Hacia la unión con Dios

Ciclo B, III domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en diciembre 23, 2008

¿Qué nos anuncia Juan?

 

Dice el Evangelio de hoy que vino un hombre, enviado por Dios, que se llamaba Juan el Bautista. Vino para dar testimonio, como testigo de la luz, para que todos creyeran por él. Aunque no fuera él la luz, le tocaba dar testimonio de la luz.

Enseñaba que así como brotan de la tierra las semillas o como aparecen las plantas en el jardín, así el Señor hará brotar la justicia a la vista de todas las naciones. Decía: ¡El Espíritu del Señor está sobre mí! Sepan que el Señor me ha ungido. Me ha enviado con un buen mensaje para los humildes, para sanar los corazones heridos, para anunciar a los desterrados su liberación, y a los presos su vuelta a la luz. Para publicar un año feliz lleno de los favores del Señor, y el día del desquite de nuestro Dios. Me envió para consolar a los que lloran.

¡Es todo lo que esperamos!… ¿Será posible que se nos dé?

Sí. Es posible, si seguimos las indicaciones que nos da hoy san Pablo:

Estén siempre alegres, oren sin cesar y den gracias a Dios en toda ocasión; ésta es, por voluntad de Dios, su vocación de cristianos. No apaguen el Espíritu, no desprecien lo que dicen los profetas. Examínenlo todo y quédense con lo bueno. Eviten toda clase de mal, dondequiera que lo encuentren. Que el Dios de la paz los haga santos en toda su persona. Que se digne guardarlos sin reproche, en su espíritu, su alma y su cuerpo, hasta la venida de Cristo Jesús, nuestro Señor. El que los llamó es fiel, y así lo hará.

¿Tenemos esa fe? ¿Oramos así? ¿Confiamos en el Señor, que nos ayudará a ser santos, viviendo lo que nos enseña la Iglesia que fundó Jesucristo para lograrlo?

Él está aquí para ayudarnos a lograrlo, y a veces se nos olvida; lo decía Juan: «En medio de ustedes hay uno a quien ustedes no conocen, y aunque viene detrás de mí, yo no soy digno de soltarle la correa de su sandalia.»

Y sabemos que lo que Jesús promete lo cumple. Confiémosle en la oración todos nuestros anhelos, para que podamos exclamar con Isaías: «Salto de alegría delante del Señor, y mi alma se alegra en mi Dios».

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