Hacia la unión con Dios

¿SANTOS LOS SEGLARES?*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 9, 2008

San Pablo de la Cruz: ¿SANTOS LOS SEGLARES?

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Nota aclaratoria:

El Sacramento del Orden tiene tres grados: episcopado (obispos), presbiterado (presbíteros) y diaconado (diáconos); los dos primeros se llaman sacerdotes. Los tres grados conforman el grupo de clérigos. El resto de los fieles han recibido, ya en los primeros siglos, el nombre de laicos. Laico no implica otra cosa que la ausencia de ordenación sagrada.

Por otra parte, la vida consagrada está constituida por aquellos fieles que hacen votos, y que se caracterizan por la separación del mundo. Para evitar confusiones, ahora se prefiere usar este término: vida consagrada, en vez del anterior, menos amplio: religiosos. Los demás fieles se llaman seglares, que tienen como nota distintiva de su condición de vida la dedicación a los asuntos del siglo (seglar viene de siglo), es decir, a los asuntos temporales, terrenales.

En resumen: si se quiere decir que alguien no es clérigo (sacerdote o diácono) se dice que es laico. Laico es, pues, lo opuesto a clérigo.

Y si lo que se quiere decir es que la persona no es religiosa, se dice que es seglar. Seglar, entonces es lo opuesto a religioso o persona de vida consagrada.

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Presentación

Tendría que comenzar la presentación de este escrito con una confesión personal. Tan acostumbrado a ver a San Pablo de la Cruz como el místico y el contemplativo, el hombre de las soledades, me había olvidado de ver en él al seglar, al laico. Y como consecuencia, su preocupación por la santidad de los seglares.

Debo reconocer que para mí ha sido todo un descubrimiento y una sorpresa. Es cierto que no podemos pedirle que desarrollara en su época —en pleno siglo XVIII— una teología del laico como la que hoy disponemos. Ni tampoco una visión del laico comprometido en la transformación de las estructuras de la sociedad. Pero, sí descubrimos en él algo de sumo interés. La conciencia que Pablo tenía, ya en aquel entonces, de la llamada universal a la santidad, que el Concilio Vaticano II confirmará en el cap. 5 de la Constitución sobre la Iglesia. Hoy, esto para nosotros nos resulta algo evidente. Pero no lo era hasta hace muy pocos años. Aún no están lejanos aquellos días en los que si uno quería ser santo, el único camino que le quedaba era hacerse sacerdote o religioso o religiosa. Eran los trata­dos de teología y de Vida Religiosa los hablaban de estados de perfección.

San Pablo de la Cruz fue un gran convencido de que la santidad es una gracia que Dios concede a todos y que la verdadera exigencia de la santidad nace del dinamismo del bautismo. Además, san Pablo de la Cruz no entiende la santidad enmarca­da en espacios geográficos o condiciones de vida. La gracia del bautismo, la llamada de Dios está por encima de todos esos condicionamientos. Así, tiene una profunda fe de la posibilidad de la santidad en la realidad concreta del propio estado de cada uno, casado, soltero, viudez, etc.

Llama incluso la atención el que las grandes intuiciones e inspiraciones fundacionales de san Pablo de la Cruz se den en él no cuando ya era sacerdote, sino siendo aún seglar. Y lo que sorprende más es que en ningún momento él mismo había pensado ordenarse de sacerdote. Fueron sus amigos, monseñor Cavallieri y el Cardenal Corradini, quienes motivaron en él la decisión de recibir el sacerdocio. Así llegó a ordenarse a los treinta y tres años de edad.

Por otra parte, pudiera llamar la atención el que, teniendo tan gran interés por la santidad cristiana de los laicos, sin embargo nunca se haya decidido a crear algún movimiento laical de espiritualidad y apostolado. Las razones, las diremos más tarde, eran ajenas a su voluntad.

En las páginas que siguen quisiéramos hacer una apretada síntesis de esta experiencia de la santidad laical de Pablo de la Cruz. La finalidad es despertar en la conciencia de los seglares que ellos no son cristianos de segunda mano, sino que su Bautismo es el mismo de todos: laicos o sacerdotes, religiosos o seglares. Y que son esas semillas bautismales las que están apuntando cada día más alto hacia un crecimiento espiritual cuya meta no es otra que la de llegar a la talla de Cristo.

En la Iglesia es más lo que nos hace parecidos que aquello que nos diversifica. Las condiciones de vida son caminos. Pero lo que empuja al caminante es la gracia de su bautismo y las llamadas diarias de Dios en su corazón.

Vuestro hermano y amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

 

 

1. Experiencias de un laico

Durante el Sínodo de Obispos sobre la familia, en 1980, el Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos presentó un informe detallado de todas las causas que estaban en estudio. Alguien de la asamblea se levantó y le preguntó cuántas de las miles de causas introducidas correspondían a seglares. En la sala se hizo un gran silencio. La repuesta fue escueta: unas cuantas. Es decir muy pocas. Casi todos los candidatos a los altares eran curitas, monjitas o religiosos, obispos o papas. Y en un gesto de humor eclesiástico, monseñor A. Padiyara dijo: «De la India se han remitido a Roma dos causas correspondientes a seglares. ¿Llegaron o se hundieron tal vez en el mar?» El Cardenal Palazzini, Prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, respondía: «Llegaron, sí. Llegaron. Pero sus causas aún no han sido introducidas».

Con igual sentido del humor, monseñor R. Lebel, terminada la exposición de Palazzini comentó: «En la lista escuchada figuran muchas viudas. ¿Quiere decir que la misión del marido carece de importancia? Y claro, estas viudas no están ahí tanto por ser viudas, sino porque han sido fundadoras de Institutos Religiosos, y sus hijas religiosas han tomado a pecho el promover su glorificación, cosa que no hubiera sucedido si hubiesen tenido sólo una descendencia carnal». Y termina haciendo una afirma­ción y una sugerencia: Como afirmación dice: «la esencia de los padres y madres de familia, reconocidos oficialmente como santos por la Iglesia, no deriva de la carencia de virtud en el seno de la familia, sino de la falta de apoyo en el interminable camino para reconocerlos santos». Sugerencia: «¿No.se podría pensar en otros procedimientos para lograr este reconocimiento?»

Es cierto, el camino de los altares pareciera a veces más difícil de andar que el camino mismo de la santidad. Y a los santos sucede un poco lo que en la vida social: el que no tiene padrinos, dice el refrán, no se bautiza. Y los santos que no tienen detrás de ellos una comunidad de monjas o de religiosos, se pierden en el camino con toda su santidad, y la gloria de Bernini les queda demasiado lejos.

Así, el Pueblo de Dios tiene como deformada su idea de los santos y de la santidad. Y hasta la iconografía ayuda a ello. ¿Has visto alguna vez en los altares la imagen de algún santo con corbata y conjunto de pantalón, chaleco y chaqueta? Para ser santo hay que ponerle siempre una sotana, aunque sea de monaguillo, o un hábito de esta o aquella Con­gregación Religiosa. De ahí que, aún Santos que vivieron la vida seglar, luego se presentan en sociedad, con etiqueta religiosa. Y más que hablarnos de su santidad en la lucha diaria de la vida, aparecen como testigos de una santidad lejos del mundo.

Personalmente me hubiese gustado ver a santa Rosa de Lima, no con el hábito de religiosa, sino con su vestido de hija de familia, como fue en realidad su vida. Y a santa Gema Galgani la hubiera preferido ver con su vestido sencillo y pobre en la casa de las tías Giannini, y no con esa especie de hábito y escudo de religiosa Pasionista. Es cierto que siempre soñó en ser Pasionista, pero en realidad ella se santificó en casa de familia.

 

Pablo, el seglar

No sé cuánta importancia se ha dado en la Congregación Pasionista a la etapa seglar del Fundador. Y la verdad es que, durante treinta y tres años. San Pablo de la Cruz fue un seglar y un laico en la Iglesia. Un seglar comprometido en las labores familiares, y preocupado en cómo sostener económicamente a la familia en sus necesida­des. El mismo reconoce que una de las razones que lo detuvieron para seguir las inspiraciones que Dios le daba de fundar la Congregación, era precisamente esa. Escribe a monseñor Gattinara:

Pero como yo no podía seguir tan santa inspiración, debido a tener que prestar la necesaria asistencia a mi casa, esto es, a mi padre, madre y hermanos, guardaba en secreto, dentro de mi corazón, la sobredicha vocación, no confiriéndola más que con mi reverendo Padre Director».

La etapa laical de la vida de san Pablo de la Cruz es una de las etapas más ricas en intuiciones místicas, en experiencias de Dios y del misterio del amor revelado en la Cruz.

Su gran encuentro con Dios en 1713 se da en un clima de secularidad. Pablo no tiene ni idea de los planes posteriores de Dios sobre su vida. Es simplemente un seglar.

Las grandes intuiciones y manifestaciones del misterio de la Cruz y de los males que afligen al mundo, en el verano de 1720, no tienen lugar en el alma de Pablo cuando éste ya es religioso, sino cuando es todavía un seglar.

Su retiro espiritual de cuarenta días en Castellazo tiene lugar cuando Pablo tenía veintiséis años y era todavía un hijo de familia.

Es decir, que las grandes intuiciones fundacionales, y las grandes intuiciones sobre la realidad de la Iglesia, la causa radical de todos los males que la afligen y el verdadero camino de solución, san Pablo de la Cruz los experimenta cuando aún es un seglar en el mundo.

Y es durante ese tiempo que Pablo vive su vida bautismal con toda intensidad. Cuando aún no piensa en fundación alguna sino que siente la experiencia de su bautismo, san Pablo de la Cruz está llevando una vida espiritual muy intensa. Su hermana Teresa fue quien, en los Procesos de beatificación, nos aportó una serie de detalles de la vida espiritual de Pablo y de su hermano Juan Bautista.

Esta espiritualidad cristiana de san Pablo de la Cruz está marcada por una espiritualidad profundamente familiar, sobre todo por el magisterio espiritual de su madre. Es ahí, en la familia, donde Pablo bebe esas aguas pu­ras y cristalinas de la devoción y la piedad. Se trata de una piedad muy seria, nada beata, sino profundamente enraizada en el misterio de Jesús revelador del amor del Padre en la Cruz.

En esta etapa de su vida, Pablo vive toda una serie de experien­cias espirituales muy fuertes. En primer lugar, el descubrimiento del valor de la oración, sobre todo, de la oración–meditación.

Cuantos atestiguan sobre esta etapa de la vida de Pablo coinciden en que, tanto él corno su hermano Juan Bautista, dedicaban muchas horas del día y de la noche a la oración. Y él mismo confesará más tarde que, desde su conversión en 1713, Dios le regaló con el don de la oración. Se pudiera afirmar que, a la edad de los veintiséis años, Pablo era ya un místico contemplativo.

Según refieren los testigos, Pablo debió incluso sufrir mucho de parte de sus confesores durante estos años. No sabemos si por probarlo o simplemente porque no siempre estos confesores estaban a la altura de su espíritu y no lograban entender los misterios de la gracia que a diario se manifestaban en su alma. Uno de estos confesores llegó a someterlo a toda una serie de humillaciones en la Iglesia en presencia de todo el pueblo. En una ocasión en que Pablo oraba recogido con la cara entre las manos, se acercó este bendito confesor y públicamente lo reprochó diciendo: «¿Es esta la manera de estar en presencia del Santísimo Sacramento?» Y más de una vez lo privó públicamente de la sagrada comunión. Parece que, ante la dócil obediencia del joven Pablo, este áspero confesor se rindió recono­ciendo su incapacidad para guiar un alma que no lograba entender y lo remitió a otro confesor.

 

La vocación de fundador como seglar y como laico

Es interesante descubrir que Pablo siente la llamada a fundar en la Iglesia una congregación cuando es todavía un seglar. Y sin pensar para nada en la posible ordenación sacerdotal. ¿Cómo concibió él la Congregación en aquel entonces? ¿Como Congrega­ción laical? ¿Como Congregación sacerdotal? Posiblemente, du­rante esos años Pablo piense más en una Congregación de gente entregada plenamente a Dios en la vivencia del misterio de la Cruz, y con la misión de anunciarlo al pueblo. Pero anunciarlo como él mismo ya lo hacía. Como un seglar que recorre las calles tocando la campanilla invitando a todos al Catecismo y a escuchar la Palabra de Dios.

Y de ahí que el mismo monseñor Emilio Cavalieri, Obispo de Troya y Foggia, su gran amigo, hacia el año 1723, le sugiera la idea de la ordenación sacerdotal. Y la razón que le da es precisamente ésta, «jamás en la historia de la Iglesia se ha visto que sea aprobado un Instituto fundado por dos hermanos y además en condición de laicos».

Cuando Pablo viaja por primera vez a Roma a fin de presentar al Papa la obra de la Congregación, no pasa de ser un simple seglar, aunque para entonces esté llevando una vida de ermitaño. La mente de Pablo no está en ningún momento pensando en el sacerdocio.

 

Razones para no querer el sacerdocio

Es preciso situarnos en la sociedad y en la Iglesia que Pablo vive. La verdadera razón habría que buscarla en la situación y en la condición en la que vivían los sacerdotes por aquel entonces. La ordenación sacerdotal era considerada más como una manera de «situarse en la vida y como una posibilidad de hacer carrera», que como una verdadera vocación de servicio.

El P. F. Giorgini en su estudio sobre La marisma toscana… dice a este propósito: «la mentalidad social de aquel tiempo veía con frecuencia en el estado eclesiástico una agencia de colocaciones para dar ocupación a los que no tenían otras posibilidades.» Y aún añade: «muchos sacerdotes pasan la vida celebrando únicamente la misa para ganarse el estipendio, sin preocuparse de ser aprobados para confesar o delegados para administrar los sacramentos».

Una descripción de la realidad del clero de la época la encontra­mos en una carta de monseñor Ciani, Obispo de Masa Marítima: «Los eclesiásticos abundan, pero no valen casi nada, ya que al estar carentes de toda ciencia y formación no pueden aportar ayuda alguna y apenas si son capaces de celebrar la misa, y es imposible confiarles mayores oficios». En el mismo tono escribía monseñor Franci, Obispo de Grosseto en 1740: «Es imposible encontrar sacerdotes capaces, que al lado del Obispo militen la buena milicia e instruyan al pueblo a ellos confiado, con aquella diligencia y doctrina que sería conveniente».

Así, el estado sacerdotal en la «sociedad del setecientos, era humanamente apetecible», pero Pablo no piensa ni en apetencias humanas ni tampoco en colocaciones que puedan solucionar los problemas económicos de la familia. Para ello ya había renunciado a la posibilidad de un arreglo matrimonial. El espíritu del joven Pablo Danei está viviendo de otras realidades más serias y más comprometedoras.

El sacerdocio no se le presentaba como un horizonte capaz de arrastrar y ponerle alas a su espíritu. Al fin y al cabo, tenemos que reconocerlo, Dios habla a las almas también a través de las realidades que están viviendo. Y la pobreza del clero era evidente en todos los campos. Baste recordar los requisitos mínimos que se exigían para ingresar al seminario, si es que se puede llamar seminario: «tener siete años de edad, estar bautizado y confirmado, saber los rudimentos de la fe (Padrenuestro, Ave Mana, Salve Regina, Credo, Mandamientos y Mandamientos de la Iglesia, Pecados Capitales, Virtudes Teologales y Morales, actos de fe, esperanza y caridad, y el acto de contrición, certificado de frecuentar la escuela y haber comenzado a aprender a leer y escribir, atestado del párroco acerca de las costumbres de vida y la frecuencia, si tiene edad, de la confesión y la comunión, etc.».

Aquí encontramos la razón por la que Pablo no se siente llamado al sacerdocio. Muy por el contrario, él mismo se siente llamado a trabajar por la renovación de los sacerdotes. Y ésta será una de sus grandes preocupaciones toda la vida. Claro que se pudieran hacer una serie de interrogantes sobre el particular. ¿No era preferible ordenarse sacerdote para así mejor poder ayudar en esta renovación de los sacerdotes? ¿Hasta dónde él podría, como laico, ejercer una verdadera influencia en el cambio y renovación sacerdotal? Los caminos de Dios no son fáciles de reconocer.

 

Ordenación sacerdotal de Pablo y Juan Bautista

La decisión de ordenarse sacerdotes debieron tomarla los dos hermanos hacia fines de 1726, fecha en que sabemos que monseñor Corradini pidió las Cartas Testimoniales a monseñor De Gattinara. Ya antes monseñor Cavalieri le había insinuado la idea de la ordenación sacerdotal, incluso para facilitar la aprobación de la Congrega­ción. Y más tarde, la decisión pareciera nacer de la influencia y veneración que sentía hacia el cardenal Corradini, con quien trabajaba en el Hospital de San Gallicano, en Roma.

El mismo Pablo escribía a su gran amigo, el sacerdote Don Erasmo Tuccinardi, el  15 de marzo de  1727: «Los superiores quieren que seamos ordenados sacerdotes; para ello consiguie­ron la licencia del Sumo Pontífice de que podamos seguir con el mismo hábito de penitencia y con la misma vida que llevamos». Y en la misma carta le expresa unos sentimientos que casi diríamos de miedo ante la responsabilidad que están por asumir: «no tengo tiempo de contarle más ampliamente las disposiciones de la Divina Providencia sobre el particular; pero le confieso que el verme cargado de tantas imperfecciones me hace temer que todo esto, por culpa mía, redunde en mayor castigo; ruego, por caridad con fervor al Señor para que nos proteja en tantas necesidades».

Los miedos de Pablo se deben, posiblemente, al contraste entre la realidad que está viendo y el ideal sacerdotal que arde en su corazón. Dentro de su corazón no se siente llamado al sacerdocio. Y por otra parte, los «superiores quieren que seamos ordenados». Experimenta la invitación de la iglesia a ordenarse como una manera de ser más eficaz en la misma obra que el Señor le había inspirado. Y esto nos revela dos cosas: por una parte, el elevado concepto que Pablo tiene del sacerdocio, pese a los modelos que a diario desfilan delante de sus ojos. Y por otra, el convencimiento de sus posibilidades de entrega a Dios, en su simple condición de laico no ordenado. Y a la que habría que añadir una tercera: el profundo sentido de Iglesia que hay en su corazón. Siente que debe acceder a la ordenación sacerdotal por la llamada misma que le hace la Iglesia.

Desde fines de 1726, Pablo comienza su preparación al sacerdocio bajo la dirección del P. Domingo María de Roma, del Convento de los Menores Observantes de la Isla Tiberina, quien les dio a él, y a su hermano Juan Bautista, clases de Teología y de Pastoral.

Además, en este tiempo por tres veces hizo los Ejercicios Espiri­tuales dirigidos por los Padres Jesuitas y Lazaristas.

El 16 de febrero de 1727 recibieron la Tonsura y el día 23 del mismo mes las dos primeras Órdenes Menores y al día siguiente las otras dos. El Sábado Santo, 12 de abril, fueron admitidos al Subdiaconado en la Basílica Lateranense. El 1 de mayo fueron ordenados de Diáconos en la Capilla privada de monseñor Baccari, que era Vicerregente de Roma. Y ordenados sacerdotes el 7 de junio de 1727, de manos del Papa Benedicto XII1

Ese día Pablo dejaba su condición laical y daba comienzo a una nueva experiencia en su vida. La experiencia sacerdotal. Un sacerdocio que vivirá siempre con toda la intensi­dad de su vida y que él consagrará en gran parte a la ayuda espiritual de los sacerdotes. En todas las misiones populares, Pablo hacía una misión paralela con el clero y aun trató de organizarlo en grupos de reflexión y meditación, cosa que por otra parte, no siempre le daba los resultados apetecidos.

 

2. La santidad laical

A. Santificarse en su estado de seglar

 

Los monos no entienden de peces

Los monos entienden mucho de árboles, de plátanos y de otras muchas cosas. Pero de peces no entienden nada. Uno de esos monitos simpáticos jugueteaba en una rama tendida sobre el río. En un momento determinado, contempló a un pez, feliz, nadando dentro del agua. Asustado, metió la mano, lo pescó y lo puso sobre la hierba a secarse al sol. Como alguien lo reprendió, el monito respondió inocentemente: «Pobrecito, si se estaba ahogando, estaba todo mojado, y ahora se está secando». Lo que para el mono era una manera de impedir que el pez se ahogase, para el pez era la manera de poder vivir.

Muchos cristianos pareciera que tampoco entienden mucho de peces. Creen que estar en el mundo, vivir en condición de secularidad laical en el mundo es un riesgo a su santidad. Y entonces, para ser santos, sienten que deben salirse del mundo. Como si la santidad fuese pura cuestión de geografía. Jesús dijo a sus discípulos: «No te pido que los saques del mundo sino que los guardes del maligno. ». (Jn 17, 11)

La santidad y perfección cristiana es una semilla llamada a crecer allí donde Dios la siembra. Y la semilla bautismal está llamada a germinar, crecer y dar fruto allí donde cada uno es llamado por Dios a vivir. También la geografía es espacio de gracia y espacio de Dios. No es cuestión de dónde estamos sino donde Dios quiere que estemos. Esto era muy claro para Pablo de la Cruz; para él, los caminos los marca Dios y no nosotros. En una carta a su íntimo amigo, el señor Tomás Fossi, demasiado empeñado en que todos sus hijos e hijas se metiesen al convento. Pablo le escribe:

Pero en cuan to a la elección de estado, déjelos en plena libertad, porque la vocación tiene que venir de Dios, y si no se sienten inclinados a la vida religiosa, no hay otra cosa que hacer sino adorar su divina disposición. ¿Quién sabe si esa jovencita, metiéndose a monja, no tendrá que vivir en el monasterio como un condenado a las galeras? ¡Oh, cuánta experiencia tengo en esto, y cuánta ruina se ocasiona a los monasterios por estas muchachas que entran en ellos por respeto humano, para dar gusto a los padres; viviendo en clausura una vida desesperada, con el peligro evidente de su eterna condenación. Al contrario, si esa que no se siente con vocación religiosa, se casa, supuesta la buena educación recibida en la familia, será una santa mujer, que formará una familia santa. Algo parecido digo de los hijos. Dejemos, pues, a Dios el cuidado de todo, atendamos a nuestros propios deberes y estemos seguros de que todo marchará bien. (Lt. I. 367)

El agua es vida para los peces, pero el mono puede ahogarse en ella. Como la rama del árbol es vida para el mono, pero muerte para el pez. El convento es camino de santidad para el llamado a la vida consagrada, pero puede ser camino de muerte para aquellos a quienes Dios quiere como los testigos de su amor en el mundo.

Tomás Fossi es un tanto terco en sus convicciones. No entiende que el mundo pueda ser lugar de santidad y perfección cristiana. Vive obsesionado con la vocación religiosa, sobre todo de sus hijas. Mientras tanto, Pablo procura cambiarle la cabeza y convencerlo de que el cristiano debe florecer allí donde Dios lo plante. Fossi insiste sobre la vocación religiosa de sus hijas. He aquí la respuesta de Pablo:

En cuanto a sus hijas, ¡oh, cuánto le he recomendado dejarlas en libertad en la elección de estado, siguiendo aquello a que son llamadas! Su deseo de verlas a todas monjas es bueno, pero si Dios no las llama ¿qué va a hacer usted? Y si la Providencia del Señor las quiere casadas, ¿por qué no ha de condescender?¿Es que no pueden ser unas santas esposas? (Lt. I. 373)

 

El propio estado es el mejor lugar para la santidad

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia, habla de la santidad como exigencia bautismal. Un bautismo llamado a germinar en las diversas situaciones y condiciones de vida. Y en todas ellas la tierra fecunda de crecimiento.

El bueno de Fossi no sólo piensa en la vocación religiosa de las hijas, sino que él mismo cree no sentirse a gusto en su condición de casado. No acierta a leer los impulsos de perfección que Dios despierta en su corazón y confunde la perfección cristiana con el cambio de condición de vida. Está dispuesto a dejar la familia y hacerse religioso. El P. Pablo de la Cruz necesita toda una dosis de humor y aguante con el pobre don Tomás.

Usted quiere llevar vida de monje solitario, y Dios bendito quiere que usted haga una vida de buen seglar casado. En la casa de mi Padre, dice el dulce Jesús, hay muchas mansiones. Por consiguiente, carísimo don Tomás, pacifique su corazón y no conturbe su alma con tan inútiles reflexiones. Las virtudes debe ejercitarlas con tranquilidad de ánimo, según el estado en que se encuentra, y no le faltarán para ello constantes ocasiones.

 

Dios da la gracia según las condiciones de estado

En su terquedad y falta de sentido de discernimiento, Fossi llega a sugerirle al P. Pablo de la Cruz, la idea de que puede abandonar su casa una vez que lo deje todo bien arreglado. Pablo le responde siempre en la misma línea:

Respecto de ese punto, tengo que decirle que el abandonar su casa, por más que la deje bien atendida, no sólo será un gran error, sino también un alejarse de la abundancia de esas gracias que Dios, por medio de las cruces que pone sobre sus  espaldas, va sembrando continuamente en su alma. En consecuencia, yo no puedo ni debo aconsejarle semejante resolución, antes me veo en la obligación de decirle que tiene absolutamente que atender a su familia. Y por mayores contrariedades que experimente, lo que tiene que nacer es besar humildemente la mano que lo hiere, buscando su mayor provecho espiritual, pues el camino que usted tiene que seguir para alcanzar la santa perfección no es otro que ése. (Lt. I, 399)

 

«No te pido que los saques del mundo»

Cuando se vive más a impulsos del sentimiento que del verdadero discernimiento espiritual, se suele buscar toda una serie de subterfugios. Ahora don Tomás ya ha encontrado otra rendijilla por donde entrar a la decisión de la voluntad de Pablo de la Cruz, que lo está dirigiendo. Si «dejar arregladas las cosas de casa» no son razón suficiente para dejar la familia y hacerse religioso, entonces don Tomás piensa que cabría otra salida: que su esposa se meta a un monasterio y así él podrá irse al convento. El P. Pablo no se deja impactar con las ocurrencias de su dirigido y le contesta:

«En cuanto a separarse del mundo, tanto usted como su esposa, todavía no ha llegado el tiempo. Constrúyanse un hermoso retiro en lo más íntimo de su espíritu, y en ese sagrado desierto traten con el Supremo Bien, en soledad, adorándolo en espíritu y en verdad» (Lt. I, 347)

No es preciso salirse del mundo para encontrar la soledad. La soledad no es tanto cuestión de cerrar los oídos a los ruidos del mundo cuanto el saber crear un espacio de silencio dentro de nosotros mismos. Se puede vivir con el bullicio del mundo en la soledad de un convento, y se puede vivir la soledad del convento en medio de los ruidos del mundo. El problema de Dios y el alma se definen no en la periferia de la vida, sino en el secreto del corazón. El desierto no es tanto cuestión de arena sino problema del alma, del corazón. Ahí está el verdadero santuario donde podemos adorar a Dios en la verdad.

No vivir la propia realidad impide que seamos nosotros mismos

Una de las mayores tentaciones del corazón humano suele ser no sentirse a gusto con lo que se es, ni estar a gusto allí donde se está. Pensar que la felicidad está siempre en la puerta siguiente es olvidarse que la felicidad está dentro de nuestra casa. Esto es similar al cuento de aquel que soñó con un tesoro bajo el puente en el río. Se levantó de noche, tomó pico y pala y se fue a excavar en el rio buscando el tesoro. Alguien que pasaba por el puente, al verlo, le preguntó qué hacía. Estoy buscando el tesoro. El pasajero muy cortésmente le respondió. «Si quieres encontrar el tesoro regresa a casa y cava en tu cocina que allí está». Los tesoros no siempre están fuera, ni debajo de los puentes. Hay demasiados tesoros que sólo se en­cuentran en la propia cocina, entre cacerolas y pucheros.

Por ahora no consienta que tales pensamientos se adueñen de su corazón, porque, aunque buenos, le impiden otros de mayor perfección, según su presente estado. Todo su deseo debe ser agradar a Dios y de vivir abandonado como un niño en los brazos de la divina Voluntad. Y mientras tanto, sea su convento y su retiro su propio interior, en el que su espíritu debe permanecer solitario y escondido en el seno de Dios. (Lt. I. 363)

El fundador de los pasionistas está tan convencido de que la condición de vida del seglar es tan camino de perfección cristiana como la vida de convento, que se siente molesto cuando, en una ocasión, pareciera que Sor María Querubini Bresciani le escribe de una manera un tanto despectiva de los seglares. Pablo, en un tono enérgico, como si le hubiesen tocado una de las fibras delicadas del alma, le responde:

Pero eso que me dice de «gente de mundo», no es bueno. ¿Y usted qué es? ¿Acaso del cielo? Humíllese, aniquílese y reconozca su propia nada e indignidad, y que no merece ni siquiera estar bajo tos pies de esos que usted dice gente de mundo: acaso son más espirituales que usted. No me vuelva a hablar así. Esto se lo digo, no para que ande con escrúpulos, que no debe nacerlo, sino para que aprenda a ser otra vez humilde. (Lt. I. 264)

Pocas veces hemos visto una actitud tan enérgica en Pablo de la Cruz. Pareciera como si le hubiesen tocado el nervio más lino de su espíritu. Ignoramos la reacción que pudo tener la monjita Sor Querubina. Lo que sí estamos seguros es que nunca más se habrá atrevido a hablar despectivamente de los seglares.

 

B. Virtudes de la santidad en familia

La vida cristiana vivida en el mundo tiene sus propias exigencias y sus propias virtudes, nacidas precisamente de la necesidad de vivir el Evangelio desde las realidades concretas de la vida. Sobre todo, la familia es una escuela de virtudes y es también una exigencia de la práctica de la virtud.

 

Gusto por las cosas de la familia

La primera virtud cristiana de la vida familiar es «sentir el gusto» de la familia. Sentir el gusto de servir a Dios en las cosas de la casa. La familia es un don de Dios, y los demás miembros de la familia son regalos que Dios nos hace en nuestro camino hacia Él.

Guste la voluntad de Dios en las faenas de la casa. Hágalo todo con diligencia, porque así lo quiere Dios. Cultive la devoción en su familia. Que su familia viva feliz y contenta y sea toda de Dios. Tenga el corazón fijo en el cielo, de forma que no haya viento capaz de torcer esa devoción. (Lt. I. 386)

Sentir el gusto por la familia, el hogar, los nuestros, es sentir gusto por esa realidad en la que Dios nos pone y por el don que nos hace en los demás. Y sentir gusto por la familia significa además un empeño diario en crear un clima y un ambiente familiar donde todos sientan la alegría del vivir. La felicidad y la alegría del hogar es una manera de expresar la alegría misma de Dios.

 

Las virtudes del propio estado suplen a las penitencias y austeridades

Pablo de la Cruz tenía un enorme sentido de la realidad. Y hasta se diría que era un hombre que vivía la experiencia divina desde los pequeños detalles de la vida diaria. Para él, Dios no es algo que hay que vivir en espacios cerrados, sino una presencia que se vive las veinticuatro horas del día.

Incluso, ciertos deseos de austeridades y penitencias pueden resultar evasiones fáciles que tratan de huir de esa realidad concreta. Escribe a don Tomás:

Le ruego que haga morir en la divina Voluntad todos sus deseos de penitencia. Se lo digo en el Señor, que no son para usted. Dios bendito aceptará su buen deseo, pero no quiere esto. Procure ejercitar las virtudes propias de su estado y principalmente la humildad del corazón, la verdadera resignación a la divina Voluntad en las ocasiones que se le ofrezcan, en abrazar las contradicciones y las adversidades con paz y sumisión de espíritu, en mantener unida y en caridad a su familia, teniéndo­los a todos contentos en Dios. etc. (Lt. I. pág. 675)

Llama la atención la insistencia de Pablo en la alegría, la felicidad y la armonía familiar. Y sobre todo, el que Pablo vea en ello un camino de fidelidad a la gracia y por tanto un camino de santidad. ¿Ser santo haciendo felices a los demás? ¿Ser santo iluminando de felicidad el hogar? Los santos siempre hacen más fácil la santidad. Los que no lo somos la hacemos mucho más complicada.

El 1 de marzo de 1758, escribiéndole desde el retiro de San Ángel de Vetralla, le indica las verdaderas virtudes que deben adornar su espíritu:

Las más importantes virtudes para usted son la humildad de corazón, la paciencia, la mansedumbre y la caridad para con todos, mirando a su prójimo como imagen de Dios, y amándolo en Dios y por Dios. No hay que andar solícito por lo que ha de venir sino, con paz y con serenidad de espíritu, ejercitar las virtudes según que tas ocasiones se presentan, teniendo el corazón siempre bien preparado, con mucha confianza en Dios y desconfianza de sí mismo». (Lt. I. 689)

Dentro de ese marco de realismo y del concepto de santidad cristiana de la vida seglar, Pablo prefiere que se conserve la salud y las fuerzas físicas para atender a los quehaceres de la familia y no que se desgaste en penitencias y austeridades.

En cuanto a soltar rienda a las penitencias, yo no pienso de esa manera, porque Dios no lo quiere, sino que prefiere que conserve su salud y las fuerzas físicas para atender a la familia.

Pablo llega a fijarse en ciertos detalles que pudieran parecer mínimos, pero que revelan una pedagogía de su mentalidad sobre lo que es la santidad de un seglar, llamado a vivir como esposo y como padre, al frente de una familia.

Coma lo necesario, manténgase fuerte para poder cumplir con sus deberes. Su débil cuerpo no tiene necesidad de penitencias aflictivas. Reciba con agrado las que Dios le manda […] Esta es la voluntad de Dios: que usted puede ser santo aún en medio de quehaceres, cuando los hace para su gloria. (Lt. I. pág. 546, 545)

 

C. Criterios sobre la educación de los hijos

Leyendo las cartas del Fundador, nos encontramos con una serie de recomendaciones o criterios pedagógicos muy simples, de gran sentido común, sobre la educación de los hijos.

Evitar el rigorismo minucioso

A los padres de familia les resulta demasiado fácil transferir su propia problemática en los hijos. Incluso es fácil exigirles el rigorismo espiritual que uno pueda tener consigo mismo. Y esto es carecer de una verdadera perspectiva de la realidad. Ni los hi­jos tienen la misma madurez de los padres, ni todos los hijos están llamados al mismo camino espiritual de los padres. Cada uno de nosotros es distinto y personal delante de Dios.

Usted pretende demasiado, va demasiado por el camino de la sutileza, piensa demasiado, y por eso le parece que está obligado a corregirlo todo, y a instruirlos a todos […] es un celo indiscreto que no le conviene». (Lt. I. pág. 661)

 

Nada de prisas en exigir la santidad…

Una de las cosas más maravillosas de Dios es la de adaptarse a nuestro propio caminar. Nos empuja, y a la vez, camina a nuestro ritmo. El empeño de santidad ha de ser fuerte, pero sin pretender forzar el espíritu.

Reflexione sobre los avisos que le tengo dados, esto es, no pretender en sus hijos una santidad repentina. Llévelos, por el contrario, con dulzura y discreción a la perfección cristiana, enséñeles a temer a Dios y a huir del pecado. También le tengo dicho que un cuarto de hora de meditación, o a lo más, media hora, basta para los hijos y las hijas. De lo contrario, se can­sarán, se fastidiarán y terminarán pomo liacernada, porque se ven constreñidos a ello.

No sea extremista, carísimo don Tomás, que es una cosa muy peligrosa. La santa discreción es la sal que condimenta todas las demás virtudes. (Lt. I. pág. 661)

 

La sana diversión es necesaria

Mente sana en cuerpo sano, pero también habría que decir «santidad sana en sicología sana». La santidad y perfección cristiana no es enemiga del sano esparcimiento. La santidad no puede ser un corsé que estreche nuestro espíritu; al contrario, la santidad es la libertad de los hijos que viven con amplitud de horizontes. Algunos suelen confundir santidad con seriedad y congestión de nervios. Pablo era en todo esto muy humano. Sabía perfectamente que, sobre todo, los jóvenes necesitan respirar, sentirse libres y que Dios también es fiesta en la vida.

También le he dicho que no las esclavice tanto, que a sus tiempos les deje tomarse algunas honestas diversiones, aunque sea bajo la discreta vigilancia de la madre. De otro modo se aburrirán y perderán la alegría de su alma y con ello perderán también la devoción, el ánimo y hasta la salud. Aunque estoy convencido de que en esto, me ha hecho poco caso. (Ibíd.)

 

D. Espiritualidad familiar

No vamos a pretender en Pablo de la Cruz, que vivió en el siglo XVIII, una espiritualidad familiar estructurada como hoy. Ni tampoco unas líneas teológicas, frutos del desarrollo mismo de la teología actual. Lo importante es destacar ese sentido intuitivo de la fe que le hace descubrir la experiencia cristiana de la fe en la realidad familiar.

 

La gracia de los padres

En primer lugar, Pablo de la Cruz cree en esa gracia particular que asiste a los padres en su misión educativa y formativa de los hijos. Es lo que nosotros llamaríamos hoy «gracia de estado», porque es la misión que Dios les ha encomendado. Escribe Pablo:

No dude, sin embargo, de que la semilla de la educación y de la palabra divina producirán su fruto, pues la Divina Majestad ha dado una gran virtud y eficacia a las santas palabras de los padres a sus hijos. Así que continúe como va. Llévelas de buena manera, hábleles de la Pasión de Jesucristo, de los dolores de María Santísima, de las vidas de los santos, de la muerte, del infierno, de lo horrible del pecado. Pero esto debe hacerse con palabras sencillas, infantiles, con brevedad. Enséñeles a hacer actos de amor de Dios, a besar a menudo el santo Crucifijo y a tener devoción a María santísima y a los Ángeles Custodios. (Lt. I, pág. 556)

Pablo entiende la educación de una manera muy bella: sembrar semillas y luego saber esperar. A la vez, los padres deben confiar en la eficacia de su gracia de estado para educar a sus hijos. No deberán faltar los recursos sicológicos, como adaptarse a su condición infantil, las palabras sencillas y pequeños resortes simples como besar el Crucifijo, pero por encima de todo ha de estar su confianza en esa gracia que Dios les concede como responsables que son de la formación de los hijos.

 

Vivir la vocación familiar

La realidad familiar, los problemas, penas y esperanzas de cada día han de ser una fuente de experiencia bautismal y por tanto de experiencia de Dios y de la salvación.

Mientras tanto, usted debe poner todo su empeño en ser fiel a la vocación que Dios le ha dado, procurando atender con toda solicitud al buen gobierno de su familia, tanto en lo espiritual como en lo temporal, manteniendo una paz inalterable en casa, usando la máxima diligencia para que su señora y los hijos estén siempre contentos en Dios, y cuidando de que tanto en el vestir como en todo lo demás, caminen según su estado, porque no a todos les es dado atender al total menosprecio de si mismos, ni se puede volar, si no se tiene alas, A tal efecto, usted no debe hacer sino aquellas limosnas que le permita su actual situación, para no dar motivo a la familia a que se lamente de cosas que les hacen falta. De esta manera, conservando la paz, estarán mejor dispuestos para pensar en las cosas espirituales, según el estado en que se encuentran, pues no todos pueden ni son llamados a seguir un camino extraordinario». (Lt. I. pág. 701)

 

Santidad como pareja

El matrimonio es un compromiso de dos. La gracia sacramental del matrimonio es gracia de unión, gracia de pareja. Y por tanto también es gracia de santidad de pareja. Gracia, por tanto, que bien pudiera llamarse también de misión. La misión que cada uno de los dos tiene de ayudara la santidad y perfección cristiana del otro.

Ayude con santos consejos a su señora esposa y compañera de espíritu. Espero de ella mucho bien. La saludo en Jesucristo, y la deseo santa en la Cruz del salvador, otro tanto lo espero de toda su casa.

Amarse como esposos es también ayudarse mutuamente en el crecimiento de la le y de la santidad. Por otra parte, la esposa, no es sólo compañera sicológica que complementa al marido, es también «compañera de espíritu», compañera de camino por las experiencias bautismales de la gracia.

No siempre Pablo se encuentra con matrimonios como el de Tomás Fossi. Su experiencia lo hace partícipe también de situa­ciones delicadas. El 16 de junio de 1758 escribe una carta muy interesante a la señora Cecilia Constanzi Tolfa. Su marido lleva, según parece, una doble vida, y las consecuencias no se hacen esperaren la vida de Cecilia. Ella le pide a Pablo que haga lo posible por hablar con él a fin de corregirlo. Pablo, muy sabiamente le manifiesta no ser conveniente, más bien cree que sería preferible a que sea el esposo quien manifestase alguna intención de llegar a este encuentro:

Si él viniese aquí espontáneamente a hacer los ejercicios, entonces podría esperarse algún resultado. De lo contrario no sabría decirle nada esperanzador. Cuando el tiempo refresque un poco o en la próxima cuaresma organizaremos una tanda de ejercicios, y entonces invitaríamos también a su esposo, si quisiese venir. (Lt. III pág. 524-525)

Mientras tanto, Pablo le hace algunas sugerencias prácticas:

Mientras tanto, si se diese el caso de que él se acercase por aquí, ciertamente yo trataría de iluminarlo a fin de que cumpla con sus deberes. Usted procure ejercitarse en el sufrimiento, dejando de lamentarse, y orando a Dios por él pidiendo que cambie…

Señora Cecilia, atienda usted misma a la buena educación de sus hijos, y supla así las deficiencias de su esposo. En la meditación diaria de la Pasión Santísima de Jesucristo y en la devota frecuencia de los sacramentos, aprenderá la caridad y la paciencia, la mansedumbre hacia su esposo y para con los demás: (Ibíd.. pág. 525)

Peor parece aún la situación de la señora Lucrecia Bastiani Paladini. Su matrimonio da la impresión de irse agrietando cada vez más. Esto ya aparece en la correspondencia de 1760. Sin embargo, en 1773 las rosas llegaron ya a rebasar hasta tal punto que la Señora Lucrecia consulta a Pablo sobre la actitud que debe tomar. Ella está pensando en la separación definitiva. Pablo entonces, le escribe:

No puede ni debe abandonar a su esposo, sino hacer un buen uso de la cruz, y, sufriendo con paciencia por amor a Dios y con resignación a la divina voluntad, mostrar que ama a Dios no sólo con palabras sino con hechos. Para quien ama a Dios, dice san Pablo, todas las cosas ayudan, prósperas o adversas, amargas o dulces, pequeñas o grandes, todas, insisto, ayudan y coope­ran en bien del alma.

Jesucristo nos mostró su amor no sólo con sus divinas palabras y con santos deseos, sino con sus divinos ejemplos y padeciendo mucho en su honor, en su fama y en su vida, la que entregó por nosotros en la cruz.

Por lo demás. San Pablo dice que la esposa infiel será ganada para Dios por su marido fiel, y que marido infiel será ganado para Dios por la esposa fiel. (Lt. III, pág. 592)

 

Hay que ganarse a las suegras para ganarse alguito de cielo

Uno se sorprende de que un contemplativo al estilo de san Pablo de la Cruz descienda a toda una serie de detalles, aparentemente insignificantes. Es cierto que ni todas las suegras son tan malas como se dice, ni posiblemente tan buenas corno ellas se imaginan. Pero Pablo es consciente de que la relación entre nuera y suegra es muy importante porque en parte condiciona el éxito mismo del matrimonio de la pareja.

A una señora, cuyo nombre ignoramos, le escribe el 28 de diciembre de 1769 desde Roma:

Sobre todo sea muy dulce y serena con la suegra. No le responda. Mas sufra en silencio. Es una buena mujer, yo lo sé, pero Dios quiere hacerla a usted santa bendita hija… Y Dios se sirve de ella como de un instrumento para ejercitarla a usted en la virtud: la humildad, la mansedumbre, la paciencia, etc. Hágalo así, hija bendita, y será santa. Y permanezca callada, muestre buen semblante y jamás se lamente con su esposo sobre la suegra, a fin de no contristarlo. (Lt. IV, pág. 125)

No se trata de aguantar leña y callar. Pablo sugiere toda una serie de motivaciones. Dios también nos habla a través de las suegras. Es buena, aunque un tanto difícil. Busque en ello el ejercicio positivo de las virtudes domésticas. Y sobre todo, le sugiere un criterio muy sutil: «no lamentarse con el esposo sobre la suegra», al fin y al cabo es su madre, y como hijo puede sentirse dolido. Se trata de pequeños detalles pero en los que se reflejan la finura espiritual y humana de Pablo de la Cruz.

 

Orar con los hijos

San Pablo de la Cruz siempre tuvo una gran fe en la oración y meditación, sobre todo de la Pasión de Jesús, como camino de perfección cristiana. Y tal vez una de sus más finas intuiciones fue la de creer que la oración–meditación es para todos, incluso para los niños, jóvenes y adolescentes.

De ahí que, dentro de la pedagogía de la fe, los padres aparezcan siempre como maestros de oración para los hijos. Pero Pablo de la Cruz tiene un detalle pedagógico importante. No basta con enseñar a rezar. Es esencial «rezar, orar y meditar con ellos»: la presencia del padre que se pone delante de Dios en compañía de sus hijos.

En orden a la oración de sus hijos e hijas, queda en libertad de dejarlos que la llagan por su cuenta. ¡Pero cuánto les ayudará su presencia para que la hagan fielmente! Y, además, por esta su caritativa asistencia, su Divina Majestad le concederá mayor recogimiento, y lo llevará a una más profunda soledad interior. (Lt. I. pág. 644)

La experiencia de compartir la oración con los hijos la considera Pablo una «caritativa asistencia», caritativa presencia. Una presencia que, mientras ayuda a los hijos, hace crecer también en espiritualidad a los padres.

E. Criterios sobre la continencia conyugal

Tomás Fossi le plantea con frecuencia a Pablo la posibilidad de vivir en continencia absoluta dentro del matrimonio, tal vez, por esa misma tendencia mística de hacerse religioso y como quien no ha descubierto su verdadera vocación en el estado al que Dios le ha llamado: el matrimonio.

Pablo de la Cruz nunca aceptó que Tomás tomase tal decisión, salvo en dos circunstancias muy concretas: primero, que nazca de un mutuo acuerdo entre los dos, esposo y esposa, y en segundo lugar, que sea temporal. Parte aquí del principio mismo de San Pablo de la Cruz, que considera la entrega mutua como una manera de vivir también el camino de santidad y perfección, y que para ser santo no es necesario negar las exigencias de la sexua­lidad de la pareja. El 11 de agosto de 1746 le escribe:

Ya sabe usted que, acerca de la continencia conyugal, yo siempre he sido fuerte, en especial por los motivos que usted me ha expresado por escrito y de viva voz. Uno y otro deben conservar una santa libertad conyugal, esto es, la libertad, tanto de pedir como de dar. Así se conserva mejor la santa caridad y se cierra el paso al demonio para muchas tentaciones, máxime teniendo en cuenta los celos a que usted mismo me hace referencia, ¿No ve y toca con la mano lo errónea que seria una tal resolución? ¿Y que esto nace de la misma esposa, más por modestia, que de la decisión de su voluntad? Le recomiendo que reflexione mucho sobre esto. Sé que le dije que de común acuerdo pueden tomar esa resolución por algún tiempo, o en tiempo de gran solemnidad, temporalmente, para dedicarse a la oración. Esto también San Pablo lo aconsejaba. (Lt. I, pág. 555)

Resulta interesante ver las motivaciones que Pablo sugiere para no renunciar a la vida íntima conyugal. En primer lugar, la vida íntima «conserva mejor la santa caridad». Lo que significa que Pablo de la Cruz ve en la relación sexual un deber de amor, de caridad del uno para con el otro y no sólo expresa esa caridad sino que la aviva y la conserva.

Un año más tarde, el 23 de setiembre de 1747, Pablo vuelve a reiterar su insistencia en la riqueza espiritual de la vida intima de la pareja. Fossi no es fácil de convencer cuando algo le entra en la cabeza. Ahora le habla a Pablo de la posibilidad de un voto de castidad conyugal. Pablo le responde:

En cuanto a la continencia, le digo que se valga del consejo de san Pablo, el cual aconseja a los casados la continencia temporal, para mejor dedicarse a la oración. Queda, pues, eso a su discreción y libertad, para ejercitarse en esa virtud, pero de ninguna manera haga voto, sino que ambos conserven siempre su libertad. (Lt. I. pág. 558)

Y el 5 de julio de 1749, le escribe desde Vetralla lo siguiente:

Acerca de la continencia, le vuelvo a decir que por ahora no me siento inclinado a darle licencia para guardarla perpetuamente, sino temporalmente, esto es en las novenas y otros tiempos, pero siempre de común acuerdo. Por lo tanto, diga a su señora y piadosísima esposa cuál es mi parecer, pues no quiero que se obliguen con voto, sino que queden con la santa libertad conyugal. Si luego, a lo largo de tales novenas, se sienten ambos seguros y sin peligro y quieren continuar absteniéndose por más tiempo, háganlo con la bendición de Dios, pero vayan poco a poco, probando si es esa la voluntad.de Dios, pues no basta para ello sentir ciertos fuertes impulsos, que pueden nacer del fervor de la devoción que Dios le da, pero que deben ser probados para ver si hay perseverancia, alejamiento y mortificación del instinto, etc. (Lt. I. pág. 583)

Fossi es demasiado impulsivo. Se deja llevar demasiado de sus impulsos y sentimientos. Por el contrario, Pablo de la Cruz, mantiene constante equilibrio de discernimiento. Y sobre todo, hay algo que él no quiere que se pierda en la vida de la pareja: su santa libertad de hijos de Dios. Por el sacramento del matrimonio la voluntad de Dios, para ellos, es que vivan y mutuamente se expresen y manifiesten su propio amor y caridad, también mediante la vida íntima de sus cuerpos. Para renunciar a ella, Pablo exige de un discernimiento que pueda manifestar que ahora el Señor los llama por otros caminos diferentes. Mientras tanto deben vivir la realidad de su condición de pareja

Rasgos de la santidad seglar

La visión de san Pablo de la Cruz sobre la santidad seglar es muy simple. Me atrevería a decir que, más que inventar cosas, aprovecha los medios normales y ordinarios de la vida cristiana. Esto que pudiera parecer pobreza de recursos más bien lo vemos como una manera de ver la santidad y la perfección del cristiano como un proceso de un normal desarrollo de la vida bautismal. Dicho de otra manera, para el Fundador de los Pasionistas, para ser santo no se requiere nada especial. Basta con vivir coherentemente la vida diaria, con los medios normales que la Iglesia ofrece a todos.

¿Qué exige a las almas dirigidas por él y que viven en el mundo? Lo que la Iglesia les brinda diariamente: vida sacramental (la penitencia y la eucaristía), una vida de oración y meditación que, incluso, en aquellos que tienen dificultades, pueden suplirlas con jaculatorias a lo largo del día.

Sin embargo, notamos tres detalles importantes que convendría resaltar:

Por una parte, la perfección cristiana consiste para él en responder con fidelidad a la voluntad de Dios. De ahí que en el camino de la santidad, para Pablo es esencial el sentido de discernimiento. ¿Es ésta la voluntad de Dios sobre mí? Si ésta es la voluntad divina, importan poco los caminos y los medios. La misma voluntad de Dios se hace camino y se hace instru­mento de santificación.

Por otra parte, Pablo de la Cruz, que busca siempre la libertad espiritual de las almas, tampoco cae en lo que hoy llamaríamos «la informalidad» espiritual. Es frecuente que exija a sus dirigidos y dirigidas un pequeño reglamento de vida. No como un elemento esclavizante, sino como una manera de ayudar a la fragilidad de la libertad. Cuando todo se deja a la improvi­sación de cada momento, se termina por hacer muchas cosas, dejando de hacer a veces lo fundamental. Por falta de espacio no los copiamos aquí. Pero quien lea sus cartas se encontrará con una serie de estos reglamentos de vida. Y esto tanto para seglares como incluso para aquellos sacerdotes que le piden les sirva de guía espiritual.

Y finalmente, un tercer elemento en los caminos de la santificación de las almas es la meditación diaria, sobre todo la meditación sobre la Pasión de Jesucristo. Pablo tiene una fe inmensa en la eficacia de la meditación y en concreto de la meditación sobre la Pasión de Jesucristo. En la meditación descubre Pablo de la Cruz la manera más práctica y eficaz de interiorizar la fe y los misterios de la fe, en contra de tantas prácticas piadosas de carácter externo que no logran ahondar en el alma.

Al escribir esto, me pregunto qué sentiría Pablo de la Cruz al leer el capítulo 5 de la Constitución sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II. «Llamamiento universal a la santidad». ¿No era esa su idea? Todo bautizado, por exigencia misma de su bautismo está llamado a la santidad cristiana…

 

3. La «tejedora de Piansano»

Son muchas las almas de seglares dirigidas espiritualmente por el Fundador de los Pasionistas. Queremos hacer una breve alusión a una en particular. Elegimos a Lucía Burlini, la «tejedora de Piansano», por dos motivos.

En primer lugar, porque fue una de las almas más queridas y amadas por el P. Pablo de la Cruz. Sus cartas las encabezaba casi siempre con términos como «Hermana mía en Cristo Jesús», «Hermana mía amadísima en Cristo Jesús», «Hija mía en Jesús crucificado». Ella misma era consciente de esta ternura y cariño de Pablo hacia ella. Ella misma confiesa en los Procesos Ordinarios de Canonización de Corneto que «el P. Pablo me decía que aunque se hubiera deshecho de todas las demás personas a quienes había tomado bajo su dirección espiritual, nunca lo hubiera hecho conmigo».

Y en segundo lugar, porque Lucía Burlini es el modelo de la santidad del seglar humilde, sencillo y que vive de su trabajo diario. Y no sólo eso, sino que a la pobreza material, Lucía unía la pobreza cultural. Era analfabeta. No sabía ni leer ni escribir. Hasta el punto de darse aquí un fenómeno raro de dirección espiritual. Pablo mantuvo una larga correspondencia con ella, pero a través del sacerdote Juan Antonio Lucattini. Y esto lo hacia cuando aún Lucattini era seminarista. Pablo dirigía prácticamente a ambos. Hay cartas en las que les dice; «es mi intención que las cartas a Lucía le sirvan también a usted, por lo que no me alargo más».

Lucía conoció por primera vez a Pablo de la Cruz en 1734, con motivo de la misión predicada en Cellere. Murió a los 79 años de edad, y la Iglesia la ha declarado ya Venerable. Pablo no sólo fue su director espiritual, sino que en muchas ocasiones Lucía fue de las pocas personas que pudieron conocer las profundidades del alma de Pablo. Pablo, de ordinario era muy parco en hablar de sí mismo. Ni siquiera con los religiosos exteriorizaba el mundo de problemas que tantas veces lo agobiaban espiritualmente. Lo hacía con el fin de no inquietarlos con sus sufrimientos interiores. Y, sin embargo, en una carta del 1 de Julio de 1752 se abre con Lucía y Lucattlni. Merece la pena copiar algunos de sus párrafos:

Compadeceos de mí al menos vosotros siervos de Dios, porque la mano del Señor ha caído sobre mí… Me encuentro en una tribulación tan grande, como no la he tenido nunca hasta ahora… He perdido el apetito y no puedo dormir, pues durante el sueño estoy temblando de miedo, como si en la mañana tuviera que ser llamado a la horca…

Recurro a la caridad de los amigos de Dios, especialmente de Lucía, suplicándole que dé alguna limosna al pobrecillo que le escribe, pidiendo ardientemente al Señor, tanto en sus oraciones como en la santísima comunión, por mis grandes, grandísimas necesidades…

Será un milagro que mi pobre humanidad no ceda… Expongan Lucía y usted nuestras necesidades al Señor… ¡Ay, por caridad, por caridad pidan ardientemente al Señor que nos socorra en tantas necesidades!

Si Lucía y usted me hicieran la caridad de decirme algo para aconsejarme… No puedo más. (Lt. II, pág. 821)

Lucía fue siempre como una madre para la Congregación Pasionista. Llegó a formar como la «cadena de pobres» cuya finalidad era pedir de casa en casa para recaudar limosnas para los religiosos. Muchas de estas familias eran pobres, pero que de su pobreza sabían compartir. En más de una ocasión pedían harina y luego en el horno público cocían el pan para llevárselo a los religiosos, sobre todo, a los que vivían en la ermita de Nuestra Señora del Cerro.

 

Metas de santidad

Pese a la condición de seglar y de analfabeta. Pablo presenta a Lucia el amplio camino de la contemplación y la vida en pura fe. Me atrevería a llamar a Lucía «la seglar contemplativa y mística». Pablo cree en el maravilloso poder de la gracia y en la fuerza transformadora de la Cruz en las almas, independientemente de donde se encuentren, qué conocimientos intelectuales tienen o su condición de vida. La santidad es para él algo que acontece entre el alma y Dios. Así que da lo mismo que las flores crezcan en un bello y cuidado Jardín o en la rendija de unas rocas.

Pablo de la Cruz, de gran olfato espiritual para las almas, descubre que la de Lucía es un alma privilegiada de Dios. Que lo que tiene de analfabeta lo tiene de sabiduría divina. Y lo que no sabe escribir con la pluma lo escribe con el testimonio de su vida. Le escribe:

Toda humillada y reconcentrada en su nada, en su nada poder, nada tener, nada saber, con alta filial confianza en el Señor, procure perderse totalmente en el abismo de la ínjlnita caridad de Dios, que es todo fuego de amor. Nuestro Dios es un fuego consumidor. Y ahí, en ese inmenso fuego, deje que se consuma todo lo que hay en usted de imperfecto, para que renazca a una nueva vida deífica, vida toda de amor, toda santa: y esta Divina natividad la celebrará en el divino Verbo Cristo nuestro Señor.

Así que, muerta místicamente a todo lo que no es Dios, con altísimo desprendimiento de todo lo creado, entre sola en lo más profundo de esa sagrada soledad interior, en ese sagrado desierto.

Eran tiempos difíciles. Ciertos rigorismos limitaban la participa­ción diaria en la santa comunión. Muchos sacerdotes imbuidos de jansenismo se negaban a darla a los fieles. Antes que Juan Antonio Lucattini, Lucía tuvo otro confesor, don Domingo Parri. Este le prohibía comulgar. Mientras tanto, Pablo de la Cruz se las ingeniaba para que a Lucía no le faltase alimento espiritual de la Comunión. Así le pide a Lucattini que le dé a Lucía la comunión por la mañana, a una hora adecuada, cuando no haya gente en la Iglesia.

Pablo tiene una gran fe en la santidad de Lucía hasta el punto de que, escribiendo a Lucattini, le dice:

Y Lucía ¿qué hace? Deme alguna noticia de ella, pues, aunque he dejado la dirección de todas las almas, excepto las de la Congregación, porque verdaderamente me resulta imposible atenderlas y, lo que es peor, no tengo luz para dirigirlas, a Lucía empero no la he abandonado, sino que le guardo mi servicio en Dios, para que no se olvide de mí en mis grandes necesidades. Dígale, pues, que pida mucho al Señor y a María Santísima por toda esta pobre Congregación…

 

Otras almas que volaban alto

Los santos tienen un imán especial para atraer a las almas grandes. San Pablo de la Cruz vivió una gran experiencia con toda clase de almas místicas, pero posiblemente, las almas más finas de su dirección espiritual fueron precisamente seglares. Lucía Burlini, de la que acabamos de hablar. Inés Grazi, que descubrió los caminos de la santidad gracias «a un dolor de muelas». Rosa Calabresi, que marcó los últimos años de la vida de Pablo. La relación espiritual entre Pablo y Rosa comenzó en 1760 cuando Rosa le escribió por primera vez, aún sin conocerlo personalmente. Desde entonces, hasta la muerte de Pablo le escribía semanalmente. La pena es que Rosa quemó toda la correspondencia, como quien quiere evitar destapar el vaso de perfume para que no se pierda. Se conocieron personalmente el 22 de abril de 1775 en la sacristía de los santos Juan y Pablo de Roma. Durante dos meses de permanencia en la Ciudad Eterna las conferencias espirituales entre los dos eran frecuentes. Estas conferencias Rosa siempre las consideró como «una continua oración».

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4. Los pasionistas seglares

San Pablo de la Cruz fue siempre muy consciente de que Dios le pedía la fundación de la Congregación Pasionista como un don para la Iglesia. Y, a la vez, tuvo una clara conciencia de que su carisma «la experiencia del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz», no era un privilegio de la Congregación, sino que la Congregación había sido creada en la Iglesia precisamente para «despertar esta memoria y grato recuerdo». Esta es una idea clave en su vida de fundador, desde los comienzos mismos de la Congregación. Hay un texto en la Noticia de 1747 que lo dice con toda claridad:

El gran Padre de las misericordias se ha dignado establecer en la Santa Iglesia una nueva Orden, un nuevo Instituto, en estos tiempos lamentables, tan calamitosos, en que a cara descubier­ta campean por sus respetos toda suene de iniquidades, con perjuicio incluso de nuestra santa Fe, que es atacada en lo más vivo en muchas partes de la cristiandad. El mundo continúa sumido en un profundo olvido de las amarguísimas penas que por amor suyo sufrió Jesucristo nuestro verdadero Bien, habiéndose poco menos que extinguido la memoria de su Santísima Pasión entre los fieles. De aquí que esta nueva Congregación tenga en cuenta uno y otro desorden para extirparlo, y, promoviendo una tal devoción, pretenda extirpar el vicio e implantar la virtud llevando las almas al cielo por el camino de la perfección, siendo la Pasión de Jesús, el medio eficacísimo para obtener todo bien. (Noticia 1747 n. 12)

Pablo de la Cruz no está pensando sólo en una comunidad religiosa que hace memoria del misterio de la Cruz. Está pensando en que los fieles seglares lleguen también a hacer esta misma memoria. Pablo está pensando en que la experiencia fundamental de la Congregación sea compartida también con el resto de fieles del Pueblo de Dios. No para que los seglares se hagan todos religiosos pasionistas, sino para que ellos puedan lograr descubrir su propio «camino de perfección» o santidad en su propia vida. Recuérdese la insistencia de Pablo a don Tomás Fossi sobre la necesidad de santificarse «en su propio estado».

Ya que has terminado de leer estos 5 artículos,

si estás interesado en amar así al Amor,

siguiendo este modo de vida,

escríbele a Pablo Francisco Maurino (el Dr. Mauricio Rubiano),

preguntándole lo que debes hacer.

Su correo electrónico es:

pablofranciscomaurino@gmail.com

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