Hacia la unión con Dios

Ciclo C, IV domingo de Adviento

Posted by pablofranciscomaurino en enero 1, 2010

«Me has preparado un cuerpo»

Ofrecer sacrificios a sus dioses ha sido una idea predominante en casi todas las religiones. Machos cabríos, toros, tórtolas, pichones y otros animales se inmolaban al Señor en el tiempo de Jesús, buscando con esa sangre, la remisión de los pecados. Dondequiera, la conciencia humana tiene impreso el sello del pecado original y busca continuamente borrar esa herida.

Pero los holocaustos y sacrificios por el pecado no los recibió Dios, ya que eran despreciables y sin valor ante Él, eterno y todopoderoso. Sólo la oblación del cuerpo de Jesucristo y su preciosísima Sangre eran aceptas a su Padre.

Este único sacrificio que se repite, incruento, en cada misa a la que asistimos nos abrió de nuevo las puertas del Cielo.

Siete siglos antes estaba escrito: en Belén, pequeño entre los clanes de Judá, nacerá el Salvador.

Una mujer humilde que vivía en la ciudad que hoy se llama In Caria dice a su prima: Dichosa la que ha creído que se cumplirá lo que se le ha dicho de parte del Señor. Efectivamente, hacía pocos días que la Virgen, nuestra Madre, llevaba en su vientre al Verbo encarnado, que luego habría de derramar su Sangre y ofrecer su Cuerpo por nosotros.

Hoy estamos celebrando que ese embarazo llega casi a su fin, y nos aprestamos a observar —de nuevo, y con el alma abierta a las gracias que Dios da por estos días— el espectáculo más grande que puede ver un ser humano: Dios–Hombre, perfecto Dios y perfecto hombre, en una pequeña criatura que, como todos, sonríe al ver a su Madre, llora cuando tiene hambre, se duerme al son de la canción de cuna que, con una sonrisa, le canta la santísima Virgen María…

Con ese corazón humano que palpita hoy, siete días antes del parto, nos ama a cada uno de nosotros; nos lo demostrará entregándose para pagar todas nuestras culpas, sufriendo lo indecible y muriendo por nosotros.

¿Lo amamos así?

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