Hacia la unión con Dios

La Muerte Mística, en la beata Isabel de la Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en mayo 11, 2010

  

«Me parece que todo es pérdida desde que sé lo que tiene de trascendente el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por su amor lo he perdido todo, teniendo todas las cosas por basura para ganar a Cristo, y ser encontrada en Él, no con mi propia justicia, sino con la justicia que viene de Dios por la fe. Lo que quiero es conocerlo, a Él, y la potencia de su resurrección, y la comunión en sus sufrimientos, esto es ¡conformarme a su muer­te!… Prosigo mi carrera, procurando llegar allí a donde Cristo me ha destinado al tomarme. Todo mi cuidado es olvidar lo que dejo atrás, tender constantemente hacia lo que está por venir. Corro derecho a la meta, al premio de la vocación celeste a la que Dios me ha llamado en Cristo Jesús» (Flp 3, 8-10 y 12-14). 

  

El Apóstol nos revela la grandeza de esta vocación, al decirnos: «Desde la eternidad Dios nos ha elegido para hacernos in­maculados, santos ante Él por el amor» (Ef 1, 4). Pero, para ser así «enraizados y fundamentados en la caridad» (Ef 3, 17), es decir: en Dios mismo («Deus charitas est») (1 Jn 4, 16), se exige salir de sí, una separación absoluta de todas las cosas; en una palabra: un estado de muerte, que entregue la criatura al Crea­dor. Cuando el alma, despegada de todo por la sencillez de la mirada con que ella contempla a su divino Objeto, se establece en ese estado bienaventurado del que habla San Pablo, cuando dice: «Vosotros estáis muertos, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3, 3), o también: «Nuestra vida está en los cielos» (Flp 3,20), todas sus potencias están ordenadas a Dios. Ella no vibra más que con el toque misterioso del Espíritu Santo, que la transforma en «la alabanza de gloria a que fue pre­destinada por un decreto del que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad» (Ef 1, 11-12). Entonces, en cada minuto que pasa, todos sus actos, movimientos, aspiraciones, al mis­mo tiempo que la «enraízan» más profundamente en el Ser divi­no, son otras tantas alabanzas, adoraciones y homenajes a su Santidad infinita. Todo en ella da «testimonio de la verdad» (Jn 1 18, 37), y glorifica a Aquel que ha dicho: «Sed santos, porque yo soy Santo» (1 Pe 1, 16). 

  

18 de octubre de 1905  

 

  Beata Isabel de la Trinidad 

    

 

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