Hacia la unión con Dios

La fuerza misteriosa de la Pasión*

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 13, 2009

Jesús ha sufrido. Sí, el mismo Jesús, nuestro Dios, que se hizo hombre por nuestra salvación. Él sufrió, fue crucificado, murió y fue sepultado.

La víspera de su Pasión rogó a su Padre celestial para que todos fueran uno, uno con Él. Se llamó a sí mismo Cabeza del Cuerpo Místico, del que nosotros somos los miembros. Él es la vid, nosotros los sarmientos. Se metió Él mismo en el lagar y allí fue exprimido. Nos ha dado el vino para que, bebiéndolo, podamos vivir su misma vida, para que podamos compartir su sufrimiento. Lo ha dicho Él mismo: El que quiera seguirme, es decir, cumplir mi voluntad, que cargue con su cruz cada día; el que me sigue tendrá la luz de la vida: Yo soy la vida; os he dado ejemplo. Para que lo que he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Y no comprendiendo sus discípulos que la vía indicada era la de la Pasión, se lo explicó diciendo: ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Entonces ardieron en sus pechos los corazones de los discípulos. La palabra de Dios se había convertido para ellos en juego. Y descendiendo después sobre ellos el Espíritu Santo, como una llama divina, se sintieron contentos de sufrir, a su vez, el desprecio y la persecución, porque se hacían así semejantes a aquél que los había precedido en el camino del sufrimiento.

Los discípulos comprendieron que Él no había querido apartarse de este camino, que habían vaticinado antes los profetas. Desde el pesebre hasta la Cruz, no supo de otra cosa, sino de sufrimiento, pobreza y desprecio. Consagró toda su vida a enseñar al pueblo que Dios mira el sufrimiento, la pobreza y el desprecio humano de modo muy diferente a como lo hace la necia sabiduría del mundo. El dolor es la consecuencia necesaria del pecado, y solo mediante la cruz se recupera la unión con Dios y la gloria perdida. El dolor es, por lo mismo, el camino del Cielo. En la cruz está la salvación; en la cruz, la victoria. Así lo ha dispuesto Dios, que quiso además tomar sobre sí el sufrimiento para lograr con él la gloria de la Redención. Por eso, como dice san Pablo, Los trabajos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá cuando haya pasado el tiempo de padecer y seamos ya partícipes de la misma gloria. María, que conservaba todas las palabras de Dios en su corazón, supo comprender, por la plenitud de gracia que le fue concedida, el gran valor del sufrimiento. Mientras los discípulos huían, ella salió al encuentro del Salvador, camino del Calvario y permaneció al pie de la Cruz participando en su oprobio y en sus últimos sufrimientos. Y lo puso en el sepulcro con la esperanza firme de su Resurrección.

¡Ojalá nuestros corazones fueran tan ardientes y generosos como el suyo y se abrieran totalmente a los sufrimientos del Sagrado Corazón de Jesús! Él dijo: He deseado enormemente comer de esta comida pascual con vosotros antes de padecer. ¿Es nuestro deseo como el suyo? ¿No nos quejamos demasiado cuando Él nos alarga el cáliz de la Pasión? Es tan difícil para nosotros resignarnos al sufrimiento, que alegrarse de él nos parece algo heroico. Consideramos casi imposible el desear la cruz y el sufrimiento. Según el mundo, es, de hecho, una locura desear solo sufrimiento y desprecio, como lo deseaba san Juan de la Cruz. Y a veces nosotros pensamos de modo semejante al del mundo con nuestras “prudentes” cautelas. ¿Dónde está la ofrenda que cada mañana, consciente y reflexivamente, al menos de palabra y en apariencia, hacemos de nosotros mismos, cuando nos unimos a la ofrenda, que ofrecemos junto con la Iglesia, de Aquel con el que estamos unidos en un único Cuerpo?

Jesús lloró una vez sobre Jerusalén: ¡Ojalá pudieses conocer tú hoy el don de Dios! ¡Ojalá pudiésemos también nosotros conocer hoy el gran valor que Dios ha puesto en nuestros sufrimientos!

Beato Tito Brandsma,

presbítero y mártir

de la Orden del Carmen

 

 

 

 

 

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