Hacia la unión con Dios

¿La fe salva?

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

Una polémica se ha suscitado entre los cristianos por el siguiente texto:

«Sin embargo, hemos reconocido que las personas no son justas como Dios las quiere por haber observado la Ley, sino por la fe en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser hechos justos a partir de la fe en Cristo Jesús, y no por las prácticas de la Ley. Porque el cumplimiento de la Ley no hará nunca de ningún mortal una persona justa según Dios.» (Ga 2, 16; cf. Ga 3, 11; cf. Rm 3, 20.28)

Por un lado, hay quienes piensan que estos párrafos del Nuevo Testamento dan lugar a que todos pensemos que podemos hacer todo el mal que queramos, y que basta decir que creemos en Cristo para ganar el cielo. Efectivamente, el primer protestante, Martín Lutero, decía:

«Mira qué rico es el cristiano que, aunque quiera, no puede perder su salvación por más pecados que cometa, con tal que persevere en creer. Porque ningún pecado puede condenarlo si no es el de incredulidad.» (Citado por Christiani, L., Luther et Luthéranisme, París, 1908, p. 75. La cita de Lutero procede de su obra: De la cautividad babilónica.)

Pero a la gran mayoría de los creyentes les causa una duda que, como se verá, tiene sus raíces en la falta de cotejar este con otros pasajes de la Biblia, como los que siguen:

«Un hombre joven se le acercó y le dijo: “Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?” Jesús contestó: “¿Por qué me preguntas sobre lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Pero si quieres entrar en la vida, cumple los mandamientos.”» (Mt 19, 16–17)

Como se ve, en palabras del mismo Jesús, cumplir los mandamientos consigue para cada uno la vida eterna, la salvación.

Y Pablo es más categórico:

«Porque no son justos ante Dios los que escuchan la Ley, sino los que la cumplen.» (Rm 2, 13)

«El Señor le dará su merecido por lo que ha hecho.» (2Tm 4, 14)

«Actuando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan.» (1Tm 4, 16)

Santiago es todavía más enfático:

«Entiendan, pues, que uno llega a la verdadera rectitud a través de las obras y no sólo por la fe.» (St 2, 24)

Pedro, por su parte, escribe:

«El Padre que invocan no hace diferencias entre personas, sino que juzga a cada uno según sus obras.» (1Pe 1, 17)

En ese sentido, el Apocalipsis es terminante:

«A sus hijos los heriré de muerte; así entenderán todas las Iglesias que yo soy el que escudriña el corazón y la mente, dando a cada uno según sus obras.» (Ap 2, 23)

«Y vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono, mientras eran abiertos unos libros. Luego fue abierto otro, el libro de la vida. Entonces fueron juzgados los muertos de acuerdo con lo que está escrito en esos libros, es decir, cada uno según sus obras. El mar devolvió los muertos que guardaba, y también la Muerte y el Lugar de los muertos devolvieron los muertos que guardaban, y cada uno fue juzgado según sus obras.» (Ap 20, 12-13)

«Voy a llegar pronto y llevo conmigo el salario para dar a cada uno conforme a su trabajo.» (Ap 22, 12)

El mismo Jesús afirma:

Todo árbol que no da buenos frutos se corta y se echa al fuego. Por lo tanto, ustedes los reconocerán por sus obras. (Mt 7, 19-20)

Además, Pablo añade que la fe que vale es la fe que actúa:

«Para los que están en Cristo Jesús, ya no son ventajas el tener o no tener la circuncisión; solamente vale la fe que actúa mediante el amor.» (Ga 5, 6)

Y que, aunque Cristo nos salvó, todavía tenemos la posibilidad de pecar y morir:

«El pecado paga un salario y es la muerte.» (Rm 6, 23)

Parece que todas estas citas bíblicas se oponen a las primeras.

Pero la siguiente deshace el conflicto:

«Hermanos, si uno dice que tiene fe, pero no viene con obras, ¿de qué le sirve? ¿Acaso lo salvará esa fe? Si un hermano o una hermana no tienen con qué vestirse ni qué comer, y ustedes le dicen: “Que les vaya bien, caliéntense y aliméntense”, sin darles lo necesario para el cuerpo; ¿de qué les sirve eso?

Lo mismo ocurre con la fe: si no produce obras, muere sola. Y sería fácil decirle a uno: “Tú tienes fe, pero yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe a través de las obras. ¿Tú crees que hay un solo Dios? Pues muy bien, pero eso lo creen también los demonios y tiemblan”.

¿Será necesario demostrarte, si no lo sabes todavía, que la fe sin obras no tiene sentido? Abraham, nuestro padre, ¿no fue reconocido justo por sus obras, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ya ves que la fe acompañaba a sus obras, y por las obras su fe llegó a la madurez. Esto es lo que recuerda la Escritura: Abraham creyó en Dios, y por eso fue reconocido justo, y fue llamado amigo de Dios.

Entiendan, pues, que uno llega a la verdadera rectitud a través de las obras y no sólo por la fe. Lo mismo pasó con Rahab, la prostituta: fue admitida entre los justos por sus obras, por haber dado hospedaje a los espías y porque los hizo partir por otro camino. Porque así como un cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe que no produce obras está muerta.» (St 2, 14–26)*

La conclusión obvia es que la fe que no se expresa en obras está muerta, es decir, no existe; mientras que la fe viva —la verdadera fe— es la que produce frutos: se cumplen los mandamientos:

«El hombre contestó: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Jesús le dijo: “¡Excelente respuesta! Haz eso y vivirás”.» (Lc 10, 27–28)

Todos sabemos que amar es hacer todo lo necesario para hacer feliz al amado; por tanto, amar a Dios y al prójimo como lo dice el texto es actuar, realizar obras, y eso fue lo que produjo la exclamación positiva de Jesús.

Esto se hace más evidente al recordar otro pasaje bíblico:

Los discípulos le dijeron: «Ahora sí que hablas con claridad, sin usar parábolas. Ahora vemos que lo sabes todo y no hay por qué hacerte preguntas. Ahora creemos que saliste de Dios.» Jesús les respondió: «¿Ustedes dicen que creen? Está llegando la hora, y ya ha llegado, en que se dispersarán cada uno por su lado y me dejarán solo.» (Jn 16, 29-32a)

Llama la atención que Jesús da a entender que la fe —creer— no significa solamente decir «creo» o «creemos»: cuando los discípulos dijeron: «Ahora sí creemos», Jesús les hizo caer en cuenta que todavía no lo hacían.

Lo mismo debe pensarse cuando nos preguntamos si la fe basta para entrar en el Reino de los Cielos, como dijo Lutero. Jesús contestó esa pregunta:

«No bastará con decirme: ¡Señor!, ¡Señor!, para entrar en el Reino de los Cielos; más bien entrará el que hace la voluntad de mi Padre del Cielo.» (Mt 7, 21)

No podemos dudar de la fe del que dice: «¡Señor!, ¡Señor!». Para decir eso es necesario tener fe. Pero, para Jesús, eso no basta: es necesario hacer la voluntad de Dios Padre:

«Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria rodeado de todos sus ángeles, se sentará en el trono de Gloria, que es suyo. Todas las naciones serán llevadas a su presencia, y separará a unos de otros, al igual que el pastor separa las ovejas de los chivos. Colocará a las ovejas a su derecha y a los chivos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los que están a su derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer; tuve sed y ustedes me dieron de beber. Fui forastero y ustedes me recibieron en su casa. Anduve sin ropas y me vistieron. Estuve enfermo y fueron a visitarme. Estuve en la cárcel y me fueron a ver”. Entonces los justos dirán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero y te recibimos, o sin ropa y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y te fuimos a ver?” El Rey responderá: “En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí”. Dirá después a los que estén a la izquierda: “¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles! Porque tuve hambre y ustedes no me dieron de comer; tuve sed y no me dieron de beber; era forastero y no me recibieron en su casa; estaba sin ropa y no me vistieron; estuve enfermo y encarcelado y no me visitaron.” Estos preguntarán también: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o forastero, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?” El Rey les responderá: “En verdad les digo: siempre que no lo hicieron con alguno de estos más pequeños, ustedes dejaron de hacérmelo a mí.” Y éstos irán a un suplicio eterno, y los buenos a la vida eterna.» (Mt 25, 31-46)

Los demonios creen en Jesús, y no se salvaron. Los hombres que digan que creen en Jesús pueden perderse eternamente, si no actúan en consecuencia.

Se comprenden ahora muy bien otras frases del Nuevo Testamento:

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>Pongan por obra lo que dice la Palabra y no se conformen con oírla, pues se engañarían a sí mismos. (St 1, 22)

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>«Porque lo que importa no es haber sido circuncidado o no, sino el observar los mandamientos de Dios. » (1Co 7, 19)

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>«Dios pagará a cada uno según su trabajo.» (1Co 3, 8)

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>«Sepan que el Hijo del Hombre vendrá con la gloria de su Padre, rodeado de sus ángeles, y entonces recompensará a cada uno según su conducta.» (Mt 16, 27)

<!–[if !supportLists]–>· <!–[endif]–>«Él pagará a cada uno de acuerdo con sus obras. Dará vida eterna a quien haya seguido el camino de la gloria, del honor y la inmortalidad, siendo constante en hacer el bien; y en cambio habrá sentencia de reprobación para quienes no han seguido la verdad, sino más bien la injusticia. Habrá sufrimientos y angustias para todos los seres humanos que hayan hecho el mal, en primer lugar para el judío, y también para el griego. La gloria, en cambio, el honor y la paz serán para todos los que han hecho el bien» (Rm 2, 6–10)

Al despedirse de sus discípulos, Jesús les dijo:

«Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.» (Mt 28, 19-20)

Este es el final del Evangelio de Mateo: la despedida, el testamento de Jesús. Y aquí no dice: «Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a tener fe.» Lo que dice es: «Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he mandado a ustedes.»

Por lo tanto, en cuanto a la salvación, hay 2 momentos: uno para ser salvo y otro para permanecer salvado. Para ser salvo (la redención objetiva), no hay ningún mérito de nosotros, es solo la Fe en Cristo. Para permanecer salvo (la redención subjetiva) la sola Fe no basta, debe estar viva y dar frutos.

El mismo Pablo luchaba para permanecer salvo:

«Castigo mi cuerpo y lo tengo bajo control, no sea que después de predicar a otros yo me vea eliminado.» (1Co 9, 27)

Porque siempre existirá el peligro de caer:

«Por tanto, amadísimos míos, que siempre me han escuchado, sigan procurando su salvación con temor y temblor; y si lo hicieron cuando me tenían presente, háganlo más todavía cuando estoy lejos.» (Flp 2, 12)

«Quiero recordarles, hermanos, la Buena Nueva que les anuncié. Ustedes la recibieron y perseveran en ella, y por ella se salvarán si la guardan tal como yo se la anuncié» (1Co 15, 1-2)

«Así, pues, el que crea estar en pie tenga cuidado de no caer.» (1Co 10, 12)

Pablo habla de una lucha para lograr la salvación. Es seguro entonces que la fe sola no salva.

«No creo haber conseguido ya la meta ni me considero un “perfecto”, sino que prosigo mi carrera hasta conquistar, puesto que ya he sido conquistado por Cristo. No, hermanos, yo no me creo todavía calificado, pero para mí ahora sólo vale lo que está adelante, y olvidando lo que dejé atrás, corro hacia la meta, con los ojos puestos en el premio de la vocación celestial, quiero decir, de la llamada de Dios en Cristo Jesús.» (Flp 3, 12-14)

 

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Otra propiedad que debe tenerse en cuenta es que amar a Dios es también cuestión de obras, no solo de fe:

«Hijitos, no amemos con puras palabras y de labios para fuera, sino de verdad y con hechos. En esto conoceremos que somos de la verdad. (1Jn 3, 18-19a)

«Aunque tuviera tanta fe como para trasladar montes, si me falta el amor nada soy.» (1Co 13, 2)

«Vean cómo sabremos que lo conocemos: si cumplimos sus mandatos. Si alguien dice: “Yo lo conozco”, pero no guarda sus mandatos, ése es un mentiroso y la verdad no está en él.» (1Jn 2, 3-4)

«Amar a Dios es guardar sus mandatos, y sus mandatos no son pesados.» (1Jn 5, 3)

«Y el amor consiste en vivir de acuerdo a sus mandamientos. Este es el mandamiento que oyeron desde el comienzo, y así es como han de vivir.» (1Jn 6)

Por otra parte, es necesario recordar que Jesús especificó cómo se lo ama:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos.» (Jn 14, 15)

«El que guarda mis mandamientos después de recibirlos, ése es el que me ama. El que me ama a mí será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.» (Jn 14, 21)

<!–[if !supportFootnotes]–>

<!–[endif]–>

* Doce veces usa Santiago la palabra «obras», que es eliminada en la versión popular de la Biblia «Dios llega al hombre (protestante). En la segunda edición y en la versión completa de la Biblia «Dios habla hoy» colocan el título: «Hechos y no palabras»

 

Tomado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

 

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

 

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