Hacia la unión con Dios

Archive for 30 septiembre 2009

Protegido: LA SITUACIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 30, 2009

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Para estar en la gloria eterna

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

¿Qué dice la Biblia acerca de la gloria del Cielo? ¿Quién se salvará? En la carta a los romanos está la respuesta:

«Porque te salvarás si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos.» (Rm 10, 9)

La fe es la que nos salva. Pero esa fe se demuestra con hechos:

Un hombre joven se le acercó y le dijo: «Maestro, ¿qué es lo bueno que debo hacer para conseguir la vida eterna?» Jesús contestó: […] «si quieres entrar en la vida, cumple los mandamien­tos.» (Mt 19, 16-17)

Está claro, pues, que hay que cumplir los mandamientos para entrar en el Cielo. Al cumplirlos, demostramos que tenemos fe. Lo mismo ocurre con la obras de misericordia: las viviremos solo si tenemos fe. Y así sucede con las demás enseñanzas y ejemplos de Cristo: amar a los enemigos, poner la otra mejilla, hacer la Voluntad de Dios, etc., etc., etc.

Pero, además, la fe se tiene que probar:

«Si el oro debe ser probado pasando por el fuego, y es sólo cosa pasajera, con mayor razón la fe de ustedes, que vale mucho más. Esta prueba les merecerá alabanza, honor y gloria el día en que se manifieste Cristo Jesús.» (1P 1, 7)

Dice el texto que pasar la prueba de la fe nos merecerá la alabanza, el honor y la gloria, es decir, el Cielo prometido.

Y, ¡en qué consiste esa prueba? Es un sufrimiento que nos amolda, nos afirma, nos hace fuertes, para poder llegar a ese lugar definitivo: la gloria eterna. Nos lo explica claramente Pedro, en su primera carta:

«Dios, de quien procede toda gracia, los ha llamado en Cristo para que compartan su gloria eterna, y ahora deja que sufran por un tiempo con el fin de amoldarlos, afirmarlos, hacerlos fuertes y ponerlos en su lugar definitivo.» (1P 5, 10)

Entonces, ¿es necesario sufrir para acceder a la gloria? Sí. Pablo es todavía más explícito, más categórico:

«Si hemos sufrido con Él, estaremos con Él también en la Gloria.» (Rm 8, 17c)

Sufrir con Él; ese fue el camino que recorrió Cristo y, por lo tanto, el que debemos recorrer sus seguidores, los cristianos.

 

Del libro:

El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

 

Este libro lo puede conseguir en:

http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Palabras clave de la Cuaresma

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2009

 

Sacrificio, expiación, reparación, mortificación, penitencia, son algunos de los vocablos que solemos escuchar en esta época cuaresmal. Parecen significar lo mismo, pero intuimos que tienen sus diferencias. ¿Cuáles son?

Extrayendo del Diccionario de la lengua española las acepciones concernientes a la vida espiritual, he aquí la definición de estas palabras, para salir de la confusión:

Sacrificio: Ofrenda que se hace a Dios. Tiene dos sentidos: en señal de homenaje o de expiación.

Expiación: Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio (de una ofrenda a Dios). En este caso, nuestros sacrificios se unen a los de Cristo, para que tengan valor.

Reparación: Desagravio, satisfacción completa de una ofensa, daño o injuria hecha a Dios. Es lo que se logra con la expiación.

Mortificación: Domar las pasiones castigando el cuerpo y refrenando la voluntad, con el fin de conseguir la libertad que se necesita para llegar a la perfección que Dios nos pide (Cf. Mt 5, 48), es decir, la santidad, la felicidad. 

Penitencia: Serie de ejercicios penosos con que procuramos la mortificación de nuestras pasiones y sentidos.

Todos estamos obligados, como criaturas que somos, a ofrecer homenajes a Dios, a desagraviarlo por nuestras ofensas y a purificarnos de nuestras culpas. Y, por otra parte, debemos domar nuestras pasiones para llegar a la perfección, a la felicidad auténtica. Pero cada uno, de acuerdo con su director espiritual, debe acordar la calidad y la cantidad de estos actos.

Estas prácticas se deben enseñar con mucha prudencia y sabiduría espiritual. Son muchos los factores que influyen en la toma de esta decisión:

–el estado de la persona: si es casado, soltero o viudo;

–la vocación y el carisma al que fue llamado: sacerdote secular, vida consagrada, seglar;

–la cantidad y calidad de los pecados que se quieren purgar;

–el conocimiento que tenga de la bondad y maldad de los actos;

–su situación biológica y psicológica (su salud); y, sobre todo,

–si es un principiante, un aprovechado o un perfecto, es decir, su situación espiritual.

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Los inevitables sufrimientos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

 

La aterradora realidad del sufrimiento humano —de la que nadie ha podido escapar los cien o doscientos mil años que el hombre lleva sobre la tierra— ha hecho que algunos pretendan lo imposible: vivir sin dolor. Anestésicos y analgésicos de todo tipo, por una parte; técnicas de control mental, faquirismo y budismo, por otra…; siempre buscando libarse del sufrimiento…

Pero han sido infructuosos los intentos: todo ser humano ha tenido que experimentar alguna vez el sufrimiento físico o biológico: los nervios sensitivos llevan la sensación de dolor al sistema nervioso central… ¿Quién no ha sentido frío, calor, sed, hambre, cansancio…?

El sufrimiento emocional también llega —tarde o temprano— a nuestras vidas: se sufre, por ejemplo, ante un fracaso, por el peso del trabajo y de la pobreza, por las vergüenzas, o por una desilusión, las «injusticias», la humillación, la deshonra, el desprestigio, el desconsuelo… Por eso, el estrés, la angustia, la ansiedad, la depresión y muchas enfermedades psicológicas más son muestras de esta realidad que tanto pulula en nuestros días.

En el ámbito afectivo también el ser humano se afecta: la ingratitud, el cariño no correspondido, la indiferencia de los seres queridos, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, el desprecio, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, la soledad…

Un cuarto tipo de sufrimiento es el moral, frecuentemente confundido con los anteriores: se sufre cuando se ve el mal, porque va en contra de la caridad, porque ofende a Dios… Por la misma razón nos duele también el mal que realizamos. ¡Y duele más cuanto más está el alma enamorada de Dios!

Pero el sufrimiento que más afecta es el espiritual: en la vida de intimidad con Dios, cuando el alma es «tocada» por Dios y queda prendada del amor de Dios, ya no hay nada que la atraiga más que la unión con el Amor de los amores… Y, como el alma vive esta vida terrenal, esa separación duele infinitamente, pues infinito es el bien del que se está perdiendo… Dolor que es incomparable a todos los demás, pero que es preciso experimentar para poder llegar limpios a esa unión con Dios, que llenará al alma de los gozos y deleites espirituales que apenas se presienten en la vida de oración, y de la que tanto han hablado los autores místicos. En esta etapa ya los placeres terrenales son despreciables…

Por eso Dios permite nuestro sufrimiento: para purificarnos de todos los apegos y apetitos a los que tendemos desordenadamente, y lleguemos a la meta donde se realizará nuestra auténtica realización personal:

«Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos: ¿a qué hijo no lo corrige su padre? Si no conocieran la corrección, que ha sido la suerte de todos, serían bastardos y no hijos.

Además, cuando nuestros padres según la carne nos corregían, los respetábamos. ¿No deberíamos someternos con mayor razón al Padre de los espíritus para tener vida? Nuestros padres nos corregían sin ver más allá de la vida presente, tan corta, mientras que Él mira a lo que nos ayudará a alcanzar su propia santidad. Ninguna corrección nos alegra en el momento, más bien duele; pero con el tiempo, si nos dejamos instruir, traerá frutos de paz y de santidad.» (Hb 12, 7-12)

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Los estigmas místicos

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2009

 

El estigma es una huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos que estaban en éxtasis, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo.

Siempre se ha explicado que, en el proceso de la santidad a la que todos estamos llamados, y queriendo retribuir de algún modo el derroche de amor de Cristo para con nosotros, algunos han deseado identificarse tanto con Él, que Dios, en su inmensa misericordia y cuando su infinita sabiduría lo determina, les otorga el privilegio de vivir su misma Pasión, confiriéndoles participar de los estigmas que marcaron las manos, los pies y el costado de Jesús.

San Francisco de Asís fue el primero, en la historia del cristianismo, en recibir este milagro del amor divino. Luego, varias santas y santos han tenido la misma experiencia con estigmas visibles o invisibles.

Por otra parte, es admirable verificar cómo estos y todos los santos vivieron tantos y tan altos deleites y gozos espirituales, que nunca retrocedieron en la búsqueda de esa felicidad que se da en el encuentro con la divinidad. Solo así se puede explicar el martirio.

Sabemos también que ninguna vida santa estuvo exenta de sufrimiento. De hecho, los místicos, como san Juan de la Cruz y san Pablo de la Cruz, afirman que es imposible llegar a Dios sin pasar por la Cruz de Cristo.

El primero de ellos explica que el corazón del hombre debe estar vacío para que pueda entrar Dios, ya que Él no puede competir con las criaturas. Es necesario, por lo tanto, que se purifique de los apegos que posee, para vaciarse por completo y, así, ser llenado por Dios, único que puede calmar las ansias de felicidad que bullen siempre en su interior. Ese proceso de purificación se lleva a cabo atravesando dos «noches» —la noche oscura del sentido y la noche oscura del espíritu— dolorosas, antes de llegar al estado de perfección.

Para san Pablo de la Cruz ese estado de perfección es la muerte mística, que el alma debe experimentar para llegar con santidad a la divinidad. Muerta, es decir, purificada de todos los apegos y apetitos desordenados, el alma se hace susceptible del inefable Amor divino.

En ambos santos, morir a las imperfecciones es indispensable para que Dios pueda abrasar al alma con su amor, llenándola de esos maravillosos deleites y gozos espirituales, con los que queda prendada de Él y deseosa de nunca más apartarse de esa fuente inagotable de felicidad, por la que vive y muere de amor.

Estas imperfecciones o impurezas del alma consisten en que el ser humano, por la herida que le dejó el pecado original, se apega a lo creado: el cosmos, las plantas, los animales, los otros seres humanos y él mismo.

En vez de descubrir en las criaturas al Creador, y vivir enamorado de Él, admirándolo y alabándolo y bendiciéndolo por su propia vida y por la existencia de las demás criaturas, se queda absorto en ellas y en sí mismo, y hasta se enamora desordenadamente de sí mismo y de las otras criaturas, dándose y dándoles más valor que a Dios: lo creado se convierte en la finalidad de su vida y de su actuar, olvidándose de darle gloria a quien le dio la vida y le promete la eterna felicidad en el Cielo.

Por eso vino Jesús: para remediar el desprecio que el hombre le hizo a su Creador, sufrió una horrible Pasión y murió en una Cruz. Ahora el ser humano ha sido perdonado y tiene derecho a la felicidad sin fin.

Además, Jesucristo quiere que todos seamos tan felices como lo fueron los santos. De hecho, Él mismo nos dijo que fuéramos santos como nuestro Padre celestial. Y ser santo consiste en no pasar por el purgatorio, ese estado donde las almas pagan la pena temporal y se purgan de sus apegos, de sus apetitos desordenados, de sus imperfecciones…, en una palabra: de sus impurezas; pues nada impuro entrará en el Cielo para gozar del Amor infinito e inefable que Dios nos tiene preparado.

Y, como si fuera poco, se puede comenzar a experimentar esa dicha en la vida presente.

Quienes desean lograr ambas cosas, ser verdaderos santos y vivir en esta existencia esas dulzuras espirituales —regalo de Dios— tan enriquecedoras y bellas como ninguna otra, saben que es necesario ser cristiano hasta las últimas consecuencias, es decir, seguir decididamente a Cristo. Y eso significa vivir como Él y morir como Él.

A esa fascinante invitación se puede responder aceptando los estigmas místicos, es decir, unas marcas o señales en el alma, que, como los estigmas del cuerpo, son dolorosas, pero que están revestidas de la experiencia de lo divino y que, por lo tanto, llevarán al alma a paladear los más altos y más sublimes deleites que pueda experimentar el ser humano, deleites que no se pueden comparar con los placeres físicos, emocionales o afectivos que esta vida temporal pueda deparar.

Esas marcas místicas hacen sufrir, puesto que desarraigan en nosotros los apegos. Pero, luego de la herida, aparece una cicatriz en el alma, el estigma, prueba irrefutable de una batalla ganada en esa guerra por la felicidad eterna, y señal de deferencia divina.

A veces, la lucha interior —la ascética— será la encargada de ir eliminando los apegos; otras veces, el mismo Dios hará el trabajo sin participación activa del alma —la mística—: como para el ser humano es imposible lograr la santidad, el Señor, dueño de todo, irá puliendo esas impurezas del alma, los apetitos desordenados, para hacerla más digna de sí, más apta para su grandioso Amor. Ambos procesos producen dolor; de hecho, cuanto más arraigados están los apegos, tanto más duele erradicarlos.

Así, el alma va subiendo hacia Dios, hasta que es envuelta por ese Amor infinito, que llena todas sus ansias interiores de eterna bienaventuranza.

El proceso es dirigido por el Espíritu Santo y, en ocasiones, extrañará al alma el sistema que Él utiliza y los vericuetos por donde es guiada; pero ha de saberse que la sabiduría del Santo Espíritu sobrepasa infinitamente la del hombre, con lo que queda claro que la criatura no debe pretender entenderlo, pues no lo lograría.

Las virtudes teologales son las únicas que pueden llevar al alma a tan añorada meta.

Fe, creer en el Padre, en el Hijo, en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, en la comunión de los santos…, en fin, en todo lo que se afirma en el Credo y en todo lo que está consignado en el Catecismo de la Iglesia Católica.

Esperanza en la vida eterna, donde y cuando el alma se encontrará con ese Ser maravilloso que sobrepasará con creces toda idea de felicidad: toda la belleza, toda la bondad, toda la verdad, todo el amor en un solo ser.

Y, por último, la Caridad o el Amor que se presiente ya en esta vida, en la entrega total a hacer la voluntad de Dios y a servir a los hombres, nuestros hermanos.

La consigna, entonces, es luchar por erradicar los apegos cuanto se pueda y, luego, abandonarse místicamente en Dios amándolo sin reservas egoístas, con la esperanza puesta en Él y solo en Él, y llenos de fe.

 

La Pasión del Señor

 

En cada renglón de la narración de la Pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo se encuentran lecciones utilísimas que el alma no debe desaprovechar, si quiere llegar a gozar de las delicias espirituales, junto a Dios.

Por eso, para cada estigma místico, vale la pena desgranar esas enseñanzas, paso a paso, como se muestra a continuación.

 

El estigma místico del servicio humilde

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban comiendo la cena y el diablo ya había depositado en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo. Jesús, por su parte, sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos y que había salido de Dios y que a Dios volvía. Entonces se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Echó agua en un recipiente y se puso a lavar los pies de los discípulos; y luego se los secaba con la toalla que se había atado.

Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le contestó: «Tú no puedes comprender ahora lo que estoy haciendo. Lo comprenderás más tarde». Pedro replicó: «Jamás me lavarás los pies». Jesús le respondió: «Si no te lavo, no podrás tener parte conmigo». Entonces Pedro le dijo: «Señor, lávame, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dijo: «El que se ha bañado, está completamente limpio y le basta lavarse los pies. Y ustedes están limpios, aunque no todos». Jesús sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos ustedes están limpios».

Cuando terminó de lavarles los pies, se puso de nuevo el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo.

En verdad les digo: El servidor no es más que su patrón y el enviado no es más que el que lo envía. Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica. (Jn 13, 1-17)

Desde los primeros versículos, san Juan, el apóstol y evangelista, despierta en sus lectores la curiosidad por lo que va a suceder, escribiendo que Jesús, «sabiendo que le había llegado la hora de salir de este mundo para ir al Padre, como había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el extremo». Es el modo de prepararse el alma para iniciar el camino hacia Dios: amar hasta el extremo, sin reservas. Se entrevé ya que el compromiso es total, que nada se debe guardar el alma para sí misma: se trata de una entrega completa, «hasta el extremo».

Lavar los pies era una labor de esclavos, y Jesús quiere que hagamos lo mismo con nuestros hermanos: «¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si Yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Yo les he dado ejemplo, y ustedes deben hacer como he hecho Yo». Si el Maestro da ese ejemplo, sus discípulos, los cristianos, ¿qué debemos hacer? ¿Servimos así a nuestros hermanos? Cuando prestamos cualquier servicio, ¿lo hacemos con esos sentimientos? ¿Hasta qué punto está el alma dispuesta a llegar?, ¿hasta la esclavitud?… «Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica». Se vislumbra una promesa: quien ponga en práctica este consejo será feliz, con el concepto de felicidad de todo un Dios. ¿No vale la pena intentarlo?

Un vistazo a nuestra vida pasada hará a más de uno recordar todas aquellas ocasiones en las que prestamos servicios por algún interés oscuro y escondido: para que nos admiren, para que digan que somos buenos…; y Jesús lo que desea es nuestra humildad. Otras veces lo hicimos para ganarnos la aceptación de alguien y sacar de él o de ella algún provecho, para «cobrar» más adelante el servicio…; y Jesús busca que aprendamos a amar sin esperar nada a cambio. ¡Cuánto nos queda por aprender! ¡Cuánto por corregir!

Cada corrección producirá una cicatriz, pero nos acercará a la meta final.

A continuación, léase lo que el mismo Jesús dictó acerca de este episodio del Evangelio a sor Josefa Menéndez, hermana coadjutora del Instituto del Sagrado Corazón de Jesús[1], a comienzos del siglo XX:

Ahora, voy a empezar por descubrirte los sentimientos que embargaban mi Corazón cuando lavé los pies de mis apóstoles… Fíjate bien que reuní a los doce. No quise excluir a ninguno. Allí se encontraba Juan, el Discípulo Amado, y Judas el que, dentro de poco, había de entregarme a mis enemigos.

Te diré por qué quise reunirlos a todos y por qué empecé por lavarles los pies.

Los reuní a todos, porque era el momento en que mi Iglesia iba a presentarse en el mundo y pronto no habría más que un sólo pastor para todas las ovejas. Quería también enseñar a las almas que aun cuando estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas; es decir, que a unas y a otras, las reúno en mi Corazón y les doy las gracias que necesitan.

¡Qué congoja sentí en aquel momento, sabiendo que en el infortunado Judas estaban representadas tantas almas, que reunidas a mis pies y lavadas muchas veces con mi Sangre, habían de perderse!… Sí, en aquel momento quise enseñar a los pecadores que, no porque estén en pecado, deben alejarse de Mí, pensando que ya no tienen remedio y que nunca serán amados como antes de pecar. No, ¡pobres almas! No son estos los sentimientos de un Dios que ha derramado toda su Sangre por vosotras…

¡Venid a Mí todos! y no temáis, porque os amo; os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo…

Te diré una de las razones que me indujeron a lavar los pies de mis apóstoles antes de la Cena.

Fue primeramente para mostrar a las almas cuánto deseo que estén limpias y blancas cuando me reciben en el Sacramento de mi Amor.

Fue también para representar el Sacramento de la Penitencia en el que las almas que han tenido la desdicha de caer en el pecado pueden lavarse y recobrar su perdida blancura.

Quise lavarles Yo mismo los pies, para enseñar a las almas que se dedican a los trabajos apostólicos a humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas que les están confiadas.

Quise ceñirme con un lienzo, para indicarles que, para obtener buen éxito con las almas, hay que ceñirse con la mortificación y la propia abnegación. También quise enseñarles la mutua caridad y cómo se deben lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos.

En fin, el agua que derramé sobre los pies de mis apóstoles, era imagen del celo que consumía mi Corazón, en deseos de la salvación de los hombres.

Y nosotros, ¿cuántas veces excluimos a los demás porque, a nuestro juicio, son pecadores? ¿Cuántas veces los despreciamos, en vez de aprender el inmenso Amor que acongoja el Corazón de Jesús por la pérdida de las almas y la continua invitación que les hace: «os lavaré con mi Sangre y quedaréis tan blancos como la nieve. Anegaré vuestros pecados en el agua de mi misericordia y nada será capaz de arrancar de mi Corazón el amor que os tengo.».? ¿Qué tan lejos estamos de tener los sentimientos de Jesús?

¿Recordamos que hay que «humillarse y tratar con dulzura a los pecadores y a todas las almas […] ceñirse con la mortificación y la propia abnegación […] lavar las faltas que se observan en el prójimo, disimulándolas y excusándolas siempre, sin divulgar jamás los defectos ajenos»? ¿Cuánta rudeza hay para con los pecadores? ¿Nos humillamos realmente? ¿Nos abnegamos y nos mortificamos por los pecadores y por nuestros seres queridos? ¿Cuántas veces divulgamos los defectos de los demás?; o, por el contrario, ¿los disimulamos y los excusamos como Jesús quiere?

Para erradicar estas infecciones se requiere de mucha lucha interior (ascética) y de ayuda del Espíritu Santo (mística), lucha y ayuda espiritual que producirán en nuestras almas el estigma místico del servicio humilde. 

Por lo tanto, conviene realizar actos de servicio llenos de humildad, muestras de cariño fraternal para con los pecadores, orar y mortificarse constantemente por ellos, saber abnegarse en los gustos y en las aficiones, entrenarse en callar cuando se ven los defectos de los demás, disculparlos siempre…

Además, es imprescindible orar para pedir la ayuda del Espíritu Santo, con perseverancia y confiando en que esa ayuda llegará, cuando y como Él lo juzgue mejor.

 

El estigma místico del amor a los enemigos

Sigamos analizando el Evangelio:

«No me refiero a todos ustedes, pues conozco a los que he escogido, y tiene que cumplirse lo que dice la Escritura: El que compartía mi pan se ha levantado contra Mí. Se los digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean que Yo Soy».

Tras decir estas cosas, Jesús se conmovió en su espíritu y dijo con toda claridad: «En verdad les digo: uno de ustedes me va a entregar». (Jn 13, 18-19. 21)

Jesús estaba dolido por la certeza que tenía de que Judas lo traicionaría pero, a pesar de saberlo, Él no hará lo mismo: «aun cuando [las almas] estén cargadas de los pecados más atroces, no las excluyo de las gracias, ni las separo de mis almas más amadas».

En estos versículos se deduce un gesto maravilloso del Amor divino: devolver bien por mal, ahogar el mal en abundancia de bien. ¿Actuamos así? ¿Hacemos esto por quienes nos ofenden? ¿Lo hacemos con cariño, con amor verdadero?, ¿como Jesús? ¡Cuántas veces nos dejamos llevar por la ira!

En cambio, Jesús, delante de Judas, dice lo que va a suceder, como dándole una oportunidad más para que recapacite. Y lo seguirá haciendo: más y más oportunidades para estimular el amor de quien lo hiere.

¿Cuántas oportunidades le damos a quienes nos ofenden? ¿Les hablamos con cariño, pensando en su bienestar espiritual? O, por el contrario, ¿los ignoramos? O, peor, ¿nos lanzamos a atacarlos?…

¡Cuánto cuesta purificarnos en este sentido! Pero vale la pena: compartiremos con Nuestro Señor el dolor que le causamos los hombres durante toda la historia de la humanidad; al fin y al cabo, nos lo merecíamos nosotros, ¡no Él!. Y lo mejor: tendremos otro estigma místico, muestra de su predilección por nosotros, con lo que iremos ganando en pureza, para —algún día— hacernos aptos de su Amor total y disfrutar de los gozos y deleites espirituales que nos tiene reservados.

 

El estigma místico del amor al prójimo

Cuando Judas salió, Jesús dijo: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre y Dios es glorificado en Él. Por lo tanto, Dios lo va a introducir en su propia Gloria, y lo glorificará muy pronto.

Hijos míos, Yo estaré con ustedes por muy poco tiempo. Me buscarán, y como ya dije a los judíos, ahora se lo digo a ustedes: donde Yo voy, ustedes no pueden venir.

Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Ustedes deben amarse unos a otros como Yo los he amado. En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros».

Simón Pedro le preguntó: «Señor, ¿adónde vas?» Jesús le respondió: «Adonde Yo voy no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde». Pedro le dijo: «Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Estoy dispuesto a dar mi vida por ti». Jesús le respondió: «¿Dar tú la vida por Mí? En verdad te digo que antes de que cante el gallo me habrás negado tres veces». (Jn 13, 31-38)

Las fuerzas para seguir al Señor y para morir por Él no son nuestras: nos las da el Espíritu Santo, cuando lo juzgue necesario. Para llegar a gozar de la felicidad, es cierto, tenemos que morir a nosotros mismos, a nuestro egoísmo, a nuestros apegos por las criaturas, de modo que Jesús viva en nosotros.

Pero Él especifica que primero debemos amarnos como nos amó Jesús. Después llegará esa fuerza que nos hará capaces de dar la vida, en una muerte mística, para poder tener acceso al Cielo: solo cuando estemos totalmente puros seremos idóneos para gozar de la felicidad que nos ofrece Dios.

Ese paso previo, amarnos como nos amó Jesús, ¿cómo lo estamos viviendo? Jesús nos amó padeciendo y muriendo en una Cruz. ¿Nos amamos así? ¿No es verdad que todavía queda mucho por purificar? ¿No es verdad que todavía estamos muy apegados a nosotros mismos?

Amar significa vivir y morir por la felicidad de quien amamos; ¿estamos haciendo eso por los demás? ¿Cuánto oramos por ellos? ¿Cuántos sacrificios ofrecemos por ellos? ¿Cuánto tiempo les damos?…

Solo cuando aprendamos a amar, podremos seguir al Señor en la muerte mística, presagio de nuestra felicidad.

 

El estigma místico de aceptar el desprecio

Acudamos de nuevo al Evangelio:

«Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a Mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo. Pero ustedes no son del mundo, sino que Yo los elegí de en medio del mundo, y por eso el mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más que su patrón. Si a Mí me han perseguido, también los perseguirán a ustedes. ¿Acaso acogieron mi enseñanza? ¿Cómo, pues, acogerían la de ustedes?

Les harán todo esto por causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió. Si Yo no hubiera venido ni les hubiera hablado, no tendrían pecado. Pero ahora su pecado no tiene disculpa.

El que me odia a Mí, odia también a mi Padre. Si Yo no hubiera hecho en medio de ellos obras que nadie hizo jamás, no serían culpables de pecado; pero las han visto y me han odiado a Mí y a mi Padre. Así se cumple la palabra que se puede leer en su Ley: Me odiaron sin causa alguna.

Cuando venga el Protector que les enviaré desde el Padre, por ser Él el Espíritu de verdad que procede del Padre, dará testimonio de Mí. Y ustedes también darán testimonio de Mí, pues han estado conmigo desde el principio.

Les hablo de todo esto para que no se vayan a tambalear. Serán expulsados de las comunidades judías; más aún, se acerca el tiempo en que cualquiera que los mate pensará que está sirviendo a Dios. Y actuarán así porque no conocen ni al Padre ni a Mí. Se los advierto de antemano, para que cuando llegue la hora, recuerden que se lo había dicho». (Jn 15, 18 — 16, 4)

Esta perícopa muestra otro proceso de purificación —indispensable— que se lleva a cabo en el alma de quien desea llegar a la muerte mística del yo, y permitir así la acción imponderable del Espíritu Santo en el alma.

El mundo nos odia, porque seguimos a Cristo y, por eso mismo, no somos del mundo.

El mundo, en la Escritura, casi siempre da a entender los apegos por las criaturas, el apetito desordenado de bienes terrenos o, como dijera el mismo evangelista, la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida. Esto significa que nuestro corazón está arraigado en los bienes —criaturas, al fin y al cabo—, con lo que le impedimos a Dios su acción benéfica en nuestra alma.

Una vez eliminado el apego por el mundo, puestas las miras en el Creador, el Espíritu Santo abraza al alma con su Amor, mientras que el resto de los hombres (apegados todavía al mundo) nos ve como extraños, locos o estúpidos. Y es que el demonio les dice que a esos tales hay que odiarlos, puesto que con su testimonio gritan que hay que arrancar todo placer mundano, cosa que el mundo no puede aceptar, dado el apego tan grande con que los tiene dominados.

Ese odio que nos tienen ya se lo tuvieron a Jesús. Y fue tan grande, que lo mataron. ¿Somos capaces de soportar por amor a Jesús el desdén, el desprecio, el odio? Hay que sacar el bisturí para cortar donde sea necesario. O, si no podemos solos, orar para que el Señor lo haga: que nos purifique de nuestro apego al «qué dirán», del apego a nuestra imagen, etc. Dolerá, pero se limpiará nuestro corazón para que quepa Jesús más a sus anchas, más cómodo, desde donde nos llenará de su Amor.

El estigma que quedará, el del desprecio de los demás, nos enseñará a valorar las cosas, las circunstancias y los seres como son en realidad, no como erróneamente las valorábamos antes. Y así nos iremos dando cuenta de que, junto a Dios somos unas simples criaturas que nada merecen, pero que son infinitamente amadas por el Señor.

 

El estigma místico de no sentir a Dios

«Dentro de poco ya no me verán, pero después de otro poco me volverán a ver».

Algunos discípulos se preguntaban: «¿Qué querrá decir con eso: “Dentro de poco ya no me verán y después de otro poco me volverán a ver”? ¿Y qué significa: “Me voy al Padre”?» Y se preguntaban: «¿A qué se refiere ese “dentro de poco”? No entendemos lo que quiere decir».

Jesús se dio cuenta de que querían preguntarle y les dijo: «Ustedes andan discutiendo sobre lo que les dije: Dentro de poco tiempo no me verán y después de otro poco me volverán a ver. En verdad les digo que llorarán y se lamentarán, mientras que el mundo se alegrará. Ustedes estarán apenados, pero su tristeza se convertirá en gozo.

La mujer se siente afligida cuando está para dar a luz, porque le llega la hora del dolor. Pero después que ha nacido la criatura, se olvida de las angustias por su alegría tan grande; piensen: ¡un ser humano ha venido al mundo! Así también ustedes ahora sienten tristeza, pero Yo los volveré a ver y su corazón se llenará de alegría, y nadie les podrá arrebatar ese gozo». (Jn 16, 16-22)

Sucede con frecuencia (y aun en medio del desprecio de los demás y de otras heridas): sentimos que Dios no está presente, que se ha alejado; parece como que se olvidó de nosotros… Primero, habíamos sentido su presencia, quizá con visiones espirituales, quizá con locuciones interiores, quizá con sentimientos de gozo… Y, de pronto, sequedad, silencio.

Es el momento de dar gracias: el Señor nos está enseñando que no debemos apoyarnos en esas cosas para progresar en la vida espiritual y/o nos está probando (en el sentido de producir el efecto que se necesita): nos está purificando, para que desaparezcan esos apegos a los favores espirituales que a veces nos regala, para que nuestro corazón lo ame solo a Él, no a sus dones.

Con esta purificación avanza muchísimo más el alma, que si nos regalara más y más obsequios espirituales. Es necesario aprender, además, que esas gracias vienen a nuestra alma porque Él así lo quiere, no por mérito alguno de nuestra parte. Además, poco a poco iremos aprendiendo si esas cosas que sentimos provienen realmente de Dios o, por el contrario, las envía el demonio o son producto de nuestra imaginación, en razón de nuestra pequeñez.

Como se ve, en la medida que avanza nuestra meditación de la Pasión de Nuestro Señor, el Espíritu Santo va purificando y embelleciendo al alma para hacerla más apta de la alteza de Dios, para que, como lo dijo en el extracto evangélico que estamos analizando, nuestro corazón se llenará de alegría, y nadie nos podrá arrebatar ese gozo.

Pero los estigmas deben seguir viniendo, hasta que lleguemos a la muerte mística, encuentro profundo con la deidad.

 

El estigma místico de la obediencia

Llegaron a un lugar llamado Getsemaní, y Jesús dijo a sus discípulos: «Siéntense aquí mientras voy a orar». Y llevó consigo a Pedro, a Santiago y a Juan. Comenzó a llenarse de temor y angustia, y les dijo: «Siento en mi alma una tristeza de muerte. Quédense aquí y permanezcan despiertos». Jesús se adelantó un poco, y cayó en tierra suplicando que, si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora. Decía: «Abbá, o sea, Padre, si para ti todo es posible, aparta de Mí esta copa. Pero no se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú». (Mc 14, 32-36)

Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo. (Lc 22, 44)

Es este un momento realmente impresionante en la vida de Cristo, en el nunca se profundizará suficientemente. Como hombre que era, llegó a sentir «temor y angustia» «de muerte» ante la inminente Pasión. Y como hombre, suplicó que, «si era posible, no tuviera que pasar por aquella hora».

Tal vez hemos pasado por momentos similares: angustias que se manifiestan en circunstancias determinadas, como aflicción, congoja o ansiedad; temores opresivos sin causa precisa; o simplemente aprietos, situaciones apuradas… ¿Cómo reaccionamos? ¿Queremos aceptar radicalmente la voluntad de Dios? ¿Queremos llevar este estigma para consolar al Señor, para ayudarlo a salvar almas, para hacer justicia (somos nosotros quienes deberíamos pasar por ese momento y por toda la Pasión), para darle gloria a Dios, en fin, para amar?

Es más: ¿somos generosos como lo fue Jesús? ¿Decimos en esos momentos difíciles con Jesús «No se haga lo que Yo quiero, sino lo que quieres Tú»?

Si, en medio de los aprietos, temores y angustias nos ofrecemos voluntariamente a Dios para seguir sufriendo por amor a Él y por amor a la humanidad, habremos marcado el alma con este maravilloso estigma, con el que nos acercaremos paulatinamente a la añorada muerte mística: sólo desear, saber y entender la vida de Jesús —humilde despreciado y desconocido—, camino, verdad y vida[2].

Esto es, nada menos, que la santidad misma: hacer en todo momento la Voluntad de Dios, sabiendo que es siempre lo mejor para nosotros, aun cuando sea dolorosa y parezca difícil de realizar o, incluso, imposible.

Dios nunca nos pedirá algo que no podamos cumplir. Recordemos que siempre contamos con su ayuda divina para todo lo que nos pida.

Leamos las palabras que, al respecto, le dijo a sor Josefa Menéndez:

Y ahora, ven conmigo… vamos a Getsemaní… Deja que tu alma se penetre de los mismos sentimientos de tristeza y de amargura que inundaron la mía en aquella hora.

Después de haber predicado a las turbas, curado a los enfermos, dado vista a los ciegos, resucitado a los muertos…, después de haber vivido tres años en medio de mis Apóstoles para instruirlos y confiarles mi doctrina… Les había enseñado, con mi ejemplo, a amarse, a soportarse mutuamente, a predicar la caridad, lavándoles los pies y haciéndome su alimento.

Se acercaba la hora para la que el Hijo de Dios se había hecho hombre… Redentor del género humano, iba a derramar su Sangre y a dar la vida por el mundo…

En esa hora quise ponerme en oración y entregarme a la Voluntad de mi Padre.

¡Almas queridas! Aprended de vuestro modelo que la única cosa necesaria, aunque la naturaleza se rebele, es someterse con humildad y entregarse con un acto supremo de la voluntad al cumplimiento de la Voluntad Divina, en cualquiera ocasión y circunstancia.

También quise enseñar a las almas que toda acción importante debe ir prevenida y vivificada por la oración, porque en la oración se fortifica el alma para lo más difícil y Dios se comunica a ella, y la aconseja e inspira, aun cuando el alma no lo siente.

Me retiré al huerto de Getsemaní…, a la soledad. Que el alma busque a Dios en la soledad, es decir, dentro de sí misma. Que para hallarlo, imponga silencio a todos los movimientos de la naturaleza, en rebelión continua contra la gracia. Que haga callar los razonamientos del amor propio y de la sensualidad, los cuales sin cesar intentan ahogar las inspiraciones de la gracia, para impedir que el alma llegue a encontrar a Dios.

Me retiré al huerto con tres de mis discípulos para enseñaros, almas amadas de mi Corazón, que las tres potencias de vuestra alma deben acompañaros y ayudaros en la oración.

Recordad con la memoria los beneficios divinos, las perfecciones de Dios: su bondad, su poder, su misericordia, el amor que os tiene. Buscad después con el entendimiento cómo podréis corresponder a las maravillas que ha hecho por vosotras… Dejad que se mueva vuestra voluntad a hacer por Dios lo más y lo mejor, a consagraros a la salvación de las almas, ya por medio de vuestros trabajos apostólicos, ya por vuestra vida humilde y oculta, o en el retiro y silencio por medio de la oración. Postraos humildemente, como criaturas en presencia de su Creador, y adorad sus designios sobre vosotras, sean cuales fueren, sometiendo vuestra voluntad a la divina.

Así me ofrecí Yo para realizar la obra de la redención del mundo.

¡Ah!, ¡Qué momento aquel en que sentí venir sobre Mí todos los tormentos que había de sufrir en mi Pasión: las calumnias, los insultos, los azotes, la corona de espinas, la sed, la Cruz!… ¡Todo se agolpó ante mis ojos y dentro de mi Corazón! Al mismo tiempo vi las ofensas, los pecados y las abominaciones que se cometerían en el transcurso de los siglos; y no solamente los vi, sino que me sentí revestido de todos esos horrores y así me presenté a mi Padre Celestial para implorar misericordia. Entonces sentí pesar sobre Mí la cólera de un Dios ofendido y airado. Y Yo mismo, que era su hijo, me ofrecí como fiador para calmar su cólera y aplacar su justicia.

Pero viendo tanto pecado y tantos crímenes, mi naturaleza humana experimentó terrible angustia y mortal agonía, hasta tal punto, que sudé Sangre.

¡Oh! ¡Almas que me hacéis sufrir de esta manera! ¿Será esta Sangre salud y vida para vosotras?… ¿Os vais a perder? ¿Será posible que esta angustia, esta agonía y esta Sangre sean inútiles para tantas y tantas almas?…[3]

Nacen varias preguntas: ¿Nos ponemos en actitud de silencio y oración siempre que llegan la angustia, la amargura, la tristeza? ¿Nos ofrecemos como víctimas para salvar a tantas y tantas almas que, sin otra ayuda se perderían irremediablemente? ¿Cuánta es nuestra generosidad? ¿Nos gana el miedo a la hora de padecer por Cristo, con Cristo y en Cristo, aceptando radicalmente la Voluntad de nuestro amoroso Padre?…

Dime: ¿rehusé Yo o vacilé siquiera cuando me vi nacer de familia pobre y humilde…, en un establo, lejos de mi casa y de mi patria…, de noche…, en la más cruda estación del año…?

Después viví treinta años de trabajo oscuro y rudo en un taller de carpintero, pasé humillaciones y desprecios de parte de los que encargaban trabajo a mi Padre san José…, no me desdeñé de ayudar a mi Madre en las faenas de la casa…; y, sin embargo, ¿no tenía más talento que el que se requiere para ejercer el tosco oficio de carpintero, Yo que a la edad de doce años enseñé a los Doctores en el Templo? Pero era la Voluntad de mi Padre Celestial y así lo glorificaba.

Cuando dejé Nazareth y empecé mi vida pública, habría podido darme a conocer por Mesías e Hijo de Dios, para que los hombres escuchasen mis enseñanzas con veneración; pero no lo hice, porque mi único deseo era cumplir la Voluntad de mi Padre…

Y cuando llegó la hora de mi Pasión, a través de la crueldad de los unos y de las afrentas de los otros, del abandono de los míos y de la ingratitud de las turbas…, a través del indecible martirio de mi Cuerpo y de las vivísimas repugnancias de mi naturaleza humana, mi alma, con mayor amor aún, se abrazaba con la Voluntad de mi Padre Celestial…

Entendedlo, almas escogidas, cuando, después de haber pasado por encima de las repugnancias, y sutilezas de amor propio, que os sugiere vuestra naturaleza o la familia o el mundo, abracéis con generosidad la Voluntad Divina, sólo entonces llegaréis a gozar de las más inefables dulzuras, en una íntima unión de voluntades entre el Divino Esposo y vuestra alma.

¡Almas escogidas! Vuestra felicidad y vuestra perfección no consiste en ser conocidas o desconocidas de las criaturas, ni de emplear u ocultar el talento que poseéis, ni en ser estimadas o despreciadas, ni en gozar de salud o padecer enfermedad… Lo único que os procurará felicidad cumplida es hacer la Voluntad de Dios, abrazarla con amor, y por amor unirse y conformarse con entera sumisión a todo lo que por su gloria y vuestra santificación os pida.

 

El estigma místico de permanecer despiertos

Sigue la narración de la Pasión:

Volvió y los encontró dormidos. Y dijo a Pedro: «Simón, ¿duermes? ¿De modo que no pudiste permanecer despierto una hora? Estén despiertos y oren para no caer en la tentación; pues el espíritu es animoso, pero la carne, débil». Y se alejó de nuevo a orar, repitiendo las mismas palabras. Al volver otra vez, los encontró de nuevo dormidos, pues no podían resistir el sueño y no sabían qué decirle.

Vino por tercera vez, y les dijo: «Ahora ya pueden dormir y descansar. Está hecho, llegó la hora. El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los pecadores». (Mc 14, 37-41)

¡Cuántas veces nos «dormimos» haciendo oración, cuántas veces nos «dormimos» en nuestros egoísmos y no escuchamos al Señor, cuántas veces nos «dormimos» en nuestra pereza y no hacemos lo que Él nos pide!

A los Apóstoles les quedó perfectamente claro que para no caer en la tentación hay que estar despiertos y orar. Y, ¿a nosotros? Las tentaciones vienen cada momento. Por consiguiente, ¿cuánto tiempo diario dedicamos a la oración mental, a ese diálogo (no monólogo) entre Dios y la criatura? ¿Acaso no sabemos que es imposible amar a alguien sin entablar una amistad? Y, ¿cómo entablaremos una amistad sin iniciar un trato y ser asiduos en él?

Jesús nos dio ejemplo: muchas veces se retiraba a orar en el silencio y la soledad; incluso cuando estaba cansado de predicar y hacer milagros; de mañana, antes de que amaneciera, o en la noche; al comenzar su vida pública o al prepararse para escoger a sus Apóstoles. Tanto lo hizo, que un día sus Apóstoles le pidieron que les enseñara a orar.

Solo las mujeres y hombres de oración pueden llegar a la santidad. Y solo ellos podrán adquirir los estigmas místicos…

Vamos a continuar nuestra oración en Getsemaní. Colócate a mi lado, y cuando me veas sumergido en un mar de tristeza, ven conmigo a buscar a los tres discípulos que se han quedado a cierta distancia.

Los había traído para que me ayudasen, compartiendo mi angustia…, para que hiciesen oración conmigo…, para descansar en ellos…; pero, ¿cómo expresar lo que experimentó mi Corazón cuando fui a buscarlos y los encontré dormidos?… ¡Cuán triste es verse solo sin poder confiarse a los suyos!…

¡Cuántas veces sufre mi Corazón la misma angustia…, y queriendo hallar alivio en mis almas, las encuentro dormidas!…

Más de una vez, cuando quiero despertarlas y sacarlas de sí mismas, de sus vanos e inútiles entretenimientos, me contestan, si no con palabras, con obras: «Ahora no puedo, estoy demasiado cansada, tengo mucho que hacer… Esto perjudica mi salud, necesito un poco de paz».

Insisto y digo suavísimamente a esa alma: «No temas; si dejas por Mí ese descanso, Yo te recompensaré. Ven a orar conmigo tan sólo una hora. Mira que en este momento es cuando te necesito. ¡Si te detienes ya será tarde!…» ¡Y cuántas veces oigo la misma respuesta! ¡Pobre alma! ¡No has podido velar una hora conmigo!

Almas queridas, quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas. ¡Cuántas veces están dormidas y en vez de hallar el descanso que buscáis, se llena vuestro corazón de amargura porque no corresponden a vuestros deseos y a vuestro cariño!

Volviendo enseguida a la oración, me prosterné de nuevo, adoré al Padre y le pedí ayuda diciéndole: Padre mío, no dije Dios mío. Cuando vuestro corazón sufre más, debéis decir: «Padre mío». Pedidle alivio, exponedle vuestros sufrimientos, vuestros temores y, con gemidos, recordadle que sois sus hijas; que vuestro corazón se ve tan oprimido, que parece a punto de perder la vida…, que vuestro cuerpo sufre tanto que ya no tiene fuerza para más… Pedid con confianza de hijas y esperad que vuestro Padre os aliviará y os dará la fuerza necesaria para pasar esta tribulación vuestra o de las almas que os están confiadas.

Mi alma triste y desamparada padecía angustias de muerte… Me sentí agobiado por el peso de las más negras ingratitudes.

La Sangre que brotaba de todos los poros de mi Cuerpo, y que dentro de poco saldría de todas mis heridas, sería inútil para gran número de almas. ¡Muchas se perderían…, muchísimas me ofenderían y otras no me conocerían siquiera!…

Derramaría mi Sangre por todas y mis méritos serían aplicados a cada una de ellas… ¡Sangre Divina!… ¡Méritos infinitos!… Y, sin embargo, ¡inútiles para tantas y tantas almas!…

Sí; por todas derramaría mi Sangre y a todas amaría con gran amor. Mas para muchas este amor sería más delicado, más tierno, más ardiente… De estas almas escogidas esperaba más consuelo y más amor; más generosidad, más abnegación… Esperaba, en fin, más delicada correspondencia a mis bondades. Y, sin embargo…, ¡ah!, en aquel momento vi cuántas me habían de volver la espalda. Unas no serían fieles en escuchar mi voz… Otras, la escucharían pero sin seguirla; otras, responderían al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caerían en el sueño de la tibieza. Sus obras me dirían: ya he trabajado bastante; he sido escrupulosamente fiel hasta en los menores detalles; he mortificado mi naturaleza y he llevado una vida de abnegación… Bien puedo permitirme ahora un poco más de libertad. Ya no soy una niña…, ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación… Me puedo dispensar de lo que me molesta…

¡Pobre alma! ¿Empiezas a dormir? Dentro de poco vendré y no me oirás porque estarás dormida. Desearé concederte una gracia y no podrás recibirla… Y, ¿quién sabe si después tendrás fuerzas para despertar? Mira que si vas perdiendo alimento se debilitará tu alma y no podrá salir de este letargo…

Almas queridas: pensad que a muchas las ha sorprendido la muerte en medio de un profundo sueño. ¿Y dónde y cómo se han despertado?

Estas cosas se agolpaban ante mis ojos y en mi Corazón en aquellos instantes. ¿Qué haría?… ¿Retroceder?… ¿Pedir al Padre que me librara de esta angustia, viendo, para tantos, la inutilidad de mi sacrificio? No; me sometí de nuevo a su Voluntad Santísima y acepté el cáliz para apurarlo hasta las heces. Todo para enseñaros, almas queridas, a no volver atrás a la vista de los sufrimientos y a no creerlos inútiles aun cuando no veáis el resultado. Someted vuestro juicio y dejad que la Voluntad Divina se cumpla en vosotras.

Yo no retrocedí, antes al contrario, sabiendo que era en el huerto donde habían de prenderme, permanecí allí…, no quise huir de mis enemigos…[4]

Dice Jesús: «Quise enseñaros aquí cuán inútil y vano es buscar alivio en las criaturas». Y nosotros, ¿cuántas veces, en nuestros momentos difíciles, acudimos a refugiarnos vanamente en las criaturas, en vez de acudir al Creador?, ¿al único que puede aliviarnos totalmente?

Por otra parte, ¿cómo reaccionamos ante ese derroche de amor, ante ese derramamiento de la preciosísima Sangre de Jesús, postrado en oración? ¿Le volvemos la espalda, como Él dice? ¿Somos fieles en escuchar su voz?…, ¿o la escuchamos pero sin seguirla? ¿No es verdad que, a veces, respondemos al principio con cierta generosidad, mas luego, poco a poco, caemos en el sueño de la tibieza? ¿Qué dicen nuestras obras?, ¿que ya hemos trabajado bastante?, ¿que hemos sido escrupulosamente fieles hasta en los menores detalles, que hemos mortificado nuestra naturaleza y hemos llevado una vida de abnegación y que bien podemos permitirnos ahora un poco más de libertad?, ¿que ya no somos niños, que ya no hace falta tanta vigilancia ni tanta privación?… ¿Que nos podemos dispensar de lo que nos molesta?…

¡Cuánta valentía y perseverancia nos falta! ¡Debemos permanecer despiertos para llevar la Cruz con Jesús y, después, participar de su eterna gloria en el Cielo! El único que puede dárnosla es Él. ¿Qué esperamos?

 

El estigma místico de aceptar la traición

Cuando terminó de hablar, Jesús pasó con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón. Había allí un huerto, y Jesús entró en él con sus discípulos. .Judas, el que lo entregaba, conocía también ese lugar, pues Jesús se había reunido allí muchas veces con sus discípulos. Judas hizo de guía a los soldados romanos y a los guardias enviados por los jefes de los sacerdotes y los fariseos, que llegaron allí con linternas, antorchas y armas. Jesús, que sabía todo lo que le iba a suceder, se adelantó y les dijo: «¿A quién buscan?» Contestaron: «A Jesús el Nazareno». Jesús dijo: «Yo soy». Y Judas, que lo entregaba, estaba allí con ellos. (Jn 18, 1-5)

El traidor les había dado esta señal: «Al que yo dé un beso, ése es; deténganlo y llévenlo bien custodiado». Apenas llegó Judas, se acercó a Jesús diciendo: «¡Maestro, Maestro!» y lo besó. (Mc 14, 44-45)

Jesús le dijo: «Judas, ¿con un beso traicionas al Hijo del Hombre?» (Lc 22, 48)

Todos hemos sido traicionados alguna vez: grandes traiciones o traiciones pequeñas. ¿Cómo reaccionamos? ¿Sabemos perdonar? ¿Aceptamos esas traiciones como lo que son: la Cruz de Cristo que se nos ofrece para purificarnos?

Otra cosa: cuando nos traicionan, ¿nos acordamos de la inmensa traición que le hicimos a Jesús?

Escuchémoslo:

Después que fui confortado por el enviado de mi Padre, vi que Judas, uno de mis doce apóstoles, se acercaba a Mí, y tras él venían todos los que me habían de prender… Llevaban en las manos cuerdas, palos, piedras y toda clase de instrumentos para sujetarme…

Me levanté y acercándome a ellos, les dije: ¿A quién buscáis? Entre tanto, Judas, poniendo las manos sobre mis hombros, me besó… ¡Ah!, ¿qué haces Judas?… ¿Qué significa este beso?…

También puedo decir a muchas almas: ¿Qué hacéis?… ¿Por qué me entregáis con un beso?… ¡Alma a quien amo!… Dime, tú que vienes a Mí, que me recibes en tu pecho…, que me dirás más de una vez que me amas…, ¿no me entregarás a mis enemigos cuando salgas de aquí?… Ya sabes que en esa reunión que frecuentas hay piedras que me hieren fuertemente, es decir, conversaciones que me ofenden…, y tú que me has recibido hoy y que me vas a recibir mañana, ¡pierdes ahí la blancura preciosa de mi gracia!…

A otra le diré: ¿Seguirás con ese asunto que te ensucia las manos?… ¿No sabes que no es lícito el modo como adquieres ese dinero, alcanzas esa posición, te procuras ese bienestar?…

Mira que obras como Judas; ahora me recibes y me besas; dentro de unos instantes o de unas horas me prenderán los enemigos y tú misma les darás la señal para que me conozcan… Tú también, alma cristiana, me haces traición con esa amistad peligrosa. No sólo me atas y me apedreas, sino que eres causa de que tal persona me ate y me apedree también.

¿Por qué me entregas así, alma que me conoces y que en más de una ocasión te has gloriado de ser piadosa y de ejercer la caridad?… Cosas todas que, en verdad, podrían hacerte adquirir grandes méritos; mas…, ¿qué vienen a ser para ti sino un velo que cubre tu delito?

Amigo, ¿a qué has venido? ¡Judas!, ¿con un beso entregas al hijo de Dios?… ¿a tu Maestro y Señor?… ¿Al que te ama y está dispuesto todavía a perdonarte?… Tú, uno de los doce…, uno de los que se han sentado a mi mesa y a quien Yo mismo he lavado los pies… ¡Ah! ¡Cuántas veces he de repetir estas palabras a las almas más amadas de mi Corazón!

¡Alma querida!, ¿por qué te dejas llevar de esa pasión?…, ¿por qué no resistes?… No te pido que te libres de ella, pues eso no está en tu mano, pero sí pido que trabajes, que luches, que no te dejes dominar. Mira que el placer momentáneo que te proporciona es como los treinta dineros en que me vendió Judas, los cuales no le sirvieron sino para su perdición.

¡Cuántas almas me han vendido y me venderán por el vil precio de un deleite, de un placer momentáneo y pasajero! ¡Ah, pobres almas! ¿A quién buscáis? ¿Es a Mí?… ¿Es a Jesús a quien conocéis, a quien habéis amado y con quien habéis hecho alianza eterna?…

Dejad que os diga una palabra: velad y orad. Luchad sin descanso y no dejéis que vuestras malas inclinaciones y defectos lleguen a ser habituales…

Mirad que hay que segar la hierba todos los años y quizá en las cuatro estaciones; que la tierra hay que labrarla y limpiarla, hay que mejorarla y cuidar de arrancar las malezas que en ella brotan.

El alma también hay que cuidarla con mucho esmero, y las tendencias torcidas hay que enderezarlas.

No creáis que el alma que me vende y se entrega a los mayores desórdenes empezó por una falta grave. Esto puede suceder, pero no es lo corriente. En general, las grandes caídas empezaron por poca cosa: un gustillo, una debilidad, un consentimiento quizá lícito pero poco mortificado, un placer no prohibido pero poco conveniente… El alma se va cegando, disminuye la gracia, se robustece la pasión y por último vence.

¡Ah, cuán triste es para el Corazón de un Dios que ama infinitamente a las almas, ver a tantas que se precipitan insensiblemente en el abismo!…

Te he dicho ya cómo las almas que pecan gravemente me entregan a mis enemigos y el arma con que me hieren es el pecado…

Pero no siempre se trata de grandes pecados; hay almas y aun almas escogidas, que me traicionan y me entregan con sus defectos habituales, con sus malas inclinaciones no combatidas, con concesiones a la naturaleza inmortificada, con faltas de caridad, de obediencia, de silencio… Y si es triste escribir una ofensa o una ingratitud de cualquier alma, mucho más cuando viene de almas escogidas, las más amadas de mi Corazón. Si el beso de Judas me causó tanto dolor, fue precisamente porque era uno de los doce y que de él, como de los otros, esperaba más amor, más consuelo, más delicadeza.

Sí, almas que he escogido para que seáis mi descanso y el jardín de mis delicias; espero de vosotras mucha mayor ternura, mucha más delicadeza, mucho más amor que de otras que no me están tan íntimamente unidas.

De vosotras espero que seáis el bálsamo que cicatrice mis heridas, que limpiéis mi rostro, afeado y manchado…, que me ayudéis a dar luz a tantas almas ciegas, que en la oscuridad de la noche me prenden y me atan para darme muerte.

No me dejéis solo… Despertad y venid…, porque ya llegan mis enemigos.

Cuando se acercaron a Mí los soldados para prenderme, les dije: «Yo soy».

Lo mismo repito al alma que se acerca al peligro y a la tentación: Yo soy; Yo soy, ¿vienes a prenderme y a entregarme? No importa; ven… soy tu Padre y si tú quieres estás a tiempo todavía; te perdonaré y en vez de atarme tú con las cuerdas del pecado, Yo te ataré a ti con ligaduras de amor.

Ven, Yo soy… Soy el que te ama y ha derramado toda su Sangre por ti… El que tiene tanta compasión de tu debilidad, que está esperándote con ansia para estrecharte en sus brazos.

Ven, alma de esposa… alma de sacerdote… Soy la misericordia infinita; no temas… No te rechazaré ni te castigaré… te abriré mi Corazón y te amaré con mayor ternura que antes. Con la Sangre de mis heridas lavaré las manchas de tus pecados, tu hermosura será la admiración de los ángeles y dentro de ti descansará mi Corazón.

¡Qué triste es para Mí, cuando, después de haber llamado con tanto amor a las almas, ellas, ingratas y ciegas, me atan y me llevan a la muerte!

Luego que Judas me dio el beso traidor, salió del huerto y, comprendiendo la magnitud de su delito, se desesperó.

¡Ah, qué inmenso, qué profundo dolor sentí al ver al que había sido mi apóstol, caminar a su perdición eterna!

Mas…, había llegado mi hora…, y dando libertad a los soldados, me entregué con la docilidad de un cordero.[5]

¡Cuánto nos enseña este estigma de la traición! No hay mucho qué añadir. ¡Aquí tenemos tanto por mejorar!

 

El estigma místico de apreciar el abandono

Entonces todos los discípulos abandonaron a Jesús y huyeron. (Mt 26, 56b)

Entonces lo apresaron y lo llevaron a la casa del sumo sacerdote, donde entraron; Pedro los seguía a distancia. Prendieron un fuego en medio del patio y luego se sentaron alrededor; Pedro también se acercó y se sentó entre ellos. Como estaba ahí sentado en la claridad del fuego, una muchachita de la casa lo vio y, después de mirarlo, dijo: «Este también estaba con Él». Pero él lo negó diciendo: «Mujer, yo no lo conozco». Momentos después otro exclamó al verlo: «Tú también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «No, hombre, no lo soy». Como una hora más tarde, otro afirmaba: «Seguramente éste estaba con Él, pues, además, es galileo». De nuevo Pedro lo negó diciendo: «Amigo, no sé de qué hablas». Todavía estaba hablando cuando un gallo cantó. El Señor se volvió y fijó la mirada en Pedro. Y Pedro se acordó de la palabra del Señor, que le había dicho: «Antes de que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces». Y, saliendo afuera, lloró amargamente. Los hombres que custodiaban a Jesús empezaron a burlarse de Él y a darle golpes. Le cubrieron la cara, y después le preguntaban: «Adivina quién te pegó». Y proferían toda clase de insultos contra Él. (Lc 22, 54-65)

¿Nos hemos sentido abandonados?, ¿solos? ¿Hemos experimentado la negación de un amigo, de un ser querido? Aunque duela, es necesario pasar por este trance: sentirse abandonado de los nuestros es un estigma místico que limpia profundamente al alma. Nos desapega de nuestro amor propio, de ese deseo impuro de sentirnos amados por las criaturas; así, el alma se vacía para que ingrese solo el Amor de Dios, con el que podremos ascender libres —sin peso alguno— por esa escalera hacia la unión mística con Dios.

De modo, pues, que cuando venga el abandono, la mayor soledad de todas, ¡a dar gracias a Dios! Y a aprovechar al máximo esa oportunidad.

¡Mis apóstoles me habían abandonado!… Pedro, movido de curiosidad, pero lleno de temor, se quedó oculto entre la servidumbre. A mi alrededor sólo había acusadores que buscaban cómo acumular contra Mí delitos que pudieran encender más la cólera de jueces tan inicuos. Los que tantas veces habían alabado mis milagros se convierten en acusadores. Me llaman perturbador, profanador del sábado, falso profeta. La soldadesca, excitada por las calumnias, profiere contra Mí gritos y amenazas. Aquí quiero hacer un llamamiento de dolor a mis apóstoles y a mis almas escogidas.

¿Dónde estáis vosotros, apóstoles y discípulos que habéis sido testigos de mi vida, de mi doctrina, de mis milagros?… ¡Ah!, de todos aquellos de quienes esperaba alguna prueba de amor, no queda ninguno para defenderme: me encuentro solo y rodeado de soldados, que como lobos quieren devorarme.

Mirad cómo me maltratan; uno descarga sobre mi rostro una bofetada, otro me arroja su inmunda saliva; otro me tuerce el rostro en son de burla.

Mientras mi Corazón se ofrece a sufrir todos estos suplicios, Pedro, a quien había constituido jefe y cabeza de la Iglesia, y que algunas horas antes había prometido seguirme hasta la muerte…, a una simple pregunta, que podría haberle servido para dar testimonio de Mí, ¡me niega!… Y como el temor se apodera más y más de él y la pregunta se reitera, jura que jamás me ha conocido ni ha sido mi discípulo…

¡Ah, Pedro! ¡Juras que no conoces a tu Maestro!… No sólo juras, sino que interrogado por tercera vez, respondes con horribles imprecaciones.

Almas escogidas, no sabéis cuán doloroso es para mi Corazón, que se abrasa y se consume de amor, verse abandonado de los suyos. Cuando el mundo clama contra Mí, cuando son tantos los que me desprecian, me maltratan, buscan medios de darme muerte, ¡qué tristeza, qué inmensa amargura para mi Corazón si, volviéndose entonces a los amigos, se encuentra solo y abandonado de ellos!

Os diré como a Pedro: ¡Alma a quien tanto amo! ¿No te acuerdas ya de las pruebas de amor que te he dado? ¿Te olvidas de los lazos que te unen a Mí? ¿Olvidas cuántas veces me has prometido ser fiel y defenderme?… Si eres débil, si temes que te arrastre el respeto humano, ven y pídeme fuerza para vencer. No confíes en ti misma, porque entonces estarás perdida. Pero si recurres a Mí con humildad y firme confianza, no tengas miedo: Yo te sostendré.

Y vosotras, almas que vivís en el mundo, rodeadas de tantos peligros, huid de las ocasiones. Pedro no hubiera caído si hubiera resistido con valor sin dejarse llevar de una vana curiosidad.

En cuanto a las que trabajáis en mi viña…, si os sentís movidas por curiosidad o por alguna satisfacción humana también os diré que huyáis; pero si trabajáis puramente por obediencia, impulsadas del celo y de las almas y de mi gloria, no temáis… Yo os defenderé y saldréis victoriosas…

Cuando los soldados me conducían a la prisión, al pasar por uno de los patios vi a Pedro, que estaba entre la turba… Lo miré… El también me miró… Y lloró amargamente su pecado.

¡Cuántas veces miro así al alma que ha pecado!… Pero, ¿me mira ella también? ¡Ah!… que no siempre se encuentran estas dos miradas… ¡Cuántas veces miro al alma y ella no me mira a Mí!… No me ve… Está ciega. La toco con suavidad y no me oye. La llamo por su nombre y no me responde… Le envío una tribulación para que salga de su sueño pero no quiere despertar…

¡Almas queridas!, si no miráis al Cielo, viviréis como los seres privados de razón… Levantad la cabeza y ved la patria que os espera… Buscad a vuestro Dios y siempre lo encontraréis con los ojos fijos en vosotras, y en su mirada hallaréis la paz y la vida.[6]

 

El estigma místico de estimar el silencio

Los que tomaron preso a Jesús lo llevaron a casa del sumo sacerdote Caifás, donde se habían reunido los maestros de la Ley y las autoridades judías.

Pedro lo iba siguiendo de lejos, hasta llegar al palacio del sumo sacerdote. Entró en el patio y se sentó con los policías del Templo, para ver en qué terminaba todo.

Los jefes de los sacerdotes y el Consejo Supremo andaban buscando alguna declaración falsa contra Jesús, para poderlo condenar a muerte. Pero pasaban los falsos testigos y no se encontraba nada. Al fin llegaron dos que declararon: «Este hombre dijo: Yo soy capaz de destruir el Templo de Dios y de reconstruirlo en tres días».

Entonces el sumo sacerdote se puso de pie y preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué es esto que declaran en contra tuya?» Pero Jesús se quedó callado. (Mt 26, 57-63)

Puede sorprender este silencio de Jesús ante las acusaciones injustas. El ejemplo que nos dejó es muy útil para nuestra alma. Se purificará de ese excesivo amor propio, principal escollo para llegar a Dios. Efectivamente, la soberbia fue el pecado con el que Lucifer atacó a Dios, el mismo con el que Adán y Eva ofendieron a Dios y es el que ahora se interpone entre el Amor de Dios y la criatura. Solo la humildad atrae las gracias de Dios.

Por eso conviene hacer un examen profundo: ¿cómo actuamos cuando nos critican? ¿Qué hacemos cuando, por ejemplo, nos enteramos de que hablan mal de nosotros? ¿Nos produce dolor o ira que nos acusen falsamente?… No somos todavía como Cristo si nos defendemos, si nos excusamos, si nos ponemos a exponer o a alegar causas o razones para explicar nuestras acciones o para que se borre de las mentes de los demás la culpa que se nos imputa…

Visto el silencio desde otro punto de vista, preguntémonos: ¿Por qué hablamos tanto? ¿Cuáles son los vacíos que queremos llenar con tantas palabras?

Otra vez, es mucho lo que debemos corregir y, también, es mucho lo que el Espíritu Santo debe reparar.

 

El estigma místico de la valentía

De nuevo el Sumo Sacerdote le preguntó: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios Bendito?». Jesús respondió: «Yo soy, y un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo».

El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras horrorizado y dijo: «¿Para qué queremos ya testigos? Ustedes acaban de oír sus palabras blasfemas. ¿Qué les parece?» Y estuvieron de acuerdo en que merecía la pena de muerte. (Mc 14, 61-64)

Jesús sabía que su respuesta lo llevaría a la muerte; sin embargo, no solo no dudó un momento en contestar afirmativamente, sino que reiteró su asentimiento diciendo lo que ellos estaban esperando para condenarlo: «Un día verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha de Dios poderoso y viniendo en medio de las nubes del cielo». Ya no había necesidad de hacer más preguntas: a su juicio, era culpable.

Esa valentía no es posible si el amor de Dios no está en nuestros corazones.

 

El estigma místico de unirse a la prisión de Jesús

Luego comenzaron a escupirlo en la cara y a darle bofetadas, mientras otros lo golpeaban diciéndole: «Mesías, ¡adivina quién te pegó!» (Mt 26, 67-68)

Veamos ahora lo que sintió y vivió Jesús en la prisión, para acompañarlo místicamente:

Contémplame en la prisión donde pasé gran parte de la noche. Los soldados venían a insultarme de palabra y de obra burlándose, empujándome, golpeándome… Al fin, hartos de Mí, me dejaron solo, atado, en una habitación oscura y húmeda, sin más asiento que una piedra, donde mi Cuerpo dolorido se quedó al poco rato aterido de frío.

Vamos ahora a comparar la prisión con el Sagrario y, sobretodo, con los corazones de los que me reciben.

En la prisión pasé una noche no entera…, pero en el Sagrario ¡cuántas noches y días paso!…

En la prisión me ultrajaron y maltrataron los soldados que eran mis enemigos… Pero en el Sagrario me maltratan y me insultan almas que me llaman Padre…, ¡y que no se portan como hijos!… En la prisión pasé frío y sueño, hambre y sed, vergüenza, dolores, soledad y desamparo… y desde allí veía, en el transcurso de los siglos, tantos Sagrarios en los que me faltaría el abrigo del amor… ¡Cuántos corazones helados serían para mi Cuerpo, frío y herido, como la piedra de la prisión!… ¡Cuántas veces tendría sed de amor, sed de almas!…

¡Cuántos días Espero que tal alma venga a visitarme en el Sagrario y a recibirme en su corazón! ¡Cuántas noches me paso solo y pensando en ella! Pero se deja absorber por sus ocupaciones, o dominar por la pereza, o por el temor de perjudicar su salud, y no viene.

¡Alma querida!… Yo esperaba que apagarías mi sed y que consolarías mi tristeza, ¡y no has venido!

¡Cuántas veces siento hambre de mis almas… de su fidelidad generosa!… ¿Sabrán calmarla con aquella ocasión de vencerse…, con esta ligera mortificación?… ¿Sabrán con su ternura y compasión aliviar mi tristeza? ¿Sabrán, cuando llegue la hora del dolor… cuando hayan de pasar por una humillación…, una contrariedad…, una pena de familia o un momento de soledad y desolación…, decirme desde el fondo del alma: «te lo ofrezco para aliviar tu tristeza, para acompañarte en tu soledad»?

¡Ah!, ¡si de este modo supieran unirse a Mí, con cuánta paz pasaría por aquella tribulación! su alma saldría de ella fortalecida y habría aliviado mi Corazón.

En la prisión sentí vergüenza al oír las horribles palabras que se proferían contra Mí…, y esta vergüenza creció al ver que más tarde esas mismas palabras serían repetidas por almas muy amadas.

Cuando aquellas manos sucias y repugnantes descargaban sobre Mí golpes y bofetadas, vi cómo sería muchas veces golpeado y abofeteado por tantas almas que sin purificarse de sus pecados, me recibirían en sus corazones, y con sus pecados habituales descargarían sobre Mí repetidos golpes.

Cuando en la prisión me empujaban, y Yo, atado y falto de fuerzas, caía en tierra, vi cómo tantas almas, por no renunciar a una vana satisfacción me despreciarían, y atándome con las cadenas de su ingratitud, me arrojarían de su corazón y me dejarían caer en tierra, renovando mi vergüenza y prolongando mi soledad.

¡Almas escogidas! mirad a vuestro Esposo en la prisión; contempladlo en esta noche de tanto dolor… Y considerad que este dolor se prolonga en la soledad de tantos sagrarios, en la frialdad de tantos corazones…

Si queréis darme una prueba de vuestro amor, abridme vuestro pecho para que haga de él mi prisión. Atadme con las cadenas de vuestro amor… Cubridme con vuestras delicadezas… Alimentadme con vuestra generosidad… Apagad mi sed con vuestro celo… Consolad mi tristeza y desamparo con vuestra fiel compañía.

Haced desaparecer mi dolorosa vergüenza con vuestra pureza y rectitud de intención. Si queréis que descanse en vosotras, preparadme un lugar de reposo con actos de mortificación. Sujetad vuestra imaginación, evitad el tumulto de las pasiones, y en el silencio de vuestra alma dormiré tranquilo; de vez en cuando oiréis mi voz que os dice suavemente: esposa mía que ahora eres mi descanso, Yo seré el tuyo en la eternidad; a ti, que con tanto desvelo y amor me procuras la prisión de tu corazón, Yo te prometo que mi recompensa no tendrá límites y no te pesarán los sacrificios que hayas hecho por Mí durante tu vida.

Después de haber pasado gran parte de la noche en la prisión, oscura, húmeda y sucia…, después de haber sido objeto de los más viles escarnios y malos tratos por parte de los soldados…, de insultos y de burlas de la muchedumbre curiosa…, cuando mi Cuerpo se encontraba extenuado a fuerza de tormentos…, escucha los deseos que entonces sentía mi Corazón; lo que me consumía de amor y despertaba en Mí nueva sed de padecimientos era el pensamiento de tantas y tantas almas a quienes este ejemplo, había de inspirar el deseo de seguir mis huellas.

Las veía, fieles imitadoras de mi Corazón, aprendiendo de Mí mansedumbre, paciencia, serenidad, no sólo para aceptar los sufrimientos y desprecios, sino aun para amar a los que las persiguen y, si fuera preciso, sacrificarse por ellos, como Yo me sacrifiqué para salvar a los mismos que así me maltrataban.

Las veía, movidas por la gracia, corresponder al llamamiento divino, abrazar el estado perfecto, aprisionarse en la soledad, atarse con cadenas de amor, renunciar a cuanto amaban según la naturaleza, luchar con valor contra la rebeldía de sus pasiones, aceptar los desprecios, quizá los insultos…, hasta ver por los suelos su fama y reputado por locura su modo de vivir…, ¡y entre tanto, conservar el corazón en paz, y unido íntimamente a su Dios y Señor!

Así, en medio de tantos ultrajes y tormentos, el amor me encendía más y más en deseos de cumplir la Voluntad de mi Padre, y mi Corazón, más fuertemente unido a Él en estas horas de soledad y dolor, se ofrecía a reparar su gloria ultrajada. Así vosotras, almas religiosas, que os halláis en prisión voluntaria por amor, que más de una vez pasáis a los ojos de las criaturas por inútiles y quizá por perjudiciales: ¡no temáis! dejad que griten contra vosotras, y en estas horas de soledad y de dolor, que vuestro corazón se una íntimamente a Dios, único objeto de vuestro amor. ¡Reparad su gloria ultrajada por tantos pecados!…

¿Comprenderemos, ahora, los sentimientos del Corazón más amante del mundo? ¿Seremos capaces de seguir sus huellas?

 

Los estigmas místicos de la flagelación

Entonces Pilato tomó a Jesús y ordenó que fuera azotado. (Jn 19, 1)

El Cuerpo de Jesús ya estaba lleno de heridas y moretones producidos por los golpes de los soldados y, además, estaba —como vimos— exhausto por el cansancio de la noche anterior: primero, las emociones que vivió en la despedida con sus apóstoles y la traición de Judas; luego, la oración intensa en Getsemaní; después, la noche solitaria y fría en la cárcel; más adelante, la levantada y el traslado para el juicio con Pilato; éste lo mandó a Herodes, quien lo devolvió… Y ahora, pone sus brazos mansamente en la columna, para ser atado a ella, y los soldados empiezan a descargar terribles azotes con cuerdas embreadas y con varas, llenos de malvada crueldad…

Al meditar en esto, muchos santos mártires se han entregado voluntariamente a compartir esa afrenta física y psicológica que sufrió Jesús por amor, con un desprendimiento tal, que han logrado llegar a los altares. Otros muchos, escondidos en el silencio de la historia, han seguido sus pasos, dejándose azotar hasta tocar casi la muerte…

Y nosotros, ¿no es verdad que cuidamos nuestro cuerpo con exagerada y casi enfermiza autocompasión? ¿No nos quejamos, a veces, por una pequeña herida que nos hacemos?

Si el alma se ve impulsada por el Espíritu Santo a compartir este dolor del Amor de los amores y sólo si nuestro director espiritual lo autoriza y en la medida que él lo autorice, haremos muy bien en aliviar los padecimientos de Cristo, completando, como diría san Pablo en nuestra carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Pero aquí encontramos más tesoros:

Mira cómo este hombre, confundido y enredado en sus propios lazos, no sabe qué hacer de Mí, y para apaciguar el furor del populacho, manda que me hagan azotar.

Así son las almas cobardes que, faltas de generosidad para romper enérgicamente con las exigencias del mundo o de sus propias pasiones, en vez de cortar de raíz aquello que la conciencia les reprende, ceden a un capricho, se conceden una ligera satisfacción, capitulan en parte con lo que la pasión exige.

Se vencen en tal punto pero no en tal otro en el que el esfuerzo tiene que ser mayor. Se mortifican en una ocasión pero no en otras, cuando para seguir la inspiración de la gracia o la observancia de la Regla, han de privarse de ciertos gustillos que halagan la naturaleza y alimentan la sensualidad.

Y para acallar los remordimientos, se dicen a sí mismas: Ya me he privado de esto…, sin ver que es sólo la mitad de lo que la gracia les pide.

Así, por ejemplo, si alguna, impulsada, no por la caridad y el deseo del bien del prójimo, sino por un secreto movimiento de envidia, procura divulgar una falta ajena, la gracia y la conciencia levantan la voz y le dicen que aquello es una injusticia, y que no procede de bueno, sino de mal espíritu. Quizá tenga un instante de lucha interior pero, cobarde al fin, su pasión inmortificada la ciega y procura inventar un arreglo que, a la vez, acalle su conciencia y satisfaga su mala inclinación; esto es, callar en parte lo que debía callar del todo; y se excusa diciendo: tienen que saberlo…, sólo diré una palabra…

Alma querida, como Pilato, me haces flagelar. Ya has dado un paso… Mañana darás otros…, ¿crees satisfacer así tu pasión? No; pronto te pedirá más, y como no has tenido valor para luchar con tu propia naturaleza en esta pequeñez, mucho menos la tendrás después, cuando la tentación sea mayor.

Miradme almas tan amadas de mi Corazón, dejándome conducir con la mansedumbre de un cordero, al terrible y afrentoso suplicio de la flagelación… Sobre mi Cuerpo ya cubierto de golpes y agobiado de cansancio, los verdugos descargan cruelmente con cuerdas embreadas y con varas, terribles azotes. Y es tanta la violencia con que me hieren, que no quedó en Mí un sólo hueso que no fuese quebrantado por el más terrible dolor… La fuerza de los golpes me produjo innumerables heridas…, las varas arrancaban pedazos de piel y carne divina… La Sangre brotaba de todos los miembros de mi Cuerpo, que estaba en tal estado, que más parecía monstruo que hombre.

¡Ah! ¿cómo podéis contemplar en este mar de dolor y de amargura sin que vuestro corazón se mueva a compasión?

Pero no son los verdugos los que me han de consolar, sino vosotras; almas escogidas, aliviad mi dolor…, contemplad mis heridas y ved si hay quien haya sufrido tanto para probaros su amor.

Aceptemos la flagelación diaria que nos producen cuando nos critican, nos ofenden, nos vituperan, nos hieren, nos quitan nuestros derechos, nos amenazan o pasan por encima de nosotros…, en todas las circunstancias adversas de la vida. Aceptemos también cada dolor físico que, por pequeño que sea, se hará grande por el amor con que lo hagamos: accidentes, enfermedades, cirugías, etc. Eso, con constancia y unión a lo que sufrió Jesús, poco a poco, será bálsamo para las heridas del Señor y producirá los estigmas místicos de la flagelación en nuestras almas… ¡Amemos con Él y como Él!

 

El estigma místico de la coronación de espinas

Los soldados lo llevaron al pretorio, que es el patio interior, y llamaron a todos sus compañeros. Lo vistieron con una capa roja y le colocaron en la cabeza una corona que trenzaron con espinas. Después comenzaron a saludarlo: «¡Viva el rey de los judíos!» Y lo golpeaban en la cabeza con una caña, lo escupían y se arrodillaban ante Él para rendirle homenaje. (Mc 15, 16-19)

¿Coronarnos de espinas? Sí: Dios, Rey, Señor de señores, Creador y dueño del universo, prefirió una corona de espinas a la que merecía.

Y nosotros, simples criaturas de barro, llenos de pecados, de faltas de amor, de faltas de obediencia, de faltas de fe, de faltas de humildad… ¿qué merecemos?

A veces creemos que merecemos cosas y, ¿qué tenemos que no nos lo haya dado Dios? Dios nos dio la vida, el cuerpo y el alma que poseemos, las cualidades que nos regaló… Un solo momento que el Creador deje de pensar en nosotros para darnos la vida y…, ¡moriremos! ¡Ni siquiera la vida que tenemos es nuestra!: nuestro ser es prestado. Somos nada; esta es la realidad más verídica y cierta de la vida.

Dios le dijo a Moisés: «Yo soy: YO–SOY.» «Así dirás al pueblo de Israel: YO–SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3, 14). Cuando el hombre se hace consciente de que su vida es prestada, de que es nada, es cuando conoce la verdad, su verdadera realidad. Y es cuando se hace humilde: deja la soberbia.

Y, ¿qué méritos tenemos? De hecho, ¡nos merecíamos el infierno! Otra cosa es que Jesús pagó nuestro rescate.

Por consiguiente, ¿de qué nos gloriamos?; ¿de qué presumimos?; ¿qué nos merecemos?…

Sí; es verdad: Jesús nos ama, y nos ama tanto que dio su vida para regalarnos la posibilidad de ir al Cielo. Pero eso es otro regalo inmerecido. Y son inmerecidos todos los demás regalos: la Iglesia, los sacerdotes, el Sacramento de la Reconciliación cada vez que pecamos, la Eucaristía, el poder recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los demás Sacramentos…, en fin, las muestras de la infinita misericordia de Dios.

¡Coronémonos de espinas!: aceptemos toda cruz que nos llegue para acallar nuestra soberbia y, si es mayor nuestro amor y agradecimiento,  —con la anuencia del Espíritu Santo, es decir, del director espiritual, cómo y cuándo él lo permita—, compartamos con ese Jesús–Amor esa corona de espinas que usaron y usan muchos santos.

Hagamos un propósito firme: ¡Ya nunca más dejaremos que la soberbia —sentirnos más que la nada que somos— aflore en nuestras vidas! Y, si alguna vez fallamos (que seguro fallaremos), a rectificar y a dar la gloria sólo a Dios.

Ahora, acompañemos en los sentimientos que abrumaban a Jesús:

Cuando los brazos de aquellos hombres crueles quedaron rendidos a fuerza de descargar golpes sobre mi Cuerpo, colocaron sobre mi cabeza una corona tejida con ramas de espinas, y desfilando por delante de Mí me decían: ¿conque eres Rey? ¡Te saludamos!…

Unos me escupían…, otros me insultaban…, otros descargaban nuevos golpes sobre mi cabeza, cada uno añadía un nuevo dolor a mi Cuerpo maltratado y deshecho.

Miradme, almas queridas, condenado por inicuos tribunales…, entregado a la multitud que me insulta y profana mi Cuerpo…, como si no fuera bastante el cruel suplicio de la flagelación para reducirme al más humillante estado, me coronan de espinas, me revisten de un manto de grana, me saludan como a un rey de irrisión y me tienen por loco.

Yo, que soy el Hijo de Dios, el sostén del universo, he querido pasar a los ojos de los hombres por el último y el más despreciable de todos. No rehuyo la humillación antes me abrazo con ella, para expiar los pecados de soberbia y atraer a las almas a imitar mi ejemplo.

Permití que me coronasen de espinas y que mi cabeza sufriera cruelmente para expiar la soberbia de muchas almas que rehusan aceptar aquello que las rebaja a los ojos de las criaturas.

Consentí que pusieran sobre mis hombros un manto de escarnio y que me llamasen loco, para que las almas no se desdeñen de seguirme por un camino que a los mundanos parece bajo y vil y quizá a ellas mismas, indigno de su condición.

No, almas queridas, no hay camino, estado ni condición humillante cuando se trata de cumplir la Voluntad Divina. Las que os sentís llamadas a este estado, no queráis resistir, buscando con vanos y soberbios pensamientos el modo de seguir la Voluntad de Dios haciendo la vuestra.

Ni creáis que hallaréis la verdadera paz y alegría en una condición más o menos brillante a los ojos de las criaturas… No; sólo la encontraréis en el exacto cumplimiento de la Voluntad Divina y en la entera sumisión para aceptar todo lo que ella os pida.

Hay en el mundo muchas jóvenes que cuando llega el momento de decidirse para contraer matrimonio, se sienten atraídas hacia aquel en quien descubren cualidades de honradez, vida cristiana y piadosa, fiel cumplimiento del deber, así en el trabajo como en el seno de la familia, todo, en fin, lo que puede llenar las aspiraciones de su corazón. Pero en aquella cabeza germinan pensamientos de soberbia… y empiezan a discurrir así: tal vez éste satisfaría los anhelos de mi corazón pero, en cambio, no podré figurar ni lucir en el mundo. Entonces se ingenian para buscar otro, con el cual pasarán por más nobles, más ricas, llamarán la atención y se granjearán la estima y los halagos de las criaturas.

¡Ah! ¡cuán neciamente se ciegan estas pobres almas! Óyeme, hija mía, no encontrarás la verdadera felicidad en este mundo y…, quizá no la encuentres tampoco en el otro. ¡Mira que te pones en gran peligro!

¿Y qué diré a tantas almas a quienes llamo a la vida perfecta, a una vida de amor, y que se hacen sordas a mi voz?

¡Cuántas ilusiones, cuánto engaño hay en almas que aseguran están dispuestas a hacer mi Voluntad, a seguirme, a unirse y consagrarse a Mí, y, sin embargo, clavan en mi cabeza la corona de espinas!

Hay almas a quienes quiero por esposas y, conociendo como conozco los más ocultos repliegues de su corazón, amándolas como las amo, con delicadeza infinita, deseo colocarlas allí donde en mi sabiduría veo que encontrarán todo cuanto necesitan para llegar a una encumbrada santidad. Allí donde mi Corazón se manifestará a ellas y donde me darán más gloria…, más consuelo…, más amor y más almas.

¡Pero cuántas resistencias!… ¡Y cuántas decepciones sufre mi Corazón! ¡Cuántas almas ciegas por el orgullo, la sed de fama y de honra, el deseo de contentar sus vanos apetitos y una baja y mezquina ambición de ser tenidas en algo…, se niegan a seguir el camino que les traza mi amor!

Almas por Mí escogidas con tanto cariño, ¿creéis darme la gloria que Yo esperaba de vosotras haciendo vuestro gusto? ¿Creéis cumplir mi Voluntad resistiendo a la voz de la gracia que os llama y encamina por esa senda que vuestro orgullo rechaza?

Recordémoslo: somos nada. Desde esta humildad iniciaremos nuestro viaje místico hacia el encuentro con Dios, para que nos siga llenando de su ser y de su amor, hasta que, purificados por completo en una muerte mística de nuestro «yo» (que tanto estorba), viva Cristo en nosotros, como lo expresó san Pablo: «Y ahora no vivo yo, es Cristo quien vive en mí» (Ga 2, 20).

 

El estigma místico de que sean preferidos los demás

Hay que borrar toda imperfección, y una de ellas es querer ser preferidos a los demás. Leamos:

Cada año, con ocasión de la Pascua, Pilato solía dejar en libertad a un preso, a elección del pueblo. Había uno, llamado Barrabás, que había sido encarcelado con otros revoltosos por haber cometido un asesinato en un motín. Cuando el pueblo subió y empezó a pedir la gracia como de costumbre, Pilato les preguntó: «¿Quieren que ponga en libertad al rey de los judíos?» Pues Pilato veía que los jefes de los sacerdotes le entregaban a Jesús por una cuestión de rivalidad. Pero los sumos sacerdotes incitaron a la gente a que pidiera la libertad de Barrabás. Pilato les dijo: «¿Qué voy a hacer con el que ustedes llaman rey de los judíos?». La gente gritó: «¡Crucifícalo!». Pilato les preguntó: «Pero ¿qué mal ha hecho?» Y gritaron con más fuerza: «¡Crucifícalo!»

 Pilato quiso dar satisfacción al pueblo: dejó, pues, en libertad a Barrabás y sentenció a muerte a Jesús. (Mc 15, 6-15)

Nunca hubo un juicio más injusto para un Hombre tan justo:

Medita por un momento el indecible martirio de mi Corazón, tan tierno y delicado, al verse propuesto a Barrabás… ¡Cuánto sentí aquel desprecio! y, ¡cómo traspasaban lo más íntimo de mi alma aquellos gritos que pedían mi muerte!

¡Cómo recordaba entonces las ternuras de mi Madre, cuando me estrechaba sobre su Corazón! ¡Cuán presente tenía los desvelos y fatigas que para mostrarme su amor sufrió mi Padre adoptivo!

¡Cuán vivamente se presentaban a mi memoria los beneficios que con tanta liberalidad derramé sobre aquel pueblo ingrato!…, ¡dando vista a los ciegos, devolviendo la salud a los enfermos, el uso de sus miembros a los que lo habían perdido!…, ¡dando de comer a las turbas y resucitando a los muertos! Y ahora, ¡vedme reducido al estado más despreciable! ¡Soy el más odiado de los hombres y se me condena a muerte como a un ladrón infame!… ¡Pilato ha pronunciado la sentencia! ¡Almas queridas! ¡Considerad atentamente cuánto sufrió mi Corazón!

¿Aprenderemos?

 

El estigma místico de cargar la cruz cada día

Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia Cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota. (Jn 19, 17)

Ya lo había anunciado Él mismo: «Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga» (Lc 9, 23). Ahora lo está cumpliendo.

Nosotros, que queremos seguirlo, ¿cargamos con la cruz de cada día?, ¿nos negamos a nosotros mismos? O, más bien, ¿nos damos todos los gustos egoístas y materiales posibles?…

Es verdad que se necesita mucha valentía para aceptar y vivir este propósito tan elevado pero, ¿vamos a dejar solo a Jesús? Ya otros han emprendido esta gigantesca tarea de amor, y se han ganado el Cielo y las delicias diarias del contacto directo con Dios: unos toques espirituales de la divinidad que no se pueden cambiar por nada en el mundo. ¡Vale la pena! ¡Vale la pena! ¡Vale la pena!

En tanto que mi Corazón estaba profundamente abismado en la tristeza por la eterna perdición de Judas, los crueles verdugos, insensibles a mi dolor, cargaron sobre mis hombros llagados la dura y pesada Cruz en que había de consumar el misterio de la redención del mundo.

¡Contempladme, ángeles del Cielo!… ¡Ved al Creador de todas las maravillas, al Dios a quien rinden adoración los espíritus celestiales, caminando hacia el Calvario y llevando sobre sus hombros el leño santo y bendito que va a recibir su último suspiro!…

Vedme también vosotras, almas que deseáis ser mis fieles imitadoras. Mi Cuerpo destrozado por tanto tormento camina sin fuerzas, bañado de sudor y de Sangre… ¡Sufro…, sin que nadie se compadezca de mi dolor!… ¡La multitud me acompaña y no hay una sola persona que tenga piedad de Mí!… ¡Todos me rodean como lobos hambrientos, deseosos de devorar su presa! ¡La fatiga que siento es tan grande y la Cruz tan pesada, que a mitad del camino caigo desfallecido!… ¡Ved cómo me levantan aquellos hombres inhumanos del modo más brutal: uno me agarra de un brazo, otro tira de mis vestidos que estaban pegados a mis heridas!…; éste me coge por el cuello, otro por los cabellos, otros descargan terribles golpes en todo mi Cuerpo con los puños y hasta con los pies. La Cruz cae encima de Mí y su peso me causa nuevas heridas. Mi rostro roza con las piedras del camino y con la Sangre que por él corre se pegan a mis ojos y a toda mi sagrada faz el polvo y el lodo, y quedo convertido en el objeto más repugnante.

Seguid conmigo unos momentos y a los pocos pasos me veréis en presencia de mi Madre Santísima, que con el Corazón traspasado de dolor sale a mi encuentro para dos fines: cobrar nueva fuerza para sufrir a la vista de su Dios…, y dar a su Hijo, con su actitud heroica, aliento para continuar la obra de la Redención. Considerad el martirio de estos dos Corazones: Lo que más ama mi Madre es su Hijo…, y no puede darme ningún alivio, y sabe que su vista aumentará mis sufrimientos.

Para Mí lo más grande es mi Madre, y no solamente no la puedo consolar, sino que el lamentable estado en que me ve, procura a su Corazón un sufrimiento semejante al mío; ¡la muerte que Yo sufro en el cuerpo la recibe mi Madre en el Corazón! ¡Ah!, ¡cómo se clavan en Mí sus ojos!, ¡y los míos, obscurecidos y ensangrentados, se clavan también en Ella! No pronunciamos una sola palabra; pero ¡cuántas cosas se dicen nuestros Corazones en esta dolorosa mirada![7]

¿Nos uniremos valerosamente a ese par de Corazones que destilan tanto amor? Ya sé que no somos capaces pero, ¡con ellos lo lograremos!

Lo repito: ¡Vale la pena!

En ese momento, un tal Simón de Cirene, que es el padre de Alejandro y de Rufo, volvía del campo; los soldados lo obligaron a que llevara la Cruz de Jesús. (Mc 15, 21)

Ahora veamos cómo cargar la Cruz:

Aquellos hombres inicuos, temiendo verme morir antes de llegar a término, se entienden entre sí para buscar a alguien que me ayude a llevar la Cruz, y alquilan a un hombre de las cercanías llamado Simón.

Contémplame, camino del Calvario, cargado con la pesada Cruz. Mira detrás de Mí a Simón, ayudándome a llevarla, y considera, ante todo, dos cosas: Este hombre, aunque de buena voluntad, es un mercenario, porque si me acompaña y comparte conmigo el peso de la Cruz, es porque ha sido alquilado. Por eso cuando siente demasiado cansancio, deja caer más peso sobre Mí y así caigo en tierra dos veces.

Además, este hombre me ayuda a llevar parte de la Cruz, pero no toda la Cruz.

Veamos el sentido de estas dos circunstancias. Simón está alquilado, o sea, que busca en su trabajo cierto interés. Hay muchas almas que caminan así en pos de Mí. Se comprometen a ayudarme a llevar la Cruz, pero todavía desean consuelo y descanso; consienten en seguirme y con este fin han abrazado la vida perfecta; pero no abandonan el propio interés, que sigue siendo, en muchos casos, su primer cuidado; por eso vacilan y dejan caer mi Cruz cuando les pesa demasiado. Buscan la manera de sufrir lo menos posible, miden su abnegación, evitan cuanto pueden la humillación y el cansancio…, y acordándose, quizá con pesar, de lo que dejaron, tratan de procurarse ciertas comodidades, ciertos placeres. En una palabra, hay almas tan interesadas y tan egoístas, que han venido en mi seguimiento más por ellas que por Mí… Se resignan tan sólo a soportar lo que no pueden evitar o aquello a que las obligan… No me ayudan a llevar más que una partecita de mi Cruz, y de tal suerte, que apenas sí pueden adquirir los méritos indispensables para su salvación. Pero en la eternidad verán ¡qué atrás han quedado en el camino que debían recorrer!…

Por el contrario, hay almas, y no pocas, que movidas por el deseo de su salvación, pero sobre todo, por el amor que les inspira la vista de lo que por ellas he sufrido, que se deciden a seguirme por el camino del Calvario; se abrazan con la vida perfecta y se entregan a mi servicio, no para ayudarme a llevar parte de la Cruz, sino para llevarla toda entera. Su único deseo es descansarme…, consolarme…, se ofrecen a todo cuanto les pida mi Voluntad, buscando cuanto pueda agradarme; no piensan ni en los méritos, ni en la recompensa que les espera, ni en el cansancio, ni en el sufrimiento…; lo único que tienen presente es el amor que me demuestran y el consuelo que me procuran.

Si mi Cruz se presenta bajo la forma de una enfermedad, si se oculta debajo de una ocupación contraria a sus inclinaciones o poco conforme a sus aptitudes, si va acompañada de algún olvido de las personas que las rodean, la aceptan con entera sumisión.

Suponed que llenas de buenos deseos, y movidas de grande amor a mi Corazón y de celo por las almas, hacen lo que creen mejor en tal o cual circunstancia; mas, en vez del resultado que esperaban, recogen toda clase de molestias y humillaciones… Esas almas que obran sólo a impulsos del amor se abrazan con todo, y viendo en ello mi Cruz, la adoran y se sirven de ella para procurar mi gloria.

¡Ah!, estas almas son las que verdaderamente llevan mi Cruz, sin otro interés ni otra paga que mi amor… Son las que me consuelan y glorifican.

Tened, ¡almas queridas! como cosa cierta que si vosotras no veis el resultado de vuestros sufrimientos y de vuestra abnegación, o lo veis más tarde, no por eso han sido vanos e infructuosos, antes por el contrario, el fruto será abundante.

El alma que ama de veras no cuenta lo que ha trabajado ni pesa lo que ha sufrido. No regatea fatigas ni trabajos. No espera recompensa: busca tan sólo aquello que cree de mayor gloria para su Amado. Obra rectamente y acepta los resultados sin protestas ni disculpas. Obra por amor y así procura que sus trabajos y sacrificios tengan por único fin la gloria de Dios.

No se turba ni se inquieta, y mucho menos pierde la paz si, por cualquier circunstancia, se ve contrariada y aun tal vez perseguida y humillada, porque el único móvil de sus actos es el amor y sólo por amor ha obrado.

Estas son las almas que no buscan salario. Lo único que esperan es mi consuelo, mi descanso y mi gloria. Estas son las que llevan toda mi Cruz y todo el peso que mi Voluntad Santa quiere cargar sobre ellas.[8]

Hagamos este propósito: cuando llegue la Cruz, digámosle al Señor:

«Gracias, Jesús, por ese privilegio que me das, gracias por hacerme compartir tus sufrimientos, gracias por dejar que yo —siendo nada— te dé gloria de esta manera tan especial, gracias por esta muestra de tu predilección por mí… Y si quieres más, ¡tómame y haz de mí lo que quieras!

¿Necesitas que sufra un poco más por ti? –He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según tu palabra. Déjame mostrarte mi amor.

¿Te sirve que padezca más por la salvación de las almas? –¡Aquí me tienes! Déjame mostrarte mi amor.

¿Quieres que soporte mucho más dolor, que me una aún más a ti en la Cruz? –Sé que me darás las fuerzas para soportarlo. Tómame y haz lo que desees. Soy tuyo… ¡Para siempre!»

¡Que difícil es para un alma acostumbrada a vivir en la blandura de su propio egoísmo dar este paso! Pero solo quienes lo han intentado han comprendido lo que es el amor verdadero; han aprendido que solo así se encuentra la paz, la alegría y la felicidad verdaderas.

Antes de esta experiencia, nada sabemos del amor, nada entendemos de progreso espiritual… Después de traspasar este umbral, lo que creíamos que nos daría felicidad es apenas un esbozo tosco, minúsculo y pobre de la legítima, verdadera e imperecedera felicidad. Se entra a una estancia de placeres jamás imaginados, antesala del Cielo.

 

El estigma místico de la crucifixión

Allí lo crucificaron y con Él a otros dos, uno a cada lado y en el medio a Jesús.

Después de clavar a Jesús en la Cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron: «No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca». (Jn 18; 23-24)

Si es difícil aceptar el estigma místico de cargar la Cruz de Cristo, ¡cuánto nos costará ser crucificados místicamente con Él! Nos quejamos por cualquier pinchazo que nos hacemos y, ¿vamos a ser capaces de soportar una crucifixión?

Pero hay un camino para llenarnos de valor: pensemos en el ser humano que más amemos: un hijo, por ejemplo. Si se nos aparece Jesucristo y nos dice: «¿Qué serías capaz de hacer por él? ¿Serías capaz de morir en una cruz, como Yo?» Estoy seguro de que si Jesús nos garantizara la salvación de nuestro hijo si morimos así, nadie dudaría en entregarse a ese tormento, pidiéndole a Dios la fortaleza necesaria para soportarlo.

Pensemos que a quien más debemos amar es a Jesús: fue capaz de morir como nos lo merecíamos nosotros. Si Él ha hecho eso por nosotros, ¿nosotros qué debemos hacer por Él?

Los que deberíamos padecer semejante suplicio somos nosotros. Es más: merecíamos soportar ese castigo toda la eternidad, puesto que ofendimos a un Dios eterno. Lo justo es que nosotros paguemos nuestra deuda, no Él. Por lo tanto, llenémonos de fortaleza divina y —valientes— devolvamos Amor con amor; nunca alcanzaremos ese Amor (con mayúscula) pero, por lo menos, daremos lo que podamos.

Y, ¿cómo haremos tal cosa? Místicamente. Espiritualmente.

Vayamos al Calvario con Él, junto con los estigmas místicos que hemos estudiado (viviéndolos ya) y, desnudos de toda atadura del «yo» y de cualquier otro apego, coloquémonos detrás de la Cruz, donde nadie nos puede ver; dejemos que los clavos, después de traspasar a Jesús y al santo madero de la Cruz, atraviesen también nuestras manos y pies para perder con Jesús toda libertad humana, para anonadarnos y anularnos con Él y para llenarnos de la fuerza de su Amor.

Tres clavos, que representan las tres virtudes teologales: la Fe, la Esperanza y la Caridad, con las que nos quedamos, después de despojarnos de todo lo demás, para ir al encuentro con la divinidad: creer en Dios por encima de todo, sin prueba alguna y aun contra toda expectativa, esperar en el encuentro definitivo con Él para ser inmensa e infinitamente felices y amarlo por encima de todas las cosas[9].

Tres clavos que arrancarán de nuestras vidas a los tres enemigos del hombre: la Fe acabará con las insidias del Demonio; la Esperanza nos apartará del atractivo del mundo; y la Caridad nos concentrará tanto en el Amor de los amores, que nada nos atraerán los apetitos de la carne.

Tres clavos que nos alejarán de la concupiscencia de los ojos, la concupiscencia de la carne y la soberbia de la vida.

Tres clavos que nos pondrán las únicas metas por las que lucharemos de ahora en adelante: dar gloria a Dios Padre, ayudar a Jesucristo a salvar almas y repartir el Amor del Espíritu Santo.

Luego de esta mística crucifixión, solo queda esperar el abrazo y el abraso del Amor divino, felicidad en plenitud de cualquier ser humano. Y, luego, el Cielo.

Ya estamos cerca del Calvario. ¡La multitud se agita porque se acerca el terrible tormento!… Extenuado de fatiga, apenas sí puedo andar… Tres veces he caído en el trayecto. Una, a fin de dar fuerza para convertirse a los pecadores habituados al pecado; otra, para dar aliento a las almas que caen por fragilidad, y a las que ciega la tristeza o la inquietud; la tercera, para ayudarlas a salir del pecado a la hora de la muerte…

¡Mira con qué crueldad me rodean estos hombres endurecidos!… Unos tiran de la Cruz y la tienden en el suelo; otros me arrancan los vestidos pegados a las heridas, que se abren de nuevo, y vuelve a brotar la Sangre.

¡Mirad, almas queridas, cuánta es la vergüenza que padezco al verme así ante aquella inmensa muchedumbre!…, ¡que dolor para mi Cuerpo y qué confusión para mi alma!

Los verdugos me arrancan la túnica, que con tanta delicadeza y esmero me vistió mi Madre en mi infancia y que había ido creciendo a medida que Yo crecía; ¡y la sortean!… ¿Cuál sería la aflicción de mi Madre, que contemplaba esta terrible escena?… ¡Cuánto hubiera deseado Ella conservar aquella túnica ceñida y empapada ahora con mi Sangre!

Pero…, ha llegado la hora y, tendiéndome sobre la Cruz, los verdugos cogen mis brazos y los estiran para que lleguen a los taladros preparados en ella… Con tan atroces sacudidas todo mi Cuerpo se quebranta, se balancea de un lado a otro y las espinas de la corona penetran en mi cabeza más profundamente.

¡Oíd el primer martillazo que clava mi mano derecha…, resuena hasta las profundidades de la tierra!… ¡Oíd!… Ya clavan mi mano izquierda…, ante semejante espectáculo los cielos se estremecen, los ángeles se postran. ¡Yo guardo profundo silencio!… ¡Ni una queja se escapa de mis labios!

Después de clavarme las manos, tiran cruelmente de los pies… Las llagas se abren…, los nervios se desgarran…, los huesos se descoyuntan…, ¡el dolor es inmenso!…, mis pies quedan traspasados…, ¡y mi Sangre baña la tierra!…

Contemplad un instante estas manos y estos pies ensangrentados…, este Cuerpo desnudo, cubierto de heridas y de Sangre… Esta cabeza traspasada por agudas espinas, empapada en sudor, llena de polvo y de Sangre.

Admirad el silencio, la paciencia y la conformidad con que acepto este cruel sufrimiento.

¿Quién es el que sufre así, víctima de tales ignominias?… Es Jesucristo, el Hijo de Dios, el que ha hecho los cielos, la tierra, el mar y todo lo que existe…; el que ha creado al hombre, el que todo lo sostiene con su poder infinito… Está ahí, inmóvil…, despreciado…, despojado de todo… Pero muy pronto será imitado y seguido por multitud de almas que abandonarán bienes de fortuna, patria, familia, honores, bienestar y cuanto sea necesario para darle la gloria y el amor que le son debidos.

Estad atentos, ángeles del Cielo, y vosotros, todos los que me amáis… Los soldados van a dar la vuelta a la Cruz para remachar los clavos y evitar que con el peso de mi Cuerpo se salgan y lo dejen caer. ¡Mi Cuerpo va a dar a la tierra el beso de paz! ¡Y mientras los martillazos resuenan por el espacio, en la cima del Calvario se realiza el espectáculo más admirable!… A petición de mi Madre, que contemplando lo que pasaba y siéndole a Ella imposible darme alivio, implora la misericordia de mi Padre Celestial…, legiones de ángeles bajan a sostener mi Cuerpo adorable para evitar que roce la tierra y que lo aplaste el peso de la Cruz…

Y mientras los martillazos resuenan en el espacio, la tierra tiembla y el Cielo se reviste de silencio, los ángeles se postran en adoración. ¡Un Dios clavado en la Cruz!

¡Contempla a tu Jesús tendido en la Cruz!…, sin poder hacer el menor movimiento…, desnudo…, sin fama…, sin honra…, sin libertad… Todo se lo han arrebatado…

¡No hay quien se apiade y se compadezca de su dolor…: sólo recibe tormentos, escarnios y burlas…!

Si me amas de veras, ¿qué no harás para asemejarte a Mí?, ¿a qué no estarás dispuesta para consolarme? Y, ¿qué rehusarás a mi amor?

 

El estigma místico del perdón

Siempre impresiona volver a oír cómo, después de semejante ensañamiento, Jesús es capaz de perdonar a sus verdugos:

Mientras tanto Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». (Lc 23, 34a)

¡Padre!, perdónalos porque no saben lo que hacen…

No han conocido al que es su vida. Han descargado sobre Él todo el furor de sus iniquidades…; mas, Yo te lo ruego, ¡Oh, Padre mío!, descarga sobre ellos la fuerza de tu misericordia.

Se necesita estar muy desapegado para llegar a este extremo. Pero muchos, comenzando por Esteban, llegaron al mismo límite de Amor.

Basta amar con el Corazón de Dios. Podemos empezar orando por nuestros agresores, todos los días. Y es más fácil hacerlo a través de la Virgen María, nuestra Madre, porque para ella todos somos hermanos: tanto los agredidos como los agresores están en su corazón de Madre. Su dulzura nos facilitará el camino del perdón. Día a día, oración tras oración, Ella irá ablandando nuestro corazón de piedra hasta hacernos amar a nuestros enemigos; sí, amar; amar con toda el alma a nuestros ofensores. Y llegar hasta el extremo de ofrecer esas afrentas por ellos mismos, con el deseo de que sean felices. Al fin y al cabo, eso fue lo que hizo Jesús, y Él es nuestra meta: desde la cruz en la que estemos, amar con perdón sincero a todos los que nos tienen en esa cruz.

¡Qué bella purificación!: no solo nos hacemos aptos del Amor de Dios, sino que nos llenamos de paz. Paz interior que brota hacia los demás. Paz verdadera; de esa que nunca se va. Paz que se conduele del arrepentido:

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: «Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido». También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce diciendo: «Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Porque había sobre la Cruz un letrero que decía: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: «¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!». Pero el otro lo reprendió diciendo: «¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo». Y añadió: «Jesús, acuérdate de Mí cuando entres en tu Reino». Jesús le respondió: «En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso». (Lc 23, 35-43)

Hoy estarás conmigo en el paraíso…

Porque tu fe en la misericordia de tu salvador ha borrado tus crímenes…, ella te conduce a la vida eterna.

 

El estigma místico del desamparo total

Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala. .Jesús, al ver a la Madre y junto a ella al discípulo que más quería, dijo a la Madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Después dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquel momento el discípulo se la llevó a su casa. (Jn 25, 25-27)

Mujer, he ahí a tu hijo.

¡Madre mía! he ahí a mis hermanos… ¡Guárdalos!… ¡Ámalos!… No estáis solos, vosotros por quienes he dado mi vida… Tenéis ahora una Madre a la que podéis recurrir en todas vuestras necesidades.

Se despojó de todo lo que tenía. Nos dio lo último que le quedaba: su Madre, para que también fuera nuestra.

Pero ahí no paró en el desamparo: llegó hasta el final. Quiso sentir la soledad completa; quiso experimentar hasta el abandono de su Padre:

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Al oírlo, algunos de los presentes decían: «Está llamando a Elías». Uno de ellos corrió, tomó una esponja, la empapó en vinagre y la puso en la punta de una caña para darle de beber. Los otros le decían: «Déjalo, veamos si viene Elías a salvarlo». (Mt 27, 45-49)

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿por qué me has desamparado?

Sí, el alma tiene derecho a decir a Dios: ¿por qué me has desamparado? Porque, después de consumado el misterio de la Redención, el hombre ha vuelto a ser hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero de la vida eterna…

Este misterio tan profundo del deseo de Jesús de quedar tan desamparado jamás se entenderá por completo. Los teólogos afirman que habría bastado que derramara una sola gota de su Sangre para lograr la Redención, pero Jesús quiso llegar al expolio total, a su aniquilación total.

Lo hizo quizá para enseñarnos generosidad, amor, entrega. ¡O, mejor, lo hizo para que supiéramos que aquí en la tierra es posible la purificación que tendría lugar en el purgatorio! San Juan de la Cruz lo afirma así: los que llegan a estas alturas gozan en vida de algunos de los toques que Dios dará eterna y crecientemente en la gloria del Cielo… Y esto se da, puesto que el alma se ha purificado; se ha embellecido hasta ser digna de las caricias de Dios. ¡Oh inefables bellezas del Amor divino! ¡Cuán deseables son!… Pedacitos de Cielo…

 

El estigma místico de la agonía

Pero Jesús quiso más; ¡más todavía!:

Después de esto, sabiendo Jesús que todo estaba cumplido, dijo: «Tengo sed», y con esto también se cumplió la Escritura. Había allí un jarro lleno de vino agrio. Pusieron en una caña una esponja empapada en aquella bebida y la acercaron a sus labios. Jesús probó el vino y dijo: «Todo está cumplido». (Jn 19, 28-30a)

¡Tengo sed! ¡Oh Padre mío!…, tengo sed de tu gloria…, y he aquí que ha llegado la hora… En adelante, realizándose mis palabras, el mundo conocerá que eres Tú el que me enviaste, y serás glorificado… Tengo sed de almas, y para refrigerar esta sed he derramado hasta la última gota de mi Sangre.

Por eso puedo decir:

Todo está consumado.

Ahora se ha cumplido el gran misterio de amor, por el cual Dios entregó a la muerte a su propio Hijo, para devolver al hombre la vida. Vine al mundo para hacer tu Voluntad: Padre mío ¡ya está cumplida!

¿Qué le quedó por dar?…

Y, a nosotros, ¿cuánto nos falta por entregar? ¿Cuánto tenemos reservado para nuestro egoísmo, para nuestras bajezas, para nuestra comodidad, para nuestra soberbia…?

Sed de la gloria del Padre, sed de almas, sed de que el mundo conozca el Amor de Dios. Solo estas tres cosas nos importarán de ahora en adelante. ¡No más sed de otras cosas!

El resultado de purificarnos así, a través del sufrimiento, como lo hizo Jesús, será obtener la verdadera alegría.

Dios, al ver que como consecuencia del pecado aparecieron el dolor, la enfermedad y la muerte, las convirtió —como milagro de su Amor— en medios positivos para nuestro beneficio.

 

He aquí la verdadera alegría: la mala apariencia, las incomodidades, el frío, el calor, la sed, el hambre, el cansancio, el peso del trabajo y de la pobreza, el fracaso, la vergüenza, la incomprensión, la desconfianza, el rechazo, las críticas, las falsas acusaciones, las ofensas, el irrespeto, las «injusticias», el desprecio, la humillación, la deshonra, el desprestigio, la esclavitud, la cárcel, la soledad, la ingratitud, la indiferencia de los seres queridos, el desamor, el desconsuelo, la enfermedad, el dolor, la muerte… el desamparo. Así se facilita la acción del fuego purificador del Espíritu Santo, la fuerza del amor verdadero.

 

«Si alguno quiere seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». (Lc 9, 23b)

 

 

 

 

 

 


[1] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[2] San Pablo de la Cruz, Vivencia de Cristo paciente, La muerte mística, Colección: Clásicos de espiritualidad, B.A.C., Madrid, España, 2000.

[3] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[4] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[5] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

 

[6] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

 

[7] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

 

[8] Carta de Dios, MRC editores, Bogotá, Colombia, 1991

[9] Cf. San Juan de la Cruz, Noche.

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Las experiencias místicas

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2009

 

Éxtasis, arrobamientos, levitación, contemplación infusa, unión mística, desposorio y matrimonio espiritual… Todas estas cosas nos inquietan cuando oímos o leemos las vidas de algunos santos: ¿Es esto para todos o para unos pocos privilegiados?

Y cuando los místicos nos dicen que ese es el camino ordinario de la vida espiritual, nos preguntamos: ¿Por qué no “sentimos” las experiencias místicas de los santos? ¿Cómo podremos recorrer los caminos de la contemplación? ¿Será verdad que esas vivencias superan todo lo que hemos vivido o podemos llegar a imaginar y que dan los momentos más felices a los que puede aspirar el ser humano?…

Pero, ¿cómo llegar a experimentar esa vida mística?

Para poder entender esto bien, es necesario saber que el ser humano se maneja en tres planos: el cuerpo, el alma y el espíritu.

Usamos los sentidos para conocer lo que nos rodea. A través de ellos nos comunicamos con el mundo exterior. Digámoslo al modo de santa Teresa Benedicta de la Cruz: nuestra alma sale a través de los sentidos y se informa de lo que ocurre en el exterior; al regresar, con esa información, deducimos, tomamos decisiones y experimentamos las vivencias que se desprenden de nuestras relaciones con las cosas y con los otros seres.

En el cuerpo están los sentidos inferiores, que son el placer y el dolor y, además, la vista, el oído, el tacto, el olfato y el gusto.

En el alma encontramos los sentidos superiores que son: el entendimiento, la memoria y la voluntad (las potencias del alma), las emociones, los afectos, los sentimientos, las sensaciones, la fantasía, la imaginación y las pasiones.

Pero, tanto los sentidos inferiores como los superiores, son incapaces de llegar a Dios, puesto que Dios está muy por encima de las capacidades humanas: la infinitud de Dios es inalcanzable desde la finitud del ser humano.

Por eso, es indispensable que se actúe en el espíritu: con la Fe, la Esperanza y la Caridad. Y para poder estar exclusivamente en este plano espiritual, sin mezcla alguna de los planos del cuerpo y del alma, es necesario eliminar nuestras ordinarias formas de conocer, es decir, eliminar el modo natural de entender: los sentidos.

Esta eliminación se lleva a cabo en la llamada noche oscura del sentido, en la cual todos los sentidos (inferiores y superiores) son purgados, para que el ser humano pase al estado espiritual.

Si bien esta purgación es dolorosa, a la vez es hermosísima y fructífera: así se llega a la Fe pura, la Esperanza cierta (segura) y la Caridad perfecta, con las que el hombre ya quedará dispuesto para la experiencia mística.

La Fe pura es aquella en la que solamente participa el espíritu (no participa el alma ni el cuerpo). Hay Fe pura sólo cuando no se sienten emociones, afectos, sentimientos, pasiones ni sensaciones; hay Fe pura cuando no se trata de llegar a Dios por medio de la fantasía o la imaginación; hay Fe pura cuando ya no se pretende conocer a Dios a través del entendimiento (conocimiento teológico de Dios), la memoria y la voluntad. Porque, como se ve arriba, todo esto pertenece al plano del alma.

Esa noche oscura es, pues, el presagio de la vivencia más maravillosa que se puede experimentar aquí en la tierra: un pedacito de Cielo. Con palabras de hoy diríamos: una “muestra gratis” de lo que nos espera allá: la unión con Dios, el sumo Bien, el Amor. Y es la razón para la cual fuimos creados.

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La verdadera alegría

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 10, 2009

De mil maneras buscamos la alegría, ese sentimiento grato y vivo, producido por algún motivo de gozo placentero: con chistes, bromas, programas de televisión, momentos de esparcimiento, viajes, y hasta con la ingestión de bebidas alcohólicas, procuramos que haya alegría en nuestras vidas.

Y valoramos mucho la alegría: quien es alegre tiene siempre “amigos”, que lo buscan para contagiarse, en mayor o menor grado, de esa supuesta felicidad que esparce por doquier…

Pero esa alegría es pasajera. Pasa la reunión, se acaba el programa televisivo o el viaje, se termina el efecto del licor…, y se acaba la alegría.

En cambio, hay una alegría que queda. Está descrita en la Biblia:

Mandaron entrar de nuevo a los apóstoles. Los hicieron azotar y les ordenaron severamente que no volviesen a hablar de Jesús Salvador. Después los dejaron ir. Los apóstoles salieron del Consejo muy contentos por haber sido considerados dignos de sufrir por el Nombre de Jesús. (Hch 5, 40-41)

Felices ustedes si incluso tienen que sufrir por la justicia. (1P 3, 14a)

Por eso acepto con gusto lo que me toca sufrir por Cristo: enfermedades, humillaciones, necesidades, persecuciones y angustias. Pues si me siento débil, entonces es cuando soy fuerte. (2Co 12, 10)

Ahora me alegro cuando tengo que sufrir por ustedes, pues así completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo para bien de su cuerpo, que es la Iglesia. (Col 1, 24)

Más bien alégrense de participar en los sufrimientos de Cristo, pues también se les concederán las alegrías más grandes en el día en que se nos descubra su gloria. (1P 4, 13)

Pero todas estas citas escandalizan. Nos resistimos a creerlas. Nace espontánea la pregunta: ¿Quiere decir la Biblia que es necesario sufrir para ser felices?

Lo que ocurre es que si no niego algo de mi ego, si no sufro menoscabo en él, no estoy dando nada, es decir, no estoy amando.

Por eso es que, para saber si alguien me ama, debo preguntarme: ¿Cuánto se ha sacrificado por mí? ¿Poco?; me ama poco. ¿Nada?; no me ama en absoluto. ¿Mucho?; me ama mucho.

¿Por qué? Porque, como escribió el extinto monseñor Luis Martínez, ex arzobispo de la Ciudad de México, en proceso de beatificación: si “el Cielo es un estado de amor sin dolor y el infierno es otro estado de dolor sin amor, en esta tierra no hay amor sin dolor”.

Y, ¿cuánto se sacrificó Jesús por mí? Amor con amor se paga. ¡He aquí la verdadera alegría!

 

 

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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Jesucristo, ideal del sacerdote*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2009

PRÓLOGO

Poner en manos de nuestros sacerdotes, y sobre todo de los jóvenes, el precioso librito: Jesucristo ideal del sacerdote, del P. José Frassinetti (1804 – 1868) es dar a conocer la vida ejemplar de un sacerdote humilde y modesto, gran trabajador y luchador, inteligente y eficaz, cuál fue su autor, que comprendió los problemas de su tiempo y contribuyó, con su predicación y sus escritos, a darle una solución adecuada.

Continua seguirá siendo cierto que las palabras mueven, pero los ejemplos conquistan.

Vivimos tiempos difíciles. Es cierto. Pero, ¿cuándo el ministerio sacerdotal y la acción de la Iglesia se han realizado en tiempo fáciles? El sacerdote José Frassinetti vio tiempos similares a los nuestros: bien difíciles, como ahora. Tiempos de cambio, de confusión, de siembra de errores no solamente en el campo de la cultura y de la política, sino también en el ámbito religioso. Pero conoció su tiempo y sus problemas, sus errores y dudas, y sobre todo sus peligros en el ámbito religioso y respondió, como sacerdote, a las responsabilidades de la hora, estudiando, predicando y escribiendo, mientras desarrollaba sus actividades ministeriales permanentemente.

Es interesante hacer notar su certera visión de las necesidades urgentes de su tiempo, a las cuales dedicó sus esfuerzos. Catequesis, pastoral de la juventud, predicación sólida del Evangelio: formación de los sacerdotes para la unidad de conducción pastoral en los problemas de la moral católica.

¿Acaso estos problemas no son ahora también nuestros grandes problemas? Tenía pasta de santo. Por eso está introducida y adelantada su causa de beatificación. Estaba convencido que para ser eficaz en su apostolado, era necesario que él mismo predicara primero, con su ejemplo personal, lo que enseñaba a los demás con su palabra.

Así lo hizo siempre. La verdad es que no hay otro camino. Hombre de oración todo lo esperaba de Dios, trabajando de su parte y escribiendo, como si fuera un sacerdote que modestamente cumple su deber, sin llamar la atención.

Desde muy joven, he sentido admiración por este sacerdote tan humilde y tan eficaz; tan activo y tan estudioso; tan valiente y tan decidido frente al error que siempre combatió, y tan caritativo con los hombres a quienes amó. Siendo joven sacerdote conocí su obra “Compendio de la teología Moral de San Alfonso María de Ligorio”, traducido de la cuarta edición italiana por D. Ramón M. García Abad, en su cuarta edición española, en dos tomos, publicado en 1901. Su prestigio como confesor y director espiritual bien conocido, multiplicó las ediciones de esta su obra en Italia y fuera de ella. Lo que puede un sacerdote, unido a Jesucristo por la Fe, la Esperanza y la Caridad está documentado, una vez más, en este librito. Tengo fe en que su lectura levantará el ánimo de los sacerdotes que desean, que quieren cumplir con sus responsabilidades, en estos momentos en que el Pueblo de Dios necesita encontrar luz y orientación en ellos. Son tiempos difíciles: es cierto, pero son tiempos post-conciliares que han abierto rumbos nuevos. El Concilio ha puesto en manos de todos, al alcance de los pueblos, y en su propia lengua los tesoros de las verdades reveladas siempre vivas y nuevas para transformar nuestras vidas y nuestras actividades en la unidad del Cuerpo Místico. Faltan animadores: sabios y fervorosos sacerdotes que muevan con sus predicaciones y sus escritos y arrastren con sus ejemplos a un mundo que necesita volver a Dios, sin el cual la vida no tiene sentido. La vida del Siervo de Dios José Frassinetti ejercerá influencia eficaz en los sacerdotes que se sienten obligados a la obra postconciliar que recién comienza y que deberá retomar la vida y la actividad cristianas.

B. Aires, 5 de Mayo de 1970

Cardenal A. Caggiano Arzobispo de Buenos Aires

 

JESÚS A SUS SACERDOTES

Sacerdote ministro mío, yo te escogí de entre mi pueblo, para que en mi nombre y con mi autoridad instruyas las almas que redimí con mi Sangre, las sueltes de las ataduras del pecado, ofrezcas para ellas el sacrificio eucarístico, y para que con tus plegarias y tu sagrado ministerio las santifiques colmándolas de los dones celestiales. Tú eres mi representante ante el pueblo cristiano y por ello, en lo posible, has de copiarme imitándome fielmente. Estudia mi vida divina e imítala acabadamente. Esto será suficiente para que seas un buen sacerdote.

 

CAPÍTULO I

VIDA INTERIOR Y EXTERIOR DEL SACERDOTE

SEGÚN JESUCRISTO

 

VIDA INTERIOR

Yo soy el espejo sin mancha y la imagen (substancial) de la bondad divina. (Sb 7, 26). Tú también, en cuanto lo permita la fragilidad humana, has de ser imagen y espejo inmaculado de mi bondad. Evita no solo los pecados graves, sino también las faltas más insignificantes, de forma tal que nunca peques advertidamente. Mucho me desagradan los pecados veniales que a sabiendas y voluntariamente cometen los seglares; mucho más desagradables me resultan cuando son cometidos por mis ministros. Ni te parezca exigencia excesiva la mía, si pretende de ti que no me ofendas ni mucho ni poco. No pretende menos un padre de sus hijos ni un soberano de sus súbditos. Sé entonces espejo sin mancha. A la vez has de ser la imagen de mi bondad. Para ello no es suficiente mantenerse limpio de pecado: es necesario el ornamento de todas las virtudes. No te conformes con evitar lo que me pueda ofender; busca lo que me agrada; en fin, esfuérzate por alcanzar la perfección.

Las Sagradas Escrituras, las enseñanzas y los ejemplos de los santos te recuerdan continuamente que el sacerdote debe aspirar de una manera muy especial a la perfección; que el sacerdote que no se empeña en alcanzar la perfección, corre serio riesgo de perder la gloria eterna. No desmayes entonces: esmérate para ser espejo inmaculado de mi bondad.

 

VIDA EXTERIOR

Mi vida, si bien sumamente perfecta, fue una vida normal y por ello puede ser modelo para todo ser humano. No vivía yo en los desiertos, sino en las ciudades en continuo contacto con los hombres para hacerles bien. Toda vez que así lo requería la gloria de mi Padre celestial y la salud de las almas, gustoso asistía a las fiestas rodeado de mis discípulos: hasta acudí a fiestas de bodas (Mt 9, 10; Jn 2, 2) Normalmente no me imponía largos ayunos: “ha venido el Hijo del Hombre que come y bebe” (Mt 11, 19), y tampoco se los imponía a mis discípulos (Mt 9, 14) Profundo era mi amor por la pobreza: a pesar de ello consentí que mis discípulos guardaran algún dinero para las necesidades diarias (Jn 4, 8; 12, 6). Tu vida también ha de ser normal, sin extravagancias, para que los fieles no se sientan ofendidos en su debilidad y en sus necesidades acudan a ti con mayor confianza. Otra es la regla que yo impongo a los que yo impongo a vivir apartados del mundo; ellos buscan mi gloria de una manera distinta. Si tú no has recibido esta vocación extraordinaria, sea tu vida perfecta y normal como la mía.

 

CAPÍTULO II

LAS VIRTUDES DEL SACERDOTE SEGÚN JESUCRISTO

 

LA HUMILDAD

 Bien podía yo decir a los judíos: “no busco la gloria mía” (Jn 8, 50) Por lo tanto no busques nunca tu gloria, sino la mía. Toda vez que en tu ministerio buscares tu gloria, usurparás lo que me pertenece y que yo a nadie cedo: “No cederé mi gloria a ningún otro” (Is 42, 8). Si prestas atención, verás que los sacerdotes vanidosos nunca consiguen algo verdaderamente sólido; no quiero valerme de la colaboración de ellos. Los que corren en pos de la gloria, al final padecen confusión pues mi Palabra se cumple: “El que se ensalza será humillado” (Lc 18, 14)

¿Te acuerdas? Al leproso curado ordené que con nadie hiciera mención del milagro (Mt 8, 4) Devolví la vista a los ciegos, mas les impuse que nadie se enterara de ello (Mt 9, 30). Devolví la vida a la niña muerta: exigí con energía que nada se propagara (Mc 5, 43). Vela para que quede escondido cuanto podría redundar honor de tu persona.

Por otro lado no rehúyas de prestar servicios humildes a tu prójimo. En la última cena yo lavé los pies a mis discípulos:”Yo que soy el Señor y el Maestro les he lavado los pies” (Jn 13, 14). A la luz de estos ejemplos: ¿habrá algún acto de caridad que, con fundada razón, estimes comprometedor para tu dignidad? En el ejercicio de tu ministerio sé el siervo de todos; no lo olvides, “yo no vine para ser servido, sino para servir” (Mt 20, 28). Si yo permitiera que el mundo se olvidara de ti y tus superiores estimaren no acudir a tu colaboración en tareas importantes, no te quejes por ello. Recuerda que durante 30 años viví apartado: en ese lapso de tiempo no prediqué, no tuve discípulos, no obré milagros; me conocían por el hijo del carpintero (Mt 13, 55). Sin embargo, en aquel período oscuro mucha fue la gloria que yo tributé a mi Padre celestial. Gloria que tú verás y contemplarás a la luz de la eternidad. Tú también me proporcionarás mucha gloria si aprendes a vivir en humildad y resignado al olvido. Nada necesito: sólo me glorifica aquel que cumple mi voluntad. Cuando la muchedumbre, deslumbrada por mi omnipotencia, “querían apoderarse de mí para hacerme rey, huí a la montaña escondiéndome de ellos” (Jn 6, 15). Yo me ocuparé de glorificarte, porque cuando quiero: “Levanto del polvo al desvalido, alzo al pobre de su miseria” (Sal 112, 7) No te preocupes por alcanzar renombre y honores. Acuérdate de mis Palabras: “aprended de mi que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 29) La humildad del corazón es la que debes pedirme constantemente y la que debes alcanzar a toda costa. Toda aparente humildad, cuando no está arraigada en el corazón, no sería más que hipocresía y fina soberbia. Conócete a ti mismo, examina tus debilidades, tus perniciosas inclinaciones, tus pecados. Haz un examen detenido de lo que has hecho mal, pero ten presente que puedes haber hecho otro tanto o quizás más y no te percatas de ello por impedírtelo tu orgullo y que muchísimo más podrías haber hecho de no haber mediado mi divina gracia. Nada tienes que te pertenezca, en lo humano y en lo sobrenatural: nada eres, diría yo, menos que la nada, pues la nada ni peca ni encierra maldad. Domina a la soberbia y sumérgete en las profundidades de la santa humildad conociéndote a ti mismo.

Sólo entonces habrás alcanzado la verdadera humildad, la que se aprende de mí y que es el único sólido cimiento de las demás virtudes.

 

MANSEDUMBRE

Para que aprendieras esta virtud te he dejado ejemplos en abundancia; serás manso si alcanzas la virtud de los humildes de corazón. Mansamente eludí la persecución de Herodes (Mt 2, 14). Cuando los fariseos quisieron prenderme, mansamente me escurrí de sus manos (Mt 12, 15), y otro tanto hice cuando quisieron arrojarme por un despeñadero (Lc 4, 30). Reprendí a mis discípulos cuando querían invocar las llamas del cielo sobre los samaritanos que no me recibieron y los invité a que imitaran mi espíritu de mansedumbre (Lc 9, 55). Me tildaron de poseído y mansamente contesté que no era tal (Jn 8, 49). Cuando quisieron apedrearme, me escondí y abandoné el Templo escapándome del furor de mis enemigos (Jn 8, 59). Toda mi pasión, desde el beso de Judas hasta la muerte en la cruz fue un solo ejemplo de mansedumbre sin interrupción. Aprende de mí esta maravillosa virtud y aún pudiendo vengar las ofensas y humillar a tus enemigos, habla y actúa con mansedumbre de acuerdo a los ejemplos que te he dejado. No olvides lo que fue escrito de mí… “mi bienamado en quien me siento complacido… no porfiará, ni se oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña endeble, ni apagará la llamita titilante” (Mt 12, 18-20). No olvides estas enseñanzas cuando creas ofendido tu amor propio y consideres tu justo derecho a reaccionar en defensa de tu personalidad. Sea constante tu mansedumbre. Se manso con todos; no imites a los que proceden mansamente en las relaciones con los poderosos y los ricos, y se vuelven ásperos con los débiles y los pobres. La sumisión ante los poderosos y adinerados sólo es indigna bajeza, y la altanería con que son tratados los débiles y pobres yo la vengaré pues “rindo justicia al mendigo y defiendo los derechos del pobre” (Sal 139, 13).

 

FORTALEZA

Mas que la mansedumbre no se vuelva en debilidad. Yo soy el Cordero de Dios (Jn.1, 29), pero sé indignarme (Ap 6, 16), y mis ministros que yo envío como corderos (Lc.10, 3) deben, según mis ejemplos, estallar en arrebatos de santa indignación. Has leído que merecieron mi ira los pertinaces y los enceguecidos hipócritas (Mc.3, 5), y los tildé de “raza de víboras” (Mt.12, 24).

Lanzaba yo mi indignación contra los pérfidos hipócritas para contrarrestar el daño que causaban a los simples de corazón. Igualmente debes tú levantar la voz contra los que seducen a las almas y precaver al pueblo cristiano contra las asechanzas. “Cuidaos contra los escribas” (Mc.12, 38), repetía yo a la multitud, sin tomar en cuenta el odio que, cada vez más profundo ellos volcaban contra mi persona. Los malvados seductores esgrimen, en apoyo de su nefasto cometido, mis lecciones de mansedumbre, humildad y caridad, pues no admiten trabas en su obra de destrucción. Aquellas lecciones no son para ellos, y tú no dejes de levantar tu voz contra ellos haciendo caso omiso de sus quejas y de sus enojos: usa la espada de la Palabra divina y subyuga a mis enemigos. Mucho daño ha causado al pueblo cristiano la falsa mansedumbre de mis sacerdotes, permitiendo que deplorables errores pongan raíces, broten y se multipliquen en el seno de la Iglesia. Este tipo de timidez adormece a los vigías del campo y envalentona al enemigo para sembrar cizaña.

 

PRUDENCIA

Con mis ejemplos te he enseñado como no tenía miedo a los seductores de las almas; por ello no has de descuidar las lecciones de prudencia que te he dado. Cuando el bien de las almas así lo exija no titubees en obrar virilmente: pero, si el enfrentamiento es evitable, no arriesgues inútilmente. Cuando los judíos me buscaban para darme muerte, yo los eludía, pues no había llegado aún mi hora (Jn 7, 1). Sé precavido. Yo dije “sean simples como palomas y prudentes como las serpientes” (Mt 10, 16). Opina bien de todos, si ello no involucra daño alguno para ti o para terceros: sé simple como la paloma. Por el contrario, si vislumbras algún perjuicio, ponte en guardia: sé prudente como la serpiente. Los perversos quisieran que todos mis ministros no fueran más que palomas para dominarlos a su antojo; mas yo quiero que sean serpientes precavidas, conocedoras de las mañas de los enemigos. Cuida tu conciencia y las almas que yo te confío: no las entregues desaprensivamente a cualquiera. Tu sencillez sea cauta, sabia e iluminada y evitarás que de ella haga estrago la maldad de los enemigos.

 

OBEDIENCIA

Dijo el apóstol que yo fui “obediente hasta la muerte” (Flp 2, 8).

Acaté la voluntad de mi Padre y también fui sumiso a José y a María (Lc 2, 51) Esta virtud te hará vencedor de tus enemigos (Pr 21, 28). Acata las órdenes de tu obispo: él es mi representante y a él has prometido obediencia. Nada hagas, ni aún lo que te pareciere bueno, contrariando sus directivas; no te ciñas a cumplir solamente las órdenes que recibes de él: sé también cabal intérprete y fiel ejecutor de sus consejos. Sé sumiso por espíritu de obediencia y no por humanos e intrascendentes intereses. Yo, que soy fiel y todo lo puedo, premiaré tu obediencia material y espiritualmente.

 

CASTIDAD

Milagro único a través de los siglos, yo he nacido de Madre Virgen. No lo olvides: permití que mis enemigos me calumniasen, pero nunca de sensualidad. Claro está que mi pureza superaba infinitamente la de los ángeles. Esta es la virtud que has de poseer en grado sumo; como si hubiera dicho especialmente para mis ministros “serán como los ángeles del Señor” Eso has de ser: ángel sobre la tierra: en las miradas, en los actos, en las palabras y en los pensamientos. Si tú lo quieres lo conseguirás: mi gracia no te faltará. Si no quieres ser ángel, serás diablo. Esto es lo que generalmente ocurre a todos los cristianos, pero muy especialmente a mis sacerdotes. El vicio que se opone a esta virtud es, para el hombre, el más natural y el que con mayor sutileza se adentra en su corazón para dominarlo. Por lo general en mis ministros se insinúa como inocente apreciación de la belleza; a veces se encubre bajo las apariencias de caridad y compasión por los seres afligidos o bajo el velamen de la devoción que cultivan ellos. Mas cuando ese vicio se ha adueñado del corazón, sin que ellos se percaten, mis ministros se sienten arrebatados por una euforia que produce dulce ilusión, y una y otra aumentan día tras día. Bien podrían a esta altura darse cuenta, mis sacerdotes, que ese afecto ha dejado de ser puro, pero euforia e ilusión le restan toda fuerza de reacción y acaban de compadecerse de su propia debilidad, y ya no hay temor que los detenga. Pecado mortal, sacrilegio, peligro de condena eterna, ya han perdido el tremendo significado que encierran. El vicio de la impureza, gravísimo de por sí, lo es más aún en mis sacerdotes porque en ellos involucra, a la vez, profanación de mi Cuerpo y de mi Sangre y de todas las almas que yo les he confiado. Acuérdate, sacerdote, que sólo con mi auxilio evitarás las ocasiones y mantendrás un corazón puro e inconmovible entre los embates del placer.

 

MORTIFICACIÓN

Desde Belén hasta el Gólgota, mi vida fue un ininterrumpido ejercicio de mortificación. Tu vida también, a pesar de la humana flaqueza, debe ser sacrificada. Debe manifestarse hasta en las habitaciones privadas en las cuales evitarás toda decoración superflua. Sea tu mesa sobria y moderada, rehuyendo de los alimentos refinados. Sea tu vestimenta prolija, más no lujosa y siempre de acuerdo con lo que al respecto disponen las autoridades eclesiásticas. Sean tus descansos medidos y sosegados, y al solo objeto de reponer energías evitando dedicarles más tiempo de lo necesario. El eclesiástico activo y diligente no dispone de mucho tiempo para el recreo y además preferirá destinar el dinero de que dispone en obras de bien moral y material. Mortifica también tu curiosidad: no malgastes tus horas en conocer cosas que no hagan a tu ministerio y al bien de las almas. Finalmente, evita todo lo que de una u otra manera ponga en riesgo tu castidad: la mortificación es la defensa más segura para mantener esta inapreciable virtud.

 

DESAPEGO DE LOS BIENES TERRENALES

He nacido en un pesebre y muy pobres fueron los pañales que me abrigaron recién nacido; exilado y entre privaciones pasé mi infancia; la pobreza fue la compañera de toda mi vida al punto que, con fundamento, puedo decir: “los zorros tienen su cueva y su nido las aves, más el Hijo del hombre no tiene ni siquiera una piedra en la cual recostar su cabeza” (Mt 8, 20) No tuve en cuenta los bienes terrenales y al mismo desapego eduqué a mis íntimos. Dirás que disponer de dinero y de medios materiales es útil para alcanzar más y mejores resultados en el bien; te diré que no hay argumentos valederos contra la sabiduría de mis ejemplos. Los santos que mejor copiaron mi vida fueron o se volvieron pobres; cuanto más se distinguieron en la pobreza, más brillantes y duraderas fueron las obras con que glorificaron mi nombre. Yo soy Aquel que todo lo hice de la nada: esta es la regla de la cual no me aparto en la realización de mis obras. Ama la pobreza: acepta pérdidas y sufrimientos. Lo necesario nunca te faltará: más confiarás tú en mí y más generoso seré yo contigo. Descalzos y sin provisiones enviaba yo mis discípulos y sin embargo nunca padecieron necesidad. (Lc 22, 35-36)

Lo que acabo de decirte no implica que no debas vivir del fruto de tu ministerio: es justo que sea así. Empero, no hagas nada con el propósito de recibir retribuciones materiales. El objeto de tu apostolado es exclusivamente el de glorificarme. Acepta la retribución que se te ofrezca, más no la exijas: sólo podrías echar a perder el resultado de tu obra. No pretendas atesorar durante tu vida con la intención de destinar tus bienes a la realización de obras piadosas después de tu muerte. Destina al servicio de mi causa lo que posees mientras vivas: no demores. Es bueno que alivies las necesidades de tus parientes pobres, cuida empero, de hacerlo con mensura. Trabaja en mi viña con desinterés: eres sacerdote y no dés motivo para que te digan que eres comerciante. No lo olvides: yo que todo lo podía, dejé que mi madre María y el custodio de mi vida, José, se sustentaran con el trabajo de sus propias manos.

 

CARIDAD

“Este es mi mandamiento que os améis los unos a los otros, como yo os he amado” (Jn 15, 12) ¡Y cuanto amé a las almas! Por ellas entregué mi vida divina. “Yo soy el buen Pastor: el buen Pastor entrega su vida por las ovejas” (Jn 10, 11) Por la salvación de las almas dalo todo: hasta la vida. Ten compasión de las almas que se hallan abandonadas y expuestas a los embates del enemigo. De mí se ha escrito: “Al ver la multitud, tuvo compasión, porque estaban fatigados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9, 36). Pero has de compadecerte de ellas eficazmente. El sacerdote que me ama se preocupa por todas las almas. Te he dejado ejemplos de cómo también las necesidades materiales de mis creaturas merecieron especial atención de mi parte. No había distingo en mi llamado cuando exclamaba: “venid a mí los que andáis agobiados y oprimidos y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Todo mi Evangelio atestigua que yo nunca me negué a aliviar las necesidades, aún las de carácter material. Me causaba pena la muchedumbre hambrienta: “Me da pena esta multitud” (Mc 8, 2) y satisfice aquella necesidad con uno de los milagros más clamorosos. Me llegué a la casa del centurión para sanar al criado enfermo: “Yo mismo iré a curarlo” (Mt 8, 7). Sin demora seguí al apenado padre que me pedía que le devolviese la hija que acababa de morir: “…Jesús se levantó y lo siguió” (Mt 9, 19). Me mostré inconmovible en el episodio de la Cananea, mas yo sólo pretendía acrecentar su fe: “¡Mujer, que grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (Mt 15, 28). Apiádate, pues, de todas las necesidades de tu prójimo y provee lo mejor que puedas. El pobre, el desvalido y el enfermo han de hallar en ti al padre tierno que comparte entrañablemente las penas de sus hijos y las alivia sin demora. No se endurezca tu corazón por la rutina de ser habitual espectador de tantas miserias.

Sé sensible y no permitas que se apague en ti la llama de la caridad. Hasta en los momentos en que tú mismo sientes necesidad de ser consolado, no dejes de consolar a los afligidos que acuden a ti. Camino al Calvario di ánimo a las mujeres que lloraban (Lc 23, 28). Desde la cruz dirigí palabras consoladoras a mi Madre y al discípulo predilecto (Jn 19,26). No te enfrasques en litigios mundanos, llevado por una caridad mal entendida. A los dos hermanos que quisieron conocer mi opinión sobre la partición de bienes les impartí una lección sobre la avaricia. Procede tú del mismo modo cuando seas llamado a ocuparte de cuestiones y negocios humanos.

 

ACATAMIENTO A LA VOLUNTAD DE DIOS

A mi persona se referían aquellas palabras: “En el libro de la ley está escrito lo que tengo que hacer: yo amo, Dios mío, tu voluntad, y tu ley está en mi corazón” (Sl. 39,9). Sea este el programa de tu vida: dar cumplimiento acabado a mi voluntad: es lo que debes hacer si quieres controlar todos tus afectos. Dije yo: “No busco mi voluntad sino la de Aquel que me ha enviado”(Jn 5,30); “mi comida es hacer la voluntad de Aquel que me envió” (Jn.4, 34); más aún “Todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el Cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt.12,50). Cuando en el huerto Pedro quiso defenderme de los enemigos, yo contuve su vehemencia diciéndole que “es necesario que yo beba el cáliz que me ha dado el Padre” (Jn 18, 11), y es sabido cuán amargo era aquel cáliz. El programa de mi vida fue hacer la voluntad del Padre; sea tu programa el acatamiento y cumplimiento de mi voluntad siempre: en la buena y en la mala y cualesquiera sean los acontecimientos que sobrecogen al mundo. Mi voluntad es infinitamente buena, dulce agradable: todo lo bueno lo hallarás en ella. En su órbita ha de moverse tu vida, en lo espiritual y en lo material. Conforme a mi voluntad serán las aspiraciones de tu corazón, los frutos del trabajo sacerdotal, el volumen de gracia en la tierra y de gloria en el cielo. Lo que yo mando y dispongo configura un orden admirable: todo se desarrolla de acuerdo con mi voluntad, y serena felicidad. Si llegas a ser un enamorado de mi voluntad, todo lo que habitualmente te causa repugnancia y sufrimiento moral, dolencias físicas, carencia de recursos temporales, lo aceptaras con ánimo alegre y alcanzarás la perfecta adhesión a mis divinos quereres. Hay momentos en los cuales el poder de las tinieblas parece doblegar a mis secuaces; cuando la inocencia es considerada delito y la iniquidad título de honor. Más esto no es novedoso. En los momentos cruciales de mi pasión exclamé: “Esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas” (Lc 22, 53).

En aquellos trances un ángel me brindó consuelo, y tú también hallarás alivio en la oración. Yo padecí momentos de temor (Mc 14, 33), tú también lo tendrás: no temas, igual que a los mártires te será proporcionado el vigor que te hiciere falta. Hallándome abandonado y escarnecido opté por callar con dignidad o contestar con palabras claras y terminantes. Que conozcan los enemigos la serena altivez de que hacen gala mis elegidos en los momentos de dolor. Yo me abandoné en las manos de mi Padre (Lc 23, 46): haz otro tanto, confía en mí. Nada podrían haberme hecho sin mi permiso y nada podrían contra ti. De haberlo querido “más de doce legiones de ángeles habría enviado el Padre celestial en mi auxilio” (Mt 26, 53); si yo quiero, esas mismas legiones acudirán en tu defensa. Tú no te perteneces, eres mío; confía en mí que no he de fallarte.

 

LA ORACIÓN

“Mi nombre es Emmanuel, eso es, Dios con nosotros” (Mt 1, 23). Acuérdate de mi presencia, pues yo soy Dios que permanece siempre en ti. Nada hallarás dentro de ti ni derredor tuyo tan íntimo como mi presencia. Sea tu corazón el tabernáculo viviente de mi infinita majestad. Ora como yo te he enseñado y cuando lo haces públicamente hazlo en la forma que prescribe la Iglesia. Pide todo lo bueno que deseas, pero en definitiva que todo se resuelva y se te dé según mi voluntad. Sé constante en tu oración, ¿recuerdas? “…oró por tercera vez, repitiendo las mismas palabras” (Mt 26, 44): conviene insistir y cada vez con mayor afecto y confianza. A hora temprana me apartaba para orar; bueno será que así lo hagas tú también, y ello te ayudará a evitar las distracciones y a dedicarte a la meditación, importantísima forma de oración, que te otorgará fuerza y no te dejará envuelto por la fascinación de las vanidades del mundo actual, y en ella hallarás el equilibrio tan necesario para apreciar adecuadamente los bienes celestiales. Durante la meditación estaré siempre cerca de tuyo; se avivará en tu corazón el fuego de la caridad y tu espíritu se fusionará con el mío. Tu oración se elevará hacia mi trono cual perfumado incienso. Si deseas sólo lo que yo deseo, obtendrás lo que pides. La oración y el sacrificio asegurarán resultados firmes y saludables a tu ministerio. Bríndale a tu espíritu, de tanto en tanto, un período de recogimiento; de ello se beneficiarán las almas que Dios te ha confiado y mayor será la gloria que tributarás a tu Creador.

A veces ocurre que uno se dedica tanto al bien de otros que descuida alimentar su espíritu. Es conveniente que mi ministro olvide por un tiempo a su prójimo y descanse en mi presencia, ocupándose de sí mismo: así le exigía yo a mis apóstoles al regreso de sus tareas misioneras (Mc 6, 30). Finalmente, no olvides que la oración te ayudará a alcanzar y mantener todas las demás virtudes.

 

LA SANTA MISA

El sacrificio de mi Cuerpo y de mi Sangre ora, satisface, alaba, da gracias con infinita eficacia. La Misa es la oración por excelencia: la mayor de mis obras que refleja acabadamente mi divino poder y la misma se cumple, sacerdote, por tu ministerio. Quise ofrecer el primer sacrificio “en un cenáculo amplio y suntuosamente decorado” (Mc 14, 15). Así será tu corazón cuando celebras la Misa: amplio por la confianza en mi divina bondad, de suerte que esperes, para ti y todos los demás, el don de las gracias más apreciables. Te acercarás al altar con deseo incontenible, haciendo tuyas las palabras: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes…” (Lc 22, 15); deseoso que la santa Misa resulte para ti, para la Iglesia, para los fieles, el maná que satisface con creces todas las necesidades. Hállese tu corazón convenientemente decorado, durante la celebración, para que yo pueda, en tu compañía y en esplendor de caridad, consumar la Cena divina. Aunque tuvieras que celebrar una sola Misa en tu vida tú tendrías que aspirar a la mayor santidad y adornar tu corazón con las más grandes virtudes; pero piensa que celebras todos los días. Vela que igualmente dispuestos y preparados se encuentren los corazones de los cristianos que comparten mi Mesa; también para ellos yo soy el Pan de cada día. Deja abierto de par en par mi cenáculo para las almas que aborrecen el pecado. No me molesta estar con ellas. No repares en defectos nimios o imperfecciones de los que se acercan a mí: tú los tienes, quizás mayores, y sin embargo permito que ofrezcas el sacrificio todos los días. ¿Serán estos defectos o imperfecciones menos censurables en ti porque eres sacerdote?

 

CAPÍTULO III

CELO DEL SACERDOTE

 

CELO POR EL RESPETO Y EL DECORO DE LAS IGLESIAS

Decía el salmista (Sal 68, 10): “el celo de tu casa me devora”. De aquel celo yo te he proporcionado repetidas muestras. Con insólita indignación arrojé los profanadores del templo y exigí perentoriamente que fuese retirado del templo todo lo que no condecía con el lugar santo. No toleres que mi casa, en la cual estoy presente en la Eucaristía, sea profanada. En algunos casos, mis sacerdotes excesivamente tímidos, no se oponen con vigor a las profanaciones; en otros, resultan negligentes en el cuidado de los elementos destinados al culto. Si obrasen con mayor decisión y sin falsa mansedumbre, muchos irrespetuosos quedarían fuera de los templos y yo no recibiría tantas ofensas. Y si obraran con mayor diligencia, brillaría el aseo y la limpieza en los altares y en los ornamentos. De seguro que no permitirían en sus habitaciones y en su mesa vajilla y mantelería raída. No se impute el desorden, el desaseo y el descuido a pobreza o falta de medios; a los sacerdotes que sienten celo por el brillo de mi casa no les hago faltar lo necesario. Esmérate, sacerdote, en la imitación de mi celo: evita toda profanación de mi casa y cuida en ella el orden y el decoro: así proceden los que creen que yo habito en el templo, día y noche, realmente presente en la Eucaristía.

 

LA PREDICACIÓN CON EL EJEMPLO

Tu celo ha de manifestarse con mayor ahínco en la salvación de las almas y especialmente con la predicación de la Palabra divina. He aquí los ejemplos que te he dejado para tu enseñanza. En primer lugar ten presente que “las turbas se admiraban por mi doctrina, porque yo les enseñaba con autoridad” (Mt 7, 29). Autoridad que me era propia no sólo por el hecho de ser yo maestro divino, sino también porque mis palabras eran respaldadas por mis ejemplos: todos sabían que ponía en práctica lo que pregonaba. De mí se dijo: “comencé por hacer y luego prediqué” (Hch 1, 1). Tú también tienes autoridad para anunciar la Palabra divina; autoridad que es propia del carácter sagrado y que obra eficazmente en los corazones de los hombres.

Pero esa autoridad por sí sola no hace fructífera la predicación, que debe ser acompañada por una vida ejemplar. El Pueblo de Dios juzgará bien de ti cuando se convenza de que predicas lo que prácticas. Si lo que enseñas no está avalado por una actuación ejemplar, los fieles dudarán de la sinceridad de tus palabras y te tildarán de hipócrita. Resulta deplorable la predicación cuando el sacerdote soberbio pregona la humildad, el avaro la generosidad y el sensual la continencia. Le pregunto yo a mi sacerdote: “¿Por qué te atreves a anunciar mis mandamientos y a pregonar mi alianza?” (Sal 49, 16).

 

PREDICACIÓN ATRAYENTE

Todos me ensalzaban, pues mis palabras estaban repletas de gracia: (Lc 4, 22) mis palabras concitaban con suavidad la atención del pueblo. Sean tus palabras afectuosas y consoladoras: los fieles te escucharán con gusto y sacarán provecho de tu predicación. No me agradan los ministros que truenan de continuo contra los pecadores y reparten el sabroso pan de mi Palabra con un dejo de acritud. Habla como lo hacen un padre, un hermano, un amigo: tus palabras rebosarán de gracia y hallarán oídos atentos y voluntades dispuestas.

 

PREDICACIÓN FERVIENTE

Mi predicación era a la vez convincente y sencilla: puedes comprobarlo leyendo el Evangelio. Todos entendían mis palabras, hasta los más incultos. Las turbas me seguían para escucharme y sacaban provecho de mis sermones. A menudo resulta tortuosa y no muy clara la predicación de algunos sacerdotes que la vanidad arrastra a una oratoria hueca e inútil: parecerían perseguir un fácil halago antes que esforzarse por calar hondo en el corazón de los hombres. No existe una predicación barata y otra de lujo, una de alto vuelo y una plebeya. Mi Palabra es una sola y posee todos los atributos para saciar el hambre de todas las almas, sea que pertenezcan ellas a encumbrados y cultos o a plebeyos e ignorantes. El hambre de la verdad aguijonea a todas las almas por igual, sin distinción de clase, región o cultura.

 

PREDICACIÓN SABIA

Si recomiendo sencillez en la predicación, no por esto apruebo la dejadez y negligencia de los sacerdotes que no se preparan como es debido para anunciar mis palabras y llenan los oídos de los fieles con sermones fríos, huecos y desabridos.

Los que me escuchaban admirados, preguntaban: “¿de dónde le viene a este tanta sabiduría?” (Mt 13, 54). Tu predicación debe ser sencilla y a la vez sabia, sólida, substancial y provechosa para el espíritu. Por ello, antes de predicar, medita bien lo que vas a anunciar, fundamenta tu exposición con argumentos sólidos y valederos aptos para sacudir las voluntades y convencer las inteligencias. No te diriges a mi grey para dilucidar un pleito humano: de tu boca quedan pendientes las almas que yo rescaté con mi Sangre. Una preparación concienzuda evitará que tu predicación se pierda en expresiones vulgares, en sentimientos fáciles o en argumentaciones de dudoso contenido. Mientras tú hablas yo te escucho, y tendrás que rendir cuenta del trato poco respetuoso, negligente unas veces, ridículo otras, que has dispensado al sagrado ministerio de la Palabra.

 

CÓMO CONQUISTAR A LOS PECADORES

Dije a mis discípulos que serían “pescadores de hombres” (Mt 1, 17). Los pescadores habitualmente, se sirven de la red o del anzuelo para obtener buenos resultados en su faena. Mis ministros pescan con la red cuando anuncian la Palabra de Dios a los fieles reunidos y atraen a más pecadores; se valen del anzuelo, cuando privadamente alientan al pecador para que haga retorno a la casa del Padre. Durante mi vida terrenal yo usé red y anzuelo para conquistar a los pecadores. De ello encontrarás muchos ejemplos en las páginas del Evangelio. Públicamente prediqué a multitudes y también en privado atendí a la conversión de los pecadores. No desperdicié ocasión alguna para traerlos al bien. Pedían algún bien terrenal y yo aprovechaba el momento para insuflarles la gracia del espíritu. El paralítico se acercó para que yo le devolviese el uso de sus miembros: aproveché para instarlo a dejar el pecado. Lo dejé sano de cuerpo y alma. (Mt.9, 2) Cuando acude a ti el pecador en busca de algún servicio, sugiérele que retome la buena senda. Si los pecadores no se me acercaban, yo iba en busca de ellos en cualquier lugar que fuere. Las habladurías de los malvados me tenían sin cuidado. Recuerda las calumnias de que me hicieron objeto: “he aquí el comilón y bebedor, amigo de los publicanos y pecadores” (Mt 11, 19). Sin ser invitado alguna vez acudí espontáneamente a la casa de los pecadores; así lo hice con Zaqueo a quien dije: “Hoy he de quedarme contigo en tu casa” (Lc 19, 5) Haz que los pecadores entiendan cual es el móvil que te guía en quedarte con ellos: por supuesto que no la aprobación de sus extravíos sino el deseo de devolverlos al recto camino. Ni el cansancio me detenía en la búsqueda de los pecadores.

Cansado me senté junto al pozo de Sicar, y allí convertí a la mujer samaritana que había ido por agua natural, y yo le desperté el deseo de los manantiales eternos. Aún cansado, atesora toda ocasión para santificar las almas; ese es el entrañable deseo de mi corazón.

 

PRONTITUD EN ATENDER A LOS PECADORES

Los pecadores acudían a mí en cualquier circunstancia aún no del todo oportuna. Me hallaba de reunión cuando se presentó la Magdalena: no sólo la atendí, sino que la defendí ante Simón que la miraba de reojo por ser mujer de mala fama. No obligues a los pecadores a idas y venidas: atiéndelos en cualquier momento se te presenten y aprovecha la ocasión para reconciliarlos conmigo. Algunos sacerdotes se fastidian si se los llama al confesionario en hora incómoda para ellos y no titubean en postergar la recepción de la confesión y otras veces niegan la absolución no habiendo ello motivo suficiente. Al parecer estos ministros míos no tienen la menor idea de lo grave y penoso que resulta para el pecador ver postergado su reintegro a la gracia y amistad con Dios. Apenas el ladrón dio señales de arrepentimiento, lo perdoné y le prometí la vida eterna: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43), sin embargo hasta momentos antes había volcado blasfemias e injurias sobre mi divina persona. No seas frío e insensible con los pecadores que en algún momento te hayan hecho objeto de ofensas: atiéndelos con el trato que se dispensa al mejor de los amigos. Así lo exigen tu ministerio y mis enseñanzas.

 

DULZURA CON LOS PECADORES

Muy especialmente te recomiendo que recibas a los pecadores con caridad y amabilidad, para que no se asusten y se alejen de ti, que eres el médico de sus almas. Amables fueron mis modales con Zaqueo, la Magdalena, la Samaritana y la mujer de mala fama encontrada en flagrante adulterio. Temía esta ser apedreada; yo confundí el falso celo de los que la acusaban y los obligué a marcharse en silencio. A ella le pregunté si alguien la había condenado, me contestó que no y agregué yo: “Tampoco yo he de condenarte, vete y no vuelvas a pecar” (Jn 8, 11). Tú también eres pecador y falta te hace mi misericordia; pero mi promesa queda en pié, y tú recibirás el trato que hayas dispensado a tus hermanos (Lc 6, 38).

 

CONDESCENDENCIA CON LAS ALMAS DÉBILES

Yo enseñaba la perfección, ello no obstante, perdonaba las imperfecciones y debilidades de los hombres. Así procedí con Nicodemo, gran amigo mío, pero temeroso de las reacciones de mis enemigos. Le agradaba mi compañía, mas me visitaba en horas de la noche. Temía ser considerado discípulo mío. Debilidad humana que yo supe disimular; no lo rechacé, al contrario: quise granjearme su afecto. En su momento, ya fortalecido en mi amor y mi amistad, me defendió ante los fariseos; después de mi muerte embalsamó mi cuerpo y más tarde padeció persecución por mi nombre (Jn 19, 39). La condescendencia te cautivará paulatinamente el corazón de los hombres. Muchos hay, aún hoy, que se avergüenzan de mí y temen la decisión de mis enemigos. Por ello, no los obligues a actos de religión que, aún siendo laudables, no son absolutamente necesarios. Quieren seguirme, pero con cierto recelo y, con tino, conviene exigirles sólo lo que es necesario. Paulatinamente se animarán y dejarán de lado el respeto humano que los entorpece. Sé extremadamente caritativo con los pecadores que se acercan al confesionario; por graves que sean las culpas trata a los pecadores de acuerdo a lo que necesitan y no según sus merecimientos. Cuanto más profundo es el abismo en que ha caído el pecador, tanto más comprensivo debe ser el sacerdote que recibe la confesión de sus pecados.

 

CUIDADO DE LAS ALMAS PIADOSAS Y DE LOS NIÑOS

Tú eres, sacerdote, el cuidador de la viña que yo he regado con mi sangre y de la cual forman parte todas las almas cristianas. Primeramente cuida a los niños, tiernas flores que necesitan más que ninguno de tu dedicación y celo. Me encantaba estar con ellos. A los discípulos que querían alejar de mí a los niños por temor que me causasen molestias, decía: “Dejad a los niños, no le impidáis que se acerquen a mí” (Mt 14, 19). Los acariciaba y bendecía. Instrúyelos con paciencia. Que sepan cuanto yo los amo y como quiero llenarlos de dones en esta y en la otra vida. Que me amen con toda la fuerza de su tierno corazón y aborrezcan con toda la fuerza de su voluntad el pecado. Despierta en ellos el amor a Dios: que sean para mí los primeros sentimientos de esos tiernos corazones y, no lo olvides, el amor hacia mí los ayudará a conservar la inocencia bautismal. Procura que en la formación de los niños sean los primeros y mejores colaboradores tuyos, los mismos padres; a ellos, en primer término, corresponde cumplir con todos los deberes hacia sus hijos y cuando ello, por cualquier motivo no sea posible, encomienda la educación de esos párvulos al buen corazón y a la iluminada inteligencia de las almas piadosas. Después de los niños, encomiendo a tu especial cuidado las almas que son deseosas de la cristiana perfección.

A mis discípulos, que más cerca mío estaban, hablaba de las verdades arcanas: “a vosotros se os concede la gracia de conocer los misterios del reino de los cielos” (Mt 13,11). Corregía en ellos hasta los defectos más insignificantes, fruto a veces de apego que sentían hacia mi persona. Así lo hice cuando discutían “cuál de ellos fuese el mayor” y cuando querían que “a los que no pertenecían al grupo se les prohibiese arrojar los espíritus malos” (Lc 22, 24; Mt 9, 37). En el sermón de la última cena, los fui preparando para mi partida de este mundo: los iluminé, los animé y quise que estuvieran listos para enfrentar los acontecimientos inmediatos y futuros (Jn 14). No descuidé la especial dedicación a las mujeres que creían en mí, dispuestas a seguir mis enseñanzas hasta la perfección. Permití que en mis andanzas evangélicas me siguiesen algunas mujeres que yo había librado del espíritu maligno o a las cuales yo había devuelto la salud del cuerpo. Estuvieron a mi lado camino al Calvario junto a mi Madre. Dedícate pues con especial esmero a cultivar las almas piadosas. Es justo que dispenses amor más profundo a las almas que más profundamente me aman. El corazón de las almas piadosas es el terreno mejor preparado para que tus desvelos sacerdotales rindan buenos y cuantioso frutos. Dales ánimo e insufla confianza en aquellas que quieren permanecer castas: ayúdalas a perseverar en ese estado; si lo consiguen se enriquecerán todas las demás virtudes. Instalas a acercarse todos los días al banquete eucarístico: allí encontrarán la fuerza que las hará invencibles.

 

LOS JÓVENES QUE ASPIRAN AL SACERDOCIO

Especialísimo ha de ser el cuidado que dedicas a los jóvenes que sienten inclinación al estado sacerdotal. Ellos deben ser perfectos para sí y para el pueblo cristiano al cual deberán enseñar y trazar el camino hacia Dios. Cuidados muy especiales dediqué yo a mis discípulos para que fuesen buenos ministros. Los mantuve constantemente a mi lado para que nada se les escapara, de mis enseñanzas, vieran de cerca mis milagros y aprendiesen todas las virtudes apostólicas. Si se te acercaran jóvenes que quieren ser sacerdotes, cuida de su espíritu, enséñales como vivir desapegados del mundo, incúlcales el deseo santidad y el propósito firme de colaborar en la santificación de los demás. Para que sean ángeles sobre la tierra, condúcelos diariamente a comer el Pan de los ángeles que los irá formando y fortaleciendo para que, llegado el momento, asciendan al Altar del Señor. Grave es la responsabilidad de los que se dedican a la formación de mis ministros.

 

SABIDURÍA ESPIRITUAL

Ten presente que para la formación de las almas piadosas, de cualquiera condición ellas sean, has de poseer profundos conocimientos de la vida espiritual: de no ser así tu guía será traba y no auxilio. Para este importantísimo cometido es preciso que estudies lo que al respecto han enseñado los maestros de vida espiritual y entre ellos los santos que junto con la sabiduría poseían el conocimiento cabal de los recónditos caminos que llevan a la santidad. Ora y estudia: si tú haces lo que debes no te faltará mi auxilio. Siempre quise que en mi Iglesia hubiese abundancia de almas privilegiadas, de espíritus superiores. No importa saber donde están y cuántos son: lo importante es que los haya y que mis ministros están capacitados para guiarlos por los sublimes caminos del Cielo. Duele decirlo: mucha es la ignorancia de la vida espiritual entre mis ministros y por no entenderla no la valoran como es debido. Estudia, entonces, y serás guía esclarecida y luminosa para las almas que quieren correr en pos de la perfección.

 

LAS MUJERES Y SU FORMACIÓN ESPIRITUAL

En este terreno has de moverte con extrema cautela, de esta depende la salvación de tu alma y de las almas que te confío. Sea tu mayor cuidado valorar en las mujeres exclusivamente el alma que yo he redimido para conducirla a la gloria. Vela para que tu corazón no quede turbado por efectos que no sean espirituales y por más piadosas que ellas sean, no hallen en ti motivo de una mal entendida liberalidad. Vean todos que en el trato con las mujeres, tus modales, sin ser groseros, son serenamente serios. Permití a mis enemigos que me calumniasen a su antojo, más ni una sola palabra irrespetuosa pronunciaron que ofendiera mi pureza: claro está que no les di motivo. Sin embargo yo sané a las mujeres de sus enfermedades físicas y morales, permití que me siguiesen durante mi predicación y era fácil comprender cuanto yo valoraba el favor de su piedad (Lc 8, 2-3). Quedó consignado en el Evangelio que yo… amaba a Marta y María… La mujer ha de encontrar en el sacerdote el padre que la consuele, el maestro que la instruya, el guía que la acompañe, el pastor que la apaciente. ¿Podrá censurarse esta mi divina enseñanza? Si a pesar de toda la prudencia y de una conducta irreprochable, hallares quien te critique o injurie, no te preocupes, yo soy tu juez.

 

LOS COLABORADORES EN EL MINISTERIO

En el cumplimiento de la misión que me encomendó el Padre, quise tener colaboradores: “escogió a doce para tenerlos en su compañía y para enviarlos a predicar” (Mc 3, 14). “Señaló el Señor otros setenta y dos y los envió de dos en dos delante de si” (Lc 10, 1)… En esto también has de imitarme en cuanto lo permita tu estado de sacerdote. Esta imitación yo espero especialmente de los Obispos que deben elegir dignos ministros capacitados para colaborar con ellos en el cuidado de la grey para que todas mis ovejas tengan cabida en los celestiales rebaños. Jóvenes hay que dan muestra de vocación eclesiástica, convendrá que tú los ayudes a alcanzar lo que desean aconsejando a los padres para que no sólo no pongan trabas sino que alienten en sus hijos tan admirable vocación. Ello requerirá de ti sacrificios y más horas de trabajo, no importa: maravilloso galardón será para ti haber abierto la puerta del sacerdocio a nuevos ministros. Aprovecha también la colaboración de tus colegas sacerdotes: con finos tratos y amistosas recomendaciones conseguirás que otros ministros hagan rendir buenos frutos a los talentos que yo les he dado: esto también lo exige la salvación de las almas. De mucho provecho para el apostolado serán las reuniones periódicas entre sacerdotes y la comunicación de santas iniciativas redundará, sin duda, en bien de la grey y de sus pastores. Útiles también te serán en el apostolado los laicos: guíalos con prudencia y firmeza, dales ánimo en los momentos difíciles y tu ministerio contará con eficaces colaboradores.

 

LA BUENA PRENSA

Otro elemento que actualmente no ha de descuidarse para que la obra del sacerdote alcance más y mejores frutos es la prensa. Libros, periódicos, folletos, revistas son inapreciables colaboradores en el ministerio cuando son vehículos de mis enseñanzas. Menester es acudir a los servicios de todos los medios de difusión para contrarrestar, en lo posible, los estragos que entre las almas causan las impresiones inmorales y enemigas de la Verdad. Que lleguen mis enseñanzas a todos los hogares, a los talleres, a los rincones más apartados; urge que con vigor sea combatido el error para poder salvar a los que caen en el. Mis enemigos no reparan en sacrificios y gastos para seducir a las almas y alejarlas de mí. Que hagan lo mismo mis ministros con celo y dedicación y los resultados positivos no faltarán.

 

TRATO UNIFORME CON EL PRÓJIMO

En el cuidado de las almas procura dispensar a todos el mismo trato amable y bondadoso: no establezcas diferencias entre las personas. De mí dijeron los fariseos: “Tu no reparas en nadie” (Mt 22, 16), dando testimonio de mi imparcialidad en el trato con las personas, fueran ellas encumbradas o plebeyas. Se lee en Isaías: “Ungido por el Señor, fui enviado a evangelizar a los pobres” (Is 61, 1). Entre las prerrogativas de mi misión, yo destacaba las siguientes “los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, el evangelio es predicado a los pobres” (Mt 11, 5). ¿Qué he de decir de aquellos ministros míos que no encuentran ni tiempo ni lugar para atender a los pobres y están siempre disponibles para los ricos? Para el pobre está ocupado o se siente cansado mi ministro: para el rico, aún en horas inoportunas, le sobran tiempo y energías para atenderlos. Esa bajeza no ha de caber en mis sacerdotes. Si alguna preferencia cabe, ella debe ser para los pobres: yo los prefiero y de entre ellos escogí mi Madre y mis discípulos. Sea tu trato respetuoso, atento, amable con todos: con los que te aprecian y con los que demuestran no sentir excesiva simpatía por ti. Trabaja con el mismo celo para la salud de todas las almas indistintamente: “no hagáis acepción de personas vosotros que creéis en Jesucristo, nuestro Señor glorificado” (St 2, 1) Si procedes diversamente, tu servicio no me resultará agradable y serás ocasión de escándalo y no de admiración.

 

LA DOCTRINA NECESARIA

“Yo soy la luz verdadera que ilumina todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1, 9). Tu doctrina no ha de ser otra que la mía y únicamente la hallarás en el manantial que yo he hecho brotar, si quieres poseer celo santo e iluminado. El manantial de que te hablo se halla en la Iglesia católica y su custodio y dispensador es el sucesor de aquel a quien yo dije: “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Por ti, Pedro, he rogado para que no desfallezca tu fe… fortalece tus hermanos… apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”. Por lo tanto tu doctrina ha de concordar siempre con la doctrina de mi Vicario en la tierra, el Romano Pontífice. Lo que es verdad para él, será tu verdad; lo que es falso para él, será falso también para ti. Su sabiduría no es otra que la mía, pues yo se la he comunicado. No te dejes engañar: las doctrinas contrarias a la doctrina de mi Vicario son todas falsas; nadie sacará provecho de ellas que perecerán junto con los que las aceptan.

Sólo mi doctrina es la verdadera y la que debe poseer mi sacerdote: si no la posee dejará de ser sal y será corrupción, no será luz, más tinieblas, no apóstol más seductor. Duros y constantes fueron los embates de mis enemigos contra la doctrina del Romano Pontífice y hasta algunos católicos, no atreviéndose a negarla, buscan debilitarla capciosamente. Mas los humildes la aceptan tal cual es y rinden gracias a Dios por haber querido levantar ese faro de luz en medio del mar bravío y tempestuoso que es el mundo. Hasta hay sacerdotes que se atreven a poner en tela de juicio la conducción de la Iglesia por parte de mi Vicario. Como si los hijos dijeran al padre: “Tú no sabes conducir la familia”, al juez: “tú no sabes administrar la justicia”, al sacerdote: “tú no conoces los límites del santuario: nosotros te enseñaremos la prudencia, la justicia y el derecho”. Los que así obran no son mis ministros. Mis ministros son los que, con amor, docilidad y humildad, obedecen al Vicario que es mi representante en la tierra.

 

PALABRAS FINALES

Sacerdote ministro mío, en las pocas líneas que acabas de leer no está contenido todo lo que has de saber para imitarme acabadamente. Yo soy libro que nunca se termina de leer y estudiar. Estas breves advertencias te serán útiles y despertarán en ti el deseo cada vez más fuerte de conocerme mejor. Yo te daré luz y fervor. Si algunos sacerdotes no son muy fervientes, ello se debe a que no me estudian mucho y por ende no alcanzan a conocerme bien. Podría yo decirles “¿Tanto tiempo que estoy con vosotros, y no me habéis conocido?” (Jn 19, 4). La verdadera sabiduría es conocerme a mí: haz tuyas las palabras del Apóstol: “No me precié de saber alguna cosa, sino Jesucristo, y este crucificado” (1Co 2, 2)

 

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ALIANZA DE PAZ

Tú, Señor, perdona mis pecados y borra todas mis maldades. Enséñame a hacer tu voluntad. Dame un espíritu bueno. Ponme junto a ti. No permitas que me separe de ti. Cuídame como la pupila de los ojos. Sin ti, polvo y ceniza como soy, no puedo hacer nada.

Yo en tu nombre, confiando en tu gracia, propongo no reservarme nada para mí, sino el perfecto cumplimiento de tu ley abrazado a tu santa Cruz.

Por eso nada te pido para mi, ni los bienes, ni la vida, ni la muerte. De esta manera que haya concordancia entre tu voluntad y la mía.

En mí y en todos, esté presente tu misericordia, ahora y por la eternidad.

Amén.

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La paradoja de la felicidad

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2009

Todos queremos ser felices. De hecho, todo lo hacemos con el fin de encontrar la felicidad. Y con frecuencia nos equivocamos, porque con algunas cosas que hacemos no logramos la dicha que esperábamos. Podemos afirmar, por ejemplo, que el pecado es una forma equivocada de buscar la felicidad…

Y, ¿qué es la felicidad? «Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien», dice el Diccionario.

Pero la teología mística nos dice a los católicos que la auténtica felicidad es mucho más:

Dios, el Uno, el supremo Bien, la supraesencia del ser, es un fuego de amor que, a la manera del sol, irradia todo ese amor y, por un acto supremo de su inteligencia, creó al ser humano, emanación de sí, para amarlo y así hacerlo plenamente feliz.

Por eso el hombre sólo será plenamente feliz cuando vuelva a su fuente: a ese Sol ardiente de amor, que lo encenderá, lo enardecerá, lo abrasará (lo hará una brasa) en el fuego ardentísimo de su amor.

Y esto se puede empezar a paladear ya, aquí en la tierra, a través de las experiencias místicas: Dios toca al ser humano con su propio Ser, y le hace probar el amor con el que inunda de felicidad a sus hijos en el Cielo; son auténticas vivencias celestiales, que hacen que el ser humano, a partir de ese momento, ya no desee otra cosa que morir para estar con el Amado: todo placer terrenal le parecerá despreciable, aun el mismo amor humano…

Pero para que Dios haga ese toque, es necesario que la persona deje de intentar llegar a Dios por sus propios medios. Usar los medios naturales con los que se conocen las cosas para conocer al Creador es inútil, porque la criatura es incapaz de Dios: la infinita inmensidad de Dios es inabarcable para el ser humano.

La persona, por lo tanto, no debe usar los sentidos ni las potencias del alma (inteligencia, memoria y voluntad) para llegar a Dios sino que, por el contrario, debe cerrarse a estos modos normales de conocer, y así dejar libre su parte superior, el espíritu, que es el que la capacita para recibir ese maravilloso toque divino…

Así lo postuló, desde el siglo VI, el seudo Dionisio Areopagita: «Quitamos todo aquello que impide conocer desnudamente al Incognoscible.» (Mistica theologia, II). Y cuando lo postuló inició la descripción de la teología mística.

Esto quiere decir que para alcanzar la felicidad auténtica es necesario desarraigar todas nuestras pobres formas de entender y de querer; y tanto más costará apartarlas de nosotros cuanto más arraigadas estén en nosotros.

Por eso el primer paso que se debe dar es la abnegación evangélica torturante, purificadora, expresada en las palabras de Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo» (Lc 9, 23a). Abnegación descrita por todos los santos místicos que descubrieron el secreto de la felicidad, como el venerable Juan Taulero y san Juan de la Cruz, y cuyo paradigma es Jesús Crucificado. Sabido el secreto, ¿por qué tan pocos lo siguen?

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

 

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La mística de la Pasión

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 3, 2009

La mística trata de la vida espiritual y contemplativa, de la experiencia de lo divino.

En el siglo XVIII, hubo un hombre italiano que centró su vida mística en la Pasión de Jesús; se llamó san Pablo de la Cruz, y fue el fundador de los Pasionistas. A continuación se presentan, con algunas palabras entresacadas de sus escritos, algunas características que identifican su ascenso espiritual:

“El recuerdo de la Pasión santísima de Jesucristo y la meditación de sus virtudes […] conducen al alma a la íntima unión con Dios, al recogimiento interior y a la contemplación más sublime.”

“El que quiere ser santo gusta de seguir las huellas divinas de Jesucristo, de ser hecho el oprobio y la abyección de la plebe. … El que quiere ser santo gusta de esconderse a los ojos de los hombres, toma lo dulce por amargo y lo amargo por dulce, y su alimento es hacer en todo la santísima voluntad de Dios; y como quiera que esta se cumple mejor en el padecer que en el gozar, porque en el goce peligra siempre entrar la propia voluntad, por eso el verdadero siervo de Dios ama el desnudo padecer, recibiéndolo sin intermediarios de la purísima voluntad de Dios. Recuerde que este divino trabajo, para ser seguro, conviene que pase por la puerta, que es Jesucristo nuestro Señor y su santísima Pasión, que es toda ella obra de amor; la cual jamás debe perderse de vista, con docilidad absoluta a la acción divina, a la que el alma debe ser fidelísima en obedecer interiormente.”

“Veo que se halla privada de todo consuelo. Doy gracias a Dios bendito, porque ahora se asemeja más al Esposo divino, abandonado de todos mientras agonizaba sobre la Cruz; pero en este abandono ofreció el gran sacrificio y lo consumó con las últimas palabras que dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y dicho esto entregó su alma santísima en las manos del eterno Padre, y cumplió la obra de la humana redención. Haga usted lo mismo, hija mía. […] Ahora está en agonía sobre el riquísimo lecho de la Cruz. ¿Qué le queda por hacer, sino entregar el alma en manos del eterno Padre diciendo: Padre dulcísimo, en tus manos encomiendo mi espíritu? Y esto dicho, muera felizmente de esa preciosa muerte mística, y vivirá una nueva vida, mejor dicho, renacerá a una nueva vida deífica en el divino Verbo Cristo Jesús. Y, ¡oh, qué vida esta! Vida tal y tan grandiosa y llena de inteligencia celestial, que ni aun saber hablar de ella podrá conmigo.”

“Jesús oró en la Cruz durante tres horas: oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh Dios, qué gran enseñanza! Pida a Jesús que la imprima en su corazón. ¡Oh, cuánto hay aquí que meditar! He leído que durante su agonía en la Cruz, después de sus tres primeras llamas de amor, es decir, sus tres primeras palabras, Jesús quedó en silencio hasta la hora de nona, orando todo aquel tiempo. Dejo a su consideración cuán desolada fue su oración. Descanse pues sobre la cruz del dulce Jesús, y no exhale otra queja que este gemido: ‘Padre mío, Padre mío, hágase tu voluntad…’ Y luego calle. Continúe descansando sobre la cruz y luego calle hasta que llegue el momento dichoso de la verdadera muerte mística. Entonces, como dice san Pablo, estará toda oculta en Dios con Jesucristo (Col 3, 3), y se hallará en esa altísima soledad hacia la cual suspira, con desprendimiento absoluto de todo lo creado. Esta es la hora de sufrir en silencio y en paz: resignación perfecta en su agonía, que la conduce a la muerte mística.”

Sería tarea de nunca acabar seguir trascribiendo los escritos de san Pablo de la Cruz (se conservan más de dos mil de sus cartas); pero basta con lo dicho para ayudar a quienes deseen iniciar este maravilloso viaje, que termina en la única y auténtica realización del ser humano: la unión con Dios.

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