Hacia la unión con Dios

Archive for 27 agosto 2009

La mayor bendición

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 27, 2009

«¡Se curó milagrosamente!» «¡Me gané la lotería!» «¡Salió bien de la operación que le hicieron!» «¡Conseguí el trabajo que quería!»… Todo esto lo llamamos bendiciones. Y también llamamos bendiciones el hecho de tener salud, dinero, bienestar…

Pero, ¿por qué las personas buenas sufren? ¿Por qué a un católico comprometido le ocurren cosas malas? Los buenos cristianos se enferman y sufren como los demás; y reciben bendiciones como los demás. ¿De qué sirve, entonces, esforzarse por mejorar?

Quizá lo que ocurre es que no hemos comprendido suficientemente la parábola de los talentos: podríamos descubrir detalles de la Revelación a los que no se les ha dado suficiente relieve:

«Un hombre estaba a punto de partir a tierras lejanas, y reunió a sus servidores para confiarles todas sus pertenencias. Al primero le dio cinco talentos, a otro le dio dos, y al tercero solamente uno, a cada cual según su capacidad. Después se marchó.

El que recibió cinco talentos negoció enseguida con el dinero y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo otro tanto, y ganó otros dos. Pero el que recibió uno cavó un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su patrón.

Después de mucho tiempo, vino el señor de esos servidores, y les pidió cuentas. El que había recibido cinco talentos le presentó otros cinco más, diciéndole: “Señor, tú me entregaste cinco talentos, pero aquí están otros cinco más que gané con ellos. El patrón le contestó: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te voy a confiar mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón.”

Vino después el que recibió dos, y dijo: “Señor, tú me entregaste dos talentos, pero aquí tienes otros dos más que gané con ellos.” El patrón le dijo: “Muy bien, servidor bueno y honrado; ya que has sido fiel en lo poco, yo te confiaré mucho más. Ven a compartir la alegría de tu patrón”.

Por último vino el que había recibido un solo talento y dijo: “Señor, yo sabía que eres un hombre exigente, que cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has invertido. Por eso yo tuve miedo y escondí en la tierra tu dinero. Aquí tienes lo que es tuyo.” Pero su patrón le contestó: “¡Servidor malo y perezoso! Si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he invertido, debías haber colocado mi dinero en el banco. A mi regreso yo lo habría recuperado con los intereses. Quítenle, pues, el talento y entréguenselo al que tiene diez. Porque al que produce se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no produce se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese servidor inútil, échenlo a la oscuridad de afuera: allí será el llorar y el rechinar de dientes.”» (Mt 25, 14-30)

Dios nos ha enseñado en esta parábola que se nos pedirán cuentas de lo que se nos dio: si fue mucho, mucho se nos exigirá. Un hombre millonario deberá dar cuenta a Dios de lo que tuvo, de cómo lo administró: a cuántos ayudó y cuánto se reservó egoístamente para él. Lo mismo ocurrirá con todo lo que recibimos: inteligencia, acceso a la cultura, viajes, habilidades, estabilidad emocional, una buena familia, belleza…, lo que sea. ¿Cómo lo administramos? ¿En beneficio de quién lo empleamos? Y la respuesta a estas preguntas determinará nuestro destino eterno.

Por el contrario, a quienes han recibido menos, menos se les exigirá. ¿De qué le podría pedir cuentas Dios a un bebé que muere a los pocos días de nacer? Nada le exigirá: se lo llevará inmediatamente al Cielo (esto derriba el principal argumento que defiende la creencia en la reencarnación).

Por eso es que no podemos seguir llamando «bendiciones» a las cosas que recibimos o a los talentos; en realidad son pruebas. El Señor nos da para probarnos. Cuanto más nos dé, más pruebas habrá; y quien menos reciba, será menos probado.

Entonces cabe preguntarnos para qué nos prueba Dios y qué es lo qué es lo que nos quiere probar. ¿Acaso Dios no lo sabe todo? ¿Acaso Dios no sabe de lo que somos capaces? ¿Hay algo que Él necesite saber?

La palabra «prueba» se debe entender aquí como se entiende en las Sagradas Escrituras: una oportunidad que Dios nos da para hacer méritos, para que el esfuerzo que hagamos le dé gloria y honra. Si no hay esfuerzo, no hay mérito.

Por eso, todo lo que llamamos «malo» en esta vida temporal es la posibilidad de hacer algo meritorio ante los ojos de Dios. Y esos méritos, unidos a los de Jesucristo, ayudarán a la salvación de muchas almas y a la instauración del Reino de Dios: un reino de amor, paz y alegría. Pero si la persona no tiene que esforzarse, no hace méritos.

Si, por ejemplo, alguien es probado con una enfermedad, es porque Dios quiere que esa persona haga méritos, que sea santa. Y los hará simplemente si acepta la voluntad de Dios, si le ofrece sus sufrimientos unidos a los de nuestro Salvador y si confía en su infinito amor, a pesar de las circunstancias.

Como se dijo más arriba, si no hay esfuerzo, no hay mérito, no hay santidad. Podemos deducir que no solamente es necesario sufrir, sino que nos conviene mucho, como ninguna otra cosa; concluiremos que sufrir es nuestra mayor bendición.

Pero hay más razones para querer el sufrimiento: el sufrimiento así ofrecido es reparador: le devuelve la honra y gloria que le quitamos a Dios con nuestros pecados, sirve para pagar la pena temporal que merecemos por los pecados propios y los de los demás.

Además, nos fortalece como seres humanos y, lo que es mejor, nos purifica para que no haya intereses escondidos en nuestra relación con Dios: así como una mujer sabe que un hombre la ama si es capaz de sufrir por ella, solo cuando sufrimos por Él se puede asegurar que lo amamos, pues cuando hay gusto personal se puede mezclar el egoísmo.

Finalmente, nuestro sufrimiento así ofrecido consuela el Corazón adolorido de Jesús, que tiene tan pocos amigos aquí en la tierra.

La mejor bendición, pues, son los sufrimientos. ¿Qué otra cosa en este mundo nos puede proporcionar tantos beneficios?

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Ciclo B, XX domingo de tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 23, 2009

¿Comulgar o no comulgar?

 

«¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?», era la pregunta obvia de los judíos, después de haber oído a Jesús: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo».

Y hoy, ¿somos conscientes de lo que vamos a hacer cuando estamos haciendo la fila para recibir la comunión? ¿Sabemos a qué vamos? ¿Creemos realmente que vamos a recibir en nuestro corazón a Dios? ¿Creemos en la presencia real de Jesús en la Hostia que vamos a recibir?

Cuántas veces vamos en la fila distraídos —o quizá devotos— pero sin darnos cuenta del milagro que está por realizarse en nuestras vidas: ¡Dios, el mismo Dios, el Dueño del Universo se ha hecho pequeño para que podamos entrar en intimidad con Él!

Es como si tuviésemos una experiencia pequeña de Cielo: el encuentro personal y definitivo con Dios, ¡el único que puede llenar nuestros anhelos de felicidad!

Si pensamos por un momento quién es Él, su grandeza, su poder, su esplendor, y luego nos vemos a nosotros mismos, con nuestras limitaciones y nuestra poquedad…, es seguro que nos desbocaríamos en agradecimientos; es que participar de la divinidad, por unos instantes (nosotros que somos apenas criaturas) está fuera del alcance de nuestra limitada inteligencia. ¡Sólo se puede permanecer extasiado ante semejante portento!

Habría que permanecer dando gracias, aunque sea unos minutos. Y, a veces, salimos apresurados a las actividades diarias, sin pensar siquiera cuánto nos ayudaría un diálogo interior con ese Dios que lo hizo todo y que nos dio la vida y todos los bienes espirituales y materiales que tenemos.

Vale la pena que lo meditemos un momento: hagamos ahora una evaluación de nuestra vida, antes de celebrar en esta Eucaristía la vida, Pasión, muerte y resurrección del Señor: ¿Aprovechamos la oportunidad de comulgar? ¿Somos conscientes de lo que va a ocurrir en nuestro ser dentro de unos momentos? ¿Nos preparamos convenientemente? ¿Cómo estamos recibiendo a Jesús?

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Ciclo B, XIX domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 18, 2009

Para que el hombre no muera

 

Elías, a quien creían que Jesús llamaba desde la Cruz, comió y bebió pan y agua, y con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios. En cambio, los judíos —los escogidos— comieron en el desierto el maná enviado por el mismo Dios y, sin embargo, murieron.

Hoy, Jesús se nos presenta como el pan de la vida: el que coma de este pan vivirá para siempre.

¿Somos conscientes de lo que significa vivir para siempre? ¡No morir!… ¿Creemos realmente en esto? ¿No es verdad que muchas veces durante el día pensamos en lo de hoy, en lo de los días próximos, en las preocupaciones económicas, de salud,… y hasta en los afanes y en el tráfico?

Cristo vino a decir a todos que el Padre existe, que Él lo conoce desde siempre y que nos espera otra vida después de esta. Los cristianos hemos sido escogidos por ese Padre amoroso para ser sus imitadores, como hijos queridos, y para que vivamos en el amor, como Cristo nos amó y se entregó por nosotros, para pagar nuestros pecados.

¡Estamos marcados con una marca divina! La marca de la liberación final. Y por eso no podemos ser iguales a los demás: debemos desterrar de nosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Seamos, como nos dice san Pablo, buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros, como Él nos perdonó. No más maldad, no más rencor, no más venganzas (ni siquiera pequeñas), ¡no más que amor de Dios!

Los que, como nosotros, están marcados por Dios y que, además, reciben el Cuerpo de Cristo, pan para la eternidad, sólo pueden estar listos para el amor.

Solo así la vida será como un mar, en el que muchos pasan grandes trabajos para mantenerse a flote, y la fe como la fuerza de Dios que nos hace nadar en la superficie, sin hundirnos. Y, como si fuera poco, seguros de que iremos a la vida eterna, a la felicidad sin fin.

   

 

 

 

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La fuerza misteriosa de la Pasión*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 13, 2009

Jesús ha sufrido. Sí, el mismo Jesús, nuestro Dios, que se hizo hombre por nuestra salvación. Él sufrió, fue crucificado, murió y fue sepultado.

La víspera de su Pasión rogó a su Padre celestial para que todos fueran uno, uno con Él. Se llamó a sí mismo Cabeza del Cuerpo Místico, del que nosotros somos los miembros. Él es la vid, nosotros los sarmientos. Se metió Él mismo en el lagar y allí fue exprimido. Nos ha dado el vino para que, bebiéndolo, podamos vivir su misma vida, para que podamos compartir su sufrimiento. Lo ha dicho Él mismo: El que quiera seguirme, es decir, cumplir mi voluntad, que cargue con su cruz cada día; el que me sigue tendrá la luz de la vida: Yo soy la vida; os he dado ejemplo. Para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Y no comprendiendo sus discípulos que la vía indicada era la de la Pasión, se lo explicó diciendo: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Entonces ardieron en sus pechos los corazones de los discípulos. La palabra de Dios se había convertido para ellos en juego. Y descendiendo después sobre ellos el Espíritu Santo, como una llama divina, se sintieron contentos de sufrir, a su vez, el desprecio y la persecución, porque se hacían así semejantes a aquél que los había precedido en el camino del sufrimiento.

Los discípulos comprendieron que Él no había querido apartarse de este camino, que habían vaticinado antes los profetas. Desde el pesebre hasta la Cruz, no supo de otra cosa, sino de sufrimiento, pobreza y desprecio. Consagró toda su vida a enseñar al pueblo que Dios mira el sufrimiento, la pobreza y el desprecio humano de modo muy diferente a como lo hace la necia sabiduría del mundo. El dolor es la consecuencia necesaria del pecado, y solo mediante la cruz se recupera la unión con Dios y la gloria perdida. El dolor es, por lo mismo, el camino del Cielo. En la cruz está la salvación; en la cruz, la victoria. Así lo ha dispuesto Dios, que quiso además tomar sobre sí el sufrimiento para lograr con él la gloria de la Redención. Por eso, como dice san Pablo, Los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá cuando haya pasado el tiempo de padecer y seamos ya partícipes de la misma gloria. María, que conservaba todas las palabras de Dios en su corazón, supo comprender, por la plenitud de gracia que le fue concedida, el gran valor del sufrimiento. Mientras los discípulos huían, ella salió al encuentro del Salvador, camino del Calvario y permaneció al pie de la Cruz participando en su oprobio y en sus últimos sufrimientos. Y lo puso en el sepulcro con la esperanza firme de su Resurrección.

¡Ojalá nuestros corazones fueran tan ardientes y generosos como el suyo y se abrieran totalmente a los sufrimientos del Sagrado Corazón de Jesús! Él dijo: He deseado enormemente comer de esta comida pascual con vosotros antes de padecer. ¿Es nuestro deseo como el suyo? ¿No nos quejamos demasiado cuando Él nos alarga el cáliz de la Pasión? Es tan difícil para nosotros resignarnos al sufrimiento, que alegrarse de él nos parece algo heroico. Consideramos casi imposible el desear la cruz y el sufrimiento. Según el mundo, es, de hecho, una locura desear solo sufrimiento y desprecio, como lo deseaba san Juan de la Cruz. Y a veces nosotros pensamos de modo semejante al del mundo con nuestras “prudentes” cautelas. ¿Dónde está la ofrenda que cada mañana, consciente y reflexivamente, al menos de palabra y en apariencia, hacemos de nosotros mismos, cuando nos unimos a la ofrenda, que ofrecemos junto con la Iglesia, de Aquel con el que estamos unidos en un único Cuerpo?

Jesús lloró una vez sobre Jerusalén: ¡Ojalá pudieses conocer tú hoy el don de Dios! ¡Ojalá pudiésemos también nosotros conocer hoy el gran valor que Dios ha puesto en nuestros sufrimientos!

Beato Tito Brandsma,

presbítero y mártir

de la Orden del Carmen

 

 

 

 

 

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Adóro te devóte*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 5, 2009

Adóro te devóte

(Al final está en español)

 

Adóro te devóte, latens Déitas,

Quæ sub his figúris vere látitas:

Tibi se cor meum totum súbiicit,

Quia te contémplans totum déficit.

 

Visus, tactus, gustus in te fállitur,

Sed audítu solo tuto créditur.

Credo, quidquid dixit Dei Fílius:

Nil hoc verbo Veritátis vérius.

 

In Cruce latébat sola Déitas,

At hic latet simul et Humánitas;

Ambo tamen credens atque cónfitens,

Peto quod petívit latro pænitens.

 

Plagas, sicut Thomas, non intúeor;

Deum tamen meum te confíteor.

Fac me tibi semper magis crédere,

In te spem hábere, te dilígere.

 

O memoriále mortis Dómini!

Panis vivus, vitam præstans hómini!

Præsta meæ menti de te vívere,

Et te illi semper dulce sápere.

 

Pie pellicáne, Iesu Dómine,

Me immúndum munda tuo sánguine,

Cuius una stilla salvum fácere

Totum mundum quit ab omni scélere.

 

Iesu, quem velatum nunc aspício,

Oro fiat illud quod tam sítio:

Ut te reveláta cernens fácie,

Visu sim beátus tuæ glóriæ. Amen.

 

 

Te adoro con devoción, Dios escondido,

oculto verdaderamente bajo estas apariencias:

A ti se somete mi corazón por completo,

y se rinde totalmente al contemplarte.

 

Al juzgar de ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto;

pero basta el oído para creer con firmeza;

creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios:

nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

 

En la Cruz se escondía sólo la divinidad,

pero aquí se esconde también la humanidad;

creo y confieso ambas cosas,

y pido lo que pidió aquel  ladrón arrepentido.

 

No veo las llagas como las vio Tomás

pero confieso que eres mi Dios:

haz que yo crea más y más en ti,

que en ti espere y que te ame.

 

¡Oh memorial de la muerte del Señor!

¡Pan vivo que das vida al hombre!:

Concede a mi alma que de ti viva

y que siempre saboree tu dulzura.

 

Señor Jesús, bondadoso pelícano,

límpiame a mí inmundo, con tu Sangre,

de la que una sola gota puede liberar

de todos los crímenes al mundo entero.

 

 

Jesús, a quien ahora veo oculto,

te ruego que se cumpla lo que tanto ansío:

que al mirar tu rostro cara a cara,

sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

 

 

 

 

 

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Ciclo B, XVIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 5, 2009

El alimento que perdura

 

«Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura», dijo Jesús a quienes lo buscaban.

Muchos, desde que se levantan, luchan por el «alimento» que perece: no solo el alimento para el cuerpo —desayuno, almuerzo y comida—, sino también el que intenta saciar el deseo de tener, de gozar, del placer, del qué dirán, del «surgir», del «triunfar»… Se los ve por todas partes colmando el día de muchos quehaceres, corriendo de un lado para otro, angustiados por la falta de dinero —o por saber qué hacer con ese dinero—… y, siempre, con estrés, buscando quién o qué pueda darles algo de paz.

Así, los psicólogos clínicos y los psiquiatras, pero también los consultorios de diversas y novedosas terapias se convierten en alternativas de todas estas mujeres y hombres insatisfechos y «llenos de vacío». Además, las personas migran a creencias como la reencarnación, el budismo, el hinduismo, los Testigos de Jehová, las sectas protestantes y miles de opciones más.

La respuesta la dio, hace dos milenios, aquel que es el camino, la verdad y la vida: «que creáis en el que Él ha enviado».

«Pero yo creo», podremos decir, y estaremos en lo cierto si, todos los días, al levantarnos, lo hacemos para trabajar por Él y por toda la humanidad, para que los hijos de Dios vayan recorriendo el camino del amor, para que el mundo mejore y para que todos sean felices.

Trabajar es, primero, dar ejemplo; luego, orar sin desfallecer por todos, día tras día, y si nuestro amor es mayor, hora tras hora; después, ofrecer sacrificios pequeños (y si amamos más, grandes) para unirnos a la cruz de Jesús y así ser eficaces; y por último, si se presenta la oportunidad, enseñar esto a cuantos podamos.

¿Por qué no comenzar ahora?

Nunca pasaremos hambre, nunca más pasaremos sed.

 

 

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