Hacia la unión con Dios

La dirección espiritual

Posted by pablofranciscomaurino en julio 16, 2010

 

Para tener seguridad de lo que Dios muestra al alma y de no equivocarse al interpretarlo es necesaria la dirección espiritual. Hay cinco razones[1]:

  1. Con el director espiritual, quien Dios tiene puesto por juez espiritual de cada alma, se confirman las comunicaciones hechas por Dios. El director tiene la potestad de aprobar o reprobar. La experiencia confirma lo dicho.
  2. El director espiritual lleva al alma por la vía de la desnudez y la pobreza, que es la mejor vía para llegar a la perfecta unión con Dios.
  3. Para lograr la fundamental virtud de la humildad, como base de todo el edificio espiritual, conviene informar al director de todo lo que suceda al alma (hablar es humildad); así, ella ganará en obediencia y espíritu de mortificación.
  4. Con la dirección espiritual se evitan riesgos de desvíos del alma.
  5. La dirección espiritual es el camino escogido por Dios. Más preciosa es una obra hecha en la obediencia y en la caridad que cualquier visión o revelación: muchas almas van más adelante sin esas visiones y revelaciones en la obediencia y el amor.

Recuérdese que san Pablo pone la obediencia como la esencia misma de la Redención: «Tengan unos con otros las mismas disposiciones que estuvieron en Cristo Jesús: Él, siendo de condición divina, no se apegó a su igualdad con Dios, sino que se redujo a nada, tomando la condición de servidor, y se hizo semejante a los hombres. Y encontrándose en la condición humana, se rebajó a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz»[2].

Cómo escoger al director

Para elegir al director de nuestra alma es bueno buscar en él ciertas cualidades naturales y espirituales con las que podrá ejercer mejor su función:

– Un buen director debe conocer a fondo la doctrina de la Iglesia Católica y poseer ciencia suficiente sobre la ascética (práctica y ejercicio de la perfección espiritual) y la mística (experiencia de lo divino), para tener la capacidad de discernir lo que está sucediendo en nuestras almas. 

– Un buen director debe haber mantenido una vida de oración intensa por muchos años, de modo que posea la experiencia necesaria para encaminar a su dirigido hacia la santidad; estará así libre de muchos apegos y apetitos desordenados, que le entorpecerían o impedirían discernir, aconsejar y dirigir.

– Un buen director debe ser un verdadero testimonio de vida: si es sacerdote, que sea obediente a la Iglesia, profundo en su trato con Dios, dedicado a servir a sus fieles, moderado en sus costumbres, etc.; si es un laico, que sea un modelo como esposo y como padre, que sea conocido por sus virtudes, que sea un ciudadano ejemplar, servicial, cumplidor de sus obligaciones laborales y sociales y, sobre todo, hombre de vida interior.

– Un buen director debe poseer espíritu de discernimiento y prudencia para examinar los diversos movimientos del alma y los del Espíritu Santo (ojalá posea, además, el carisma de discreción de espíritus, un don regalado por el Espíritu Santo sólo a algunos).

– Un buen director debe respetar la libertad individual y la vocación del dirigido: su tarea es conducirlo hacia el camino que le tenga preparado el Espíritu Santo.

– Un buen director debe poseer la virtud de la humildad: sabe él que es poca cosa —nada— para realizar esa misión; pero acepta, por obediencia, servir así a sus hermanos cogido de la mano del Espíritu Santo y confiado totalmente a Él.

– Un buen director debe trabajar con todo su empeño por la santidad de su dirigido orando intensamente por él y pidiendo luces para descubrir el camino que el Espíritu Santo quiere para esa alma en particular; y, además, ofreciendo por él sus labores, padecimientos y sacrificios.

Cómo lograr una buena dirección espiritual

1.  El alma dirigida debe comprometerse a buscar la santidad por todos los medios y con todas sus fuerzas; y que su meta sea la perfecta unión con Dios.

2.  Desde que un alma escoge a su director, asume de inmediato que sus sugerencias y consejos provienen del Espíritu Santo, ya que Él le otorga una gracia especial llamada «gracia de estado», que lo faculta para dirigir adecuadamente esa alma y para interpretar eficazmente sus movimientos interiores: verificará así, por ejemplo, si esos movimientos y deseos son de Dios, de su propia psicología o del Demonio. Todo esto se deriva en la obediencia: sujetarse al director es sujetarse a Dios.

3. El director debe conocer bien el alma que guía: además de sus circunstancias personales, debe saber sus pasos y sus dificultades en el camino hacia la unión con Dios y —por lo tanto— en la oración, sus cualidades y sus defectos, el apostolado que realiza o quiere realizar, etc. Por eso, es indispensable que haya sinceridad a toda prueba; esa sinceridad implica también no callar lo que sucede: ni lo malo ni lo bueno.

4. El dirigido debe comprometerse a orar diariamente por el director. Solo así se llevará a cabo la acción del Santo Espíritu en esa relación espiritual: el camino será más corto y más eficaz.

Secuencia

Aunque cada alma es única e irrepetible y el Espíritu Santo actúa en forma individual y por muy diversos caminos, hay una secuencia lógica (y casi cronológica) en el ascenso del ser humano hacia Dios.

Los primeros pasos en la evolución espiritual son:

 1.  Un compromiso personal de vivir los mandamien-tos de la Ley de Dios y los de la Iglesia.

2.  Estudiar la doctrina de la Iglesia, comenzando por el Catecismo de la Iglesia Católica.

3.  Iniciar un diálogo con Dios, es decir, una conversación (un acto de hablar una persona con otra que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos).

Este diálogo debe ser real, no figurativo, persona a persona, dándose cuenta de quién es nuestro interlocutor. Esto produce siempre una impresión fuerte en el alma que, al comienzo, es de temor reverencial y respetuoso pero luego se convierte en amor sublime. El alma experimenta la presencia de Dios y, más adelante, su acción.

Este tipo de diálogo se llama oración mental.

Es muy útil empezar esta oración meditando la cuarta parte del Catecismo de la Iglesia Católica, la que se refiere precisamente a la oración.

Se recomienda iniciar orando unos diez minutos diarios.

Conviene tener presentes los progresos e inconvenientes para comentarlos luego con el director espiritual.


[1] Cf. San Juan de la cruz, Subida al monte Carmelo 2, 22.

[2] Flp 2, 5-8.

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