésta era la corona de santidad que el Señor había mandado a Moisés.» (Lv 8, 9)
  • «Por eso el varón santo te suplica en la hora de la angustia.» (Sal 32, 6)
  • «La dama dijo entonces a su marido: «Mira, este hombre que siempre pasa por nuestra casa es un santo varón de Dios.» (2R 4, 9)
  • «Herodes veía que Juan era un hombre justo y santo.» (Mc 6, 20)

Además, en la Biblia se llama «santo» al pueblo de Dios:

  • «Cuando el pueblo santo sea totalmente aplastado y sin fuerza, entonces se cumplirán estas cosas.» (Dn 12, 7)
  • «Pues tú eres un pueblo santo y consagrado al Señor, tu Dios.» (Dt 14, 2)
  • «El Señor hará de ti su pueblo santo, como te ha jurado si tú guardas sus mandamientos y sigues sus caminos.» (Dt 28, 9)
  • «Yo soy el Señor, quien los hace santos.» (Ez 20, 12)
  • «Para tus santos, sin embargo, resplandecía la luz.» (Sb 18, 1)
  • «Teme al Señor, pueblo de los santos, pues nada les falta a los que lo temen.» (Sal 34, 10)

Y la Palabra de Dios nos pide constantemente que seamos santos:

  • «Habla a toda la comunidad de los hijos de Israel y diles: Sean santos, porque yo, el Señor, Dios de ustedes, soy Santo.» (Lv 19, 2)
  • «Pues Dios no nos llamó a vivir en la impureza, sino en la santidad.» (1Ts 4, 7)
  • «En Cristo, Dios nos eligió antes de que creara el mundo, para estar en su presencia santos y sin mancha.» (Ef 1, 4)
  • «Si es santo el que los llamó, también ustedes han de ser santos en toda su conducta.» (1Pe 1, 15)
  • «Que el bueno siga practicando el bien y el santo creciendo en santidad.» (Ap 22, 11)
  • «Revístanse, pues, del hombre nuevo, el hombre según Dios que él crea en la verdadera justicia y santidad.» (Ef 4, 24)
  • «Serán santos para su Dios y no profanarán su Nombre porque son ellos los que ofrecen los sacrificios por el fuego, alimento de su Dios; por esto han de ser santos.» (Lv 21, 6)

Por eso, es frecuente que los cristianos, con alegría, se llamen «santos»:

  • «Así, pues, ya no son extranjeros ni huéspedes, sino ciudadanos de la ciudad de los santos; ustedes son de la casa de Dios.» (Ef 2, 19)
  • «Recíbanla bien, como debe hacerse entre cristianos y santos hermanos, y ayúdenla en todo lo que necesite, pues muchos están en deuda con ella, y yo también.» (Rm 16, 2)
  • «¡Feliz y santo es el que participa en la primera resurrección! La segunda muerte ya no tiene poder sobre ellos: serán sacerdotes de Dios y de su Mesías y reinarán con él mil años.» (Ap 20, 6)
  • «Respecto a la colecta en favor de los santos, sigan también ustedes las normas que di a las Iglesias de Galacia.» (1Co 16, 1)
  • «Y si es esto lo que esperamos de él, querremos ser santos como él es santo.» (1Jn 3, 3)
  • «Si alguno, pues, trata de no cometer las faltas de que hablo, será como vajilla noble: será santo, útil al Señor, apropiado para toda obra buena.» (2Tm 2, 21)

Y es que Dios mismo nos pide que manifestemos con nuestra vida santa la santidad de Dios:

  •  «Recuerda que ustedes se rebelaron contra mis órdenes en el desierto de Zin, cuando la comunidad murmuró por el asunto del agua, y a ustedes les mandé que manifestaran mi santidad delante de ellos. (Estas son las aguas de Meribá en Cadés en el desierto de Zin.)» (Nm 27, 14)
  •  «Por tu Sabiduría formaste al hombre para que domine a todas las criaturas por debajo de ti, para que gobierne al mundo con santidad y justicia, y tome sus decisiones con recta conciencia.» (Sb 9, 2-3)
  • «Entonces Moisés dijo a Aarón: “Esto es lo que el Señor había declarado: Daré a conocer mi santidad a través de los que se allegan a mí, y a vista de todo el pueblo seré glorificado.” Aarón no agregó palabra.» (Lv 10, 3)
  • «Quisiera que saquen provecho de cada cosa y cada circunstancia, para que lleguen puros e irreprochables al día de Cristo, habiendo hecho madurar, gracias a Cristo Jesús, el fruto de la santidad. Esto será para gloria de Dios, y un honor para mí.» (Flp 1, 10-11)
  • «…de este modo el que comunicaba la santidad se identificaría con aquellos a los que santificaba.» (Hb 2, 11)

Por otra parte, es importante que progresemos en la santidad:

«El que se queda con la leche no entiende todavía el lenguaje de la vida en santidad, no es más que un niño pequeño.» (Hb 5, 13)

Y Dios mismo nos ayuda:

«Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad.» (Hb 12, 10)

Para nunca apartarnos de esa santidad:

«Más les valdría no haber conocido los caminos de la santidad, que después de haberlos conocido, apartarse de la santa doctrina que les fue enseñada.» (2Pe 2, 21)

Por eso no debe admirar que se les diga «santos» a todos los que han vivido bien su cristianismo; que a Pablo se le diga san Pablo; a Pedro, san Pedro; y así, a muchos.

Sin embargo, algunos niegan la inmortalidad del alma. En ese caso, no existirán los santos en el Cielo, y no podrían interceder por nosotros.

Por eso, conviene revisar la Escritura:

Pero Dios creó al hombre a imagen de lo que en él es invisible, y no para que fuera un ser corruptible. (Sb 2, 23)

Porque Dios no hizo la muerte, y no le gusta que se pierdan los vivos. Él creó todas las cosas para que existan; las especies que aparecen en la naturaleza son medicinales, y no traen veneno ni muerte. La tierra no está sometida a la muerte. (Sb 1, 13-14)

Y, si no está sometida a la muerte, ¿en qué consiste la muerte para la Biblia?

El polvo vuelve a la tierra de donde vino, y el espíritu sube a Dios que lo dio. (Qo 12, 7)

Quiere decir esto que hay algo que sobrevive.

Por eso, Jacob espera, después de muerto, irse a reunir en el más allá con su hijo, a quien cree muerto:

Todos sus hijos e hijas acudieron a consolarlo, pero él no quería ser consolado, y decía: «Estaré todavía de duelo cuando descienda donde mi hijo al lugar de las Sombras.» Y su padre lo lloró. (Gn 37, 35)

Lo mismo se explica en el Antiguo Testamento cuando hablan de los que mueren:

Abraham murió luego de una feliz ancianidad, cargado de años, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 25, 8)

Ismael vivió ciento treinta y siete años. Luego murió y fue a juntarse con sus antepasados. (Gn 25, 17)

Isaac vivió ciento ochenta años; murió muy anciano y fue a reunirse con sus antepasados. Lo sepultaron sus hijos Esaú y Jacob. (Gn 35, 28-29)

Cuando Jacob hubo terminado de dar estas instrucciones a sus hijos, recogió sus pies en la cama y expiró, y fue a reunirse con sus antepasados. (Gn 49, 33)

Aunque no fueran enterrados con sus antepasados, el libro sagrado afirma repetidas veces que se reunirían con ellos.

Y es que el alma, o dígase el espíritu, deja el cuerpo como quien deja una tienda que ha habitado:

«Sabiendo que pronto será desarmada esta tienda mía, según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.» (2P 1, 14)

Se asegura que habrá vida:

«Pues Cristo quiso morir por el pecado y para llevarnos a Dios, siendo esta la muerte del justo por los injustos. Murió por ser carne, y luego resucitó por el Espíritu. Entonces fue a predicar a los espíritus encarcelados; me refiero a esas personas que se negaron a creer en tiempo de Noé, cuando se iba acabando la paciencia de Dios y Noé ya estaba construyendo el arca. Pero algunas personas, ocho en total, entraron al arca y se salvaron a través del agua.» (1Pe 3, 18-20)

«Sabemos que si nuestra casa terrena o, mejor dicho, nuestra tienda de campaña, llega a desmontarse, Dios nos tiene reservado un edificio no levantado por mano de hombres, una casa para siempre en los cielos. Sí, mientras estamos bajo tiendas de campaña sentimos un peso y angustia: no querríamos que se nos quitase este vestido, sino que nos gustaría más que se nos pusiese el otro encima y que la verdadera vida se tragase todo lo que es mortal. Por eso nos viene incluso el deseo de salir de este cuerpo para ir a vivir con el Señor. (2Co 5, 1. 4. 8)

Cristo es mi vida, y de la misma muerte saco provecho. Pero veo que, mientras estoy en este cuerpo, mi trabajo da frutos, de modo que ya no sé qué escoger. Estoy apretado por los dos lados: por una parte siento gran deseo de largarme y estar con Cristo, lo que sería sin duda mucho mejor. (Flp 1, 21-23)

Jesús mismo le promete la vida eterna al buen ladrón:

Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso.» (Lc 23, 43)

Definitivamente, en la Biblia encontramos muchas citas que ratifican que las almas siguen viviendo después de la muerte del individuo:

«Cuando abrió el quinto sello, divisé debajo del altar las almas de los que fueron degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que les correspondía dar. Se pusieron a gritar con voz muy fuerte: “Santo y justo Señor, ¿hasta cuándo vas a esperar a hacer justicia y tomar venganza por nuestra sangre a los habitantes de la tierra?”» (Ap 6, 9-10)

Cristo, en este aspecto es enfático:

«¿Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Él no es un Dios de muertos, sino de vivos.» (Mt 22, 32)

«Y en cuanto a saber si los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el capítulo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. (Mc 12, 26-27a) «Y todos viven por Él». (Lc 20, 38)

Por eso Esteban clamó antes morir:

«Señor Jesús, recibe mi espíritu.» (Hch 7, 59b)

La muerte verdadera es la eterna:

Estando en el infierno, en medio de los tormentos, el rico levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham y a Lázaro con él en su regazo. Entonces gritó: «Padre Abraham, ten piedad de mí, y manda a Lázaro que moje en agua la punta de su dedo y me refresque la lengua, porque me atormentan estas llamas.» Abraham le respondió: «Hijo, recuerda que tú recibiste tus bienes durante la vida, mientras que Lázaro recibió males. Ahora él encuentra aquí consuelo y tú, en cambio, tormentos. Además, mira que hay un abismo tremendo entre ustedes y nosotros, y los que quieran cruzar desde aquí hasta ustedes no podrían hacerlo, ni tampoco lo podrían hacer del lado de ustedes al nuestro.» (Lc 16, 23-26)

Solamente van a morir eternamente los que pecan:

«Porque todas las vidas me pertenecen, tanto la vida del hijo como la del padre, y el que peca, ese morirá. Quien debe morir es el que peca.» (Ez 18, 4. 20a)

Por eso, Jesús nos dice:

«No teman a los que sólo pueden matar el cuerpo, pero no el alma; teman más bien al que puede destruir alma y cuerpo en el infierno.» (Mt 10, 28)

Es que todos los que creen en Jesús creen en la resurrección:

«No se asombren de esto; llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán mi voz. Los que obraron el bien resucitarán para la vida, pero los que obraron el mal irán a la condenación.» (Jn 5, 28-29)

«Y espero de Dios, como ellos mismos esperan, la resurrección de los muertos, tanto de los justos como de los pecadores.» (Hch 24, 15)

«Les damos esto como palabra del Señor: nosotros, los que ahora vivimos, si todavía estamos con vida cuando venga el Señor, no tendremos ventaja sobre los que ya han muerto. Cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del cielo. Y primero resucitarán los que murieron en Cristo.» (1Ts 4, 15-16)

«Algunos dirán: ¿Cómo resurgen los muertos? ¿Con qué clase de cuerpo vuelven? ¡Necio! Lo que tú siembras debe morir para recobrar la vida. Y lo que tú siembras no es el cuerpo de la futura planta, sino un grano desnudo, ya sea de trigo o de cualquier otra semilla. Lo mismo ocurre con la resurrección de los muertos. Se siembra un cuerpo en descomposición, y resucita incorruptible. Porque es necesario que nuestro ser mortal y corruptible se revista de la vida que no conoce la muerte ni la corrupción.» (1Co 15, 35-37. 42. 3)

Y, si resucitan, están vivos, y pueden interceder por nosotros:

Luego se le había aparecido, orando en igual forma, un anciano canoso y digno que se distinguía por su buena presencia y su majestuosidad. Entonces el sumo sacerdote Onías había dicho a Judas: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ruega sin cesar por el pueblo judío y por la Ciudad Santa. Es Jeremías, el profeta de Dios.» Y Jeremías había extendido su mano derecha entregando una espada de oro a Judas, mientras le decía: «Recibe como regalo de parte de Dios esta espada con la que destrozarás a los enemigos.» (2M 15, 13-16)

Y después de su muerte profetizó y anunció al rey su fin… (Sir 46, 23a)

En vida hizo prodigios, y después de muerto, todavía obró milagros. (Sir 48, 14)

El rico Epulón intercede por sus hermanos:

El otro replicó: «Entonces te ruego, padre Abraham, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre». (Lc 16, 27)

Los santos participan ya con Cristo de la gloria del Reino del Padre. Por la fe, los cristianos creemos que la acción de los santos es más eficaz que si estuvieran todavía con nosotros. Ellos son nuestros amigos, ya que nos ofrecen un ejemplo qué seguir e interceden por nosotros.

Durante toda la historia de la humanidad, los seres humanos hemos venerado a los grandes hombres y mujeres de la historia, de la ciencia, de la inventiva, de las artes, en fin, de todas las áreas; les hacemos estatuas, fotografías, dibujos o grabados… La veneración se da también a seres humanos vivos: aplausos, flores, ovaciones, diplomas, pergaminos, etc.

El Señor le perdonó sus pecados y quiso que su poder perdurara por los siglos: se comprometió con él en lo que respecta a los reyes futuros, y le prometió que haría gloriosa su dinastía en Israel. (Sir 47, 11)

¡Oh Elías, tus milagros constituyeron tu gloria! ¿Quién podría vanagloriarse de ser como tú? (Sir 48, 4)

Entonces ¿por qué no rendirle homenaje a los santos?

Como el culto a María, el que le rendimos a los santos lleva a Dios y termina en Él.

Por eso, la Iglesia Católica distingue claramente los diferentes cultos u homenajes externos de respeto y amor que tributa el cristiano:

El culto de latría o adoración, que se tributa a Dios.

El culto de dulía o veneración, que se tributa a los ángeles y a los santos.

El culto de hiperdulía, que se tributa a la Virgen.

 

 

 

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¿Se permite el divorcio en la Biblia?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 14, 2008

Muchos grupos cristianos no católicos admiten el divorcio y las nuevas nupcias, basados en una ley pasajera (de carácter temporal) hecha para el pueblo judío:

Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, puede ser que le encuentre algún defecto y ya no la quiera. En ese caso, escribirá un certificado de divorcio que le entregará antes de despedirla de su casa. (Dt 24, 1)

Ante todo, es bueno saber que el matrimonio, en cuanto unión de un hombre «esposo» y de una mujer «esposa» en orden a constituir una familia, tiene para la Biblia su origen en Dios, quien esencialmente lo desea indisoluble:

Jesús respondió: «¿No han leído que el Creador al principio los hizo hombre y mujer y dijo: El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne? (Mt 19, 4-5).

Los fariseos le preguntaron: «Entonces, ¿por qué Moisés ordenó que se firme un certificado en el caso de divorciarse?» Jesús contestó: «Moisés vio lo tercos que eran ustedes, y por eso les permitió despedir a sus mujeres, pero al principio no fue así. Yo les digo: el que se divorcia de su mujer, fuera del caso de fornicación*, y se casa con otra, comete adulterio.» (Mt 19, 7-9)

Desde siempre se canta el amor exclusivo (leer todo el Cantar de los Cantares) y se valora muy positivamente la estabilidad del matrimonio y la fidelidad de los esposos.

Con esto se va viendo el ideal religioso del matrimonio que Jesús y Pablo reafirman con fuerza, hasta el punto de considerar el matrimonio cristiano como símbolo de la unión existente entre Cristo y la Iglesia:

«Es éste un misterio muy grande, pues lo refiero a Cristo y a la Iglesia.» (Ef 5, 32)

Por eso, el mismo Jesucristo, cuando lo instituyó, elevó al matrimonio a la altura de un sacramento, signo y señal de la gracia divina: Dios llena a los contrayentes de la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión con la altura de la sublime unión existente entre Cristo y la Iglesia, donde no cabe el divorcio.

Veamos en la Biblia cómo Jesús condena el divorcio:

«Todo hombre que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio. Y el que se casa con una mujer divorciada de su marido, también comete adulterio». (Lc 16, 18)

«El que se separa de su esposa y se casa con otra mujer, comete adulterio contra su esposa”» (Mc 10, 11)

«Ustedes han oído que se dijo: “No cometerás adulterio.” Pero yo les digo: Quien mira a una mujer con malos deseos, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho te está haciendo caer, sácatelo y tíralo lejos; porque más te conviene perder una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te lleva al pecado, córtala y aléjala de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. También se dijo: “El que se divorcie de su mujer, debe darle un certificado de divorcio.” Pero yo les digo: Si un hombre se divorcia de su mujer, a no ser por motivo de fornicación, es como mandarla a cometer adulterio: el hombre que se case con la mujer divorciada, cometerá adulterio.» (Mt 5, 27-32)

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?.” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.” El joven dijo: “¿Cuáles?” Jesús respondió: “No matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio”» (Mt 19, 16-18)

La misma reprobación se da en otros pasajes del Nuevo Testamento:

«¿No saben acaso que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No se engañen: ni los que tienen relaciones sexuales prohibidas, ni los que adoran a los ídolos, ni los adúlteros, ni los homosexuales y los que sólo buscan el placer» (1Co 6, 9)

«Que todos respeten el matrimonio y ninguno manche la unión conyugal. Dios castigará a los licenciosos y a los que cometen adulterio». (He 13, 4)

Pero ya desde el Antiguo Testamento se nota que Dios condena sin paliativos al adulterio:

«No cometas adulterio». (Ex 20, 14; Dt 5, 18)

«No te acostarás con la mujer de tu prójimo, pues es una maldad». (Lv 18, 20)

«Si alguno comete adulterio con una mujer casada, con la mujer de su prójimo, morirán los dos, el adúltero y la mujer adúltera». (Lv 20, 10)

«Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, el adúltero y la adúltera. Así harás desaparecer el mal de Israel.» (Dt 22, 22)

«Odio el divorcio, dice el Señor Dios, Dios de Israel, y al que hace el mal sin manifestar vergüenza. Tengan, pues, mucho cuidado y no cometan tal traición.» (Ml 2, 16)

«La Sabiduría te protegerá de la mujer de otro, de la bella desconocida de palabras suaves». (Pr 2, 16)

«Lo mismo le ocurrirá a la mujer que engaña a su marido y le da un heredero concebido de un extraño. En primer lugar desobedeció a la ley del Altísimo, luego pecó contra su marido, y en tercer lugar se manchó con un adulterio, teniendo hijos de un extraño.» (Sir 23, 22-23)

Y, ¿por qué el divorcio es una ofensa tan grave para Dios? El mismo Jesús responde esa pregunta:

«Lo que Dios ha unido, que el hombre no lo separe.» (Mc 10, 9)

«El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá con su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre.» (Mt, 19 5-6)

Ante las leyes civiles es válido el divorcio pero, ante Dios, los esposos están casados, y seguirán casados hasta que uno de los dos muera.

Es fácil deducir entonces que, entre los bautizados, tanto el matrimonio civil como la unión libre de los ya casados por la Iglesia no tiene validez ante Dios. Este «invento» humano, se constituye en un desprecio a las leyes de Dios, es decir, en una burla a Dios: es como si el que se va a casar «por lo civil» o a unir libremente le dijera a Dios: «A mi no me interesa lo que Usted piense ni su autoridad, lo que me interesa es lo que la sociedad civil piense, y esa autoridad es la única que vale para mí». Por eso mismo, el matrimonio civil o la unión libre de un bautizado es siempre una ofensa a ese Dios tan bueno, que nos dio la vida y todo lo que tenemos, y que solo desea nuestra felicidad.

Y, ¿qué es lo que hace la Iglesia Católica cuando declara nulo un matrimonio?

Para contestar esta pregunta, es necesario distinguir tres conceptos diferentes:

La separación de cuerpos, que consiste en decretar, legalmente, que los esposos dejan de vivir en comunidad.

El divorcio, en el que se decreta que el matrimonio que Dios bendijo ya dejó de existir legalmente, aunque Dios haya dicho explícitamente que el ser humano no puede separar lo que Dios unió para siempre.

La anulación consiste en lo siguiente: la Iglesia, por el poder que Dios le dio, determina que, dado que no se cumplieron los requisitos indispensables, Dios nunca unió a esa pareja de novios. Esta decisión genera un efecto retroactivo desde momento de la celebración, es decir, le hace perder su validez.

Ese matrimonio, en consecuencia, nunca fue válido ante Dios, aunque un sacerdote hubiera presenciado las nupcias y hubiera bendecido a la pareja, ni siquiera aunque ya hayan tenido hijos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

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* NOTA:

Cuando se explica este texto, se debe tener en cuenta que los textos paralelos —los que hablan del mismo tema, que en este caso son: Mc 10, 11s; Lc 16, 18 y 1Co 7, 10s— no especifican la cláusula restrictiva de Jesús.

Esto hace deducir que san Mateo, que fue uno de los últimos redactores sinópticos del Evangelio, la haya añadido porque escribía para el nuevo pueblo judeo-cristiano, que no lograba adecuar la nueva visión cristiana a la antigua Ley judía, como se ve por el versículo 3 (de ese mismo capítulo 19 de san Mateo): «Y se le acercaron unos fariseos que, para ponerlo a prueba, le dijeron: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?».

Tenemos aquí una decisión eclesiástica de alcance temporal y local, como lo fue la del decreto de Jerusalén, concerniente a la región de Antioquía (Hch 15, 23-29).

 

Otra característica que se debe analizar es que el versículo 9 de Mt, 19, dice así en latín:

«dico autem vobis quia quicumque dimiserit uxorem suam nisi ob fornicationem et aliam duxerit moechatur et qui dimissam duxerit moechatur».

Pero la palabra fornicationem fue traducida del término: porneia, que no significa fornicación en el matrimonio (adulterio o infidelidad), cuya traducción correcta sería: moijeia.

Al usar la palabra porneia, se está haciendo alusión al sentido técnico de la zenut o prostitución, que entre los judíos no equivalía únicamente a lo que entendemos hoy —venta de sexo— sino al sentido técnico de los escritos rabínicos: una unión incestuosa, relación prohibida por la Ley judía, pero no por los pueblos gentiles, que las consideraban legales.

El problema era que los prosélitos —los nuevos cristianos que no provenían del judaísmo— no sabían cómo adaptarse a la nueva Fe: algunos les decían que para ser cristianos debían cumplir la Ley judía, y eso les causaba confusión.

De ahí nace la consigna de Jesús de disolver semejantes uniones irregulares que, en definitiva, no eran sino matrimonios nulos.

 

Todo esto lo deja muy claro san Pablo:

«En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no se divorcie de su mujer.» (1Co 7, 10-11)

 

 

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¿Se debe ‘orar’ o ‘rezar’?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2008

Entre algunos cristianos, la oración suele practicarse sistemáticamente mediante la improvisación, con fórmulas espontáneas. Llegan incluso a criticar a otros porque, según ellos, nunca oran, sino sólo rezan, pues habitualmente recurren a fórmulas hechas.

El Diccionario de la lengua española define claramente que orar es «Hacer oración a Dios, vocal o mentalmente». Y rezar: «Dirigir oral o mentalmente súplicas o alabanzas a Dios, la Virgen o los santos.» Está claro, entonces, que no debemos diferenciar las dos palabras, pues son sinónimas.

Lo que quizá quieren expresar es que no se deben hacer oraciones vocales, con fórmulas preestablecidas.

Sin embargo, por la Biblia, todos deberíamos saber que hay oraciones vocales perfectamente válidas, como cuando Jesucristo enseñó la maravillosa oración del Padrenuestro:

«Un día estaba Jesús orando en cierto lugar. Al terminar su oración, uno de sus discípulos le dijo: “Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.” Les dijo: “Cuando recen, digan: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino. Danos cada día el pan que nos corresponde. Perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe. Y no nos dejes caer en la tentación.”» (Lc 11, 1-4)

«Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde; y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.» (Mt 6, 9-13)

Pensemos que el mismo Cristo, estando en la cruz, para dirigirse a su Padre en oración, usó fórmulas que se encontraban en los salmos:

«A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: “Elí, Elí, lamá sabactani”, que quiere decir: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”» (Mt 27, 46)

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonaste?» (Sal 21, 2)

Por otra parte, el libro entero de los salmos, ¿qué otra cosa es sino un hermoso libro de oraciones? Y se trata, por lo tanto, de fórmulas hechas ya.

Si alguien, inspirado por el Espíritu Santo, dice una oración, ¿qué tiene de malo escribirla para que otros se aprovechen de sus beneficios?

¿Es que la oración pierde inmediatamente su valor al escribirse? ¿Acaso no fue el mismo Espíritu Santo quien la inspiró?

Eso es lo que sucede en la Iglesia cuando redacta oraciones que les sirven a muchos otros para acercarse más a Dios.

Así pues, toda la liturgia de la Iglesia (misales, leccionarios, Oficio Divino, devocionarios, etc.) es obra del Espíritu Santo.

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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¿Prohíbe Dios las imágenes?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 12, 2008

La siguiente frase del Éxodo hace creer a algunos que Dios prohíbe las imágenes:

«No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni los sirvas, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso.» (Ex 20, 3–5).

Esta frase es clara desde el comienzo: «No tendrás otros dioses fuera de mí». Por eso, lo que Dios pretendía, en esa época del Antiguo Testamento, era que el pueblo escogido no cayera en algo que los pueblos vecinos trataban de infundirles: la creencia en otros dioses, es decir, tener ídolos.

Así mismo, en el Deuteronomio se lee:

«No tendrás otro dios delante de mí. No te harás ídolos, no te harás figura alguna de las cosas que hay arriba en el cielo o aquí debajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra. Ante ellas no te hincarás ni les rendirás culto; porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian.» (Dt 5, 7–9)

También es claro este mensaje desde el principio: «No tendrás otro dios delante de mí.». Quien lea lo anterior con sencillez y simplicidad (sin prevenciones ni prejuicios) puede darse cuenta de que la finalidad de estas palabras es el rechazo de Dios a la idolatría, no a hacer o tener imágenes.

La prueba de esto es que el mismo Dios manda hacer imágenes: la Biblia cuenta que, en el primer templo que Él manda construir en el mundo:

«El Señor habló a Moisés para decirle: “Me harán un santuario para que Yo habite en medio de ellos, y lo harán, como también todas las cosas necesarias para mi culto, según el modelo que Yo te enseñaré. Así mismo, harás dos querubines de oro macizo, y los pondrás en las extremidades de la cubierta.”» (Ex 25, 1.8-9.18)

Queda claro, entonces, que Dios no solamente permite que se hagan imágenes, sino que Él mismo las manda a hacer.

Además, el libro de Josué narra que él y los sacerdotes se postraron ante esas imágenes:

«Entonces Josué y todos los jefes de Israel rasgaron sus vestidos, se cubrieron de ceniza la cabeza y permanecieron postrados delante del Arca del Señor hasta la tarde.» (Jos 7, 6)

Más adelante, se nos cuenta cómo Dios, otra vez, manda a hacer otra imagen:

«El Señor le dijo a Moisés: “Hazte una serpiente de bronce y colócala en un poste. El que haya sido mordido, al verla, sanará”.» (Nm 21, 8)

Y Moisés obedeció la orden de Dios:

«Moisés hizo una serpiente de bronce y la puso en un poste. Cuando alguien era mordido por una serpiente, miraba la serpiente de bronce y se sanaba.» (Nm 21, 9)

Cuenta la Biblia también que cuando Salomón construyó el templo le hizo imágenes:

«Dentro del Lugar Santísimo, puso dos querubines hechos de madera de olivo silvestre, de cinco metros de alto. Cada una de sus alas tenía dos metros y medio de largo, de manera que había cinco metros de una punta a la otra de las alas. Los dos querubines tenían exactamente la misma hechura y las mismas medidas: cinco metros de alto. Colocó los querubines dentro de la Casa, con las alas desplegadas, de manera que, por el lado exterior un ala tocaba la pared y, en el medio de la Casa, las alas de ambos se tocaban. Salomón cubrió de oro los dos querubines.» (1Re 6, 23-28)

Y, acto seguido, Salomón le hizo más imágenes al templo:

«Sobre el panel que estaba entre los listones había leones, bueyes y querubines. Lo mismo sobre los listones. Por encima y por debajo de los leones y de los toros había adornos.» (1Re 7, 29)

Finalmente, tras esa construcción, Dios se muestra complacido por el templo, lleno de imágenes:

«Cuando los sacerdotes salieron del Lugar Santo, la nube llenó la Casa del Señor.» (1Re 8, 10)

Dios no se puede contradecir: si Él mismo manda hacer imágenes, no las puede prohibir. Es la idolatría lo que Dios reprueba.

Dios prohibió hacer o tener imágenes para evitar que la fe en el único Dios, el Señor, se contaminara con las prácticas idolátricas, fetichistas y politeístas de los pueblos vecinos:

En efecto, cualquiera que se volvía al objeto de bronce se salvaba, no por lo que tenía a su vista, sino por ti, el Salvador de todos. (Sb 16, 7)

Por eso, la idolatría significa creer que un trozo de papel, yeso, bronce u otro material es un dios, que tiene poderes como tal, y que hay que adorarlo.

Israel fue entendiendo que el Señor es el único Dios de todos los pueblos y que las imágenes, altares, oraciones y cultos sólo a Él estaban destinados. Así, el peligro de la idolatría desapareció.

Entonces, el propio Dios, que se había mantenido invisible hasta ese momento, viendo ya maduro a su pueblo, quiso hacerse una imagen para que todos la pudieran contemplar, oír, tocar: se acercó a los hombres mediante una figura, la de Cristo:

Él es la imagen del Dios que no se puede ver. (Col 1, 15)

Se niegan a creer, porque el dios de este mundo los ha vuelto ciegos de entendimiento y no ven el resplandor del Evangelio glorioso de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4, 4)

Con esta explicación, ¿cómo se podría pensar en volver a esas épocas anteriores de ignorancia y prohibir de nuevo las imágenes?

Las imágenes de Cristo nos recuerdan su vida y sus hechos en los pasajes que representan, nos impulsan a alabarlo por cuantas bondades realizó cuando vivió entre nosotros. Las imágenes son, y han sido durante mucho tiempo, la Biblia de los analfabetas y de los niños pequeños que todavía no saben leer.

Por otra parte, las imágenes de los santos nos ayudan a elevar nuestro corazón a Dios para bendecirlo por lo que hizo en ellos y a través de ellos, nos recuerdan la santidad a la que estamos llamados y estimulan nuestro esfuerzo por lograrla.

 

 

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Ciclo A, XVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿Hambre?

 

¿De qué tenemos hambre? ¿De alimento, vestido, vivienda, salud, educación? ¿Es hambre de justicia, de paz o de amor?

Escuchemos lo que Dios nos manda decir por medio del profeta Isaías:

A ver ustedes que andan con sed, ¡vengan a las aguas! No importa que estén sin plata, vengan; pidan trigo sin dinero, y coman, pidan vino y leche, sin pagar. ¿Para qué van a gastar en lo que no es pan y dar su salario por cosas que no alimentan? Si ustedes me hacen caso, comerán cosas ricas y su paladar se deleitará con comidas exquisitas. Atiéndanme y acérquense a mí, escúchenme y su alma vivirá.

De todas nuestras necesidades se encarga Dios. Pero alguno encontrará teóricas estas palabras. Dirá que esos milagros ya no se dan, que la realidad es otra…

¿Será que hay cosas imposibles para Dios? El Evangelio de hoy narra algo que, aunque a nosotros nos parezca extraordinario, para Dios es algo sencillísimo: de cinco panes y dos pescados sacó alimento para cerca de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. ¿Acaso ese Dios tan poderoso ha perdido su poder? ¿Por qué no se ven ahora esos milagros? Además, cabría preguntar: ¿Puede Dios incumplir una promesa como la que leímos en Isaías?

Lo que sucede no es que a Dios se le haya mermado el poder, es que hay pocos hombres que confían plenamente en Él.

Y, ¿cómo confiar más en Él? Nos lo explica la segunda lectura cuando dice que en todo saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó.

Por lo tanto, la confianza comienza cuando retornamos el amor a Dios, buscando hacer su voluntad y no la nuestra. Además, debemos recordar tres cosas: Dios lo puede todo; Él nos ama más que lo que nos podemos imaginar; Él sabe más, y sabe qué es lo que nos conviene. Solo así lograremos hacer realidad lo que nos dice san Pablo en la segunda lectura: ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni las fuerzas del universo, ni el presente ni el futuro, ni las fuerzas espirituales, ni ninguna otra criatura podrán apartarnos del amor de Dios.

 

 

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Por sus frutos los conoceréis

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La encíclica papal, “Que todos sean uno”, no puede quedarse en el papel, sino en el corazón de los cristianos y, muy especialmente, en el de los católicos.

Es el amor de Cristo el que nos debe distinguir: en esto conocerán que somos sus discípulos. No en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: “En que os amáis los unos a los otros”.

Sin embargo, ¡qué frecuente es la crítica! Cuántas veces se oyen argumentos cargados de agresividad o de intolerancia de labios de cualquier clase de cristianos hablando de otros cristianos… Agresividad o intolerancia mayores que las que puede haber entre religiones tan dispares como el hinduismo y el islamismo u otras tantas.

Ni las disputas teológicas en el ambiente más tolerante de todos, ni la conciliación de criterios con la actitud más adulta y grave posible, ni el análisis más serio y concienzudo bastan. Con amor es como se conquistan los hermanos separados y con amor es como podremos llevar a cabo la unión que la Iglesia pretende, de la mano del Pontífice.

Pero, ¿qué es el amor del que se nos habla? ¿Cómo aplicarlo a esta coyuntura?

De entre las cartas de san Juan y de san Pablo podemos extractar la esencia: el amor es humilde sin límites, como predica la canción de José Luis Perales.

Antes de entrar de lleno en el tema del amor debe tratarse la humildad, “virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, que significa, en este punto del ecumenismo, saber que hemos cometido errores y que debemos pedir perdón, como lo hizo el Santo Padre, y comprender que las divisiones entre los cristianos no siempre han dado resultados negativos:

La reiterativa crítica de los protestantes y de muchas sectas —por ejemplo— acerca de la adoración de las imágenes por parte de los católicos hizo que se pudieran recordar las definiciones del Diccionario de la lengua española: adorar es “Reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina” o “Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido”; mientras que venerar es “Respetar en sumo grado a una persona por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a una cosa por lo que representa o recuerda”. Lo mismo sucede con algunos excesos y defectos que se fueron limando con las críticas de nuestros hermanos retirados.

Un segundo punto es que conviene confesar los grandes beneficios que han dado a la humanidad los trabajos de nuestros hermanos no católicos. Algunos quedaron sorprendidos por el reconocimiento que hizo el Papa en la encíclica a la acción de la gracia de Dios entre ellos. ¡Qué bien queda aquí recordar las palabras de Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”!

Por último, el amor. Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, quienes le acompañaron durante su vida apostólica, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores. ¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos separados? ¿que son pecadores o simplemente que están equivocados? Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no habríamos pensado como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros está con nosotros…

Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús.

 

 

 

 

 

 

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¿Por qué tanto interés en la Virgen María?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace unos cien mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

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Martín Lutero

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La historia de la Iglesia registra innumerables conquistas espirituales en casi todas las regiones geográficas. Sin embargo, no todas han sido alegrías en ese sentido: son muchas las discordias que, tras su análisis juicioso, han dado como resultado luces enriquecedoras especialmente para conformar una doctrina, compacta y fuerte a la vez, cada día más cierta.

Pero los desenlaces tampoco han producido siempre efectos positivos, dentro de los que deben resaltarse con dolor las divisiones, muy especialmente la del siglo XVI, con Martín Lutero.

Esa escisión deplorable ha dejado, como todas, una herida que ahora toda la Iglesia, con el Santo Padre a la cabeza, intenta remediar por el camino más acorde con su espíritu: el amor, el perdón y el olvido. Es este el camino que escogió Jesús y el que las Conferencias Episcopales han recomendado siempre a los alzados en armas: guerrilleros, pueblos y aun partidos políticos que enarbolan instrumentos bélicos a sus conciudadanos para “defender” sus ideas.

Esta forma de proceder no solo es cristiana sino humana: la experiencia ha probado que de las conflagraciones no ha nacido nunca la paz y que, por el contrario, florecen los resentimientos, los odios, las disputas perpetuas y casi sin solución… todo a un costo muy alto, mejor, el más alto costo: vidas humanas perdidas.

Pero, además, la entraña misma de la doctrina católica está plena de ejemplos de perdón y olvido, desde actos sencillos hasta heroicos: primero Jesús en la Cruz, luego el diácono Esteban y los mártires de todos los tiempos, hasta los recientemente canonizados; todos han antepuesto el amor, el perdón y el olvido a sus rencillas y resquemores —justos, por cierto— llenando el santoral de paradigmas que pueden enfervorecer al más insensible de los cristianos.

Y todos ellos han seguido el ejemplo del Redentor: orar y ofrecer sacrificios por sus adversarios y/o enemigos, declarados o no, siempre teniéndolos como otros hijos de Dios, con cualidades y defectos como todos.

Es por eso que no podemos permitirnos actitudes o sentimientos contrarios al amor que Dios y el Papa nos piden: que todos los cristianos seamos uno.

Por todo el globo terráqueo muchos se han hecho eco de esas palabras con hechos —aun heroicos— de comprensión y de tolerancia. Unámonos ellos para que, como dijo el Santo Padre, hablando de lo que nos une, que es mucho más de lo que nos separa, lleguemos a cumplir esa anhelada meta milenaria.

El camino es claro: perdonar, olvidar, ¡amar con el Amor de Dios!

 

 

 

 

 

 

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Los evangélicos y el amor

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La encíclica papal “Que todos sean uno”, con todo ese bagaje de información, ha producido cambios asombrosos en muchos lectores. Su profundidad, su espíritu verdaderamente cristiano, ha llenado las expectativas de quienes, preocupados por los hermanos no católicos, querían una guía firme, segura y acorde con la doctrina de Jesucristo. Pormenorizados los conceptos del Concilio Vaticano II, se abre la puerta al deseo papal sobre la unión definitiva en el amor fraternal entre los cristianos, para que por fin se haga realidad el hecho de que todos conozcan que somos discípulos de Jesús porque nos amamos los unos a los otros.

Completamente ajeno a estos menesteres, un amigo mío se vio involucrado en una Iglesia evangélica; sus cantos, sus expresiones de felicidad y de amor por los demás, cosas que -dijo- nunca vio entre los sacerdotes católicos, junto con la heredada idea de que la Iglesia Católica ha estado llena de errores históricos, lo fueron convenciendo de que debía convertirse en cristiano evangélico.

Pero su decisión no iba a ser definitiva hasta no enterarse, a través de los escritos de ambas iglesias, de sus principios y de su doctrina. Por eso le facilité todos los documentos que pude conseguir, incluyendo la reciente encíclica.

Meses después pude inquirirlo al respecto.

Había leído mucho. Su colección de libros era grande. Ya tenía unas conclusiones:

Si bien los principios son los mismos y se habla del amor de Cristo por los hombres y de su salvación, los evangélicos basan su enseñanza en la crítica a la Iglesia Católica acerca de los santos, la Virgen María, la obediencia al Papa, el hecho de realizar ritos infundados y sin “alma” (incluso descubrió detalles que podrían parecer tan tontos como la confusión que se presenta entre las palabras “venerar” y “adorar”). Además, se critica la jerarquía de la Iglesia, se miente en algunos aspectos para lograr adeptos…

Por otra parte —dijo—, desde 1965 hasta la encíclica, la Iglesia Católica no se cansa de hablar de unidad y de ecumenismo. Da valor a la presencia de Dios en las otras comunidades de amor y nunca las denigra.

De modo que se dijo a sí mismo que, ya que “la verdadera religión es el amor”, ella está, obligatoriamente, entre los católicos.

Hace poco, apareció una nota que lleva por título “Católicos protestan contra evangélicos”, de la agencia Efe. Allí se cuenta la cruda verdad de unas actitudes no propias de ese espíritu fraternal (el uso de un revólver para amenazar, la quema de un muñeco y la incredulidad de un cardenal ante las disculpas del líder evangélico por la agresión de una imagen de la patrona de Brasil, Nuestra Señora de Aparecida).

La decisión de mi amigo está tomada. Pero le duele esa falta de unión verdadera con Cristo. Estoy seguro que como él, muchos católicos hemos decidido hacer continuas oraciones y pequeños (o grandes) sacrificios de reparación por la transgresión de la norma principal del credo católico: el amor que nos enseñó el Señor: poner la otra mejilla, ser siempre condescendientes con las opiniones ajenas, comprender, perdonar, olvidar, como lo hizo Jesús.

 

 

 

 

 

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