Hacia la unión con Dios

Archive for 26 mayo 2009

Ciclo B, VI domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 26, 2009

La esencia del cristianismo

 

«Todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios», nos dice hoy san Juan en la segunda lectura. Y añade: «El que no ama no ha conocido a Dios, pues Dios es amor».

Al ver el mundo nos encontramos con una realidad innegable. El porcentaje de quienes no aman es muy alto; basta ver las noticias diarias para corroborarlo: aunque se ve el bien, parece que aquello que se dijo alguna vez es verdad: el hombre es un lobo para el hombre. El mal cunde por todas partes y los intereses particulares (casi siempre egoístas) están por encima de los de nuestros prójimos.

En la familia ocurre lo mismo: no estaría la sociedad enferma si no lo está su célula: las separaciones conyugales, la dispersión familiar, los problemas afectivos y emocionales, la soledad, etc., son cada vez más frecuentes

Conclusión fácil de sacar: todavía el mundo no ha conocido a Dios.

Sigue diciendo san Juan: «Miren cómo se manifestó el amor de Dios entre nosotros: Dios envió a su Hijo único a este mundo para que tengamos vida por medio de Él». Y en el Evangelio leemos: «Dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me amó, así también los he amado yo: permanezcan en mi amor».

Y, ¿Cómo nos amó Jesús? Él mismo responde: «Como yo los he amado», dando la vida por nosotros.

Podemos preguntarnos: ¿Damos la vida por alguien? Y la respuesta ya la sabemos: solo quienes se gastan en el servicio desinteresado por los demás están cumpliendo el verdadero sentido del cristianismo. Y son pocos.

San Pedro, en la primera lectura dijo: «Verdaderamente reconozco que Dios no hace diferencia entre las personas». Esto quiere decir que tenemos que enseñarle a amar al mundo entero.

Y, ¿cómo? Con la única manera de hacerlo: con el ejemplo. El Hijo de Dios fue claro: «Ámense los unos a los otros: esto es lo que les mando».

Si no comenzamos hoy y ahora, ¿cuándo lo vamos a hacer?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, VI domingo de Pascua

Ciclo B, V domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 20, 2009

Pidan lo que quieran y lo conseguirán

 

En el Evangelio Jesús nos invita: «Mientras ustedes permanezcan en Mí y mis palabras permanezcan en ustedes, pidan lo que quieran y lo conseguirán».

Pero, ¿en qué consiste ese permanecer en Él? Podemos entender en qué consiste permanecer con Él pero, ¿en Él?…

Por fortuna, en otro texto de la Palabra de Dios del día de hoy está la respuesta: san Juan dice en la segunda lectura: «El que guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en él». Y añade: «¿Y cuál es su mandato? Que creamos en el Nombre de su Hijo Jesucristo y nos amemos unos a otros, tal como él nos lo ordenó».

Esto quiere decir que lo que hace que permanezcamos en Jesús es creer en Él y amarnos. Y que si hacemos estas dos cosas conseguiremos lo que pidamos. ¡Haremos milagros!

Pero no olvidemos que amar no es un mero sentimiento: «No amemos con puras palabras y de labios para afuera, sino de verdad y con hechos».

Y, ¿cuáles son los hechos? Servicios, más que sentimientos. Servir a los demás, pero para que crezcan como seres humanos, para que encuentren su felicidad, para que sean santos; no para darles gusto en todos sus caprichos, pues los ayudaríamos a pervertir… A veces servirlos consistirá en corregirlos; otras, en aconsejarlos, ayudarlos a mejorar, exigirles…, todo por amor y con amor.

Así mejoraremos el mundo en que vivimos, pues empezarán a aparecer santos por todas partes. Como ocurrió con san Pablo, a quien todos le tenían miedo, pues no creían que él hubiera cambiado realmente; pero al ver la valentía con la que predicaba abiertamente el Nombre del Señor, cómo enseñaba a todos la manera de ser feliz en esta tierra, lo acogieron finalmente.

Así la Iglesia se edificaba, caminaba con los ojos puestos en el Señor y estaba llena del consuelo del Espíritu Santo.

Hoy, el Espíritu Santo quiere también lo mismo para nosotros. ¿Empezamos?

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, V domingo de Pascua

Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 19, 2009

CONGREGACIÓN PARA EL CLERO

REFLEXIONES DEL CARDENAL CLAÚDIO HUMMES
CON MOTIVO DEL XL ANIVERSARIO DE LA CARTA ENCÍCLICA
«SACERDOTALIS CAELIBATUS»
DEL PAPA PABLO VI

La importancia del celibato sacerdotal

Al entrar en el XL aniversario de la publicación de la encíclica Sacerdotalis caelibatus de Su Santidad Pablo VI, la Congregación para el clero cree oportuno recordar la enseñanza magisterial de este importante documento pontificio.

En realidad, el celibato sacerdotal es un don precioso de Cristo a su Iglesia, un don que es necesario meditar y fortalecer constantemente, de modo especial en el mundo moderno profundamente secularizado.

En efecto, los estudiosos indican que los orígenes del celibato sacerdotal se remontan a los tiempos apostólicos. El padre Ignace de la Potterie escribe:  “Los estudiosos en general están de acuerdo en decir que la obligación del celibato, o al menos de la continencia, se convirtió en ley canónica desde el siglo IV (…). Pero es importante observar que los legisladores de los siglos IV o V afirmaban que esa disposición canónica estaba fundamentada en una tradición apostólica. Por ejemplo, el concilio de Cartago (del año 390) decía:  “Conviene que los que están al servicio de los misterios divinos practiquen la continencia completa (continentes esse in omnibus) para que lo que enseñaron los Apóstoles y ha mantenido la antigüedad misma, lo observemos también nosotros”” (cf. Il fondamento biblico del celibato sacerdotale, en:  Solo per amore. Riflessioni sul celibato sacerdotale. Cinisello Balsamo 1993, pp. 14-15). En el mismo sentido, A.M. Stickler habla de argumentos bíblicos en favor del celibato de inspiración apostólica (cf. Ch. Cochini, Origines apostoliques du Célibat sacerdotal, Prefacio, p. 6).

Desarrollo histórico

El Magisterio solemne de la Iglesia reafirma ininterrumpidamente las disposiciones sobre el celibato eclesiástico. El Sínodo de Elvira (300-303?), en el canon 27, prescribe:  “El obispo o cualquier otro clérigo tenga consigo solamente o una hermana o una hija virgen consagrada a Dios; pero en modo alguno plugo (al Concilio) que tengan a una extraña” (Enrique Denzinger, El Magisterio de la Iglesia, ed. Herder, Barcelona 1955, n. 52 b, p. 22); y en el canon 33:  “Plugo prohibir totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos o a todos los clérigos puestos en ministerio, que se abstengan de sus cónyuges y no engendren hijos y quienquiera lo hiciere, sea apartado del honor de la clerecía” (ib., 52 c).

También el Papa Siricio (384-399), en la carta al obispo Himerio de Tarragona, fechada el 10 de febrero de 385, afirma:  “El Señor Jesús (…) quiso que la forma de la castidad de su Iglesia, de la que él es esposo, irradiara con esplendor (…). Todos los sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir, que desde el día de nuestra ordenación consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos” (ib., n. 89, p. 34).

En el primer concilio ecuménico de Letrán, año 1123, en el canon 3 leemos:  “Prohibimos absolutamente a los presbíteros, diáconos y subdiáconos la compañía de concubinas y esposas, y la cohabitación con otras mujeres fuera de las que permitió que habitaran el concilio de Nicea (325)” (ib., n. 360, p. 134).

Asimismo, en la sesión XXIV del concilio de Trento, en el canon 9 se reafirma la imposibilidad absoluta de contraer matrimonio a los clérigos constituidos en las órdenes sagradas o a los religiosos que han hecho profesión solemne de castidad; con ella, la nulidad del matrimonio mismo, juntamente con el deber de pedir a Dios el don de la castidad con recta intención (cf. ib., n. 979, p. 277).

En tiempos más recientes, el concilio ecuménico Vaticano II, en el decreto Presbyterorum ordinis (n. 16), reafirmó el vínculo estrecho que existe entre celibato y reino de los cielos, viendo en el primero un signo que anuncia de modo radiante al segundo, un inicio de vida nueva, a cuyo servicio se consagra el ministro de la Iglesia.

Con la encíclica del 24 de junio de 1967, Pablo VI mantuvo una promesa que había hecho a los padres conciliares dos años antes. En ella examina las objeciones planteadas a la disciplina del celibato y, poniendo de relieve sus fundamentos cristológicos y apelando a la historia y a lo que los documentos de los primeros siglos nos enseñan con respecto a los orígenes del celibato-continencia, confirma plenamente su valor.

El Sínodo de los obispos de 1971, tanto en el esquema presinodal Ministerium presbyterorum (15 de febrero) como en el documento final Ultimis temporibus (30 de  noviembre), afirma la necesidad de conservar el celibato en la Iglesia latina, iluminando su fundamento, la convergencia de los motivos y las condiciones que lo favorecen (Enchiridion del Sínodo de los obispos, 1. 1965-1988; edición de la Secretaría general del Sínodo de los obispos, Bolonia 2005, nn. 755-855; 1068-1114; sobre todo los nn. 1100-1105).

La nueva codificación de la Iglesia latina de 1983 reafirma la tradición de siempre:  “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres” (Código de derecho canónico, can. 277, 1).
En la misma línea se sitúa el Sínodo de 1990, del que surgió la exhortación apostólica del siervo de Dios Papa Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en la que el Sumo Pontífice presenta el celibato como una exigencia de radicalismo evangélico, que favorece de modo especial el estilo de vida esponsal y brota de la configuración del sacerdote con Jesucristo, a través del sacramento del Orden (cf. n. 44).

El Catecismo de la Iglesia católica, publicado en 1992, que recoge los primeros frutos del gran acontecimiento del concilio ecuménico Vaticano II, reafirma la misma doctrina:  “Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres  creyentes  que  viven  como célibes y  que tienen  la  voluntad de guardar el celibato por el reino de los cielos” (n. 1579).

En el más reciente Sínodo, sobre la Eucaristía, según la publicación provisional, oficiosa y no oficial, de sus proposiciones finales, concedida por el Papa Benedicto XVI, en la proposición 11, sobre la escasez de clero en algunas partes del mundo y sobre el “hambre eucarística” del pueblo de Dios, se reconoce “la importancia del don inestimable del celibato eclesiástico en la praxis de la Iglesia latina”. Con referencia al Magisterio, en particular al concilio ecuménico Vaticano II y a los últimos Pontífices, los padres pidieron que se ilustraran adecuadamente las razones de la relación entre celibato y ordenación sacerdotal, respetando plenamente la tradición de las Iglesias orientales. Algunos hicieron referencia a la cuestión de los viri probati, pero la hipótesis se consideró un camino que no se debe seguir.

El pasado 16 de noviembre de 2006, el Papa Benedicto XVI presidió en el palacio apostólico una de las reuniones periódicas de los jefes de dicasterio de la Curia romana. En esa ocasión se reafirmó el valor de la elección del celibato sacerdotal según la tradición católica ininterrumpida, así como la exigencia de una sólida formación humana y cristiana tanto para los seminaristas como para los sacerdotes ya ordenados.

Las razones del sagrado celibato

En la encíclica Sacerdotalis caelibatus, Pablo VI presenta al inicio la situación en que se encontraba en ese tiempo la cuestión del celibato sacerdotal, tanto desde el punto de vista del aprecio hacia él como de las objeciones. Sus primeras palabras son decisivas y siguen siendo actuales:  “El celibato sacerdotal, que la Iglesia custodia desde hace siglos como perla preciosa, conserva todo su valor también en nuestro tiempo, caracterizado por una profunda transformación de mentalidades y de estructuras” (n. 1).

Pablo VI revela cómo meditó él mismo, preguntándose acerca del tema, para poder responder a las objeciones, y concluye:  “Pensamos, pues, que la vigente ley del sagrado celibato debe, también hoy, y firmemente, estar unida al ministerio eclesiástico; ella debe sostener al ministro en su elección exclusiva, perenne y total del único y sumo amor de Cristo y de la dedicación al culto de Dios y al servicio de la Iglesia, y debe cualificar su estado de vida tanto en la comunidad de los fieles como en la profana” (n. 14).

“Ciertamente —añade el Papa—, como ha declarado el sagrado concilio ecuménico Vaticano II, la virginidad “no es exigida por la naturaleza misma del sacerdocio, como aparece por la práctica de la Iglesia primitiva y por la tradición de las Iglesias orientales” (Presbyterorum ordinis, 16), pero el mismo sagrado Concilio no ha dudado en confirmar solemnemente la antigua, sagrada y providencial ley vigente del celibato sacerdotal, exponiendo también los motivos que la justifican para todos los que saben apreciar con espíritu de fe y con íntimo y generoso fervor los dones divinos” (n. 17).

Es verdad. El celibato es un don que Cristo ofrece a los llamados al sacerdocio. Este don debe ser acogido con amor, alegría y gratitud. Así, será fuente de felicidad y de santidad.

Las razones del sagrado celibato, aportadas por Pablo VI, son tres:  su significado cristológico, el significado eclesiológico y el escatológico.

Comencemos por el significado cristológico. Cristo es novedad. Realiza una nueva creación. Su sacerdocio es nuevo. Cristo renueva todas las cosas. Jesús, el Hijo unigénito del Padre, enviado al mundo, “se hizo hombre para que la humanidad, sometida al pecado y a la muerte, fuese regenerada y, mediante un nuevo nacimiento, entrase en el reino de los cielos. Consagrado totalmente a la voluntad del Padre, Jesús realizó mediante su misterio pascual esta nueva creación introduciendo en el tiempo y en el mundo una forma nueva, sublime y divina de vida, que transforma la misma condición terrena de la humanidad” (n. 19).

El mismo matrimonio natural, bendecido por Dios desde la creación, pero herido por el pecado, fue renovado por Cristo, que “lo elevó a la dignidad de sacramento y de misterioso signo de su unión con la Iglesia. (…) Cristo, mediador de un testamento más excelente (cf. Hb 8, 6), abrió también un camino nuevo, en el que la criatura humana, adhiriéndose total y directamente al Señor y preocupada solamente de él y de sus cosas (cf. 1 Co 7, 33-35), manifiesta de modo más claro y complejo la realidad, profundamente innovadora del Nuevo Testamento” (n. 20).

Esta novedad, este nuevo camino, es la vida en la virginidad, que Jesús mismo vivió, en armonía con su índole de mediador entre el cielo y la tierra, entre el Padre y el género humano. “En plena armonía con esta misión, Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres” (n. 21). Servicio de Dios y de los hombres quiere decir amor total y sin reservas, que marcó la vida de Jesús entre nosotros. Virginidad por amor al reino de Dios.

Ahora bien, Cristo, al llamar a sus sacerdotes para ser ministros de la salvación, es decir, de la nueva creación, los llama a ser y a vivir en novedad de vida, unidos y semejantes a él en la forma más perfecta posible. De ello brota el don del sagrado celibato, como configuración más plena con el Señor Jesús y profecía de la nueva creación. A sus Apóstoles los llamó “amigos”. Los llamó a seguirlo muy de cerca, en todo, hasta la cruz. Y la cruz los llevará a la resurrección, a la nueva creación perfeccionada. Por eso sabemos que seguirlo con fidelidad en la virginidad, que incluye una inmolación, nos llevará a la felicidad. Dios no llama a nadie a la infelicidad, sino a la felicidad. Sin embargo, la felicidad se conjuga siempre con la fidelidad. Lo dijo el recordado Papa Juan Pablo II a los esposos reunidos con él en el II Encuentro mundial de las familias, en Río de Janeiro.
Así se llega al tema del significado escatológico del celibato, en cuanto que es signo y profecía de la nueva creación, o sea, del reino definitivo de Dios en la Parusía, cuando todos resucitaremos de la muerte.

Como enseña el concilio Vaticano II, la Iglesia “constituye el germen y el comienzo de este reino en la tierra” (Lumen gentium, 5). La virginidad, vivida por amor al reino de Dios, constituye un signo particular de los “últimos tiempos”, pues el Señor ha anunciado que “en la resurrección no se tomará mujer ni marido, sino que serán como ángeles de Dios en el cielo” (Sacerdotalis caelibatus, 34).

En un mundo como el nuestro, mundo de espectáculo y de placeres fáciles, profundamente fascinado por las cosas terrenas, especialmente por el progreso de las ciencias y las tecnologías —recordemos las ciencias biológicas y las biotecnologías—, el anuncio de un más allá, o sea, de un mundo futuro, de una parusía, como acontecimiento definitivo de una nueva creación, es decisivo y al mismo tiempo libra de la ambigüedad de las aporías, de los estrépitos, de los sufrimientos y contradicciones, con respecto a los verdaderos bienes y a los nuevos y profundos conocimientos que el progreso humano actual trae consigo.

Por último, el significado eclesiológico del celibato nos lleva más directamente a la actividad pastoral del sacerdote.

La encíclica Sacerdotalis caelibatus afirma:  “la virginidad consagrada de los sagrados ministros manifiesta el amor virginal de Cristo a su Iglesia y la virginal y sobrenatural fecundidad de esta unión” (n. 26). El sacerdote, semejante a Cristo y en Cristo, se casa místicamente con la Iglesia, ama a la Iglesia con amor exclusivo. Así, dedicándose totalmente a las cosas de Cristo y de su Cuerpo místico, el sacerdote goza de una amplia libertad espiritual para ponerse al servicio amoroso y total de todos los hombres, sin distinción.

“Así, el sacerdote, muriendo cada día totalmente a sí mismo, renunciando al amor legítimo de una familia propia por amor de Cristo y de su reino, hallará la gloria de una vida en Cristo plenísima y fecunda, porque como él y en él ama y se da a todos los hijos de Dios” (n. 30).
La encíclica añade, asimismo, que el celibato aumenta la idoneidad del sacerdote para la escucha de la palabra de Dios y para la oración, y lo capacita para depositar sobre el altar toda su vida, que lleva los signos del sacrificio (cf. nn. 27-29).

El valor de la castidad y del celibato

El celibato, antes de ser una disposición canónica, es un don de Dios a su Iglesia; es una cuestión vinculada a la entrega total al Señor. Aun distinguiendo entre la disciplina del celibato de los sacerdotes seculares y la experiencia religiosa de la consagración y de la profesión de los votos, no cabe duda de que no existe otra interpretación y justificación del celibato eclesiástico fuera de la entrega total al Señor, en una relación que sea exclusiva, también desde el punto de vista afectivo; esto supone una fuerte relación personal y comunitaria con Cristo, que transforma el corazón de sus discípulos.

La opción del celibato hecha por la Iglesia católica de rito latino se ha realizado, desde los tiempos apostólicos, precisamente en la línea de la relación del sacerdote con su Señor, teniendo como gran icono el “¿Me amas más que estos?” (Jn 21, 15), que Jesús resucitado dirige a Pedro.

Por tanto, las razones cristológicas, eclesiológicas y escatológicas del celibato, todas ellas arraigadas en la comunión especial con Cristo a la que está llamado el sacerdote, pueden tener diversas expresiones, según lo que afirma autorizadamente la encíclica Sacerdotalis caelibatus.
Ante todo, el celibato es “signo y estímulo de la caridad pastoral” (n. 24). La caridad es el criterio supremo para juzgar la vida cristiana en todos sus aspectos; el celibato es un camino del amor, aunque el mismo Jesús, como refiere el evangelio según san Mateo, afirma que no todos pueden comprender esta realidad:  “No todos entienden este lenguaje, sino aquellos a quienes se les ha concedido” (Mt 19, 11).

Esa caridad se desdobla en los clásicos aspectos de amor a Dios y amor a los hermanos:  “Por la virginidad o el celibato a causa del reino de los cielos, los presbíteros se consagran a Cristo de una manera nueva y excelente y se unen más fácilmente a él con un corazón no dividido” (Presbyterorum ordinis, 16). San Pablo, en un pasaje al que aquí se  alude, presenta  el  celibato y la virginidad como “camino para agradar al Señor” sin divisiones (cf. 1 Co 7, 32-35):  en otras palabras, un “camino del amor”, que ciertamente supone una vocación particular, y en este sentido es un carisma, y que es en sí mismo excelente tanto para el cristiano como para el sacerdote.

El amor radical a Dios, a través de la caridad pastoral, se convierte en amor a los hermanos. En el decreto Presbyterorum ordinis leemos que los sacerdotes “se dedican más libremente a él y, por él al servicio de Dios y de los hombres y se ponen al servicio de su reino y de la obra de la regeneración sobrenatural sin ningún estorbo. Así se hacen más aptos para aceptar en Cristo una paternidad más amplia” (n. 16). La experiencia común confirma que a quienes no están vinculados a otros afectos, por más legítimos y santos que sean, además del de Cristo, les resulta más sencillo abrir plenamente y sin reservas su corazón a los hermanos.

El celibato es el ejemplo que Cristo mismo nos dejó. Él quiso ser célibe. Explica también la encíclica:  “Cristo permaneció toda la vida en el estado de virginidad, que significa su dedicación total al servicio de Dios y de los hombres. Esta profunda conexión entre la virginidad y el sacerdocio en Cristo se refleja en los que tienen la suerte de participar de la dignidad y de la misión del mediador y sacerdote eterno, y esta participación será tanto más perfecta cuanto el sagrado ministro esté más libre de vínculos de carne y de sangre” (Sacerdotalis caelibatus, 21).

La existencia histórica de Jesucristo es el signo más evidente de que la castidad voluntariamente asumida por Dios es una vocación sólidamente fundada tanto en el plano cristiano como en el de la común racionalidad humana.

Si la vida cristiana común no puede legítimamente llamarse así cuando excluye la dimensión de la cruz, cuánto más la existencia sacerdotal sería ininteligible si prescindiera de la perspectiva del Crucificado. A veces en la vida de un sacerdote está presente el sufrimiento, el cansancio y el tedio, incluso el fracaso, pero esas cosas no la determinan en última instancia. Al escoger seguir a Cristo, desde el primer momento nos comprometemos a ir con él al Calvario, conscientes de que tomar la propia cruz es el elemento que califica el radicalismo del seguimiento.

Por último, como he dicho, el celibato es un signo escatológico. Ya desde ahora está presente en la Iglesia el reino futuro:  ella no sólo lo anuncia, sino que también lo realiza sacramentalmente, contribuyendo a la “nueva creación”, hasta que la gloria de Cristo se manifieste plenamente.
Mientras que el sacramento del matrimonio arraiga a la Iglesia en el presente, sumergiéndola totalmente en el orden terreno, que así se transforma también él en lugar posible de santificación, la virginidad remite inmediatamente al futuro, a la perfección íntegra de la creación, que sólo alcanzará su plenitud al final de los tiempos.

Medios para ser fieles al celibato

La sabiduría bimilenaria de la Iglesia, experta en humanidad, ha identificado constantemente a lo largo del tiempo algunos elementos fundamentales e irrenunciables para favorecer la fidelidad de sus hijos al carisma sobrenatural del celibato.

Entre ellos destaca, también en el magisterio reciente, la importancia de la formación espiritual del sacerdote, llamado a ser “testigo de lo Absoluto”. La Pastores dabo vobis afirma:  “Formarse para el sacerdocio es aprender a dar una respuesta personal a la pregunta fundamental de Cristo:  “¿Me amas?” (Jn 21, 15). Para el futuro sacerdote, la respuesta no puede ser sino el don total de su vida” (n. 42).

En este sentido, son absolutamente fundamentales tanto los años de la formación remota, vivida en la familia, como sobre todo los de la próxima, en los años del seminario, verdadera escuela de amor, en la que, como la comunidad apostólica, los jóvenes seminaristas mantienen una relación de intimidad con Jesús, esperando el don del Espíritu para la misión. “La relación del sacerdocio con Jesucristo, y en él con su Iglesia, —en virtud de la unción sacramental— se sitúa en el ser y en el obrar del sacerdote, o sea, en su misión o ministerio” (ib., 16).

El sacerdocio no es más que “vivir íntimamente unidos a él” (ib., 46), en una relación de comunión íntima que se describe como “una forma de amistad” (ib.). La vida del sacerdote, en el fondo, es la forma de existencia que sería inconcebible si no existiera Cristo. Precisamente en esto consiste la fuerza de su testimonio:  la virginidad por el reino de Dios es un dato real; existe porque existe Cristo, que la hace posible.

El amor al Señor es auténtico cuando tiende a ser total:  enamorarse de Cristo quiere decir tener un conocimiento profundo de él, frecuentar su persona, sumergirse en él, asimilar su pensamiento y, por último, aceptar sin reservas las exigencias radicales del Evangelio. Sólo se puede ser testigos de Dios si se hace una profunda experiencia de Cristo. De la relación con el Señor depende toda la existencia sacerdotal, la calidad de su experiencia de martyria, de su testimonio.

Sólo es testigo de lo Absoluto quien de verdad tiene a Jesús por amigo y Señor, quien goza de su comunión. Cristo no es solamente objeto de reflexión, tesis teológica o recuerdo histórico; es el Señor presente; está vivo porque resucitó y nosotros sólo estamos vivos en la medida en que participamos cada vez más profundamente de su vida. En esta fe explícita se funda toda la existencia sacerdotal. Por eso la encíclica dice:  “Aplíquese el sacerdote en primer lugar a cultivar con todo el amor que la gracia le inspira su intimidad con Cristo, explorando su inagotable y santificador misterio; adquiera un sentido cada vez más profundo del misterio de la Iglesia, fuera del cual su estado de vida correría el riesgo de parecerle sin consistencia e incongruente” (Sacerdotalis caelibatus, 75).

Además de la formación y del amor a Cristo, un elemento esencial para conservar el celibato es la pasión por el reino de Dios, que significa la capacidad de trabajar con diligencia y sin escatimar esfuerzos para que Cristo sea conocido, amado y seguido. Como el campesino que, al encontrar la perla preciosa, lo vende todo para comprar el campo, así quien encuentra a Cristo y entrega toda su existencia con él y por él, no puede menos de vivir trabajando para que otros puedan encontrarlo.

Sin esta clara perspectiva, cualquier “impulso misionero” está destinado al fracaso, las metodologías se transforman en técnicas de conservación de una estructura, e incluso las oraciones podrían convertirse en técnicas de meditación y de contacto con lo sagrado, en las que se disuelven tanto el yo humano como el Tú de Dios.

Una ocupación fundamental y necesaria del sacerdote, como exigencia y como tarea, es la oración, la cual es insustituible en la vida cristiana y, por consecuencia, en la sacerdotal. A la oración hay que prestar atención particular:  la celebración eucarística, el Oficio divino, la confesión frecuente, la relación afectuosa con María santísima, los ejercicios espirituales, el rezo diario del santo rosario, son algunos de los signos espirituales de un amor que, si faltara, correría el riesgo de ser sustituido con los sucedáneos, a menudo viles, de la imagen, de la carrera, del dinero y de la sexualidad.

El sacerdote es hombre de Dios porque está llamado por Dios a serlo y vive esta identidad personal en la pertenencia exclusiva a su Señor, que se documenta también en la elección del celibato. Es hombre de Dios porque de él vive, a él habla, con él discierne y decide, en filial obediencia, los pasos de su propia existencia cristiana.

Los sacerdotes, cuanto más radicalmente sean hombres de Dios, mediante una existencia totalmente teocéntrica, como subrayó el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso a la Curia romana con ocasión de las felicitaciones navideñas, el 22 de diciembre de 2006, tanto más eficaz y fecundo será su testimonio y tanto más rico en frutos de conversión será su ministerio. No hay oposición entre la fidelidad a Dios y la fidelidad al hombre; al contrario, la primera es condición de posibilidad de la segunda.

Conclusión:  una vocación santa

La Pastores dabo vobis, hablando de la vocación del sacerdote a la santidad, después de subrayar la importancia de la relación personal con Cristo, presenta otra exigencia:  el sacerdote, llamado a la misión del anuncio, recibe el encargo de llevar la buena nueva como un don a todos. Sin embargo, está llamado a acoger el Evangelio ante todo como don ofrecido a su propia existencia, a su propia persona y como acontecimiento salvífico que lo compromete a una vida santa.

Desde esta perspectiva, Juan Pablo II habló del radicalismo evangélico que debe caracterizar la santidad del sacerdote. Por tanto, se puede decir que los consejos evangélicos tradicionalmente propuestos por la Iglesia y vividos en los estados de la vida consagrada, son los itinerarios de un radicalismo vital al que también, a su modo, el sacerdote está llamado a ser fiel.

La exhortación afirma:  “Expresión privilegiada del radicalismo son los varios consejos evangélicos que Jesús propone en el sermón de la montaña (cf. Mt 5-7), y entre ellos los consejos, íntimamente relacionados entre sí, de obediencia, castidad y pobreza:  el sacerdote está llamado a vivirlos según el estilo, es más, según las finalidades y el significado original que nacen de la identidad propia del presbítero y la expresan” (n. 27).

Más adelante, refiriéndose a la dimensión ontológica en la que se fundamenta el radicalismo evangélico, dice:  “El Espíritu, consagrando al sacerdote y configurándolo con Jesucristo, cabeza y pastor, crea una relación que, en el ser mismo del sacerdote, requiere ser asimilada y vivida de manera personal, esto es, consciente y libre, mediante una comunión de vida y amor cada vez más rica, y una participación cada vez más amplia y radical de los sentimientos y actitudes de Jesucristo. En esta relación entre el Señor Jesús y el sacerdote —relación ontológica y psicológica, sacramental y moral— está el fundamento y a la vez la fuerza para aquella “vida según el Espíritu” y para aquel “radicalismo evangélico” al que está llamado todo sacerdote y que se ve favorecido por la formación permanente en su aspecto espiritual” (n. 72).

La nupcialidad del celibato eclesiástico, precisamente por esta relación entre Cristo y la Iglesia que el sacerdote está llamado a interpretar y a vivir, debería dilatar su espíritu, iluminando su vida y encendiendo su corazón. El celibato debe ser una oblación feliz, una necesidad de vivir con Cristo para que él derrame en el sacerdote las efusiones de su bondad y de su amor que son inefablemente plenas y perfectas.

A este propósito, son iluminadoras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI:  “El verdadero fundamento del celibato sólo puede quedar expresado en la frase:  “Dominus pars (mea)“, Tú eres el lote de mi heredad. Sólo puede ser teocéntrico. No puede significar quedar privados de amor; debe significar dejarse arrastrar por el amor a Dios y luego, a través de una relación más íntima con él, aprender a servir también a los hombres. El celibato debe ser un testimonio de fe:  la fe en Dios se hace concreta en esa forma de vida, que sólo puede tener sentido a partir de Dios. Fundamentar la vida en él, renunciando al matrimonio y a la familia, significa acoger y experimentar a Dios como realidad, para así poderlo llevar a los hombres”.

 22 de diciembre de 2006

 

 

Card. CLÁUDIO HUMMES, o.f.m.
Prefecto de la Congregación para el clero

  

 

 

 

 

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Posición de la Iglesia sobre el celibato sacerdotal*

Huyendo de la Cruz

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 15, 2009

Ya han pasado dos milenios y las cosas parecen seguir igual:

En la época de Jesucristo todos lo seguían para beneficiarse de Él: para que les hiciera milagros o para consolarse con sus palabras… Hoy se llenan los estadios cuando se hacen congresos se sanación o cuando se hacen congresos de alabanza, a veces no tanto para alabar a Dios sino, como dicen, para vivir una «experiencia linda que me llegó al corazón».

En la época de Jesucristo, Él les hizo el reproche a los que lo seguían: «En verdad les digo: Ustedes me buscan, no porque han visto a través de los signos, sino porque han comido pan hasta saciarse» (Jn 6, 26b). Suena dolorosa la voz de Jesús; parece que se entristece al ver que la gente lo busca por puro interés. Y hoy todavía hay muchos que siguen buscando a Jesús para que les solucione los problemas, mientras que muy pocos se ocupan en amarlo desinteresadamente.

Toda la gente, los discípulos y los apóstoles lo siguieron durante los tres años de su vida pública… Y es que «la gente estaba admirada de cómo enseñaba, porque lo hacía con autoridad y no como sus maestros de la Ley» (Mt 7, 28-29). Podemos repetir con san Pedro: «¿A quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna».

Pero, ¿vamos a Él porque sus palabras nos consuelan, porque Él tiene algo que nos sirve? O, por el contrario, ¿vamos tras Él para ponernos a su disposición, para trabajar por su Reino y su Justicia? Contestar estas dos preguntas también nos responderá si lo que nos mueve es el afán de servirlo o servirnos de Él. ¿Acaso seguirlo no es imitarlo?: «Sepan que el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir (Mc 10, 45a).

Después de seguirlo durante tres años, maravillados, ¡todos lo abandonaron!, porque llegó la hora de la Cruz. Hoy también muchos cristianos se detienen al ver que Jesús sale para el Monte de los Olivos, porque allí será prendido, golpeado brutalmente, ultrajado, vejado, escarnecido, humillado; y, después, azotado, coronado de espinas, clavado en la Cruz…

Es lo que le pasa a la gente que es invitada por Jesús a compartir su Cruz: una enfermedad, un descalabro económico, un problema familiar, la muerte de un ser querido… Parecen decir: «Yo hasta aquí llego, Jesús; desde ahora, arréglatelas Tú solo.» Y eso significa que eran seguidores de Jesús en los momentos buenos pero, a la hora de demostrar su amor, a la hora de sufrir por la salvación de las almas, a la hora de corredimir, a la hora de hacer suyas las penas de su Amado…, ya no son cristianos…

Y Jesús sigue muy solo, colgado en la Cruz entre el Cielo y la tierra —ya van dos milenios—, esperando que alguno o alguna lo ame hasta el final, como lo han hecho los mártires.

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Huyendo de la Cruz

Hacer el bien y padecer

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 15, 2009

«Jesús ya pagó por nuestros pecados; nosotros no tenemos que sufrir.»…

Bien entendida esta frase es veraz y a la vez cierta (segura). Pero mal entendida puede llevar al error: «Si Jesús ya pagó por mis pecados; yo nunca sufriré en esta vida; tampoco tengo por qué hacer penitencia, no tengo que ofrecer sacrificios, no debo hacer mortificaciones —eso es cosa de masoquistas—, de nada sirve que le ofrezca a Dios mis sufrimientos…»

La Biblia dice exactamente lo contrario:

«Cristo padeció por vosotros, y os dejó ejemplo para que sigáis sus pasos.» (1P 2, 21b)

El mismo versículo comienza diciendo:

«Para esto fuisteis llamados.» (1P 2, 21a)

¿Acaso fuimos llamados para sufrir? La respuesta está en el versículo anterior:

«Pero si, haciendo el bien, aguantáis padeciendo, esto es lo grato a Dios.» (1P 2, 20b)

Son palabras clarísimas: lo grato a Dios es hacer el bien y aguantar padeciendo.

¿Por qué? Porque sin padecer no desaparecen los apetitos desordenados que nos dejó el pecado original: en vez de amar al Creador sobre todas las cosas, nos apegamos a las criaturas desordenadamente, prefiriéndolas. Antes de este pecado, los seres humanos tenían ordenados sus afectos: amaban a Dios sobre todas las cosas y a los demás seres humanos como a ellos mismos. Tras ese pecado, nacieron los apegos a las criaturas: nos apegamos a las cosas, a las ideas, a las personas y hasta a nosotros mismos.

Es muy frecuente, por ejemplo, que el ser humano, en vez de acercarse por las criaturas a Dios, se quede embebido en la belleza de las criaturas, y no piense que ellas son apenas una muestra pequeñísima de la infinita belleza de Dios.

Del mismo modo, nuestra inteligencia y nuestras capacidades se quedan gozando de nuestras pobres ideas, en vez de tomarlas como una ínfima muestra de la sabiduría infinita de Dios.

También sucede que, atraídos por el amor que nos puedan dar nuestros seres queridos, nos aferramos a ellos, como limosneros de su amor, sin reparar en que son criaturas y que, por lo tanto, nunca llenarán las ansias de amor que bullen en nuestro interior como lo haría su Creador, el Amor de los amores.

Finalmente, nuestro amor propio —apego a nosotros mismos— es impresionante: tenemos tanto apetito por el placer, el tener, el poder y la fama, que con frecuencia ofendemos a Dios.

Él, apiadado de nosotros, decidió no solamente venir a la tierra a pagar la deuda que debíamos, sino que, además, nos mostró el camino: hacer el bien y estar desapegados por completo de todos los apetitos desordenados, para ir por el camino recto, sin obstáculos, hacia Dios, único que puede llenar esas ansias de felicidad que sentimos en nuestro interior. Y eso duele. Pero vale la pena.

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Hacer el bien y padecer

Ciclo B, IV domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 12, 2009

El buen pastor da su vida por las ovejas

 

¡Qué amor tan singular nos ha tenido el Padre, pues no sólo nos llamamos hijos de Dios, sino que lo somos! Es el mismo amor que enseñó a sus Apóstoles y discípulos: los sacerdotes de hoy. Quería que ellos dieran la vida por sus ovejas, los demás fieles de la Iglesia, como Él la dio; en efecto, dijo claramente: «Yo doy mi vida por las ovejas»; y en otro pasaje: «Ámense los unos a los otros como Yo los he amado».

Si vemos que hoy no todos los sacerdotes se entregan con todas sus fuerzas, con todo su corazón, a ese servicio que el Fundador les encargó, si notamos que algunos no son capaces de dar su vida por el pueblo de Dios; es porque las ovejas han olvidado que hay que orar y ofrecer sacrificios por sus pastores, ya que ellos son atacados más fuertemente por el Demonio, pues él sabe que gana una gran batalla cuando derriba al pastor: las ovejas se dispersan.

Por eso se acierta cuando se dice que toda comunidad tiene el pastor que se merece. No los pueden dejar solos en esa lucha.

Orar y ofrecer sacrificios por los pastores. Si así lo hacen los laicos, verán a los sacerdotes como a san Pedro, que estaba lleno del Espíritu Santo, cuando les dijo a los Jefes del pueblo y a los Ancianos:

«Hoy debemos responder por el bien que hemos hecho a un enfermo. ¿A quién se debe esa sanación? Sépanlo todos ustedes y todo el pueblo de Israel: este hombre que está aquí sano delante de ustedes ha sido sanado por el Nombre de Jesucristo el Nazareno».

Sanación. ¡La gente quedará sana con la acción de los sacerdotes!: resucitarán los que estaban muertos por el pecado, oirán los que estaban sordos a las cosas de Dios, caminarán los que eran paralíticos para avanzar en la vida espiritual, los ciegos espirituales comenzarán a ver las maravillas de Dios…; en fin: el mundo será como lo quiere Dios.

Así, pues, laico: en tus manos está la salvación del mundo.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, IV domingo de Pascua

Sobre el caso del padre Alberto

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2009

He aquí algunas precisiones:

1) El padre Alberto tuvo 7 años de estudio en el seminario para pensar si aceptaba el celibato, luego de los cuáles, decidió comprometerse. Y lo hizo libremente, cuando ya era un adulto; nadie lo obligó.

2) Si las palabras del padre Alberto fueron, como se dice en algunos medios: “nunca voy a pedir perdón por amar a una mujer”, está usando una falacia, pues nadie espera que alguien pida perdón por algo bueno (amar a alguien), sino por algo malo: no cumplir la obligación a la que él mismo se comprometió libremente.

3) Dicen también las noticias que el padre pidió perdón “a aquellos que se sintieron ofendidos por sus acciones”. Esto es otra falacia pues, según las noticias “Cutié y la mujer que le conquistó el corazón no eligieron un lugar apartado para darse amor, sino las turísticas y concurridas playas de Miami Beach, plagadas de paparazzi”. El pecado que cometió, pues, se llama escándalo, palabra que él aprendió en el seminario y que significa piedra de tropiezo, y según la Real Academia de la Lengua, “acción o palabra que es causa de que alguien obre mal”, y por el cual el mismo Jesús dijo: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar […]. Por lo tanto, ¡tengan cuidado! (Lc 17, 1-3; Mt 18, 6-7;  Mc 9. 42). Esto quiere decir que el padre Alberto debe arrepentirse sinceramente, confesarse y corregirse y, además, ofrecer muchos sacrificios, oraciones, actos de caridad, limosnas e indulgencias para reparar tanto daño que hizo en tantas partes, y así evitar o reducir el tiempo que tendrá que pasar en el purgatorio. Y que todos lo ayudemos con nuestras oraciones.

4) Los que exigen a la Iglesia que permita el matrimonio de los sacerdotes no saben cuáles son las razones por las que se tomó esa decisión. Valdría la pena que, antes de opinar, se informaran primero de ellas. Por ejemplo: dicen que el celibato es un invento de los curas. En las Sagradas Escrituras —palabra de Dios— se lee: “El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor” (1Co 7, 32-34a. 35).

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio: “Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!”. (Mt 19, 12)

Además de las bíblicas, la Iglesia tiene más razones para recomendar el celibato sacerdotal, ¿Las conocen los críticos? (Si desea conocer más acerca de esto, puede leer en este mismo blog el artículo: ¿Sacerdotes casados?)

5) Argumentan que permitir el matrimonio a los sacerdotes acabarían estas situaciones escandalosas pues, según ellos, es muy frecuente que a los sacerdotes les pasen estas cosas; por lo tanto, ya que los índices de infidelidad conyugal son tan altos, podrían también pedir que se legalice la poligamia: así se acabaría el problema. ¿Es esa la solución?

6) En el fondo de todo esto está escondido un ambiente generalizado de hedonismo silencioso, en el que se cree que lo más importante en la vida es el placer y, sobre todo, el genital: pocos pueden entender hoy que existen —y existieron siempre— seres humanos que no están encadenados por esa esclavitud del cuerpo, que son libres para comprometerse a ideales más altos, que pueden vivir con la vista puesta en el espíritu —como hizo Gandhi y otros muchos hombres de otras religiones, credos y filosofías de vida en el mundo entero—, pues sabían que la vida más elevada –enraizada en valores espirituales— premia con deleites infinitamente más encumbrados que los del cuerpo. ¡Pobres seres humanos! ¡Qué miras tan bajas! ¡Pudiendo llegar tan alto…!

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Sobre el caso del padre Alberto

¿Sacerdotes casados?

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 10, 2009

El hombre es el complemento de la mujer y ella de él. Esto es lo que significa sexo: sección, parcialidad, mitad en busca de otra mitad, es decir, complemento.

Pero la persona concreta, jamás encontrará otra que le sirva de complemento total. Al ser creado por Dios, sólo Dios puede llenar el corazón del hombre; es el único que puede complementarlo.

El matrimonio es, en este contexto, el amor de un hombre por una mujer, porque ella es signo de Dios; por eso se llama Sacramento, palabra que significa Signo sensible de un efecto interior y espiritual. El matrimonio es el signo a través del cual se ama a Dios en la imagen de la esposa.

En cambio, en la virginidad que vive un sacerdote, Dios se convierte en el esposo de su alma. ¡El sacerdote alcanza a Dios directamente!

El matrimonio, al ser sólo signo, termina con la vida terrestre, y significa; mientras que la virginidad —la unión con Dios— es lo significado.

Esta unión con Dios, entonces, viene a ser la meta definitiva del hombre. Para los casados, el matrimonio es un signo de esta unión con Dios, unión que también ellos deben vivir para alcanzar la felicidad. Por esto se puede afirmar que la virginidad confirma el Sacramento del Matrimonio y le da su verdadera dimensión.

No se habla aquí, es lógico, de la virginidad física, psicológica (indivisibilidad del corazón) o jurídica (renuncia al matrimonio), sino de la virginidad del Evangelio, esa que encuentra a Dios como el verdadero complemento.

Todo esto se puede corroborar en las Sagradas Escrituras:

«El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarlo. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido. Al decirles esto no quiero ponerles trampas; se los digo para su bien, con miras a una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor. (1Co 7, 32-34a. 35)

Se trata, pues, como dice san Pablo, de «una vida más noble en la que estén enteramente unidos al Señor.»

Y Jesucristo (que no se casó) enseñó el celibato —la virginidad evangélica— como algo superior al matrimonio:

«Hay hombres que han nacido incapacitados para el sexo. Hay otros que fueron mutilados por los hombres. Hay otros que se hicieron así por el Reino de los Cielos. ¡Entienda el que pueda!». (Mt 19, 12)

El sacerdote que tiene una auténtica vocación se entrega directamente a Dios; no necesita del medio, del signo, es decir, no necesita el Sacramento del matrimonio, pues goza ya de la intimidad de quien verdaderamente lo complementa: Dios. Ya posee lo que el matrimonio apenas promete.

Proponerle a un buen sacerdote que se case es como pedirle a un hombre enamorado que se contente con una fotografía de su esposa, con una imagen.

Por esto, los seminaristas que tienen auténtica vocación abrazan libremente el celibato antes de ordenarse: se eximen voluntariamente del ejercicio de su genitalidad porque ya no lo necesitan; están por encima de los deseos sexuales del matrimonio, porque los colma plenamente el encuentro íntimo y sincero del yo personal con Dios, encuentro que trasciende la señal física.

Desafortunadamente, hay sacerdotes que no comprendieron estas maravillas de su vocación, y por lo tanto tampoco se hicieron conscientes de que podrían vivir tan cerca de la meta definitiva del hombre: la unión con Dios; son ellos los que tienen momentos de crisis en los que “el amor, el afecto y el sexo se hacen incontrolables”, como dicen algunos, y son los que intentan llenar el gran vacío que les queda con un amor humano (o con el sexo).

Pero los que son consecuentes con la grandeza de su vocación nunca pensarían en algo menor al encuentro directo con la divinidad.

Posted in Sacerdotes | Etiquetado: , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en ¿Sacerdotes casados?

Hacer cuentas

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 8, 2009

Mientras el dependiente empacaba mis dos pedidos, me dijo que marcaría uno con un signo, para que yo pudiera distinguirlo del otro. Pero, al ver cómo le quedó, trató de mejorarlo lo mejor que pudo, y me dijo: «Se lo marqué con un signo + (más), no con una cruz; porque —dijo dirigiéndose a otro cliente— la cruz es señal de muerte, y Cristo resucitó. Es que hay gente que se hace la señal de la cruz, y eso es pura ignorancia».

No pude resistir la tentación, y le pregunté:

«Y por qué Pablo dice: “Nosotros proclamamos a un Mesías crucificado” (1Co 1, 23a) y no: “Nosotros proclamamos a un Mesías resucitado”?»

Se quedó unos segundos en silencio, y dijo: «Esos son los misterios de la Biblia.»

Ante tan rápido éxito, agregué: «Para unos, escándalo; para otros, locura. Pero para los que Dios ha llamado, la cruz es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (cf. 1Co 1, 23b-24).

Por supuesto, tras la despedida hubo silencio…

Evidentemente, se trataba de un cristiano no católico. Pero, hoy día, muchos católicos también están pensando así. Y es que resulta que una religión sin cruz, sin sufrimientos, es algo cómodo, fácil.

Pero, así como antes de embarcarse en una aventura, es necesario hacer bien las cuentas, asimismo, antes de decidir seguir a Jesús —ser cristiano—, conviene saber qué dijo Él al respecto:

«El que no carga con su propia cruz para seguirme luego, no puede ser discípulo mío. Cuando uno de ustedes quiere construir una casa en el campo, ¿no comienza por sentarse y hacer las cuentas, para ver si tendrá para terminarla? Porque si pone los cimientos y después no puede acabar la obra, todos los que lo vean se burlarán de él diciendo: ¡Ese hombre comenzó a edificar y no fue capaz de terminar! Y cuando un rey parte a pelear contra otro rey, ¿no se sienta antes para pensarlo bien? ¿Podrá con sus diez mil hombres hacer frente al otro que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, envía mensajeros mientras el otro está aún lejos para llegar a un arreglo. Esto vale para ustedes: el que no renuncia a todo lo que tiene, no podrá ser discípulo mío.» (Lc 14, 27-33)

¡Cargar con la propia cruz!, que es redentora, unida a la Cruz de Cristo. Ningún ideal se hace realidad sin sacrificio; y este ideal, la gloria de Dios y la salvación de las almas, es el más alto de todos, por eso vale la pena cualquier sacrificio:

«Ustedes se enfrentan con el mal, pero todavía no han tenido que resistir hasta la sangre.» (Hb 12, 4)

Sólo así, terminaremos como Jesús:

Si bien su debilidad lo llevó a la cruz, ahora vive por la fuerza de Dios. Así también nosotros compartimos su debilidad, pero viviremos con Él por el poder de Dios. (2Co 13, 4)

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

Posted in La Cruz | Etiquetado: , , , | Comentarios desactivados en Hacer cuentas

Ciclo B, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 5, 2009

Vivir y morir por el ideal más grande

 

Es impresionante ver el valor san Pedro y los demás Apóstoles: querían explicarle a la gente la felicidad que los embargaba; querían que todo el mundo se enterara que el ser humano puede ser feliz; habían encontrado la llave de la felicidad; nada les importaba: ni el sufrimiento, ni la cárcel, ni las críticas, ni que los encarcelaran, ni que los condenaran a muerte…

Y todo se basaba en un argumento que recoge hoy la primera lectura, de la boca de san Pedro: «Mataron al Señor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.»

Los demás Apóstoles se contaban unos a otros la misma noticia: Jesús resucitó y, por consiguiente, nosotros resucitaremos también. ¡Y resucitaremos a una vida de felicidad eterna!

Habían entendido que por este ideal, por esparcir esta noticia, vale la pena cualquier sacrificio; vale la pena hasta sacrificar la propia vida que, al fin y al cabo, es transitoria, efímera.

Jesús les abrió la mente para que entendieran las Escrituras. Les dijo: «Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan».

Para ser felices es, por lo tanto, indispensable que nos arrepintamos, que consigamos el perdón de nuestros pecados y que, como dice la segunda lectura, no pequemos más. Y así conoceremos a Dios, que nos llevará al Cielo.

Sabremos que lo conocemos si cumplimos sus mandatos: los de la Ley de Dios y los de la Iglesia. Si alguien los guarda, el auténtico amor de Dios está en él.

Si los Apóstoles y los primeros cristianos eran capaces de dejarse matar por este ideal, nosotros deberíamos preferir morir antes que dejar de cumplir uno de sus mandamientos; porque sabemos que si así lo hacemos lograremos la meta.

Posted in Homilías | Etiquetado: , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Ciclo B, III domingo de Pascua