Hacia la unión con Dios

Archive for 29 octubre 2009

Una cruz desconocida

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 29, 2009

Hechos a imagen y semejanza de Dios (Gn 1, 26), no podemos realizarnos como seres humanos hasta que no regresemos a la fuente de la que salimos: ese Dios que es Amor (1Jn 4, 16); es decir, no seremos felices si no retornamos al Amor.

Pero hay tres impedimentos:

1) Aquí en la tierra todo lo conocemos a través del sentido, esa facultad que tiene el alma, de percibir, por medio de los órganos corporales, los objetos y las circunstancias externas. El sentido también es el entendimiento o razón que usamos para discernir las cosas. Pero el sentido es incapaz de Dios, puesto que Dios es infinitamente más grande que la criatura.

2) Los medios que tenemos y usamos para alcanzar nuestras metas en esta vida terrenal tampoco sirven de herramientas para alcanzar la meta de la felicidad: el encuentro con Dios, pues esos medios son infinitamente menores que la Deidad.

3) Asimismo, la voluntad, por sí misma, no nos puede llevar a Dios: por más que lo deseemos, por más buena que sea nuestra intención, por más fuerte que sea nuestra resolución, jamás llegaremos a la divinidad.

Así pues, para volver a Dios —nuestra única posible felicidad— no nos servirá ni nuestro pobre modo de entender, ni los paupérrimos medios que poseamos, ni la voluntad que pongamos, por más esfuerzos que hagamos.

Por todo esto, se hace indispensable: 1) que dejemos a un lado ese escaso modo de entender, y nos dejemos llevar por la fe: creer con certeza que Dios está junto a nosotros y nos ama; 2) que no usemos los pobrísimos medios que poseemos y que, en cambio, todo lo esperemos de Dios, y 3) que no pongamos la voluntad en otra cosa que en amar a Dios.

Pero hacer todo esto cuesta. Es duro cambiar el modo como conocemos, los medios que usamos y la voluntad que ponemos; de hecho, no podemos.

Por eso, el Espíritu Santo nos introduce en lo que los santos místicos llaman la noche oscura del sentido; una noche tan oscura que no nos deja ver como veíamos antes, que no nos deja entender como entendíamos, que no nos deja usar los medios que usábamos, que nos elimina la voluntad que teníamos, para mostrarnos al mismísimo Dios, esplendoroso.

Es una cruz muy desconocida. Es una cruz muy dolorosa. Pero es una cruz muy útil, ¡la que sí nos llevará a Dios!

También por esta razón Dios murió en una cruz: para que supiéramos que es necesario purificar el sentido con el fin de alcanzar la felicidad auténtica.

Para ese fin, conviene que nos detengamos con frecuencia en nuestros quehaceres y repitamos la siguiente jaculatoria que lo compendia todo:

“Señor: sé que estás aquí, que me estás mirando, que me estás amando; todo lo espero de ti; y todo lo hago por amor a ti”.

 

Del libro: El que quiera venir en pos de Mí…’, 1ª edición. Bogotá. Colombia. Ediciones San Pablo, 2010.

Este libro lo puede conseguir en: http://sanpablo.co/red-de-librerias

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¡Ser Esposa de Cristo!*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 20, 2009

Beata Isabel de la Trinidad

No es sólo la expresión del más dulce de los sueños; es una realidad divina; la expresión de todo un misterio de semejanza y de unión; éste es el nombre que en la mañana de nuestra con­sagración pronuncia la Iglesia sobre nosotras: Veni, Sponsa Christi! 

¡Hay que vivir la vida de Esposa! ¡«Esposa», todo lo que este nombre hace presentir de amor dado y recibido!… ¡de intimi­dad, de fidelidad, de entrega absoluta!… Ser Esposa es entregar­se como él se entregó; ser inmolada como él, por él, para él… ¡Es Cristo, que se hace todo nuestro, y nosotras, que nos hacemos «toda suya»!

Ser Esposa es tener todos los derechos sobre su Corazón… Es un diálogo de corazón a corazón para toda la vida… Es vivir con… siempre con… Es descansar de todo en él y permitirle des­cansar de todo en nuestra alma…

Es no saber más que amar: amar adorando, amar reparando, amar orando, pidiendo, olvidándose. ¡Amar siempre, bajo to­das las formas!

«Ser Esposa» es tener los ojos en los suyos, el pensamiento obsesionado por él, el corazón todo cautivo, todo lleno, como fuera de sí y pasado a él; el alma plena de su alma, de su oración; todo el ser cautivado y entregado…

Es, teniendo siempre fija la mirada en él, sorprender el menor signo y el más insignificante deseo; es entrar en todas sus ale­grías, compartir todas sus tristezas. Es ser fecunda, corredentora, engendrar almas a la vida de la gracia, multiplicar los hijos adoptivos del Padre, los rescatados por Cristo, los coherederos de su gloria (cf. Gal 4,5-7).

«Ser Esposa», esposa carmelita, es tener el corazón abrasado de Elías, el corazón transverberado de Teresa, Su «verdadera es­posa», porque cela su honor.

Finalmente, ser tomada por Esposa, esposa mística, es haber arrebatado su Corazón hasta el punto que, olvidando toda dis­tancia, el Verbo se derrame [desahogue] en el alma, como en el seno del Padre, ¡con el mismo éxtasis de infinito amor! Es el Pa­dre, el Verbo y el Espíritu invadiendo el alma, deificándola y consumándola en el Uno, por el amor. Es el matrimonio, el es­tado estable, porque es la unión indisoluble de las voluntades y de los corazones. Y Dios dijo: Hagámosle una compañera semejante a él; serán dos en uno (Gn 2,18.24).

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Templar el acero*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 15, 2009

 

Después de una juventud llena de vicios y pecados, un hombre, que trabajaba en su taller de herrero, decidió entregar su vida a Dios.

 

Durante varios años se esforzó por ser un buen católico y practicó la caridad pero, a pesar de toda su dedicación, algunas cosas no parecían andar bien en su vida: sus problemas y sus deudas se acumulaban día a día.

 

Una hermosa tarde, un amigo que lo visitaba le comentó:

 

«Realmente es muy extraño que, justamente después de haber decidido volverte un hombre temeroso de Dios, tu vida haya comenzado a empeorar.»

 

El herrero ya había pensado en eso mismo muchas veces, sin entender lo que acontecía en su vida; sin embargo, como deseaba contestarle a su amigo, comenzó a hablar mientras continuaba su trabajo, y terminó por encontrar la respuesta que buscaba:

 

«En este taller yo recibo el acero aún sin trabajar, y debo transformarlo en las figuras que me piden. ¿Sabes cómo se hace eso?»

 

«Primero, caliento la hoja de acero hasta que se pone al rojo vivo. Enseguida, tomo el martillo y le doy varios golpes hasta que la pieza va adquiriendo la forma deseada. Luego, la sumerjo en un balde de agua fría; en ese momento se oye un ruido muy fuerte y el taller se llena de vapor a causa del violento cambio de temperatura. Tengo que repetir el procedimiento varias veces hasta obtener la figura perfecta, porque una sola vez no es suficiente.»

 

El herrero hizo una pausa y siguió:

 

«A veces, el acero no logra soportar ese tratamiento: el calor, los martillazos y el agua fría lo terminan llenando de rajaduras; en ese momento me doy cuenta de que ya no sirve, y entonces lo tiro a esa montaña de hierro viejo que ves a la entrada.»

 

Tras otra pausa, finalizó:

 

«Sé que Dios me está colocando en el fuego de las aflicciones. Acepto los martillazos que me da y el frío que hace sufrir al acero…»

 

Después de un silencio, se puso a orar en voz alta, como si su amigo no estuviera presente:

 

«Dios mío, no desistas hasta que yo consiga tomar la forma que Tú esperas de mí. Inténtalo del modo que mejor te parezca, por el tiempo que quieras, pero nunca me pongas en la montaña de hierro viejo».

 

Lynell Waterman

 

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Pensamientos sobre el sufrimiento*

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 13, 2009

Frases adaptadas del libro:

Para sufrir menos…, para sufrir mejor*

De: Novello Pederzini

Editorial Católica Sin Fronteras

 

  • Hasta de los detalles más pequeños de tu vida está pendiente tu Padre–Dios: «¿Acaso un par de pajaritos no se venden por unos centavos? Pero ni uno de ellos cae en tierra sin que lo permita el Padre de ustedes. En cuanto a ustedes, hasta sus cabellos están todos contados. ¿No valen ustedes más que muchos pajaritos? Por lo tanto no tengan miedo» (Mt 10, 29-31).

 

  • Dios te trata con la ternura y el respeto que un padre siente por su hijo: «Ustedes sufren, pero es para su bien, y Dios los trata como a hijos» (Hb 12, 7a).

 

  • Dios no permite pruebas o tentaciones superiores a tus fuerzas: «Dios es fiel y no permitirá que ustedes sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerza para superarla» (1Co 10, 13b).

 

  • Todo es querido o permitido por Dios, para tu bien.

 

  • Tan solo del pecado no es Dios la causa directa; el pecado nace del hombre, de su libertad. Pero Dios se sirve incluso de las malas acciones y del pecado para realizar sus designios de bondad y de salvación.

 

  • Aunque no sepas la razón, cada sufrimiento está planeado o permitido por Dios para tu felicidad.

 

  • ¿Podemos dudar de que Dios tenga la inteligencia necesaria para conocer lo que te conviene y lo que te perjudica?

 

  • Dios sabe más que tú. Y te ama más de lo que tú puedas amarte o de lo que te puedes imaginar.

 

  • Todo cuanto ocurre en ti o en torno a ti, especialmente cuando el mal te aflige, todo sucede por voluntad o por permisión de Dios.

 

  • Todo cuanto pasa, aun los más mínimos detalles, es lo más conveniente y lo mejor para ti, aun cuando sea contrario a los puntos de vista más prudentes.

 

  • Si has sido elegido por Dios a seguir un camino de especial sufrimiento, debes saber que ese es el camino de los predilectos de su Corazón: estás destinado a realizar, con Él, un designio más alto de salvación para ti y para el mundo. ¡Ayúdalo a reparar! ¡Ayúdalo a salvar almas! ¡Ayúdalo a instaurar su Reino de amor, de paz y de alegría en el mundo!

 

  • Si te niegas a recibir de sus manos las tribulaciones a las que has sido destinado, obras en contra de tus mejores intereses.

 

  • Lo mejor es lo que Él ha querido para ti, no lo que tú piensas con tu inteligencia, demasiado limitada.

 

  • Ve en todas las personas y en todos los acontecimientos unos mensajeros providenciales de la voluntad de Dios.

 

  • No son las adversidades las que te hacen desgraciado; es tu falta de docilidad, que nace de una voluntad todavía rebelde contra la infinita sabiduría divina.

 

  • Saborea y ama tu sufrimiento, lleva con alegría la cruz que te corresponde: Él se ha convertido en tu compañero de camino y lleva el peso del dolor contigo.

 

  • La única admirable sensatez en esta vida está encerrada todavía —y para siempre— en el «¡fiat!» que pronunció la Virgen María: «¡Hágase en mí según tu palabra!».

 

  • Fuimos hechos para el Cielo: para gozar de la belleza, la bondad y la sabiduría de Dios; pero en la tierra nos apegamos a las cosas, a las personas y especialmente a nosotros mismos. Si no amamos a Dios por encima de todas las criaturas, todavía no podemos dejarnos amar de Él; necesitamos purificarnos. Es entonces cuando interviene el Señor y permite lo que nosotros llamamos desventura; permite que nuestros ídolos sean destrozados, que encontremos amargura y desilusión donde creíamos saborear la dulzura del placer y del gozo. Y así nos hacemos cada vez más susceptibles del amor de Dios.

 

  • «Los sufrimientos de la vida presente no se pueden comparar con la Gloria que nos espera y que ha de manifestarse». (Rm 8, 18)

 

  • La verdadera alegría nace cuando has renunciado a discutir, a cuestionar o a poner en tela de juicio los acontecimientos, convencido de que todo cuanto sucede es para tu bien, y que todo está previsto, dispuesto, asegurado, en conformidad con un plan que tiene un final feliz, aunque a ti no te lo parezca.

 

  • En la generosa y amante adhesión a la voluntad de Dios, en el esfuerzo de amar la cruz y el dolor como la cosa que mejor realiza en ti el plan divino, se halla el suave secreto de la paz y la serenidad.

 

  • La Fe en el amor que Dios te tiene: he aquí la fuente de toda aceptación, de todo equilibrio y progreso espiritual, de toda paz, siempre, y especialmente en aquellos momentos en que nos asaltan el sufrimiento y la prueba.

 

  • Dios te ama, te ama personalmente; sabe tu nombre, tu persona, tu pasado, tu presente y tu porvenir. Conoce tu temperamento, tus cualidades, tus defectos, tus méritos y tus pecados. Te conoce en cada una de tus facetas íntimas más secretas. Conoce —lo ha dicho Él— el número de cabellos de tu cabeza…

 

  • En ti pensaba en su agonía; aquella sangre la derramó por ti…

 

  • Para ti, precisamente para ti, de una manera especial, te ha preparado una eternidad de gozo. Allá arriba hay un puesto reservado que te espera: tu puesto. Nadie ocupará la porción de Paraíso celosamente destinada para ti, si tú quieres conquistarla.

 

  • El Señor es un Dios amoroso, dulcemente inclinado hacia ti, que eres un tesoro que lo atrae sobre la tierra, como si no existiera otro objeto de su atención y de su interés.

 

  • Habitúate a la percepción de esta presencia constante, aun cuando no la sientas de una manera dulce e inmediata. Porque, a veces, se oculta el Señor, se hace esperar y buscar; permite la oscuridad y la tormenta; y tú tienes la impresión de que Él te ha abandonado. Pero su mirada permanece constantemente fija en ti y no te abandona ni un solo instante; ni siquiera cuando tú lo traicionas y lo ofendes: es la mirada dulcísima de una madre, que te sigue, te abre el camino, te protege, te acaricia, te sonríe, te consuela…

 

  • Cuando el dolor, la prueba, el sufrimiento, se presenten en el horizonte, has de saber aceptarlo de su mano como un don preparado, pensado, dosificado para ti. No debe preocuparte el porqué de lo que Él ha decidido y realizado en ti. Para ti debe ser suficiente saber que Él lo ha querido; lo ha querido para ti; y lo ha querido porque, conociéndote y amándote, no encontró mejor camino para la realización de su designio amoroso en tu persona. Arrójate en sus brazos.

 

  • No temas nada y nada desees desmedidamente, sino sólo lo que Él quiere y tal como Él lo quiere.

 

  • Presta especial atención a la llamada precisa e insistente, por tu nombre, cuando te invita a sufrir. Se trata de una invitación de confianza, de predilección, de amor extraordinario. Te llama, quiere tu colaboración a su acción; te honra al contar con tu contribución personal. Se trata de una alianza, casi de un contrato de trabajo, para una gran realización en la que todos tienen su parte preciosa e insustituible.

 

  • Arrójate en los brazos de Dios, di con prontitud el propio «fiat», ten como norma habitual de vida el «No se haga mi voluntad, sino la tuya», renuncia a toda discusión estéril, acepta todo de la mano amorosa del Señor como lo mejor y lo más conveniente para ti…

 

  • Quien te tiende la mano es el mismo Jesús, que ha sufrido antes y más que tú; que ha sufrido por ti.

 

  • A cada una de tus cruces, Él responde con una ayuda. A cada uno de tus dolores, por humanamente insoportablemente que sea, corresponde una gracia suya particular. Y, si cada pequeña cruz es un fragmento de su Cruz, tú debes aceptarla y vivirla con Él, con amor intenso, con adhesión perfecta a sus arcanos designios, con firme convicción de recibir de Él la fuerza indispensable.

 

  • Después de pecar suele quedar en el alma una vaga inquietud, la angustia, el temor de que Dios se comportará con cierta distancia, privándola de su tierna familiaridad. Nada más equivocado: Dios nos ama porque es bueno, no por que lo seamos nosotros. Y no desea de nosotros sino que creamos firmemente en su amor. Si estás arrepentido y le has pedido perdón (los pecados mortales en la confesión), Él lo ha olvidado todo y para siempre.

 

  • Deja solo a los paganos la preocupación del mañana. Vive el presente, solo el presente: es lo que Dios quiere cada instante para ti; es lo mejor para ti: Dios así lo ha previsto. El mañana ya tendrá sus penas o alegrías: «No se preocupen por el día de mañana, pues a cada día le bastan sus problemas». (Mt 6, 34)

 

  • Todas las dificultades, las dudas, los temores de cualquier clase y gravedad sobre tu futuro, deben servir únicamente para hacerte perder toda confianza en ti mismo, y despertarte una ilimitada confianza en Él, cuya bondad y poder superan todas tus miserias y todos tus cálculos.

 

  • Para tu afán de hoy existe una Providencia particular, suficiente, proporcionada. Para tu preocupación de mañana, de igual manera, habrá otra Providencia particular, suficiente, proporcionada.

 

  • Aprende a gustar cada una de las pequeñas y grandes alegrías que el presente te reserva. Y si estás llamado a sufrir, estima en todo su valor, con cuidadoso empeño, el dolor de ese instante: es esa cruz particular, y de ese determinado instante, la que el Señor te ha confiado; y te asegura su ayuda para llevarla. Aprovecha, vive el instante presente, que para ti es la manifestación de la presencia divina.

 

  • Habla poco con las criaturas y mucho con Dios: no disminuyas el mérito de tus sufrimientos contando lo que sufres. No eches a perder su perfume y su valor confiándolo al juicio y a la compasión de quien está a tu lado. Silencia con empeño hasta las más pequeñas mortificaciones, porque cuando se mantienen secretas por amor son flores fragantes cuyo aroma solo Dios aspira.

 

  • Sufre amando a Dios con todas tus fuerzas: es el medio más poderoso y eficaz para llegar pronto y fácilmente a la más íntima unión con el Señor, a la más alta santidad, a la más intensa paz del alma. Di: «Porque te amo, Dios mío, sufro todo por ti». Santo no es el que hace milagros, el que tiene éxtasis, sino el que hace más actos de amor a Dios a lo largo del día.

 

  • Esta vida es, como dijo santa Teresa, «solo una mala noche en una mala posada».

 

  • Tu puesto está allá arriba. El Señor te ha precedido y te ha preparado un puesto; Él mismo nos lo dijo: «En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones. De no ser así, no les habría dicho que voy a prepararles un lugar» (Jn 14, 2). Un puesto como tú lo deseas, como lo has buscado siempre, sin encontrarlo jamás aquí abajo. 

 

  • Las bellezas terrenas son solo una pequeña muestra de la infinita belleza que observarás en Dios. Toda la infinita sabiduría de Dios se volcará en ti. Toda la bondad que ves aquí no es nada comparada con el infinito amor que recibirás de Dios. Aquí abajo se nos da el anticipo, la figura, la sombra; en el Paraíso, la dulce e inacabable realidad. 

 

  • Cuando los místicos han vislumbrado algún pálido reflejo, han expresado un entusiasmo indescriptible, como en esta expresión de Pascal: «Alegría, alegría…, lloro de alegría». Un llanto de alegría que se da con solo pensar en la auténtica alegría que nos espera: la alegría de ser, para siempre, felices en los brazos de Dios.

 

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Penas y más penas

Posted by pablofranciscomaurino en octubre 12, 2009

 

Las dificultades, angustias, tristezas, calamidades, etc., son la muestra del infinito amor que Dios nos tiene, porque es a través de ellas como nos santificamos y ayudamos al Señor a santificar el mundo.

Obviamente nos preguntaremos cómo puede ser esto.

Esas penalidades son el medio a través del cual nuestro Señor a une las personas escogidas a sus padecimientos, para hacer su obra en el mundo: que todos los corazones se llenen de su paz, de su alegría y de su amor.

En segundo lugar, con esos sufrimientos, Dios une esas personas a Sí mismo, haciendo misteriosa y lentamente un trabajo secreto en sus almas (sin que ellas se den cuenta), con el cual las forma y las hace cada vez más parecidas a Él, para regalarles después —cuando ya estén maduras— la auténtica felicidad.

Por eso, las personas avanzadas en la vida espiritual, que conocen estos caminos, sienten que si Dios no les da cruces es porque no las ama, y sufren: sufren por no sufrir, por no poder sufrir con su Amado. Al fin y al cabo, como dijo san Pablo de la Cruz, “el amor hace suyas las penas del Amado”.

Y ¿cuál es la forma de corresponder a semejante acto de predilección? Aceptar cada situación, tal como venga, sabiendo que de Él, el Amor de los amores, “no pueden salir sino cosas buenas para sus hijos”, como también afirmó san Pablo de la Cruz.

Eso es todo lo que nos toca hacer a sus hijos: recordar que lo que ocurre es permitido por Él para nuestro bien (Rm 8, 28), especialmente lo que aquí en la tierra llamamos “malo”, y que realmente siempre es bueno: nos da la auténtica felicidad y es el cauce para que Dios se sirva de nosotros para llevar a cabo su plan de salvación para el mundo.

Gustemos pues, de esa cruz que Dios nos permite, disfrutémosla comprendiendo que es la que la infinita Sabiduría planeó para nosotros desde la eternidad, a la medida exacta de nuestras necesidades, porque sabía que sin ella no encontraríamos el camino a la dicha sin fin.

Ahora sí podemos afirmar que cuando Él nos visita con la cruz es cuando más nos ama.

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