Hacia la unión con Dios

Santísima Trinidad*

Posted by pablofranciscomaurino en junio 7, 2010

 

El Espíritu Santo, cuyo reinado se inaugura con la fiesta de Pentecostés, vuelve a inculcar a nuestras almas en esta segunda parte del año (desde Trinidad hasta Adviento), lo que Jesús nos enseñó en la pri­mera (del Adviento hasta la Trinidad).

El dogma fundamental, del que todo fluye y al que todo en el cristianismo viene a parar es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro en el curso del ciclo a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la Redención, y a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra san­tificación, la Iglesia nos incita hoy a la consideración y ren­dida adoración del gran mis­terio que nos hace reconocer y adorar en Dios la unidad de naturaleza en la trinidad de personas.

«Apenas hemos celebrado la venida del Espíritu Santo, cantamos la fiesta de la San­tísima Trinidad en el Oficio del Domingo que sigue —escri­bía san Ruperto en el siglo XII—, y este lugar está muy bien escogido, porque tan pronto como hubo bajado el Espíritu Santo, comenzó la predicación y la creencia; y, en el bautismo, la fe y la confesión en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»

Afirmaciones del dogma de la Trinidad se ven a granel en la Liturgia. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo empieza y termina la Misa y el Oficio divino y se confieren los Sacramentos. A todos los Salmos sigue el Gloria Patri…; los himnos acaban con la doxología y las oraciones por una con­clusión en honor de las Tres Divinas Personas. Dos veces se recuerda en la Misa que el Sacrificio se ofrece a la Trinidad beatísima[1].

Si queremos vernos siempre exentos de toda adversidad, hagamos hoy con la liturgia solemne profesión de fe en la santa y eterna Trinidad y en su indivisible Unidad, seguros de que la visión clara de Dios en el cielo será el premio de nuestra fe ciega en este como en los demás Misterios de nuestra Sacro­santa religión. Démosle también rendidas gracias por habérnoslo revelado; pues que, al revés de la existencia de Dios, no hubié­ramos los hombres podido ni sospechar tan sublime misterio, que aun cuando sea para nosotros oscuro, todavía nos permite conocer a Dios mejor que le conoció pueblo alguno de la tierra. El párroco celebra hoy la misa por sus feligreses.

Adaptado del Misal diario popular, Desclée, De Brouwer y Cia. Brujas, Bélgica

 


[1] El dogma de la Trinidad resplandeció también en nuestras iglesias. Nuestros Padres gozaban viendo en la altura, anchura y largura admirablemente propor­cionadas de esos edificios un símbolo de la Trinidad; lo mismo que en sus divisiones principales y en las secundarias: el santuario, el coro y la nave; las bóvedas, el triforio y la claraboya; las tres entradas, las tres puertas, los tres ventanales y a menudo también las tres torres. Por doquier, hasta en los detalles ornamentales, el número tres repetido sin cesar obedece a una idea, a la fe en la Trinidad.

También la iconografía cristiana tradujo de mil maneras este mismo pensamiento. Hasta el siglo XII a Dios Padre se lo representó por una mano que sale de las nubes y bendice. En esa mano se significa la divina omnipotencia. En los siglos XIII y XIV se ve ya la cara y luego el busto del Padre, el cual, desde el siglo XV es representado como un venerable anciano vestido con ornamentos papales.

Hasta el siglo XII Dios Hijo fue primero representado por una cruz, por un cordero o bien por un gallardo joven semejante al Apolo de los gentiles. Desde el siglo XII al XVI vemos ya representado a Cristo en la plenitud de la edad y con barba. A partir del XIII lleva la Cruz y también aparece en figura de cordero.

Al Espíritu Santo se lo representó primero por una paloma, cuyas alas extendidas tocaban a veces la boca del Padre y del Hijo, para demostrar cómo procede de ambos. Ya desde el siglo XI aparece con la figura de un niñito, por idéntico motivo. En el siglo XIII es un adolescente y en el XV un nombre hecho y semejante al Padre y al Hijo, pero con una paloma sobre Sí o en la mano, para distinguirlo así de las otras dos divinas personas. Mas desde el siglo XVI la paloma torna a asumir el derecho exclusivo de representar al Espíritu Santo.

Para representar a la Trinidad se adoptó la figura del triángulo. También el trébol sirvió para figurar el misterio de la Trinidad y lo mismo tres círculos enlazados con la palabra Unidad en el espacio central que queda libre por la intersección de los círculos.

La fiesta de la Santísima. Trinidad debe su origen al hecho de que las ordenaciones del sábado de témporas, como quiera que se celebraran por la tarde y se prolonga­ran hasta el domingo, éste carecía entonces de liturgia propia.

Todo el año, lo mismo que este día, está consagrado a la Santísima Trinidad, y la Misa que se dio a este primer domingo después de Pentecostés fue una Misa votiva compuesta a principios del siglo VII en honor de ese inescrutable misterio.

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