Hacia la unión con Dios

Por sus frutos los conoceréis

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 10, 2008

La encíclica papal, “Que todos sean uno”, no puede quedarse en el papel, sino en el corazón de los cristianos y, muy especialmente, en el de los católicos.

Es el amor de Cristo el que nos debe distinguir: en esto conocerán que somos sus discípulos. No en la fuerza que utilicemos para defender los dogmas de fe, no en los argumentos teológicos o filosóficos, no en la evidencia científica… Jesús fue claro: “En que os amáis los unos a los otros”.

Sin embargo, ¡qué frecuente es la crítica! Cuántas veces se oyen argumentos cargados de agresividad o de intolerancia de labios de cualquier clase de cristianos hablando de otros cristianos… Agresividad o intolerancia mayores que las que puede haber entre religiones tan dispares como el hinduismo y el islamismo u otras tantas.

Ni las disputas teológicas en el ambiente más tolerante de todos, ni la conciliación de criterios con la actitud más adulta y grave posible, ni el análisis más serio y concienzudo bastan. Con amor es como se conquistan los hermanos separados y con amor es como podremos llevar a cabo la unión que la Iglesia pretende, de la mano del Pontífice.

Pero, ¿qué es el amor del que se nos habla? ¿Cómo aplicarlo a esta coyuntura?

De entre las cartas de san Juan y de san Pablo podemos extractar la esencia: el amor es humilde sin límites, como predica la canción de José Luis Perales.

Antes de entrar de lleno en el tema del amor debe tratarse la humildad, “virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”, que significa, en este punto del ecumenismo, saber que hemos cometido errores y que debemos pedir perdón, como lo hizo el Santo Padre, y comprender que las divisiones entre los cristianos no siempre han dado resultados negativos:

La reiterativa crítica de los protestantes y de muchas sectas —por ejemplo— acerca de la adoración de las imágenes por parte de los católicos hizo que se pudieran recordar las definiciones del Diccionario de la lengua española: adorar es “Reverenciar con sumo honor o respeto a un ser, considerándolo como cosa divina” o “Reverenciar y honrar a Dios con el culto religioso que le es debido”; mientras que venerar es “Respetar en sumo grado a una persona por su santidad, dignidad o grandes virtudes, o a una cosa por lo que representa o recuerda”. Lo mismo sucede con algunos excesos y defectos que se fueron limando con las críticas de nuestros hermanos retirados.

Un segundo punto es que conviene confesar los grandes beneficios que han dado a la humanidad los trabajos de nuestros hermanos no católicos. Algunos quedaron sorprendidos por el reconocimiento que hizo el Papa en la encíclica a la acción de la gracia de Dios entre ellos. ¡Qué bien queda aquí recordar las palabras de Jesús: “Por sus frutos los conoceréis”!

Por último, el amor. Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus apóstoles, quienes le acompañaron durante su vida apostólica, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores. ¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos separados? ¿que son pecadores o simplemente que están equivocados? Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no habríamos pensado como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros está con nosotros…

Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia, sino obras, las que nos pide Dios; y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús.

 

 

 

 

 

 

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