Hacia la unión con Dios

Archive for 30 julio 2010

¿Qué dice la Biblia acerca del don de lenguas?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 30, 2010

 

«Busquen el amor y aspiren a los dones espirituales, especialmente al don de profecía. El que habla en lenguas habla a Dios, pero no a los hombres, pues nadie le entiende cuando habla en espíritu y dice cosas misteriosas. El que profetiza, en cambio, lo hace para dar a los demás firmeza, aliento y consuelo. El que habla en lenguas se fortalece a sí mismo, mientras que el profeta edifica a la Iglesia.

«Me alegraría que todos ustedes hablaran en lenguas, pero más me gustaría que todos fueran profetas. Es mucho mejor tener profetas que quien hable en lenguas, a no ser que haya quien las interprete y así toda la Iglesia saque provecho. Supongan, hermanos, que yo vaya donde ustedes hablando en lenguas, ¿de qué les serviría si no les llevase alguna revelación, con palabras de conocimiento, profecías o enseñanzas?

«Tomen un instrumento musical, ya sea una flauta o el arpa; si no doy las notas con sus intervalos, ¿quién reconocerá la melodía que estoy tocando? Y si el toque de la trompeta no se parece a nada, ¿quién correrá a su puesto de combate? Lo mismo ocurre con ustedes y sus lenguas: ¿quién sabrá lo que han dicho si no hay palabras que se entiendan? Habrá sido como hablar al viento. Por muchos idiomas que haya en el mundo, cada uno tiene sus palabras, pero si yo no conozco el significado de las palabras, seré un extranjero para el que habla, y el que habla será un extranjero para mí.

«Tomen esto en cuenta, y si se interesan por los dones espirituales, ansíen los que edifican la Iglesia. Así no les faltará nada. El que habla en alguna lengua, pida a Dios que también la pueda interpretar.

«Cuando oro en lenguas, mi espíritu reza, pero mi entendimiento queda inactivo. ¿Estará bien esto? Debo rezar con mi espíritu, pero también con mi mente. Cantaré alabanzas con el espíritu, pero también con la mente. Si alabas a Dios sólo con el espíritu, ¿qué hará el que se conforma con escuchar? ¿Acaso podrá añadir «amén» a tu acción de gracias? Pues no sabe lo que has dicho. Tu acción de gracias habrá sido maravillosa, pero a él no le ayuda en nada.

«Doy gracias a Dios porque hablo en lenguas más que todos ustedes. Pero cuando me encuentro en la asamblea prefiero decir cinco palabras mías que sean entendidas y ayuden a los demás, antes que diez mil en lenguas.

«Hermanos, no sean niños en su modo de pensar. Sean como niños en el camino del mal, pero adultos en su modo de pensar. Dios dice en la Ley: Hablaré a este pueblo en lenguas extrañas y por boca de extranjeros, pero ni así me escucharán. Entiendan, pues, que hablar en lenguas es una señal para quienes no creen, pero no para los creyentes; en cambio, la profecía es para los creyentes, no para los que no creen.

«Con todo, supongan que la Iglesia entera estuviera reunida y todos hablasen en lenguas y entran algunas personas no preparadas o que todavía no creen. ¿Qué dirían? Que todos están locos. Por el contrario, supongan que todos están profetizando y entra alguien que no cree o que no tiene preparación, y todos le descubren sus errores, le dicen verdades y le hacen revelaciones. Este, al ver descubiertos sus secretos más íntimos, caerá de rodillas, adorará a Dios y proclamará: Dios está realmente entre ustedes.

«¿Qué podemos concluir, hermanos? Cuando ustedes se reúnen, cada uno puede participar con un canto, una enseñanza, una revelación, hablando en lenguas o interpretando lo que otro dijo en lenguas. Pero que todo los ayude a crecer. ¿Quieren hablar en lenguas? Que lo hagan dos o tres al máximo, pero con limitación de tiempo, y que haya quien interprete. Si no hay nadie que pueda interpretar, que se callen en la asamblea y reserven su hablar en lenguas para sí mismos y para Dios.

«En cuanto a los profetas, que hablen dos o tres, y los demás hagan un discernimiento. Si alguno de los que están sentados recibe una revelación, que se calle el que hablaba. Todos ustedes podrían profetizar, pero uno por uno, para que todos aprendan y todos sean motivados, pues los espíritus de los profetas están sometidos a los profetas. En todo caso, la obra de Dios no es confusión, sino paz.

«Hagan como se hace en todas las Iglesias de los santos: que las mujeres estén calladas en las asambleas. No les corresponde tomar la palabra. Que estén sometidas como lo dice la Ley, y si desean saber más, que se lo pregunten en casa a su marido. Es feo que la mujer hable en la asamblea.

«¿Acaso la palabra de Dios partió de ustedes, o ha llegado tal vez sólo a ustedes? Los que entre ustedes son considerados profetas o personas espirituales reconocerán que lo que les escribo es mandato del Señor. Y si alguien no lo reconoce, tampoco él será reconocido. Por lo tanto, hermanos, aspiren al don de la profecía y no impidan que se hable en lenguas, pero que todo se haga en forma digna y ordenada.» (1 Co, 14, 1-40)

«Pues bien, ustedes ya saben estas cosas: felices si las ponen en práctica.» (Jn 13, 17)

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Ciclo C, XVI domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 26, 2010

‘Sólo una cosa es necesaria’

 

Después de afirmar Jesús que una sola cosa es necesaria, siguió hablando de la mejor parte. Como se deduce fácilmente, son dos cosas diferentes: 1) la única necesaria y 2) la parte mejor.

La parte mejor es la que escogió María: escuchar a Jesús. Y eso es lo que se explica en las predicaciones, lo que se enseña en los escritos…, y quizá por eso, ya lo sabemos. Pero, ¿cuál es la única cosa necesaria?

Es lógico deducir que Jesús se refiere a la finalidad última de la vida. Por eso es que es tan importante.

La palabra «necesario» aparece de nuevo en Hb 9, 23: «Era, pues, necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas». Aunque en este texto se está hablando del templo, como en casi toda la Palabra de Dios, aquí se encierra un significado místico.

En las realidades sobrenaturales, pues, está la meta, la finalidad. Y lo necesario, lo que se requiere, es la purificación de lo que llama la figura de este mundo, el mundo que pasa.

Solo con esta purificación o renovación se llegará a la única meta para la que fuimos hechos, por la única que vale la pena vivir.

Es más, incluso ahora, aquí en la tierra, se pueden pregustar las maravillas del Cielo, por una renovación interior: «Los que ya fueron iluminados probaron el don sobrenatural, recibieron el Espíritu Santo y saborearon la maravillosa palabra de Dios con una experiencia del mundo futuro». (Hb 6, 4-5)

¿A qué se refiere con «la experiencia del mundo futuro»? A la unión con Dios: solo esta unión realiza al ser humano.

Es lo que hoy llamamos la experiencia mística, que más que hablarle a Dios es dejar que Él se nos comunique. Experiencia mística que es imposible sin la oración: lo que hacía María, la parte mejor.

¿Cuánto oramos? ¿Cuánto invertimos diariamente en nuestra felicidad?

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El verdadero enemigo de la felicidad

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

EL VERDADERO ENEMIGO DE LA FELICIDAD

 ¿Por qué sufrimos?
 ¿Cómo aparece la depresión?
 ¿Por qué discutimos acaloradamente? ¿por qué peleamos?
 ¿De dónde nace el sentimiento de la envidia?
 ¿Por qué sentimos odios? ¿Por qué sentimos ira?
 ¿Qué nos enfurece?
 ¿Por qué fracasan los matrimonios, las sociedades…?
 ¿Qué hace que nos afecte tanto la falta de dinero?
 ¿Cómo se acaban las amistades?
 ¿Cuál es la causa de este estrés moderno que no nos deja?

Manuel es un muchacho a quien le angustiaba la falta de unión en su familia: su único familiar en la ciudad, su hermano mayor, quien le daba alojamiento mientras estudiaba, estaba peleando con él; ya no se hablaban y se preparaba cada uno su comida, cosa que no habían dejado de hacer nunca. Para él era como no tener familia…
Según contó, los roces se presentaron porque, tratando de ayudar a su hermano, le aconsejó que no arrendara una de las habitaciones de la casa a cualquiera, sin percatarse primero qué tan bueno podría ser el arrendatario. Ambos —según él— son orgullosos y se dejaron de tratar después de una discusión en la que cada uno defendía a gritos sus “derechos”: «Yo soy dueño de esta casa» «Yo también vivo aquí; y acuérdese que soy su hermano».

La causa de todo es la soberbia…

Yendo a misa, en un semáforo que estaba en rojo, se me acercó un niño pequeño y pobre a venderme unos caramelos. Sonriendo le dije que no y le di las gracias. Sin embargo, insistió ofreciéndome “hacer un negocio” conmigo. Tras mi nueva negativa no se retiró, sino que se obstinó en su empeño. Decidí cerrar la ventana del carro, pero el niño se colgó del vidrio impidiéndome hacerlo. Con rabia le cogí el brazo fuertemente y se lo retiré del vidrio y lo logré cerrar con tan mala suerte que se le cayeron varios caramelos. El niño lloraba frotándose el brazo…
No he dejado de pensar en lo sucedido: dejándome llevar por la ira, agredí a un niño pobre que, quizás angustiado por su pobreza, insiste, machaconamente y sin prudencia (porque no tuvo oportunidad de aprenderla), en que le hagan una compra.

¡Soberbia!, peor que la de Manuel… La causa de todos nuestros males.
Efectivamente, en un altísimo porcentaje, la respuesta a las preguntas del recuadro al comienzo de estas líneas es la soberbia.
El Diccionario de la lengua española define con exactitud esta palabra:

Soberbia: del latín superbia.
 Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros.
 Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás.

Pero son muchas las formas que toma la soberbia:
Unas veces, como orgullo, es decir, arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, a veces disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas.
Otras, como presunción, es decir, vanagloriarse, tener alto concepto de sí mismo.
Y, además de estas, hay otras innumerables figuras de la soberbia, que se tratan de exponer y explicar a continuación, junto con el daño que puede ocasionarnos a nosotros mismos, a los demás y al mundo en que vivimos.

La imagen que proyecto a los demás
Casi todos pensamos que actuamos bien; creemos que somos buenos.
Casi todos nos sentimos “expertos” para solucionar las vidas de los demás.
Con frecuencia nos ocultamos a nosotros mismos nuestros defectos; y quizá lo logramos… Pero no a todos podemos engañar. La gente se da cuenta de más cosas y circunstancias que nosotros mismos, y de nuestras verdaderas intenciones. Bajo la apariencia de bondad, salen al exterior nuestros deseos de aplausos, de un “qué dirán” positivo. Muchas veces —no nos engañemos— pretendemos que nos alaben, que nos tomen por buenos.
Algunos son más hábiles que otros en proyectar esa imagen a los demás. Y algunos son más duchos que otros para descubrir el engaño.
Todos conocemos, por ejemplo, ese tipo de personas que “nunca se equivocan”, que “siempre tienen la razón”, que siempre dan una explicación a su mal comportamiento y a sus palabras desacertadas. Y quizá muchos hemos caído en ese error alguna vez… o muchas.

Noemí no permitía que sus compañeros de trabajo cuestionaran la calidad de su labor; según ella, hacía todo perfecto. Un día, el jefe la llamó para encargarle una tarea que otro había hecho mal:
–Señora Noemí, como ya sabe, estos papeles no se entregaron a tiempo la vez pasada; le ruego que los haga llegar lo más pronto posible.
–¡Pero, señor, usted no me había pedido que los enviara!
–¿Le dije acaso que usted había fallado?
–Pero es que…
Noemí volvió la cabeza y se percató de algunas miradas de sus compañeros que, admirados por su conducta, mecían la cabeza de un lado para otro y murmuraban: «No tiene remedio»…

¿Cuántas veces hemos hecho algo parecido? ¿Cuántas veces al día decimos la consabida frase: «Pero es que…»?
¿Por qué nos preocupa tanto nuestra imagen? ¿Qué nos lleva a tratar de mantenerla intacta por todos los medios? ¿A qué le tememos? ¿Es que no somos humanos ni nos podemos equivocar? ¿Acaso conocemos a alguien que nunca yerra?…
Pero, sobre todas esas preguntas se yergue una más importante:
¿Qué pretendemos esconder con esa conducta? La experiencia unida a los estudios científicos han demostrado que bajo esa actitud de querer proyectar una imagen que no poseemos está siempre la conciencia cierta de que somos inferiores a los demás, es decir, una autoestima pobre.

Fernando es un hombre de mediana edad, de cuna humilde (cosa que nunca ha aceptado), a quien no le ha ido bien en la vida.
Aunque, al morir, su padre le confió el cuidado de toda su familia, su hermano fue el que se encargó de hacerlo; fue su hermano el que triunfó en los negocios, el que les dio estabilidad económica, el que les facilitó apoyo para sus empresas, el que les presta dinero para realizar todos sus sueños y poder alardear ante los demás de tener una fortuna apreciable, granjeada —por supuesto—, con sus “inmensas virtudes para hacer negocios, con sus buenas relaciones sociales y con los supuestos pergaminos de la familia”…
Ahora Fernando les dice a todos que las posesiones de su hermano son suyas, y finge triunfos que nunca tuvo. Casi todos los que lo conocen detestan su actitud constante de querer mostrar posesiones y cualidades que no tiene, su altivez y vanagloria persistentes, y un engreimiento que raya en el desprecio de los demás.
Mientras su ex esposa y sus hijos pasan dificultades económicas, viaja con frecuencia y hace gastos suntuarios; ante todos pretende que sus ingresos son altos y muy justos despilfarrando, mientras que al juez que lleva su caso de separación le lleva una relación de inmensas deudas a su hermano y jefe, de quien devenga un salario paupérrimo.
Este pobre hombre trata de encubrir sus faltas ante los demás intentando proyectar una imagen mejor de sí. Lo peor de todo es que quienes lo conocen, no solo se dan cuenta de sus intentonas, sino que se alejan de él cada vez más.

Si somos sinceros, en mayor o menor grado muchos de nosotros hemos caído en esa trampa de nuestro principal enemigo: la soberbia.
Cuando dejemos de decir sin atención aquello de que “nadie es perfecto”, cuando lo comprendamos de veras, cuando nos percatemos de que no somos la excepción, habremos dado el primer paso para no poner una coraza defensiva ante los demás. ¡Somos como todos!: erramos, pecamos, caemos, reaccionamos mal…
Si lo pensamos con un poco de sabiduría, llegaremos a la conclusión de que en las condiciones de los demás seríamos iguales de malos o peores.
Analicémoslo detenidamente: si hubiésemos nacido en el hogar en que nació Hitler, si hubiéramos heredado sus genes, si hubiéramos tenido los amigos que él tuvo y hubiéramos vivido las circunstancias que él vivió, ¿quién se atrevería a negar que habríamos hecho el mal que él hizo a la humanidad?…
¿Qué sería del Fernando de nuestra historia si alguien lo ama por lo que es, y no por lo que dice que tiene? Es probable que se comenzaría a valorar y, en la medida que lo haga, dejará de hacerse propaganda, dejará de inventar virtudes o cualidades, haciendas o propiedades, puesto que él sabe lo que vale por sí mismo, como ser humano que es, con cualidades y defectos, como todos.
Otra de las veladas formas de la soberbia No aceptar las ofensas de los demás.

A uno de mis maestros de kung–fu lo vi combatir con el mejor exponente de artes marciales de mi país. Fue una demostración extraordinaria de conocimientos y de habilidad física; quienes asistimos a este “espectáculo” (si se puede decir así) nos percatamos de qué tan lejos estábamos (y estamos) de llegar a esa destreza, a esa maestría.
Unos días después, mientras mi profesor me dictaba unas clases particulares en su academia, arribaron dos karatecas de otra academia de artes marciales a quienes yo conocía y de quienes tenía la certeza de que eran inferiores en cualidades marciales. Uno de ellos se presentó diciendo que era cinturón negro y que quería verificar cuánto sabía mi maestro. El otro afirmó que cualquiera de ellos le ganaría en duelo, y le pidió, en nombre de la valentía, que aceptara el reto instantáneamente.
Era para mí más que evidente que mi maestro no solo podría vencer a uno de ellos sino a ambos al mismo tiempo pero para mi sorpresa el maestro se negó:
–La valentía se expresa cuando hay que defender una buena causa, no para demostrar nada.
Uno de los retadores le preguntó:
–¿Es usted cobarde?
–Puede comenzar a pegarme. No me defenderé.
Estas últimas palabras fueron mágicas: no siguieron insistiendo…

El hombre que está seguro de su poder no siente la necesidad de demostrarlo porque conoce su fortaleza, y jamás se aprovecha de ella.
Lo mismo sucede cuando dicen cosas de nosotros que, sean verdades o no, hablan mal de nosotros: el sabio calla y el necio dice que “el que calla otorga” y se defiende con todas las armas posibles, incluyendo la ofensa; y de todos los modos posibles, incluyendo la venganza. Todo esto lleva, por supuesto, fácilmente a la pérdida de la paz individual y social.
Por otra parte, la competencia, cualquiera que sea, incita los ánimos para demostrar que somos mejores que los demás en cualquier campo: el deporte, la inteligencia, las artes, la ciencia, la política, los negocios, la habilidad para ganar dinero, la capacidad para conquistar bien sea una pareja o triunfos en la vida… Y lleva fácilmente a la soberbia.
Otra vez se hace indispensable recalcar que siempre habrá críticas contra nosotros, que no hay seres perfectos, que somos uno más —diferente, por supuesto— pero con cualidades y defectos, como todos.
Se podrá pensar que es indispensable negar lo que es falso, que cuando hacen una acusación falsa en contra nuestra, por amor a la verdad, conviene corregir el error. Efectivamente, si de esta acusación se derivan problemas o penalizaciones, es necesario rectificar; pero, en la mayoría de las ocasiones la crítica o la censura de nuestros actos se hace en el ámbito coloquial, sin consecuencias penosas graves para nadie diferente del acusado, que bien puede alzarse de hombros, si se valora por encima de los criterios de los demás, es decir, si es grande espiritualmente.
Gritar o emplear la fuerza física es propio de los que creen débiles sus argumentos o de los que no tienen la razón. La fuerza de los argumentos es intrínseca. La verdad no necesita ser defendida, se sostiene por sí sola.
Y cuando ofendemos al interlocutor estamos haciendo algo peor que cuando gritamos.
En fin, no necesitamos proyectar ninguna imagen para ser valorados ni para ser apreciados, basta un poco de conciencia certera de que somos iguales a los demás; ni superiores ni inferiores: unos tienen unas cualidades y unos defectos; otros poseen otras y otros, respectivamente.

La imagen que creo que proyecto a los demás
Otro error fatal para la felicidad y para la paz interior es el autoengaño. Comienza este por valorarnos poco y querer proyectar una imagen falsa de nosotros mismos; y sigue al creer saber lo que los demás piensan de cada uno de nosotros.
Pretender hacer creer, por ejemplo, que somos bondadosos, al hacer sin convencimiento propio un acto de caridad, sino exclusivamente para que los demás lo vean y nos aplaudan, va cargado de un humor maligno. El humor es el genio o la disposición en que uno se halla para hacer una cosa; y es perceptible:

En su consultorio, cuando un médico se interesaba sólo por el dinero que ganaba, los pacientes eran pocos.
Un día, hace muchos años, alguien le explicó que no era un negocio lo que él tenía, sino que prestaba un servicio. De pronto, su interés por el bienestar de los pacientes fue mayor que el beneficio económico que representaban. Eran seres humanos los que iban a buscar salud, y no bolsillos que podía desocupar.
Y los pacientes, poco a poco, se fueron aumentando…
¿Por qué se dio ese cambio en el número de pacientes?
Porque, al comienzo, ellos advertían fácilmente que no se interesaba en ellos, sino en sus billeteras. Por el humor, ese olor que se expele al hablar, al mirar, al expresarse, al movernos…
Ahora se dan cuenta de que su atención se centra en sus dolencias, en sus malestares, en sus intereses; y en cómo solucionarlos de la mejor manera posible.
Así lo han aprendido sus alumnos de posgrado y, quienes lo han puesto en práctica le han alegrado con sus buenas noticias: son felices sirviendo y, sin buscarlo, ¡ganan más dinero!

Hay que aprender a ser bondadosos, no a parecerlo.
Y así como se hace con la bondad, se pueden evaluar las demás virtudes.
Podemos hacer un examen de conciencia al respecto, preguntándonos lo siguiente para cada virtud:

 ¿Vivo diariamente y con sinceridad esta virtud?
 O, por el contrario, ¿solamente intento mostrarla?
 Cuando vivo esta virtud, ¿lo hago para servir o para lucirme?

Una vez hecho este análisis, se puede organizar un plan de lucha interior que busque lograr 3 objetivos:

1. Erradicar defectos,
2. mejorar virtudes o
3. hacer que las cualidades que ya se poseen tengan una recta intención.

El no aceptar los errores, defectos y pecados contrarios a cada una de estas virtudes sería soberbia.
Como se ve, es mucho lo que se puede mejorar en sinceridad, en buena intención. La lucha diaria será muy provechosa para el enriquecimiento de cada uno de nosotros, como también para prosperar en nuestras relaciones familiares, laborales y sociales.

La imagen que intento proyectar a Dios
Si intentamos engañarnos, nos hacemos daño. Si procuramos embaucar a los demás, los alejamos de nosotros. Pero si tratamos de fingir ante Dios, somos unos tontos: el que nos creó, ¿va a caer en nuestras trampas?; el que todo lo ve, ¿va a ser presa de la duda?; el que todo lo sabe, ¿va a ser engañado?…
En la Biblia Jesús cuenta una historia que nos sirve para exponer mejor esta idea:

«Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno era fariseo y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba en su interior de esta manera: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres, que son ladrones, injustos, adúlteros, o como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de todas mis entradas”.
Mientras tanto el publicano se quedaba atrás y no se atrevía a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador”.
Yo les digo que este último estaba en gracia de Dios cuando volvió a su casa, pero el fariseo no. Porque el que se hace grande será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Es de notar que los fariseos eran los más celosos observantes de la ley de Dios; algo así como los católicos convencidos y practicantes de hoy. Por su parte, los publicanos eran considerados pecadores.
Si se mira con detenimiento, la conducta del fariseo era de admirar: cumplía cabalmente sus obligaciones religiosas, hacía ayunos (los ayunos de entonces eran muy fuertes) y daba limosnas generosas…
Pero Jesús explica que la humildad del pecador atrae las gracias divinas, mientras que la soberbia del fariseo las rechaza.
Y nosotros, ¿nos creemos especiales por vivir bien nuestra religión? Eso sería soberbia y rechazaríamos la ayuda del cielo.

Eugenia es una señora muy especial: desde hace 14 años pertenece al grupo de oración de su parroquia, lleva 10 como catequista (da clases de catecismo para preparar niños a la primera comunión) y ahora es ministro extraordinario de la comunión, es decir, reparte la comunión con autorización del obispo. Todos la conocen en el barrio porque recoge comida y ropa para repartirla entre los más necesitados…
Un día, en una reunión social, alguien le dijo:
–Oye, Eugenia, ¿qué tal es el grupo de oración de san Juan Bosco?
Se refería a la parroquia contigua. Ella respondió:
–¡Nooo! Esos no saben hacer oración. Además, su director tiene errores crasos…

La soberbia, en la que todos caemos a diario, fue la responsable de que en la frase de Eugenia se entrevieran dos aspectos: primero, que —según ella— el grupo de oración al que pertenece es mejor que otros, y segundo, que ella es muy buen juez, probablemente debido a sus “muchos conocimientos” y a su trayectoria en la Iglesia.
Así actuamos a veces, cuando nos creemos “dueños” de la verdad.
Como esta, son muchas las formas de soberbia en las que podemos caer, produciendo daño propio y ajeno y, lo que es peor, deteriorando nuestras relaciones con Dios, único que puede ayudarnos a ser mejores y fuente única de nuestra felicidad.
Pero quizá la peor muestra de soberbia en este campo se da en el ecumenismo, el movimiento que intenta la restauración de la unidad entre todas las iglesias cristianas.
Los cristianos, es decir, los que creen en Cristo, se dividen en 4 grandes grupos: los católicos, los cristianos orientales, los protestantes o evangélicos reformados y los anglicanos/episcopalianos.
Esa división es dolorosa: se atacan verbal y aun físicamente, y hasta se matan unos a otros.

Hace algún tiempo, un amigo verificó algo de eso cuando buscaba con quién instruirse más acerca de la vida y obra de san Francisco de Asís. Un día, oyó a un sacerdote que predicaba y que nombraba con frecuencia al pobrecillo de Asís. Lo abordó y le preguntó si era franciscano. Le respondió: «Yo amo mucho a Francisco, pero no amo a los franciscanos». En ese momento comprendió qué tan lejos estaba ese cura del espíritu franciscano… ¡Qué desilusión!
Y Jesucristo dijo precisamente lo contrario: «En esto reconocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros».

Es sencillo y simple, entonces, deducir que si atacamos de una u otra forma a otros cristianos no seremos reconocidos como discípulos de Jesús.
No seremos reconocidos como discípulos de Jesús si somos miembros del grupo de oración de nuestra parroquia y criticamos a los de otra parroquia; si afirmamos que los franciscanos renovados son extremistas, porque viven en esa pobreza absoluta; si censuramos al Minuto de Dios y a todos los movimientos católicos carismáticos; si juzgamos fascistas a los integrantes de Tradición, Familia y Propiedad (TFP); si dudamos de la procedencia del dinero con que se mantiene Radio María; si calificamos a la asociación María Santificadora como “un grupo de fanáticos”; si calumniamos a los frailes menores de la iglesia de la Porciúncula —en Bogotá— diciendo que son los dueños del centro comercial que queda a su lado; si la emprendemos contra un párroco que nos cobró un servicio, porque “está llenándose de plata con las cosas de Dios”; si tildamos al Opus Dei como rígido y excesivamente conservador; si solo hablamos de los sacerdotes para destacar sus defectos; si hablamos de la Iglesia para reprocharla por las riquezas que posee en el Vaticano o en el mundo entero; si en los grupos de oración o de apostolado criticamos a nuestros compañeros porque “no se merecen el puesto que les han dado” o porque “no tiene las cualidades para realizar esa labor”; si no somos capaces de soportar los defectos de nuestros compañeros de fe; si destacamos la ineficacia de la labor apostólica de otro; si hacemos juicios a los sacerdotes o, peor, a los obispos o al Papa; si manifestamos pensamientos que desunen a los católicos; si hablamos de sacerdotes de “avanzada” o “retrógrados”…
Los discípulos de Jesús son los que unen, los que excusan siempre a los demás, los que tratan de ocultarles las fallas, los que los perdonan anticipadamente porque se sienten hermanos, los que dejan los juicios a Dios…; en fin, los que cuando no pueden alabar, callan.
Para dejar este defecto, Él mismo nos da el remedio:

«Si tu mano o tu pie te está haciendo caer, córtatelo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar en la vida sin una mano o sin un pie que ser echado al fuego eterno con las dos manos y los dos pies. Y si tu ojo te está haciendo caer, arráncalo y tíralo lejos. Pues es mejor para ti entrar tuerto en la Vida que ser arrojado con los dos ojos al fuego del infierno».

¡Mordámonos la lengua para hablar de cualquier ser humano, pero hagámoslo más duro si se trata de un hermano!
Además, el nuestro no es “el” camino. De hecho, hay muchos: la infinita sabiduría de Dios ha suscitado múltiples movimientos apostólicos religiosos o seculares, porque así lo ha querido. Pero todos esos caminos deben distinguirse por algo muy particular. Y Jesús fue claro en eso: «En que os amáis los unos a los otros».
Amor que fue demostrado por Jesucristo en la Cruz: no sólo murió por sus discípulos, sino que vino a llamarnos a todos, hasta a los pecadores.
¿Qué podemos decir nosotros de nuestros hermanos equivocados? ¿Nos atreveríamos a afirmar que son pecadores? ¡Nos equivocamos también nosotros tantas veces! Si hubiéramos nacido y vivido sus circunstancias, ¿no pensaríamos, hablaríamos y actuaríamos como ellos? ¿Acaso Dios se olvidaría de nosotros en esas circunstancias?
Vale la pena seguir el ejemplo de Cristo: el que no está contra nosotros ¡está con nosotros!
Ese ejemplo es Amor que se dio en forma de sacrificio, de cruz, de entrega total a la voluntad de Dios, hasta derramar la última gota de sangre y de agua… por todos.
Amor que no es teoría, ni palabras, ni simple aceptación o tolerancia; sino obras, las que nos pide Dios. Y la primera de ellas, un cambio en nuestro corazón: que recibamos a nuestros hermanos con un entrañable amor en Cristo, y anticipando nuestro perdón a cualquier ofensa que pudiera venir de ellos; amor ofrecido por la unión de los cristianos, como la quería Jesús:

«Que todos sean uno como tú, Padre, estás en mí y yo en ti. Que ellos también sean uno en nosotros».

Ese amor y esa unidad, entonces, son la vacuna contra esta clase de soberbia.
Pero, además, la soberbia, verdadero virus del alma, se mete en todas partes: en la oración, en la comprensión de los mandamientos, en la lectura de la Biblia y del Catecismo de la Iglesia Católica, en la confesión de nuestros pecados, en nuestras devociones, a la hora de asistir a la Santa Misa… En fin, ese virus pequeñito, sin que nos demos cuenta, afecta toda nuestra fe.
Para comprender mejor esto, analicemos las siguientes preguntas con detenimiento:

 ¿Cuál es la imagen que tengo de Dios? ¿lo veo tan inmenso que no lo puedo comprender y dedico mi vida a descubrirlo poco a poco, sabiendo que nunca llegaré a penetrar su ser por completo? O, por el contrario, ¿creo que con mi inteligencia soy capaz de abarcarlo y entenderlo?
 ¿Está mi oración mental llena de palabras adornadas o elegantes? O, en cambio, ¿hablo con sencillez y humildad, sabiéndome siempre una criatura frente a Dios?…
 ¿Tengo una confianza absoluta en que Dios, si quiere, puede darme lo que le pido? O, al contrario, ¿me lleno de dudas a la hora de pedir?
 ¿Tengo miedo de presentarme ante un Dios tan perfecto, siendo yo un pobre pecador, o me da seguridad saber que Él vino a buscar a los pecadores y que me ama tal y como soy, siempre y cuando me arrepienta sinceramente y luche por vencer mis defectos?
 ¿Me rebelo cuando no consigo lo que le pido a Dios, o me digo que Él siempre sabe más y acato su voluntad?
 ¿Critico los mandamientos de la Ley de Dios o los de la Iglesia? ¿Digo que la Iglesia es retrógrada porque no acepta el uso de anticonceptivos, la esterilización o el aborto… O, en cambio, ¿soy humilde al acatar las normas que nos dio Jesús a través de su Iglesia?
 ¿Leo la Biblia por mi cuenta y riesgo, o apoyado en las explicaciones del Magisterio de la Iglesia? ¿Acepto que a la Iglesia la asiste el Espíritu Santo para interpretar la Biblia y que el Catecismo es una buena forma de entender mi Fe?
 ¿No me confieso porque pienso que lo puedo hacer directamente con Dios, o acato la orden que Él dio, y soy capaz de humillarme contándole mis pecados a otro pecador? ¿Acepto que el sacerdote tiene ese poder delegado por Dios?
 ¿Niego la devoción a la Virgen María y a los santos o, siento que no necesito de intercesores, porque soy perfectamente capaz, por mis grandes virtudes, de dirigirme directamente a Dios? O, por el contrario, ¿soy humilde y me acojo a todos los medios que haya a mi alcance para lograr las cosas buenas y nobles que deseo?
 ¿Me comporto en las iglesias como si Dios no estuviera allí? O, ¿creo firmemente en la presencia real de Jesús en la Hostia y el Vino consagrados, arrodillándome con devoción, haciendo un silencio respetuoso, adorándolo como al Señor de señores, Rey de reyes, Dios del universo?
 Como católico, ¿busco a Dios para usarlo en beneficio de mis egoísmos? O, al contrario, ¿pretendo únicamente devolverle a Dios la gloria que le hemos quitado con nuestros pecados y ayudarle a salvar almas?

Los temas son innumerables, pero la última pregunta del listado anterior es quizá la más importante, y se podría expresar de estos 2 modos:
¿Me busco yo o lo busco a Él?
¿Lo que me mueve es la soberbia? ¿o es el amor?

La imagen que realmente proyecto a Dios
Como ya se dijo, a Dios no lo podemos engañar. Él, incluso, sabe más de nosotros que nosotros mismos. Por eso, se da cuenta de nuestras más recónditas intenciones, de nuestros pensamientos más íntimos…
El primer obstáculo que solemos poner en nuestra relación con Dios es la concepción que tenemos de nosotros mismos: nuestras virtudes, nuestras cualidades y nuestras habilidades son, como nuestra vida, obsequios de Dios; nada de eso merecíamos.
Nacemos y vivimos porque Él lo quiso, no porque nos lo hayamos ganado por nuestros méritos. Tenemos inteligencia, salud, destrezas mentales o manuales, simplemente porque a Él le dio la gana. Todo lo bueno que hay en nosotros es un regalo de Dios.
Entonces, ¿de qué nos gloriamos, de qué nos ufanamos, de qué nos sentimos engreídos, de qué nos jactamos…? ¿Qué tenemos bueno que no nos lo haya dado Dios?
Asimismo, si no robamos, si no matamos, si no le hacemos mal a nadie, eso es, sencillamente, lo normal (aunque no sea lo común).
Lo mismo sucede con las acciones buenas que realizamos: el cumplir las obligaciones que tenemos como hijos, padres, hermanos, esposos, amigos, empleados o patrones: no es meritorio hacer el bien, simplemente es ser consecuentes con nuestra condición.
Ser buenos seres humanos o buenos católicos es lo que se espera de nosotros.
Nosotros ya hicimos la prueba que Dios nos puso y la perdimos: caímos en el pecado original. Habíamos perdido el derecho a la felicidad eterna en el cielo. Fue el Hijo de Dios, Jesucristo, quien gratis —por amor— pagó la deuda que teníamos con Dios Padre y, gratis, nos ganó de nuevo la posibilidad de ser dichosos por siempre junto a Él.
Dios quiere hacer de nosotros hombres santos y nos da la gracia para lograrlo; una gracia que proviene de los méritos de Jesús, no de nuestros méritos. Si nos ponemos en disposición para recibir esa gracia, si ponemos todos los medios materiales y espirituales, el Espíritu Santo actuará en nuestras vidas para hacernos como Él nos quiere: santos. Pero, a veces, estorbamos esa acción del Espíritu Santo.
En cambio, santos son los que simplemente hicieron lo que debían hacer. No estorbaron la acción del Espíritu Santo; Él pudo hacer su obra en ellos.
Por lo tanto, lo único que nos corresponde es no estorbar. Y si lo logramos, habremos hecho lo que Dios quería.
Él sabe que somos simplemente criaturas; que caímos con el pecado original y que, por lo tanto, somos débiles y susceptibles; que podemos volver a caer y que, de hecho, lo hacemos cada momento.
Pero Él nos ha querido llenar de sus tesoros de amor: la gracia de Dios conferida por los Sacramentos. El mismo san Pablo dice que llevamos esos tesoros en vasos de barro.
Y así, simples vasos de barro, Dios nos ama, con un amor infinito, como infinito es todo lo de Él.
Si Dios nos ama tal y como somos, ¿por qué no aceptar nuestra condición de criaturas, de pecadores?
Junto a Dios somos pequeños, pobres, pecadores… ¡Las tres “P” que nos distinguen!
Y así, con esas tres “P”, Dios nos ama tanto que su Hijo dio la vida por nosotros.
Con estos pensamientos, hemos llegado a la concepción más cercana a la verdadera humildad, lo contrario a la soberbia. Cuanto más nos alejemos de esta idea, tanto más cerca estaremos de la soberbia.
Porque eso es lo que soy cuando me siento mejor de lo que soy; cuando hablo como si fuera un “doctor”, un sabio; cuando actúo con vanagloria, esto es, con vana gloria, ¡porque la gloria es solo para Dios!
Y si miro mis soberbias, mis codicias, mis envidias, mis odios, mi gula, mi lujuria, mi pereza… siento que aterrizo en mi pequeña, pobre y pecadora realidad…
Pero Dios me llena de esperanza, porque Él me puede levantar cuantas veces me caiga: la confesión de mis pecados ante un sacerdote borra de su mente todos mis pecados, me limpia y me llena de gracia para seguir adelante en mis luchas por darle gusto… ¡Me da siempre una nueva oportunidad! ¡Qué muestra de amor tan grande!
Y si mis pecados son veniales puedo hacer un acto de contrición y un propósito firmes, y ¡arriba otra vez!
Además, en ambos casos, puedo recibir fuerza adicional en la Eucaristía: asisto a la Santa Misa con devoción y comulgo con el mismo Cristo que murió por mí en la Cruz, y me lleno de Él para vencerme en la próxima escaramuza contra la soberbia.
Sé que así, con su gracia, al final venceré: con Dios el triunfo está sellado con anticipación.
Por eso ahora paladeo, despacio, las palabras de esa oración tan corta que nos enseñaron cuando éramos niños:
«Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo; como era en un principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.: No quiero las alabanzas ni la gloria para mí, sino para ti, Dios Padre; no te la quitaré nunca más, Dios Hijo; ayúdame a glorificarte a ti, Dios Espíritu Santo. Porque la gloria es tuya desde el principio, desde la eternidad; la gloria es todavía hoy únicamente para ti; y seguirá siendo para ti siempre, por los siglos de los siglos, hasta después de que se acabe el mundo, por toda la eternidad.

Querer obligar a los demás

Sucedió con Andrés. Su esposa no le colaboraba en nada: todos los negocios los hacía él, había instalado varias veces almacenes que atendía él solo.
Le pregunté qué hacía su esposa y me contestó: «Lo de la casa, doctor, pero no me ayuda en nada…»
Tenían 4 hijos y no tenían empleada del servicio doméstico; la pobre mujer debía encargarse de mantener el aseo del hogar, de la comida y de la ropa de todos, de los estudios y de la educación de los niños (todos escolares), de hacer el mercado, de atender a su marido en todo, de asistir a las reuniones de padres de familia en el colegio, de sacarlos al parque y a las diversiones en vacaciones… Todo eso le tocaba hacerlo a ella, porque Andrés no tenía tiempo, ya que estaba muy ocupado en sus negocios… Él no hacía nada de eso y —según él— ¡ella no le colaboraba en nada!
«¿Colaborar?», le pregunté. Y me respondió: «Bueno, yo sé que no es colaborarme, porque es su obligación…»
Esto ya era el colmo. Pretendía que la esclava que se había conseguido como esposa, además de lo que ya hacía, le atendiera el almacén, quién sabe para hacer qué, mientras ella se mataba; además, Andrés llegaba tan cansado a la casa que no podía atender a ninguno de sus hijos, según me dijo. ¡Pobrecito!

Nos aterra esta historia y, sin embargo, ¡cuantas veces actuamos como Andrés! No siempre somos tan injustos, pero, ¿no es verdad que muchas veces deseamos que los demás piensen como nosotros, sin dejarles la más mínima libertad?
Y nos creemos “expertos” en solucionar los defectos de los demás: «Si fulanita me hiciera caso…» «Es que mengano debería…» «¡Si zutano se dejara ayudar!…» Los ejemplos podrían llenar muchas páginas y no acabaríamos de exponerlos.
Y si se trata de querer manejar la vida de los demás, qué mejor ejemplo que el de exigir que todos cumplan las leyes (las objetivas y las que nosotros inventamos) o el de reclamar nuestros derechos.

Ayer iba manejando mi carro por la calzada que me correspondía.
Por la vía contraria se acercaba un autobús que se detuvo, detrás del cual venía también un taxi, que no quiso esperar e, irrespetando mi legítimo derecho, se pasó a mi camino quedando frente a mí. La verdad, yo había podido pasar por un lado (había espacio), pero me resistía a darle paso a un infractor; por eso recibí un insulto (el consabido por todos), que me hizo reaccionar arracionalmente: lo reté (como un animal que muestra los dientes).
Por fortuna, sentí miedo de que tuviera un arma, y eso me hizo pensar en que lo que estaba haciendo era completamente contrario a mi dignidad de ser humano y a mi calidad de cristiano.
Además, lo que pretendía era inaudito: educar ¡por la fuerza! (qué contradicción: educar con la fuerza a un ser humano) a un hombre adulto en unos segundos, cuando durante toda su vida le habían enseñado a ser violento para defenderse…
Y lo peor de todo es que —¡qué horror!— este supuesto “educador de hombres” estaba a la altura de un animal que no posee inteligencia…

De estos errores se pueden aprender cosas positivas:
1. Primero, que, por ser pequeños, pobres y pecadores, nunca llegaremos a conseguir la perfección… Esto es bueno, ya que siempre que caiga en el error de la vana–gloria, habrá algo que me recuerde que soy de barro: frágil y quebradizo; de ese modo, quedará perpetuamente salvaguardada la gloria de Dios.
2. Segundo, debemos aprender que la aspiración de doblegar a los demás a nuestra forma de pensar es siempre soberbia. Por el contrario, el respeto a la libertad ajena es propio del alma grande que, como Dios, desea que el bien obrar nazca del interior de los demás —sin forzamientos—, y sabe esperar con paciencia hasta que se decidan a hacerlo y, en el peor de los casos, tolera las decisiones opuestas a su parecer, sabiendo que los demás son hermanos que pueden equivocarse, como nosotros. No quiere decir esto que se tolere el error; se tolera al hermano que cae en él, se lo ama y se lo aconseja, y se ora por él insistentemente, hasta que encuentre la verdad y, con ella, parte de la felicidad.
3. La tercera lección de este episodio es que las acciones pacíficas evitan los encuentros dañosos: si hubiera pensado en mi interior que aquel taxista tenía afán por llegar a algún lugar, que pensó que el bus se había detenido indefinidamente, que yo podía pasar por un lado sin estorbarle y sin perjudicarme (lo único que debía hacer era virar un poco), que nada puedo enseñar “a las malas” y que podría haber ofrecido esa pequeña molestia por la salud espiritual de ese taxista, me habría evitado un disgusto y se lo habría evitado a él, nos habría ahorrado unos minutos, habría actuado a la altura de un ser humano, habría sido consecuente con mi condición de católico y, lo que es mejor, habría convertido esa situación en una ocasión para orar por el taxista —en una actitud cristiana— y, por lo tanto, nos habríamos enriquecido ambos…
En menor medida, siempre que criticamos a alguien estamos tratando de decir que somos mejores que los demás, que sabemos más que ellos, que poseemos la verdad o que los demás caen más en el error, etc.
Por eso la crítica es doblemente mala: por más pequeña que sea, suscita nuestra soberbia e incita a la comparación, siempre con resultados adversos al amor de Dios.

El remedio
“La humildad es la verdad”, dijo santa Teresa de Ávila; y tenía razón: humildad es saberse criatura, saberse de barro, saberse débil, auxiliarse en Dios, acogerse a la intercesión de los ángeles y de los santos. Es saber que si Dios nos deja un instante, no solo caemos, sino que dejamos de existir. Pero hay más: es actuar con concordancia con ese modo de pensar.
Así como se vio la definición del Diccionario para la palabra soberbia, leamos la de la humildad, su contraria:

Humildad: del latín humilitas, -atis.
Virtud que consiste en el conocimiento de nuestras limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento.

De acuerdo con lo que se ha dicho hasta ahora, nadie ha sido totalmente humilde. Algunos, como san Francisco de asís y san José, se han convertido en verdaderos paradigmas de esa virtud. Pero quienes nunca fallaron al vivirla son la Santísima Virgen María y Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.
Por eso, vale la pena analizar someramente alguno de sus actos o actitudes al respecto:
Empecemos por san Francisco de Asís. Su vida de entera, tras su conversión, fue una oda a la humildad. Leamos sólo un pasaje de su biografía:

«Celebrado por todos y por todos ensalzado, solo para él era un ser vilísimo, solo él se consideraba con todo ardor objeto de menosprecio. Con frecuencia se veía honrado de todos y por ello se sentía tan profundamente herido, que, rehusado todo halago humano, se hacía insultar por alguien. Llamaba a un hermano y le decía: “Te mando por obediencia que me injuries sin compasión y me digas la verdad contra la falsedad de estos”. Y mientras el hermano, muy a pesar suyo, lo llamaba villano, mercenario, sinsustancia, él, entre sonrisas y aplausos, respondía: “El Señor te bendiga, porque dices la verdad; esto es lo que necesita oír el hijo de Pedro Bernardone”. De este modo traía a su memoria el origen humilde de su cuna.
Con objeto de probar que en verdad era digno de desprecio y de dar a los demás ejemplo de auténtica confesión, no tenía reparo en manifestar ante todo el público, durante la predicación, la falta que hubiera cometido. Más aún: si le asaltaba, tal vez, algún mal pensar sobre otro o sin reflexionar le dirigía una palabra menos correcta, al punto confesaba su culpa con toda humildad al mismo de quien había pensado o hablado y le pedía perdón.
La conciencia, testigo de toda inocencia, no lo dejaba reposar, vigilándose con toda solicitud en tanto la llaga del alma no quedase enteramente curada.
No le agradaba que nadie se apercibiera de sus progresos en todo género de empresas; sorteaba por todos los medios la admiración, para no incurrir en vanidad.»

En estos párrafos se ve una de las expresiones históricas más bellas de la virtud de la humildad.
Bien lejos nos sentimos de este santo al comparar nuestras vanidades, orgullos y soberbias con esa purísima humildad, pero también es edificante e iluminador este ejemplo que invita a seguirlo. La lucha será dura, pero bien sabemos que, con la ayuda del Espíritu Santo, nos acercaremos cada día un poco más.
Adentrémonos ahora en las vidas de dos seres humanos muy especiales, para comprender mejor esta virtud y para aprender a vivirla, ya que en ellos residió de forma maravillosa.
Se trata, en primer lugar, de la Virgen María, aquella mujer en la que esperaban todas las generaciones, puesto que sería ella la Madre del Salvador de la humanidad.
Anunciada con siglos de anterioridad, el pueblo judío la ansiaba tanto, que la esterilidad femenina, ya una gran pena, tenía una connotación adicional: “De esta no nacerá el Mesías”.
Madre de Dios, título extraordinario, imposible de emular y solo explicable para quienes se han dado cuenta del poder infinito de Dios; y, sin embargo, ¿quién era ella? ¿Una reina o emperatriz, llena de títulos nobiliarios y de posesiones, que nacería y viviría en la ciudad más importante del reino más poderoso del mundo, ante cuyo esposo se doblaban todas las rodillas…?
No. Era, simplemente la esposa de un humilde carpintero, que vivía en una ciudad desconocida si no fuera por los muchos ladrones y prostitutas que la habitaban… Cicerón, hacía poco, escribía que quienes dedicaban su vida a trabajos manuales no debían ser considerados seres humanos…
Cuando fue visitada por el ángel que le informó que la tercera Persona de la Santísima Trinidad la fecundaría para traer al mundo visible al Hijo de Dios, no salió a la calle gritando: «¡A mí, a mí me escogieron para ser la madre del Mesías! ¡Soy yo!…» Ella, según el Evangelio, guardaba todas esas cosas en su corazón:
Ubiquémonos en Nazaret, en la casa paterna de María:

«Llegó el ángel hasta ella y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. María quedó muy conmovida al oír estas palabras, y se preguntaba qué significaría tal saludo.
Pero el ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado el favor de Dios. Concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, al que pondrás el nombre de Jesús. Será grande y justamente será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de su antepasado David; gobernará por siempre al pueblo de Jacob y su reinado no terminará jamás”.
María entonces dijo al ángel: “¿Cómo puede ser eso, si yo soy virgen?” Contestó el ángel: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el niño santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel está esperando un hijo en su vejez, y aunque no podía tener familia, se encuentra ya en el sexto mes del embarazo. Para Dios, nada es imposible”.
Dijo María: “Yo soy la esclava del Señor, hágase en mí tal como has dicho”. Después la dejó el ángel».

Se nota claramente que, después de preguntar lo necesario para hacer lo que Dios le mandaba hacer, la actitud de María fue ponerse a las órdenes de su Señor, no en calidad de empleada o de asalariada o de “voluntaria”, tal y como lo entendemos hoy día, sino en calidad de esclava. Y esclavo significa la persona que por estar bajo el dominio de otra carece en absoluto de libertad.
Asistir a la Santa Misa, hacer oración, dar limosnas, ofrecer a Dios unos minutos a la semana para trabajar en una obra social o apostólica…, todo eso es nada cuando lo comparamos con el hecho de entregar a Dios nuestra libertad: le estamos dando lo mejor de nuestra vida, toda nuestra vida.

«De pronto una multitud de seres celestiales aparecieron junto al ángel, y alababan a Dios con estas palabras: “Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia”.
Después de que los ángeles se volvieron al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: “Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha dado a conocer”. Fueron apresuradamente y hallaron a María y a José con el recién nacido acostado en el pesebre. Entonces contaron lo que los ángeles les habían dicho del niño. Todos los que escucharon a los pastores quedaron maravillados de lo que decían.
María, por su parte, guardaba todos estos acontecimientos y los volvía a meditar en su interior».

Nada de propaganda. Nada de soberbia. Nada de orgullo. Nada de vanagloria…

«Había entonces en Jerusalén un hombre muy piadoso y cumplidor a los ojos de Dios, llamado Simeón. Este hombre esperaba el día en que Dios atendiera a Israel, y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no moriría antes de haber visto al Mesías del Señor. El Espíritu también lo llevó al Templo en aquel momento.
Como los padres traían al niño Jesús para cumplir con él lo que mandaba la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios con estas palabras: “Ahora, Señor, ya puedes dejar que tu servidor muera en paz como le has dicho. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, que has preparado y ofreces a todos los pueblos, luz que se revelará a las naciones y gloria de tu pueblo, Israel”. Su padre y su madre estaban maravillados por todo lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madre: “Mira, este niño traerá a la gente de Israel ya sea caída o resurrección. Será una señal impugnada en cuanto se manifieste, mientras a ti misma una espada te atravesará el alma. Por este medio, sin embargo, saldrán a la luz los pensamientos íntimos de los hombres”.
Había también una profetisa muy anciana, llamada Ana, hija de Fanuel de la tribu de Aser. No había conocido a otro hombre que a su primer marido, muerto después de siete años de matrimonio. Permaneció viuda, y tenía ya ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo día y noche al Señor con ayunos y oraciones. Llegó en aquel momento y también comenzó a alabar a Dios hablando del niño a todos los que esperaban la liberación de Jerusalén.

Como el ángel le contó que su prima estaba embarazada, María la visitó. Leamos el pasaje:

«Por entonces María tomó su decisión y se fue, sin más demora, a una ciudad ubicada en los cerros de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Al oír Isabel su saludo, el niño dio saltos en su vientre. Isabel se llenó del Espíritu Santo y exclamó en alta voz: “¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Cómo he merecido yo que venga a mí la Madre de mi Señor? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mis entrañas. ¡Dichosa tú por haber creído que se cumplirían las promesas del Señor!” María dijo entonces:
“Proclama mi alma la grandeza del Señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador, porque se fijó en su humilde esclava, y desde ahora todas las generaciones me dirán feliz. El Poderoso ha hecho grandes cosas por mí: ¡Santo es su Nombre! Muestra su misericordia siglo tras siglo a todos aquellos que viven en su presencia. Dio un golpe con todo su poder: deshizo a los soberbios y sus planes. Derribó a los poderosos de sus tronos y exaltó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos, y despidió a los ricos con las manos vacías. Socorrió a Israel, su siervo, se acordó de su misericordia, como lo había prometido a nuestros padres, a Abraham y a sus descendientes para siempre.”»

¡Admirables palabras de elogio las de Isabel! ¡Y verídicas: bendita entre todas las mujeres del mundo y de la historia, bendito más que nada ni que nadie el fruto que hay en tu vientre: el Hijo de Dios. Y, por lo tanto, ella es la Madre de mi Señor, de alegría de mis entrañas, dichosa.
Y, sin embargo, las palabras de María muestran la humildad de la mujer más maravillosa que ha existido:
La grandeza del Señor se fijó en su humilde esclava. ¡Esclava! no más que esclava.
Es el Poderoso el que ha hecho obras grandes: ¡Santo es su Nombre!
Es que Él deshace a los soberbios y sus planes, derriba a los poderosos de sus tronos y exalta a los humildes, colma de bienes a los hambrientos, y despide a los ricos con las manos vacías.
¿Aprenderemos? Si ella, la mayor criatura del universo, más encumbrada que los ángeles (superiores en naturaleza a los seres humanos), Madre de uno que es Dios, se llama a sí misma esclava, nosotros, ¿a qué aspiramos? ¿a llenarnos de nosotros mismos?
Además, ese silencio, esa humildad, esa sencillez y esa pequeñez fueron la causa de que la historia cambiara para nuestro bien.
Y esa eficacia se puede verificar en la historia de cada uno de nosotros, cuando no interrumpimos la acción del Espíritu Santo.
Es que no se trata de “hacer” cosas; el que las hace es Dios. Se trata de “dejar hacer” su obra al Espíritu Santo.
Debemos ser una especie de cristal, a través del cual pase la luz del sol, es decir, la gracia de Dios; pero ese cristal puede estar opacado por las manchas de nuestra soberbia…
En la medida en que desaparezcamos pasará la luz de Dios a los demás, más clara y pura; en la medida en que seamos transparentes se verá la acción del Espíritu Santo en las almas; en la medida en que no nos hagamos sentir, en que no nos notemos, en que pasemos desapercibidos, Dios hará su obra.
Limpios por la humildad que consiste en sabernos nada —Él es que actúa—, seríamos tan transparentes que nos asemejaríamos a nuestra Madre del cielo.
Es también impresionante verificar que la humildad de María, la Madre de Dios, no se ha mermado después de los episodios de la Encarnación, la visita a su prima Isabel, el nacimiento, los elogios de Ana y Simeón e, incluso, después de su paso por la vida temporal.
Los Evangelios la muestran muy pocas veces después de estos acontecimientos: en la pérdida y hallazgo del Niño Dios en el templo y en la realización del primer milagro de Jesús. Después de este último acontecimiento, parece que la Virgen —la humildad personificada— desaparece de la escena, para dar paso a Jesús, con la siguiente frase: «Hagan lo que Él les diga».
Sale Jesús al escenario, comienza su vida pública, y María desaparece, para dejarse ver en el momento del dolor, cuando Jesús es apresado. Humildad y valentía: cuando todos huyen y lo dejan solo, reaparece María…
Hoy, siglos después, María permanece en el corazón de los católicos, oculta en nuestra pequeñez, infundiéndonos brío para seguir adelante… en silencio. Un silencio eficaz como ninguno.
Es, además, despreciada por muchos que quieren destruirla, acabar con la devoción que se le tiene en el mundo entero, sacarla del Evangelio y de la vida de Fe (y esto lo desean hasta sus propios hijos cristianos)…
Y, sin embargo, ¡qué eficacia la de María: nos trajo al Hijo de Dios!
Él mismo quiso venir al mundo a través de María.
Cuando se manifestó al pueblo de Israel, los pastores lo encontraron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó al resto del mundo, los Reyes Magos lo hallaron junto a María, su Madre.
Cuando se manifestó por primera vez como Mesías, en las bodas de Caná, estaba junto a María, su Madre.
Cuando nos redimió con su Sangre, junto a Él se encontraba María, su Madre.
Cuando la Iglesia oraba unida, lo hacía junto a María, su Madre.
He aquí la primera paradoja cristiana: cuanto más importante es alguien para los designios de salvación, tanto más sencilla y humilde la escoge Dios.
Por lo tanto, si queremos ser buenos instrumentos de Dios, debemos ser muy humildes.
La segunda paradoja cristiana: cuanto más humilde es el instrumento, tanto más eficaz es.
¡Tachemos nuestro ego de nuestras vidas, para ser eficaces en las manos de Dios!
La tercera paradoja cristiana es palabra del mismo Dios: «El que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado».
Y, si María permaneció y permanece tan oculta, ¿qué pretenderá Dios con la vida escondida de san José?

 En el universo, en la creación entera, soy sólo una simple y pequeña criaturita. Por eso mi vida a partir de ahora será adorar, glorificar y servir con toda humildad y sencillez al Dios todopoderoso que me dio la vida, lo que tengo, la capacidad de amar y la promesa de la eterna felicidad junto al Él, único que puede saciar las ansias de sus criaturas.

  
 Nada tengo, nada sé, nada puedo, nada valgo, nada soy… Nada merezco… Pero «todo lo puedo en aquél que me fortalece».

 Sólo el humilde puede ver el poder de Dios.

 Señor, que tu gloria resplandezca en mi humildad.

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Ciclo C, XV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 19, 2010

‘Vete y haz tú lo mismo’

 

Son 613 los preceptos que deben cumplir los judíos para salvarse, según los enumeró san Jerónimo, y aparecen en el Antiguo Testamento. Según ese criterio, quien los cumplía se salvaba.

Y Dios, a través de Moisés, les dijo que se volvieran a Dios, con todo su corazón y con toda su alma, cumpliéndolos. Además, afirmó que esos mandamientos no eran superiores a sus fuerzas ni estaban fuera de su alcance, y que sólo hacía falta ponerlos en práctica.

Ahora que Jesús ya vino, nos enseñó la Ley que los cobija a todos: la Ley del amor. Un amor que no es sentimiento, sino obras, como se percibe en la historia del samaritano que contó Jesucristo en el Evangelio de hoy.

Como es frecuente que confundamos el amor con un sentimiento que nos complace, Él nos enseñó que el amor son actos con los que complacemos a quienes amamos.

Por eso, se ha dicho siempre que existen tres opciones: pensar como los bandidos: «Lo tuyo es mío»; pensar como el sacerdote y el levita que pasaron y no ayudaron al que golpearon y dejaron medio muerto: «Lo mío es mío»; o pensar como el samaritano: «Lo mío es tuyo».

La tercera opción es la cristiana; es la que Jesús hizo con nosotros: al vernos pecadores desvalidos y por eso sin derecho al Cielo, pagó nuestras culpas, nos curó y nos abrió de nuevo la posibilidad de ser inmensamente felices cuando disfrutemos de la dicha eterna. Gracias, pues, a Jesucristo fue reconciliado el ser humano con Dios, por la Sangre de su Cruz.

¿Elegimos esa opción? ¿Siempre?

Cristo Jesús es la imagen del Dios que no se puede ver, nos dice la segunda lectura, ese Dios-Amor que siempre dice a sus hijos, los hombres: «Todo lo mío es tuyo».

Jesús nos dice a cada uno: «Vete y haz tú lo mismo».

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La dirección espiritual

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2010

 

Para tener seguridad de lo que Dios muestra al alma y de no equivocarse al interpretarlo es necesaria la dirección espiritual. Hay cinco razones[1]:

  1. Con el director espiritual, quien Dios tiene puesto por juez espiritual de cada alma, se confirman las comunicaciones hechas por Dios. El director tiene la potestad de aprobar o reprobar. La experiencia confirma lo dicho.
  2. El director espiritual lleva al alma por la vía de la desnudez y la pobreza, que es la mejor vía para llegar a la perfecta unión con Dios.
  3. Para lograr la fundamental virtud de la humildad, como base de todo el edificio espiritual, conviene informar al director de todo lo que suceda al alma (hablar es humildad); así, ella ganará en obediencia y espíritu de mortificación.
  4. Con la dirección espiritual se evitan riesgos de desvíos del alma.
  5. La dirección espiritual es el camino escogido por Dios. Más preciosa es una obra hecha en la obediencia y en la caridad que cualquier visión o revelación: muchas almas van más adelante sin esas visiones y revelaciones en la obediencia y el amor.

Recuérdese que san Pablo pone la obediencia como la esencia misma de la Redención: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz»[2].

Cómo escoger al director

Para elegir al director de nuestra alma es bueno buscar en él ciertas cualidades naturales y espirituales con las que podrá ejercer mejor su función:

– Un buen director debe conocer a fondo la doctrina de la Iglesia Católica y poseer ciencia suficiente sobre la ascética (práctica y ejercicio de la perfección espiritual) y la mística (experiencia de lo divino), para tener la capacidad de discernir lo que está sucediendo en nuestras almas. 

– Un buen director debe haber mantenido una vida de oración intensa por muchos años, de modo que posea la experiencia necesaria para encaminar a su dirigido hacia la santidad; estará así libre de muchos apegos y apetitos desordenados, que le entorpecerían o impedirían discernir, aconsejar y dirigir.

– Un buen director debe ser un verdadero testimonio de vida: si es sacerdote, que sea obediente a la Iglesia, profundo en su trato con Dios, dedicado a servir a sus fieles, moderado en sus costumbres, etc.; si es un laico, que sea un modelo como esposo y como padre, que sea conocido por sus virtudes, que sea un ciudadano ejemplar, servicial, cumplidor de sus obligaciones laborales y sociales y, sobre todo, hombre de vida interior.

– Un buen director debe poseer espíritu de discernimiento y prudencia para examinar los diversos movimientos del alma y los del Espíritu Santo (ojalá posea, además, el carisma de discreción de espíritus, un don regalado por el Espíritu Santo sólo a algunos).

– Un buen director debe respetar la libertad individual y la vocación del dirigido: su tarea es conducirlo hacia el camino que le tenga preparado el Espíritu Santo.

– Un buen director debe poseer la virtud de la humildad: sabe él que es poca cosa —nada— para realizar esa misión; pero acepta, por obediencia, servir así a sus hermanos cogido de la mano del Espíritu Santo y confiado totalmente a Él.

– Un buen director debe trabajar con todo su empeño por la santidad de su dirigido orando intensamente por él y pidiendo luces para descubrir el camino que el Espíritu Santo quiere para esa alma en particular; y, además, ofreciendo por él sus labores, padecimientos y sacrificios.

Cómo lograr una buena dirección espiritual

1.  El alma dirigida debe comprometerse a buscar la santidad por todos los medios y con todas sus fuerzas; y que su meta sea la perfecta unión con Dios.

2.  Desde que un alma escoge a su director, asume de inmediato que sus sugerencias y consejos provienen del Espíritu Santo, ya que Él le otorga una gracia especial llamada «gracia de estado», que lo faculta para dirigir adecuadamente esa alma y para interpretar eficazmente sus movimientos interiores: verificará así, por ejemplo, si esos movimientos y deseos son de Dios, de su propia psicología o del Demonio. Todo esto se deriva en la obediencia: sujetarse al director es sujetarse a Dios.

3. El director debe conocer bien el alma que guía: además de sus circunstancias personales, debe saber sus pasos y sus dificultades en el camino hacia la unión con Dios y —por lo tanto— en la oración, sus cualidades y sus defectos, el apostolado que realiza o quiere realizar, etc. Por eso, es indispensable que haya sinceridad a toda prueba; esa sinceridad implica también no callar lo que sucede: ni lo malo ni lo bueno.

4. El dirigido debe comprometerse a orar diariamente por el director. Solo así se llevará a cabo la acción del Santo Espíritu en esa relación espiritual: el camino será más corto y más eficaz.

Secuencia

Aunque cada alma es única e irrepetible y el Espíritu Santo actúa en forma individual y por muy diversos caminos, hay una secuencia lógica (y casi cronológica) en el ascenso del ser humano hacia Dios.

Los primeros pasos en la evolución espiritual son:

 1.  Un compromiso personal de vivir los mandamien-tos de la Ley de Dios y los de la Iglesia.

2.  Estudiar la doctrina de la Iglesia, comenzando por el Catecismo de la Iglesia Católica.

3.  Iniciar un diálogo con Dios, es decir, una conversación (un acto de hablar una persona con otra que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos).

Este diálogo debe ser real, no figurativo, persona a persona, dándose cuenta de quién es nuestro interlocutor. Esto produce siempre una impresión fuerte en el alma que, al comienzo, es de temor reverencial y respetuoso pero luego se convierte en amor sublime. El alma experimenta la presencia de Dios y, más adelante, su acción.

Este tipo de diálogo se llama oración mental.

Es muy útil empezar esta oración meditando la cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica, la que se refiere precisamente a la oración.

Se recomienda iniciar orando unos diez minutos diarios.

Conviene tener presentes los progresos e inconvenientes para comentarlos luego con el director espiritual.


[1] Cf. San Juan de la cruz, Subida al monte Carmelo 2, 22.

[2] Flp 2, 5-8.

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Reglas para el sentido verdadero que en la Iglesia debemos tener*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 14, 2010

Según san Ignacio de Loyola

 

Conferencia dada por el R. P. Carlos M. Buela, V. E., el 9 de noviembre de 1995, en la Iª Jornada sobre «Sensus Ecclesiae»

Estas Reglas para sentir con la Iglesia las escribió el santo estando en Roma, entre el año 1539 y 1541, fecha donde concluye con la redacción definitiva del libro de los Ejercicios Espirituales, tal como han llegado a nosotros.

  

I. Lo que dice respecto a la fe  

 1. Sentir con la Iglesia implica rechazar el sectarismo. Tiene que haber tal disposición de la mente y del corazón en el bautizado, que esté dispuesto siempre a seguir a aquél a quién el mismo Jesucristo puso como cabeza visible de su Iglesia, es decir, Pedro. Por eso dice en la primer regla: «depuesto todo juicio —vale decir, dejando de lado todo lo que nosotros podamos pensar—, debemos tener ánimo aparejado y pronto para obedecer en todo a la verdadera esposa de Cristo Nuestro Señor, que es nuestra santa madre la Iglesia Jerárquica».

En la regla decimotercera lo dice de una manera hermosísima, porque usa una exageración justamente para hacer ver la fuerza del principio: «Debemos siempre tener, para en todo acertar —es decir, para no equivocarse— que lo blanco que yo veo, creer que es negro si la Iglesia jerárquica así lo determina». Veo la pared blanca y la Iglesia Jerárquica me dice que es negra: ¡es negra! Y da la razón de esto: «creyendo que entre Cristo, Nuestro Señor, Esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras almas, porque por el mismo Espíritu y Señor Nuestro, que dio los diez Mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia».

2. En segundo lugar, una cosa que es muy delicada y que hay que tener muy en cuenta, sobre todo cuando se trata de la educación de jóvenes (como los seminaristas y las monjas). Muchas veces por enfatizar una verdad, pero enfatizarla de manera unilateral, resulta que se está dejando de lado o se está oscureciendo o se está minusvalorando otra verdad también revelada. Entonces se puede llevar a actitudes que finalmente terminan siendo poco eclesiales.

Por ejemplo: acción y contemplación. Si uno habla de contemplación que no hace acción, se puede caer en el quietismo; o si habla de tal manera de la acción sin contemplación, se cae en el activismo o americanismo

Lo mismo pasa cuando se habla con demasiado énfasis de lo espiritual y de lo sobrenatural, se puede caer en el angelismo; o se habla de tal manera de lo temporal, olvidándose de lo espiritual y sobrenatural, que caen en el temporalismo.

Siempre se va a estar —y esto mismo viene del misterio del Verbo Encarnado— entre dobles realidades que, lejos de oponerse, se complementan y se integran perfectamente bien. Hay que tenerlas en cuenta justamente para evitar de caer así en ese tipo de particularismos que pueden ser nefastos.

En la formación de los seminaristas pasa que, en general, el joven no tiene toda la prudencia que nos dan los años; pero si uno —por ejemplo— no sabe educarlo en la prudencia, lo puede hacer temeroso, lo puede hacer cobarde y puede quitarle justamente eso tan hermoso que tiene el joven, que es el entusiasmo, el brío y, hay que aceptarlo, a veces la exageración. Muchas veces por querer formar gente equilibrada, se forman una especie de minushombres. En esto hay un equilibrio difícil de lograr y mantener y respecto al cual el educador tiene que tener mucho cuidado para no lograr lo contrario de lo que busca.

Lo mismo podemos decir del tema «no ser del mundo, pero hay que estar en el mundo»; la oposición que algunos hacen entre «amor de Dios» y «amor del prójimo»; o las crisis que se dan a veces porque algunos afirman la identidad en contra del pluralismo u otros que afirman el pluralismo en contra de la identidad.

En el lenguaje de san Ignacio se observa algo similar con respecto a la predeterminación: «Dado que sea mucha verdad que ninguno se puede salvar sin ser predestinado y sin tener fe y gracia es mucho de advertir en el modo de hablar y comunicar en todas ellas. Algunos hablan de tal manera de gracia que es como si negasen la naturaleza y podría hacerla contraria, otros hablan de tal manera de la naturaleza que da la impresión de que niegan la gracia».

En la regla 15ª: «No debemos hablar mucho de la predestinación por vía de costumbre; mas si en alguna manera y algunas veces se hablare, así se hable que el pueblo menudo no venga en error alguno, como algunas veces suele, diciendo: Si tengo de ser salvo o condenado, ya está determinado, y si por bien o mal, no puede ser ya otra cosa; y con esto entorpeciendo se descuidan en las obras que conducen a la salud y provecho espiritual de sus ánima».

En la regla 16ª: «De la misma forma es de advertir que por mucho hablar de la fe y con mucha intensión, sin ninguna distinción y declaración, no se dé ocasión al pueblo para que en el obrar sea torpe y perezoso…».

Y, finalmente, en la regla 17ª: «No debemos hablar tan largo instando tanto en la gracia, que se engendre veneno, para quitar la libertad. De manera que de la fe y gracia se puede hablar cuanto sea posible mediante el auxilio divino, para mayor alabanza de su Divina majestad, mas no por tal suerte ni por tales modos, que las obras y el líbero arbitrio reciban detrimento alguno o por nihilo se tengan».

3. Los métodos de enseñanza. Es interesante verificar cómo el santo en estas Reglas para sentir con la Iglesia pone en su lugar importantísimo a los Santos Padres y cómo pone también en su lugar lo que él llama los doctores escolásticos: «alabar la doctrina positiva y escolástica; porque así como es más propio de los doctores positivos, como san Jerónimo, san Agustín, san Gregorio, etc. —los Santos Padres—, el mover los afectos para en todo amar y servir a Dios nuestro Señor, así es más propio de los escolásticos como santo Tomás, san Buenaventura, el Maestro de las Sentencias, etc., el definir y declarar para nuestros tiempos de las cosas necesarias a la salud eterna y para más impugnar y declarar todos errores y todas falacias», etc. Nosotros tenemos que actualizar todo esto. Así como es importante tomar de los Padres positivos, los Santos Padres, su doctrina, porque inflaman nuestra voluntad en el deseo de amar a Dios y así como debemos tomar a los escolásticos porque nos enseñan a definir con precisión las cuestiones más importantes, evidentemente tenemos que aprender de los santos.

Esta es la lista que siempre uso:

– de Don Orione: la atención a los enfermos y deficientes, la confianza en la Providencia;
– del Cura de Ars: cómo atender una parroquia;

– de san Ignacio: el predicar Ejercicio Espirituales;

– de san Alfonso: las misiones populares;

– de Don Bosco: la educación de los niños, de los jóvenes, el espíritu que tiene que reinar en los campamentos;

– de san Juan de la Cruz y santa Teresa lo que hace a la ascética y mística;

– de san José Caffaso: como confesar;

– de san Felipe Neri: lo que hace a la alegría;

– de san Luis María Grignion de Montfort: la devoción a la Santísima Virgen.

 

 

II. El ejercicio práctico de la vida cristiana

1. Respecto a los actos de culto, dice en la regla 3ª: «alabar el oír Misa a menudo».

Nosotros nunca tenemos que dejar de lado esto, que es el corazón de nuestra vida; incluso debemos ir perfeccionando en nuestras comunidades su participación litúrgica. En eso siempre se puede mejorar, siempre se puede aprender.

«Asimismo cantos, salmos y largas oraciones en la Iglesia y fuera de ella; así mismo habrá horas ordenadas destinadas a tiempo para todo Oficio Divino —la Liturgia de las Horas— y para toda oración y todas horas canónicas».

En la 8ª regla: «Alabar ornamentos y edificios de iglesias…». Todo eso se puede mejorar. Hay algunos ornamentos que, con todo el respeto a los ornamentos, habría que quemarlos, porque son de la época en la que nos regalaban ornamentos de otros lados, porque ya no les servían; eso hay que cambiarlo. Hay que saber invertir en las cosas del culto. Como decía Felipe II, el que hizo El Escorial, cuando le preguntaron: «¿Cómo? ¿El piso de su departamento es de ladrillo?», él respondió: «Un palacio para Dios y una choza para el rey». ¡Bien nos podemos privar nosotros de cosas, pero no podemos privar lo que hace al esplendor del culto! «…asimismo imágenes, y venerarlas, según que representan».

Respecto de los sacramentos:

«Alabar el confesar con sacerdotes, recibir el Santísimo Sacramento».

Respecto de la devoción a los santos:

«Alabar reliquias de santos haciendo veneración a ellas, y oración a ello: alabando estaciones, peregrinaciones, indulgencias, perdonanzas, cruzadas y candelas encendidas en las iglesias».

Y, en la regla 12ª: «Debemos guardar en hacer comparaciones de los que somos vivos a los bienaventurados pasados, que no poco se yerra en esto, es a saber, en decir: éste sabe más que san Agustín, es otro o más que san Francisco, es otro san Pablo en bondad, santidad, etc.» . ¡No!, ¡no hay que hacerlo!

2. Respecto a la ascética cristiana, la regla 4ª: «alabar mucho religiones, virginidad y continencia, y no tanto el matrimonio como ninguna de éstas».

La regla 5ª: «alabar voto de religión, de obediencia, de pobreza, de castidad y de otras perfecciones de supererogación».

La regla 7ª: «Alabar constituciones acerca de ayunos y abstinencias, así como cuaresma, cuatro témporas, vigilias, viernes y sábados; asimismo penitencias no solamente internas, mas aun externas».

En la regla 18ª va a hablar sobre el santo temor de Dios: «Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su Divina Majestad; porque no solamente el temor filial es cosa pía y santísima, más aún el temor servil, donde otra cosa mejor más útil al hombre no alcance, ayuda mucho para salir del pecado mortal, y salido fácilmente viene el temor filial, que es todo acepto y grato a Dios Nuestro Señor, por estar en uno con el amor divino».

3. Por último, respecto a la autoridad, la regla 10ª: «Debemos ser más prontos para abonar y alabar así constituciones, comendaciones como costumbres de nuestros mayores; porque, dado que algunas no sean o no fuesen tales, hablando contra ellas, sea predicando en público, sea platicando delante del pueblo menudo, engendrarían más murmuración y escándalo que provecho; y así se indignaría el pueblo contra sus mayores, sean temporales sean espirituales. De manera que así como hace daño el hablar mal en ausencia de los mayores a la gente menuda, así puede hacer provecho hablar de las malas costumbres a las mismas personas que puedan remediarlas».

III. La limosna

Ahora voy a la parte de limosna. Hoy día se entiende lamentablemente mal, muchas veces, lo que es la limosna. La limosna abarca absolutamente todo lo que hace al amor del prójimo.

El Papa, en un discurso muy hermoso, justamente trata el tema este de la limosna y dice: «La limosna es mucho más. Es ayudar a quien tiene necesidad. Es hacer participar a los otros de los propios bienes. Es la disponibilidad a compartirlo todo. Es la prontitud en darse a sí mismo. Es la actitud de apertura interior hacia el otro».

Nosotros cuando pensamos en limosna pensamos en los pobres; y está bien. Pero pobres somos todos, esa es la cosa. A lo mejor estamos pensando hacer limosna, hacer bien al prójimo, al pobre que viene a pedir comida, y no nos damos cuenta que hay un pobre al lado nuestro: una hermana que está probada o que está triste, o que está angustiada, o que le va mal en los estudios… y que justamente tenemos que ayudar. Y si nosotros tenemos esa actitud de apertura interior hacia el otro, podemos ayudar, podemos hacer bien, debemos hacer bien.

Cuando el Evangelio nos habla de la viuda pobre, no quita nuestro Señor valor a la limosna material, pero fíjense qué es lo que alaba Nuestro Señor. Pone énfasis Nuestro Señor en el valor interior del don: «dio todo lo que tenía». ¡Y eran dos monedas!

 Por eso, en su sentido profundo, la limosna es un acto de amor al prójimo, por amor de Dios, y yo creo que acá hay un elemento también esencial para tener un sano «sensus Eclesiae».

¿Cómo practicarla? Cristo exige de mí una apertura hacia el otro. Pero, ¿hacia qué otro? Dice el Papa con signo de admiración: «¡Hacia el que está aquí en este momento! No se puede aplacar esta llamada de Cristo hacia un momento indefinido, en el que aparecerá el mendigo calificado y tenderá la mano».

Debemos saber estar abiertos a todos los hombres, dispuestos a ayudarlos pronto, a ofrecernos.

Debemos practicar la limosna cada día, en las situaciones ordinarias de convivencia y de contacto, donde cada uno de nosotros es siempre el que puede dar a los otros, y hay que estar dispuesto a aceptar. Muchas veces aceptar es una forma de dar porque lo está haciendo sentir al otro útil. Por eso puedo y debo ofrecerme a los otros de múltiples maneras: con palabras buenas, dando buenos consejos, con la sonrisa, dando el tiempo precioso, sabiendo visitar, sabiendo consolar… Es absolutamente lo contrario a vivir encerrado en una campana de cristal. Hay que saber perseverar continuamente en esa actitud interior de la apertura hacia los otros. Si hacemos así, cuando lleguen esas ocasiones extraordinarias donde aparece alguien en determinado momento…, si perseveramos en esa actitud interior, aprovecharemos ese momento para esa persona que viene con una necesidad concreta y buscaremos ayudarla. Si no tenemos esa disposición interior, va a volver la persona que necesita, como pasa lamentablemente tantas veces, y no la vamos a tratar bien, y se va a ir.

Hace poco recordaba aquí a los seminaristas una cosa que es de marketing, de empresa. Hicieron estudios estadísticos en los Estados Unidos en los que demostraron lo siguiente: cuando una empresa pierde un cliente, después tiene que invertir 16 veces más para volverlo a recuperar. La Iglesia no es una empresa —¡claro!— pero si nosotros tratamos mal a la gente, después vamos a tener que gastar 16 veces más de tiempo, de pastoral, de esfuerzo, para volverlo a conquistar; si es que con la gracia de Dios se puede. La gente se suele escandalizar cuando en nosotros, religiosos, sacerdotes y religiosas, no encuentra esa actitud interior de apertura a sus necesidades. Si no trabajamos por estar abiertos a los demás, nunca llegará el momento de ayudar a los necesitados.

Por eso, el hecho de compartir con nosotros los propios bienes es una obligación grave por derecho natural y divino positivo. Así se expresa en las Sagradas Escrituras:

– en el Deuteronomio, capítulo 14: «nunca dejará de haber pobres en la tierra por eso te doy este mandamiento: abrirás tu mano a tu hermano, al necesitado y al pobre de tu tierra»

– en el libro de Tobías, capítulo 4: «Según tus facultades haz limosna y no se te vayan los ojos tras lo que des. No apartes el rostro de ningún pobre y Dios no los apartará de ti. Si abundares en bienes, haz de ellos limosna, y si estos fueran escasos, según sea tu escasez, no temas hacerla. Con esto atesoras un depósito para el día de la necesidad, pues la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas y es un buen regalo la limosna en la presencia del Altísimo para todos los que la hacen» (7-12).

– en el Nuevo Testamento, por citar una sola cosa, en la primera carta de san Juan, capítulo 3: «Quien tuviere bienes en este mundo y viendo a su hermano padecer necesidad y le cierra sus entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y de verdad» (3, 17-18).

Finalmente debo afirmar: «al atardecer de la vida —como dice san Juan de la Cruz— seremos juzgados en el amor». «Tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estuve desnudo, etc.»

Aprendamos a ver en nuestro prójimo a otro Cristo. Así incluso pasó, en esos casos excepcionales que se ven en la vida de los santos. San Gregorio Magno, en la catedral de San Pedro, el día del Jueves Santo, besando los pies de los doce pobres, levanta la vista y ve en uno de ellos… ¡el rostro de Cristo! A san Camilo de Lelis le pasó lo mismo cuando daba de comer a los enfermos en el hospital; lo mismo que a san Martín de Tours, cuando parte su capa para darle la mitad al pobre que tiritaba de frío y estaba en el puente; y a santa Catalina de Siena dos veces le pasó lo mismo. Jesús, de una manera misteriosa pero real, está presente en todo prójimo.

Por eso, pidamos la gracia para crecer en sentido eclesial, para vivir siempre auténticamente la caridad de Cristo; pues, como dice Don Orione, «sólo la caridad de Cristo salvará al mundo».

  

 

 

 

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Ciclo C, XIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 12, 2010

¿Está alegre tu corazón?

Casi todos los hombres buscan continuamente las diversiones y las distracciones, e inventan una y mil formas para gozar, es decir, usar las cosas y aprovechar las circunstancias para experimentar placer con ello.

A veces esto sucede porque hay muchas penas; al fin y al cabo, ¿no es este mundo «un valle de lágrimas»? Pero en la mayoría de las ocasiones esta actitud obedece a que el hombre no tiene paz ni alegría en su corazón, razón que mueve a muchos a buscarlas en las sectas y en el esoterismo…

El católico se distingue de los demás —esencialmente— por tres características: la Fe: creemos en todo lo que decimos en el Credo y en lo que está escrito en el Catecismo; la Esperanza: sabemos que nos espera el premio a nuestros esfuerzos; y la Caridad: estamos seguros de que el amor es el verdadero y único camino que lleva a la felicidad verdadera.

Las lecturas de hoy nos enseñan que la alegría del cristiano nace de la Esperanza. Isaías nos dice: Festejen a Jerusalén, gocen con ella, alégrense de su alegría…, se alegrará su corazón.

San Pablo nos urge para que luchemos por ella: el cristiano debe su alegría a la gloria de la Cruz de Cristo, no a la vanagloria personal —a menudo nos creernos más de lo que somos—, ya que es sólo eso: vana gloria.

A su vez, san Lucas nos cuenta cómo Jesús envió a setenta y dos discípulos a dar a todos la más nueva, positiva y alegre noticia: está cerca de ustedes el Reino de Dios, la alegría y la paz absolutas.

Algo que llama la atención es que Jesús les dice a esos enviados que no lleven talega, alforja ni sandalias; esto es, a no poner las ilusiones en las cosas, sino en el motivo de nuestra verdadera esperanza: ¡el día en que se cumplirá lo que hoy nos hace dueños de la alegría!

¿Nos hemos dado cuenta alguna vez que también nosotros somos portadores de esta Buena Noticia?

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Ciclo C, XIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en julio 6, 2010

¿Escuchas que Dios te llama?

 

Elías unge a Eliseo para hacerlo profeta; Jesús ofrece la vocación a uno, rechaza a otro y, a quien vacila, lo impulsa a obedecer el llamado que le hace. Hoy todo, pues, nos habla de vocación, llamado.

La vocación es una inspiración con que Dios llama a alguien a un estado: matrimonio, vida consagrada, sacerdocio… Están equivocados quienes piensan que la vocación es simplemente una inclinación a cualquier estado, profesión o carrera. Es un llamado de Dios.

Atender ese llamado de Dios y obedecerlo nos asegura la felicidad; la auténtica, pues Dios es la infinita sabiduría y no puede equivocarse; sabe Él qué es lo que más nos hará felices. Y, como nos ama, desea solo nuestra felicidad y la favorece. Así pues, quien quiera ser feliz sólo tiene que atender el llamado divino.

Pareciera que la segunda lectura es la consecuencia lógica de las otras dos: quien sigue a Dios obedeciendo el llamado que Él le hace será libre: no se someterá más al yugo de la esclavitud. Porque es esclavitud seguir nuestro parecer: pensar que nosotros sabemos —más que Dios— qué es lo que nos conviene; también es esclavitud obstinarnos en nuestro juicio, olvidándonos de que Dios nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos.

Por eso, nuestra vocación es la libertad. No esa libertad que encubre los deseos de la carne (placer, tener, poder y fama), sino el amor que Dios da a quienes lo siguen, y por el que nos hacemos esclavos unos de otros. Pues la Ley entera se resume en una frase: Amarás al prójimo como a ti mismo.

Por eso san Pablo nos dice: caminen según el espíritu y así no realizarán los deseos de la carne, pues los deseos de la carne se oponen al espíritu, y los deseos del espíritu se oponen a la carne.

El espíritu da la libertad; la carne nos esclaviza.

El espíritu nos hace tender a amar; la carne, a ser egoístas. ¿De cuál nos estamos dejando guiar?

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El espíritu de la liturgia*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 3, 2010

El sacerdote en la Praeparatio y en la Acción de Gracias de la Santa Misa

 

1. La oración íntima y personal de Jesús

Para el sacerdote, dar fruto en la vida y en el ministerio depende de la unión con Dios, unión que está en la base también del hecho de que los fieles se dirijan a él para que rece por ellos. Jesucristo confió a aquellos que lo seguían más de cerca una palabra que aclara el sentido de todo el bien que habrían hecho: “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, no podéis hacer nada” (Jn 15,5). El mismo Señor Jesús, en el contexto de los muchos milagros realizados por él, estableció un tiempo para estar solo, para dedicar a la oración a su Padre celestial. Para Jesús, la oración oficial de la liturgia era soportada por una vida interior, en la cual la reserva apoyaba esa intimidad que nutre la oración personal. Las dimensiones eclesial y comunitaria se refuerzan por una relación personal similar con Dios, que cada fiel espera poder profundizar.

La búsqueda de Dios, que da significado a la vida de los que lo aman, sirve de recuerdo cotidiano del hecho de que toda bendición proviene y al mismo tiempo dirige hacia el Dios omnipotente. La Sagrada Escritura describe de forma vívida el alimento que Jesús tomaba de su vida de oración escondida: “él se retiraba a lugares desiertos para orar” (Lc 5,16). Del mismo modo, notamos la importancia de los distintos momentos del día, por el hecho de que Jesús se muestra particularmente atento al silencio de la oración, en la que busca la voluntad del Padre. Momentos similares animan un especial recogimiento y una cercanía ininterrumpida: “Por la mañana se alzó cuando aún estaba oscuro y, tras salir de casa, se retiró a un lugar desierto y allí rezaba” (Mc 1,35); “Después, subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer, todavía estaba allí, solo” (Mt 14,23).

2. La oración íntima y personal del sacerdote

El sacerdote, consciente de participar en la obra de Cristo, se esfuerza por seguir su ejemplo, por guiar el santo pueblo de Dios al Padre, a través de Cristo en el Espíritu Santo. Él sabe muy bien que, dado que sus defectos dañan la credibilidad de su testimonio, debe pedir con no menor urgencia a Dios que infunda en él las virtudes propias de su estado. Parte de la homilía propuesta en el rito de ordenación del presbítero instruye a aquel que va a ser ordenado de esta forma: “Así continuarás la obra de santificación de Cristo. A través de tu ministerio, el sacrificio espiritual de los fieles se hace perfecto, porque está unido al sacrificio de Cristo, es ofrecido a través de sus manos en el nombre de la Iglesia de forma incruenta sobre el altar, en la celebración de los sagrados misterios. Reconoce lo que haces, imita a aquel que tocas, para que celebrando el misterio de la muerte y resurrección del Señor, puedas mortificar en ti mismo todos los vicios y prepararte a caminar en una vida nueva” [1].

Se ve, por ello, que el motivo de una particular preparación del sacerdote antes de la Misa y el agradecimiento después de ella reside en el beneficio para la Iglesia entera, porque el sacerdote que santifica al pueblo cristiano necesita él en primer lugar ser colmado por el espíritu de santidad. Siempre es de ayuda al sacerdote haber tomado un momento para considerar los textos que rezará durante la Misa, sea en el día en el que participará la asamblea, sea cuando falta esta. Oportunas reflexiones previas sobre los textos pueden estimular un deseo más profundo de Dios. La preparación textual constituye una preparación litúrgica coherente para la Santa Misa, no en último término porque está basada en la Sagrada Escritura. Un sacerdote que cultiva el silencio personal en el tiempo que precede y que sigue a la Santa Misa, con su misma disposición animará el espíritu de meditación.

Un sacerdote en atención pastoral podría tener que luchar para establecer el silencio deseable en toda sacristía, especialmente si se presenta la necesidad de tener que recibir en ella a los fieles. Pero precisamente para él en particular, los textos de preparación antes de la Misa y de agradecimiento después de ésta pueden ser rezados en cualquier momento. Éstos reconocen también las limitaciones de tiempo y por ello se presentan como un apoyo espiritual más que como una imposición de obligación al sacerdote que intenta celebrar la Misa del modo más reverente posible. Debe señalarse que la ligera categoría [blanda rubrica] que se encuentra bajo los títulos de la Praeparatio ad Missam y de la Gratiarum Actio en el Misal de 1962 reconoce estas exigencias concretas del sacerdote [2]. Ningún acto de amor, por definición, es apresurado. Habiendo ofrecido el supremo sacrificio del amor de Cristo, es de esperar que un sacerdote sea movido a hacer lo que sea posible para encontrar un tiempo, aunque sea breve, para una acción de gracias después de la Misa. Y se sentirá reforzado por haberlo hecho.

La preparación de un sacerdote para la Misa será ulteriormente apoyada por el ciclo de la Liturgia de las Horas, que enriquece la vida de todo sacerdote. La antigua sabiduría del Ritus Servandus in Celebratione Missae, que se encuentra aún en la primera parte del Misal de 1962, presume la importancia intrínseca del Oficio Divino para la vida interior del presbítero. Ésta establecía que los Maitines (actual Oficio de Lectura, n.d.t.) y las Laudes debían haberse completado antes de la celebración. También debe decirse que el contexto de esa prescripción secular no podía tener presente la Misa de la tarde [3].

Dado que la Misa se celebra actualmente en cualquier hora del día litúrgico, ya no se aplica esta norma de modo restrictivo, sin embargo los Principios y Normas para la Liturgia de las Horas explican atentamente la conexión entre la celebración de la Eucaristía y la Liturgia de las Horas: “Cristo ha mandado: ‘Hay que rezar siempre sin descanso’” (Lc 18,1). Por ello la Iglesia, obedeciendo fielmente a este mandato, no cesa nunca de elevar oraciones y nos exhorta con estas palabras: ‘Por medio de él (Jesús) ofrecemos continuamente un sacrificio de alabanza a Dios’ (Hb 13,15). A este precepto la Iglesia responde no solo celebrando la Eucaristía, sino también de otras formas, y especialmente con la Liturgia de las Horas, la cual, entre las demás acciones litúrgicas, tiene como característica, por antigua tradición cristiana, santificar todo el transcurso del día y de la noche” [4].

3. La Praeparatio ad Missam

3.1. La comparación de los textos ofrecidos para la Praeparatio muestran que las mismas oraciones están incluidas en las dos formas del Rito Romano, aunque hayan sido reducidas a cuatro en el Missale Romanum de 1970. En este, encontramos la oración Ad Mensam de san Ambrosio; la Omnipotens sempiterne Deus, ecce accedo de santo Tomás de Aquino; una oración a la Beata Virgen María, O Mater pietatis et misericordiae; y la Fórmula de Intención Ego volo celebrare Missam [5]. A raíz de una primera reforma de las indulgencias hecha después del Concilio Vaticano II y publicada en el Enchiridion de las Indulgencias de 1968, no se mencionan las indulgencias que fueron unidas a la recitación de estas oraciones por Pío IX, cuyos detalles habían sido publicados en el Misal de 1962.

3.2. Amplios textos adornan ese Misal, La antífona Ne reminiscaris pide a Dios que sea misericordioso a pesar de nuestros pecados y de los de aquellos que nos han precedido. Esta va seguida por los salmos 83, 84, 85, 115 y 129. El Kyrie eleison, Christe eleison, Kyrie eleison y el Pater noster, cuyas dos últimas líneas forman el inicio de una serie de versículos, son seguidos por un número de colectas breves. En algunos manuales devocionales estas siete colectas se atribuyeron a san Ambrosio y asignadas a los diversos días de la semana. Sea como sea, por la forma como están colocadas en el Misal, se considera que deben decirse sucesivamente bajo una única conclusión. Todas, excepto la séptima, se concentran sobre la obra de santificación del Espíritu Santo. La séptima colecta es seguida por una doxología más larga que concluye la serie. La primera colecta reza para que el Espíritu Santo resplandezca en nuestros corazones, para que podamos celebrar dignamente los santos misterios. La segunda pide que podamos amar a Dios perfectamente y alabarlo dignamente. La tercera, que podamos servir a Dios en la castidad y pureza de espíritu, mientras que la cuarta implora al Paráclito que ilumine nuestras mentes. La quinta pide la fuerza del Espíritu Santo para expulsar las fuerzas del enemigo. La sexta colecta pide la sabiduría y la consolación, y la última pide a Dios que nos purifique y que haga de nosotros el lugar de su morada.

3.3. La extensa Oratio Sacerdotis ante Missam está dividida en el Misal en siete partes, una por cada día de la semana, y forma una meditación orante sobre la imitación de las virtudes de Cristo, Sumo Sacerdote. Su significado es tan confortante como exigente. La relevancia de sus diversos temas es adecuada a su estilo literario, que es insistente e íntimo. El domingo, el sacerdote pide al Espíritu Santo que le enseñe a tratar los santos misterios con reverencia, honor, devoción e íntimo temor. El lunes, se concentra sobre su necesidad de castidad perfecta, mientras que el martes, el sacerdote reconoce su propia indignidad al celebrar la Misa y, mientras proclama su fe en que Dios puede suplir cuanto le falta, pide percibir su presencia mientras celebra y también ser rodeado por los ángeles. El miércoles sale a la luz el elenco de las necesidades sociales de las personas por las cuales Cristo derramó su Sangre. El jueves, el sacerdote, mientras mendiga la misericordia divina, recuerda cómo la providencia socorre la fragilidad humana: “Tu amas todo lo que existe, y no desprecias nada de cuanto has hecho” [6]. El viernes, el sacerdote reza especialmente por los difuntos y el sábado reflexiona sobre el gran don del Santísimo Sacramento y suplica que éste le pueda conducir a ver a Dios cara a cara.

3.4. El Ad Mensam de san Ambrosio pide que el Cuerpo y la Sangre de Cristo puedan perdonar al sacerdote sus pecados y protegerlo de sus enemigos. La Oración de santo Tomás de Aquino, en cambio, pide que el poder curador del Santísimo Sacramento pueda preparar al sacerdote a la visión eterna de Dios. En la Oración a la Beata Virgen María, el sacerdote reza no sólo por sí mismo, sino por todos sus hermanos que celebran la Misa ese día en todo el mundo. Siguen oraciones a san José, a todos los ángeles y santos y finalmente una oración al santo en honor del cual será celebrada la Misa. La Fórmula de Intención recuerda al sacerdote la intención de la Iglesia respecto a la celebración de la Misa, así como su papel dentro de la misma. El sacerdote no opera solo. Lo que él realiza ha sido entregado por Cristo a su Iglesia, confirmado por el Magisterio y apoyado por la Tradición. El sacerdote hace presente el Cuerpo y Sangre de Cristo. Él sigue el rito de la santa Iglesia católica. Su objetivo es el de alabar a Dios y a la Iglesia celeste, mientras reza por la terrena, y en particular por todos aquellos que se han encomendado a sus oraciones, como también por el bienestar de toda la Iglesia católica. Después, al rezar por todos los fieles, el sacerdote pide que el Señor le conceda a él y a todos alegría con paz, cambio de vida, un espacio de verdadera penitencia, la gracia y el consuelo del Espíritu Santo y la perseverancia en las buenas obras.

4. La Gratiarum Actio post Missam

4.1. El cuerpo de textos que forma el agradecimiento tras la Misa muestra amor, humildad y fe que se exaltan en el don sublime de la Santísima Eucaristía. El Missale Romanum de 2002 contiene la Oración Universal atribuida al papa Clemente XI y el Ave María. Además, en común con el Misal de 1962, contiene la Oración de santo Tomás de Aquino; las Aspiraciones al Santísimo Redentor o Anima Christi; la Ofrenda de sí o Suscipe; la Oración ante Nuestro Señor Jesucristo crucificado o En Ego; y la Oración a la Beata Virgen María. A estos textos en el Misal de 1962 se anexaban las indulgencias de los papas Pío X, XI y XII, mientras que algunos textos del Missale Romanum de 2002 han sido incluidos también en el Enchiridion de las Indulgencias.

4.2. En el Misal de 1962, una antífona precede al Benedicite (cf. Dn 3,56-58) y al Salmo 150. Observando la misma estructura de la Preparación a la Misa, el Kyrie eleison y algunos versículos abren el camino a algunas colectas. La primera de ellas reza para que, como los tres jóvenes fueron sacados ilesos de las llamas, así puedan los siervos del Señor evitar las heridas del pecado. La segunda colecta pide que las obras buenas que Dios ha comenzado en sus siervos puedan llegar a su cumplimiento, mientras que la tercera, que tiene un tema semejante a la primera, es una oración a san Lorenzo, diácono y mártir, a quien se halló vencedor en el sufrimiento. Las devociones que el sacerdote puede recitar pro opportunitate poseen expresiones semejantes a las peticiones de protección en nuestro viaje hacia el Cielo. Tras la oración de santo Tomás hay otra (alia oratio) y el himno métrico Adoro Te, sigue la amada oración del Anima Christi. El Suscipe y el En Ego preceden a otra oración que pide que la Pasión de Cristo sea la fuerza del sacerdote, su defensa y gloria eterna. Antes de las oraciones a san José y al santo en honor del cual se ha celebrado la Misa, la Oración a la Beata Virgen María ofrece a Jesús, que ha sido recibido en la Santísima Eucaristía, a la Virgen Madre, para que Ella pueda volver a ofrecerlo en el supremo acto de adoración (latreia), o culto perfecto, a la Santísima Trinidad.

5. Conclusión

El Ordenamiento General del Misal Romano establece: “Es por ello de suma importancia que la celebración de la Misa, o Cena del Señor, esté ordenada de tal forma que los sagrados ministros y los fieles, participando en ella cada uno según su propio orden y grado, traigan abundancia de los frutos por los que Cristo instituyó el Sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre y lo ha confiado, como memorial de su Pasión y resurrección, a la Iglesia, su amadísima esposa” [7]. La preparación del sacerdote a la Misa y al acto de acción de gracias sucesivo se completan mutuamente. Estos nutren la reverencia en los corazones y en las mentes de los fieles que son ayudados a participar con mayor intensidad en la liturgia celebrada por un sacerdote que se ha beneficiado de la oportunidad de recogimiento. Lo que anima la preparación previa promueve también la acción de gracias sucesiva a la Misa. Ambas guían continuamente a la Iglesia hacia y desde el Sacrificio eucarístico que celebra y hace presente los frutos del misterio pascual hasta que Cristo vuelva en el fin de los tiempos

Por el padre Paul Gunter, OSB

Profesor del Pontificio Instituto Litúrgico de Roma y

Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice

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Notas

1) Pontificale Romanum, “De Ordinatione Episcopi, Presbyterorum et Diaconorum”, cap. 2, n. 151: Munere item sanctificandi in Christo fungéris. Ministério enim tuo sacrifícium spirituále fidélium perficiétur, Christi sacrifício coniúnctum, quod una cum iis per manus tuas super altáre incruénter in celebratióne mysteriórum offerétur. Agnósce ergo quod agis, imitáre quod tracta, quátenus mortis et resurrectiónis Dómini mystérium célebrans, membra tua a vítiis ómnibus mortificáre et in novitáte vitæ ambuláre stúdeas.

2) La expresión Praeparatio ad Missam impresa en negro está seguida por otra: pro opportunitate sacerdotis facienda escrita en rojo, lo que califica los textos como recursos facultativos que el sacerdote puede usar según las circunstancias.

3) Sacerdos celebraturus Missam […] saltem Matutino cum Laudibus absoluto.

4) Institutio Generalis de Liturgia Horarum, cap. 1, n. 10.

5) Missale Romanum, editio typica tertia 2002, nn. 1289-1291.

6) Sb 11,24 forma el introito del Miércoles de Ceniza, tanto en la forma ordinaria como en la extraordinaria del Rito Romano.

7) Institutio Generalis Missalis Romani, 2002, n. 17.

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Observancia de las normas litúrgicas y ars celebrandi*

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2010

 

Con motivo de la coincidencia, en 2009-2010, de diversos aniversarios: el 150° de la muerte del Santo Cura de Ars (1859), el 40° de la promulgación del Misal de Pablo VI (1969) y el 440° del Misal de san Pío V (1570), que en la edición aprobada por el beato Juan XXIII (1962) representa la forma extraordinaria del Rito Romano [1], es perfecta la oportunidad de poner en claro la peculiar dignidad del sacerdocio ordenado, profundizando en la teología y la espiritualidad de la Santa Misa, particularmente en la perspectiva del ministro que la celebra.

1. La situación en el posconcilio

El Concilio Vaticano II ordenó una reforma general de la sagrada liturgia [2]. Esta fue efectuada, tras la clausura del Concilio, por una comisión comúnmente llamada, por brevedad, el Consilium [3]. Es sabido que la reforma litúrgica fue desde el inicio objeto de críticas, a veces radicales, como de exaltaciones, en ciertos casos excesivas. No es nuestra intención detenernos en este problema. Podemos decir en cambio que se está generalmente de acuerdo en observar un fuerte aumento de los abusos en el campo celebrativo después del Concilio.

También el Magisterio reciente ha tomado nota de la situación y en muchos casos ha llamado a la estricta observancia de las normas y de las indicaciones litúrgicas. Por otra parte, las leyes litúrgicas establecidas para la forma ordinaria (o de Pablo VI) –la que, excepciones aparte, se celebra siempre y en todas partes en la Iglesia de hoy– son mucho más “abiertas” respecto al pasado. Estas permiten muchas excepciones y diversas aplicaciones, y prevén también múltiples formularios para los diversos ritos (la pluriformidad incluso aumenta en el paso de la editio typica latina a las versiones nacionales). A pesar de ello, un gran número de sacerdotes considera que tiene que ampliar ulteriormente el espacio dejado a la “creatividad”, que se expresa sobre todo con el frecuente cambio de palabras o de frases enteras respecto a las fijadas en los libros litúrgicos, con la inserción de “ritos” nuevos y a menudo extraños completamente a la tradición litúrgica y teológica de la Iglesia e incluso con el uso de vestimentas, vasos sagrados y adornos no siempre adecuados y, en algunos casos, cayendo incluso en el ridículo. El liturgista Cesare Giraudo ha resumido la situación con estas palabras:

“Si antes [de la reforma litúrgica] había fijación, esclerosis de formas, innaturalidad, que hacían la liturgia de entonces una “liturgia de hierro”, hoy hay naturalidad y espontaneísmo, sin duda sinceros, pero a menudo sobreentendidas, malentendidas, que hacen –o al menos corren en riesgo de hacer– de la liturgia una “liturgia de caucho”, resbaladiza, escurridiza, jabonosa, que a veces se expresa en una ostentosa liberación de toda normativa escrita. […] Esta espontaneidad mal entendida, que se identifica de hecho con la improvisación, la facilonería, la superficialidad, el permisivismo, es el nuevo “criterio” que fascina a innumerables agentes pastorales, sacerdotes y laicos. […] Por no hablar también de aquellos sacerdotes que, a veces y en algunos lugares, se arrogan el derecho de utilizar plegarias eucarísticas salvajes, o de componer acá o allá su texto o partes de él” [4].

El papa Juan Pablo II, en la encíclica Ecclesia de Eucharistia, manifestó su disgusto por los abusos litúrgicos que tienen lugar a menudo, particularmente en la celebración de la Santa Misa, en cuanto que “la Eucaristía es un don demasiado grande, para soportar ambigüedades y disminuciones” [5]. Y añadió:

“Por desgracia, es de lamentar que, sobre todo a partir de los años de la reforma litúrgica postconciliar, por un malentendido sentido de creatividad y de adaptación, no hayan faltado abusos, que para muchos han sido causa de malestar. Una cierta reacción al «formalismo» ha llevado a algunos, especialmente en ciertas regiones, a considerar como no obligatorias las «formas» adoptadas por la gran tradición litúrgica de la Iglesia y su Magisterio, y a introducir innovaciones no autorizadas y con frecuencia del todo inconvenientes.

Por tanto, siento el deber de hacer una acuciante llamada de atención para que se observen con gran fidelidad las normas litúrgicas en la celebración eucarística. Son una expresión concreta de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía; éste es su sentido más profundo. La liturgia nunca es propiedad privada de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios” [6].

 

2. Causas y efectos del fenómeno

El fenómeno de la “desobediencia litúrgica” se ha extendido de tal forma, por número y en ciertos casos también por gravedad, que se ha formado en muchos una mentalidad por la cual en la liturgia, salvando las palabras de la consagración eucarística, se podrían aportar todas las modificaciones consideradas “pastoralmente” oportunas por el sacerdote o por la comunidad. Esta situación indujo al mismo Juan Pablo II a pedir a la Congregación para el Culto Divino que preparase una Instrucción disciplinar sobre la Celebración de la Eucaristía, publicada con el título de Redemptionis Sacramentum el 25 de marzo de 2004. En la citación antes reproducida de la Ecclesia de Eucharistia, se indicaba en la reacción al formalismo una de las causas de la “desobediencia litúrgica” de nuestro tiempo. La Redemptionis Sacramentum señala otras causas, entre ellas un falso concepto de libertad [7] y la ignorancia. Esta última en particular se refiere no sólo al conocimiento de las normas, sino también a una comprensión deficiente del valor histórico y teológico de muchos textos eucológicos y ritos: “Los abusos encuentran, finalmente, muy a menudo fundamento en la ignorancia, ya que por lo general se rechaza aquello de lo que no se capta el sentido más profundo, ni se conoce su antigüedad” [8].

Introduciendo el tema de la fidelidad a las normas en una comprensión teológica e histórica, además de en el contexto de la eclesiología de comunión, la Instrucción afirma:

“El Misterio de la Eucaristía es demasiado grande ‘para que alguien pueda permitirse tratarlo a su arbitrio personal, lo que no respetaría ni su carácter sagrado ni su dimensión universal’. […] Los actos arbitrarios no benefician la verdadera renovación, sino que lesionan el verdadero derecho de los fieles a la acción litúrgica, que es expresión de la vida de la Iglesia, según su tradición y disciplina. Además, introducen en la misma celebración de la Eucaristía elementos de discordia y la deforman, cuando ella tiende, por su propia naturaleza y de forma eminente, a significar y realizar admirablemente la comunión con la vida divina y la unidad del pueblo de Dios. De estos actos arbitrarios se deriva incertidumbre en la doctrina, duda y escándalo para el pueblo de Dios y, casi inevitablemente, una violenta repugnancia que confunde y aflige con fuerza a muchos fieles en nuestros tiempos, en que frecuentemente la vida cristiana sufre el ambiente, muy difícil, de la ‘secularización’.

Por otra parte, todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido, como está prescrito en los libros litúrgicos y en las otras leyes y normas. Además, el pueblo católico tiene derecho a que se celebre por él, de forma íntegra, el santo sacrificio de la Misa, conforme a toda la enseñanza del Magisterio de la Iglesia. Finalmente, la comunidad católica tiene derecho a que de tal modo se realice para ella la celebración de la santísima Eucaristía, que aparezca verdaderamente como sacramento de unidad, excluyendo absolutamente todos los defectos y gestos que puedan manifestar divisiones y facciones en la Iglesia” [9].

Particularmente significativo en este texto es la llamada al derecho de los fieles de tener la liturgia celebrada según las normas universales de la Iglesia, además de subrayar el hecho de que las transformaciones y modificaciones de la liturgia – aunque se hagan por motivos “pastorales” – no tienen en realidad un efecto positivo en este campo; al contrario confunden, turban, cansan y pueden incluso hacer alejarse a los fieles de la práctica religiosa.

 

3. El ars celebrandi

He aquí los motivos por los cuales el Magisterio en las últimas cuatro décadas ha recordado varias veces a los sacerdotes en la importancia del ars celebrandi, el cual –si bien no consiste sólo en la perfecta ejecución de los ritos de acuerdo con los libros, sino también y sobre todo en el espíritu de fe y adoración con los que éstos se celebran– no se puede sin embargo realizar si se aleja de las normas fijadas para la celebración [10]. Así lo expresa por ejemplo el Santo Padre Benedicto XVI:

“El primer modo con el que se favorece la participación del Pueblo de Dios en el Rito sagrado es la adecuada celebración del Rito mismo. El ars celebrandi es la mejor premisa para la actuosa participatio. El ars celebrandi proviene de la obediencia fiel a las normas litúrgicas en su plenitud, pues es precisamente este modo de celebrar lo que asegura desde hace dos mil años la vida de fe de todos los creyentes, los cuales están llamados a vivir la celebración como Pueblo de Dios, sacerdocio real, nación santa (cf. 1 P 2,4-5.9).” [11].

Recordando estos aspectos, no se debe caer en el error de olvidar los frutos positivos producidos por el movimiento de renovación litúrgica. El problema señalado, con todo, subsiste y es importante que la solución al mismo parta de los sacerdotes, los cuales deben empeñarse ante todo en conocer de manera profundizada los libros litúrgicos, y también a poner fielmente en práctica sus prescripciones. Sólo el conocimiento de las leyes litúrgicas y el deseo de atenerse estrictamente a ellas impedirá ulteriores abusos e “innovaciones” arbitrarias que, si en el momento pueden quizás emocionar a los presentes, en realidad acaban pronto por cansar y defraudar. Salvadas las mejores intenciones de quien las comete, después de cuarenta años de “desobediencia litúrgica” no construye de hecho mejores comunidades cristianas, sino que al contrario pone en peligro la solidez de su fe y de su pertenencia a la unidad de la Iglesia católica. No se puede utilizar el carácter más “abierto” de las nuevas normas litúrgicas como pretexto para desnaturalizar el culto público de la Iglesia:

“Las nuevas normas han simplificado en mucho las fórmulas, los gestos, los actos litúrgicos […]. Pero tampoco en este campo se debe ir más allá de lo establecido: de hecho, haciendo así, se despojaría a la liturgia de los signos sagrados y de su belleza, que son necesarios, para que se realice verdaderamente en la comunidad cristiana el misterio de la salvación y se comprenda también bajo el velo de las realidades visibles, a través de una catequesis apropiada. La reforma litúrgica de hecho no es sinónimo de desacralización, ni quiere ser motivo para ese fenómeno que llaman la secularización del mundo. Es necesario por ello conservar en los ritos dignidad, seriedad, sacralidad” [12].

Entre las gracias que esperamos poder obtener de la celebración del Año Sacerdotal está por tanto también la de una verdadera renovación litúrgica en el seno de la Iglesia, para que la sagrada liturgia sea comprendida y vivida por lo que esta es en realidad: el culto público e íntegro del Cuerpo Místico de Cristo, Cabeza y miembros, culto de adoración que glorifica a Dios y santifica a los hombres [13].

Por Mauro Gagliardi. ROMA

Notas

[1] Cf. M. Gagliardi, “El sacerdote en la Celebración eucarística”, Zenit 12.11.2009: http://www.zenit.org/article-33257?l=spanish

[2] Cf. Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 21.

[3] Abreviación de Consilium ad exsequendam Constitutionem de Sacra Liturgia.

[4] C. Giraudo, “La costituzione ‘Sacrosanctum Concilium’: il primo grande dono del Vaticano II”, en La Civiltà Cattolica (2003/IV), pp. 532; 531.

[5] Juan Pablo II, Ecclesia de Eucharistia, n. 10.

[6] Ibid., n. 52. Cf. también Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 28.

[7] “No es extraño que los abusos tengan su origen en un falso concepto de libertad. Pero Dios nos ha concedido, en Cristo, no una falsa libertad para hacer lo que queramos, sino la libertad para que podamos realizar lo que es digno y justo”: Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Redemptionis Sacramentum, n. 7.

[8] Ibid., n. 9.

[9] Ibid., nn. 11-12.

[10] Sagrada Congregación de los Ritos, Eucharisticum Mysterium, n. 20: “Para favorecer el correcto desarrollo de la celebración sagrada y la participación activa de los fieles, los ministros no deben limitarse a llevar a cabo su servicio con exactitud, según las leyes litúrgicas, sino que deben comportarse de forma que inculquen, por medio de éste, el sentido de las cosas sagradas”.

[11] Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 38. Véase el n. 40 desarrolla adecuadamente el concepto.

[12] Sagrada Congregación para el Culto Divino, Liturgicae instaurationes, n. 1. El texto continua: “La eficacia de las acciones litúrgicas no está en la búsqueda continua de novedades rituales, o de simplificaciones ulteriores, sino en la profundización de la palabra de Dios y del misterio celebrado, cuya presencia está asegurada por la observancia de los ritos de la Iglesia y no de los impuestos por el gusto personal de cada sacerdote. Téngase presente, además, que la imposición de reconstrucciones personales de los ritos sagrados por parte del sacerdote ofende la dignidad de los fieles y abre el camino al individualismo y al personalismo en la celebración de acciones que directamente pertenecen a toda la Iglesia”.

[13] Cf. Pío XII, Mediator Dei, I, 1; Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 7.

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¿Justicia o misericordia?

Posted by pablofranciscomaurino en julio 2, 2010

 

Somos solamente criaturas y, por lo tanto, somos imperfectos; Dios no. Por eso, porque Dios es perfecto, Él no puede dejar de ser infinitamente justo: aunque es verdad que es infinitamente misericordioso, también debe ser infinitamente justo; si no lo fuera, no sería perfecto y, por lo tanto, no sería Dios.

Y, ¿cómo puede ser a la vez infinitamente misericordioso e infinitamente justo?

Hay una regla establecida por el mismo Dios que combina con perfección ambos atributos suyos: habrá misericordia hasta el último instante de nuestras vidas. Pero habrá un momento en el que Dios —por su infinita sabiduría— sabrá que, por más tiempo y oportunidades que nos dé para corregir el mal y hacer el bien, ya no mejoraremos; entonces determinará el final de la vida temporal que nos dio, y nos llevará inmediatamente después de nuestra muerte a un juicio, y hará justicia.

Por eso, no son mentiras las que decimos cuando afirmamos que nosotros mismos nos condenamos, porque para ese momento Dios habrá agotado todos los medios que se le ocurrieron a su infinita misericordia para que nos arrepintiéramos durante esta vida terrenal.

La posibilidad que tenemos de sufrir un castigo eterno depende de dos privilegios que Dios nos regaló: un alma inmortal y la libertad. Es un gran acto de amor de Dios el que nos haya dado esas facultades, porque así nos parecemos más a Dios, pero por ellos tenemos el riesgo de caer y pecar. Los animales y las plantas, aunque son seres vivos, no tienen alma inmortal: al morir dejan de existir. Tampoco tienen la libertad de hacer el mal; por eso no tienen posibilidad de pecar y de condenarse.

En esta vida no hay premios: los premios se nos darán en el Cielo. Lo mismo ocurre con los castigos con los que pagaremos nuestras culpas: se llevarán a cabo en el purgatorio o en el infierno.

Aquí, los castigos que recibimos son correcciones amorosas, con las que Dios procura únicamente llevarnos al Cielo para hacernos felices, totalmente felices, inmensamente felices, eternamente felices…

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