Hacia la unión con Dios

Archive for 30 noviembre 2008

Ciclo A, Cristo Rey

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 30, 2008

Servir al Rey y reinar con Él

 

Estamos acostumbrados a recordar con algo de preocupación el Evangelio del día de hoy. Es que asusta un poco eso de que algunos serán puestos a su izquierda y oirán de boca de Dios: «¡Malditos, aléjense de mí y vayan al fuego eterno, que ha sido preparado para el diablo y para sus ángeles!»

Pero vale la pena revisar las otras lecturas para descubrir que Dios está aquí, que viene en busca de sus ovejas; se ocupará de ellas como el pastor que se ocupa de su rebaño, las llevará a descansar. Incluso buscará a la que esté perdida, volverá a traer a la que esté extraviada, curará a la que esté herida, reanimará a la que esté enferma, velará por la que esté sana; las cuidará con justicia.

El universo entero le quedará sometido, y así vencerá al mal, y pondrá a todos sus enemigos bajo sus pies, hasta el último de sus enemigos: la muerte.

Solo el Rey de reyes, el Señor de los señores, el dueño de la creación puede lograr todo eso. Por tal razón, se celebra hoy la solemnidad de Cristo Rey.

Súbditos de ese eterno soberano como somos, podremos llegar a escuchar su alentadora promesa: «Vengan, benditos de mi Padre, y tomen posesión del reino que ha sido preparado para ustedes desde el principio del mundo».

¿Vimos hambrientos y les dimos de comer? ¿Vimos sedientos y les dimos de beber? ¿Vimos forasteros y los recibimos, o sin ropa y los vestimos? ¿Vimos enfermos o en la cárcel, y los fuimos a ver? El Rey dijo que cuando lo hicimos con alguno de los más pequeños de sus hermanos, se lo hicimos a Él.

A estas obras de misericordia corporales hay que añadir las espirituales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir con cariño y prudencia al que se equivoca, consolar al triste, perdonar las ofensas, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por los vivos y por muertos.

¿Queremos vivir inmensamente felices en el Cielo, junto al Rey? En este momento, al final del año litúrgico, ¡qué bien cae este examen de conciencia! Comencemos este año que viene con el propósito firme de servir.

 

 

 

 

 

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Ciclo A, XXXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 16, 2008

 

 

Preparados para la muerte

 

La muerte no es una posibilidad ni una opción; es una realidad ineludible. Ninguna frase tiene tanta contundencia.

El ser humano pertenece a la única especie que se ha percatado de tener un alma inmortal, y es también el único que sabe que hay otra vida tras la muerte. Por eso, entre todas las metas, emerge la imperiosa necesidad de prepararse para la muerte propia y la de los seres queridos.

Sin embargo, el ser humano moderno se prepara más para el futuro inmediato: las mujeres y hombres de hoy están siendo inducidos a tener seguros para todo. Nos estamos preparando para lo eventual, para lo que pueda pasar. Pero la preparación para lo que sabemos con certeza que sí va a ocurrir —la muerte y lo que venga después de la muerte— la hemos dejado en el olvido, porque creemos que la muerte es una posibilidad o una opción, no una realidad ineludible.

Y, ¿cómo prepararnos? Como las vírgenes del Evangelio de hoy, teniendo preparado el aceite: hacer la voluntad de Dios.

Así sucederá lo que nos dice la segunda lectura: cuando se dé la señal por la voz del arcángel y la trompeta divina, el mismo Señor bajará del Cielo. Y resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros nos reuniremos con ellos, llevados en las nubes al encuentro del Señor, allá arriba. Y estaremos con el Señor para siempre, inmensa y eternamente felices, junto a nuestros seres queridos.

Esta es la verdadera sabiduría: buscar la voluntad de Dios y hacerla. Un director espiritual nos puede orientar; aprendamos nuestra Fe leyendo y meditando el Catecismo de la Iglesia Católica, luego la Biblia, después el Código de derecho canónico  y los documentos de la Iglesia… Y vivamos de acuerdo con esa doctrina.

Apasionarse por esta sabiduría, como dice el libro de la sabiduría en la primera lectura de hoy, es la mejor de las ambiciones; el que trasnocha a causa de ella estará pronto sin preocupaciones. Y, lo que es mejor, se habrá preparado para la única realidad inevitable del ser humano.

  

 

 

 

 

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Perdonar: un gesto cristiano

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 14, 2008

Las siguientes citas lo demuestran:

Jesús les contestó: «Ustedes, pues, recen así: Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, hágase tu voluntad así en la tierra como en el Cielo. Danos hoy el pan que nos corresponde;…y perdona nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, sino líbranos del Maligno.

Porque si ustedes perdonan a los hombres sus ofensas, también el Padre celestial les perdonará a ustedes. Pero si ustedes no perdonan a los demás, tampoco el Padre les perdonará a ustedes.» (Mt 6, 12-15)

 

Entonces Pedro se acercó con esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas de mi hermano? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No te digo siete, sino setenta y siete veces.»

«Aprendan algo sobre el Reino de los Cielos. Un rey había decidido arreglar cuentas con sus empleados, y para empezar, le trajeron a uno que le debía diez mil monedas de oro. Como el hombre no tenía con qué pagar, el rey ordenó que fuera vendido como esclavo, junto con su mujer, sus hijos y todo cuanto poseía, para así recobrar algo. El empleado, pues, se arrojó a los pies del rey, suplicándole: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo pagaré todo.» El rey se compadeció y lo dejó libre; más todavía, le perdonó la deuda. Pero apenas salió el empleado de la presencia del rey, se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas. Lo agarró del cuello y casi lo ahogaba, gritándole: «Págame lo que me debes.» El compañero se echó a sus pies y le rogaba: «Dame un poco de tiempo, y yo te lo pagaré todo.» Pero el otro no aceptó, sino que lo mandó a la cárcel hasta que le pagara toda la deuda. Los compañeros, testigos de esta escena, quedaron muy molestos y fueron a contárselo todo a su señor. Entonces el señor lo hizo llamar y le dijo: «Siervo miserable, yo te perdoné toda la deuda cuando me lo suplicaste. ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero como yo tuve compasión de ti?» Y hasta tal punto se enojó el señor, que lo puso en manos de los verdugos, hasta que pagara toda la deuda.»

Y Jesús añadió: «Lo mismo hará mi Padre Celestial con ustedes, a no ser que cada uno perdone de corazón a su hermano.» (Mt 18, 21-35)

Jesús les dijo: «Y cuando se pongan de pie para orar, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que su Padre del Cielo les perdone también a ustedes sus faltas.» (Mt 11, 25-26)

 

«Más bien sean buenos y comprensivos unos con otros, perdonándose mutuamente, como Dios los perdonó en Cristo.» (Ef 4, 32)

«Sopórtense y perdónense unos a otros si uno tiene motivo de queja contra otro. Como el Señor los perdonó, a su vez hagan ustedes lo mismo.» (Col 3, 13)

 

Jesús les dijo: «Yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores, para que así sean hijos de su Padre que está en los Cielos. Porque él hace brillar su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos y pecadores. Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué mérito tiene? También los cobradores de impuestos lo hacen. Y si saludan sólo a sus amigos, ¿qué tiene de especial? También los paganos se comportan así. Por su parte, sean ustedes perfectos como es perfecto el Padre de ustedes que está en el Cielo. (Mt 5, 44-48)

Jesús les dijo: «Traten a los demás como quieren que ellos les traten a ustedes. Porque si ustedes aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? Hasta los malos aman a los que los aman. Y si hacen bien a los que les hacen bien, ¿qué gracia tiene? También los pecadores obran así. Y si prestan algo a los que les pueden retribuir, ¿qué gracia tiene? También los pecadores prestan a pecadores para que estos correspondan con algo. Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada a cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande, y serán hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y los pecadores. Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes.» (Lc 6 31-36)

 

«Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: éstas serán otras tantas brasas sobre su cabeza. No te dejes vencer por el mal, más bien derrota al mal con el bien.» (Rm 12, 20-21)

«Nos cansamos trabajando con nuestras manos. Si nos insultan, bendecimos; nos persiguen y lo soportamos todo. Nos calumnian y confortamos a los demás. » (1Co 4, 12)

 

 

 

 

 

 

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Las pruebas

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 14, 2008

Es muy fácil hacer oración o cualquier acto de piedad, cuando estamos ayudados por el sentimiento, cuando sentimos gusto. Acertamos si afirmamos que es una prueba que nos está poniendo cuando Dios nos quita estos estímulos, que lo que está procurando es que empecemos a recorrer el camino normal en la vida espiritual.

Al comienzo, en realidad, vivimos la vida espiritual porque nos gusta o para sentirnos bien, es decir, por egoísmo (un egoísmo velado, escondido, porque parece amor), pero no estamos pensando en amar (servir) a Dios, sino en complacernos a nosotros mismos.

Después, si avanzamos en la vida espiritual, ya no lo hacemos por nosotros sino por Él: para complacerlo; y ahí es cuando comienza el amor auténtico: aunque estemos sin ganas, sin alicientes, sin estímulos, hacemos todo lo que lo complace, buscando solamente servirlo, tenerlo contento, aunque por dentro no estemos sintiendo gusto; es decir, por primera vez lo estamos haciendo por amor.

Es una sentencia sapientísima afirmar que el amor comienza cuando nos cuesta.

Y eso fue lo que hizo santos a quienes veneramos como tales: se olvidaron de sí mismos, y se dedicaron a amar a Dios y a sus hermanos. De san Pablo de la Cruz se cuenta, por ejemplo, que mientras servía de consuelo a tantos a través de su dirección espiritual, él estaba desolado, sin consuelos, sin fervor en la oración, sin alicientes, en una cruz dolorosísima que le duró más de cuarenta y ocho años… Por ello fue llamado el príncipe de los desolados. Y eso lo santificó.

Por esto mismo coinciden en afirmar, tanto los grandes maestros de la vida interior como los buenos directores espirituales, que la persona que pasa por estas pruebas —incluso pruebas de fe— no se está alejando de Dios, sino que por el contrario se está acercando Él, a través del único camino que conduce al amor, a la felicidad auténtica: el camino de la sequedad espiritual, del desierto interior, de la falta de fervor en la oración; es decir, del camino ordinario hacia la unión con Dios.

Si esa persona acude a su director espiritual angustiada, él le dice que le parece maravilloso que el Señor haya permitido esta prueba, porque quiere decir que la está preparando para elevarla a la siguiente etapa espiritual.

Cuando el Espíritu Santo quiere llevar a la santidad a alguien, permite que el demonio lo tiente con dudas de fe: empieza a pensar que no existe la vida eterna, duda del amor de Dios o de su existencia… Y Dios lo permite porque sabe que si es capaz de seguir diciendo que quiere creer, a pesar de estar con esas dudas, a pesar de la falta de evidencia, se llenará de méritos, se purificará, saldrá del estado de los principiantes y entrará en el siguiente: el de los aprovechados en la vida espiritual.

Es duro pasar por esta etapa, pero el premio es maravilloso; vale la pena. ¡Si supiéramos con cuánto amor está esperando el Señor que superemos la prueba!

Así pues que, si el lector está pasando por esta noche oscura, ¡ánimo!: ¡a recorrer este camino con la certeza absoluta de la cercanía del Dios invisible!

   

 

 

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Peleas

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 8, 2008

 Evita las peleas:

 

sé tú esclavo del Amor

 

y de su Madre,

 

y deja en libertad

 

a todos los demás.

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Ciclo A, XXX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en noviembre 2, 2008

 

  

 

 

 

 

¿Con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente?

 

San Pablo dice hoy que el Evangelio que les llevó a los habitantes de Tesalónica no se quedó sólo en palabras, sino que hubo milagros y Espíritu Santo.

Ese mismo Evangelio nos llegó a nosotros; alguno podría decir que ahora no hay milagros ni se ve el Espíritu Santo. ¿Por qué? Quizá porque en nosotros «se quedó solo en palabras»…

Y, ¿cómo hacer para que no se quede sólo en palabras? La respuesta está en la misma lectura: los tesalonicenses se hicieron imitadores de los apóstoles y del mismo Señor, y se pasaron de los ídolos a Dios, empezando a servir al Dios vivo y verdadero, y esperando que venga del cielo el que nos liberaría: Jesús, su Hijo, al que resucitó de entre los muertos.

Actuando así podremos demostrar a Dios nuestro agradecimiento y nuestro amor: cumpliendo los mandatos que nos dio desde el Éxodo, como nos lo narra la primera lectura: no maltratar, ni oprimir a los extranjeros; no hacer daño a la viuda ni al huérfano; si se le presta dinero al pobre, no ser como el usurero, no exigirle interés; si se toma prestado, devolver a tiempo lo prestado.

Ese agradecimiento y ese amor nos debe mover a buscar cómo agradar a Dios todos los días de nuestra vida: que nuestras obras, palabras y pensamientos sean de su gusto, que con ellos le demos parte de la gloria que se merece, pues es mucho lo que le debemos: nos dio la vida, la salud, nuestros seres queridos, el sustento diario; la creación, la encarnación del Hijo de Dios, la Redención, la Iglesia, los sacerdotes que nos guían y administran los Sacramentos, su presencia real entre nosotros… Nunca terminaríamos de enumerar lo que Dios nos ha dado, y que nos muestran su infinito amor por nosotros.

Por eso, Jesús dejó claro que todo lo que debemos cumplir está encerrado en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente.» y «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.»

¿Qué tan lejos estamos de amar con esas dos medidas? Pensémoslo un instante.

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