Hacia la unión con Dios

Archive for 19 abril 2010

Ciclo C, II domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2010

¡Y se nos perdonan los pecados!

 

Algunos dicen que se confiesan directamente con Dios; que el sacerdote es, a veces, otro pecador como cualquiera de nosotros o incluso peor, y que Dios no necesita intermediarios.

¿No sería bueno creer al único que no se ha equivocado jamás?, ¿al amigo que dio la vida por sus amigos?, ¿al que ha vencido a la muerte?, ¿al único que ha resucitado?

Efectivamente, en el Evangelio de hoy se nos cuenta que, después de resucitado, Jesús dijo a los doce: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados…».

Dios, que sabe nuestra debilidad para entender, quiso resucitar antes de instituir el Sacramento de la Reconciliación, para que creyéramos: el portentoso milagro de la Resurrección precedió al milagro de amor de Dios por el cual los sacerdotes reciben de Él poder para perdonar en su Nombre. Es como si quisiera decirnos: «Te demuestro mi poder volviendo a la vida, para que sepas que yo tengo el poder de perdonarte, si sigues mis indicaciones: si te confiesas con un sacerdote.

Fue Él quien nos creó, quien nos dio todo lo que tenemos, quien nos salvó de la muerte eterna; por Él, ahora podemos vivir eternamente. Y a Él (el sacerdote es Cristo que perdona) es a quien acudimos en busca del perdón.

Pero eso sólo será posible si seguimos las reglas que Él puso: primero: nuestro sincero arrepentimiento; segundo: que hagamos el propósito firme de no volver a pecar; y tercero: que tengamos la humildad de contar a otro mortal nuestros pecados, que otro pecador escuche nuestras faltas.

Ante esa humildad de quienes se declaran culpables, en vez del castigo que merecen, por su infinita misericordia, los perdona, una y otra vez…, y ¡cuantas veces sea necesario!

Es el camino que Dios nos preparó; y en él está nuestra salvación. Sigámoslo, y encontraremos la felicidad.

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Ciclo C, III domingo de Pascua

Posted by pablofranciscomaurino en abril 19, 2010

Obedecer a Dios antes que a los hombres

 

Azotaron a los apóstoles y les prohibieron hablar en nombre de Jesús.

Y, sin embargo, dijeron: Hay que obedecer primero a Dios que a los hombres.

¿Actuamos igual los cristianos de hoy? Cuando sentimos en nuestro interior la lucha entre las pasiones y la gracia, ¿nos dejamos dominar por el respeto humano o por un excesivo amor propio?

O, por el contrario, obedecemos a Dios sin importar las consecuencias.

¿No es verdad que cuando se nos presenta una tentación o nos vemos en peligro de pecar, dejándonos cegar, procuramos convencernos de que en aquello no hay ningún mal ni corremos peligro alguno, que tenemos bastante talento para juzgar por nosotros mismos y que no necesitamos pedir consejo?

Tememos ponernos en ridículo a los ojos del mundo… Nos falta energía para resistir y, cerrándonos al impulso de la gracia, de esa ocasión caemos en otra, hasta llegar, cediendo como Pilatos, a entregar a Jesús en manos de Herodes.

En cambio, leemos de nuevo lo que hacían los primeros cristianos: obedecían primero a Dios, aunque les costara azotes, ¡o la misma muerte! Eran capaces de dar la vida antes de desobedecer a Dios.

Por eso, porque Jesús sabía de qué serían capaces sus discípulos, es que les dice, después de resucitado: «Echad la red a la derecha» Y, después, no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Que esos ciento cincuenta y tres peces grandes nos quedan como recuerdo de que no vale la pena angustiarse por las cosas materiales, que Dios lo puede todo, que él siempre está con nosotros, que nada es tan necesario como nos parece a nosotros, que lo único que importa es hacer la voluntad de Dios.

Así, esos pobres e ignorantes doce, con la fuerza de Dios, iniciaron la era del cristianismo y la esparcieron por el mundo entero.

Y los cristianos de hoy podemos —¡y debemos!— seguir difundiendo por todas partes este mensaje, para cambiar el mundo.

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Oración por los sacerdotes*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 16, 2010

 

Por la intercesión de San Juan María Vianney, patrono de los sacerdotes, humildemente te suplicamos que nos concedas sacerdotes santos: pastores según tu corazón de Buen Pastor. Que se renueven interiormente en el redescubrimiento alegre de su propia identidad sacerdotal. Infunde en sus corazones de pastores fidelidad a tu proyecto de salvación, perseverancia en la vocación y santidad de vida. Infúndeles valor para que puedan fecundar el campo de Dios con la sabiduría de tus palabras que dan Vida Eterna.

Sigue enviando pastores para servir, enseñar y santificar a tu Pueblo y guiarlo por las sendas del amor y del compromiso cristiano. Manda nuevos obreros a la abundante mies de tu Iglesia y toca el corazón de los cristianos para que ayuden a las vocaciones.

Mira con ojos de Buen Maestro a tus seminarios y a las facultades de teología, y haz que todos nos interesemos en la promoción y cuidado de las vocaciones y por los seminaristas, tus discípulos de hoy y nuestros sacerdotes de mañana.

Ayúdanos a todos los miembros de tu Iglesia a redescubrir la belleza y la importancia del sacerdocio.

Concédenos verdadero amor cristiano y responsabilidad eclesial para que con comprensión, afecto y respeto por tus sacerdotes los apoyemos y ayudemos eficazmente en su tarea evangelizadora.

Te lo pedimos por intercesión de María, Reina de los Apóstoles, y del Santo Cura de Ars, patrono de los sacerdotes. Amén.

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Ante los terribles escándalos de la Iglesia*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 15, 2010

 

Homilía del sacerdote Franciscano P. Roger J. Landry, pronunciada en la Parroquia del

Espíritu Santo en Fall River, MA (Estados Unidos)

Fuente: Texto enviado por Raymundo Trujillo

Es un escándalo mayúsculo; muchas personas que durante largo tiempo han tenido aversión a la Iglesia a causa de alguna de sus enseñanzas morales o doctrinales, lo están usando como pretexto para atacar a la Iglesia como un todo, tratando de significar que, después de todo, ellos tenían razón. Muchas personas se han acercado a mí para hablar del asunto. Muchas otras hubieran querido hacerlo, pero creo que por respeto y por no querer sacar a relucir lo que consideran malas noticias, se abstuvieron; pero para mí era obvio que estaba en su mente. Y por eso, hoy quiero atacar el asunto de frente. Ustedes tienen derecho a ello.

No podemos fingir, como si no hubiera sucedido. Yo quisiera discutir cuál debe ser nuestra respuesta como fieles católicos a este terrible escándalo. Lo primero que necesitamos hacer es entenderlo a la luz de nuestra fe en el Señor. Antes de elegir a sus primeros discípulos, Jesús subió a la montaña a orar toda la noche. En ese tiempo tenía muchos seguidores. Habló a Su Padre en oración acerca de a quiénes elegiría para que fueran sus doce Apóstoles, los doce que Él formaría íntimamente, los doce a quienes enviaría a predicar la Buena Nueva en su Nombre. Les dio el poder de expulsar a los demonios. Les dio el poder para curar a los enfermos. Ellos vieron como Jesús obró incontables milagros, y ellos mismos obraron en su Nombre numerosos milagros.

Pero, a pesar de todo, uno de ellos fue un traidor. Uno que había seguido al Señor, uno de los que le lavó los pies, que lo vio caminar sobre las aguas, resucitar a personas de entre los muertos y perdonar a los pecadores, traicionó al Señor. El Evangelio nos dice que Él permitió que Satanás entrara en él, y luego vendió al Señor por treinta monedas, en Getsemaní, simulando un acto de amor para entregarlo. “¡Judas —le dijo Jesús en el huerto de Getsemaní—, con un beso entregas al Hijo del hombre!”

Jesús no eligió a Judas para que lo traicionara. Lo eligió para que fuera como todos los demás. Pero Judas fue siempre libre, y usó su libertad para permitir que Satanás entrara en él y, por su traición, termino haciendo que Jesús fuera crucificado y ejecutado.

Así que, de los primeros doce Jesús mismo eligió, uno fue un terrible traidor. A veces los elegidos de Dios lo traicionan. Este es un hecho que debemos asumir. Es un hecho que la primera Iglesia asumió.

Si el escándalo causado por Judas hubiera sido lo único en lo que los miembros de la primera Iglesia se hubieran centrado, la Iglesia habría estado acabada antes de comenzar a crecer.

En vez de ello, la Iglesia reconoció que no se juzga algo por aquellos que no lo viven, sino por quienes sí lo viven. En vez de centrarse en aquél que traicionó a Jesús, se centraron en los otros once, gracias a cuya labor, predicación, milagros y amor por Cristo, nosotros estarnos aquí hoy. Los otros once —excepto san Juan— fueron martirizados por Cristo y por el Evangelio;  estuvieron dispuestos a dar sus vidas para proclamarlo. Gracias a esos otros once nosotros llegamos a escuchar la palabra salvífica de Dios y recibimos los Sacramentos de la vida eterna.

Hoy somos confrontados por esa misma realidad. Podemos centrarnos en aquellos que traicionaron al Señor, aquellos que abusaron en vez de amar a quien estaban llamados a servir; o, como la primera Iglesia, podemos enfocarnos en los demás, en los que han permanecido fieles, esos sacerdotes que siguen ofreciendo sus vidas para servir a Cristo y para servirlos a ustedes por amor. Los medios casi nunca prestan atención a los buenos “once”, aquellos a quienes Jesús escogió y que permanecieron fieles, que vivieron una vida de silenciosa santidad. Nosotros —la Iglesia— debemos ver el terrible escándalo que se presenta ante nuestros ojos bajo una perspectiva auténtica y completa.

El escándalo desafortunadamente no es algo nuevo para la Iglesia. Hubo muchas épocas en su historia, en las que estuvo peor que ahora. La historia de la Iglesia es como la definición matemática del coseno, es decir, una curva oscilatoria con movimientos de péndulo, con bajas y altas a lo largo de los siglos. En cada una de esas épocas, cuando la Iglesia llegó a su punto más bajo, Dios elevó a tremendos santos que llevaron a la Iglesia de regreso a su verdadera misión. Es casi como si en aquellos momentos de oscuridad la Luz de Cristo brillara más intensamente.

Quisiera centrarme un poco en un par de santos a quienes Dios hizo surgir en esos tiempos tan difíciles, porque su sabiduría realmente puede guiarnos durante este tiempo difícil.

San Francisco de Sales fue un santo a quien Dios hizo surgir justo después de la Reforma Protestante. La Reforma Protestante no brotó fundamentalmente por aspectos teológicos, por asuntos de fe —las diferencias teológicas aparecieron después—, sino por aspectos morales. Había un sacerdote agustino, Martín Lutero, quien fue a Roma durante el papado más notorio de la historia, el del Papa Alejandro VI. Este Papa jamás enseñó nada contra la fe —el Espíritu Santo lo evitó—, pero fue simplemente un hombre malvado. Tuvo nueve hijos de seis diferentes concubinas. Llevó a cabo acciones contra aquellos que consideraba sus enemigos. Martín Lutero visitó Roma durante su papado, y se preguntaba cómo Dios podía permitir que un hombre tan malvado fuera la cabeza visible de su Iglesia. Regresó a Alemania, y observó toda clase de problemas morales:

Muchos sacerdotes vivían abiertamente relaciones con mujeres. Algunos trataban de obtener ganancias vendiendo bienes espirituales. Primaba una inmoralidad terrible entre los laicos católicos. Él se escandalizó, como le hubiera ocurrido a cualquiera que amara a Dios, por esos abusos desenfrenados. Así que inició la Reforma. Eventualmente, Dios hizo sufrir a muchos santos, que combatieran esta solución equivocada y trajeran de regreso a numerosas personas a la Iglesia fundada por Cristo.

San Francisco de Sales fue uno de ellos. Poniendo en riesgo su vida, recorrió Suiza (donde los calvinistas eran muy populares), predicando el Evangelio con verdad y amor. Muchas veces fue golpeado en su camino y dejado por muerto. Un día le preguntaron cuál era su postura con relación a los escándalos que causaban tantos de sus hermanos sacerdotes. Lo que él dijo es tan importante para nosotros hoy como lo fue en aquel entonces para quienes lo escucharon; no se anduvo con rodeos. Dijo: “Quienes cometen ese tipo de escándalos son culpables, y su culpa es el equivalente espiritual a un asesinato pues, con su pésimo ejemplo, están destruyendo la fe de otras personas en Dios”. Pero al mismo tiempo advirtió a sus oyentes: “Pero yo estoy aquí entre ustedes hoy para evitarles un mal aún peor: mientras que aquellos que causan el escándalo son culpables de asesinato espiritual, los que acogen el escándalo —los que permiten que los escándalos destruyan su fe—, son culpables de suicidio espiritual.” 

Son culpables, dijo él, “de cortar de tajo su vida con Cristo, abandonando la fuente de vida de los Sacramentos, especialmente la Eucaristía”. San Francisco de Sales anduvo entre la gente de Suiza tratando de prevenir que cometieran el suicidio espiritual a causa de los escándalos. Y yo estoy aquí hoy para predicarles lo mismo a ustedes. ¿Cuál debe ser entonces nuestra reacción?

Otro gran santo que vivió en tiempos particularmente difíciles también puede ayudarnos: el gran san Francisco de Asís. Fue una época de inmoralidad terrible en Italia central. Los sacerdotes daban ejemplos espantosos. La inmoralidad de los laicos era aún peor. San Francisco mismo, siendo joven, había escandalizado a otros con su manera despreocupada de vivir. Pero se convirtió al Señor, fundó a los Frailes menores, ayudó a Dios a reconstruir su Iglesia y llegó a ser uno de los más grandes santos de todos los tiempos.

Una vez, uno de los hermanos de la Orden le hizo una pregunta; este hermano era muy susceptible a los escándalos. “Hermano Francisco —le dijo— ¿qué harías tú si supieras que el sacerdote que está celebrando la Misa tiene tres concubinas a su lado?” Francisco, sin dudar un sólo instante, le dijo muy despacio: “Cuando llegara la hora de la Sagrada Comunión, iría a recibir el Sagrado Cuerpo de mi Señor de las manos ungidas de ese sacerdote.” 

¿A dónde quiso llegar Francisco? Él quiso dejar en claro una verdad formidable de la fe y un don extraordinario del Señor. Sin importar cuán pecador pueda ser un sacerdote, siempre y cuando tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia —en Misa, por ejemplo, cambiar el pan y el vino en la carne y la sangre de Cristo, o en la confesión, perdonar los pecados del penitente—, Cristo mismo actúa en los Sacramentos a través de ese ministro,  sin importar cuán pecador sea él en lo personal. Así como cuando el Papa celebra la Misa, cuando un sacerdote condenado a muerte por un crimen celebra la Misa, es Cristo mismo quien actúa y nos da su Cuerpo y su Sangre.

Así que lo que Francisco estaba diciendo en respuesta a la pregunta de su hermano religioso, al manifestarle que él recibiría el Sagrado Cuerpo de su Señor de las manos ungidas del sacerdote, es que no iba a permitir que la maldad o inmoralidad del sacerdote lo llevaran a cometer suicidio espiritual. Cristo puede seguir actuando y de hecho actúa incluso a través del más pecador de los sacerdotes. ¡Y gracias a Dios que lo hace!

Si tuviéramos que depender de la santidad personal del sacerdote, estaríamos en graves problemas.

Los sacerdotes son elegidos por Dios de entre los hombres, y son tentados como cualquier ser humano y caen en pecado como cualquier ser humano. Pero Dios lo sabía desde el principio. Once de los primeros doce Apóstoles se dispersaron cuando Cristo fue arrestado, pero regresaron; uno de los doce traicionó al Señor y tristemente nunca regresó.

Es que Dios ha hecho los sacramentos esencialmente “a prueba de los sacerdotes”, en cuanto se refiere  a su santidad personal. No importa cuán santos o cuán malvados sean, siempre y cuando tengan la intención de hacer lo que hace la Iglesia, entonces actúa Cristo mismo, tal como actuó a través de Judas cuando Judas expulsó demonios y curó enfermos.

Así que, de nuevo, les pregunto: ¿Cuál debe ser la respuesta de la Iglesia a estos actos? Se ha hablado mucho al respecto en los medios. ¿Tiene la Iglesia que trabajar mejor, asegurándose que nadie con predisposición a la pedofilia sea ordenado? Absolutamente sí. Pero esto no sería suficiente. ¿Tiene la Iglesia que actuar mejor para tratar estos casos cuando sean reportados? La Iglesia ha cambiado su manera de abordar estos casos, y hoy la situación es mucho mejor de lo que fue en los años ochenta, pero siempre puede ser perfeccionada. Pero aún esto no sería suficiente. ¿Tenemos que hacer más para apoyar a las víctimas de tales abusos? ¡Sí, tenemos que hacerlo, tanto por justicia como por amor! Pero ni siquiera esto es lo adecuado. El Cardenal Law ha hecho que la mayoría de los rectores de las escuelas de medicina en Boston trabajen en el establecimiento de un centro para la prevención del abuso en niños, que es algo que todos nosotros debemos apoyar. Pero ni siquiera esto es una respuesta suficiente La única respuesta adecuada a este terrible escándalo —como San Francisco de Sales lo recomendó, junto con incontables santos en cada siglo— es ¡la santidad!

¡Toda crisis que enfrenta la Iglesia, toda crisis que el mundo enfrenta, es una crisis de santidad! La santidad es crucial, porque es el rostro auténtico de la Iglesia. Siempre hay personas —un sacerdote se encuentra con ellas regularmente, ustedes probablemente conocen a varias de ellas también—, que usan excusas para justificar por qué no practican su fe, por qué lentamente están cometiendo suicidio espiritual. Puede ser porque una monja se portó mal con ellos cuando tenían 9 años. O porque no entienden las enseñanzas de la Iglesia sobre algún asunto particular.

Indudablemente habrá muchas personas estos días —y ustedes probablemente se encontraran con ellas— que dirán: “¿Para qué practicar la fe, para qué ir a la Iglesia, si la Iglesia no puede ser verdadera, cuando los así llamados elegidos son capaces de hacer el tipo de cosas que hemos estado leyendo?” Este escándalo es como un perchero enorme donde algunos trataran de colgar su fe. Por eso es que la santidad es tan importante. Estas personas necesitan encontrar en todos nosotros una razón para tener fe, una razón para tener esperanza, una razón para responder con amor al amor del Señor.

Las bienaventuranzas que leemos en el Evangelio son una receta para la santidad. Todos necesitamos vivirlas más. ¿Tienen que ser más santos los sacerdotes? Seguro que sí. ¿Tienen que ser más santos los religiosos y religiosas, y dar un testimonio aun mayor de Dios y del Cielo? Absolutamente. Pero todas las personas en la Iglesia tienen que hacerlo, ¡incluyendo a los seglares! Todos tenemos la vocación —el llamado de Dios— a ser santos, y esta crisis es una llamada para que despertemos.

Estos son tiempos duros para ser sacerdote hoy. Son tiempos duros para ser católicos hoy. Pero también son tiempos magníficos para ser un sacerdote hoy y tiempos magníficos para ser católicos hoy. Jesús dice en las bienaventuranzas: “Bienaventurados serán cuando los injurien, los persigan y digan con mentira toda clase de mal contra ustedes por mi causa. Alégrense y regocíjense, porque su recompensa será grande en los Cielos, pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a ustedes”. Yo he experimentado de primera mano esta bienaventuranza, al igual que otros sacerdotes que conozco.

A principios de esta semana, cuando terminé de hacer ejercicio en un gimnasio local, salía yo del vestidor con mi traje negro de clérigo. Una madre, apenas me vio, inmediata y apresuradamente, apartó a sus hijos del camino y los “protegió de mí” mientras yo pasaba. Me miró cuando pasé y, cuando me había alejado lo suficiente, respiró aliviada y soltó a sus hijos corno si yo fuera a atacarlos a mitad de la tarde en un club deportivo.

Pero mientras que todos nosotros quizá tengamos que padecer tales insultos y falsedades por causa de Cristo, de hecho debemos regocijarnos. Es un tiempo fantástico para ser cristianos hoy, porque es un tiempo en el que Dios realmente necesita de nosotros para mostrar su verdadero Rostro. En tiempos pasados la Iglesia era respetada. Los sacerdotes eran respetados. La Iglesia tenía reputación de santidad y bondad. Pero ya no es así. Uno de los más grandes predicadores en la historia, el Obispo Fulton J. Sheen, solía decir que él prefería vivir en tiempos en los que la Iglesia sufre en vez de cuando florece, cuando la Iglesia tiene que luchar, cuando la Iglesia tiene que ir contra la cultura.

Esas épocas son para que los verdaderos hombres y las verdaderas mujeres den un paso al frente y digan: “Hasta los cadáveres pueden flotar corriente abajo,”, señalando con esto que muchas personas salen adelante fácilmente cuando la Iglesia es respetada, “pero se necesita de verdaderos hombres, de verdaderas mujeres, para nadar contra la corriente.” ¡Qué verdad es esta!

Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para mantenerse a flote y nadar contra la corriente que se mueve en oposición a la Iglesia. Hay que ser un verdadero hombre y una verdadera mujer para reconocer que cuando se nada contra la corriente de las críticas estamos más seguros, permaneciendo adheridos a la Roca sobre la que Cristo fundó su Iglesia. Este es uno de esos tiempos. Es uno de los grandes momentos para ser cristianos.

Algunas personas predicen que la Iglesia pasará tiempos difíciles; y quizá será así. Pero la Iglesia sobrevivirá, porque el Señor se asegurará de que sobreviva. Una de las más grandes réplicas en la historia sucedió justamente hace unos doscientos años. El emperador francés Napoleón engullía con sus ejércitos a los países de Europa, con la intención final de dominar totalmente el mundo.

En aquel entonces dijo al Cardenal Consalvi: “Voy a desunir su Iglesia”. El Cardenal le contestó: “No, no podrá”. Napoleón dijo otra vez: ¡Voy a destruir su Iglesia!”. El Cardenal dijo confiado: “No, ¡no podrá! ¡Ni siquiera nosotros hemos podido hacerlo!” Si los malos Papas, los sacerdotes infieles y miles de pecadores en la Iglesia no han tenido éxito en destruirla desde su interior —le estaba diciendo implícitamente al general—, ¿cómo cree que Usted va a poder hacerlo?

El Cardenal apuntaba a una verdad crucial: Cristo nunca permitirá que su Iglesia fracase. El prometió que las puertas del infierno no prevalecerían sobre ella; que la barca de Pedro, la Iglesia que navega en el tiempo hacia su puerto eterno en el cielo, nunca se volcará, no porque aquellos que van en ella no cometan todos los pecados posibles para hundirla, sino porque Cristo, que también está en la barca, nunca permitirá que esto suceda. Cristo sigue en la barca y Él nunca la abandonará. La magnitud de este escándalo podría ser tal, que de ahora en adelante ustedes encuentren difícil confiar en los sacerdotes de la misma manera como lo hicieron en el pasado. Esto puede suceder y podría no ser tan malo. ¡Pero nunca pierdan la confianza en el Señor! ¡Es su Iglesia! Aun cuando algunos de sus elegidos lo hayan traicionado, Él llamará a otros que serán fieles, que los servirán a ustedes con el amor con el que merecen ser servidos, tal como ocurrió después de la muerte de Judas, cuando los once Apóstoles se pusieron de acuerdo y pidieron al Señor eligiera a alguien que tomara el lugar de Judas, y escogieron al hombre que terminó siendo san Matías y quien proclamó fielmente el Evangelio hasta ser martirizado por él.

¡Este es un tiempo en el que todos nosotros necesitamos concentrarnos aún más en la santidad! ¡Estamos llamados a ser santos! ¡Cuánto necesita nuestra sociedad ver ese rostro hermoso y radiante de la Iglesia! Ustedes son parte de la solución, una parte fundamental de la solución. Y, cuando caminen hoy para recibir de las manos ungidas de este sacerdote el Sagrado Cuerpo del Señor, pídanle a Él que los llene de un deseo real de santidad, un deseo real de mostrar su autentico Rostro.

Una de las razones por las que yo estoy aquí como sacerdote para ustedes hoy es porque, siendo joven, me impresionaron negativamente algunos de los sacerdotes que conocí. Los veía celebrar la Misa, y casi sin reverencia alguna dejaban caer el Cuerpo del Señor en la patena, como si tuvieran en sus manos algo de poco valor, en vez del Creador y Salvador de todos, en vez de a mi Creador y Salvador. Recuerdo haberle dicho al Señor, reiterando mi deseo de ser sacerdote: “¡Señor, por favor, déjame ser sacerdote para que pueda tratarte como Tú mereces!”. Eso me dio un ardiente deseo de servir al Señor. Quizá este escándalo les permita a ustedes hacer lo mismo. Este escándalo puede ser algo que los conduzca por el camino del suicidio espiritual o algo que los inspire a decir, finalmente, “Quiero ser santo, para que yo y la Iglesia podamos glorificar tu Nombre como Tú lo mereces, para que otros puedan encontrarte en el amor y la salvación que yo he encontrado.” Jesús está con nosotros, como lo prometió, hasta el final de los tiempos. Él sigue en la barca.

A partir de la traición de Judas, Él alcanzo la más grande victoria en la historia del mundo: nuestra salvación por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección; también a través de este episodio, Él puede y quiere atraer un nuevo renacimiento de la santidad, para lanzar unos nuevos Hechos de los Apóstoles en el siglo XXI, con cada uno de nosotros —y esto te incluye a ti—, jugando un papel estelar.

Ahora es el tiempo para que los verdaderos hombres y mujeres de la Iglesia se pongan en pie. Ahora es el tiempo de los santos. ¿Cómo vas a responder tú?

  

 

 

 

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Ciclo C, domingo de Resurrección

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

Una vida sin sentido

 

Es muy triste encontrarse con tantas personas que viven inconscientemente: no saben de dónde vienen, para dónde van ni cuál es el sentido de su existencia; nacen, crecen, se reproducen y mueren, como los animales. Sí: usan la inteligencia que Dios les dio para trabajar, ganar dinero y disfrutar, pero no saben por qué o para qué lo hacen… Se podría decir que simplemente sobreviven.

Desconocen que Dios los creó con una finalidad, que el ser humano dañó con su libertad el plan de Dios y que ese mismo Dios vino hecho hombre, entre otras cosas, para dar un sentido a sus vidas.

Como lo dice hoy san Pedro, pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, es decir: liberando al hombre de sus esclavitudes: el placer, el tener, el poder y la fama.

Pero parece que ese ser humano todavía no se hubiera enterado: son muchos los que siguen esclavizados… Y esas esclavitudes le impiden hacer consciencia de su gran valor, de su dignidad: se olvidan de que son inmensamente superiores a los animales y que, por lo tanto, nunca se satisfarán si su vida no tiene una finalidad.

San Pablo lo grita en la segunda lectura: «Hermanos: Ya que han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.» ¡Hemos resucitado con Cristo!: esto significa que somos criaturas nuevas, que debemos aspirar a los bienes de arriba: ¡a la vida eterna!

Es que el Ser Humano —con mayúscula, porque fue hecho a imagen del mismo Dios— no fue creado para menos y, en consecuencia, no se debe contentar con menos: ¡fuimos creados para la eternidad! Y mientras no la aseguremos no seremos felices.

Hagamos lo que hizo el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro de Jesús: vio y creyó, pues hasta entonces no había entendido que la vida tiene un sentido. Y ahora nosotros también lo sabemos.

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La purificación del amor*

Posted by pablofranciscomaurino en abril 12, 2010

 

El amor en las almas de elección es una tendencia hacia Dios y hacia cuanto se relaciona con Él; tendencia que con el ejercicio y el sacrificio crece y crece hasta poder llamarse incendio. Este incendio lleva al alma hacia la unión con Dios de un modo irresistible, por decirlo así.

No sucede esto del mismo modo en las almas ordina­rias, en las cuales el amor no es una tendencia sino un esfuerzo del alma hacia Dios. Este esfuerzo naturalmente va haciéndose fácil a medida que el alma se ejercita en las obras del amor, y si es fiel puede granjearse la predilección de Dios, y su amor crece y crece hasta ha­cerse incendio, como se ha dicho, en las almas de espe­cial elección de Dios.

Pero en ambos casos el Amor se resiente de nuestra imperfección, y es como el agua que toma la forma de la vasija que la contiene, porque el Amor se va amoldando al ser y modo natural del sujeto que lo recibe, resultando imperfecto como es él. Como Dios es la pureza y simplicidad por excelencia, natural­mente le desagradan estas imperfecciones; por eso el Espíritu Santo mismo se encarga de purificar este amor por medio de un admirable proceso, lento a veces, pero seguro siempre. A esto llamamos la purificación del amor y por ella, como se ha dicho, Dios se convierte para el alma en amarguísima mirra[1].

El proceso se verificará más o menos así:

El alma plena de este divinísimo amor, fuente de ale­grías celestiales, origen de plenitudes desconocidas fuera de él, siente que se entrega a él, con dulzuras y alegrías inefables que la hacen exclamar llena de júbilo, palabras de amor.

Otras veces se muestra satisfecha por la perfección de su Amado, y convida a todas las criaturas para que la ayuden a cantar su amor. Su vida es un festín de alegrías y dulzuras incom­prensibles para los mundanos. Ella, es decir, el alma herida por este amor, echa lejos de sí los afectos de la tierra, y ama la soledad porque en ella se le comunica el Amado de su corazón; por eso guarda su secreto llena de júbilo.

Mas este amor, por muy puro que parezca, en el fon­do tiene algo humano, algo de satisfacción propia, al­guna de tantas malezas de las que sabe producir la naturaleza humana caída, y que le impiden el brillo diamantino que debe tener a los ojos de Dios.

Pero aguardad: Dios va a purificarlo de su escoria para que nada lo empañe.

Esta alma que estaba embriagada de amor, comienza a sentir desolaciones hon­das e inexplicables ansias insaciables,… ¡languideces ex­trañas!… ¡Busca por donde quiera al Amado de su alma, a quien cree haber perdido! Inquiere por todas partes… Pregunta a su propia conciencia… pulsa su corazón… Como no obtiene respuesta, se vuelve al mismo Amado y llorosa dice: “¿En dónde puede encontrarte mi alma que está abrasada en ansias de un amor desolado; dónde he de buscarte, dulzura mía?”

Así, estas desolaciones, ansias y embriagueces amoro­samente dolorosas van arrancando del alma los gustos de la tierra que en ella permanecían, a pesar de todo le van quitando el amor a las satisfaccioncillas; los pequeños in­tereses propios que lleva como ocultos, se le acaban. El amor se hace menos sensible, se simplifica. Desaparece el apego a las prácticas exteriores. El sufrimiento comienza a serle amable y como de imperiosa necesidad.

¡Ay! el alma así herida llega por fin al “Sólo Dios basta” de Santa Teresa y, como quien pasa de un hemisferio a otro, se encuentra en una vida completamente nueva. Nada echa de menos y lo tiene todo, sin tener nada. La vehemencia de los deseos cede su puesto a la dulce tran­quilidad de una plenitud desconocida. Parece que todo calla en su interior y que el exterior, aunque sea turbulen­to, difícil, no penetra en ella. He aquí la transición.

Es que el amor purificado trae su atmósfera propia. Un vacío de criaturas, una como especie de dejadez y abandono amoroso, suceden a aquel abismo insondable de desolaciones y penas interiores. Ella misma cree ha­ber desaparecido y la paz de aquella alma es mar sin riberas. Cierta placidez se refleja en su semblante y la bondad de su corazón hacia el prójimo parece que se refina en condescendencias inesperadas.

Pero, deja alma afortunada que la herida aún no ha adquirido toda su profundidad. Esta plácida tarde de ve­rano ha de transformarse en mar de amarguras dulces y de negruras luminosas. Bien pronto destacará en aquella llaga de amor, un punto nuevo doloroso.

Una amargura que se parece a la ausencia de Dios que sentía en los principios de la desolación amarga se pre­senta entonces; pero bien comprende el alma que Dios está con ella. Es una pena honda… honda… Quizás sea la repercusión sentida y como grabada en la parte supe­rior del espíritu, del reposado deseo que Dios tiene de unírsele, de fundirla en Él, y el alma afortunada no sabe explicársela. Esto constituye un dolor fino y recio que la hiere duramente y que es el medio de Dios para terminar la lenta purificación de aquel amor.

En este estado el alma, libre de todo lazo de interés propio, hace suyos los intereses de Dios. La voluntad lle­na de energía para todo aquello que se refiere al bien de Dios, unificándose con la de Él, parece que se pierde en ella. No sabe ya querer lo que Dios no quiere y quiere lo que Él quiere como en el mismo querer de Dios. Dice entonces con San Pablo: “Vivo mas no vivo yo, sino que Cristo vive en mí”.

Y he ahí la etapa del celo que consume. “Dame almas y toma lo demás”, es lo único que dice. El celo, en este estado del alma, es como la válvula que da salida a las avenidas del Amor y alivia el alma que sólo se alimenta del los sacrificios que Él le impone. Como cierva herida, clama por la gloria de su Señor y no tiene consuelo si no la ve cumplida y he aquí el mar de dolor, del cual el alma no quiere por ninguna cosa, ni del cielo ni de la tierra, aliviarse.

Nada busca ya para ella; ya ha muerto místicamente y sólo suspira por la extensión de la gloria de Dios; tiene sed abrasadora de darle lo que Él con tanto afán busca: las almas. Quisiera no sólo darle las que ya están creadas sino crearle millones más para coronarlo. Surgen enton­ces mil deseos imposibles, que Dios recibe como realida­des. Ella quiere darle a Dios lo mismo que tiene, como si de ello careciera. Quiere con vivas ansias que termine pronto el imperio del pecado y gime por no realizar este deseo; quiere tener millones de corazones para amar y entrañas para envolver al prójimo. En medio del casi in­menso dolor que la hace sentir el ver a Dios ofendido, quiere morir y exclama con Santa Magdalena de Pazzis: “Padecer y no morir…”.

Hace entonces suyos las lamentaciones de Jeremías por la desolación de la gloria de Dios menoscabada. Ya pide a los peñascos sus cuevas para retirarse a llorar el desconocimiento de Dios, ya quiere como los cautivos de Israel colgar su arpa de los cipreses a orillas de los ríos de Babilonia, porque no quiere cantos en la tierra de los pecadores. No quiere consuelo mientras el Dios de su alma no sea amado de todos.

En fin, esta alma feliz vive de amor muriendo y quiere recibir en sí todos los tiros que el pecado asesta contra la gloria de su Amado. Y en el mar de su dolor, Dios es para ella, como dice el Cantar de los Cantares: “Hacecito de mirra”. Es decir que la amargura que le causa estará siempre con ella.

Efectivamente, esta pena, esta agonía interior, la acom­pañará hasta que, al dejar la tierra, suba como incienso de suave olor, a gozar de la gloria del que tanto amó y por quien tanto sufrió, en compañía de la legión de al­mas, hijas de su celo, frutos de su martirio.

Estas almas, aunque estén en lo más recóndito de una cartuja, son esencialmente apostólicas porque así lo re­quiere la fuerza de su amor; salvan las almas como los más denodados misioneros y son poderosos ante Dios de modo estupendo.

La meditación asidua de la Sagrada Pasión

Las almas que tienen atractivo especial por los miste­rios de la Pasión, se alimentan del amor de compasión y reciben, por medio de él, los fenómenos de purificación de que hemos hablado antes; y aunque sus agonías y penas interiores son ordinariamente de otro género, las llevan a un resultado semejante y terminan en una altura que, delante de Dios, da el rendimiento del más subido apostolado, si el alma es constantemente fiel.

Para estas almas llega del mismo modo Dios a ser manojito de mirra porque se empapan en los dolores de Jesús en su Sagrada Pasión, la meditan contemplando la Divinidad tan inseparable y misteriosamente unida a ese Cuerpo y Alma oprimidos por el dolor y la humilla­ción, y cada uno de los atributos divinos va produciendo en aquellas almas, a través del amor de compasión, una influencia purificadora de conocimiento y de amor. Aún en los menores detalles de la Sagrada Pasión, ven flotar las grandezas de la Divinidad, y por eso su meditación es propiamente una subida contemplación. Los dolores ínti­mos de Jesús tocan la fibra más delicada de esas almas, porque conocen que el origen de su intensidad son los atributos de la divinidad, en ellos reflejada.

Estas almas llegan a reflejar en sí el majestuoso dolor de pésame que brota la Pasión de Jesús, y comprenden de modo estupendo —insondable— la amargura del amabi­lísimo Corazón de Jesús, bajo cuyo conocimiento parece que se aniquilan delante de Dios.

Venturosas almas que purificadas por el amor de com­pasión, abrazando el Crucifijo y con Él, los intereses de Dios menoscabados en el mundo, gritan como la Esposa de los Cantares: “Manojito de mirra es mi Amado para mí”.

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* Introducción del libro: Manojitos de mirra, de la beata Laura Montoya

   Hermanas Lauritas: cra. 4 nº 11-45 sur, Bogotá, Colombia. Tel.: 3335542


[1] Entiéndase que la mirra es una resina fina, olorosa y amarga, perfecto símbolo de la Pa­sión de Jesús que es fino amor, perfume delicado del alma, que la contempla y amargura honda y profunda para el corazón amante y agradecido

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Fórmulas para iniciar y terminar la oración metal

Posted by pablofranciscomaurino en abril 7, 2010

PARA INICIAR:

Por la señal de la santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Madre mía inmaculada, san José y todos los santos, intercedan por mí. Arcángel san Miguel, ángel de mi guarda y todos los ángeles, intercedan por mí.

Señor mío, Dios mío y Padre mío, creo firmemente que estás aquí, que me ves, que me oyes, te adoro con profunda reverencia, te pido perdón por mis pecados y gracia para hacer con fruto este rato de oración.

PARA FINALIZAR:

Te doy gracias, Dios mío, por los buenos propósitos, afectos e inspiraciones que me has comunicado en este rato de oración; te pido ayuda para ponerlos por obra.

Madre mía inmaculada, san José y todos los santos, intercedan por mí. Arcángel san Miguel, ángel de mi guarda y todos los ángeles, intercedan por mí.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

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