Hacia la unión con Dios

Archive for 27 febrero 2009

San Gabriel de la Dolorosa

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 27, 2009

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San Gabriel de la Dolorosa

 

Nació en Asís (Italia) el año 1838.

Siendo estudiante en Spoleto, conoció la fascinación del mundo. No obstante, atendiendo las llamadas de la Gracia, decidió dejarlo todo para ingresar a la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Su vida religiosa consistió en realizar el modelo de una existencia crucificada al mundo, abierta plenamente a la unión con Dios y al ejercicio de todas las virtudes, especialmente la humildad y la obediencia. Se distinguió particularmente por su devoción a la Virgen Dolorosa, que modela la característica su espiritualidad.

Murió en Isola del Gran Sasso, en los Abruzzos, el 27 de febrero de 1862. Junto a su sepulcro se levanta ahora un gran santuario, inaugurado en el año 2000, meta de grandiosas peregrinaciones y centro de irradiación religiosa. En 1926 fue declarado copatrono de la Juventud Católica Italiana y, en 1959, patrón principal de los Abruzzos. Su fiesta se celebra el 27 de febrero.

 

ORACIÓN

Oh Dios, que por tu admirable designio de amor llamaste a san Gabriel de la Dolorosa a vivir el misterio de la cruz unido a María, la madre de Jesús; guíanos hacia tu Hijo Crucificado para que participando en su pasión y muerte alcancemos la gloria de la resurrección. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén.

 

   

 

 

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Avatares de la fórmula de la consagración

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2009

Colombia era el único país de habla hispana (fuera de España, por supuesto) que en la celebración de la Eucaristía no había cambiado el pronombre personal vosotros por el ustedes. Dicho de otra manera, solamente en España y en Colombia el sacerdote–celebrante seguía diciendo: «El Señor esté con vosotros», mientras que en el resto de Hispanoamérica, ya desde hace bastante tiempo estaban diciendo: «El Señor esté con ustedes».

Había quienes defendían el uso del pronombre español vosotros, mostrando así una forma de respeto por las cosas divinas, mientras que otros objetaban la idea afirmando que aquello no era más que una herencia idiomática de España, de la que había de destetarse…

El hecho es que la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos quiso que, en el proceso llamado de inculturación, se respetasen las costumbres y la cultura de cada país y de cada región, no imponiendo, en este caso, el uso de un pronombre personal que se usa únicamente en España, en los actos cultuales como la Misa.

Por eso, en la nueva edición colombiana del Misal se cambió el vosotros por el ustedes y todo el lenguaje que se relacione, como se está haciendo en todos los leccionarios: falta únicamente el correspondiente al ferial Adviento a Pascua.

Sin embargo, el venerable Juan Pablo II se reservó el derecho de mantener la fórmula de la consagración con el vosotros, después de aprobar la tercera edición latina.

En una de las asambleas de la Conferencia Episcopal de Colombia se hizo una votación para que la fórmula de la consagración quedara con el pronombre personal ustedes, pero esa votación no convenció a la Sagrada Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos. Por consiguiente, la fórmula quedó con el vosotros.

Sin saberse por qué razón, la oración presidencial que hace alusión a la paz, después del embolismo, también se dejó con el vosotros: «Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles: la paz os dejo, la paz os doy…».

Es probable que se haya tomado esta decisión por el tradicional criterio de hacer eso ya que son las mismísimas palabras de nuestro Señor Jesucristo y están tan cerca de la fórmula de la consagración. Lo que está claro es que la Conferencia Episcopal de Colombia solo discutió únicamente la fórmula de la consagración.

Por último, como ya se sabe, fue Su Santidad Benedicto XVI quien ordenó corregir el error que se cometió desde hace ya casi cuarenta años: haber traducido mal las palabras que Jesucristo usó para la consagración del vino. Fueron ellas: «Tomad y bebed todos de él… que será derramada por vosotros y por muchos.

  

   

  

 

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¿De espaldas a quién?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 26, 2009

Después de de leer y escuchar a varias personas acerca de la misa que el Santo Padre celebró “de espaldas al pueblo”, hubo gran inquietud, especialmente entre quienes menos conocen la historia de este tema litúrgico.

Para abordar el tema, es necesario dejar claros varios conceptos:

Primero, los del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, en el documento La fiesta de la fe:

·        Que no hay mandato explícito del Concilio para celebrar cara al pueblo; que a eso se llegó por una especie de reacción entusiasta a la decadencia litúrgica.

·        Que, al celebrar cara al pueblo para hacer notar más lo comunitario de la celebración, existe el peligro de que la comunidad se convierta en un círculo cerrado, que no perciba la dinámica trinitaria, que es la que otorga la grandeza a la Eucaristía.

·        Que la comunidad no dialoga consigo misma, sino que va colectivamente al encuentro del Señor.

·        Que la Eucaristía celebrada cara a Dios es un volverse tanto el sacerdote como el pueblo hacia un acto común de adoración trinitaria.

·        Que el sacerdote y el pueblo no se deberían mirar mutuamente, sino mirar juntos a Aquél que ha sido traspasado.

Además, el hecho de que el sacerdote y el pueblo miren en la misma dirección pone de relieve que el sacerdote hace parte de la comunidad orante, se solidariza con ella y así los dos dirigen a Dios la plegaria.

Ahora nos podemos preguntar si tenía razón un sacerdote que en 1970 afirmaba que al celebrar cara al pueblo se celebraría de espaldas a Dios. ¿No es eso lo que hemos hecho estos ya casi cuarenta años?

     

   

 

 

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Ciclo B, VII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 23, 2009

Algo nuevo está brotando…

 

Son tiempos difíciles. El mal ronda por todas partes: secuestros, asesinatos, guerras, robos, políticas gubernamentales que favorecen sólo a unos pocos, hambre, injusticia…

El profeta Isaías escribe lo que dice el Señor al respecto: Tú no me invocas, pueblo mío; ni te esfuerzas por mí; me avasallas con tus pecados, y me cansas con tus culpas.

Pareciera que los hombres no avanzamos: seguimos tan mal como antes o peor quizá… Hemos progresado en tecnología y en ciencia, pero parecemos paralíticos en lo moral y en lo espiritual.

Lo sorprendente es que Él mismo nos anuncia: No recuerden lo de antaño, no piensen en lo antiguo; miren que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?

Y, ¿qué es eso nuevo? Que nos va a curar la parálisis moral y espiritual, tal y como lo hizo en Cafarnaún: cuando le trajeron al paralítico, les dijo: «¿Qué es más fácil: decirle “tus pecados quedan perdonados” o decirle “levántate, coge la camilla y echa a andar”? Y luego se dirige a él: “Contigo hablo: levántate; coge tu camilla y vete a tu casa”. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y se fue a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: “Nunca hemos visto una cosa igual”».

Esto es lo nuevo, lo que había anunciado siete siglos atrás: que Dios, por su cuenta, borra nuestros crímenes, y no se acuerda de nuestros pecados.

Pero lo hace con quien está verdaderamente arrepentido, con quien acata sus reglas, con quien confiesa sus pecados a un sacerdote. Y con quien cambia de conducta.

Él lo prometió y lo cumple, como lo escribió san Pablo a los Corintios: en Cristo Jesús, el Hijo de Dios, todas las promesas se han cumplido.

Y por eso debemos estar felices y darle gloria.

   

 

 

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Por qué tanto interés en la Virgen María

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 19, 2009

¿POR QUÉ TANTO INTERÉS EN ELLA?

La Virgen María

 

La primera vez que apareció un escrito acerca de la guerra que se libra en el universo, fue hace mil cuatrocientos cincuenta años aproximadamente, en el “best seller” de la historia de la humanidad: la Biblia. En el primero de los libros que la componen, el Génesis, se cuenta la historia que sucedió hace entre cien y doscientos mil años, cuando según los paleoantropólogos irrumpió entre las especies la vida humana.

Dios, enojado por la desobediencia de Adán y Eva, acaba de reprenderlos, y le dice al demonio, representado en la serpiente:

«Haré que haya enemistad entre ti y la mujer.» (Gn 3, 15)

Enemistad, ¡Guerra!

Este segmento del Génesis es extractado del protoevangelio, en el que se anuncia por primera vez a los hombres la Buena Noticia: Dios enviará a un Salvador, al Mesías, para saldar la cuenta que debíamos por nuestra desobediencia.

Años más tarde, hacia el año setecientos antes de Cristo, el mismo Dios explica cómo se va a reconocer a ese Mesías:

«¡Oigan, herederos de David! ¿No les basta molestar a todos, que también quieren cansar a mi Dios? El Señor, pues, les dará esta señal: La virgen está embarazada y da a luz un varón a quien le pone el nombre de Emmanuel, es decir: Dios–con–nosotros.» (Is 7, 14)

¿Una mujer virgen y embarazada a la vez? Dentro de lo conocido por el hombre de entonces —y tampoco cuando sucedió— era imposible que una mujer virgen quedara embarazada. Este acontecimiento tan extraordinario era la señal por la cual los hombres reconocerían al Dios–con–nosotros, al Salvador de la humanidad.

Siete siglos después se hizo el milagro: apareció la señal, la virgen grávida que dio a luz al Mesías. El episodio lo narra el Evangelio:

«Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una joven virgen que estaba comprometida en matrimonio con un hombre llamado José, de la familia de David. La virgen se llamaba María. Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo. Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás.” María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.”» (Lc 1, 26-35)

Todo esto se entiende mejor a la luz de este extracto del Apocalipsis:

«Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz. Apareció también otra señal: un enorme dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos, y en las cabezas siete coronas; con su cola barre la tercera parte de las estrellas del cielo, precipitándolas sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, el que ha de gobernar a todas las naciones con vara de hierro; pero su hijo fue arrebatado y llevado ante Dios y su trono, mientras la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar que Dios le ha preparado. Allí la alimentarán durante mil doscientos sesenta días.» (Ap 12, 1-6)

Es impresionante observar en la imagen de la Virgen de Guadalupe, la patrona de América, todas esas señales que narra el Apocalipsis: una mujer, con la luz del sol detrás de ella, con la luna bajo sus pies y estrellas sobre su cabeza. Parece como si todos los astros se pusieran de pie ante la inminencia de la señal esperada por todos: la Virgen.

Luego viene el dragón, que se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera, algo que se hizo patente cuando Herodes, títere del demonio, mandó matar a todos los niños en Belén, esperando destruir al Mesías. O cuando el mismo Satanás tentó a Jesús en el desierto. O también cuando los judíos —movidos también por el dragón— intentaron despeñarlo en un barranco o lapidarlo. O cuando pidieron a los romanos su muerte, tras la cual salió vencedor, ya que resucitó dejándolos aterrados, aunque lo quisieron negar diciendo que sus amigos se habían robado el cuerpo mientras dormían los guardias…

Pero esta fue la segunda vez que salía vencida la serpiente. Ya antes había sido echada del cielo:

«Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la antigua serpiente, conocida como el Demonio o Satanás, fue expulsada; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él. Por eso, alégrense cielos y ustedes que habitan en ellos. Pero ¡ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado donde ustedes y grande es su furor, al saber que le queda poco tiempo.» (Ap 12, 7-9.12)

Una vez vencido por el arcángel Miguel, intentó vencer a Jesucristo y fracasó. Por eso ahora la emprendió contra la Virgen María:

«Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer que había dado a luz al varón. Pero se le dieron a la mujer las dos alas del águila grande para que volara al desierto, a su lugar; allí será mantenida lejos del dragón por un tiempo, dos tiempos y la mitad de un tiempo. Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara, pero la tierra vino en ayuda de la mujer. Abrió la tierra su boca, y se tragó el río que el dragón había vomitado. Entonces el dragón se enfureció contra la mujer y se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús. Y se quedó a orillas del mar.» (Ap 12, 13-18)

Al analizar este pasaje de la Biblia, reluce un aspecto fundamental: cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la mujer. María comienza a ser perseguida por Satanás desde los inicios del cristianismo.

¿Por qué? Porque María es la señal. Esta es la forma perfecta para destruir indirectamente al Mesías: si se afirma, por ejemplo, que María no fue virgen, desaparece la señal por la que los hombres podrían saber quién es el Salvador.

Eso, precisamente, fue lo que hicieron los judíos de la época:

«¿No es éste el hijo del carpintero?» (Mt 13, 55)

Al afirmar que Jesús era hijo de José, el carpintero, María no sería virgen; y, por lo tanto, la señal quedaba eliminada. Eliminada la señal, Jesús no sería el Mesías, y el cristianismo desaparecería.

Por eso, los cristianos que sostienen que María no fue virgen están declarando que Jesús no es el Salvador, el Mesías, el Hijo de Dios. Y eso significaría que el cristianismo es un invento de los hombres. Aquellos que lo hacen son, sin darse cuenta, instrumentos del demonio, como lo son también los que dicen que Jesús tuvo más hermanos, que es lo mismo que decir que María tuvo más hijos.

Quizá algunos creen eso porque en los evangelios se habla de los hermanos de Jesús. Lo que sucede es que, entre los judíos, la palabra «hermano» equivalía a primo, tío, sobrino, cuñado, hermano… en fin, todos los descendientes de un abuelo. Veamos los siguientes ejemplos:

Abram llama hermano a Lot:

«En cuanto oyó Abram que los cuatro jefes habían llevado prisionero a su hermano Lot, escogió trescientos dieciocho de sus hombres que se habían criado en su casa y los persiguió hasta la ciudad de Dan.» (Gn 14, 14)

Pero se sabía que Lot era sobrino de Abram (2 versículos antes):

«Se llevaron también con ellos a Lot, hijo del hermano de Abram, con todo lo que tenía, pues vivía en Sodoma.” (Gn 14, 12)

Labán llama hermano a Jacob:

«Entonces Labán le dijo: “¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario.”» (Gn 29, 15)

Pero Jacob es sobrino de Labán; se leía 2 también versículos antes:

«Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.» (Gn 29, 13)

Es más: en la Biblia se llama «hermana» a la esposa:

Me robaste el corazón, hermana mía, esposa mía, me robaste el corazón con una sola mirada tuya, con una sola de las perlas de tu collar. (Ct 4, 9)

Tobías respondió: «No comeré ni beberé hasta que decidas acerca de lo que te he pedido.» Y Ragüel dijo: «Ahora mismo lo decido. Hoy Sara te es entregada conforme a las disposiciones del Libro de Moisés; entiende, pues, que Dios mismo te la entrega. Recibe a tu hermana, pues en adelante tú serás para ella un hermano, y ella, una hermana para ti. Que el Señor del Cielo los guíe por el buen camino esta misma noche, pues sus caminos son misericordia y paz.» .Luego Ragüel llamó a su hija Sara, que se acercó. Le tomó la mano y la puso en manos de Tobías, diciendo: «Recíbela conforme a la Ley, de acuerdo con las disposiciones del Libro de Moisés, que hace de ella tu esposa. Llévala a la casa de tu padre. El Dios del Cielo los guíe por los caminos de la paz.» Luego dijo a la madre que trajera una hoja de papiro; escribió en ella el contrato matrimonial, y lo firmaron. Terminado esto, se pusieron a comer y beber. (Tb 7, 11-14)

Ragüel llamó a su esposa y le dijo: «Hermana, prepara otro dormitorio para Sara.» Ella preparó la habitación y llevó a Sara, que se puso a llorar. (Tb, 7, 15)

Y también son hermanos todos los que pertenecen a la misma tribu o a la misma fe. Solo así se pueden entender las siguientes frases:

De los hijos de Quehat: a Uriel, el jefe y a sus hermanos, ciento veinte. (1Cro 15, 5)

Uno de aquellos días, Pedro tomó la palabra en medio de ellos —había allí como ciento veinte personas—, y les dijo: «Hermanos… (Hch 1, 15-16a)

Y le preguntó: «¿De dónde eres?» El joven respondió: «Soy uno de los hijos de Israel, tus hermanos». (Tb 5, 5a)

Tobías contó a su padre que había encontrado a un hermano israelita, y el padre le contestó: «Llámalo para saber a qué familia y tribu pertenece; y si es digno de confianza, para que te acompañe.» (Tb 5, 9)

Tobit exclamó: «Que te conserves sano y salvo, hermano. No te enojes porque he querido conocer la verdad acerca de tu familia. Eres de nuestra parentela, de clase buena y honrada. Conozco a Ananías y a Natán, hijos de Semeías, el grande. Íbamos a Jerusalén y rezábamos juntos allí; ellos nunca cayeron en el error cuando se desviaron sus hermanos; tus hermanos son buenos, tu raza es noble. ¡Bien venido seas!» (Tb 5, 14)

Ragüel, que oyó esto, dijo al joven: «Come y bebe tranquilo, porque eres el único que tiene derecho a casarse con mi hija; no puedo darla a otro sino a ti, ya que eres mi pariente más cercano. Ahora debo decirte la verdad: la he dado a siete hombres de nuestros hermanos y todos murieron la noche de bodas. Pero tú, come y bebe, que el Señor les dará su gracia y su paz.» (Tb 7, 10)

Además, si María tenía otros hijos, ¿por qué, en la Cruz, no encargó su Madre a uno de ellos?:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Después dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa.» (Jn 19, 25-27)

Si los otros hermanos existían, ¿por qué no estaban ahí? Y si estaban, ¿por qué no se opusieron?

Hay también quienes sostienen que la Biblia presenta a Jesús como primogénito y que, por consiguiente, María tuvo más hijos:

Y dio a luz a su hijo primogénito (Lc 2, 7a).

Pero el libro sagrado deja claro que el primogénito es el primer nacido, haya o no haya más nacimientos. Los judíos debían consagrar a Dios al primer hijo:

«Todos los primogénitos de los hijos de Israel son míos, tanto de hombre como de animales.» (Ex 13, 2)

¿Cuándo se debía consagrar a Dios al primer hijo? Para estar seguro de que iba a ser el primero de varios o de muchos, y no el único, ¿había que esperar hasta que naciera el segundo? La Ley exigía que se hiciera eso pronto; por lo tanto no es posible que la palabra «primogénito» signifique «el primero».

Esto se demuestra por el hallazgo hecho el año 1922, en Tell El Yejudieh, Egipto: se encontró una lápida escrita en griego, el año 5 antes de Cristo, que decía: «La joven madre judía Arsénoe murió entre los dolores del parto al dar a luz a su hijo primogénito.»

Por otra parte, algunas personas afirman que María, después del nacimiento de Jesús, sí tuvo relaciones sexuales con José, basados en el siguiente versículo:

Y María no tuvo relación con José hasta que nació Jesús. (Mt 1, 25)

«Hasta que» no significa que después sí hubo relaciones, sino que Jesús nació sin la participación de José, por obra del Espíritu Santo. Esta es una manera de expresarse, común en la Biblia:

Y Micol, hija de Saúl, no tuvo hijos hasta el día de su muerte. (2S 6, 23)

Esto no puede indicar que después sí los tuvo, pues estaba muerta.

Lo mismo ocurre si leemos:

«Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.» (Mt 28, 20b)

Tampoco quiere decir esto que Jesús ya no estará con nosotros después del fin de la historia.

Además, aseverar que María perdió la virginidad después de haber tenido a Jesús no tiene sentido: ¿para qué habría realizado Dios ese milagro tan extraordinario de hacer nacer a su Hijo de una virgen, si luego ella perdería la virginidad al concebir y tener a sus otros hijos?

Satanás, en su guerra contra María, la señal, suscita en las mentes de algunos la idea de que José y la Virgen, al vivir tanto tiempo bajo un mismo techo, debieron tener relaciones sexuales. Y es que el demonio tiene tan corrompido al mundo de hoy, que son pocos los que entienden una vida pura, como la de los sacerdotes, religiosos y religiosas, que ofrecen a Dios la virginidad por amor al reino de los cielos; o una vida de amor espiritual como la que llevaron José y la Virgen, respetándose con una delicadeza extrema, ya que tenían una vocación sublime: ser los padres del Hijo de Dios… En cambio, muchos prefieren la sexualidad desaforada y el placer, porque son esclavos del dragón.

Lo que pasa es que el demonio nos quiere divertidos mientras que Dios nos quiere convertidos.

Veamos ahora lo que le pasó a José, para entender otra forma que utilizó —y todavía usa— el demonio para destruir la señal:

«Este fue el principio de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José; pero antes de que vivieran juntos, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo. Su esposo, José, pensó despedirla, pero como era un hombre bueno, resolvió repudiarla en secreto. Mientras lo estaba pensando, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo, tú eres el que pondrás el nombre al hijo que dará a luz. Y lo llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por boca del profeta: La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: Dios–con–nosotros. Cuando José se despertó, hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado y tomó consigo a su esposa. Y sin que hubieran tenido relaciones, dio a luz un hijo, al que puso por nombre Jesús.» (Mt 1, 18-25)

Dice el texto que José era un hombre bueno. Así son la mayoría de los cristianos: hombres y mujeres buenos, como José. No le hacen mal a nadie, cumplen los mandamientos de Dios, leen la Biblia y la estudian, se alejan de los vicios, son buenos esposos y padres, etc. Pero algunos, como José, deciden abandonar a María en secreto, no recibirla en sus casas, no recibirla en sus vidas. Y, ¿por qué? Porque, también como ese hombre bueno, tienen miedo. El ángel tuvo que decirle: “José, descendiente de David, no tengas miedo de llevarte a María, tu esposa, a tu casa; si bien está esperando es por obra del Espíritu Santo”. A esos cristianos tenemos que gritarles, como el ángel le gritó a José: ¡No tengan miedo de recibir a María en sus casas! ¡Lo que ella trajo al mundo es obra del Espíritu Santo! No la rechacen, pues estarían rechazando al Espíritu Santo.

Hablar de María es, por lo tanto, hablar de la obra del Espíritu Santo. Por eso los católicos hablamos mucho de la Virgen; porque amamos la obra del Espíritu Santo.

Y así como Jesús quiso venir al mundo a través de María, asimismo todos podemos llegar a Dios más fácilmente a través de ella: si Dios quiso necesitar de María para venir al mundo, siendo todopoderoso, ¡cuánto más la necesitaremos nosotros, que somos simples criaturas!

En esta guerra contra María y los que la siguen, otro ataque del demonio es el rechazo a la honra que se le hace a María. Dicen algunos, incitados por el odio que le tiene el demonio a la Virgen, que los católicos adoran a María. Pero los católicos no adoramos a la Virgen María, considerándola Dios; sino que la veneramos, es decir, la respetamos por su dignidad y grandes virtudes; y así cumplimos la profecía que ella misma hizo en la visita que le hizo a su prima Isabel:

«Por entonces María se fue deprisa a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”» (Lc 1, 39-49)

Debe notarse que María dice que todas las generaciones la felicitarán. Eso significa que los católicos, al venerarla, estamos cumpliendo simplemente las palabras de la Biblia, mientras que los que no la honran no lo están haciendo.

Fue exactamente lo mismo lo que le pasó a Isabel quien, llena del Espíritu Santo exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! Es que hay que estar llenos del Espíritu Santo para gritar ¡Bendita! a la Santísima Virgen María; pero si no estamos llenos del Espíritu Santo, no entendemos esa devoción.

Un análisis adicional que se debe hacer del fragmento evangélico anterior es el siguiente: Isabel, al exclamar ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor?, está afirmando que María es la Madre de Dios, dignidad insuperable en la historia de la humanidad; esta extraordinaria mujer merece, solo por ese título, los honores más altos que pueda recibir persona alguna en el mundo presente, en el pasado o en el futuro. Si les rendimos honores a los grandes hombres de la ciencia, si veneramos a los inventores y a quienes han hecho avanzar a la humanidad, dándoles pergaminos o diplomas, haciéndoles homenajes públicos, aplaudiéndolos y elogiándolos, ¿cuánto más deberíamos hacer por la única mujer a la que la Biblia llama «Madre del Señor»?

Y es que cuando se dice que una mujer es la madre de alguien, no se está afirmando que ella haya formado su alma y su cuerpo: solo su cuerpo fue heredado de ella. Así mismo, cuando se afirma que María, la Virgen, es Madre de Dios, nadie piensa que ella sea Madre de la Divinidad, sino que es Madre de uno que es Dios. La Virgen no creó a Dios, como las madres tampoco crearon a sus hijos, pero es su Madre.

Sería absurdo afirmar que nació primeramente un hombre vulgar de la santa Virgen, y luego descendió sobre él el Verbo sino que, unido desde el seno materno, se sometió a nacimiento carnal.

Pero lo que más exalta la personalidad de María es que, siendo tan maravillosas su misión, su vida y su dignidad, ella no se sintió orgullosa por ello: al elogio de su prima no respondió diciendo: “Gracias, Isabel, ¿te diste cuenta lo importante que soy?”; tampoco dijo: “Al fin alguien que se da cuenta de mis prerrogativas”; ni mucho menos: “Me alegro, porque Dios se fijó en mis cualidades”… No. Ella, la más admirable mujer de la historia, dijo: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre!”

Ella se alegra en Dios, no por ella. Se proclama a sí misma “humilde” y “esclava”. Y afirma que es el Poderoso quien ha hecho grandes cosas en ella. Es el colmo de la perfección: no solamente es la mayor criatura, sino la más humilde de todas.

Para verificar la importancia de María, veamos cómo la Biblia la presenta junto a Jesús, en los momentos más importantes de su misión salvadora:

En el momento en que Dios se manifiesta por primera vez al pueblo de Israel, es decir, cuando llegan los pastores al pesebre, ellos lo encuentran junto a María:

«Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre.» (Lc 2, 16)

Cuando Dios Hijo se manifiesta a los paganos (a los no judíos), está, de nuevo, junto a su Madre. Dice el Evangelio que llegaron unos Magos que venían de Oriente buscando al Rey de los judíos recién nacido:

«¡Qué alegría tan grande: habían visto otra vez a la estrella!. Al entrar a la casa vieron al niño con María, su madre; se arrodillaron y lo adoraron. Abrieron después sus cofres y le ofrecieron sus regalos de oro, incienso y mirra.» (Mt 2, 10-11)

A este episodio la Iglesia lo llama la Epifanía, es decir, la manifestación del Mesías al mundo entero. Por eso se representan tres razas en las figuras de los Magos.

Más adelante, al manifestarse por primera vez como el Mesías, es decir, cuando hace el primer milagro, María está con Jesús:

«Más tarde se celebraba una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. También fue invitado Jesús a la boda con sus discípulos.» (Jn 2, 1-2)

Y cuando Jesús da al mundo la mayor muestra de amor al morir en una cruz, derramando su Sangre para perdonar nuestros pecados, con Él está María:

«Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala.» (Jn 19, 25)

Finalmente, la Iglesia naciente se reúne en Jerusalén para esperar la venida del Espíritu Santo, junto con María en el Cenáculo:

«Todos ellos perseveraban juntos en la oración en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos.» (Hch 1, 14)

Por eso es imposible entender a Jesús sin María, o comprender la salvación sin María, o concebir el cristianismo sin María.

 

Pero, ¿es María madre nuestra?

Dice Pablo:

«Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno en su lugar es parte de él.» (1Co 12, 27).

Estas palabras son claras: somos parte del cuerpo de Cristo, que es la cabeza de ese cuerpo:

«Y él es la cabeza del cuerpo, es decir, de la Iglesia, él que renació primero de entre los muertos, para que estuviera en el primer lugar en todo.» (Col 1, 18)

Y lo reafirma en otras partes:

«Estaremos en la verdad y el amor, e iremos creciendo cada vez más para alcanzar a aquel que es la cabeza, Cristo. Él hace que el cuerpo crezca, con una red de articulaciones que le dan armonía y firmeza, tomando en cuenta y valorizando las capacidades de cada uno. Y así el cuerpo se va construyendo en el amor.» (Ef 4, 15-16)

«El hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, cuerpo suyo, del cual es asimismo salvador.» (Ef 5, 23)

«Miren cuántas partes tiene nuestro cuerpo, y es uno, aunque las varias partes no desempeñan la misma función. Así también nosotros formamos un solo cuerpo en Cristo. Dependemos unos de otros.» (Rm 12, 4-5)

«…mantenerse en contacto estrecho con aquel que es la cabeza. Él mantiene la unidad del cuerpo entero por un conjunto de nervios y ligamentos, y le da firmeza haciéndolo crecer según Dios». (Col 2, 19)

«Dios, colocó todo bajo sus pies [los de Cristo], y lo constituyó Cabeza de la Iglesia. Ella es su cuerpo y en ella despliega su plenitud el que lo llena todo en todos.» (Ef 1, 22-23)

Eso significa que, si María fue la Madre de Jesús, nosotros somos sus hijos, pues no puede una madre dar vida sólo a la cabeza, sino al cuerpo entero.

Así como el rey Salomón le rindió homenajes a su madre, los católicos rinden homenaje a su Madre, la Madre de todos.

 

Extractado del libro:

RAZONES DE NUESTRA FE. 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2003.

Este libro se puede adquirir en Editorial San Pablo, Colombia:

http://www.sanpablo.com.co/LIBROS.asp?CodIdioma=ESP

  

 

 

 

 

 

 

 

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Ciclo B, VI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2009

‘¡Impuro, impuro!’

 

En la época de Jesús, quien había sido declarado enfermo de lepra, debía ir harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: «¡Impuro, impuro!». Y también debía vivir solo, lejos de los pueblos y ciudades.

Esta regla, según los Padres de la Iglesia, fue impuesta por Dios como un símbolo del pecado que todos cometemos, pues sabemos que quien diga que no ha pecado es un mentiroso, como nos lo enseñó san Juan. Es por esa consciencia que tenemos de ser pecadores que todos los pueblos, desde que el homo sapiens camina por la tierra, han ofrecido sacrificios a sus dioses.

Pero Dios mismo vino en busca del hombre que se creía irremediablemente perdido, y pagó todos sus pecados.

Por eso la Iglesia nos propone que gritemos, ya no: «¡Impuros, impuros!», sino las palabras del salmo de hoy: «Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; ¡y tú perdonaste mi culpa y mi pecado!».

Se acercó Jesús a nosotros, leprosos por el pecado, que pedíamos: «Si quieres, puedes limpiarme». Y, sintiendo lástima, extendió la mano, nos tocó y dijo: «Quiero: queden limpios».

Por eso, como nos enseña hoy san Pablo, cuando comamos o bebamos o hagamos cualquier otra cosa, hagámoslo todo para gloria de ese Dios que nos perdonó y nos sigue perdonando en el Sacramento de la Confesión.

Y hagamos lo que hizo el leproso curado: divulguemos el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no pueda evitar el agradecimiento de todos los seres humanos.

Y, aunque se esconda en descampado —en los sagrarios, en el silencio del alma, en la Fe desértica de cada cristiano—, aun así acudan a Él, para darle gloria con su buen comportamiento.

   

 

 

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Ciclo B, IV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 17, 2009

Casados y solteros, ¿profetas?

 

Está muy claro el mensaje de las lecturas de hoy para todo cristiano, pues quien encontró el camino hacia la felicidad siente que tiene el compromiso de enseñarlo a todos, para hacerlos partícipes de esa dicha: es una necesidad y una obligación predicar la Palabra de Dios.

Pero debemos hacerlo con convicción, como Jesús que, cuando hablaba, sus oyentes se quedaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba con autoridad. Por eso, lo debemos hacer, primero, con nuestra conducta; después, si tenemos oportunidad, también con nuestras palabras.

Y así nos convertiremos, como lo exige nuestro bautismo, en profetas. Lo dice Dios: Pondré mis palabras en la boca de mis profetas, y ellos les dirán todo lo que yo les mande. Y si un hombre no escucha mis palabras, las que esos profetas pronuncien en mi Nombre, yo mismo le pediré cuentas. Por eso decimos con el salmo: «Ojalá escuchen hoy su voz; no endurezcan sus corazones».

Algunos de esos profetas —los sacerdotes, los religiosos— se dedican de lleno a Dios, preocupados únicamente por los asuntos del Señor, buscando agradarlo en todo; en cambio, los casados se preocupan de los asuntos del mundo, buscando contentar a su mujer. Lo mismo, las religiosas se preocupan de los asuntos del Señor, consagrándose a ellos en cuerpo y alma; en cambio, la casada se preocupa de asuntos del mundo, buscando contentar a su marido.

En ambos casos somos profetas. En ambos casos aclamamos al Señor, damos vítores a la Roca que nos salva, entramos en su presencia dándole gracias, vitoreándolo al son de instrumentos, bendiciendo al Señor, creador nuestro, porque Él es nuestro Dios y nosotros su pueblo, el rebaño que Él guía. Y en ambos casos podremos echar demonios, como Jesús: hasta los espíritus inmundos nos obedecerán: se irán de nuestras vidas el egoísmo, el estrés y la tristeza; y vendrán a cambio el amor, la paz y la alegría.

Y la fama del Señor se extenderá por todas partes, como cuenta el Evangelio.

  

 

 

 

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¿Por qué tantas apariciones de la Virgen?

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 13, 2009

 

Todo comenzó, por decirlo así, hace millones de millones de años… Más bien sucedió en eso que llamamos eternidad: es un estado en el que no hay tiempo, la perpetuidad sin principio, la sucesión sin fin; porque allí no se está limitado por el tiempo. Tampoco estaban limitados por el espacio: ni existía el allá ni el acá…

En esa eternidad se hallaba un padre que tenía un hijo único: vivían rodeados de bienestar; perfectamente dichosos; de nada ni de nadie necesitaban para acrecentar su felicidad; el padre era la felicidad de su hijo y este la de su padre. Ambos tenían corazón noble, caritativos sentimientos; la menor miseria los movía a compasión. Estos seres espirituales eran perfectos, y tanto se amaban, tanta era la perfección de su amor, que en la eternidad sucedió algo maravilloso: ese amor se personificó en una tercera persona. Pero la unión de estas tres personas era tan perfecta que hacían un solo ser: Dios; tan grande, tan maravilloso, que es indefinible, inefable, en una palabra: perfecto.

Con el poder creador que poseían decidieron hacer nacer a otros seres, espirituales como ellos, a quienes llamaron ángeles: millones y millones de ángeles que, agradecidos por el don la vida que se les había dado, se pusieron de inmediato a alabar y a adorar sin descanso a esas tres personas maravillosas. Todos tenían nombre propio, de acuerdo con sus cualidades; se llamaban unos a otros con alegría y con amor, virtud heredada de su Creador.

Uno de ellos, de nombre Luzbel, es decir, luz bella, porque era extraordinariamente bello, sintió que su belleza era tal que podría competir con la belleza de Dios; es más: se creyó igual a Dios.

Pero otro ángel, Miguel, que amaba entrañablemente a las tres Personas divinas con un amor inmenso, gritó:

–¡Quién como Dios!

Entonces se desató una batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra Luzbel, que ahora, por su rebeldía y soberbia, se veía como un dragón. Lucharon el dragón y sus ángeles, pero no pudieron vencer, y ya no hubo lugar para ellos en el cielo. El dragón grande, la serpiente, conocida como el demonio o Satanás, fue expulsado; el seductor del mundo entero fue arrojado a la tierra y sus ángeles con él.

Para ese entonces, Dios ya había creado al universo, la tierra ya se había condensado y ya existían las plantas y los animales, vivificados por las almas que Dios les había otorgado: almas vegetativas para las plantas y almas sensibles para los animales de todas las especies.

Además, ya existía la obra maestra de la creación visible: el hombre, a quien Dios le infundió un alma espiritual, sustancia inmortal, capaz de entender, querer y sentir. Hecho a la imagen y semejanza de Dios, el ser humano es tan bello ejemplar, que la Santísima Trinidad lo amaba con infinito amor: tanto al hombre como a la mujer.

Sin embargo, los ángeles, superiores en naturaleza, no tenían nada qué envidiarles. Como un ángel caído, Satanás o Belcebú, es decir, el príncipe de los demonios, al verse obligado a permanecer por un tiempo en la tierra, tomó la decisión de atacar indirectamente a Dios. Padre de la maldad como era y dueño temporal del mundo, enfiló su artillería mortífera contra los hombres, para hacerlos caer en el mal, y así destruir el orden establecido por Dios y llevárselos al infierno, morada eterna suya y de los demás ángeles malos.

Sabía que Dios creó al hombre por amor, y que lo colocó de tal condición, que nada podía faltar a su bienestar en esta tierra, hasta tanto que llegase a alcanzar la felicidad eterna, en la otra vida; y sabía también que para esto el hombre había de someterse a la divina Voluntad, observando las leyes sabias y suaves impuestas por su Creador. Por eso se “encarnó” en la serpiente, que era el más astuto de todos los animales del campo que Dios había hecho y dijo a la mujer:

–¿Es cierto que Dios les ha dicho: «No coman de ninguno de los árboles del jardín»?

La mujer respondió a la serpiente:

–Podemos comer de los frutos de los árboles del jardín, pero no de ese árbol que está en medio del jardín, pues Dios nos ha dicho: «No coman de él ni lo prueben siquiera, porque si lo hacen morirán».

La serpiente dijo a la mujer:

–No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces ustedes serán como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.

Sabía el demonio que esa tentación de ser como dioses, la misma en la que él cayó, sería una trampa mortal.

A la mujer le gustó ese árbol que atraía la vista y que era tan excelente para alcanzar el conocimiento. Tomó de su fruto y se lo comió y le dio también a su marido que andaba con ella, quien también lo comió.

Así fue como el hombre, infiel a la Ley de Dios, cometió el primer pecado y contrajo la grave enfermedad que había de conducirlo a la muerte. El hombre, es decir, el padre y la madre de toda la humanidad fueron los que pecaron; por consiguiente, toda su posteridad se manchó con la misma culpa. El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el cielo; en adelante el hombre padecerá, sufrirá, morirá.

Pero, infinitamente poderoso y justo, es también infinitamente bueno. ¿Dejará padecer y al fin morir al hombre creado sólo por amor? Esto no es propio de un Dios: antes, por el contrario, le dará otra prueba de amor y frente a un mal de tanta gravedad pondrá un remedio infinito.

La narración del Apocalipsis (capítulo 12) continúa:

Apareció en el cielo una señal grandiosa: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Es la Virgen María, que está embarazada.

El dragón —Luzbel— se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto naciera. Y la mujer dio a luz un hijo varón, Jesús, que ha de salvar a todas las naciones; pero Jesús resucitó y fue llevado ante Dios y su trono.

Cuando el dragón vio que había sido arrojado a la tierra, se puso a perseguir a la Mujer que había dado a luz al varón. Pero la Mujer huyó al desierto. El desierto, que significa silencio, ocultamiento, es el corazón y el alma de todos aquellos que acogen a María.

Entonces la serpiente vomitó de su boca como un río de agua detrás de la mujer para que la arrastrara. Estas aguas son las doctrinas que tratan de oscurecer la figura de María, Madre de la Iglesia, negando sus privilegios, redimensionando la devoción a ella y ridiculizando a todos sus devotos. Basta recordar el rechazo constante a sus apariciones o a las mociones interiores recibidas por algunos, aun en aras de la defensa de la doctrina de la Iglesia (la Iglesia ya aceptó y confirmó varias de sus apariciones, como las acaecidas en Lourdes y en Fátima).

Entonces el dragón se fue a hacer la guerra al resto de sus hijos, es decir, a los que observan los mandamientos de Dios y guardan el mensaje de Jesús y que, además, acogen a María.

Ahora sí se puede ver el mundo como es en realidad: dos ejércitos: uno, al mando del dragón que pretende ganar a los hombres para el infierno; y otro, capitaneado por la Virgen–Madre: Madre de Dios y Madre nuestra.

Las estrategias del demonio son las tentaciones; quien cede a ellas cae en la trampa y se gana el infierno.

Las de la Virgen son: la humildad (saber que somos criaturas), la pureza (ser insensibles a todo lo que no sea amor), la pobreza (tener los bienes como medios, no como fines).

Si se cree en Dios y en su Iglesia, si se obedecen sus mandamientos de amor y si se ama a Dios y a los demás hombres, se llegará al cielo.

Por eso, la vida de los hombres no es otra cosa que un combate diario en el que se juegan su paz, su dicha y su felicidad eterna en el cielo.

Es a Capitana debe estar presente en la lucha; por eso se aparece con tanta frecuencia y en ta  ntos lugares; debe dirigir la batalla.

   

 

 

  

 

 

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Las exigencias de Jesús para quienes desean seguirlo

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 12, 2009

Son muchos los cristianos que han leído u oído estas palabras de Jesús en Mt 16, 24 o en Mc 8, 34: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame». En Lc 9, 23 dice casi lo mismo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome cada día su cruz y sígame».

Pero quizá las han leído de corrido, sin profundizar en ellas. Por eso huyen de la Cruz. La huída de la Cruz es constante y continua: van ya dos milenios en los que los que se llaman cristianos —es decir, seguidores de Cristo— no quieren saber nada de cruces, sufrimientos, dolores, penas, padecimientos, aflicciones, ni nada por el estilo.

Lo que más impresión causa es que las palabras de Jesús dejan claro que esas son las condiciones para seguirlo. Jesús fue explícito; Él no dijo: «El que quiera venir en pos de mí, venga, que nunca sufrirá» o «El que quiera venir en pos de mí, sólo gozará». Tampoco dijo: «El que quiera venir en pos de mí, diga simplemente: “Creo en Jesús”» o «El que quiera venir en pos de mí, apréndase de memoria la Biblia»… Su frase no admite discusión: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Sin embargo, casi nadie desea la cruz y, mucho menos, negarse a sí mismo: hoy, por el contrario, muchos psicólogos dirían que hay que afianzar el «yo» por encima de todo, hacer crecer la autoestima pues, según ellos, es ese uno de los principales problemas del mundo moderno… Pero la perenne Palabra de Dios, el Creador del cosmos y cuanto contiene, el Eterno, sigue ahí, alzada, para que todos los cristianos la lean: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»

¿A quién le creeremos: a la psicología moderna o a quien nos hizo, a quien nos creó de la nada? ¿Quién sabrá más: la Sabiduría encarnada o los vaivenes de las ciencias humanas?, ¿el Creador o las criaturas hechas por Dios?,  ¿la Verdad eterna e invariable o lo voluble?…

En este punto, el lector quizá se siente metido en una encrucijada, en una situación difícil de entender y sin saber qué decisión tomar. Y esto se debe más que todo a que nos han enseñado a huir del sufrimiento como de algo que va en contra de nuestra felicidad, sin preguntarnos por qué Dios lo ha permitido, sin buscar la razón de ser del sufrimiento. Parece que hubiéramos heredado la norma superficial de huir de él, como hacen los animales, que se guían únicamente por el placer y el dolor: en efecto, consideramos a los analgésicos y a los anestésicos, dos de los mejores resultados de la ciencia.

Y, ¿no es mejor tratar de entender que huir? ¿No se esconde un poco de cobardía en ese huir? Pensemos en quienes han dado su vida por amor a Jesucristo, pensemos en quienes soportaron sufrimientos por amor a Él, pensemos en quienes siguieron las palabras de Jesús hasta las últimas consecuencias: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

 

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‘El que ama su vida la destruye…

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 11, 2009

‘El que ama su vida la destruye…

 

…y el que desprecia su vida en este mundo, la conserva para la vida eterna”. (Jn 12, 25)

¿En qué sentido dijo Jesús esta frase? ¿Acaso no es bueno amar cada uno su propia vida? ¿Cómo es posible que se nos pida que despreciemos la vida que tenemos?

Es difícil deducirlo al comienzo, pero a lo que se refiere Nuestro Señor es a tantos hombres y mujeres que, cautivados por el goce, dirigen todos sus esfuerzos a conseguir uno o varios momentos de placer para el día, sin pensar en otra forma de vida diferente, y sin la ilusión por la felicidad verdadera, ideal que ni siquiera existe en sus mentes. Así intentan robarle instantes de alegría a una vida llena de tristeza…

También pensaba Jesucristo en otros muchos que dedican su vida y sus mejores esfuerzos a atesorar cosas para sentir el gusto de poseer, momentáneo y fugaz, con el que tratan de llenar sus vacíos interiores.

Igualmente pensaba Jesús en quienes anhelan el poder como medio para su egoísmo personal y no para el servicio a los demás; pobres seres humanos, que viven dentro de su caparazón de egoístas, siempre infelices.

Por último, le hacía decir eso al Hijo de Dios la pobre perspectiva de algunos: ese deseo de que los demás los aprecien, los estimen en algo, los aplaudan, vean que son buenos, etc.

En cambio, todos aquellos que se dedican, no tanto a conseguir bienestar en sus vidas temporales, sino a alcanzar la vida eterna para ellos y para los demás, lograrán la eterna felicidad en el Cielo y, como si fuera poco, la felicidad relativa que se puede experimentar en esta tierra.

Para alcanzar algo tan grande, es necesario despreciar cosas buenas. Los deportistas, por ejemplo, se privan de muchos gustos, dejan cosas buenas y se esfuerzan grandemente, porque después la meta obtenida les trae satisfacciones mayores.

Se trata, pues, de despreciar —como lo dijo Jesús— la vida en este mundo, para enfilar la lucha por la Vida en el otro.

Y como la Vida en la eternidad es puramente amor, si queremos lograrlo, todas las acciones que realicemos aquí deberán ser actos de amor, las palabras que salgan de nuestra boca deberán ser únicamente las que nazcan del amor y las que lo susciten y, finalmente, todos nuestros pensamientos serán de amor. Cualquier otro móvil deberá desaparecer.

Lo mejor es que nuestra vida temporal, por ende y casi sin percibirlo, se llenará también de felicidad.

Y, por fin, tendremos un Cielo en la tierra: la nueva Jerusalén.

 

  

 

 

 

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Ciclo B, V domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 9, 2009

 

 

El sentido de la vida

 

Al analizar al ser humano del tercer milenio, es fácil descubrir que tiene las mismas inquietudes de hombre antiguo. Hoy leemos que Job, aquel misterioso personaje, se preguntaba acerca de la vida casi trágicamente: «Al acostarme pienso: ¿cuándo me levantaré? Se alarga la noche, los días corren y se consumen sin esperanza…, mi vida es un soplo».

No hay nada más trágico que no saber de dónde venimos, para dónde vamos y qué vinimos a hacer en esta tierra… Vivir así, sin sentido, desgarra el corazón. Los que así lo hacen son unos inconscientes. Pero los hombres que se preguntan por el sentido de sus vidas parece que sufrieran de angustia existencial.

Para sanar estos corazones destrozados vino Jesús. Lo dice el salmo de Hoy: «Él sana los corazones destrozados, venda sus heridas». Y vino también para sanar las demás enfermedades; lo dice también el Evangelio: La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, Él la levantó y se le quitó la fiebre. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y posesos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos y expulsó demonios.

En estos tiempos necesitamos expulsar principalmente los demonios de la ignorancia acerca del origen, el sentido y el destino de nuestras vidas. Y la única forma de salir de esa ignorancia es escuchar la Palabra de Dios. Él nos creó; por eso sólo Él puede responder preguntas tan trascendentales.

Es en la Palabra de Dios, en la Revelación, donde el ser humano puede hallar respuestas. Por eso el Evangelio nos cuenta que Jesús apremió a los apóstoles diciéndoles: vámonos a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido. Y así recorrió toda Galilea, enseñando el sentido de la vida.

Y así lo entendieron sus discípulos. Por eso se pusieron a predicar. San Pablo decía: «Siendo libre como soy me he hecho esclavo de todos para ganar a todos. Me he hecho débil con los débiles, para ganar débiles; me he hecho todo a todos, para ganar, sea como sea, a algunos».

 

 

 

 

 

 

 

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LA SANTIDAD EN LA FAMILIA PASIONISTA

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 8, 2009

LA SANTIDAD EN LA FAMILIA PASIONISTA

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El florecer de las causas de canonización en nuestros días demuestra la vitalidad de la Iglesia y el deseo de santidad del pueblo de Dios, que admira y venera a los héroes de la santidad y busca nuevos modelos de vida en quienes inspirarse en medio de las dificultades del mundo.

 

La Congregación Pasionista es una familia de apóstoles, pero también una “madre fecunda de Santos” (Pablo VI), de cristianos, hombres y mujeres, que la Familia Pasionista recuerda con alegría y la Iglesia ofrece como modelos a todos sus hijos todavía peregrinos en la tierra.

 

SANTOS Y SANTAS PASIONISTAS

 

 SAN PABLO DE LA CRUZ (19 de octubre)

paolo20della20croce_sm   Nació en Ovada (Piamonte) en 1694. Durante su juventud ayudó a su padre en el comercio. Llamado por Dios a seguir las huellas de Cristo crucificado, vistió el hábito religioso en 1720, entregándose con ardor al ascetismo y al apostolado. Fue ordenado sacerdote por el papa Benedicto XIII, durante la permanencia romana, en la cual temporalmente se dedicó al cuidado de los enfermos. Retirado a la soledad del Monte Argentaro, junto con su hermano el Venerable padre Juan Bautista de san Miguel Arcángel, por divina inspiración fundó la Congregación de la Pasión de Jesucristo, cuya finalidad principal es meditar y predicar la Pasión y Muerte de Cristo, Fundó también, con la misma finalidad, el instituto de las religiosas Pasionistas de vida contem­plativa. Fue un predicador incansable de la Palabra de la Cruz, superior excelente, modelo perfecto de penitencia y de contemplación, inspirado director de almas, considerado como el más grande místico del siglo XVIII. Murió en Roma el 18 de octubre de 1775.

  

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA (27 de febrero)

gabrielle20della20ad_sm   Nació en Asís (Umbría) en 1838. Siendo estudiante en Spoleto, conoció la fascinación del mundo. No obstante, secundando las llamadas de la gracia, decidió dejarlo todo para ingresar en la Congregación de la Pasión de Jesucristo. Su vida religiosa consistió en realizar el modelo de una existencia crucificada al mundo, abierta plenamente a la unión con Dios y al ejercicio de todas las virtudes, especialmente la humildad, la pureza, la caridad y la obediencia. Se distinguió particularmente por su devoción a la Virgen Dolorosa, que forma la característica de su espiritualidad. Murió en Isola del Gran Sasso, en los Abruzzos, el 27 de febrero de 1862. Junto a su sepulcro se yergue ahora un grandioso santuario, meta de piadosas peregrinaciones y centro de irradiación religiosa. En 1926 fue declarado copatrono de la Juventud Católica Italiana y, en 1959, patrón principal de los Abruzzos.

 

 SANTA GEMA GALGANI (16 de mayo)

gemma20g_sm   Nació en 1878, cerca de Lucca, en Toscana. Desde niña se consagró a la meditación de la Pasión de Jesucristo, viviendo una vida de pureza, en ansia continua del paraíso. Al quedar huérfana de padre y madre, una familia de auténticas virtudes cristianas la recibió caritativamente en su casa. Consagrada al Señor por el voto de virginidad, se entregó con ardor a la consecución de la perfección. Se distinguió por una ardiente devoción a la Eucaristía y un gran amor a Jesús crucificado y a la Virgen María. El Señor la enriqueció con singulares carismas sobrenaturales, ofreciéndose como víctima por la conversión de los pecadores. Suspiró intensamente por ingre­sar entre las religiosas pasionistas. No pudiendo conseguir la realización de su ideal, dio un maravilloso ejemplo de santidad en medio del mundo. Murió el sábado santo, 11 de abril de 1903, en Lucca.

    

     Desde el principio se señaló como fecha de la memoria el 14 de mayo, pues en este día, el año santo de la Redención de 1933, fue beatificada. No se fijó la fecha de su muerte pues siempre coincidiría con el final de la Cuaresma, la Semana Santa o la octava de Pascua, por lo cual, según el orden de precedencia de los días litúrgicos quedaría siempre impedida su celebración.
     Con la reforma del Concilio se fijó la fecha del 16 de mayo, pues la fecha del 14 está impedida por la celebración de San Matías Apóstol, y el 15 de mayo, en España -que es donde es más fuerte su culto- por la fiesta de san Isidro, el día 15 de mayo. No obstante lo anterior, dado el arraigo -en España- de la celebración de santa Gema el día 14 de mayo, se consiguió un permiso especial de la Santa Sede para que en los tres santuarios de la santa en España (La Coruña, Madrid y Barcelona), siguiera celebrándose el día 14 de mayo.

 

SAN VICENTE MARÍA STRAMBI (25 de septiembre)

vincenzo_sm  Nació en Civitavecchia en 1745. Al poco tiempo de su ordenación sacerdo­tal ingresó en la Congregación pasionista, recientemente fundada. Trabajó en favor de la promoción de la vida cristiana, mediante la predicación de la Pasión de Cristo, recorriendo casi toda Italia. Compuso libros de carácter doctrinal y piadoso. Entre estos últimos, sobresale el folleto sobre la Preciosísima Sangre. Se distinguió como director de almas. Con su consejo ayudó, entre otros, a san Gaspar del Búfalo y la beata Ana María Taigi. Consagrado obispo de Macerata y Tolentino, promovió con celo apostólico la reforma del clero y del pueblo, actuando como verdadero pastor de surebaño. En los conflictos políticos de su tiempo, se mostró como intrépido defensor de la libertad de la Iglesia, prefiriendo el destierro al juramento de fidelidad a las usurpaciones napoleónicas. Vuelto a su diócesis, brilló aún más su solicitud pastoral y su gran candad con los pobres. El papa León lo llamó al Quirinal como consejero. Allí murió el 1º de enero de 1824, des­pués de haberse ofrecido al Señor en lugar del Papa gravemente enfermo. Su cuerpo reposa en Macerata.

  

SAN INOCENCIO CANOURA (9 de octubre)

innocenzo20canoura_sm   Inocencio de la Inmaculada (Manuel Canoura Arnau) nació el 10 de marzo de 1887 en Santa Cecilia del Valle de Oro, diócesis de Mondoñedo, España. Pasionista desde el 27 de julio de 1905, presbítero desde el 20 de septiembre de 1913, desempeñó con gran entrega el sagrado ministerio en varias comunidades de su provincia religiosa (La Preciosísima Sangre). En la llama­da «Revolución de Asturias de 19340, mientras celebraba la santa Misa en el Colegio de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de Turón, fue apresado con la comunidad de ocho Hermanos lasallistas y fueron todos ellos fusi­lados el 9 de octubre del mismo año 1934. Beatificado en 1990 y canonizado en 1999 por Juan Pablo II.

  

SANTA MARÍA GORETTI (6 de julio)

goretti_sm   Nació en Corinaldo (Italia) el 16 de octubre de 1890, de una familia humilde. Su niñez, bastante dura, transcurrió cerca de Nettuno, y durante ella se ocupó en ayudar a su madre en las tareas domésticas; era de índole piadosa, como lo demostraba su asiduidad en la oración. En el año 1902, puesta en trance de defender su castidad, prefirió morir antes que pecar, el joven que atentaba contra ella puso fin a su vida, agrediéndola con un punzón. Antes de morir, María perdonó a su agresor. Fue canonizada por Pío XII en 1950. Los Pasionistas que se ocuparon de su proceso de canonización proveen con celo al servicio del santuario de Nettuno, donde se veneran sus restos mortales.

 

 SAN CARLOS HOUBEN (5 de enero)

carlos20houben_sm   San Carlos de San Andrés (en el siglo Juan Andrés Houben) nació en Munstergeleen (Holanda) el 77 de diciembre de 1821. Tomada la decisión de consagrar su vida a Dios, entró en el noviciado pasionista de Ere (Bélgica) el año 1845 y profesó los votos religiosos el 10 de diciembre de 1846. Ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1850, fue destinado en 1852 a la nueva fundación pasionista de Inglaterra, donde el beato Domingo Barberi, que había muerto recientemente, tanto había trabajado por el retorno de los hermanos separados a la fe católica. También san Carlos Houben, siguiendo el ejemplo del beato Domingo, apóstol del ecumenismo, trabajó infatigablemente por el bien de las almas y la unidad de la Iglesia, primero en Inglaterra y después en Irlanda, donde falleció con gran fama de santidad el 5 de enero de 1893, vigilia de la Epifanía del Señor. Hombre de gran vida interior al estilo del Fundador, san Pablo de la Cruz, y de los primeros pasionistas, más que por la predicación se distinguió por el apostolado de las bendiciones y de las confesiones. Fue beatificado por Juan Pablo II, el 16 de octubre de 1988. Canonizado por Benedicto XVI el 3 de junio de 2007.

 

 

BEATOS PASIONISTAS

 

 

BEATO LORENZO SALVI (12 de junio)

lorenzo20salvi_sm   El beato Lorenzo María de san Francisco Javier (Salvi), nacido en Roma el 30 de octubre de 1782, murió en Capranica, Vetralla, el 12 de junio de 1856. Profesó la Regla pasionista el 20 de noviembre de 1802 y fue ordenado sacerdote el 29 de diciembre de 1805. Superior diligente, su vida se caracterizó, siguiendo las huellas del Fundador, san Pablo de la Cruz, por su actividad misionera itinerante y el apostolado incansable de la Infancia de Jesús, difundiendo su devoción por todas partes con la palabra, el ejemplo y nume­rosos escritos. Su Santidad Juan Pablo II lo beatificó el 1 de octubre de 1989. Sus restos mortales se veneran en la iglesia pasionista de san Miguel Arcángel de Vetralla.

 

BEATOS NICÉFORO Y 25 COMPAÑEROS MÁRTIRES (23 de julio)

martires20de20daimiel_sm   Los beatos Nicéforo de Jesús y María y 25 compañeros mártires de Daimiel (uno de ellos, Juan Pedro Bengoa, nació en Mondragón) sellaron heroi­camente con el sacrificio de sus vidas su consagración a Dios en nuestra Congregación Pasionista. Arrojados con violencia del retiro de Daimiel (Ciudad Real), la noche del 21 al 22 de julio de 1936, murieron en cinco gru­pos y en fechas y lugares diferentes. Para la conmemoración litúrgica de su fiesta se ha escogido el 23 de julio que es la fecha en que fue martirizado el primer grupo de 6 religiosos, encabezado por el Superior Provincial, beato Nicéforo de Jesús y María (Diez Tejerina). Son los primeros mártires beatifi­cados de la Congregación. Fueron beatificados por Juan Pablo II, el 1 de octubre de 1989.

 

BEATO DOMINGO BARBERI (27 de agosto)

domingo20de20la20madre20d_sm   Domingo Barberi, apellidado en religión «de la Madre de Dios», nació en 1792, cerca de Viterbo. Fue a la edad de 22 años cuando, por frecuentes llamadas interiores, comprendió que Dios lo invitaba al apostolado. Dejando entonces el cultivo de los campos, ingresó en la Congregación pasionista, donde reveló extraordinarias cualidades de mente y corazón. Ordenado sacerdote, se entregó a la enseñanza, al ministerio de la palabra, a la direc­ción de las almas y a la composición de numerosos escritos sobre materias de filosofía, teología y predicación. Imbuido del espíritu de san Pablo de la Cruz, se preocupó particularmente por el retorno de Inglaterra a la unidad de la Iglesia. Fundador de los pasionistas en Bélgica en 1840, llegó a Inglaterra en 1842. Allí se entregó, con toda su alma, al apostolado para el cual Dios lo había escogido. Tuvo el consuelo de recibir en la Iglesia católica a no pocos anglicanos, entre los cuales el más ilustre fue el futuro Cardenal Juan Enrique Newman. Murió en Reading, el 27 de agosto de 1849. Su sepulcro se venera en Sutton, Saint Helens, como meta de peregrinaciones del pueblo inglés.

  

BEATO ISIDORO DE LOOR (6 de octubre)

isidoro20de20l_sm   Isidodo de Loor, apellidado en religión «de San José», nació el 18 de abril de 1881 en Vrasene, Flandes Oriental, diócesis de Gent. Hijo de agricultores, amó apasionadamente el trabajo del campo y a él se dedicó hasta que, llamado por Dios a los 26 años de edad, ingresó en el noviciado pasionista de Ere, como hermano coadjutor. Hecha la Profesión religiosa el 13 de septiembre de 1908, desempeñó en varias comunidades los humildes servicios propios de su condición de hermano, viviendo una intensísima vida de oración y penitencia según el espíritu pasionista. En 1911, le fue extir­pado el ojo derecho afectado de grave tumor. Por su caridad y sencillez, por su laboriosidad y silencio se atrajo la admirada atención de sus hermanos de hábito y de los fieles que le conocieron. Víctima de pleuritis y cáncer, después de un mes de atroces sufrimientos, falleció el 6 de octubre de 1916, a los 35 años de edad y 8 de vida religiosa, llamado por todos el «hermano bueno» o y también «el hermano de la voluntad de Dios». Su Santidad el Papa Juan Pablo II lo beatificó el 30 de septiembre de 1984.

  

BEATO PÍO CAMPIDELLI (3 de noviembre)

pio20campidelli_sm   Pío de San Luis (Campidelli) nació el 29 de abril de 1868 en Trebbio, diócesis de Rímini, hijo de agricultores. Habiendo conocido a los Pasionistas con motivo de una misión popular, el 27 de mayo de 1882 vistió el hábito de la Congregación de la Pasión y el 30 de abril de 1884 emitió la profesión religiosa en el noviciado de Santa María de Casale. Abrazada con fervor la austera vida pasionista, se distinguió por su devoción eucarística y mariana, por una auténtica caridad fraterna y un decidido empeño en el estudio. Recibidas las cuatro órdenes menores, cuando se preparaba para el subdiaconado, afectado de grave dolencia, expiró, como en éxtasis, el 2 de noviem­bre de 1889 en el retiro de Casale, ofreciendo su joven existencia en sacrifi­cio por la Iglesia, el Sumo Pontífice y su queridísima Romana. El Sumo Pontífice Juan Pablo II lo beatificó el 17 de noviembre de 1985.

  

BEATO EUGENIO BOSSILKOV (13 de noviembre)

bosilkov_sm   El beato obispo Eugenio Bossilkov, pasionista, nació en Belene, Bulgaria, el 16 de noviembre de 1900. Educado desde los once años en los seminarios pasionistas de su patria, Órese y Russe, fue después enviado a las casas pasionistas de Bélgica y Holanda para completar los estudios. Hizo el novi­ciado en Ere, Bélgica, y entonces adoptó el nombre de Eugenio del Sagrado Corazón. Concluidos los estudios teológicos, fue ordenado sacerdote el 25 de julio de 1926. Seguidamente marchó a Roma; en 1932 se doctoró en Teología, en el Pontificio Instituto Oriental. Regresó a Bulgaria en 1933. Después de varios años de servicio pastoral como párroco en Russe y Badarski-Gheran, fue consagrado obispo de Nicópolis en 1947. Era muy conocido y amado en toda Bulgaria. Fue condenado a muerte durante la persecución estalinista y fusilado en la cárcel de Sofía el 11 de noviembre de 1952. Fue beatificado por Juan Pablo II el 15 de marzo de 1998.

  

BEATO GRIMOALDO SANTAMARÍA (1 8 de noviembre)

grimoaldo20de20sta20ma_sm   Grimoaldo de la Purificación (Fernando Santamaría en el siglo) nació el 4 de mayo de 1883 en Pontecorvo (Frosinone, Italia) y fue el mayor de cinco hermanos. Inscrito como congregante de la Inmaculada todavía adolescente, desarrolló un fecundo apostolado entre sus pequeños compañeros. El 6 de marzo de 1900, emitió la profesión religiosa como pasionista. Pero apenas habían transcurrido dos años desde su profesión, mientras se preparaba al sacerdocio en el retiro de Ceccano, se vio afectado de una meningitis aguda, durmiéndose en el Señor el 18 de noviembre de 1902, como él mismo lo había predicho, invocando a María y “contentísimo” —decía— de cumplir la voluntad de Dios. Tenía, al morir, 19 años. El secreto de su rápida ascensión a la cima de la santidad estriba en su singular devoción a María Inmaculada, a quien se había consagrado ya desde pequeño. Fue beatificado por el papa Juan Pablo II el 29 de enero de 1995.

 

 BEATO BERNARDO MARÍA SILVESTRELLI (9 de diciembre)

bernardo20silvestrelli_sm   El beato Bernardo María de Jesús (César Silvestrelli), nació en Roma el 7 de noviembre de 1831, de la noble familia Silvestrelli-Gozzani. Bautizado el mismo día y confirmado el 7 de junio de 1840, fue ordenado sacerdote en el monte Argentaro, el 22 de diciembre de 1855, emitiendo la profesión reli­giosa el 28 de abril de 1857, en el noviciado de Morrovalle, donde tuvo como compañero al futuro san Gabriel de la Dolorosa. Muy pronto fue designado para desempeñar importantes oficios en la Congregación: director de estudiantes, maestro de novicios, rector, consultor provincial y Superior General, los años 1878-88 y 1893-1907. Intrépido campeón del espíritu de la Congregación en circunstancias particularmente difíciles, imprimió un gran impulso a nuestro instituto en el mundo. Bajo su iluminada y vigilante guía fueron fundadas seis nuevas provincias y reorganizadas las que fueron probadas por la supresión gubernativa en Italia y Francia. Habiendo renun­ciado al generalato, recibió por voluntad del Papa el título vitalicio de Superior General honorario. Habiéndose retirado a Moricone, en la Sabina, murió allí de una caída el 9 de diciembre de 1911, con 80 años de edad. Fue beatificado por Juan Pablo II el 16 de octubre de 1988.

  

PASIONISTAS VENERABLES

 Se llama así al cristiano a quien el Papa ha reconocido la heroicidad de las virtudes, tras los estudios de la Causa de Canonización; es una etapa previa a la beatificación. En la Familia Pasionista son venerables los siguientes:

 

JUAN BAUTISTA DANEI (1695-1765), italiano.

Hermano de sangre de San Pablo de la Cruz y compañero inseparable en la fundación. Gran misionero y director espiritual, destacó por su humildad y amor a los religiosos. Venerable desde el 7-VIII-1940.

 

GALILEO NICOLINI (1882-1897), italiano.

Siendo novicio, hizo los votos antes de morir. Venerable desde el 27-XI-1981.

 

JUAN BRUNI(1882-1905), italiano.

Ordenado sacerdote poco antes de morir. Venerable desde el 9-VI-1983.

 

NAZARENO SANTOLINI (1859-1930), italiano.

Sacerdote, maestro de novicios de Galileo Nicolini. Venerable desde el 7-XII-1989.

 

GIAN GIANEL (Santiago de San Luis) (1714-1750), italiano.

Hermano coadjutor, se distinguió por su espíritu de oración, imitando a los primeros pasionistas. Venerable desde el 21-XII-1989.

 

GERARDO SAGARDUI (1881-1962), vizcaíno de Zollo.

Hermano coadjutor, portero de la casa general de Roma durante más de 50 años. Se distinguió por su humildad y caridad. Su cuerpo reposa en la capi­lla de San Felicísimo. Venerable desde el 12-XII-1991.

 

FORTUNATO DE GRUTIIS (1826-1905), italiano.

Sacerdote, gran misionero popular. Venerable desde el 11-VII-1992.

 

JOSÉ PESCI (1853-1929), italiano.

Sacerdote, educador, misionero y superior provincial. Venerable desde el 6-VI-1993.

 

NORBERTO CASSINELLI (1829-1911), italiano.

Director espiritual de San Gabriel, formador, consultor general. Venerable desde el 11-XII-1994.

 

GERMÁN RUOPPOLO (1850-1908), italiano.

Director espiritual de Santa Gema: Arqueólogo, descubrió la casa de los san­tos hermanos mártires Juan y Pablo, titulares de la basílica de los pasionistas en Roma. Venerable desde el 12-VI-1995.

 

MARÍA CRUCIFICADA DE JESÚS (1 713-1 787), italiana.

Primera superiora del monasterio de monjas pasionistas fundado por San Pablo de la Cruz en Tarquinia. Venerable desde el 17-XII-1982.

 

LUCIA BURLINI (1710-1789), italiana.

Campesina seglar, ayudó a los primeros pasionistas en la fundación de Toscanella. San Pablo de la Cruz le escribió muchas cartas de dirección espi­ritual. Venerable desde el 23-X-1987.

 

ANTONIETA FARANI (1906-1963), brasileña.

Hermana Pasionista de San Pablo de la Cruz (fundadas en Signa). Venerable desde el I3-VI-1992.

 

TERESA GALLIFA (1850-1907), española.

Fundadora de las Siervas de la Pasión, asociadas con los pasionistas, en la comunicación de bienes espirituales. Venerable desde el 7-VII-1992.

 

LUCIA MANGANO (1900-1946), italiana.

Ursulina, mística, dirigida por el Siervo de Dios, padre Generoso Fontanarosa, pasionista. Su Causa está promovida por los pasionistas. Venerable desde el3-VII-1994.

 

DOLORES MEDINA (1860-1925), mexicana. Fundadora de las Hijas de la Pasión de Jesucristo y de María Dolorosa. Venerable desde el 3-VII-1998.

 

EUFEMIA GEMA GIANNINI (1884-1971) italiana.

De la casa que recibió por caridad a santa Gema. Fundadora de las Misioneras de Santa Gema. Venerable desde el 15 de marzo de 2008.

 

FRANCISCO (AITA PATXI) GONDRA (1910-1974), vizcaíno de Arrieta.

Capellán de gudaris, vicemaestro de novicios, apóstol de los ancianos y enfermos. Sepultado en el santuario de San Felicísimo. Venerable desde el 15 de marzo de 2008.

 

EGIDIO MALACARNE (1877-1953), italiano.

Amable y sencillo, se distinguió siempre en todas las virtudes. Durante treinta años fue postulador de las Causas de los santos. Venerable desde el 26-III-1999.

 

 

SIERVOS Y SIERVAS DE DIOS

 

Si un cristiano ha muerto con fama de santidad y esta fama perdura, la Iglesia inicia la recogida de datos y testimonios encaminados a demostrar si practi­có las virtudes en grado heroico. Cuando se inicia esta fase, el cristiano o la cristiana es calificado/a como siervo/a de Dios. En la familia pasionista se han iniciado los procesos de los siguientes siervos y siervas de Dios:

 

ADOLORATA LUCIANI (1920-1954), italiana. Pasionista de clausura.

 

BENITO ARRIETA (1907-1976), guipuzcoano de Zegama. Fundador y misionero en la República Dominicana.

 

BERNARDO KRIESZKIEVICH (1.915-1945), polaco. Formador y apóstol.

 

ELISABETA TASCA DE SERENA (1899-1978), italiana, seglar. Madre de 12 hijos (2 pasionistas).

 

ERVIGE CARBON1 (1880-1952), italiana. Seglar, mística, su causa de canoni­zación la llevan los pasionistas.

 

ESTANISLAO A. BATISTELLI (1885-1981), italiano. Obispo de Teramo. Murió ya retirado en el santuario de San Gabriel.

 

GENEROSO FONTANA (1881-1966), italiano. Director espiritual de Lucia Mangano, misionero.

 

IGNACIO SPENCER (1799-1864), inglés. Anglicano convertido al catolicis­mo, predicador y apóstol del ecumenismo.

 

MAGDALENA MARCUCCI (1888-1960), italiana. Pasionista de clausura, maestra de novicias en Bilbao, fundadora del monasterio de Madrid, escrito­ra mística.

 

MARTÍN ELORZA (1899-1966), guipuzcoano de Elgeta. Formador, provincial, obispo misionero de Moyobamba (Perú).

 

RAFAEL FAGGIANO (1877-1960), italiano. Maestro de novicios. Obispo de Cariati.

 

MARÍA MAGDALENA FRESCOBALDI (1771-1839), italiana.

Fundadora de las Hemanas Pasionistas de san Pablo de la Cruz.

 

TEODORO FOLEY (1913-1974), estadounidense.

Reconocido por su humildad, amabilidad y santidad. Gran devoto de la pasión de Jesucristo y de la Virgen Dolorosa. Murió siendo Superior General.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Cómo actuar con otros cristianos

Posted by pablofranciscomaurino en febrero 2, 2009

Desafortunadamente, entre los cristianos se han producido divisiones: en el siglo XI, los cristianos orientales (llamados ortodoxos) se separaron de los cristianos católicos; y, en el siglo XVI, otro tanto hicieron los protestantes y los anglicanos.

De entre los protestantes han proliferado innumerables iglesias, comunidades, movimientos religiosos, grupos y sectas de mayor o menor afinidad entre sí. Se llamaron después evangélicos y, más recientemente, simplemente cristianos. Y para agravar la situación, por desgracia, muchos de ellos se excluyen mutuamente.

No hay justificación teológica, ni espiritual, ni bíblica para la existencia de esta pluralidad, estén genuinamente separadas o no. Jesús, por ejemplo, orando a su Padre, dejó ver que le interesa mucho la unidad de los cristianos:

«No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.» (Jn 17, 20-21)

El problema se presenta cuando tenemos que conversar con nuestros hermanos cristianos no católicos, sobre todo esos que pretenden convencernos para que dejemos el catolicismo y vayamos a su culto o que nos congreguemos en tal o cual denominación.

En ese caso, es preciso tener claro el modo como nos debemos comportar, porque muchas veces podemos llegar a actuar como si no fuéramos cristianos.

1) Orar mucho por todos los cristianos (católicos, orientales, protestantes y anglicanos).

2) Dar testimonio de amor, paz y alegría, en el que se incluye un respeto grande por la forma de pensar de los demás.

3) Una vez que ellos se persuadan de que los respetamos y —sobre todo— de que los amamos, debemos dejar que sea el Señor quien los toque con su gracia, lo que significa confiar en Dios y, por lo tanto, no propiciar  ni permitir las polémicas ni las discusiones:

«Es honra del hombre evitar discusiones. (Pr 20, 3)

«Quiero, pues, que los hombres oren en todo lugar elevando hacia el cielo unas manos piadosas, sin ira ni discusiones.» (1Tm 2, 8)

«Esto has de enseñar; y conjura en presencia de Dios que se eviten las discusiones de palabras. »  (2Tm 2, 14)

«Evita las discusiones.» (2Tm 2, 23)

4) Si se presenta la oportunidad (que por ejemplo hablen de algún tema), podemos contarles cómo vivimos nuestra vida cristiana, haciéndolos participes de nuestra felicidad, sin quererlos convencer.

5) Si se muestran inquietos, intransigentes o polémicos, les diremos que a nosotros lo único que nos interesa es amarlos, porque aprendimos que Jesús dijo: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros.» (Jn 13, 35). Así los haremos entender que solo nos interesa seguir a Cristo en el amor; y esta actitud será la que permita que Dios actúe en ellos (aunque lo haga después de pasado un tiempo).

Mientras el cristiano continué actuando de una manera diferente a la que se acaba de describir, no solamente estará negando en la práctica lo que en la teoría profesa, sino que presentará al mundo un escándalo. ¡Las disensiones entre los cristianos son un escándalo! Y esto es grave: ¡Ay del mundo a causa de los escándalos! Tiene que haber escándalos, pero, ¡ay del que causa el escándalo! (Mt 18, 7)

Es hora de parar. Jesús nos dijo cómo:

«Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como yo los he amado». (Jn 13, 34)

Y, ¿cómo nos amó Él? ¡Hasta dar su vida! ¿Daríamos la vida por uno de nuestros hermanos separados? Si la respuesta es negativa, todavía nos falta mucho para llamarnos cristianos católicos.

 

 

 

 

 

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