Hacia la unión con Dios

Carta al Santo Padre

Posted by pablofranciscomaurino en abril 3, 2009

Su Santidad:

Francisco.

 

Santísimo Padre:

 

Que la paz del Señor esté siempre con usted.

Le escribo para desahogar mi corazón, pues lo siento totalmente desgarrado, como nunca lo había sentido.

Desde que leí el grito de san Francisco de Asís: «¡El Amor no es amado!», quedé sobrecogido. La historia de Dios con los hombres es y ha sido siempre así: Él, tratando de acercarse para darnos la felicidad auténtica —buscando no herir en lo más mínimo el don de la libertad que nos dio—, mientras nosotros huimos, despreciando sus infinitos dones de Padre amantísimo…

Y si a todas las ofensas y faltas de amor del mundo añado las mías, ya no sé qué hacer… ¡Me duele el corazón!… ¡Jesús dio la vida de una manera verdaderamente atroz para pagar nuestros pecados y nuestro desamor!… Y, ¿cómo le pagamos ese derroche de amor? ¡Con más desamor y con más ofensas!…

Cuando contemplo la Pasión y la Muerte de ese Amor de los amores —cosa que hago a diario—, me quedo admirado de nuestra miseria, pero más aún de su infinita misericordia: siempre sobrepasa con creces nuestra capacidad de ofenderlo, que parece que fuera infinita…

Esa eterna misericordia suya y no algún mérito mío —que no tengo ninguno— me ha hecho comprender que si hay algo que le duele más, si hay algo que lo hizo llegar a tales extremos, si hay algo que lo hizo capaz de cargar en sus hombros todos los pecados del mundo y sentir la infinita justicia del Padre pesar sobre Él, fue su Alma sacerdotal, ya que Él es el Sacerdote del que proviene todo sacerdocio.

Por eso y por su gracia, entendí que las ofensas y faltas de amor de sus elegidos, los sacerdotes, lo hacen sufrir más que nada. Una sola falta de amor, de delicadeza, de esos hijos suyos predilectos, le duele más que los más graves pecados de los demás seres humanos… Lo hacen sufrir indeciblemente. ¡Si comprendiéramos lo que pasó en el Huerto de los Olivos por eso!… Las ofensas de los laicos hacen sufrir indeciblemente su santísimo Cuerpo, pero las faltas de amor de sus sacerdotes desgarran su Corazón amantísimo…

Por eso, y por muchas razones más, decidí hace ya muchos años ofrecer mi vida por los sacerdotes, los hijos predilectos de Dios. Ahora sé que santa María Magdalena de Pazzi también dijo la misma frase de san Francisco y que, por fortuna, son muchos los cristianos que dedican su vida a suplir el desamor de los sacerdotes para con su Dios y a reparar por todas sus ofensas…

Pero el dolor que esto me causa es, como le dije, desgarrador… ¡Cómo no comprobar —por ejemplo— que a veces las delicadezas de amor que algunos cónyuges se tienen entre sí son mayores que las que tienen ciertos sacerdotes para con Dios!

Algunos tratan al Santísimo Sacramento como si allí no estuviera realmente presente Jesús. ¡Cómo resuenan en mis oídos esas palabras de una parroquiana que le decía a un sacerdote que salía a predicar retiros espirituales a otros ministros consagrados: «Padre: dígales que traten con delicadeza a Nuestro Señor en la Eucaristía, ¡que parece que algunos no creyeran en su presencia real»!

Y, ¿qué decir del descuido de las normas litúrgicas? ¡Cuántos hay que cambian las palabras del Misal, porque creen que su forma de decirlas es más acertada que lo que decidieron los miembros de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos! En esto no hay solamente desobediencia —que es falta de humildad, indispensable para la santidad— sino prueba evidente de desamor.

El que es fiel en lo pequeño, es fiel en lo grande. Son muchos, por ejemplo, los que desobedecen (y hasta ignoran) la instrucción Redemptionis Sacramentum, donde se explican muchos de los desafueros que se cometen diariamente en la celebración eucarística.

El amor auténtico se expresa en las cosas pequeñas. Si, por ejemplo, yo ignorara lo que le gusta o disgusta a mi esposa, le mostraría así mi desinterés y mi desamor; y a ella —aunque imperfecta en el amar— le dolería. ¿Cuánto más le dolerá a Jesús, el Amor ingente?

Un hombre que no ama no tiene detalles de amor. Y después comenzará a fallar en cosas cada vez más importantes: ya hay quienes se salen de la esencia del rito de la Eucaristía: en vez de leer en el Misal: «Esto es mi Cuerpo», dicen: «Este es mi Cuerpo», sin recordar la traducción latina: «Hoc est enim Corpus meum». Y los feligreses que saben esto se preguntan si hubo consagración, si asistieron a la Eucaristía o si realmente comulgaron (o si más bien se comieron un pedazo de pan con forma de oblea pequeña)… Algunos, si se los corrige (qué dolor decir esto: que los laicos tengamos que corregir a los sacerdotes), se muestran agradecidos; pero otros se molestan… Lo mismo ocurre con la segunda parte de la consagración: ya salió la nueva edición del misal corrigiendo el error de traducción que duró casi cuarenta años: se debe decir: « y por muchos» (et pro multis); pero son pocos los que han obedecido…

Por otra parte, ¡cuántas veces se encuentra uno con sacerdotes que no preparan sus homilías; que no saben qué se celebra ese día, que no distinguen entre una solemnidad, una fiesta y una memoria; que les da lo mismo el color de los ornamentos con los que se van a revestir…! Y que, llenos de soberbia, se excusan diciendo que eso no es importante…

¡Cómo duele asistir a la Santa Misa en tantos templos y escuchar sacerdotes que en sus homilías repiten lo que se leyó en el Evangelio (o en las lecturas) o que se alargan discurriendo sobre muchos temas sin concatenación alguna, no dejando nada útil en las almas de sus feligreses!…

Hay otros que sí tienen y enseñan doctrina, pero ¡qué falta de espiritualidad!, ¡se nota que no tienen vida interior, que no aman a Jesucristo! Es evidente que no oran…

¿Cómo no preguntarse por qué o para qué algunos se hicieron sacerdotes? ¿Qué fue lo que los movió? No el amor, ciertamente… ¡Y esto es funesto!: si un laico se casa con su novia sin estar enamorado, está engañándola o quizá engañándose; lo primero es deshonesto, y lo segundo, deplorable; además, nunca será feliz. ¡Pero que un seminarista se ordene sin amar intensamente a Dios es algo verdaderamente trágico!

Además, ¿cómo es posible que un ser humano determine la dirección de su vida sin juicio suficiente y maduro? Por eso, esos sacerdotes no son felices, ¡se les nota! Es obvio deducir que se ordenaron por razones distintas al amor y, lógicamente fue una decisión, no una respuesta a un llamado divino. ¿Acaso no se dan cuenta de que eso es tratar de burlarse de Dios?, ¿que se están jugando la vida eterna? El autoengaño es atroz, ¡y el dolor de Jesús infinito! El sacerdote nunca encontrará la felicidad y dejará una herida inmensa en el amorosísimo Corazón de Jesús… ¡Otra herida más!

Créame, Santísimo Padre, que cuando veo todas estas cosas oro mucho más intensamente, ¡y se me quita el miedo al dolor!: ofrezco más sacrificios para aliviar el Corazón dolorido de Jesucristo, que padece una segunda y una tercera pasión… Santísimo Padre, ¡oremos! ¡Suframos con Jesús, que está muy ofendido, muy solo, abandonado por muchos de los suyos! ¡Reparemos tanto dolor!

¡Cuántos ministros ordenados hay que andan por la vida, en medio de una tibieza peligrosísima, sin orar, sin tener una íntima y constante relación con quien les dio esa eminentísima vocación! ¿Puede creerlo, Santísimo Padre? ¡Hay sacerdotes que no oran! ¡Hay sacerdotes que no están clavados con Cristo en la Cruz! ¡Hay sacerdotes que se ocupan de muchas cosas menos de su grey! Es fácil deducir que estos sacerdotes no tienen una buena dirección espiritual. Y, ¡cuántos hay que no se confiesan! ¿Se imagina el grave peligro en el que se encuentran sus almas?

¡Cuántos son cobardes a la hora de unirse efectivamente a Jesús en la Cruz! ¡Cuántos se olvidan de la salvación de las almas que les han sido confiadas! No se sacrifican por sus ovejas. Esto, por otra parte, explica la gran desbandada de católicos a otras denominaciones y a credos neopaganos.

¡Qué dolor oír sacerdotes que solo hablan de sí mismos: de lo buenos que son, de las labores caritativas que hacen, de sus logros! O también aquellos que hablan mal de otros sacerdotes —a veces hasta en público, en sus homilías—; o, lo que es peor, de su propio Obispo, a quien le deben obediencia, respeto y reverencia, más aún que a otros obispos, puesto que están incardinados a esa diócesis. Esta soberbia sublime requiere de muchas mortificaciones y oraciones largas y constantes de nuestra parte, impetrando el perdón divino; ¡si no las hacemos, se perderán!

Y, ¿qué decir de los sacerdotes que no tratan con amor a la feligresía?, ¿de los que corrigen con autoritarismo, ofensas o levantando la voz? ¿Dónde está ese amor que se supone que los llevó a consagrarse al Esposo divino? ¡Sangre de Dios que rueda a caudales! ¿No lo hace llorar todo esto?…

Piense, por un momento, en la suerte de todos esos sacerdotes… Están arriesgando la vida eterna. ¿Se salvarán…? Si podemos hacer algo por ellos, ¿por qué no intentarlo? ¿No vale la pena? ¡Acompañemos a Jesús en este martirio prolongado! ¡Esos, sus hijos predilectos, valen mucho a sus ojos! ¿Acaso no valen toda su Sangre?

¿Qué haremos por los sacerdotes que recomiendan el uso de anticonceptivos, el matrimonio civil o la unión libre, las relaciones prematrimoniales, etc.?

¿Y por aquellos que caen en la lujuria, pecando contra el sexto y el noveno mandamientos?, ¿los homosexuales?, ¿los que se aprovechan de niños y les quitan su inocencia?…

Preguntémonos qué está pasando con los formadores de los seminarios. ¿Cómo están ayudando a discernir esas vocaciones? Para que no se cuelen falsas vocaciones, ¿hacen selección? ¿Piden efectivamente luces al Espíritu Santo o solo les importa el número de los estudiantes? ¿Fundamentan toda su labor en la oración y en el deseo de hacer la divina Voluntad? ¡Qué responsabilidad tan grande tienen a los ojos del que será su Juez! Oremos y ofrezcamos sacrificios también —y principalmente— por ellos. ¡Vale la pena! ¡Dios nos lo pagará con creces!

Lo único bueno que salió de todo este catastrófico panorama es que —al fin— estoy pensando todo el día en Dios (y también en sus hijos predilectos). Estoy viviendo consciente de su presencia, tratando de amarlo cuanto puedo, y sé —por una gracia especial— que, a pesar de mi infinita miseria, Él se consuela con mi miserable amor.

Cuente siempre con mis oraciones, trabajos y sacrificios (se los prometo hasta que esté con vida y consciente). Espero su bendición para mí, mi familia y mi labor apostólica.

Su hijo, en Cristo, nuestro Señor,

 

 

 

Pablo Francisco Maurino

 

 

 

 

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