Hacia la unión con Dios

La formación doctrinal

Posted by pablofranciscomaurino en abril 24, 2009

Así como una persona cualquiera debe formarse durante unos dieciocho años para poder ejercer una profesión, un católico debe hacer algo parecido:

Primero, hay que leer, meditar y estudiar los libros que el venerable Juan Pablo II llamó los libros de cabecera de un católico, de cualquier católico:

1) el Catecismo de la Iglesia Católica,

2) la Biblia y

3) el Código de Derecho Canónico.

Al terminar esta primera fase, habremos recibido la formación básica (algo similar a la primaria).

En segundo lugar, se deben estudiar:

1) los documentos oficiales de la Iglesia: los del Concilio Vaticano II, las Cartas y Encíclicas de los papas (principalmente los más recientes), los documentos de las Congregaciones del Vaticano, Asambleas episcopales y Sínodos…,

2) la Liturgia y

3) la Patrística (los escritos de los Padres de la Iglesia).

Con esta segunda fase, se llega a ser medianamente formado (se equipara al bachillerato).

Y, por último, se deben continuar los estudios con:

1) la teología espiritual (mística),

2) los escritos de los Doctores de la Iglesia y

3) las vidas y obras de los santos.

Una vez culminados estos estudios, digámoslo así, termina la formación universitaria.

Sin embargo, la persona que llega a este nivel no tiene todavía la capacidad para evaluar, la facultad de discernir si algo (apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes, nuevas formas de espiritualidad, etc.) está de acuerdo con la doctrina de la Iglesia o no. Es decir, no está especializado.

Para eso hace falta lo que hoy llaman la maestría y el doctorado, por una parte; y por otra, la ayuda eficaz e inequívoca del Espíritu Santo, requisitos que solo llena el Magisterio de la Iglesia: únicamente la autoridad competente de la Iglesia es capaz de aprobar o desaprobar cualquiera de esas cosas.

Es esa autoridad competente la que también, por eso mismo, autoriza las obras espirituales (libros, folletos, novenas, oraciones…). Por eso, cada vez que vayamos a comprarlas, es necesario que busquemos la aprobación eclesiástica: el Nihil obstat (no hay óbice, nada obsta, nada es contrario a la fe) y el Imprimatur (puede imprimirse), firmado por lo menos por un Obispo.

Aquí hay que agregar que, aunque estén aprobadas por la Iglesia, las revelaciones privadas no son necesarias, pues el Magisterio simplemente certifica que nada nuevo hay en ellas.

En consecuencia, lo único verdaderamente necesario para el cristiano es la Revelación Universal, contenida en La Tradición de la Iglesia y en las Sagradas Escrituras, es decir, lo que enseña oficialmente el Magisterio de la Iglesia (ni siquiera lo que opine un sacerdote, por más santo que parezca).

He aquí lo que dice el Magisterio en el nº 10 del Compendio del Catecismo:

“¿Qué valor tienen las revelaciones privadas?

El Magisterio de la Iglesia, al que corresponde el discernimiento de tales revelaciones, no puede aceptar, por tanto, aquellas “revelaciones” que pretendan superar o corregir la Revelación definitiva, que es Cristo.”

Y en el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 67:

A lo largo de los siglos ha habido revelaciones llamadas “privadas”, algunas de las cuales han sido reconocidas por la autoridad de la Iglesia. Estas, sin embargo, no pertenecen al depósito de la fe. Su función no es la de “mejorar” o “completar” la Revelación definitiva de Cristo, sino la de ayudar a vivirla más plenamente en una cierta época de la historia. Guiado por el Magisterio de la Iglesia, el sentir de los fieles (sensus fidelium) sabe discernir y acoger lo que en estas revelaciones constituye una llamada auténtica de Cristo o de sus santos a la Iglesia.

Hay, sin embargo, personas que ni siquiera han terminado sus estudios básicos y se animan a aprobar revelaciones privadas porque, según su propio criterio (!?), son buenas o se ajustan a la doctrina católica.

La Iglesia ni siquiera obliga a ninguno de sus hijos a creer en las revelaciones privadas aprobadas por ella: cada fiel es libre de creerlas o no. Es más: una aprobación significa que esa revelación privada es probable, no indudable. Lo único que está haciendo la Iglesia es informando que en ella no hay nada contrario a la fe y a las costumbres: que los fieles pueden leerlas sin peligro para sus almas.

En cuanto a los mensajes que son auténticos, ¿para qué los envían Dios, la Santísima Virgen, los ángeles o los santos? Lo hacen para atraer a los que están alejados de la fe; no son para los que ya están más maduros. Son como el kínder y la transición, antes de la primaria: con ellas Dios, su Santísima Madre, los ángeles o los santos llaman a iniciar el camino; pero el camino hay que seguirlo, no quedarse en el comienzo.

Lamentablemente, hay católicos que pierden el tiempo que deberían invertir en la formación que se describió más arriba, y lo ocupan leyendo escritos, oyendo prédicas o viendo videos sobre apariciones, revelaciones privadas, mensajes de videntes y nuevas formas de espiritualidad…

  

 

 

 

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