Hacia la unión con Dios

Ciclo B, domingo de Pentecostés

Posted by pablofranciscomaurino en junio 9, 2009

Una fuerza descomunal

 

Estaban todos los apóstoles reunidos cuando, de repente, vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo…

La violencia que expresa en esta narración, en el lenguaje moderno, podría ser presagio de un suceso aterrador, algo demoledor, devastador.

Pero lo que hoy puede suceder es precisamente lo contrario: que el Espíritu Santo descienda sobre cada uno de nosotros, y penetre en el alma, para invadirnos de un amor inmenso, infinito, que es la mayor fuerza del cosmos: una fuerza unitiva tal, que lo cohesione todo, hasta hacerlo parecer uno.

Si recibiéramos con las debidas disposiciones esta fuerza sobrenatural —la más poderosa de todas—, inmediatamente quedaríamos fusionados al Dios–Amor: recibiríamos todo el impacto de su fuerza, sin podernos resistir a ella, pues experimentaríamos toda la felicidad que hemos estado anhelando toda la vida.

Y, como si fuera poco, esa fuerza nos llevaría a romper todos los obstáculos que ponemos para vivir el amor entre nosotros, aquí en la tierra. Quedaríamos con tal avidez de amar a nuestros semejantes, que nada ni nadie podría echar abajo. Comenzaríamos a vivir el ideal que Cristo vino a traer a la tierra: que cada uno de nosotros dedique su vida a trabajar por la felicidad de los demás, sin esperar nada a cambio; olvidándose de sí mismo.

Así constituiríamos la Nueva Jerusalén, la Jerusalén del amor: todos en un solo cuerpo. Haríamos realidad lo que hoy dice san Pablo: Hemos sido bautizados en el único Espíritu para que formemos un solo cuerpo.

Y recibiríamos su primer fruto: la paz que recibieron los apóstoles; cuando Jesús se puso de pie en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»

Y después, si fallamos, el perdón: «A quienes perdonen los pecados les serán perdonados». ¿Qué más queremos?

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