Hacia la unión con Dios

Ciclo C, XVII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en agosto 2, 2010

La misericordia infinita de Dios

En el episodio del Génesis se hace evidente la infinita bondad de Dios: a pesar de que las quejas contra Sodoma y Gomorra eran enormes, y su pecado era en verdad muy grande, Dios no trató igual al justo y al malvado. Abrahán volvió a hablar una y otra vez intercediendo por los pocos justos que había: cincuenta, cuarenta y cinco… ¡diez! Y el Señor dijo: «En atención a esos diez, no destruiré la ciudad».

Es exactamente lo que nos ocurrió a nosotros, como lo enseña san Pablo en la carta a los Colosenses: Son muchos los pecados que hemos cometido; de hecho ya estábamos muertos por nuestros pecados, pero Dios nos hizo revivir por Cristo: con su dolorosísima Pasión y muerte ¡nos perdonó todas nuestras faltas! Anuló el comprobante de nuestra deuda, esos mandamientos que nos acusaban; lo clavó en la Cruz y lo suprimió.

Insólito hecho: siendo infinitamente justo ¡sufrió lo que nosotros merecíamos en justicia!

Es que también es infinita su misericordia, su bondad, porque infinito es su amor.

Esta prueba de amor infinito por sus criaturas es simplemente la realización de sus enseñanzas en el Evangelio: «¿Habrá un padre entre todos ustedes, que dé a su hijo una serpiente cuando le pide pan? Y si le pide un huevo, ¿le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del Cielo dará Espíritu Santo a los que se lo pidan!»

El Padre que tenemos en el Cielo está allí —diríamos en un lenguaje muy humano— esperando ansioso para derramar sobre nosotros todo lo que necesitamos para ser felices: su Amor —¡el Espíritu Santo es el Amor!—sobre nosotros.

«Pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen a la puerta y les abrirán. Porque todo el que pide recibe, el que busca halla y al que llame a la puerta, se le abrirá»

¿Lo pedimos? ¿Lo buscamos? ¿Llamamos a esa puerta?

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