Hacia la unión con Dios

Ciclo B, II domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en enero 20, 2009

El plan de felicidad para el mundo

 

Inspiración con la que Dios llama a algún estado. Esta es la definición de la palabra “vocación”. ¿La hemos sentido?

Hoy todos los textos nos hablan de ese llamado de Dios a cada uno de sus hijos.

Porque a cada uno de nosotros nos corresponde un papel, la función que debemos desempeñar en esta vida, para llevar a cabo el plan que Dios trazó desde la eternidad.

En ese plan se llevará a cabo el ideal de la Nueva Jerusalén: un mundo lleno de amor, paz y alegría, un mundo donde solo habrá felicidad, con el cual soñamos todos y por el cual —aun sin saberlo— luchamos todos.

Pero luchamos a veces equivocadamente: según nuestro propio parecer. Nos olvidamos de que existe un plan maestro, trazado desde la eternidad, por la infinita sabiduría de Dios.

Por eso, hoy podemos seguir el ejemplo de Samuel, que aprendió del sacerdote Elí a escuchar la voz del Maestro, de Aquél que ideó ese plan perfecto: “Habla, Señor, que tu siervo te escucha”. O el de los dos discípulos de Juan Bautista que, al oír sus palabras: “Este es el Cordero de Dios”, dejaron a su antiguo maestro y se fueron en pos de la mismísima Sabiduría encarnada: Jesucristo.

Él está ahí, en frente de nosotros, durante la Eucaristía, llamándonos por nuestro nombre, para darnos nuestra misión, esa pequeñita misión que hace parte de todo el plan de felicidad para el mundo.

Y si queremos que ese plan se lleve a cabo, repetiremos las palabras del salmo, diciéndoselas a Él: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

Solo el hecho de hacer parte del grupo que llevará a cabo ese plan ya es una gran alegría: ¡Luchamos por un Reino que no tendrá fin!

Entonces conoceremos dónde vive el Maestro; como a los discípulos, nos dirá: “Venid y lo veréis”. Y veremos que Él vive en el reino del amor, el reino de la felicidad auténtica. ¿No vale la pena?

 

 

 

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