Hacia la unión con Dios

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El sufrimiento, la enfermedad y la muerte

Posted by pablofranciscomaurino en abril 29, 2009

 

Dios creó al ser humano por amor, para amarlo: le dio la vida y todo lo que hay en el mundo para su bienestar, para hacerlo feliz.

En el plan de Dios no estaban ni la enfermedad, ni los sufrimientos ni la muerte: después de un tiempo determinado de felicidad aquí en la tierra, el hombre, sin morir, subiría al Cielo a gozar del amor de Dios eternamente.

Pero el hombre se rebeló contra Dios y quiso ser como Él, olvidándose de su condición de criatura. Ofendió a un Dios eterno y, por lo tanto, merecía un castigo eterno.

El género humano perdió así el derecho que el mismo Dios le había concedido de poseer la felicidad perfecta en el Cielo.

Además, como Dios es perfecto, debe ser lógico. Todo acto tiene sus consecuencias; por eso, desde aquel momento el hombre se enferma, sufre y muere; son las secuelas de su grave pecado.

Para la primera consecuencia del pecado, Dios —que es amor— no podía permitir que el hombre, hecho por amor y para ser feliz, se fuera al castigo eterno. Por eso, Jesús, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, se hizo hombre y pagó nuestro pecado, sufriendo atrozmente. Por ese sacrificio de amor, por ese sacrificio voluntario, ahora ya podemos ir a gozar de la felicidad eterna, pues Jesús nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Pero en esta tierra quedaron las otras consecuencias del pecado del ser humano: el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

Esto quiere decir que la felicidad absoluta que Dios nos promete está allá, no acá.

En esta tierra lo máximo que podremos alcanzar es una felicidad relativa que, como el adjetivo lo dice, depende de algo; en este caso, de la unión que se logre aquí con Dios.

Efectivamente, por medio de una vida en gracia de Dios, de la oración y del uso de los Sacramentos, las personas pueden lograr un grado mayor o menor de unión con Dios, ya aquí en esta vida terrena, y gozar de las inefables delicias que nos esperan en el Cielo, por algunos períodos te tiempo más o menos largos y más o menos intensos; es decir, vivir la vida mística, que es la única que se puede llamar auténticamente feliz, pues las alegrías que se llegan experimentar aquí no llenan las ansias de felicidad que bullen en nuestro interior.

Sin embargo, hay infinidad de cristianos (católicos y no católicos) que creen que la felicidad está en el bienestar material, aquí en la tierra, luchan por conseguirla a toda costa sin lograrlo nunca y, lo que es peor, se preguntan todavía por qué existe el sufrimiento, la enfermedad y la muerte.

   

 

 

 

 

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La formación doctrinal

Posted by pablofranciscomaurino en abril 24, 2009

Así como una persona cualquiera debe formarse durante unos dieciocho años para poder ejercer una profesión, un católico debe hacer algo parecido:

Primero, hay que leer, meditar y estudiar los libros que el venerable Juan Pablo II llamó los libros de cabecera de un católico, de cualquier católico:

1) el Catecismo de la Iglesia Católica,

2) la Biblia y

3) el Código de Derecho Canónico.

Al terminar esta primera fase, habremos recibido la formación básica (algo similar a la primaria).

En segundo lugar, se deben estudiar:

1) los documentos oficiales de la Iglesia: los del Concilio Vaticano II, las Cartas y Encíclicas de los papas (principalmente los más recientes), los documentos de las Congregaciones del Vaticano, Asambleas episcopales y Sínodos…,

2) la Liturgia y

3) la Patrística (los escritos de los Padres de la Iglesia).

Con esta segunda fase, se llega a ser medianamente formado (se equipara al bachillerato).

Y, por último, se deben continuar los estudios con:

1) la teología espiritual (mística),

2) los escritos de los Doctores de la Iglesia y

3) las vidas y obras de los santos.

Una vez culminados estos estudios, digámoslo así, termina la formación universitaria.

Sin embargo, la persona que llega a este nivel no tiene todavía la capacidad para evaluar, la facultad de discernir si algo (apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes, nuevas formas de espiritualidad, etc.) está de acuerdo con la doctrina de la Iglesia o no. Es decir, no está especializado.

Para eso hace falta lo que hoy llaman la maestría y el doctorado, por una parte; y por otra, la ayuda eficaz e inequívoca del Espíritu Santo, requisitos que solo llena el Magisterio de la Iglesia: únicamente la autoridad competente de la Iglesia es capaz de aprobar o desaprobar cualquiera de esas cosas.

Es esa autoridad competente la que también, por eso mismo, autoriza las obras espirituales (libros, folletos, novenas, oraciones…). Por eso, cada vez que vayamos a comprarlas, es necesario que busquemos la aprobación eclesiástica: el Nihil obstat (no hay óbice, nada obsta, nada es contrario a la fe) y el Imprimatur (puede imprimirse), firmado por lo menos por un Obispo.

Aquí hay que agregar que, aunque estén aprobadas por la Iglesia, las revelaciones privadas no son necesarias, pues el Magisterio simplemente certifica que nada nuevo hay en ellas.

En consecuencia, lo único verdaderamente necesario para el cristiano es la Revelación Universal, contenida en La Tradición de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras, es decir, lo que enseña oficialmente el Magisterio de la Iglesia (ni siquiera lo que opine un sacerdote, por más santo que parezca).

He aquí lo que dice el Magisterio en el nº 10 del Compendio del Catecismo:

“¿Qué valor tienen las revelaciones privadas?

El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo.”

Y en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 67:

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

Hay, sin embargo, personas que ni siquiera han terminado sus estudios básicos y se animan a aprobar revelaciones privadas porque, según su propio criterio (!?), son buenas o se ajustan a la doctrina católica.

La Iglesia ni siquiera obliga a ninguno de sus hijos a creer en las revelaciones privadas aprobadas por ella: cada fiel es libre de creerlas o no. Es más: una aprobación significa que esa revelación privada es probable, no indudable. Lo único que está haciendo la Iglesia es informando que en ella no hay nada contrario a la fe y a las costumbres: que los fieles pueden leerlas sin peligro para sus almas.

En cuanto a los mensajes que son auténticos, ¿para qué los envían Dios, la Santísima Virgen, los ángeles o los santos? Lo hacen para atraer a los que están alejados de la fe; no son para los que ya están más maduros. Son como el kínder y la transición, antes de la primaria: con ellas Dios, su Santísima Madre, los ángeles o los santos llaman a iniciar el camino; pero el camino hay que seguirlo, no quedarse en el comienzo.

Lamentablemente, hay católicos que pierden el tiempo que deberían invertir en la formación que se describió más arriba, y lo ocupan leyendo escritos, oyendo prédicas o viendo videos sobre apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes y nuevas formas de espiritualidad…

  

 

 

 

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Ciclo B, II domingo de Pascua o día de la misericordia

Posted by pablofranciscomaurino en abril 20, 2009

Misericordia aquí

 

Nos cuentan los Hechos de los Apóstoles que los primeros cristianos tenían un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba como propios sus bienes, sino que todo lo tenían en común.

Es lo que Dios quiere: una familia. Él no pensó en una democracia, una monarquía, anarquía, comunismo, socialismo…, todos inventos de la reducida inteligencia humana; y, por supuesto, todos con defectos, fallos, imperfecciones.

Entre otras cosas, a eso vino a la tierra: a fundar una familia en la que Dios es el Padre, y nosotros sus hijos —misericordiosos como Él— hermanos los unos de los otros, por quienes seríamos capaces de hacer cualquier cosa: quiere que en esta familia cada uno compita en el amor, esto es, en el servicio.

Y, ¿cómo aseguraremos que semejante “utopía” pueda llevarse a cabo? En primer lugar, porque sabemos que esa no es obra humana sino divina: será Él quien la forjará, en el momento preciso de la historia, con su fuerza todopoderosa.

El alma de semejante familia está descrita en la carta de san Juan que leímos hoy: “Todo el que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios. Si amamos al que da la vida, amamos también a quienes han nacido de Él; y por eso, cuando amamos a Dios y cumplimos sus mandatos, con toda certeza sabemos que amamos a los hijos de Dios”.

Quizá nos parecerá todavía algo imposible, pues sabemos que nuestras fuerzas son ínfimas, si las comparamos con la empresa que nos propone, pero sabemos que “todo el que ha nacido de Dios vence al mundo”, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe en Jesús.

Tomás no tuvo esa fe en Jesús. Tal vez estemos como Tomás: todavía no creemos que Jesús nos diga: “Como el Padre me envío a mí, así los envío Yo” a formar una familia en la que reine mi misericordia, una familia que va —unida— hacia el Cielo.

En cambio, ¡felices los que tienen esa fe en Jesús, los que sin haber visto creen!

 

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Viernes Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

Aprendió a obedecer

 

Ya no parecía un ser humano; hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento. Eran nuestras dolencias las que Él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban. Fue maltratado, se humilló y no dijo nada, fue llevado cual cordero al matadero, como una oveja que permanece muda cuando la trasquilan.

Fue detenido, enjuiciado y eliminado; ¿quién ha pensado suficientemente en su suerte?

Le dijo a su Padre que pagaría nuestra culpa: eran nuestras faltas por las que era castigado; por nuestros pecados era aplastado. Él soportó el castigo que nos trae la paz, y por sus llagas hemos sido sanados.

«Si es posible, Padre, que no sufra todo lo que debo sufrir… ¡Pero no se haga mi voluntad sino la tuya!» A pesar de que nunca cometió un acto de violencia ni salió una mentira de su boca, quiso su Padre destrozarlo con padecimientos, y Él ofreció su vida como sacrificio por el pecado del hombre.

Aunque era Hijo, aprendió en su Pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que lo obedecen.

Esta es la esencia de nuestra Redención: la obediencia hasta la muerte, y muerte de Cruz.

Y nosotros, ¿somos obedientes a Dios y a su Iglesia? Cada vez que asistimos a la Eucaristía, ¿revivimos esa Pasión y esa Muerte que nos dio la posibilidad del Cielo? Efectivamente, en ese momento se borran todos los kilómetros que nos separan de Jerusalén y todo el tiempo que ha pasado desde que Cristo entregó su vida para pagar la factura que debíamos.

Estamos ahí, presenciando cómo el Hombre–Dios muere tan horriblemente, por nosotros, por nuestras culpas (aquel que diga que no ha pecado es un mentiroso). Y todo lo hizo por amor. Nace el propósito firme de nunca fallar a la Eucaristía, al menos los domingos y las fiestas, para darle gracias, para ofrecerle nuestro buen comportamiento, para perdonar a todos como Él nos perdonó a nosotros…

 

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Jueves Santo

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

¡Y se quedó con nosotros!

 

La primera información escrita de la última cena del Señor fue la primera carta de san Pablo a los corintios; era una tradición que se conocía de boca en boca.

Oralmente, entonces, se sabían las tradiciones más importantes de la esencia de nuestra Fe. Luego, con el transcurso de los años, apareció esta carta y, después, los Evangelios; así se dejaron por escrito los testimonios orales. Es esta la razón por la cual la Iglesia enseña que la Palabra de Dios está contenida en la Tradición Apostólica y en la Biblia, y ambas están resumidas en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Dentro de la Tradición Apostólica está la Liturgia, que hoy celebra la institución de dos Sacramentos: la Eucaristía y el Orden Sacerdotal; además, se revive el gesto humilde y amoroso de Jesús de lavar los pies a sus discípulos.

Jesús nos prometió quedarse entre nosotros y nos cumplió: en cada partícula de la Hostia consagrada y en cada gota del Vino consagrado están el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús. Así, nos sirve de alimento espiritual —fuerza para ser cada vez más parecidos a Él— y, además, lo podemos visitar cuando queramos… Es la culminación de la realización humana, es el encuentro más íntimo con Cristo. Es un pedazo de Cielo en la tierra. Es, por eso, la mayor muestra de amor de Dios a la criatura: ¡nosotros, que no somos nada junto a Él, recibiéndolo en nuestras almas! ¡Y pensar que hay quienes no se preparan bien para este encuentro!

Por otro lado, hoy Jesús ordena a los primeros sacerdotes. Sus sucesores, los obispos y los presbíteros están entre nosotros para administrar los Sacramentos, para servirnos como guías espirituales, para orar con y por el pueblo de Dios, para dirigir las celebraciones litúrgicas, para lavar los pies —los pecados— con el amor de Cristo…

Es la Ley del amor. ¡Demos gracias a Dios por tantos beneficios!

 

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Ciclo B, domingo de resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en abril 14, 2009

 

 

Busquen las cosas de arriba

 

Es muy triste encontrarse con cristianos que todavía no han entendido el mensaje de Jesús. Él no vino a solucionar nuestros problemas terrenales: personales, familiares, laborales, económicos o sociales; Él vino para pagar nuestras culpas y llevarnos al Cielo, a la felicidad absoluta. Y nos enseñó todo lo que debemos saber para conseguir este objetivo.

Debemos dar por supuesto que, si cumplimos lo que nos pide, seremos también felices aquí y, como si fuera poco, solucionaremos muchos de nuestros problemas terrenales; pero eso será una consecuencia, no la finalidad de la vida del cristiano.

La vida terrenal es apenas “una mala noche en una mala posada”, como dijo santa Teresa de Jesús. El mensaje cristiano se centra en la Resurrección: Jesús resucitó, y nosotros lo haremos también: a una vida feliz, inmensamente feliz, eternamente feliz, absolutamente feliz. En la tierra la felicidad que se puede alcanzar es relativa; no absoluta.

Es más: de hecho ya estamos resucitados si hemos sido bautizados, pues vivimos con esa meta en la mira: quien todavía pone todas sus esperanzas en las cosas temporales está muerto; muerto en vida, como si no se hubiera bautizado.

Por eso, san Pablo nos enseña en la segunda lectura que si hemos sido resucitados con Cristo, debemos buscar las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios. Nos dice que por lo único que vale la pena luchar es por las cosas de arriba, no por las de la tierra.

También Jesús le dijo a Marta que una sola cosa es la necesaria: el Reino de Dios, el Cielo. ¿Es así? ¿Se nos nota que es eso lo único que buscamos? ¿Está nuestro interés centrado ahí?

Recordemos que dijo que al que busque el Reino de Dios todo se le dará por añadidura. ¡Felicidad absoluta allá y felicidad relativa aquí! ¿Qué más queremos?

¿O es que estamos todavía como los apóstoles, que no habían entendido todavía la Escritura, como dice el Evangelio de hoy?

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¿Dónde están?

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

¿Qué pasó con esos cristianos que tenían la certeza de que esta vida es un viaje, un paso para llegar a la eternidad, donde encontraremos la felicidad auténtica, porque fuimos hechos para ser amados por Dios? Amaban a Dios por encima de todo, cumpliendo sus mandamientos, y amaban al prójimo, pensando primero en su bienestar que en el propio…

¿Qué pasó con esos católicos que eran consecuentes con su Fe? La conocían: se sabían de memoria el Catecismo, leían con asiduidad la Biblia, esperaban con ansia las encíclicas del Papa y los demás documentos de la Iglesia para leerlos y ponerlos en práctica; se enfervorecían con las vidas de los santos…

¿Qué pasó con esos laicos que se sabían parte del Cuerpo místico de Cristo y que, por lo tanto, no necesitaban llamarse “comprometidos”? Valoraban la Misa como la acción más importante de sus días; consideraban el tiempo dedicado a la oración como la mejor inversión; aprovechaban cualquier momento libre para ir a visitar al Señor en el Santísimo Sacramento; no dejaban de rezar el santo Rosario y las tres avemarías antes de acostarse; daban gracias, bendecían y alababan a Dios por todo, intercedían por la salvación de todos los hombres…

¿Qué pasó con esos seglares que, aunque no fueran religiosos, sabían que Dios está siempre a su lado, haciendo que todo nos sea propicio? Aceptaban siempre y en todo la Voluntad de Dios, sin pretender explicarla: sabían que de sus manos solo pueden salir cosas buenas para sus hijos; sabían que todos estamos llamados a ser santos, y por eso ponían todos los medios: oraban, procuraban hacer siempre su Voluntad y lo esperaban todo de Él…

¿Qué pasó con esos religiosos que se olvidaban de sí mismos para dedicarse por completo al servicio de Dios? No ahorraban trabajos ni fatigas por el Reino de Dios, vivían vidas sacrificadas y, en el silencio y la soledad, experimentaban una fructífera vida interior, acompañando así a Jesús en sus trabajos y fatigas, en su vida sacrificada y en su oración intensa y eficaz…

¿Qué pasó con esos sacerdotes que, dejando a un lado sus intereses personales, entregaban sus vidas a cumplir el mandato divino de ir por todo el mundo predicando la Buena Noticia, enseñando todo lo que Él mandó, administrando los Sacramentos y pastoreando el rebaño? Ardían en amor por la Iglesia, eran obedientísimos al Ordinario, austerísimos como lo pidió el Señor, valientes porque confiaban en el Señor más que en sí mismos; dejaban cualquier cosa a un lado para atender espiritualmente a cualquier oveja que los necesitara…

¿Dónde están? El Señor los está llamando. La Iglesia los necesita.

  

 

 

 

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El «edificio» espiritual

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

Existe una especie de edificio espiritual, donde viven todos los seres humanos.

Cada uno puede ubicarse para saber en qué piso se encuentra. Así podrá ir subiendo, hasta llegar a la unión verdadera e íntima con Dios, fuente única de la felicidad.

 

El sótano

Aquí están los que se encuentran en pecado mortal.

Por fortuna, son muy pocos los que están en este subterráneo: la mayoría de las veces se trata de almas que por ignorancia han actuado mal; otras, por coacciones psicológicas; y otras, por otras causas. Todas estas, por lo tanto, no viven en este sótano, sino en pisos superiores.

Por eso es doloroso oír, de vez en cuando, a las personas que teniendo plena advertencia y pleno consentimiento hacen algo malo y grave.

En esta cueva hace mucho frío y hay mucha oscuridad. Falta el amor, eso que nos hace sentir vivos, eso que da sentido a la vida del hombre, eso que le da el calor y la luz. No hay amor porque no está presente Dios, fuente única del Amor verdadero. Aunque lo nieguen o no se percaten de ello, las almas que viven aquí son infelices, confunden el amor con las pasiones o con el sentimentalismo, y así hieren a sus parientes, amigos y conocidos, y se alejan cada vez más de la posibilidad de encontrar la felicidad verdadera.

Además, se dejan llevar por las tentaciones de los espíritus malignos que habitan en esta, su cueva, y se van sumergiendo cada vez más en el mal. Helados y pasmados por el frío más intenso del desamor, pasan las horas impulsados constantemente por los demonios a pensar mal, a hablar mal, a hacer el mal, a no cumplir con sus obligaciones. Heridos por el pecado mortal como están, son presa fácil del demonio. A veces llegan con tentaciones difíciles de vencer o en condiciones peores. Es impresionante, por ejemplo, ver acá personas con obsesiones por un tema determinado: su supuesto o real desequilibrio psicológico, una persona en particular, el odio, el sexo, su orgullo, el dinero y las riquezas, su envidia o su pereza para salir de la situación en la que están… Todas estas son obsesiones demoníacas.

Es que en las paredes, por todas partes, se ven imágenes que invitan al mal. Las principales son siete: la soberbia, la lujuria, la codicia, la envidia, la gula, la pereza y la ira: los pecados capitales.

Hay, además, un túnel que conduce a una habitación inferior más sombría y tenebrosa, a través del cual algunos están entrando, muchas veces sin saberlo, al satanismo…

Morir en pecado mortal sin estar arrepentidos ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de Él para siempre por nuestra propia y libre elección. Dios no puede querer sino la salvación de los seres que ha creado; es la criatura la que se cierra a su amor, se aleja definitivamente de Dios por elección libre y confirmada con la muerte, que sella para siempre esa opción.

Debemos dar gracias a Dios porque siempre, en su infinita misericordia, pone al alcance del pecador una oportunidad, pues lo único que desea, por el amor tan grande que le tiene, es que se convierta y viva, pues Él murió por los pecadores[1]: todos los que estén en pecado mortal, antes de cualquier otra cosa, deben ir al único lugar del sótano por el que pueden salir de este atolladero: el ascensor, es decir, el confesionario. Allí está la única pero pequeñísima fuente de luz: el minúsculo botón que se oprime para llamar al ascensor. Sin la confesión, será imposible que surtan efecto en ellos las terapias psicológicas o psiquiátricas, o asesorías de otro tipo.

Y Dios desea que todos los que están en este lugar salgan pronto de Él; para eso vino al mundo. Veamos lo que le dice Jesús a una de estas almas:

«Hijo querido, yo soy Jesús, y este nombre quiere decir Salvador. Por eso mis manos están traspasadas por los clavos que me sujetaron a la Cruz, en la cual he muerto por tu amor. Mis pies llevan las mismas señales y mi Corazón está abierto por la lanza que me introdujeron en él después de mi muerte.

Así vengo a ti, para enseñarte quién soy y cuál es mi Ley. No te asustes: ¡es de amor!… Y cuando ya me conozcas, encontrarás descanso y alegría. ¡Es tan triste vivir huérfano! Venid, pobres hijos… Venid con vuestro Padre.

Tú me has ofendido, yo te perdono.

Tú me has perseguido, yo te amo.

Tú me has herido de palabra y de obra, yo quiero hacerte bien y abrirte mis tesoros.»[2]

 

El primer piso

En esta primera planta están aquellos seres humanos que viven ajenos al amor de Dios, porque no lo conocen o porque sus vidas han sido influidas por un materialismo muy fuerte, que no los deja vivir en el espíritu.

Los hay de dos tipos: los ateos, quienes niegan la existencia de Dios, y los que viven el llamado ateísmo práctico: aceptan teóricamente que Dios existe, pero actúan, hablan y piensan como si Dios no existiera.

Muchos cristianos que viven en esta planta baja, pegados a la tierra, sin miras superiores. Permanecen olvidados de Dios en su vida personal, familiar, laboral y social. Los atraen únicamente las imágenes de felicidad que hay pintadas en las cuatro paredes, los dioses del mundo: el placer, el tener, el poder y la fama.

«Yo no hago mal a nadie», suelen repetir machaconamente, pues no saben amar.

Bautizados pero no convertidos, se acuerdan de Dios únicamente en los momentos de apremio, para olvidarse de Él tan pronto como salen de sus problemas o cuando no los auxilia de inmediato, de acuerdo con sus exigencias, renegando —a veces— de su Creador.

El suelo está lleno de huecos, cubiertos con una tela negra, por donde caen con facilidad al sótano, especialmente uno que está en el centro, y que es el mayor. Estos huecos son todas las ocasiones de pecar gravemente que se les presentan de continuo. Un simple descuido y ¡caen a las tinieblas del pecado! Inmediatamente después, los demonios se apresuran a colocar una nueva tela negra con la que se oculta el hueco y se evita que entre luz al sótano.

En este primer piso no hay ventanas; la poca luz que le llega proviene del ascensor, cuando se abren sus puertas, el Sacramento de la Reconciliación.

Pero, además, se divisa otro sitio donde hay algo de luz: una escalera que tiene únicamente tres gradas altas. Estos visos de luz provienen de la ley natural que, con la gracia de Dios, puede llevar a las almas al conocimiento de Dios, a aceptarlo y a iniciar su búsqueda: es necesario que la persona haga el esfuerzo de subir el primer peldaño, el cual consiste en escuchar con atención el Evangelio: que existe un Dios–Padre que la ama entrañablemente y que desea todo lo mejor para ella; así podrá acercarse a conocer a ese Dios–Amor. El segundo escalón es, para algunos, un poco más difícil, por lo alto que es para ellos: aceptar que somos simplemente criaturas, que nuestro ser depende del Creador, que no podemos manejar nuestra vida tan acertadamente como Él, pues nos ama infinitamente y, como nos hizo, sabe mucho mejor qué es lo mejor para nuestra felicidad. Una vez en esta grada, se puede pasar al tercer escalón: como Creador, Dios tiene una Ley, «pero una Ley llena de suavidad y de amor»[3]: vivir las obligaciones del bautismo.

 

El segundo piso

Aquí están todos los que, movidos más por interés que por amor, ejecutan lo estrictamente necesario para merecer, al fin de la vida, la recompensa de sus trabajos. Cumplen los mandamientos, no tanto para ganarse el Cielo cuanto para no ir al infierno.

Con frecuencia, en este sitio se ven los que pertenecen a «grupos de oración» y a espectáculos de sanación en los estadios; asisten asiduamente a la celebración de la Eucaristía y oran con continuidad; cuentan las maravillas realizadas en ellos desde que se acercaron a Dios, están enfervorecidos animando a otros a seguir ese camino… Pero no está centrado su interés en dar gloria a Dios, sino en conseguir, bien cosas materiales, bien espirituales, como encontrar alivio a sus penas, llenar sus vacíos interiores, «huir» de la cruda realidad, llenarse de paz y de gozo espirituales, etc.

Y esa paz y ese gozo se les van, cuando no «sienten» la presencia de Dios, cuando las cosas no les salen como querían, cuando tienen un percance, cuando su supuesta fortaleza se derrumba con la muerte de un ser querido o una tragedia o un percance económico o la traición de un amigo…

Acá viven también los que se complacen porque son «de los buenos, no como los demás pecadores». A veces se ufanan ante los demás de ser buenos cristianos. Los hay también orgullosos de sus buenas obras, de sus rezos, de su «amor» para con los demás…

Como se puede deducir fácilmente, todos ellos se acercan a Dios por interés, para sacar utilidades. No han leído a Dios, quien dice:

«La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón»[4].

Las paredes, en este piso, tampoco tienen ventanas. A cambio de eso, en la parte alta de las paredes hay unas pequeñas claraboyas que dejan pasar algo de luz al recinto. Desdichadamente son pocos los que pueden empinarse para ver algo del Cielo, debido al peso que llevan a sus espaldas: su egocentrismo.

Esas paredes estás tapizadas con espejos, donde la mayoría se la pasan mirándose y aumentando su egoísmo, ese inmoderado y excesivo amor a sí mismo, que hace atender desmedidamente al propio interés, sin cuidarse del de Dios ni del de los demás. Hasta los hay ya ególatras, con un amor excesivo de sí mismos.

Todos los que aquí viven, caerán fácilmente por los huecos pequeños que hay en el piso, cubiertos también engañosamente por una tela gris oscura, cuando sean atraídos por las llamadas provocativas de los ángeles malos, es decir, las tentaciones a las que son sometidos, especialmente en el agujero de su soberbia.

Pero sí sabrán cuidarse mucho del agujero grande que está en el centro, tapado por una tela negra: les aterra la idea de pecar gravemente y, si caen, pronto se reconciliarán con Dios; pero están mucho más lejos de Dios de lo que creen.

Ese autoengaño les causa muchas penas cuando alguna otra persona los delata o cuando ellos mismos se percatan de su verdadera situación.

Además del ascensor —el perdón divino a través de la confesión—, pueden tomar la escalinata que hay para subir a pisos superiores: aprender que amar a Dios consiste en cumplir los mandatos amorosos que nos dejó a través de Moisés y de la Iglesia:

«Si ustedes me aman, guardarán mis mandamientos»[5].

 

El tercer piso

Permanecen en esta planta los que no han comprendido el amor con que su Dios los ama; no les falta buena voluntad; viven bajo la Ley, pero sin amor; siguen la inclinación natural hacia el bien que la gracia depositó en el fondo de su corazón.

En términos generales son hombres buenos: cumplen los mandamientos, asisten a la Santa Misa, son honestos con los demás, con su trabajo y, en cierto sentido, con Dios.

En este habitáculo también hay agujeros, pero es más fácil descubrirlos, pues la tela que los cubre es gris clara. También se encuentra el hueco del centro, mayor que los demás, pero menor en tamaño que el de los pisos uno y dos.

En los muros de este piso hay ventanas por las que se ve la creación visible: los reinos mineral, protista, vegetal y animal, como también los seres humanos. En cambio, aquí permanecen casi siempre escondidas esas realidades invisibles —pero realidades—, como la Santísima Trinidad, la Virgen María, los arcángeles, los ángeles, los querubines, los serafines, los santos, las almas del purgatorio o, también, los demonios.

Sin embargo, entra suficiente luz para que, cuando alguien les explique un poco más de lo que ven, puedan observar esas otras verdades espirituales.

También entra algo de calor: cuando se les presenta la posibilidad, los que viven acá se mueven a compasión, se muestran caritativos con los necesitados.

A los que viven aquí, aunque no son servidores voluntarios pues no se presentaron nunca a recibir las órdenes de su Señor, como no tienen mala voluntad, les basta a veces una invitación para prestarse gustosos a los servicios que les piden; es decir, una propuesta a subir por la escalera ancha que lleva al piso siguiente: es bueno recordarles que Dios ya les ha dado la vida, lo que tienen desde el punto de vista material y la Fe; además, conviene recordarles que Jesús se encarnó y los redimió, y que los llenó de privilegios: la Iglesia, los sacramentos y la promesa de la felicidad eterna en el Cielo.

Esa escalera es, por lo tanto, la evangelización.

 

El cuarto piso

En esta etapa espiritual están los que sintieron conmoverse su corazón ante lo que el Hijo de Dios ha hecho por salvarlos y, llenos de buena voluntad, se presentan a Él, buscando cómo podrán publicar la bondad de su Señor y, sin abandonar sus propios intereses, trabajar por los de Jesucristo.

Cumplen con sus obligaciones de hijos, hermanos o padres y, mientras trabajan honradamente, sacan el tiempo necesario para colaborar con Dios en la salvación de las almas y en la extensión de su Reino:

Son, primero, almas de oración diaria; viven intensamente la Eucaristía como centro de su espiritualidad, ya que en ella encuentran la esencia de su salvación; rezan el Santo Rosario con gran devoción y realizan otras oraciones buscando pagar así a Dios todo lo que Él les ha dado.

En segundo lugar, trabajan en obras de apostolado en su parroquia o colaboran con los sacerdotes en todo lo que su tiempo y obligaciones se lo permiten… En fin, aman a Cristo.

La luz que hay en este piso entra por todos lados, ya que sus paredes son cristales: no solamente se puede contemplar la naturaleza, sino que se ven más fácilmente las realidades espirituales; además, la temperatura es cálida, puesto que hay amor a Dios y, consiguientemente, amor por los demás.

Ciertamente hay huecos en el piso, pero están destapados y son, por lo tanto, visibles: es más fácil distinguir el pecado de la virtud. Por otra parte, el agujero del centro, el del pecado mortal, es menor que el del tercer piso. Por eso hay paz…

A estos, el Padre del Cielo les ha dicho:

«Guarden la Ley que les ha dado su Dios y Señor. Guarden mis mandamientos y, sin desviarse a derecha ni a izquierda, vivan en la paz de sus fieles servidores».

 

El quinto piso

Se hallan aquí los que han conocido verdaderamente a Dios y, movidos por impulsos del amor, sienten vivos deseos de entregarse por completo al servicio de Dios Padre, sin ningún interés personal.

Dicen así:

Dios mío, me regalaste la vida; no tenías necesidad de hacerlo, nada te obligaba… Me has mantenido con vida hasta hoy. Me obsequiaste el universo para disfrutarlo: el cielo, el mar, la tierra, el aire, los alimentos, las plantas, los animales, los otros seres humanos, mis amigos, mis seres queridos… Me diste la inteligencia que tengo, la posibilidad de trabajar, la familia que poseo, la salud de la que he gozado hasta ahora…

Me creaste para que fuera inmensamente feliz: después de una vida terrena de bienestar, gozo y paz, una vez cumplido el tiempo destinado, me llevarías al Cielo para llenarme de esa plenitud de dicha sin fin, junto a ti, el único que puede llenar nuestras ansias de felicidad… ¡Cuánto me amas!

Incitado por Satanás, me llené de soberbia queriendo ser tan sabio como tú. Esa grave ofensa de desobediencia y altanería de una criatura contra su Creador tuvo, como consecuencia lógica y natural, la pérdida de las gracias que tú nos habías regalado: apareció el dolor, la enfermedad, la muerte, y perdimos el derecho al Cielo.

Pero, infinitamente misericordioso como eres, no podías permitir eso: tu Hijo se ofreció a pagar lo que yo debía.

Y, aunque era suficiente con una sola gota de sangre que derramaras, te excediste en amor: naciste pobre, lejos de tu casa, en un establo para animales; escogiste aparecer como hijo de un carpintero y vivir en un pueblo de mala fama; predicaste durante tres años a todos el amor verdadero de tu Padre… ¡Todo eso lo hiciste por mí!

Te dejaste apresar como un malhechor; fuiste traicionado por uno de los tuyos, negado por el principal de tus discípulos y olvidado cobardemente por todos los demás; fuiste culpado como un malhechor; nunca hubo un juicio tan injusto para un inocente más inocente… Y, ¿todo por amor a mí?

Te azotaron hasta el cansancio, te vistieron como rey de burlas, te pusieron una corona de espinas, te humillaron… ¿Tú, Jesús —Dios— por mí, un pecador? ¿Por qué me amas tanto?

Te hicieron cargar la Cruz donde morirías, te clavaron hasta descoyuntarte los huesos, y te dejaron morir de anemia en una agonía de cerca de tres horas, en las que no podías ni siquiera acercarte una mano a la cara ni descansar tu dolor de los pies pues te dolían los clavos de tus manos… ¿Por mí? ¡Qué derroche de amor!

Dime, ¿qué puedo hacer por ti?

¡Pídeme lo que sea! De verdad: lo que sea. Déjame mostrarte mi amor…

¡Qué poco sería dar la vida por ti! Te prometo que, desde ahora, haré siempre tu voluntad.

Dios Padre les ha respondido:

«Deja tu casa, tus bienes, déjate a ti mismo y ven; haz cuanto yo te pida»[6].

Analicemos esas palabras del Padre: «Deja tu casa» no significa «Deja tu hogar». La casa, el edificio para habitar, es distinto del hogar, palabra que viene de hoguera y que significa sitio donde se hace la lumbre, fuego, calor, «calor de hogar», es decir, familia.

Lo que hay que dejar, entonces, es el amor por lo material. De hecho, Dios nunca querrá que dejemos de amar a nuestros seres queridos; por el contrario, nos pide encarecidamente que nos amemos los unos a los otros:

«Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando.» [7]

Y nos dice, además, cómo debemos amarnos:

«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por sus amigos.»[8]

¡Hasta dar la vida debemos amarnos!

En cambio, sí nos pide que no amemos así la «casa», es decir, todo lo que significa: el edificio mismo, los muebles, los electrodomésticos, la ropa, la comida, el dinero que se debe conseguir mensualmente para mantener esa casa…

Tampoco debemos apegarnos a los demás bienes materiales.

Esas cosas deben representar para nosotros un préstamo que Dios nos hace en esta vida terrenal, para nuestro bienestar y para el de los demás; no más, como a veces ocurre cuando les damos tanta importancia, que se nos olvida lo principal: la gloria de Dios y la salvación de las almas.

«Marta, Marta,    andas preocupada y te pierdes en mil cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.»[9]

Luego dice: «déjate a ti mismo», queriendo significar con eso que tampoco nos pongamos a nosotros mismos por encima de esas finalidades fundamentales de nuestra vida. Él lo había dejado claro:

«Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga”.»[10]

No quiere Dios que nos despreciemos o que nos odiemos, sino de que dejemos nuestros intereses egoístas por lo único que vale la pena: el amor de Dios.

Luego prosigue diciendo: «y ven». Con esto quiere decir: «ven hacia mí», es decir, deja todo eso y decídete por mí, hallarás lo que necesitas para ser feliz.

Por eso, los que viven aquí, si son casados, aman a su cónyuge y a sus hijos por amor a Dios, para su gloria: conciben que el cónyuge es la imagen de Dios a quien ellos tienden y en quien encuentran su verdadero complemento… Y aman sin reservas egoístas a sus hijos, porque saben que eso alegra el Corazón de Jesús. Si son sacerdotes o religiosos, entregan su sexualidad en una oblación perfecta, directamente, a Dios.

Todos saben que su trabajo será, como su vida espiritual, oración y unión con la Cruz de Cristo. Por eso lo hacen bien, para ofrecérselo diariamente a Dios, como homenaje a su realeza y a su bondad…

Entre sus conocidos son ejemplo de paz y gozo interiores, de amistad sincera y desinteresada, de generosidad, de desprendimiento, etc.

Su lema es:

 

«Como criaturas, vivir para glorificar a Dios Padre;

revestidos de Jesucristo, ayudarlo a salvar almas;

y, llenos del Espíritu Santo, derramar ese amor a todos.»

 

Este último piso es la terraza, desde donde se puede explayar la vista; además, está cerca del Cielo: se viven las realidades espirituales.

Con agujeros más pequeños, tiene poco riesgo de caer en el  pecado, y son verdaderamente libres.

Sin paredes, cerca del calor y de la luz del Dios— Sol, los que habitan este privilegiado lugar no tienen otro deseo ni otra ocupación que no sea hacer la Voluntad de Dios.

Centran su vida en conocer esa divina Voluntad, a través de la oración, y en ponerla en práctica de inmediato y del modo más perfecto, para agradar a su Creador y Redentor. Pasan los días, las horas y los minutos pendientes de cómo satisfacer a Dios y ayudarlo a salvar almas.

Aman entrañablemente a Jesús sacramentado, asistiendo con fervor al Sacrificio incruento de la Santa Misa, comulgando con admiración por el amor de Dios que se empequeñece para ser alimento y vida de los bautizados, visitando con frecuencia a Jesús en el Tabernáculo…

Viven en actitud de agradecimiento, adoración y alabanza: es su vida la que alaba a Dios: con sus obras, con sus palabras y con sus pensamientos… Hasta con sus sentimientos quisieran hacer lo que la Sagrada Escritura llama sacrificios de alabanza…

Y escogen la Cruz: no van a la oración a recibir consuelo sino a dárselo al Sagrado Corazón de Jesús; si el Señor se les muestra esquivo y hay «sequedad» espiritual, la aceptan con tal de agradar a su Dios, y nunca fallan a la cita con su Jesús; su oración ya no es por ellos mismos, es por los demás: para que sean eternamente felices; se concentran sólo en la Gloria de Dios y en la salvación de las almas.

De hecho, aman la Cruz: saben que Jesús nos redimió en la Cruz, no con los milagros ni con la fama ni con el bienestar; ni siquiera con la predicación. Por eso, a la hora de los servicios a los demás o de las tareas apostólicas, escogen las más sacrificadas y escondidas; Prefieren no sobresalir, esconden sus virtudes, dejan que Jesús se luzca…

Recuerdan cómo murió Jesús: sentía dolor físico, sed, los tormentos de la agonía, todos lo habían abandonado, se le iba la vida… Y quiso amar más: sintió hasta el abandono de su Padre:

«Y a esa hora Jesús gritó con voz potente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”»[11]

¡Es el colmo del despojo! ¡Es el colmo de la entrega! ¡Es el colmo del amor!

Por eso, los del quinto piso no menosprecian el frío, el calor, el dolor físico, el desprecio, la indiferencia, la pobreza, el hambre, la sed, la enfermedad, la crítica, el irrespeto, la esclavitud, la ira de los demás, la humillación, el desamor, la deshonra, la soledad, el desamparo, el rechazo, el cansancio, la ingratitud, las ofensas, el desconsuelo, la incomprensión, la incomodidad, el desprestigio, la cárcel, el despojo, la mala interpretación de los demás, la injusticia…[12] Aceptan todo eso con amor, por amor a Jesús y a las almas, se unen así al Redentor y se alistan, sin buscarlo, al premio que les espera.

Mientras tanto, sólo desean amar, amar, ¡amar!

De aquí salen los mártires. Por eso podemos decir que el martirio es una consecuencia, no algo que se busca. Asimismo, la santidad no es una finalidad, es un resultado. Resultados ambos del amor a Dios.

Aquí se da la oración de contemplación[13], porque aquí desaparecen los egoísmos, los apegos, y los apetitos; todos quedan desnudos de todo: solo les importa Dios. Hacer eso es poner por obra lo que les dijo Dios Padre: dejar su casa, sus bienes, dejarse a sí mismos y, con Jesús, hacer cuanto el Espíritu Santo les pida.

Solo aquí la muerte es un paso: desde este séptimo piso (contando los sótanos) vuelan las almas, suavemente, sin sobresaltos, hacia el Cielo…

 

 


[1] Cf. Rm 5, 6

[2] Carta de Dios, p. 102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[3] Carta de Dios, p. 101-102, MRC editores 1991, Bogotá, Colombia.

[4] 1S 16, 7b

[5] Jn 14, 15

[6] Carta de Dios, p. 95, MRC editores, 1991, Bogotá, Colombia.

[7] Jn 15, 17

[8] Jn 15, 12-13

[9] Lc 10 41b-42

[10] Mc 8, 34

[11] Mc 15, 34

[12] Cf. Cómo hacer meditación, p. 55, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

[13] Cf. Cómo hacer meditación, pp. 82-86, MRC editores, 1997, Bogotá, Colombia.

  

 

 

 

 

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Ciclo B, domingo de ramos

Posted by pablofranciscomaurino en abril 9, 2009

 

La esencia de la sabiduría divina

 

Hoy se nos presentan dos acontecimientos: la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén y la Pasión del Señor. Es difícil entender su relación, pues primero Jesús es aclamado como Dios y luego es torturado hasta la muerte como un esclavo; este es uno de los misterios más maravillosos de nuestra fe: un Dios se hace hombre para que el hombre pueda llegar a Dios.

Esto nos ensaña que en la medida en que el ser humano se despoja de sus ataduras, de sus apegos, de sus malas inclinaciones, en esa medida crece su capacidad espiritual, se hace más cercano a Dios…

Debemos morir al pecado y a las malas acciones para poder llegar a Dios, a ese estado en el cual Él gobierna nuestras acciones: ya no tomamos las decisiones, basados en criterios humanos, sino que es el Espíritu Santo quien nos ilustra, quien nos dirige, quien decide por nosotros.

Así, cada acto estará lleno de la sabiduría divina, es decir, ya actuaremos según Dios y no según nuestro pobre modo de entender, equivocándonos con frecuencia, pues estamos viciados por el pecado original.

Así lo hizo la segunda Persona de la Santísima Trinidad, la Sabiduría encarnada. Y, ¿cómo lo hizo? Él mismo nos lo dice: No me resistí ni me eché atrás. He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban, mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los escupos.

En la segunda lectura está la esencia de esta sabiduría: Cristo, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Si hacemos eso, reconocernos criaturas, seres falibles, capaces de caer, necesitados de Dios, Él nos engrandecerá también a nosotros y nos dará la sabiduría, con la que llegaremos a la meta de todo ser humano: la felicidad.

 

 

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Cómo defendernos del Maligno

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

UNA PARADOJA QUE HAY QUE CONOCER

 

El ser humano fue creado para ser inmensamente feliz, gozando eternamente de la infinita bondad, belleza y sabiduría de Dios; por eso, es atraído continuamente por estos tres atributos divinos: lo cautiva toda bondad, le encanta la belleza y lo seduce la verdad.

Sin embargo, el Demonio pretende constantemente desviar esos intereses por otros bien definidos: el placer, el tener, el poder y la fama.

Y muchos hombres andan tras esos falsos dioses, buscando encontrar un poco de felicidad…, y no la hallan.

 

El placer

Ir tras los placeres deja al alma siempre insatisfecha: cada vez desea más y más, y cada vez se hunde más en el fango del deseo.

Poco a poco pierden la libertad, ya que sus intereses se comienzan a centrar en el hedonismo; y nunca llegan a ser felices, porque sin libertad no es posible encontrar la felicidad.

Quienes buscan el placer como finalidad principal en sus vidas caen con frecuencia en los pecados de lujuria, gula o pereza. Así, sus almas se van enfermando cada vez más y, lo que es peor, por este camino arriesgan su felicidad eterna en el Cielo.

Es necesario, entonces, que luchemos contra cualquier posibilidad de apego a los placeres.

Para ganar esta batalla, debes impedir que tu cuerpo sea el dueño de tu vida y de tu voluntad; que lo puedas someter con facilidad; que sea tu esclavo, no tu amo.

La mejor forma de hacerlo es contraponer al deseo desordenado de placer el espíritu de MORTIFICACIÓN. Como los santos, te puedes proponer dominar tus apetitos y unirte a la Cruz de Cristo en forma real, ofreciendo las penas y dolores que te dé la vida, y tus penitencias y sacrificios voluntarios (especialmente los que le sirvan a los demás). Todo con tres objetivos: para reparar los perjuicios que los seres humanos le hemos causado a la gloria de Dios con nuestros pecados, para ayudarlo a salvar almas y para repartir su Reino de amor, paz y alegría entre los hombres.

Te convertirás así en una víctima que consuela al Señor, a la manera de Cristo, y serás libre…, y feliz.

Repite, para lograrlo:

 

«Nada deseo, fuera de la Cruz del Señor.»

 

El tener

Perseguir el dinero o las cosas materiales también esclaviza. Hay miles de personas que se «matan» trabajando para conseguir un poco de dinero. ¡Cuánto bien harían si esos esfuerzos los pusieran al servicio del prójimo…, Cuántos santos se forjarían si se pusiera ese ahínco para las cosas de Dios…!

La codicia tiene presos e inutilizados a muchos: si no tienen dinero, sufren; si lo tienen, no saben cómo guardarlo, por si lo llegan a necesitar después; y si tienen mucho, se atormentan porque los pueden matar o secuestrar (a ellos o a sus seres queridos)…

Hay también quienes viven pensando en cómo demostrar a los demás que son ricos (o que no son pobres), porque se han rebajado tanto que piensan que no son nada sin posesiones (!?).

¿No es esto perder la libertad? El ser humano está hecho para la eternidad feliz. ¡Qué triste es ver a alguien luchar y trabajar por cosas tan pequeñas! Los bienes materiales duran muy poco, comparados con los espirituales: estos te los puedes llevar a la eternidad.

Los atractivos de esta tierra anulan a muchos hombres y mujeres, que pierden la visión de la auténtica verdad: esta vida es solo una mala noche en una mala posada, como dijo santa Teresa de Ávila. El día que comprendamos esto seremos más libres.

Por eso, el espíritu de POBREZA siempre ha sido y seguirá siendo la elección de los santos. No se trata de no tener, se trata de saber que las cosas son medios, no fines; se trata de poner tu seguridad en Dios, no en los bienes materiales; se trata de ser ricos, porque tenemos a Dios, y eso nos basta, y nos sobra; se trata de que pienses en grande: el Cielo, la auténtica felicidad.

Acostumbra a decir:

 

«Nada tengo; mi riqueza es el Señor.»

 

El poder

El poder no es malo ni bueno en sí mismo: si se tiene para servir, es bueno; si se posee para dominar a los demás o para beneficiarse de ellos, nos dañamos nosotros mismos, porque nos apegamos al poder, como sucede con el tener; es el Demonio quien triunfa.

Aunque los hay, es raro el caso de quien tiene poder y no se ensucia explotando a los demás, sirviéndose de ellos para sacar provecho, llenándose de egoísmo o de ira…

Ir tras el poder para estas malas intenciones es, además de perverso, estúpido: ningún poder temporal llena las aspiraciones del ser humano, puesto que fue hecho para metas más altas, para valores superiores: el amor eterno del que se goza en el Cielo.

Si deseas estos valores, debes estar decidido a servir siempre y a negarte al deseo del poder. Es el Señor quien todo lo puede: en todo dependes de Él.

Por eso, el mejor camino para ser feliz en esta vida y la otra es darte cuenta de que Dios es la fuente de todos tus dones, quien te dio todo lo que tienes, quien da todo a todos, de quien todo procede…; y de que tú no puedes nada por ti mismo.

Llénate de CONFIANZA en Él. Di a diario:

 

«Nada puedo. Todo lo hace el Señor.»

 

La fama

El aplauso, la admiración, el buen nombre, el respeto de los demás, la imagen, el «qué dirán»… Dioses de nuestros tiempos que pretenden reemplazar al Dios único y verdadero: el Amor.

Engreídos, arrogantes, soberbios, petulantes, vanidosos, llenos de sí mismos… Y todo, porque se sienten menos. Qué sabio es el dicho: «Dime de qué te ufanas y te diré de qué careces».

Pretenden proyectar una imagen de bienestar, y son los más infelices de la tierra. Buscan el aprecio de los demás, y todos les huyen (menos los interesados en su dinero o en el provecho que les puedan sacar). ¡Se jactan de su nada! Qué triste espectáculo el que dan: son seres inflados de… aire.

Y cuando acaban los aplausos y se encuentran consigo mismos, ¡qué desventura verse tan solos y tan vacíos!

A veces la envidia los carcome por dentro; otras, el egoísmo los aísla de la felicidad. Pero siempre la soberbia los aniquila.

¡Lo único que merecemos todos es el infierno! Si nos salvamos es por la misericordia de Dios, si tenemos cualidades son un regalo de la misericordia de Dios, si hacemos el bien es por la misericordia de Dios…

En esto consiste la HUMILDAD: en saber que todo lo bueno que tenemos es por obra y gracia de Dios. Qué virtud tan olvidada y tan tergiversada. ¡Y tan útil  para la felicidad del ser humano!

La humildad es la verdad: tú eres criatura y, aunque te parezca un exabrupto, ¡se nos olvida a menudo que somos criaturas!

Por eso debes repetir constantemente:

 

«Nada valgo sin el Señor, que me sacó de la nada.»

 

Y una de las mejores maneras de ser humildes es la OBEDIENCIA. Obedecer al Creador, porque Él es la sabiduría: nosotros no sabemos nada junto a Él. Y obedecer a la Iglesia que Él fundó, porque en ella dejó todas las indicaciones para que fuéramos inmensamente felices.

No puedes cometer el error de creer que sabes más que Él; di:

 

«Nada sé, mi sabiduría es el Señor.»

 

Obedecer la Ley del Amor: amor a Dios, amor a tus hermanos los hombres y amor a la naturaleza que te dio como hogar…

Amar hasta el extremo, como Jesús, que dio la vida por sus amigos… ¡Es tanto lo que nos falta!

Tú —recuérdalo— dejarías de existir si Él dejara de pensar en ti un solo instante.

Por eso, conviene que te abandones en Dios. Con Él todo lo tienes, con Él todo lo puedes, con Él sabes todo lo que necesitas saber, con Él eres todo; sin Él, nada.

 

«Nada soy; solo el Señor es.»

 

En la lucha contra el Maligno la mejor estrategia es anularse porque, cuando pretendemos ser algo, el espíritu del mal se aprovecha y nos hace fallar en nuestro intento por ser felices. Sé sagaz: di siempre:

 

«No tengo nada, no sé nada, no puedo nada, no valgo nada, no soy nada, pero “TODO LO PUEDO EN AQUÉL QUE ME CONFORTA” (Flp 4, 13)».

 

   

  

 

 

 

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Carta al Santo Padre

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

Su Santidad:

Francisco.

 

Santísimo Padre:

 

Que la paz del Señor esté siempre con usted.

Le escribo para desahogar mi corazón, pues lo siento totalmente desgarrado, como nunca lo había sentido.

Desde que leí el grito de san Francisco de Asís: «¡El Amor no es amado!», quedé sobrecogido. La historia de Dios con los hombres es y ha sido siempre así: Él, tratando de acercarse para darnos la felicidad auténtica —buscando no herir en lo más mínimo el don de la libertad que nos dio—, mientras nosotros huimos, despreciando sus infinitos dones de Padre amantísimo…

Y si a todas las ofensas y faltas de amor del mundo añado las mías, ya no sé qué hacer… ¡Me duele el corazón!… ¡Jesús dio la vida de una manera verdaderamente atroz para pagar nuestros pecados y nuestro desamor!… Y, ¿cómo le pagamos ese derroche de amor? ¡Con más desamor y con más ofensas!…

Cuando contemplo la Pasión y la Muerte de ese Amor de los amores —cosa que hago a diario—, me quedo admirado de nuestra miseria, pero más aún de su infinita misericordia: siempre sobrepasa con creces nuestra capacidad de ofenderlo, que parece que fuera infinita…

Esa eterna misericordia suya y no algún mérito mío —que no tengo ninguno— me ha hecho comprender que si hay algo que le duele más, si hay algo que lo hizo llegar a tales extremos, si hay algo que lo hizo capaz de cargar en sus hombros todos los pecados del mundo y sentir la infinita justicia del Padre pesar sobre Él, fue su Alma sacerdotal, ya que Él es el Sacerdote del que proviene todo sacerdocio.

Por eso y por su gracia, entendí que las ofensas y faltas de amor de sus elegidos, los sacerdotes, lo hacen sufrir más que nada. Una sola falta de amor, de delicadeza, de esos hijos suyos predilectos, le duele más que los más graves pecados de los demás seres humanos… Lo hacen sufrir indeciblemente. ¡Si comprendiéramos lo que pasó en el Huerto de los Olivos por eso!… Las ofensas de los laicos hacen sufrir indeciblemente su santísimo Cuerpo, pero las faltas de amor de sus sacerdotes desgarran su Corazón amantísimo…

Por eso, y por muchas razones más, decidí hace ya muchos años ofrecer mi vida por los sacerdotes, los hijos predilectos de Dios. Ahora sé que santa María Magdalena de Pazzi también dijo la misma frase de san Francisco y que, por fortuna, son muchos los cristianos que dedican su vida a suplir el desamor de los sacerdotes para con su Dios y a reparar por todas sus ofensas…

Pero el dolor que esto me causa es, como le dije, desgarrador… ¡Cómo no comprobar —por ejemplo— que a veces las delicadezas de amor que algunos cónyuges se tienen entre sí son mayores que las que tienen ciertos sacerdotes para con Dios!

Algunos tratan al Santísimo Sacramento como si allí no estuviera realmente presente Jesús. ¡Cómo resuenan en mis oídos esas palabras de una parroquiana que le decía a un sacerdote que salía a predicar retiros espirituales a otros ministros consagrados: «Padre: dígales que traten con delicadeza a Nuestro Señor en la Eucaristía, ¡que parece que algunos no creyeran en su presencia real»!

Y, ¿qué decir del descuido de las normas litúrgicas? ¡Cuántos hay que cambian las palabras del Misal, porque creen que su forma de decirlas es más acertada que lo que decidieron los miembros de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos! En esto no hay solamente desobediencia —que es falta de humildad, indispensable para la santidad— sino prueba evidente de desamor.

El que es fiel en lo pequeño, es fiel en lo grande. Son muchos, por ejemplo, los que desobedecen (y hasta ignoran) la instrucción Redemptionis Sacramentum, donde se explican muchos de los desafueros que se cometen diariamente en la celebración eucarística.

El amor auténtico se expresa en las cosas pequeñas. Si, por ejemplo, yo ignorara lo que le gusta o disgusta a mi esposa, le mostraría así mi desinterés y mi desamor; y a ella —aunque imperfecta en el amar— le dolería. ¿Cuánto más le dolerá a Jesús, el Amor ingente?

Un hombre que no ama no tiene detalles de amor. Y después comenzará a fallar en cosas cada vez más importantes: ya hay quienes se salen de la esencia del rito de la Eucaristía: en vez de leer en el Misal: «Esto es mi Cuerpo», dicen: «Este es mi Cuerpo», sin recordar la traducción latina: «Hoc est enim Corpus meum». Y los feligreses que saben esto se preguntan si hubo consagración, si asistieron a la Eucaristía o si realmente comulgaron (o si más bien se comieron un pedazo de pan con forma de oblea pequeña)… Algunos, si se los corrige (qué dolor decir esto: que los laicos tengamos que corregir a los sacerdotes), se muestran agradecidos; pero otros se molestan… Lo mismo ocurre con la segunda parte de la consagración: ya salió la nueva edición del misal corrigiendo el error de traducción que duró casi cuarenta años: se debe decir: « y por muchos» (et pro multis); pero son pocos los que han obedecido…

Por otra parte, ¡cuántas veces se encuentra uno con sacerdotes que no preparan sus homilías; que no saben qué se celebra ese día, que no distinguen entre una solemnidad, una fiesta y una memoria; que les da lo mismo el color de los ornamentos con los que se van a revestir…! Y que, llenos de soberbia, se excusan diciendo que eso no es importante…

¡Cómo duele asistir a la Santa Misa en tantos templos y escuchar sacerdotes que en sus homilías repiten lo que se leyó en el Evangelio (o en las lecturas) o que se alargan discurriendo sobre muchos temas sin concatenación alguna, no dejando nada útil en las almas de sus feligreses!…

Hay otros que sí tienen y enseñan doctrina, pero ¡qué falta de espiritualidad!, ¡se nota que no tienen vida interior, que no aman a Jesucristo! Es evidente que no oran…

¿Cómo no preguntarse por qué o para qué algunos se hicieron sacerdotes? ¿Qué fue lo que los movió? No el amor, ciertamente… ¡Y esto es funesto!: si un laico se casa con su novia sin estar enamorado, está engañándola o quizá engañándose; lo primero es deshonesto, y lo segundo, deplorable; además, nunca será feliz. ¡Pero que un seminarista se ordene sin amar intensamente a Dios es algo verdaderamente trágico!

Además, ¿cómo es posible que un ser humano determine la dirección de su vida sin juicio suficiente y maduro? Por eso, esos sacerdotes no son felices, ¡se les nota! Es obvio deducir que se ordenaron por razones distintas al amor y, lógicamente fue una decisión, no una respuesta a un llamado divino. ¿Acaso no se dan cuenta de que eso es tratar de burlarse de Dios?, ¿que se están jugando la vida eterna? El autoengaño es atroz, ¡y el dolor de Jesús infinito! El sacerdote nunca encontrará la felicidad y dejará una herida inmensa en el amorosísimo Corazón de Jesús… ¡Otra herida más!

Créame, Santísimo Padre, que cuando veo todas estas cosas oro mucho más intensamente, ¡y se me quita el miedo al dolor!: ofrezco más sacrificios para aliviar el Corazón dolorido de Jesucristo, que padece una segunda y una tercera pasión… Santísimo Padre, ¡oremos! ¡Suframos con Jesús, que está muy ofendido, muy solo, abandonado por muchos de los suyos! ¡Reparemos tanto dolor!

¡Cuántos ministros ordenados hay que andan por la vida, en medio de una tibieza peligrosísima, sin orar, sin tener una íntima y constante relación con quien les dio esa eminentísima vocación! ¿Puede creerlo, Santísimo Padre? ¡Hay sacerdotes que no oran! ¡Hay sacerdotes que no están clavados con Cristo en la Cruz! ¡Hay sacerdotes que se ocupan de muchas cosas menos de su grey! Es fácil deducir que estos sacerdotes no tienen una buena dirección espiritual. Y, ¡cuántos hay que no se confiesan! ¿Se imagina el grave peligro en el que se encuentran sus almas?

¡Cuántos son cobardes a la hora de unirse efectivamente a Jesús en la Cruz! ¡Cuántos se olvidan de la salvación de las almas que les han sido confiadas! No se sacrifican por sus ovejas. Esto, por otra parte, explica la gran desbandada de católicos a otras denominaciones y a credos neopaganos.

¡Qué dolor oír sacerdotes que solo hablan de sí mismos: de lo buenos que son, de las labores caritativas que hacen, de sus logros! O también aquellos que hablan mal de otros sacerdotes —a veces hasta en público, en sus homilías—; o, lo que es peor, de su propio Obispo, a quien le deben obediencia, respeto y reverencia, más aún que a otros obispos, puesto que están incardinados a esa diócesis. Esta soberbia sublime requiere de muchas mortificaciones y oraciones largas y constantes de nuestra parte, impetrando el perdón divino; ¡si no las hacemos, se perderán!

Y, ¿qué decir de los sacerdotes que no tratan con amor a la feligresía?, ¿de los que corrigen con autoritarismo, ofensas o levantando la voz? ¿Dónde está ese amor que se supone que los llevó a consagrarse al Esposo divino? ¡Sangre de Dios que rueda a caudales! ¿No lo hace llorar todo esto?…

Piense, por un momento, en la suerte de todos esos sacerdotes… Están arriesgando la vida eterna. ¿Se salvarán…? Si podemos hacer algo por ellos, ¿por qué no intentarlo? ¿No vale la pena? ¡Acompañemos a Jesús en este martirio prolongado! ¡Esos, sus hijos predilectos, valen mucho a sus ojos! ¿Acaso no valen toda su Sangre?

¿Qué haremos por los sacerdotes que recomiendan el uso de anticonceptivos, el matrimonio civil o la unión libre, las relaciones prematrimoniales, etc.?

¿Y por aquellos que caen en la lujuria, pecando contra el sexto y el noveno mandamientos?, ¿los homosexuales?, ¿los que se aprovechan de niños y les quitan su inocencia?…

Preguntémonos qué está pasando con los formadores de los seminarios. ¿Cómo están ayudando a discernir esas vocaciones? Para que no se cuelen falsas vocaciones, ¿hacen selección? ¿Piden efectivamente luces al Espíritu Santo o solo les importa el número de los estudiantes? ¿Fundamentan toda su labor en la oración y en el deseo de hacer la divina Voluntad? ¡Qué responsabilidad tan grande tienen a los ojos del que será su Juez! Oremos y ofrezcamos sacrificios también —y principalmente— por ellos. ¡Vale la pena! ¡Dios nos lo pagará con creces!

Lo único bueno que salió de todo este catastrófico panorama es que —al fin— estoy pensando todo el día en Dios (y también en sus hijos predilectos). Estoy viviendo consciente de su presencia, tratando de amarlo cuanto puedo, y sé —por una gracia especial— que, a pesar de mi infinita miseria, Él se consuela con mi miserable amor.

Cuente siempre con mis oraciones, trabajos y sacrificios (se los prometo hasta que esté con vida y consciente). Espero su bendición para mí, mi familia y mi labor apostólica.

Su hijo, en Cristo, nuestro Señor,

 

 

 

Pablo Francisco Maurino

 

 

 

 

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Un llamamiento al amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 2, 2009

 

 

En el año 1949, respondiendo a la gran acogida dada al libro Un llamamiento al Amor, se realizó una nueva edición, complemento de la primera, hecha en 1938, en donde se narra la vida de sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora de la Sociedad del Sagrado Corazón, dentro de la que se van insertando las palabras que Nuestro Señor quiere se transmitan a los hombres.

Dada la trascendencia de este encendido mensaje de un Creador para sus criaturas y, habida cuenta de que no se consigue en forma completa y sin mezcla alguna, se ha tomado la determinación de publicar únicamente el contenido de la misiva enviada por el Sagrado Corazón a las almas que se han consagrado a su servicio.

Tomado enteramente, y sin ninguna modificación de la segunda edición, este libro sólo incluye dos pequeños párrafos escritos por nuestra hermana Josefa, sobre lo que ella vio después de la crucifixión de Nuestro Señor, a petición expresa suya.

Hay absoluta certeza de que quien lea estas líneas —con las gracias especiales ofrecidas para esto por quien es la misma Verdad— transformará toda su vida, de modo tal, que podrá afirmar más adelante que su vida se ha dividido en dos etapas claramente diferenciadas: antes y después de haber leído este mensaje.

 

 

CARTA DEL CARDENAL PACELLI

 

Abril 1938.

Mi Reverenda Madre:

No dudo que el Sagrado Corazón de Jesús habrá de mirar complacido la publicación de estas páginas, tan llenas de grande amor inspirado por su gracia a su humilde sierva sor María Josefa Menéndez. Ojalá contribuyan eficazmente a desarrollar en muchas almas una confianza, cada día más plena y amorosa, en la infinita misericordia de este Divino Corazón para con los pobres pecadores, entre los cuales nos contamos todos.

He aquí mi deseo al bendecirte a ti y a toda la Sociedad del Sagrado Corazón.

Cardenal Pacelli (después, Su Santidad Pio XII).

 

 

PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1949 (selección)

 El 29 de Diciembre de 1923, moría santamente, a la edad de 33 años en el convento de los Feuillants en Poitiers, Francia, Sor Josefa Menéndez. Humilde Hermana Coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús, en el que había vivido sólo cuatro años y muy oscuramente, cuyo nombre debía seguir ignorado por el mundo, y cuyo recuerdo, aun entre sus Hermanas de Religión, debía haberse borrado rápidamente.

Y he aquí que, por el contrario, se la invoca con fervor y se escucha con recogimiento y respeto el mensaje que el Corazón de Jesús le ha encargado que trasmita a los hombres.

Nuestro Señor se lo revela poco a poco:

-“El mundo no conoce la misericordia de mi Corazón. Quiero valerme de ti para darla a conocer. Te quiero apóstol de mi bondad y de mi misericordia. Yo te enseñaré, tú olvídate.”

-“Escríbelo, y se leerá después de tu muerte.”

Escoge a Josefa a la vez como víctima por las almas, y en particular, por las almas consagradas, y para anunciar un mensaje de misericordia y de amor que Él dirige al mundo.

Desconfiados y reservados al principio su Director y sus Superioras, tuvieron por fin que rendirse a la evidencia, y creer en su misión.

Sólo ella ha oído las palabras del Señor; es, pues, el único testigo. Pero su vida da testimonio de la verdad de Su mensaje; vida que han observado de cerca testigos autorizados. Estos pueden decirnos a la vez la virtud indiscutible de la humilde mensajera del Amor, y la auténtica realidad de sus estados sobrenaturales, de los cuales han tenido pruebas palpables.

El mundo podrá extrañarse de que de una nada, como es la vida de Josefa, hayan salido cosas tan grandes; y ésta es precisamente la prueba mayor.

Evidentemente este mensaje está firmado por la mano divina.

DIGITUS DEI EST HIC (El dedo de Dios está aquí).

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Yo soy todo amor; mi Corazón es un abismo de amor.

El amor me hizo crear al hombre y todo lo que en el mundo existe, para su servicio.

El amor hizo que el Padre diera a su Hijo para salvar al hombre, perdido por la culpa.

El amor hizo que una Virgen pura, renunciando a los encantos de la vida oculta en el templo, consintiera en ser Madre de Dios y aceptara los sufrimientos de la maternidad divina.

El amor me hizo nacer en el rigor del invierno, pobre y falto de todo.

El amor me hizo vivir treinta años en la más absoluta obscuridad, ocupado en humildes trabajos.

El amor me hizo escoger la soledad, el silencio… Pasar desconocido y someterme voluntariamente a las órdenes de mi Padre adoptivo y de mi Madre.

El amor me llevó a abrazarme con todas las miserias de la naturaleza humana.

El amor me hizo sufrir los desprecios más grandes y los más crueles tormentos, derramar toda mi Sangre y llegar a morir en una Cruz para salvar al hombre.

Porque el amor sabía que, más tarde, habría muchas almas que me seguirían, y pondrían sus delicias en conformar su vida con la mía.

Y miraba el amor más lejos aún: sabía que muchísimas almas en peligro se verían ayudadas con los actos y sacrificios de otras, y recobrarían la vida.

Veía, en fin, el amor, que más tarde, con esta misma Sangre y unidas a estos mismos tormentos, muchas almas escogidas podrían avalorar sus sacrificios, sus acciones hasta las más triviales, y ganarme con ellas, gran número de almas.

 

 

EL VALOR APOSTÓLICO DE LA VIDA COTIDIANA

 

El alma que sabe hacer de su vida una continua unión con la mía, me glorifica mucho y trabaja útilmente en el bien de las almas. Está, por ejemplo, ejecutando una acción que en sí misma no vale mucho, pero la empapa en mi Sangre o la une a aquella acción hecha por mí durante mi vida mortal, el fruto que logra para las almas es tan grande o mayor quizá que si hubiera predicado al universo entero, y esto, sea que estudie o que hable, que escriba, ore, trabaje o descanse; con tal que la acción reúna dos condiciones: primero, que esté ordenada por la obediencia o por el deber, no por el capricho; segundo, que se haga en íntima unión conmigo, cubriéndola con mi Sangre y con gran pureza de intención.

¡Cuánto deseo que las almas comprendan esto: Que no es la acción la que tiene en sí valor, sino la intención y el grado de unión con que se hace! Barriendo y trabajando en el taller de Nazaret, di tanta gloria a mi Eterno Padre como cuando prediqué durante mi vida pública. Hay muchas almas que a los ojos del mundo tienen un cargo elevado, y en él, dan grande gloria a mi Corazón, es cierto; pero tengo muchas otras que, escondidas y en humildes trabajos, son obreras muy útiles a mi viña, porque es el amor el que las mueve y saben envolver en oro sobrenatural las acciones más pequeñas, empapándolas en mi Sangre.

Mi amor llega a tal punto, que de la nada pueden mis almas sacar grandes tesoros. Si desde por la mañana se unen a Mí y ofrecen el día con ardiente deseo de que mi Corazón se sirva de sus acciones para provecho de las almas y van, hora por hora y momento por momento, cumpliendo por amor con su deber, ¡qué tesoros adquieren en un día!… Yo les iré descubriendo más y más mi amor… ¡Es inagotable!… Y ¡es tan fácil al alma que ama dejarse guiar por el amor!…

 

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Mi Corazón es todo amor, y el amor es para todos. Pero, ¿cómo haré Yo comprender a mis almas escogidas la predilección que siente mi Corazón por ellas? Por eso me sirvo de ellas para salvar a los pecadores y a otras pobres almas, que viven en los peligros del mundo.

Por esto también quiero que entiendan el deseo que me consume de su perfección, y cómo esta perfección consiste en hacer en íntima unión conmigo las acciones comunes y ordinarias. Si mis almas lo comprenden bien, pueden divinizar sus obras y su vida y ¡cuánto vale un día de vida divina!

Cuando un alma arde en deseos de amar, no hay para ella cosa difícil; mas cuando se encuentra fría y desalentada, todo se le hace arduo y penoso… Que venga entonces a cobrar fuerzas en mi Corazón… Que me ofrezca su abatimiento, que lo una al ardor que me consume y que tenga la seguridad de que un día así empleado será de incomparable precio para las almas. ¡Mi Corazón conoce todas las miserias humanas y tiene gran compasión de ellas!…

No deseo tan sólo que las almas se unan a Mí de una manera general, quiero que esa unión sea constante, íntima, como es la unión de los que se aman y viven juntos; que aun cuando siempre no están hablando, se miran y se guardan mutuas delicadezas y atenciones de amor.

Si el alma está en paz y en consuelo, le es fácil buscar en mí, pero si está en desolación o angustia, que no tema. ¡Me basta una mirada!… La entiendo, y con sólo esta mirada alcanzará que mi Corazón la colme de las más tiernas delicadezas.

Yo iré diciendo a las almas cómo las ama mi Corazón; quiero que me conozcan bien, y así me hagan conocer a aquellas que mi amor les confíe.

Deseo con ardor que todas las almas escogidas fijen en Mí los ojos, para no apartarlos ya más, que no haya entre ellas medianías cuyo origen, la mayor parte de las veces, es una falsa comprensión de mi amor. No; amar a mi Corazón no es difícil ni duro; es fácil y suave. Para llegar a un alto grado de amor no hay que hacer cosas extraordinarias; pureza de intención en la acción más pequeña, como en la más grande; unión íntima con mi Corazón; y ¡el amor hará lo demás!…

 

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Mi Corazón no es solamente un abismo de amor, es también un abismo de misericordia; y conociendo todas las miserias del corazón humano, de las que no están exentas mis almas escogidas, he querido que sus acciones, por pequeñas que sean en sí, puedan por Mí alcanzar un valor infinito, en provecho de los pecadores y de las almas que necesitan ayuda.

No todas pueden predicar ni ir a evangelizar en países salvajes. Pero todas, sí, todas pueden hacer conocer y amar a mi Corazón. Todas pueden ayudarse mutuamente y aumentar el número de los escogidos, evitando que muchísimas almas se pierdan eternamente; y todo esto, por efecto de mi amor y de mi misericordia. Pero mi amor va aún más lejos. Se sirve, no solamente de su vida ordinaria y de sus menores acciones, sino también de sus miserias… de sus debilidades… y muchas veces de sus caídas… para bien de otras muchas almas.

El amor todo lo transforma y diviniza, y la misericordia todo lo perdona.

Mi amor transforma sus menores acciones dándoles un valor infinito. Pero va todavía más lejos: mi Corazón ama tan tiernamente a esas almas escogidas, que se sirve aun de sus miserias y debilidades, y muchas veces hasta de sus mismas faltas, para la salvación de otras almas.

Efectivamente; el alma que se ve llena de miserias no se atribuye a sí misma nada bueno, y sus flaquezas la obligan a revestirse de cierta humildad, que no tendría si se encontrase menos imperfecta.

Así, cuando en su trabajo o en su cargo apostólico se siente incapaz y hasta experimenta repugnancia para dirigir a las almas hacia una perfección que ella no tiene, se ve como forzada a anonadarse; y si, conociéndose a sí misma recurre a Mí, me pide perdón de su poco esfuerzo e implora de mi Corazón valor y fortaleza… ¡ah! entonces… ¡no sabe esta alma con cuánto amor se fijan en ella mis ojos, y cuán fecundos hago sus trabajos!…

Hay otras almas que son poco generosas para realizar con constancia los esfuerzos y sacrificios cotidianos. Pasan su vida haciendo promesas, sin llegar nunca a cumplirlas.

Aquí hay que distinguir: si esas almas se acostumbran a prometer, pero no se imponen la menor violencia ni hacen nada que pruebe su abnegación y su amor, les diré esta palabra: ¡cuidado, no prenda el fuego en esa paja que habéis amontonado en los graneros, o que el viento no se la lleve en un instante!…

Hay otras, y a ellas me refiero, que al empezar el día, llenas de buena voluntad y con gran deseo de mostrarme su amor, me prometen abnegación y generosidad en esta o aquella circunstancia; y cuando llega la ocasión, su carácter, su salud, el amor propio les impide realizar lo que con tanta sinceridad prometieron horas antes; sin embargo, reconocen su falta, se humillan, piden perdón, vuelven a prometer. ¡Ah! que estas almas sepan que me han agradado tanto como si nunca me hubiesen ofendido.

 

 

LOS SECRETOS DE LA PASION:

EL CENACULO

 

Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles. Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

 

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Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.

En aquel momento, próxima ya la redención del género humano, mi Corazón no podía contener sus ardores y como era infinito el amor que sentía por los hombres, no quise dejarlos huérfanos.

Para vivir con ellos hasta la consumación de los siglos y demostrarles mi amor, quise ser su alimento, su sostén, su vida, su todo…

¡Ah! ¡Cómo quisiera hacer conocer los sentimientos de mi Corazón a todas las almas! ¡Cuánto deseo que se penetren del amor que sentía por ellas, cuando en el Cenáculo instituí la Eucaristía!

En aquel momento vi a todas las almas, que en el transcurso de los siglos habían de alimentarse de mi Cuerpo y de mi Sangre, y los efectos divinos producidos en muchísimas…

¡En cuántas almas esa Sangre inmaculada engendraría la pureza y la virginidad! ¡En cuántas encendería la llama del amor y del celo! ¡Cuántos mártires de amor se agrupaban en aquella hora ante mis ojos y en mi Corazón…! ¡Cuántas otras almas, después de haber cometido muchos y graves pecados, debilitadas por la fuerza de la pasión, vendrían a Mí para renovar su vigor con el Pan de los fuertes!…

¡Ah! ¡Quién podrá penetrar los sentimientos de mi Corazón en aquellos momentos! Sentimientos de amor, de gozo, de ternura… Mas… ¡cuánta fue también la amargura que embargó mi Corazón!

 

 

LA EUCARISTIA

 

¡En cuántos corazones manchados por el pecado tendría que entrar… y cómo mi Carne y mi Sangre así profanadas habían de convertirse en causa de condenación para muchas almas!…

¡Ah! ¡Cómo vi en aquel momento todos los sacrilegios y ultrajes y las tremendas abominaciones que habían de cometerse contra Mí! ¡Cuántas horas había de pasar solo en el Sagrario! ¡Cuántas noches! ¡Cuántas almas rechazarían los llamamientos amorosos que, desde esa morada les dirigiría!…

Por amor a las almas, me quedo prisionero en la Eucaristía, para que en todas sus penas y aflicciones puedan venir a consolarse con el más tierno de los corazones, con el mejor de los padres, con el amigo más fiel. Mas ¡ese amor que se deshace y se consume por el bien de las almas, no ha de ser comprendido!…

Habito en medio de los pecadores para ser su salvación y su vida, su médico y su medicina en todas las enfermedades de su naturaleza corrompida, y ellos en cambio, se alejan de Mí, me ultrajan y me desprecian…

Pobres ¡pecadores! No os alejéis de Mí… Os espero día y noche en el Sagrario… No os reprenderé vuestros crímenes… No os echaré en cara vuestros pecados… Lo que haré será lavaros con la Sangre de mis llagas; no temáis. Venid a Mí… ¡No sabéis cuánto os amo!

Y vosotras, almas queridas, ¿por qué estáis frías e indiferentes a mi amor? Sé que tenéis que atender a las necesidades de vuestra familia, de vuestra casa, y que el mundo os solicita sin cesar; pero ¿no tendréis un momento para venir a darme una prueba de amor y agradecimiento? No os dejéis llevar de tantas preocupaciones inútiles y reservad un momento para venir a visitar al Prisionero de Amor.

Si vuestro cuerpo está débil y enfermo, ¿no procuráis hallar un momento para ir a buscar al médico que debe sanaros? Venid al que puede haceros recobrar las fuerzas y la salud del alma… Dad una limosna de amor a este mendigo divino que os espera, os llama y os desea.

 

 

En el momento de instituir la Eucaristía vi presentes a todas las almas privilegiadas que habían de alimentarse con mi Cuerpo y con mi Sangre y los diferentes efectos producidos en ellas. Para unas sería remedio a su debilidad; para otras, fuego que consumiría sus miserias y las inflamaría en amor.

¡Ah!… esas almas reunidas ante Mí serán como un inmenso jardín, en el que cada planta produce diferente flor pero todas me recrean con su perfume. Mi sagrado Cuerpo será el sol que las reanime…

Me acercaré a unas para consolarme, a otras para ocultarme, en otras descansaré. ¡Si supierais, almas amadísimas, cuán fácil es consolar, ocultar y descansar a todo un Dios!

Este Dios que os ama con amor infinito, después de libraros de la esclavitud del pecado, ha sembrado en vosotras la gracia incomparable de la vocación, os ha traído de un modo misterioso al jardín de sus delicias. Este Dios redentor vuestro se ha hecho vuestro Esposo.

Él mismo os alimenta con su Cuerpo purísimo, y con su Sangre apaga vuestra sed.

Si estáis enfermas, Él es vuestro médico: venid, os dará la salud. Si tenéis frio, venid, os calentará. En Él encontraréis el descanso y la felicidad. No os alejéis de Él, que es la Vida, y cuando os pide consuelo, no se lo neguéis.

¡Qué amargura sentí en mi Corazón cuando vi a tantas almas que, después de haberlas colmado de bienes y de caricias, habían de ser motivo de tristeza para mi Corazón!

¿No soy siempre el mismo?… ¿Acaso he cambiado para vosotras?… No, Yo no cambiaré jamás y hasta el fin de los siglos, os amaré con predilección y con ternura.

Sé que estáis llenas de miserias, pero esto no me hará apartar de vosotras mis miradas más tiernas, y con ansia os estoy esperando, no sólo para aliviar vuestras miserias, sino también para colmaros de nuevos beneficios.

Si os pido amor, no me lo neguéis; es muy fácil amar al que es el Amor mismo.

Si os pido algo costoso a vuestra naturaleza, os doy juntamente la gracia y la fuerza necesaria para venceros.

Os he escogido para que seáis mi consuelo. Dejadme entrar en vuestra alma y si no encontráis en ella nada que sea digno de Mí decidme con humildad y confianza: Señor, ya veis los frutos y las flores que produce mi jardín, venid, decidme qué debo hacer para que desde hoy empiece a brotar la flor que deseáis.

Si el alma me dice esto con verdadero deseo de probarme su amor, le responderé: alma querida, para que tu jardín produzca hermosas flores deja que Yo mismo las cultive; deja que Yo labre la tierra; empezaré por arrancar hoy esta raíz que me estorba y que tus fuerzas no alcanzan a quitar. No te turbes, si te pido el sacrificio de tus gustos, de tu carácter… tal acto de caridad, de paciencia, de abnegación,… de celo, de mortificación, de obediencia. Ese es el abono que mejorará la tierra y la hará producir flores y frutos.

La victoria sobre tu carácter, en tal ocasión, obtendrá luz para un pecador; con esta contrariedad soportada con alegría, cicatrizarás las heridas que me hizo con su pecado, repararás la ofensa y expiarás su falta… Si no te turbas al recibir esta advertencia y la aceptas con cierto gozo, alcanzarás que las almas a quienes ciega la soberbia, abran los ojos a la luz y pidan humildemente perdón.

Esto haré Yo en tu alma si me dejas trabajar libremente en ella; no sólo brotarán flores en seguida, sino que darás gran consuelo a mi Corazón… Voy buscando consuelo y quiero hallarlo en mis almas escogidas.

Señor, ya veis que estaba dispuesta a dejarte hacer de Mí lo que quisieras y no sé cómo he caído y te he disgustado. ¿Me perdonarás? ¡Soy tan miserable! No sirvo para nada…

Sí, alma querida, sirves para consolarme. No te desanimes, porque si no hubieses caído, tal vez no hubieras hecho ese acto de humildad y de amor que la falta te obliga a hacer y que tanto me consuela. Animo y adelante. Déjame trabajar en ti.

Todo esto se me puso delante al instituir la Eucaristía. El amor me encendía en deseos de ser el alimento de las almas. No me quedaba entre los hombres para vivir solamente con los perfectos, sino para sostener a los débiles y alimentar a los pequeños. Yo los haré crecer y robusteceré sus almas. Descansaré en sus miserias y sus buenos deseos me consolarán.

Pero… Entre las almas escogidas ¿no habrá algunas que me causen pena? ¿Perseverarán todas? Este es el grito de dolor que se escapa de mi Corazón… Este es el gemido que quiero que oigan las almas.

 

 

Al contemplar entonces a todas las almas que habían de alimentarse de este Pan Divino, vi también las ingratitudes y frialdades de muchas de ellas, en particular de tantas almas escogidas… de tantas almas consagradas… de tantos sacerdotes… ¡Cuánto sufrió mi Corazón! Vi cómo se irían enfriando poco a poco, dando entrada primero a la rutina y al cansancio… después al hastío y ¡finalmente a la tibieza!…

¡Y estoy en el sagrario por ellas! ¡Y espero!… Deseo que esa alma venga a recibirme, que me hable con confianza de esposa; que me cuente sus penas, sus tentaciones, sus enfermedades… que me pida consejo y solicite mis gracias, ya para ella, ya para otras almas… Quizá entre las personas de su familia o las que están a su cargo las hay que están en peligro… tal vez alejadas de Mí… Ven, le digo, dímelo todo con entera confianza… Pregúntame por los pecadores… Ofrécete para reparar… Prométeme que hoy no me dejarás solo… Mira si mi Corazón desea algo de ti que lo pueda consolar…

Esto esperaba Yo de aquella alma ¡y de tantas! Mas, cuando se acerca a recibirme, apenas me dice una palabra, porque está distraída, cansada o contrariada. Su salud la tiene intranquila, sus ocupaciones la desazonan, la familia la preocupa, y entre los que conviven o tratan con ella, siempre hay alguien que la molesta.

“-No sé qué decir – confiesa ella misma – estoy fría… me aburro y paso el rato deseando salir de la capilla. ¡No se me ocurre nada!”

-¡Ah! – le contesto – ¿Y así vas a recibirme, alma a quien escogí y a quien he esperado con impaciencia toda la noche?

Sí, la esperaba para descansar en ella; le tenía preparado alivio para todas sus inquietudes; la aguardaba con nuevas gracias pero… como no me las pide… no me pide consejo ni fuerza… tan sólo se queja y apenas se dirige a Mí. Parece que ha venido por cumplimiento… porque es costumbre y porque no tiene pecado mortal que se lo impida. Pero no por amor, no por verdadero deseo de unirse íntimamente a Mí. ¡Qué lejos está esa alma de aquellas delicadezas de amor que Yo esperaba de ella!

¿Y aquel sacerdote?… ¿Cómo diré todo lo que esperaba mi Corazón de mis sacerdotes? Los he revestido de mi poder para absolver los pecados; obedezco a una palabra de sus labios y bajo del cielo a la tierra; estoy a su disposición y me dejo llevar de sus manos, ya para colocarme en el Sagrario, ya para darme a las almas en la comunión. Son, por decirlo así, mis conductores.

He confiado a cada uno de ellos cierto número de almas para que con su predicación, sus consejos y, sobre todo, su ejemplo, las guíen y las encaminen por el camino de la virtud y del bien. ¿Cómo responden a ese llamamiento?

¿Cómo cumplen esta misión de amor?… Hoy, al celebrar el Santo Sacrificio, al recibirme en su corazón, ¿me confiará aquel sacerdote las almas que tiene a su cargo?… ¿Reparará las ofensas que sabe que recibo de tal pecador?… ¿Me pedirá fuerza para desempeñar su ministerio, celo para trabajar en la salvación de las almas?… ¿Sabrá sacrificarse más hoy que ayer?… ¿Recibiré el amor que de él espero?… ¿Podré descansar en él como en un discípulo amado?…

¡Ah! ¡Qué dolor tan agudo siente mi Corazón!… Los mundanos hieren mis manos y mis pies, manchan mi rostro… pero las almas escogidas, mis esposas, mis ministros desgarran y destrozan mi Corazón. ¡Cuántos sacerdotes que devuelven a muchas almas la vida de la gracia están ellos mismos en pecado! ¡Y cuántos celebran así… me reciben así… viven y mueren así…!

Este fue el más terrible dolor que sentí en la última Cena cuando vi, entre los doce, al primer apóstol infiel, representando a tantos otros que, en el transcurso de los siglos, habían de seguir su ejemplo.

La Eucaristía es invención de amor, es vida y fuerza de las almas, remedio para todas las enfermedades, viático para el paso del tiempo a la eternidad.

Los pecadores encuentran en ella la vida del alma; las almas tibias, el verdadero calor; las almas puras, suave y dulcísimo néctar; las fervorosas, su descanso y el remedio para calmar todas sus ansias; las perfectas, alas para elevarse a mayor perfección.

En fin, las almas religiosas hallan en ella su nido, su amor, y por último, la imagen de los benditos y sagrados votos que las unen íntima e inseparablemente al Esposo Divino.

Sí, almas consagradas; vuestro voto de pobreza está perfectamente representado en esta Hostia pequeña, redonda y fina, lisa y sin peso. Así el alma que ha hecho voto de pobreza, no debe tener ángulos, es decir, aficioncillas a cosas de su uso o de su empleo, ni a su familia ni a su pueblo natal; ha de estar siempre dispuesta a dejar… a cambiar… Nada de la tierra… el corazón libre sin apegos ocultos que lo aprisionen.

Esto no quiere decir que haya de ser insensible. El corazón más amante, puede mantener el voto de pobreza en toda su integridad. Lo esencial para el alma religiosa es que no posea nada sin la aprobación de los Superiores y que esté siempre dispuesta a abandonarlo, a la primera señal de la Voluntad de Dios.

 

 

Encontrareis también en la Hostia, pequeña y blanca, la perfecta imagen del voto de castidad. Aquí se halla encubierta, bajo las especies de pan y vino, la presencia real de todo un Dios. Tras este velo estoy Yo con mi Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Así el alma consagrada por el voto de la virginidad, debe cubrirse con un velo de modestia y sencillez, de modo que bajo apariencias humanas, se esconda la pureza que la asemeja a los ángeles. Y sabedlo, almas que formáis la corte del Cordero Inmaculado, la gloria que me dais es incomparablemente mayor que me dan estos espíritus angélicos. Pues no han conocido las miserias de la naturaleza humana y no han tenido que luchar ni vencer para ser siempre purísimos.

Además, os asemejáis a mi Madre, que siendo criatura mortal ha vivido en la más perfecta pureza… En medio de todas las miserias humanas y, sin embargo, inmaculada en todos los instantes de su vida. Ella sola me ha glorificado más que todos los espíritus celestes y, atraído por esa pureza, un Dios tomó de Ella carne mortal, habitando en su criatura.

Más aún: el alma que vive consagrada a Mí por el voto de la castidad, se asemeja también, en cuanto puede la criatura, a Mí que soy su Creador, y que habiendo tomado la naturaleza humana con sus miserias, he vivido sin la más ligera sombra de mancha.

Así el alma que hace voto de castidad es una hostia blanca y pura que rinde constante homenaje a la Majestad divina.

Almas religiosas, encontraréis también en la Eucaristía la imagen perfecta de vuestro voto de obediencia.

Pues en esta hostia está cubierta y anonadada la grandeza y el poder de todo un Dios. Allí me veréis como sin vida, Yo que soy la vida de las almas y el sostén del mundo. Allí, no soy dueño de ir ni de quedarme, de estar solo o acompañado: bajo esta Hostia, sabiduría, poder, libertad, todo está escondido. Estas especies de pan son las ataduras que me atan y el velo que me cubre. Así el voto de obediencia es para el alma religiosa la cadena que la ata, el velo que la encubre para que no tenga voluntad, ni sabiduría, ni gusto, ni libertad, más que según el beneplácito divino, manifestado por sus Superiores.

 

 

GETSEMANÍ

 

Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos… después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní… a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarle, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la Divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…

 

 

Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia… para que hiciesen oración conmigo… para descansar en ellos… pero ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia… y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: ” Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz”.

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: “No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…” ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: “Padre mío”. Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. Muchas se perderían… muchísimas me ofenderían y ¡otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… ¡Y sin embargo, inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y sin embargo… ¡ah! en aquel momento, vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña… ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… ¿Y quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…

Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah! ¿Qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho… que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden… y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas… ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas! ¿Con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce… uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

 

 

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid… porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: “Yo soy”.

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas… había llegado mi hora… y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.

En seguida me condujeron a casa de Caifás, donde me recibieron con burlas e insultos y donde uno de los criados me dio la primera bofetada…

¡Ah!… ¡Entiende esto!… ¡La primera bofetada!… ¿Me hizo sufrir más que los azotes de la flagelación?… No; pero en esta primera bofetada vi el primer pecado mortal de tantas almas, que después de vivir en gracia, cometerían ese primer pecado… y tras él… ¡cuántos otros!… siendo causa con su ejemplo de que otras almas los cometieran también… y teniendo tal vez la misma desgracia: ¡morir en pecado!…

 

 

ABANDONADO DE LOS SUYOS

 

¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte… a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, que inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña… si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… Él también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.

 

 

DE TRIBUNAL EN TRIBUNAL

 

Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera… pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre… ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse… con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación… una contrariedad… una pena de familia o un momento de soledad y desolación… decirme desde el fondo del alma: “te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad”?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí… y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

 

 

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia… después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados… de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa… cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos… escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos… hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir… ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…

Al amanecer del día siguiente, Caifás ordenó que me condujeran a Pilatos para que se pronunciara la sentencia de muerte.

Este me interrogó con gran sagacidad, deseoso de hallar causa de condenación; pero al mismo tiempo su conciencia le remordía y sentía gran temor ante la injusticia que contra Mí iba a cometer; al fin encontró un medio para desentenderse de Mí y mandó que me condujeran a Herodes.

En Pilatos están fielmente representadas las almas que, sintiendo la lucha entre la gracia y sus pasiones, se dejan dominar por el respeto humano y por un excesivo amor propio. Cuando se les presenta una tentación o se ven en peligro de pecar, dejándose cegar, procuran convencerse de que en aquello no hay ningún mal, ni corren peligro alguno, que tienen bastante talento para juzgar por sí mismas y no necesitan pedir consejo. Temen ponerse en ridículo a los ojos del mundo… Les falta energía para resistir y, cerrándose al impulso de la gracia, de esta ocasión caen en otra, hasta llegar, cediendo como Pilatos, a entregarme en manos de Herodes.

Si se trata de un alma escogida, tal vez la ocasión no será de pecado grave. Pero para resistir a ella, hay que pasar por una humillación, soportar alguna molestia… Si en vez de seguir el movimiento de la gracia, y de descubrir lealmente su tentación, esta alma se sugestiona a sí misma convenciéndose de que no hay motivo para apartarse de aquella ocasión o renunciar a aquel gusto, bien pronto caerá en mayor peligro. Como Pilatos acabará por cegarse, perderá la fortaleza para obrara con rectitud y, poco a poco, me entregará.

 

 

A todas las preguntas que Pilatos me hizo, nada respondí; mas cuando me dijo: “¿Eres Tú el Rey de los Judíos?” Entonces con gravedad y entereza le dije: Tú lo has dicho: Yo soy Rey, pero mi Reino no es de este mundo.

Con estas palabras, quise enseñar a muchas almas cómo cuando se presenta la ocasión de soportar un sufrimiento, una humillación que podrían fácilmente evitar, deben contestar con generosidad.

Mi reino no es de este mundo; es decir: no busco las alabanzas de los hombres; mi patria no es ésta; ya descansaré en la que lo es verdaderamente; ahora, ánimo para cumplir mi deber sin tener en cuenta la opinión del mundo… Si por ello me sobreviene una humillación o un sufrimiento, no importa; no retrocederé, escucharé la voz de la gracia, ahogando los gritos de la naturaleza. Y si no soy capaz de vencer sola, pediré fuerzas y consejo, pues en muchas ocasiones las pasiones y el excesivo amor propio ciegan el alma y la impulsan a obrar el mal.

Entonces Pilatos dominado por el respeto humano y temiendo, por otra parte, hacerse responsable de mi causa, mandó que me llevaran a la presencia de Herodes. Era éste un hombre corrompido, que no buscaba más que el placer, dejándose arrastrar de sus pasiones desordenadas. Se alegró de verme comparecer ante su tribunal, pues esperaba divertirse con mis discursos y milagros.

Considerad, almas queridas, la repulsión que experimenté al verme ante aquel hombre vicioso, cuyas preguntas, gestos y movimientos me cubrían de confusión.

¡Almas puras y virginales! ¡Venid a rodear y defender a vuestro Esposo!… Escuchad las calumnias… los falsos testimonios y los escarnios de aquella turba vil, ávida solamente de escándalos.

Herodes esperaba que Yo contestaría a sus preguntas sarcásticas, pero no quise desplegar los labios; guardé en su presencia el más profundo silencio.

No contestar era la mayor prueba que podía darle de mi dignidad. Sus palabras obscenas no merecían cruzarse con las mías purísimas.

Entre tanto, mi Corazón estaba íntimamente unido a mi Padre Celestial. Me consumía en deseos de dar por las almas hasta la última gota de mi Sangre. El pensamiento de todas las que, más tarde, habían de seguirme, conquistadas por mis ejemplos y por liberalidad, me encendía en amor, y no sólo gozaba en aquel terrible interrogatorio, sino que deseaba soportar el suplicio de la Cruz.

Así, después de sufrir en silencio las afrentas más ignominiosas, dejé que me trataran de loco y me cubrieran con una vestidura blanca en señal de burla; después, en medio de gritos furiosos, me llevaron de nuevo a la presencia de Pilatos.

Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto… sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo… sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilatos, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros… ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas… las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah!, ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor… contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.

 

 

CORONADO DE ESPINAS

 

Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿Con que eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían… otros me insultaban… otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales… entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo… como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehúyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehúsan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah!, ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y… quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria… más consuelo… más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo… se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?

 

 

Coronado de espinas y cubierto con un manto de púrpura los soldados me presentaron de nuevo a Pilatos, gritando ferozmente, insultándome en son de burla a cada paso que daba.

No encontrando en Mí delito para castigarme, Pilatos me hizo varias preguntas, diciéndome que por qué no le contestaba, siendo así que él tenía todo poder sobre Mí…

Entonces, rompiendo mi silencio, le dije: No tendrías ese poder si no te hubiese dado de arriba; pero es preciso que se cumplan las escrituras.

Y cerrando de nuevo los labios, me entregué…

Pilatos, perturbado por el aviso de su mujer y perplejo entre los remordimientos de su conciencia y el temor de que el pueblo se amotinase contra él, buscaba medios para libertarme… y me expuso a la vista del populacho en el lastimoso estado en que me hallaba, proponiéndoles darme la libertad y condenar en mi lugar a Barrabás, que era un ladrón y criminal famoso… A una voz contestó el pueblo: -¡Que muera y que Barrabás sea puesto en libertad!

¡Almas que me amáis, ved cómo me han comparado con un criminal, y ved cómo me han rebajado más que el más perverso de los hombres!… ¡Oíd qué furiosos gritos lanzan contra Mí! ¡Ved con qué rabia piden mi muerte! ¿Rehusé, acaso pasar por tan penosa afrenta? No, antes al contrario me abracé con ella por amor a las almas, por amor a vosotras y para mostraros que este amor no me llevó tan sólo a la muerte, sino al desprecio, a la ignominia, al odio de los mismos por quienes iba a derramar mi Sangre con tanta profusión.

No creáis, sin embargo, que mi naturaleza humana no sintió repugnancia ni dolor… antes al contrario, quise sentir todas vuestras repugnancias y estar sujeto a vuestra misma condición, dejándoos un ejemplo que os fortalezca en todas las circunstancias de la vida.

Así, cuando llegó este momento tan penoso, aunque hubiese podido librarme de él, no sólo no me libré sino que lo abracé por amor y para cumplir la Voluntad de mi Padre. Para reparar su gloria, satisfacer por los pecados del mundo y alcanzar la salvación de innumerables almas.

Ahora quiero volver a tratar de las almas de quienes hablaba ayer. De estas almas a quienes llamo al estado perfecto pero vacilan, diciendo entre sí: “No puedo resignarme a esta vida de oscuridad… no estoy acostumbrada a estos quehaceres tan bajos… ¿qué dirán mi familia, mis amistades?” Y se persuaden de que con la capacidad que tienen o creen tener serán más útiles en otro lugar.

Voy a responder a estas almas. Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde… en un establo, lejos de mi casa y de mi patria… de noche… en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre San José… no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa… y sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazaret y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas… a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

Esto que he dicho a las almas que sienten horror a la vida humilde y oscura lo repito, a las que, por el contrario, son llamadas a trabajar en continuo contacto con el mundo, cuando su atractivo sería la completa soledad y los trabajos humildes y ocultos…

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consisten en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.

 

 

Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!… ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!… ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilatos ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!

Desde que Judas me entregó en el Huerto de los Olivos, anduvo errante y fugitivo, sin poder acallar los gritos de su conciencia, que lo acusaba del más horrible sacrilegio. Cuando llegó a sus oídos la sentencia de muerte pronunciada contra Mí, se entregó a la más horrible desesperación y se ahorcó.

¿Quién podrá comprender el dolor intenso de mi Corazón cuando vi lanzarse a la perdición eterna esa alma que había pasado tres años en la escuela de mi amor, aprendiendo mi doctrina, recibiendo mis enseñanzas, oyendo tantas veces como perdonaban mis labios a los más grandes pecadores?

¡Ah! ¡Judas! ¿Por qué no vienes a arrojarte a mis pies para que te perdone? Si no te atreves a acercarte a Mí por temor a los que me rodean, maltratándome con tanto furor, mírame al menos ¡verás cuán pronto se fijan en ti mis ojos!…

Almas que estáis enredadas en los mayores pecados… Si por más o menos tiempo habéis vivido errantes y fugitivas a causa de vuestros delitos, si los pecados de que sois culpables os han cegado y endurecido el corazón, si por seguir alguna pasión habéis caído en los mayores desórdenes, ¡ah!, no dejéis que se apodere de vosotros la desesperación, cuando os abandonen los cómplices de vuestro pecado o cuando vuestra alma se dé cuenta de su culpa… Mientras el hombre cuenta con un instante de vida, aún tiene tiempo de recurrir a la misericordia y de implorar el perdón.

Si sois jóvenes y los escándalos de vuestra vida pasada os han degradado ante los hombres, ¡no temáis! aun cuando el mundo os desprecie, os trate de malvados, os insulte, os abandone, estad seguros de que vuestro Dios no quiere que vuestra alma sea pasto de las llamas del infierno. Desea que os acerquéis a Él para perdonaros. Si no os atrevéis a hablarle, dirigidle miradas y suspiros del corazón y pronto veréis que su mano bondadosa y paternal os conduce a la fuente del perdón y de la vida.

Si por malicia habéis pasado quizá gran parte de vuestra vida en el desorden o en la indiferencia, y cerca ya de la eternidad, la desesperación quiere poneros una venda en los ojos, no os dejéis engañar, aún es tiempo de perdón y ¡oídlo bien!, si os queda un segundo de vida, aprovechadlo, porque en el podéis ganar la vida eterna…

Si ha transcurrido vuestra existencia en la ignorancia y el error, si habéis sido causa de grandes daños para los hombres, para la sociedad y hasta para la Religión, y por cualquier circunstancia conocéis vuestro error, no os dejéis abatir por el peso de vuestras faltas ni por el daño de que habéis sido instrumento, sino por el contrario, dejando que vuestra alma se penetre del más vivo pesar, abismaos en la confianza y recurrid al que siempre os está esperando para perdonaros todos los yerros de vuestra vida.

Lo mismo sucede, si se trata de un alma que ha pasado los primeros años de su vida en la fiel observancia de mis Mandamientos, pero que ha decaído poco a poco del fervor, pasando a una vida tibia y cómoda…

Se ha olvidado de que tiene un alma que aspiraba a mayor perfección. Dios le pedía más, pero cegándose a fuerza de consentir en sus defectos habituales, se ha dejado invadir por el hielo de la tibieza. Peor, en cierto modo, que si hubiera caído en grandes pecados, porque la conciencia sorda y dormida no escucha la voz de Dios y acaba por no sentir remordimiento.

Pero un día recibe una fuerte sacudida que la despierta; entonces aparece su vida inútil, vacía, sin méritos para la eternidad. El demonio, con infernal envidia, la ataca de mil maneras, le inspira desaliento y tristeza, y abultándole sus faltas, acaba por llevarla al temor y la desesperación.

Almas que tanto amo no escuchéis este cruel enemigo. Venid cuanto antes a arrojaros a mis pies y penetradas de un vivo dolor, implorad misericordia y no temáis. Os perdono. Volved a empezar vuestra vida de fervor, recobraréis los méritos perdidos y mi gracia no os faltará.

¿Es acaso un alma de las que Yo he escogido? Quizá pase muchos años en la constante práctica de sus Reglas y deberes de la vida religiosa. La favorecí con mis gracias, escuchó mis consejos y fue de las más fieles a las divinas inspiraciones. Pero luego por una pasioncilla, una ocasión que no evitó, una satisfacción de la naturaleza y cierta habitual pereza para vencerse, se fue poco a poco enfriando y cayó en una vida vulgar, al fin tibia…

¡Ah! Si por una causa o por otra, tu alma despierta, ten en cuenta que el diablo envidioso de tu bien, te asaltará por todos los medios posibles. Te dirá que es demasiado tarde; que todos los esfuerzos son inútiles, te llenará de miedo y repugnancia para descubrir sinceramente el estado de tu alma… llegará como a ahogarte para que no puedas hablar, a fin de que tu alma no se abra a la luz; y trabajará con saña para quitarte la paz y la confianza.

Escucha, alma querida. Yo te diré lo que has de hacer. En cuanto sientas la moción de la gracia y antes de que sea más fuerte la lucha, acude a mi Corazón, pídele que vierta una gota de su Sangre sobre tu alma. ¡Ven a Mí! Ya sabes dónde me encuentro en los brazos paternales de tus superiores… Allí estoy bajo el velo de la fe. Levanta ese velo y dime con entera confianza tus penas, tus miserias, tus caídas… Escucha con respeto mis palabras y no temas por lo pasado. Mi Corazón lo ha sumergido en el abismo de mi misericordia y mi amor te prepara nuevas gracias. Tu vida pasada te dará humildad que te llenará de méritos, y si quieres darme la mejor prueba de amor, ten confianza y cuenta con mi perdón. Cree que nunca llegarán a ser mayores tus pecados que mi misericordia, pues es infinita.

 

 

CAMINO DEL CALVARIO

 

En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro… sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios… y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo… y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada!

Sí, mi Madre estuvo presente a todos los momentos de mi Pasión, que por revelación divina se presentaban a su espíritu. Además, varios discípulos, aunque permaneciendo lejos, por miedo a los judíos, procuraban enterarse de todo e informaban a mi Madre. Cuando supo que ya se había pronunciado la sentencia de muerte, salió a mi encuentro y no me abandonó hasta que me depositaron en el sepulcro…

Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

 

SIMÓN CIRINEO

 

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado o sea que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas si pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme… consolarme… se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento… lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.

 

 

LA CRUCIFICCIÓN

 

Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero… ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha… resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda… ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren… los nervios se desgarran… los huesos se descoyuntan… ¡el dolor es inmenso!… mis pies quedan traspasados… ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados… este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!… sin poder hacer el menor movimiento… desnudo… sin fama… sin honra… sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y ¿qué rehusarás a mi amor?

 

 

LAS SIETE PALABRAS

 

Ya ha llegado la hora de la Redención del mundo… Me van a levantar y a ofrecer como espectáculo de burla… Pero también de admiración…

 

 

¡El mundo ha encontrado la paz!… Esta Cruz que hasta aquí era el patíbulo donde expiaban los criminales, es ahora la luz del mundo, el objeto de mayor veneración.

En mis llagas encontrarán los pecadores el perdón y la vida: mi Sangre lavará y borrará todas sus manchas… En mis llagas las almas puras vendrán para saciar su sed y abrasarse en amor. En ellas podrán guarnecerse y fijar su morada… El mundo ya ha encontrado su Redentor y las almas escogidas el modelo que deben imitar…

 

 

«Estaba clavado en la Cruz, Tenía la corona de espinas puesta, y estas espinas, que son bastante largas, penetraban muy hondo en su cabeza. Una que era más larga entraba por encima de la frente y salía por cerca del ojo izquierdo, que estaba muy hinchado. Su cara, llena de Sangre y polvo, estaba un poco inclinada hacia adelante y hacia el lado izquierdo. Los ojos, aunque hinchados y ensangrentados, estaban abiertos y miraban hacia abajo. En varias partes de su Cuerpo herido faltaban jirones de carne y de piel. Brotaba Sangre de la cabeza y de las otras heridas. Sus labios amoratados, y un poco torcida la boca, aunque la última vez que lo he visto, a las dos y media, la boca había recobrado su aspecto normal.

En fin, inspiraba tal compasión, que es imposible contemplarle sin traspasarse el alma de dolor… Lo que me ha causado más pena, es que ni siquiera tenía libertad para acercarse una mano a la cara… En fin, verlo clavado así, manos y pies, me dará fuerza por dejarlo todo y someterme a su Voluntad aun en aquello que más me cuesta.

Es de notar que, cuando lo he visto así en la Cruz, le habían arrancado la barba, que antes daba gran majestad a su rostro. Sus cabellos, que son tan hermosos, ahora estaban en desorden, llenos de Sangre y le caían por la cara… »

 

– ¡Padre!, perdónalos porque no saben lo que hacen…

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades… mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

 

 

– Hoy estarás conmigo en el paraíso…

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes… ella te conduce a la vida eterna.

– Mujer, he ahí a tu hijo.

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

 

 

– ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

¡Tengo sed! ¡Oh Padre mío!… tengo sed de tu gloria… y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir: – Todo está consumado.

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

A Ti entrego mi alma… Así las almas que cumplen mi Voluntad, podrán decir con verdad: Todo está consumado… ¡Señor mío y Dios mío! Recibe mi alma, la pongo en tus manos…

 

 

Llamamiento a las almas consagradas

 

Ahora quiero hablar a mis almas consagradas… para que puedan darme a conocer a los pecadores y al mundo entero.

Muchas no saben aun penetrar mis sentimientos; me tratan como a alguien con quien no se tiene confianza y que vive lejos de ellas. Quiero que aviven su fe y su amor y que su vida sea de confianza y de intimidad con Aquel a quien aman y que las ama.

De ordinario el hijo mayor es el que mejor conoce los sentimientos y los secretos de su padre; en él deposita su confianza más que en los otros, que siendo más pequeños, no son capaces de interesarse en las cosas serias y no fijan la atención sino en las superficiales; si el padre muere, es el hijo mayor el que trasmite a sus hermanos menores los deseos y la última voluntad del padre…

En mi Iglesia hay también hijos mayores; son las almas que Yo he escogido. Consagradas por el sacerdocio o por los votos religiosos, viven más cerca de Mí, y Yo les confío mis secretos… Ellas son, por su ministerio o por su vocación, las encargadas de velar sobre mis hijos más pequeños, sus hermanos; y unas veces directa, otras indirectamente, de guiarlos, instruirlos y comunicarles mis deseos.

Si esas almas escogidas me conocen bien, fácilmente podrán darme a conocer, y si me aman, podrán hacerme amar… Pero ¿cómo enseñarán a los demás si ellas me conocen poco?… Ahora bien; Yo pregunto: ¿es posible amar de veras a quien apenas se conoce?… ¿Se puede hablar íntimamente con aquel de quien vivimos alejados o no confiamos bastante?…

Esto es precisamente lo que quiero recordar a mis almas escogidas… Nada nuevo, sin duda… pero, ¿no necesitan reanimar la fe, el amor, la confianza?

Quiero que me traten con más intimidad, que me busquen en ellas, dentro de ellas mismas, pues ya saben que el alma en gracia es morada del Espíritu Santo; y allí que me vean como soy, es decir, como Dios, pero Dios es amor… que tengan más amor que temor, que sepan que yo las amo y que no lo duden; pues hay muchas que saben que las escogí porque las amo, pero cuando sus miserias y sus faltan las agobian, se entristecen creyendo que no les tengo ya el mismo amor que antes.

 

 

Te decía que estas almas no me conocen; no han comprendido lo que es mi Divino Corazón… porque precisamente sus miserias y sus faltas son las que inclinan hacia ellas mi bondad. Si reconocen su impotencia y su debilidad, si se humillan y vienen a Mí llenas de confianza, me glorifican mucho más que antes de haber caído.

Lo mismo sucede cuando me piden algo para sí o para los demás… Si vacilan, si dudan de Mí, no honran mi Corazón. Pero si esperan firmemente lo que me piden, sabiendo que sólo puedo negárselo si no es conveniente al bien de su alma, entonces me glorifican. Cuando el Centurión vino a pedirme que curase a su criado, me dijo con gran humildad: -“Yo no soy digno de que Tú vengas a mi casa”; mas, lleno de fe y confianza, añadió: -“Pero Señor, di una sola palabra y mi criado quedará curado…” Este hombre conocía mi Corazón. Sabía que no puedo resistir a las súplicas del alma que todo lo espera de Mí. Este hombre me glorificó mucho, porque a la humildad añadió firme y entera confianza. Sí, este hombre conocía mi Corazón y, sin embargo, no me había manifestado a él como me manifiesto a mis almas escogidas.

Por medio de la confianza, obtendrán copiosísimas gracias para sí mismas y para otras almas. Quiero que profundicen esta verdad porque deseo que revelen los caracteres de mi Corazón a las pobres almas que no me conocen.

 

 

Te lo repito: no es nada nuevo, pero así como el fuego necesita alimento para que no se apague, así las almas necesitan nuevos alientos que las hagan avanzar y nuevo calor que las reanime.

Entre las almas que me están consagradas hay pocas que tengan verdadera fe y confianza en Mí, porque son pocas las que viven en unión íntima conmigo.

Quiero que sepan que Yo amo a las almas tal como son. Sé que su debilidad las hará caer más de una vez. Sé que aquello que me están prometiendo, en ciertas ocasiones no lo cumplirán. Pero su determinación me glorifica y, después de sus caídas, el acto de humildad que hacen y la confianza que ponen en Mí, me honran tanto que mi Corazón derrama sobre ellas un sinnúmero de gracias.

Quiero que sepan cuánto deseo que cobren nuevo aliento y se renueven en esta vida de unión y de intimidad… Que no se contenten con hablarme en la Iglesia, ante el Sagrario – es verdad que allí estoy – pero también vivo en ellas, dentro de ellas, y me deleito en identificarme con ellas.

Que me hablen de todo; que todo me lo consulten; que me lo pidan todo. Vivo en ellas para ser su vida y habito en ellas para ser su fuerza.

Sí, lo repito; estoy en ellas y me recreo en unirme íntimamente a ellas; ¡que no lo olviden!

Allí, en el interior de su alma, las veo, las oigo y las amo; ¡y espero correspondencia al amor que les tengo!

Hay muchas almas que por la mañana hacen oración, pero es más una fórmula que una entrevista de amor. Luego oyen o celebran Misa, me reciben en la comunión y, cuando salen de la Iglesia, se absorben en sus quehaceres, hasta tal punto, que apenas me vuelven a dirigir una palabra.

En esta alma estoy como en un desierto. No me habla, no me pide nada y ocurre muchas veces que, si necesita consuelo, antes lo pedirá a una criatura, a quien tiene que ir a buscar, que a Mí que soy su Creador, que vivo y estoy en ella. ¿No es esto falta de unión, falta de vida interior o, lo que es lo mismo, falta de amor?

También quiero recordar a las almas consagradas, que las escogí de un modo especial para que, viviendo en íntima unión conmigo, me consuelen y reparen por los que me ofenden. Quiero recordarles que están obligadas a estudiar mi Corazón para participar de sus sentimientos y poner por obra sus deseos, en cuanto les sea posible.

Cuando un hombre trabaja en campo propio, pone empeño en arrancar todas las malas hierbas que brotan en él, y no ahorra trabajo ni fatiga hasta conseguirlo. Así quiero que trabajen las almas escogidas cuando conozcan mis deseos; con celo y con ardor, sin perdonar trabajo, sin retroceder ante el sufrimiento, con tal de aumentar mi gloria y de reparar las ofensas del mundo.

 

 

 

Para mis almas consagradas, mis sacerdotes, mis religiosos y religiosas: todos están llamados a una íntima unión conmigo, a vivir a mi lado, a conocer mis deseos, a participar de mis alegrías, de mis tristezas.

Ellas están obligadas a trabajar en mis intereses, sin perdonar esfuerzo ni sufrimiento.

Ellas, sabiendo que tantas almas me ofenden, deben reparar con sus oraciones, trabajos y penitencias.

Ellas, sobre todo, deben estrechar su unión conmigo y no dejarme solo. Esto no lo entienden muchas almas. Olvidan que a ellas corresponde hacerme compañía y consolarme.

Ellas han de formar una liga de amor que, reuniéndose en torno de mi Corazón, implore para las almas luz y perdón.

Y cuando, penetradas de dolor por las ofensas que recibo de todas partes, ellas, mis almas escogidas, me pidan perdón y se ofrezcan para reparar y para trabajar en mi Obra, que tengan entera confianza, pues no puedo resistir a sus súplicas y las despacharé del modo más favorable.

Que todas se apliquen a estudiar mi Corazón… Que profundicen mis sentimientos, que se esfuercen en vivir unidas a Mí, en hablarme… en consultarme. Que cubran sus acciones con mis méritos y con mi Sangre, empleando su vida en trabajar por la salvación de las almas y en acrecentar mi gloria.

Que no se empequeñezcan considerándose a sí mismas, sino que dilaten su corazón al verse revestidas del poder de mi Sangre y de mis méritos. Si trabajan solas, no podrán hacer gran cosa; mas si trabajan conmigo, a mi lado, en mi nombre y por mi gloria, entonces serán poderosas.

Que mis almas consagradas reanimen sus deseos de reparar y pedir con gran confianza que llegue el día del Divino Rey, el día de mi reinado universal.

Que no teman, que esperen en Mí, que confíen en Mí.

Que las devoren el celo y la caridad hacia los pecadores. Que les tengan compasión, que rueguen por ellos y los traten con dulzura.

Que publiquen en el mundo entero mi bondad, mi amor y mi misericordia.

Que en sus trabajos apostólicos se armen de oración, de penitencia y, sobre todo, de confianza, no en sus esfuerzos personales, sino en el poder y la bondad de mi Corazón que las acompaña.

En tu Nombre, Señor, obraré y sé que seré poderoso. Esta es la oración que hicieron mis Apóstoles, pobres e ignorantes, pero ricos y sabios, con la riqueza y sabiduría divinas.

Tres cosas pido a mis almas consagradas:

REPARACION, es decir; vida de unión con el Reparador Divino: trabajar por Él, con Él, en Él, en espíritu de reparación y en íntima unión a sus sentimientos y a sus deseos.

AMOR, o sea intimidad con Aquel que es todo amor y que se pone al nivel de sus criaturas para pedirles que no lo dejen solo y que le den su amor.

CONFIANZA, es decir; estar segura de Aquel que es bondad y misericordia… De Aquel con el cual vivo día y noche… que me conoce y que conozco… que me ama y que amo… que llama de un modo particular a sus almas escogidas para que, viviendo en Él y conociendo su Corazón, lo esperen todo de Él.

  

 

 

 

 

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