Hacia la unión con Dios

Ciclo B, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

Posted by pablofranciscomaurino en junio 30, 2009

El hombre perdido es rescatado por Dios

Alianza, compromiso. Estas palabras dicen muy poco a los seres humanos de nuestros días; parecen aludir a los procesos de paz…

Pero se trata de lo mejor que le pudo haber ocurrido al ser humano: caído como estaba por el pecado, destinado al infierno, marcado por el fracaso total; es el mismo Dios quien hace una alianza para redimirlo: fue la que Dios hizo a través de Moisés, como nos lo narra hoy la primera lectura: Moisés tomó la mitad de la sangre y la echó en vasijas; con la otra mitad roció el altar. Después tomó el libro de la Alianza y lo leyó en presencia del pueblo. Respondieron: «Obedeceremos al Señor y haremos todo lo que Él pide». Entonces Moisés tomó la sangre con la que roció el pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con ustedes, conforme a todos estos compromisos.»

Pero esa alianza solo era una figura de la que Dios haría a través de Cristo que, como el Sumo Sacerdote que nos consigue los nuevos dones de Dios, entra en un santuario no creado y, con su propia Sangre, consigue de una sola vez nuestra liberación definitiva.

Por eso Cristo es el mediador de un nuevo testamento o alianza. Por su muerte fueron redimidas las faltas cometidas, y desde entonces la promesa se cumple en los que Dios llama para la herencia eterna: ¡nosotros!

Y esa promesa se cumple en la Misa de cada día:

Durante la comida Jesús tomó pan, y después de pronunciar la bendición, lo partió y se lo dio diciendo: «Tomen; esto es mi cuerpo». Tomó luego una copa, y después de dar gracias se la entregó; y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esto es mi sangre, la sangre de la Alianza, que será derramada por muchos».

Esta es la razón de ser de la solemnidad de hoy, en la que festejamos nuestra liberación, en la que el Cuerpo santísimo de Cristo es destrozado por amor a sus hijos, los hombres, y su santísima Sangre paga nuestros pecados.

¿No vale la pena celebrar este portentoso hecho?

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