Hacia la unión con Dios

Archive for 30 diciembre 2008

Navidad del Señor (1)

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 30, 2008

Llegó Jesús: ¿lo recibimos?

 

Bienvenidos, por los montes, los pasos del que trae buenas noticias, que anuncia la paz, que trae la felicidad, que anuncia la salvación y que nos dice: «¡Ya reina tu Dios!», el reinado de la verdad y del amor…

El Evangelio de hoy nos habla de una luz que brilla en las tinieblas; es la luz de la verdad, es la luz del amor: Estaban ya agotados los hombres de buscar la verdad, cuando vino el mismo Dios hecho hombre a mostrarles el camino; ya estaban casi desesperanzados en encontrar algo que les diera un nuevo impulso a sus vidas, cuando llegó Jesús a enseñarles el amor verdadero, el total, el divino… Un amor que no hace cálculos, un amor que no se detiene ante nada: primero nos dio 30 años de ejemplo —sin muchas palabras—, luego nos explicó ese amor en 3 años y, finalmente, dio la vida por sus amigos, nosotros.

Lo que celebramos hoy es el nacimiento de ese Hombre perfecto y perfecto Dios que vino también para acompañarnos. Hoy Jesús está entre nosotros, en la Eucaristía; lo podemos visitar cuando queramos para decirle que reine en nosotros con su verdad y con su amor.

Vale la pena preguntarnos cómo lo recibimos. ¿Con la alegría propia del amigo que quiere retribuirle todo lo que ha hecho por él?

Y también vale la pena preguntarse dónde lo tenemos. ¿Está únicamente en la cruz que cuelga de nuestro pecho?, ¿en la imagen que adorna el comedor o la alcoba?…

¿O está también en nuestro corazón, impulsando nuestros actos, nuestras actitudes y nuestra vida?

Si lo recibimos así, podremos llegar junto a Él, que se sentó en los cielos a la derecha del Dios de majestad, y oiremos las más alentadoras palabras que puede escuchar un ser humano de boca de todo un Dios: «Yo seré para ti un Padre y tú serás para mí un hijo.»

 

 

 

 

 

 

 

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Ciclo B, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 26, 2008

Dios entre los hombres

 

Los hombres andamos pensando en construir una casa para Dios, el infinito, el que no cabe en ninguna parte, el inconmensurable… Y Dios nos hace reaccionar. Fue lo que le pasó a David:

«Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me construirá una casa para que Yo permanezca en ella? Yo fijaré un lugar para mi pueblo, yo pondré en el trono a tu hijo, fruto de tus entrañas, y afirmaré su poder. Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo. Tu descendencia y tu reino estarán presentes ante mí. Tu trono estará firme hasta la eternidad.»

Los planes de Dios no solamente son distintos a los del hombre sino que siempre los superan: de la descendencia de David nacerá el Rey, el Dios–con–nosotros; y así, su descendencia y su reino estarán presentes ante Él; y reinará hasta la eternidad. ¡Él mismo bajará a la tierra! Es una promesa. Promesa que se cumplió siete siglos después de Isaías, como lo cuenta hoy san Lucas:

El ángel le dijo a la Virgen: «No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre y su reinado no terminará jamás.»

Por eso san Pablo grita emocionado: «¡Gloria sea dada al que tiene poder para afirmarlos en el Evangelio y en la proclamación de Cristo Jesús! Pues se está descubriendo el plan misterioso mantenido oculto desde tantos siglos, y que acaba de ser llevado a la luz. ¡A Dios, el único sabio, por medio de Cristo Jesús, a él sea la gloria por siempre! Amén.»

¿Nos damos cuenta de que en esta Navidad estamos alistándonos para esa llegada de Dios? ¿Nos estamos preparando para recibirlo? ¿Ya hicimos una confesión general? Ya viene Dios a vivir entre los hombres; ¿estamos haciendo la novena de aguinaldos conscientes de esto? Todavía hay tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

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Ciclo B, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 23, 2008

¿Qué nos anuncia Juan?

 

Dice el Evangelio de hoy que vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan el Bautista. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz, para que todos creyeran por él. Aunque no fuera él la luz, le tocaba dar testimonio de la luz.

Enseñaba que así como brotan de la tierra las semillas o como aparecen las plantas en el jardín, así el Señor hará brotar la justicia a la vista de todas las naciones. Decía: ¡El Espíritu del Señor está sobre mí! Sepan que el Señor me ha ungido. Me ha enviado con un buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar un año feliz lleno de los favores del Señor, y el día del desquite de nuestro Dios. Me envió para consolar a los que lloran.

¡Es todo lo que esperamos!… ¿Será posible que se nos dé?

Sí. Es posible, si seguimos las indicaciones que nos da hoy san Pablo:

Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos. No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal, dondequiera que lo encuentren. Que el Dios de la paz los haga santos en toda su persona. Que se digne guardarlos sin reproche, en su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. El que los llamó es fiel, y así lo hará.

¿Tenemos esa fe? ¿Oramos así? ¿Confiamos en el Señor, que nos ayudará a ser santos, viviendo lo que nos enseña la Iglesia que fundó Jesucristo para lograrlo?

Él está aquí para ayudarnos a lograrlo, y a veces se nos olvida; lo decía Juan: «En medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia.»

Y sabemos que lo que Jesús promete lo cumple. Confiémosle en la oración todos nuestros anhelos, para que podamos exclamar con Isaías: «Salto de alegría delante del Señor, y mi alma se alegra en mi Dios».

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Inmaculada Concepción de la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 14, 2008

Anuncio: ¿de qué?

 

¿Qué es lo que le anuncia el arcángel a la Virgen María? ¿Por qué se le da tanta importancia a este hecho?

Lo explican claramente las lecturas de hoy: primero, se nos narra cómo Dios Padre creó al hombre por amor, y lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta que llegara a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; para esto había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador.

Pero el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo así la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

Una de las tres Personas de la Santísima Trinidad tomará la naturaleza humana y reparará divinamente el mal ocasionado por el pecado; por eso san Pablo grita en la segunda lectura: ¡Bendito sea Dios, Padre de Cristo Jesús nuestro Señor, que nos ha bendecido en Cristo, con toda clase de bendiciones espirituales!

Y la primera beneficiada será, anticipadamente, la Madre de ese Niño–Dios: por sus méritos, ¡la hizo nacer sin pecado original! Él —Dios— podía hacerlo, quería hacerlo, así que lo hizo.

Después seguiremos nosotros si, como dice el Apóstol, permanecemos en su presencia santos y sin mancha.

   

(Tomado del libro: Un llamamiento al amor

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

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‛Busco una víctima’*

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 14, 2008

Dice Jesús: ‛Busco una víctima’

 

Dios mío y mi todo, he comprendido vuestra misteriosa operación obrada en mi alma, y he oído vuestra invitación amorosa. Aquí estoy; me ofrezco a Vos para que me convirtáis en vuestra víctima en el significado más completo de la palabra. Os entrego mi cuerpo, mi alma, mi corazón, todo cuanto poseo, para que Vos lo inmoléis según vuestros deseos.

 

Os ofrezco mi vida, tomadla, ¡oh Dios mío! El amor no exige condiciones, ni reservas. ¡Yo no os pongo ninguna, mi tierno Padre! Me ofrezco y os suplico que me aceptéis. No consultéis ni mis gustos, ni mis repugnancias, satisfaced vuestro amor, esto me basta.

 

Cuando considero mis debilidades, ¡oh! Dios mío, temo muchísimo, mas cuando me dirijo a Vos, me siento fortificada e irresistiblemente atraída hacia la más completa inmolación. Desconfío de mí, ¡oh! mi Dios, pero confío en Vos.

 

¡Oh María, mi buena y tierna Madre, ten piedad de tu hija! Ofréceme, os ruego a la santísima, adorabilísima, gloriosísima Trinidad. Quisiera poseer la pureza de tu Corazón a fin de ser más digna del Dios a quien me ofrezco.

 

¡Oh! María, alcánzame la gracia de disminuir cada día el número de mis culpas, de alcanzar el grado de perfección que ha fijado para mí la Santísima Trinidad: el de vivir tan solo del puro amor y, finalmente, la gracia de la perseverancia final.

 

Ángeles de paraíso, santos y santas del Cielo, en especial mis santos patrones y patronas, digan a su Rey amantísimo: ¡He aquí la víctima que has elegido; ella se entrega eternamente a tu amor!

 

Magdalena Kémusat

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El error que cometió san Pablo

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 13, 2008

Hablaba san Pablo a los atenienses en el areópago, acerca del “Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él” (Hch 17, 24) y, saltándose el relato de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor, les predicó la Resurrección de Jesucristo.

Cuando oyeron hablar de resurrección de los muertos, unos se echaron a reír, y otros le decían: “Sobre esto te escucharemos en otra ocasión”. (Hch 17, 32)

Este fracaso de san Pablo nos da una lección clara acerca de la importancia de la predicación de la Pasión y la Muerte de nuestro Señor. Efectivamente, sabemos que luego el Apóstol se dirigió a predicar en Corinto. Y es a los corintios, precisamente, a quienes les dice en su primera carta: “Nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna sino a Jesucristo, y éste crucificado” (1 Co 2, 2). Se ve, pues, que san Pablo aprendió la lección.

Y nosotros, ¿aprendimos esta lección?

Poco a poco, en los tiempos modernos, se incrementa el discurso de la Resurrección de Cristo y decrece con él la predicación de la Cruz de Cristo. Poco a poco se retiran de los templos las imágenes de Cristo crucificado y se colocan las de Cristo resucitado. Es evidente que se quiere enseñar la virtud teologal de la Esperanza, proclamar el bienestar de la resurrección, el fin maravilloso que nos espera; pero parece que se nos están olvidando los medios para conseguirlo: la sabiduría de la Cruz.

Sabiduría, dice el Diccionario, es “Conducta prudente en la vida”, es decir, el adecuado modo de vivir para conseguir la felicidad, la suerte de los bienaventurados en el Cielo. La misma sabiduría que enseñaban los apóstoles: “Enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria” (1 Co 2, 7).

Y ¿dónde está esa sabiduría divina? En la Cruz de Cristo; nos lo dice claramente el Apóstol: “¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el letrado? ¿Dónde el disputador de este mundo? ¿No ha hecho Dios la sabiduría de este mundo? Porque […] los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado” (1 Co 1, 20. 22-24a).

Pero el versículo continúa: “escándalo para los judíos, locura para los gentiles”. Escándalo para algunos que creen que el cristianismo es llegar al Cielo sin pasar por la cruz; locura para quienes piensan todavía que es posible pasar esta vida sin cruz.

¡No! ¡Necesitamos pasar por la Cruz para purificarnos, y así poder entrar en el Cielo, es decir, conseguir la felicidad! Y, ¿cómo lo sabemos? Porque no ignoramos que a la gloria eterna “no entrará cosa impura” (Ap 21, 27).

¡Dejémonos purificar! No cometamos más el error de san Pablo; corrijámonos como él lo hizo. Amemos la Cruz; Dios la permite porque nos ama como hijos: “Vosotros sufrís, pero es para vuestro bien, y Dios os trata como a hijos” (Hb 12, 7a).

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

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Ciclo B, II domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 8, 2008

 Ya viene. ¿Estamos listos?

 

Dice Isaías que una voz —la de Juan el Bautista— clama: «Abran el camino al Señor en el desierto; en la estepa tracen una senda para Dios; que todas las quebradas sean rellenadas y todos los cerros y lomas sean rebajados; que se aplanen las cuestas y queden las colinas como un llano.» Porque aparecerá la gloria del Señor y todos los mortales a una verán que el Señor fue el que habló.

«¡Aquí está su Dios!» Sí, aquí viene el Señor, el fuerte, el que pega duro y se impone. Trae todo lo que ganó con sus victorias, delante de él van sus trofeos.

Pero más parece que el mundo entero amenaza ruina: la corrupción de las costumbres, la lucha casi enfermiza por el dinero y el placer, la violencia generalizada, el olvido de Dios…

Algunos dicen que Dios se demora en cumplir su promesa, pero no es así: Pedro afirma hoy que ante el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. El Señor es generoso con todos, y no quiere que se pierdan algunos, sino que todos lleguen a la conversión, y les da el tiempo necesario para que lo logren.

Nosotros esperamos, según la promesa de Dios, cielos nuevos y una tierra nueva en que reine la justicia. Con una esperanza así, esforcémonos para que Dios los encuentre en su paz, sin mancha ni culpa.

Sigamos escuchando a Juan, el Bautista:

«Detrás de mí viene uno con más poder que yo. Yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias, aunque fuera arrodillándome ante él. Yo los he bautizado con agua, pero él los bautizará en el Espíritu Santo.»

El que viene es Jesús, el Salvador, el que nos bautiza en el Espíritu Santo. Y llegará en pocos días a nuestro corazón. ¿Cómo lo estamos esperando? ¿Cómo nos estamos preparando?

¿Tenemos acaso lleno el corazón de deseos de dinero y de placeres? Si ese corazón ya está ocupado, ¿cómo podrá entrar Jesús?

Nos está dando tiempo. ¿Qué esperamos?

 

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Ciclo B, I domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 7, 2008

La venida gloriosa de Cristo Jesús

 

A veces perdemos el norte de nuestras vidas: nos dejamos llevar por el amor a las criaturas y perdemos de vista al Creador.

Por eso le grita Isaías a Dios: «¡Vuelve, por amor a tus servidores y a tus tribus herederas!»

Cada vez que nos separamos de Él, cometemos el error más grave en nuestras vidas, y después debemos gritarle que vuelva.

Y también es por eso que Jesús nos dice que estemos preparados y vigilando, porque no sabemos cuándo llegará ese momento final.

Cuando un hombre va al extranjero y deja su casa, entrega responsabilidades a sus sirvientes, cada cual recibe su tarea, y al portero le exige que esté vigilante…

¿Cuáles son nuestras responsabilidades? Ser buenos hijos de Dios, buenos padres, buenos esposos, buenos hijos, buenos hermanos, buenos ciudadanos…

Debemos estar vigilantes, porque no sabemos cuándo regresará el Dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o de madrugada; no sea que llegue de repente y nos encuentre dormidos.

Nos lo dice a todos: estemos despiertos.

Si hacemos eso, el mismo Dios, con su gracia, nos mantendrá firmes hasta el fin, para que estemos sin tacha el día en que venga Cristo Jesús, nuestro Señor: Dios es fiel, y es quien nos ha llamado a esta comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.

Como dice la segunda lectura, Dios nos ha hecho ricos de mil maneras, recibiendo todos los dones de palabra y de conocimiento a medida que se afianza entre nosotros el mensaje de Cristo. No nos falta ningún don espiritual. Sólo esperamos la venida gloriosa de Cristo Jesús, nuestro Señor.

Y la mejor manera de permanecer despiertos es iniciar este tiempo de adviento limpiando esos apetitos desordenados por las criaturas para recibir a Dios, que desea nacer, no solo en un pesebre, sino en nuestros corazones.

Digámosle que vuelva, si lo hemos perdido; que ya no nos alejaremos más.

 

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¿Por quién debo votar?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 5, 2008

Sé perfectamente que todo cristiano tiene la obligación moral de votar, no solo porque como tal debe cumplir con sus deberes ciudadanos, sino porque su omisión podría permitir que sean elegidas personas con criterios disímiles o contrarios al bien común (léase: a la moral cristiana). Y así lo enseño y lo seguiré enseñando.

Pero Dios me dio una particularísima vocación: amarlo intensamente a Él y a los demás. En este camino, descubrí que el amor auténtico consiste en trabajar por la felicidad de quien se ama, sin importar lo que cueste, y dejando en segundo lugar las otras metas que se tenían (aun las más nobles), pues la felicidad de quien ama es ver feliz al que ama.

Y confirmé luego que quien ama se olvida de sí mismo y hasta de su propio bienestar, con tal de hacer feliz al amado; como lo hizo Jesús, a quien no le importó sufrir lo que tuvo que sufrir por nosotros, los hombres. Quien vive en ese dolor amoroso, en ese amor doloroso, llega a la unión con Dios y se realiza como ser humano, que fue hecho por el Amor y para amar.

Para mí la democracia, sin la Ley del Amor que Jesucristo vino a predicar, es casi como cualquier monarquía, anarquía, la dictadura, la aristocracia, etc. Es más: estoy seguro de que si viviéramos esa Ley de Amor no habría necesidad alguna de decretos, normas, leyes… ¡Ama y haz lo que quieras!, gritó san Agustín cuando lo descubrió.

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¿Somos discípulos de Jesús?

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 3, 2008

 

Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.

Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace mucho tiempo, verifiqué algo de eso cuando buscaba con quién instruirme más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oí a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordé y le pregunté si era franciscano. Me respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendí qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!

Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros». (Jn 13, 35)

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.

No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, al vivir en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…

Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.

Ánimo, discípulos de Jesús, ¡a amar!, ¡de verdad!, ¡con hechos!, ¡como Jesús!

Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio: «Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno». (Mt 18, 8-9) ¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!

Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».

Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamar a todos, hasta a los pecadores.

¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias? Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!

Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.

Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21)

  

 

 

 

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