Hacia la unión con Dios

Archive for 27 septiembre 2010

Ciclo C, XXV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 27, 2010

¿Cristianos explotadores?

 

Parece que Amós viviera en nuestros días; o, más bien, que los seres humanos no hemos avanzado nada, en cuanto se refiere al manejo del dinero: «A ustedes me dirijo, explotadores del pobre, que quisieran hacer desaparecer a los humildes… Ustedes juegan con la vida del pobre y del miserable tan sólo por dinero.» Pero también grita que Dios jura, por su Tierra Santa, que jamás ha de olvidar lo que hacen.

Los empresarios de hoy deben preguntarse si están pagando salarios justos, si sus empleados están siendo explotados, si lo que reciben ellos corresponde a lo que trabajan. El día del juicio no habrá disculpas válidas: es a otros hijos de Dios a quienes se los explota, es decir, ¡a sus propios hermanos!

¿Cómo será la justicia divina para ellos? Jesús lo explica en el Evangelio: El que ha actuado correctamente en cosas de menor importancia, será digno de premio en la más importante: ganarse el Cielo. Y el que no ha sido honrado en las cosas mínimas (pagar y cobrar lo justo), tampoco será honrado en el Cielo.

Y —sigue diciendo Jesús— es que nadie puede servir a dos patrones, a Dios y a sus intereses económicos; que es lo mismo que decir: a sus hermanos y a sus propios intereses; porque necesariamente escogerá a uno y rechazará al otro. El que dijo esto es el mismo que nos creó y nos conoce más que nosotros mismos: ¡No podemos servir al mismo tiempo a Dios y al Dinero!

Por eso mismo, san Pablo recomienda ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas por todos, especialmente por los jefes de estado y todos los gobernantes, para que les vaya bien en el juicio y nosotros podamos llevar una vida tranquila y en paz, con toda piedad y dignidad; pues Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de estas verdades.

Y ojalá en todo lugar los hombres oren limpios de todo enojo por sus jefes, especialmente si son explotadores, para que el Señor les cambie el corazón, no tanto para que paguen un salario justo, sino —sobre todo— para que se salven.

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Un pensamiento de san Pablo de la Cruz para cada día*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 25, 2010

Un pensamiento para cada día

 San Pablo de la Cruz

 Oh Dios, que para anunciar la Palabra de la Cruz

 

inflamaste de ardiente celo

 

al sacerdote san Pablo de la Cruz, nuestro Padre:

 

concédenos que también nosotros,

 

animados por su ejemplo y sostenidos por su protección,

 

sepamos ganar las almas de nuestros hermanos,

 

por medio de la Pasión de Cristo, tu Hijo,

 

para obtener con ellos el fruto de la redención.

 

Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 Con las debidas licencias:

P. Antonio Mª Munduate, cp Superior Viceprovincial

Bogotá, 9 de julio de 2010 Nuestra Señora, Madre de la Santa Esperanza

Saludo

La Iglesia, habiendo reconocido la acción del Espíritu en san Pablo de la Cruz, aprobó con su autoridad suprema la Congregación de la Pasión de Jesucristo (Pasionistas) y sus Reglas, para la misión de anunciar el Evangelio de la Pasión con la vida y el apostolado. Esta misión conserva siempre toda su fuerza y validez.

Conscientes de esta validez ofrecemos hoy el folleto: “Un pensamiento para cada día”; son textos tomados de las cartas de san Pablo de la Cruz, fundador de los Pasionistas, que hoy queremos hacer llegar a todos aquellos que en su camino espiritual quieren tener como referencia la espiritualidad pasionista.

Estos pensamientos no están lejos de la sensibilidad del mundo de hoy. A pesar de los vastos procesos de secularización, se detecta una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar.

En el año 2000, en una carta a nuestra Congregación, Juan Pablo II nos pedía “que nuestra atención primaria fuera siempre el anuncio de Cristo que, desde la cruz, renueva al hombre de todos los tiempos”. Con este deseo presentamos hoy estos pensamientos de nuestro fundador.

Aunque las cartas de san Pablo de la Cruz fueron escritas en italiano, el texto original de este folleto fue impreso en francés y tiene por título: Une pensée de Sanit Paul de la Croix por chaque jour de l’année. La traducción al español de los textos ha sido realizada del italiano por el P. Abelardo Quintero, C.P., a quien agradecemos su colaboración.

Nuestro deseo es que quienes lean cada día un “pensamiento” puedan sacar fuerzas para afrontar con paz y serenidad el nuevo día, porque como decía san Pablo de la Cruz: “A las almas es necesario dar ánimo e impulso y hacerlas caminar con la confianza en Dios, de otro modo no harán jamás camino en la vía de la perfección”.

  

 

ENERO

1. La Pasión de Jesucristo es la puerta que da acceso a los alimentos deliciosos del alma.

2.    El Divino Salvador ha dicho: Yo soy la puerta. Un alma que entra por esta puerta, camina segura.

3.    Haz continua memoria de los sufrimientos de tu esposo celeste. Déjate penetrar enteramente del amor con el cual los ha sufrido.

4.    El camino más corto para llegar a la santidad es el perderse enteramente en el abismo del sufrimiento del Salvador.

5.    Haceos como un ramillete de flores con los sufrimientos de Jesús y llevadlo sobre el seno de vuestra alma.

6. Llevamos siempre luto en memoria de la Pasión y muerte de Jesucristo.

7.    No debemos olvidar jamás hacer continua y dolorosa memoria de la Pasión y muerte de Jesucristo.

8.    Si queréis, llevar un collar de perlas cuando salgáis, pero recordad que Jesús ha llevado una cuerda y una cadena al cuello.

9.    Que cada uno de nosotros nos comprometamos a sugerir a cuantos podamos la devota meditación de los sufrimientos de nuestro dulcísimo Jesús.

10.  Cuando se medita la Pasión de Jesús se debe compadecer sus penas, luego contemplarlo con amor, para hacer propio por amor y compasión los sufrimientos que él soporta.

11. Es necesario contemplar a Jesús abismado en un océano de dolores para salvarnos del abismo eterno.

12. Es necesario contemplar a Jesús todo cubierto de llagas y de heridas para darnos la vida y la salvación.

13. El profeta llama a la Pasión de Jesús: Mar de amor y de dolor. Ah, este es un gran secreto que es revelado sólo a las almas humildes.

14. En el inmenso mar de la Pasión del Salvador, el alma pesca las perlas de las virtudes y hace suyas las penas del Amado Bien.

15. El amor enseña todo, porque la Pasión con sus dolores amarguísimos, es obra de un amor infinito.

16. ¿Cuál es el medio para identificarse por amor con los sufrimientos del Salvador? Dios os lo hará comprender cuando él quiera; éste es un trabajo del todo divino.

17. El alma inmersa totalmente en el puro amor se encuentra toda inmersa en el abismo de los dolores de Jesucristo y los abraza con una mirada de fe. El amor es virtud unitiva y hace suyos los sufrimientos del Amado.

18.   Si os sentís penetrados totalmente, por dentro y por fuera, de los sufrimientos del esposo divino, alegraos.

19. Cuando se piensa en aquel viernes santo suceden cosas capaces de hacer morir al que ama verdaderamente.

20.  ¡El viernes! ¿No es nombrar el día en que nuestro Dios encarnado ha sufrido por nosotros, hasta inmolar su santa vida sobre el patíbulo infame de la cruz?

21.  Los días de la Pasión son días en que las piedras mismas lloran. ¡Y qué! ¿Si el Sumo Sacerdote ha muerto, no se llorará? ¡Se necesita haber perdido la fe!

22.  Cuando estéis solos en vuestra pieza tomad en la mano un crucifijo y besadle las llagas con gran amor.

23.  Cuando estéis solos en vuestra pieza tomad en la mano un crucifijo y besadle las llagas con gran amor.

24.Tomando el crucifijo, dígale que le predique, escuche las palabras de vida que le dice al corazón.

25. Escuchad las cosas que os dicen las espinas, los clavos, la sangre divina… ¡Oh, qué preciosa predicación!

26. Los sufrimientos de Jesús deben ser las joyas de nuestro corazón.

27.   Los sufrimientos de nuestro Dios y Salvador son el empeño de su amor por nosotros.

28.  ¡Ay de mí! Qué triste es ver la pérdida de tantas almas que no sienten el fruto de la Pasión de Jesús.

29. Vivid todo inmersos en el amor de Jesús; que sus llaga sean vuestro deleite.

30.  Haced compañía a Jesús en el Huerto de los Olivos; recoged las flores de sus angustias, de sus tormentos, de sus dolores mortales.

31.  Haceos un ramillete de los dolores de Jesús agonizante en el Huerto de los Olivos, y llevadlo siempre en el fondo de vuestra alma, oliéndolo con amor y con dolor

FEBRERO

 1.   ¡Oh, qué felices son las almas totalmente heridas por los sufrimientos del Salvador y que los llevan impresos en el corazón con doloroso y amoroso recuerdo!

2.   La Pasión de Jesucristo es la vía más breve para la perfección.

3.   La vida de Jesús no fue otra cosa que una cruz.

4.   Dios nos hace un gran honor cuando nos llama a caminar por la misma vía de su Hijo, nuestro Salvador.

5.   Animaos y recordad que debemos caminar sobre las huellas de Jesús crucificado.

6.   El siervo de Dios que no está crucificado, ¿qué es?

7.    ¡Dios ha sufrido tanto por mí! ¿Será demasiado que yo haga algo por su amor?

8.    Vosotros podréis, de vez en cuando, hacer memoria de los sufrimientos de nuestro Salvador, recordándolos con amor y dolor.

9.    ¡Oh, mi buen Jesús! ¡Cómo veo vuestro rostro lívido, cubierto de salivazos, inflamado!

10. ¡Oh! ¡mi amor crucificado, cómo te veo todo cubierto de llagas!

11. ¡Oh! ¡Mi dulce amor! ¡Cómo veo vuestros huesos escarnecidos! ¡Ah! ¡Qué sufrimientos, qué dolores!

12.  ¡Ah! ¡Sufrimientos preciosos de mi Salvador! ¡Oh, llagas amables! Quiero custodiarlas siempre en mi corazón.

13.  Cuando os encontréis turbados, afligidos, angustiados, es preciso tomar entre las manos el crucifijo, besar con amor sus llagas, sobre todo la de su costado

14. En medio de vuestras penas decid a Jesús crucificado: Oh, Jesús, único bien, tú eres todo mío y yo soy todo tuyo.

15.¡Oh sangre preciosa de Jesús! ¡Oh sangre dulcísima de mi Salvador! En ti están todas mis esperanzas.

16.   Cuando estéis angustiados por temores y dudas, decid a Jesús crucificado: ¡Oh, Jesús, amor de mi corazón, yo creo en ti, espero en ti, te amo sólo a ti!

17.  ¡Oh, llagas queridas de Jesús! Llagas santísimas, llagas divinas, vosotras sois el objeto de mi esperanza. ¡Sí, yo espero en mi Dios!

18.  Estad de buena gana sobre la cruz con Jesús. Bebed con alegría el cáliz del Salvador. ¡Oh, queridos sufrimientos! ¡Oh, queridas cruces! Sois bienvenidas.

19. Creedme, las cruces no faltarán jamás; el sufrimiento aumentará tanto cuanto se avance en el servicio del Señor. Éste fue el camino de Cristo, ése es el camino de todos los siervos de Dios.

20. Aquellos que sufren por amor a Dios ayudan a Jesús a llevar la cruz y participarán por tanto de su gloria.

21.  Estad a la sombra de la santa Cruz, anonadándose delante Dios con una confiada humildad.

22.  En cualquier contrariedad, reavivad dulcemente la fe, imaginaos estar sobre el calvario, dirigid todos vuestros pensamientos y miradas a Jesús crucificado.

23.  Abrazaos a la santa Cruz de Jesús, permitid que vuestra alma se embriague en su sangre preciosa, y después decid: Oh, bien infinito, acepto este sufrimiento porque tú lo quieres.

24. ¡Oh, Amor mío! Os amo más que a mi corazón; me es muy dulce permanecer sobre la cruz de mis sufrimientos.

25. ¡Oh, queridos sufrimientos! ¡Oh, preciosas cruces! Yo os abrazo como a joyas preciosas del corazón purísimo de Jesús.

26. Quien se queda en las consolaciones pierde de vista al gran Dios de las consolaciones.

27. Bebed hasta la última gota el cáliz de vuestros sufrimientos, sin abrir los ojos para ver la clase de bebida que contiene.

28.  Feliz el alma que se desprende de sus propias satisfacciones, de los propios sentimientos y de las propias visiones; ésta es la lección sublime. Dios os lo enseñará si ponéis todas vuestras delicias en la cruz de Jesús.

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MARZO

1.   ¡Dejaos guiar por le fe! ¡Oh, cuánto amo las almas que caminan en pura fe y viven enteramente abandonadas en las manos de Dios!

2.   ¡Oh, cuánto deseo que caminemos todos en la fe! Sí, ésta es la verdadera vía de la salvación.

3.   A pesar de su obscuridad, la fe es la vía segura del Santo Amor. ¡Oh, qué dulzura gusta mi corazón en su certeza!

4.   Busquemos siempre a Dios mediante la fe en lo íntimo de nuestra alma.

5.   La fe nos dice que nuestro corazón es un gran santuario, porque es el templo de Dios vivo donde reside la Santísima Trinidad.

6. Este gran Dios, que se ha hecho hombre y ha querido sufrir tanto por nosotros, está más cerca de vosotros que vosotros de vosotros mismos.

7.    Entremos con frecuencia en el templo vivo de Dios, que es nuestro corazón, para adorar a la augusta Trinidad en espíritu y en verdad. Ésta es una devoción sublime.

8.    El Reino de Dios está dentro de vosotros. Reavivad pues, con frecuencia esta fe cuando estudiéis, trabajéis o comáis; cuando os acostéis o cuando os levantéis.

9.    Yo no puedo comprender cómo pueda haber alguno que no piense siempre en Dios.

10.  Visitad a menudo el santuario de vuestra alma y ved si tenéis todavía encendidas las lámparas; quiero decir, la fe, la esperanza y la caridad.

11.  Si la salvación eterna estuviese sólo en vuestras manos, tendrías suficiente motivo para temer. Pero como está en las manos de vuestro Padre Celestial, ¿qué podéis temer?

12.   Desechad de vuestro corazón todo vano temor y tened fe en nuestro amable Salvador, que ha salvado vuestra alma con su sangre preciosa.

13.  Cuando tengáis cualquier asomo de desconfianza, pensad que todas vuestras culpas comparadas con la bondad de Dios, son menos que un trozo de tela tirado al fuego.

14. Cuando cometáis una falta, humillaos delante de Dios con profundo arrepentimiento, y luego, con un acto de gran confianza lanzad vuestra culpa al océano de su inmensa bondad.

15. ¿Qué padre teniendo en brazos a su hijo lo deja caer a tierra o lo lanza lejos de sí? Pues, aunque esto fuese posible entre los hombres, jamás sucederá con Dios.

16. Mirad a la Cruz para no perder la confianza. He aquí que aquella Sangre Divina, aquellas llagas, aquellas heridas, aquellos brazos que han hecho el cielo y la tierra, están abiertos para abrazar a los pobres pecadores arrepentidos.

17.  El medio más eficaz para convertir a las almas más obstinadas es la predicación de la Pasión de Jesucristo.

18.  ¿Cómo será posible ofender a un Dios flagelado, a un Dios coronado de espinas, a un Dios crucificado por nosotros?

19.   Comenzad meditando por la mañana durante un cuarto de hora sobre la Pasión del Redentor y viviréis lejos del pecado.

20.  La meditación de la Pasión de Jesús es un bálsamo tan precioso que endulza toda pena.

21.  ¡Oh, amor mío, en qué estado se encuentra vuestro corazón en el huerto de los Olivos! ¡Oh, qué sufrimientos! ¡Cuánta sangre! ¡Qué amarguísima agonía! ¡Y todo esto por mí!

22.  Cuando nuestros pecados nos espanten y temamos condenarnos, pensemos en los méritos de Jesús crucificado, y nuestro espíritu encontrará descanso.

23.  ¿Cómo? ¡Un Dios hecho hombre! ¡Un Dios crucificado! ¡Un Dios muerto! ¡Quién no lo amará!

24.  ¿Por qué no tengo fuerza para volver a predicar a mi buen Jesús crucificado, nuestro amor que está muerto sobre la cruz por nosotros y detener así tantos delitos?

25. La mayor parte de los cristianos viven en el olvido de todo lo que ha sufrido Jesús por su amor; este olvido produce lágrimas a mares porque es la causa del pecado que abunda en el mundo.

26.   El medio más eficaz para exterminar los vicios e implantar en el corazón de los fieles la verdadera piedad, es la meditación de las penas amarguísimas de nuestro Dios y Salvador.

27.  ¡Tantos, demasiados cristianos viven olvidados de lo que ha hecho y sufrido nuestro amabilísimo Jesús! Ésta es la causa por la cual viven adormecidos en el fango de la iniquidad.

28.  El verdadero amor de Dios se ejercita sobre la cruz de nuestro querido Jesús.

29. Obrad de tal modo que todo el paraíso vea no sólo en vuestro interior, sino también, en el comportamiento exterior la imagen de Jesús crucificado, de Jesús dulce, lleno de mansedumbre y de paciencia.

30.  Aquél que vive interiormente unido al Hijo de Dios vivo, lleva la imagen también en su persona con un continuo ejercicio de virtudes y sobre todo con gran paciencia en los sufrimientos.

31. En la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo el alma saca la leche y la miel dulcísima del Santo Amor.

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ABRIL

 1.   Quisiera que  todos  gustaran la gracia que Dios da,  en su infinita bondad,  cuando  nos  manda  sufrimientos, pero sobre todo cuando los sufrimientos son sin consuelo.

2.   En el estado de sufrimiento puro, el alma se hace pura como el oro en el crisol, y tan bella y liviana como para volar hacia su Amado Bien y transformarse en Él sin darse cuenta.

3.   En el estado del puro sufrimiento, el alma lleva la cruz con Jesús y no lo sabe; esto depende de la variedad y del número de los sufrimientos que la ponen en tal olvido de sí misma que ella no se percata ni mucho menos de su propio sufrimiento.

2. ¿Quién pudiera expresar la magnificencia de los preciosos tesoros con los que nuestro Sumo Bien corona a sus hijos predilectos? Quien ama a Jesús sólo ama sufrir.

5.    Quisiera tener un corazón de Serafín para expresar el vivo deseo que tienen de padecer los verdaderos amigos del Crucificado.

6.    ¡Ah! ¿Cuándo imitaremos perfectamente a nuestro querido Salvador, quien se ha anonadado por nosotros?

7.    ¿Cuándo seremos tan humildes como para gloriarnos en ser el oprobio de los hombres y la abyección de la plebe?

8.    ¿Cuándo seremos como niños, apegados al seno de la caridad de Jesús, nuestro esposo, nuestro padre y nuestro todo?

9.    ¿Cuándo seremos tan simples y pequeños como para tener como gran fortuna el estar en el último puesto, tenidos por nada; y tener como infortunio el ser estimados y honrados?

10. ¿Quién no amará al Padre de la Misericordia que nos invita y estimula, con tanta bondad, a correr detrás de sus celestiales fragancias? ¡Oh, cuán suaves son sus divinos atractivos!

11.  Corramos, corramos detrás del Divino Amante de nuestras almas ¡Afiancémonos cada vez más en el seno de su amor tan dulce!

12.   No debemos dejarnos vencer ante las dificultades, ante nuestros defectos cotidianos, ante nuestras grandes miserias, porque nuestras miserias forman el trono de las misericordias del Señor.

13.  Si Jesús se esconde, de vez en cuando, a nuestros ojos, no lo hace para maltratarnos ni humillarnos más sino para enseñarnos a esperar a la sombra de sus alas.

14. La cruz se hace cada vez más pesada, ¿no es verdad? Y bien, demos gracias a nuestro Sumo Bien, que nos tiene en esta cruz.

15. ¡Oh, cruz querida! ¡Oh, cruz santa! ¡Árbol de vida de donde pende la vida eterna! Te saludo, te abrazo, te estrecho contra mi corazón.

16.  La parte inferior del alma se retira asustada a la vista de la cruz; pero la parte superior del espíritu permanece en paz en el beneplácito de Dios.

17. No miréis a la cara las fatigas, las dificultades y las preocupaciones de vuestro estado. Fijad más bien vuestra mirada sobre el rostro adorable de divino Crucifijo.

18.  En vuestras aflicciones volved vuestra mirada a Jesús, nuestro amor, rey de los dolores y de las aflicciones, y entonces, todo se tornará dulce.

19. ¡Oh, qué sublime y divino tesoro ha escondido Dios en el sufrimiento!

20. ¡Feliz el corazón que está sobre la Cruz entre los brazos de Jesús, allí se quema de santo Amor!

21.   ¡Feliz aquél que sufriendo sin sombra de consuelo, vive transformado en Jesucristo!

22. Feliz quien sufre queriendo morir a sí mismo por amor a aquél que lo hiere.

23.  Cuando la cruz es más penosa y penetrante, es mejor para el alma que la lleva.

24.  Cuando el sufrimiento está privado de todo consuelo es más agradable a Dios.

25.  Las adversidades son indispensables y gran ventaja para las almas que las aprovechan.

26. En las consolaciones se está dispuesto a enfrentarlo todo, pero es en las tribulaciones donde se conocen las almas verdaderamente fuertes.

27.   Las aflicciones y toda tribulación son como una escobilla que quita del alma el polvo y el fango de las imperfecciones.

28. Trabajar, padecer, callar, no lamentarse, no tener resentimientos, no justificarse; ésta es la máxima de los santos.

29. El camino corto para adquirir la paz que viene del amor de Dios, es recibir de la mano paterna del Señor toda contrariedad y toda pena corporal y espiritual.

30. La voluntad de Dios es un bálsamo que cura toda pena, es necesario amarla tanto en la adversidad como en la prosperidad.

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MAYO

1.   Tened  una  tierna  devoción  a los dolores de María, a su santa e In maculada Concepción, y visitad con piedad grande su altar.

2.   Tomad por principal patrona a la beatísima Madre de Dios siempre virgen, y tened hacia ella la devoción que le es debida.

3.   Recordad a menudo los dolores amargos que María ha sufrido durante la Pasión y muerte de su Hijo Divino.

4.   Caminad siempre animados por una filial y ardiente piedad a la Madre de Dios.

5.   Buscad imitar la sublime virtud de María e implorad, en los peligros, su poderosa protección.

6. El corazón de María, después del Corazón de Jesús, es el rey de todos los corazones.

7.    El corazón de María ha amado y ama tanto a Dios, más que todo el paraíso; quiero decir, más que todos los ángeles y los santos presentes, pasados y futuros.

8.    Desead amar a Dios como esta sublime criatura, la Santísima Virgen María.

9.    Lanzaos en espíritu en el bello corazón de María y amad al Sumo bien con este corazón tan puro.

10. Tened la intención de practicar todas las virtudes de las cuales María ha dado ejemplo.

11.  La riqueza de esta gran reina, María, es inmensa. Ella es un océano de perfecciones; sólo Aquél que la ha colmado de tantas riquezas puede sondear la perfección.

12. La gran herida de amor que María ha recibido desde el primer instante de su inmaculada concepción creció cada vez más hasta que separó su santísima alma del cuerpo.

13.  Fue una muerte de amor, una muerte más dulce que la vida, la que pone fin al inmenso dolor que María sufre en toda su vida

14.  Alegrémonos en Dios por el espléndido triunfo de María, nuestra Reina y nuestra Madre.

15.  Podéis alegraros de las glorias de María en el corazón santísimo de Jesús y amarla por medio de este divino corazón.

16. Alegraos con María, gozaos íntimamente al ver que todas sus penas, todos sus sufrimientos, se han terminado.

17.  Quien más quiere complacer a María, más debe humillarse, porque María fue la más humilde de todas las criaturas.

18.  Meditad a menudo los dolores de nuestra divina Madre, dolores inseparables a los de su divino Hijo.

19. Si vais al Crucifijo, encontraréis a la Madre, porque donde está la Madre también está el Hijo.

20.  Unid los dolores de Jesús a los de María y sumergiéndoos en estos sufrimientos haceos una unidad entre el dolor y el amor, y entre el amor y el dolor.

21.   ¡Oh, tiernísima Madre, María, cuál sería vuestro dolor viéndose privada de vuestro querido Hijo, y después, viéndolo sin vida en vuestros brazos!

22. ¡Ah, cuál no sería la tristeza de María cuando volvió a Betania después de la sepultura de su Hijo!

23. Si María Dolorosa no muere es de milagro. Ella está toda inmersa en los padecimientos de Jesús. ¡Imitadla!

24.  Dejaos inundar del océano de los sufrimientos de Jesús y de María. Permaneced a los pies de la cruz.

25. Rogad a María que bañe vuestro corazón con sus lágrimas dolorosas, con el fin de que tengáis un continuo recuerdo de la Pasión de Jesús y de sus penas maternales.

26. Rogad a la santísima Virgen María que os dé la perseverancia en el Santo Amor de Dios, la fuerza y la resignación en los sufrimientos.

27.  Cuando el demonio os persiga, no temáis, tened confianza en Dios y en la Santísima Virgen.

28.  ¡Ah, tierna madre María, habéis sido presa del dolor! Y ¿No habrá ninguno que compadezca vuestras penas?

29. Elegid a vuestra gran protectora, la Virgen Dolorosa, y no dejéis de recurrir a su ayuda maternal.

30.  Quisiera rebajarme a causa de los dolores de María para merecer entrar un día en su dulcísima compañía.

31. Volad en espíritu al corazón dolorido de Jesús y encerraos por dentro con la llave de oro del Divino Amor, confiando esta llave al corazón purísimo de María.

JUNIO

1.        Para conservar y alimentar el Amor  de  Dios  frecuentad  los  sacramentos: la confesión y la comunión.

2.        No  os  acerquéis  al  santo  altar más  que  para  inflamar  y  cada  vez más quemar vuestra alma con el fuego del divino amor.

3.        Preparaos  convenientemente  a la santa comunión; recordad que se trata del acto más santo que es posible hacer.

4.        Nuestro  buen  Jesús  no  ha  podido hacer otra cosa que dársenos a sí mismo en alimento a nuestra alma: amemos  pues  a  nuestro  tiernísimo amante.

5.        Tened una gran devoción al Santísimo   Sacramento,   no   perdáis   la ocasión de visitarlo con vuestro pobre corazón en todas las Iglesias.

6.        La mariposa revolotea en torno a la llama y se quema; así también el alma gira alrededor de la luz divina de la Eucaristía y se quema hasta ser reducida a cenizas.

7.        La Misa es el momento más apropiado para invocar al Eterno Padre, porque se le ofrece a su Divino Hijo encarnado y muerto por nuestra salvación.

8.        Volad en espíritu al corazón de Jesús Eucaristía, y allí, derretíos de dolor por las irreverencias que recibe de parte de los malos cristianos.

9.        Para reparar tantos ultrajes hechos a Jesús Eucaristía, el alma amante debe amarlo, loarlo y visitarlo a menudo por aquéllos que le ofenden.

10.   La santa comunión es el medio más eficaz que se puede encontrar para unirse a Dios.

11. Estad siempre preparados para la sagrada mesa, teniendo el corazón puro, y custodiad atentamente la lengua, porque ella es la primera en tocar la santa Hostia.

12. Obrad de modo que vuestro corazón sea un vivo tabernáculo de Jesús sacramentado, él quiere estar en compañía del amor. Amad a Dios y a los hermanos.

13.  En los días en que comulgáis, visitad con frecuencia a Jesús sacramentado y ofrecedle todas las adoraciones, los afectos y las acciones de gracias que el amor os inspire.

14.   Cuando comulguéis tratad de hacer vuestra preparación y vuestra acción de gracias con fervor.

15. Escuchad todos los días con mucha atención, la santa Misa y si podéis, varias.

16.  Visitad a menudo el Santísimo Sacramento, en el cual se encuentra la verdadera vida; si estáis impedidos visitadlo espiritualmente.

17.  El Santísimo Sacramento es el alimento de los débiles. Él fortalece al alma y también al cuerpo cuando se recibe con las debidas disposiciones.

18.  La verdadera preparación a la santa comunión es una fe viva y una profunda humildad, de la cual nace un conocimiento profundo de Dios y de nuestra nada.

19. Quiera el cielo que se reavive, en nuestra comunidad cristiana, el fervor eucarístico de la Iglesia primitiva.

20. Quién me diera alas de paloma para remontar el vuelo hacia el Divino Corazón de Jesús.

21.  Deseo que vuestro corazón se consuma cada vez más en holocausto al Sumo Bien en el templo santísimo del Sagrado Corazón de Jesús.

22. En el corazón de Jesús se compadecen sus dolores y el alma se sumerge en el baño sagrado de su Sangre, que tiene la virtud de embriagarte de amor.

23. Oh, Jesús, mi Sumo Bien, cuando fuiste flagelado, ¡cuáles eran los sentimientos de tu corazón!

24. Oh, Jesús, mi Sumo Bien, cuando fuiste coronado con dolorosas espinas y humillado con escarnios, ¡cuáles eran los sentimientos de tu sacratísimo corazón!

25. Entre a menudo en el corazón de Jesús; pero haceos pequeños, y quemaos después, abrasados por amor.

26. Escondeos como niños en pura fe y santo amor, en la herida del Sagrado Costado de Jesús.

27. Cuando seáis tentados, refugiaos en el calvario y entrad en el corazón purísimo de Jesús.

28. Permaneced escondidos lo más que podáis, encerrados, sepultados en el gran santuario del corazón de Jesús.

29. Reposad en paz sobre la cruz, o mejor, dormid un sueño de fe y de amor en el corazón de Jesús crucificado.

30. Corazón amantísimo de mi amado Jesús que probaste en toda tu vida tantas angustias, ¿cómo no debo yo soportar mis penas por tu amor?

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JULIO

1. Posad vuestro espíritu en el seno de vuestro Padre celestial.

2. Poned atención en no dormirse en la práctica de la virtud.

3.  Ejercítate mucho en el conocimiento de tu propia nada, para después dejar desaparecer esta nada en el inmenso todo que es Dios.

4.        Seamos generosos, sirvamos con corazón grande al Señor, practiquemos las virtudes grandes. Dios es nuestra fuerza y nos dará la victoria.

5.        Dejad vuestra alma en santa libertad, con el fin de estar en grado de recibir las impresiones divinas como a Dios le agrada.

6.        Quisiera que vuestra caridad fuese tan ardiente que inflamara a todos aquellos que se acercan a nosotros.

7.    Si queremos que nuestros corazones se inflamen en amor, es necesario que los dejemos purificar por las tentaciones, por las penas y por las tribulaciones.

8.    ¡Cuán feliz es el alma que se desprende de todo placer, de todo sentimiento y de todo juicio!

9.    Las aversiones, las contrariedades, las humillaciones se deben recibir con extremo agradecimiento a Dios.

10.  Una de las pruebas más claras de que se ama verdaderamente a Dios, es buscar conocer y hacer su voluntad.

11. Si Dios quiere despojarnos con privaciones y tribulaciones, dejadlo obrar, mientras tanto no descuidar la práctica de la virtud en la santa presencia del Señor.

12. Abandonaos en Dios, confiad en Él, despojaos de todo y Dios os vestirá a su modo.

13. Dejad que el alma se eleve libremente hacia el Sumo Bien, según las mociones del Divino Espíritu.

14. La mariposa da vueltas en torno a la llama y termina por quemarse; Así también si vuestra alma gira alrededor de la luz divina, se adentra, antes bien, se convierte en ceniza.

15.   La perfección de la oración consiste en una verdadera, pura y simplicísima desnudez y pobreza de espíritu, desprendido de toda consolación sensible.

16. Permaneced todo abismados en Dios, dejad caer vuestro pobre espíritu, como una gota de agua en aquel océano inmenso de caridad.

17. Perded de vista el cielo, la tierra, el mar y todo lo creado, y dejad que esta pobre gota de espíritu que Dios os ha dado se pierda en su origen, que es Dios infinitamente grande e infinitamente bueno

18. Huid de vosotros mismos y perdeos en Dios. Huid del tiempo y perdeos en la eternidad.

19. Despojaos de todos vuestros dones, porque nosotros los enlodamos con nuestras imperfecciones; haceos un sacrificio de alabanza, de honor y de bendición al Altísimo.

20.  Tratad de vivir despojados de todo consuelo sensible, sea interno como externo, para no caer en el vicio de la gula espiritual.

21.  Jesús oró tres horas sobre la cruz, fue una oración verdaderamente crucificada, sin consuelo interior ni exterior. ¡Oh, Dios, qué gran enseñanza! Rogad a Jesús que la imprima en vuestro corazón.

22. No debéis prestar demasiada atención a los favores espirituales. Procurad, más bien, la fuente divina de la cual derivan los arroyos. Los arroyos son buenos porque emanan de la fuente, pero la fuente en mejor.

23.   Abismaos y perdeos cada vez más en Dios con un amor puro y libre de toda propiedad, sin prestar atención a los consuelos sensibles.

24.  El alma no debe descansar en los dones sino en el donador.

25.  Los dones de Dios dejan en el alma humilde un gran conocimiento de la propia nada, amor a los desprecios y el fervor por todo ejercicio de virtudes.

26. En el jardín de la oración no es necesario divertirse con las hojas de los sentimientos y los consuelos sensibles; es necesario, más bien, recoger los frutos de la imitación de las virtudes de Cristo.

27.  Estad tranquilos en el corazón amantísimo de Jesús; no perdáis la paz, aunque tiemble el mundo.

28. Tened cuidado en mantener siempre la tranquilidad del corazón, porque Satanás pesca en aguas turbias.

29. Humillaos delante de Dios reavivando dulcemente la fe; escondeos del todo en Él.

30. Cuando seáis tentados de escrúpulos, decid: sí Jesús mío, yo espero que me hayas perdonado.

31. Custodiad vuestro espíritu libre de todo fantasma, desprendido de todas las criaturas, con el fin de que esté en grado de unirse más al Soberano Bien, con ferviente voluntad.

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AGOSTO

1.   Orad 24 horas al día; quiero decir, hacedlo todo con el corazón y el espíritu elevados a Dios.

2.   Cuidad el silencio como una llave de oro que custodia el gran tesoro de las otras virtudes que Dios ha puesto en vosotros.

3.   Atended a vuestros deberes y estad al mismo tiempo atentos a Dios, sumergiendo a menudo vuestro corazón  en  el  océano  inmenso  de  di vino amor.

4.   Los  dones  de  Dios  dan  un  gran conocimiento de su infinita Majestad y un gran conocimiento de la propia nada, tanto como para que el alma se abajara, por así decirlo, hasta ponerse bajo los pies de los demonios.

5. Los dones de Dios producen gran desprendimiento  de  todas  las  cosas y un gran amor por las cruces y los sufrimientos.

6.    Es necesario temer a la terrible bestia del amor propio; es una serpiente de siete cabezas que se mete en todo.

7.    El amor de Dios es celoso; para arruinarlo todo basta un granito de afecto desordenado a las criaturas.

8.    Leed en la frente de los pobres: todos llevan impreso el nombre de Jesucristo.

9.    Ánimo, pobres de Cristo, porque el paraíso es para los pobres.

10.  Los avisos dados con dulzura curan todas las heridas; dados con aspereza abren diez heridas.

11. Llenaos cada vez más de fe, de confianza, de humildad de corazón y no temáis nada.

12. No os dejéis jamás asustar por el demonio, estaos escondidos en Dios y nada podrá haceros daño.

13. Tened muy en cuenta las penas interiores y exteriores; es por medio de éstas que florece el pequeño jardín de Jesús, a causa de las virtudes que nos hacen practicar.

14.  Quien no ha sufrido y vencido una gran tentación no es digno de la divina contemplación.

15. Alegrémonos de ver a María elevada sobre los coros de los ángeles y colocada a la derecha de su divino Hijo.

16.   Las enfermedades largas son gracias grandes que Dios hace a las almas que más ama.

17. El alma es una semilla que Dios siembra en el gran campo que es la Iglesia; para que dé fruto es necesario que esta semilla misteriosa muera a fuerza de penas, dolores, de contrariedades y de persecuciones.

18.  Cuando os sintáis agitados por las pasiones, o por la cólera, entonces es el momento de callar. Jesús callaba en medio de sus penas. ¡Oh, sacrosanto silencio, rico de toda virtud!

19.  La enfermedad es una gracia grande de Dios. Ella nos enseña lo que somos. En ella se reconoce la paciencia, la humildad y la mortificación.

20. Si os lamentáis de vuestras cruces, de vuestros sufrimientos, no sabéis qué cosa es sufrir.

21. El puro amor de Dios hace parecer ligero y de poca importancia lo que se sufre por el Divino Amante.

22. Creedme: Si os parece que sufrís mucho, es signo de que amáis poco, muy poco, al Señor.

23.  El verdadero signo del Divino Amor es sufrir grandes cosas por el Amado Bien y creer que no se sufre nada.

24. Os ruego dejar ver lo menos posible vuestro tesoro. Comprendéis de cuál tesoro hablo, el tesoro de vuestros preciosos sufrimientos.

25. La perla de la virtud se forma en el fondo del mar del sufrimiento y en el seno del conocimiento de nuestra propia nada.

26. Poned en práctica estas preciosas palabras: Padecer y callar, ésta es una regla y un camino corto, para llegar a ser santo y perfecto en poco tiempo.

27. La santa virginidad se embellece y se hace más agradable a Dios en medio de las espinas, de las luchas, y de tentaciones horribles.

28. Ofreced con frecuencia vuestra voluntad a Dios y sentiréis un gran consuelo.

29.  Nuestro dulcísimo Jesús se deja vestir y despojar de sus vestidos, a su antojo. ¡Oh, dulce mansedumbre del Salvador! Tratad de imitarlo.

30.Amad el ver rotos todos vuestros propios proyectos, aunque sean muy buenos. Vendrá el tiempo en que el Señor os los hará realizar en manera perfecta.

31. Leed cada día un libro de piedad; huid, como huiríais del demonio, de las malas compañías.

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SEPTIEMBRE

1.        Oh, alma mía, estás muy lejos de  la  santidad,  como  la  tierra  de cielo.

2.        Me tendría por un réprobo o un dañado, si tuviese   tan sólo un pensamiento de orgullo.

3.        Un pecador tan grande como yo ¿de qué se enorgullece? Dios me tiene abierto ante mis ojos un gran libro, el conocimiento de mis propios pecados.

4.        Si me creyese necesario en este Si me creyese necesario en este mundo, estaría equivocado. El Señor no tiene necesidad de ninguno.

5.        Sed humildes, un granito de soberbia basta para arruinar una montaña de santidad.

6.        Dios se complace de quienes son humildes  y  se  hacen  pequeños;  los tiene escondidos en su divino pecho.

7.        La humildad y el desprecio de sí mismo, evitan las ilusiones.

8.        No hay por qué temer a la ilusión cuando se permanece y se avanza en el conocimiento de la propia nada.

9.        Mientras más se escave más se encuentra la horrible nada. Después se debe hacer desaparecer en el Divino Todo. Una N y una T, estas dos letras encierran una sublime perfección.

10.   La oración que humilla el alma, la inflama de amor, la lleva a la virtud y a la paciencia, no está de hecho, sujeta a la ilusión.

11.   Huid como de la peste de los consuelos que adulan, que inspiran vanidad y altos sentimientos de sí mismo; ellos, en efecto, vienen del demonio.

12.   El medio más eficaz para huir de las ilusiones es la verdadera y profunda humildad, el anonadamiento y el desprecio de sí.

13.  Los verdaderos consuelos y las luces divinas vienen siempre acompañadas de profunda humildad, de un tal conocimiento de sí mismo y de la majestad divina que el alma no tendría reparos para lanzarse a los pies de todos.

14.   Permanezcamos en nuestra nada y no nos ensalcemos hasta que Dios quiera elevarnos.

15.   Cuando Dios quiere elevar a un alma, ¡oh, qué dulce violencia le hace! Digo dulce, pero es tan fuerte que el alma no la puede resistir.

16. Permaneced en el estudio y mediación de vuestra nada, de vuestros pecados, de vuestras miserias, todo cuanto podáis; dejando vuestra alma en libertad para seguir los atractivos amorosos del Espíritu Santo.

17. Cuando os parezca gozar en las penas y en los desprecios, no hagáis caso, pues el demonio podría tentaros de vanidad.

18. Es mejor no hacer caso del propio juicio ni de las propias impresiones; es necesario temer y vigilar, buscando hacer sólo la voluntad de Dios.

19.El mundo está lleno de trampas, sólo los humildes las evitan.

20.  No os fiéis jamás de vosotros mismos así os parezca que vuestra oración produce buenos frutos.

21. Hacer el bien y estar persuadidos de que no se hace nada bueno, es signo de gran humildad, pero es tan sólo uno de los primeros grados de humildad.

22. Quien se conoce a fondo y conoce a Dios, es el verdadero humilde de corazón.

23. Quien se hace el más pequeño será el más grande: quien más se anonada más será exaltado y enriquecido.

24.  ¿Sabéis que hace Dios? Cuanto más nos humillamos en su presencia, más nos enriquece con su divina gracia.

25.  Cuando en la oración nos encontremos áridos, desolados y abandonados, conviene humillarse mucho delante de Dios y reconocer los propios pecados.

26. Pedid con humildad la ayuda y el socorro de la Divina Bondad para ofrecer con humilde resignación lo que Dios quiera enviarnos o permitirnos de contradictorio y doloroso.

27.  No hagáis caso de los honores, estimad en mucho la santa humildad.

28.  He aquí, la vía breve para ser revestidos de nuevos y maravillosos dones: Mirad con ojos de fe vuestra nada y como asustados por esta visión escondeos en el abismo de la Divina Misericordia.

29.  En la escuela de la divina sabiduría, quien se hace el más ignorante es el más sabio. Allí se comprende sin entender, por así decirlo, porque no sé explicarme de otra manera.

30. ¡Oh, santa ignorancia!, que haces perder de vista toda la sabiduría y la grandeza de este mundo, para aprender en la escuela del Espíritu Santo la ciencia y la sabiduría de los santos.

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OCTUBRE

1.   La  verdadera  vía de  la  santidad  es  caminar  siempre  en  espíritu de fe, abandonado en las manos de Dios, como un niño en el seno de la madre.

2.   Quien quiere ser santo debe hacerlo en modo que no haya en él ninguna cosa que no sea puramente de Dios.

3.   Realizad todas vuestras acciones por amor de Dios, y unidlas a las de Jesucristo, que es nuestro camino, verdad y vida.

4.   El corazón de los verdaderos siervos de Dios debe ser como un altar, en el cual se ofrece todo el día el oro de un ardiente amor, el incienso de una continua y humilde oración y la mirra de una incesante mortificación.

5.    Quien se eleva a Dios con gran confianza y humildad de corazón, aunque sea pobre y miserable, llega a ser, entre las manos de Dios un instrumento capaz de hacer grandes cosas.

6.    ¡Feliz el alma que se desprende de su propio sentimiento, de su propia voluntad y de su propio espíritu!

7.    Es necesario seguir la voluntad de Dios con prontitud, apenas sea conocida.

8.    Es necesario conformarse a la voluntad de Dios, lo mismo que la cera que acercada al fuego, toma la forma que se le quiere dar.

9.    Cualquier cosa que os suceda, no os debe preocupar; al contrario, con calma y dulzura decid: ¡Hágase la voluntad de Dios!

10.En las contrariedades es necesario decir: dejemos obrar a Dios; sea siempre bendito el Señor; lo que Él quiere lo quiero también yo, en el tiempo y en la eternidad.

11.  En los sufrimientos, en las desgracias, en las tribulaciones, es necesario humillarse y bajar la cabeza.

12.   Quien quiere prepararse a la santa oración y conservar sus frutos, debe mantenerse necesariamente en la presencia de Dios.

13.   Quien no puede orar mucho porque se halla impedido de los deberes de su estado, no se debe turbar, sino que se aplique a cumplir los deberes con exactitud y pureza de intención.

14.   Tened un corazón compasivo hacia los pobres y socorrerlos con amor en todo cuanto podáis.

15. Si no tenéis posibilidad de socorrer a vuestro prójimo, recomendadlo con fervor a Dios, cuyo imperio se extiende sobre todas las criaturas.

16. Cuando se considera a la luz de la fe y en el corazón del divino Redentor cuán preciosas son las almas, no se ahorrarán trabajos, fatigas y peligros, para socorrerlos y ayudarles en sus necesidades espirituales.

17.  La nobleza de las personas no debe impedirnos el advertirles con caridad y con sabia discreción.

18. Cuando se trata de obedecer es necesario bajar la cabeza.

19.  Abandonaos totalmente en las manos de vuestros superiores, que ellos puedan hacen con vosotros todo lo que quieran, para no ir en contra de la voluntad de Dios.

20.Tened deseos de que se os rompa vuestra voluntad en toda cosa, como el ciervo sediento ante la fuente de agua.

21.  Tened por perdida aquella jornada en la cual no habéis negado la propia voluntad, sometiéndola a alguno.

22. Mientras más seáis obedientes más estaréis en calma, tranquilos e indiferentes en cualquier oficio que os sea asignado.

23.  El cristiano obediente se hace cada vez más capaz de ayudar con su oración a la santa Iglesia; Jesús, en efecto, escucha la oración de aquellos que son obedientes.

24. ¡Oh, qué felicidad se encuentra en la vida comunitaria! Un tesoro precioso está encerrado en la perfecta vida comunitaria.

25.  La pobreza, tan aborrecida por el mundo, es una rica perla que contiene todo bien delante de Dios.

26. ¡Oh, qué gran tesoro se adquiere permaneciendo en oración!

27. Para custodiar la santa pureza es necesario amarla mucho, desconfiar de sí mismo, no fiarse de ninguno, así se trate de parientes, o de personas íntimas y amigas.

28. La oración, la lectura de libros santos, la frecuencia de los sacramentos, y en particular la huida del ocio, son los custodios de la santa pureza.

29. Estimad las cosas de los otros y despreciad las vuestras, confiad en todos menos en vosotros mismos.

30.Dios ama a las almas pequeñas y les enseña la alta sabiduría que está escondida a los sabios y prudentes del mundo.

31.  Es necesario estar persuadidos de que no se tiene nada, que no se puede nada, que no se sabe nada.

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NOVIEMBRE

1.   Los santos han vencido al demonio; caminemos sobre sus huellas y llegaremos a ser santos también nosotros.

2.   Ayudad  con  todos  los  medios posibles  a  las  almas  del  purgatorio; con el fin de que pronto puedan ir a gozar de la visión beatífica.

3.   La gloria del paraíso no es dada por los placeres y los bienes que se han gozado sobre la tierra, sino por los  sufrimientos  y  las  penas  que  se han soportado.

4.   Cuando  os  arrojáis  en  espíritu bajo  los  pies  de  todas  las  criaturas, incluso bajo los pies de los demonios: esto es lo que más agrada al Señor.

5.   El alma que se abaja hasta el fondo  del  infierno  hace  estremecer  al demonio, y el Sumo Bien la exalta al paraíso.

6.   ¡Ah, pobre mundo! ¡Cuán enfermo estás! ¡Cuántos males han caído sobre ti! La fe se ha oscurecido, la piedad se ha enfriado y casi ha desaparecido. ¡Ay de mí!, ¡ay de mí! ¡Cuántos motivos hay para temer grandes castigos!

7.   No hagáis caso de las molestias y de las tentaciones que el demonio os causa en la santa oración.

8.   Humillaos mucho delante de Dios y abandonaos enteramente entre sus divinas manos con gran resignación a su santísima voluntad.

9.   Repetid vuestros mandamientos al demonio, ordenándole, en nombre de Jesucristo, que se aleje de vosotros.

10.   Las angustias y las luchas del espíritu purifican al alma como el oro es purificado por el fuego.

11. Las cruces y las penas mantienen el alma en humildad, hacen recurrir a menudo a Dios y practicar las más bellas virtudes cristianas, por las que el alma llega a ser querida por Dios y digna esposa del crucificado.

12.   Deseo mucho que vosotros améis la oración mental, el recogimiento interior, el desprendimiento de toda criatura, lo mismo que la práctica de todas las virtudes.

13.   Si tenemos nuestro corazón levantado a Dios, Él nos hará saltar sobre las montañas para que no desechemos de nuestro corazón sus santas y divinas inspiraciones.

14.  ¡Oh, qué corona tan grande se merece perseverando en el servicio de Dios en medio de tantas tribulaciones!

15.  ¡Sea siempre bendito el Señor que nos da la fuerza para sufrir, por su amor, toda suerte de penas!

16. Las obras de Dios han sido siempre combatidas con el fin de que resplandezca su Divina Magnificencia.

17. En esto consiste el punto principal de la vida devota: desprecio de sí y unión perfecta a la divina voluntad.

18.  Huid como de la peste de las confidencias con personas de otro sexo aunque sean devotas y santas; huid, porque aquí hay grandes peligros.

19.  Tened miedo de vosotros mismos; no os fiéis. Quien confía en sí mismo está ya caído.

20.El humilde no se fía de sí mismo; desconfía mucho de sí y pone toda su confianza en Dios.

21. Mirad vuestra nada y la maldad que hay en vosotros, raíz común a todos los hijos de Adán. Mirad ésta raíz como la capacidad de producir el más pestilente árbol de iniquidad.

22. Temeos a vosotros mismos; no os fiéis de vosotros; confiad en Dios, custodiad vuestros sentidos externos y huid del ocio.

23. Las disposiciones más próximas para la santa oración son: gran abstracción de todo lo que no es Dios, el perfecto despojo de todo lo sensible y mantenerse en la soledad interior.

24.  Guardaos de la curiosidad sutil del espíritu que quiere secretamente comprender lo que sucede en el reino interior del alma.

25. Si quieres estar seguro, entra en la divina soledad por la puerta que es Jesucristo y su Pasión santísima.

26.  Dejad reposar vuestra alma en Dios con una dulce atención amorosa, en un sagrado silencio de fe y de amor.

27. Sed fidelísimos a Dios, desprendidos de todo, aún de las conferencias espirituales, que deben ser breves.

28. Si queréis ser siervos de Dios, es necesario que seáis mudos, sordos, ciegos y muertos a todo lo que no es Dios.

29.  No es necesario justificarse jamás, ni lamentarse jamás, y a imitación de Jesucristo, mantenerse en un paciente, dulce y pacífico silencio interior y exterior, de otro modo no se hace nada. Poned mucho cuidado en todo esto.

30.  Es necesario dejar de decir, y estar mudo, ciego, sordo, es decir, padecer y callar, gozando de ser despreciado y tenido en nada.

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DICIEMBRE

1.   No os apoyéis sobre los gustos sensibles. Apoyaos sólo en Dios y en su santísima voluntad.

2.   Permaneced escondidos a todos, no  confiéis  en  vosotros  mismos,  y permaneced llenos de confianza en Dios.

3.   La fiesta de la santa cruz puede ser celebrada en todo momento en el santuario interior de los amantes del crucificado.

4.   ¿Sabéis cómo se celebra la fiesta de la santa cruz? Se celebra espiritualmente, padeciendo silenciosamente, sin apoyarse en criatura alguna.

5.   La fiesta de la Cruz ha sido siempre un banquete espiritual; se nutre de la divina voluntad según el ejemplo del amor crucificado.

6.   El pan de la divina voluntad es concedido de diversos modos: unas veces con penas de cuerpo y espíritu, otras con las contradicciones, las calumnias y los desprecios de parte de las criaturas.

7.   No son los favores espirituales los que santifican, sino la humildad profunda, y la verdadera caridad, reina de las virtudes.

8.   Las desgracias de este mundo, cuando son tomadas de la mano amorosa de Dios y con resignación a su santísima voluntad, sirven para hacernos avanzar cada vez más en la vía de los divinos mandamientos.

9.   La resignación a la voluntad de Dios en las desgracias del mundo es un medio eficaz para obtener gracias aún temporales

10. En todo acontecimiento conviene resignarse a la santísima voluntad de Dios, con espíritu pronto para recibir del mismo modo la prosperidad o la adversidad.

11. La virtud bien practicada, sobre todo en los casos imprevistos, no engaña nunca.

12.  Sed fuertes y constantes en los asaltos de vuestros enemigos, sobre todo del mundo engañador, que busca arrancar vuestra alma de las manos de Dios.

13.  Tened gran ánimo y gran resignación; Quien es el más resignado es el más santo, porque la verdadera resignación encierra la caridad perfecta.

14.  Preparad vuestro corazón con el fin de que el Divino Verbo hecho carne pueda nacer en él de modo espiritual.

15.  Feliz el alma que, bien purificada de los vicios, desprendida de toda cosa creada y en una profunda negación de sí, se mantiene en una santa y divina soledad. Ella renace en cada instante en el Divino Verbo a una vida nueva de santo amor, a una vida divina.

16. Pedid al Divino Niño que enriquezca cada vez más vuestra alma de dones y gracias celestiales.

17.  Contemplad el sublime misterio de la encarnación, misterio de caridad infinita y dejad que vuestra alma se sumerja y se abisme con toda libertad en ese océano infinito de todo bien.

18. Haced compañía al Divino Niño Jesús. ¡Qué maravilla! Ver a Dios hecho un niño pequeño.

19. Desead y pedid que entre Jesús, y en vuestra alma se haga pronto una gran alianza de amor.

20.  Recordad la huida de Jesús a Egipto con todos sus contratiempos y sufrimientos.

21. ¡Qué maravilla! ¡Ver a Dios envuelto en pobres pañales! Un Dios que yace en un puñado de paja entre dos animales.

22.  Que el dulcísimo niño Jesús, nacido en una humilde pesebrera, enriquezca vuestra alma con la plenitud de toda gracia y bendiciones celestiales.

23. Alegraos en la gran solemnidad de Navidad, porque el Divino Niño Jesús os invita al perdón en un exceso de amor.

24.  Después de que el Divino Niño Jesús nazca en esta suavísima solemnidad, hagámonos pequeños como Él, escondiéndonos en nuestra nada.

25.  Escondeos cada vez más profundamente en vuestra nada; sed humildes y sencillos como un niño si queréis ser verdaderos imitadores del Divino Niño Jesús.

26. Imitad al Divino Niño Jesús que se abandonaba del todo a los cuidados de su divina Madre, la santísima Virgen María.

27.  Es con la santa virtud como os disponéis a ser admitidos en la sagrada choza donde Jesús ha nacido, y allí calentar con el fuego de vuestros afectos al Divino Niño que tiembla de frío.

28. Considerad las incomodidades, el frío, la pobreza del lugar, la falta de lo necesario en que se encontraron Jesús, la santísima Virgen y san José.

29.  Poned vuestro corazón como pañal sagrado del dulcísimo Niño Jesús con el fin de que él lo reavive, lo anime y lo santifique, de modo que haga grandes cosas por el reino de Dios.

30. Poned vuestro corazón en el pecho amoroso del Divino Niño Jesús.

31. Pedid al Divino Niño que queme con su amor vuestro corazón y lo transforme en su santo Amor.

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Puntos clave de la espiritualidad de san Pablo de la Cruz

 1. Abandonarse en Dios.

La perfección más grande de un alma consiste en un verdadero y total abandono en las manos del Sumo Bien. Este abandono conlleva una perfecta resignación a la voluntad divina en todo lo que acontece.

Humillaos mucho cuando creáis recibir cualquier gracia delante de Dios. Muchas veces nos parece que cualquier gracia nos es concedida por nuestra oración, siendo otros los siervos de Dios que oran. ¡Oh, cuántos que parecían fuertes como los cedros del Líbano han caído! Un granito de orgullo puede hacer caer una montaña de santidad; por eso debéis manteneros escondidos a todos y retirados en el purísimo corazón de Jesús. Allí estaréis libres de todo mal.

No os turbéis por la aridez que probáis en la oración y por la distracción, aunque sea involuntaria. Es así como Dios purifica el corazón, con el fin de que esté dispuesto a unirse cada vez más perfectamente al Sumo Bien. En estas ocasiones reavivad dulcemente la fe; imaginaos estar en el calvario y dirigid todos vuestros pensamientos y miradas de amor a Jesús crucificado.

2. Con la oración

Es cosa excelente y santísima pensar en la Pasión del Salvador y meditarla. Éste es el medio para llegar a la unión con Dios, pero es necesario hacer notar que el alma no puede hacerlo siempre como al principio, por esto es necesario secundar los impulsos del Espíritu Santo y dejarse guiar según su querer.

Si no podéis meditar otra cosa que en la santísima vida, pasión y muerte del Salvador, continuad con las bendiciones del Señor, porque es en esta santa escuela donde se aprende la sabiduría verdadera y es aquí donde los santos se han instruido. Sucede muchas veces que nos encontramos en tal estado del espíritu que parece que no se puede hacer absolutamente nada. No se puede meditar, se tiene una gran obscuridad de espíritu, con tantas distracciones y con tales disgustos que dan ganas de salir corriendo. He aquí la manera de tranquilizarse en estas ocasiones. Os habéis propuesto meditar, por ejemplo, la dolorosa flagelación de Jesús, probáis una total disipación de espíritu que no sabéis cómo hacer para meditar. Poneos dulcemente en la presencia de Dios; reavivad dulcemente la fe sin esfuerzos de cabeza ni de pecho, creyendo firmemente que el Dios que amáis está todo dentro de vosotros, fuera de vosotros, en vuestro corazón, en vuestra alma, en vuestro cuerpo, por todas partes; y así abismado en el inmenso mar de su amor, bien escondido, con gran fe y reverencia, hablar en espíritu con vuestro Dios del sujeto de la meditación. Por ejemplo: ¡Ah, mi dulce Señor, amado mío! ¡Qué desgarro no habéis probado en vuestra flagelación! ¿Y por qué permanece tan insensible mi corazón?

Este coloquio se debe hacer con suavidad de espíritu, y si sentís que el corazón se llena de compasión, de paz y de otros sentimientos que Dios da, permaneced así todo recogido en Dios como una abeja sobre la flor, y libad la miel del santo amor en devoto silencio.

3. Estando sobre la cruz

Me alegro que el Señor os desprenda de toda satisfacción para enseñaros a servirlo con mayor pureza de intención. ¡Oh, qué gran bien es permanecer sobre la cruz con Jesús sin verlo ni gozarlo! Ésta es la vía breve para llegar a la feliz muerte a todo lo creado, para unirse con toda su pureza al Bien increado e inmenso. Cuando el alma se encuentra en este estado de privación se debe reavivar dulcemente la fe en la divina presencia y mantenerse abandonado en Dios, en este océano de amor, sin buscar el propio placer sino el querer de Dios. Sobre todo quiero que en vuestras comuniones no busquéis sentir un cierto sabor dulce al paladar. ¡Oh, con cuantas ilusiones podéis encontraros! El gusto de Jesús Eucaristía no se siente con la boca material, sino con el paladar de la fe y del alma. El verdadero modo de gustar a Jesús es el de abismarse todo en él, transformándose en él por amor, tanto como quedarse del todo divinizados. Éste trabajo el dulce Salvador lo realiza en nosotros, pero es necesaria también nuestra colaboración, con el ejercicio de las santas virtudes.

Respecto a los males del cuerpo, abandonaos enteramente a la obediencia al médico; decidle fielmente vuestras indisposiciones en términos modestos. No rechacéis las medicinas, tomadlas en el cáliz amoroso de Jesús, con rostro sereno y dulce. Tened reconocimiento con quien os cura, sed condescendientes en tomar lo que se os da como remedio; en fin, sed como un niño que se abandona del todo en los brazos y el seno de su padre. Permaneced sobre el lecho como sobre la cruz.

¡Oh, qué bellas virtudes se pueden practicar en la enfermedad! Sobre todo el amor a la propia abyección, el agradecimiento, la dulzura de corazón hacia los que os sirven; una total sumisión a los médicos y a los enfermeros, siempre con una cara agradable. Vivid reposando en el corazón dulcísimo del Sumo Bien.

Felices aquéllos que permanecen de buena gana crucificados con Jesús. ¿Qué quiero decir? Felices los que son fieles en sufrir toda pena por amor de Jesús. ¡Oh, qué gran tesoro se adquiere permaneciendo en oración árida y desolada! Es preciso sufrir las pruebas que nos vienen de Dios. Infelices los que en la prueba, abandonan el camino iniciado, porque caerán luego en la iniquidad.

4. Para conformarse a la Divina Voluntad

La tentación contra la fe es la menos peligrosa y trae grandes bienes al alma que es fiel en combatirla. Las otras tentaciones, si somos fieles en combatirlas, hacen un gran bien; nos humillan, nos instruyen, nos purifican como el oro en el fuego. Sed muy humildes, pero con la humildad verdadera del corazón que hace al alma amiga del propio menosprecio y sometida a todos.

La virtud más agradable a Dios es la resignación a su divina voluntad. Muy a menudo el Señor nos da el deseo de hacer grandes cosas, pero no quiere que seamos nosotros los que las hagamos. Sucede con frecuencia también que pedimos una gracia a Dios, y Dios nos la concede de otra manera, porque ésta contribuye mejor a nuestro mayor bien. Las tentaciones se vencen con humidad y el santo temor de Dios. El demonio tiene miedo de los humildes que desconfían de sí, les teme y les huye.

En las tentaciones retiraos al calvario y refugiaos en el costado purísimo de Jesús, y después reíros del demonio. Sobre todo no dejéis jamás la oración, aún cuando tengáis que sufrir las penas del infierno. Realizad vuestros quehaceres con pureza de intención por amor a Dios, y dejad gritar al demonio cuanto quiera.

El modo mejor para huir de las ilusiones es humillarse mucho, desconfiar de sí, conocer la propia nada, anonadarse delante de Dios y abandonarse con confianza filial en sus manos divinas. No os preocupéis de vuestras penas, sean grandes o pequeñas, no lo deseéis tampoco, más bien, amad en ellas la divina voluntad, sin hacer otras reflexiones.

5. Como Jesús

Como el querido Jesús ha querido que su santísima vida sobre la tierra, transcurriera en medio de penas, fatigas, esfuerzos, angustias, desprecios, calumnias, dolores, flagelos, clavos y espinas hasta la amarguísima muerte en cruz, igualmente los que se acercan a él deben conducir su vida en medio de las penas. ¡Pero, oh, gran Dios! ¡Qué será de nuestro corazón cuando nademos en aquel mar inmenso de dulzura! ¡Qué será cuando todos allá arriba en el cielo estemos todo transformados en Dios, por amor, y recibamos en premio aquel bien infinito que es la recompensa de nuestro Dios! ¡Qué será cuando cantemos por toda la eternidad las divinas misericordias, los triunfos del Cordero Inmaculado y de nuestra Madre la santísima Virgen María! ¡Qué será cuando cantemos si cesar aquel eterno trisagio: Santo, santo, santo! ¡Cuando con los santos cantemos el dulcísimo aleluya del cielo! ¡Qué será de nuestros corazones y de nuestro espíritu cuando estemos más unidos a Dios que el fuego al hierro incandescente, que sin dejar de ser hierro, parece todo fuego! Amemos pues a Dios, hagámonos muy pequeños y Dios nos hará grandes.

 

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De la vida del Santo a una vida santa

San Pablo de la Cruz nace en Ovada (Italia) el 3 de enero de 1694.

Educado en una familia cristiana crece con un carácter fuerte y con ideales grandes. Supo orientar su vida con opciones osadas y anticonformistas.

Rechazado un fututo prometedor que le era ofrecido por la familia, en1720, viste un hábito negro e inicia una vida de oración y de penitencia en la soledad del Monte Argentaro.

Ordenado sacerdote en 1727 emprende una intensísima actividad misionera.

En 1737, en el Monte Argentaro, fundó el primer convento. Y en 1741,

Benedicto XVI aprobó la Congregación Pasionista.

Como fundador promueve el crecimiento del Instituto con caridad, sabiduría y claridad de visión. En 1771 en Tarquinia (Italia) abre el primer monasterio de monjas pasionistas, que solía llamar “Las palomas del Calvario”.

Muere en Roma el 18 de octubre de 1775, en la casa de los santos Juan y Pablo, la cual llega a ser la casa central de la Congregación.

El 29 de junio de 1867, Pio IX lo declaró santo.

San Pablo de la Cruz es el santo de la Pasión de Jesucristo. El crucifijo fue el secreto de su vida de místico y de apóstol, y la idea inspiradora de su congregación. A los Pasionistas, sus hijos, ha confiado el compromiso de prolongar por los siglos su espíritu y su mensaje.

 

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La vocación Pasionista

San Pablo de la Cruz reunió compañeros para que vivieran juntos y anunciaran el Evangelio de Cristo.

Pone como fundamento de su vida y de su apostolado la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Él, discerniendo los males de su tiempo, descubrió y proclamó que el remedio está en la Pasión de Jesucristo, “la más grande y estupenda obra de Amor Divino”.

El pueblo los llamó “Pasionistas”. Para la Iglesia, que aprobó su Regla de vida, ellos forman la “Congregación de la Pasión de Jesucristo”.

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Los Pasionistas fieles al carisma del fundador:

1. Viven y trabajan en comunidades fraternas, cultivando el espíritu de oración, de soledad y de pobreza, para poder conseguir una más íntima unión de caridad con Dios y ser testigos de su amor.

2.    Siguen a Cristo crucificado haciendo del Evangelio la Regla de su vida y la fuente perenne de su apostolado.

 3.    Expresan la consagración a la Pasión del Señor con un voto especial: meditar y predicar la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

 4.    Llevan un hábito negro, y sobre el hábito un símbolo o “signo”: una cruz blanca grabada en un corazón, con la escritura JESU XPI PASSIO (Pasión de Jesucristo). Este símbolo recuerda a todos el mandato de san Pablo de la Cruz: “Nos dedicamos a hacer memoria de los sufrimientos de Jesús y a promover, en el corazón de los fieles, una verdadera devoción a la Pasión”.

 

 

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Solo una cosa es necesaria

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 24, 2010

 

En algunas ocasiones, al leer los evangelios, uno se encuentra con perícopas en las que se siente que se ha perdido una valiosísima posibilidad de aprender cosas verdaderamente trascendentales. Es el caso de Pilato quien, tras preguntarle a Jesús qué es la verdad, sin esperar su respuesta, salió de nuevo donde estaban los judíos, privándonos de la definición de quien es nada menos que a la misma Verdad.

Algo parecido ocurrió cuando Jesús llegó a Betania, según lo relata san Lucas:

«Siguiendo su camino, entraron en un pueblo, y una mujer, llamada Marta, lo recibió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que se sentó a los pies del Señor y se quedó escuchando su palabra. Mientras tanto Marta estaba absorbida por los muchos quehaceres de la casa. A cierto punto Marta se acercó a Jesús y le dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para atender? Dile que me ayude”. Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas: una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, que no le será quitada.» (Lc 10, 38-42)

En este caso, es el mismo Jesús quien impide a Marta preguntar porque, después de afirmar que una sola cosa es necesaria, siguió hablando de la mejor parte. Nótese bien que habla de dos cosas diferentes: 1) la única necesaria y 2) la parte mejor.

La parte mejor es la que escogió María: escuchar a Jesús. Y eso es lo que se explica en las predicaciones, lo que se enseña en los escritos…, y quizá por eso, lo que ya sabemos. Pero, ¿cuál es la única cosa necesaria?

Para entender qué quería decir Jesús, lo primero que hay que conocer con profundidad es la definición del adjetivo «necesario». El Diccionario, en su tercera acepción la da: «Que es menester indispensablemente, o hace falta para un fin». Y es lógico deducir que Jesús se refiere a la finalidad última de la vida. Por eso es que es tan importante.

La palabra «necesario» aparece de nuevo en Hb 9, 23: Era, pues, necesario que las figuras del santuario celestial fuesen purificadas. Aunque en este texto se está hablando del templo, como en casi toda la Palabra de Dios, aquí se encierra un significado místico: purificar aquellas cosas que sólo son figuras de las realidades sobrenaturales.

En las realidades sobrenaturales, pues, está la meta, la finalidad. Y lo necesario, lo que se requiere, es la purificación de lo que llama la «figura» de este mundo, el mundo que pasa.

Solo con esta purificación o renovación se llegará a la única meta para la que fuimos hechos, por la única que vale la pena vivir.

Es más, incluso ahora se pueden pregustar las maravillas del cielo, por una renovación interior: «Es imposible renovar a los que ya fueron iluminados, que probaron el don sobrenatural y recibieron el Espíritu Santo, y saborearon la maravillosa palabra de Dios con una experiencia del mundo futuro. (Hb 6, 4-5)

¿A qué se refiere con «la experiencia del mundo futuro»? A la unión con Dios: solo ella realiza al ser humano.

Es lo que hoy llamamos la experiencia mística, que más que hablarle a Dios es escucharlo. Experiencia mística que es imposible sin la oración: lo que hacía María, la parte mejor. ¿Cuánto oramos? ¿Cuánto invertimos diariamente en nuestra felicidad?

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Ciclo C, XXIV domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 20, 2010

El más alto atributo de Dios

A veces olvidamos el atributo más sobresaliente de Dios: su infinita misericordia.

En el Éxodo, se nos cuenta que Dios no deja que estalle su furor contra los pecadores. Había determinado exterminarlos, pero Moisés suplicó al Señor, y Él renunció a destruir a su pueblo, como lo había anunciado.

Pablo nos cuenta que en un comienzo era un opositor, un perseguidor y un violento, y que a pesar de eso Dios lo perdonó, pues Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.

Ya en el Evangelio, Cristo nos dice que habrá más alegría en el Cielo por un solo pecador que vuelve a Dios que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de convertirse.

Y Jesús continuó explicando cuán grande es la misericordia de Dios para con los pecadores arrepentidos: Cuando el hijo malvado dijo: «Padre, he pecado contra Dios y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo», el padre dijo a sus servidores: «¡Rápido! Traigan el mejor vestido y pónganselo. Colóquenle un anillo en el dedo y traigan calzado para sus pies. Traigan el ternero gordo y mátenlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.» Y comenzó la fiesta.

¿Cómo es posible que, ante la declaración de la culpa de un malhechor, el juez lo absuelva? Eso es lo que hace Dios con aquellos que, verdaderamente arrepentidos, acuden al Sacramento de la Reconciliación. Incluso, si han pecado venialmente, el arrepentimiento sincero es suficiente para alcanzar el perdón de ese misericordioso Padre.

¿Desatenderemos esta ventajosísima oferta?

Todos las cualidades de Dios las posee en grado infinito, pero esta es una muestra de que su piedad, su misericordia: la más sublime de todas. Todo lo hace para nuestro bien, nos da cada vez más oportunidades para ser felices, a pesar de que le fallamos. ¡Cuánto nos ama!

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Las siete palabras pronunciadas por Cristo en la Cruz*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 18, 2010

De septem Verbis a Christo in cruce prolatis

Prefacio

Obsérvenme, ahora, por cuarto año, preparándome para la muerte. Habiéndome retirado de los negocios del mundo a un lugar de reposo, me entrego a la meditación de las Sagradas Escrituras, y a escribir los pensamientos que se me ocurren en mis meditaciones, para que si ya no puedo ser de uso por la palabra de boca, o la composición de voluminosas obras, pueda por lo menos ser útil a mis hermanos por medio de estos piadosos librillos. Mientras reflexionaba entonces sobre cuál sería el tema más elegible tanto para prepararme para la muerte como para asistir a otros a vivir bien, se me ocurrió la Muerte de Nuestro Señor, junto con el último sermón que el Redentor del mundo predicó desde la Cruz, como desde un elevado púlpito, a la raza humana. Este sermón consiste de siete cortas pero profundas sentencias, y en estas siete palabras está contenido todo lo que Nuestro Señor manifestó cuando dijo: “Mirad que subimos a Jerusalén, y se cumplirá todo lo que los Profetas escribieron sobre el Hijo del Hombre”[1]. Todo lo que los Profetas predijeron sobre Cristo puede ser reducido a cuatro títulos: sus sermones a la gente; su oración al Padre; los grandes tormentos que soportó; y las sublimes y admirables obras que realizó. Todo esto fue verificado de manera admirable en la Vida de Cristo, pues Nuestro Señor no podía ser más diligente al predicar al pueblo. Predicaba en el Templo, en las sinagogas, en los campos, en los desiertos, en las casas, más aún, predicaba incluso desde una embarcación a la gente que estaba en la orilla. Era su costumbre pasar noches en oración a Dios, pues así dice el Evangelista: “Y se pasó la noche en la oración de Dios”[2]. Sus admirables obras al expulsar demonios, curar enfermos, multiplicar panes, calmar tormentas, han de ser leídas en cada página de los Evangelios[3]. Aún así, fueron muchas las injurias que fueron acumuladas sobre Él, como respuesta al bien que había hecho. Consistían éstas no sólo en palabras insolentes, sino también en apedrearlo[4] y despeñarlo[5]. En una palabra, todas estas cosas verdaderamente se consumaron en la Cruz. Su prédica desde la Cruz fue tan poderosa que “toda la multitud se volvió golpeándose el pecho”[6], y no sólo los corazones de los hombres, sino incluso las rocas fueron quebrantadas en pedazos. Él oró en la Cruz, como dice el Apóstol, “con poderoso clamor y lágrimas”, siendo así “escuchado por su actitud reverente”[7]. Sufrió tanto en la Cruz, en comparación con lo que había sufrido el resto de su vida, que el sufrimiento parece pertenecer sólo a su Pasión. Finalmente, nunca obró mayores signos y prodigios que cuando estando en la Cruz parecía reducido a la más grande debilidad y flaqueza. Entonces no sólo manifestó signos del cielo, los cuales los judíos habían pedido hasta el fastidio, sino que un poco después manifestó el más grande de todos los signos.

Pues luego de estar muerto y enterrado, se levantó de entre los muertos por su propia fuerza, llamando a su Cuerpo a la vida, incluso a una vida inmortal. Verdaderamente entonces podremos decir que en la Cruz se consumó todo lo que estaba escrito por los Profetas en relación al Hijo del Hombre.

Pero antes de empezar a escribir sobre las palabras que Nuestro Señor manifestó desde la Cruz, parece apropiado que deba decir algo de la Cruz misma, que fue el Púlpito del Predicador, altar del Sacerdote Víctima, campo del Combatiente, el taller del que obra maravillas. Los antiguos estaban de acuerdo al decir que la Cruz estaba hecha de tres trozos de madera: uno vertical, a lo largo del cual era puesto el cuerpo del crucificado; uno horizontal, al que estaban sujetas las manos; y el tercero estaba unido a la parte baja de la cruz, sobre el cual descansaban los pies del acusado, pero sujetos por medio de clavos para impedir su movimiento. Los antiguos Padres de la Iglesia concuerdan con esta opinión, como San Justino[8] y San Ireneo[9]. Estos autores, más aún, indican claramente que cada pie descansaba en la tabla, y no que un pie estaba puesto encima del otro. Por tanto, se sigue que Cristo fue clavado a la Cruz con cuatro clavos, y no tres, como muchos imaginan, quienes en las pinturas representan a Cristo, Nuestro Señor, clavado a la Cruz con un pie sobre el otro. Gregorio de Tours[10], claramente dice lo contrario, y confirma su opinión apelando a antiguos grabados. Yo, por mi parte, he visto en la Librería Real en París algunos manuscritos muy antiguos de los Evangelios, los cuales contenían muchos grabados de Cristo Crucificado y todos lo representaban con cuatro clavos.

San Agustín[11] y San Gregorio de Niza[12] dicen que el madero vertical de la Cruz se proyectaba un poco del madero vertical. Parecería que el Apóstol insinúa lo mismo, pues en su Carta a los Efesios, San Pablo escribe: “que podáis comprender con todos los santos cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad”[13]. Eso es claramente una descripción de la figura de la Cruz, que tenía cuatro extremos: anchura en la parte horizontal, longitud en la parte vertical, altura en aquella parte de la Cruz que sobresalía y se proyectaba de la parte horizontal, y profundidad en la parte que estaba enterrada en la tierra. Nuestro Señor no soportó los tormentos de la Cruz por casualidad, o contra su voluntad, pues Él había escogido este tipo de muerte desde toda la eternidad, como enseña San Agustín[14] por el testimonio del Apóstol: “Jesús de Nazaret, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros le matasteis clavándole en la cruz por manos de los impíos”[15]. Y así Cristo, desde el principio de su prédica, dijo a Nicodemo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna”[16]. Muchas veces habló a sus Apóstoles sobre su Cruz, alentándolos a imitarlo a Él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”[17].

Sólo Nuestro Señor sabe la razón que lo indujo a escoger este tipo de muerte. Los santos Padres, sin embargo, han pensado en algunas razones místicas, y las han dejado para nosotros en sus escritos. San Ireneo, en su trabajo al que nos hemos ya referido, dice que las palabras “Jesús de Nazaret, Rey de los Judíos” fueron escritas sobre aquella parte de la Cruz donde ambos brazos se encuentran, para darnos a entender que las dos naciones, Judíos y Gentiles, que hasta aquel tiempo se habían rechazado una a la otra, fueron luego unidas en un solo cuerpo bajo una sola Cabeza: Cristo. San Gregorio de Niza, en su sermón sobre la Resurrección, dice que la parte de la Cruz que miraba hacia el cielo manifiesta que el cielo ha de ser abierto por la Cruz como por una llave; que la parte que estaba enterrada en la tierra manifiesta que el infierno fue despojado por Cristo cuando Él descendió ahí; y que los dos brazos de la Cruz que se estiraban hacia el este y el oeste manifiestan la regeneración del mundo entero por la Sangre de Cristo. San Jerónimo, en la Epístola a los Efesios, San Agustín[18], en su Epístola a Honorato, San Bernardo, en el quinto libro de su obra “Sobre la Consideración”, enseñan que el misterio principal de la Cruz fue levemente tocado por el Apóstol en las palabras “cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad”[19]. El significado primario de estas palabras apunta a los atributos de Dios, la altura significa su poder, la profundidad su sabiduría, la anchura su bondad, la longitud su eternidad. Hacen referencia también a las virtudes de Cristo en su Pasión: la anchura su caridad, la longitud su paciencia, la altura su obediencia, la profundidad su humildad. Significan, más aún, las virtudes que son necesarias para aquellos que son salvados a través de Cristo. La profundidad de la Cruz significa la fe, la altura la esperanza, la anchura la caridad, la longitud la perseverancia. De esto sacamos que sólo la caridad, la reina de las virtudes, encuentra un sitio en cualquier lugar, en Dios, en Cristo, y en nosotros. De las otras virtudes, algunas son propias a Dios, otras a Cristo, y otras a nosotros. En consecuencia, no es maravilloso que en sus últimas palabras desde la Cruz, que ahora vamos a explicar, Cristo diese el primer lugar a palabras de caridad.

Empezaremos por tanto explicando las primeras tres palabras que fueron dichas por Cristo a la hora sexta, antes que el sol fuera oscurecido y las tinieblas cubrieran la tierra. Consideraremos luego este eclipse del sol, y finalmente llegaremos a la explicación de todas las demás palabras de Nuestro Señor, que fueron dichas alrededor de la hora nona[20], cuando la oscuridad estaba desapareciendo y la Muerte de Cristo estaba a la mano.

Libro I

CAPÍTULO I

Explicación literal de la primera Palabra:

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

Cristo Jesús, el Verbo del Padre Eterno, de quien el mismo Padre había dicho “Escuchadle”[21], quien había dicho de sí mismo “Porque uno solo es vuestro Maestro”[22], para realizar la tarea que había asumido, nunca dejó de instruirnos. No solamente durante su vida, sino incluso en los brazos de la muerte, desde el púlpito de la Cruz, nos predicó pocas palabras, pero ardientes de amor, de suma utilidad y eficacia, y en todo sentido dignas de ser grabadas en el corazón de todo cristiano, para ser ahí preservadas, meditadas, y realizadas literalmente y en obra. Su primera palabra es ésta: “Y dijo Jesús: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[23]. Plegaria que, aun siendo nueva y nunca antes escuchada, quiso el Espíritu Santo que sea predicha por el Profeta Isaías en estas palabras: “e intercedió por los transgresores”[24]. Y las peticiones de Nuestro Señor en la Cruz prueban cuán verdaderamente habló el Apóstol San Pablo cuando dijo: “la Caridad no busca su provecho”[25], pues de las siete palabras que habló nuestro Redentor, tres fueron por el bien de los demás, tres por su propio bien, y una fue común tanto para Él como para nosotros. Su atención, sin embargo, fue primero para los demás. Pensó en sí mismo al final.

De las tres primeras palabras que Él habló, la primera fue para sus enemigos, la segunda para sus amigos, y la tercera para sus parientes. Ahora bien, la razón por la cual oró, entonces, es que la primera demanda de la caridad es socorrer a aquellos que están necesitados, y aquellos que estaban más necesitados de socorro espiritual eran sus enemigos, y lo que nosotros, discípulos de tan gran Maestro, necesitamos más es amar a nuestros enemigos, virtud que sabemos muy difícil de obtener y que raramente encontramos, mientras que el amor a nuestros amigos y parientes es fácil y natural, crece con los años y muchas veces predomina más de lo que debería. Por lo cual escribió el Evangelista “Y dijo Jesús”[26]: donde la palabra “y” manifiesta el tiempo y la ocasión de esta oración por sus enemigos, y pone en contraste las palabras del Sufriente y las palabras de los verdugos, sus obras y las obras de ellos, como si el Evangelista quisiera explicarse mejor de esta manera: estaban crucificando al Señor, y en su misma presencia estaban repartiendo su túnica entre ellos, se burlaban y lo difamaban como embustero y mentiroso, mientras que Él, viendo lo que estaban haciendo, escuchando lo que estaban diciendo, y sufriendo los más agudos dolores en sus manos y pies, devolvió bien por mal, y oró: “Padre, perdónalos”.

Lo llama “Padre”, no Dios o Señor, porque quiso que Él ejerciese la benignidad del Padre y no la severidad de un Juez, y como quiso Él evitar la cólera de Dios, que sabía provocada por los enormes crímenes, usa el tierno nombre de Padre. La palabra Padre parece contener en sí misma este pedido: Yo, Tu Hijo, en medio de todos mis tormentos, los he perdonado. Haz tú lo mismo, Padre Mío, extiende tu perdón a ellos. Aunque no lo merecen, perdónalos por Mí, Tu Hijo. Acuérdate también que eres su Padre, pues los has creado, haciéndolos a tu imagen y semejanza. Muéstrales por tanto un amor de Padre, pues aunque son malos, son sin embargo hijos tuyos.

“Perdona”. Esta palabra contiene la petición principal que el Hijo de Dios, como abogado de sus enemigos, hace a su Padre. La palabra “perdona” puede referirse tanto al castigo debido al crimen como al crimen mismo. Si está referido al castigo debido al crimen, fue entonces la oración escuchada: pues ya que este pecado de los judíos demandaba que su perpetradores sientan instantánea y merecidamente la ira de Dios, siendo consumidos por fuego del cielo o ahogados en un segundo diluvio, o exterminados por el hambre y la espada, aun así, la aplicación de este castigo fue pospuesta por cuarenta años, período durante el cual, si el pueblo judío hubiese hecho penitencia, hubiesen sido salvados y su ciudad preservada, pero puesto que no hicieron penitencia, Dios mandó contra ellos al ejército romano que, durante el reino de Vespasiano, destruyó sus metrópolis, y parte de hambruna durante el sitio, y parte por la espada durante el saqueo de la ciudad, mató a una gran multitud de sus habitantes, mientras que los sobrevivientes eran vendidos como esclavos y dispersados por el mundo.

Todas estas desgracias fueron predichas por Nuestro Señor en las parábolas del viñador que contrató obreros para su viña, del rey que hizo una boda para su hijo, de la higuera estéril, y más claramente, cuando lloró por la ciudad el Domingo de Ramos. La oración de Nuestro Señor fue también escuchada si es que hacía referencia al crimen de los judíos, pues obtuvo para muchos la gracia de la compunción y la reforma de la vida. Hubieron algunos que “volvieron golpeándose el pecho”[27]. Estuvo el centurión que dijo “verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[28]. Y hubo muchos que unas semanas después se convirtieron por la prédica de los Apóstoles, y confesaron a Aquel que habían negado, adoraron a Aquel que habían despreciado. Pero la razón por la cual la gracia de la conversión no fue otorgada a todos es que la voluntad de Cristo se conforma a la sabiduría y la voluntad de Dios, que San Lucas manifiesta cuando nos dice en los Hechos de los Apóstoles: “Y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna”[29].

“[Perdona]Los”. Esta palabra es aplicada a todos por cuyo perdón Cristo oró. En primer lugar es aplicada a aquellos que realmente clavaron a Cristo en la Cruz, y jugaron a la suerte sus vestiduras. Puede ser también extendida a todos los que fueron causa de la Pasión de Nuestro Señor: a Pilato que pronunció la sentencia; a las personas que gritaron “crucifícalo, crucifícalo”[30]; a los sumos sacerdotes y escribas que falsamente lo acusaron, y, para ir más lejos, al primer hombre y a toda su descendencia que por sus pecados ocasionaron la muerte de Cristo. Y así, desde su Cruz, Nuestro Señor oró por el perdón de todos sus enemigos. Cada uno, sin embargo, se reconocerá a sí mismo entre los enemigos de Cristo, de acuerdo a las palabras del Apóstol: “Cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo”[31]. Por tanto, nuestro Sumo Sacerdote, Cristo, hizo una conmemoración para todos nosotros, incluso antes de nuestro nacimiento, en aquel sacratísimo “Memento”, si puedo así decirlo, que Él hizo en el primer Sacrificio de la Misa que celebró en el altar de la Cruz. ¿Qué retribución, oh alma mía, harás al Señor por todo lo que ha hecho por ti, aún antes de que seas? Nuestro amado Señor vio que tú también algún día estarías en las filas con sus enemigos, y aunque no lo pediste, ni lo buscaste, Él oró por ti a su Padre, para que no cargue sobre ti la falta cometida por ignorancia. ¿No te importa por tanto tener en cuenta a tan dulce Patrón, y hacer todo esfuerzo por servirle fielmente en todo? ¿No es justo que con tal ejemplo delante tuyo aprendas no sólo a perdonar a tus enemigos con facilidad, y orar por ellos, sino incluso a atraer a cuantos puedas para hacer lo mismo? Es justo, y esto deseo y tengo el propósito de hacer, con la condición de que Aquel que me ha dado tan brillante ejemplo me dé también en su bondad la ayuda suficiente para realizar tan grande obra.

Pues no saben lo que hacen. Para que su oración sea razonable, Cristo se disminuye, o más aún da la excusa que pueda por los pecados de sus enemigos. Él ciertamente no podía excusar la injusticia de Pilato, o la crueldad de los soldados, o la ingratitud de la gente, o el falso testimonio de aquellos que perjuraron. Entonces no quedó para Él más que excusar su falta alegando ignorancia. Pues con verdad el Apóstol observa: “pues de haberla conocido, no hubieran crucificado al Señor de la Gloria”[32]. Ni Pilato, ni los sumos sacerdotes, ni el pueblo sabían que Cristo era el Señor de la Gloria. Aun así, Pilato lo sabía un hombre justo y santo, que había sido entregado por la envidia de los sumos sacerdotes, y los sumos sacerdotes sabían que Él era el Cristo prometido, como enseña Santo Tomás, porque no podían –ni lo hicieron– negar que había obrado muchos de los milagros que los profetas habían predicho que el Mesías obraría. En fin, la gente sabía que Cristo había sido condenado injustamente, pues Pilato públicamente les había dicho: “No encuentro en este hombre culpa alguna”[33], e “Inocente soy de la sangre de este hombre justo”[34].

Pero aunque los judíos, tanto el pueblo como los sacerdotes, no sabían el hecho de que Cristo era Señor de la Gloria, aun así, no habrían permanecido en este estado de ignorancia si su malicia no los hubiera cegado. De acuerdo a las palabras de San Juan: “Aunque había realizado tan grandes señales delante de ellos, no creían en Él, porque había dicho Isaías: Ha cegado sus ojos, ha endurecido su corazón, para que no vean con los ojos, ni comprendan con su corazón, ni se conviertan, ni yo los sane”[35]. La ceguera no es excusa para un hombre ciego, porque es voluntaria, acompañando, no precediendo, el mal que hace. De la misma manera, aquellos que pecan en la malicia de sus corazones siempre pueden alegar ignorancia, lo que no es sin embargo una excusa para su pecado pues no lo precede sino que lo acompaña. Por lo que el Hombre Sabio dice: “Yerran los que obran iniquidad”[36]. El filósofo de igual modo proclama con verdad que todo el que hace mal es ignorante de lo que hace, y por consiguiente se puede decir de los pecadores en general: “No saben lo que hacen”. Pues nadie puede desear aquello que es malo en base a su maldad, porque la voluntad del hombre no tiende hacia el mal tanto como hacia el bien, sino sólo a lo que es bueno, y por esta razón aquellos que eligen lo que es malo lo hacen porque el objeto les es presentado bajo apariencia de bien, y así puede entonces ser elegido. Esto es resultado del desasosiego de la parte inferior del alma que ciega la razón y la hace incapaz de distinguir nada sino lo que es bueno en el objeto que busca. Así, el hombre que comete adulterio o es culpable de robo realiza estos crímenes porque mira sólo el placer o la ganancia que puede obtener, y no lo haría si sus pasiones no lo cegaran hasta lo la vergonzosa infamia de lo primero y la injusticia de lo segundo. Por tanto, un pecador es similar a un hombre que desea lanzarse a un río desde un lugar elevado. Primero cierra sus ojos y luego se lanza de cabeza, así aquel que hace un acto de maldad odia la luz, y obra bajo una voluntaria ignorancia que no lo exculpa, porque es voluntaria. Pero si una voluntaria ignorancia no exculpa al pecador, ¿por qué entonces Nuestro Señor oró: “Perdónalos porque no saben lo que hacen”? A esto respondo que la interpretación más directa a ser hecha de las palabras de Nuestro Señor es que fueron dichas para sus verdugos, que probablemente ignoraban completamente no sólo la Divinidad del Señor, sino incluso su inocencia, y simplemente realizaron la labor del verdugo. Para aquellos, por tanto, dijo en verdad el Señor: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

Una vez más, si la oración de Nuestro Señor ha de ser interpretada como aplicable a nosotros mismos, que no habíamos aún nacido, o a aquella multitud de pecadores que eran sus contemporáneos, pero que no tenían conocimiento de lo que estaba sucediendo en Jerusalén, entonces dijo con mucha verdad el Señor: “No saben lo que hacen”. Finalmente, si Él se dirigió al Padre en nombre de todos los que estaban presentes, y sabían que Cristo era el Mesías y un hombre inocente, entonces debemos confesar la caridad de Cristo que es tal que desea paliar lo más posible el pecado de sus enemigos. Si la ignorancia no puede justificar una falta, puede sin embargo servir como excusa parcial, y el deicidio de los judíos habría tenido un carácter más atroz de haber conocido la naturaleza de su Víctima. Aunque Nuestro Señor era consciente de que esto no era una excusa sino más bien una sombra de excusa, la presentó con insistencia, en realidad, para mostrarnos cuánta bondad siente hacia el pecador, y con cuánto deseo hubiese Él usado una mejor defensa, incluso para Caifás y Pilato, si una mejor y más razonable apología se hubiese presentado.

CAPÍTULO II

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Habiendo dado el significado literal de la primera palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz, nuestra próxima tarea será esforzarnos por recoger algunos de sus frutos más preferibles y ventajosos. Lo que más nos impacta en la primera parte del sermón de Cristo en la Cruz es su ardiente caridad, que arde con fulgor más brillante que el que podamos conocer o imaginar, de acuerdo a lo que escribió San Pablo a los Efesios: “Y conocer la caridad de Cristo que excede todo conocimiento”[37]. Pues en este pasaje el Apóstol nos informa por el misterio de la Cruz cómo la caridad de Cristo sobrepasa nuestro entendimiento, ya que se extiende más allá de la capacidad de nuestro limitado intelecto. Pues cuando sufrimos cualquier dolor fuerte, como por ejemplo un dolor de dientes, o un dolor de cabeza, o un dolor en los ojos, o en cualquier otro miembro de nuestro cuerpo, nuestra mente está tan atada a esto como para ser incapaz de cualquier esfuerzo. Entonces no estamos de humor ni para recibir a nuestros amigos ni para continuar con el trabajo. Pero cuando Cristo fue clavado en la Cruz, usó su diadema de espinas, como está claramente manifestado en las escrituras de los antiguos Padres; por Tertuliano entre los Padres Latinos, en su libro contra los judíos, y por Orígenes, entre los Padres griegos, en su obra sobre San Mateo; y por tanto se sigue que Él no podía ni mover su cabeza hacia atrás ni moverla de lado a lado sin dolor adicional. Toscos clavos ataban sus manos y pies, y por la manera en que desgarraban su carne, ocasionaban un doloroso y largo tormento. Su cuerpo estaba desnudo, desgastado por el cruel flagelo y los trajines del ir y venir, expuesto ignominiosamente a la vista de los vulgares, agrandando por su peso las heridas en sus pies y manos, en una bárbara y continua agonía. Todas estas cosas combinadas fueron origen de mucho sufrimiento, como si fueran otras tantas cruces. Sin embargo, oh caridad, verdaderamente sobrepasando nuestro entendimiento, Él no pensó en sus tormentos, como si no estuviera sufriendo, sino que solícito sólo para la salvación de sus enemigos, y deseando cubrir la pena de sus crímenes, clamó fuertemente a su Padre: “Padre, perdónalos”. ¿Qué hubiese hecho Él si estos infelices fuesen las víctimas de una persecución injusta, o hubiesen sido sus amigos, sus parientes, o sus hijos, y no sus enemigos, sus traidores y parricidas? Verdaderamente, ¡Oh benignísimo Jesús! Tu caridad sobrepasa nuestro entendimiento. Observo tu corazón en medio de tal tormenta de injurias y sufrimientos, como una roca en medio del océano que permanece inmutable y pacífica, aunque el oleaje se estrelle furiosamente contra ella. Pues ves que tus enemigos no están satisfechos con infligir heridas mortales sobre Tu cuerpo, sino que deben burlarse de tu paciencia, y aullar triunfalmente con el maltrato. Los miras, digo yo, no como un enemigo que mide a su adversario, sino como un Padre que trata a sus errantes hijos, como un doctor que escucha los desvaríos de un paciente que delira. Por lo que Tú no estás molesto con ellos, sino los compadeces, y los confías al cuidado de Tu Padre Todopoderoso, para que Él los cure y los haga enteros. Este es el efecto de la verdadera caridad, estar en buenos términos con todos los hombres, considerando a ninguno como tu enemigo, y viviendo pacíficamente con aquellos que odian la paz.

Esto es lo que es cantado en el Cántico del amor sobre la virtud de la perfecta caridad: “Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo”[38]. Las grandes aguas son los muchos sufrimientos que nuestras miserias espirituales, como tormentas del infierno, cargan sobre Cristo a través de los judíos y los Gentiles, quienes representaban las pasiones oscuras de nuestro corazón. Aún así, esta inundación de aguas, es decir de dolores, no puede extinguir el fuego de la caridad que ardió en el pecho de Cristo. Por eso, la caridad de Cristo fue más grande que este desborde de grandes aguas, y resplandeció brillantemente en su oración: “Padre, perdónalos”. Y no sólo fueron estas grandes aguas incapaces de extinguir la caridad de Cristo, sino que ni siquiera luego de años pudieron las tormentas de la persecución sobrepasar la caridad de los miembros de Cristo. Así, la caridad de Cristo, que poseyó el corazón de San Esteban, no podía ser aplastada por las piedras con las cuales fue martirizado. Estaba viva entonces, y él oró: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”[39]. En fin, la perfecta e invencible caridad de Cristo que ha sido propagada en los corazones de mártires y confesores, ha combatido tan tercamente los ataques de perseguidores, visibles e invisibles, que puede decirse con verdad incluso hasta el fin del mundo, que un mar de sufrimiento no podrá extinguir la llama de la caridad.

Pero de la consideración de la Humanidad de Cristo ascendamos a la consideración de Su Divinidad. Grande fue la caridad de Cristo como hombre hacia sus verdugos, pero mayor fue la caridad de Cristo como Dios, y del Padre, y del Espíritu Santo, en el día último, hacia toda la humanidad, que había sido culpable de actos de enemistad hacia su Creador, y, de haber sido capaces, lo hubiesen expulsado del cielo, clavado a una cruz, y asesinado. ¿Quién puede concebir la caridad que Dios tiene hacia tan ingratas y malvadas criaturas? Dios no guardó a los ángeles cuando pecaron, ni les dio tiempo para arrepentirse, sin embargo con frecuencia soporta pacientemente al hombre pecador, a blasfemos, y a aquellos que se enrolan bajo el estandarte del demonio, Su enemigo, y no sólo los soporta, sino que también los alimenta y cría, incluso hasta los alienta y sostiene, pues “en Él vivimos, nos movemos y existimos”[40], como dice el Apóstol. Ni tampoco preserva solo al justo y bueno, sino igualmente al hombre ingrato y malvado, como Nuestro Señor nos dice en el Evangelio de San Lucas. Ni tampoco nuestro Buen Señor meramente alimenta y cría, alienta y sostiene a sus enemigos, sino que frecuentemente acumula sus favores sobre ellos, dándoles talentos, haciéndolos honorables, y los eleva a tronos temporales, mientras que Él aguarda pacientemente su regreso de la senda de la iniquidad y perdición.

Y para sobrepasar varias de las características de la caridad que Dios siente hacia los hombres malvados, los enemigos de su Divina Majestad, cada uno de los cuales requeriría un volumen si tratáramos singularmente con cada uno, nos limitaremos ahora a aquella singular bondad de Cristo de la que estamos tratando. ¿“Pues amó Dios tanto al mundo que dio su único hijo”?[41]. El mundo es el enemigo de Dios, pues “el mundo entero yace en poder del maligno”[42], como nos dice San Juan. Y “si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”[43], como vuelve a decir en otro lugar. Santiago escribe: “Cualquiera, pues, que desee ser amigo del mundo se constituye en enemigo de Dios” y “la amistad con el mundo es enemistad con Dios”[44]. Dios, por tanto, al amar este mundo, muestra su amor a su enemigo con la intención de hacerlo amigo suyo. Para este propósito ha enviado a su Hijo, “Príncipe de la Paz”[45], para que por medio suyo el mundo pueda ser reconciliado con Dios. Por eso al nacer Cristo los ángeles cantaron: Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz”[46]. Así ha amado Dios al mundo, su enemigo, y ha tomado el primer paso hacia la paz, dando a su Hijo, quien puede traer la reconciliación sufriendo la pena debida a su enemigo. El mundo no recibió a Cristo, incrementó su culpa, se rebeló frente al único Mediador, y Dios inspiró a este Mediador devolver bien por mal orando por sus perseguidores. Oró y “fue escuchado por su reverencia”[47]. Dios esperó pacientemente qué progreso harían los Apóstoles por su prédica en la conversión del mundo. Aquellos que hicieron penitencia recibieron el perdón. Aquellos que no se arrepintieron luego de tan paciente tolerancia fueron exterminados por el juicio final de Dios. Por tanto, de esta primera palabra de Cristo aprendemos en verdad que la caridad de Dios Padre, que “tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna”[48], sobrepasa todo conocimiento.

CAPÍTULO III

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Si los hombres aprendiesen a perdonar las injurias que reciben sin murmurar, y así forzar a sus enemigos a convertirse en sus amigos, aprenderíamos una segunda y muy saludable lección al meditar la primera palabra. El ejemplo de Cristo y la Santísima Trinidad han de ser un poderoso argumento para persuadirnos en esto. Pues si Cristo perdonó y oró por sus verdugos, ¿qué razón puede ser alegada para que un cristiano no actúe de igual modo con sus enemigos? Si Dios, nuestro Creador, el Señor y Juez de todos los hombres, quien tiene en su poder el tomar venganza inmediata sobre el pecador, espera su regreso al arrepentimiento, y lo invita a la paz y la reconciliación con la promesa de perdonar sus traiciones a la Divina Majestad, ¿por qué una creatura no podría imitar esta conducta, especialmente si recordamos que el perdón de una ofensa obtiene una gran recompensa? Leemos en la historia de San Engelberto, Arzobispo de Colonia, asesinado por algunos enemigos que lo estaban esperando, que en el momento de su muerte oró por ellos con las palabras de Nuestro Señor, “Padre, perdónalos”, y fue revelado que esta acción fue tan agradable a Dios, que su alma fue llevada al cielo por manos de los ángeles, y puesta en medio del coro de los mártires, donde recibió la corona y la palma del martirio, y su tumba fue hecha famosa por el obrar de muchos milagros.

Oh, si los cristianos aprendiesen cuán fácilmente pueden, si quieren, adquirir tesoros inagotables, y obtener notables grados de honor y gloria al ganar el señorío sobre las varias agitaciones de sus almas, y despreciando magnánimamente los pequeños y triviales insultos, ciertamente no serían tan duros de corazón y obstinadamente en contra del indulto y el perdón. Argumentan que actuarían en contra de la naturaleza si se permitiesen ser injustamente rechazados con desprecio o ultrajados de obra o palabra. Si los animales salvajes, que meramente siguen el instinto natural, atacan salvajemente a sus enemigos en el momento que los ven, matándolos con sus garras o dientes, así nosotros, a la vista de nuestro enemigo, sentimos que nuestra sangre empieza a hervir, y nuestro deseo de venganza aflora. Tal razonamiento es falso. No hace la distinción entre la defensa propia, que es válida, y el espíritu de venganza, que es inválido.

Nadie puede hallar falta en un hombre que se defiende por una causa justa, y la naturaleza nos enseña rechazar la fuerza con la fuerza, pero no nos enseña a tomar venganza nosotros mismos por una injuria que hayamos recibido.

Nadie nos impide tomar las precauciones necesarias para prepararnos para un ataque, pero la ley de Dios nos prohíbe ser vengativos. El castigar una injusticia pertenece no al individuo privado, sino al magistrado público, y porque Dios es el Rey de reyes, por eso Él clama y dice: “Mía es la venganza, yo daré el pago merecido”[49].

En cuanto al argumento de que un animal es arrastrado por su propia naturaleza para atacar al animal que es enemigo de su especie, respondo que esto es el resultado de ser animales irracionales, que no pueden distinguir entre la naturaleza y lo que es vicioso en la naturaleza. Pero los hombres, dotados de razón, han de trazar una línea entre la naturaleza o la persona que ha sido creada por Dios y es buena, y el vicio o el pecado que es malo y no procede de Dios. De la misma manera, cuando un hombre ha sido insultado, él ha de amar a la persona de su enemigo y odiar el insulto, y debe más aún compadecerse de él que molestarse con él, así como un doctor ama a sus pacientes y prescribe para ellos con el necesario cuidado, pero odia la enfermedad y lucha con todos los recursos a sus disposición para alejarla, destruirla y hacerla inofensiva. Y esto es lo que el Maestro y Doctor de nuestras almas, Cristo nuestro Señor, enseña cuando dice: “Amad a vuestros enemigos, haced bien a aquellos que os odian, y rogad por los que os persiguen y calumnian”[50]. Cristo nuestro Maestro no es como los Escribas y Fariseos que se sentaban en la silla de Moisés y enseñaban, pero no llevaban su enseñanza a la práctica. Cuando ascendió al púlpito de la Cruz, Él practicó lo que enseñó, al orar por los enemigos que amaba: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Ahora, la razón por la que la vista de un enemigo hace que en algunas personas la sangre hierva en las mismas venas es esta: que son animales que no han aprendido a tener las mociones de la parte inferior del alma, común tanto a la raza humana como a la creación salvaje, bajo el dominio de la razón, mientras que los hombres espirituales no son sujetos a estos movimientos de la carne, pero saben cómo mantenerlas controlados, no se molestan con aquellos que los han injuriado, sino que, por el contrario, se compadecen, y al mostrarles actos de bondad se esfuerzan por llevarlos a la paz y unidad.

Se objeta que esto es una prueba demasiado difícil y severa para hombres de noble nacimiento, que han de ser diligentes por su honor. No es así sin embargo. La tarea es fácil, pues, como atestigua el Evangelista; “el yugo” de Cristo, que ha dado esta ley para la guía de sus seguidores, “es suave, y su carga ligera”[51]; y sus “mandamientos no son pesados”[52], como afirma San Juan. Y si parecen difíciles y severos, parecen así por el poco o nada amor que tenemos por Dios, pues nada es difícil para aquel que ama, de acuerdo a lo dicho por el Apóstol: “la caridad es paciente, es servicial, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”[53]. Ni es Cristo el único que ha amado a sus enemigos, aunque en la perfección con la que practicó la virtud ha sobrepasado a todos los demás, pues al Santo Patriarca José amó con amor especial a sus hermanos que lo habían vendido a la esclavitud. Y en la Sagrada Escritura leemos cómo David con mucha paciencia sobrellevó las persecuciones de su enemigo Saúl, quien por largo tiempo buscó su muerte, y cuando estuvo en las manos de David quitarle la vida a Saúl, no lo mató. Y bajo la ley de la gracia el protomártir, San Esteban, imitó el ejemplo de Cristo al hacer esta oración mientras era apedreado a muerte: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”[54]. Y Santiago Apóstol, Obispo de Jerusalén, que fue arrojado de cabeza desde la cornisa del Templo, clamó al cielo en el momento de su muerte: “Señor, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Y San Pablo escribe de sí mismo y de sus compañeros apóstoles: “Nos insultan y bendecimos, nos persiguen y lo soportamos, nos difaman y respondemos con bondad”[55]. En fin, muchos mártires e innumerables otros, luego del ejemplo de Cristo, no han encontrado ninguna dificultad en cumplir este mandamiento. Pero pueden haber algunos que continuaran argumentando: no niego que debemos perdonar a nuestros enemigos, pero escogeré el tiempo que desee para hacerlo, cuando en realidad haya casi olvidado la injusticia que me ha sido hecha, y me haya calmado luego de haber pasado el primer arrebato de indignación. Pero cuáles serán los pensamientos de estas personas si durante este tiempo fuesen llamado a dar su cuenta final, y fuesen encontrados sin el traje de la caridad, y fuesen preguntados: “¿Cómo has entrado aquí sin traje de boda?”[56]. No estarían acaso aturdidos de asombro mientras Nuestro Señor pronuncia la sentencia sobre ellos: “Atadle de pies y manos, y echadle a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes”[57]. Actúa mejor con prudencia ahora, e imita la conducta de Cristo, quien oró a su Padre “Padre, perdónalos” en el momento cuando era objeto de sus burlas, cuando la sangre le chorreaba gota a gota de sus manos y pies, y su cuerpo entero era presa de dolorosas torturas. El es el verdadero y único Maestro, a cuya voz todos deben escuchar quienes no serán guiados al error: a Él se refirió el Padre Eterno cuando una voz fue escuchada del cielo diciendo: “Escuchadle”[58]. En Él están “todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” de Dios[59]. Si pudieras preguntar la opinión de Salomón en cualquier punto, podrías con seguridad haber seguido su consejo, pero “aquí hay algo más que Salomón”[60].

Aún sigo escuchando más objeciones. Si decidimos devolver bien por mal, la bondad por el insulto, una bendición por una maldición, los malvados se harán insolentes, los canallas se harán más aplomados, los justo serán oprimidos, y la virtud será pisoteada bajo sus pies. Este resultado no se dará, pues a menudo, como dice el Hombre Sabio, “Una respuesta suave calma el furor”[61]. Además, la paciencia de un hombre justo no pocas veces llena de admiración a su opresor, y lo persuade de ofrecer la mano de la amistad. Más aún, olvidamos que el Estado nombra magistrados, reyes y príncipes, cuyo deber es hacer que los malvados sientan la severidad de la ley, y proveer medios para que los hombres honestos vivan una vida tranquila y pacífica. Y si en algunos casos la justicia humana es tardía, la Providencia de Dios, que nunca permite que un acto malévolo pase sin castigo o un acto bueno sin recompensa, está continuamente observándonos, y está cuidando de una manera imprevista que las ocurrencias con las cuales los malvados creen que los aplastarán, conducirá a la exaltación y el honor de los virtuosos. Por lo menos así lo dice San León: “Has estado furioso, oh perseguidor de la Iglesia de Dios, has estado furioso con el mártir, y has aumentado su gloria al incrementar su dolor. Pues ¿qué ha ideado tu ingenuidad que se haya vuelto para su honor, cuando incluso los mismo instrumentos de su tortura han sido tomados en triunfo?”. Lo mismo debe ser dicho de todos los mártires, así como los santos de la antigua ley. ¿Pues qué trajo más renombre y gloria al patriarca José que la persecución de sus hermanos? El haberlo vendido por envidia a los ismaelitas fue la ocasión de que se convirtiera en señor de todo Egipto y príncipe de todos sus hermanos.

Pero omitiendo estas consideraciones, pasaremos revista a los muchos y grandes inconveniencias que sufren aquellos hombres que, para escapar meramente de una sombra de deshonra frente a los hombres, están obstinadamente determinados a tomar su venganza sobre aquellos que les han hecho cualquier mal. En primer lugar, hacen la parte de tontos al preferir un mayor mal que uno menor. Pues es un principio aceptado en todo lugar, y declarado a nosotros por el Apóstol en estas palabras: “no hagamos el mal para que venga el bien”[62]. Se sigue que en consecuencia un mayor mal no ha de ser cometido para poder obtener alguna compensación por uno menor. Aquel que recibe la injuria recibe lo que es llamado el mal de la injuria: aquel que se venga de una injuria es culpable de lo que es llamado el mal del crimen. Ahora bien, sin duda, la desgracia de cometer un crimen es mayor que la desgracia de tener que soportar la injuria, pues aunque la ofensa puede hacer a un hombre miserable, no necesariamente lo hace malo. Un crimen, sin embargo, lo hace tanto miserable y malvado. La injuria priva al hombre del bien temporal, un crimen lo priva tanto del bien temporal y eterno. Así, un hombre que remedia el mal de una injuria cometiendo un crimen es como un hombre que se corta una parte de sus pies para que le entren un par de zapatos más pequeños, lo cual sería un completo acto de locura. Nadie es culpable de tal insensatez en sus preocupaciones temporales, pero sin embargo hay algunos hombres tan ciegos a sus intereses reales que no temen ofender mortalmente a Dios para poder escapar aquello que tiene la apariencia de desgracia, y mantienen un honorable semblante a los ojos de los hombres. Pues ellos caen bajo el desagrado y la ira de Dios, y a menos que se corrijan a tiempo y hagan penitencia, tendrán que soportar la desgracia y el tormento eternos, y perderán el interminable honor de ser ciudadanos del cielo. Añádase a esto que realizan un acto de lo más agradable para el diablo y sus ángeles, que urgen a este hombre a hacer una cosa injusta a aquel hombre con el propósito de sembrar la discordia y la enemistad en el mundo. Y cada uno debe reflexionar con calma cuán desgraciado es agradar al enemigo más fiero de la raza humana, y desagradar a Cristo. Además, ocasionalmente sucede que el hombre injuriado que anhela venganza hiere mortalmente a su enemigo y lo mata, por lo que es ignominiosamente ejecutado por asesinato, y toda su propiedad es confiscada por el Estado, o por lo menos es forzado al exilio, y tanto él como su familia viven una miserable existencia. Así es como el diablo juega y se burla de aquellos que escogen aprisionarse con las ataduras del falso honor, más que hacerse siervos y amigos de Cristo, el mejor de los Reyes, y ser reconocidos como herederos del reino más vasto y más durable. Por lo tanto, puesto que el hombre insensato, a pesar del mandamiento de Cristo, se niega a reconciliarse con sus enemigos, se expone al desastre total, todos los que son sabios escucharán la doctrina que Cristo, el Señor de todo, nos ha enseñado en el Evangelio con sus palabras, y en la Cruz con sus obras.

CAPÍTULO IV

Explicación literal de la segunda Palabra:

“Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”

La segunda palabra o la segunda frase pronunciada por Cristo en la Cruz fue, según el testimonio de San Lucas, la magnífica promesa que hizo al ladrón que pendía de una Cruz a su lado. La promesa fue hecha en las siguientes circunstancias. Dos ladrones habían sido crucificados junto con el Señor, uno a su mano derecha, el otro a su izquierda, y uno de ellos sumó a sus crímenes del pasado el pecado de blasfemar a Cristo y burlarse de Él por su carencia de poder para salvarlos, diciendo: “¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!”[63]. De hecho, San Mateo y San Marcos acusan a ambos ladrones de este pecado, pero es lo más probable que los dos Evangelistas usen el plural para referirse al número singular, según se hace frecuentemente en las Sagradas Escrituras, como observa San Agustín en su trabajo sobre la Armonía de los Evangelios. Así San Pablo, en su Epístola a los Hebreos, dice de los Profetas: “cerraron la boca a los leones… apedreados…, aserrados…; anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabras”[64]. Sin embargo hubo un solo Profeta, Daniel, que cerró la boca a los leones; hubo un solo Profeta, Jeremías, que fue apedreado; hubo un sólo Profeta, Isaías, que fue aserrado. Más aún, ni San Mateo ni San Marcos son tan explícitos con respecto a este punto como San Lucas, que dice de manera muy clara, “Uno de los malhechores colgados le insultaba”[65]. Ahora bien, incluso concediendo que los dos vituperaron al Señor, no hay razón para que el mismo hombre no lo haya maldecido en un momento, y en otro haya proclamado sus alabanzas.

Sin embargo, la opinión de los que mantienen que uno de los ladrones blasfemadores se convirtió por la oración del Señor, “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”, contradice manifiestamente la narración evangélica. Pues San Lucas dice que el ladrón recién empezó a blasfemar a Cristo luego de que Él hiciera esta oración; por ello nos vemos conducidos a adoptar la opinión de San Agustín y de San Ambrosio, que dicen que sólo uno de los ladrones lo vituperó, mientras el otro lo glorificó y defendió; y según esta narración el buen ladrón increpó al blasfemador: “¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?”[66]. El ladrón fue feliz por su solidaridad con Cristo en la Cruz. Los rayos de la luz Divina que empezaban a penetrar la oscuridad de su alma, lo llevaron a increpar al compañero de su maldad y a convertirlo a una vida mejor; y este es el sentido pleno de su increpación: “Tú, pues, quieres imitar la blasfemia de los judíos, que no han aprendido aún a temer los juicios de Dios, sino que se ufanan de la victoria que creen haber alcanzado al clavar a Cristo a una cruz. Se consideran libres y seguros y no tienen aprensión alguna del castigo. ¿Pero acaso tú, que estás siendo crucificado por tus enormidades, no temes la justicia vengadora de Dios? ¿Por qué añades tú pecado a pecado?”. Luego, procediendo de virtud a virtud, y ayudado por la creciente gracia de Dios, confiesa sus pecados y proclama que Cristo es inocente. “Y nosotros” dice, somos condenados “con razón” a la muerte de cruz, “porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho”[67]. Finalmente, creciendo aún la luz de la gracia en su alma, añade: “Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”[68]. Fue admirable, pues, la gracia del Espíritu Santo que fue derramada en el corazón del buen ladrón. El Apóstol Pedro negó a su Maestro, el ladrón lo confesó, cuando Él estaba clavado en su Cruz. Los discípulos yendo a Emaús dijeron, “Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel”[69]. El ladrón pide con confianza, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. El Apóstol Santo Tomás declara que no creerá en la Resurrección hasta que haya visto a Cristo; el ladrón, contemplando a Cristo a quien vio sujeto a un patíbulo, nunca duda de que Él será Rey después de su muerte.

¿Quién ha instruido al ladrón en misterios tan profundos? Llama Señor a ese hombre a quien percibe desnudo, herido, en desgracia, insultado, despreciado, y pendiendo en una Cruz a su lado: dice que después de su muerte Él vendrá a su reino. De lo cual podemos aprender que el ladrón no se figuró el reino de Cristo como temporal, como lo imaginaron ser los judíos, sino que después de su muerte Él sería Rey para siempre en el cielo. ¿Quién ha sido su instructor en secretos tan sagrados y sublimes? Nadie, por cierto, a menos que sea el Espíritu de Verdad, que lo esperaba con Sus más dulces bendiciones. Cristo, luego de su Resurrección dijo a Sus Apóstoles: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”[70]. Pero el ladrón milagrosamente previó esto, y confesó que Cristo era Rey en el momento en que no lo rodeaba ninguna semblanza de realeza. Los reyes reinan durante su vida, y cuando cesan de vivir cesan de reinar; el ladrón, sin embargo, proclama en alta voz que Cristo, por medio de su muerte heredaría un reino, que es lo que el Señor significa en la parábola: “Un hombre noble marchó a un país lejano, para recibir la investidura real y volverse”[71]. Nuestro Señor dijo estas palabras un tiempo corto antes de su Pasión para mostrarnos que mediante su muerte Él iría a un país lejano, es decir a otra vida; o en otras palabras, que Él iría al cielo que está muy alejado de la tierra, para recibir un reino grande y eterno, pero que Él volvería en el último día, y recompensaría a cada hombre de acuerdo a su conducta en esta vida, ya sea con premio o con castigo. Con respecto a este reino, por lo tanto, que Cristo recibiría inmediatamente después de su muerte, el ladrón dijo sabiamente: “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. Pero puede preguntarse, ¿no era Cristo nuestro Señor Rey antes de su muerte? Sin lugar a dudas lo era, y por eso los Magos inquirían continuamente: “¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?”[72]. Y Cristo mismo dijo a Pilato: “Sí, como dices, soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad”[73]. Pero Él era Rey en este mundo como un viajero entre extraños, por eso no fue reconocido como Rey sino por unos cuantos, y fue despreciado y mal recibido por la mayoría. Y así, en la parábola que acabamos de citar, dijo que Él iría “a un país lejano, para recibir la investidura real”. No dijo que Él la adquiriría por parte de otro, sino que la recibiría como Suya propia, y volvería, y el ladrón observó sabiamente, “cuando vengas con tu Reino”. El reino de Cristo no es sinónimo en este pasaje de poder o soberanía real, porque lo ejerció desde el comienzo de acuerdo a estos versículos de los salmos: “Ya tengo yo consagrado a mi rey en Sión mi monte santo”[74]. “Dominará de mar a mar, desde el Río hasta los confines de la tierra”[75]. E Isaías dice, “Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro”[76]. Y Jeremías, “Suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra”[77]. Y Zacarías, “¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna”[78]. Por eso en la parábola de la recepción del reino, Cristo no se refería a un poder soberano, ni tampoco el buen ladrón en su petición, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, sino que ambos hablaron de esa dicha perfecta que libera al hombre de la servidumbre y de la angustia de los asuntos temporales, y lo somete solamente a Dios, Al cual servir es reinar, y por el cual ha sido puesto por encima de todas Sus obras. De este reino de dicha inefable del alma, Cristo gozó desde el momento de su concepción, pero la dicha del cuerpo, que era Suya por derecho, no la gozó actualmente hasta después de su Resurrección. Pues mientras fue un forastero en este valle de lágrimas, estaba sometido a fatigas, a hambre y sed, a lesiones, a heridas, y a la muerte. Pero como su Cuerpo siempre debió ser glorioso, por eso inmediatamente después de la muerte Él entró en el gozo de la gloria que le pertenecía: y en estos términos se refirió a ello después de su Resurrección: “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”. Esta gloria que Él llama Suya propia, pues está en su poder hacer a otros partícipes de ella, y por esta razón Él es llamado el “Rey de la gloria”[79] y “Señor de la gloria”[80], y “Rey de Reyes”[81] y Él mismo dice a Sus Apóstoles, “yo, por mi parte, dispongo un Reino para vosotros”[82]. Él, en verdad, puede recibir gloria y un reino, pero nosotros no podemos conferir ni el uno ni el otro, y estamos invitados a entrar “en el gozo de tu señor”[83] y no en nuestro propio gozo. Este entonces es el reino del cual habló el buen ladrón cuando dijo, “Cuando vengas con tu Reino”.

Pero no debemos pasar por alto las muchas excelentes virtudes que se manifiestan en la oración del santo ladrón. Una breve revista de ellas nos preparará para la respuesta de Cristo a la petición; “Señor, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”. En primer lugar lo llama Señor, para mostrar que se considera a sí mismo como un siervo, o más bien como un esclavo redimido, y reconoce que Cristo es su Redentor. Luego añade un pedido sencillo, pero lleno de fe, esperanza, amor, devoción, y humildad: “Acuérdate de mí”. No dice: Acuérdate de mí si puedes, pues cree firmemente que Cristo puede hacer todo. No dice: Por favor, Señor, acuérdate de mí, pues tiene plena confianza en su caridad y compasión. No dice: Deseo, Señor, reinar contigo en tu reino, pues su humildad se lo prohibía. En fin, no pide ningún favor especial, sino que reza simplemente: “Acuérdate de mí”, como si dijera: Todo lo que deseo, Señor, es que Tú te dignes recordarme, y vuelvas tus benignos ojos sobre mí, pues yo sé que eres todopoderoso y que sabes todo, y pongo mi entera confianza en tu bondad y amor. Es claro por las palabras conclusivas de su oración, “Cuando vengas con tu Reino”, que no busca nada perecible y vano, sino que aspira a algo eterno y sublime.

Daremos oído ahora a la respuesta de Cristo: “Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”. La palabra “Amén” era usada por Cristo cada vez que quería hacer un anuncio solemne y serio a Sus seguidores. San Agustín no ha dudado en afirmar que esta palabra era, en boca de nuestro Señor, una suerte de juramento. No podía por cierto ser un juramento, de acuerdo a las palabras de Cristo: “Pues yo digo que no juréis en modo alguno… Sea vuestro lenguaje: “Sí, sí”; “no, no”: que lo que pasa de aquí viene del Maligno”[84]. No podemos, por lo tanto, concluir que nuestro Señor realizara un juramento cada vez que usó la palabra Amén. Amén era un término frecuente en sus labios, y algunas veces no sólo precedía sus afirmaciones con Amén, sino con Amén, amén. Así pues la observación de San Agustín de que la palabra Amén no es un juramento, sino una suerte de juramento, es perfectamente justa, porque el sentido de la palabra es verdaderamente: en verdad, y cuando Cristo dice: Verdaderamente os digo, cree seriamente lo que dice, y en consecuencia la expresión tiene casi la misma fuerza que un juramento. Con gran razón, por ello, se dirigió al ladrón diciendo: “Amén, yo te aseguro”, esto es, yo te aseguro del modo más solemne que puedo sin hacer un juramento; pues el ladrón podría haberse negado por tres razones a dar crédito a la promesa de Cristo si Él no la hubiera aseverado solemnemente. En primer lugar, pudiera haberse negado a creer por razón de su indignidad de ser el receptor de un premio tan grande, de un favor tan alto. ¿Pues quién habría podido imaginar que el ladrón sería transferido de pronto de una cruz a un reino? En segundo lugar podría haberse negado a creer por razón de la persona que hizo la promesa, viendo que Él estaba en ese momento reducido al extremo de la pobreza, debilidad e infortunio, y el ladrón podría por ello haberse argumentado: Si este hombre no puede durante su vida hacer un favor a Sus amigos, ¿cómo va a ser capaz de asistirlos después de su muerte? Por último, podría haberse negado a creer por razón de la promesa misma. Cristo prometió el Paraíso. Ahora bien, los judíos interpretaban la palabra Paraíso en referencia al cuerpo y no al alma, pues siempre la usaban en el sentido de un Paraíso terrestre. Si nuestro Señor hubiera querido decir: Este día tú estarás conmigo en un lugar de reposo con Abraham, Isaac, y Jacob, el ladrón podría haberle creído con facilidad; pero como no quiso decir esto, por eso precedió su promesa con esta garantía: “Amén, yo te aseguro”.

“Hoy”. No dice: Te pondré a Mi Mano Derecha en medio de los justos en el Día del Juicio. Ni dice: Te llevaré a un lugar de descanso luego de algunos años de sufrir en el Purgatorio. Ni tampoco: Te consolaré dentro de algunos meses o días, sino este mismo día, antes que el sol se ponga, pasarás conmigo del patíbulo de la cruz a las delicias del Paraíso. Maravillosa es la liberalidad de Cristo, maravillosa también es la buena fortuna del pecador. San Agustín, en su trabajo sobre el Origen del Alma, considera con San Cipriano que el ladrón puede ser considerado un mártir, y que su alma fue directamente al cielo sin pasar por el Purgatorio. El buen ladrón puede ser llamado mártir porque confesó públicamente a Cristo cuando ni siquiera los Apóstoles se atrevieron a decir una palabra a su favor, y por razón de esta confesión espontánea, la muerte que sufrió en compañía de Cristo mereció un premió tan grande ante Dios como si la hubiera sufrido por el nombre de Cristo. Si nuestro Señor no hubiera hecho otra promesa que: “Hoy estarás conmigo”, esto sólo hubiera sido una bendición inefable para el ladrón, pues San Agustín escribe: “¿Dónde puede haber algo malo con Él, y sin Él dónde puede haber algo bueno?”. En verdad Cristo no hizo una promesa trivial a los que lo siguen cuando dijo: “Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor”[85]. Al ladrón, sin embargo, le prometió no sólo su compañía, sino también el Paraíso.

Aunque algunas personas han discutido acerca del sentido de la palabra Paraíso en este texto, no parece haber fundamento para la discusión. Pues es seguro, porque es un artículo de fe, que en el mismo día de su muerte el Cuerpo de Cristo fue colocado en el sepulcro, y su Alma descendió al Limbo, y es igualmente cierto que la palabra Paraíso, ya sea que hablemos del Paraíso celeste o terrestre, no se puede aplicar ni al sepulcro ni al Limbo. No puede aplicarse al sepulcro, pues era un lugar muy triste, la primera morada de los cadáveres, y Cristo fue el único enterrado en el sepulcro: el ladrón fue enterrado en otro lugar. Más aún, las palabras, “estarás conmigo” no se hubieran cumplido, si Cristo hubiera hablado meramente del sepulcro. Tampoco se puede aplicar la palabra Paraíso al Limbo. Pues Paraíso es un jardín de delicias, e incluso en el paraíso terrenal había flores y frutas, aguas límpidas y una deliciosa suavidad en el aire. En el Paraíso celestial había delicias sin fin, gloria interminable, y los lugares de los bienaventurados. Pero en el Limbo, donde las almas de los justos estaban detenidas, no había luz, ni alegría, ni placer; no por cierto que estas almas estuviesen sufriendo, pues la esperanza de la redención y la perspectiva de ver a Cristo era sujeto de consuelo y gozo para ellos, pero se mantenían como cautivos en prisión. Y en este sentido el Apóstol, explicando a los profetas, dice: “Subiendo a la altura, llevó cautivos”[86]. Y Zacarías dice: “En cuanto a ti, por la sangre de tu alianza, yo soltaré a tus cautivos de la fosa en la que no hay agua”[87], donde las palabras “tus cautivos” y “la fosa en la que no hay agua” apuntan evidentemente no a lo delicioso del Paraíso sino a la oscuridad de una prisión. Por eso, en la promesa de Cristo, la palabra Paraíso no podía significar otra cosa que la bienaventuranza del alma, que consiste en la visión de Dios, y esta es verdaderamente un paraíso de delicias, no un paraíso corpóreo o local, sino uno espiritual y celestial. Por esta razón, al pedido del ladrón, “Acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino”, el Señor no replicó “hoy estarás conmigo” en Mi reino, sino “Estarás conmigo en el Paraíso”, porque en ese día Cristo no entró en su reino, y no entró en él hasta el día de su Resurrección, cuando su Cuerpo se volvió inmortal, impasible, glorioso, y ya no era pasible de servidumbre o sujeción alguna. Y no tendrá al buen ladrón como compañero suyo en su reino hasta la resurrección de todos los hombres en el último día. Sin embargo, con gran verdad y propiedad, le dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”, pues en este mismo día comunicaría tanto al alma del buen ladrón como a las almas de los santos en el Limbo esa gloria de la visión de Dios que Él había recibido en su concepción; pues ésta es verdadera gloria y felicidad esencial; éste es el gozo supremo del Paraíso celeste. Debe admirarse también mucho la elección de las palabras utilizadas por Cristo en esta ocasión. No dijo: Hoy estaremos en el Paraíso, sino: “hoy estarás conmigo en el Paraíso”, como si quisiera explicarse más extensamente, de la siguiente manera: Este día tú estás conmigo en la Cruz, pero tú no estás conmigo en el Paraíso en el cual estoy con respecto a la parte superior de Mi Alma. Pero en poco tiempo, incluso hoy, tú estarás conmigo, no sólo liberado de los brazos de la cruz, sino abrazado en el seno del Paraíso.

CAPÍTULO V

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos recoger algunos frutos escogidos de la segunda palabra dicha desde la Cruz. El primer fruto es la consideración de la inmensa misericordia y liberalidad de Cristo, y qué cosa buena y útil es servirlo. Los muchos dolores que Él estaba sufriendo podrían haber sido alegados como excusa por nuestro Señor para no escuchar la petición del ladrón, pero en su caridad prefirió olvidar Sus propios graves dolores a no escuchar la oración de un pobre pecador penitente. Este mismo Señor no contestó una palabra a las maldiciones y reproches de los sacerdotes y soldados, pero ante el clamor de un pecador confesándose, su caridad le prohibió permanecer en silencio. Cuando es injuriado no abre su boca, porque Él es paciente; cuando un pecador confiesa su culpa, habla, porque Él es benigno. ¿Pero qué hemos de decir de su liberalidad? Aquellos que sirven a amos temporales obtienen con frecuencia una magra recompensa por muchas labores. Incluso en este día vemos a no pocos que han gastado los mejores años de su vida al servicio de príncipes, y se retiran a edad avanzada con un magro salario. Pero Cristo es un Príncipe verdaderamente liberal, un Amo verdaderamente magnánimo. No recibe servicio alguno de manos del buen ladrón, excepto algunas palabras bondadosas y el deseo cordial de asistirlo, y ¡contemplad con qué gran premio le devuelve! En este mismo día todos los pecados que había cometido durante su vida son perdonados; es puesto al mismo nivel con los príncipes de su pueblo, a saber, con los patriarcas y los profetas; y finalmente Cristo lo eleva a la solidaridad de su mesa, de su dignidad, de su gloria, y de todos Sus bienes. “Hoy”, dice, “estarás conmigo en el Paraíso”. Y lo que Dios dice, lo hace. Tampoco difiere esta recompensa a algún día distante, sino que en este mismo día derrama en su seno “una medida buena, apretada, remecida, rebosante”[88].

El ladrón no es el único que ha experimentado la liberalidad de Cristo. Los apóstoles, que dejaron o bien una barca, o bien un despacho de impuestos, o bien un hogar para servir a Cristo, fueron hechos por Él “príncipes sobre toda la tierra”[89] y los diablos, serpientes, y toda clase de enfermedades les fueron sometidos. Si algún hombre ha dado alimento o vestido a los pobres como limosna en el nombre de Cristo, escuchará estas palabras consoladoras en el Día del Juicio: “Tuve hambre, y me disteis de comer… estaba desnudo, y me vestisteis”[90], recibid, por lo tanto, y poseed mi Reino eterno. En fin, para no detenernos en muchas otras promesas de recompensas, ¿podría hombre alguno creer la casi increíble liberalidad de Cristo, si no hubiera sido Dios Mismo Quien prometió que “todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”[91]? San Jerónimo y los otros santos Doctores interpretan el texto arriba citado de esta manera. Si un hombre, por el amor de Cristo, abandona cualquier cosa en esta vida presente, recibirá una recompensa doble, junto con una vida de valor incomparablemente mayor que la pequeñez que ha dejado por Cristo. En primer lugar, recibirá un gozo espiritual o un don espiritual en esta vida, cien veces más precioso que la cosa temporal que despreció por Cristo; y un hombre espiritual escogería más bien mantener este don que cambiarlo por cien casas o campos, u otras cosas semejantes. En segundo lugar, como si Dios Todopoderoso considerase esta recompensa como de pequeño o ningún valor, el feliz mercader que negocia bienes terrenos por celestiales recibirá en el próximo mundo la vida eterna, en la cual palabra está contenido un océano de todo lo bueno.

Tal, pues, es la manera en que Cristo, el gran Rey, muestra su liberalidad a aquellos que se dan a su servicio sin reservas. ¿No son acaso necios aquellos hombres que, dejando de lado la bandera de Monarca como este, desean hacerse esclavos de Mamón, de la gula, de la lujuria? Pero aquellos que no saben qué cosas Cristo considera ser verdaderas riquezas, podrían decir que estas promesas son meras palabras, pues muchas veces hallamos que Sus amigos queridos son pobres, escuálidos, abyectos y sufridos, y por el otro lado, nunca vemos esta recompensa centuplicada que se proclama como tan verdaderamente magnífica. Así es: el hombre carnal nunca verá el ciento por uno que Cristo ha prometido, porque no tiene ojos con los cuales pueda verlo; ni participará jamás en ese gozo sólido que engendra una pura conciencia y un verdadero amor de Dios. Aduciré, sin embargo, un ejemplo para mostrar que incluso un hombre carnal puede apreciar los deleites espirituales y las riquezas espirituales. Leemos en un libro de ejemplos acerca de los hombres ilustres de la Orden Cisterciense, que un cierto hombre noble y rico, llamado Arnulfo, dejó toda su fortuna y se convirtió en monje Cisterciense, bajo la autoridad de San Bernardo. Dios probó la virtud de este hombre mediante los amargos dolores de muchos tipos de sufrimientos, particularmente hacia el final de su vida; y en una ocasión, cuando estaba sufriendo más agudamente que de costumbre, clamó con voz fuerte: “Todo lo que has dicho, Oh Señor Jesús, es verdad”. Al preguntarle los que estaban presentes, cuál era la razón de su exclamación, replicó:

“El Señor, en su Evangelio, dice que aquellos que dejan sus riquezas y todas las cosas por Él, recibirán el ciento por uno en esta vida, y después la vida eterna. Yo entiendo largamente la fuerza y gravedad de esta promesa, y yo reconozco que ahora estoy recibiendo el ciento por uno por todo lo que dejé. Verdaderamente, la gran amargura de este dolor me es tan placentera por la esperanza de la Divina misericordia que se me extenderá a causa de mis sufrimientos, que no consentiría ser liberado de mis dolores por cien veces el valor de la materia mundana que dejé. Porque, verdaderamente, la alegría espiritual que se centra en la esperanza de lo que vendrá, sobrepasa cien veces toda la alegría mundana, que brota del presente”. El lector, al ponderar estas palabras, podrá juzgar qué tan grande estima ha de tenerse por la virtud venida del cielo de la esperanza cierta de la felicidad eterna.

CAPÍTULO VI

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El conocimiento del poder de la Divina gracia y de la debilidad de la voluntad humana, es el segundo fruto a ser recogido de la consideración de la segunda palabra, y este conocimiento equivale a decir que nuestra mejor política es poner toda nuestra confianza en la gracia de Dios, y desconfiar enteramente de nuestra propia fuerza. Si algún hombre quiere conocer el poder de la gracia de Dios, que ponga sus ojos en el buen ladrón. Era un pecador notorio, que había pecado en el perverso curso de su vida hasta el momento en que fue sujeto a la cruz, esto es, casi hasta el último momento de su vida; y en este momento crítico, cuando su salvación eterna estaba en juego, no había nadie presente para aconsejarlo o asistirlo. Pues aunque estaba en gran proximidad a su Salvador, sin embargo sólo escuchaba a los sumos sacerdotes y Fariseos declarando que Él era un seductor y un hombre ambicioso que buscaba tener poder soberano. También escuchaba a su compañero, burlándose perversamente en términos similares. No había nadie que dijera una palabra buena por Cristo, e incluso Cristo Mismo no refutaba estas blasfemias y maldiciones. Sin embargo, con la asistencia de la gracia de Dios, cuando las puertas del cielo parecían cerradas para él, y las fauces del infierno abiertas para recibirlo, y el pecador mismo tan alejado como parece posible de la vida eterna, fue iluminado repentinamente de lo alto, sus pensamientos se dirigieron hacia el canal apropiado, y confesó que Cristo era inocente y el Rey del mundo por venir, y, como ministro de Dios, reprobó al ladrón que lo acompañaba, lo persuadió de que se arrepintiera, y se encomendó humilde y devotamente a Cristo. En una palabra, sus disposiciones fueron tan perfectas que los dolores de su crucifixión compensaron por cuanto sufrimiento pudiera estar guardado para él en el Purgatorio, de tal modo que inmediatamente después de la muerte ingresó en el gozo de su Señor. Por esta circunstancia resulta evidente que nadie debe desesperar de la salvación, pues el ladrón que entró en la viña del Señor casi a la hora duodécima recibió su premio con aquellos que habían venido en la primera hora. Por otro lado, en orden a permitirnos ver la magnitud de la debilidad humana, el mal ladrón no se convierte ni por la inmensa caridad de Cristo, Quien oró tan amorosamente por Sus ejecutores, ni por la fuerza de sus propios sufrimientos, ni por la admonición y ejemplo de su compañero, ni por la inusual oscuridad, el partirse de las rocas, o la conducta de aquellos que, después de la muerte de Cristo, volvieron a la ciudad golpeándose el pecho. Y todas estas cosas sucedieron después de la conversión del buen ladrón, para mostrarnos que mientras uno pudo ser convertido sin estas ayudas, el otro, con todos estos auxilios, no pudo, o en realidad no quiso, ser convertido.

Pero puede preguntarse, ¿por qué Dios ha dado la gracia de la conversión a uno y se la ha negado al otro? Contestó que a ambos se le dio gracia suficiente para su conversión, y que si uno pereció, pereció por su propia culpa, y que si el otro se convirtió, fue convertido por la gracia de Dios, pero no sin la cooperación de su propia libre voluntad. Todavía podría argüirse, ¿por qué no dio Dios a ambos esa gracia eficaz que capaz de sobreponerse al corazón más endurecido? La razón de que no lo haya hecho así es uno de esos secretos que debemos admirar pero no penetrar, pues debemos quedar satisfechos con el pensamiento de que no puede haber injusticia en Dios[92], como dice el Apóstol, pues, como lo expresa San Agustín, los juicios de Dios pueden ser secretos, pero no pueden ser injustos. Aprender de este ejemplo a no posponer nuestra conversión hasta la proximidad de la muerte, es una lección que nos concierne de forma más inmediata. Pues si uno de los ladrones cooperó con la gracia de Dios en el último momento, el otro la rechazó, y encontró su perdición definitiva. Y todo lector de historia, u observador de lo que sucede alrededor, no puede sino saber que la regla es que los hombres terminen una vida perversa con una muerte miserable, mientras que es una excepción que el pecador muera de manera feliz; y, por el otro lado, no sucede con frecuencia que aquellos que viven bien y santamente lleguen a un fin triste y miserable, sino que muchas personas buenas y piadosas entran, después de su muerte, en posesión de los gozos eternos. Son demasiado presuntuosas y necias aquellas personas que, en un asunto de tal importancia como la felicidad eterna o el tormento eterno, osan permanecer en un estado de pecado mortal incluso por un día, viendo que pueden ser sorprendidas por la muerte en cualquier momento, y que después de la muerte no hay lugar para el arrepentimiento, y que una vez en el infierno ya no hay redención.

CAPÍTULO VII

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Se puede extraer un tercer fruto de la segunda palabra de nuestro Señor, advirtiendo el hecho de que hubieron tres personas crucificadas al mismo tiempo, uno de los cuales, a saber, Cristo, fue inocente; otro, a saber, el buen ladrón, fue un penitente; y el tercero, a saber, el mal ladrón, permaneció obstinado en su pecado: o para expresar la misma idea en otras palabras, de los tres que fueron crucificados al mismo tiempo, Cristo fue siempre y trascendentemente santo, uno de los ladrones fue siempre y notablemente perverso, y el otro ladrón fue primero un pecador, pero ahora un santo. De esta circunstancia hemos de inferir que todo hombre en este mundo tiene su cruz y que aquellos que buscamos vivir sin tener una cruz que llevar, apuntamos a algo que es imposible, mientras que debemos tener por sabias a aquellas personas que reciben su cruz de la mano del Señor, y la cargan incluso hasta la muerte, no sólo pacientemente sino alegremente. Y el que toda alma piadosa tiene una cruz que cargar puede deducirse de estas palabras de nuestro Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”[93], y de nuevo, “El que no lleve su cruz y venga en pos de mí, no puede ser discípulo mío”[94], que es precisamente la doctrina del Apóstol: “Todos los que quieran vivir piadosamente”, dice, “en Cristo Jesús, sufrirán persecuciones”[95]. Los Padres Griegos y Latinos dan su entera adhesión a esta enseñanza, y para no ser prolijo haré sólo dos citas. San Agustín en su comentario a los salmos escribe: “Esta vida corta es una tribulación: si no es una tribulación no es un viaje: pero si es un viaje o bien no amas el país hacia el cual estás viajando, o bien sin duda estarás en tribulación”. Y en otro lugar: “Si dices que no has sufrido nada aún, entonces no has empezado a ser Cristiano”. San Juan Crisóstomo, en una de sus homilías al pueblo de Antioquía, dice: “La tribulación es una cadena que no puede ser desvinculada de la vida de un Cristiano”. Y de nuevo: “No puedes decir que un hombre es santo si no ha pasado la prueba de la tribulación”. En verdad esta doctrina puede ser demostrada por la razón. Las cosas de naturaleza contraria no pueden ser puestas en presencia de la otra sin una oposición mutua; así el fuego y el agua, mientras se mantengan aparte, permanecerán quietas; pero júntalas, y el agua empezará a sonar, a convertirse en glóbulos, y a transformarse en vapor hasta que o el agua se consuma, o el fuego se extinga. “Frente al mal está el bien”, dice el Eclesiástico, “frente a la muerte, la vida. Así frente al piadoso, el pecador”[96]. Los hombres justos se comparan al fuego, su luz brilla, su celo arde, siempre están ascendiendo de virtud en virtud, siempre trabajando, y todo lo que emprenden lo realizan eficazmente. Por el otro lado los pecadores son comparados al agua. Son fríos, moviéndose siempre en la tierra, y formando lodo por todos lados. ¿Es pues, por lo tanto, extraño que los hombres malos persigan a las almas justas? Pero porque, incluso hasta el fin del mundo, el trigo y la cizaña crecerán en el mismo campo, la chala y el maíz pueden estar en el mismo almacén, los peces buenos y malos pueden ser hallados en la misma red, esto es hombres derechos y perversos en el mismo mundo, e incluso en la misma Iglesia; de esto necesariamente se sigue que los buenos y los santos serán perseguidos por los malos y los impíos.

Los perversos también tienen sus cruces en este mundo. Pues aunque no sean perseguidos por los buenos, aún así serán atormentados por otros pecadores, por sus propios vicios, e incluso por sus conciencias perversas. El sabio Salomón, que ciertamente hubiera sido feliz en este mundo, si la felicidad fuera posible aquí, reconoció que tenía una Cruz que cargar cuando dijo:

“Consideré entonces todas las obras de mis manos y el fatigoso afán de mi hacer y vi que todo es vanidad y atrapar vientos”[97]. Y el escritor del Libro del Eclesiástico, que era también un hombre muy prudente, pronuncia esta sentencia general: “Grandes trabajos han sido creados para todo hombre, un yugo pesado hay sobre los hijos de Adán”[98]. San Agustín en su comentario a los Salmos dice que “la mayor de las tribulaciones es una conciencia culpable”. San Juan Crisóstomo en su homilía sobre Lázaro muestra extensamente cómo los perversos deben tener sus cruces. Si son pobres, su pobreza es su cruz; si no son pobres, la avaricia es su cruz, que es una cruz más pesada que la pobreza; si están postrados en un lecho de enfermedad, su lecho es su cruz. San Cipriano nos dice que todo hombre desde el momento de su nacimiento está destinado a cargar una cruz y a sufrir tribulación, lo cual es preanunciado por las lágrimas que derrama todo infante. “Cada uno de nosotros”, escribe, “en su nacimiento, en su misma entrada al mundo, derrama lágrimas. Y aunque entonces somos inconscientes e ignorantes de todo, sin embargo sabemos, incluso en nuestro nacimiento, qué es llorar: por una previsión natural lamentamos las ansiedades y trabajos de la vida que estamos comenzando, y el alma ineducada, por sus lamentos y llanto, proclama las farragosas conmociones del mundo al que está ingresando”.

Siendo las cosas así no puede haber duda de que hay una cruz guardada para el bueno así como para el malo, y sólo me resta probar que la cruz de un santo dura poco tiempo, es ligera y fecunda, mientras que la de un pecador es eterna, pesada y estéril. En primer lugar no puede haber duda en el hecho de que un santo sufre sólo por un breve periodo, pues no puede tener que soportar nada cuando esta vida haya pasado. “Desde ahora, sí –dice el Espíritu–” a las almas justas que parten, “que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”[99]. “Y [Dios] enjugará toda lágrima de sus ojos”[100]. Las sagradas Escrituras dicen de forma muy positiva que nuestra vida presente es corta, aunque a nosotros nos pueda parecer larga: “Están contados ya sus días”[101] y “El hombre, nacido de mujer, corto de días”[102] y “¿Qué será de vuestra vida? … ¡Sois vapor que aparece un momento y después desaparece!”[103]. El Apóstol, sin embargo, que llevó una cruz muy pesada desde su juventud hasta su edad anciana, escribe en estos términos en su Epístola a los Corintios: “En efecto, la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”[104], pasaje en el cual habla de sus sufrimientos como sin medida, y los compara a un momento indivisible, aunque se hayan extendido por un periodo de más de treinta años. Y sus sufrimientos consistieron en estar hambriento, sediento, desnudo, apaleado, en haber sido golpeado tres veces con varas por los Romanos, cinco veces flagelado por los judíos, una vez apedreado, y haber tres veces naufragado; en emprender muchos viajes, en ser muchas veces prisionero, en recibir azotes sin medida, en ser reducido muchas veces hasta el último extremo[105]. ¿Qué tribulaciones, pues, llamaría pesadas, si considera estas como ligeras, como realmente son? ¿Y qué dirías tú, amable lector, si insisto en que la cruz es no sólo ligera, sino incluso dulce y agradable por razón de las superabundantes consolaciones del Espíritu Santo? Cristo dice de su yugo que puede ser llamado cruz: “Mi yugo es suave y mi carga ligera”[106]; y en otro lugar dice: “Lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo”[107]. Y el Apóstol escribe: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones”[108]. En una palabra, no podemos negar que la cruz del justo es no sólo ligera y temporal, sino fecunda, útil, y portadora de todo buen regalo, cuando escuchamos a nuestro Señor decir: “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”[109], a San Pablo exclamando que “Los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros”[110], y a San Pedro exhortándonos a regocijarnos si “participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria”[111].

Por otro lado no es necesaria una demostración para mostrar que la cruz de los perversos es eterna en su duración, muy pesada y carente de mérito. Con certeza que la muerte del mal ladrón no fue un descenso de la Cruz, como lo fue la muerte del buen ladrón, pues hasta ahora ese hombre desdichado está morando en el infierno, y morará allí para siempre, porque el “gusano” del perverso “no morirá, su fuego no se apagará”[112]. Y la cruz del glotón rico, que es la cruz de aquellos que almacenan riquezas, que son muy aptamente comparadas por el Señor a espinas que no pueden ser manipuladas o guardadas con impunidad, no cesa con esta vida como cesó la cruz del pobre Lázaro, sino que lo acompaña al infierno, donde incesantemente arde y lo atormenta, y lo fuerza a implorar una gota de agua para refrescar su lengua ardiente: “porque estoy atormentado en esta llama”[113]. Por eso la cruz de los perversos es eterna en su duración, y los lamentos de aquellos de quienes leemos en el libro de la Sabiduría, dan testimonio de que es pesada y ardua: “Nos hartamos de andar por sendas de iniquidad y perdición, atravesamos desiertos intransitables”[114]. ¡Qué! ¿No son senderos difíciles de andar la ambición, la avaricia, la lujuria? ¿No son senderos difíciles de andar los acompañantes de estos vicios: ira, contiendas, envidia? No son senderos difíciles de andar los pecados que brotan de estos acompañantes: traición, disputas, afrentas, heridas y asesinato? Lo son ciertamente y no es poco frecuente que obliguen a los hombres a suicidarse en desesperación, y, buscando por medio de ello evitar una cruz, preparar para sí mismos una mucho más pesada.

¿Y qué ventaja o fruto derivan los perversos de su cruz? No es más capaz de traerles una ventaja que los espinos lo son de producir uvas, o los cardos higos. El yugo del Señor trae la paz, según Sus propias palabras: “Tomad sobre vosotros mi yugo … y hallaréis descanso para vuestras almas”[115]. ¿Puede el yugo del demonio, que es diametralmente opuesto al de Cristo, traer otra cosa que preocupación y ansiedad? Y esto es de mayor importancia aún: que mientras la Cruz de Cristo es el paso a la felicidad eterna, “¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?”[116], la cruz del demonio es el paso a los tormentos eternos, de acuerdo a la sentencia pronunciada sobre los perversos: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles”[117]. Si hubiera hombres sabios que están crucificados en Cristo, no buscarían bajar de la Cruz, como el ladrón buscó tontamente, sino que permanecerán más bien cerca a su lado, con el buen ladrón, y pedirán perdón de Dios y no la liberación de la cruz, y así sufriendo sólo con Él, reinarán también con Él, de acuerdo a las palabras del Apóstol: “Sufrimos con Él, para ser también con él glorificados”[118]. Si, sin embargo, hubiera sabios entre aquellos que son oprimidos por la cruz del demonio, se preocuparían de sacársela de encima de una vez, y si tienen algún sentido cambiarán las cinco yugadas[119] de bueyes por el único yugo de Cristo. Por las cinco yugadas de bueyes se refiere a los trabajos y cansancio de los pecadores que son esclavos de sus cinco sentidos; y cuando un hombre trabaja en hacer penitencia en lugar de pecar, trueca las cinco yugadas de bueyes por el único yugo de Cristo. Feliz es el alma que sabe cómo crucificar la carne con sus vicios y concupiscencias, y distribuye las limosnas que pudieran haberse gastado en gratificar sus pasiones, y pasa en oración y en lectura espiritual, en pedir la gracia de Dios y el patrocinio de la Corte Celestial, las horas que podrían perderse en banquetear y en satisfacer la ambición incansable de hacerse amigo de los poderosos. De esta manera la cruz del mal ladrón, que es pesada y baldía, puede ser con provecho intercambiada por la Cruz de Cristo, que es ligera y fecunda.

Leemos en San Agustín cómo un soldado distinguido discutía con uno de sus compañeros acerca de tomar la cruz. “Díganme, les pido, a qué meta nos han de conducir todos los trabajos que emprendemos? ¿Qué objeto nos presentamos a nosotros mismos? ¿Por quién servimos como soldados? Nuestra mayor ambición es hacernos amigos del Emperador; ¿y no está acaso el camino que nos conduce a su honor, lleno de peligros, y cuando hemos alcanzado nuestro punto, no estamos colocados entonces en la posición más peligrosa de todas? ¿Y por cuántos años tendremos que laborar para asegurar este honor? Pero si deseo volverme amigo de Dios, me puedo hacer amigo Suyo en este momento”. Así argumentaba que como para asegurarse la amistad del Emperador tiene que emprender muchas fatigas largas y estériles, actuaría más sabiamente si emprendiera menores y más leves trabajos para asegurarse la amistad de Dios. Ambos soldados tomaron su decisión en el momento; ambos dejaron el ejército en orden a servir en serio a su Creador, y lo que incrementó su alegría al tomar este primer paso fue que las dos damas con las cuales estaban a punto de casarse, ofrecieron espontáneamente su virginidad a Dios.

APTÍCULO VIII

Explicación literal de la tercera Palabra: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”

La última de las tres palabras, que tienen una referencia especial a la caridad por el prójimo, es: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”[120]. Pero antes que expliquemos el significado de esta palabra, debemos detenernos un poco en el pasaje precedente del Evangelio de San Juan: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleopás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”[121]. Dos de las tres Marías que estaban de pie cerca a la Cruz son conocidas, a saber, María, la Madre de nuestro Señor, y María Magdalena. Acerca de María, la mujer de Cleofás, hay alguna duda; algunos la suponen la hija de Santa Ana, que tuvo tres hijas, esto es, María, la Madre de Cristo, la mujer de Cleofás, y María Salomé. Pero esta opinión está casi desacreditada. Pues, en primer lugar, no podemos suponer que tres hermanas se llamen por el mismo nombre. Más aún, sabemos que muchos hombres piadosos y eruditos sostienen que nuestra Bienaventurada Señora era la única hija de Santa Ana; y no se menciona otra María Salomé en los Evangelios. Puesto que donde San Marcos dice que “María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle”[122], la palabra Salomé no está en caso genitivo, como si quisiera decir María, la madre de Salomé, como justo antes había dicho María, la madre de Santiago, sino que está en caso nominativo y en género femenino, como resulta claro de la versión Griega, donde la palabra está escrita. Más aún, esta María Salomé era la esposa de Zebedeo[123], y la madre de los Apóstoles Santiago y San Juan, como aprendemos de los dos Evangelistas, San Mateo y San Marcos[124], así como María, la madre de Santiago era la esposa de Cleofás, y la madre de Santiago el menor y de San Judas. Por lo cual la verdadera interpretación es esta: que María, la mujer de Cleofás, era llamada hermana de la Bienaventurada Virgen porque Cleofás era el hermano de San José, el Esposo de la Bienaventurada Virgen, y las esposas de dos hermanos tienen el derecho de llamarse y ser llamadas hermanas. Por la misma razón Santiago el menor es llamado el hermano de nuestro Señor, aunque sólo era su primo, pues era el hijo de Cleofás, quien, como hemos dicho, era el hermano de San José. Eusebio nos brinda este relato en su historia eclesiástica, y cita, como autoridad digna de fe, a Hegesipo, un contemporáneo de los Apóstoles. También tenemos a favor de la misma interpretación la autoridad de San Jerónimo, como podemos deducir de su trabajo contra Helvidio.

También hay un aparente desacuerdo en las narrativas evangélicas, en el que será bueno detenernos brevemente. San Juan dice que estas tres mujeres estaban de pie cerca de la Cruz del Señor, mientras que tanto San Marcos[125] como San Lucas[126] dicen que estaban distantes. San Agustín en su tercer libro acerca de la Armonía de los Evangelios hace armonizar estos tres textos de la siguiente manera. Estas santas mujeres pueden haber dicho que estaban al mismo tiempo distantes de la Cruz y cerca de la Cruz. Estaban distantes de la Cruz en referencia a los soldados y ejecutores, que estaban en una proximidad tal a la Cruz que podían tocarla, pero estaban suficientemente cerca de la Cruz para escuchar las palabras del Señor, que la multitud de espectadores, que estaban a mayor distancia, no podían escuchar. También podemos explicar los textos de la siguiente manera. Durante el momento mismo en que el Señor fue clavado a la Cruz, la concurrencia de soldados y gente mantuvo a las santas mujeres a la distancia, pero apenas la Cruz fue fijada en tierra, muchos de los judíos volvieron a la ciudad, y entonces las tres mujeres y San Juan se acercaron más. Esta explicación elimina la dificultad acerca de la razón por la cual la Bienaventurada Virgen y San Juan se aplicaron a sí mismos las palabras, “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”, cuando habían tantos otros presentes, y Cristo no se dirigió ni a su Madre ni a su discípulo por su nombre. La verdadera respuesta a esta objeción es que las tres mujeres y San Juan estaban parados tan cerca de la Cruz como para permitir al Señor designar mediante Sus miradas las personas a las que Se estaba dirigiendo. Además, las palabras fueron dichas evidentemente a Sus amigos personales, y no a extraños. Y entre Sus amigos personales que estaban allí no había ningún otro hombre a quien pudiera decir, “Ahí tienes a tu madre”, a excepción de San Juan, y no había ninguna otra mujer que quedara sin hijos por su muerte, a excepción de su Madre Virgen. Por lo cual Él dijo a su Madre: “Ahí tienes a tu hijo”, y a su discípulo: “Ahí tienes a tu madre”. Este es pues el sentido literal de estas palabras: Estoy por cierto a punto de pasar de este mundo al seno de Mi Padre Celestial, y pues tengo plena conciencia de que Tú, Mi Madre, no tienes ni parientes, ni marido, ni hermanos, ni hermanas, en orden a no dejarte totalmente desprovista de auxilio humano, Te encomiendo al cuidado de Mi muy amado discípulo Juan: él actuará contigo como un hijo, y Tú actuarás con él como una Madre. Y este consejo o mandato de Cristo, que lo mostró tan preocupado por los otros, fue bienvenido igualmente por ambas partes, y de ambos podemos creer que habrán inclinado sus cabezas como muestra de su aquiescencia, pues San Juan dice de sí mismo: “Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa”, esto es, San Juan inmediatamente obedeció a nuestro Señor, y consideró a la Bienaventurada Virgen, junto con sus ya ancianos padres Zebedeo y Salomé, entre las personas a las cuales era su deber cuidar y atender.

Todavía permanece una pregunta adicional que puede hacerse. San Juan fue uno de aquellos que había dicho: “Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?”[127]. Y entre las cosas que habían abandonado, nuestro Señor enumera padre y madre, hermanos y hermanas, casa y tierras; y San Mateo, hablando de San Juan y de su hermano Santiago, dijo: “Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron”[128]. ¿De dónde viene pues que a quien había dejado una madre por Cristo, el Señor le diga que mire a la Bienaventurada Virgen como Madre? No tenemos que ir muy lejos para encontrar una respuesta. Cuando los Apóstoles siguieron a Cristo dejaron a su padre y a su madre, en la medida en que podían ser un impedimento para la vida evangélica, y en la medida en que pudieran derivar una ventaja mundana o un placer carnal de su presencia. Pero no dejaron esa solicitud que un hombre está en justicia obligado a mostrar por sus padres o sus hijos, si necesitan su dirección o su asistencia. Por lo cual algunos escritores espirituales afirman que el hijo no puede entrar en una orden religiosa si su padre está o tan abatido por la edad, u oprimido por la pobreza, que no puede vivir sin su auxilio. Y así como San Juan dejó a su padre y a su madre cuando no tenían necesidad de él, así cuando Cristo le ordenó cuidar y atender a su Madre Virgen, ella estaba desprovista de todo auxilio humano. Dios, por cierto, sin ninguna asistencia del hombre, hubiera podido atender a su Madre con todas las cosas necesarias por el ministerio de los ángeles, así como sirvieron a Cristo Mismo en el desierto, pero quiso que San Juan hiciera esto para que mientras el Apóstol cuidaba de la Virgen, ella pudiera honrar y auxiliar al Apóstol. Pues Dios envió a Elías a asistir a la pobre viuda, no porque Él no pudiera haberla sostenido por medio de un cuervo, como lo había hecho antes, sino, como observa San Agustín, para que el profeta la pueda bendecir. Por lo cual complació a nuestro Señor confiar su Madre al cuidado de San Juan por el doble propósito de otorgarle a él una bendición, y de probar ante todos que él por encima de los demás era su discípulo amado. Pues verdaderamente en esta transferencia de su Madre se cumplió aquél texto: “Todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna”[129]. Pues ciertamente recibió el ciento por uno aquel que dejando a su madre, la esposa de un pescador, recibió como madre a la Madre del Creador, la Reina del mundo, llena de gracia, bendita entre las mujeres, y próxima a ser elevada por encima de todos los coros de los ángeles en el reino celestial.

CAPÍTULO IX

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Si examinamos atentamente todas las circunstancias bajo las cuales esta tercera palabra fue dicha, podemos recoger muchos frutos de su consideración. En primer lugar, hemos puesto ante nosotros el intenso deseo que Cristo sintió de sufrir por nuestra salvación para que nuestra redención pudiera ser copiosa y abundante. Pues para no incrementar el dolor y la pena que sienten, algunos hombres toman medidas para evitar que sus parientes estén presentes en su muerte, particularmente si su muerte ha de ser violenta, acompañada de desgracia e infamia. Pero Cristo no se sació con su propia y amarguísima Pasión, tan llena de dolor y vergüenza, sino que quiso que su Madre y el discípulo a quien amaba estuvieran presentes e incluso estuvieran de pie cerca de la Cruz para que la visión de los sufrimientos de aquellos más queridos a Él aumentara su propio sufrimiento. Cuatro ríos de Sangre manaban del cuerpo herido del Señor en la Cruz, y él deseaba que cuatro ríos de lágrimas fluyeran de los ojos de su Madre, de su discípulo, de María la hermana de su Madre, y de Magdalena, la más querida de las santas mujeres, para que la causa de sus sufrimientos fuera no tanto el derramamiento de su propia Sangre, como la copiosa inundación de lágrimas que la visión de su agonía arrancaba de los corazones de los que estaban cerca. Me imagino que escucho a Cristo diciéndome: “Las olas de la muerte me envolvían”[130], pues la espada de Simeón atraviesa y hiere Mi Corazón, tan cruelmente como atraviesa el alma de Mi inocentísima Madre. ¡Es pues así que una muerte amarga separa no sólo el alma del cuerpo, sino también a la madre del hijo, y tal Madre de tal Hijo! Por esta razón dijo, “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, pues su amor por María no le permitía en un momento así dirigirse a Ella con el nombre tierno de Madre. Dios tanto amó al mundo que le dio su Hijo Unigénito para su Redención, y el Hijo Unigénito tanto amó al Padre que derramó profusamente su propia Sangre por su honor, y no satisfecho con los dolores de su Pasión, ha soportado las agonías de la compasión, para que hubiera una redención abundante por nuestros pecados. Y para que no perezcamos, sino que gocemos de la vida eterna, el Padre y el Hijo nos exhortan a imitar su caridad al representarla en su más exquisita belleza; y aún así el corazón del hombre todavía se resiste a esta caridad tan grande, y por lo tanto merece más bien sentir la ira de Dios, que saborear la dulzura de su misericordia, y caer en los brazos del Divino amor. Seríamos de verdad ingratos, y mereceríamos tormentos eternos, si por su amor no soportásemos lo poco que es necesario purgar para nuestra salvación, cuando contemplamos a nuestro Redentor amándonos en una medida tal, como para sufrir por nosotros más de lo necesario, soportar tormentos incontables y derramar cada gota de su Sangre, cuando una sola gota hubiera sido ampliamente suficiente para nuestra redención. La única razón que puede darse para nuestra desidia y locura es que ni meditamos en la Pasión de Cristo, ni consideramos su inmenso amor por nosotros con la seriedad y atención con que deberíamos. Nos contentamos con leer apuradamente la Pasión, o en escucharla leer, en lugar de asegurarnos oportunidades adecuadas para penetrar en nosotros mismos con el pensamiento de ella. Por eso el santo Profeta nos exhorta: “Mirad y ved si hay dolor semejante al dolor que me atormenta”[131]. Y el Apóstol dice: “Fijaos en aquel que soportó tal contradicción de parte de los pecadores, para que no desfallezcáis faltos de ánimo”[132]. Pero vendrá el tiempo en que nuestra ingratitud hacia Dios y nuestro desinterés por el asunto de nuestra salvación será fuente de sincero dolor para nosotros. Pues hay muchos que en el Último Día gemirán “en la angustia de su espíritu”[133], y dirán: “Luego vagamos fuera del camino de la verdad; la luz de la justicia no nos alumbró, no salió el sol para nosotros”[134]. Y no sentirán este dolor estéril por primera vez en el infierno, sino que en el Día del Juicio, cuando sus ojos mortales sean cerrados en la muerte, y los ojos de su alma se abran, contemplarán la verdad de estas cosas frente a las cuales durante su vida voluntariamente se cegaron.

 

CAPÍTULO X

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Podemos extraer otro fruto de la consideración de la tercera palabra dicha por Cristo en la Cruz de esta circunstancia: que habían tres mujeres cerca de la Cruz de nuestro Señor. María Magdalena es la representante del pecador arrepentido, o de aquél que está haciendo su primer intento de avanzar en el camino de la perfección. María la mujer de Cleofás es la representante de aquellos que ya han hecho algún avance hacia la perfección; y María la Madre Virgen de Cristo es la representante de aquellos que son perfectos. Podemos emparejar a San Juan con nuestra Señora, pues en poco tiempo sería, si es que no lo había sido ya, confirmado en gracia. Estas eran las únicas personas que se encontraban cerca de la Cruz, pues los pecadores abandonados, que nunca piensan en la penitencia están muy distantes de la escala de la salvación, la Cruz. Más aún, estas almas escogidas no estaban cerca de la Cruz sin un propósito, pues incluso ellos necesitaban de la asistencia de Aquél que estaba clavado sobre ella. Los penitentes, o principiantes en la virtud, para sostener la guerra contra sus vicios y concupiscencias, requieren ayuda de Cristo, su Guía, y reciben esta ayuda para luchar con la serpiente antigua por el aliento que les da su ejemplo, pues Él no descendería de la Cruz hasta haber obtenido una victoria total sobre el demonio, que es lo que somos enseñados por San Pablo en su Epístola a los Colosenses: “Canceló la nota de cargo que había contra nosotros, la de las prescripciones con sus cláusulas desfavorables, y la suprimió clavándola en la cruz. Y, una vez despojados los Principados y las Potestades, los exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal”[135]. María, la mujer de Cleofás y madre de hijos que son llamados hermanos de nuestro Señor, es la representante de aquellos que ya han hecho algún progreso en el sendero de la perfección. Estos también necesitan asistencia de la Cruz, para que los cuidados y ansiedades de este mundo, con los cuales necesariamente están mezclados, no ahoguen en ellos la buena semilla, y una noche de trajín resulte en la captura de nada. Por eso las almas en este estado de perfección deben todavía trabajar y lanzar muchas miradas a Cristo clavado en su Cruz, el cual no se satisfizo con las grandes y múltiples obras que realizó durante su vida, sino que quiso por medio de su muerte avanzar hasta el grado más heroico de virtud, pues hasta que el enemigo de la humanidad hubiera sido totalmente derrotado y puesto en fuga, Él no descendería de su Cruz. Cansarse en la búsqueda de la virtud, y dejar de obrar actos de virtud, son los mayores impedimentos a nuestro avance espiritual, pues, como nota verazmente San Bernardo en su Epístola a Garino, “el que no avanza en la virtud, retrocede”, y en la misma epístola se refiere a la escalera de Jacob, sobre la cual todos los ángeles o bien ascendían o bien descendían, pero ninguno estaba detenido. Más aún, incluso en los perfectos que viven una vida de celibato y son vírgenes, como eran nuestra Bienaventurada Señora y San Juan, el cual por esta razón era el Apóstol escogido de Cristo, incluso estos, digo, necesitan grandemente la asistencia del Él, que fue crucificado, pues su misma virtud los expone al peligro de caer por la soberbia espiritual, a menos que estén bien cimentados en la humildad. Durante el curso de su ministerio público, Cristo nos dio muchas lecciones de humildad, como cuando dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”[136]. Y de nuevo: “Vete a sentarte en el último puesto”[137]; y “Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado”[138]. Aun así, todas Sus exhortaciones acerca de la necesidad de esta virtud no son tan persuasivas como el ejemplo que nos puso en la Cruz. ¿Pues qué mayor ejemplo de humildad podemos concebir que el Omnipotente se deje atar con sogas y clavar a una Cruz? ¿Y que Él, “en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia”[139], permita que Herodes y su ejército lo traten como un loco y lo vistan con una túnica blanca, y que Aquél que “se sienta en querubines”[140] sufra Él mismo ser crucificado entre dos ladrones? Bien podemos decir después de esto, que el hombre que se arrodillase ante un crucifijo, y mirase en el interior de su alma, y llegase a la conclusión de que no es deficiente en la virtud de la humildad, sería incapaz de aprender lección alguna.

CAPÍTULO XI

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

En tercer lugar, de las palabras que Cristo dirigió a su Madre y a su discípulo desde el púlpito de la Cruz, aprendemos cuáles son los respectivos deberes de los padres hacia sus hijos, y de los hijos hacia sus padres. Trataremos en primer lugar de los deberes que los padres tienen para con sus hijos. Los padres cristianos deben amar a sus hijos, pero de tal manera que el amor a sus hijos no debe interferir con su amor a Dios. Esta es la doctrina que presenta nuestro Señor en el Evangelio: “El que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí”[141]. Fue en obediencia a esta ley que nuestra Señora estuvo de pie junto a la Cruz viviendo ella misma una intensa agonía, aunque con gran firmeza de ánimo. Su dolor fue una prueba del gran amor que tenía para su Hijo, que moría en la Cruz junto a ella, y su firmeza fue una prueba de su entrega a Dios que reina en el cielo. Mirar a su inocente Hijo, a quien ella amó apasionadamente, muriendo en medio de tales tormentos, era suficiente como para destrozar su corazón; pero aunque hubiese estado en sus capacidades, no habría impedido la crucifixión, pues ella sabía que todos estos sufrimientos eran infligidos a su Hijo según “el determinado designio y previo conocimiento de Dios”[142]. El amor es la medida del dolor, y puesto que esta Madre Virgen amó mucho, por tanto era ella afligida mas allá de toda medida al contemplar a su Hijo tan cruelmente torturado. ¿Y cómo podría no haber amado esta Virgen Madre a su Hijo, sabiendo que sobrepasaba al resto de la humanidad en toda excelencia, y cuando Él estaba unido a ella con un lazo más cercano que los demás hijos estaban unidos a sus padres? Hay un doble motivo por que el que los padres aman a sus hijos; uno, porque los han engendrado, y el otro, porque las buenas cualidades de sus hijos redundan en sí mismos. Hay algunos padres, sin embargo, que sienten apenas una pequeña ligazón con sus hijos, y otros que realmente los odian si son minusválidos o perversos, o si tienen la mala fortuna de ser ilegítimos. Ahora bien, por las dos razones que acabamos de mencionar, la Virgen Madre de Dios amó a su Hijo más que lo que cualquier otra madre podría haber amado a sus hijos. En primer lugar, ninguna mujer ha engendrado jamás a un hijo sin la cooperación de su marido, pero la Bienaventurada Virgen tuvo a su Hijo sin contacto alguno con varón; como Virgen lo concibió, y como Virgen lo dio a luz, y como Cristo nuestro Señor según la generación divina tiene Padre y no Madre, según la generación humana tiene Madre y no Padre. Cuando decimos que Cristo nuestro Señor fue concebido del Espíritu Santo, no queremos decir que el Espíritu Santo sea el Padre de Cristo, sino que Él formó y moldeó el Cuerpo de Cristo, no a partir de su propia sustancia, sino de la pura carne de la Virgen. Verdaderamente entonces la Virgen lo ha engendrado sola, sólo ella puede clamar que es su propio Hijo, y por tanto lo ha amado con más amor que cualquier otra madre. En segundo lugar, el Hijo de la Virgen no sólo fue y es hermoso más que los hijos de los hombres sino que sobrepasa en todo también a todos los ángeles, y como consecuencia natural de su gran amor, la Bienaventurada Virgen lloró en la Pasión y Muerte de su Hijo más que otras, y San Bernardo no duda en afirmar en uno de sus sermones que el dolor que sintió nuestra Señora en la crucifixión fue un martirio del corazón, según la profecía de Simeón: “¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!”[143]. Y puesto que el martirio del corazón es más amargo que el martirio del cuerpo, San Anselmo en su obra Sobre la excelencia de la Virgen dice que el dolor de la Virgen fue más amargo que cualquier sufrimiento corporal. Nuestro Señor, en su Agonía en el Huerto de Getsemaní, sufrió un martirio del corazón al pasar revista a todos los sufrimientos y tormentos que habría de soportar al día siguiente, y abriendo en su alma las compuertas al dolor y al miedo empezó a estar tan afligido que un Sudor de Sangre manó de su Cuerpo, algo que no sabemos que haya resultado jamás de sus sufrimientos corporales. Por tanto, más allá de toda duda, nuestra Bienaventurada Señora cargó una pesadísima cruz, y soportó un dolor conmovedor, de la espada de dolor que atravesó su alma, pero se mantuvo de pie junto a la Cruz como verdadero modelo de paciencia, y contempló todos los sufrimientos de su Hijo sin manifestar signo alguno de impaciencia, porque buscó el honor y la gloria de Dios más que la gratificación de su amor materno. Ella no cayó el piso medio muerta de dolor, como algunos imaginan; tampoco se cortó los cabellos, ni sollozó o gritó fuertemente, sino que valientemente llevó la aflicción que era la voluntad de Dios que llevase. Ella amó a su Hijo vehementemente, pero amó más el honor de Dios Padre y la salvación de la humanidad, del mismo modo que su Divino Hijo prefirió estos dos objetos a la preservación de su vida. Más aún, su inconmovible fe en la resurrección de su Hijo acrecentó la confianza de su alma al punto que no tuvo necesidad de consolación alguna. Ella fue consciente de que la Muerte de su Hijo sería como una pequeña dormición, tal como dijo el Salmista Real: “Yo me acuesto y me duermo, y me despierto, pues el Señor me sostiene”[144].

Todos los fieles deben imitar este ejemplo de Cristo subordinando el amor a sus hijos al amor a Dios, que es el Padre de todos, y ama a todos con un amor mayor y más beneficioso que el que podemos experimentar. En primer lugar, los padres cristianos deben amar a sus hijos con un amor viril y prudente, no alentándolos si obran mal, sino educándolos en el temor de Dios, y corrigiéndolos, e incluso amonestándolos y castigándolos si han ofendido a Dios o son negligentes en su educación. Pues esta es la voluntad de Dios, tal como nos es revelada en las Sagradas Escrituras, en el libro del Eclesiástico: “¿Tienes hijos? Instrúyelos e inclínalos desde su juventud”[145]. Y leemos de Tobías que “desde su infancia le enseñó a su hijo a temer a Dios y abstenerse de todo pecado”[146]. El Apóstol advierte a los padres que no exasperen a sus hijos, no sea que se vuelvan apocados, sino que los formen mediante la instrucción y la corrección del Señor, esto es, no tratarlos como esclavos, sino como hijos[147]. Los padres que son muy severos con sus hijos, y que los reprochan y castigan incluso por una pequeña falta, los tratan como esclavos, y tal tratamiento los desalentará y les hará odiar el techo paterno; y por el contrario, los padres que son muy indulgentes criarán hijos inmorales, que serán luego víctimas del fuego del infierno en vez de poseer una corona inmortal en el cielo.

El método correcto que han de adoptar los padres en la educación de sus hijos es enseñarles a obedecer a sus superiores, y cuando sean desobedientes corregirlos, pero de manera tal que se evidencia que la corrección procede de un espíritu de amor y no de odio. Más aún, si Dios llama a un hijo al sacerdocio o a la vida religiosa, ningún impedimento debe ponerse a esta vocación, pues los padres no han de oponerse a la voluntad de Dios, sino más bien decir con el santo Job: “El Señor me lo dio, y el Señor me lo quitó: bendito sea el nombre del Señor”[148]. Finalmente, si los padres pierden a sus hijos por una muerte intempestiva, como nuestra Bienaventurada Madre perdió a su Divino Hijo, deben confiar en el buen juicio de Dios, quien a veces toma un alma para sí si percibe que podría perder su inocencia y así perecer por siempre. Verdaderamente, si los padres pudiesen penetrar en los designios de Dios en relación a la muerte de un hijo, se alegrarían en vez de llorar: y si tuviésemos una fe viva en la Resurrección, como la tuvo nuestra Señora, no nos lamentaríamos más porque una persona muera en su juventud, que lo que habríamos de lamentarnos porque una persona vaya a dormir antes de la noche, pues la muerte del fiel es una clase de sueño, como nos dice el Apóstol en su Epístola a los Tesalonicenses: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los que están dormidos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza”[149]. El Apóstol habla de la esperanza y no de la fe, porque no se refiere a una resurrección incierta, sino a una resurrección feliz y gloriosa, similar a la de Cristo, que fue un despertar a la vida verdadera. Pues el hombre que tiene una fe firme en la resurrección del cuerpo, y confía en que su hijo muerto se despertará de nuevo a la gloria, no tiene motivo de pena, sino una gran razón para alegrarse, pues la salvación de su hijo está asegurada.

Nuestro siguiente punto es tratar acerca del deber que los hijos tienen para sus padres. Nuestro Señor nos dio en su Muerte el más perfecto ejemplo de respeto filial. Ahora, según las palabras del Apóstol, el deber de los hijos es: “corresponder a sus progenitores”[150]. Los hijos corresponden a sus padres cuando les proveen todo lo necesario para ellos en su edad avanzada, tal como sus padres les procuraron alimento y vestido en su infancia. Cuando Cristo estuvo a punto de morir confió su anciana Madre, que no tenía nadie que la cuidase, a la protección de San Juan, y le dijo que en adelante lo mire como a su hijo, y le mandó a San Juan que la reverenciara como a su madre. Y así nuestro Señor cumplió perfectamente las obligaciones que un hijo debe a su madre. En primer lugar, en la persona de San Juan. Le dio a su Madre Virgen un hijo que era de la misma edad que él, o tal vez un año menor, y por tanto era en todo sentido capaz de proveer por el bienestar de la Madre de nuestro Señor. En segundo lugar, le dio por hijo al discípulo a quien amaba más que a los demás, y quien ardientemente le había retribuido amor por amor, y en consecuencia nuestro Señor tuvo la mayor confianza en la diligencia con la que su discípulo sostendría a su Madre. Más aún, escogió al discípulo que sabía que viviría más que los otros apóstoles, y que por lo tanto viviría más que su Madre. Finalmente, nuestro Señor tuvo esta atención para con su Madre en el momento más calamitoso de su vida, cuando su Cuerpo entero fue presa de sufrimientos, cuando su Alma entera fue atormentada por las insolentes mofas de sus enemigos, y tenía que beber el cáliz amargo de la inminente muerte, de modo que parecería que no podría pensar en nada sino en sus propios dolores. Sin embargo, su amor por su Madre triunfó por encima de todo, y olvidándose de sí mismo, su único pensamiento fue cómo confortarla y ayudarla, y no fue en vano su esperanza en la prontitud y fidelidad de su discípulo, pues “desde aquella hora la acogió en su casa”[151].

Cada hijo tiene una mayor obligación que la que nuestro Señor tuvo de proveer por las necesidades de sus padres, pues cada ser humano le debe más a sus padres que lo que Cristo le debía a su Madre. Cada niño recibe de sus padres un mayor favor que el que pueden esperar devolver, pues ha recibido de sus manos lo que para él es imposible darles, a saber, el ser. “Recuerda –dice el Eclesiástico–, que no habrías nacido si no fuese por ellos”[152]. Sólo Cristo es una excepción a esta regla. En efecto, Él recibió de su Madre su vida como hombre, pero Él le dio a ella tres vidas; su vida humana, cuando con la cooperación del Padre y del Espíritu Santo la creó; su vida de gracia, cuando la previno en la dulzura de sus bendiciones creándola Inmaculada, y su vida de gloria cuando fue asumida al reino de la gloria y exaltada por encima de los coros de los ángeles. En consecuencia, si Cristo, quien le dio a su Bienaventurada Madre más de lo que Él había recibido de ella en su nacimiento, deseó corresponderle, ciertamente el resto de la humanidad está aún más obligada a corresponder a sus padres. Más aún, al honrar a nuestros padres no hacemos sino lo que es nuestro deber, y aún así la bondad de Dios es tal como para recompensarnos por ello. En los Diez Mandamientos está grabada la ley: “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra”[153]. Y el Espíritu Santo dice: “Aquél que honre a su padre tendrá gozo en sus propios hijos, y en el día de su oración será escuchado”[154]. Y Dios no sólo recompensa a los que reverencian a sus padres, sino que castiga a los que les son irrespetuosos, pues éstas son las palabras de Cristo: “Dios ha dicho que el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte”[155]. “Y maldito es de Dios quien irrita a su madre”[156]. Por lo tanto, podemos concluir que la maldición de un padre traerá consigo la ruina, pues Dios mismo lo ratificará. Esto se prueba por muchos ejemplos; y narraremos brevemente uno que refiere San Agustín en su Ciudad de Dios. En Cesarea, una ciudad de Capadocia, habían diez niños, a saber siete varones y tres mujeres, que fueron malditos por su madres, y fueron inmediatamente golpeados por el cielo con tal castigo que todos sus miembros temblaron, y, en su penosa situación, adonde fuera que fuesen, no podían soportar la mirada de sus conciudadanos, y así vagaron por todo el mundo Romano. Al final, dos de ellos fueron curados por las reliquias de San Esteban Protomártir, en presencia de San Agustín.

 

 

 

 

 

CAPÍTULO XII

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

La carga y el yugo que puso nuestro Señor en San Juan, al confiar a su cuidado la protección de su Madre Virgen, fueron ciertamente un yugo dulce y una carga ligera. ¿Quién pues no estimaría una felicidad habitar bajo el mismo techo con quien había llevado por nueve meses en su vientre al Verbo Encarnado, y había disfrutado por treinta años la más dulce y feliz comunicación de sentimientos con Él? ¿Quién no enviaría al discípulo elegido de nuestro Señor, cuyo corazón fue alegrado en la ausencia del Hijo de Dios por la presencia constante de la Madre de Dios? Y aún así si no me equivoco está en nuestro poder obtener por medio de nuestras oraciones que nuestro amabilísimo Señor, que se hizo Hombre por nuestra salvación y fue crucificado por amor a nosotros, nos diga en relación a su Madre, “He ahí a tu Madre”, y diga a su Madre por cada uno de nosotros “¡He ahí a tu hijo!”. Nuestro buen Señor no escatima sus gracias, con tal que nos acerquemos al trono de gracia con fe y confianza, con corazones sinceros, abiertos y no hipócritas. Aquel que desea tenernos como coherederos del reino de su Padre, no desdeñará tenernos como coherederos en el amor de su Madre. Y tampoco nuestra benignísima Madre llevará a mal tener una innumerable multitud de hijos, pues ella tiene un corazón capaz de abrazarnos a todos, y desea ardientemente que no perezca ninguno de esos hijos que su Divino Hijo redimió con su preciosa Sangre y aún más preciosa Muerte. Aproximémonos por tanto con confianza al trono de la gracia de Cristo, y con lágrimas roguémosle humildemente que le diga a su Madre por cada uno de nosotros, “He ahí a tu hijo”, y a nosotros en relación a su Madre, “He ahí a tu Madre”. ¡Cuán seguros estaremos bajo la protección de tal Madre! ¿Quién se atreverá a apartarnos de debajo de su manto? ¿Qué tentaciones, qué tribulaciones podrían vencernos si nos confiamos a la protección de la Madre de Dios y Madre nuestra? Y no seremos los primeros que han obtenido tan poderosa protección. Muchos nos han precedido, muchos, digo, se han puesto bajo la singular y maternal protección de tan poderosa Virgen, y nadie ha sido abandonado de ella con su alma en un estado perplejo y abatido, sino que todos los que han confiado en el amor de tal Madre están felices y gozosos. De ella se ha escrito: “Ella te pisará la cabeza”[157]. Quienes confían en ella pueden con seguridad “pisar sobre el áspid y la víbora, y hollar al león y al dragón”[158]. Escuchemos, sin embargo, las palabras de unos pocos hombres ilustres de los tanto que han reconocido haber encontrado la esperanza de su salvación el Virgen, y a quienes podemos creer que nuestro Señor les dijo “He ahí a tu Madre”, y en relación a quienes le dijo a su Madre, “He ahí a tu hijo”.

El primero será San Efrén de Siria, un antiguo Padre de tanto renombre que San Jerónimo nos informa que sus trabajos eran leídos públicamente en las iglesias antes que las Sagradas Escrituras. En uno de sus sermones sobre las alabanzas de la Madre de Dios, él dice: “La inmaculada y pura Virgen Madre de Dios, la Reina de todo, y la esperanza de los que desesperan”. Y nuevamente: “Tú eres un puerto para los que son atacados por tormentas, consuelo del mundo, liberadora de los que están en prisión; tú eres madre de los huérfanos, redentora de los cautivos, alegría del enfermo, y estrella para la seguridad de todos”. Y nuevamente: “Guárdame y protégeme bajo tu brazo, ten piedad de mí que estoy manchado por el pecado. No confío en nadie sino en ti, oh Virgen sincerísima. ¡Salve, paz, gozo y seguridad del mundo!”. Citaremos a continuación a San Juan Damasceno, quien fue uno de los primeros en mostrar el más grande honor y poner la mayor confianza en la protección de la santísima Virgen. Así dice en un sermón sobre la Natividad de la Bienaventurada Virgen: “Oh hija de Joaquín y Ana, oh Señora, recibe las oraciones de un pecador que te ama y honra ardientemente, y mira a ti como su única esperanza de alegría, como la sacerdotisa de la vida, y la guía de los pecadores para retornar a la gracia y el favor de tu Hijo, y la segura depositaria de la seguridad, aligera el peso de mis pecados, vence mis tentaciones, haz mi vida pía y santa, y concédeme que bajo tu guía pueda llegar a la felicidad celestial”. Ahora seleccionaremos unos pocos pasajes de dos Padres latinos. San Anselmo, en su trabajo Sobre la Excelencia de la Virgen dice: “Considero como un gran signo de predestinación para alguno que se le haya concedido el favor de meditar frecuentemente en María”. Y nuevamente: “Recuerda que a veces obtenemos auxilio con más prontitud invocando el nombre de la Virgen Madre que si hubiésemos invocado el Nombre del Señor Jesús, su único Hijo, y es no porque sea ella más grande o poderosa que Él, ni porque sea Él más grande y poderoso por medio de ella, sino más bien ella por medio de Él. ¿Cómo es entonces que obtenemos auxilio más prontamente al invocarla que al invocar a su Hijo? Digo que creo que es así, y mi explicación es que su Hijo es el Señor y Juez de todo, y es capaz de discernir los méritos de cada uno. En consecuencia, cuando su Nombre es invocado por alguien, puede con justicia prestar oídos sordos a la súplica, pero si el nombre de su Madre es invocado, incluso suponiendo que los méritos del que suplica no le dan derecho a ser escuchado, aún así los méritos de la Madre de Dios son tales que su Hijo no puede negarse a escuchar su oración”. Pero San Bernardo, en un lenguaje que es verdaderamente admirable, describe por un lado el afecto santo y maternal con el que la Bienaventurada Virgen acoge a los que le son devotos, y por otro el amor filial de quienes la miran como Madre. En su segundo sermón sobre el texto “El Ángel fue enviado”, exclama: “Oh tú, quienquiera que seas, que sabes que estás expuesto a los peligros del tempestuoso mar de este mundo más que lo que gozas de la seguridad de la tierra firme, no alejes tus ojos del esplendor de esta Estrella, del María Estrella del Mar, a menos que desees ser devorado por la tempestad. Si los vientos de las tentaciones surgen,, si eres arrojado a las rocas de las tribulaciones, mira esta Estrella, llama a María. Si eres arrojado aquí y allá en las oleadas del orgullo, de la ambición, de las calumnias, de la envidia, levanta la mirada hacia esta Estrella, llama a María. Si tú, aterrorizado por la magnitud de tus crímenes, perplejo ante el impuro estado de tu conciencia, y sacudido por el temor de tu Juez, empiezas a ser engullido por el abismo de la tristeza o el hoyo de la desesperanza, piensa en María; en todos tus peligros, en todas tus dificultades, en todas tus dudas piensa en María, llama a María. No serás confundido si la sigues, no desesperarás si le rezas, no te equivocarás si piensas en ella”. El mismo Santo en este sermón sobre la Natividad de la Virgen dice los siguiente: “Alza tus pensamientos y juzga con qué afecto quiere Él que honremos a María que ha llenado su alma con la plenitud de su bondad, de modo que toda esperanza, toda gracia, toda protección del pecado que recibamos la reconozcamos como viniendo a través de sus manos”. “Veneremos a María con todo nuestro corazón y todas nuestras oblaciones, pues esa es la voluntad de quien ha hecho que recibamos todo por medio de María”. “Hijos míos, ella es la escalera para los pecadores, ella es my mayor confianza, ella es todo el fundamento de mi esperanza”. A estos extractos de los escritos de dos santos Padres, añadiré algunas citas de dos santos Teólogos. Santo Tomás, en su ensayo sobre la salutación angélica, dice: “Ella es bendita entre todas las mujeres porque ella sola ha quitado la maldición de Adán, ha traído bendiciones a la humanidad, y ha abierto las puertas del Paraíso. Por eso es llamada María, nombre que significa “Estrella del Mar”, pues así como marineros conducen sus naves a puerto mirando las estrellas, así los Cristianos son llevados a la gloria por la intercesión de María”. San Buenaventura escribe en su Pharetra: “Oh Santísima Virgen, así como todo el que te odia y es olvidado por ti necesariamente perecerá, así todo el que te ama y es amado por ti necesariamente será salvado”. El mismo Santo en su Vida de San Francisco habla así de la confianza de éste en la Bienaventurada Virgen: “Amó a la Madre de nuestro Señor Jesucristo con un amor inefable, por ella nuestro Señor Jesucristo llegó a ser nuestro hermano, y por ella obtuvimos misericordia. Junto a Cristo colocó toda su confianza en ella, la miró como abogada propia y de su Ordena, y en su honor ayunó devotamente desde la fiesta de San Pedro y San Pablo hasta la Asunción”. Con estos santos juntaremos el nombre del Papa Inocencio III, quien fue eminentemente distinguido por su devoción a la Virgen, y no sólo celebró sus grandezas en sus sermones, sino que construyó un monasterio en su honor, y lo que es más admirable, en una exhortación que dirigió a su grey para que confíen en ella, usó palabras cuya veracidad fue luego ejemplificada en su propia persona. Así hablo en su segundo sermón sobre la Asunción: “Que el hombre que está sentado en la oscuridad del pecado mire la luna, que invoque a María para que ella interceda ante su Hijo, y le obtenga la compunción de corazón. Pues ¿quién que la haya alguna vez llamado en su desgracia no ha sido escuchado?”. El lector puede consultar el cap. IX, libro 2, sobre “Las lágrimas de la paloma”, y ver que allí hemos escrito sobre el Papa Inocencio III. De estos extractos, y de estos signos de predestinación, queda abundantemente evidente que una devoción cordial a la Virgen Madre de Dios no es novedad alguna. Pues parecería increíble que perezca alguien en cuyo favor Cristo le ha dicho a su Madre: “He ahí a tu hijo”, con tal que no preste oídos sordos a las palabras que Cristo le dirigió a él mismo: “He ahí a tu Madre”.

 

 

Libro II

 

SOBRE LAS CUATRO ÚLTIMAS PALABRAS DICHAS EN LA CRUZ

 

 

CAPÍTULO I

Explicación literal de la cuarta Palabra:

“Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”

Hemos explicado en la parte anterior las tres primeras palabras que fueron pronunciadas por nuestro Señor desde el púlpito de la Cruz, alrededor de la hora sexta, poco después de su crucifixión. En esta parte explicaremos las cuatro restantes palabras, que, luego de la oscuridad y el silencio de tres horas, proclamó este mismo Señor desde este mismo púlpito con fuerte voz. Pero primero parece necesario explicar brevemente cuál, y de dónde, y para qué surgió la oscuridad que existió entre las tres primeras y las últimas cuatro palabras, pues así dice San Mateo: “Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: “¡Elí, Elí! ¿Lemá sabactaní?”, esto es: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?””[159]. Y esta oscuridad surgió de un eclipse de sol, tal como nos lo narra San Lucas:

“Se eclipsó el sol”[160], dice.

Pero aquí se presentan tres dificultades. En primer lugar, un eclipse de sol ocurre en luna nueva, cuando la luna está entre la tierra y el sol, y esto no puede haber sucedido en la muerte de Cristo, porque la luna no estaba en conjunción con el sol, como ocurre cuando hay luna nueva, sino que estaba opuesta al sol como en la luna nueva, pues la Pasión ocurrió en la Pascua de los judíos, que, según San Lucas, estaba en el día catorce del mes lunar. En segundo lugar, incluso si la luna hubiese estado en conjunción con el sol en el momento de la Pasión, la oscuridad no podría haber durado tres horas, es decir, desde la sexta hasta la nona, pues un eclipse de sol no dura tanto tiempo, especialmente si es un eclipse total, cuando el sol está tan escondido que su oscuridad es llamada tinieblas. Pues dado que la luna se mueve más rápido que el sol, según su propio movimiento, oscurece la superficie entera del sol por un periodo breve solamente, y, estando el sol constantemente en movimiento, mientras la luna se aleja, empieza a dar su luz a la tierra. Finalmente, no puede ocurrir jamás que por la conjunción del sol y de la luna la tierra entera quede en tinieblas, Pues la luna es más pequeña que el sol, incluso más pequeña que la tierra, y por lo tanto por su interposición no puede la luna oscurecer tanto al sol como para privar al universo de su luz. Y si alguien sostiene que la opinión de los Evangelistas se refiere solamente a la tierra de Palestina, y no al mundo entero absolutamente, es refutado por el testimonio de San Dionisio el Areopagita, quien, en su Epístola a San Policarpo, declara que en la ciudad de Heliópolis, en Egipto, él mismo vio este eclipse del sol, y sintió estas horrorosas tinieblas. Y Flego, un historiador griego, gentil, relata este eclipse cuando dice: “En el cuarto año de la bicentesimosegunda Olimpiada, tuvo lugar el eclipse más grande y extraordinario que haya jamás ocurrido, pues a la hora sexta la luz del día se trocó en tinieblas de noche, de modo que las estrellas aparecieron en los cielos”. Este historiador no escribió en Judea, y es citado por Orígenes contra Celso, y Eusebio en sus Crónicas sobre el trigésimo tercer año de Cristo. Luciano mártir da así testimonio del acontecimiento: “Mira en nuestros anales, y encontrarás que en el tiempo de Pilato desapareció el sol, y el día fue invadido por tinieblas”. Rufino cita estas palabras de San Luciando en la Historia Eclesiástica de Eusebio, que él mismo tradujo al latín. También Tertuliano, en su Apologeticon, y Pablo Orosio, en su historia, todos ellos, en efecto, hablan del globo entero, y no de solo Judea. Ahora bien en cuanto a la solución de las dificultades. Lo que dijimos más arribe, que un eclipse de sol ocurre en luna nueva, y no en luna llegan, es cierto cuando tiene lugar un eclipse natural; pero el eclipse en la muerte de Cristo fue extraordinario y no natural, pues fue el efecto de Aquel que hizo el sol y la luna, el cielo y la tierra. San Dionisio, en el pasaje que acabamos de referir, afirma que al mediodía la luna fue vista por él y por Apolofanes acercarse al sol con un movimiento rápido e inusual, y que la luna se ubicó a sí misma ante el sol y permaneció en esa posición hasta la hora nona, y de la misma manera regresó a su lugar en el Este. A la objeción de que un eclipse del sol no podía durar tres horas, de modo que por todo ese tiempo las tinieblas cubriesen la tierra, podemos responder que en un eclipse natural y ordinario esto sería cierto: este eclipse, sin embargo, no estuvo regido por las leyes de la naturaleza, sino por la voluntad del Creador Todopoderosos, quien pudo tan fácilmente detener a la luna, como ocurrió, quieta ante el sol, sin moverse ni más rápido ni más lento que el sol, como pudo traer la luna de modo extraordinario y con gran velocidad desde su posición al Este del sol, y luego de tres horas hacerla regresar a su lugar en los cielos. Finalmente, un eclipse del son no podría haber sido percibido en el mismo momento en todas partes del mundo, pues la luna es más pequeña que la tierra y mucho más pequeña que el sol. Esto es ciertísimo en relación a la simple interposición de la luna; pero lo que la luna no podía hacer por sí misma, lo hizo el Creador del sol y de la luna, con tan sólo dejar de cooperar con el sol en la iluminación del globo. Y, nuevamente, no puede ser cierto, como algunos supones, que estas tinieblas universales fueran causadas por nubes densas y oscuras, pues es evidente, por la autoridad de los antiguos, que durante este eclipse y tinieblas las estrellas brillaron en el cielo y nubes densas habrían oscurecido no sólo al sol, sino también la luna y las estrellas.

Son varias las razones dadas por las que Dios deseó estas tinieblas universales durante la Pasión de Cristo. Hay dos especiales entre ellas. Primero, para mostrar la verdadera ceguera del pueblo judío, como nos lo cuenta San León en su décimo sermón sobre la Pasión de nuestro Señor, y esta ceguera de los judíos dura hasta este momento, y seguirá durando, según la profecía de Isaías:

“¡Arriba, resplandece, oh Jerusalén, que ha llegado tu luz, y la gloria del Señor ha amanecido sobre ti! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos”[161]: la más densa oscuridad, sin duda, cubrirá al pueblo de Israel, y una espesa nube más ligera y fácilmente disipable cubrirá a los gentiles. La segunda razón, tal como lo enseña San Jerónimo, fue para mostrar la inmensa magnitud del pecado de los judíos. En efecto, antes, hombres perversos solían hostigar, perseguir y matar a los buenos; ahora, hombres impíos se atrevieron a perseguir y crucificar a Dios mismo, quien había asumido nuestra naturaleza humana. Antes los hombres discutían unos con otros; de las disputas pasaban a las maldiciones; y de las maldiciones a la sangre y el asesinato; ahora siervos y esclavos se han levantado contra el Rey de los hombres y de los ángeles, y con una inaudita audacia lo han clavado en una Cruz. Por tanto, el mundo entero se ha llenado de horror, y para mostrar cuánto detesta semejante crimen, el sol ha retirado sus rayos y ha cubierto el universo con una terrible oscuridad.

Pasemos ahora a la interpretación de las palabras del Señor: “¡Elí, Elí! ¿lemá sabactaní?”. Estas palabras están tomadas del Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has abandonado?”[162]. Las palabras “mírame”, que aparecen a la mitad del versículo, fueron añadidas por los Setenta intérpretes, pero en el texto hebreo sólo se encuentran las palabras que nuestro Señor pronunció. Debemos resaltar que los Salmos fueron escritos en hebreo, y las palabras pronunciadas por Cristo estaban en parte en siriaco, que era el lenguaje entonces en uso entre los judíos. Estas palabras: “Talita kumi — Muchacha, a ti te digo, levántate”, y “Effatá — Ábrete”, así como otras palabras en el Evangelio son siriacas y no hebreas. Nuestro Señor entonces se queja de haber sido abandonado por Dios, y se queja gritando con fuerte voz. Estas dos circunstancias deben ser brevemente explicadas. El abandono de Cristo por su Padre puede ser interpretado de cinco maneras, pero hay una sola que es la verdadera interpretación. Pues, en efecto, hubo cinco uniones entre el Padre y el Hijo: una, la unión natural y eterna de la Persona el Hijo en esencia; la segunda, el nuevo lazo de unión de la Naturaleza Divina con la naturaleza humana en la Persona del Hijo, o lo que es lo mismo, la unión de la Persona Divina del Hijo con la naturaleza humana; la tercera era la unión de gracia y voluntad, pues Cristo como hombre era un hombre “lleno de gracia y de verdad”[163], como lo atestigua en San Juan: “yo hago siempre lo que le agrada a él”[164], y de Él lo dijo el Padre: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[165]. La cuarta fue la unión de gloria, pues el alma de Cristo gozó desde el momento de la concepción de la visión beatífica; la quinta fue la unión de protección a la que se refiere cuando dice: “y el que me ha enviado está conmigo, no me ha dejado solo”[166]. El primer tipo de unión es inseparable y eterno, pues se funda en la Esencia Divina, y así dice nuestro Señor: “Yo y el Padre somos uno”[167]; y por tanto no dijo Cristo: “Padre mío, ¿por qué me has abandonado?”, sino “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pues el Padre es llamado el Dios del Hijo sólo después de la Encarnación y por razón de la Encarnación. El segundo tipo de unión no ha sido ni jamás puede ser disuelto, pues lo que Dios ha asumido una vez no puede jamás dejarlo de lado y por eso dice el Apóstol: “El que no se perdonó ni a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”[168]; y, San Pedro, “Cristo padeció por nosotros”, y “Ya que Cristo padeció en la carne”[169]: todo lo cual prueba que no quien fue crucificado no fue meramente un hombre, sino el verdadero Hijo de Dios, y Cristo el Señor. El tercer tipo de unión también existe aún y existirá siempre: “Pues también Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, el justo por los injustos”[170], tal como lo expresa San Pedro; pues para ningún provecho nos habría sido la muerte de Cristo si esta unión de gracia se hubiese disuelto. La cuarta unión no pudo ser interrumpida, pues la beatitud del alma no puede perderse, ya que comprende el goce de todo bien, y la parte superior del alma de Cristo estaba verdaderamente feliz[171].

Queda entonces solamente la unión de protección, que fue quebrada por un breve periodo, para dar tiempo a la oblación del sacrificio de sangre para la redención del mundo. En efecto, Dios Padre pudo en varias maneras haber protegido a Cristo, y haber impedido la Pasión, y por este motivo dice Cristo en su Oración en el Huerto: “Padre, todo es posible para ti; aparte de mí este cáliz, pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú”[172]: y nuevamente a San Pedro: “¿O piensas que no puedo yo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles?”[173]. Asimismo, Cristo como Dios pudo haber salvado del sufrimiento su Cuerpo, pues dice “Nadie me la quita [mi vida]; yo la doy voluntariamente”[174] y esto es lo que había profetizado Isaías: “Fue ofrecido por su propia voluntad”[175]. Finalmente, el Alma bendita de Cristo puedo haber transmitido al Cuerpo el don de la impasibilidad y de la incorrupción; pero le plugo al Padre, y al Verbo, y al Espíritu Santo, para que se cumpliese el decreto de la Santa Trinidad, permitir que el poder del hombre prevalezca temporalmente contra Cristo. Pues esta era la hora a la que se refería Cristo cuando dijo a los que venían a aprehenderlo:

“Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas”[176]. Así entonces, Dios abandonó a su Hijo cuando permitió que su Carne humana sufriese tan crueles tormentos sin consuelo alguno, y Cristo manifestó este abandono gritando con voz fuerte para que todos puedan conocer la inmensidad del precio de nuestra redención, pues hasta esa hora había Él soportado todos sus tormentos con tanta paciencia y ecuanimidad que apareciese casi como libre de la capacidad de sentir. No se quejó Él de los judíos que lo acusaron, ni de Pilato que lo condenó, ni de los soldados que lo crucificaron. No gimió; no gritó; no dio ningún signo exterior de su sufrimiento; y ahora, a punto de morir, para que la humanidad pueda entender, y nosotros, sus siervos, podamos recordar una gracia tan inmensa, y el valor del precio de nuestra redención, quiso declarar públicamente el gran sufrimiento de su Pasión. Por eso estas palabras “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” no son palabras de alguien que acusa, o que reprocha, o que se queja, sino, como he dicho, son palabras de Alguien que declara la inmensidad de su sufrimiento por la mejor de las causas, y en el más oportuno de los momentos.

CAPÍTULO II

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Hemos explicado brevemente lo relativo a la historia de la cuarta palabra: nos toca ahora recoger algunos frutos del árbol de la Cruz. El primer pensamiento que se presenta es que Cristo quiso apurar el cáliz de su Pasión hasta lo último. Permaneció en la Cruz por tres horas, desde la hora sexta hasta la nona. Permaneció por tres horas enteras y completas, incluso por más de tres horas, pues fue pegado a la Cruz antes de la hora sexta, y no quiso morir hasta la hora nona, como se prueba a continuación. El eclipse de sol comenzó a la hora sexta, como lo muestran los tres Evangelistas Mateo, Marcos y Lucas; San Marcos dice expresamente: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona”[177]. Ahora bien, nuestro Señor pronunció sus tres primeras palabras en la Cruz antes que se iniciase la oscuridad, y por lo tanto antes de la hora sexta. San Marcos explica esta circunstancia más claramente diciendo: “Era la hora tercia cuando le crucificaron”; y añadiendo poco después: “Llegada la hora sexta, hubo oscuridad”[178]. Cuando dice que nuestro Señor fue crucificado en la hora tercia, quiere indicar que fue clavado en la Cruz antes del fin de esa hora, y por lo tanto antes del inicio de la hora sexta. Debemos notar aquí que San Marcos habla de las horas principales, cada una de las cuales contenía tres horas ordinarias, tal como el propietario llamó a sus viñadores en las horas primera, tercia, sexta, nona y undécima[179]. Por tanto San Marcos dice que nuestro Señor fue crucificado en la hora tercia, pues la hora sexta no había llegado aún.

Nuestro Señor quiso entonces beber el cáliz lleno y rebosante de su Pasión para enseñarnos a amar el cáliz amargo del arrepentimiento y el esfuerzo, y a no amar la copa de las consolaciones y los placeres mundanos. Según la ley de la carne y el mundo, debemos escoger pequeñas mortificaciones, pero grandes indulgencias; poco trabajo, pero mucha alegría; tomar poco tiempo para nuestras oraciones, pero largo tiempo para conversaciones ociosas. En verdad no sabemos lo que pedimos, pues el Apóstol advierte a los Corintios: “cada cual recibirá el salario según su propio trabajo”[180]; y nuevamente: “no recibe la corona si no ha competido según el reglamento”[181]. La felicidad eterna debe ser la recompensa del trabajo eterno, pero puesto que no podríamos disfrutar jamás de la felicidad eterna su nuestro trabajo aquí tuviese que ser eterno, nuestro Señor queda satisfecho si durante la vida que pasa como una sombra nos esforzamos por servirlo por el ejercicio de las buenas obras; por otro lado, los que pasan su corta vida ociosamente o, lo que es peor, pecando y provocando la ira de Dios, no son hijos sino niños que no tienen corazón, ni entendimiento, ni juicio. Pues si era necesario que Cristo padeciera y entrara así en su gloria[182], cómo podremos entrar en una gloria que no es nuestra perdiendo el tiempo detrás de los placeres y la gratificación de la carne? Si el significado del Evangelio fuese oscuro, y pudiese ser entendido solamente luego de arduo esfuerzo, tal vez habría alguna excusa; pero su significado ha sido puesto de modo tan sencillo con el ejemplo de la vida de Aquel que lo predicó primero, que ni el ciego puede equivocarse en percibirlo. Y la enseñanza de Cristo no ha sido ejemplificada sólo con su propia vida, sino que ha habido tantos comentarios a su doctrina al alcance de todos, como han habido apóstoles, mártires, confesores, vírgenes y santos, cuyas alabanzas y triunfos celebramos día a día. Y todos estos proclaman fuertemente que no a través de muchos placeres, sino “a través de muchas tribulaciones” nos es necesario “entrar en el Reino de Dios”[183].

CAPÍTULO III

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Otro fruto, y muy provechoso, puede ser obtenido por la consideración del silencio de Cristo durante esas tres horas que transcurrieron entre la hora sexta y la nona. Pues, oh alma mía, ¿qué fue lo que hizo tu Señor durante esas tres horas? El horror y la oscuridad universal habían cubierto el mundo, y tu Señor estaba reposando, no en una suave cama, sino en una Cruz, desnudo, sobrecargado de dolores, sin nadie que lo consuele. Tú, Señor, que eres el único que sabe lo que sufriste, enseña a tus siervos a entender cuánta gratitud te deben, para que participen contigo de tus lágrimas, y para que sufran por tu amor, si es tu parecer, la pérdida de todo tipo de consuelo en este su lugar de exilio.

“Oh hijo mío, durante el curso entero de mi vida mortal, que no fue otra cosa que continuo trabajo y dolor, no experimenté jamás tanta angustia como durante esas tres horas, ni sufrí jamás con mayor buena voluntad que entonces. Pues entonces, por la debilidad de mi Cuerpo, mis Heridas se abrían cada vez más, y la amargura de mis dolores se acrecentaba. También entonces, el frío, que aumentaba por la ausencia del sol, hizo aún mayores los sufrimientos de mi desnudo Cuerpo desde la cabeza hasta los pies. También entonces, la oscuridad misma que impedía la vista del cielo, de la tierra y de todo lo demás, como que forzó mis pensamientos a detenerse tan sólo en los tormentos de mi Cuerpo, de modo que así estas tres horas parecieron ser tres años. Pero ya que mi Corazón estaba inflamado con un anhelante deseo de honrar a mi Padre, de mostrarle mi obediencia, y de procurar la salvación de vuestras almas, y los dolores de mi cuerpo se acrecentaban tanto más cuanto este deseo iba siendo saciado, así estas tres horas parecieron ser tan sólo tres pequeños momentos, así de grande fue mi amor al sufrir”.

“Oh querido Señor, habiendo sido ése el caso, somos muy ingratos si tratamos de pasar una hora pensando en tus dolores, cuando tú no vacilaste en pender de una Cruz por nuestra Salvación durante tres horas completas, en la aterradora oscuridad, el frío y la desnudez, sufriendo una incontenible sed y punzadas aún más amargas. Pero, Tú que amas a los hombres, te pido me respondas esto. ¿Pudo la vehemencia de tus sufrimientos apartar por un sólo momento tu Corazón de la oración durante esas tres largas y silentes horas? Pues cuando nosotros pasamos dificultad, especialmente si sufrimos un dolor corporal, encontramos una gran dificultad para orar”.

“No ocurrió eso conmigo, hijo mío, pues en un Cuerpo débil tenía Yo un Alma lista para la oración. Efectivamente, durante esas tres horas, cuando no salió una sola palabra de mis labios, oré y supliqué al Padre por ti con mi Corazón. Y oré no sólo con mi Corazón, sino también con mis Heridas y con mi Sangre. Pues había tantas bocas clamando por ti ante el Padre como Heridas había en mi Cuerpo, y mis Heridas eran muchas; y había tantas lenguas pidiendo y rogando por ti ante el mismo Padre, que es tu Padre y mi Padre, como había gotas de Sangre cayendo al suelo”.

“Ahora finalmente, Señor, has abatido del todo la impaciencia de tu siervo, quien si eventualmente busca rezar lleno de trabajos, o cargado con aflicciones, apenas puede levantar su mente a Dios para rezar por sí mismo; o si por tu gracia consigue levantar su mente, no puede mantener fija su atención, sino que sus pensamientos se vuelven errantes hacia su trabajo o su dolor. Por tanto, Señor, ten piedad de este siervo tuyo por tu gran misericordia, para que imitando el gran ejemplo de tu paciencia pueda caminar por tus huellas y aprender a desdeñar sus leves aflicciones, al menos durante su oración”.

CAPÍTULO IV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando nuestro Señor exclamó en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, Él no ignoraba la razón por la cual Dios lo había abandonado. ¿Qué podía ignorar quien conocía todas las cosas? Y así San Pedro, cuando nuestro Señor le preguntó “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”, respondió, “Señor, tu sabes todas las cosas: tu sabes que te amo”[184]. Y el Apóstol San Pablo, hablando de Cristo, dice, “En quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento”[185]. Cristo por lo tanto preguntó, no para aprender algo, sino para alentarnos a preguntar, de manera que buscando y encontrando podamos aprender muchas cosas que nos serán útiles e incluso quizás necesarias. ¿Por qué, entonces, Dios abandonó a su Hijo en medio de sus pruebas y de su amarga angustia? Cinco razones se me presentan, y éstas las mencionaré para que aquellos que son más sabios que yo puedan tener la oportunidad de investigar otras mejores y más útiles.

La primera razón que se me presenta es la grandeza y la multitud de los pecados que la humanidad ha cometido contra su Dios, y que el Hijo de Dios asumió para expiarlos en su propia Carne: “El mismo”, escribe Pedro, “que llevó nuestros pecados en su Cuerpo sobre el árbol; a fin de que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos para la justicia; por cuyas heridas vosotros fuisteis curados”[186]. En efecto, la grandeza de las ofensas que Cristo asumió para expiar es en cierto sentido infinita, por razón de la Persona de infinita majestad y excelencia que ha sido ofendida; pero, por otro lado, la Persona de Aquel que expía, Persona que es el Hijo de Dios, es también de infinita majestad y excelencia, y por consiguiente cada sufrimiento voluntariamente tomado por el Hijo de Dios, incluso si hubiese derramado tan sólo una gota de su Sangre, habría sido una expiación suficiente. Con todo quiso Dios que su Hijo tuviera que sufrir innumerables tormentos y los más duros dolores, porque nosotros habíamos cometido no una sino numerosas ofensas, y el Cordero de Dios, que quitó los pecados del mundo, tomó sobre sí no sólo el pecado de Adán, sino todos los pecados de toda la humanidad. Esto se ve en ese abandono del que el Hijo se queja al Padre: “¿Por qué me has abandonado?”. La segunda razón es la grandeza y la multitud de las penas del infierno, y el Hijo de Dios muestra cuán grandes son al querer apagarlos con los torrentes de su Sangre. El profeta Isaías nos enseña qué tan terribles son, que son completamente intolerables, cuando pregunta: “¿Quién de ustedes puede habitar con el fuego devorador? ¿Quién de ustedes podrá habitar con llamas eternas?”[187]. Demos, entonces, gracias con todo nuestro corazón a Dios, quien consintió abandonar por un momento a su Único Hijo a los más grandes tormentos, para liberarnos de las llamas que serían eternas. Démosle gracias, también, desde el fondo de nuestro corazón al Cordero de Dios, que prefirió ser abandonado por Dios bajo su espada castigadora que abandonarnos a nosotros a los dientes de aquella bestia que siempre roerá y nunca estará satisfecha de roernos.

La tercera razón es el alto valor de la gracia de Dios, que es esa perla tan preciosa que obtuvo Cristo, el mercader sabio, vendiendo todo lo que tenía, y nos la devolvió a nosotros. La gracia de Dios, que nos fue dada en Adán, y que perdimos a través del pecado de Adán, es una piedra tan preciosa que mientras adorna nuestras almas y las hace agradables a Dios, es también una prenda de la felicidad eterna. Nadie podía devolvernos esa piedra preciosa, que era la joya de nuestras riquezas y de la cual la astucia de la serpiente nos había privado, sino el Hijo de Dios, quien venció por su sabiduría la maldad del demonio, y quien nos la devolvió al gran costo de sí mismo, ya que soportó tantas penas y dolores. Prevaleció la obediencia del Hijo, que tomó sobre sí el más penoso peregrinaje para recuperarnos esa joya preciosa. La cuarta causa fue la inmensa grandeza del reino de los cielos, que el Hijo de Dios nos abrió con su inmensa fatiga y sufrimiento, a quien la Iglesia canta agradecida, “Cuando venciste el aguijón de la muerte, abriste el reino de los cielos a los creyentes”. Pero para conquistar el aguijón de la muerte fue necesario sostener un duro combate con la muerte, y para que el Hijo de Dios pudiera triunfar lo más gloriosamente posible en este combate, fue abandonado por su Padre. La quinta causa fue el inmenso amor que el Hijo de Dios tenía por su Padre. Pues en la redención del mundo y en la extirpación del pecado, Él se propuso hacer una satisfacción abundante y superabundante en honor de su Padre. Y esto no podría haber sido hecho si el Padre no hubiese abandonado al Hijo, esto es, si no le hubiese permitido sufrir todos los tormentos que pudieran ser ideados por la malicia del demonio, o pudieran ser soportados por un hombre. Si, por lo tanto, alguien pregunta por qué Dios abandonó a su Hijo en la Cruz cuando estaba sufriendo tan extremados tormentos, nosotros podemos responder que Él fue abandonado para enseñarnos la inmensidad del pecado, la inmensidad del infierno, la inmensidad de la gracia Divina, la inmensidad de la vida eterna, y la inmensidad del amor que el Hijo de Dios tuvo por su Padre. De estas razones surge otra pregunta: ¿Por qué, entonces, ha mezclado Dios el cáliz del sufrimiento de los mártires con una consolación espiritual tal que prefieren beber su cáliz endulzado con estas consolaciones a estar sin sufrimiento ni consolación, y permitió a su querido y amado Hijo beber hasta el final el cáliz amargo de su sufrimiento sin ninguna consolación? La respuesta es que en el caso de los mártires no se verifica ninguna de las razones que hemos dado arriba con respecto a nuestro Señor.

CAPÍTULO V

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Otro fruto debe ser recogido, no tanto de la cuarta palabra en sí misma como de las circunstancias del tiempo en el cual fue pronunciada: esto es, de la consideración de la terrible oscuridad que precedió inmediatamente a la enunciación de esta palabra. La consideración de esta oscuridad sería lo más apropiado, no sólo para ilustrar a la nación hebrea, sino para fortalecer a los cristianos mismos en la fe, si consideran seriamente la fuerza de las verdades que nos proponemos encontrar en ella.

La primera verdad es que mientras Cristo estaba en la Cruz el sol estaba oscurecido de tal manera que las estrellas eran tan visibles como lo son de noche. Este hecho es garantizado por cinco testigos, dignos de toda credibilidad, quienes eran de distintas naciones y escribieron sus libros en tiempos distintos y en lugares distintos, de tal manera que sus escritos no pudieron ser el resultado de comparación o conspiración alguna. El primero es San Mateo, un judío, quien escribió en Judea, y fue uno de aquellos que vio el sol oscurecerse. Ahora bien, ciertamente un hombre de este cuidado y prudencia no hubiera escrito lo que escribió, y en la ciudad de Jerusalén como es probable, a menos que el hecho que describió hubiese sido verdadero. De otra manera hubiese sido ridiculizado y objeto de burla para los habitantes de la ciudad y del país por haber escrito algo que todos sabían era falso. Otro testigo es San Marcos, quien escribió en Roma; también él vio el eclipse, pues se encontraba en Judea en ese tiempo con los demás discípulos de nuestro Señor. El tercero es San Lucas, quien era griego y escribió en griego: también él vio el eclipse en Antioquía. Como Dionisio Areopagita lo vio en Heliópolis, en Egipto, San Lucas pudo verlo más fácilmente en Antioquía, que está más cerca de Jerusalén que Heliópolis. Los testigos cuarto y quinto son Dionisio y Apolófanes, ambos griegos y en ese tiempo gentiles, quienes claramente afirman que vieron el eclipse y se llenaron de asombro ante él. Estos son los cinco testigos que dan testimonio del hecho porque lo vieron. A su autoridad debemos añadir la de los Anales de los Romanos y la de Flegon, el cronista del emperador Adriano, como hemos mostrado arriba en el primer capítulo. Por consiguiente esta primera verdad no puede ser negada por Judíos o Paganos sin gran temeridad. En medio de los cristianos es considerada parte de la fe católica.

La segunda verdad es que este eclipse sólo pudo ser ocasionado por el grandísimo poder de Dios: que por lo tanto no pudo ser el trabajo del demonio, o de los hombres a través de la mediación del demonio, sino que procedió de la especial Providencia y voluntad de Dios, el Creador y Soberano del mundo. La prueba es ésta. El sol sólo pudo ser eclipsado por uno de estos tres métodos: ya sea por la interposición de la luna entre el sol y la tierra; o por alguna nube grande y densa; o a través de la absorción o extinción de los rayos del sol. La interposición de la luna no pudo haber ocurrido por las leyes de la naturaleza, ya que era la Pascua de los judíos y la luna estaba llena. El eclipse entonces debió haber ocurrido o sin la interposición de la luna, o la luna, por algún milagro grande y extraordinario, debió haber pasado en unas pocas horas sobre un espacio que naturalmente le tomaría catorce días completar, y luego por la repetición del milagro habría retornado a su lugar natural. Ahora bien, es admitido por todos que sólo Dios puede influenciar los movimientos de las esferas celestes, porque el demonio tiene sólo poder en este globo, y así el Apóstol llama a Satanás “el príncipe de los poderes de este aire”[188].

El eclipse del sol no pudo haber ocurrido por el segundo método, pues una densa y gruesa nube no podría esconder los rayos del sol sin al mismo tiempo ocultar las estrellas. Y tenemos la autoridad de Flegon para decir que durante este eclipse las estrellas eran tan visibles en el cielo como lo son durante la noche. Y respecto al tercer método, debemos recordar que los rayos del sol no pudieron ser absorbidos o extinguidos sino sólo por el poder de Dios quien creó el sol. Por lo tanto esta segunda verdad es tan cierta como la primera, y no puede ser negada sin un grado igual de temeridad.

La tercera verdad es que la Pasión de Cristo fue la causa del eclipse que fue realizado por la especial Providencia de Dios, y es probada por el hecho de que la oscuridad ensombreció la tierra justo el tiempo que nuestro Señor permaneció vivo en la Cruz, esto es, desde la hora sexta hasta la nona. Atestiguan esto todos los que hablan del eclipse; y no podría haber ocurrido que un eclipse en sí mismo milagroso coincidiese por casualidad con la Pasión de Cristo. Pues los milagros no son producto de la casualidad, sino del poder de Dios. Y no conozco de ningún autor que haya asignado otra causa a este eclipse tan maravilloso. Así pues, quienes conocen a Cristo reconocen que fue realizado en atención a Él, y quienes no lo conocen confiesan su ignorancia de su causa, pero permanecen en admiración ante el hecho.

La cuarta verdad es que una oscuridad tan terrible sólo podría haber mostrado que la sentencia de Caifás y Pilato era injustísima, y que Jesús era el Hijo único y verdadero de Dios, el Mesías prometido a los judíos. Esta fue la razón por la que los judíos pedían su muerte. Pues cuando en el consejo de los Sacerdotes, los Escribas y los Fariseos el Sumo Sacerdote vio que la evidencia presentada contra Él no probaba nada, se levantó y dijo: “Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”.

Y cuando nuestro Señor reconoció y confesó que sí lo era, aquél “rasgó sus vestidos y dijo: “¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué os parece?” Respondieron ellos diciendo: “Es reo de muerte””[189]. Nuevamente cuando estaba ante Pilato, quien deseaba liberarlo, los Sumos Sacerdotes y el pueblo gritaban: “Nosotros tenemos una Ley y según esa Ley debe morir, porque se tiene por Hijo de Dios”[190]. Este fue el principal motivo por el que Cristo nuestro Señor fue condenado a la muerte de la Cruz, y esto había sido profetizado por el profeta Daniel cuando dijo: “el Cristo será suprimido, y el pueblo que lo niegue no será suyo”[191]. Por esta causa, entonces, Dios permitió que durante la Pasión de Cristo una horrible oscuridad se esparza sobre el mundo entero, para mostrar con total claridad que el Sumo Sacerdote estuvo equivocado, que el pueblo judío estuvo equivocado, que Herodes estuvo equivocado, y que el que estuvo colgado de la Cruz era su único Hijo, el Mesías. Y cuando el centurión vio estas manifestaciones celestiales exclamó: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”[192]; y nuevamente, “Ciertamente este Hombre era justo”[193]. Pues el centurión reconoció en tales signos celestiales la voz de Dios anulando la sentencia de Caifás y de Pilato, y declarando que este Hombre era condenado a muerte en contra de la ley, pues era el Autor de la vida, el Hijo de Dios, el Cristo prometido. Pues qué otra cosa podría haber significado Dios con esta oscuridad, con la secreta separación de las rocas y el rasgarse el velo del Templo, sino que se estaba apartando de un pueblo que una vez fue el suyo, y estaba airado con gran ira pues no habían conocido el tiempo de su visita.

Ciertamente si los judíos considerasen estas cosas, y al mismo tiempo volviesen su atención al hecho de que desde ese día fueron dispersados por todas las naciones, no tuvieron ya ni reyes ni pontífices, ni altares, ni sacrificios, ni profetas, deberían concluir que han sido abandonados por Dios y, lo que es peor, que se han sido entregados a un sentido corrupto, y que se cumple en ellos ahora lo que Isaías profetizó cuando presentó al Señor diciendo: “Escuchad bien, pero no entendáis, ved bien, pero no comprendáis. Enceguece el corazón de ese pueblo y hazlo duro de oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos y oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y lo cure”[194].

CAPÍTULO VI

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

En las tres primeras palabras Cristo nuestro Maestro nos ha recomendado tres grandes virtudes: caridad para con nuestros enemigos, amabilidad para los que sufren, y afecto por nuestros padres. En las cuatro últimas palabras nos recomienda cuatro virtudes, ciertamente no más excelentes, pero aún así no menos necesarias para nosotros: humildad, paciencia, perseverancia y obediencia. En efecto, de la humildad, que puede ser llamada la virtud característica de Cristo, pues no se ha hecho mención de ella en los escritos de los sabios de este mundo, nos dio Él ejemplo por medio de sus acciones durante el transcurso completo de su vida y con selectas palabras se mostró como el Maestro de la virtud cuando dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de Corazón”[195]. Pero en ningún momento nos alentó más claramente a la práctica de esta virtud, y junto con ella a la de la paciencia, que no puede ser separada de la humildad, que cuando exclamó “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Pues Cristo nos muestra con estas palabras que con el consentimiento de Dios, tal como lo atestiguaron las tinieblas, se había oscurecido toda su gloria y su excelencia, y nuestro Señor no podría haber soportado esto si no hubiese poseído la virtud de la humildad en el grado más heroico.

La gloria de Cristo, de la que nos escribe San Juan al inicio de su Evangelio –“Vimos su gloria, gloria como de Hijo Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad”[196]–, consistía en su Poder, su Rectitud, su Justicia, su real Majestad, la felicidad de su Alma, y la dignidad divina de la que gozaba como el verdadero y real Hijo de Dios. Las palabras “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, muestran que su Pasión echó un velo sobre todos estos dones. Su Pasión echó un velo sobre su poder, pues cuando estuvo clavado en la Cruz aparecía tan impotente que los Sumos Sacerdotes, los soldados y el ladrón se burlaban de su debilidad diciendo: “Si eres el Hijo de Dios, baja de la Cruz; Él que salvó a otros, a sí mismo no puede salvarse”[197]. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad le fue necesaria a Él que era Todopoderoso, para no responder ni una palabra a semejantes mofas! Su Pasión echó un velo sobre su Sabiduría, pues ante el Sumo Sacerdote, ante Herodes, ante Pilato, estuvo como privado de entendimiento y respondió sus preguntas con el silencio, de modo tal que “Herodes, con su guardia, después de despreciarle y burlarse de él, le puso un espléndido vestido”[198]. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad, le fue necesaria a quien era no sólo más sabio que Salomón, sino que era la Sabiduría misma de Dios, para tolerar tales ultrajes! Su Pasión echó un velo sobre la rectitud de su vida, pues fue clavado a una Cruz entre dos ladrones, como un embustero del pueblo, y un usurpador de un reino ajeno. Y Cristo confesó que el haber sido abandonado por su Padre parecía proyectar un mayor resplandor a la gloria de su vida inocente. “¿Por qué me has abandonado?”. Pues Dios no suele abandonar a los hombres rectos sino a los perversos. En efecto, todo hombre orgulloso tiene particular cuidado para evitar decir algo que pueda llevar a sus oyentes a deducir que ha sido menospreciado. Pero los hombres humildes y pacientes, cuyo Rey es Cristo, aprovechan diligentemente toda ocasión de practicar su humildad y su paciencia, con tal que al hacerlo no violen la verdad. ¡Cuánta paciencia, cuánta humildad le fue necesaria para soportar semejantes insultos, especialmente a Aquel de quien San Pablo dice: “Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía: santo, inocente, incontaminado, apartado de los pecadores, encumbrado por encima de los cielos”![199]. Esta Pasión proyecta tal velo sobre su real Majestad que tenía una corona de espinas por diadema, una caña como cetro, un patíbulo como cámara de audiencia, dos ladrones como sus reales huéspedes. ¡Cuánta paciencia entonces, cuánta humildad le fue necesaria a quien era el verdadero Rey de reyes, Señor de señores, y Príncipe de los reyes de este mundo! ¿Qué diré de la alegría de corazón de la que Cristo gozó desde el momento mismo de su concepción, y de la que, si hubiese querido, podría haber hecho participar a su Cuerpo? ¿Qué velo echó su Pasión sobre la gloria de su felicidad, pues lo hizo, como dice Isaías, “Despreciable, y desecho de hombres, Varón de dolores, y colmado de injurias”[200], de modo que en la grandeza de su sufrimiento gritó: “Dios mío, Dios míos, ¿por qué me has abandonado?”? En fin, su Pasión oscureció tanto la poderosa dignidad de su Persona Divina que Aquel que se sienta no sólo por encima de todos los hombres, sino por encima de los mismos Ángeles, pudo decir “Pero soy un gusano y no hombre, la vergüenza de los hombres, y el asco del pueblo”[201].

Cristo, entonces, descendió en su Pasión al abismo mismo de la humildad, pero esta humildad tuvo su recompensa y su gloria. Lo que nuestro Señor había prometido tan a menudo de que “el que se humilla será ensalzado”, nos dice el Apóstol que fue ejemplificado en su propia Persona. “Se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de Cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”[202]. Así, quien parecía ser el menor de los hombres es declarado ser el primero, y una pequeña y como pasajera humillación ha sido seguida por una gloria que será eterna. Así ha ocurrido con los Apóstoles y los Santos. San Pablo dice de los Apóstoles: “Hemos venido a ser, hasta ahora, como la basura del mundo y el desecho de todos”[203], esto es, los compara a las cosas más viles que son holladas bajo los pies. Así fue su humildad. ¿Cuál es su gloria? San Juan Crisóstomo nos dice que los apóstoles están sentados ahora en el cielo, cerca al trono mismo de Dios, donde los querubines lo alaban y los serafines lo obedecen. Ellos están asociados con los grandes príncipes de la corte celestial. Y estarán allí por siempre. Si los hombres considerasen cuán glorioso es imitar en esta vida la humildad del Hijo de Dios, y viesen a cuánta gloria los conduciría esta humildad, encontraríamos muy pocos hombres orgullosos. Pero puesto que la mayoría de los hombres miden todo con sus sentidos y con consideraciones humanas, no debemos sorprendernos si el número de los humildes es pequeño, y el de los orgullosos infinito.

CAPÍTULO VII

Explicación literal de la quinta Palabra:

“Tengo sed”

La quinta palabra que encontramos en San Juan es “tengo sed”. Pero para entenderla tenemos que añadir las palabras precedentes y subsiguientes del mismo evangelista. “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dice: “Tengo sed”. Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron a una rama de hisopo una esponja empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”[204]. El significado de estas palabras es que nuestro Señor deseaba realizar todo lo que sus profetas, inspirados por el Espíritu Santo, habían predicho sobre su vida y muerte. Ya todo se había realizado, excepto el haber mezclado hiel con lo que iba a beber, de acuerdo a lo que está en el salmo sesenta y nueve: “Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre”[205] . Por eso, para que la Escritura se realice, es que gritó con fuerte voz: “Tengo sed”. Pero ¿por qué para que fueran cumplidas la Escrituras? ¿Por qué no más bien porque realmente estaba sediento y quería calmar su sed? Un profeta no profetiza con el propósito de que se cumpla aquello que predice, sino profetiza porque ve que aquello que profetiza se va a cumplir, y por eso lo predice. Consecuentemente el hecho de prever o de predecir algo no es el motivo para que esto ocurra, más bien, el evento que va ocurrir es la causa por la que puede ser prevista o predicha.

Aquí tenemos abierto, ante nuestra vista, un gran misterio. Nuestro Señor sufrió desde el comienzo de la crucifixión una sed de lo más dolorosa, y esta sed siguió creciendo, de tal forma que se convirtió en uno de los dolores más intensos que tuvo que soportar en la Cruz, pues el derramamiento de una gran cantidad de sangre seca a la persona, produciendo una violenta sed. Yo mismo una vez conocí un hombre que tenía varias heridas y consecuentemente había perdido mucha sangre, y que solo pedía algo para beber, como si no le importaran sus heridas, sino solo su terrible sed. Lo mismo es relatado de San Emeramo, mártir, quien estaba atado a una estaca, cruelmente torturado, y de lo único que se quejaba era de la sed. Pero Cristo había sido arrastrado de un lado al otro por la ciudad, y desde la flagelación en la columna, había sangrado copiosamente esa sangre que durante la crucifixión fluía de su cuerpo, como de cuatro fuentes, y este desangramiento continuó por varias horas. ¿No habrá experimentado una sed violentísima? Sin embargo, soportó esta agonía por tres horas en silencio, y lo pudo haber soportado hasta la muerte, que estaba tan próxima. ¿Entonces, por qué se mantuvo silente sobre este asunto durante tanto tiempo, y al momento de la muerte, pronunció su sufrimiento clamando, “¡Tengo sed!”? Porque era la voluntad de Dios que todos nosotros sepamos que su Hijo único había sufrido esta agonía. Y así nuestro Padre celestial quiso que sea predicho por sus profetas, y también quiso que nuestro Señor Jesucristo, para dar un ejemplo de paciencia a sus fieles seguidores, reconociera que sufrió esa intensa agonía al exclamar “Tengo sed”. Esto es, todos los poros de mi cuerpo están cerrados, mis venas están resecas, mi paladar está reseco, mi garganta esta reseca, todos mis miembros están resecos. Si alguien desea aliviarme, deme algo de beber.

Consideremos ahora, qué bebida le fue ofrecida por los que estaban cerca a la Cruz. “Había allí una vasija llena de vinagre. Sujetaron una esponja a una rama de hisopo empapada en vinagre y se la acercaron a la boca”. ¡Oh, qué consolación! ¡Qué alivio! Había allí una vasija llena de vinagre, una bebida que tiende a hacer que las heridas duelan y que apura la muerte. Por este motivo estaba ahí, para hacer que los que estaban crucificados mueran más rápidamente. Al tratar ese punto San Cirilo dice con razón, “En vez de algo refrescante y aliviador, le ofrecieron algo que era doloroso y amargo”. Y si consideramos lo que San Lucas escribe en el Evangelio, todo esto se vuelve todavía más probable: “También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre”[206]. A pesar de que San Lucas dice esto de nuestro Señor justo después de que fue clavado a la Cruz, no obstante podemos creer piadosamente que cuando el soldado lo escuchó exclamar, “Tengo sed”, le ofrecieron el vinagre por medio de la misma esponja y rama que burlándolo ya le habían ofrecido. Concluimos que al principio un poco antes de su crucifixión le presentaron vino mezclado con hiel, y al poco tiempo de la muerte le dieron vinagre, una bebida de lo más desagradable para un hombre en agonía, para que la pasión de Cristo sea de comienzo a fin una autentica y real pasión que no admitía consolación.

CAPÍTULO VIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

El Antiguo Testamento es comúnmente interpretado por el Nuevo Testamento, pero en relación a este misterio de la sed del Señor, las palabras del Salmo sesenta y nueve pueden ser consideradas como un comentario al Evangelio. Pues, de las palabras del Evangelio no podemos decidir con certeza si los que le ofrecieron vinagre al Señor sediento lo hicieron para aliviarlo, o para agravarle su agonía. Esto es, no sabemos si lo hicieron por un motivo de amor o de odio. Con San Cirilo, estamos inclinados a creer en el segundo motivo, pues las palabras del salmista son muy claras para requerir una explicación. Y de estas palabras podemos sacar una lección: aprender a tener sed con Cristo de aquellas cosas de las que podamos estar sedientos con provecho. Esto es lo que dice el salmista: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno. Veneno me han dado por comida, en mi sed me han abrevado con vinagre”[207]. Y así, los que un poco antes de la crucifixión le dieron al Señor vino mezclado con hiel, de la misma manera que los que le ofrecieron a nuestro Señor crucificado vinagre, representan a los que reclama cuando dice: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno”.

Pero tal vez alguien podría preguntar: ¿No se afligieron con Él auténticamente y de corazón, su Santísima Virgen Madre, y la hermana de su Madre, María de Cleofás, y María Magdalena, y el apóstol San Juan, que estaban al pie de la Cruz? ¿No se afligieron realmente con Él, lamentando su suerte, aquellas santas mujeres que siguieron al Señor hasta el monte Calvario? ¿No estaban los apóstoles en un estado de tristeza durante todo el tiempo de su pasión, como predicó Cristo: “En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará”?[208] Todos estos se afligieron y realmente se afligieron, pero no se afligieron junto con Cristo, pues el motivo y causa de su tristeza era bien distinta del motivo y causa de la tristeza de Cristo. Nuestro Señor dijo: “Espero compasión, y no la hay, consoladores, y no encuentro ninguno”. Ellos se lamentaban por el sufrimiento corporal y muerte de Cristo. Pero Él no se lamentó de esto más que por un momento en el jardín, para probar que realmente era un hombre. ¿No había dicho: “Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer”[209]; y nuevamente: “Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre”?[210] Entonces, ¿cuál fue la causa de la tristeza de nuestro Señor en la que no encontró nadie que lo acompañará en su pesar? Era la perdida de las almas por las que estaba sufriendo. Y ¿cuál era la fuente de consuelo que no pudo encontrar en nadie, sino la cooperación con él en la salvación de aquellos que tan ardientemente esperaba? Esto era el único alivio que anhelaba, esto deseaba, estaba hambriento, sediento de esto, pero le dieron hiel por comida y le dieron vinagre por bebida. El pecado está representado por la amargura de la hiel, que nada puede ser más amargo para el gusto. La obstinación del pecado está representada por la acidez y el agresivo hedor del vinagre. Entonces, Cristo tenía una auténtica causa para su tristeza cuando vio por ladrón convertido, no sólo otro que permaneció en su obstinación, sino aparte innumerables otros; cuando vio que todos sus apóstoles se escandalizaron de su Pasión, que Pedro lo había negado, que Judas lo había traicionado.

Si alguien desea confortar y consolar a Cristo hambriento y sediento en la Cruz, lleno de pena y pesar, que primero se manifieste verdaderamente penitente, déjenlo detestar sus propios pecados, y entonces junto con Cristo, déjenlo tener un hondo pesar en sus corazón, porque tan gran número de almas mueren diariamente, a pesar de que todas podrían ser fácilmente salvadas si sólo utilizaran la gracia que Él ha comprado para ellos al redimirlos. San Pablo era uno de esos que se afligía con el Señor, cuando en la Carta a los Romanos dice: “Digo la verdad en Cristo, no miento, –mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo–, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, los israelitas, de los cuales es la adopción filial”[211]. Con esta máxima, no pudo el apóstol mostrar con mayor intensidad su ardiente deseo de la salvación las almas: “Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo”. Quiere decir, según lo que dice San Juan Crisóstomo, en su obra sobre la compunción del corazón, que se sentía tan excesivamente afligido por la maledicencia de los judíos, que quería, si fuese posible, ser separado de Cristo, por el bien de su gloria[212]. No deseaba ser separado del amor de Cristo, pues sería contradictorio con lo que dice en otra parte de la misma epístola: “¿Quién nos separará del amor de Cristo?”[213], sino de la gloria de Cristo, prefiriendo ser privado de la participación en la gloria de su Salvador a que su Señor sea privado del fruto adicional de su Pasión, que vendría de la conversión de tantos miles de judíos. Él verdaderamente se afligió junto con el Señor y consoló el pesar de su divino Maestro. Pero ¿cuán escasos son los imitadores de este gran apóstol hoy en día? Primeramente, muchos pastores de almas están más afligidos si se reducen o pierden las rentas de la Iglesia que si un gran número de almas se pierde por su ausencia o negligencia. San Bernardo dice, refiriéndose a algunos: “soportamos el detrimento que Cristo sufre con más ecuanimidad que lo que deberíamos soportar nuestra propia pérdida. Balanceamos nuestros gastos diarios con la entrada diaria de nuestras ganancias, y no sabemos nada de la perdida que ocurre en el rebaño de Cristo”[214]. No es suficiente que un obispo viva santamente, y se empeñe en su conducta privada a imitar las virtudes de Cristo, a no ser que se empeñe para que los que estén en sus manos, o mejor dicho sus hijos, sean santos, y trate de guiarlos, haciendo que sigan los pasos de Cristo hacia el gozo eterno. Entonces, que los que desean sufrir con Cristo, giman con Cristo, y para compadecerse de Él, cuiden su rebaño, nunca desamparen sus ovejas, más bien diríjanlas por la palabra y guíenlas con su ejemplo.

Cristo también puede reclamar razonablemente de los laicos, por no afligirse con él ni aliviarlo. Y si cuando estaba colgado de la Cruz, expresó su pesar por la perfidia y la obstinación de los judíos, por quienes su esfuerzo se perdió, por quienes su tormento fue ridiculizado, y por quienes la preciosa medicina de su sangre fue desperdiciada insanamente. ¡Cómo será esa expresión observando, no desde la Cruz, sino desde el cielo, a aquellos que creen en Él, y no lucran nada de su pasión, pisan su preciosa sangre y le ofrecen hiel y vinagre al aumentar diariamente sus pecados, sin pensar en el juicio final o temer el fuego del infierno! “Se produce alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte”[215]. Pero ¿no es acaso esta alegría transformada en tristeza, leche en hiel, y vino en vinagre, que los que por la fe y el bautismo han nacido en Cristo, y que por el sacramento de la reconciliación han resucitado de la muerte a la vida, si en poco tiempo vuelven a matar su alma al recaer en pecado mortal? “La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo”[216]. Pero ¿acaso no es doblemente afligida la madre si el hijo muere inmediatamente después del nacimiento o nace ya muerto? Tantos trabajan por su salvación confesando sus pecados, tal vez incluso ayunando y dando limosna, pero su afán es en vano y nunca obtienen el perdón de sus pecados, pues tienen una falsa conciencia o son responsables de una ignorancia culpable. Estos trabajos, y el trabajo inútil ¿no es a caso una aflicción doble para ellos mismos y para sus confesores? Tales personas son como enfermos que aceleran su muerte usando una medicina amarga que esperan que los cure. O como un jardinero que soporta gran sufrimiento por sus viñedos y tierras y que pierde todos los frutos de su cuidado por una tormenta repentina. Estos son los males que debemos deplorar, y cualquiera que gima y que es afligido con Cristo en la Cruz, y cualquiera que se empeñe con toda su fuerza en aminorarlos, alivia las penas y el pesar de nuestro Señor crucificado, y participará con Él en el gozo del cielo, y reinará para siempre con Él en el reino de su Padre celestial.

 

 

CAPÍTULO IX

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Cuando medito atentamente sobre la sed que soportó Cristo en la Cruz, se me ocurre otra consideración muy útil. Me parece que nuestro Señor ha dicho, “Tengo sed”, en el mismo sentido en que se dirigió a la Samaritana, “Dame de beber”. Pues al desvelar el misterio que contienen estas palabras, también dijo: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva”[217]. Pero, ¿cómo podía tener sed Aquel que es la fuente del agua viva? ¿No se refiere a sí mismo cuando dice: “Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba?”[218]. Y, ¿no es Él la roca a la cual el apóstol se refiere cuando dice: “y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les seguía; y la roca era Cristo”[219]. En fin, ¿no es Él que se dirige a los Judíos por la boca del profeta Jeremías: “a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen?”[220]. Entonces, me parece que nuestro Señor desde la Cruz, como desde un trono elevado, mira a todo el mundo que está lleno de hombres que están sedientos y exhaustos, y por lo reseco que está, tiene piedad de la sequía que soporta la humanidad, y grita, “Tengo sed”. Esto es, estoy sediento por la sequedad y aridez de mi Cuerpo, pero esta sed pronto se terminará. Sin embargo, la sed que sufro por el deseo de que los hombres empiecen a conocer por la fe que soy el auténtico manantial de agua viva y que se acerquen y beban es incomparablemente mayor.

¡Oh, qué felices seríamos si escuchásemos con atención las palabras que nos está dirigiendo la Palabra encarnada! ¿No tiene sed casi todo hombre, con la ardiente e insaciable sed de la concupiscencia, que por las aguas turbias y pasajeras de las cosas temporales y corruptibles, que son considerados bienes, tales como el dinero, el honor, y los placeres? Y, ¿quién ha escuchado las palabras de su maestro, Cristo, y ha probado el agua viva de la sabiduría divina, que no se haya sentido abominado por las cosas mundanas, y empezado a aspirar las celestiales? ¿Quién ha puesto a un lado el deseo de adquirir y acumular las cosas de este mundo y ha empezado a aspirar y desear por las celestiales? Esta agua viva no brota del mundo, más bien baja del cielo. Nuestro Señor, que es el manantial de agua viva, nos lo va dar si es que le pedimos con oraciones fervientes y copiosas lagrimas. No solo va eliminar toda ansiedad por las cosas mundanas, sino que también va a ser nuestra fuente infalible de comida y bebida en nuestro exilio. De este modo habla Isaías: “todos los sedientos, id por agua,” y para que no pensemos que esta agua es preciosa y querida, añade: “venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche”[221]. Dice que es un agua que tiene que ser comprada, pues no puede ser adquirida sin esfuerzo, y sin tener la adecuada disposición para recibirla, pero no es comprada con plata o por intercambio, pues es entregada gratuitamente, pues es invalorable. Lo que el profeta en una línea llama agua, en la próxima llama vino y leche, pues es tan eficaz que contiene las cualidades del agua, vino y leche.

La verdadera sabiduría y caridad se entienden como agua, pues refresca el corazón de la concupiscencia, se entienden como vino pues calienta y embriaga la mente con un ardor sobrio, se entienden como leche pues nutre al joven en Cristo con un alimento fortalecedor, como lo dice Pedro: “Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura”[222]. Esta misma sabiduría y caridad –lo opuesto a la concupiscencia de la carne– es el yugo que es dulce, y la carga ligera, que aquellos que lo toman dócil y humildemente lo descubren como un descanso real y auténtico para sus almas. De tal forma que ya no tienen sed, ni se afanan por retirar agua de fuentes mundanas. Este deleitable descanso para el alma ha llenado desiertos, habitados monasterios, reformado al clero, contenido matrimonios. El palacio de Teodosio el Joven no era diferente de un monasterio. La corte de Elzeario tenía poca diferencia con la casa de religiosos pobres. En vez de las peleas y discusiones, se escuchaban salmos y música sacra. Todas estas bendiciones se deben a Cristo, que al precio de su propio sufrimiento, sació nuestra sed y así regó los áridos corazones de hombres que no van a tener sed nuevamente, a no ser que ante la instigación del enemigo voluntariamente se retiren del manantial eterno.

CAPÍTULO X

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

La imitación de la paciencia de Cristo es el tercer fruto en ser recogido de la consideración de la quinta palabra. En la cuarta palabra la humildad de Cristo, junto con su paciencia, era notable. En la quinta palabra, resplandece sola su paciencia. Ahora bien, la paciencia es no sólo una de la más grandes virtudes, sino es positivamente la más necesaria para nosotros. San Cipriano dice: “Entre todos los caminos de ejercicio celestial, no conozco uno más provechoso para esta vida o ventajoso para la próxima: que aquellos que se esfuerzan con temor y devoción por obedecer los mandamientos de Dios deban, sobre todas las cosas, practicar la virtud de la paciencia”. Pero antes de que hablemos de la necesidad de la paciencia, debemos distinguir la virtud de su falsificación. La verdadera paciencia nos permite soportar el infortunio de sufrir sin caer en la desgracia de pecar. Tal fue la paciencia de los mártires, que prefirieron soportar las torturas del verdugo que negar la fe de Cristo, que prefirieron sufrir la pérdida de sus bienes mundanos antes que adorar dioses falsos. La falsificación de esta virtud nos lleva a soportar cualquier penalidad para obedecer a la ley de la concupiscencia, arriesgar la pérdida de la felicidad eterna por causa del placer momentáneo. Tal es la paciencia de los esclavos del demonio, que soportan hambre y sed, frío y calor, la pérdida de su reputación, la pérdida incluso del cielo, para incrementar sus riquezas, disfrutar los placeres de la carne, o ganar un puesto de honor.

La verdadera paciencia tiene la propiedad de incrementar y preservar todas las otras virtudes. Santiago es nuestra autoridad para este elogio de la paciencia. Él dice: “Y la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas, para seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear”[223]. Debido a las dificultades que nos encontramos en la práctica de la virtud, ninguna puede florecer sin la paciencia, pero cuando las otras virtudes son acompañadas por ésta, todas las dificultades desaparecen, pues la paciencia hace derechos los caminos torcidos, y suaves los caminos ásperos. Y esto es tan verdadero que San Cipriano, hablando de la caridad, la reina de las virtudes, clama: “La caridad, el lazo de la amistad, el fundamento de la paz, el poder y la fuerza de la unión, es mayor que la fe o la esperanza. Es la virtud de la cual los mártires obtienen su constancia, y es la que practicaremos para siempre en el Reino de los Cielos. Pero sepárala de la paciencia, y se hundirá; aleja de ella el poder del sufrimiento y de la constancia, y se marchitará y morirá”[224]. El mismo santo manifiesta la necesidad de esta virtud también para preservar nuestra castidad, firmeza, y paz con el prójimo. “Si la virtud de la paciencia es fuerte y firmemente enraizada en sus corazones, tu cuerpo, que es santo y templo del Dios vivo, no será contaminado con adulterio, tu firmeza no será ensuciada por la mancha de la injusticia, ni luego de haberse alimentado con el Cuerpo de Cristo, estarán tus manos empapadas de sangre”. Quiere significar, por el contrario de estas palabras, que sin la paciencia ni el hombre casto podrá ser capaz de preservar su pureza, ni el hombre justo será equitativo, ni aquel que ha recibido la Sagrada Eucaristía será libre del peligro de la ira y el homicidio.

Lo que Santiago escribe de la virtud de la paciencia es enseñado en otras palabras por el Profeta David, por Nuestro Señor, y su Apóstol. En el salmo noveno, David dice: “La paciencia de los pobres no será vana para siempre”[225], porque tiene una obra perfecta, y en consecuencia su fruto nunca se pudrirá. Así como estamos acostumbrados a decir que las labores del granjero son provechosas cuando producen una buena cosecha, y son inútiles cuando no producen nada, así de la paciencia se dice que nunca perece porque sus efectos y recompensas permanecerán para siempre. En el texto que acabamos de citar, la palabra pobre es interpretada significando al hombre humilde que confiesa que es pobre, y que no puede hacer ni sufrir nada sin la ayuda de Dios. En su tratado sobre la paciencia[226], San Agustín manifiesta que no sólo los pobres, sino incluso los ricos, pueden poseer la verdadera paciencia, siempre y cuando confíen no en sí mismos sino en Dios, a quien, realmente necesitados de todos los dones divinos, puedan pedir y recibir este favor. Nuestro Señor parece implicar lo mismo cuando dice en el Evangelio “Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”[227]. Pues en realidad sólo poseen sus almas –esto es su vida, como propias y de la cual nada los puede privar–, quienes soportan con paciencia toda aflicción, incluso la muerte misma, para no pecar en contra de Dios. Y aunque por la muerte parecen perder sus almas, no las pierden, sino que las preservan para siempre. Pues la muerte del justo no es muerte, sino un sueño, y puede ser incluso tenida como un sueño de corta duración. Pero el impaciente, que para preservar la vida del cuerpo no duda en pecar negando a Cristo, adorando ídolos, cediendo a sus deseos lujuriosos, o cometiendo algún otro crimen, parece ciertamente preservar su vida por un tiempo, pero en realidad pierde la vida tanto del cuerpo como del alma para siempre. Y en cuanto del realmente paciente, puede con verdad ser dicho: “No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza”[228]. Por lo que del impaciente con igual verdad podemos exclamar: No hay un sólo miembro de tu cuerpo que no arderá en el fuego del infierno.

Finalmente, el Apóstol confirma nuestra opinión: “Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido”[229]. En este texto San Pablo explícitamente afirma a la paciencia no sólo como útil, sino incluso como necesaria para realizar la voluntad de Dios, y realizándola sentir en nosotros el efecto de su promesa: “recibir la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman”[230], y guardar sus mandamientos pues “si alguno me ama, guardará mi Palabra”, y “el que o me ama no guarda mis palabras”[231]. Así vemos pues que toda la Escritura enseña a los fieles la necesidad de la virtud de la paciencia. Por esta razón, Cristo deseó en los últimos momentos de su vida declarar aquel interno, y durísimo, y largamente soportado sufrimiento –su sed– para alentarnos por tal ejemplo a preservar nuestra paciencia en todas las desgracias. Que la sed de Cristo fue una tortura de las más impetuosas lo hemos mostrado en el capítulo anterior. Que fue largamente soportado fácilmente lo podemos probar.

Para empezar, los flagelos junto a la columna. Cuando aquello tuvo lugar, Cristo estaba ya fatigado por su prolongada plegaria y agonía y sudor de sangre en el Huerto, por sus muchos viajes de un lado a otro durante la noche y la sucesiva mañana, del jardín de la casa de Anás, de la casa de Anás a la de Caifás, de la casa de Caifás a aquella de Pilato, de la casa de Pilato a la de Herodes, y de la casa de Herodes nuevamente a la de Pilato. Más aún, desde el momento de la última cena, Nuestro Señor no había probado ni comida ni bebida, o disfrutado de un momento de reposo, sino que había soportado muchos y gravosos insultos en la casa de Caifás, fue luego cruelmente azotado, lo que en sí mismo era suficiente para provocar una terrible sed, y cuando la flagelación hubo terminado, su sed, lejos de ser saciada, fue incrementada, pues luego siguió la coronación de espinas y las burlas y el escarnio. Y cuando había sido ya coronado, su sed, lejos de ser saciada, fue incrementada, pues luego siguió el llevar la Cruz, y cargado con el instrumento de su muerte, nuestro fatigado y exhausto Señor subió esforzadamente el monte del Calvario. Cuando llegó le ofrecieron vino mezclado con hiel, que probó pero no tomó. Y así acabó finalmente el camino, pero la sed que durante todo el camino había torturado a nuestro querido Señor fue sin duda incrementada. Luego siguió la crucifixión, y mientras la Sangre corría de sus cuatro Heridas como de cuatro fuentes, todos pueden concebir cuán enorme su sed ha de haber sido. Finalmente, por tres horas sucesivas, en medio de una gran oscuridad, debemos imaginar con que ardiente sed el sagrado Cuerpo fue consumido. Y aunque los que estaban ahí le ofrecieron vinagre, aún así, puesto que no era agua o vino, sino un trago fuerte y amargo, e incluso un trago muy corto, puesto que lo tuvo que tomar a gotas de una esponja, podemos decir sin dudar que nuestro Redentor, desde el comienzo de su Pasión hasta su muerte, soportó con la más heroica paciencia esta terrible agonía. Pocos de nosotros pueden saber por experiencia cuán grande es este sufrimiento, pues hallamos agua en cualquier lugar para calmar nuestra sed. Pero aquellos que viajan muchos días seguidos en el desierto algunas veces conocen lo que es la tortura de la sed.

Curcio relata que Alejandro Magno estuvo una vez marchando a través del desierto con su ejército, y que luego de sufrir todas las privaciones de la falta de agua, llegaron a un río, y los soldados empezaron a beber con tanta ansiedad, que muchos murieron en el acto, y añade que “el número de los que murieron en aquella ocasión fue mayor que el que había perdido en cualquier batalla”. Su ardiente sed era tan insoportable que los soldados no pudieron refrenarse tanto como para respirar mientras bebían, y en consecuencia Alejandro perdió buena parte de su ejército. Hay otros que han sufrido mucho de sed como para tener al lodo, al aceite, a la sangre y a otras cosas impuras, que nadie tocaría a menos que sea urgido por terrible necesidad, como deliciosas. De esto aprendemos cuán grande fue la Pasión de Cristo, y cuan brillantemente su paciencia fue desplegada en ella. Dios nos concedió poder conocer esto, imitarlo, y sufriéndolo junto con Cristo aquí, reinar luego con Él.

Pero me parece escuchar algunas almas piadosas exclamar cuán deseosos y ansiosos están para saber por qué medios pueden mejor imitar la paciencia de Cristo, y poder decir con el Apóstol: “Con Cristo estoy crucificado”[232], y con San Ignacio Mártir: “Mi amor es crucificado”[233]. No es tan difícil como muchos imaginan. No es necesario para todos acostarse en el suelo, flagelarse hasta sangrar, ayunar diariamente a pan y agua, usar sayales, una cadena de hierro o algún otro instrumento de penitencia para conquistar la carne y crucificarla con sus vicios y concupiscencias. Estas prácticas son laudables y útiles, siempre y cuando no sean peligrosas para la salud, o hechas sin el permiso del director. Pero deseo mostrar a mis piadosos lectores un medio para practicar la virtud de la paciencia de nuestro manso y gentil Redentor, que todos pueden abrazar, que no contiene nada extraordinario, nada nuevo, y por cuyo uso nadie puede ser sospechoso de buscar o ganar aplauso por su santidad.

En primer lugar entonces, quien ama la virtud de la paciencia ha de alegremente someterse a aquellas labores y penalidades en las que estamos seguros por fe que es voluntad divina que debamos afligirnos, de acuerdo a aquellas palabras del Apóstol: “Necesitas paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios, y conseguir así lo prometido”[234]. Ahora bien, lo que Dios quiere que abracemos no es ni difícil para mí enseñar, ni difícil para mis lectores aprender. Todos los mandamientos de nuestra Santa Madre Iglesia deben ser guardados con obediencia amorosa y paciencia, no importa cuán difícil o duros pueden parecer. ¿Qué son estos mandamientos de la Iglesia? Los ayunos de Cuaresma, los días de ayuno y abstinencia, y ciertas vigilias. Guardar religiosamente éstas, como han de ser guardadas, requerirá una gran cantidad de paciencia. Ahora bien, supongamos que una persona en un día de ayuno se sienta en una mesa muy bien servida, o en su única comida permitida come tanto como lo hubiese hecho en dos comidas en un día ordinario, o anticipa el momento para comer, o come más de lo que es permitido, tal persona ciertamente ni tendrá hambre ni sed, ni su paciencia producirá fruto. Pero si resuelve firmemente no tomar alimento antes del tiempo permitido, a menos que enfermedad o alguna otra necesidad lo obligue, y come alimentos que son burdos y ordinarios y propios para un tiempo de penitencia, y no se excede en lo que normalmente come en una comida, y da a los pobres todo lo que hubiese comido si no fuese un día de ayuno, como dice San León, “dejen a los pobres alimentarse con aquello que los que ayunan se han abstenido; y permitámonos sentir hambre por un corto tiempo, caramente amado, y por corto tiempo disminuyamos lo que queremos para nuestro propio placer, para poder ser de utilidad a los pobres”, y si en la tarde permite que la colación sea nada más que una colación, en tal caso, sin duda la paciencia será necesaria para soportar el hambre y la sed, y por tanto al ayunar imitaremos lo más posible la paciencia de Cristo, y seremos clavados, por lo menos en parte, a la Cruz con él. Pero alguno objetará que todas estas cosas no son absolutamente necesarias. Lo concedo, pero son necesarias si deseamos practicar la virtud de la paciencia, o ser como nuestro sufriente Redentor. Nuevamente, nuestra Santa Madre Iglesia ordena a los eclesiásticos y a los religiosos recitar o cantar las horas canónicas. Aquí necesitaremos toda la asistencia que la virtud de la paciencia nos pueda dar, si es que esta lectura y oración sagrada ha de ser realizada en la manera que debe ser, pues hay algunos que no tienen suficiente que hacer como para mantenerse libres de distracciones durante la oración. Muchos corren en sus oraciones tan rápidamente como pueden, como si estuvieran realizando una tarea muy laboriosa, y quisiesen librarse de la carga en el menor tiempo posible, y dicen su Oficio, no parados o arrodillados, sino sentados o caminando, como si la fatiga de la oración fuese disminuida al sentarse o aligerada por caminar. Esto hablando de aquellos que rezan su Oficio en privado, no de aquellos que lo cantan en el coro. También, para no interrumpir su sueño, muchos recitan durante el día aquella parte del Oficio que la Iglesia ha ordenado que sea dicha en la noche. No digo nada de la atención y elevación de mente que es requerida mientras que Dios es invocado en la oración, porque muchos piensan acerca de lo que están cantando o leyendo menos que cualquier otra cosa. Verdaderamente es sorprendente que muchos más no ven cuán necesaria la virtud de la paciencia es para erradicar la repugnancia que sentimos a pasar un tiempo prolongado de oración, levantarse para decir las horas canónicas en el tiempo adecuado, soportar la fatiga de estar parado o arrodillado, prevenir nuestros pensamientos de divagar, y mantenerlos fijos en lo único en lo que estamos realizando. Que mis lectores escuchen ahora un relato de la devoción con la que San Francisco de Asís recitaba su breviario, y aprenderán entonces que el Oficio Divino no puede ser dicho sin el ejercicio de la más grande paciencia. En su Vida de San Francisco, San Buenaventura dice así: “Este santo hombre estaba tan habituado a recitar el Oficio Divino con no menor miedo que devoción hacia Dios, y aunque sufría grandes dolores en los ojos, estómago, columna, e hígado, nunca se hubiera recostado en alguna pared o detenido mientras lo cantaba, sino que de erguido de pie, sin su capucha, mantenía sus ojos fijos, y tenía la apariencia de una persona en desmayo. Si estaba de viaje, se mantenía a su horario regular, y recitaba el Divino Oficio en la manera usual, sin importar si una lluvia violenta estaba cayendo. Se pensaba a sí mismo culpable de una seria falta si, mientras que recitaba permitía a su mente ocuparse con pensamientos vanos, y cuantas veces esto le pasaba se apresuraba a ir a confesión para expiar por ello. Recitaba los salmos con tal atención de mente como si tuviese a Dios presente delante de él, y cuando decía el nombre del Señor, gustaba sus labios por la dulzura que la pronunciación de tal nombre le dejaba”. Tan pronto alguno se esfuerce por recitar el Oficio Divino de esta manera, y levantarse en la noche para rezar Maitines, Laudes y Prima, aprenderá por experiencia la labor y paciencia que son necesarias para el debido cumplimiento de esta tarea. Hay muchas otras cosas que la Iglesia, guiada por las Sagradas Escrituras, nos pone como voluntad de Dios, y para el debido cumplimiento de ellos requerimos también de la virtud de la paciencia, como dar al pobre de nuestra propia superfluidad, perdonar a aquellos que nos injurian, o satisfacer a aquellos que hemos injuriado, confesar nuestros pecados por lo menos una vez al año, y recibir la Sagrada Eucaristía, lo que requiere no poca preparación. Todo esto demanda paciencia, pero a modo de ejemplo explicaré algunas cosas más con mayor detenimiento.

Todo lo que, sean demonios o hombres, hacen para afligirnos es otra indicación de la voluntad Divina, y otro llamado al ejercicio de nuestra paciencia. Cuando hombres y espíritus malos nos prueban, su objeto es injuriarnos, no beneficiarnos. Aun así Dios, sin quien no pueden hacer nada, no permitirá ninguna tormenta a nuestro alrededor, a menos que lo juzgue útil. En consecuencia, toda aflicción puede ser tenida como viniendo de la mano de Dios, y debe ser por tanto soportada con paciencia y alegría. El santo y derecho Job sabía que las desgracias con las que era golpeado, y que le privaron en un día de todas sus riquezas, de todos sus hijos, y de toda su salud corporal, procedían del odio del demonio. Aún así exclamó:

“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Bendito sea el nombre del Señor”[235], porque sabía que sus calamidades solo podían suceder por la voluntad de Dios. No digo esto porque pienso que cuando uno es perseguido sea por otros hombres o por el demonio, no deba, o debiera, hacer lo posible por recuperar sus pérdidas, consultar un doctor si está mal, o defenderse a sí y a su propiedad, sino que sencillamente doy este aviso: no tomar venganza en contra de los hombres malvados, no devolver el mal por mal, sino soportar la desgracia con paciencia porque Dios desea que así lo hagamos, y al cumplir su voluntad recibiremos la promesa.

La última cosa que deseo observar es esta. Todos debemos luchar para estar íntimamente convencidos de que todo lo que sucede por suerte o accidente, como una gran sequía, excesiva lluvia, pestilencia, hambruna, y otras, no suceden sin la especial providencia y voluntad de Dios, y en consecuencia no debemos quejarnos de los elementos, o de Dios mismo, sino considerar males de este tipo como un flagelo con el que Dios nos castiga por nuestros pecados, e inclinándonos bajo su mano todopoderosa, soportemos todo con humildad y paciencia. Dios será entonces apaciguado. Derramará sus bendiciones sobre nosotros. Nos corregirá a nosotros sus hijos con amor paternal, y no nos privará del Reino de los Cielos. Podemos aprender cual es la recompensa de la paciencia de un ejemplo que San Gregorio aduce. En la trigésimo quinta homilía sobre los Evangelios, dice que un cierto hombre Esteban era tan paciente como para considerar a aquellos que lo oprimían como sus más grandes amigos. Devolvía agradecimientos por los insultos, tenía a las desgracias como ganancias, contaba a sus enemigos entre el número de los que le deseaban el bien y eran sus benefactores. El mundo lo consideraba como un insensato y un loco, pero no fue sordo a las palabras del Apóstol de Cristo: “Si alguno entre vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio para llegar a ser sabio”[236]. Y San Gregorio añade que cuando se estaba muriendo muchos ángeles fueron vistos asistiéndolo alrededor de su cama, quienes llevaron su alma derecho al cielo, y el santo Doctor no dudó en tener a Esteban entre los mártires por virtud de su extraordinaria paciencia.

CAPÍTULO XI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

Aún queda un fruto más, y el más dulce de todos, para ser recogido de la consideración de esta palabra. San Agustín, en su explicación de la palabra “Tengo sed”, a ser hallada en su tratado sobre el Salmo 68, dice que manifiesta no sólo el deseo que Cristo tenía por beber, sino más aún el deseo con que estaba inflamado de que sus enemigos crean en Él y se salven. Podemos ir un poco más lejos, y decir que Cristo tuvo sed por la gloria de Dios y salvación de los hombres, y nosotros hemos de tener sed por la gloria de Dios, honor de Cristo, y por nuestra propia salvación y la salvación de nuestros hermanos. No podemos dudar de que Cristo tuvo sed por la gloria de su Padre y la salvación de las almas, pues todas sus obras, toda su predicación, todos sus sufrimientos, todos sus milagros, así lo proclaman. Debemos considerar lo que tenemos que hacer para no mostrarnos ingratos a tal Benefactor, y qué medios hemos de tomar para inflamarnos de tal manera que realmente estemos sedientos por la gloria de Dios, que “tanto amó al mundo que dio a su único Hijo”[237], y ferviente y ardientemente estar sedientos por el honor de Cristo, quien “nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma”[238], sintiendo tanta compasión por nuestros hermanos como un deseo celoso de su salvación. Aún lo más necesario para nosotros es anhelar cordial y ardorosamente nuestra propia salvación, que este deseo nos empuje, de acuerdo a nuestra fuerza, a pensar y hablar y hacer todo lo que nos pueda ayudar a salvar nuestras almas. Si no nos importa nada el honor de Dios, o la gloria de Cristo, y no sentimos ninguna ansiedad por nuestra propia salvación, o la de los otros, se sigue que Dios será privado del honor que le es debido, que Cristo perderá la gloria que es suya, que nuestro prójimo no llegará al cielo, y que nosotros mismos pereceremos miserablemente para la eternidad. Y por este relato estoy muchas veces lleno de asombro al reflexionar que todos sabemos cuán sinceramente estuvo sediento Cristo por nuestra salvación, y nosotros, que creemos a Cristo la Sabiduría del Dios viviente, no somos movidos a imitar su ejemplo en materia tan íntimamente conectada con nosotros. Ni estoy menos sorprendido de ver hombres correr tras bienes mundanos con tal avidez, como si no hubiera cielo, y preocupándose tan poco por su propia salvación que, lejos de andar sedientos de ella, con las justas piensan en ella de pasada, como material trivial de poca importancia. Más aún los bienes temporales, que no son placeres puros, sino que son acompañados de muchas desventuras, son buscados con vehemencia y ansiedad. Pero a la felicidad eterna, que es deleite absoluto, es dada tan poca importancia, querida con tan poca preocupación, como si no poseyese ventaja alguna. ¡Ilumina, Señor, los ojos de mi alma, para que pueda encontrar la causa de tan dolorosa indiferencia!

El amor produce deseo, y el deseo, cuando es excesivo, es llamado sed. Ahora bien, ¿quién hay que no puede amar su propia felicidad temporal, particularmente cuando esa felicidad es libre de cualquier cosa que la puede dañar? Y si premio tan grande no puede ser sino amado, ¿por qué no puede ser ardientemente deseado, ansiosamente buscado, y con todas nuestras fuerzas estar sedientos de él? Tal vez la razón es que nuestra salvación no es materia que caiga bajo los sentidos, nunca hemos tenido experiencia de cómo es, como sí la hemos tenido en materias que se relacionan al cuerpo; y estamos tan solícitos para él, pero tan fríamente indiferentes para la primera. Pero si tal es el caso, por qué David, que era hombre mortal como nosotros, anhelaba tan ansiosamente la visión de Dios, y la felicidad en el cielo que consiste en la visión de Dios, como para clamar:

“Como el ciervo desea las fuentes de agua, así te desea a ti, oh Dios, mi alma. Sedienta está mi alma del Dios fuerte, vivo. ¿Cuándo vendré y apareceré ante la faz de Dios?”[239]. David no es el único en este valle de lágrimas que ha deseado con tal ardiente deseo alcanzar la visión de Dios. Ha habido otros más, distinguidos por su santidad, por quienes las cosas de este mundo fueron tenidas como despreciables e insípidas, y para quienes nada más el pensamiento y el recuerdo de Dios era agradable y delicioso. La razón entonces por la que no estamos sedientos de nuestra felicidad eterna no es porque el cielo es invisible, sino porque no pensamos con atención acerca de lo que está ante nosotros, con asiduidad, con fe. Y la razón por la cual no tomamos en cuenta las materias celestiales como debiéramos es porque no somos hombres espirituales, sino sensuales: “El hombre sensual no percibe aquellas cosas que son del Espíritu de Dios”[240]. Por lo que, alma mía, si deseas por tu propia salvación, y la de tu prójimo, si mantienes en el corazón el honor de Dios y la gloria de Cristo, escucha las palabras del santo Apóstol Santiago: “Si alguno de ustedes está falto de sabiduría, demándela a Dios que la da a todos copiosamente y no da improperios, y le será concedida”[241]. Esta sublime sabiduría no ha de ser adquirida en las escuelas de este mundo, sino en la escuela del Espíritu Santo de Dios, quien convierte al hombre sensual en uno espiritual. Pero no es suficiente pedir por esta sabiduría solo una vez y con frialdad, sino demandarla con mucha insistencia de nuestro Padre celestial. Pues si un padre en la carne no puede rehusarse a su hijo cuando le pide pan, “¿Cuánto más su Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo pidieron?”[242].

CAPÍTULO XII

Explicación literal de la sexta Palabra: “Todo está cumplido”

 

La sexta palabra dicha por Nuestro Señor en la Cruz es mencionada por San Juan como ligada de alguna manera a la quinta palabra. Pues tan pronto como Nuestro Señor había dicho “Tengo sed”, y había probado el vinagre que le había sido ofrecido, San Juan añade: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: “Todo está cumplido””[243]. Y en verdad nada puede ser añadido a estas sencillas palabras: “Todo está cumplido”, excepto que la obra de la Pasión estaba ahora perfeccionada y completada. Dios Padre había impuesto dos tareas a su Hijo: la primera predicar el Evangelio, la otra sufrir por la humanidad. En cuanto a la primera ya había dicho Cristo: “Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar”[244]. Nuestro Señor dijo estas palabras luego de que había concluido el largo discurso de despedida a sus discípulos en las Última Cena. Ahí había cumplido la primera obra que su Padre Celestial le había impuesto. La segunda tarea, beber la amarga copa de su cáliz, faltaba aún. Había aludido a esto cuando preguntó a los dos hijos de Zebedeo “¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?”[245]; y también: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”[246]; y en otro lugar: “El cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”[247]. Sobre esta tarea, Cristo al momento de su muerte podía entonces exclamar: “Todo está cumplido, pues he apurado el cáliz del sufrimiento hasta lo último, nada nuevo me espera ahora sino morir”. E inclinado la cabeza, expiró[248].

Pero como ni Nuestro Señor, ni San Juan, quienes fueron concisos en lo que dijeron, han explicado qué fue lo cumplido, tenemos la oportunidad de aplicar la palabra con gran razón y ventaja a diversos misterios. San Agustín, en su comentario sobre este pasaje, refiere la palabra al cumplimiento de todas las profecías que se referían al Señor. “Luego de que Jesús supiera que todas las cosas estaban ahora cumplidas, para que sea cumplida la Escritura, dijo: tengo sed”, y “Cuando había tomado el vinagre, dijo: “Todo está cumplido””[249], lo que significa que lo que quedaba todavía por cumplir había sido cumplido, y por tanto podemos concluir que Nuestro Señor quería manifestar que todo lo que había sido predicho por los profetas en relación a su Vida y Muerte había sido hecho y cumplido. En verdad, todas las predicciones habían sido verificadas. Su concepción: “He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo”[250]. Su nacimiento en Belén: “Más tu, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar Israel”[251]. La aparición de una nueva estrella: “De Jacob nacerá una estrella”[252]. La adoración de los Reyes: “Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecerán dones, los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes”[253]. La predicación del Evangelio: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ungió, me envió para evangelizar a los pobres, para sanar a los contritos de corazón, anunciar la remisión de los cautivos y la libertad a los encarcelados”[254]. Sus milagros: “El mismo Dios vendrá y les salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos, se abrirán los oídos de los sordos. Entonces el cojo saltará como el ciervo y la lengua de los mudos será desatada”[255]. El cabalgar sobre un asno: “Mira que tu rey vendrá a ti, justo y salvador, vendrá pobre y sentado sobre un asno, sobre un pollino, hijo de asna”[256]. Y toda la Pasión había sido gráficamente predicha por David en los Salmos, por Isaías, Jeremías, Zacarías, y otros. Este es el significado de lo que Nuestro Señor decía cuando estaba a punto de comenzar su Pasión: “Miren, subimos a Jerusalén y va a cumplirse todo lo que escribieron los profetas sobre el Hijo del hombre”[257]. De las cosas que debían cumplirse, ahora dice: “Todo está cumplido”, todo está terminado, para que lo que los profetas predijeron sea ahora encontrado como verdad.

En segundo lugar, San Juan Crisóstomo dice que la palabra “Todo está cumplido” manifiesta que el poder que había sido dado a los hombres y demonios sobre la persona de Cristo les había sido quitado con la muerte de Cristo. Cuando Nuestro Señor dijo a los Sumos Sacerdotes y maestros del Templo “esta es su hora y el poder de las tinieblas”[258], aludía a este poder. Todo el periodo de tiempo durante el cual, con el permiso de Dios, los malvados tuvieron poder sobre Cristo, fue concluido cuando exclamó “Todo está cumplido”, pues la peregrinación del Hijo de Dios entre los hombres, que había predicho Baruc, vino a su fin: “Este es nuestro Dios y ningún otro será tenido en cuenta ante él. Él penetró los caminos de la sabiduría y la dio a Jacob, su siervo, y a Israel, su amado. Después fue vista en la tierra y conversó con los hombres”[259]. Y junto con su peregrinaje, aquella condición de su vida mortal fue terminada, aquella por la que sentía hambre y sed, dormía y se fatigaba, fue sujeto de afrentas y flagelos, heridas y a la muerte. Y así cuando Cristo en la Cruz exclamó “Todo está cumplido, e inclinando la cabeza, expiró”, concluyó el camino del que había dicho: “Salí del Padre y vine al mundo; otra vez dejo el mundo y voy al Padre”[260]. Esa laboriosa peregrinación fue terminada, sobre lo que había dicho Jeremías: “Esperanza de Israel, salvador en tiempo de la tribulación, ¿por qué estás en esta tierra como un extraño o como un viajero que pasa?”[261]. La sujeción de su naturaleza humana a la muerte fue terminada, el poder de sus enemigos sobre Él fue acabado.

En tercer lugar concluyó el mayor de todos los sacrificios. En comparación al real y verdadero Sacrificio todos los sacrificios de la Antigua Ley son tenidos como meras sombras y figuras. San León dice: “Has atraído todas las cosas hacia ti, Señor, pues cuando el velo del Templo fue rasgado, el Santo de los Santos se apartó de los sacerdotes indignos: las figuras se convirtieron en verdades, las profecías se manifestaron, la Ley se convirtió en el Evangelio”. Y un poco más adelante, dice: “Al cesar la variedad de sacrificios en los que las víctimas era ofrecidas, la única oblación de tu Cuerpo y Sangre cubre por las diferencias de las víctimas”[262]. Pues en este único Sacrificio de Cristo, el sacerdote es el Dios-Hombre, el altar es la Cruz, la víctima es el cordero de Dios, el fuego para el holocausto es la caridad, el fruto del sacrificio es la redención del mundo. El sacerdote, digo, era el Hombre-Dios. No hay nadie mayor: “Tu eres sacerdote para siempre, de acuerdo al rito de Melquisedec”[263], y con justicia de acuerdo al rito de Melquisedec, porque leemos en la Escritura que Melquisedec no tenía padre o madre o genealogía, y Cristo no tenía Padre en la tierra, o madre en el cielo, y no tenía genealogía, pues “¿Quien contará su generación?”[264]; “De mi seno, antes del lucero, te engendré”[265]; “y su salida desde el principio, desde los días de la eternidad”[266]. El altar fue la Cruz. Y así como previamente al tiempo en que Cristo sufrió sobre ella era el signo de la más grande ignominia, así ahora se ha dignificado y ennoblecido, y en el último día aparecerá en el cielo más brillante que el sol. La Iglesia aplica a la Cruz las palabras del Evangelista: “Entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre en el cielo”[267], pues ella canta: “Esta señal de la Cruz aparecerá en el cielo cuando el Señor venga a juzgar”. San Juan Crisóstomo confirma esta opinión, y observa que cuando “el sol sea oscurecido, y la luna no de su luz”[268], la Cruz se verá más brillante que el sol en su esplendor al medio día. La víctima fue el cordero de Dios, todo inocente e inmaculado, de quien Isaías dice: “Como oveja será llevado al matadero, como cordero, delante del que lo trasquila, enmudecerá y no abrirá su boca”[269], y de quien su Precursor había dicho: “He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo”[270]; y San Pedro: “Sabiendo que han sido redimidos, no con oro, ni con plata, sino con la preciosa sangre de Cristo, como cordero inmaculado y sin mancilla”[271]. Es llamado también en el Apocalipsis “el cordero que fue muerto desde el principio del mundo”[272], porque el mérito de su sacrificio fue previsto por Dios y fue en beneficio de aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo. El fuego que consume el holocausto y completa el sacrifico es el inmenso amor que, como en hoguera ardiente, ardió en el Corazón del Hijo de Dios, y el cual las muchas aguas de su Pasión no pudieron extinguir. Finalmente, el fruto del Sacrificio fue la expiación de los pecados para todos los hijos de Adán, o en otras palabras, la reconciliación del mundo entero con Dios. San Juan en su primera Carta, dice: “Él es propiciación por nuestros pecados, y no tan solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”[273] y esta es sólo otra manera de expresar la idea de San Juan Bautista: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”[274]. ¿Una dificultad surge aquí. Como pudo Cristo ser al mismo tiempo sacerdote y víctima, puesto que era deber del sacerdote matar a la víctima? Ahora bien, Cristo no se mató a sí mismo, ni podía hacerlo, pues si lo hubiese hecho habría cometido un sacrilegio y no ofrecido un sacrificio. Es verdad que Cristo no se mató a sí mismo, aún así ofreció un sacrificio real, porque pronta y alegremente se ofreció a sí mismo a la muerte por la gloria de Dios y la salvación de los hombres. Pues ni los soldados hubiesen podido aprehenderlo, ni los clavos traspasado sus manos y pies, ni la muerte, aunque estuviese clavado a la Cruz, hubiese tenido ningún poder sobre Él si el mismo no lo hubiese querido así. En consecuencia, con gran verdad dijo Isaías: “Él se ofreció porque él mismo lo quiso”[275]; y Nuestro Señor: “Yo doy mi vida; no me la quita ninguno, yo la doy por mí mismo”[276]. Y aún más claramente San Pablo: “Cristo nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros como ofrenda y sacrificio de suave aroma”[277]. Por tanto, de manera maravillosa fue dispuesto que todo el mal, todo el pecado, todo el crimen cometido al poner a muerte a Cristo fuese cometido por Judas y los judíos, por Pilato y los soldados. Ellos no ofrecieron ningún sacrificio, sino que fueron culpables del sacrilegio, y merecían ser llamados no sacerdotes sino miserables sacrílegos. Y toda la virtud, toda la santidad, toda la obediencia de Cristo, que se ofreció a sí mismo como víctima a Dios al soportar pacientemente la muerte, incluso muerte de Cruz, para poder apaciguar la ira de su Padre, reconciliar a la humanidad con Dios, satisfacer la justicia Divina, y salvar la raza caída de Adán. San León expresa de manera hermosa este pensamiento en pocas palabras: “Permitió que las manos impuras de los miserables se vuelvan contra Él, y se convirtieran en cooperadores con el Redentor en el momento en que cometían un abominable pecado”.

En cuarto lugar, por la muerte de Cristo la gran lucha entre Él mismo y el príncipe del mundo llegó a su fin. Al aludir a esta lucha, el Señor hizo uso de estas palabras: “El juicio del mundo comienza ahora; ahora será expulsado fuera el príncipe de este mundo. Cuando sea alzado de la tierra, todo lo atraeré a mí mismo”[278]. La lucha fue judicial, no militar. La lucha fue entre dos demandantes, no dos ejércitos rivales. Satanás disputó con Cristo la posesión del mundo, el dominio sobre la humanidad. Por largo tiempo el demonio se había lanzado ilegítimamente a poseerlo, porque había vencido al primer hombre, y había hecho a él y a todos sus descendientes esclavos suyos. Por esta razón, San Pablo llama a los demonios “principados y potestades, gobernadores de estas tinieblas del mundo”[279]. Y como dijimos antes, incluso Cristo llama al demonio “príncipe de este mundo”. Ahora el demonio no solamente quiso ser príncipe, sino incluso el dios de este mundo, y así exclama el Salmo: “Porque todos los dioses de las naciones son demonios, pero el Señor hizo los cielos”[280]. Satanás era adorado en los ídolos de los gentiles, y era rendido culto en sus sacrificios de corderos y terneros. Por otro lado, el Hijo de Dios, como verdadero y legítimo heredero del universo, demandó el principado de este mundo para Él. Esta fue la disputa decidida en la Cruz, y el juicio fue pronunciado en favor del Señor Jesús, porque en la Cruz expió plenamente los pecados del primer hombre y de todos sus hijos. Pues la obediencia mostrada al Padre Eterno por su Hijo fue mayor que la desobediencia de un siervo a su Señor, y la humildad con la que murió el Hijo de Dios en la Cruz redundó más para el honor del Padre que el orgullo de un siervo sirvió para su injuria. Así Dios, por los méritos de su Hijo, fue reconciliado con la humanidad, y la humanidad fue arrancada del poder del demonio, y “nos trasladó al reino de su Hijo muy amado”[281].

Hay otra razón que San León aduce, y la daremos en sus propias palabras. “Si nuestro orgulloso y cruel enemigo hubiese podido conocer el plan que la misericordia de Dios había adoptado, habría reprimido las pasiones de los judíos, y no los habría incitado con odio injusto, por lo que pudiese perder su poder sobre los cautivos al atacar infructuosamente la libertad de Aquel que nada le debía”. Esta es una razón de muchísimo peso. Puesto que es justo que el demonio perdiera toda su autoridad sobre todos aquellos que por el pecado se habían hecho esclavos suyos, porque se había atrevido a poner sus manos sobre Cristo, quien no era su esclavo, quien nunca había pecado, y a quien sin embargo había perseguido a muerte. Ahora, si tal es el estado del caso, si la batalla ha terminado, si el Hijo de Dios ha ganado la victoria, y si “quiere que todos los hombres se salven”[282], ¿cómo es que tantos en esta vida están bajo el poder del demonio, y sufren los tormentos del infierno en la próxima? Lo respondo en una palabra: lo quieren. Cristo salió victorioso de la contienda, luego de otorgar dos indecibles favores a la raza humana. Primero el abrir a los justos las puertas del cielo, que habían estado cerradas desde la caída de Adán hasta aquel día, y en el día de su victoria, dijo al ladrón que había sido justificado por los méritos de su sangre, a través de la fe, la esperanza, y la caridad: “Este día estarás conmigo en el Paraíso”[283], y la Iglesia en su exultación, clama: “Tu, habiendo vencido al aguijón de la muerte, abriste a los creyentes el Reino de los Cielos”. El segundo, la institución de los Sacramentos, que tienen el poder de perdonar los pecados y conferir la gracia. Envía a los predicadores de su Palabra a todas las partes del mundo a proclamar: “Aquel que cree, y sea bautizado, será salvado”[284]. Y así nuestro victorioso Señor ha abierto el camino a todos para adquirir la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y si hay algunos que no quieren entrar en este camino, mueren por su propia culpa, y no por la falta de poder o la falta de querer de su Redentor.

En quinto lugar, la palabra “Todo está cumplido” puede ser con justicia aplicada a la conclusión del edificio, esto es, la Iglesia. Cristo nuestro Señor usa esta misma palabra en referencia a un edificio: “Hic homo coepit aedificare et non potuit consummare”, “Este hombre empezó a edificar y no ha podido acabar”[285]. Los Padres enseñan que la fundación de la Iglesia fue hecha cuando Cristo fue bautizado, y el edificio completado cuando murió. Epifanio, en su tercer libro contra los herejes, y San Agustín en el último libro de la Ciudad de Dios, muestran que Eva, que fue hecha a partir de una costilla de Adán mientras dormía, tipifica a la Iglesia, que fue hecha del costado de Cristo mientras dormía en la muerte. Y resaltan que no sin razón el libro del Génesis usa la palabra “construyó”, y no “formó”. San Agustín[286] prueba que el edificio de la Iglesia comenzó con el bautismo de Cristo, con las palabras del Salmista: “Dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la redondez de la tierra”[287]. El reino de Cristo, que es la Iglesia, comenzó con el bautismo que recibió de manos de San Juan, por la que consagró las aguas e instituyó ese sacramento que es la puerta de la Iglesia, y cuando la voz de su Padre fue claramente escuchada en los cielos: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[288]. Desde ese momento nuestro Señor empezó a predicar y a reunir discípulos, quienes fueron los primeros hijos de la Iglesia. Y todos los sacramentos derivan su eficacia de la Pasión de Cristo, aunque el costado de Nuestro Señor fue abierto después de su muerte, y sangre y agua, que tipifican los dos sacramentos principales de la Iglesia, fluyeron. El fluir de la sangre y el agua del costado de Cristo luego de su muerte fue una señal de los sacramentos, no de su institución. Podemos concluir entonces que la edificación de la Iglesia fue completada cuando Cristo dijo: “Todo está cumplido”, porque nada quedó luego más que la muerte, que sucedió inmediatamente, y cumplió el precio de nuestra redención.

CAPÍTULO XIII

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Cualquiera que con atención reflexione sobre la sexta palabra ha de obtener muchas ventajas de sus reflexiones. San Agustín saca una lección muy útil del hecho de que la palabra “Todo está cumplido” muestra el cumplimiento de todas las profecías que hacen referencia a Nuestro Señor. Puesto que estamos seguros por lo que pasó que las profecías relacionadas a Nuestro Señor fueron verdaderas, así nosotros deberíamos tener la misma certeza de que otras cosas que los mismos Profetas han profetizado y que aún no han sucedido son igualmente ciertas. Los Profetas hablaron no de lo que quisieron, sino bajo inspiración del Espíritu Santo, y como el Espíritu Santo es Dios, quien no puede engañar o extraviar, nosotros deberíamos estar muy confiados de que todo lo que predijeron sucederá, si es que no ha sucedido ya. “Pues hasta ahora, decía San Agustín, todo ha sido realizado, por lo que ha de cumplirse con certeza sucederá. Tengamos un temor reverente en el Día del Juicio, pues el Señor vendrá. Él, que vino como un humilde bebé, vendrá de nuevo como un Dios poderoso”. Nosotros tenemos más razones que los santos del Antiguo Testamento para nunca flaquear en nuestra fe, o en lo que creemos que vendrá. Aquellos que vivieron antes de la venida de Cristo estaban obligados a creer, sin prueba alguna, muchas cosas de las que nosotros ya tenemos abundantes testimonios, y por todo aquello que ya ha sido cumplido podemos deducir fácilmente que las otras profecías también se cumplirán. Los contemporáneos de Noé habían escuchado acerca del Diluvio Universal, no solo a través de los labios del profeta de Dios, sino también al mirarlo trabajando tan diligentemente en la construcción del Arca; y aún así, como nunca antes había habido un diluvio o algo similar a ello, no se convencieron, y en consecuencia la ira Divina los tomó desprevenidos. Así como nosotros sabemos que la profecía de Noé se cumplió, no deberíamos tener ninguna dificultad en creer que el mundo y todo lo que ahora estimamos tanto será un día destruido por el fuego. Sin embargo, aún hay algunos pocos que poseen una fe tan viva en todo esto como para desprenderse ellos mismos de las cosas perecibles, y fijar sus corazones en los gozos de arriba, que son reales y eternos.

Los terrores del Último Día han sido profetizados por Cristo mismo, por lo que es totalmente inexcusable que alguien no pueda convencerse de que, así como algunas profecías han sido ya cumplidas, otras también lo serán. Estas son las palabras de Cristo: “Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del hombre. Porque como en los días que precedieron al diluvio, comían, bebían, tomaban mujer o marido, hasta el día en que entró Noé en el Arca, y no se dieron cuenta hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos, así será también la venida del Hijo de hombre. Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor”[289]. Y San Pedro dijo: “El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá”[290]. Pero algunos argumentarán que todas estas cosas están sumamente lejanas. Concedamos que efectivamente están aún lejanas, y si lo están, el día de la muerte ciertamente no está muy lejano: su hora es incierta, lo que sí es cierto es que en el juicio particular cada uno deberá rendir cuenta sobre cada palabra vana. Y si esto por cada palabra vana ¿qué sobre las palabras pecaminosas, y las blasfemias, que son tan comunes? Y si tenemos que rendir cuenta sobre cada palabra vana ¿Qué de las acciones, de los robos, adulterios, fraudes, asesinatos, injusticias, y otros pecados mortales? Por lo tanto el cumplimiento de algunas profecías nos harán aún más culpables si es que no creemos que las otras profecías se cumplirán. Ni es suficiente solamente creer, a menos que nuestra fe eficazmente mueva nuestra voluntad a hacer o evitar aquello que nuestro entendimiento nos enseña que debe ser hecho o evitado. Si un arquitecto opina que una casa está a punto de desplomarse, y sus habitantes creen en las palabras del arquitecto, pero aún así no abandonan la casa y terminan sepultados en sus ruinas, ¿Qué dirá la gente de ésa fe? Ellos dirán con el Apóstol: “Profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan”[291]. O, ¿Qué se diría si un doctor le ordena a su paciente no tomar vino, y el paciente lo asume como un buen consejo, pero aún así continua tomando vino, y se molesta si es que no se lo dan? ¿No deberíamos decir que ése paciente estaba loco y que en realidad no confiaba en su doctor? ¡Quisiera que no hubiera tantos cristianos que profesan creer en los juicios de Dios y en otras cosas, y con su conducta contradicen sus palabras!

CAPÍTULO XIV

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otra ventaja puede ser sacada de la segunda interpretación que dimos a la palabra “todo está cumplido”. Junto con San Juan Crisóstomo dijimos que por su muerte Cristo concluyó su estadía laboriosa entre nosotros. Nadie puede negar que su vida mortal fue sumamente dura, pero su misma dureza fue compensada por su cortedad, su fruto, su gloria, y su honor. Duró treinta y tres años. ¿Qué es una labor de treinta y tres años comparado a un descanso eterno? Nuestro Señor trabajó con hambre y sed, en medio de muchas penalidades, de insultos innumerables, de golpes, heridas, de la muerte misma. Pero ahora bebe de la fuente de la alegría, y su alegría será eterna. Fue humillado, y por un corto tiempo fue “oprobio de los hombres y desecho del pueblo”[292], pero “Dios le exaltó, y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús, toda rodilla se doble, en los cielos, en la tierra y en los abismos”[293]. Por otro lado, los pérfidos judíos se regocijaron durante una hora por Cristo y sus sufrimientos. Judas por una hora disfrutó el precio de su avaricia: unas pocas monedas de plata. Pilato por una hora se glorificó porque no había perdido la amistad de Tiberio, y había vuelto a ganar la de Herodes. Pero por casi dos mil años han estado sufriendo los tormentos del infierno, y sus gritos de desesperanza serán escuchados por siempre y para siempre.

Desde su miseria, todos los siervos de la Cruz pueden aprender cuán bueno y fructuoso es ser humildes, dóciles, pacientes, cargar su Cruz en esta vida, seguir a Cristo como su guía, y de ninguna manera envidiar a aquellos que parecen estar alegres en este mundo. Las vidas de Cristo y de sus apóstoles y mártires son un verdadero comentario a las palabras del Señor de señores. “Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos”[294] Y por otro lado “ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo. Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre. Ay de los que reís ahora, porque tendréis aflicción y llanto”[295].

Aunque ni las palabras, ni la vida y muerte de Cristo son entendidas o seguidas por el mundo, aún quien sea que desee dejar los afanes del mundo y entrar en su corazón y meditar seriamente y decirse a sí mismo: “Escucharé lo que Dios me va a hablar”[296], e importuna a su Divino Señor con humilde plegaria y lamento de espíritu, entenderá sin dificultad toda la verdad, y la verdad lo hará libre de todos sus errores, y lo que antes parecía imposible será entonces fácil.

CAPÍTULO XV

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto a ser recogido por la consideración de la sexta palabra es que debemos aprender a ser sacerdotes espirituales, “para ofrecer a Dios sacrificios espirituales”[297], como nos dice San Pedro, o como advierte San Pablo, “ofrecer” nuestros “cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios”, nuestro “culto racional”[298]. Pues si esta palabra “todo está cumplido” nos muestra que el Sacrificio de nuestro Sumo Sacerdote ha sido cumplido en la Cruz, es justo y propio que los discípulos de un Dios crucificado, deseosos, hasta donde puedan, de imitar a su Señor, se ofrezcan ellos mismos como un sacrificio a Dios, de acuerdo a su debilidad y pobreza. Ciertamente, San Pedro dice que todos los cristianos son sacerdotes, no estrictamente como aquellos que son ordenados por obispos en la Santa Iglesia Católica para ofrecer el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Cristo, sino sacerdotes espirituales para ofrecer víctimas espirituales, no tales como leemos en el Antiguo Testamento, ovejas y bueyes, tórtolas y palomas, o la Víctima del Nuevo Testamento, el Cuerpo de Cristo en la Sagrada Eucaristía, sino víctimas místicas que pueden ser ofrecidas por todos, como la oración y la alabanza y las obras buenas y los ayunos y las obras de misericordia, como dice San Pablo: “ofrezcamos siempre un sacrificio de alabanza a Dios, es decir, el fruto de los labios que confiesan su Nombre”[299]. En su Carta a los Romanos, el mismo Apóstol nos dice, resaltándolo de manera especial, que ofrezcamos a Dios el sacrificio místico de nuestros cuerpos tras los sacrificios de la Antigua Ley, que eran regulados por cuatro decretos. El primero era que la víctima debía ser algo consagrado a Dios, por lo que era ilegítimo darle algún uso profano. El segundo era que la víctima debía ser una creatura viviente, como una oveja, una cabra o un ternero. El tercero, que debía ser sagrado, es decir, limpio, pues los judíos consideraban algunos animales limpios y otros no. Ovejas, bueyes, cabras, tórtolas, gorriones y palomas eran limpios, mientras que el caballo, el león, el zorro, el águila, el cuervo, entre otros, no eran limpios. El cuarto, que la víctima debía ser quemada, y despedir un olor de suavidad. Todas estas cosas enumera el Apóstol. “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, tal será vuestro culto espiritual”[300]. Como entiendo al Apóstol, no nos está exhortando a ofrecer un sacrificio estrictamente hablando, como si quisiese que nuestros cuerpos fuesen muertos y quemados, como los cuerpos de las ovejas al ser ofrecidas en sacrificio, sino ofrecer un sacrificio místico y razonable, un sacrificio que es similar, pero no igual, espiritual y no corporal. El Apóstol por tanto nos exhorta a la imitación de Cristo ya que Él ofreció en la Cruz para beneficio nuestro el Sacrificio de su Cuerpo en una muerte real y verdadera, para que, por honor suyo, ofrezcamos nuestros cuerpos como víctimas vivas, santas y perfectas, una víctima que es agradable a Dios, y que es de manera espiritual muerta y quemada.

Daremos ahora algunas palabras de explicación en relación a los cuatro decretos que regulan los sacrificios judíos. En primer lugar, nuestros cuerpos deben ser víctimas consagradas a Dios, que debemos usar para el honor de Dios. Pues no debemos mirar a nuestros cuerpos como propiedad nuestra, sino como propiedad de Dios, a quien estamos consagrados por el Bautismo, y que nos ha comprado en gran precio, como dice el Apóstol a los Corintios. Ni seamos tampoco meras víctimas, sino víctimas vivas por la vida de la gracia y el Espíritu Santo. Pues aquellos muertos por el pecado no son víctimas de Dios, sino del demonio, que mata nuestras almas y se regocija en su destrucción. Nuestro Dios, que siempre fue y es la fuente de la vida, no le habría ofrecido a Él fétidos despojos que no son aptos para nada sino para ser arrojados a las bestias. En segundo lugar, debemos tener mucho cuidado en preservar esta vida de nuestras almas para que podamos ofrecer nuestro “culto espiritual”. Ni es suficiente para la víctima estar viva. Debe ser también santa. Un “sacrificio viviente” y “santo”, dice San Pablo. La oblación de víctimas limpias fue un sacrificio santo. Como hemos dicho antes, algunos cuadrúpedos eran limpios, como las ovejas, cabras y bueyes, y algunas aves eran limpias, como las tórtolas, gorriones y palomas. La primera clase de animales significan la vida activa, la última la contemplativa. Consecuentemente, si aquellos que llevan una vida activa entre los fieles desean ofrecerse a sí mismos como víctimas santas a Dios, deben imitar la simplicidad y la mansedumbre del cordero, que no conoce venganza, la laboriosidad y la seriedad del buey, que no busca reposo, ni corre vanamente de aquí para allá, sino soporta su carga y arrastra su arado y trabaja asiduamente en el cultivo de la tierra, y finalmente, la agilidad de la cabra al trepar las montañas y su rapidez en detectar objetos desde lejos. No deben descansar satisfechos con solo ser mansos, ni realizando ciertas tareas. Deben alzar sus corazones por la oración frecuente y contemplar las cosas que están arriba. Pues ¿cómo pueden realizar sus acciones por la gloria de Dios y hacerlas ascender como incienso de sacrificio ante Él, si raramente o nunca piensan en Dios, ni lo buscan, y no están por medio de la meditación ardiendo con su Amor? La vida activa del cristiano no debe estar completamente separada de la contemplativa, así como la contemplativa no debe estar enteramente separada de la activa. Aquellos que no siguen el ejemplo de los bueyes y corderos y cabras en su trabajo continuo y útil por su Señor, sino que desean y buscan su propia comodidad temporal, no pueden ofrecer a Dios una víctima santa. Se parecen más a bestias feroces y carnívoras, como lobos, perros, osos, y cuervos, que hacen de su estómago un dios, y siguen las huellas del “león rugiente” que “ronda buscando a quién devorar”[301]. Aquellos cristianos que siguen una vida contemplativa y buscan ofrecerse como víctimas vivas y santas a Dios deben imitar la soledad de la tórtola, la pureza de la paloma, la prudencia del gorrión. La soledad de la tórtola es aplicable principalmente a los monjes y ermitaños, que no tienen comunicación con el mundo y están enteramente dedicados a la contemplación de Dios y cantando sus alabanzas. La pureza y la fecundidad de la paloma es necesaria para los obispos y sacerdotes, que se relacionan con los hombres y han de engendrar y criar hijos espirituales, y será difícil para ellos imitar tal pureza y fecundidad a menos que frecuentemente vuelen hacia su país celestial por la contemplación, y por la caridad condescender a socorrer las necesidades de los hombres. Hay el peligro de que se abandonen enteramente a la contemplación y no engendren hijos espirituales, o de volverse tan llenos de trabajo que se contaminen con deseos mundanos, y mientras están ansiosos por salvar las almas de los demás, se conviertan ellos –que Dios lo impida– en náufragos. La prudencia del gorrión es necesaria tanto para los contemplativos como para aquellos que se entregan a las tareas activas del ministerio. Hay tanto gorriones de cerca como gorriones de casa. Los gorriones de cerca muestran mucho cuidado en evitar las redes y las trampas puestas para ellos, y los gorriones de casa, que viven próximos al hombre, nunca se convierten en amigos del hombre, y con dificultad son capturados. Así los cristianos, y de manera especial los sacerdotes y monjes, deben imitar la prudencia del gorrión para evitar caer en las redes y trampas puestas para ellos por el diablo, y cuando tratan con hombres, lo hacen solo para beneficio del prójimo, evitando cualquier familiaridad con él, especialmente con las mujeres, escapando de conversaciones vanas, declinando invitaciones, y no estando presentes en actuaciones o teatros.

El último decreto en relación a los sacrificios era que la víctima fuera no sólo viva y santa, sino también agradable, esto es, dar un suavísimo olor, de acuerdo a lo que dice la Escritura: “Y el Señor aspiró un suave aroma”[302], y “Cristo se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave aroma”[303]. Era necesario que la víctima, para poder desprender este aroma tan agradable a Dios, esté tanto muerta como quemada. Esto tiene lugar en el sacrificio místico y razonable del cual estamos hablando, cuando la concupiscencia de la carne es completamente subyugada y abrasada por el fuego de la caridad. Nada más eficaz, veloz y perfecto para mortificar la concupiscencia de la carne que un sincero amor de Dios. Pues Él es el Rey y Señor de todos los afectos de nuestro corazón, y todos nuestros afectos son gobernados por Él y dependen de Él, sea aquellos de temor o esperanza, de deseo u odio, o ira, o cualquier otra inquietud de mente. Ahora bien, el amor rinde nada más que un amor más fuerte, y consecuentemente, cuando el amor Divino posee completamente el corazón del hombre y lo enciende en llamas, todos los deseos carnales se rinden a él, y siendo completamente subyugados, no nos ocasionan ninguna inquietud. Y por tanto, ardientes aspiraciones y oraciones fervorosas ascienden de nuestros corazones como incienso ante el trono de Dios. Este es el sacrificio que Dios pide de nosotros, y al que el Apóstol nos exhorta a estar los más prontamente preparados para ofrecer.

San Pablo usa un argumento muy fuerte para persuadirnos de ello, así como es en sí mismo duro y lleno de dificultad. Su argumento es expresado en estas palabras: “Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva”[304]. En el texto griego encontramos la palabra “misericordias” usada en vez de “misericordia”. ¿Qué y cuántas son las misericordias de Dios por las que el Apóstol nos exhorta? En primer lugar está la creación, por la que fuimos hechos algo mientras que antes éramos nada. En segundo lugar, aunque Dios Todopoderoso no tenía necesidad de nuestro servicio, nos ha hecho siervos suyos, porque desea que hagamos algo por lo que pueda recompensarnos. En tercer lugar, nos hizo a su imagen, y nos hizo capaces de conocerlo y amarlo. En cuarto lugar, nos hizo, a través de Cristo, sus hijos adoptivos y coherederos de su Hijo Unigénito. En quinto lugar, nos hizo miembros de su Esposa, de aquella Iglesia de la cual Él es la Cabeza. Por último, se ofreció a sí mismo en la Cruz, “como oblación y víctima de suave aroma”[305], para redimirnos de la esclavitud y lavarnos de nuestra iniquidad, “para que pueda presentar a Él una Iglesia gloriosa, sin que tenga mancha ni arruga”[306]. Estas son las misericordias de Dios por las que el Apóstol nos exhorta, como si dijera: “el Señor ha derramado tantas gracias sobre ustedes, que ni las merecen, ni las han pedido, ¿y aún tienen como cosa difícil el ofrecerse a sí mismos a Dios como víctimas vivas, santas y razonables? En verdad, lejos de ser difícil, debería parecer, para cualquiera que atentamente considera todas las circunstancias, fácil y ligero y agradable y placentero servir a tan buen Dios con nuestro corazón entero a través de todo tiempo, y tras el ejemplo de Cristo, ofrecernos a nosotros enteramente a Él como una víctima, una oblación, y un holocausto en olor de suavidad.

CAPÍTULO XVI

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Un cuarto fruto puede ser cosechado de una cuarta explicación de la palabra “todo está cumplido”. Pues si es verdad, como muy ciertamente es, que Dios por los méritos de Cristo nos ha librado de la servidumbre del diablo, y nos ha colocado en el reino de su amado Hijo, preguntemos, y no desistamos en nuestra indagación hasta que hayamos encontrado alguna razón, por qué tanta gente prefiere la esclavitud del enemigo de la humanidad, en vez del servicio a Cristo, nuestro amabilísimo Señor, y escoger el arder para siempre en las llamas del infierno con Satanás, en vez de reinar felicísimos en la gloria eterna con Nuestro Señor Jesucristo. La única razón que hallo es que el servicio a Cristo empieza con la Cruz. Es necesario crucificar la carne con sus vicios y concupiscencias. Esta trago amargo, este cáliz de hiel, naturalmente produce nausea en el hombre frágil, y es muchas veces la única razón por la cual el preferiría ser esclavo de sus pasiones que ser Señor de ellas por tal remedio. Un hombre sin razón, ciertamente, o más aún no un hombre sino una bestia, pues un hombre despojado de su razón es tal, puede ser gobernado por sus deseos y apetitos. Pero como el hombre es dotado de razón, ciertamente sabe o debería saber que aquel que es mandado crucificar su carne con sus vicios y concupiscencias debe insistir en guardar este precepto, particularmente al ser asistido por la gracia de Dios para hacer tal, y que Nuestro Señor, como buen doctor, prepara de tal manera esta amarga poción en orden a que pueda ser bebida sin dificultad. Más aún, si alguno de nosotros individualmente fuera la primera persona a la que estas palabras fuesen dirigidas “Toma tu cruz y sígueme”, tal vez tendríamos una excusa para dudar y desconfiar de nuestras fuerzas, y no atrevernos a poner nuestras manos sobre una cruz que consideramos incapaces de cargar. Pero como no solamente hombres, sino incluso niños de tierna edad han valientemente tomado la Cruz de Cristo, la han cargado pacientemente, y han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias, ¿por qué habremos de temer? ¿Por qué habremos de dudar? San Agustín fue vencido por este argumento, y de una vez dominó sus concupiscencias carnales que por años había considerado inconquistables. Puso delante de los ojos de su alma a tantos hombres y mujeres que habían llevado vidas castas, y se dijo a sí mismo: “¿Por qué no puedes hacer lo que tantos de ambos sexos han hecho confiando no en su propia fuerza, sino en el Señor su Dios?”. Lo que ha sido dicho de la concupiscencia de la carne, puede ser dicho con igual fuerza de la concupiscencia de los ojos, que es la avaricia y el orgullo de la vida. No hay vicio que con la asistencia de Dios no pueda ser superado, y no hay razón para temer que Dios se rehusará a ayudarnos. San León dice: “Dios Todopoderoso insiste con justicia que guardemos sus mandamientos pues él nos previene con su gracia”. Miserables y locas y necias son, pues, aquellas almas que prefieren llevar cinco yugos de bueyes bajo el mando de Satanás, y con trabajo y pena ser esclavos de sus sentidos, y finalmente ser torturados para siempre con su líder, el diablo, en las llamas del infierno, que someterse al yugo de Cristo, que es dulce y ligero, y hallar descanso para sus almas en esta vida, y en la próxima vida una corona eterna con su Rey en interminable gloria.

 

CAPÍTULO XVII

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

Un quinto fruto puede ser recogido de esta palabra, pues podemos aplicarla a la edificación de la Iglesia que fue perfeccionada en la Cruz, como otra Eva formada de la costilla de otro Adán. Y este misterio debería enseñarnos a amar la Cruz, honrar la Cruz, y estar estrechamente unidos a la Cruz. ¿Pues quién no ama el lugar de nacimiento de su madre? Todos los fieles tienen una extraordinaria veneración por el sagrado hogar de Loreto, porque es el lugar de nacimiento de la Virgen Madre de Dios, y ahí en su vientre virginal Ella concibió a Jesucristo Nuestro Señor, como el ángel anunció a San José: “Porque lo engendrado en Ella es del Espíritu Santo”[307]. Así la Santa Iglesia Católica Romana, consiente del lugar de su nacimiento, tiene a la Cruz plantada en todo lugar, y en todo lugar exhibida. Somos enseñados a hacerla sobre nosotros mismos, la vemos en las iglesias y casas. La Iglesia no confiere ningún sacramento sin la Cruz, no bendice nada sin el signo de la Cruz, y nosotros, los hijos de la Iglesia, manifestamos nuestro amor a la Cruz cuando pacientemente sobrellevamos las adversidades por amor a nuestro Dios crucificado. Esto es gloriarse en la Cruz. Esto es hacer lo que dijo el Apóstol: “Ellos marcharon de la presencia del Sanedrín contentos por haber sido considerados dignos de sufrir ultrajes por el Nombre de Jesús”[308]. San Pablo simplemente nos da a entender lo que él quiere decir por glorificarse en la Cruz cuando dice: “Nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia, la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”[309]. Y nuevamente en su Carta a los Gálatas: “Dios me libre de gloriarme si no es en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado, y yo un crucificado para el mundo”[310]. Esto es ciertamente el triunfo de la Cruz, cuando el mundo con sus pompas y placeres está muerto para el alma cristiana que ama a Cristo crucificado, y el alma está muerta para el mundo al amar las tribulaciones y el desprecio que el mundo odia, y odiando los placeres de la carne, y el aplauso vacío de hombres a los que ama el mundo. De esta manera el verdadero siervo de Dios rinde tan perfectamente que también puede decirse de él: “está concluido”.

CAPÍTULO XVIII

El sexto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

El último fruto en ser cosechado de la consideración de esta palabra ha de ser recogido de la perseverancia que Nuestro Señor exhibió en la Cruz. Somos enseñados por esta palabra “todo está cumplido” cómo Nuestro Señor perfeccionó tanto la obra de su Pasión desde el principio hasta el fin que nada le faltaba: “Las obras de Dios son perfectas”[311]. Y como Dios Padre completó la obra de la creación en el sexto día y descansó el séptimo, así el Hijo de Dios completó la obra de nuestra redención en el sexto día y descansó en el sueño de la muerte el séptimo. En vano los judíos lo provocaban: “Si Él es el Rey de Israel que baje de la Cruz y creeremos en Él”[312]. Con mayor verdad exclamaba San Bernardo: “Porque es el Rey de Israel, no abandonará el emblema de su realeza. No nos dará una excusa para fallar en nuestra perseverancia, que sola es coronada: no hará torpes las lenguas de los predicadores, ni mudos los labios de aquellos que consuelan a los débiles, ni vacías las palabras de aquellos cuyo deber es decir a todos: no abandonen su cruz, pues sin duda cada alma individual hubiera respondido si pudiese: He abandonado mi cruz, porque Cristo desertó primero de la suya”. Cristo perseveró en su Cruz incluso hasta su muerte, para perfeccionar tanto su obra que nada le faltase, y dejarnos ejemplo de perseverancia en todo sentido digno de nuestra admiración. Es fácil ciertamente permanecer en lugares que nos acomodan, o perseverar en tareas que nos agradan, pero es muy difícil quedarse en el puesto de uno cuando hay tanto dolor a ser aliviado, o continuar en una ocupación en la que hay tanta ansiedad ligada a ella. Pero si pudiésemos entender la razón que indujo a Nuestro Señor a perseverar en la Cruz, deberíamos estar completamente convencidos que tenemos que cargar nuestra cruz con constancia, y de ser necesario, cargarla con coraje incluso hasta nuestra muerte. Si fijamos los ojos solamente en la Cruz no podemos sino llenarnos de horror a la vista de tal instrumento de muerte. Pero si fijamos nuestros ojos en Él que nos exhorta a cargar la Cruz, y en el lugar al que la Cruz nos llevará, y en el fruto que la Cruz produce en nosotros, entonces, en vez de aparecer llena de dificultades y obstáculos, será fácil y agradable perseverar en llevarla, e incluso permanecer con constancia clavada en ella.

¿Entonces por qué Cristo perseveró tanto colgado de su Cruz incluso hasta la muerte sin un lamento o una murmuración? La primera razón es el amor que tenía por su Padre: “La copa que me ha dado el Padre, ¿no la he de beber?”[313]. Cristo amó a su Padre y el Padre amó a su Hijo Unigénito con un amor igualmente inefable. Y cuando vio el cáliz del sufrimiento ofrecido a Él por su todo-bueno y todo-amoroso Padre en tal manera que Él no pudo concluir sino que era ofrecido a Él por la mejor de las razones, no nos ha de maravillar que tomara hasta los residuos con la mayor prontitud. El Padre había hecho una fiesta de bodas para su Hijo, y le había dado por Esposa la Iglesia, ciertamente desfigurada y deformada, pero que Él había de limpiar amorosamente en el baño de su preciosa Sangre y hacerla hermosa, “sin mancha ni arruga”[314]. Cristo por su lado amó cariñosamente a la Esposa dada a Él por su Padre, y no dudó en derramar su Sangre para hacerla hermosa y atractiva. Si Jacob sudó por siete años alimentando a los rebaños de Labán, sufrió el calor y el frío y la falta de sueño para poder casarse con Raquel, y si estos siete años de trabajos pasaron tan rápidamente que “parecieron sino pocos días dada la grandeza de su amor”[315], y otros siete años parecieron igualmente cortos, no debe sorprendernos que el Hijo de Dios deseó ser colgado de la Cruz por tres horas por su Esposa, la Iglesia, que había de ser madre de tantos miles de santos y de tantos hijos de Dios. Más aún, al beber al amargo cáliz de su Pasión, Cristo estaba llevado no sólo por su Amor al Padre y a su Esposa, sino también por la exaltada gloria y la ilimitada y eterna alegría que iba a asegurar por medio de su Cruz. “Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz. Por lo cual Dios lo exaltó, y le dio el Nombre que está sobre todo nombre: para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre”[316].

Al ejemplo que Cristo nos ha puesto, añadamos también el ejemplo que los Apóstoles manifiestan para que imitemos. San Pablo en su Carta a los romanos, luego de enumerar sus propias cruces y las de sus compañeros, pregunta: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿Los peligros? ¿La espada? Como dice la Escritura: por Tu causa somos muertos todo el día, tratados como ovejas destinadas al matadero”. Y contesta su propia pregunta: “Pero en todo esto vencemos gracias a Aquel que nos amó”[317]. No debemos preocuparnos del sufrimiento que las cruces significan si deseamos permanecer firmes en sobrellevarlas, sino alentarnos a nosotros mismos por el amor de aquel Dios que tanto nos amó que entregó a su único Hijo por nuestro rescate; o incluso manteniendo fijos nuestros ojos en Aquel Hijo de Dios que nos amó y “se dio a sí mismo por nosotros”[318]. En su Carta a los Corintios, el mismo Apóstol dice: “Estoy lleno de consuelo y sobreabundo de gozo en todas nuestras tribulaciones”[319]. ¿Cuándo surgió esta consolación y este gozo que lo hace, por así decirlo, impasible en toda aflicción? Él nos da la respuesta: “la leve tribulación de un momento nos produce, sobre toda medida, un pesado caudal de gloria eterna”[320]. Por tanto la contemplación de la corona que lo aguardaba, y el pensamiento que siempre guardó ante él, valía por todos las pruebas de esta vida momentánea y trivial. “¿Qué persecución –clama San Cipriano– puede prevalecer ante tales pensamientos?”[321]. Como segundo modelo tomaremos la conducta de San Andrés, que no miró la cruz en la que iba a ser colgado por dos días como una horca, sino que la abrazó como a un amigo, y cuando los espectadores de su ejecución querían bajarlo, de ninguna manera lo consentía, pues deseaba permanecer unido a la cruz incluso hasta su muerte. Y ésta no es la acción de una persona loca o necia, sino de un apóstol iluminado y de un hombre lleno del Espíritu Santo.

Todos los cristianos pueden aprender del ejemplo de Cristo y sus apóstoles cómo comportarse cuando no pueden descender de su cruz, esto es, cuando no se pueden liberar de alguna aflicción particular o no pueden sufrir sin pecar. En primer lugar, la vida de cada religioso ligado por los votos de pobreza, castidad y obediencia, es comparada al martirio del cual no debe huir. Si un esposo está casado a una esposa irascible, áspera y mal humorada, o una esposa está casada a un hombre cuyo temperamento y carácter no es en lo más mínimo menos difícil de tratar, como San Agustín, en sus “Confesiones”, nos asegura era la disposición de su padre, el esposo de Santa Mónica, entonces la cruz debe ser valientemente cargada, pues la unión es indisoluble. Los esclavos que han perdido su libertad, prisioneros condenados a servicio perpetuo, enfermos que sufren de una enfermedad incurable, los pobres que son tentados a asegurar el alivio momentáneo robando, todos y cada uno han de dirigir sus pensamientos, no a la cruz que cargan, sino a Aquel que ha puesto la cruz sobre ellos, si desean perseverar cargándola con paz interior, y desean ganarse la inmensa recompensa que es prometida a ellos en el cielo cuando sus sufrimientos acaben. Sin duda es Dios quien nos aflige con las cruces, y Él es nuestro amadísimo Padre, y sin su participación ni la tristeza ni la alegría pueden tener lugar en nosotros. Sin duda, también, cualquier cosa que nos pase por voluntad suya es lo mejor para nosotros, y ha de ser tan agradable para nosotros como para llevarnos a decir con Cristo: “El Cáliz que me ha dado el Padre ¿no lo voy a beber?”[322]; y con el Apóstol: “Pero en todo eso vencemos gracias a Aquel que nos amo”[323]. En consecuencia, aquellos que no pueden dejar de lado su cruz sin pecar deben considerar, no su presente sufrimiento, sino la corona que les aguarda, y cuya posesión más que compensará todas las aflicciones, todos los dolores de esta vida. “Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con lo gloria que se ha de manifestar en nosotros”[324], fue lo que dijo San Pablo de sí mismo, y el juicio que hizo sobre Moisés fue: “prefiriendo ser maltratado con el pueblo de Dios, a disfrutar el efímero goce del pecado, estimando como riqueza mayor que los tesoros de Egipto, el oprobio de Cristo, porque tenía los ojos puestos en la recompensa”[325].

Para consolación de aquellos que son forzados a cargar la pesada carga de la cruz a lo largo de muchos años, no estará fuera de lugar relatar brevemente la historia de dos almas que no perseveraron, y encontraron esperándolos una cruz más pesada y eterna. Cuando Judas el traidor empezó a reflexionar sobre lo detestable y enorme de su traición, se sintió incapaz de soportar la vergüenza y la confusión de encontrarse nuevamente con alguno de los apóstoles o discípulos de Cristo, y se colgó a sí mismo con una soga. Lejos de escapar de la vergüenza que temía, solo cambió una cruz por otra más pesada. Pues su confusión será aún mayor cuando, el día del Juicio Final, tendrá que pararse delante de todos los ángeles y hombres, no sólo como el traidor convicto de su Señor, sino como un asesino de sí mismo. Que necedad fue de su parte evitar una breve vergüenza delante del entonces pequeño rebaño de Cristo, quienes hubieran sido mansos y buenos con él, como su Señor, y lo hubiesen confiado a la misericordia de su Redentor, y no tener que sufrir la infamia y la ignominia que ha de sufrir cuando esté delante a la vista de todas las creaturas como un traidor a su Dios y un suicida. El otro ejemplo es tomado del panegírico de San Basilio sobre los cuarenta mártires. En la persecución del emperador Licinio, cuarenta soldados fueron condenados a muerte por su firme creencia en Cristo. Fueron ordenados ser expuestos desnudos durante la noche en un lago congelado, y ganar su corona por la lenta agonía de ser congelados a muerte. Al lado del lago congelado se tenía preparado un baño caliente, al cual cualquiera que negara su fe tenía la libertad de introducirse. Treinta y nueve de los mártires dirigieron sus pensamientos a la felicidad eterna que los esperaba, sin importarles su sufrimiento actual, que pronto acabaría, perseverando con facilidad en su fe, mereciendo recibir de las manos de Jesucristo su corona de gloria eterna. Pero uno ponderó y consideró sus tormentos, no pudo perseverar, y se lanzó al baño caliente. Mientras la sangre empezó correr nuevamente a través de sus miembros congelados, expiró su alma, que, marcada con la desgracia de ser un traidor a su Dios, descendió directamente a los eternos tormentos del infierno. Buscando evadir la muerte, este infeliz desdichado la halló, cambiando una transitoria y comparativamente ligera cruz por una insoportable y eterna. Los imitadores de estos dos hombres miserables pueden ser hallados entre aquellos que abandonan su vida religiosa, que alejan de sí el yugo que es suave y la carga que es ligera, y cuando menos lo esperan, se encuentran atados como esclavos del yugo más pesado de sus numerosos apetitos que nunca satisfacen, y aplastados bajo la vejadora carga de innumerables pecados. Aquellos que se niegan a cargar la Cruz de Cristo están obligados a cargar las ataduras y cadenas de Satanás.

CAPÍTULO XIX

Explicación literal de la séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”

Hemos llegado a la última palabra que Nuestro Señor pronunció. En el momento de la muerte de Jesús, “dando un fuerte grito, dijo, “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu””[326]. Explicaremos cada palabra separadamente. “Padre”. Merecidamente llama a Dios su Padre, pues Él era un Hijo que había sido obediente a su Padre incluso hasta la muerte, y era propio que su último deseo, que con seguridad iba a ser escuchado, sea precedido por tan dulce nombre. “En tus manos”. En las Sagradas Escrituras las manos de Dios significan la inteligencia y la voluntad de Dios, o en otras palabras, su sabiduría y poder, o también, la inteligencia de Dios que conoce todas las cosas, y la voluntad de Dios que puede hacer todas las cosas. Con estos dos atributos como manos, Dios hace todas las cosas, y no necesita ningún instrumento en el cumplimiento de su voluntad. San León dice: “La voluntad de Dios es su omnipotencia”[327]. En consecuencia, con Dios querer es hacer. “Todo cuanto quiso lo ha hecho”[328]. “Te encomiendo”. Entrego a tu cuidado mi Vida, con la seguridad de que me será devuelta cuando venga el tiempo de mi resurrección. “Mi espíritu”. Hay diversidad de opinión en cuanto al significado de esta palabra. Ordinariamente la palabra espíritu es sinónimo de alma, que es la forma substancial del cuerpo, pero puede significar también la vida misma, pues respirar es el signo de la vida. Aquellos que respiran viven, y mueren los que dejan de respirar. Si por la palabra Espíritu entendemos aquí el alma de Cristo, debemos guardarnos de pensar que su alma, en el momento de la separación del cuerpo, estaba en peligro. Estamos acostumbrados a encomendar con muchas oraciones y ansiedades las almas de los agonizantes, porque están a punto de aparecer delante del tribunal de un Juez estricto para recibir su recompensa o castigo por sus pensamientos, palabras y hechos. El alma de Cristo no estaba en tal necesidad, porque disfrutaba de la Visión Beatífica desde el tiempo de su creación, estaba unida hipostáticamente a la persona del Hijo de Dios, y podía incluso ser llamada el Alma de Dios, y también porque dejaba el cuerpo victoriosa y triunfante, objeto de terror para los demonios, y no un alma a ser asustada por ellos. Si la palabra “espíritu” es entonces tomada como sinónimo de alma, el sentido de estas palabras de Nuestro Señor “Te encomiendo mi Espíritu” es que el Alma de Dios que estaba en el cuerpo como en un tabernáculo estaba a punto de lanzarse a las manos del Padre como en un lugar de confianza, hasta que debiera regresar al cuerpo, de acuerdo a las palabras del Libro de la Sabiduría:

“Las almas de los justos están en las manos de Dios”[329]. Sin embargo, el sentido comúnmente aceptado de la palabra en este pasaje es la vida del cuerpo. Con esta interpretación la palabra puede ser entonces ampliada. Entrego ahora mi aliento de vida, y mientras dejo de respirar, dejo de vivir. Pero este aliento, esta vida, te la confío a Ti, Padre mío, para que en breve puedas nuevamente restituirla a mi cuerpo. Nada de lo que guardas perece. En Ti todas las cosas viven. Con una palabra llamas a la existencia cosas que no eran, y con una palabra das la vida a aquellos que no la tenían.

Podemos entender que esta es la verdadera interpretación de la palabra del salmo 30, uno de los versículos que Nuestro Señor cita: “Sácame de la red que me han tendido, que tú eres mi refugio; en tus manos encomiendo mi espíritu”[330]. En este versículo, el profeta claramente significa “vida” por la palabra “espíritu”, pues pide a Dios preservar su vida, y no sufrir muerte por sus enemigos. Si consideramos el contexto en el Evangelio, está claro que éste es el sentido que Nuestro Señor quería darle. Pues luego de haber dicho “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”, el evangelista añade:

“Y diciendo esto expiró”[331]. Ahora bien, expirar es lo mismo que cesar de respirar, característica sólo de los que viven. No puede ser dicho del alma, que es la forma substancial del cuerpo, como puede ser dicho del aire que inhalamos, que lo respiramos mientras vivimos, y que dejamos de respirarlo tan pronto morimos. Finalmente, nuestra interpretación es asegurada por las palabras de San Pablo: “El cual habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente”[332]. Algunos autores refieren este pasaje a la oración de Nuestro Señor en el huerto: “Abba, Padre, todo es posible para ti, aparta de mí este cáliz”[333]. Pero esto es incorrecto, pues Nuestro Señor en aquella ocasión ni oró con un fuerte grito, ni fue escuchada su oración, y Él mismo no quería ser escuchado para ser librado de la muerte. Oró para que el cáliz de su Pasión fuera apartado de Él para mostrar su natural rechazo a la muerte, y para aprobar que realmente era hombre cuya naturaleza es temer su llegada. Y luego de esta oración añadió: “Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”[334]. En consecuencia, la oración en el Huerto no era la oración a la que alude el Apóstol en su Carta a los Hebreos. Otros, refieren este texto de San Pablo a la oración que Cristo hizo en la Cruz por aquellos que lo estaban crucificando. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”[335]. En aquella ocasión, sin embargo, Nuestro Señor no oró con un fuerte grito, y no oró por sí mismo, ni tampoco oró para ser librado de la muerte, siendo ambas de estas cosas mencionadas claramente por el Apóstol como el fin de la oración de Nuestro Señor. Queda entonces que las palabras de San Pablo se deben referir a la oración hecha por Cristo al morir: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”[336]. Esta plegaria, dice San Lucas, la hizo con fuerte voz: “Y Jesús, dando un fuerte grito, dijo”. Las palabras tanto de San Pablo como San Lucas concuerdan con esta interpretación. Más aún, como dice San Pablo, Nuestro Señor oró para ser salvado de la muerte, y esto no puede significar que oró para ser salvado de la muerte en la Cruz, pues en ese caso su plegaria no fue escuchada, y el Apóstol nos asegura que fue escuchada. El verdadero significado es que Él oró para no ser devorado por la muerte, sino solamente para probar la muerte y luego regresar a la vida. Esta es la explicación evidente de estas palabras: “Habiendo ofrecido ruegos y súplicas con poderoso clamor de lágrimas al que podía salvarle de la muerte”[337]. Nuestro Señor no podía sino saber que Él iba a morir ya que estaba tan cerca de la muerte, y deseó ser librado de la muerte sólo en el sentido de no ser cautivo de la muerte. En otras palabras, oró por su pronta resurrección, y su oración fue rápidamente concedida, pues se alzó triunfante el tercer día. Esta interpretación del pasaje de San Pablo prueba más allá de toda duda que cuando el Señor dijo: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”, la palabra “espíritu” es sinónimo de vida y no de alma. Nuestro Señor no estaba ansioso por su Alma, pues la sabía segura, pues gozaba ya de la Visión Beatífica, y había visto a su Dios cara a cara desde el momento de su creación, pero estaba ansioso por su cuerpo, sabiendo con anticipación que pronto estaría privado de vida, y oró para que su cuerpo no esté largo tiempo en el sueño de la muerte. Esta oración fue tiernamente escuchada y concedida abundantemente.

CAPÍTULO XX

El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

De acuerdo a la práctica que hasta ahora hemos seguido, recogeremos algunos frutos de la consideración de la última palabra dicha por Cristo en la Cruz, y de su muerte que sucedió inmediatamente. Y primero mostraremos la sabiduría, el poder, y la infinita caridad de Dios desde la misma circunstancia que parece acompañada de tanta debilidad e insensatez. Su fuerza es claramente manifestada en esto: que Nuestro Señor murió mientras gritaba con fuerte voz. De esto concluimos que si hubiese sido su voluntad no habría tenido que morir, pero murió porque así quiso. Como regla, las personas a punto de morir pierden gradualmente su fuerza y su voz, y en el último instante no son capaces de articular palabra. Y así, no fue sin razón que el Centurión, al escuchar grito tan fuerte proferido de los labios de Cristo, que había perdido casi hasta la última gota de su sangre, exclamó: “Verdaderamente éste era el Hijo de Dios”[338].

Cristo es un Señor poderoso, tanto que mostró su fuerza incluso en su muerte, no solo al gritar fuertemente con sus últimas fuerzas, sino también al hacer temblar la tierra, quebrando las rocas en pedazos, abriendo tumbas, y rasgando el velo del Templo. Sabemos, por autoridad de San Marcos, que todas estas cosas ocurrieron en la muerte de Cristo, y todos y cada uno de estos eventos tiene su significado oculto, en el que es manifestada su Divina sabiduría. El terremoto y el quebrarse de las rocas manifestaron que su Muerte y Pasión moverían a muchos hombres a arrepentirse, y suavizaría los corazones más duros. San Lucas da esta interpretación a estos misteriosos presagios, pues luego de mencionarlos, añade que lo judíos se volvieron tras haber presenciado la Crucifixión “golpeándose el pecho”[339]. El abrirse de las tumbas prefiguró la gloriosa resurrección de los muertos, que fue uno de los resultados de la muerte de Cristo. El rasgado del velo del Templo, por lo cual el Santo de los Santos podía ser visto, fue prenda de que el Cielo sería abierto por los méritos de su Muerte y Pasión, y que todos los predestinados verían entonces a Dios cara a cara. Ni tampoco fue su sabiduría manifestada solamente en estos signos y maravillas. Fue manifestada también produciendo vida de la muerte, como fue prefigurado por Moisés al producir agua de la roca[340], y por el símil en el que Cristo se compara a sí mismo como a un grano de trigo[341]. Pues así como es necesario para el grano morir para dar fruto, así por su Muerte en la Cruz Cristo enriqueció por la vida de gracia innumerables multitudes de todas las naciones. San Pedro expresa la misma idea cuando habla de Jesucristo como “devorando la muerte para que fuésemos herederos de la vida eterna”[342]. Como si dijera: el primer hombre probó el fruto prohibido y sujetó su posteridad a la muerte; el Segundo Hombre probó la amarga fruta de la muerte, y todos los que renacen en Él reciben la vida eterna. Finalmente, su sabiduría fue manifestada en el modo de su Muerte, pues desde ese momento la Cruz, a lo que no había habido nada más ignominioso y desgraciado, se convirtió en emblema tan digno y glorioso que incluso los reyes lo consideran un honor usarlo como ornamento. En su adoración de la Cruz, la Iglesia canta: “Suaves son los clavos, y suave la madera, que soporta un peso tan suave y bueno”.

San Andrés, al mirar la cruz en la que iba a ser crucificado, exclamó: “Salve, preciosa cruz, que has sido adornada por los preciosos miembros de mi Señor. Largo tiempo te he deseado, ardientemente te he buscado, ininterrumpidamente te he amado, y ahora te encuentro lista para recibir mi anhelante alma. Seguro y lleno de alegría vengo a ti, recíbeme pues en tu abrazo, ya que soy discípulo de Cristo mi Señor, que me redimió al colgar de ti”.

Qué decir ahora de la infinita caridad de Dios. Previamente a su muerte Nuestro Señor dijo: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”[343]. Cristo literalmente dio su vida, pues nadie podía privarlo de ella en contra de su voluntad. “Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente”[344]. Un hombre no puede mostrar mayor amor por sus amigos que dando la vida por ellos, puesto que nada es más precioso o querido que la vida, ya que es el fundamento de toda felicidad. “Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?”[345], esto es, su vida. Cada uno instintivamente rechaza con todas sus fuerzas un ataque en contra de su vida. Leemos en Job: “Piel por piel, todo lo que el hombre posee lo da por su vida”[346]. Hasta ahora, sin embargo, hemos visto este hecho en una manera general. Descenderemos ahora a lo particular. De muchos modos, y de inefable manera, Cristo mostró su amor hacia toda la raza humana, y hacia cada individuo, al morir en la Cruz. En primer lugar, su vida era la más preciosa de todas las vidas, puesto que era la vida del Hombre-Dios, la vida del más poderoso de los reyes, la vida del más sabio de los doctores, la vida del mejor de los hombres. En segundo lugar, Él dio su vida por sus enemigos, por los pecadores, por los desdichados ingratos. Más aún, dio su vida para que al precio de su misma Sangre estos pecadores, estos desdichados ingratos, puedan ser arrebatados de las llamas del infierno. Y finalmente, dio su vida para hacer a estos enemigos, estos pecadores, estos desdichados ingratos, sus hermanos y coherederos y conjuntamente poseedores con Él de la alegría eterna en el Reino de los Cielos. ¿Podrá haber una sola alma tan endurecida e ingrata para no amar a Jesucristo con todo su corazón? Oh Dios, convierte a Ti nuestros corazones de piedra, y no sólo nuestros corazones, sino los corazones de todos los cristianos, los corazones de todos los hombres, incluso los corazones de los infieles que nunca te han conocido, y de los ateos que te han negado.

CAPÍTULO XXI

El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Otro y muy provecho fruto sería cosechado de la consideración de esta palabra si pudiésemos hacernos el hábito de repetirnos continuamente la oración que Cristo nuestro Señor nos enseñó en la Cruz con su último aliento: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”[347]. Nuestro Señor no tenía necesidad como nosotros para hacer tal oración. Él era el Hijo de Dios. Nosotros somos siervos y pecadores, y en consecuencia nuestra Santa Madre y Señora, la Iglesia, nos enseña a hacer constante uso de esta plegaria, y repetir no sólo la parte que usó nuestro Señor, sino entera, como la hallamos en los Salmos de David: “En tus manos encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”[348]. Nuestro Señor omitió la última parte del versículo porque Él era el Redentor y no uno a ser redimido, pero aquel que ha sido redimido con su preciosa Sangre no debe omitirlo. Más aún, Cristo, como el Hijo Unigénito de Dios, oró a su Padre. Nosotros, por otro lado, oramos a Cristo como nuestro Redentor, y en consecuencia no decimos “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, sino “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. El protomártir San Esteban fue el primero en usar esta oración cuando en el momento de su muerte exclamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”[349].

Nuestra Santa Madre Iglesia nos enseña a hacer uso de esta jaculatoria en tres distintas ocasiones. Nos enseña a decirla diariamente al comienzo de las completas, como aquellos que recitan el Oficio Divino pueden confirmarlo. En segundo lugar, cuando nos acercamos a la Sagrada Eucaristía, luego del “Domine non sum dignus”, el sacerdote dice primero para sí mismo y luego para los otros que comulgan: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Finalmente, al momento de la muerte, recomienda a todos los fieles imitar a su Señor al morir en el uso de esta plegaria. No hay duda de que somos ordenados a usar este versículo en las Completas, porque esa parte del Oficio Divino es rezada al final del día, y San Basilio en sus reglas explica cuán fácil es al llegar la oscuridad, y empieza la noche, encomendar nuestro espíritu a Dios, para que si súbitamente nos coge la muerte, no seamos hallados desprevenidos. La razón por la que debemos usar la misma jaculatoria en el momento en que recibimos la Sagrada Eucaristía es clara, pues el recibir la Sagrada Eucaristía es riesgoso y a la vez tan necesario, que no podemos ni acercarnos con mucha frecuencia ni abstenernos sin peligro: “Quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre de Cristo Nuestro Señor”, y “come y bebe su propio castigo”[350]. Y aquel que no recibe el Cuerpo de Cristo Nuestro Señor no recibe el pan de vida, incluso la vida misma. Así que estamos rodeados de peligros como hombres hambrientos, inseguros de si la comida que es ofrecida está envenenada o no. Con miedo y temblor hemos entonces de exclamar: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo, a menos que Tú en tu bondad me hagas digno, y por tanto di solo una palabra y mi alma será sanada. Pero como no tengo razón para dudar si Tu te dignarías curar mis heridas, encomiendo mi espíritu a tus manos, para que llegado el momento, tú puedas estar cerca y asistir a mi alma, a la que has redimido con tu preciosa Sangre.

Si algunos cristianos pensaran seriamente en estas cosas, no estarían tan prontos a recibir el sacerdocio con el objeto de ganarse la vida con los estipendios que reciben de las misas. Tales sacerdotes no están tan ansiosos de acercarse a este gran Sacrificio con una preparación adecuada, como lo están para obtener el fin que se proponen, que es asegurar la comida para sus cuerpos, y no para sus almas. Hay también otros que, asistentes a los palacios de prelados y príncipes, se aproximan a este gran misterio a través del respeto humano, por miedo a que por accidente incurran en desagradar a sus señores al no comulgar a las horas regularmente constituidas. ¿Qué ha de hacerse entonces? ¿Es más ventajoso acercarse con poca frecuencia a este Banquete Divino? Ciertamente no. Mucho mejor es acercarse frecuentemente pero con la debida preparación, pues, como dice San Cirilo, mientras menos nos aproximamos menos estamos preparados para recibir el mana celestial.

La llegada de la muerte es un tiempo cuando nos es necesario repetir con gran ardor una y otra vez la plegaria: “en tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”. Pues si nuestra alma al dejar nuestro cuerpo cae en las manos de Satanás, no hay esperanza de salvación. Si por el contrario, cae en las manos paternales de Dios, no hay más causa alguna para temer el poder del enemigo. Consecuentemente con intenso dolor, con verdadera y perfecta contrición, con confianza ilimitada en la misericordia de nuestro Dios, debemos en el momento temido clamar una y otra vez: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Y en ese último momento, aquellos que durante la vida pensaron poco en Dios son más severamente tentados a la desesperanza, porque no tienen ahora mayor tiempo para arrepentirse. Deben alzar ahora el escudo de la fe, recordando que está escrito: “La maldad del malvado no le hará sucumbir el día en que se aparte de su maldad”[351], y el yelmo de la esperanza, confiando en la bondad y la compasión de Dios, y repitiendo continuamente “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, ni fallar en añadir aquella parte de la plegaria que es el fundamento de nuestra esperanza: “pues Tu me has redimido, Señor, Dios de verdad”. ¿Quién puede devolver a Jesús la sangre inocente que ha derramado por nosotros? ¿Quién puede pagar de vuelta el rescate con el que nos ha comprado? San Agustín, en el libro noveno de sus Confesiones, nos alienta a poner confianza ilimitada en nuestro Redentor, porque la obra de nuestra redención, una vez realizada, nunca será inútil o inválida, a menos que le pongamos a su efecto una barrera impenetrable por nuestra desesperanza y falta de penitencia.

CAPÍTULO XXII

El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

El tercer fruto en ser recogido es el siguiente. Al acercarse la muerte debemos confiar no tanto en las limosnas, ayunos, y oraciones de nuestros parientes y amigos. Muchos, durante la vida, se olvidan todo acerca de sus almas, y no piensan en nada más y no hacen nada más que amontonar dinero para que sus hijos y nietos puedan abundar en riquezas. Cuando se aproxima la muerte empiezan por primera vez a pensar en sus propias almas, y como han dejado toda su substancia mundana a sus parientes, les encomiendan también sus almas para que sean asistidas por sus limosnas, oraciones, el sacrificio de la Misa, y otras obras buenas. El ejemplo de Cristo no nos enseña a actuar de esta manera. Él encomendó su Espíritu no a sus parientes, sino a su Padre. San Pedro no dice que actuemos de esta manera, sino que “encomendemos” nuestras “almas al Creador haciendo el bien”[352].

No encuentro falta en aquellos que ordenan o buscan o desean que se hagan caridades y que sea ofrecido el Santo Sacrificio por el reposo de sus almas, pero culpo a aquellos que ponen excesiva confianza en las oraciones de sus hijos y parientes, pues la experiencia enseña que los muertos son prontamente olvidados. Lamento también que en asunto de tal importancia como es la salvación eterna los cristianos no obren por sí mismos, no hagan ellos mismos sus limosnas, y se aseguren amistades por quienes, de acuerdo al Evangelio, puedan ser recibidos “en eternas moradas”[353]. Finalmente, reprendo severamente a aquellos que no obedecen al Príncipe de los Apóstoles, que nos ordena encomendar nuestras almas al fiel Creador, no solo por nuestras palabras, sino por nuestras buenas obras. Las obras que nos serán ventajosas en presencia de Dios son aquellas que nos hacen eficaz y verdaderamente cristianos piadosos. Escuchemos las voces del Cielo que resonaban en los oídos de San Juan: “Y oí una voz que decía desde el cielo: escribe: dichosos los muertos que mueren en el Señor. Desde ahora, dice el Espíritu, que descansen de sus fatigas, porque sus obras los acompañan”[354]. Por tanto, las buenas obras que son hechas mientras vivimos, y no las que son hechas para nosotros por nuestros hijos y parientes luego de nuestra muerte, son las buenas obras que nos acompañarán. Particularmente si no son solamente buenas en sí mismas, sino, como lo expresa San Pedro –no sin cierto significado oculto–, cuando están bien hechas. Muchos pueden enumerar cantidades de buenas obras que han hecho, muchos sermones, Misas diarias, el rezo del Oficio Divino por años, el ayuno anual de Cuaresma, frecuentes limosnas. Pero cuando todas estas son pesadas en la escala Divina, y hay un escrutinio rígido para determinar si han sido hechas bien, con intención justa, con la debida devoción, en el lugar y tiempo adecuados, con un corazón lleno de gratitud hacia Dios… Oh, ¿cuántas cosas que parecían meritorias se volverán en detrimento nuestro? ¿Cuántas cosas que al juicio de los hombres aparecían como oro y plata y piedras preciosas, serán halladas de madera y paja y rastrojo, buenas solo para la fogata? Esta consideración me alarma no poco, y mientras más cercano me encuentro a la muerte, pues el Apóstol me advierte “lo anticuado y viejo está a punto de cesar”[355], más claramente veo la necesidad de seguir el consejo de San Juan Crisóstomo. Aquel santo doctor nos dice que no pensemos mucho en nuestras buenas obras, porque si son realmente buenas, estos es, bien realizadas, están ya escritas en el Libro de la Vida, y no hay peligro de que seamos defraudados de nuestros justos méritos; y nos alienta a pensar más bien en nuestras acciones malas, y luchar para expiarlas con corazón contrito y espíritu humilde, con muchas lágrimas y un serio arrepentimiento[356]. Aquellos que siguen este consejo pueden exclamar con gran confianza en el momento de su muerte: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, Tu me has redimido, Señor, Dios de la verdad”.

CAPÍTULO XXIII

El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

Sigue un cuarto fruto en ser recogido de la alegre manera en que la plegaria de Jesucristo fue escuchada, lo cual nos debería animar a un mayor fervor al encomendar nuestros espíritus a Dios. Con gran verdad nos dice el Apóstol que Nuestro Señor Jesucristo “fue escuchado por su reverencia”[357].

Nuestro Señor oró a su Padre, como hemos mostrado antes, por la pronta resurrección de su Cuerpo. Su plegaria fue concedida, pues la resurrección no fue prolongada más allá de lo necesario para establecer el hecho de que el Cuerpo de Nuestro Señor estuvo realmente separado de su alma. A menos que pudiese ser probado que su Cuerpo había sido realmente privado de vida, la resurrección y la estructura de la fe cristiana construida sobre ese misterio caerían a tierra. Cristo hubiese tenido que permanecer en la tumba por lo menos cuarenta horas para realizar el signo del profeta Jonás, de quien Él mismo dijo que prefiguraba su propia muerte. Para que la resurrección de Cristo pudiese ser acelerada lo más posible, y que fuese evidente que su plegaria había sido escuchada, los tres días y las tres noches que Jonás pasó en el estómago de la ballena, fueron, en relación a la resurrección de Cristo, reducidos a un día entero y partes de dos días. Así que el tiempo que estuvo el cuerpo de Nuestro Señor en el sepulcro no son propiamente, más que por una figura del lenguaje, tres días y tres noches. Dios Padre no sólo oyó la oración de Cristo acelerando el tiempo de su resurrección, sino al dar a su cuerpo muerto una vida incomparablemente mejor que la que tenía antes. Antes de su muerte, Cristo era mortal. La vida que le fue restituida era inmortal. Antes de su muerte la vida de Cristo era pasible, y sujeta al hambre y la sed, a la fatiga y a las heridas. La vida que le fue restituida era impasible. Antes de su muerte la vida de Cristo era corpórea, la vida que le fue restituida era espiritual, y el cuerpo estaba tan sujeto al espíritu que en un abrir y cerrar de ojos podía llevarse a donde el alma quisiese. El Apóstol da la razón por la cual la oración de Cristo fue tan prontamente concedida al decir que “fue escuchado por su reverencia”. La palabra griega conlleva la idea de un temor reverencial que era una cualidad distintiva del respeto que sentía Cristo por su Padre. Así, Isaías al enumerar los dones del Espíritu Santo que adornarían el alma de Cristo dice: “Reposará sobre él el espíritu del Señor, espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y de piedad, y será lleno del espíritu del temor de Dios”[358]. Mientras el alma de Cristo se llenaba de temor reverencial por su Padre, proporcionalmente el Padre se llenaba de complacencia en su Hijo: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[359]. Y como el Hijo reverenció al Padre, el Padre escuchó su oración y le concedió lo que pedía.

Se sigue que si queremos ser escuchados por nuestro Padre Celestial, y que sean concedidas nuestras oraciones, debemos imitar a Cristo al aproximarnos a nuestro Padre que está en el cielo con gran reverencia, prefiriendo su honor a todo lo demás. Entonces sucederá que nuestras peticiones serán escuchadas, y especialmente aquella de la que depende nuestro lote en la eternidad; que al acercarse la muerte Dios preserve nuestras almas, que han sido encomendadas a su cuidado, del león rugiente que está rondando listo para recibir su presa. Que nadie piense, sin embargo, que la reverencia a Dios es mostrada meramente en genuflexiones, en descubrirnos la cabeza, y tales señales externas de adoración y honor. En adición a esto, el temor reverencial implica un gran temor de ofender la Divina Majestad, un íntimo y continuo horror del pecado, no por miedo al castigo, sino por amor a Dios. Fue provisto con este temor reverencial que no se atrevía ni siquiera pensar de pecar en contra de Dios: “Dichoso el hombre que teme a Yahveh, que en sus mandamientos mucho se complace”[360]. Tal hombre verdaderamente teme a Dios, y puede por eso ser llamado dichoso, pues se esfuerza por cumplir todos sus mandamientos. La santa viuda Judit “era muy estimada de todos, porque temía mucho al Señor”[361]. Ella era tanto joven como rica, pero nunca cedió ni se entregó a una situación de pecado. Se mantuvo con sus sirvientas apartada en su habitación, y “llevaba ceñido un sayal, y ayunaba todos los días de su vida a excepción de los sábados, novilunios y fiestas de la casa de Israel”[362]. Observen con cuanto celo, incluso bajo la antigua ley, que permitía mayor libertad que el Evangelio, una mujer joven y rica evitó los pecados de la carne, y por ninguna razón más que “porque temía mucho al Señor”. Las Sagrada Escritura menciona lo mismo del santo Job, quien hizo un pacto con sus ojos para no mirar virgen alguna, estos es, no miraría a una virgen por miedo de que alguna sombra de pensamiento impuro cruzara su mente. ¿Por qué el Santo Job tomó tales precauciones? “Hice un pacto con mis ojos para ni siquiera pensar en una virgen. Porque ¿qué parte tendría Dios en mí desde arriba y qué herencia el Omnipotente desde las alturas?”[363]. Lo que significa que si algún pensamiento impuro lo manchase, no tendría más la herencia de Dios, ni Dios sería su parte. Si quisiera mencionar los ejemplos de los santos del Nuevo Testamento, nunca acabaría. Este es, pues, el temor reverencial de los santos. Si estuviésemos llenos del mismo temor, no habría nada que no obtendríamos fácilmente de nuestro Padre Celestial.

 

CAPÍTULO XXIV

El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

El último fruto es cosechado de la consideración de la obediencia mostrada por Cristo en sus últimas palabras y en su muerte en la Cruz. Las palabras del Apóstol: “Se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”[364], reciben su completa realización cuando Nuestro Señor expiró con estas palabras en sus labios: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Para poder recoger el fruto más precioso del árbol de la Santa Cruz debemos esforzarnos por examinar todo lo que pueda ser dicho de la obediencia de Cristo. Él, el Señor y Patrón de toda virtud, tuvo hacia su Padre Celestial una obediencia tan pronta y perfecta como para hacer imposible imaginar o concebir algo mayor.

En primer lugar, la obediencia de Cristo a su Padre empezó con su concepción y continuó ininterrumpidamente hasta su muerte. La vida de Nuestro Señor Jesucristo fue un perpetuo acto de obediencia. El alma de Cristo disfrutó desde el momento de su creación el ejercicio de su libre voluntad, estando llena de gracia y sabiduría, y en consecuencia, aun cuando estaba encerrado en el vientre de su Madre, era capaz de practicar la virtud de la obediencia. El salmista, hablando en la persona de Cristo, dice: “En el principio del libro está escrito de mí que debo hacer tu voluntad. Dios mío, lo he deseado y tu ley está arraigada en medio de mi corazón”[365]. Estas palabras pueden ser simplificadas así: “En el principio del libro”, esto es desde el principio hasta el fin de los textos inspirados de la Escritura, está mostrado que fui elegido y enviado al mundo “para hacer tu voluntad. Dios mío, lo he deseado” y libremente aceptado. He puesto “la ley”, tu mandamiento, tu deseo, “en medio de mi corazón”, para meditar sobre él constantemente, para obedecerlo puntual y prontamente. Las palabras mismas de Cristo significan igual: Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado, y llevar a cabo su obra”[366]. Pues así como un hombre no come de vez en cuando, a intervalos distantes uno del otro durante su vida, sino que diariamente come y se goza en ello, así Cristo Nuestro Señor era firme en ser obediente a su Padre todos los días de su vida. Era su alegría y su placer. “He bajado del cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado”[367]. Y nuevamente: “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque hago siempre lo que le agrada a Él”[368]. Y puesto que la obediencia es el más excelente de todos los sacrificios, como dijo Samuel a Saúl[369], así cada acción que Cristo realizó durante su vida fue un sacrificio agradabilísimo para la Divina Majestad. La primera prerrogativa entonces de la obediencia de Nuestro Señor es que duró desde el momento de su Concepción hasta su muerte en la Cruz.

En segundo lugar, la obediencia de Cristo no estaba limitada a un tipo de tarea particular, como parece ser a veces el caso de otros hombres, sino que se extendió a todo lo que le plugo al Padre Eterno ordenar. De esto vinieron muchas de las vicisitudes en la vida de Nuestro Señor. En un momento lo vemos en el desierto sin comer ni beber, tal vez privándose incluso del sueño, y viviendo con “con las fieras”[370]. En otro momento lo vemos mezclándose con los hombres, comiendo y bebiendo con ellos. Luego viviendo en la oscuridad y el silencio en Nazaret. Ahora aparece ante el mundo dotado de elocuencia y sabiduría, y obrando milagros. En una ocasión ejerce su autoridad y bota del Templo a aquellos que lo estaban profanando al negociar dentro de él. En otra ocasión se esconde, y como un hombre débil y sin fuerza se aleja de la muchedumbre. Todas estas diferentes acciones requieren un alma desprendida de sí, y devota a la voluntad de otra. A menos que previamente hubiese dado el ejemplo de renunciar a todo lo que la naturaleza humana alaba, no hubiera dicho a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo”[371], que renuncie a su propia voluntad y a su propio juicio. A menos que estuviese preparado para dar su vida con tanta prontitud que pareciese que en verdad la odiaba, no habría alentado a sus discípulos con tales palabras como “Si alguno viene a mí y no aborrece a su padre, madre, mujer e hijos, hermanos y hermanas, e incluso su propia vida, no puede ser mi discípulo”[372]. Esta renuncia de uno mismo, tan conspicua en la personalidad de Nuestro Señor, es la verdadera raíz y, como tal, madre de la obediencia. Y aquellos que no están preparados para el sacrificio personal nunca adquirirán la perfección de la obediencia. ¿Cómo puede un hombre obedecer prontamente la voluntad de otro si prefiere su propia voluntad y juicio a la del otro? La vasta orbe del cielo obedece a las leyes de la naturaleza tanto al amanecer como al ponerse. Los ángeles son obedientes a la voluntad de Dios. No tienen voluntad propia opuesta a la de Dios, sino que están felices unidos a Dios, y son uno en espíritu con Él. Y así canta el salmista: “Bendigan al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, que son ejecutores de su palabra, para obedecer la voz de sus órdenes”[373].

En tercer lugar, la obediencia de Cristo no fue solo infinita en su longitud y anchura, pero proporcionalmente como por el sufrimiento fue humillada hasta lo más bajo, así en cuanto a su recompensa será exaltada. La tercera característica entonces de la obediencia de Cristo es que fue probada por el sufrimiento y las humillaciones. Para cumplir la voluntad de su Padre Celestial, el niño Cristo, en completo uso de todas sus facultades, consintió en ser encerrado por nueve meses en la oscura prisión del vientre de su Madre. Otros bebés no sienten esta privación pues no tienen uso de razón, pero Cristo tenía uso de razón, y debe haber temido el confinamiento en el estrecho vientre, incluso del vientre de la que había escogido como Madre. A través de la obediencia a su Padre, y por el amor que le tenía, superó a la muerte, y la Iglesia dice: Cuando asumiste sobre Ti el liberar al hombre, no aborreciste el vientre de la Virgen”. Nuevamente, nuestro querido Señor necesitó no poca paciencia y humildad para asumir las maneras y debilidades de un pequeño, cuando no solamente era más sabio que Salomón, sino que era el Hombre “en quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento”[374].

Consideren, más aún, cuánto habrá sido su auto-control y mansedumbre, su paciencia y humildad, para haber permanecido dieciocho años, desde los doce hasta los treinta, escondido en una oscura casa en Nazaret, haber sido tenido como el hijo de un carpintero, haber sido llamado carpintero, haber sido tomado como un hombre ignorante y sin educación, cuando al mismo tiempo su sabiduría sobrepasaba la de los ángeles y hombres juntos. Durante su vida pública, adquirió gran renombre por su predicación y sus milagros, pero sufrió grandes necesidades y soportó muchos reveses. “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde descansar la cabeza”[375]. Adolorido de pies y fatigado, se sentaba al costado de un pozo. Y hubiese podido rodearse con abundancia de todas las cosas, por el servicio de hombres o ángeles, de no haber estado impedido por la obediencia que le debía a su Padre. ¿Me detendré en las contradicciones que sufrió, en los insultos que soportó, en las calumnias que fueron habladas en contra de Él, en sus heridas y en la corona de espinas de su Pasión, en la ignominia de la Cruz misma? Su humilde obediencia ha tomado tan honda raíz que solo podemos maravillarnos y admirarla. No podemos imitarla perfectamente.

Hay todavía una mayor profundización a su obediencia. La obediencia de Cristo finalmente llegó a este estado, en que con fuerte voz clamó: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y diciendo esto, expiró”[376]. Parecería que el Hijo de Dios quisiese dirigirse a su Padre de esta manera: “Este mandamiento he recibido de Ti, Padre mío”[377], dar mi vida para poder recibirla nuevamente de tus manos. El tiempo ha llegado ahora para cumplir este último mandamiento tuyo. Y aunque la separación de mi alma y mi cuerpo será una separación dura, porque desde el momento de su creación han permanecido unidas en gran paz y amor, y aunque la muerte encontró una entrada en este mundo a través de la maldad del demonio, y la naturaleza humana se rebela contra la muerte, aún así tus mandamientos están profundamente fijos en lo más íntimo de mi corazón, y prevalecerán incluso sobre la muerte misma. Por tanto estoy preparado para probar la amargura de la muerte, y tomar hasta lo último el cáliz que has preparado para mí. Pero como es tu deseo que entregue mi vida de tal manera que la reciba de nuevo de Ti, así, “en tus manos encomiendo mi Espíritu”, para que puedas restaurármela como quieras. Y entonces, habiendo recibido el permiso de su Padre para morir, inclinó la cabeza como manifestación de su obediencia, y expiró. Su obediencia triunfó y prevaleció. No sólo recibió su recompensa en la persona de Cristo, quien, porque su humilló por debajo de todo, y obedeció todo por amor a su Padre, ascendió al cielo, y desde su trono gobierna todo, sino que tiene su recompensa también en esto: que todo el que imita a Cristo ascenderá a los cielos, será puesto como Señor sobre todos los bienes de su Señor, y será partícipe de su dignidad real y poseedor de su Reino para siempre. Por otro lado, la virtud de la obediencia ha ganado tan manifiesta victoria sobre los espíritus rebeldes, desobedientes y orgullosos, como para hacerlos temblar y huir a la vista de la Cruz de Cristo.

Quien sea que desee ganar la gloria del cielo, y encontrar verdadera paz y descanso para su alma, debe imitar el ejemplo de Cristo. No sólo los religiosos que se han ligado a sí mismos por el voto de obediencia a su superior, quien representa a Dios, sino todos los hombres que desean ser discípulos y hermanos de Cristo deben aspirar a ganar esta victoria espiritual sobre sí mismos. De otro modo, estarán miserablemente para siempre con los orgullosos demonios del infierno. Puesto que la obediencia es un precepto divino, y ha sido impuesto sobre todos, es necesario para todos. Para todos sin excepción fueron dirigidas las palabras de Cristo: “Tomad sobre vosotros mi yugo”[378]. A todos los predicadores del Evangelio dice: “Obedeced a vuestros prelados y someteos a ellos”[379]. A todos los reyes dice Samuel: “¿Pues qué prefiere el Señor, holocaustos y víctimas, o más bien que se obedezca la voz del Señor? Mejor es obedecer que sacrificar”[380]. Y para mostrar la grandeza del pecado de la desobediencia añade: “Porque como pecado de hechicería es la rebeldía” contra los mandamientos de Dios, o los mandamientos de aquellos que ejercen el lugar de Dios.

En consideración a aquellos que voluntariamente se entregan a la práctica de la obediencia, y someten su voluntad a la de su superior, diré unas pocas palabras de su feliz estado de vida. El profeta Jeremías, inspirado por el Espíritu Santo, dice “Es bueno para el hombre haber llevado el yugo desde su juventud. Se sentará solitario y mantendrá su paz, porque aceptó llevar el yugo sobre sí”[381]. Cuán grande es la alegría contenida en estas palabras “¡Es bueno!”. Por el resto de la frase podemos concluir que ellos abrazan todo lo que es útil, honorable, deseable, de hecho, todo en lo que debe consistir la felicidad. El hombre que está acostumbrado desde su juventud al yugo de la obediencia, será libre a lo largo de su vida del aplastante yugo de los deseos carnales. San Agustín, en el libro octavo de sus Confesiones, reconoce la dificultad que un alma, que por años ha obedecido a la concupiscencia de la carne, debe experimentar al sacudir tal yugo, y por otro lado habla de la facilidad y de la gloria que experimentamos al cargar el yugo del Señor si es que las trampas del vicio no han atrapado al alma. Más aún, no es ganancia poco considerable obtener mérito por cada acción en presencia de Dios. El hombre que no realiza ninguna acción por su propio libre querer, sino que hace todo por obediencia a su superior, ofrece a Dios en cada acción un sacrificio agradabilísimo a Él, pues como dice Samuel: “Mejor es obedecer que sacrificar”[382]. San Gregorio da una razón para esto: “Al ofrecer víctimas –dice– sacrificamos la carne de otro. Por la obediencia nuestra propia voluntad es sacrificada”[383]. Y lo que es aún más admirable en esto es que, incluso si un Superior peca al dar una orden, el sujeto no sólo no peca, sino que incluso obtiene mérito por su obediencia siempre y cuando lo ordenado no vaya en contra de la ley de Dios. El Profeta continua: “Se sentará solitario y mantendrá su paz”. Estas palabras significan que el hombre obediente reposa porque ha hallado paz para su alma. Aquel que ha renunciado a su propia voluntad, y se ha entregado a sí mismo enteramente a realizar la voluntad Divina que es manifestada a él a través de la voz de su superior, nada desea, nada busca, no piensa de nada, nada anhela, sino que es libre de todo cuidado ansioso, y “con María se sienta a los pies del Señor escuchando su voz”[384]. El solitario se sienta, tanto porque vive con aquellos que “no tienen sino un solo corazón y una sola alma”[385], y porque no ama nada con amor privado, individual, sino todo en Cristo y por causa de Cristo. Es silente porque no pelea con nadie, disputa con nadie, litiga con nadie. La razón de esta gran tranquilidad es porque “aceptó llevar el yugo sobre sí”, y es trasladado de las filas de los hombres a las filas de los ángeles. Hay muchos que se preocupan a sí mismos por sí mismos, y actúan como animales privados de razón. Buscan las cosas de este mundo, estiman solo aquellas cosas que complacen los sentidos, alimentan sus deseos carnales, y son avaros, impuros, glotones e intemperados. Otros llevan una vida puramente humana, y se mantienen encerrados en sí mismos, como aquellos que se esfuerzan por escudriñar los secretos de la naturaleza, o descansan satisfechos dando preceptos de moral. Otros, se alzan sobre sí mismos, y con la especial ayuda y asistencia de Dios llevan una vida que es más angelical que humana. Estos abandonan todo lo que poseen en este mundo, y negando su propia voluntad, pueden decir con el Apóstol: “Somos ciudadanos del cielo”[386]. Emulando la pureza, la contemplación, y la obediencia de los ángeles, llevan una vida de ángeles en este mundo. Los ángeles nunca son ensuciados con la mancha del pecado, “ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos”[387], y liberados de todo lo demás, son enteramente absortos en cumplir la voluntad de Dios. “Bendigan al Señor todos sus ángeles, poderosos en fortaleza, que son ejecutores de su palabra, para obedecer la voz de sus órdenes”[388]. Esta es la felicidad de la vida religiosa. Aquellos que en la tierra imitan lo más posible la pureza y la obediencia de los ángeles, sin duda serán partícipes de su gloria en el cielo, especialmente si siguen a Cristo, su Amo y Señor, quien “se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de Cruz”[389], y “siendo Hijo de Dios, aprendió la obediencia por las cosas que padeció”[390], esto es, aprendió por su propia experiencia que la obediencia genuina es probada en el sufrimiento, y en consecuencia su ejemplo nos enseña no sólo obediencia, sino que el fundamento de una verdadera y perfecta obediencia es la humildad y la paciencia. No es prueba de que somos verdadera y perfectamente obedientes al obedecer en cosas que son honorables y agradables. Tales órdenes no nos prueban si es la virtud de la obediencia o algún otro motivo que nos mueve a actuar. Pero un hombre que manifiesta prontitud y ardor en obedecer todo lo que es humillante y laborioso, prueba que es un verdadero discípulo de Cristo, y ha aprendido el significado de la verdadera y perfecta obediencia.

San Gregorio hábilmente nos enseña lo que es necesario para la perfección de la obediencia en las diferentes circunstancias. Dice: “algunas veces recibiremos ordenes agradables, y en otros momentos desagradables. Es de la mayor importancia recordar que en algunas circunstancias, si algo de amor propio se filtra en nuestra obediencia, nuestra obediencia es nula. En otras circunstancias nuestra obediencia será en proporción menos virtuosa en la medida que hay menor sacrificio personal. Por ejemplo: un religioso es puesto en un puesto honorable. Es nombrado superior de un monasterio. Ahora bien, si asume este oficio a través del motivo meramente humano del gusto, estará juntamente falto de obediencia. Ese hombre no es dirigido por obediencia, asumiendo tareas agradables es esclavo de su propia ambición. De la misma manera, un religioso recibe alguna orden humillante si, por ejemplo, cuando su amor propio lo lleva a aspirar a la superioridad, es ordenado realizar algunos oficios que no conllevan ninguna distinción ni dignidad, entonces disminuirá el mérito de su obediencia en proporción a lo que falta en forzar su voluntad en desear el oficio, porque de mala gana y a fuerza obedece en asunto que considera indigno de sus talentos o de su experiencia. La obediencia invariablemente pierde algo de su perfección si el deseo por ocupaciones bajas y humildes no acompaña de alguna manera u otra la obligación forzada de asumirlas. En las órdenes, por tanto, que son repugnantes a la naturaleza, ha de haber algo de sacrificio personal, y en las órdenes que son agradables a la naturaleza no debe haber amor propio. En el primer caso la obediencia será más meritoria mientras más cerca esté unida a la voluntad divina mediante el deseo. En el segundo caso la obediencia será más perfecta mientras más separada esté de cualquier anhelo de reconocimiento mundano. Entenderemos mejor las diferentes señales de la verdadera obediencia al considerar dos acciones de dos santos que están ahora en el cielo[391]. Cuando Moisés estaba pastando las ovejas en el desierto, fue llamado por el Señor, quien le habló a través de la boca de un ángel desde la zarza ardiendo, para llevar al pueblo judío en su éxodo de la tierra de Egipto. En su humildad, Moisés dudó en aceptar tan glorioso mando. “¡Por favor, Señor! —dijo— Desde ayer y antes de ayer yo no soy elocuente, y después que has hablado a tu siervo, me hallo aun tartamudo y pesado de lengua”[392]. Deseó declinar el oficio mismo, y rogó para que pueda ser dado a otro. “Te ruego, Señor, que envíes al que has de enviar”[393]. ¡Mirad! Arguye su falta de elocuencia como una excusa al Autor y Dador del habla, para ser exonerado de una labor que era honorable y llena de autoridad. San Pablo, como dice a los Gálatas[394], fue divinamente advertido de ir a Jerusalén. En el camino se encuentra con el Profeta Ágabo, y se entera por él lo que tendrá que sufrir en Jerusalén. “Ágabo, se acercó a nosotros, tomó el cinturón de Pablo, se ató sus pies y sus manos y dijo: “esto dice el Espíritu Santo: así atarán los judíos en Jerusalén al hombre de quien es este cinturón. Y le entregarán en manos de los gentiles””[395]. A lo que San Pablo inmediatamente respondió: “Yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, sino a morir también en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”[396]. Sin amilanarse por la revelación que recibió acerca de los sufrimientos que le estaban reservados, se dirigió a Jerusalén. Realmente anhelaba sufrir, aunque como hombre debe haber sentido algo de miedo, pero este mismo miedo fue vencido, haciéndolo más valerosos. El amor propio no encontró lugar en la honorable tarea que fue impuesta a Moisés, pues tuvo que vencerse a sí mismo para asumir la guía del pueblo judío. Voluntariamente se dirigió San Pablo hacia el encuentro de la adversidad. Era consciente de las persecuciones que lo aguardaban, y su fervor lo hacía anhelar aun cruces más pesadas. Uno deseó declinar el renombre y la gloria de ser líder de una nación, incluso cuando Dios visiblemente lo llamaba. El otro estaba preparado y deseoso para abrazar las penalidades y tribulaciones por amor a Dios. Con el ejemplo de estos dos santos ante nosotros, debemos decidirnos, si deseamos obtener la perfecta obediencia, a permitir que la voluntad de nuestro superior solamente imponga sobre nosotros tareas honorables, y a forzar nuestra propia voluntad a abrazar los oficios difíciles y humillantes”[397]. Hasta aquí San Gregorio. Cristo nuestro Señor, Señor de todo, había previamente aprobado por su conducta la doctrina aquí expuesta por San Gregorio. Cuando sabía que la gente venía para llevarlo por la fuerza y hacerlo su rey, “huyó al monte, solo”[398]. Pero cuando sabía que los judíos y soldados, con Judas a la cabeza, venían para hacerlo prisionero y crucificarlo, de acuerdo al mandato que había recibido de su Padre, de buena gana salió al encuentro de ellos, dejándose capturar y atar. Cristo, por tanto, nuestro buen Señor, nos ha dado un ejemplo de la perfección de la obediencia, no solamente por su predicación y palabras, sino por sus obras y en la verdad. Reverenció a su Padre con una obediencia fundada en el sufrimiento y las humillaciones. La Pasión de Cristo exhibe el más brillante ejemplo de la más exaltada y ennoblecida de las virtudes. Es un modelo que siempre han de tener ante sus ojos aquellos que han sido llamados por Dios para aspirar a la perfección de la obediencia y la imitación de Cristo.

 

 

INDICE

Prefacio

LIBRO I

SOBRE LAS TRES PRIMERAS PALABRAS PRONUNCIADAS EN LA CRUZ

CAPÍTULO I Explicación literal de la primera Palabra: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”

CAPÍTULO II El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO III El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la primera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IV Explicación literal de la segunda Palabra: “Amén, yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso”

CAPÍTULO V El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VI El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VII El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la segunda Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VIII Explicación literal de la tercera Palabra: “Ahí tienes a tu hijo; Ahí tienes a tu madre”

CAPÍTULO IX El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO X El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XI El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XII El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la tercera Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

LIBRO II

SOBRE LAS CUATRO ÚLTIMAS PALABRAS DICHAS EN LA CRUZ

CAPÍTULO I Explicación literal de la cuarta Palabra: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”

CAPÍTULO II El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO III El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IV El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO V El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VI El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la cuarta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO VII Explicación literal de la quinta Palabra: “Tengo sed”

CAPÍTULO VIII El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO IX El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO X El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XI El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la quinta Palabra dicha por Cristo sobre la Cruz

CAPÍTULO XII Explicación literal de la sexta Palabra: “Todo está cumplido”

CAPÍTULO XIII El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XIV El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XV El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVI El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVII El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XVIII El sexto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la sexta palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XIX Explicación literal de la séptima Palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”

CAPÍTULO XX El primer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXI El segundo fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXII El tercer fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXIII El cuarto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

CAPÍTULO XXIV El quinto fruto que ha de ser cosechado de la consideración de la séptima Palabra dicha por Cristo en la Cruz

 

 

 

San Roberto Belarmino

 

NOTAS:

[1] Lc 18,31.

[2] Lc 6,12.

[3] Mt 8; Mc 4; Lc 6; Jn 6.

[4] Jn 8.

[5] Lc 4.

[6] Lc 23,48.

[7] Hb 5,7.

[8] En “Dial. cum Thyphon,” lib. v.

[9] “Advers. haeres. Valent.”

[10] “Lib. de Gloria Martyr.” c. vi.

[11] Epist i.

[12] Serm. i “De Ressur.”

[13] Ef 3,18.

[14] Epist. 120.

[15] Hch 2,23.

[16] Jn 3,14-15.

[17] Mt 16,24.

[18] Epist. 120.

[19] Ef 3,18.

[20] Mt 27.

[21] Mt 17,5.

[22] Mt 23,10.

[23] Lc 23,34.

[24] Is 53,12.

[25] 1Cor 13,5.

[26] Lc 23,34.

[27] Lc 23,48.

[28] Mt 27,54.

[29] Hch 13,48.

[30] Mt 27,22.

[31] Rom 5,10.

[32] 1Cor 2,8.

[33] Lc 23,14.

[34] Mt 27,24.

[35] Jn 12,37-40.

[36] Prov 4,22.

[37] Ef 3,19.

[38] Cant 8,7.

[39] Hch 7,59.

[40] Hch 17,28.

[41] Jn 3,16.

[42] 1Jn 5,19.

[43] 1Jn 2,I[5].

[44] Stgo 4,4.

[45] Is 2,6.

[46] Lc 2,14.

[47] Hb 5,7.

[48] Jn 3,16.

[49] Rom 12,19.

[50] Mt 5,44.

[51] Mt 11,39.

[52] 1Jn 5,3.

[53] 1Cor 13,4-7.

[54] Hch 7,59.

[55] 1Cor 4,12.13.

[56] Mt 12,12.

[57] Mt 21,13.

[58] Mt 17,5.

[59] Col 2,3.

[60] Mt 12,42.

[61] Prov 15,1.

[62] Rom 3,8.

[63] Lc 23,39.

[64] Hb 11,33.37.

[65] Lc 23,39.

[66] Lc 23,40.

[67] Lc 23,41.

[68] Lc 23,42.

[69] Lc 24,21.

[70] Lc 24,26.

[71] Lc 19,12.

[72] Mt 2,2.

[73] Jn 18,37.

[74] Sal 2,6.

[75] Sal 72,8.

[76] Is 9,5.

[77] Jer 23,5.

[78] Zac 9,9.

[79] Sal 24,8.

[80] 1Cor 2,8.

[81] Ap 19,16.

[82] Lc 22,29.

[83] Mt 25,21.

[84] Mt 5,34.37.

[85] Jn 12,26.

[86] Ef 4,8.

[87] Zac 9,11.

[88] Lc 6,38.

[89] Sal 45,17.

[90] Mt 25,35.36.

[91] Mt 19,29.

[92] Ver Rom 9,14.

[93] Mt 16,24.

[94] Lc 14,27.

[95] 2Tim 3,12.

[96] Eclo 33,14.

[97] Ecl 2,11.

[98] Eclo 40,1.

[99] Ap 14,13.

[100] Ap 21,4.

[101] Job 14,5.

[102] Job 14,1.

[103] Stgo 4,14.

[104] 2Cor 4,17.

[105] Ver 2Cor 11,24.

[106] Mt 11,30.

[107] Jn 16,20.

[108] 2Cor 7,4.

[109] Mt 5,10.

[110] Rom 8,18.

[111] 1Pe 4,13.

[112] Is 66,24

[113] Lc 16,24.

[114] Sab 5,7.

[115] Mt 11,29.

[116] Lc 24,26.

[117] Mt 25,41.

[118] Rom 8,17.

[119] Ver Lc 14,19.

[120] Jn 19,26.27.

[121] Jn 19,25-27.

[122] Mc 16,1.

[123] Ver Mt 27,56.

[124] Ver Mc 15,40.

[125] Ver Mc 15,40.

[126] Ver Lc 23,49.

[127] Mt 19,27.

[128] Mt 4,22.

[129] Mt 19,29.

[130] Sal 18,5.

[131] Lam 1,12.

[132] Hb 12,3.

[133] Sab 5,3.

[134] Sab 5,6.

[135] Col 2,14-15.

[136] Mt 11,29.

[137] Lc 14,10.

[138] Lc 18,14.

[139] Col 2,3.

[140] Sal 99,1.

[141] Mt 10,37.

[142] Hch 2,23.

[143] Lc 2,35.

[144] Sal 3,6.

[145] Eclo 7,24.

[146] Tob 1,10.

[147] Col 3,21; Ef 6,4.

[148] Job 1,21.

[149] 1Tes 4,12.

[150] 1Tim 5,4.

[151] Jn 19,27.

[152] Eclo 7,30.

[153] Ex 20,12.

[154] Eclo 3,6.

[155] Mt 15,4.

[156] Eclo 3,18.

[157] Gén 3,15.

[158] Sal 90,13.

[159] Mt 27,45.46.

[160] Lc 23,44.

[161] Is 60,1.2.

[162] Sal 21,1.

[163] Jn 1,14.

[164] Jn 8,29.

[165] Mt 3,17.

[166] Jn 8,29.

[167] Jn 10,30.

[168] Rom 8,32.

[169] 1Pe 2,21; 4,1.

[170] 1Pe 3,18.

[171] S.Th., III, q. 46, a. 8.

[172] Mc 14,36.

[173] Mt 26,53.

[174] Jn 10,18.

[175] Is 53,7.

[176] Lc 22,53.

[177] Mc 15,33.

[178] Mc 15,25.

[179] Mt 20.

[180] 1Cor 3,8.

[181] 2Tim 2,5.

[182] Lc 24,26.

[183] Hch 14,22.

[184] Jn 21,17.

[185] Col 2,3.

[186] 1Pe 2,24.

[187] Is 33,14.

[188] Ef 2,2.

[189] Mt 26,63.65.66.

[190] Jn 19,7.

[191] Dan 9,26.

[192] Mt 27,54.

[193] Lc 23,47.

[194] Is 6,9-10.

[195] Mt 11,29.

[196] Jn 1,14.

[197] Mc 27,40-42.

[198] Lc 23,11.

[199] Hb 7,26.

[200] Is 53,3.

[201] Sal 21,7.

[202] Flp 2,8-10.

[203] 1Cor 4,13.

[204] Jn 19,28-29.

[205] Sal 69,22.

[206] Lc 23,36.

[207] Sal 68 ,21-22.

[208] Jn 16,20.

[209] Lc 22,15.

[210] Jn 14,28.

[211] Rom 9,1-4.

[212] Libro I, homilía 18.

[213] Rom 8,35.

[214] “De Consider.” Libro IV, Capítulo 9.

[215] Lc 15,10.

[216] Jn 16,21.

[217] Jn 4,7-10.

[218] Jn 7,37.

[219] 1Cor 10,4.

[220] Jer 2,13.

[221] Is 55,1.

[222] 1Pe 2,2.

[223] Stgo 1,4.

[224] Serm. “De Patientia.”

[225] Sal 9,19.

[226] Cap. 15

[227] Lc 21,19.

[228] Lc 21,18.

[229] Hb 10,36.

[230] Stgo 1,12.

[231] Jn 14,23-24.

[232] Gál 2,19.

[233] “Epist. ad Rom.”

[234] Hb 10,36.

[235] Job 1,21.

[236] 1Cor 3,18.

[237] Jn 3,16.

[238] Ef 5,2.

[239] Sal 41,2-3.

[240] 1Cor 2,14.

[241] Stgo 1,5.

[242] Lc 11,13.

[243] Jn 19,30.

[244] Jn 17,4.

[245] Mt 20,22.

[246] Lc 22,42.

[247] Jn 18,11.

[248] Jn 19,30.

[249] Jn 19,28.30.

[250] Is 7,14.

[251] Miq 5,2.

[252] Nm 24,17.

[253] Sal 71,10.

[254] Is 61,1.

[255] Is 35,4.5.6.

[256] Za 9,9.

[257] Lc 18,31.

[258] Lc 22,53.

[259] Ba 3,36-38.

[260] Jn 16,28.

[261] Jer 14,8.

[262] Serm. 8. De Pass. Dom.

[263] Sal 109,4.

[264] Is 53,8.

[265] Sal 109,3.

[266] Miq 5,2.

[267] Mt 24,30.

[268] Mt 24,29.

[269] Is 53,7.

[270] Jn 1,29.

[271] 1Pe 1,18-19.

[272] Ap 13,8.

[273] 1Jn 2,2.

[274] Jn 1,29.

[275] Is 53,7.

[276] Jn 10,17.18.

[277] Ef 5,2.

[278] Jn 12,31-32.

[279] Ef 6,12.

[280] Sal 95,5.

[281] Col 1,13.

[282] 1Tim 2,4.

[283] Lc 23,43.

[284] Mc 16,16.

[285] Lc 14,30.

[286] “De Civit.” l. 27, c. 8.

[287] Sal 71,8.

[288] Mt 3,17.

[289] Mt 24,37.38.39.42

[290] 2Pe 3,10

[291] Tit 1,16.

[292] Sal 21,7.

[293] Fil 2,9-10.

[294] Mt 5,3.10.

[295] Lc 6,24.25.

[296] Sal 84,9

[297] 1Pe 2,5.

[298] Rom 12,1.

[299] Hb 13,15.

[300] Rom 12,1.

[301] 1Pe 5,8.

[302] Gén 8,21.

[303] Ef 5,2.

[304] Rom 12,1.

[305] Ef 5,2.

[306] Ef 5,27.

[307] Mt 1,20.

[308] Hch 5,41.

[309] Rom. 5,3-5.

[310] Gál 6,14.

[311] Dt 32,24.

[312] Mt 27,42.

[313] Jn 18,11.

[314] Ef 5,27.

[315] Gén 29,20.

[316] Flp 2,8-11.

[317] Rom 8,35-37.

[318] Tit 2,14.

[319] 2Cor 7,4.

[320] 2Cor 4,17.

[321] Cyprian., Lib. de Exhort. Martyr.

[322] Jn 18,11.

[323] Rom 8,37.

[324] Rom 8,18.

[325] Hb 11,25-26.

[326] Lc 23,46.

[327] Serm. ii. “De Nativ.”

[328] Sal 113,3.

[329] Sab 3,1.

[330] Sal 30,5-6.

[331] Lc 23,46.

[332] Hb 5,7.

[333] Mc 14,36.

[334] Mc 14,36.

[335] Lc 23,34.

[336] Lc 23,46.

[337] Hb 5,7.

[338] Mt 27,54.

[339] Lc 23,48.

[340] Núm 20,11.

[341] Jn 12,24.

[342] 1Pe 3,22.

[343] Jn 15,13.

[344] Jn 10,18.

[345] Mt 16,26.

[346] Job 2,4.

[347] Lc 23,46.

[348] Sal 30,6.

[349] Hch 7,58.

[350] 1Cor 11,27.29.

[351] Ez 33,12.

[352] 1Pe 4,19.

[353] Lc 14,9.

[354] Ap 14,13.

[355] Hb 8,13.

[356] Hom. xxxviii. “Ad Popul. Antioch.”

[357] Hb 5,7

[358] Is 11,2-3.

[359] Mt 17,5.

[360] Sal 111,1.

[361] Jdt 8,8.

[362] Jdt 8,6.

[363] Job 31,1-2.

[364] Flp 2,8.

[365] Sal 39,8-9.

[366] Jn 4,34.

[367] Jn 6,38.

[368] Jn 8,29.

[369] 1Sam 15,22.

[370] Mc 1,13.

[371] Mt 16,24.

[372] Lc 14,26.

[373] Sal 102,20.

[374] Col 2,3.

[375] Lc 9,58.

[376] Lc 23,46.

[377] Jn 10,18.

[378] Mt 11,29.

[379] Hb 13,17.

[380] 1Sam 15,22-23.

[381] Lam 3,27-28.

[382] 1Sam 15,23.

[383] “Lib. Mor.” xxxv. c. x.

[384] Lc 10,39.

[385] Hch 4,32.

[386] Flp 3,20.

[387] Mt 18,10.

[388] Sal 102,20.

[389] Flp 2,8.

[390] Hb 5,8.

[391] Ex 3.

[392] Ex 4,10.

[393] Ex 4,13.

[394] Gál 2,2.

[395] Hch 21,11.

[396] Hch 21,13.

[397] “Lib. Mor.” xxxv. c. x.

[398] Jn 6,15.

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Unas gafas espirituales…

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 17, 2010

 

Serían las tres de la mañana. Me levanté para ir al baño y, al regreso, vi sobre mi mesita de noche unas gafas oscuras. No les hice mucho caso, pues dormitaba, y lo único que deseaba era volver a conciliar el sueño…

Al día siguiente, después de la ducha, me sorprendió volver a ver las gafas. Para mí eran desconocidas. Le pregunté a mi esposa si sabía de quién eran o por qué estaban allí. Semidormida, me contestó que no. Como me causaron curiosidad, me las puse y —cuál no sería mi sorpresa— no se veía oscuro a través de ellas; pero se observaban cosas extrañas: sentado, al lado de la cama, se veía un ser espiritual hermoso y transparente que sonreía con dulzura mirando a mi esposa.

Brinqué del susto cuando, al volverme para atrás, vi a otro ser igual que me observaba esbozando una sonrisa con ternura…

Después de reponerme al ver la bondad de estos seres, salí lleno de curiosidad hacia las alcobas de mis hijos, y reparé en una especie de ángeles infantiles que los acompañaban y cómo se complacían cuidándolos…

Sentí una paz inmensa… Como nunca la había sentido.

Bajé las escaleras y, junto a la puerta, vi a otro ser angelical como en guardia, como protegiendo la entrada de la casa. Con las gafas todo se veía normal; lo único llamativo y diferente eran esos seres espirituales. Me retiré las gafas, y vi todo, menos al ángel. Me las volví a colocar, y reapareció el ángel con su sonrisa. Estaba confuso y sorprendido… En ese momento recordé que cuando alguien manda bendecir una casa, Dios le asigna un ángel para que la guarde. «¡Son ángeles de verdad!», me dije primero seguro y luego…: «¿Serán realmente ángeles?… ¿De dónde salieron estas gafas?»

Mi primer impulso fue subir a despertar a mi esposa, contarle lo sucedido y compartir con ella mis sentimientos; pero tuve dos sensaciones que me lo impidieron: me preguntaba qué iría a decir de mí cuando le contara lo ocurrido y, además, sentí el impulso —extraño para mí, pues todo se lo confiaba a ella— de mantenerlo guardado por ahora.

En ese momento empecé a oír discutir a los vecinos; no era nada extraño: se la pasaban gritándose y ofendiéndose continuamente. A través de la ventana observé al esposo —como otras veces— manoteando y alzando la voz; pero noté algo raro: encima de él, a manera de un jinete montado sobre el cuello, había un ser transparente como los que vi en mi casa, pero oscuro… ¿Cómo diría? Como un tizón translúcido. Su actitud era la del que azuza a hacer el mal: como a un caballo, instaba a mi vecino a que profiriera malas palabras, a que gritara más, a que ofendiera a su esposa y ¡vaya que lo logró!: la pelea terminó en golpes. Luego, como vencedor, este horroroso jinete se llevó para afuera al malhumorado y violento esposo. Al hacer memoria, recordé que la cara de este espíritu no tenía la sonrisa ni la dulzura de los otros, sino una apariencia de maldad, de ira.

Los gritos despertaron a mi esposa, quien me encontró mirando todavía por la ventana. «Otra vez el mismo escándalo, ¿no? No se cansan de pelear», me dijo. Acto seguido me besó y me preguntó: «¿Quieres ya el desayuno?»

Mientras le contesté, me di cuenta de que no se había percatado de que tenía las gafas puestas. Otro tanto le pasó a mi hijo: me saludó como si no llevara nada puesto delante de mis ojos. Por eso, y ante la sarta de sorpresas que se veían con ellas, decidí dejármelas puestas.

El resto del día fue impresionante: al salir a la calle pude observar a la gente acompañada siempre de sus ángeles de la guarda y, algunos de ellos, con esos horribles jinetes hostigándolos e induciéndolos a hacer le mal. Incluso, había unos pocos sometidos por esos espíritus malignos, los cuales, en algunos casos, eran grandes y feroces, mientras que otros se veían más pequeños o menos decididos a acosar a sus víctimas. Podía también contemplar las luchas que entablaban los ángeles y los demonios para inducir a la gente a hacer el bien o el mal, respectivamente.

En el trabajo me encontré con un compañero que me tiene envidia, y que ha tratado de hacerme quedar mal con mi jefe, para quedarse con mi puesto. Cuando sentí desagrado al tener que saludarlo, vi a un demonio que me parecía conocido y que me decía: «Eso: siente rabia, siente ira, siente envidia, hazle el mal si puedes…» y otras cosas por el estilo.

Lo mismo sucedió con la secretaria de mi jefe: un demonio me trataba de disuadir para que observara lo linda y sexy que es, para que me diera cuenta de sus flirteos, para que me enorgulleciera con sus halagos y elogios y para que sintiera atracción por un poco de placer sexual… Al mismo tiempo, mi ángel custodio me traía a la memoria a mi esposa, su belleza interior y exterior, el amor que siempre he profesado por ella, el hogar que había conformado con esa maravillosa mujer, la pureza y dignidad de nuestra relación; me recordaba también la alteza del Sacramento de un matrimonio católico y el hecho de que soy templo del Espíritu Santo… Siempre fue fácil desechar la tentación, pero ahora lo fue más: las cosas eran más evidentes.

Solo hasta ahora advertía cuánta lucha espiritual se libra en la rutina de la vida humana…

A media mañana me llegó un proveedor de la empresa. Me sugería que, si le adjudicaba la compra de sus productos, yo sería beneficiado con un porcentaje jugoso. Otra vez se entabló una lucha entre estos agentes del bien y del mal.

Y así transcurrió el resto de mi día laboral.

Pero lo que sucedió cuando fui a Misa fue más asombroso: a medida que me acercaba a la iglesia iba aumentando el número de ángeles buenos, había también otros ángeles más grandes, bellos y poderosos (creo que eran arcángeles)… Al atravesar el umbral del templo me quedé maravillado: miles y miles de ángeles arrodillados adoraban y alababan a Dios con gran devoción. Pude descubrir que estaban ordenados en nueve coros que, inspirados, cantaban los más hermosos y deslumbrantes himnos y cánticos en honor a la Santísima Trinidad.

Volví los ojos al Tabernáculo, al sagrario, y quedé atónito: toda la majestad de Dios se manifestaba con una elegancia y alteza que no se puede describir con palabras humanas. Se veían —creo que imperfectamente, pues intuía que de otro modo no lo habría podido resistir— las tres Personas de la Santísima Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Quedé anonadado: toda la belleza, la bondad, la excelsitud, la sabiduría y el amor que pueda caberle a uno en la cabeza eran nada comparado con lo que estaba viendo… Las palabras se quedan, no cortas, sino impotentes para describir aquello…

A la derecha había un trono: coronada como Reina del universo, la Madre de Dios enarbolaba el cetro del amor de Dios y llamaba a él a todos sus hijos; los ángeles le rendían pleitesía a su Reina… ¡Era algo espectacular!…

Contrastaban con la adoración y alabanza de los ángeles y de los santos (que también estaban allí, plenos de felicidad), la actitud distraída de algunos feligreses que entraban conmigo a la pequeña iglesia: unos conversaban, otros permanecían abstraídos en sus pensamientos, otros bostezaban… Yo dije en voz baja, pero que se oyó: «¡Cuántas veces yo también he estado tan distraído! ¡Qué ignorancia la nuestra! Si supiéramos…»

También noté que subía una especie de incienso hacia el sagrario. Mi ángel custodio se percató de mis interrogantes porque me dijo: «Esas son las oraciones de la Iglesia purgante». Yo concluí: «¡Vienen del purgatorio!…»

Comenzó la Eucaristía casi sin que me diera cuenta, pues andaba admirado contemplando tanta maravilla.

Cuando el sacerdote dijo las palabras de la consagración, un silencio irrumpió en el templo, y llegaron más y más ángeles que lo llenaron literalmente: en el piso, por el aire, desde afuera, entre las paredes, en todas partes, se postraron en actitud de profunda adoración para ver morir a Dios, de modo incruento…

Parecía que el tiempo se hubiera detenido: sólo se escuchaban las palabras del celebrante… La adoración se tornó intensa como nunca, imposible de describir… Yo contuve el aliento…: «Esto es sublime… inefable…»

Al llegar a la casa, saludé a mi esposa y a mis hijos con cariño, y subí a la alcoba. Me quité las gafas y las puse sobre la mesita de noche, donde las había encontrado por la mañana. Todo se veía otra vez como antes.

De pronto, sentí que me tocaban el hombro con suavidad y una voz me decía:

«Esas gafas siempre han estado ahí; lo que pasa es que hasta hoy las viste. Y todos los seres humanos las tienen a su lado. Estas son las gafas de la Fe. Úsalas cuando quieras.»

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Los grados de la oración*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

En el Paraíso, antes del pecado original, no se necesitaban medios para comunicarse con Dios. En el estado de inocencia y de gracia en que vivían, nuestros primeros padres se comunicaban con Dios del mismo modo que lo hacen las Personas divinas: directamente, sin palabras humanas, Persona a Persona.

Pero por causa del pecado original se rompió la íntima comunicación que existía entre el hombre y Dios. Por eso Él, adaptándose a nuestra situación, y nos trasmitió su Palabra en lenguaje humano y, al venir a la tierra, nos habló con nuestras propias palabras.

Por eso, ahora, así como usamos idiomas para comunicarnos con los otros seres humanos, queremos usar este medio para tratar a nuestro Creador. Y este medio es pobrísimo, incapaz de llegar plenamente a Dios, como se verá mas abajo. Por eso, es preciso que el Señor nos saque de esta situación tan pobre, a través de un proceso de maduración que se ha llamado el paso por las edades espirituales.

Según muchos Padres de la Iglesia y todos santos Doctores que trataron el tema, primero es necesario que, después de dejar el pecado, pasemos por una etapa que nos purifica (fase purgativa), que se ha llamado la edad espiritual del niño o estado de los principiantes. Luego llega la etapa en la que Dios nos ilustra (fase iluminativa), que es la edad espiritual del adolescente o estado de los aprovechados. Finalmente, el Señor nos une íntimamente a Él (fase unitiva), que es la edad espiritual del adulto o estado de los perfectos.

 

La oración va desarrollándose según el crecimiento en estas edades espirituales. El Espíritu Santo ilumina y mueve de modos diversos a principiantes, adelantados y perfectos.

Estas son las líneas principales en la dinámica de la oración:

1. La oración va pasando de formas activas–discursivas (vida ascética de los principiantes) a modalidades pasivas–simples (vida mística de los perfectos).

2. La oración pasiva–mística es don gratuito de Dios, pero nosotros podemos disponernos mucho, colaborando con la gracia de Dios en la oración activa, para recibirla. Desde luego no podemos adquirirla, ha de darla Dios.

3. La voluntad es la primera facultad que en la oración logra fijarse establemente en Dios por el amor. Sólo en las más altas formas de oración mística todas las potencias se unen fijas en Dios durablemente.

4. La conciencia de la presencia de Dios es muy pobre en la oración activa, y viene a hacerse más tarde la sustancia misma de la oración mística.

5. La perfecta oración continua, la fusión entre contemplación y acción, sólo se alcanza cuando se llega a la oración mística.

6. Es normalmente simultáneo el crecimiento de la vida cristiana en general y de la oración.

7. La perfección a la que Dios nos ha llamado a todos (Mt 5,48; Col 1,28; Ef 4,13; Mt 19,21; etc.) es la vida de unión con Dios; por eso se llama el estado de los perfectos.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) logró, por don de Dios, conocer y expresar maravillosamente esta doctrina espiritual, que ya era enseñada por la teología espiritual anterior, aunque no tan claramente. Se citan a continuación sus obras con siglas, la Vida (V.), Camino de Perfección, según códice del Escorial (CE) o el de Valladolid (CV), así como las Moradas del Castillo interior (M) y Cuenta de conciencia (CC).

Las oraciones activas

 El cristiano principiante, durante su vida ascética, caracterizada por el ejercicio predominante de las virtudes, que lo hacen participar de la vida sobrenatural al modo humano, practica su oración con la asistencia del Espíritu Santo, en formas activas, discursivas, con imágenes, conceptos y palabras, laboriosamente. Estas oraciones, como otras actividades y trabajos, producen cansancio.

En estas oraciones, el huerto del alma va siendo regado «sacando el agua de un pozo, cosa que se hace con mucho trabajo» (V.11,7).

Oración espontánea de muchas palabras

Es ésta una forma de orar básica, universal, necesaria al corazón cristiano, y que no requiere particular aprendizaje: «Señor, voy a estar un rato contigo. Ya ves cómo estoy. Tengo que hablar contigo, y no sé cómo hacerlo. Dame tu luz y tu gracia, para que»… Se trata, como se ve, de una oración activa, discursiva, con sucesividad de temas, conceptos, palabras, voliciones, al modo psicológico humano; espontánea, no asistida por método alguno, ni por ninguna fórmula oracional, sino que brota a impulsos circunstanciales del corazón, con la ayuda del Espíritu; de muchas palabras, como es propio en los principiantes, pues si aquéllas terminan, cesa la oración.

Oración vocal

 Consiste en la recitación de fórmulas oracionales ya compuestas. Es el modo de orar más humilde, más fácil de enseñar y de aprender, más universalmente practicado en la historia de la Iglesia, y más válido en todas las edades espirituales, pues extiende su vigencia hasta el umbral mismo de la oración mística contemplativa. La mejor escuela de oración y la más eficaz catequesis.

En esta forma de oración lo más importante que ha de tenerse en cuenta es que el que «no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, a eso no lo llamo yo oración, aunque mucho menee los labios» (1 M 1,7; +CE 37,1).

 Meditación

 El orante, al meditar, trata amistosamente con Dios, y piensa con amor en él, en sus palabras y en sus obras. Es, pues, una oración activa y discursiva sumamente valiosa para entrar en intimidad con el Señor y para asimilar personalmente los grandes misterios de la fe.

Hay, evidentemente, en la meditación una parte discursiva, intelectual y reflexiva, de gran valor; pero en la oración meditativa es aún más importante el elemento amoroso, volitivo, de encuentro personal e inmediato «con Quien sabemos que nos ama» (V.8,5). En este sentido la meditación es oración en la medida en que se produce en ella ese encuentro personal y amistoso. Por eso «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (4 M 1,7).

Uno puede meditar en tres niveles, por ejemplo, la parábola del buen samaritano:

1) Meditación pagana: «Es admirable la conducta del samaritano. Yo procuraré hacer lo mismo». Eso no es oración, sino reflexión ética que no sale del propio yo, ni produce encuentro con Dios.

2) Meditación cristiana: «El samaritano simboliza a Cristo, que se inclina sobre la humanidad enferma. Yo también debo ser compasivo». Esto sigue sin ser oración, aunque es una meditación cristiana valiosa, hecha en fe, como cuando se estudia teología.

3) Oración meditativa o meditación realmente orante: «Cristo bendito, que, como el buen samaritano te compadeces de nosotros, inclínate a mí, que estoy herido, e inclínate en mí hacia mis hermanos necesitados». Esto es verdadera oración, pues produce encuentro personal con el Señor. Y también causa conversión, pues, según el tema considerado, conviene «hacer muchos actos para determinarse a hacer mucho por Dios y despertar el amor, y otros actos para ayudar a crecer las virtudes» (V.12,2).

Los grandes maestros de la oración cristiana han tenido como nota común una suma sencillez en los modos.

El objeto de la meditación cristiana conviene que sea cristológico. Conviene subir a la contemplación de la Trinidad por la meditación de los misterios de Cristo.

Y también conviene que la oración meditativa sea litúrgica, contemplando a Cristo tal como la Iglesia lo contempla día a día, y tal como ella nos invita a considerar y celebrar sus misterios.

Oración de simplicidad

La más sencilla de las oraciones activas, que llaman también oración de simple mirada, de presencia de Dios, de atención amorosa, oración afectiva o recogimiento activo —que se distingue del pasivo, como veremos—: «Esto no es cosa sobrenatural, sino que podemos nosotros hacerlo, con el favor de Dios, se entiende» (CE 49,3). Esta oración sencilla viene a ser un ensimismamiento del orante, que con simple mirada capta en sí mismo la presencia amorosa de Dios.

Ensimismamiento: Es oración de recogimiento «porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios» (CV 28,4). El discurso es escaso, las palabras, pocas. Aunque todavía «esto no es silencio de las potencias, es encerramiento de ellas en el alma misma» (29,4).

Simple mirada, con atención amorosa: «No os pido que penséis en Él, ni saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones en vuestro entendimiento; no quiero más sino que lo miréis» (CE 42,3). Puesta en la presencia del Señor, el alma «mire que lo mira» (V.13,22).

Presencia de Dios: En la oración de simplicidad y recogimiento el orante se representa al Señor en su interior (4,8), y en las mismas ocupaciones se va acostumbrando a retirarse de vez en cuando en sí mismo, donde encuentra al Señor: «Aunque sea por un momento sólo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí, es gran provecho» (CV 29,5).

A veces puede ser dolorosa, sobre todo cuando los orantes no la entienden, y «les parece perdido el tiempo, y tengo yo por mucha ganancia esta pérdida» (V.13,11). Otras veces es gozosa: «De mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el Señor me enseñó este modo» (CV 29,7). Y siempre es sumamente provechosa: perseverando en ella, «yo sé que en un año, y quizá en medio, saldréis con ello, con el favor de Dios» (29,9).

Las oraciones semipasivas

Suelen ser el modo de orar que corresponde a cristianos ya adelantados, los aprovechados, que están en la fase iluminativa o progresiva.

Ahora, en la oración, el riego del campo del alma se hace más quieta y suavemente, «con noria y arcaduces, que se hace con menos trabajo y se saca más agua; o de un río o arroyo, se riega mejor; queda más llena la tierra de agua y no se necesita regar tan a menudo, y trabaja menos el hortelano» (V.11,7).

Estas oraciones, casi místicas, van siendo al modo divino (5 M 1,1; san Juan de la Cruz, 2 Noche 17,2-5).

El recogimiento (pasivo)

Es psicológicamente semejante al recogimiento activo (simplicidad), ya descrito, pero el orante se da cuenta de que es un modo de oración infundido por Dios, no adquirido. Suele darse en los adelantados que van pasando la purificación pasiva del sentido (1 Noche 9), y es la transición de las oraciones activas más simplificadas a la oración de quietud, en la que está el verdadero umbral de la contemplación mística.

«Es un recogimiento interior que se siente en el alma, que le da gana de cerrar los ojos y no oír ni ver ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que es poder tratar con Dios a solas. Aquí no se pierde ningún sentido ni potencia, todo está entero, pero lo está para emplearse en Dios» (CC 54,3; +4 M 3,3).

La quietud

Es la más caracterizada forma de oración semipasiva, y es ya principio de la «pura contemplación» (CV 30,7). Es un gran gozo, porque da al alma una inmensa certeza de la presencia de Dios, tal que «de ninguna manera se podrá convencer de que no estuvo Dios con ella» (V.15,14). Pero puede darse a veces con gran sufrimiento, con sentimiento de vacío desconcertante, pues de pronto ve el orante que ya no puede meditar como solía, y que «se ha vuelto todo al revés» (1 Noche 8,3).

La oración de quietud «es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por más diligencias que hagamos, porque es un poner el alma en paz o ponerla el Señor en su presencia, por mejor decir, porque todas las potencias se sosiegan… Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo el cuerpo), que no se querría mover… Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y gran satisfacción en el alma… Las potencias sosegadas, no querrían moverse —todo parece que le estorba para amar—, aunque no tan perdidas, porque pueden pensar junto a quién están, que las dos [entendimiento y memoria] quedan libres. La voluntad es aquí la cautiva… El cuerpo no querría se moverse, porque le parece que ha de perder aquella paz. En decir Padre nuestro una vez se les pasará una hora» (CV 31,2-3). «Dura rato y aun ratos» (CC 54,4). «Es con grandísimo consuelo y con tan poco trabajo que no cansa la oración, aunque dure mucho rato» (V.14,4). 

El sueño de las potencias

Más pasivo que la quietud, fue experimentado por Santa Teresa en la oración durante cinco o seis años. «Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi Él es el hortelano y el que lo hace todo. Es como un sueño de potencias que ni del todo se pierden, ni entienden cómo obra. El gusto y suavidad es mayor sin comparación que lo pasado. Es un morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios» (V.16,1-2).

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Los efectos espirituales de las oraciones semipasivas son muy notables. Todas las virtudes se acrecientan (4 M 3,9), y al cristiano aquí «le comienza un amor con Dios muy desinteresado» (V.15,14). Las señales de la genuina oración semipasiva son claras, y san Juan de la Cruz las reduce a tres, que han de darse juntas: 1) cesa la fascinación por las cosas del mundo; 2) se intensifica la búsqueda de la perfección, y 3) las consideraciones discursivas que antes ayudaban a la oración, ahora estorban y se hacen imposibles (2 Subida 13-14; 1 Noche 9; Dichos 118).

En cuanto a qué hacer en la oración semipasiva, santa Teresa enseña: «Es esta oración una pequeña centella que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo. Esta quietud y recogimiento y centellica es la que comienza a encender el gran fuego que echa llamas… Pues bien, lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud se hará con suavidad y sin ruido (llamo ruido a andar con el entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones). La voluntad entienda que éstos son unos leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella. Haga algunos actos amorosos, sin admitir ruido del entendimiento buscando grandes cosas. Más hace aquí al caso unas pajitas puestas con humildad, que no mucha leña junta de razones muy doctas. Así que en estos tiempos de quietud dejar descansar el alma con su descanso, y quédense a un lado las letras [los estudios y discursos]. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental, ni algunas palabras vocales (si quisieran alguna vez o pudieran, porque si la quietud es grande, se puede hablar, pero con mucha dificultad)» (V.15,4-9).

Adviértase que todavía aquí sólo la voluntad está cautiva en Dios por el amor, mientras que las otras facultades —entendimiento, memoria, imaginación— a veces se fugan. Quede, entonces, la voluntad en su quietud orante, «porque si las quiere recoger, ella y ellas se perderán» (V.14,2-3). La santa aconseja «que no se haga caso de la imaginación más que de un loco, sino dejarla con su tema» (17,7). Y lo mismo con el entendimiento, que «es un moledor» y que fácilmente anda «muy desbaratado» (15,6): «No haga más caso del entendimiento que de un loco, porque si lo tener, necesariamente se ha de ocupar e inquietar algo en ello. Y todo será trabajar sin ganancia, y perder [oración] que se la daría el Señor sin ningún trabajo suyo» (CV 31,8). «Vale más que deje el entendimiento, y no se vaya ella detrás de él; estése la voluntad gozando aquella gracia y recogida» (V.15,6).

Las oraciones pasivas

La verdadera oración cristiana es la oración mística pasiva, que es la que corresponde a los cristianos perfectos. Y a ella estamos todos llamados, pues todos estamos llamados a la perfección (Cf. Mt 5,48). 

El Espíritu Santo, que habita en nosotros, obra primero en nosotros, tanto en la oración como en la vida ordinaria, al modo humano; pero tiende con fuerza a obrar en nosotros al modo divino, que desborda nuestros límites humanos psicológicos, tanto en la oración como en la vida ordinaria. Es entonces cuando tanto en la oración como en la vida corriente la pasividad viene a ser la nota dominante: «Sin ningún [trabajo] nuestro obra el Señor aquí»; «no hago nada casi de mi parte, sino que entiendo claramente que el Señor es el que obra» (V.21,9.13).

Aquí ya el riego del campo del alma «lo riega el Señor con mucha lluvia, sin trabajo ninguno nuestro, y es sin comparación mucho mejor que todo lo que se ha dicho anteriormente» (11,7).

No es fácil describir la oración mística, «no se sabe decir, ni el entendimiento lo sabe entender ni las comparaciones pueden servir para declararlo, pues son muy bajas las cosas de la tierra para este fin» (5 M 1,1). San Juan de la Cruz dice que la unión mística del hombre con Dios es una «sabiduría secreta, que se comunica e infunde en el alma por el amor; lo cual ocurre secretamente a oscuras de la obra del entendimiento y de las demás potencias» (2 Noche 17,2). Por eso los místicos, para expresar la obra sobrenatural que el Espíritu Santo realiza en ellos al modo divino, se ven en la necesidad de recurrir a las analogías e imágenes poéticas.

Dios es el fuego que incendia al hombre, el madero, y lo hace llama. La unión mística es comparable al vino y el agua que se mezclan en forma inseparable. Es como el amor mutuo de una perfecta e íntima amistad. Más aún, la amistad conyugal del matrimonio es la más perfecta imagen para expresar la total unión de Dios y el hombre.

Es el mismo lenguaje de san Juan de la Cruz: «El Amado vive en el amante y el amante en el Amado. Y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que ambos son uno» (Cántico 12,7).

La unión simple (noviazgo)

La oración mística de simple unión «aún no llega a desposorio espiritual, sino como cuando se han de desposar dos, se trata [de saber antes] si son conformes y que el uno y el otro se quieran» (5 M 4,4). «Estando el alma buscando a Dios, siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda a manera de desmayo, le va faltando el aliento y todas las fuerzas corporales, de manera que si no es con mucha dificultad, no puede ni menear las manos; los ojos se le cierran sin querer, o si los tiene abiertos no ve casi nada. Oye, mas no entiende lo que oye. Hablar está de más, porque no atina a formar palabra, ni hay fuerza, si atinase, para poderla pronunciar» (V.18,10).

Aunque «se ocupan todos los sentidos en este gozo» y «es unión de todas las potencias, que aunque quiera alguna distraerse de Dios, no puede, y si puede, ya no es unión» (V.18,1), todavía aquí «la voluntad es la que mantiene la fijación en Dios, mas las otras dos potencias [entendimiento y memoria] pronto vuelven a importunar. Como la voluntad está quieta, las vuelve a suspender, y están otro poco de tiempo importunando, y vuelven a vivir. En esto se puede pasar algunas horas de oración» (18,13). En su forma plena, toda el alma absorta en Dios, no dura tanto: «media hora es mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve tanto» (18,12; +5 M 1,9; 4,4). «Esta oración no hace daño por larga que sea», sino que relaja y fortalece al orante (18,11). La presencia divina es captada en el alma misma del orante en forma indudable (5 M 1,9), y también la omnipresencia maravillosa de Dios en las criaturas (V.18,15). San Juan de la Cruz lo expresa bien: Es aquí cuando «todas las criaturas descubren las bellezas de su ser, virtud y hermosura y gracias, y la raíz de su duración y vida. Y éste es el deleite grande: conocer por Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos por su causa, y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero, y el otro esencial» (Llama 4,5).

La unión extática (desposorios)

En vísperas ya del matrimonio espiritual, el orante se une con Dios en forma extática y con duración breve: «Veréis lo que hace Su Majestad para concluir este desposorio. Roba Dios toda el alma para sí [arrobamiento], como a cosa suya propia y ya esposa suya, y no quiere estorbo de nadie, ni de potencias ni de sentidos…, de manera que no parece que tiene alma. Esto dura poco espacio, porque quitándose esta gran suspensión un poco, parece que el cuerpo vuelve algo en sí y alienta para volverse a morir, y dar mayor vida al alma; y con todo, no dura mucho este gran éxtasis» (6 M 4,2. 9. 13). Los arrobamientos pueden tener formas internas diferentes, locuciones, visiones intelectuales o imaginarias (6 M 3-5,8-9), pero estos fenómenos no son de la sustancia misma de la contemplación mística, y no deben ser buscados (9,15s).

A veces el desfallecimiento no es místico, «sino alguna flaqueza natural, que puede ser en personas de flaca complexión» (4,9). Pero los éxtasis genuinos implican aún una mínima indisposición del hombre para la perfecta unión con Dios: «Nuestro natural es muy tímido y bajo para tan gran cosa» (4,2); por eso en la unión extática todavía el cuerpo desfallece. Y «la causa es —explica San Juan de la Cruz— porque semejantes mercedes no se pueden recibir mucho en la carne, porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino que viene al alma, y así por fuerza ha de desamparar en alguna manera a la carne» (Cántico 13,4).

Hay en esta oración inmenso gozo, «grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay remedio de resistir» (V.20,3). Pero puede haber también un terrible sufrimiento, unas penas que parecen «ser de esta manera las que padecen en el purgatorio» (6 M 11,3). Estamos en la última Noche, en las últimas purificaciones pasivas del espíritu.

«Siente el alma una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no le hace compañía, antes todo la atormenta más; se ve como una persona colgada, que no asienta en cosa de la tierra, ni al cielo puede subir, abrasada con esta sed, y no puede llegar al agua» (6 M 11,5). «En este rigor es poco lo que dura; será, cuando más, tres o cuatro horas —a mi parecer—, porque si mucho durase, si no fuera por milagro, sería imposible sufrirlo la flaqueza natural» (11,8). «Quizá no serán todas las almas llevadas por este camino, aunque dudo mucho que vivan libres de trabajos de la tierra, de una manera u otra, las almas que a veces gozan tan de veras de las cosas del cielo» (1,3). Podrán ser penas interiores, calumnias, persecuciones, enfermedades, dudas angustiosas, sentimientos de reprobación y de ausencia de Dios (1,4. 7-9), trastornos psicológicos o lo que Dios permita.

En todo caso, «ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra sola suya o una ocasión que acaso sucedió, lo quita todo tan de pronto que parece que no hubo nublado en aquella alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo» (1,10). San Ignacio de Loyola igualmente cuenta de sí que de la más honda desolación pasaba, por gracia de Dios, a la más dulce consolación «tan súbitamente, que parecía habérsele quitado la tristeza y desolación, como quien quita una capa de los hombros de uno» (Autobiografía 21).

También la humanidad de Cristo es aquí camino para llegar a estas alturas místicas, y el orante «no debe querer otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación; por aquí va seguro» (V.22,7). Esta es, como lo explicó K. Rahner, la Eterna significación de la humanidad de Jesús para nuestra relación con Dios (Escritos de Teología III, Madrid, Taurus 1961, 47-59; +J. Alfaro, Cristo glorioso, Revelador del Padre, «Gregorianum» 39, 1958, 222-270).

La unión transformante (matrimonio)

Esta es la cumbre y plenitud de la oración cristiana, donde se consuma el matrimonio espiritual entre Dios y el hombre. Jesucristo, su humanidad sagrada, ha sido el camino para llegar a la sublime contemplación de la Trinidad divina. Esta contemplación perfecta, que produce una plena transformación del hombre en Dios, ya no ocasiona el desfallecimiento corporal del éxtasis. Y no se trata ya tampoco de una contemplación breve y transitoria, sino que es una oración mística permanente, en la cual el orante, en la oración o el trabajo, queda como templo consagrado, siempre consciente de la presencia de Dios.

Por Cristo. «La primera vez que Dios hace esta gracia, quiere Su Majestad mostrarse al alma por visión imaginaria de su sacratísima Humanidad, para que lo entienda bien y no esté ignorante de que recibe tan soberano don» (7 M 2,1).

A la Trinidad. En esta última Morada, «por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, las tres Personas, y por una comunicación admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad que las tres Personas son una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma por la vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican las tres Personas y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que lo ama y guarda sus mandamientos. ¡Oh, válgame Dios, qué diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera qué verdaderas son!» (1,7-8).

Sin éxtasis. Ya «se les quita esta gran flaqueza, que les causaba tanto trabajo, y antes no se les quitó. Quizá es que la ha fortalecido el Señor y ensanchado y habilitado; o pudo ser que [antes] quería dar a entender en público lo que hacía con estas almas en secreto» (7 M 3,12).

Presencia continua. «Cada día se asombra más esta alma, porque nunca más le parece [que las Personas divinas] se fueron de su lado, sino que notoriamente ve —de la manera que he dicho— que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda —que no se sabe decir cómo es, porque no hay palabras o estudios para expresarlo o explicarlo— siente en sí esta divina compañía» (1,8).

Unión transformante. El matrimonio espiritual, dice san Juan de la Cruz, «es mucho más sin comparación que el desposorio espiritual, porque es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación cuanto se puede en esta vida» (Cántico 22,3).

——————— o ———————

Los efectos de la oración mística pasiva son, ciertamente, muy notables. Crece inmensamente en el hombre la lucidez espiritual para ver a Dios, al mundo, para conocerse a sí mismo, y el tiempo pasado le parece vivido como en oscuridad y engaño: «Los sentidos y potencias en ninguna manera podían entender en mil años lo que aquí entienden en brevísimo tiempo» (5 M 4,4; +6 M 5,10). Nace en el corazón una gran ternura de amor al Señor, y aquella centellica que se encendió en la oración de quietud, se hace ahora un fuego abrasador (V.15,4-9; 19,1). El Señor le concede al cristiano un ánimo heroico y eficaz para toda obra buena (19,2; 20,23; 21,5; 6 M 4,15) y una potencia apostólica de sorprendentes efectos (V.21,13; +18,4). Y al mismo tiempo que Dios muestra su santo rostro al hombre, le muestra sus pecados, no sólo «las telarañas del alma y las faltas grandes, sino hasta un polvito de imperfección que haya» (20,28), y lo conforta en una determinación firmísima de no pecar, «ni hacer una imperfección, si pudiese» (6 M 6,3). En todo lo cual vemos que si la contemplación de Dios exige santidad («los limpios de corazón verán a Dios», Mt 5,8), también es verdad que la contemplación mística produce una gran santidad («contempladlo y quedaréis radiantes», Sal 33,6).

A estas alturas, al alma le queda en una gran paz (7 M 2,13), «y así nada le preocupa de todo lo que pueda suceder, sino que tiene un extraño olvido», aunque por supuesto, puede «hacer todo lo que está obligado conforme a su estado» (3,1). Siente la persona «un desasimiento grande de todo y un deseo de estar siempre o a solas [con Dios] u ocupados en cosa que sea provecho de alguna alma. No hay sequedades ni trabajos interiores, sino una memoria y ternura con nuestro Señor, que no querría estar sino dándole alabanzas» (3,7-8). A estas almas «no les falta cruz, salvo que no les inquieta ni les hace perder la paz» (3,15). El mundo entero le parece al místico una farsa de locos, pues él lo ve todo como «al revés» de como lo ven los mundanos o lo veía él antes. Y así, se duele de pensar en su vida antigua, que «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (V.20,26); «ríese de sí, del tiempo en que tenía algún gusto por el dinero y codicia de ellos» (20,27), y «no hay ya quien viva, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21,4). ¡Oh, qué felicidad haber descubierto la auténtica verdad!

Adaptado de:

Fundación Gratis Date:

http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm

Resumen (inverso):

Perfectos

(Oraciones

pasivas)

Unión transformante

 

Unión extática

Unión simple

Aprovechados

(Oraciones

semipasivas)

 

 

Sueño de las potencias

Oración de quietud

Recogimiento pasivo

Principiantes

(Oraciones

activas)

 

 

Oración de simplicidad

Oración de meditación

Oración espontánea de muchas palabras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Entre los místicos, se denomina “sentido” tanto a los llamados sentidos inferiores (vista, oído, olfato, gusto, tacto, placer, dolor…), como a los sentidos superiores (el entendimiento o inteligencia, la memoria, la voluntad, las sensaciones, los sentimientos, la imaginación, la fantasía, las pasiones, los vicios, etc.)

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Ciclo C, XXIII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

Purificar los apegos

 

En el libro de la Sabiduría se nos enseña que el hombre es infinitamente menos sabio que Dios y que, por lo tanto, todo juicio que haga de la realidad siempre será inexacto. Dios, por el contrario, lo conoce todo en su perfecta dimensión. Además, se pone de manifiesto que sus intenciones son más altas que las del ser humano, el cual sólo puede ir creciendo con la ayuda del Espíritu Santo.

Uno de los aspectos de la sabiduría divina fue siempre la alta dignidad del hombre, para el que no estaba planeada la esclavitud. Sin embargo, nuestra pequeñez de miras sólo comenzó a vislumbrar que la libertad es un derecho de todo hijo de Dios, cuando el Espíritu Santo, por intermedio de san Pablo, empezó a explicarlo en su carta a Filemón, como nos lo muestra la segunda lectura.

¡Cuántas no serán las verdades que están todavía ocultas a nuestros ojos!

Si meditamos el Evangelio de hoy, por ejemplo, el Espíritu Santo nos ayudará a desentrañar uno de los misterios más útiles de la doctrina cristiana: el ser humano llegará a ser totalmente santo, como nos lo pide Dios, cuando, libre de apegos, lo ame sobre todas las cosas. De hecho, nada impuro entrará en el Reino de los Cielos; mientras estemos apegados a las criaturas no podremos amar totalmente al Creador.

Eso es lo que hoy nos enseña Jesús: que la criatura no puede preferir las cosas, los otros hombres, las ideas propias o a sí mismo más que a Dios. Y la experiencia nos muestra que muchas veces Dios está en un segundo lugar.

¿Acaso no preferimos a las cosas cuando descuidamos la Eucaristía o la oración o la confesión, porque «tenemos mucho trabajo»? ¿Quién puede decir que ama más a Dios que a sus seres queridos si, en caso de que mueran, llora desconsolado, sin aceptar la voluntad de Dios, olvidando que Él es la misma sabiduría y el mismo Amor, y que si lo permitió es para nuestro bien, aunque no lo entendamos? ¿No es verdad que a veces nos desalentamos porque Dios no nos concede lo que le pedimos?

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Tuve un sueño*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 11, 2010

 

Soñé que estaba caminando por la playa acompañado del Señor.

Ya en el Cielo, comencé a ver las escenas de mi pasado: en cada una veía 2 hileras de pisadas en la arena: las mías y las del Señor.

Después de la última escena miré atrás, hacia donde estaban las pisadas; noté que en algunos de los pasajes había una sola fila de pisadas, y que esto sucedía precisamente durante los momentos más difíciles o tristes y de mi vida.

Decidí preguntar al Señor:

–Señor, una vez dijiste que si yo me decidía a seguirte, tú siempre caminarías a mi lado, y ahora veo que durante las partes más duras de mi vida había una sola línea de pisadas. No comprendo por qué cuando más te necesitaba me dejaste solo.

El Señor respondió:

–Amado hijo, yo te quiero mucho y nunca, nunca, te dejaría solo durante las horas difíciles de tu vida. Cuando viste una sola hilera de pisadas en la arena es porque, en ese momento, te llevaba cargado en mis brazos.

Anónimo

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Ciclo C, XXII domingo del tiempo ordinario

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 6, 2010

¿Humildad?

Una de las virtudes más desprestigiadas hoy es la humildad. En este mundo tan violento ha llegado a significar no hacer respetar los derechos propios.

Se la confunde también con el apocamiento, la pobreza en el ánimo (la pusilanimidad), la falta de ingenio y hasta la pobreza cultural, cuando no la económica…

El Eclesiástico es uno de los libros sapienciales, de los que enseñan la sabiduría. En sus páginas podemos aprender a alcanzar la felicidad, pues la sabiduría no es una colección de conocimientos sino, como lo explica la Real Academia de la Lengua, «conducta prudente en la vida», esto es: saber vivir.

Y en el extracto de hoy el Eclesiástico se nos enseña que en todos los asuntos debemos proceder con humildad y nos querrán más que al hombre generoso; que cuanto más grandes seamos, más debemos humillarnos, pues alcanzaremos el favor del Señor, porque Él revela sus secretos a los humildes…

Siglos más adelante, cuando vino a la tierra la mismísima Sabiduría encarnada —Jesucristo— sentenció: «Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado.»

Y Él lo enseñó con el ejemplo: «siendo de condición divina, no codició el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo, se rebajó a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte. Pero por eso Dios lo exaltó  y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre».

Como dice la segunda lectura de hoy, si seguimos este ejemplo de humildad de quien es nuestro paradigma, Jesús, el Hombre perfecto, «nos acercaremos a la asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, a los espíritus de los justos llegados ya a su perfección», es decir, a la felicidad auténtica, la que nunca acaba, la que siempre crece, para la cual fuimos creados.

Seamos, pues, sabios: sigamos el consejo de quien nos hizo, pues solo Él sabe cómo nos realizaremos completamente.

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Métodos fáciles para hacer oración de meditación*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

 

Presentación

Muchas veces he insinuado a la gente un ratito de meditación. Aún recuerdo lo que un día me respondió una señora. Me miró sorprendida y como quien no me cree en mis cabales, me dijo: «Padre, que yo no tengo vocación de monjita». «Yo, rezar, todo lo que quiera… pero eso de meditar me queda muy difícil».

Muchos creen eso, que meditar es muy difícil. Y son gente buena, piadosa. Y todo depende, pienso yo, de que a los seglares se les ha hablado muy poco del ejercicio de la oración de meditación. Y creen que eso debe ser demasiado complicado.

Este es el motivo que me ha movido a ofrecerte este artículo. Primero, para ayudarte a descubrir que la oración de meditación no es para ninguna clase social en particular sino para todo cristiano que quiere sentir y personalizar su fe. Y en segundo lugar, para facilitarte unos pequeños caminos que te sirvan de guía y puedas tú mismo hacer la experiencia de que meditar no es difícil, y que tú también puedes hacerlo.

Son caminos; no son los únicos; hay muchos más. Tú mismo podrás luego encontrar el tuyo, el que a ti personalmente te vaya mejor. De momento puedes empezar a caminar por alguno de estos. Si te indico demasiados puntos para tu reflexión no es para que tengas que recorrerlos todos. Elige aquellos que creas que te van mejor.

No tengas miedo en lanzarte a la experiencia. Al principio, puede que te sientas un tanto desorientado y hasta creas que estás perdiendo el tiempo. Mira, pierde el tiempo el que no hace nada, el que no intenta nada. No hay tiempo perdido para quien busca los mejores caminos para ahondar en el misterio del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz.

Te recomiendo para ello:

  • Comienza por querer meditar. Luego, decídete a meditar. Fija un momento concreto durante el día. Podrías comenzar por diez o quince minutos. Luego podrás ampliarlo.  

 

  • Pongo en tus manos este escrito con mi más sincero deseo de que despierte en ti las ganas de meditar.  

 

Tu amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

¿Yo puedo meditar?

La mayoría de los cristianos se han quedado con la oración de petición. No está mal. Es cosa buena. Pero se están perdiendo toda una serie de posibilidades.

Con frecuencia, los cristianos se lamentan de la ineficacia de su oración. «Pido y pido, y Dios no me ha escuchado». Y esto crea en muchos una especie de decepción contra Dios… Hasta se podía hablar de que a veces se molestan con Dios. «Si Dios no me hace caso, ¿para qué seguir rezándole? ¿Para qué seguir creyendo en Él?»

Nuestra oración debería ir acompañada de una mayor interiorización. Podemos «pedirle cosas», pero mucho más útil e importante es unirse a Él, conocer más de cerca el misterio de su amor. Meternos en su misterio. Dejarnos impregnar de su amor. Y esto lo hacemos mediante la oración de meditación. Meditando los misterios de la vida de Jesús, sobre todo, ese misterio supremo de su Pasión y Muerte que es la máxima expresión del amor de Dios para con nosotros.

 

Acércate más

Un discípulo pedía al Maestro que le enseñase a orar. El Maestro, muy complaciente le dijo: «Hijo, acércate».

El discípulo se acercó al Maestro. «Más cerca», le dice.

El discípulo se acercó más, hasta quedar pegado al Maestro. «Acércate más, hijo.»

El discípulo le dijo: «Maestro, ya no puedo más, tu cuerpo y el mío están pegados el uno al otro. ¿Cómo podré acercarme más?»

No te habrás acercado lo suficiente mientras sólo tu cuerpo y el mío estén pegados. Es preciso que acerques tu espíritu al mío. No estaremos verdaderamente unidos mientras tú no hayas metido tu alma en la mía, tu corazón en el mío. ¿No me pedías que te enseñase a meditar?

La meditación no consiste tan sólo en ver a Jesús por fuera. No es suficiente mirar con los ojos, ni tocarlo con las manos. Es necesario acercarse más a Él, hasta entrar en su propia intimidad, en sus sentimientos, en sus pensamientos, en sus actitudes. Es meterse y sentir por dentro lo que Él mismo sentía. Eso es la meditación. Y, en el fondo, esa es también la realidad de la oración.

Oración y meditación tienen como finalidad esencial la unión. Unión del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Jesús expresó y manifestó esto con frecuencia, hablando de su relación amorosa con el Padre y también de la relación que debe existir entre el Padre y nosotros:

«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21) «… yo en ellos y tú en mí». (Jn 17, 23)

«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor». (Jn 15, 9)

«Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo». (Flp 2, 5).

Meditar es entrar en comunión espiritual con Jesús. Es entrar en comunión de sentimientos, de afectos, de tristeza, de alegría, de miedos y de angustias de Jesús en su Pasión y Muerte. La gran pregunta que tenemos que hacernos, al meditar en su Pasión y Muerte, es: ¿Qué sentía realmente Jesús en ese momento? ¿Qué sentía sobre mí? ¿Qué pensaba de mí? ¿Cómo me tenía presente a mí en ese instante?

No meditamos para saber más sobre Dios o sobre Jesús. Para saber más estudiamos teología. Se puede saber mucho de Dios y de Jesús y nuestro corazón puede estar muy lejos de ellos. Meditamos para sentir más a Dios, para sentir más a Jesús. La meditación nos hará conocer mejor el misterio del amor de Dios, pero no con la ciencia de la teología, sino con la ciencia que se aprende en la experiencia.

Comienza

Los niños pequeños no tienen demasiadas ideas sobre su mamá; ni sabrían definirla; pero los niños chiquitos tienen mucha experiencia de lo que es una madre. No se ama mucho por saber mucha psicología sobre el amor. Por eso, aquel otro Maestro, cuyo discípulo le pedía que le enseñase la iluminación de Dios, le respondió: «Medita». «Pero, Maestro —respondió el discípulo—, yo no sé meditar». Y el Maestro impasible insistió: «Pues medita». «¿Y cómo meditar si no sé meditar?» «Pues medita. A amar se aprende amando y a meditar se aprende meditando. No aprende el que no comienza. No aprende a meditar el que no comienza a meditar».

¿Cómo enseñarle al niño chiquito a andar? Él mismo comienza a gatear, a tenerse en pie, temblando de miedo a caerse. Y más de una vez se cae. Pero andando se aprende a andar. A meditar se aprende meditando. ¿No aprendiste también así a rezar? ¿No aprendiste también así a hablar?

Querer, sentir ganas

El niño aprende a hablar porque siente necesidad de expresarse. Al principio sólo la madre es capaz de interpretar sus medias palabras. Pero él siente necesidad de comunicarse. (Alguien dijo que todo niño, al nacer, tiene en potencia todas las lenguas: el chino, el japonés, el español o el quechua… Para él todas las lenguas son iguales. Escuchando y hablando una en concreto se identifica con ella. Y esa lengua será su lengua propia toda su vida.)

Cada uno de nosotros sentimos necesidad de expresarnos también delante de Dios. Necesitamos decirle nuestros sentimientos y necesitamos sentir los suyos. Esa necesidad es la que nos tiene que llevar a la oración de meditación.

De ahí que el primer paso para meditar es querer, sentir ganas de meditar. El resto vendrá de por sí. Encontrarás muchas lenguas con las que poder comunicarte con Él, decirle tus cosas y escuchar las que Él te dice. Pero tú mismo irás luego aprendiendo tu propio camino, tu propio lenguaje. Habrá muchas maneras de interiorizar a Jesús en tu corazón.

Tú tienes que ir encontrando la tuya propia. Es la mejor. No se trata de imitar lo que hacen los demás. Tú anda tu propio camino. No intentes copiar caminos. Tú tienes el propio.

No partir del «no puedo»

El peor obstáculo que puedes encontrar en el camino de la meditación es decir: «yo no puedo, eso no es cosa para mí». Cuando el no puedo se adueña de tu corazón, tú mismo te estás poniendo una barrera difícil de saltar. No digas «no puedo», en tanto no hayas hecho la prueba. No sientas que la derrota hunde tu corazón, «cuando aún no has puesto el balón en juego».

Ahí está el Espíritu Santo

Pero, además, no olvides que la oración de meditación es una experiencia del misterio del amor de Dios revelado en Jesús. Y si tú no puedes entrar en el corazón de alguien si antes no te abre su corazón, tampoco podrás entrar al corazón de Dios y de Jesús, si ellos no se te hubieran abierto primero. Pero el corazón de Dios ya lo tienes abierto de par en par. La mejor muestra del corazón abierto de Dios es Jesús colgado de la Cruz. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3, 16).

Pero también es preciso que tu corazón esté abierto. Y aquí sí puedes encontrar dificultades. Con frecuencia tenemos miedo a abrirnos a Él, miedo a abrirnos a su amor. Pero ahí está el Espíritu Santo, testigo del amor de Dios hacia ti, y fuerza que ora en ti. No olvides que más que orar tú, es el Espíritu que ora en ti. Y esto no es una invención moderna. Te lo dice san Pablo:

«Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rm 8, 26-27).

Ésta es la gran ventaja que tenemos. Cuando decimos que no podemos orar, que no podemos meditar, nos estamos olvidando de quien sí puede orar y meditar dentro de nosotros, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo está siempre como ayuda en nuestras debilidades. El mismo Jesús, en los discursos de la Última Cena, decía al prometernos el Espíritu que Él nos enviaría:

«Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

No sólo nos recordará todo lo que Jesús dijo, sino que también nos recordará todo lo que Jesús hizo. Y lo máximo que hizo Jesús fue morir por nosotros en la Cruz. Por tanto, una de las misiones más importantes del Espíritu Santo será traernos a la memoria, al recuerdo, el amor del Padre revelado en la Muerte de Jesús. Será Él quien, al hacer presente este misterio de amor en nosotros, nos haga posible la gracia de la meditación, la gracia de poder experimentarlo y revivirlo en nuestro corazón.

La meditación sobre la Pasión y Muerte de Jesús

A muchos les asusta el camino de la Cruz. Posiblemente porque aún no han descubierto el verdadero sentido de la Cruz. Solemos identificar la Cruz con el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, las desgracias, los fracasos. Vista así la Cruz resulta poco amable. Si cuando uno va a someterse a una operación quirúrgica sólo piensa en el bisturí, en la anestesia, en los malestares postoperatorios, ¿quién se dejaría operar? Pero bisturí, anestesia y consiguientes malestares, ¿qué otra cosa son sino expresión de una salud que puede recuperarse?

La Pasión y Muerte de Jesús es cierto que están llenas de dolor. Pero el dolor aquí es una simple expresión de cuánto nos ama. «Me ama hasta ser capaz de dar la vida por mí». Lo importante es la «vida por mí». Es decir: el amor infinito de que soy objeto, el valor de mi vida que merece que Dios sacrifique la de su Hijo para que yo viva.

¿Qué es lo que medito en la Pasión y Muerte de Jesús? Medito en el amor. Un amor que leo y descubro en el sufrimiento de Jesús.

Medito en la verdad de Dios. Porque ahí descubro y encuentro que Dios se me revela no como el juez que condena, sino como el Dios que me «ama hasta el extremo». La meditación sobre la Pasión no puede llevarme a quedar aturdido por los golpes del martillo, sino a quedarme extasiado de su amor por mí. Quedarme en el martillo, los clavos, los maderos, es como hacerle perder horizonte a la Muerte de Jesús.

Medito en mi propia grandeza. Yo no puedo ser una basura. Primero, porque Dios no hace basuras y, en segundo lugar, porque nadie da su vida por una basura. ¿Tendrá aquí sentido aquello del tesoro y la perla del Evangelio? Vio el valor del tesoro escondido y de la perla tan preciosa que «vendió con alegría todo lo que tenía para comprarla». ¿No será que Dios ve lo que valgo yo y por eso entrega generoso a su Hijo para ganarme a mí?

De la meditación sobre la Pasión de Jesús sólo se puede sacar una consecuencia clara: dios me ama, Dios me valora. Yo soy importante. Por eso san Pablo de la Cruz insistía tanto en la meditación de la Pasión como una manera de que todos los hombres, aun los más pobres e ignorantes, tomasen conciencia de su dignidad.

Los métodos

Te he dicho que cada uno tiene que andar sus propios caminos. De todos modos, aquí queremos sugerirte algunos posibles caminos o métodos muy sencillos y simples. No son los únicos, tal vez tampoco los más importantes, porque los más importantes para ti son aquellos que mejor van contigo.

Son ayudas para que comiences. Luego tú mismo irás encontrando tu propio camino. Pero comienza por algo para que no te enredes en la maleza, y renuncies porque no ves nada por delante.

Tiempos de meditación

Se podría decir que no hay tiempos de meditación, porque todo el día tú puedes caminar por la vida con el corazón lleno de diversos sentimientos y recuerdos dolorosos y amorosos.

De todos modos, es conveniente dedicarle un tiempo adecuado a lo largo del día. Es conveniente comenzar por dedicarle de diez a quince minutos diarios. Es posible que luego tú mismo le vayas encontrando tanto gusto que alargues tu tiempo a media hora.

Escoge un momento oportuno. El que tú crees que es el más adecuado a tus posibilidades. Es tiempo que ha de ser para ti algo sagrado. Durante el día tienes tu tiempo laboral, tu tiempo recreacional, tu tiempo de diversión. ¿Por qué no tu tiempo personal? ¿Por qué no tu tiempo y el tiempo de Dios en ti?

Método «aplicación de los sentidos» (1)

A. Crea primero un ambiente propicio dentro de ti.

1      Ponte delante de Dios que te mira con cariño, con mucho amor. Aviva dentro de tu corazón esta mirada de Dios que te ve por dentro.

2      Aviva dentro de ti este sentimiento de fe: «Creo que me miras. Creo que me ves. Creo que tu mirada me descubre como soy por dentro».

3      Como si sintieses la mirada amorosa de Dios dentro de ti, reconoce con humildad tu realidad delante de Él. No trates de ocultarle nada, deja que las pequeñas basuras que llevas dentro se iluminen. Reconoce tus debilidades. ¿Cuál es la debilidad que en este momento más te humilla delante de Dios?

4      Pídele ahora que también tú quieres verle a Él por dentro. Quieres ver lo que siente su corazón por ti. Pídele: «Señor, hazme ver tu rostro». «Señor, dame un corazón que te ame como Tú me amas».

5    Pídele a María que te ayude a adentrarte en el misterio de la Pasión de Jesús, tal y como ella la vivió: «Madre, tú callaste durante toda la Pasión de tu Hijo. No dijiste ni una palabra. Todo lo vivías en tu corazón. Concédeme que también yo calle, pero que mi corazón la viva como el tuyo».

B. Cuerpo de la meditación

1      Escoge uno de los pasajes de la Pasión de Jesús. Léelo despacio, que te vaya quedando dentro.

2      Comienza por mirar, contemplar la escena. No hables nada. Simplemente mira, dejando que tu mirada vaya como metiéndose en la escena, no como espectador sino como algo que te interesa.

3      Fíjate en el rostro de Jesús. Su expresión, la que pudo tener según la escena que se medita. Mira al entorno que lo rodea, la expresión de los que están con Él.

4      Luego, trata de verte a ti mismo como parte de la escena.

¿Qué lugar ocupas tú allí? Deja que la mirada de Jesús se clave en ti y que con ella te pregunte: «¿Qué haces tú aquí? ¿De qué lado estás?»

5      Escucha lo que se dice, se habla, los diálogos… Que todo lo que se dice allí lo escuche tu corazón.

6      Trata de acercarte a Él: ¿Qué le dirías? ¿Qué le preguntarías?

¿Qué te diría Jesús? Escucha su voz.

7      Ahora intenta meterte dentro de Él: ¿Qué sentimientos descubres en Jesús? ¿Qué pensaría Jesús?

Permanece dentro del corazón de Jesús.

8      Trata de sentir dentro de ti lo que Él sentía. Que tú y Él viváis los mismos sentimientos.

Termina:

¿Qué es lo que más me llegó al corazón? ¿Cómo me veo a mí mismo frente a lo que he meditado?

¿En qué puedo cambiar mi vida a la luz de lo que he meditado?

¿Qué sentimientos he de seguir recordando durante el día?

Algunas escenas entre tantas:

1      Jesús en el Huerto: Mc 14, 32-40; Mt 26, 36-46

2      Prendimiento: Mt 26, 47-50; Lc 22, 47-53; Jn 18, 2-11

3      Negaciones de Pedro: Mt 26, 69-75; Lc 22, 56-62

4      Las burlas de Jesús: Lc 22, 63-65; Mt 26,67-68; Mc 14, 65

5      Jesús y Barrabás: Mt 27, 15-18 y 20, 22-26

6      Silencio de Jesús: Mt 27, 11-14

7      La flagelación: Mt 27, 27-31; Mc 15, 16-20

8      El Cirineo: Lc 23, 26; Mt 27, 31-34; Mc 15, 20-23

9      Jesús perdona: Lc 23, 33-34

10 Burlas en la cruz: Lc 22, 35-38; Mt 27, 39-43

11 El buen ladrón: Lc 23, 39-43; Mt 27, 44; Mc 15, 32

12 Jesús y su Madre: Jn 19, 25-27

13 Abandono en la Cruz: Mc 15, 33-39

14 Muerte de Jesús: Lc 23, 44-46

15 Sepultura: Lc 23, 50-56

Éstas no son sino algunas de esas escenas dolorosas de la Pasión de Jesús. Pueden serte útiles para comenzar. Luego podrás recorrerlas todas.

Importante:

–        No es cuestión de tener muchas ideas, sino sentir dentro de ti lo que Jesús sentía en cada escena.

–        De cada meditación haz una jaculatoria para repetir durante el día como resonancia de lo que has meditado. Un ejemplo de la Oración del Huerto: «Padre, hoy no quiero hacer mi voluntad sino la tuya». «Padre, también yo tengo miedo muchas veces, pero me fio de Ti».

 

Método «aplicación de los sentidos» (2)

A. Ambientación espiritual de fe, mediante el Padre Nuestro

1      «Padre nuestro»… Trata de sentir a Dios como Padre y a ti como hijo y a los demás como hermanos. Deja que tu corazón se empape bien de la paternidad de Dios y de tu filiación.  

 

2     «Padre, glorifica tu nombre»… Ponte en actitud de admiración, adoración y agradecimiento al amor paternal de Dios. Siéntete amado de Él.

3 «Padre, venga tu Reino»… Trata de identificarte con los intereses de Dios y que Dios sea reconocido por todos y todos trabajemos por su Reino en la tierra.

4      «Padre, hágase tu voluntad»… Trata de poner tu corazón en una actitud de aceptación de su voluntad renunciando a la tuya…  

 

5      «Padre, danos el pan»… Trata de sentir tu indigencia, tu pobreza y la necesidad que tienes de Dios en tu corazón…

 

6     «Padre, perdónanos»… Trata de sentir la necesidad de que Dios te perdone, te limpie interiormente reconociendo y repasando brevemente tus fallos.

7      «Padre, que yo perdone»… Despierta en tu corazón sentimientos de perdón hacia aquellos que no te caen bien o con los que tienes alguna enemistad, no te hablas…

 

8      «Padre, no me dejes caer»… Reconoce tu debilidad y que sin la ayuda de la gracia no puedes nada.

B Medita el amor del Padre en la Pasión

1  Escoge cualquier escena de la Pasión; por ejemplo, la muerte de Jesús.

2      «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

3      Verme a mí desde dentro, con todos mis fallos, indigno de ser amado.

4      Ver cómo por encima de mis debilidades, Dios me ama gratuitamente.

5      Mira a Jesús colgado de la Cruz, muerto, y escucha cómo te habla del Padre, de cuánto el Padre te ama. «Así te ama mi Padre…. ».

6      Contemplando a Jesús como entregado por el Padre, trata de sentirte amado por Él.

7      Métete en el corazón de Jesús para sentir su amor muriendo por ti.

8      Métete en el corazón de Dios para contemplar cómo vería Él la muerte de Jesús por nosotros. ¿Cómo vería Dios el corazón de su Hijo amándonos?

9      Trata de sentir en tu corazón la alegría de ser amado hasta el punto de dar la vida por ti.

C ¿Qué puedo hacer ahora?

1      ¿Cómo amo yo a Dios en mi corazón?

2      ¿Qué soy capaz de hacer para demostrarle mi amor por Él?

3      ¿Qué puedo hacer yo para amar a todos como Dios los ama?

4      ¿Hay alguien que rechazo en mi corazón? ¿Soy capaz de perdonarlo de verdad?

5      ¿Qué hay en mi corazón que me impide vivir este amor de Dios en mí?

6      ¿En qué cosas creo que debo cambiar en mi vida para expresarle mi amor a Él?

7      Mirando al Crucifijo ¿qué decisión tomo ahora en mi vida?

Escoge una jaculatoria para el día:

«Que la Pasión de Jesús esté siempre impresa en mi corazón».

«Tanto me ama Dios que Jesús murió por mí».

Meditar la Pasión de Jesús mediante jaculatorias

A. «Y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 41-42).

Jaculatorias:

«Padre, si quieres, sáname de esta enfermedad. Pero prefiero hacer tu voluntad, aunque no me cure»,

«Padre, me siento débil. Si quieres, líbrame de esta tentación que me molesta. Pero estoy dispuesto a tener que luchar, si así lo prefieres tú».

«Padre, ya sabes lo que me cuesta aceptar tu voluntad, pero como Jesús, también yo te digo «no se haga mi voluntad sino la tuya».

B. «Y sumido en angustia, insistía más en su oración” (Lc 22, 44).

Jaculatorias:

«Señor, que cuando me sienta triste, busque consuelo rezándote a Ti».

«Señor, que cuando no tenga ganas de nada, no deje mi oración a Ti».

«Señor, que cuando sienta tristeza en mi alma, busque mi alegría hablando contigo en la oración».

C. «Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,44).

Jaculatorias:

«Jesús, ¿tanto te costó también a Ti, aceptar la voluntad del Padre? Dame tu fortaleza para que no traicione nunca los planes que Tú tienes en mi vida».

«Jesús, ¿sudar sangre para ser fiel al Padre? Siento vergüenza de lo fácil que yo me quejo de todo».

«Jesús, Tú sudaste sangre por mí, que yo aprenda a vencer mis respetos humanos cuando deba confesarte en público».

D. «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del Hombre?» (Lc 22, 48).

Jaculatorias:

«Señor, ¿por un simple placer y satisfacción de mis sentidos, también yo quiero entregarte?»

«Señor, dame la gracia de quitarme las máscaras de mis mentiras y que pueda vivir en tu verdad».

«Señor, que sea sincero siempre conmigo y contigo, aunque muchas veces me duela reconocer la mentira que llevo dentro».

E. «Éste estaba con Él. Pero Pedro lo negó: ¡Mujer, no conozco a ese hombre!» (Lc 22, 56-58).

Jaculatorias:

«Jesús, dame la valentía de no negarte nunca delante de mis amigos».

«Jesús, que con mi vida no diga también yo que “no te conozco”. Porque Tú sabes bien que te conozco».

«Jesús, que tenga la valentía de confesarte con el testimonio de vida, allí donde mis amigos me están pidiendo que te niegue».

F. «Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 52).

Jaculatorias:

«Señor, dale lágrimas a mi corazón, para que llore con fe las veces que no te he confesado delante de los demás».

«Señor, que llore en mi corazón por las veces que te ofendí con mi pecado».

«Señor, dame la gracia de arrepentirme de las veces que he dado un mal testimonio de Ti, como cristiano».

G. «Pilato le preguntó con mucha insistencia, pero Él no respondió nada» (Lc 23, 9).

Jaculatorias:

«Jesús, Tú callabas cuando te acusaban en falso; dame la gracia de no defenderme cuando alguien habla mal de mí».

«Jesús, Tú callabas cuando eras acusado injustamente; que la mejor respuesta a los que murmuran de mí, sea el testimonio de mi vida».

«Jesús, Tú callabas cuando estaba en juego tu inocencia y tu misma vida; que mi mejor respuesta a los que hablan mal de mí, sea el amarlos más todavía».

H. «Echaron mano de un tal Simón de Cirene… y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús» (Lc 23, 26).

Jaculatorias:

«Jesús, también Tú sentiste la debilidad bajo la Cruz. Te pido que no me desaliente en mis propias debilidades».

«Jesús, necesitaste que un cualquiera te ayudase a llevar tu Cruz. Dame generosidad para que también yo ayude a mis hermanos a llevar las suyas».

I. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Jaculatorias:

«Gracias, Jesús, porque estoy seguro de que nunca me faltará tu perdón».

«Gracias, Jesús, porque tu amor que perdona es más grande que mis pecados».

«Gracias, Jesús, porque en tu muerte me enseñas a perdonar aunque yo tenga la razón».

Meditación de la Pasión de Jesús para los momentos difíciles de la vida

A. Disposiciones interiores para meditar

1      Comienza pidiéndole al Espíritu Santo que ilumine tu mente, y aliente tu corazón para que puedas encontrarte a ti mismo en la Pasión de Jesús.

2      Luego, mírate a ti mismo por dentro: imagínate que eres como un templo («sois templos del Espíritu Santo»), o bien como una especie de sagrario, donde Jesús habita. Procura sentirte como habitado por Dios.

3      Con la mente y el corazón procura buscar la figura de María en la Pasión de su Hijo. Entra ahora en su corazón dolorido: ¿qué sentiría como madre? ¿Qué actitudes descubres en medio de su dolor?

4      Pídele ahora que te ayude a comprender y vivir la Pasión de su Hijo como ella misma la vivió y sentir lo que ella sintió.

B. Verme como parte de la Pasión de Jesús

1      Recuerda: «Todos cuantos tenían enfermos de diversas enfermedades y dolencias se los llevaban a Jesús» (Lc 4, 40).

2      Reconocer mis enfermedades: los dolores físicos, los dolores sicológicos, tristeza, penas, desilusiones, miedos, inseguridades, aburrimiento.

3      Reconocer las enfermedades de mi alma: las debilidades y flaquezas que me hacen caer, los pecados que más me duele haber cometido, mi falta de caridad, mis faltas para con Dios, para con mis hermanos.

4      Ver ahora a Jesús cargado con la Cruz hecha con todas mis debilidades, mis caídas, mis flaquezas, mis infidelidades. Trata de ver cada una de estas situaciones tuyas amontonadas sobre las espaldas de Jesús.

5      Verte aliviado espiritualmente porque Él se hace cargo de todo lo que a ti te está pesando tanto.

6      Métete dentro de su corazón para sentir lo que Él sentiría al cargar con toda esa tu vida.

7      Preséntale a todos los que te hacen sufrir y dile que los aceptas como Él te está aceptando a ti.

8      Preséntale a todos los que también están sufriendo y se sienten débiles. Preséntale a las personas que conoces y sufren. Preséntale a los enfermos del barrio, a la gente necesitada y pobre, a tanto niño abandonado en la calle. Pídele que los haga fuertes, que Él pueda ser su esperanza en un mundo que les niega la esperanza.

9      Míralo a Él despacio, más con el corazón que con los ojos. Y deja que Él te mire a ti. Deja que sus ojos penetren en tu corazón y vean lo bueno que llevas dentro, también toda la pobreza que hay dentro de ti.

C. Actitudes

1      Jesús, en su Pasión, callaba… No se defendía… No se quejaba… ¿Qué actitud tomo yo en estos casos? ¿Callo? ¿Me quejo? ¿Me lamento o incluso critico?

2      Jesús, en su Pasión, se apoya interiormente en su Padre Dios, incluso aunque Éste parezca no dar la cara. ¿En quién me apoyo yo en mis sufrimientos y debilidades?

3      Jesús, en su Pasión, amaba a los que lo hacían sufrir… ¿Cómo veo yo a los que me fastidian?

D. Decisiones

1      Viendo a Jesús en su Pasión ¿qué resoluciones decido tomar en mi vida para el futuro?

2       ¿Qué defecto en particular debo corregir en mi vida?

3      ¿Qué debo hacer yo con los que fallan o veo débiles?

4      ¿Hoy qué cosas y qué actitudes debo mejorar en mí para parecerme más a Jesús?

5      ¿Hoy qué actitudes puedo asumir con aquellos que a mi lado están sufriendo?

Jaculatoria:

«Jesús, Tú que cargaste con mi vida sobre tus espaldas, concédeme que yo alivie el peso que cargan mis hermanos».

Método «mariposilla que se quema»

«Deje que la pobre mariposilla se abrase toda, se reduzca a cenizas en esa llama amorosa de la dulcísima hoguera del corazón amoroso de Jesús y, hecha cenizas, deje que esa poca ceniza de su nada se abisme, se pierda, se consuma, en el abismo infinito de la infinita bondad; y allí deshecha de amor, haga fiesta continua, con cánticos de amor, con sagradas complacencias, con sueños amorosos, con santo silencio» (San Pablo de la Cruz, L. I, 279).

1      Para comenzar esta manera de meditar imagínate una luz encendida en la oscuridad. Ve cómo las mariposillas se lanzan a la luz hasta que la luz que las fascina termina por quemarlas.

2      Luego, trata de mirar al corazón de Dios, en el corazón de Cristo crucificado, ardiendo en llamas de amor. Quédate contemplando un rato el corazón de Dios encendido en llamas y Dios que te grita: «Te amo, soy tu padre». «Cree en mi amor, fíate de mi amor, déjate amar».

3      Contempla luego tu corazón deseoso de ser amado, hambriento de cariño, de ternura. Contempla las decepciones amorosas que has tenido. Has creído en tantos amores que luego te han fallado, te han abandonado. Tú te entregaste totalmente y te han fallado.

4      Pero tú sigues necesitado de amor. Mira el corazón ardiente de Dios sobre la Cruz. «Tanto amó Dios al hombre, que entregó a su Hijo único».

«Dios es amor».

«Nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él».

5      Imagínate que eres como la mariposilla revoloteando alrededor del corazón de Jesús crucificado.

–  Deja que su amor se te vaya metiendo dentro: «Señor, creo que Tú sí me amas de verdad». «Creo en tu amor para conmigo». Repítelo hasta que sientas que tu corazón sí cree de verdad en el amor de Dios Padre.

–  Deja que en tu corazón se vaya encendiendo ese amor de Dios crucificado y vayas sintiendo también tú el calor del fuego de ese amor.

–   Deja que el calor del amor del corazón de Dios vaya calentando, quemando todo lo feo que hay en ti, hasta sentirte limpio y brillante.

6      Despierta sentimientos de alegría al saberte amado. Puedes utilizar algunos versículos del Magníficat de María:

– Proclama mi alma la grandeza del Señor.

– Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

– Porque me ha mirado y me ha amado.

– Porque su amor quiere hacer cosas grandes en mi corazón.

–  Incluso podrías poner la música de algún canto que hable del amor de Dios…

8      Termina:

–  haciendo un acto de fe en el amor de Dios hacia ti,

–  haciendo un acto de agradecimiento: agradécele tanto amor,

–  renovándole tu amor hacia Él y hacia todos los hombres,

–  si hay alguien que no simpatiza contigo, dile al Señor que tú también lo quieres amar a él.

9      Actitud para la jornada: trata de repetir durante el día:

«Dios me ama».

«Gracias, Señor por tu amor».

«Sé que debo “amarte con toda mi mente, con todo mi corazón, con todo mi ser, y a mi prójimo como a mí mismo”, o como Tú mismo lo amas».

 

Método «examen de tus pecados»

«…Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn, 4, 10).

«… mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía nosotros pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

–        Ponte en presencia de Jesús en su Pasión. Y hazte una pregunta: «¿Y todo esto lo hizo por qué, por quién?» Y trata de sentir que la razón última de la Pasión de Jesús eres tú mismo, como pecador.

–        Esto hace que no seas espectador de ella sino que te metas hasta dentro, como uno de los principales actores. Tú en la Pasión no eres actor de relleno, eres actor principal.

–        Él sufre la Pasión como «propiciación por mis pecados». Sufre su Pasión como reparación de mis pecados. Sufre como consecuencia de mis pecados. Si yo no hubiese pecado ¿hubiese sufrido tanto?

Y aquí puedes hacer una doble experiencia:

La primera: mis pecados son cosa seria…. hacen sufrir a Dios, condenan a Dios, cargan con la Cruz a Dios, crucifican a Dios y matan a Dios.

La segunda: debo hacer un examen de mi historia de pecado:

–       mis pecados personales en el cumplimiento de mis deberes para con Dios,

–       mis pecados personales contra mi hermano, sobre todo, mis pecados de desamor, injusticia, incomprensión,

–       mis pecados de indiferencia ante el dolor de los demás.

No como quien hace un inventario de cosas que no me afectan. Sino como quien va viendo en cada uno una manera de someter a Jesús a su Pasión.

–       De los actuales pecados, defectos e imperfecciones de mi vida, ¿cuál me parece que realmente más le hace doler el corazón a Jesús, más le hiere en su espíritu? Es posible que a mí me parezcan tonterías. Pero vistos desde el cuerpo golpeado y el alma herida de Jesús ¿cómo los veo?

–       Más que sentirme juzgado y condenado por Él, debo sentirme, a pesar de todo, amado por Él. Me ama, aún siendo pecador… El poder de su amor es más grande que mis propias debilidades.

Termina dándole gracias por sus heridas. Pidiéndole perdón por lo que tú le haces sufrir a Él y le haces sufrir en los hermanos.

Pidiéndole perdón porque, pese a lo que Él ha hecho por ti, tú aún sigues sin dar importancia al pecado en tu vida.

Pidiéndole perdón porque, viendo lo que Él hace por ti, tú apenas haces nada por los demás.

Y decide en qué cosas crees que debes cambiar. Toma la decisión mirándolo, porque el verdadero valor y significado del pecado sólo puede medirse desde la experiencia de sus efectos en Jesús durante su Pasión.

 

Método «pescar»

«También quisiera que alguna vez fuera a pescar. ¿Cómo? Veamos: La Pasión santísima de Jesús es un mar de dolores, pero también es un mar de amor. Dígale al Señor que le enseñe a pescar en ese mar. Sumérjase en él y cuanto más se sumerja, menos hallará fondo. Déjese penetrar enteramente por el amor y el dolor. De esta manera hará totalmente suyas las penas del dulce Jesús» (San Pablo de la Cruz, L. III, 516).

–       Mentalmente figúrate la Pasión de Jesús como un mar de dolor y un mar de amor. Igual que el agua del mar que es a la vez salada y a la vez fresca para los días de calor.

–       Piensa en todo lo que Jesús debió sufrir en sus horas de Pasión. Pero piensa también cuánto amor había en su corazón. «Con verdadero deseo he deseado que llegase esta hora». El dolor lo ponen los hombres y lo sufre Él. Pero el amor lo pone Jesús y lo sientes tú. Imagínate cómo ardería su corazón en ganas de expresarte y manifestarte todo el amor que el Padre tiene por ti.

–        Pídele con paz: «Jesús, enséñame a descubrir ese fondo de tu dolor y de tu amor». Pídele que te enseñe a sentir y creer de verdad que nadie te ha amado tanto como Él.

–        Sumérgete en ese mar de dolor y de amor como si te echases al mar en un día caluroso de verano. Métete en ese dolor como si tú mismo lo sintieses, parecido a lo que sucede cuando metes el dedo o la mano en agua hirviendo. Y métete también en ese inmenso amor y siéntete todo rodeado del cariño de Dios.

–        Haz tuyos sus sufrimientos. Y haz tuyo todo su cariño, toda su ternura y todo su amor. Trata de sentirte amado por Él como se sintió Pedro después de negarlo y sus ojos tropezaron con la mirada tierna de Jesús que le llegó hasta el fondo del alma.

–        Sumérgete también en el dolor de cada hombre, mujer, niño, joven o anciano. Acércate al dolor de los demás. ¿Quieres imaginarte a ti como uno de ellos? ¿Como un necesitado como ellos? ¿Vestido de andrajos como ellos? ¿Cómo te sientes viviendo en esa condición casi inhumana?

–       Y ahora la pesca: ¿qué sentimiento más te ha impresionado? ¿Qué actitud de Jesús más ha tocado tu corazón? Y como quien lleva los peces pescados a casa, lleva dentro de ti esos sentimientos para vivirlos durante el día. Llévate también contigo a lo largo del día éste o aquel sufrimiento de alguno de tus hermanos….

Termina dándole gracias por lo que sufrió por ti y por todo el amor con que te amó y te sigue amando.

Método «coloquial»

«Sí no puede meditar en la Pasión de Jesús, hable de ella con Él, con algún coloquio amoroso» (San Pablo de la Cruz, L I, 401).

1      Comienza como siempre creando un clima de paz, de serenidad, de tranquilidad y de fe, dentro de tu corazón.

2      Aviva tu corazón en actitud de fe, de admiración, adoración y reverencia hacia Dios…

Pero sobre todo, aviva la experiencia paternal de Dios y tu condición filial: Él es tu padre y tú su hijo.

3      Haz una breve oración pidiéndole que sea Él mismo quien te enseñe a descubrir el misterio de su amor revelado y manifestado en el dolor de su Pasión y Muerte.

4      Y como el hijo pequeño que se deja guiar por la mano de su madre y que pregunta de todo, siente que le agarras la mano a Jesús y pídele que Él te vaya guiando, que sea Él quien te responda. Se trata de una breve meditación en la que tú preguntas y dejas que Él sea el que responde:

– Señor, ¿qué es lo que más te dolió durante las horas de tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué actitud humana más te dolió y repugnó durante tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿qué dolor físico fue el que más te hizo sufrir?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento te sentiste más solo y abandonado de todos?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento me tuviste más presente en tu corazón?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué es lo que hoy más te duele en la vida de mis hermanos? ¿Qué es lo que hoy te sigue haciendo sufrir en la vida de tantos hombres y mujeres? ¿Qué es lo que más hiere tu corazón en mi vida; por ejemplo en mi trato con los demás?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿cuál de los personajes de la Pasión te causó más dolor? ¿Judas, Pedro, Caifás, Pilato, Herodes…?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿en qué personaje me viste más retratado a mí en tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

6      Luego desahoga tus sentimientos con Él…

– sentimientos de compañía,

– sentimientos de pena,

– sentimientos de amor hacia Él,

– sentimientos de agradecimiento,

–  sentimientos de decisión de cambiar tu vida…

Jaculatoria para el día:

Puedes convertir en jaculatoria cualquiera de los sentimientos que has tenido o has visto en Jesús.

O puedes repetir:

«Que la Pasión santísima de Jesús esté impresa y grabada siempre en mi corazón».

Método «esconderse en las llagas de Jesús»

“Procure permanecer escondido en las llagas santísimas de Jesús, que será enriquecido de todo bien y de toda verdadera luz, para volar hacia la perfección según su estado» (San Pablo de la Cruz, 1, 558).

 

1      Esta meditación puedes comenzarla poniendo primero paz en tu espíritu, reconociendo humildemente tu pobreza espiritual, y la poca fidelidad que tienes a las exigencias del amor de Dios.

2      Luego, pon tus ojos y los ojos de tu corazón en el Crucificado. Y contempla todas las llagas de su cuerpo entregado y maltratado colgado de la Cruz:

–  anda repasando con tu mirada cada una de sus heridas,

– hazlo despacio identificándote con cada una de ellas,

– repasa luego las cinco llagas: las de sus manos y las de sus pies, y la llaga del costado.

3      Contempla cada llaga como si cada una tuviese un letrero: Amor. Así ama Dios.

4     Y después quédate mirando la gran llaga, la del costado, por la que puedes meterte hasta el corazón mismo de Jesús:

–        métete en esa llaga abierta hasta el fondo,

–        siente dentro el calor del corazón de Jesús,

–        siéntete amado por Él,

–        siéntete acogido por Él,

–        siente la seguridad de ese refugio amoroso del Corazón de Dios.

5      Vive ahí dentro como si fuese tu propia casa. Siéntete a gusto ahí dentro.

6      Contempla también a Jesús llagado en su cuerpo místico: en tantos hermanos nuestros que pecan y así lo hieren más y más. Intenta tocar a ese Jesús adolorido que tantas veces se cruza en tu camino.

7      Es el momento de sentirse bañado por la Sangre que mana del costado de Jesús…

– sentir que de ahí dentro nació la Iglesia…

– bebe a gusto en la fuente misma de la Iglesia,

– reaviva tu fe en la Iglesia,

– siéntete tú mismo Iglesia.

Es también el momento de meter en las llagas de Jesús a los enfermos, a los ancianos, a los que sufren soledad, a los que viven pidiendo limosna y sienten el rechazo de la sociedad; para que sepan que están compartiendo la Cruz de Cristo y que, por eso, son privilegiados, pues así lo ayudan a salvar personas.

Haz la prueba de ir metiendo en la llaga del costado a los privilegiados que se hacen víctimas con Él: cada una de las personas necesitadas, pobres, enfermas…

8      Vivencia para el día, repite con frecuencia:

Señor:

–  Cuando me sienta solo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté triste, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté sufriendo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando me sienta incomprendido, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando sienta que te he ofendido, en tus llagas, escóndeme.

–  Cuando sienta miedo de acercarme a Ti, en tus llagas, escóndeme.

–  ¡Gracias por hacerme uno contigo!

Señor:

– Cuando mis hermanos sientan la desesperanza, en tus llagas, escóndelos.

–  Cuando mis hermanos sientan la frialdad de los demás, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la dureza de la pobreza, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la inseguridad del futuro, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la injusticia social, en tus llagas, escóndelos.

– Que sepan que todas sus cruces son participación de tu vida divina, y así se hacen uno contigo.

Método «ofrecimiento de la Pasión»

«Ofrezca al Padre la Pasión de su divino Hijo, dígale que si el mundo no merece esta visita de tanta misericordia, lo merece en cambio Jesús. Dígaselo, háblele con claridad, pero con suma reverencia… pues el mundo vive olvidado de las penas de Jesús, que son el milagro de los milagros del amor de Dios» (San Pablo de la Cruz L II, 499).

1      Comienza la meditación poniéndote en la presencia de Dios que ve y mira tu corazón.

2      Luego, contempla el mundo que te rodea.

–        ¿Qué importancia dan a Dios los hombres que conoces en torno tuyo?

–        ¿Qué importancia dan a la Pasión y Muerte de Jesús las personas con las que vives y las que viven en tu entorno?

–        Trata de sentir pena por el olvido de Dios en el corazón de tanta gente: el olvido de su amor, el olvido de lo que ha sufrido por nosotros.

3     Contemplando a Jesús crucificado y muerto en la Cruz, celebra como una especie de Misa en tu corazón:

–        extiende tus manos abiertas y míralas,

–        imagínate que tus manos son como la patena y el cáliz de la Misa,

–        en ellas pon el Cuerpo roto de Jesús y su preciosa Sangre,

–        ofréceselos al Padre:

«Padre, me duele el olvido en que te tiene el mundo. Padre, me duele que el mundo no crea en tu amor. Padre, me duele que el mundo no se deje amar por tu Amor crucificado.»

«Yo no tengo nada que ofrecerte, sino mis propios olvidos. Porque también yo me he olvidado demasiado de que Tú me amas. Pero

–        te ofrezco la Cruz de Jesús,

–        te ofrezco la Pasión santísima de Jesús,

–        te ofrezco la Muerte de Jesús,

–        te ofrezco a Jesús mismo, tu Hijo, al que Tú entregaste por nosotros.»

4      Quédate así un rato, mientras tu espíritu se sienta a gusto. Piensa que es Jesús mismo que se ofrece en tus manos al Padre. Piensa que eres como un sacerdote para el mundo desde cuyas manos ofreces al Padre todo el amor que Él mismo te ha manifestado en Jesús crucificado.

5      Siente que en tus manos tienes el «milagro de los milagros del amor de Dios» y que como no tienes nada tuyo que ofrecerle, lo ofreces a Él mismo.

6      Mantente así el tiempo que necesites, sin prisas, sintiendo dentro de ti esa doble experiencia: el corazón de los hombres y el corazón de Jesús Crucificado. El olvido de los hombres y las ganas de Dios de manifestarles su amor.

7      A lo largo del día, mira con frecuencia tus manos en las que le has ofrecido a Dios la Pasión y Muerte de Jesús…

8      A lo largo del día piensa que unas manos que han ofrecido la Pasión y Muerte de Jesús, no pueden ser manos que hieran a los demás, sino manos que expresen amor a los demás.

 

Método «descansar sobre la Cruz»

«Ea, pues, repose en paz sobre la cruz, duérmase, con sueño de fe y de amor en el corazón de Jesús crucificado; padezca, calle y cante espiritualmente. «Yo no me gloriaré en otra cosa, sino en la cruz de mi dulce Salvador» (San Pablo de la Cruz L. II, 719; Gal 6,14).

1      Puedes comenzar ambientándote con la lectura de la crucifixión. Llegados al Calvario, lo desnudan de sus vestidos y lo tienden de espaldas sobre el madero de la Cruz. Y le clavan con clavos las manos y los pies.

2      Quédate unos momentos en silencio contemplando con los ojos de tu corazón la escena de la crucifixión. Deja que tu corazón se empape bien.

3      Luego, trata suavemente de meterte en el corazón de Jesús para escuchar con los oídos de tu corazón lo que Él siente en esos momentos.

Jesús cansado y agotado del camino del Calvario encuentra como única cama de descanso los maderos de una Cruz.

4      Unido espiritualmente a Jesús, pídele que, por unos momentos, te deje a ti echarte sobre su Cruz.

– Imagínate tumbado sobre la Cruz de Jesús.

–  Descansa unos instantes sobre ella, en silencio.

–  No te muevas, intenta sentir la dureza del madero, pero intenta también sentir la serenidad, la paz, el amor de Jesús en tu corazón.

5      Piensa que tus sufrimientos son una cruz como la de Jesús.

–  Échate suavemente sobre esa cruz de tu vida, trata de sentirla.

– Piensa en la Cruz de Jesús y piensa en la tuya… ¿a cuál de las dos la ves más dura y dolorosa?

6      Trata de descansar sobre la Cruz de Jesús… y luego trata de descansar sobre tu propia cruz.

7      Mírala con ojos de fe: no en lo que tiene de dolor, sino en lo que significa de amor. No la veas como un castigo que tienes que sufrir. Por el contrario, intenta verla como la cruz en la que también tú estás llamado a morir por los demás. Haz de tu cruz una oportunidad para ofrecer tus sufrimientos: por la Iglesia, por los que viven alejados de Dios, por la santidad de los tuyos y tu propia santidad.

8     Piensa que Jesús no hizo su cruz. Se la hicieron otros. Y otros lo clavaron a ella. Abre los ojos del corazón para contemplar a tantos hermanos tuyos clavados en tantas cruces de dolor, pobreza, desesperanza…; tampoco ellos se han construido su cruz. ¿Cuántas cruces he labrado yo para crucificar a mis hermanos?

9      Toma una decisión: Durante el día no quejarte de tus sufrimientos, sino callar e incluso darle gracias a Jesús que te permite parecerte a Él y hacer algo por los demás.

Jaculatoria para el día:

«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que, por tu santa Cruz, redimiste al mundo».

Método «beber del cáliz de Jesús»

«Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 42).

«… beba dulcemente del cáliz que le ofrece Jesús, pues, si bien es amargo al sentido, sin embargo es agradable al espíritu, porque lo enriquece de modo extraordinario» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

–        Comienza imaginándote a Jesús, postrado en tierra, la noche de Getsemaní. Casi desfallecido, sin fuerzas, con el alma llena de tristeza.

–        Escucha el grito de su oración al Padre y que brota de la soledad de su corazón «si quieres, aparta de mí este cáliz»… Aparta de mí mi Pasión. Aparta de mí mi condena. Aparta de mí la Cruz. Aparta de mí la muerte.

–        Entra en su corazón que siente el mismo rechazo que cualquiera al dolor, el sufrimiento, los desprecios y la muerte. Fíjate bien que es una oración hecha grito, hecha de dolor y angustia, aunque también de confianza y seguridad en el Padre.

–       Haz que tu corazón escuche callado la actitud de obediencia filial a lo que instintivamente repugna… «que no se haga mi voluntad, sino lo que tú quieres».

–       Únete a Jesús así caído y piensa desde tu corazón en tantos hermanos que también hoy gritan al Padre su propia angustia, su tristeza, sus miedos de cada día; y saca el propósito de enseñarles a todos la sabiduría de la Cruz: que unidos a las penas de Jesús ayudarán a cada hombre y mujer.

–       Jesús llama a su Pasión «cáliz, copa». Como si toda su Pasión estuviese metida en un vaso y que Él mismo tiene que tomar en sus manos y acercarlo a sus labios y beberlo.

–       Durante unos momentos, en silencio, deja que tu corazón se compenetre con esa angustia y rechazo que siente Jesús. No hables palabras. Trata de sentir en ti lo que Él sentía y experimentaba. Y dile que no quieres dejarlo solo: que eres tú quien se merece todo ese sufrimiento.

–       Luego, entra dentro de ti mismo. Imagínate que tienes en tus manos un vaso grande. Ve metiendo en él todos tus sufrimientos, frustraciones, insatisfacciones, desilusiones. Llénalo con todo aquello que tú estás rechazando ahora mismo en tu vida. Lo que más te duele. Lo que más te hace sentir miedo de cara al futuro.

–       ¿Sientes ganas de tomarlo? ¿Sientes ganas de beberlo entero o más bien tu corazón protesta, grita y hasta se desespera?

–        Mirando fijamente a Jesús, ¿qué cosas quisieras decirle también tú hoy a Dios? ¿Que te disculpe de beber y tragarte tus sufrimientos?

–        Mejor si comienzas por contemplar a Jesús de nuevo. ¿Te atreverías a pedirle que te dé ese cáliz de su Pasión, que tú estás dispuesto a beberlo por Él, en vez de Él? ¿Te atreves ahora a quejarte de que Dios no te oye, no te escucha, no te ama? ¿Te atreverías a beber el cáliz del sufrimiento por todos esos hombres, mujeres y niños que a diario contemplas en los noticiarios de la televisión?

–        ¿Por qué no echas tus propios sufrimientos corporales, afectivos, emocionales, morales y espirituales en el mismo cáliz de la Pasión de Jesús? ¿No crees que si bebes tu propio cáliz en el cáliz de la Pasión tu propia pasión tendía otro sentido?

–        Comprométete a ir bebiendo a sorbitos a lo largo del día el cáliz de su Pasión y de tu pasión, diciendo con frecuencia: «Padre, quita de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad».

Método «mi gota de sufrimiento»

«Arroje esa pequeña gota de su padecer en el mar inmenso de los padecimientos de Jesús. Y así verá cómo su alma, toda embriagada de amor, quedará sumergida totalmente en el puro amor y el puro padecer, viéndose penetrada interior y exteriormente» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

1      Como siempre, comienza por ponerte delante de Cristo Crucificado, tratando de hacer silencio interior lleno de fe. Renuncia a tus ideas, a lo que sientes y ponte en desnudez, espiritual en su presencia.

2      Lee alguno de los pasajes de los relatos de la Pasión de Jesús, cualquiera, el que mejor se adapte a tu estado en ese momento.

3      O bien, échale una mirada a Jesús colgado de la Cruz, contemplando lo que Él sufre. Y deseando completar sus sufrimientos…

4      Imagínate estar junto al mar, la inmensidad de las aguas.

Haz la prueba de echar una gotita de agua en el mar:

– ¿Puedes encontrarla ahora?

– ¿Sabes dónde está?

– ¿Puedes recogerla?

5      Esa gotita de agua se ha perdido en la inmensidad del mar.

Ya no existe porque ha quedado absorbida por el agua del mar.

Ya ha adquirido el sabor del agua del mar. Es tan pequeña, comparada con la grandeza del mar, que prácticamente resulta insignificante.

6      ¿Verdad que te quejas y lamentas de todo lo que te pasa? ¿Quisieras comparar tus sufrimientos con los de Jesús?

7      Tú estás sufriendo.

Cuéntale a Jesús todos esos sufrimientos que en estos momentos atormentan tu cuerpo o tu espíritu.

–  Arrójalos en el mar de los sufrimientos de Jesús en su Pasión.

–  ¿Crees que los podrás encontrar? ¿No se parecerán a la gota de agua que has echado en el mar?

–  Piensa que lo mismo que la gota de agua, también tus sufrimientos han quedado perdidos y absorbidos por los sufrimientos de Jesús.

– Piensa que también esos sufrimientos tuyos, arrojados en el mar de los sufrimientos de Jesús, ya no tienen sabor propio, también ellos tienen ya el sabor de los dolores de Jesús. Ahora están unidos místicamente a los suyos y tienen una grandísima eficacia: le devuelven la gloria que le quitamos a Dios-Padre con nuestros pecados, lo ayudan a salvar y a santificar a mucha gente y así se va construyendo su Reino de amor en los corazones de los hombres.

9      Medita callado en tu corazón:

– Todavía siento que nadie sufre tanto como yo…

– me rebelo porque todo me sale mal y Dios me tiene dejado de su mano….

– pero, al ver ahora mis sufrimientos perdidos en el mar de sufrimientos de Jesús, ¿podré quejarme? Y al ver mi gota en el mar de dolor de mis hermanos, ¿podré quejarme contra Dios?

10 Procura sentir en ti los mismos sentimientos de Jesús en sus padecimientos de la Pasión… Mira su anhelo por salvar a todos…

– Identifícate interiormente con ellos. Y ahora déjate perder a ti mismo en un mismo dolor: el tuyo y el de Jesús.

– Ama tu condición dolorosa como Jesús amaba la suya. Ámalo a Él sintiéndote amado por Él, sintiéndote así identificado con Él interior y exteriormente. Y serás eficaz.

11 A lo largo del día, ofrécele tu padecer unido al suyo, ofrécele los sufrimientos que Él padeció y en ellos, como gota en el mar de su dolor, ofrécele los tuyos. Trata de vivir identificado a Él por dentro, en tus sentimientos, y por fuera, en tus padecimientos.

Método «el ramillete»

«Mi Amado es para mí una bolsita de mirra… mi Amado es para mí un ramillete de nardos» (Ct 1,1214).

«Haga un ramillete de las penas de Jesús y guárdelo en el fondo de su corazón, y de vez en cuando haga memoria amorosa y dolorosa con dulces palabras» (San Pablo de la Cruz, L I, 108).

«Lleve en su corazón un ramillete de las penas de Jesús y de los dolores de María» (San Pablo de la Cruz, L I, 99).

Los que se pasean por un bello jardín no salen de él a gusto si no se llevan entre las manos algunas flores para olerlas y guardárselas durante el día.

Así nosotros, al leer o meditar la Pasión de Cristo es gratificante que escojamos algunas palabras, pensamientos o hechos que nos hayan impactado más, y formemos con ellos un ramillete, para guardarlo y olerlo espiritualmente durante el día. Es el ramillete de las penas de Jesús.

De los consejos de San Pablo de la Cruz se desprenden los siguientes movimientos:

– Haz un ramillete de las penas de Jesús (escribe): espinas, clavos, desprecios, llagas, etc.

– Guarda el escrito (ramillete) junto al corazón; expresa sentimientos de amor, recuerda las penas de Jesús, piensa en ellas durante el día…

– Haz actos de amor y dolor, de acción de gracias.

– Ofrece frecuentemente este ramillete a Dios Padre por las necesidades que el Espíritu de Dios te inspire en cada momento: la salvación de todos los hombres, la santificación de cada uno de los miembros la Iglesia, la honra y gloria de Dios…

– Ten libertad para hacerlo como el Espíritu Santo te inspire, sin esfuerzos de cabeza, sin fórmulas aprendidas de memoria, con paz, con amor, espontáneamente.

Aplicación:

Añade al ramillete tus penas, las de tus familiares y las del prójimo. Lo importante es que hagas memoria de Jesús encarnado en la naturaleza sufriente, para pagar nuestras culpas. Lo importante es que tengas “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5), y te acerques al pueblo que sufre, para enseñarle a darle sentido cristiano al sufrimiento, a ser otros Cristos, el mismo Cristo.

Compromiso

Tener junto a mí el ramillete de las penas de Jesús me mueve a hacer actos de fe, esperanza y caridad, de unión mística con Él, sufriendo con Él, por Él y en Él, y ofreciéndolo por la gloria de su Padre, la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo y la santificación de los bautizados, únicas metas por las que vale la pena vivir y morir.

Selección adaptada del folleto: Métodos fáciles para meditar 

Clemente Sobrado, pasionista

Congregación de la Pasión de Jesucristo (PASIONISTAS)

Colombia

 

Nihil obstat:

P. Pío Zarrabe C. P. Vicario Regional l-IX-1994

Puede Imprimirse:

Mons. Augusto Vargas Alzamora, Arzobispo de Lima. 7-IX-1994

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Precisiones de teología mística en el Catecismo de la Iglesia Católica

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

En el Catecismo hay algunas imprecisiones —tal vez producto de la traducción—, que pueden dar lugar a que algunas personas interpreten inadecuadamente las enseñanzas de la Iglesia. Así, puede ocurrir que se confunda oración con meditación, oración contemplativa con oración mental, etc.

Las definiciones de estas palabras, propias del argot místico, han sido dadas por los santos Padres de la Iglesia griegos (Dionisio el pseudoareopagita, san Gregorio nacianceno, san Gregorio de Nisa y algunos más) y latinos (san Gregorio Magno, san León Magno, Orígenes y otros), como también por santo Tomás de Aquino y varios santos místicos (san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, san Pablo de la Cruz, el venerable Juan Taulero, el beato Enrique Suso, Meister Eckhart, san Buenaventura, los místicos rusos, entre otros).

(Se aprovechó también para hacer corrección de estilo.)

 

CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA

Cuarta parte: La oración cristiana.

Primera sección: La oración en la vida cristiana.

Capítulo tercero: La vida de oración.

Artículo 1: Las expresiones de la oración.

Números: 2.700 – 2.724

Características de las correcciones:

  • Si se añadió algo, quedó en letra en verde y subrayado.
  • Si se eliminó una palabra, esta aparece roja y tachada.

 

LAS EXPRESIONES DE LA ORACIÓN

I La oración vocal

2700 Por medio de su Palabra, Dios habla al hombre. Por medio de palabras, mentales o vocales, nuestra oración toma cuerpo. Pero lo más importante es la presencia del corazón ante Aquél a quien hablamos en la oración. “Que nuestra oración se oiga no depende de la cantidad de palabras, sino del fervor de nuestras almas” (San Juan Crisóstomo, ecl. 2).

2701 La oración vocal es un elemento indispensable de la vida cristiana. A los discípulos, atraídos por la oración silenciosa de su Maestro, éste les enseña una oración vocal: el “Padre Nuestro”. Jesús no solamente ha rezado las oraciones litúrgicas de la sinagoga; los Evangelios nos lo presentan elevando la voz para expresar su oración personal, desde la bendición exultante del Padre (cf. Mt 11, 25-26), hasta la agonía de Getsemaní (cf. Mc 14, 36).

2702 Esta necesidad de asociar los sentidos a la oración interior responde a una exigencia de nuestra naturaleza humana. Somos cuerpo y espíritu, y experimentamos la necesidad de traducir exteriormente nuestros sentimientos. Es necesario rezar con todo nuestro ser para dar a nuestra súplica todo el poder posible.

2703 Esta necesidad responde también a una exigencia divina. Dios busca adoradores en espíritu y en verdad, y, por consiguiente, la oración que sube viva desde las profundidades del alma. También reclama una expresión exterior que asocia el cuerpo a la oración interior, esta expresión corporal es signo del homenaje perfecto al que Dios tiene derecho.

2704 La oración vocal es la oración por excelencia de las multitudes por ser exterior y tan plenamente humana. Pero incluso la más interior de las oraciones no podría prescindir de la oración vocal. La oración se hace interior en la medida en que tomamos conciencia de Aquél “a quien hablamos” (Santa Teresa de Jesús, C 26). Entonces la oración vocal se convierte en una primera forma de oración mentalcontemplativa.

II La meditación y la oración

2705 La meditación es, sobre todo, una búsqueda. El espíritu trata de comprender el por qué y el cómo de la vida cristiana para adherirse y responder a lo que el Señor pide. Hace falta una atención difícil de encauzar. Habitualmente, se hace con la ayuda de un libro, que a los cristianos no les faltan: las sagradas Escrituras, especialmente el Evangelio, las imágenes sagradas, los textos litúrgicos del día o del tiempo, escritos de los Padres espirituales, obras de espiritualidad, el gran libro de la creación y el de la historia, la página del “hoy” de Dios.

2706 Meditar lo que se lee conduce a apropiárselo confrontándolo consigo mismo. Aquí, se abre otro libro: el de la vida. Se pasa de los pensamientos a la realidad. Según sean la humildad y la fe, se descubren los movimientos que agitan el corazón y se les puede discernir. Se trata de hacer la verdad para llegar a la Luz: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Y es entonces, en el momento en el que aparece el diálogo con Dios, cuando la meditación se convierte en oración.

2707 Los métodos de meditación son tan diversos como los maestros espirituales. Un cristiano debe querer meditar regularmente; si no, se parece a las tres primeras clases de terreno de la parábola del sembrador (cf. Mc 4, 4-7. 15-19). Pero un método no es más que un guía; lo importante es avanzar, con el Espíritu Santo, por el único camino de la oración: Cristo Jesús.

2708 La meditación hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción y el deseo. Esta movilización es necesaria para profundizar en las convicciones de fe, suscitar la conversión del corazón y fortalecer la voluntad de seguir a Cristo. La oración cristiana se aplica preferentemente a meditar “los misterios de Cristo”, como en la lectio divina o en el Rosario. Esta forma de reflexión orante es de gran valor, pero la oración cristiana debe ir más lejos: hacia el conocimiento del amor del Señor Jesús, a la unión con ÉEl.

 

III La oración mental y la oración de contemplación

2709 ¿Qué es esta oración? Santa Teresa responde: “no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama” (vida 8).

La oración mentalcontemplación busca al “amado de mi alma” (Ct 1, 7; cf. Ct 3, 1-4). Esto es, a Jesús y en Éél, al Padre. Es buscado porque desearlo es siempre el comienzo del amor, y es buscado en la fe pura, esta fe que nos hace nacer de Éél y vivir en Éél. En la oración mentalcontemplación se puede también meditar, pero la mirada está centrada en el Señor.

2710 La elección del tiempo y de la duración de la oración mentalde contemplación depende de una voluntad decidida reveladora de los secretos del corazón. No se hace oración mentalcontemplación cuando se tiene tiempo sino que se toma el tiempo de estar con el Señor con la firme decisión de no dejarlo y volverlo a tomar, cualesquiera que sean las pruebas y la sequedad del encuentro. No se puede meditar en todo momento, pero sí se puede entrar siempre haciendoen oración mentalcontemplación, independientemente de las condiciones de salud, trabajo o afectividad. El corazón es el lugar de la búsqueda y del encuentro, en la pobreza y en la fe.

2711 La entrada en la oración mentalcontemplación es análoga a la de la Liturgia eucarística: “recoger” el corazón, recoger todo nuestro ser bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia de Aquél que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón hacia el Señor que nos ama para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar.

2712 La oración mentalcontemplación es la oración del hijo de Dios, del pecador perdonado que consiente en acoger el amor con el que es amado y que quiere responder a Éél amando más todavía (cf. Lc 7, 36-50; 19, 1-10). Pero sabe que su amor, a su vez, es el que el Espíritu derrama en su corazón, porque todo es gracia por parte de Dios. La oración mentalcontemplación es la entrega humilde y pobre a la voluntad amante del Padre, en unión cada vez más profunda con su Hijo amado, y nos abre a la contemplación, en la que Dios mismo se nos comunica.

2713 Así, la contemplación es la expresión más sencilla del misterio de la oración. Es un don, una gracia; no puede ser acogida más que en la humildad y en la pobreza. La oración contemplativa es una relación de alianza establecida por Dios en el fondo de nuestro ser (cf. Jr 31, 33). Es comunión: en ella, la Santísima Trinidad conforma al hombre, imagen de Dios, “a su semejanza”. Es, por tanto, un acto divino, no humano.

2714 La contemplación es también el tiempo fuerte por excelencia de la oración. En ella, el Padre nos concede “que seamos vigorosamente fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior, que Cristo habite por la fe en nuestros corazones y que quedemos arraigados y cimentados en el amor” (Ef 3, 16-17).

2715 Por su parte, lLa oración mentalcontemplación es mirada de fe, fijada en Jesús. “Yo loe miro y Éél me mira”, decía, en tiempos de su santo cura, un campesino de Ars que oraba ante el Sagrario. Esta atención a Él es renuncia a “mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña a ver todo a la luz de su verdad y de su compasión por todos los hombres. La oración mentalcontemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “conocimiento interno del Señor” para más amarloe y seguirloe (cf. San Ignacio de Loyola, ex. sp. 104).

2716 La oración mentalcontemplación es escucha de la palabra de Dios. Lejos de ser pasiva, esta escucha es la obediencia de la fe, acogida incondicional del siervo y adhesión amorosa del hijo. Participa en el “sí” del Hijo hecho siervo y en el “fiat” de su humilde esclava.

2717 En cambio, lLa contemplación es silencio, este “símbolo del mundo venidero” (San Isaac de Nínive, tract. myst. 66) o “amor silencioso” (San Juan de la Cruz). Las palabras en la oración contemplativa no son discursos sino ramillas que alimentan el fuego del amor. En este silencio, insoportable para el hombre “exterior”, el Padre nos da a conocer a su Verbo encarnado, sufriente, muerto y resucitado, y el Espíritu filial nos hace partícipes de la oración de Jesús.

2718 La contemplación es unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar en su misterio. El misterio de Cristo es celebrado por la Iglesia en la Eucaristía; y el Espíritu Santo lo hace vivir en la contemplación para que sea manifestado por medio de la caridad en acto.

2719 La contemplación es una comunión de amor portadora de vida para la multitud, en la medida en que se acepta vivir en la noche de la fe. La noche pascual de la resurrección pasa por la de la agonía y la del sepulcro. Son tres tiempos fuertes de la Hora de Jesús que su Espíritu (y no la “carne que es débil”) hace vivir en la contemplación. Es necesario consentir en “velar una hora con Éél” (cf. Mt 26, 40).

 

RESUMEN

2720 La Iglesia invita a los fieles a una oración regulada: oraciones diarias, Liturgia de las Horas, Eucaristía dominical, fiestas del año litúrgico.

2721 La tradición cristiana contiene tres importantes expresiones de la vida de oración: la oración vocal, la oración mentalmeditación y la oración contemplativa. Las tres tienen en común el recogimiento del corazón.

2722 La oración vocal, fundamentada en la unión del cuerpo con el espíritu en la naturaleza humana, asocia el cuerpo a la oración interior del corazón a ejemplo de Cristo que ora a su Padre y enseña el “Padre nuestro” a sus discípulos.

2723 La meditación es una búsqueda orante, que hace intervenir al pensamiento, la imaginación, la emoción, el deseo. Tiene por objeto la apropiación creyente de la realidad considerada, que es confrontada con la realidad de nuestra vida.

2724 La oración mentalcontemplativa es la expresión sencilla del misterio de la oración. Es una mirada de fe, fijada en Jesús, una escucha de la Palabra de Dios, un silencioso amor. Realiza la unión con la oración de Cristo en la medida en que nos hace participar de su misterio. En cambio, en la oración de contemplación es Dios quien se comunica al orante: ocurrirá, pues, solo cuando Él quiera, cuanto Él quiera, como Él quiera.

 

Nota:  Para ampliar estos conceptos, se recomienda leer, en este mismo blog, la entrada:  Los grados de la oración.

  

 

 

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El santo abandono*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

 

1. Naturaleza del Santo Abandono

1. LA VOLUNTAD DE DIOS, REGLA SUPREMA

Queremos salvar nuestra alma y tender a la perfección de la vida espiritual, es decir, purificarnos de veras, progresar en todas las virtudes, llegar a la unión de amor con Dios, y por este medio transformarnos cada vez más en El; he aquí la única obra a la que hemos consagrado nuestra vida: obra de una grandeza incomparable y de un trabajo casi sin límites; que nos proporciona la libertad, la paz, el gozo, la unción del Espíritu Santo, y exige a su vez sacrificios sin número, una paciente labor de toda la vida. Esta obra gigantesca no seria tan sólo difícil, sino absolutamente imposible si contásemos sólo con nuestras fuerzas, pues es de orden absolutamente sobrenatural.

«Todo lo puedo en Aquel que me conforta»; sin Dios sólo queda la absoluta impotencia, por nosotros nada podemos hacer: ni pensar en el bien, ni desearlo, ni cumplirlo. Y no hablemos de la enmienda de nuestros vicios, de la perfecta adquisición de las virtudes, de la vida de intimidad con Dios que representan un cúmulo enorme de impotencias humanas y de intervenciones divinas. El hombre es, pues, un organismo maravilloso, por cuanto es capaz con la ayuda de Dios de llevar a cabo las obras más santas; pero es a la vez lo más pobre y necesitado que hay, ya que sin e! auxilio divino no puede concebir siquiera el pensamiento de lo bueno. Por dicha nuestra, Dios ha querido salir fiador de nuestra salvación, por lo que jamás podremos bendecirle como se merece, pero no quiere salvarnos sin nosotros y, por consiguiente, debemos unir nuestra acción a la suya con celo tanto mayor cuanto sin El nada podemos.

Nuestra santificación, nuestra salvación misma es, pues, obra de entrambos: para ella se precisan necesariamente la acción de Dios y nuestra cooperación, el acuerdo incesante de la voluntad divina y de la nuestra. El que trabaja con Dios aprovecha a cada instante; quien prescinde de El cae, o se fatiga en estéril agitación. Es, pues, de importancia suma no obrar sino unidos con Dios y esto todos los días y a cada momento, así en nuestras menores acciones como en cualquier circunstancia. porque sin esta íntima colaboración se pierde trabajo y tiempo. ¡Cuántas obras, llenas en apariencia, quedarán vacías por sólo este motivo! Por no haberlas hecho en unión con Dios, a pesar del trabajo que nos costaron, se desvanecerán ante la luz de la eternidad como sueño que se nos va así que despertamos.

Ahora bien, si Dios trabaja con nosotros en nuestra santificación, justo es que El lleve la dirección de la obra: nada se deberá hacer que no sea conforme a sus planes, bajo sus órdenes y a impulsos de su gracia. El es el primer principio y último fin; nosotros hemos nacido para obedecer a sus determinaciones. Nos llama «a la escuela del servicio divino», para ser El nuestro maestro; nos coloca en «el taller del Monasterio», para dirigir allí nuestro trabajo; «nos alista bajo su bandera» para conducirnos El mismo al combate. Al Soberano Dueño pertenece mandar, a la suma sabiduría combinar todas las cosas; la criatura no puede colaborar sino en segundo término con su Creador.

Esta continua dependencia de Dios nos impondrá innumerables actos de abnegación, y no pocas veces tendremos que sacrificar nuestras miras limitadas y nuestros caprichosos deseos con las consiguientes quejas de la naturaleza; mas guardémonos bien de escucharla. ¿Podrá cabemos mayor fortuna que tener por guía la divina sabiduría de Dios, y por ayuda la divina omnipotencia, y ser los socios de Dios en la obra de nuestra salvación; sobre todo si se tiene en cuenta que la empresa realizada en común sólo tiende a nuestro personal provecho? Dios no reclama para sí sino su gloria y hacernos bien, dejándonos todo el beneficio. El perfecciona la naturaleza, nos eleva a una vida superior, nos procura la verdadera dicha de este mundo y la bienaventuranza en germen. ¡Ah, si comprendiéramos los designios de Dios y nuestros verdaderos intereses! Seguro que no tendríamos otro deseo que obedecerle con todo esmero, ni otro temor que no obedecerle lo bastante; le suplicaríamos e insistiríamos para que hiciera su voluntad y no la nuestra. Porque abandonar su sabia y poderosa mano para seguir nuestras pobres luces y vivir a merced de nuestra fantasía, es verdadera locura y supremo infortunio.

Una consideración más nos mostrará «que en temer a Dios y hacer lo que El quiere consiste todo el hombre»; y es que la voluntad divina, tomada en general, constituye la regla suprema del bien, «la única regla de lo justo y lo perfecto»; y que la medida de su cumplimiento es también la medida de nuestro progreso.

«Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». No basta pues, decir: ¡Señor, Señor!, para ser admitido en el reino de los cielos; es necesario hacer la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos. «El que mantiene unida su voluntad a la de Dios, vive y se salva: el que de ella se aparta muere y se pierde». «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, ven y sígueme». Es decir, haz mejor la voluntad de Dios, añade a la observancia de los preceptos la de los consejos.

Si quieres subir hasta la cumbre de la perfección, cumple la voluntad de Dios cada día más y mejor. Te irás elevando a medida que tu obediencia venga la ser más universal en su objetivo, más exacta en su ejecución, más sobrenatural en sus motivos, más perfecta en las disposiciones de tu voluntad. Consulta los libros santos, pregunta a la vida y a la doctrina de nuestro Señor y verás que no se pide sino la fe que se afirma con las obras, el amor que guarda fielmente la palabra de Dios. Seremos perfectos en la medida que hagamos la voluntad de Dios.

Este punto es de tal importancia que nos ha parecido conveniente apoyarlo con algunas citas autorizadas.

«Toda la pretensión de quien comienza oración-y no se olvide esto, que importa mucho-, ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias puedan hacer que su voluntad se conforme con la de Dios; y, como diré después, en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. No penséis que hay aquí más algarabías, ni cosas no sabidas y entendidas, que en esto consiste todo nuestro bien». La conformidad ha de entenderse aquí en su más alto sentido.

«Cada cual -explica San Francisco de Sales- se forja la perfección a su modo: unos la ponen en la austeridad de los vestidos: otros, en la de los manjares, en la limosna, en la frecuencia de los Sacramentos, en la oración, en una no sé qué contemplación pasiva y supereminente: otros, en aquéllas gracias que se llaman dones gratuitos: y se engañan tomando los efectos por la causa, lo accesorio por lo principal. y con frecuencia la sombra por el cuerpo… En cuanto a mi yo no se ni conozco otra perfección sino amar a Dios de todo corazón y al prójimo como a nosotros mismos». Y completa el pensamiento en otra parte, cuando dice que «la devoción (o la perfección) sólo añade al fuego de la caridad la llama que la hace pronta, activa y diligente, no sólo en la guarda de los mandamientos de Dios, sino también en la práctica de los consejos e inspiraciones celestiales» . Así como el amor de Dios es la forma más elevada y más perfecta de la virtud, una sumisión perfecta a la voluntad divina es la expresión más sublime y más pura, la flor más exquisita de este amor… Por otra parte, ¿no es evidente que, no existiendo nada tan bueno y tan perfecto como la voluntad de Dios, se llegará a ser más santo y más virtuoso, cuanto más perfectamente nos conformemos con esta voluntad?

Un discípulo de San Alfonso ha resumido su doctrina diciendo que personas que hacen consistir su santidad en practicar muchas penitencias, comuniones, oraciones vocales, viven evidentemente en la ilusión. Todas estas cosas no son buenas sino en cuanto Dios las quiere, de otra suerte, en vez de aceptarlas las detesta, pues tan sólo sirven de medios para unirnos a la voluntad divina.

Tenemos verdadera satisfacción en repetirlo: toda la perfección, toda la santidad consiste en ejecutar lo que Dios quiere de nosotros; en una palabra, la voluntad divina es regla de toda bondad y de toda virtud; por ser santa lo santifica todo. aun las acciones indiferentes, cuando se ejecutan con el fin de agradar a Dios… Si queremos santificación, debemos aplicarnos únicamente a no seguir jamás nuestra propia voluntad, sino siempre la de Dios porque todos los preceptos y todos los consejos divinos se reducen en sustancia a hacer y a sufrir cuanto Dios quiere y como Dios lo quiere. De ahí que toda la perfección se puede resumir y expresar en estos términos: «Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace».

«Toda nuestra perfección -dice San Alfonso- consiste en el amor de nuestro Dios infinitamente amable; y toda la perfección del amor divino consiste a su vez en la unión de nuestra voluntad con la suya… Si deseamos, pues, agradar y complacer al corazón de Dios, tratemos no sólo de conformarnos en todo a su santa voluntad, sino de unificarnos con ella (si así puedo expresarme), de suerte que de dos voluntades no vengamos a formar sino una sola… Los santos jamás se han propuesto otro objeto sino hacer la voluntad de Dios, persuadidos de que en esto consiste toda la perfección de un alma. El Señor llama a David hombre según su corazón, porque este gran rey estaba siempre dispuesto a seguir la voluntad divina; y Maria, la divina Madre, no ha sido la más perfecta entre todos los santos, sino por haber estado de continuo más perfectamente unida a la voluntad de Dios.» Y el Dios de sus amores, Jesús, el Santo por excelencia, el modelo de toda perfección, ¿ha sido jamás otra cosa que el amor y la obediencia personificados?… Por la abnegación que profesa a su Padre y a las almas, sustituye a los holocaustos estériles y se hace la Víctima universal. La voluntad de su Padre le conducirá por toda suerte de sufrimientos y humillaciones, hasta la muerte y muerte de cruz. Jesús lo sabe; pero precisamente para esto bajó del cielo, para cumplir esa voluntad, que a trueque de crucificarle, se convertiría en fuente de vida. Desde su entrada en el mundo declara al Padre que ha puesto su voluntad en medio de su corazón para amarla, y en sus manos para ejecutarla fielmente. Esta amorosa obediencia será su alimento, resumirá su vida oculta, inspirará su vida pública hasta el punto de poder decir: «Yo hago siempre lo que agrada a mi Padre»; y en el momento de la muerte lanzará bien alto su triunfante «Consummatum est»: Padre mío, os he amado hasta el último límite, he terminado mi obra de la Redención, porque he hecho vuestra voluntad, sin omitir un solo ápice.

«Uniformar nuestra voluntad con la de Dios, he ahí la cumbre de la perfección -dice San Alfonso-, a eso debemos aspirar de continuo, ése debe ser el fin de nuestras obras, de todos nuestros deseos, de todas nuestras meditaciones, de nuestros ruegos.» A ejemplo de nuestro amado Jesús, no veamos sino la voluntad de su Padre en todas las cosas; que nuestra única ocupación sea cumplirla con fidelidad siempre creciente e infatigable generosidad y por motivos totalmente sobrenaturales. Este es el medio de seguir a Nuestro Señor a grandes pasos y subir junto a El en la gloria. «Un día fue conducida al cielo en visión la Beata Estefanía Soncino, dominica, donde vio cómo muchos que ella había conocido en vida estaban levantados a la misma jerarquía de los Serafines; y tuvo revelación de que habían sido sublimados a tan alto grado de gloria por la perfecta unión de voluntad con que anduvieron unidos a la de Dios acá en la tierra.»

2. LA VOLUNTAD DIVINA SIGNIFICADA Y LA VOLUNTAD DE BENEPLACITO

La voluntad divina se muestra para nosotros reguladora y operadora. Como reguladora, es la regla suprema del bien, significada de diversas maneras; y que debemos seguir por la razón de que todo lo que ella quiere es bueno, y porque nada puede ser bueno sino lo que ella quiere. Como operadora, es el principio universal del ser, de la vida, de la acción; todo se hace como quiere, y no sucede cosa que no quiera, ni hay efecto que no venga de esta primera causa, ni movimiento que no se remonte a este primer motor, ni por tanto hay acontecimiento, pequeño o grande, que no nos revele una voluntad del divino beneplácito. A esta voluntad es deber nuestro someternos, ya que Dios tiene absoluto derecho de disponer de nosotros como le parece. Dios nos hace, pues, conocer su voluntad por las reglas que nos ha señalado, o por los acontecimientos que nos envía. He ahí la voluntad de Dios significada y su voluntad de beneplácito.

La primera, «nos propone previa y claramente las verdades que Dios quiere que creamos, los bienes que esperemos, las penas que temamos, las cosas que amemos, los mandamientos que observemos y los consejos que sigamos. A esto llamamos voluntad significada, porque nos ha significado y manifestado cuanto Dios quiere y se propone que creamos, esperemos, temamos, amemos y practiquemos. La conformidad de nuestro corazón con la voluntad significada consiste en que queramos todo cuanto la divina Bondad nos manifiesta ser de su intención; creyendo según su doctrina, esperando según sus promesas, temiendo según sus amenazas, amando y viviendo según sus mandatos y advertencias»

La voluntad significada abraza cuatro partes, que son: los mandamientos de la ley de Dios y de la Iglesia, los consejos, las inspiraciones, las Reglas y las Constituciones.

Es necesario que cada cual obedezca a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, porque es la voluntad de Dios absoluta que quiere que los obedezcamos, si deseamos salvarnos.

Es también voluntad suya, no imperativa y absoluta, sino de sólo deseo, que guardemos sus consejos; por lo cual, aun cuando sin menosprecio los dejamos de cumplir por no creernos con valor para emprender la obediencia a los mismos, no por eso perdemos la caridad ni nos separamos de Dios; además de que ni siquiera debemos acometer la práctica de todos ellos, habiéndolos como los hay entre sí opuestos, sino tan sólo los que fueren más conformes a nuestra vocación… Hay que seguir, pues, concluye el santo, los consejos que Dios quiere sigamos. No a todos conviene la observancia de todos los consejos. Dados como están para favorecer la caridad, ésta es la que ha de regular y medir su ejecución… Los que tenemos que practicar los religiosos, son los comprendidos en nuestras Reglas. Y a la verdad, nuestros votos, nuestras leyes monásticas, las órdenes y consejos de nuestros Superiores constituyen para nosotros la expresión de la voluntad divina y el código de nuestros deberes de estado.

Poderosa razón tenemos para bendecir al divino Maestro, pues ha tenido la amorosa solicitud de trazarnos hasta en los más minuciosos detalles su voluntad acerca de la Comunidad y sus miembros.

En las inspiraciones nos indica sus voluntades sobre cada uno de nosotros más personalmente. « Santa María Egipciaca se sintió inspirada al contemplar una imagen de nuestra Señora; San Antonio, al oír el evangelio de la Misa; San Agustín, al escuchar la vida de San Antonio; el duque de Gandía, ante el cadáver de la emperatriz; San Pacomio, viendo un ejemplo de caridad; San Ignacio de Loyola, leyendo la vida de los santos»; en una palabra, las inspiraciones nos vienen por los más diversos medios. Unas sólo son ordinarias en cuanto nos conducen a los ejercicios acostumbrados con fervor no común; otras «se llaman extraordinarias porque incitan a acciones contrarias a las leyes, reglas y costumbres de la Santa Iglesia, por lo que son más admirables que imitables.» El piadoso Obispo de Ginebra indica con qué señales se pueden discernir las inspiraciones divinas y la manera de entenderlas, terminando con estas palabras: «Dios nos significa su voluntad por sus inspiraciones. No quiere, sin embargo, que distingamos por nosotros mismos sí lo que nos ha inspirado es o no voluntad suya, menos aún que sigamos sus inspiraciones sin discernimiento. No esperemos que El nos manifieste por Sí mismo sus voluntades, o que envíe ángeles para que nos las enseñen, sino que quiere que en las cosas dudosas y de importancia recurramos a los que ha puesto sobre nosotros para guiamos» .

Añadamos, por último, que los ejemplos de Nuestro Señor y de los santos, la doctrina y la práctica de las virtudes pertenecen a la voluntad de Dios significada; si bien es fácil referirlas a una u otra de las cuatro señales que acabamos de indicar.

«He ahí, pues, cómo nos manifiesta Dios sus voluntades que nosotros llamamos voluntad significada. Hay además la voluntad de beneplácito de Dios, la que hemos de considerar en todos los acontecimientos, quiero decir, en todo lo que nos sucede; en la enfermedad y en la muerte, en la aflicción y en la consolación, en la adversidad y en la prosperidad, en una palabra, en todas las cosas que no son previstas.» La voluntad de Dios se ve sin dificultad en los acontecimientos que tienen a Dios directamente por autor; y lo mismo en los que vienen de las criaturas no libres, porque si obran es por la acción que reciben de Dios a quien sin resistencia obedecen. Donde hay que ver la voluntad de Dios es principalmente en las tribulaciones, que por más que El no las ame por sí mismas, las quiere emplear, y efectivamente las emplea, como excelente recurso para satisfacer el orden, reparar nuestras faltas, curar y santificar las almas. Más aún, hay que verla incluso en nuestros pecados y en los del prójimo: voluntad permisiva, pero incontestable. Dios no concurre a la forma del pecado que es lo que constituye su malicia: lo aborrece infinitamente y hace cuanto está de su parte para apartarnos de él; lo reprueba y lo castigará. Mas, para no privarnos prácticamente de la libertad que nos ha concedido, como nosotros nada podemos hacer sin su concurso, lo da en cuanto a lo material del acto, que por lo demás no es sino el ejercicio natural de nuestras facultades. Por otra parte, El quiere sacar bien del mal, y para ello hace que nuestras faltas y las del prójimo sirvan a la santificación de las almas por la penitencia, la paciencia, la humildad, la mutua tolerancia, etc. Quiere también que, aun cumpliendo el deber de la corrección fraterna, soportemos al prójimo, que le obedezcamos conforme a nuestras Reglas, viendo hasta en sus exigencias y en sus sinrazones los instrumentos de que Dios se sirve para ejercitamos en la virtud. Por esta razón, no temía decir San Francisco de Sales que por medio de nuestro prójimo es como especialmente Dios nos manifiesta lo que desea de nosotros.

Existen profundas diferencias entre la voluntad de Dios significada y la de beneplácito.

1º La voluntad significada nos es conocida de antemano, y por lo general, de manera clarísima mediante los signos del pensamiento, a saber: la palabra y la escritura. De esta manera conocemos el Evangelio, las leyes de la Iglesia, nuestras santas Reglas; donde sin esfuerzo y a nuestro gusto podemos leer la voluntad de Dios, confiaría a nuestra memoria y meditarla. Las inspiraciones divinas y las órdenes de nuestros Superiores sólo en apariencia son excepciones, pues ellas tienen por objeto la ley escrita, cristiana o monástica. Al contrario, «casi no se conoce el beneplácito divino más que por los acontecimientos.» Decimos casi, porque hay excepciones; lo que Dios hará más tarde, podemos conocerlo de antemano, si a El le place decirlo; también se puede presentir, conjeturar, adivinar, ya por el rumbo actual de los hechos, ya por las sabias disposiciones tomadas y las imprudencias cometidas. Mas, en general, el beneplácito divino se descubre a medida que los acontecimientos se van desarrollando, los cuales están ordinariamente por encima de nuestra previsión. Aun en el propio momento en que se verifican, la voluntad de Dios permanece muy oscura: nos envía, por ejemplo, la enfermedad, las sequedades interiores u otras pruebas; en verdad que éste es actualmente su beneplácito, mas ¿será durable? ¿Cuál será su desenlace? Lo ignoramos.

2º De nosotros depende siempre o el conformarnos por la obediencia a la voluntad de Dios significada o el sustraernos a ella por la desobediencia. Y es que Dios, queriendo poner en nuestras manos la vida o la muerte, nos deja la elección de obedecer a su ley o de quebrantarla hasta el día de su justicia. Por su voluntad de beneplácito, al contrario, dispone de nosotros como Soberano; sin consultarnos, y a las veces aun contra nuestros deseos, nos coloca en la situación que nos ha preparado, y nos propone en ella el cumplimiento de los deberes. Queda en nuestro poder cumplir o no estos deberes, someternos al beneplácito o portarnos como rebeldes; mas es preciso aguantar los acontecimientos, queramos o no, no habiendo poder en el mundo que pueda detener su curso. Por ese camino, como gobernador y juez supremo, Dios restablece el orden y castiga el pecado; como Padre y Salvador, nos recuerda nuestra dependencia y trata de hacernos entrar en los senderos del deber, cuando nos hemos emancipado y extraviado.

3º Esto supuesto, Dios nos pide la obediencia a su voluntad significada como un efecto de nuestra elección y de nuestra propia determinación. Para seguir un precepto o un punto de regla, para producir los actos de las virtudes teologales o morales, nos es preciso sin duda una gracia secreta que nos previene y nos ayuda, gracia que nosotros podemos alcanzar siempre por medio de la oración y de la fidelidad. Pero aun cuando la voluntad de Dios nos sea claramente significada, puestos en trance de cumplirla, lo hacemos por nuestra propia determinación; no necesitamos esperar un movimiento sensible de la gracia, una moción especial del Espíritu Santo, digan lo que quieran los semiquietistas antiguos y modernos. Por el contrario, si se trata de la voluntad del beneplácito divino, es necesario esperar a que Dios la declare mediante los acontecimientos: sin esa declaración no sabemos lo que El espera de nosotros; con ella, conocemos lo que desea de nosotros, primero, la sumisión a su voluntad, después, el cumplimiento de los deberes peculiares a tal o cual situación que El nos ha deparado.

San Francisco de Sales hace, a este propósito, una observación muy atinada: «Hay cosas en que es preciso juntar la voluntad de Dios significada a la de beneplácito» . Y cita como ejemplo el caso de enfermedad. Además de la sumisión a la Providencia divina será preciso llenar los deberes de un buen enfermo, como la paciencia y abnegación, y permanecer manteniéndose fiel a todas las prescripciones de la voluntad significada, salvo las excepciones y dispensas que puede legitimar la enfermedad. Insiste mucho el santo Doctor sobre que en esta concurrencia de voluntades «mientras el beneplácito divino nos sea desconocido, es necesario adherirnos lo más fuertemente posible a la voluntad de Dios que nos es significada, cumpliendo cuidadosamente cuando a ella se refiere; mas tan pronto como el beneplácito de su divina Majestad se manifieste, es preciso rendirse amorosamente a su obediencia, dispuestos siempre a someternos así en las cosas desagradables como agradables, en la muerte como en la vida, en fin, en todo cuanto no sea manifiestamente contra la voluntad de Dios significada, pues ésta es ante todo». Estas nociones son algo áridas, pero importa entenderlas bien y no olvidarlas, por la mucha luz que derraman sobre las cuestiones siguientes.

3. OBEDIENCIA A LA VOLUNTAD DE DIOS SIGNIFICADA

Dejamos ya establecido que la voluntad de Dios, tomada en general, es la sola regla suprema, y que se avanzará en perfección a medida que el alma se conforme con ella. Bajo cualquier forma en que llegue hasta nosotros, sea como voluntad significada o de beneplácito, es siempre la voluntad de Dios, igualmente santa y adorable. La obra, pues, de nuestra santificación implica la fidelidad a una y a otra. Sin embargo, dejando por el momento a un lado el beneplácito divino, querríamos hacer resaltar la importancia y necesidad de adherirnos de todo corazón y durante toda nuestra existencia a la voluntad significada, haciendo de ella el fondo mismo de nuestro trabajo. Al fin de este capítulo daremos la razón de nuestra insistencia sobre una verdad que parece evidente.

La voluntad de Dios significada entraña, en primer lugar, los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y nuestros deberes de estado. Estos deben ser, ante todo, el objeto de nuestra continua y vigilante fidelidad, pues son la base de la vida espiritual; quitadla y veréis desplomarse todo el edificio. «Teme a Dios -dice el Sabio-, y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre». Podrá alguien figurarse que las obras que sobrepasan el deber santifican más que las de obligación, pero nada más falso. Santo Tomás enseña que la perfección consiste, ante todo, en el fiel cumplimiento de la ley. Por otra parte, Dios no podría aceptar favorablemente nuestras obras supererogatorias, ejecutadas con detrimento del deber, es decir, sustituyendo su voluntad por la nuestra.

La voluntad significada abraza, en segundo lugar, los consejos. Cuando más los sigamos en conformidad con nuestra vocación y nuestra condición, más semejantes nos harán a nuestro divino Maestro, que es ahora nuestro amigo y el Esposo de nuestras almas y que ha de ser un día nuestro Soberano Juez. Ellos nos harán practicar las virtudes más agradables a su divino corazón, tales como la dulzura, y la humildad, la obediencia de espíritu y de voluntad, la castidad virginal, la pobreza voluntaria, el perfecto desasimiento, la abnegación llevada hasta el sacrificio y olvido de nosotros mismos; en ellos también encontraremos el consiguiente tesoro de méritos y santidad. Observándolos con fidelidad apartaremos los principales obstáculos al fervor de la caridad, los peligros que amenazan su existencia; en una palabra, los consejos son el antemural de los preceptos. Según la expresión original de José de Maistre: «Lo que basta no basta. El que quiere hacer todo lo permitido, hará bien pronto lo que no lo está; el que no hace sino lo estrictamente obligatorio, bien pronto no lo hará completamente.»

La voluntad significada abraza por último las inspiraciones de la gracia. «Estas inspiraciones son rayos divinos que proyectan en las almas luz y calor para mostrarles el bien y animarlas a practicarlo; son prendas de la divina predilección con infinita variedad de formas; son sucesivamente y según las circunstancias, atractivos, impulsos, reprensiones, remordimientos, temores saludables, suavidades celestiales, arranques del corazón, dulces y fuertes invitaciones al ejercicio de alguna virtud. Las almas puras e interiores reciben con frecuencia estas divinas inspiraciones, y conviene mucho que las sigan con reconocimiento y fidelidad.» ¡ Es tan valioso el apoyo que nos prestan! ¡Con cuánta razón decía el Apóstol: «No extingáis el espíritu» , es decir, no rechacéis los piadosos movimientos que la gracia imprime a vuestro corazón!

¿Necesitaremos añadir que la voluntad significada nos mandará, nos aconsejará, nos inspirará durante todo el curso de nuestra vida? Siempre tendremos que respetar la autoridad de Dios, pues nunca seremos tan ricos que podamos creernos con derecho a desechar los tesoros que su voluntad nos haya de proporcionar. Guardar con fidelidad la voluntad significada es nuestro medio ordinario de reprimir la naturaleza y cultivar las virtudes; por que la naturaleza nunca muere, y nuestras virtudes pueden acrecentarse sin cesar. Aunque mil años viviéramos y todos ellos los pasáramos en una labor asidua, nunca llegaríamos a parecernos en todo a Nuestro Señor y ser perfectos como nuestro Padre celestial.

No debemos omitir que para un religioso sus votos, sus Reglas y la acción de los Superiores constituyen la principal expresión de la voluntad significada, el deber de toda la vida y el camino de la santidad.

Nuestras Reglas son guía absolutamente segura. La vida religiosa «es una escuela del servicio divino», escuela incomparable en la que Dios mismo, haciéndose nuestro Maestro, nos instruye, nos modela, nos manifiesta su voluntad para cada instante, nos explica hasta los menores detalles de su servicio. El es quien nos asigna nuestras obras de penitencia, nuestros ejercicios de contemplación, las mil observancias con que quiere practiquemos la religión, la humildad, la caridad fraterna y demás virtudes; nos indica hasta las disposiciones íntimas que harán nuestra obediencia dulce a Dios, fructuosa para nosotros. Esto supuesto, ¿qué necesidad tenemos -dice San Francisco de Sales- que Dios nos revele su voluntad por secretas inspiraciones, por visiones y éxtasis? Tenemos una luz mucho más segura, «el amable y común camino de una santa sumisión a la dirección así de las Reglas como de los Superiores. »«En verdad que sois dichosas, hijas mías -dice en otra parte-, en comparación con los que estamos en el mundo. Cuando nosotros preguntamos por el camino, quién nos dice: a la derecha; quién, a la izquierda; y, en definitiva, muchas veces nos engañan. En cambio vosotras no tenéis sino dejaros conducir, permaneciendo tranquilamente en la barca. Vais por buen derrotero; no hayáis miedo. La divina brújula es Nuestro Señor; la barca son vuestras Reglas; los que la conducen son los Superiores que, casi siempre, os dicen: Caminad por la perpetua observancia de vuestras Reglas y llegaréis felizmente a Dios. Bueno es, me diréis, caminar por las Reglas; pero es camino general y Dios nos llama mediante atractivos particulares; que no todas somos conducidas por el mismo camino. -Tenéis razón al explicaros así; pero también es cierto que, si este atractivo viene de Dios, os ha de conducir a la obediencia» .

Nuestras Reglas son el medio principal y ordinario de nuestra purificación. La obediencia, en efecto, nos despega y purifica por las mil renuncias que impone y más aún por la abnegación del juicio y de la voluntad propia que, según San Alfonso, son la ruina de las virtudes, la fuente de todos los males, la única puerta del pecado y de la imperfección, un demonio de la peor ralea, el arma favorita del tentador contra los religiosos, el verdugo de sus esclavos, un infierno anticipado. Toda la perfección del religioso consiste, según San Buenaventura, en la renuncia de la propia voluntad; que es de tal valor y mérito, que se equipara al martirio; pues si el hacha del verdugo hace rodar por tierra la cabeza de la víctima, la espada de la obediencia inmola a Dios la voluntad que es la cabeza del alma.»

Nuestras Reglas son mina inagotable para el cielo, y verdadera riqueza de la vida religiosa. Contra la obediencia, en efecto, no hay sino pecado e imperfección; sin ella, los actos más excelentes desmerecen; con ella lo que no está prohibido llega a ser virtud, lo bueno se hace mejor. «Introduce en el alma todas las virtudes, y una vez introducidas las conserva», multiplica los actos del espíritu, santificando todos los momentos de nuestra vida; nada deja a la naturaleza, sino todo lo da a Dios. El divino Maestro, según la bella expresión de San Bernardo, «ha hecho tan gran estima de esta virtud, que se hizo obediente hasta la muerte, queriendo antes perder la vida que la obediencia». Por eso todos los santos la han ensalzado a porfía y han cultivado con ardiente celo esta preciosa virtud tan amada de Nuestro Señor. El Abad Juan podía decir, momentos antes de presentarse a Dios, que él jamás había hecho la voluntad propia. San Dositeo, que no podía practicar las duras abstinencias del desierto, fue con todo elevado a un muy alto grado de gloria después de solos cinco años de perfecta obediencia. San José de Calasanz llamaba a la religiosa obediente, piedra preciosa del Monasterio. La obediencia regular era para Santa María Magdalena de Pazzis el camino más recto de la salvación eterna y de la santidad. San Alfonso añade: «Es el único camino que existe en la religión para llegar a la salvación y a la santidad, y tan único, que no hay otro que pueda conducir a ese término… Lo que diferencia a las religiosas perfectas de las imperfectas, es sobre todo la obediencia.» Y según San Doroteo, «cuando viereis un solitario que se aparta de su estado y cae en faltas considerables, persuadíos de que semejante desgracia le acontece por haberse constituido guía de sí mismo. Nada, en efecto, hay tan perjudicial y peligroso como seguir el propio parecer y conducirse por propias luces» .

«La suma perfección -dice Santa Teresa- claro es que no está en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni en visiones, ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios, que ninguna cosa entendamos que quiere, que no la queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente tomemos lo amargo como lo sabroso, entendiendo que lo quiere su Majestad.» De ello ofrece la santa diversas razones; después añade: «Yo creo que, como el demonio ve que no hay camino que más presto llegue a la suma perfección que el de la obediencia, pone tantos disgustos y dificultades debajo de color de bien.» La santa conoció personas sobrecargadas por la obediencia de multitud de ocupaciones y asuntos, y, volviéndolas a ver después de muchos años, las hallaba tan adelantadas en los caminos de Dios que quedaba maravillada. « ¡ Oh dichosa obediencia y distracción por ella, que tanto pudo alcanzar!» .

San Francisco de Sales abunda en el mismo sentir: «En cuanto a las almas que, ardientemente ganosas de su adelantamiento, quisieran aventajar a todas las demás en la virtud, harían mucho mejor con sólo seguir a la comunidad y observar bien sus Reglas; pues no hay otro camino para llegar a Dios.» Era Santa Gertrudis de complexión débil y enfermiza, por lo que su superiora la trataba con mayor suavidad que a las demás, no permitiéndole las austeridades regulares. «¿Qué diréis que hacía la pobrecita para llegar a ser santa? Someterse humildemente a su Madre, nada más; y por más que su fervor la impulsase a desear todo cuanto las otras hacían, ninguna muestra daba, sin embargo, de tener tales deseos. Cuando le mandaban retirarse a descansar, hacíalo sencillamente y sin replicar; bien segura de que tan bien gozaría de la presencia de su Esposo en la celda como si se encontrara en el coro con sus compañeras. Jesucristo reveló a Santa Matilde que si le querían hallar en esta vida le buscasen primero en el Augusto Sacramento del Altar, después en el corazón de Gertrudis.» Cita el piadoso doctor otros ejemplos y luego añade: «Necesario es imitar a estos santos religiosos, aplicándonos humilde y fervorosamente a lo que Dios pide de nosotros y conforme a nuestra vocación, y no juzgando poder encontrar otro medio de perfección mejor que éste» .

«Y a la verdad, siendo Dios mismo quien nos ha escogido nuestro estado de vida y los medios de santificarnos, nada puede ser mejor ni aun bueno para nosotros, fuera de esta elección suya. Santa fue por cierto la ocupación de Marta, dice un ilustre Fundador; santa también la contemplación de Magdalena, no menos que la penitencia y las lágrimas con que lavó los pies del Salvador; empero todas estas acciones, para ser meritorias, hubieron de ejecutarse en Betania, es decir, en la casa de la obediencia, según la etimología de esta palabra; como si Nuestro Señor, según observa San Bernardo, hubiera querido enseñarnos con esto que, ni el celo de las buenas obras, ni la dulzura en la contemplación de las cosas divinas, ni las lágrimas de la penitencia le hubiesen podido ser agradables fuera de Betania» .

La obediencia a la voluntad de Dios significada es, por consiguiente, el medio normal para llegar a la perfección. Y no es que queramos desestimar, ni mucho menos, la sumisión a la voluntad de beneplácito, antes proclamamos su alta importancia y su influencia decisiva. Pues Dios con esa su voluntad nos depara y escoge los acontecimientos en vista de nuestras particulares necesidades, prestando de esta manera a la acción benéfica de nuestras reglas un apoyo siempre utilísimo y a veces un complemento necesario; apoyo y complemento tanto más precioso cuanto nos es más personal, al contrario de las prescripciones de nuestras reglas, que por fuerza han de ser generales. Sin embargo, no es menos cierto que la obediencia a la voluntad significada sigue siendo, en medio de los sucesos accidentales y variables, el medio fijo y regular, la tarea de todos los días y de cada instante. Por ella es preciso comenzar, por ella continuar y por ella concluir.

Hemos juzgado conveniente recordar esta verdad capital al principio de nuestro estudio, a fin de que los justos elogios que han de tributarse al Santo Abandono no exciten a nadie a seguirle con celo exclusivo, como si él fuera la vía única y completa. Forma, a no dudarlo, una parte importante del camino, pero jamás podrá constituir la totalidad. De otra suerte, ¿para qué guardamos la obediencia? Al descuidaría nos perjudicaríamos enormemente, sobre todo si se atiende a que durante todo el día, desde que el religioso se levanta hasta que se acuesta, casi no hay momento en que le deje de la mano y en que no lo dirija con alguna prescripción de regla; además, que la voluntad de Dios sea significada de antemano o declarada en el curso de los acontecimientos, siempre tiene la obediencia los mismos derechos e impone los mismos deberes y no nos es dado escoger entre ella y el abandono; ambos deben ir de acuerdo y en unión estrechísima.

Ofrécese la oportunidad de señalar aquí ciertas expresiones peligrosas. Decir, por ejemplo, que Dios «nos lleva en brazos» o que nos hace adelantar «a largos pasos» en el abandono, y al revés que nosotros damos «nuestros cortos pasos» en la obediencia, ¿no es acaso rebajar el precio de ésta y encarecer con exceso el valor del primero?

Si sólo se considera su objeto, la obediencia, es cierto, nos invita por lo regular a dar pasos cortitos; mas, pudiéndose contar éstos por cientos y por miles al día, su misma multiplicidad y continuidad nos hacen ya adelantar muchísimo. La constante fidelidad en las cosas pequeñas está muy lejos de ser una virtud mediocre; antes bien, es un poderoso medio de morir a sí mismo y de entregarse todo a Dios; es, llamémosle con su verdadero nombre, el heroísmo oculto. Por lo demás, ¿qué impide que nuestros pasos sean siempre largos y aun más largos? Para ello no es necesario que el objeto de la obediencia sea difícil o elevado, basta que las intenciones sean puras y las disposiciones santas. La Santísima Virgen ejecutaba acciones en apariencia vulgarísimas, mas ponía en ellas toda su alma, comunicándoles así un valor incomparable. ¿No podríamos, en la debida proporción, hacer nosotros otro tanto?

El abandono a su vez se ejercitará más frecuentemente en cosas menudas que en pruebas fuertes. Además, no es cierto que Dios por su voluntad de beneplácito nos «lleve en brazos» y nos haga avanzar sin trabajo alguno de nuestra parte. Ordinariamente al menos, pide activa cooperación y personal esfuerzo del alma, cuyo espiritual aprovechamiento guarda relación con esa su buena voluntad. Y al revés, ocasiones habrá en que por desgracia contrariemos la acción de Dios, enorgulleciéndonos en 1a prosperidad, rebelándonos en la adversidad; en cuyo caso también caminaremos a largos pasos, pero hacia atrás.

Dos cosas dejamos, pues, asentadas: primera, que debemos respetar ambas voluntades divinas, esto es, obedecer generosamente a la voluntad significada y abandonarnos con confianza a la de beneplácito; y segunda, que así en la obediencia como en el abandono Dios no quiere en general santificarnos sin nosotros; siendo, por tanto, necesario que nuestra acción concurra con la divina, y ello en tal forma que la buena voluntad venga a ser la indicadora de nuestro mayor o menor progreso.

4. CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE BENEPLÁCITO

Al reservar el nombre de obediencia para indicar el cumplimiento de la voluntad significada, y el de la conformidad para indicar la sumisión al beneplácito divino, hemos creído seguir el uso más generalizado; con todo, preciso es reconocer que reina una gran divergencia sobre este punto. San Alfonso en particular expresa frecuentemente las dos cosas bajo el nombre de conformidad. Será, pues, necesario atender al contexto para ver en qué sentido toman los autores estos términos.

Como todas las demás virtudes, la conformidad con la Providencia, o la sumisión al beneplácito de Dios, abarca muchos grados de perfección, ora se mire la acción más o menos generosa de la voluntad, ora se considere el motivo más o menos elevado de esta adhesión.

1º Tomando por base de esta clasificación la generosidad con que adaptamos nuestro querer al de Dios, el P. Rodríguez reduce estos grados a tres:

«El primero es cuando las cosas de pena que suceden, el hombre no las desea ni las ama, antes las huye, pero quiere sufrirías antes que hacer cosa alguna de pecado por huirías. Este es el grado más ínfimo y de precepto; de manera que aunque un hombre sienta pena, dolor y tristeza con los males que le suceden, y aunque gima cuando está enfermo y dé gritos con la vehemencia de los dolores, y aunque llore por la muerte de los parientes, puede con todo eso tener esta conformidad con la voluntad de Dios.

»El segundo grado es cuando el hombre, aunque no desea los males que le suceden, ni los elige, pero después de venidos los acepta de buena gana por ser aquélla la voluntad y el beneplácito de Dios: de manera que añade este grado al primero, tener alguna buena voluntad y algún amor a la pena por Dios, y el quererla sufrir no solamente mientras está de precepto obligado a sufrirla, sino también mientras el sufrirla fuera más agradable a Dios. El primer grado lleva las cosas con paciencia; este segundo añade el llevarlas con prontitud y facilidad.

»El tercero es cuando el siervo de Dios, por el grande amor que tiene al Señor, no solamente sufre y acepta de buena gana las penas y trabajos que le envía, sino los desea y se alegra mucho con ellos, por ser aquélla la voluntad de Dios». Así es como los Apóstoles se regocijaban de haber sido juzgados dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús, y San Pablo rebosaba de gozo en medio de sus tribulaciones.

¿Nos será permitido observar que el amor de donde procede el segundo grado puede muy bien ser el amor de esperanza, y que la diferencia entre este segundo grado y el tercero tal vez estuviera declarada mejor de otro modo?

Esta clasificación es comúnmente admitida, de suerte que aun variando los detalles, según los autores, el fondo es el mismo. La encontramos ya en nuestro Padre San Bernardo, y hasta nos parece que nadie ha estado tan acertado como él, ni en precisar los grados ni en señalar los motivos. Recuerda las tres vías clásicas de los principiantes, de los proficientes y de los perfectos, asignándoles por móviles respectivos, el temor, la esperanza y el amor; y luego añade: «El principiante, impulsado por el temor, sufre la cruz de Cristo con paciencia; el proficiente, impulsado por la esperanza, la lleva con gusto; el que está consumado en la caridad la abraza ya con amor».

2º Atendiendo al motivo de nuestra conformidad con el beneplácito de Dios, distinguiremos la que proviene de puro amor, y la que procede de cualquier otra causa sobrenatural.

En opinión de San Bernardo, a los principiantes que no poseen por lo general sino la simple resignación, esta conformidad les viene del temor; los proficientes, en cambio, llevan la cruz con gusto, y su conformidad es más elevada que la anterior y tiene por causante la esperanza; los perfectos abrazan la cruz con ardor, y esta perfecta conformidad es el fruto del amor divino.

Entiéndese fácilmente que el temor basta para producir la simple resignación; mas para que la sumisión crezca en generosidad, para que suba hasta el gozo menester es suponer un desasimiento más completo, una fe más viva, una confianza en Dios más firme. Con todo no es necesariamente hija del puro amor, ya que a tales alturas puede muy bien elevarnos el deseo de los bienes eternos. Un alma ansiosa del cielo tendrá por gran dicha las pequeñas pruebas y aun las grandes tribulaciones, según se hallare de penetrada por las seductoras promesas del Apóstol. «No son de comparar los sufrimientos de la vida presente con la futura gloria que se ha de manifestar en nosotros. Nuestras tribulaciones tan breves y ligeras nos producen el eterno peso de una sublime e incomparable gloria».

Hay, en fin, la conformidad por puro amor, que es en sí la más perfecta, porque nada hay tan elevado, delicado, generoso y perseverante como el amor sobrenatural. Ahora bien, puesto que la caridad es para todos un mandamiento, no hay al parecer, un solo fiel que no pueda emitir, al menos de cuando en cuando, actos de conformidad por amor, actos que él producirá mejor y con más gusto, conforme fuere creciendo en caridad. Y aun día vendrá cuando, viviendo principalmente por puro amor, también por puro amor se conforme con las disposiciones de la Providencia, por lo menos de una manera habitual. Mas también, así como el alma adelantada puede elevarse de continuo en el amor santo, así igualmente podrá crecer sin cesar en la conformidad que nace del amor.

Esto supuesto, ¿qué lugar ocupa el Santo Abandono entre los mencionados grados de espiritual conformidad? Indudablemente, el más encumbrado, y eso ya se mire a la generosidad de la sumisión, ya al móvil de la misma.

Si se atiende a la generosidad, el Santo Abandono sólo parece hallarse satisfecho en el grado superior; no así el primer grado, es decir, en resignación, que no sube tan alto, y que basta para la simple vida cristiana, pero no para la vida perfecta, eso fuera de que no implica el total desasimiento y la total entrega de la voluntad que es inherente al abandono; y lo mismo se diga de lo que hemos llamado segundo grado, que con ser más generoso que el anterior aún carece del completo desapego, sin el cual no podría el alma mostrarse indiferente a todo y poner enteramente su voluntad en manos de la Providencia.

Si se considera el motivo determinante, el abandono es una conformidad por amor, con particulares matices que le dan un carácter acentuado de confianza filial y de total donación. En una palabra, y como se verá mejor más adelante, es la cumbre del amor y de la conformidad.

No sólo no quisiéramos restar méritos a la simple resignación, como tampoco a la conformidad que no nace del puro amor; al contrario, nos felicitaríamos de hacer resaltar su valor e importancia. Pero nuestro designio es tratar explícitamente tan sólo del Santo Abandono, y así comenzaremos a describirle de manera clara y minuciosa según la doctrina de San Francisco de Sales; esperando, sin embargo, que las almas menos adelantadas en la conformidad podrán seguir con provecho el desarrollo de nuestro trabajo, y, habida la conveniente proporción, aplicarse muchas cosas.

5. NOCIÓN DEL ABANDONO

Ante todo, ¿por qué la palabra abandono? Monseñor Gay va a darnos la respuesta en página luminosa harto conocida: « Hablamos de abandono -dice-, no hablamos de obediencia… La obediencia se refiere a la virtud cardinal de la justicia, en tanto que el abandono entronca en la virtud teologal de la caridad. Tampoco decimos resignación; pues aunque la resignación mira naturalmente a la voluntad divina, y no la mira sino para someterse a ella, pero sólo entrega, por decirlo así, a Dios una voluntad vencida, una voluntad, por consiguiente, que no se ha rendido al instante y que no cede sino sobreponiéndose a sí misma. El abandono va mucho más lejos. El término aceptación tampoco sería adecuado; porque la voluntad del hombre que acepta la de Dios… parece no subordinársele sino después de haber comprobado sus derechos. De manera que no nos conduce a donde queremos ir. La aquiescencia casi, casi, nos conduciría… pero, ¿quién no ve que semejante acto implica todavía una ligera discusión interior, y que la voluntad asustada primero ante el poder divino sólo se aquieta y se deja manejar después de tal discusión y desconfianza? Hubiéramos podido emplear la palabra conformidad, que es convenientísima y, si cabe, la consagrada para la materia, como lo hiciera el P. Rodríguez, que con este título compuso un excelente tratado en su libro tan recomendable: De la Perfección y Virtudes cristianas. Sin embargo, este vocablo refleja mejor un estado que un acto; estado que por lo demás parece presuponer una especie de ajuste asaz laborioso y paciente. Al pronunciarla surge la idea de un modelo que un artista se hubiese esforzado por imitar después de contemplarlo y admirarlo. Y aun cuando la conformidad se lograra sin trabajo, siempre quedaría algo, un no pequeño resabio de frialdad… ¿Nos hubiéramos expresado con más acierto de habernos servido de la palabra indiferencia (palabra mágica en los ejercicios de San Ignacio), la cual es muy usual y también muy exacta por cuanto expresa el estado de un alma que rinde a la voluntad de Dios el perfecto homenaje de que pretendemos hablar…? Es palabra negativa, pero el amor se sirve de ella tan sólo como de escabel, siendo cierto que nada hay en definitiva tan real como el amor. La palabra más indicada en nuestro caso era, por tanto, abandono».

Y en verdad, no hay otra que así describa el movimiento amoroso y confiado con que nos echamos en manos de la Providencia, al igual que un niño en los brazos de su madre. Es cierto que esta expresión estuvo arrinconada largo tiempo en atención al abuso que de ella hicieron los quietistas, pero recobró ya el derecho de ciudadanía y hoy la emplean todos de un modo corriente; nosotros haremos lo mismo, después de precisar su sentido.

«Abandonar nuestra alma y dejarnos a nosotros mismos -dice el piadoso Obispo de Ginebra-, no es otra cosa que despojarnos de nuestra propia voluntad para dársela a Dios.» En este movimiento de amor, que es el acto mismo del abandono, hay, por consiguiente, un punto de partida y otro de término; porque es preciso que la voluntad salga de sí misma para entregarse toda a Dios. Síguese, pues, que el abandono contiene dos elementos que hemos de estudiar: la santa indiferencia y el entregamiento completo de nuestra voluntad en manos de la Providencia; el primero es condición necesaria, y elemento constitutivo el segundo.

1º La santa indiferencia

Sin la santa indiferencia el abandono resultará imposible. Nada es en sí tan amable como la voluntad de Dios. Significada de antemano o manifestada por los acontecimientos, a nada tiende si no es a conducirnos a la vida eterna, a enriquecernos desde ahora con un aumento de fe, de caridad y de buenas obras. Dios mismo es quien viene a nosotros como Padre y Salvador, con el corazón rebosante de ternura y las manos llenas de beneficios. Mas con ser tan amable y todo, ésta su voluntad halla en nosotros no pocos obstáculos. En efecto, la ley divina, nuestras Reglas, las inspiraciones de la gracia, la práctica esmerada de las virtudes, todo cuanto pertenece a la voluntad significada, nos impone mil sacrificios diarios; eso sin contar otra porción de dificultades imprevistas y añadidas con frecuencia por el divino beneplácito a las cruces de antemano conocidas. La mayor dificultad, sin embargo, viene del pecado original, que nos deja llenos de orgullo y sensualidad e infestados de la triple concupiscencia: la humillación, la privación, el dolor, aun los más imprescindibles, nos repugnan; el placer lícito o ilícito, la gloria y los falsos bienes nos fascinan; el demonio, el mundo, los objetos creados, los acontecimientos, todo conspira a despertar en nosotros estos gustos y estas repugnancias. Son harto numerosos los motivos por los cuales corremos frecuentes riesgos de rechazar la voluntad divina, e incluso de no verla.

¿Quién nos abrirá los ojos del espíritu? ¿Quién desembarazará nuestra voluntad de tantos estorbos si no es la mortificación cristiana en todas sus formas? De ella hemos menester no pequeña dosis para asegurar la simple resignación; y el no tenerla así es causa de que haya tantos rebeldes, quejumbrosos, descontentos, tan pocos enteramente sumisos y por lo mismo tantísimos desgraciados, y tan poquitas almas de verdad felices. Y, sin embargo, aún se precisa mucho más para hacer posible el abandono, por lo menos el abandono habitual. ¿Podrá elevarse hacia Dios la voluntad ligada a la tierra por el cable del pecado, o por los lazos de mil aficioncillas? ¿Se pondrá en manos de Dios, como un niño en los brazos de su madre, dispuesta a todas sus determinaciones, aun las más mortificantes, si no ha adquirido la firmeza que da el espíritu de sacrificio, si no ha disciplinado las pasiones, si no se ha vuelto indiferente a todo lo que no es Dios y su voluntad santísima? La voluntad humana debe, pues, ante todo acostumbrarse y disponerse (cosa que generalmente no conseguirá sin paciencia y prolongado trabajo) a sentir privaciones y soportar quebrantos, a no hacer caso del placer ni del dolor; en una palabra, debe aprender lo que los santos llamaban perfecto desasimiento y santa indiferencia.

Por lo menos necesitará la indiferencia de apreciación y de voluntad. Una vez así dispuesta y hondamente convencida de que Dios lo es todo, y que las criaturas nada son o nada significan, ya nada querrá ver ni desear en las cosas temporales, sino sólo a Dios, a quien ama y por quien anhela, y a su santísima voluntad, guía único que la podrá conducir a su propio fin. ¡ Ojalá haya adquirido también en gran cantidad la indiferencia de gusto, de suerte que el mundo y sus pasatiempos, los bienes y honores de acá abajo, todo cuanto pueda alejarla de Dios le inspire disgusto, todo cuanto la lleve a Dios, aunque sea el padecimiento, le agrade, cual acontece a las almas que tienen hambre y sed de Dios! ¡ Cuán facilitada encontraría así el alma la práctica del Santo Abandono!

Esta indiferencia no es insensibilidad enfermiza, ni cobarde y perezosa apatía, ni mucho menos el orgulloso desdén estoico que decía al dolor: «Tú no eres sino una yana palabra.» Es la energía singular de una voluntad que, vivamente esclarecida por la razón y la fe desprendida de todas las cosas, dueña por completo de sí misma, en la plenitud de su libre albedrío, aúna todas sus fuerzas para concentrarías en Dios, y en su santísima voluntad: merced

a esta apreciación, ya de ninguna criatura se deja mover por atractiva o repulsiva que se la suponga, fija siempre en conservarse pronta a cualquier acontecimiento, lo mismo a obrar que a estar parada, esperando que la Providencia declare su beneplácito.

Un alma santamente indiferente se parece a una balanza en equilibrio, dispuesta a ladearse a la parte que quiera la voluntad divina; a una materia prima igualmente preparada para recibir cualquiera forma o a una hoja de papel en blanco sobre la cual Dios puede escribir a su gusto. La comparan también « a un licor que, no teniendo por si propio forma, adopta la del vaso que lo contiene. Ponedlo en diez vasos diferentes y lo veréis tomar diez formas diferentes, y tomarlas así que es vertido en ellos». Esta alma es flexible y tratable, como «una bola de cera en las manos de Dios, para recibir igualmente todas las impresiones del eterno beneplácito» o como «un niño que aún no dispone de voluntad, para querer ni amar cosa alguna», o, en fin, «permanece en la presencia de Dios como una bestia de carga». «Una bestia de carga jamás anda con preferencias ni distingos en el servicio de su dueño:

ni en cuanto al tiempo, ni en cuanto al lugar, ni en cuanto a la persona, ni en cuanto a la carga; os prestará servicio en la ciudad y en el campo, en las montañas y en los valles; la podéis conducir a derecha e izquierda, e irá a donde quisiereis; a todas horas estará aparejada, por la mañana, a la tarde, de día, de noche; con la misma facilidad se dejará guiar de un niño que de un adulto, y tan holgada y contenta se mostrará acarreando estiércol como tisúes, diamantes y rubíes.»

Por lo mismo que el alma se halla así dispuesta, «toda manifestación de la voluntad divina, cualquiera que fuere, la encuentra libre y se la apropia como terreno que a nadie pertenece. Todo le parece igualmente bueno: ser mucho, ser poco, no ser nada; mandar, obedecer a éste y al de más allá; ser humillada, ser tenida en olvido; padecer necesidad o estar bien provista; disponer de mucho tiempo o estar abrumada de trabajo; estar sola o acompañada y en aquella compañía que uno desea; contemplar extenso camino ante sí o no ver sino lo preciso del suelo para poner el pie; sentir consuelos o sequedades y en tales sequedades ser tentada; disfrutar de salud o llevar una vida enfermiza, arrastrada y lánguida por tiempo indeterminado; estar imposibilitada y convertirse en carga molesta para la Comunidad a la que se había venido a servir; vivir largo tiempo, morir pronto, morir ahora mismo; todo le agrada. Lo quiere todo por lo mismo que no quiere nada, y no quiere nada por lo mismo que lo quiere todo».

2º El entregamiento completo

La santa indiferencia ha hecho posible el entregamiento completo de nosotros mismos en las manos de Dios. Añadamos ahora que esta entrega amorosa, confiada y filial es elemento positivo del abandono y su principio constitutivo. Para precisar bien su significado y extensión, se han de considerar dos momentos psicológicos, según que los hechos estén aún por suceder o hayan sucedido.

Antes de suceder, con previsión o sin ella, esa entrega es, según la doctrina de San Francisco de Sales, «una simple y general espera», una disposición filial para recibir cuanto quiera Dios enviar, con la dulce tranquilidad de un niño en los brazos de su madre. En tal estado, ¿tendremos obligación de adoptar prudentes providencias y el derecho a querer y elegir? Es cosa que hemos de averiguar en los capítulos siguientes. En todo caso, la actitud preferida de un alma indiferente a las cosas de aquí abajo, plenamente desconfiada de su propio parecer y amorosamente confiada en Dios solo, es, según la doctrina del mismo santo Doctor, «no entretenerse en desear y querer las cosas (cuya decisión se ha reservado Dios para sí), sino dejarle que las quiera y las haga por nosotros conforme le agradare».

Después de suceder los hechos y cuando ya han declarado el beneplácito divino, «esta simple espera se convierte en consentimiento o aquiescencia». «Desde el momento en que una cosa se le presenta así divinamente esclarecida y consagrada, el alma se entrega con celo y con pasión se adhiere a ella; porque el amor es el fondo de su estado y el secreto de su aparente indiferencia, siendo su vida tan intensa precisamente porque abstraída de todo lo demás, en él se halla reconcentrada por completo. Por donde, siempre que la voluntad divina pide algo que a esta alma se refiera, y cuando todos la notarían de insensible y fría, la vemos conmoverse en sus mismas entrañas. A semejanza de un niño dormido a quien no pudiera despertar su madre sin que la tendiese sus bracitos, así sonríe ella a todas las muestras del querer divino, que abraza con piadosa ternura. Su docilidad es activa y su indiferencia amorosa. No es para Dios más que un si viviente. Cada suspiro que exhala y cada paso que da es un amén ardiente que va a juntarse con aquel otro amén del cielo con el cual concuerda.»

San Francisco de Sales llama a este abandono «el tránsito o muerte de la voluntad», en el sentido de que «nuestra voluntad traspasa los límites de su vida ordinaria para vivir toda en la voluntad divina; cosa que ocurre cuando no sabe ni desea ya querer nada, si no es abandonarse sin reservas a la Providencia, mezclándose y anegándose de tal suerte en el beneplácito divino que no aparezca más por ninguna parte». Venturosa muerte, por la cual se eleva uno a superior vida, «como se eleva todas las mañanas la claridad de las estrellas y se cambia con la luz esplendorosa del sol, al aparecer éste trayendo el día».

Dos grados hay, según el piadoso Doctor, en este traspaso de nuestra voluntad a la de Dios: en el primero el alma aún presta atención a los acontecimientos, pero bendice en ellos a la Providencia. El autor de la Imitación hácelo en estos términos: «Señor: esté mi voluntad firme y recta contigo, y haz de mí lo que te agradare… Si quieres que esté en tinieblas, bendito seas, y si quieres que esté en luz, también seas bendito; si te dignares consolarme, bendito seas; y si me quieres atribular, también seas bendito para siempre». En el segundo grado, el alma ni siquiera presta atención a los acontecimientos; y por más que los sienta, aparta de ellos su corazón aplicándole a «la dulzura y Bondad divinas, que bendice no ya en sus efectos ni en los sucesos que ordena, sino en sí misma y en su propia excelencia… lo que sin duda constituye un ejercicio mucho más eminente».

Para mejor dar a entender y gustar la santa indiferencia o el amoroso abandono de nuestro querer en las manos de Dios, el piadoso Obispo de Ginebra nos propone magníficos ejemplos y deliciosísimas comparaciones. En la imposibilidad de citarlos aquí, rogamos a nuestros lectores que consulten el texto mismo. Propone como modelos a Santa María Magdalena, a la suegra de San Pedro, a Margarita de Provenza, esposa de San Luis. ¿Quién no conoce los apólogos tan ingeniosos y tan suaves de la estatua en su nicho, del músico que se queda sordo y de la hija del cirujano? Se leerán y releerán veinte veces con tanto gusto como edificación. El piadoso autor muestra marcada preferencia por determinados símiles y comparaciones; y así dice: un criado en seguimiento de su señor no se dirige a ninguna parte por propia voluntad, sino por la de su amo; un viajero, embarcado en la nave de la divina Providencia, se deja mover según el movimiento del barco, y no debe tener otro querer sino el de dejarse llevar por el querer de Dios; el niño que aún no dispone de su voluntad, deja a su madre el cuidado de ir, hacer y querer lo que creyere mejor para él. Ved sobre todo al dulcísimo Niño Jesús en los brazos de la Santísima Virgen, cómo su buena Madre anda por El y quiere por El; Jesús la deja el cuidado de querer y andar por El, sin inquirir adonde va, ni si camina de prisa o despacio; bástale permanecer en los brazos de su dulcísima Madre.

Una vez descrito el abandono en sus líneas más generales, vamos a ver ahora en sendos capítulos cómo no excluye ni la prudencia ni la oración, ni los deseos, ni los esfuerzos personales ni el sentimiento de las penas.

6. ABANDONO Y PRUDENCIA

Por perfectas que sean nuestra confianza en Dios y nuestra total entrega en manos de la Providencia para cuanto sea de su agrado, jamás quedaremos dispensados de seguir las reglas de la prudencia. La práctica de esta virtud, natural y sobrenatural, pertenece a la voluntad significada: es ley estable y de todos los días. Dios quiere ayudarnos, pero a condición de que hagamos lo que de nosotros depende: «A Dios rogando y con el mazo dando», dice el refrán, obrar de otra manera es tentar a Dios y perturbar el orden por El establecido. A todos predica Nuestro Señor la confianza, pero a nadie autoriza la imprevisión y la pereza. No exige que los lirios hilen, ni que las aves cosechen; mas a los hombres nos ha dotado de inteligencia, previsión y libertad, y de ellas quiere que nos valgamos. Abandonarse a Dios sin reserva y sin poner cuanto estuviere de nuestra parte sería descuido y negligencia culpables. Mejor calificación merece la piedad de David, el cual, aunque espera resignado cuanto Dios tuviere a bien disponer respecto de su reino y de su persona durante el levantamiento de Absalón, no por eso deja de dar inmediatamente a las tropas y a sus consejeros y principales confidentes las órdenes necesarias para procurarse un lugar retirado y seguro, y para restablecer su posición política. «Dios lo quiere…», así hablaba Bossuet a los quietistas de su tiempo, que so pretexto de dejar obrar a Dios, echaban a un lado la previsión y solicitud moderadas. Y añade: «Ved ahí en qué consiste, según la doctrina apostólica, el abandono del cristiano, el cual bien a las claras se ve que presupone dos fundamentos: primero, creer que Dios cuida de nosotros; y segundo, convencerse de que no son menos necesarias la acción y la previsión personales; lo demás seria tentar a Dios».

Porque si hay sucesos que escapan a nuestra previsión y que dependen únicamente del beneplácito divino, como lo son respecto a nosotros las calamidades públicas o los casos de fuerza mayor, hay otros en que la prudencia tiene que desempeñar un papel importante, ya para prevenir eventualidades molestas, ya para atenuar sus consecuencias, ya también para sacar siempre de ellos nuestro provecho espiritual. Citemos sólo algunos ejemplos. Con absoluta confianza debemos creer que Dios no ha de permitir seamos tentados por encima de nuestras fuerzas, fiel como es a sus promesas; mas esto a condición de que «quien piensa que está firme, mire no caiga», y de que cada uno «vele y ore para no caer en la tentación». En las consolaciones y sequedades, en las luces y oscuridades, en la calma y tempestad, en medio de estas u otras vicisitudes que agitan la vida espiritual, habremos de comenzar por suprimir, si de ello hubiere necesidad, la negligencia, la disipación, los apegos, cuantas causas voluntarias se opongan a la gracia; procurando al mismo tiempo permanecer constantes en nuestro deber en contra de tantas variaciones. Sólo así tendremos derecho de abandonarnos con amor y confianza al beneplácito divino.

Lo propio deberán hacer las personas que desempeñen cargos cuando pasen por alternativas de acierto y de fracaso; las cuales, ora se les ponga el cielo claro y sereno, ora encapotado, siempre tendrán el deber y habrán de sentir la necesidad de confiarse a la divina Providencia; empero «no conviene que el superior, so pretexto de vivir abandonado a Dios y de reposar en su seno, descuide las enseñanzas propias de su cargo», y deje de cumplir sus obligaciones. Y lo mismo en lo concerniente a lo temporal; sea cual fuere el abandono en Dios, es de necesidad que uno siembre y coseche y que otro confeccione los vestidos, que éste prepare la comida y así en todo lo demás. Otro tanto ha de decirse en cuanto a la salud y la enfermedad. Nadie tiene derecho a comprometer su vida por culpables imprudencias, debiendo cada cual tener un cuidado razonable de su salud; y si es del agrado de Dios que uno caiga enfermo, «quiere El por voluntad declarada que se empleen los remedios convenientes para la curación; un seglar llamará al médico y adoptará los remedios comunes y ordinarios; un religioso hablará con los superiores y se atendrá a lo que éstos dispusieren». Así han obrado siempre los santos, y si a veces los vemos abandonar las vías de la prudencia ordinaria, hacíanlo para conducirse por principios de una prudencia superior.

El abandono no dispensa, pues, de la prudencia, pero destierra la inquietud. Nuestro Señor condena con insistencia la solicitud exagerada, en lo que se refiere al alimento, a la bebida, al vestido, porque, ¿cómo podrá el Padre celestial desamparar a sus hijos de la tierra, cuando proporciona la ración ordinaria a las avecillas del cielo que no siembran, ni siegan, ni tienen graneros, y cuando a los lirios del campo, que no tejen ni hilan, los viste con galas que envidiaría el rey Salomón? San Pedro nos invita también a depositar en Dios todos nuestros cuidados, todas nuestras preocupaciones porque el Señor vela por nosotros. Habíalo ya dicho el Salmista: «Arroja en el seno de Dios todas tus necesidades y El te sostendrá: no dejará al justo en agitación perpetua».

En parecidos términos se expresa San Francisco de Sales hablando de la prudencia unida al abandono; quiere el santo que ante todo cumplamos la voluntad significada; que guardemos nuestros votos, nuestras Reglas, la obediencia a los superiores, pues no hay camino más seguro para nosotros; que asimismo hagamos la voluntad de Dios declarada en la enfermedad, en las consolaciones, en las sequedades y en otros sucesos semejantes; en una palabra, que pongamos todo el cuidado que Dios quiere en nuestra perfección. Hecho esto, el santo pide que «desechemos todo cuidado superfluo e inquieto que de ordinario tenemos acerca de nosotros mismos y de nuestra perfección aplicándonos sencillamente a nuestra labor y abandonándonos sin reserva en manos de la divina Bondad, por lo que mira a las cosas temporales, pero sobre todo en lo que se refiere a nuestra vida espiritual y a nuestra perfección». Porque «estas inquietudes provienen de deseos que el amor propio nos sugiere y del cariño que en nosotros y para nosotros nos tenemos».

Esta unión moderada de la prudencia con el abandono es doctrina constante en el Santo Doctor. Cierto que en alguna parte al alma de veras confiada la invita a «embarcarse en el mar de la divina Providencia sin provisiones, ni remos, ni virador, sin velas, sin ninguna suerte de provisiones… no cuidándose de cosa alguna, ni aun del propio cuerpo o de la propia alma.., pues Nuestro Señor mirará suficientemente por quien se entregó del todo en sus manos». Mas el piadoso Doctor estaba hablando de la huida a Egipto, es decir, de uno de esos trances en que siendo imposible al hombre prever ni proveerse, no le queda más remedio que entregarse y confiarse de todo en todo a la divina Providencia.

7. LOS DESEOS Y PETICIONES EN EL ABANDONO

No hablamos aquí de los gustos y repugnancias comoquiera, sino de los deseos voluntariamente formados y adrede proseguidos, de esos deseos que se convierten en resoluciones, en peticiones y esfuerzos. ¿Son compatibles o no con el Santo Abandono?

Que lo sean con la simple resignación, nadie lo duda, «pues aunque la resignación -dice San Francisco de Sales- prefiere la voluntad de Dios a todas las cosas, mas no por eso deja de amar otras muchas además de la voluntad de Dios»; y aduciendo el ejemplo de un moribundo, añade: «Preferiría vivir en lugar de morir, pero en vista de que el beneplácito de Dios es que muera…, acepta de buena gana la muerte por más que continuaría viviendo aún con mayor gusto.» ¿Sucede lo propio con la perfecta indiferencia y el santo abandono? ¿Es ir contra la perfección del abandono desear y pedir que tal o cual acontecimiento feliz se realice y perdure, que tal prueba espiritual o temporal no se presente o acabe?

En general, y salvo posibles excepciones, se pueden formar deseos y peticiones de este género, pero no hay obligación.

Hay derecho de hacerlo. Pues Molinos fue condenado por haber sostenido la proposición siguiente: «No conviene que quien se ha resignado a la voluntad de Dios le haga ninguna súplica; porque, siendo ésta un acto de voluntad y elección propias, y pretendiéndose con ellas que la voluntad divina se amolde a la nuestra, vendría a resultar una verdadera imperfección. Las palabras evangélicas “pedid y recibiréis no las dijo Jesucristo para las almas interiores que no quieren poseer voluntad propia. Es más, estas almas llegan a no poder dirigir a Dios una petición.»

«No temáis, pues -dice el Padre Baltasar Álvarez-, desear y pedir la salud, si estáis decididos a emplearla puramente en servicio de Dios: tal deseo, en vez de ofenderle, le agradará. En apoyo de mi aserto puedo citar su propio testimonio: Mi amor a las almas es tan grande, decía El a Santa Gertrudis, que me fuerza a secundar los deseos de los justos, siempre que estén inspirados en un celo puro y humanamente desinteresado. ¿Hay enfermos que desean de veras la salud para servirme mejor?, que me la pidan con toda confianza. Más aún: si la desean para merecer mayor galardón, me dejaré doblegar, pues les amo hasta el extremo de asemejar sus intereses a los míos.»

En idéntico sentido se expresa San Alfonso: «Cuando las enfermedades nos aflijan con toda su agudeza, no será falta darlas a conocer a nuestros amigos, ni aun pedir al Señor que nos libre de ellas. No hablo sino de los grandes padecimientos.» La misma doctrina enseña a propósito de las arideces y de las tentaciones, apoyándola en dos ejemplos entre todos memorables; el primero es el del Apóstol, el cual, abofeteado por Satanás, no creía faltar al perfecto abandono, rogando por tres veces al Señor que apartase de él el espíritu impuro; mas en habiéndole Dios respondido «Bástate mi gracia», San Pablo acepta humildemente la necesidad de combatir, y yendo más lejos, se complace en su debilidad, porque en la aflicción es cuando se siente fuerte, merced a la virtud de Cristo.

El segundo ejemplo es aún más augusto, y ofrece una prueba sin réplica. El mismo Jesucristo en el momento de su Pasión, descubrió a sus apóstoles la extrema aflicción de su alma, y rogó hasta tres veces a su Padre le librase de ella. Mas este divino Salvador nos enseñó al propio tiempo con su ejemplo lo que hemos de hacer después de semejantes peticiones: resignarnos inmediatamente a la voluntad de Dios, añadiendo con El: «Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que Vos queréis.»

Inútil es añadir nada para dar a entender lo que no es permitido en parecidas circunstancias. San Francisco de Sales señala, sin embargo, una excepción: «Si el beneplácito divino nos fuera declarado antes de su realización como lo fue a San Pedro el género de su muerte, a San Pablo las cadenas y la cárcel, a Jeremías la destrucción de su amada Jerusalén, a David la muerte de su hijo; en tal caso deberíamos unir al instante nuestra voluntad a la de Dios.» Esto en la suposición de que el beneplácito divino aparezca absoluto e irrevocable; de no ser así, conservamos el derecho de formular deseos y peticiones.

Pero, por lo general, no estamos obligados a ello, pues los sucesos de que se trata dependen del beneplácito de Dios, a quien toca decidir, no a nosotros. Y una vez que se haya hecho cuanto la prudencia exige, ¿por qué no nos será permitido decir a nuestro Padre celestial: «Vos sabéis cuánto ansío crecer en virtud y amaros cada vez más? ¿Qué me conviene para conseguirlo? ¿La salud o la enfermedad, las consolaciones o la aridez, la paz o la guerra, los empleos o la total carencia de ellos? Yo no lo sé, pero Vos lo sabéis perfectamente. Ya que permitís que exponga mis deseos, yo prefiero confiarme a Vos, que sois la misma Sabiduría y Bondad; haced de mí lo que os plazca. Otorgadme tan sólo la gracia de someterme con entera voluntad a cuanto decidiereis.» Parécenos que ningún deseo, ninguna petición puede testimoniar mayor confianza en Dios que esta actitud, ni mostrar más abnegación, obediencia y generosidad de nuestra parte.

Tal es el sentir de San Alfonso. Establece el santo tres grados en la buena intención: «1º Puédese proponer la consecución de bienes temporales, por ejemplo, mandando celebrar una misa o ayunando para que cese tal enfermedad, tal calumnia, tal contrariedad temporal. Esta intención es buena, supuesta la resignación, pero es la menos perfecta de las tres, porque su objeto no se levanta de lo terreno. 2º Puédese proponer la satisfacción a la justicia divina o conseguir bienes espirituales: como virtudes, méritos, aumento de gloria en el cielo. Esta segunda intención vale más que la primera. 3º Puédese no desear sino el beneplácito de Dios, el cumplimiento de la divina voluntad. He aquí la más perfecta de las tres intenciones y la más meritoria.» «Cuando estamos enfermos, dice en otra parte, lo mejor es no pedir enfermedad ni salud, sino abandonarnos a la voluntad de Dios, para que El disponga de nosotros como le plazca.» San Francisco de Sales es aún más claro y explícito. Nos enseña a inclinarnos siempre hacia donde más se distinga la voluntad de Dios y a no tener más deseos que éste. «Aunque el Salvador de nuestras almas y el glorioso San Juan, su Precursor, gozasen de propia voluntad para querer y no querer las cosas, sin embargo, en lo exterior dejaron a sus madres al cuidado de querer hacer por ellos lo que era de necesidad.» Nos exhorta a «hacernos plegables y manejables al beneplácito divino como si fuéramos de cera, no entreteniéndonos en querer y en desear las cosas; antes dejando que Dios las quiera y haga como le agradare». Propone después por modelo a la hija de un cirujano que decía a su amiga: «Estoy padeciendo muchísimo y, sin embargo, ningún remedio se me ocurre, pues no sé cuál sea el más acertado, y pudiera suceder que deseando una cosa me fuera necesaria otra. ¿No será mejor descargar todo este cuidado en mi padre que sabe, puede y quiere por mi cuanto requiere la cura? Esperaré a que él quiera lo que juzgare conveniente y no me aplicaré sino a mirarle, a darle a conocer mi amor filial e ilimitada confianza. ¿No testimonió esta hija un amor más firme hacia su padre que si hubiera andado pidiéndole remedios para su dolencia o que se hubiera entretenido en mirar cómo le abría las venas y corría la sangre?»

¿Quién no conoce la célebre máxima: «Nada desear, nada pedir, nada rehusar»? San Francisco de Sales, cuya es la fórmula, declara expresamente que ella no se refiere a la práctica de las virtudes; y personalmente la aplica con especial insistencia a los cargos y empleos de la Comunidad, sin dejar de proponerla también para el tiempo de enfermedad, de consolación, de aflicción, de contrariedad, en una palabra, para todas las cosas de la tierra y todas las disposiciones de la Providencia, «sea por lo que mira al exterior, sea por lo que respecta al interior. Siente un extremado deseo de grabarla en las almas, por considerarla de excepcional importancia».

Preguntaron al Santo Doctor si no podía uno desear los «empleos humildes» movidos por la generosidad. «No, respondió el Santo; por causa de humildad.» «Hijas mías, este deseo no implica nada de malo, sin embargo, es muy sospechoso y pudiera ser un pensamiento puramente humano. En efecto, ¿qué sabéis vosotras si habiendo anhelado estos empleos bajos, tendréis el valor de aceptar las humillaciones, las abyecciones y las amarguras con que habéis de topar en ellos y si lo tendréis siempre? Hay que considerar, por tanto, el deseo de cualquier género de cargos, bajos u honrosos, como una verdadera tentación; y lo mejor será no desear nunca nada, sino vivir siempre dispuesto a hacer cuanto de nosotros exigiere la obediencia.»

En resumen, para cuanto se refiere al beneplácito de Dios, en tanto su voluntad no parezca absoluta e irrevocable, podemos formular deseos y peticiones, por más que a ello no estemos obligados, y aún es más perfecto entregarse en todo esto a la Providencia. Existen, sin embargo, casos en que sería obligatorio solicitar el fin de una prueba, por ejemplo, si para ello se recibe la orden del superior. Si viera uno que desmaya por falta de fuerzas y de ánimos, bastaríale orar en esta forma: Dios mío, dignaos de aliviar la carga o aumentar mis fuerzas; alejad la tentación o concededme la gracia de vencerla.

En cuanto al tenor de estas oraciones, se pedirán de un modo absoluto los bienes espirituales absolutamente necesarios; los que no constituyen sino un medio de tantos hanse de pedir a condición de que tal sea el divino beneplácito, haciendo con mayor razón la misma salvedad con respecto a los bienes temporales. Lo que es preciso desear sobre todo es santificar la prosperidad y la adversidad, «buscando el reino de Dios y su justicia: lo restante nos será dado por añadidura». A los que invierten este orden y buscan principalmente el fin de las pruebas, el Padre de la Colombière dirige el siguiente párrafo eminentemente sobrenatural: «Mucho me temo que estéis orando y haciendo orar en vano. Lo mejor hubiera sido mandar decir esas misas y hacer voto de estos ayunos en orden a alcanzar de Dios una radical enmienda, la paciencia, el desprecio del mundo, el desasimiento de las criaturas. Cumplido esto, hubierais podido hacer peticiones para la recuperación de vuestra salud y prosperidad de vuestros negocios; Dios las hubiera oído con gusto o más bien las hubiera prevenido, bastándole conocer vuestros deseos para satisfacerlos».

Esta doctrina es conforme a la práctica de las almas santas, pues si a veces piden el fin de una prueba, más frecuentemente es verlas inclinadas hacia el deseo del padecimiento al cual se ofrecen cuando sólo escuchan la voz de su generosidad; mas cuando la humildad les habla con mayor elocuencia que el espíritu de sacrificio, entonces ya no piden nada y se remiten a los cuidados de la Providencia. Finalmente, lo que domina y prevalece en estas almas es el amor de Dios junto con la obediencia y el abandono a todas sus determinaciones.

Así vemos que Santa Teresa del Niño Jesús, después de haber estado llamando largo tiempo al dolor y a la muerte como mensajeros de gozo, llega un día en que, a pesar de apreciarlos, ya no los desea; porque sólo necesita amor, y únicamente se aficiona a «la vida de la infancia espiritual, al camino de la confianza y del total abandono. Mi Esposo, dice, me concede a cada instante lo que puedo soportar, nada más; y si al poco rato aumenta mi padecer, también acrecienta mis fuerzas. Sin embargo, jamás pediría yo sufrimientos mayores; que soy harto pequeñita. No deseo más vivir que morir; de manera que si el Señor me diese a escoger, nada escogería; sólo quiero lo que El quiere; sólo me gusta lo que El hace».

Otra alma generosa «tampoco pedía a Dios la librara de sus penas; pedíale, sí, la gracia de no ofenderle, de crecer en su amor, de llegar a ser más pura. Dios mío, ¿queréis que yo sufra? Sea enhorabuena, yo quiero sufrir. ¿Queréis que sufra mucho?, quiero sufrir mucho. ¿Queréis que sufra sin consuelo?, pues quiero sufrir sin consuelo. Todas las cruces de vuestra elección lo serán de la mía. Empero, si yo os he de ofender, os lo suplico, sacadme de este estado; si yo os he de glorificar, dejadme sufrir todo el tiempo que os plaza».

Gemma Galgani tenía una sed asombrosa de inmolación. Y a pesar de todo, aunque en medio de un diluvio de males y persecuciones, se portó con tanto heroísmo, implora una pequeña tregua, quejándose amorosamente en medio de sus penas interiores: «Decidme, Madre mía, adónde se ha ido Jesús; Dios mío, no tengo sino a Vos y Vos os escondéis.» Pero llega a decir con un perfecto abandono: «Si os agrada martirizarme con la privación de vuestra amable presencia, me es igual siempre que os tenga contento.»

8. LOS ESFUERZOS EN EL ABANDONO

Fuera craso error práctico considerar el abandono como una virtud puramente pasiva y creer que el alma no ha de hacer otra cosa que echarse a dormir en los brazos divinos que la llevan. Sería olvidar este principio de León XIII, «no existe ni puede existir virtud puramente pasiva». Además de que implicaría un falso concepto del divino beneplácito.

Como toma una madre a su pequeñito y después de colocarlo donde quiere, éste se ve puesto allí sin haber hecho de su parte más que dejarse manejar; así pudiera seguramente haberse Dios con nosotros; podría levantarnos al grado de virtud que le agradase, enmendar súbitamente un vicio obstinado y rebelde, preservarnos para siempre de ciertas tentaciones, etc.; y a las veces lo hace; pues al fin esas elevaciones súbitas y esas transformaciones repentinas no son cosas que excedan su poder. Sin embargo, continuarán siendo la excepción, por cuanto desordenarían sus sabios planes si fueran demasiado frecuentes. Bien está que a un niño haya que traerle en brazos, porque no puede andar; empero Dios nos ha dotado del libre albedrío y no quiere santificarnos sin nosotros. Por lo que de tal suerte templará su acción que nuestros progresos sean justamente obra de su gracia y de nuestra libre cooperación. Según esto, en los sucesos que declaran el divino beneplácito, la intervención de Dios se limitará de ordinario a tomarnos de su mano soberana y a colocarnos en la situación que El mismo nos haya deparado, sin consultar para nada nuestras pretensiones y gustos y aun contrariándolos no pocas veces; nos pondrá en la salud o en la enfermedad, en consuelos o en penas interiores, en la paz o en el combate, en la calma o en la agitación, etc. Veces habrá en que para dicha o desdicha nuestra nosotros mismos nos hemos ido preparando estos estados, y muchísimas otras ninguna parte tendremos en ello; mas como quiera que fuere, lo cierto es que Dios es quien dispone de nosotros y que por lo mismo, una vez puestos en tales situaciones, habrá que cumplir con nuestro deber contando con la gracia de Dios; deber, por cierto, bien complejo.

Para hacer posible el abandono, ha debido el alma establecerse con antelación en la santa indiferencia; le queda persistir en ella mediante la práctica ardua de la mortificación cristiana, que es trabajo de toda la vida.

Antes de los sucesos el alma se pone en manos de Dios por una simple y general expectación, sin que excluya la prudencia; por esta causa, ¡cuánto hay que hacer, por ejemplo, en la dirección de una casa; en el desempeño de un cargo para evitar sorpresas y desengaños; en el gobierno de nuestra alma para prevenir las faltas, la tentación, las arideces! Todas estas providencias pertenecen a la voluntad de Dios significada y no se deben omitir so pretexto de abandono, pues no podemos dejar a Dios el cuidado de hacer lo que nos ha ordenado cumplir por nosotros mismos.

Durante los sucesos es necesario ante todo someterse. En el Santo Abandono llámase esta adhesión confiada y filial y amorosa al beneplácito de Dios. Quizá haya que luchar un tanto para elevarse a esta altura y mantenerse en ella; mas, aun cuando la sumisión fuese tan pronta y fácil como plena y afectuosa, y por sencillamente que nuestra voluntad se someta a la de Dios, siempre hay en esto un acto o disposición voluntaria. En el Santo Abandono la caridad es la que está en ejercicio y la que pone en juego otras virtudes. Y así dice Bossuet: «Es una mezcla y un compuesto de actos de fe perfectísima, de esperanza entera y confiada, de amor purísimo y fidelísimo». Si aun después de someterse a la decisión final, se juzga oportuno pedir a Dios desde el principio que aleje este cáliz, como hay derecho a hacerlo, esto constituye de la misma manera un acto o una serie de actos.

Después de los sucesos se pueden temer consecuencias desagradables para los demás o para nosotros mismos en lo temporal o en lo espiritual, como sucede en las calamidades públicas, en la persecución, en la ruina de la fortuna, en las calumnias, etc. Si está en nuestra mano apartar estas eventualidades o atenuarías, haremos lo que de nosotros dependa, sin aguardar una acción directa de la Providencia, porque Dios habitualmente se reserva obrar por estas causas segundas, y puede ser que precisamente cuente con nosotros en esta circunstancia, lo que con frecuencia nos impondrá deberes que cumplir.

Después de los sucesos, por ser manifestaciones del beneplácito divino, hay que hacer brotar también de ellos los frutos que Dios mismo espera para su gloria y para bien nuestro: si acontecimientos felices, el agradecimiento, la confianza, el amor; si desgraciados, la penitencia, la paciencia, la abnegación, la humildad, etc.; cualquiera que sea el resultado, un acrecentamiento en la vida de la gracia, y por consiguiente un aumento de la gloria eterna.

La voluntad de Dios significada no pierde por esto sus derechos, y salvo las excepciones y legítimas dispensas, es necesario continuar guardándola; los deberes que ella nos impone forman la trama de nuestra vida espiritual, el fondo sobre el que el santo abandono viene a aplicar la riqueza y variedad de sus bordados. Además esta amorosa y filial conformidad no impide la iniciativa para la práctica de las virtudes: las Reglas y la Providencia le ofrecen de suyo cada día mil ocasiones; y, ¿quién nos impide provocar otras muchas, sobre todo en nuestro trato íntimo con Dios? A la verdad que no somos sobradamente ricos para desdeñar este medio de subir de virtud en virtud: el salario de nuestra tarea ordinaria, por opulento que se le suponga, no debe hacernos despreciar el magnífico acrecentamiento de beneficios que puede merecernos dicha actitud.

Henos así bien lejos de una pura pasividad, en que Dios lo haría todo y el alma se limitaría a recibir. En otra parte diremos que esta pasividad se encuentra en diverso grado en las vías místicas, en cuyo caso es preciso secundar la acción divina y guardarse de ir en contra. Pero aun en estos caminos místicos la mera pasividad es excepción muy rara. Por poco que se haya entendido la economía del plan divino y por poca experiencia que se tenga de las almas, se ha de convenir en que el abandono no es una espera ociosa, ni un olvido de la prudencia, ni una perezosa inercia. El alma conserva en él plena actividad para cuanto se refiere a la voluntad de Dios significada; y en cuanto a los acontecimientos que dependen del divino beneplácito, prevé todo cuanto puede prever, hace cuanto de ella depende. Mas, en los cuidados que ella toma, confórmase con la voluntad de Dios, se adapta a los movimientos de la gracia, obra bajo la dependencia y sumisión a la Providencia. Siendo Dios dueño de conceder el éxito o de rehusarlo, el alma acepta previa y amorosamente cuanto El decida, y por lo mismo se mantiene gozosa y tranquila antes y después del suceso. Fuera, pues, la indolente pasividad de los quietistas, que desdeña los esfuerzos metódicos, aminora el espíritu de iniciativa y debilita la santa energía del alma.

Los quietistas pretenden apoyarse en San Francisco de Sales, pero falsamente. Preciso fuera para eso, entrecortar acá y allá en los escritos del piadoso Doctor palabras y frases, aislarlas del contexto y alterar su sentido.

No podemos citarlo íntegramente. Nos compara a la Santísima Virgen, dirigiéndose al templo unas veces en los brazos de sus padres, otras andando por sus propios pies: «Así -dice-, la divina bondad quiere conducirnos por nuestro camino, pero quiere que también nosotros demos nuestros pasos, es decir, que hagamos de nuestra parte lo que podamos con su gracia». Como rompe a andar un niño cuando su madre le pone en el suelo para que camine, y se deja llevar cuando lo quiere traer en sus brazos, «no de otra manera el alma que ama el divino beneplácito se deja llevar y, sin embargo, camina haciendo con mucho cuidado cuanto se refiere a la voluntad de Dios significada». Este hombre tan lleno del santo abandono escribía a Santa Juana de Chantal, que no lo estaba menos: «Nuestra Señora no ama sino los lugares ahondados por la humildad, ennoblecidos por la simplicidad, dilatados por la caridad; estáse muy a gusto al pie del pesebre y de la cruz… Caminemos por estos hondos valles de las humildes y pequeñas virtudes; allí veremos la caridad que brilla entre los afectos, entre los lirios de la pureza y entre las violetas de la mortificación. De mí sé decir que amo sobre manera estas tres virtudes: la dulzura de corazón, la pobreza del espíritu, la sencillez de la vida… No estamos en este mundo sino para recibir y llevar al dulce Jesús, en la lengua, anunciándolo al mundo; en los brazos, practicando buenas obras; sobre las espaldas, soportando su yugo, sus sequedades, sus esterilidades.» ¿Es éste el lenguaje de una indolente pasividad? ¿No es más bien la plena actividad espiritual?

«Yo -decía Santa Teresa del Niño Jesús- desearía un ascensor que me elevase hasta Jesús; pues soy muy pequeñita para trepar por la ruda escalera de la perfección. El ascensor que ha de levantarme hasta el cielo son vuestros brazos, ¡oh Jesús! »

Mas no se apresuren los quietistas a celebrar su triunfo. Expresión es ésta de amor, de confianza y sobre todo de humildad, pues la santa no se propone en manera alguna permanecer en una indolente pasividad, hasta que el Señor venga a tomarla y conducirla en sus brazos; antes bien, trabaja con una grande actividad. «Por eso -añade- no tengo yo necesidad de crecer, es necesario que permanezca y me haga cada vez más pequeña.» Y de hecho ella se labrará con la gracia una humildad que se desconoce en medio de los dones, una obediencia de niño, un abandono maravilloso en medio de las pruebas, la caridad de un ángel de paz y como remate de todo, un amor incomparable para Dios, pero un amor «que sabe sacar partido de todo», un amor que, creyendo por su humildad no poder hacer nada grande, no quiere «dejar escapar ningún sacrificio, ninguna mirada, ninguna palabra, y quiere aprovecharse de las menores acciones y hacerlas por amor padecer por amor y hasta alegrarse por amor».

¿Habrá necesidad de añadir que todas las almas verdaderamente santas, en vez de esperar que Dios las lleve y cargue con ellas y con su tarea, se dan mil mañas para aumentar su actividad espiritual y sacar de todos los acontecimientos su propia ganancia? Ejemplo palpable y evidente de esto lo tenemos en la vida de Sor Isabel de la Trinidad.

9. LA SENSACIÓN DEL SUFRIMIENTO EN EL ABANDONO

La sensación de las penas y sufrimientos es cosa que, más o menos, forzosamente ha de existir en la simple resignación y aun en el perfecto abandono. En efecto, nuestras facultades orgánicas no pueden dejar de ser impresionadas del mal sensible, como tampoco se quedarán nuestras facultades superiores sin su parte de fatiga, que de gana o por fuerza habrán de padecer y sentir. Porque es cierto que estamos en un estado de decadencia donde coexisten el atractivo del fruto prohibido y la aversión al deber penoso, y como consecuencia, la tirantez y el dolor de la lucha. Supongamos que nos exige Dios el sacrificio de un gusto o el padecimiento de una tribulación por amor suyo; en seguida se verá que, no obstante la adhesión total y resuelta de nuestra voluntad al querer divino, es muy posible que la parte inferior sienta las amarguras del sacrificio. Lo cual ha de ocurrir a cada paso; pues Dios, ocupado por completo en purificarnos, en despegarnos y enriquecernos quiere en especial curar nuestro orgullo por las humillaciones y nuestra sensualidad por las privaciones y el dolor; y, pues el mal es tenaz, el remedio habrá de aplicársenos por mucho tiempo y a menudo.

Es cierto que podremos contar con la unción de la gracia y con la virtud adquirida, las cuales suavizarán y reforzarán, respectivamente, el dolor y la voluntad, como con razón lo proclama San Agustín cuando dice que «donde reina el amor no hay dolor, y que de haberlo, se ama». Cabe, pues, que subsista al trabajo en la sensibilidad: a pesar de las más altas disposiciones de la voluntad. Empero, no hay regla fija, y tan pronto nos embriagará la abundancia de los consuelos y nos transportará la fuerza del amor y se perderá entre las alegrías la sensibilidad del dolor, como se velará y empañará el gozo, y se desvanecerá la paz al retirarse a la parte superior del alma la generosidad, indicio del verdadero amor: con lo que el desasosiego, el tedio, el hastío invadirán el alma y la reducirán a mortal tristeza. A veces también, después de sobrellevar las más rudas pruebas con serenidad admirable, túrbase uno de buenas a primeras por un quítame allá esas pajas. ¿Cómo así? Era que estaba la copa rebosante y una sola gotita bastó para hacerla desbordar, o bien que Dios, deseoso de conservarnos humildes cuando hemos conseguido importantes victorias, hace que conozcamos luego nuestra flaqueza en una simple escaramuza. Como quiera que sea, el acatamiento filial es fruto de la virtud, no de la insensibilidad; toda vez que el paraíso no puede ser permanente aquí abajo, ni aun para los santos.

Asimismo decía el piadoso Obispo de Ginebra a sus hijas: «No reparemos en lo que sentimos o dejamos de sentir, como tampoco creamos que en lo tocante a las virtudes de indiferencia y abandono no vamos a tener nunca deseos contrarios a los de la voluntad de Dios, o que nuestra naturaleza jamás va a experimentar repugnancias en los sucesos del divino beneplácito; porque es cosa que muy bien pudiera acontecer. Dichas virtudes tienen su asiento en la región superior del alma y por lo regular, nada entiende en ellas la inferior; por lo que no hay que andarse en contemplaciones, y sin atender a lo que quiere hemos de abrazarnos y unirnos a la voluntad divina, mal que nos pese.» Por otra parte, el piadoso Doctor ha considerado siempre como una quimera la imaginaria insensibilidad de los que no quieren sufrir el ser hombres; preciso es pagar primero tributo a esta parte inferior y después dar lo que se le debe a la superior, donde asienta como en su trono el espíritu de fe, que nos ha de consolar en nuestras aflicciones y por nuestras aflicciones.

Así lo practicaba él mismo: «Me encamino -escribía- a esta bendita visita, en la que veo a cada instante cruces de todo género.

»Mi carne se estremece, pero mi corazón las adora… Sí, yo os saludo, grandes y pequeñas cruces, y beso vuestros pies, como indigno de ser honrado con vuestra sombra». A la muerte de su madre y de su joven hermana experimenta, según él mismo confiesa, «un grandísimo sentimiento por la separación, mas un sentimiento, al par que vivo, tranquilo…; el beneplácito divino -añade- es siempre santo y las disposiciones suyas amabilísimas»; en fin, el Santo Doctor abrazará sin cesar el partido de la divina Providencia. Pero, si en sus grandes pruebas ha reportado brillantes victorias, en cambio, un asunto sin importancia le hizo perder el sosiego hasta el punto de pasar dos horas de insomnio; reíase de su debilidad, y no dejaba de ver que era una inquietud pueril y, con todo, le era imposible desentenderse de ella. «Dios quería -dice- darme a entender que si los grandes embates no me turban, no soy yo quien esto hace, sino la gracia de mi Salvador.»

Juana de Chantal es una santa que sobresale por su energía de espíritu y por el santo abandono, y no obstante, necesita que su piadoso director la sostenga sin cesar y la conforte repetidas veces en medio de sus penas interiores. Muestra a la muerte de los suyos el más intenso dolor. Cuando pierde a su hija mayor, tiene el valor de asistirla piadosamente hasta el último suspiro; después desmaya y, vuelta en sí, permanece largas horas aplanada. A la muerte de San Francisco de Sales no cesa de llorar hasta el día siguiente; sin embargo, «si supiera que sus lágrimas habían de ser desagradables a Dios, no derramaría ni una sola». Hacíase violencia hasta el extremo de enfermar, por detenerlas; y por obediencia dejábalas correr de nuevo. « ¡Recio es el golpe! -dice-, mas ¡ qué dulce y qué paternal la mano que lo ha dado!; la beso y la quiero con toda mi alma, inclinando la cabeza y rindiendo todo mi corazón bajo su santísima voluntad que adoro y reverencio con todas mis fuerzas.»

Así pudiéramos ir citando multitud de ejemplos, mas dejemos a los servidores y vengamos al Maestro.

Desde su entrada en el mundo, Nuestro Señor se ofrece a su eterno Padre para ser la víctima universal. Su vida entera será cruz y martirio. Apenas aparecen en El lágrimas suficientes para mostrar la ternura de su corazón, indignación suficiente para inspirar a los culpables un temor saludable. Por lo demás, siempre conserva una maravillosa serenidad, ansía el bautismo de sangre en que ha de lavar al mundo. Mas he aquí que ha llegado el momento y relegando las alegrías de la visión beatífica a la parte superior de su alma, entrega voluntariamente a todas sus facultades, su cuerpo mismo a la más terrible agonía, y por libre elección, se abandona al miedo, al tedio, al disgusto; su alma está triste hasta la muerte. Contempla la montaña de nuestros pecados, a su Padre indignamente desconocido, a las almas que corren al abismo, las torturas e ingratitud que le esperan, y queda sumergido en un océano de amargura. Por tres veces implora la compasión de su Padre. «Si es posible, pase de mí este cáliz.» Acepta que un ángel del cielo venga a confortarle, un sudor de sangre le inunda, y entonces ora con más intensidad: «Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya.»

Ante tan inaudito espectáculo, el hombre de fe tímida quédase turbado y perplejo, pero el verdadero fiel adora, admira, agradece. Nuestro Señor, en efecto, ¿podrá hacer nada más útil a las almas, a título de Salvador, de Consolador y de Maestro?

Como Salvador, convenía que tomara todas nuestras debilidades y hasta nuestros mayores abatimientos, a excepción del pecado. Ahora bien, ¿podía haber para todo un Dios humillación comparable a ésta? Por eso la eligió con entera voluntad.

Como Consolador, era bueno que conociese todos nuestros dolores. Si se hubiera manifestado inaccesible al temor, a la repugnancia, a nuestros disgustos, ¿hubiéramos osado manifestarle nuestras miserias? Se hizo voluntariamente semejante a nosotros, como un padre se hace niño con sus hijos. Esta humilde condescendencia nos afirma, nos anima y pone el bálsamo sobre nuestras llagas. Al mismo tiempo, el exceso de su dolor y de sus abatimientos voluntarios traspasa al alma generosa y hace nacer en ella el deseo, y por decirlo así, la necesidad de devolver sufrimiento por sufrimiento a este incomparable Amigo. «Una noche -decía sor Isabel de la Trinidad- mis dolores eran abrumadores, sentí que la naturaleza me dominaba, pero mirando a Jesús en la agonía, le ofrecía aquellos dolores para consolarle y me sentí fortificada. Así lo hago siempre en mi vida; a cada prueba, grande o pequeña, miro lo que Nuestro Señor ha sufrido de análogo, a fin de perder mi sufrimiento en el suyo y perderme yo misma en El.» Santa Teresa del Niño Jesús dice a su vez: «Cuando el divino Salvador pide el sacrificio de todo cuanto hay en el mundo de más amado, es imposible, sin una muy particular gracia, no exclamar junto con El en el huerto de la Agonía: “Padre mío, aleja de mí este cáliz.” Pero añadamos en seguida: “Que se haga tu voluntad y no la mía. Muy consolador es pensar que Jesús, el Dios Fuerte, ha pasado por todas nuestras debilidades, que ha temblado a la vista de ese cáliz amargo que en otro tiempo había deseado con tanto ardor». Siempre habrán horas de turbación, entonces diremos también nosotros, me esforzaré por imitar la generosidad de Nuestro Señor, repitiendo: «Padre, líbrame de esta hora terrible» y sobreponiéndonos en seguida a este momentáneo temor, volveremos a decir: «Mas no,. que para esto he venido al mundo.»

Como Maestro, Nuestro Señor nos ofrece aquí tres preciosas enseñanzas: 1ª No es falta, ni siquiera imperfección, experimentar el sentimiento del padecer, el tedio, las repugnancias y los disgustos, con tal que no cesemos de decir con voluntad resuelta: Que se haga, no como yo quiera, sino como Vos queréis. Nuestro Señor no es ni menos perfecto ni menos grande en el Huerto de Getsemaní que sobre el Tabor, o a la derecha de su Padre; pensar de otra manera sería una blasfemia; por lo mismo, no es cosa sin importancia que el alma, desprovista de todo socorro sensible, en medio de la turbación y de las contrariedades, permanezca tan constantemente fiel a la voluntad de Dios.

2ª No es falta ni siquiera imperfección quejarse a Dios con amorosa sumisión, a la manera que un niño lastimado se refugia junto a su madre y le muestra su herida y su pena. «El amor permite quejarse y decir todas las lamentaciones de Job y de Jeremías, mas a condición de que la santa aquiescencia se conserve siempre en el fondo del alma, en la parte superior del alma.» Así se expresa el dulce Obispo de Ginebra, mas nos condena también cuando no cesamos de lamentamos, ni hallamos, al parecer, personas a quienes quejamos y contar por menudo nuestros dolores. No de otra manera habla San Alfonso: «sin duda es más perfecto en las enfermedades no quejarse de los dolores que se experimentan; sin embargo, cuando nos afligen con vehemencia no es falta comunicarlos a nuestros amigos, ni aun pedir a Nuestro Señor que nos libre de ellos. No trato aquí sino de grandes dolores, pues de lo contrario hacen muy mal esas personas que se lamentan cada vez que sienten alguna pena o la más leve molestia». Estos Santos Doctores admiten, pues, como legítimas, las quejas moderadas y sumisas; sólo condenan el exceso.

3ª No es falta, ni siquiera imperfección, pedir a Dios en las grandes pruebas que, si es posible, aleje de nosotros el cáliz del sufrimiento y hasta pedírselo con cierta insistencia, puesto que lo ha hecho Nuestro Señor; mas, «después que hayáis suplicado al Padre que os consuele, si a El no le place hacerlo, dirigid vuestros esfuerzos a realizar la obra de vuestra salvación sobre la cruz, como si jamás hubierais de descender de ella. Contemplad a Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos después de haber pedido a su Padre el consuelo y conociendo que no se lo quería conceder, no piensa ya en él, ni se inquieta, no lo busca ya más, como si nunca lo hubiera procurado, y valerosamente ejecuta la obra de la Redención». Esta es la dirección que San Francisco de Sales daba a Santa Juana de Chantal.

10. EL ABANDONO Y EL VOTO DE VÍCTIMA

Antes de comparar estas dos cosas, conviene repetir en pocas palabras la idea del Santo Abandono. Es una conformidad con el beneplácito divino, pero una conformidad nacida del amor y llevada a un alto grado. No por insensibilidad, sino por virtud el alma se establece en una santa indiferencia para todo lo que no es Dios y su adorable voluntad. Antes del acontecimiento que ha de mostrar al divino beneplácito mantiénese en simple y general espera, cumpliendo fielmente la voluntad de Dios significada. Condúcese con prudencia en las cosas en que le pertenece decidir, pero en las que dependen del divino beneplácito, por más que tenga derecho a formular deseos y peticiones, prefiere en general dejar a su Padre celestial el cuidado de querer y de disponerlo todo a su gusto; ¡ tan grande es la confianza que en El tiene y tan grandes las ansias de no hacer sino la voluntad divina! Apenas le ha manifestado por un acontecimiento esta voluntad, confórmase con amor, no al modo de una máquina que se deja mover, sino empleando cuanto tiene de inteligencia y de voluntad para adaptarse y uniformarse con el divino beneplácito y sacar de él todo el provecho posible. Su amor y la sinceridad del abandono no la impiden sentir las penas, pero no se agita por eso; bástale poder cumplir la voluntad de Dios. He aquí, en conjunto, el santo abandono tal cual lo hemos descrito siguiendo la doctrina de San Francisco de Sales, que podría resumirse en la fórmula siguiente: «Dios mío, no quiero en el mundo otra cosa que a Vos y a vuestra santísima voluntad. Mi mayor deseo es crecer en amor y en todas las virtudes, y por eso deseo cumplir fielmente vuestra santa voluntad significada. Para cuanto de Vos depende y no de mí, me pongo confiado en vuestras manos y dispuesto estaré a cuanto queráis en simple y filial espera. Nada deseo, nada os pido y nada rehúso. No temo al dolor, puesto que Vos lo acondicionaréis a mi debilidad; la única cosa que deseo es dejarme conducir a vuestro gusto y conformarme con amor a vuestro beneplácito.»

Es evidente que esta manera de considerar el abandono no ofrece peligro alguno y nada tiene de presumida, ya que no es otra cosa que una sumisión filial, llena de confianza y de amor; y bien se podría aconsejar como ideal a toda alma adelantada.

¿No parecerá en nuestros días demasiado pasiva esta simple actitud, a un mundo apasionado por la actividad y por las obras de abnegación cristiana? Lo cierto es que se propaga la práctica de ir más lejos en el abandono. En lugar de dejar a Dios el cuidado de todas las cosas, y sin esperar en paz que El escoja a su gusto, las almas toman la iniciativa, se ofrecen, se consagran y se entregan. Algunos no quieren entender el abandono si no es con estos arranques. Pero estos ofrecimientos deben ser examinados más de cerca. Supongamos que un alma se dirige sencillamente a Dios, y sin pedirle el sufrimiento, le dice que está dispuesta con su gracia a todo lo que El quiera y que lo abrazará con gusto. Esto casi se acerca al abandono, tal como lo hemos descrito, y se podría aconsejar a toda alma adelantada, como nota distintiva de humildad. Mas supongamos también que esa misma alma dice a Dios: «no temáis enviarme el dolor, lo deseo, casi lo pido, Vos colmaréis mis votos secretos otorgándomelo». Esta oblación, si ya no es la ofrenda como víctima, se le acerca mucho, empero nunca será el abandono de San Francisco de Sales. No se puede permitir sino con prudencia, es decir, a las almas que han hecho suficientemente sus pruebas. No se la puede aconsejar a todas, diremos al tratar de las víctimas. Se ha de convencer a los confiados de sí mismos y no sólidamente formados, que antes de dirigir tan altos sus deseos, deben ejercitarse en hacer bien la voluntad de Dios significada y en santificar sus cruces diarias. San Pedro se ofreció a sufrir y aun morir con su Maestro; y aunque su amor y su sinceridad eran indudables, no por eso dejó de ser presuntuoso, como bien claramente lo probaron los hechos.

Tenemos, por último, la ofrenda de sí mismo como víctima, o sea, el voto de víctima. Como no tenemos el designio de hacer aquí la exposición completa, doctrinal y práctica de esta materia tan compleja y delicada, diremos tan sólo lo suficiente para mostrar de una manera precisa en dónde termina el abandono y cuándo empieza otro camino. Los lectores deseosos de conocer más a fondo esta materia, podrán consultar los autores que de la misma tratan ex profeso, especialmente M. Ch. Sauvé, en su excelente opúsculo, quizá un tanto severo en sus restricciones, acerca de la noción, estado y voto de víctimas.

La ofrenda puede hacerse con intenciones y bajo diversas formas. Gemma Galgani y Sor Isabel de la Trinidad se ofrecieron como víctimas por los pecadores. Santa Teresa del Niño Jesús, como víctima de holocausto al amor misericordioso; otras se ofrecen a la justicia, a la santidad, al amor de Dios, y con frecuencia lo hacen como víctima de expiación, para reparar la gloria divina ultrajada, para librar las almas del Purgatorio, para atraer la misericordia divina sobre la Santa Iglesia, sobre la patria, sobre el sacerdocio y comunidades religiosas, sobre una familia o sobre un alma.

El fundamento de esta ofrenda es la Comunión de los Santos, especialmente la reversibilidad de las satisfacciones del justo en provecho del culpable. Es también el misterio de la redención por medio del sufrimiento, pues habiendo escogido Nuestro Señor este camino para salvar al mundo, continúa escogiéndolo para hacer llegar a nosotros el precio de su Sangre. Por su infinita bondad, se digna de asociar almas escogidas a su obra de salvación, y no pudiendo sufrir en su humanidad glorificada, se asocia, valga la palabra, «humanidades de añadidura», en las cuales pueda continuar salvando a las almas por el sufrimiento.

En el transcurso de los siglos, particularmente en horas turbulentas, no han faltado las victimas. En nuestra desdichada época en que la inmoralidad se desborda cual ola de inmundicia, y en que la impiedad sube como una noche sombría, hemos visto multiplicarse las víctimas y aun las fundadoras de comunidades de víctimas. Si hemos de dar crédito a las revelaciones privadas, Nuestro Señor tiene necesidad de víctimas y de víctimas esforzadas, busca almas que expíen con sus sufrimientos y tribulaciones por los pecadores y los ingratos… «El está padeciendo y no encuentra bastantes almas que quieran seguirle generosamente por la vía del padecimiento.» Estas revelaciones son indudablemente respetables y llenas de verosimilitud. Pero lo que constituye una garantía más fuerte y fuera de toda duda es la palabra del Vicario de Jesucristo. Pío IX sugería a un Superior General de Orden la idea de invitar a las almas generosas a ofrecerse a Dios como víctimas de expiación. León XIII, en Encíclica dirigida a Francia en 1874, exhorta «sobre todo a los fieles que viven en los Monasterios a esforzarse por apaciguar la ira de Dios, por medio de la oración humilde, de la penitencia voluntaria y de la ofrenda de sí mismos». San Pío X alabó muy mucho «la Asociación Sacerdotal», pues vio con satisfacción que «muchos de sus miembros se ofrecen a Dios secretamente para ser inmolados como víctimas de expiación, especialmente por las almas consagradas, en estos desdichados tiempos en que la penitencia es tan necesaria»; y enriqueció con numerosas indulgencias «este importante oficio de la piedad cristiana».

Es, en efecto, un modo eficacísimo de ejercitar el santo amor de Dios y del prójimo.

Mas, según la expresión de San Pío X, es esto «obra muy grande y empresa bien ardua» No queremos con ello desanimar las voluntades generosas, cuando el Soberano Pontífice las invita; tan sólo es nuestro intento prevenir la indiscreción. Las almas que hacen profesión en una Comunidad de Víctimas no han de temer al menos la imprudencia o la sorpresa: la Regla ha debido precisar los límites de su ofrenda, y ellas mismas han ensayado sus fuerzas durante el noviciado. Mas cuando tal ofrenda se hace con o sin voto, fuera de la profesión religiosa, y la entrega se hace sin reservas, jamás se sabe de antemano hasta qué punto Dios usará los derechos que se le confieren. Con seguridad que si estos avances se hacen sólo por responder a una vocación debidamente reconocida, Dios, que es el que llama, dispone en consecuencia de las gracias. Así, una religiosa, ocho días antes de su muerte, después de prolongadas y terribles pruebas, podía decir «que no le apenaba el haberse ofrecido como víctima». Santa Teresa del Niño Jesús, el día mismo de su muerte, decía también: «No me arrepiento de haberme entregado al amor.» ¿Sucederá lo mismo cuando uno se decide a la ligera y sin haber orado, reflexionado y consultado y probado? ¿Nos deberá el Señor gracias especiales como precio de nuestra temeridad? Cuanto más nos hayamos apresurado a entregarnos, tanto menos tardaremos quizá en fatigar con nuestras quejas y nuestros desalientos a nuestro director y a cuantos nos rodean. El verdadero lugar de una víctima está en el Calvario de Jesús y no en las dulzuras del amor… Las almas consoladoras, las almas reparadoras son víctimas con la gran Víctima del Calvario. «Es conveniente que se sepa, porque al ver la facilidad un tanto presuntuosa con que muchos se entregan a los derechos divinos y se le ofrecen como víctimas, se adivina que no sospechan la seriedad con que suele tomar estas cosas Aquel a quien se entregan. Hay determinado número de derechos que Dios ejerce sobre nosotros antes de la autorización que nuestra libertad le da acerca de ellos. ¡Feliz mil veces el que todo lo entrega! Pero que cuente con grandes trabajos y con particulares inmolaciones.» La prueba de este hecho brilla en cada página de la vida de las almas victimas.

Esto supuesto, he aquí las diferencias más salientes entre dicho ofrecimiento y el abandono:

1ª El simple abandono no se adelanta. Para todo cuanto depende de la Providencia y no de nosotros, mantiénese en una santa indiferencia y espera el beneplácito divino, a modo de un niño que se deja llevar con docilidad y con amor. Por el contrario, quien se ofrece, se adelanta. Por el mismo hecho de su oblación, pide implícitamente el padecer, incita a Dios a enviárselo, a veces hasta lo solicita expresamente.

2ª El abandono no entraña ni orgullo, ni temeridad, ni ilusión; rebosa prudencia y humildad, pues deja a Dios el cuidado de regirlo todo y nos reserva tan sólo el de obedecer. Es el simple cumplimiento de la voluntad divina. ¿Puede, sin un llamamiento divino, ser la ofrenda tan humilde, tan exenta de ilusiones y presunción? ¿Deja a Dios la iniciativa para disponer de nosotros?

3ª El alma que se abandona a la acción divina puede contar con la gracia: la que se adelanta, a excepción siempre del divino llamamiento, ¿puede estar tan segura de tener a Dios consigo?

Las almas avanzadas se dirigen como por instinto hacia el abandono, y a todos se puede aconsejar practicarle en espíritu de víctimas. Lo mismo sucede con la obediencia de cada día y la mortificación voluntaria. Esta intención en nada recarga nuestras obligaciones, sino que hace circular por ellas una nueva savia de amor puro que aumenta su mérito y su fecundidad. Por el contrario, la prudencia y la humildad quieren que no se pidan sufrimientos, a menos de un llamamiento divino, debidamente reconocido. Aun en este caso, no ha de hacerse sin antes haber probado las fuerzas, soportando con paciencia las pruebas ordinarias y dándose a la mortificación voluntaria. Si nosotros tomamos la iniciativa de pedir tal o cual género de sufrimientos, somos nosotros los que disponemos y hemos de seguir en este acto, como en todos los demás, las reglas de la prudencia; ahora bien, la prudencia pide se exceptúen las pruebas que nos pudieran resultar más peligrosas, y la caridad, a su vez, las que serian demasiado molestas a cuantos nos rodean. No parece que haya necesidad de usar de las mismas precauciones cuando se deja a Dios el cuidado de escoger, porque entonces es Dios quien dispone, no nosotros, siempre puede uno adaptarse a lo que dispone la paternal Sabiduría.

Por otra parte, salvo el divino llamamiento, ¿para qué pedir el sufrimiento? Un alma que aspira a las más altas virtudes, ¿tiene necesidad de buscar algo más que la obediencia y abandono perfectos? Los votos, la Regla, las disposiciones de la Providencia es el camino más seguro que lleva a la perfección sin error ni engaño. En él hallarán siempre maravillosos recursos para adquirir la pureza del alma y las perfectas virtudes, y la íntima unión con Dios. Esta transformación progresiva mediante las observancias es ya una ruda labor capaz de colmar una larga vida. Mas si esto no basta a nuestra generosidad, la Regla nos invita, contando con la debida autorización, a hacer más de lo que ella manda, abriendo así al espíritu de sacrificio, horizonte ilimitado casi y tan vasto como nuestros deseos. En cuanto al santo abandono, toda alma interior halla mil ocasiones de ponerlo en práctica; un religioso lo necesitará con frecuencia en la Comunidad, mucho más aún los Superiores en el desempeño de su cargo. Es necesario comenzar por dar buena cogida a las cruces que Dios nos ha elegido y si El ve que no bastan a nuestro ardor de sufrir, sabrá por si mismo aumentar el número y la pesadez.

Por tanto, las almas que desean vivir en espíritu de victimas no tienen necesidad, generalmente hablando, de solicitar el sufrimiento, pues no dejarán de encontrarlo en la vida interior, las obligaciones diarias, la mortificación voluntaria y las disposiciones de la Providencia. Este camino modesto no tiene el brillo del voto de víctima, pero el espíritu de sacrificio halla en él abundante alimento, mientras que la prudencia y la humildad se encuentran quizá allí con mayor seguridad. Bien entendido que cuando el Espíritu Santo llama por sí mismo a ofrecerse como víctima, con tal que ésta obre con el permiso y bajo la inspección de los representantes de Dios y que ante todo se muestre celosa por sus deberes diarios, no se le puede objetar ni la temeridad ni la ilusión, pues obedece al llamamiento divino. Debe prepararse a difíciles pruebas, en las que tendrá el correspondiente mérito y Dios estará con ella.

El Santo Abandono tiene por fundamento la caridad. No se trata aquí ya de la conformidad con la voluntad divina, como lo es la simple resignación, sino de la entrega amorosa, confiada y filial, de la pérdida completa de nuestra voluntad en la de Dios, pues propio es del amor unir así estrechamente las voluntades. Este grado de conformidad es también un ejercicio muy elevado del puro amor, y no puede hallarse de ordinario sino en las almas avanzadas que viven principalmente de ese puro amor. Mas como exige un perfecto desasimiento, y la caridad necesita hacer aquí un llamamiento del todo particular a la fe y a la confianza en la Providencia, hablaremos en primer lugar del desasimiento, de la fe y de la confianza, terminando por el amor que es principio formal del Santo Abandono.

2. Fundamentos del Santo Abandono

1. EL DESASIMIENTO

La condición previa de una perfecta conformidad es el perfecto desasimiento. Porque si nuestra voluntad tiene intensas aficiones, si se encuentra pegada y como clavada, no se dejará cautivar cuando sea preciso hacerlo para unirla a la de Dios. Por poco apegada que esté, pondrá resistencia, habrá violencias y desgarramientos inevitables y estaremos muy distanciados de una conformidad pronta y fácil, y más distanciados aún del perfecto abandono, y esto por dos razones: 1ª El Santo Abandono es una total unión, una especie de conformidad de nuestra voluntad con la de Dios, hasta el punto de estar nosotros dispuestos de antemano a todo lo que Dios quiera y a recibir con amor todo cuando haga. Antes del acontecimiento es una espera tranquila y confiada; después del acontecimiento es la sumisión amorosa y filial. Por aquí se verá qué profundo desasimiento supone. Y 2ª, este desasimiento ha de ser tan universal como profundo, porque Dios, ¿nos querrá ricos o pobres, enfermos o con buena salud, en las consolaciones o en las pruebas de la piedad, estimados o despreciados, amados u odiados? Siendo Él el Soberano Dueño, tiene absoluto derecho para disponer de nosotros a su gusto. Por su beneplácito podrá probamos en los bienes exteriores, en los del cuerpo, del espíritu, de la opinión, como El quiera, sin consultamos, casi siempre de un modo imprevisto. Es necesario, pues, que nuestra voluntad, si ha de conservarse en disposición de recibir todos los quereres divinos, esté constantemente desasida de todos estos géneros de bienes, desasida de las riquezas, de los parientes y amigos, desasida de la salud, del reposo, del bienestar, de sus propios quereres, de la ciencia, de las consolaciones, desasida de la estima y del cariño de los demás. En todas estas cosas y otras semejantes necesita estar siempre y por completo desprendida, no buscando sino a Dios y su santísima voluntad.

De esta suerte, el beneplácito divino, que podrá manifestarse hasta de un modo imprevisto y bajo cualquier forma, será recibido sin dificultad y de todo corazón. El que desea llegar al Santo Abandono ha de tener, pues, en grande aprecio la mortificación cristiana, cualquiera que sea su nombre: abnegación, renuncia, espíritu de sacrificio, amor de la cruz. En esto deberá ejercitarse lo más que pueda con perseverancia infatigable, a fin de llegar por este medio al perfecto desasimiento y conservarse en él para siempre. Porque dice con mucha razón el P. Roothaan: «En vano sería sin la mortificación tratar de conseguir la indiferencia, puesto que por la sola mortificación o por la mortificación sobre todo, puede uno llegar a ser y mostrarse indiferente.» Mas con no menos razón añade el P. Le Gaudier: «No es pequeña la dificultad de añadir a la observancia de los preceptos el desprecio voluntario de las riquezas y de los bienes exteriores; aún es más difícil juntar a esto el desprecio de la reputación y toda gloria; mucho más difícil todavía, no hacer caso alguno de la vida, del cuerpo y de la propia voluntad. Empero, lo más dificultoso es subordinar a la sola voluntad y gloria de Dios los dones sobrenaturales, los consuelos, los gustos espirituales, las virtudes, la gracia, en fin, y la gloria.» Así, pues, el camino que conduce al Santo Abandono es largo y muy penoso. He aquí por qué sean tan escasas las almas que llegan a estas alturas y tan numerosas, al contrario, las que se quedan en los grados intermedios de la conformidad, o aun en la simple resignación. Querrían el abandono perfecto, pero sin pagar lo que éste vale. Dios no pide sino que llenemos con sus dones los vasos vacíos, mas por desgracia no se hace bastante el vacío, debido a lo que cuesta, viniendo aquí como de perlas la feliz expresión de Taulero, que tanto gustaba San Francisco de Sales: «Cuando se le preguntaba dónde había encontrado a Dios, decía allí donde me dejé a mí mismo; y allí donde me encontré a ml mismo, perdí a Dios.»

Mas, entre todas las formas de renunciamiento, séanos permitido señalar dos de las más difíciles, a la vez que de las más indispensables: la obediencia y la humildad. ¿No son el aprecio de nosotros mismos y el apego a nuestra voluntad el postrer refugio de la naturaleza en sus últimas crisis, el supremo obstáculo a los progresos y a la paz del alma? Cuando todo lo demás se ha sacrificado, incluso los bienes exteriores y hasta los del cuerpo, se continúa con harta frecuencia preso con este doble lazo del orgullo y de la voluntad propia. Necesario es, pues, si nuestra libertad ha de ser completa, hacer un llamamiento a la obediencia y a la humildad, dos virtudes hermanas que no quieren estar separadas. ¡Feliz mil veces el que se aplica con celo perseverante a desasirse de su propia voluntad, a obedecer siempre y en todo, a abrazar la paciencia acallando a la naturaleza en las cosas duras, en las contrariedades y humillaciones! Mucho más feliz aún el que se halla satisfecho en cualquier abatimiento y apuro, considerándose en todo cuanto se le ordena como un obrero malo e indigno, y llega hasta llamarse y sinceramente creerse en lo intimo de su corazón el último y más vil de todos.

Las almas bien cimentadas en la obediencia y en la humildad, evitarán por este medio muchos tropiezos que provienen de la falta de virtud. A pesar de todo, el sufrimiento llegará con frecuencia a alcanzarlas y ciertamente no serán insensibles a él, pero estarán dispuestas a dispensarle una buena acogida y su misma humildad las inclinará al perfecto abandono. En el sentimiento siempre vivo de sus pecados como almas humildes y puras, rinden homenaje a la Justicia infinita que reclama lo que se le debe; y aceptan agradecidas el castigo de sus faltas. A cada prueba que se les presenta dicen: Yo debo sufrir para expiar. Gracias, Dios mío, no es aún todo lo que he merecido, y si no temieran su debilidad, añadirán con gusto: «Dadme aún, dadme siempre para que yo satisfaga vuestra Justicia.»

O bien, considerando las malas inclinaciones que les quedan, y viendo que cosa de tan poca monta basta para turbarías, sienten una urgente necesidad de sufrir y de ser humilladas; acogen como dichosa suerte la ocasión de morir a sí mismas. A veces, olvidando su propia pena y no pensando sino en la que han causado a Dios, le dicen, como Gemma Galgani: « Pobre Jesús, os he ofendido demasiado… sosegaos, sosegaos y volved a mí.» O con otra alma generosa: « Lo que es más penoso que todos los tormentos interiores, lo que es una verdadera tortura, es la ofensa inferida al objeto amado, el dolor que yo le he causado.»

A pesar de su inocencia y de sus virtudes, estas almas, llenas de luz, se consideran muy indignas de comparecer ante la infinita Santidad, y en su ardiente deseo de agradaría aceptan con gusto las purificaciones más dolorosas. De aquí se deduce cuánto facilita la humildad la sumisión, y dispone al Santo Abandono; al contrario, un alma imperfecta en la obediencia y en la humildad, se rodea por esta causa de dificultades sin cuento, y apenas se halla preparada para darles buena acogida. Venga la prueba de Dios o de los hombres, a menos de sentir que la tiene bien merecida y que la necesita el alma, adopta la posición de quien no es comprendido, toma modales de víctima, la rehuye o se enoja, llegando a abusar de los favores divinos como si fuesen pruebas. A este propósito, se podría decir que la humildad es tan necesaria al alma colmada de gracias como el agua lo es a la flor. Para que se desarrolle y se conserve fresca y hermosa… es necesario que esta alma esté embebida en la humildad y que se bañe continuamente en esta agua bienhechora. Si tan sólo tuviera los ardores del sol, pronto se secaría, se marchitaría y caería al fin.

Santa Teresita del Niño Jesús preconiza un camino de infancia espiritual todo amor y confianza, tomando, como no podía menos, por base la humildad. Su práctica y sus lecciones pueden resumirse en estas palabras: amar a Dios y ofrecerle muchos pequeños sacrificios, abandonarse en sus brazos como un niño, y en este obedecer como un niño ser humilde como un niño. Se hace con este fin la sirvienta de sus hermanas, se esfuerza por obedecer a todas sin distinción, y no abriga otro temor que el de conservar su voluntad. Se propone no elevarse por el orgullo, sino permanecer siempre pequeña por la humildad, tan pequeña que nadie piense en ella, que todas la puedan poner bajo los pies y que el divino Niño la trate como a juguete sin valor. ¡Qué muerte a si misma, qué humildad, sobre todo, se necesita para llegar a esto! No es de extrañar que Dios glorifique a un alma tan humilde y tan generosa, haciéndola la gran taumaturga de nuestros días.

Monseñor Gay, hablando de esta infancia espiritual había dicho: «¡Qué perfecta es! Lo es más que el amor de los sufrimientos, pues nada inmola tanto al hombre como ser sincera y tranquilamente pequeño. El orgullo es el primero de los pecados capitales: es el fondo de toda concupiscencia y la esencia del veneno que la antigua serpiente ha inoculado en el mundo. El espíritu de infancia lo mata más eficazmente que el espíritu de penitencia. El hombre vuelve a hallarse a si mismo fácilmente cuando lucha con el dolor, pudiendo creerse allí grande y admirarse a si mismo; si es verdadera mente niño el amor propio se desespera… Prensad este fruto de la santa infancia, no extraeréis otra cosa que el abandono. Un niño se entrega sin defensa y se abandona sin oponer resistencia. ¿Qué sabe? ¿Qué puede? ¿Qué entiende? ¿Qué pretende saber, entender o poder? Es un ser al que se domina por completo; por eso, ¡con qué precaución se le trata y cuántas y qué caricias se le hacen! ¿Obramos de esta suerte con los que se guían por sus propias luces?»

2. LA FE EN LA PROVIDENCIA

«El justo vive de la fe», y para elevarse hasta el Santo Abandono, es necesario que esté penetrado de una fe viva y arraigada. Ahora bien, la fe se clarifica en la medida que el hombre se purifica y crece en virtud. Mas sólo al elevarse el alma a la vida unitiva, a aquel grado de adelantamiento en que, bien limpia y rica ya en virtudes, vive principalmente del amor y de la intimidad con Dios, es cuando llega a ser especialmente luminosa y penetrante. Se hacen entonces las sombras menos densas y a través del velo se transparentan sus claridades; Dios oculto siempre, deja, sin embargo, adivinar su presencia haciendo a las veces sentir con mucha viveza su amor y sus ternuras; y cual otro Moisés, trata con el Invisible como si le viese cara a cara. Por medio de esta fe viva, el abandono se toma fácil; sin ella no es posible elevarse a él de un modo habitual.

Nada sucede en este mundo sin orden o permisión de Dios; todo cuanto existe ha sido creado por El, y todo lo creado lo conserva y gobierna enderezándolo hacia su fin. En tanto que rige los astros y preside las revoluciones de la tierra, concurre a los trabajos de la hormiga, al menor movimiento de los insectos que pululan en el aire y al de los millones de átomos contenidos en la gota de agua. Ni la hoja del árbol se agita, ni la brizna de hierba muere, ni el grano de arena es transportado por el viento sin su beneplácito. Vela con solicitud sobre las aves del cielo y sobre los lirios del campo, y pues nosotros valemos más que una bandada de pájaros, menos podrá olvidar a sus hijos de la tierra. Al padre de familia, a la vigilante solicitud de las madres pasarán inadvertidos mil detalles; Dios, empero, por su inteligencia infinita, posee el secreto de ordenar los incidentes de poca monta como los acontecimientos de mayor importancia. Y tanto es así, que todos nuestros cabellos están contados y ni uno solo cae de nuestra cabeza sin el permiso de Nuestro Padre que está en los cielos. ¿Cabe imaginar cosa más insignificante que la caída de uno de nuestros cabellos? Dios, sin embargo, piensa en ello. Con cuánta más razón pensará Dios en mí y proveerá a todo, «si tengo hambre, si tengo sed, si emprendo un trabajo, si he de elegir un estado de vida, si en este estado se ofrecen ciertas dificultades, si para resistir a tal tentación o cumplir tal deber necesito su gracia, si en mi camino hacia la eternidad tengo necesidad del pan cotidiano del alma y del cuerpo, si en los últimos momentos me es necesario un acrecentamiento de gracias; si postrado en el lecho de muerte, a punto de exhalar el postrer suspiro y abandonado de todos, me veo perdido.» De suerte que yo, que no soy sino un átomo insignificante del mundo, ocupo día y noche, sin cesar y en todas partes, el pensamiento y el corazón de mi Padre que está en los cielos. ¡Qué verdad más conmovedora y llena de consuelo!

Mas si la Providencia combina por si misma sus designios sobre mí, confía su ejecución, por lo me nos en gran parte, a las causas segundas. Emplea el sol, el viento, la lluvia; pone en movimiento el cielo y la tierra, los elementos insensibles y las causas inteligentes. Pero como las criaturas no tienen acción sobre mí, sino en cuanto la reciben de El, he de Ver en cada una de ellas un receptáculo de la Providencia y el instrumento de sus designios. Por consiguiente, «en el frío que me encoge yo descubriré la Providencia; en el calor que me dilata, la Providencia; en el viento que sopla y empuja mi navío lejos o cerca del puerto, la Providencia; en el éxito que me anima, la Providencia; en la prueba de la adversidad, la Providencia; en este hombre que me aflige, la Providencia; en este otro que me causa placer, la Providencia; en esta enfermedad, en esta curación, en este curso que toman los negocios públicos, en estas persecuciones, en estos triunfos, la Providencia, siempre la Providencia». Nada más justo que ver así a Dios en todas las cosas, y ¡qué tranquila y santificante es esta manera de pensar y obrar!

Nuestro Padre celestial es en verdad un Dios escondido. Al modo que ha velado su palabra bajo la letra de las Sagradas Escrituras y que Jesucristo oculta su presencia bajo las especies eucarísticas, así Dios, queriendo permanecer invisible para proporcionarnos el mérito de creer, nos oculta su acción bajo las criaturas. «He aquí una enfermedad que nos invade. ¿Cuál es su causa? En apariencia es un capricho del aire, es el rigor de la estación; en realidad es Dios quien ha ordenado a estos elementos que nos pongan enfermos. Aun así Dios persiste entre sombras y nosotros no hemos visto su rostro. Sin embargo, la enfermedad seguirá su curso, unas veces se agravará y otras cederá a los remedios. ¿Quién es el autor de esta agravación o de esta curación? Nosotros decimos que el médico, su habilidad o su imprudencia. ¡Tal vez! Mas lo cierto es que Dios está por encima de las causas segundas, y que El es, en definitiva, el que causa la curación o la muerte. Si, mas nosotros no lo vemos, y ese nuestro Dios continúa sin mostrarse… Y más difícil nos es descubrir al Agente supremo cuanto es mayor la claridad con que se muestran las causas segundas.

Mediante una fe viva, se miran las criaturas no en sí mismas, sino en la causa primera de la que reciben toda su acción; se adivina cómo «Dios las ordena, las mezcla, las reúne, las pone, las empuja hacia el mismo fin por opuestos caminos». Se entrevé al Espíritu Santo sirviéndose de los hombres y de las cosas para escribir en las almas un Evangelio viviente. Este libro no será del todo comprendido sino en el gran día de la eternidad, lo que nos parece tan confuso, tan ininteligible, nos maravillará entonces; ahora con la firme persuasión de que «todo tiene sus movimientos, sus medidas, sus relaciones en esta divina obra», hemos de inclinarnos con respeto, a la manera que ante la Sagrada Escritura adoramos al Dios oculto y nos abandonamos a su Providencia. Mas si es débil nuestra fe, ¿cómo ver a Dios en las desgracias que nos hieren y principalmente a través de la malicia de los hombres? Todo se atribuye al acaso, a la mala fortuna, y se rechaza.

El acaso no es sino una palabra vacía de sentido, o mejor aún es «la Providencia de incógnito», pero para los corazones maleados que quisieran prescindir de la sumisión de la oración y del reconocimiento, es la laicización de la Providencia. «Nada sucede en nuestra vida por movimientos al acaso, sabedlo bien, todo cuanto acontece contra nuestra voluntad no sucede sino en conformidad con la voluntad de Dios, según su Providencia y el orden que El tenía determinado, el consentimiento que El da y las leyes que ha establecido.» Así habla San Agustín.

«Hay algunos casos fortuitos, accidentes inesperados; mas son fortuitos e inesperados solamente para nosotros…, en realidad son un designio de la Providencia soberana, que ordena y reduce todas las cosas a su servicio.» «Dios, al guiar a sus criaturas, no les manifiesta sus designios; ellas van y vienen cada cual en su camino. La fatalidad quiere que unos encuentren en su camino la ocasión de hacer fortuna y otros causas de pérdidas y de minas; fatalidad es ciertamente para el hombre que no ha visto todas las combinaciones, mas para Dios, que ha determinado hasta ese punto las circunstancias, todo ha sido providencial.»

En las desgracias que nos hieren es preciso ver a Dios. «Yo soy el Señor, nos dice por boca de Isaías, yo soy el Señor y no hay otro; yo soy el que formó la luz y creó las tinieblas, que hago la paz y creo los males». «Yo soy, había dicho antes por Moisés, yo soy quien hace morir y quien hace vivir, el que hiere y el que sane» «El Señor quita y da la vida, se dice también en el cántico de Ana, madre de Samuel; conduce a la tumba y saca de ella; el Señor hace al pobre y al rico, abate y levanta». ¿Sucederá algún mal -dice Amós- que no venga del Señor?». «Los bienes y los males, asegura el Sabio, la vida y la muerte, la pobreza y las riquezas vienen de Dios»

Yo, podrá decir alguno, admito esto en cuanto a la enfermedad y a la muerte, al frío y al calor y mil parecidos accidentes producidos por causas desprovistas de libertad, pues estas causas obedecen siempre a Dios. El hombre, por el contrario, le resiste; cuando alguien habla mal de mí, me arrebata los bienes, me hiere, me persigue, ¿cómo podré yo ver en ese mal proceder la mano de Dios, puesto que, muy lejos de aprobarlo, lo prohíbe? No puedo, pues, atribuirlo sino a voluntad del hombre, a su ignorancia o a su malicia. En vano se atrincheran tras este razonamiento para no abandonarse a la Providencia, ya que Dios mismo se ha explicado acerca del particular y hemos de creer, fiados de su palabra infalible, que El obra en esta clase de acontecimientos no menos que en los otros; nada sucede en ellos sino por su voluntad.

Cuando quiere castigar a los culpables, escoge los instrumentos que bien le parece, los hombres o los demonios. Peca David, y en la casa del príncipe y entre sus hijos es donde Dios suscitará los instrumentos de su justicia. Cada vez que los israelitas se endurecían en el mal, el Señor les manifestaba que había escogido a los pueblos vecinos, ya al uno, ya al otro, para reducirlos al deber mediante un terrible castigo. Asur, en particular, será la vara del furor divino y su mano el instrumento de la indignación de Dios. Nuestro Señor predice la destrucción de Jerusalén deicida e impenitente: Tito será indudablemente el brazo de Dios para derribarla de arriba abajo y no dejar en ella piedra sobre piedra. Más tarde, Atila podrá llamarse con razón el azote de Dios. Saúl peca con obstinación, el Espíritu de Dios se retira de él y un espíritu malo, enviado por el Señor, le domina y agita.

Para probar a los justos y a los santos, Dios emplea la malicia del demonio y la perversidad de los malvados. Job pierde hijos y bienes, cae de la opulencia en la miseria y dice: « El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; se ha hecho lo que le era agradable; ¡bendito sea el nombre del Señor! ». No dijo -según acertadamente observa San Agustín-: «El Señor me lo dio y el diablo me lo quitó, sino el Señor me lo dio y el Señor me lo quitó; todo se ha hecho como agrada al Señor y no al demonio. Referid, pues, a Dios todos los golpes que os hieran, porque el diablo mismo nada os puede hacer sin la permisión de Dios» Los hermanos de José, al venderle, cometen la más negra iniquidad; mas él lo atribuye todo a la Providencia, y así lo manifiesta repetidas veces: «Por vuestra salud me ha enviado el Señor ante vosotros a Egipto… Vosotros formasteis malos designios contra mí, mas no me encuentro aquí por vuestra voluntad, sino por la de Dios, a la que no podemos resistir».

Cuando Semeí perseguía con sus maldiciones a David fugitivo y le tiraba piedras, el santo Rey sólo quiso ver en esto la acción de la Providencia, y calma la indignación de sus siervos diciéndoles: «Dejadle; Dios le ha mandado maldecirme», es decir, le ha elegido para castigarme.

En la Pasión del Salvador, los judíos que le acusan, Judas que le entrega, Pilatos que le condena, los verdugos que le atormentan, los demonios que excitan a todos estos desgraciados, son desde luego la causa inmediata de este terrible crimen. Mas, sin ellos sospecharlo, es Dios quien ha combinado todo, no siendo ellos sino los ejecutores de sus designios. Nuestro Señor lo declara formalmente: « Ese cáliz lo ha preparado mi Padre; Pilato no tendría poder alguno si no lo hubiera recibido de lo alto. Mas ha llegado la hora de la Pasión, la hora dada por el cielo al poder de las tinieblas». San Pedro lo afirma con su Maestro: «Herodes y Pilato, los gentiles y el pueblo de Israel se ha coligado en esta ciudad contra Jesús, vuestro santísimo Hijo; mas todo para dar cumplimiento a los decretos de vuestra Sabiduría». Así, pues, la Pasión es obra de Dios y aun su obra maestra. «Imposible dudar; allí está la voluntad de Dios, esa voluntad tan luminosa que se oculta en esta noche profunda; esta voluntad invencible es el alma de esta total derrota; esta voluntad tan justa, tan buena, tan amante, no deja de ser reina y señora en este castigo sin medida y del todo inmerecido por aquel a quien se inflige; en una palabra, esta voluntad tres veces santa permanece en el fondo de este prodigio de iniquidad. Vivimos en esta creencia…, y después nos parece un exceso reconocer la voluntad de Dios, no digo en los males de la Santa Iglesia o en las calamidades públicas, sino en las pérdidas particulares, en esas humillaciones, esas decepciones, esos contratiempos, esos pequeños males, esas nonadas que llamamos nuestras cruces y que son nuestras pruebas habituales.»

Y, ¿por qué la mano de Dios no andará en todo esto? En el pecado hay dos elementos: material y formal. Lo material no es sino el ejercicio natural de nuestras facultades y Dios concurre a él como a todos nuestros actos. Este concurso es de toda necesidad, pues si Dios nos lo negara, quedaríamos reducidos a la impotencia, y habiéndolo juzgado conveniente otorgarnos la libertad prácticamente nos la quitaría. Empero el mérito o la falta es lo formal del acto; y en el pecado, lo formal es el defecto voluntario de conformidad del acto con la voluntad de Dios. Este defecto no es un acto, es más bien su ausencia. Dios no concurre a él, al contrario, ha señalado preceptos, hecho promesas y amenazas. Ofrece su gracia, solicita al alma para conducirla a su deber; ha hecho, pues, todo para impedir el pecado, pero no quiere llegar al extremo de violentar la libertad. A pesar de todo lo hecho por Dios, el hombre, abusando de su libre albedrío, no ha adaptado su voluntad a la de Dios; Dios, por tanto, no ha prestado su concurso sino a lo material del acto. No hay cooperación al pecado, considerado como tal; lo ha permitido en cuanto que no lo ha impedido por medio de la violencia, sin que esta permisión sea una autorización, pues El detesta la falta y se reserva el castigarla en tiempo oportuno. Mas entretanto, cabe en sus designios hacer servir el mal para el bien de sus elegidos, utilizando para esto la debilidad y la malicia de los hombres, sus faltas hasta las más repugnantes. No de otra suerte se muestra un padre que, queriendo corregir a su hijo, toma la primera vara que le viene a mano y después la arroja al fuego; otro tanto hace un médico que prescribe sanguijuelas a su enfermo, aquéllas tan sólo pretenden hartarse de sangre y, sin embargo, las sufre con confianza el paciente enfermo, porque el médico ha sabido limitar su número y localizar su acción.

Así, pues, la fe en la Providencia exige que en cualquier ocasión el alma se remonte hacia Dios. «Si el justo es perseguido es porque Dios lo quiere; si un cristiano por seguir su religión empobrece, es porque Dios lo quiere también; si el impío se enriquece en su irreligiosidad, es por permisión divina. ¿Qué me sucederá si soy fiel a mi deber? Lo que Dios quiera.» Nuestras pérdidas, nuestras aflicciones, nuestras humillaciones jamás debemos atribuirlas al demonio ni a los hombres, sino a Dios, como a su verdadero origen. Los hombres pueden ser su causa inmediata, y aunque tal suceda por una falta inexcusable, Dios aborrece la falta, pero quiere la prueba que de ella resulta para nosotros.

« Convengamos que si en medio de tantos accidentes de todo género de que está llena la vida humana, supiéramos reconocer esa voluntad de Dios, no obligaríamos a nuestros ángeles a ver en nosotros tantas admiraciones poco respetuosas, tantos escándalos sin fundamento, tantas iras injustas, tantos descorazonamientos injuriosos a Dios, y desgraciadamente, tantas desesperaciones que a veces nos exponen a perdernos.»

3. CONFIANZA EN LA PROVIDENCIA

«La voluntad del hombre es por extremo suspicaz, de suerte que por regla general sólo se fía de sí mismo y teme siempre, por lo que atañe a si propio, del poder y de la voluntad de otro. Lo que se posee de más precioso, fortuna, honor, reputación, salud, la vida misma jamás se deposita en manos de otro, a menos de tener una gran confianza en él. Para el ejercicio de la caridad y del Santo Abandono, es, pues, necesaria una plena confianza en Dios.» De donde se deduce que no podrá hallarse el perfecto abandono de un modo habitual fuera de la vida unitiva, porque sólo en ella la confianza en Dios llega a su plenitud.

«La sabiduría del hombre es muy limitada en sus horizontes; su voluntad es débil, mudable y sujeta a mil desfallecimientos y, por consiguiente, en vez de tener confianza en nuestras propias luces y de desconfiar de todos, incluso de Dios, debiéramos suplicarle, importunarle para que se haga su voluntad y no la nuestra, porque su voluntad es buena, buena en sí misma, benéfica para nosotros, buena como lo es Dios y forzosamente benéfica».

¿Quién es aquel que vela sobre nosotros con amor y que dispone de nosotros por su Providencia? Es el Dios bueno. Es bueno de manera tal, que es la bondad por esencia y la caridad misma, y, en este sentido, «nadie es bueno sino Dios». Santos ha habido que han participado maravillosamente de esta bondad divina, y, sin embargo, los mejores de entre los hombres no han tenido sino un riachuelo, un arroyo o a lo más un río de bondad, mientras que Dios es el océano de bondad, una bondad inagotable y sin límites. Después que haya derramado sobre nosotros beneficios casi innumerables, no hemos de suponerle ni fatigado por su expansión ni empobrecido por sus dones; quédale aún bondad hasta lo infinito para poder gastarla. A decir verdad, cuanto más da, más se enriquece, pues consigue ser mejor conocido, amado y servido, al menos por los corazones nobles. Es bueno para todos: «hace brillar su sol sobre los buenos y los malos, hace caer la lluvia sobre los justos y los pecadores». No se cansa de ser bueno, y a la multitud de nuestras faltas opone «la multitud de sus misericordias» para conquistarnos a fuerza de bondades. Es necesario que castigue, porque es infinitamente justo como es infinitamente bueno; mas, «en su misma vida no olvida la misericordia».

Este Dios tan bueno es «nuestro Padre que está en los cielos». Como estima tanto este título de Dios bueno y nos recuerda hasta la saciedad sus misericordias, por lo mismo le gusta proclamarse nuestro Padre. Siendo El tan grande y tan santo y nosotros tan pequeños y pecadores, hubiéramos tenido miedo de El; para ganarse nuestra confianza y nuestro afecto, no cesa de recordarnos en los libros santos, que El es nuestro Padre y el Dios de las misericordias. «De El deriva toda paternidad en el cielo y en la tierra», y ninguno es padre como nuestro Padre de los Cielos. El es Padre por abnegación, madre por la ternura. En la tierra nada hay comparable al corazón de una madre por el olvido de sí, el afecto profundo, la misericordia incansable; nada inspira tanta confianza y abandono. Y, sin embargo, Dios sobrepasa infinitamente para nosotros a la mejor de las madres. «¿Puede una madre olvidar a su hijo, y no apiadarse del fruto de sus entrañas?, pues aunque se olvidara, yo no me olvidaré de vosotros» «El que ha amado al mundo hasta el extremo de darle su Hijo unigénito», ¿qué nos podrá negar? Sabe mejor que nosotros lo que necesitamos para el cuerpo y para el alma; quiere ser rogado, tan sólo nos echará en cara el no haber suplicado bastante, y no dará una piedra a su hijo que le pide pan. Si es preciso que se muestre severo para impedir que corramos a nuestra perdición, su corazón es quien arma su brazo; cuenta los golpes y en cuanto lo juzgue oportuno, enjugará nuestras lágrimas y derramará el bálsamo sobre la herida. Creamos en el amor de Dios para con nosotros y no dudemos jamás del corazón de nuestro Padre.

Es nuestro Redentor, que vela sobre nosotros; es más que un hermano, más que un amigo incomparable, es el médico de nuestras almas, nuestro Salvador por voluntad propia. Ha venido a «salvar el mundo de sus pecados», curar las dolencias espirituales, traernos «la vida y una vida más abundante», «encender sobre la tierra el fuego del cielo». Salvarnos, he aquí su misión; salir bien en esta misión, he aquí su gloria y su dicha. ¿Podrá El no sentir interés por nosotros? Su vida de trabajos y humillaciones, su cuerpo surcado de heridas, su alma llena de dolor, el calvario y el altar, todo nos muestra que ha hecho por nosotros locuras de amor. «¡Nos ha adquirido a tan alto precio! » ¿Cómo no le hemos de ser queridos? ¿En quién pudiéramos tener confianza, si no en este dulce Salvador, sin el cual estaríamos perdidos? Por otra parte, ¿no es Él el Esposo de nuestras almas? Abnegado, tierno y misericordioso para con cada una, ama con marcada dilección a aquellas que todo lo han dejado por adherirse sólo a El. Tiene sus delicias en verlas cerca de su tabernáculo y vivir con ellas en la más dulce intimidad.

«Cuando os hallareis en la aflicción -dice el P. de la Colombière-, considerad que el autor de ella es Aquel mismo que ha querido pasar toda su vida en los dolores, para con ellos poder preservarnos de los eternos; Aquel cuyo ángel está siempre a nuestro lado vigilando por orden suya sobre todos nuestros caminos; Aquel que ruega sin cesar sobre nuestros altares y se sacrifica mil veces al día en favor nuestro; Aquel que viene a nosotros con tanta bondad en el sacramento de la Eucaristía; Aquel para quien no existe otro placer que unirse a nosotros. -Mas me hiere cruelmente, deja caer su pesada mano sobre mí. -¿Qué podéis temer de una mano que ha sido agujereada, que se ha dejado atar a la cruz por nosotros? -Me parece andar por un camino erizado de espinas. -Pero si no hay otro para ir al cielo, ¿preferirías perecer siempre antes que sufrir durante unos momentos? ¿No es éste el mismo camino que El ha seguido antes de vosotros y por vosotros? ¿Podréis encontrar una espina que El no haya enrojecido con su sangre? -Me ofrece un cáliz lleno de amargura. -Sí, pero recordad que es vuestro Redentor quien os lo presenta. Amándoos como os ama, ¿podría resolverse a trataros con rigor, si no hubiera para ello una utilidad extraordinaria o una urgente necesidad?».

Siendo como es bueno y santo, no obra sobre nosotros sino con los fines más nobles y beneficiosos. «Su objeto es y será indefectiblemente uno»: la gloria de Dios. «El Señor ha hecho todas las cosas para sí mismo», nos dice la Escritura, y no hemos de lamentamos por esto, pues esta gloria no es otra cosa que la alegría de darnos la eterna felicidad… Teniendo el universo por fin la glorificación de Dios mediante la beatificación de la criatura racional, síguese que en un plan secundario el fin de todas las cosas, al menos sobre la tierra, es la Iglesia católica, pues ella es la madre de la Salvación. Todas las cosas terrestres, todas, hasta las persecuciones, están hechas o permitidas por Dios para el mayor bien de la Iglesia… Y en la misma Iglesia, todo está ordenado con miras al bien de los elegidos, ya que la gloria de Dios aquí abajo se identifica con la salvación eterna del hombre, de lo cual hemos de concluir que en un tercer plano, el término invariable de las evoluciones y revoluciones de aquí abajo, no es otro que la llegada de los elegidos a su eterno destino; tanto es así, que tal vez nos sea dado ver en el cielo países enteros, removidos por la salvación de un grupo de elegidos… ¿No es cosa loable ver a Dios gobernar al mundo con el único fin de hacer seres felices y regocijarse en ellos?

La voluntad de Dios es, por tanto, la santificación de las almas.

No existe un solo segundo en que, en un punto cualquiera del universo, se le pueda sorprender ocupado en otra cosa. He aquí la razón de todos estos acontecimientos grandes y pequeños que agitan en diversos sentidos las naciones, las familias. la vida privada. He aquí por qué Dios me quiere hoy enfermo, contradicho, humillado, olvidado, por qué me proporciona este encuentro feliz, me ofrece esta dificultad, me hace chocar contra esta piedra y me entrega a esta tentación. Todos estos procedimientos los determina su amor, su deseo de mi mayor bien. ¿Con qué confianza y docilidad no debiéramos dejarnos hacer y corresponder si comprendiéramos mejor sus misericordiosos caminos? Tanto más, cuanto que sin cesar pone al servicio de su paternal bondad un poder infinito, una sabiduría intachable. Conoce, en efecto, el fin particular de cada alma, el grado de gloria a que la destina en el cielo, la medida de santidad que la tiene preparada. Para llegar al término y a la perfección sabe qué caminos ha de seguir, por cuáles pruebas ha de atravesar, qué humillaciones ha de sufrir. En estos mil acontecimientos de que estará formada la trama de su existencia, la Providencia es la que tiene el hilo y lo dirige todo al fin propuesto. Del lado de Dios que lo dispone nada viene que no sea luz, sabiduría, gracia, amor y salvación. Porque siendo infinitamente poderoso, puede todo cuanto quiere. El es el dueño, tiene en su poder la vida y la muerte, conduce a las puertas del sepulcro y saca de él. Hay en nosotros sombras y claridades, tiempo de paz y tiempo de aflicción; hay bienes y males; todo viene de El, no hay absolutamente nada de que su voluntad no sea dueña soberana. Hace todo según su libre consejo, y si una vez ha decretado salvar a Israel, nadie hay que pueda oponerse a su voluntad, nadie que pueda hacerle variar sus designios; contra el Señor no hay sabiduría, ni prudencia, ni profundidad de consejos.

Bien es verdad que dispone de los seres racionales respetando su libre albedrío. Pueden, pues, oponer su voluntad a la suya, y parece que la tienen en jaque. Mas en realidad, la resistencia de unos y la obediencia de otros le son conocidas desde toda la eternidad, y las tuvo en cuenta al determinar sus planes; halla en los recursos infinitos de su omnipotente Sabiduría la mayor facilidad para cambiar los obstáculos en medios, a fin de hacer servir a nuestro bien las maquinaciones que el infierno y los hombres traman para perdernos. «Lo que yo he resuelto, dice el Señor en Isaías, permanecerá estable, mi voluntad se cumplirá en todas las cosas». Obrad como queráis, es necesario que la voluntad de Dios se ejecute; os dejará obrar según vuestro libre albedrío, reservándose el dar a cada uno según sus obras; mas todos los medios que podáis emplear para eludir sus designios, El sabrá hacerlos servir para el cumplimiento de estos mismos. «Entonces, ¿qué podemos temer?, ¿qué no debemos esperar siendo hijos de un Padre tan rico en bondad para amarnos y en voluntad para salvarnos, tan sabio para disponer los medios convenientes a este fin y tan moderado para aplicarlos, tan bueno para querer, tan perspicaz para ordenar, tan prudente para ejecutar?»

RESPUESTA A ALGUNAS OBJECIONES

«Los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos; tanto como el cielo se eleva sobre la tierra, los caminos del Señor superan a los nuestros». De ahí surgen un sinnúmero de malas inteligencias entre la Providencia y el hombre que no sea muy rico en fe y abnegación. Señalaremos cuatro.

1º La Providencia se mantiene en la sombra para dar lugar a nuestra fe, y nosotros querríamos ver. Dios se oculta tras las causas segundas, y cuanto más se muestran éstas más se oculta El. Sin El nada podrían aquéllas; ni aun existirían; lo sabemos, y con todo, en vez de elevarnos hasta El, cometemos la injusticia de pararnos en el hecho exterior, agradable o molesto, más o menos envuelto en el misterio. Evita manifestarnos el fin particular que persigue, los caminos por donde nos lleva y el trayecto ya recorrido. En lugar de tener una ciega confianza en Dios, querríamos saber, casi osaríamos pedirle explicaciones. ¿Acaso un niño se inquieta por saber adónde le conduce su madre, por que escoge este camino en vez del otro? Por ventura, ¿no llega el enfermo incluso a confiar su salud, su vida, la integridad de sus miembros al médico, al cirujano? Es un hombre como nosotros y, sin embargo, hay confianza en él a causa de su abnegación, de su ciencia y de su habilidad. ¿No deberíamos tener infinitamente más confianza en Dios, médico omnipotente, Salvador incomparable? Al menos, cuando todo es sombrío en derredor nuestro y ni aun sabemos por dónde andamos, quisiéramos un rayo de luz. ¡Oh, si supiéramos siquiera darnos cuenta que la gracia es quien obra y que todo va bien! Pero ordinariamente no se dará uno cuenta del trabajo del divino decorador antes de que esté terminado. Dios quiere que nos contentemos con la simple fe y que confiemos en El, con corazón tranquilo, en plena oscuridad. ¡Primera causa de la pena!

2º La Providencia tiene distintas miras que nosotros, ya sobre el fin que se propone, ya sobre los medios destinados a su consecución. En tanto no nos hayamos despojado por completo del amor desordenado a las cosas de la tierra, querríamos encontrar el cielo aquí abajo, o por lo menos ir a él por camino de rosas. De ahí ese aficionarse, más de lo que está en razón, a la estima de gentes de bien, al afecto de los suyos, a los consuelos de la piedad, a la tranquilidad interior, etc., y que se saboree tan poco la humillación, las contrariedades, la enfermedad, la prueba en todas sus formas. Las consolaciones y el éxito se nos presentan más o menos como la recompensa de la virtud, la sequedad y la adversidad como el castigo del vicio; nos maravillamos de ver con frecuencia prosperar al malo y sufrir al justo aquí abajo. Dios, por el contrario, no se propone darnos el paraíso en la tierra, sino hacer que lo merezcamos tan perfecto como sea posible. Si el pecador se obstina en perderse, es necesario que reciba en el tiempo la recompensa de lo poquito que hace bien. En cuanto a los elegidos, tendrán su salario en el cielo; lo esencial, mientras aquél llega, es que se purifiquen, que se hagan ricos en méritos. ¡Es tan buena la prueba con este fin! No escuchando sino a su austero y sapientísimo amor, Dios trabajará por reproducir a Jesucristo en nosotros a fin de hacernos reinar con Jesús glorificado. ¿Quién no conoce por lo demás las bienaventuranzas anunciadas por el divino Maestro? Así, la cruz será el presente que El ofrecerá a sus amigos con más gusto. «Considera mi vida toda llena de sufrimientos -dijo a Santa Teresa-, persuádete que aquel es más amado de mi Padre que recibe mayores cruces; la medida de su amor es también la medida de las cruces que envía. ¿En qué pudiera demostrar mejor mi predilección que deseando para vosotros lo que deseé par mí mismo?» Lenguaje divino y sapientísimo, mas, ¡qué pocos lo entienden! Y ésta es la segunda causa de las equivocaciones.

3º La Providencia sacude recios golpes y la naturaleza se lamenta. Hierven nuestras pasiones, el orgullo nos reduce, nuestra voluntad se deja arrastrar. Profundamente heridos por el pecado, nos parecemos a un enfermo que tiene un miembro gangrenado. Estamos persuadidos de que no hay para nosotros remedio sino en la amputación, mas no tenemos valor para hacerla con nuestras propias manos. Dios, cuyo amor no conoce la debilidad, se presta a hacernos este doloroso servicio. En consecuencia nos enviará contradicciones imprevistas, abandonos, desprecios, humillaciones, la pérdida de nuestros bienes, una enfermedad que nos va minando: son otros tantos instrumentos con los que liga y aprieta el miembro gangrenado, le hiere la parte más conveniente, corta y profundiza bien adentro hasta llegar a lo vivo. La naturaleza lanza gritos; mas Dios no la escucha, porque este rudo tratamiento es la curación, es la vida. Estos males que de fuera nos llegan, son enviados para abatir lo que se subleva dentro, para poner límites a nuestra libertad que se extravía y freno a nuestras pasiones que se desbocan. He aquí por qué permite Dios se levanten por todas partes obstáculos a nuestros designios, por qué nuestros trabajos tendrán tantas espinas, por qué no gozaremos jamás de la tranquilidad tan deseada y nuestros superiores harán con frecuencia todo lo contrario de nuestros deseos. Por esto tiene la naturaleza tantas enfermedades; los negocios, tantos sinsabores; los hombres, injusticias, y su carácter, tantas y tan inoportunas desigualdades. A derecha e izquierda somos acometidos de mil oposiciones diferentes, a fin de que nuestra voluntad, que es demasiado libre, así probada, estrechada y fatigada por todas partes, se despoje al fin de sí misma y no busque sino la sola voluntad de Dios. Mas ella se resiste a morir, y ésta es la tercera causa de los disgustos.

4º La Providencia emplea a veces medios desconcertantes. « Sus juicios son incomprensibles»; no sabríamos penetrar sus motivos, ni atinar con los caminos que escoge para ponerlos en ejecución. «Dios comienza por reducir a la nada a los que encarga alguna empresa, y la muerte es la vía ordinaria por la que conduce a la vida; nadie sabe por dónde pasa.» Y, por otra parte, ¿cómo su acción va a contribuir al bien de sus fieles? Nosotros no lo vemos y aun frecuentemente creemos ver lo contrario. Mas adoremos la divina Sabiduría que ha combinado perfectamente todas las cosas, estemos bien persuadidos de que los mismos obstáculos le servirán de medios y que llegará siempre a sacar de los males que permite el invariable bien que se propone, es decir, los progresos de la Iglesia y de las almas para la gloria de su Padre.

En consecuencia, si consideramos las cosas a la luz de Dios, llegaremos a la conclusión de que muchas veces los males en este mundo no son males, los bienes no son bienes, hay desgracias que son golpes de la Providencia y éxitos que son un castigo.

Citemos algunos ejemplos entre mil, para poner estas verdades en todo su esplendor. Dios se compromete a hacer de Abraham el padre de un gran pueblo, a bendecir todas las naciones en su raza, y he aquí que le ordena sacrificar al hijo de las promesas. ¿Olvidó acaso la palabra dada? Ciertamente que no: mas quiere probar la fe de su servidor y a su tiempo detendrá el brazo. Se propone someter a José la tierra de los Faraones, y comienza por abandonarle a la malicia de sus hermanos; el pobre joven es arrojado a una cisterna, conducido a Egipto, vendido como esclavo, después pasa en la cárcel años enteros, todo parece perdido, y, sin embargo, por ahí mismo es por donde le conduce Dios a sus gloriosos destinos. Gedeón es milagrosamente elegido para librar a su pueblo del yugo de los madianitas, improvisa soldados que apenas serán uno contra cuatro. En lugar de aumentar su número, el Señor despide a la mayor parte, no conservando sino trescientos y, armándolos de trompetas, de lámparas, con cántaros de barro, les conduce, ¿a dónde, diremos, a la batalla o al matadero? Y con este inverosímil ejército es pon el que asegura a su pueblo una sorprendente y segura victoria. Mas dejemos el Antiguo Testamento.

Después de las ovaciones y de los ramos, Nuestro Señor es traicionado, prendido, abandonado, negado, juzgado, condenado, abofeteado, azotado, crucificado y pierde su reputación. ¿Es así como asegura Dios Padre a su Hijo la herencia de las naciones? Triunfa el infierno y todo parece perdido, no obstante, por ahí mismo nos viene la salvación. Para confundir lo que es fuerte, Jesús escoge lo que es débil. Con doce pescadores ignorantes y sin prestigio se lanza a la conquista del mundo; nada son, pero El está con ellos. Deja a la persecución campear durante tres siglos, y, según su palabra profética, aquélla apenas ha de cesar; renueva a la Iglesia en lugar de destruirla y la sangre de los mártires es aún hoy día semilla de cristianos. La impiedad de los filósofos, las argucias de los heresiarcas se aprestan al asalto para extinguir las estrellas del cielo; y con eso precisamente se hace la fe más explícita y más luminosa. Los reyes y los pueblos bramarán contra el Señor y contra su Cristo, que es, sin embargo, su verdadero apoyo, mas llegado el momento que El ha escogido, «el Hijo del carpintero, el Galileo», siempre vencedor, encerrará a sus perseguidores en un ataúd y los citará a su tribunal. Mientras la tierra se agita en un sin fin de revoluciones, la cruz se mantiene enhiesta, indestructible y luminosa sobre las ruinas de los tronos y de las nacionalidades.

Quédanle medios propios suyos, medios inverosímiles, que Dios escogerá para salvar a un pueblo, conmover las muchedumbres, instituir familias religiosas.

Hubo un tiempo en que daba pena el reino de Francia; para arrancarlo de una pérdida total e inminente, Dios va a suscitar no poderosas armas, sino una inocente niña, una pobre pastorcilla de ovejas, y con este débil instrumento libra a Orleáns y conduce triunfalmente al Rey a Reims para ser consagrado. En nuestros días conmueve países enteros a la voz del Cura de Ars, el más humilde sacerdote rural, y a excepción de la santidad, hombre de menguado valer. Dios quería nuestra Orden: suscita tres santos para fundarla y le prepara las más abundantes bendiciones, y, sin embargo, la persecución que se dejó caer sobre nuestros Padres en Molismo los siguió a Cister. Se obliga a San Roberto por obediencia a dejar su obra sin terminar. San Alberico durante su gobierno y San Esteban durante algunos años apenas reciben novicios. La muerte hace sus vacíos y una epidemia arrebata la mitad de la pequeña Comunidad. Los supervivientes se preguntan, no sin ansiedad, si llegarán a tener sucesores o si su obra va a desaparecer con ellos. ¿ Querrá la Providencia divina destruir sus piadosos designios? Todo lo contrario, quiere de este modo asegurarlos, pero a su manera; propónese santificar a los fundadores, pone en vigor todos los puntos de la Regla, establece sólidamente la observancia y la vida interior. Una vez preparada la colmena, atraerá las abejas por enjambres.

Dios revela a la venerable María Postel que ella ha de fundar, en medio de muchas tribulaciones, una Comunidad que será la más numerosa de la diócesis de Coutances. Durante treinta años se la verá conducida por caminos oscuros, sometida a todo género de pruebas, contradicha por los acontecimientos, probada por repetidos fracasos. ¿Olvida acaso el Señor su promesa? Muy al contrario, así es como asegura su perfecto cumplimiento, elevando a la fundadora a la más encumbrada santidad, imprimiendo a la Congregación naciente el espíritu que deberá siempre animarla. San Alfonso de Ligorio, ilustre Fundador de los Redentoristas, se vio en sus últimos años indignamente acusado ante el Sumo Pontífice por dos de los suyos; es condenado, privado de su cargo de Superior General y hasta excluido del Instituto que le debía su existencia. Animábase leyendo la vida de San José de Calasanz, el Fundador de las Escuelas Pías, que fue como él perseguido, expulsado de su Orden y cuyo Instituto fue suprimido, y más tarde restablecido por la Santa Sede. Mas San Alfonso predice: que Dios que ha querido la Congregación en el reino de Nápoles, sabrá mantenerla en él, y que a ejemplo de Lázaro saldrá de la tumba llena de vida, cuando él ya no exista. «Dios ha permitido la dimisión -decía- para multiplicar las casas en los Estados Pontificios.» Y de hecho, cuando el santo anciano haya apurado hasta las heces el cáliz de las humillaciones y de los dolores, cuando haya sufrido su martirio con la más inalterable paciencia, el cisma, causa de este martirio, cesará como por ensalmo; la Congregación, más floreciente que nunca, extenderá sus ramas por todos los países. Así, aquella horrorosa tempestad que parecía iba a aniquilar el Instituto fue el medio elegido por Dios para propagarlo por el mundo entero, a la vez que consumaba la santidad del Fundador. Y día llegó en que los perseguidores del Santo fueron los más empeñados, según su predicción, en pedir el fin del cisma. ¡Hasta tal punto el éxito momentáneo de sus maquinaciones les embarazaba y llenaba su vida de decepciones y de remordimientos!

Tratándose de la santificación individual, Dios sigue los mismos caminos siempre austeros y a veces desconcertantes.

Nuestro Padre San Bernardo ama con pasión su soledad llena por completo de Dios, «su bienaventurada soledad es su única beatitud». Sólo una cosa pide al Señor: la gracia de pasar allí el resto de sus días, pero la voluntad divina le arranca una y otra vez de los piadosos ejercicios del claustro, lánzale en medio de un mundo que aborrece, en el tráfago de mil asuntos ajenos a su perfección, contrarios a sus gustos de reposo en Dios.

No puede ser todo para su Amado, para su alma, para sus hermanos, y por eso, se inquieta. «Mi vida -dice- es monstruosa y mi conciencia está atormentada. Soy la quimera del siglo, ni vivo como clérigo ni como seglar. Aunque monje por el hábito que llevo, hace ya tiempo que no vivo como tal. ¡Ah, Señor! Más valdría morir, pero entre mis hermanos.»

Dios no le escucha, por lo menos en este sentido, y es preciso bendecirle por ello. Porque el santo «aconseja a los Papas, pacifica a los reyes, convierte a los pueblos, pone fin al cisma, abate la herejía, predica la cruzada». Y en medio de tantos prodigios y triunfos se mantiene humilde, sabe hacerse una soledad interior, conserva todas las virtudes de perfecto monje y no vuelve a su claustro sino acompañado de multitud de discípulos. Es, no la quimera, sino la maravilla de su siglo.

Abrumado por el peso de los negocios, San Pedro Celestino suspira por su amada soledad y abdica al Sumo Pontificado para volverla a hallar. Dios se la concede, mas en forma del todo contraria a la que él había pensado, pues fue puesto en prisión. «Pedro -decíase a sí mismo entonces-, tienes lo que tanto tiempo deseaste, la soledad, el silencio, la celda, la clausura, las tinieblas en esta estrecha y bienaventurada prisión. Bendice a Dios sin cesar, pues ha satisfecho los deseos de tu alma de una manera más segura y agradable a sus ojos que la que tú proyectabas. Quiere Dios ser servido a su modo, no al tuyo.» El caballero de Loyola, herido ante los muros de Pamplona, podía considerar hundido su porvenir, mas allí le esperaba Dios para conducirle por este accidente mil veces feliz a la maravillosa conversión de la que había de nacer la Compañía de Jesús.

¿No es así como día tras día la mano de Dios nos hiere para salvarnos? La muerte deja claros en nuestras filas y nos arrebata las personas con las que contábamos; relaciones inexplicables desnaturalizan nuestras intenciones y nuestros actos; se nos quita por este medio, al menos en parte, la confianza de nuestros superiores, abundan las penas interiores, desaparece nuestra salud, las dificultades se multiplican por dentro y por fuera la amenaza está siempre suspendida sobre nuestras cabezas. Llamamos al Señor, y hacemos bien. Quizá le pedimos que aparte la prueba; y a semejanza de un padre amante y tierno, pero infinitamente más sabio que nosotros, no tiene la cruel compasión de escuchar nuestras súplicas si las halla en desacuerdo con nuestros verdaderos intereses, prefiriendo mantenernos sobre la cruz y ayudarnos a morir más por completo a nosotros mismos, y a tomar de ella una nueva savia de fe, de amor, de abandono; de verdadera santidad.

En resumen, jamás pongamos en duda el amor de Dios para con nosotros. Creamos sin titubear en la sabiduría, en el poder de nuestro Padre que está en los cielos. Por numerosas que sean las dificultades, por amenazadores que puedan presentarse los acontecimientos, oremos, hagamos lo que la Providencia exige, aceptemos de antemano la prueba si Dios la quiere, abandonémonos confiados a nuestro buen Maestro, y con tal conducta, todo, absolutamente todo, se convertirá en bien de nuestra alma. El obstáculo de los obstáculos, el único que puede hacer fracasar los amorosos designios de Dios sobre nosotros, sería nuestra falta de confianza y de sumisión, porque El no quiere violentar nuestra voluntad. Si nosotros por nuestra resistencia hacemos fracasar sus planes de misericordia, suya será en todo caso la última palabra en el tiempo de su justicia, y finalmente hallará su gloria. En cuanto a nosotros, habremos perdido ese acrecentamiento de bien que El deseaba hacernos.

4. AMOR DE DIOS

Siendo el Santo Abandono la conformidad perfecta, amorosa y filial, no puede ser efecto sino de la caridad; es su fruto natural, de suerte que un alma que ha llegado a vivir del amor, vivirá también del abandono. Propio es del amor, en efecto, unir al hombre estrechamente con Dios, la voluntad humana al beneplácito divino. Por otra parte, esta perfección de conformidad supone una plenitud de desprendimiento, de fe, de confianza, y sólo el Santo Abandono nos eleva a tales alturas y nos lleva a ella como naturalmente.

El amor dispone al abandono por un perfecto desasimiento. El ejercicio habitual del abandono requiere una verdadera muerte a nosotros mismos. Podrán comenzarlo otras causas, pero no tendrán la delicadeza ni fuerzas necesarias para llevarlo a término; para lo cual será necesario «un amor fuerte como la muerte». Mas el amor lo conseguirá, por que le es propio olvidarlo todo, darse sin reserva, y no admite división: ni quiere ver sino al Amado, no busca sino al Amado, ama todo cuanto agrada al Amado. «El amor de Jesucristo -dice San Alfonso- nos pone en una indiferencia total; lo dulce, lo amargo, todo viene a ser igual; no se quiere nada de lo que agrada a sí mismo, se quiere todo lo que agrada a Dios; empléase con la misma satisfacción en las cosas pequeñas como en las grandes, en lo que es agradable y en lo que no lo es; pues con tal que agrade a Dios, todo es bueno. Tal es la fuerza del amor cuando es perfecto -dice Santa Teresa-; llega a olvidar toda ventaja y todo placer personal, para no pensar sino en satisfacer a Aquel que se ama.» Y San Francisco de Sales añade, con su gracioso lenguaje: «Si es únicamente a mi Salvador a quien amo, ¿por qué no he de amar tanto el Calvario como el Tabor, puesto que se halla tan realmente en uno como en otro? Amo al Salvador en Egipto, sin amar el Egipto. ¿Por qué no lo amaré en el convite de Simón el leproso sin amar el convite? Y si le amo entre las blasfemias que lanzaron sobre El, sin amar tales blasfemias, ¿por qué no le amaré perfumado con el ungüento precioso de la Magdalena, sin amar ni el ungüento ni el perfume?» Y como lo decía, así lo practicaba.

El amor dispone al abandono haciendo la fe más viva y la confianza inquebrantable. Ciertamente la fe se esclarece y el corazón se abre a la esperanza, a medida que la niebla de las pasiones se disipa y la virtud crece. Mas cuando llega a la vía unitiva, las convicciones tórnanse más luminosas, las relaciones con Dios se convierten en cordial comunicación llena de confianza e intimidad, sobre todo cuando un alma ha experimentado repetidas veces que es ardientemente amante, y al revés, aún más amada de Dios cuando la ha purificado y afinado en el rudo y saludable crisol de las purificaciones pasivas. Como un niño en brazos de su madre reposa sin inquietud y se abandona con confianza, porque instintivamente siente que su madre le ha dado todo su corazón, así el alma se entrega a la Providencia con entera tranquilidad de espíritu, cuando ha podido llegar a decirse: «Es mi Padre del cielo, es mi Esposo adorado, el Dios de mi corazón que tiene en sus manos mi vida, mi muerte, mi eternidad; no me sucederá sino lo que El quiera, y no quiere sino mi mayor bien para el otro mundo y aun para éste.» Así es como terminando de romper nuestras ligaduras, y dando a nuestra confianza y a nuestra fe su última perfección, el santo amor completa nuestra preparación al abandono. Nos queda por manifestar cómo lo produce directamente. El amor perfecto es el padre del perfecto abandono. « El amor es lazo que une al amante con el amado, y hace de los dos uno, como el odio separa a los que la amistad había unido. La unión que produce el amor, es sobre todo la unión de las voluntades. El amor hace que los que se aman tengan un mismo querer y no querer para todas las cosas que se ofrezcan y no hieran la virtud; lo mismo que el odio llena el corazón de sentimientos diametralmente opuestos a la persona a la que se tiene aversión, de lo cual hemos de concluir que la unión y la conformidad con la voluntad de Dios se miden por el amor; que poco amor da poca conformidad, y un amor mediano una mediana conformidad, finalmente, un amor completo, una completa conformidad.» Por esto, los principiantes generalmente no pasan de la simple resignación, los proficientes se elevan a una conformidad ya superior; no consiguiéndose la perfecta conformidad sin un amor perfecto, con el cual se llega con seguridad a ella. Insistamos más para declarar mejor nuestro pensamiento.

Nadie ignora que el término a donde tiende el amor es la unión; y según San Juan: «El que permanece en la caridad, permanece en Dios y Dios en él.» La experiencia nos lo dice al igual que la fe. El movimiento propio del amor es entregarse la criatura a Dios y Dios a la criatura, los lanza el uno hacia el otro; no hay amor de amistad en donde no exista este movimiento de unión. Cuando Dios nos estrecha contra su corazón en amoroso abrazo, nos unimos a El con todas nuestras fuerzas; se le querría estrechar mil veces más, hasta confundirnos con El y formar un solo ser. Cuando Dios se oculta por amoroso artificio, como pala hacerse buscar con más avidez, la pobre alma, temiendo haberle perdido, va preguntando por El por todas parte con amorosa ansiedad; es una necesidad dolorosa, es un hambre insaciable, una sed inextinguible. Siente el vacío de Dios y no podría pasar sin El; nada le puede consolar en ausencia suya, a no ser el pensar que ella le agrada cumpliendo su adorable voluntad, y la esperanza de volverlo a encontrar más perfectamente. Querría poseerle, por decirlo así, infinitamente en el otro mundo para amarle, para alabarle, para unirse a El en la medida de sus deseos. Entre tanto lo busca aquí abajo sin descanso, aspira a una unión de amor cada vez más estrecha, dada por el sentimiento de una posesión sabrosa si Dios quiere, unión en la que dominará con frecuencia la necesidad y el deseo y el esfuerzo laborioso. En el primer caso, el alma está unida a Dios y en el otro, trata de unirse; en ambos es idéntico el movimiento de amor que nos saca fuera de nosotros para lanzarnos en Dios con ardiente deseo de poseerle. Esta unión de corazones produce la unión de voluntades. Desde que está poseído de un profundo afecto hacia Dios y se ha entregado a El sin reserva ni división, poseyendo nuestro corazón, se adueña también de nuestra voluntad, tanto que nada podríamos negarle.

En el cielo se gusta la unión con Dios en las alegrías del amor beatifico. Aquí abajo se le encuentra más frecuentemente sobre el Calvario que sobre el Tabor; respecto a la unión de gozo, es rara y fugaz, y generalmente el sufrimiento la precede y la sigue. Dios mostró en un éxtasis a Santa Juana de Chantal que «padecer por Él es pasto de su amor en la tierra, como gozar de El lo es en el cielo». Concuerdan con las de su fundadora estas expresiones de Santa Margarita María: «Tanto vale el amor cuanto es lo que se atreve a sufrir. No vive a gusto el amor, si no sufre. Querer amar a Dios sin sufrimiento es ilusión.» Ya que el sufrimiento es necesario para purificar, desprender, y adornar las almas y preparar así su unión a Dios. Es también preciso para alimentar esta unión, para impedir que se debilite y hacerla crecer, pues no bastarían los ardores del amor.

Es porque el amor, en efecto, no vive tan sólo de lo que recibe; vive aún más de lo que da; su mejor alimento será siempre el sacrificio. Así acontece hasta en las cosas humanas: el hijo que ha costado más dolores y lágrimas a su madre, ¿no será por ventura el más amado? De la misma manera el alma se une a Dios en la medida en que sabe abnegarse por El; la unión de corazón y de voluntad, cimentada por el hábito del sacrificio, será siempre la más sólida, y por decirlo así, inquebrantable. Mas, ¿sobreviviría la que ha nacido de las suavidades del amor? Quizá. Pero hay necesidad de que la prueba venga a reforzarla y mostrar lo que vale. Cuando Dios nos prodiga inefables ternuras y nos acaricia amorosamente como un padre que estrecha a su hijo contra su corazón, nuestra alma emocionada, anhelante, enloquecida, sale de si misma, se da por entero y se entrega con sinceridad. Mas el amor propio está muy lejos de morir definitivamente y hasta puede hallar su más delicado alimento en las dulzuras de esas emociones. Para completar la obra de las divinas ternuras, para robustecer la debilidad de la naturaleza y el reinado de la santa dilección, será, pues, imprescindible la acción lenta y dolorosa de la prueba bien aceptada. Dejémonos crucificar de buena gana: en el Calvario fue dada a luz nuestra alma y en la cruz hallará siempre la vida. El dolor es, pues, el alimento necesario del santo amor y por cierto muy sustancial. Un alma iluminada lo declara así: tanto más experimenta un alma que Dios se le comunica y le abraza, cuanto la favorece más el Señor, permitiendo que sea humillada y que reconozca su incapacidad y que sienta su inutilidad. «El amor divino crece en el dolor. Cuando éste es más punzante, tanto más vivos son los ardores del santo amor. Cuanto más pesa la tristeza sobre un alma, tanto más siente las llamas del divino amor, y su corazón deja escapar palabras de fuego.» Nuestro Señor le pondrá frecuentemente en la imposibilidad de comulgar a causa de enfermedad, pero El compensará esta privación del pan eucarístico, partiendo en mayor abundancia el pan de la tribulación. En una palabra, «el dolor es el pan sustancial de que Jesús quiere alimentarla»; ella lo entiende así y pide tan sólo que no se harte jamás de este manjar divino. Este es el lenguaje de todas las almas grandes, que por alcanzar la unión tan deseada con el Dios de su corazón, atravesarían el fuego y el hielo, sin que esto quiera decir que son insensibles al dolor.

Mas el amor dulcifica el padecimiento, y hasta lo busca y desea. «¡Cuántas crucecitas encuentro cada día!, decía un alma ardiente. Amo esas cruces, aun cuando me causan mucho dolor, porque si no lo sintiera me parecería que no amo. Si no padeciera, amando tantísimo a mi Dios, no sería feliz y me creería juguete del demonio.» La venerable María Magdalena Postel dice: «Cuando se ama, no hay trabajo para el que ama, pues es tanta la dicha que se halla en padecer por el objeto amado.» Y San Francisco de Sales nos revelará el secreto de este heroísmo: Ved las aflicciones en sí mismas, son pavorosas, vedlas en la voluntad divina, son amores y delicias. Si miramos las aflicciones fuera de la voluntad de Dios, tienen su amargura natural; mas considéreselas en este beneplácito eterno y son todo oro, amables y preciosas, mucho más de lo que puede decirse. Las medicinas desagradables ofrecidas por una mano cariñosa las recibimos con alegría, sobreponiéndose el amor a la repugnancia. La mano del Señor es igualmente amable, ya distribuya aflicciones, ya nos colme de consolaciones. El corazón verdaderamente amante, ama aún más el beneplácito de Dios en la cruz, en las penas y en los trabajos, porque la principal virtud del amor consiste en hacer sufrir al amante por la cosa amada.»

En fin, el amor justifica la Providencia y la aprueba en todos sus caminos. El Hijo de Dios cree a su Padre celestial, le adora, confía en El, pero sobre todo le ama, y amándole tiene gusto para todo cuanto viene de El, aun cuando su divina Providencia fuere en apariencia dura y severa. De esta manera su amor filial recibe con escrupuloso respeto todo cuando es enviado del cielo. San Francisco de Sales no miraba bien que uno se quejase del tiempo: ¡hace mal tiempo, hace mucho frío, qué calor! «semejantes reflexiones -decía- no convienen a un hijo de la Providencia que siempre ha de bendecir la mano de su Padre». El amor divino obra de la misma manera cuando intervienen las causas segundas y la malicia humana: por encima de los hombres y de los acontecimientos ve a su Amado, al Dios de su corazón, y con amor filial, con respecto inalterable besa la mano que le está hiriendo.

5. AMOR DE NUESTRO SEÑOR

En este camino del amor y del abandono, Nuestro Señor Jesucristo posee singular atractivo para cautivar las voluntades y arrebatar los corazones. Siendo Dios, como el Padre y como el Espíritu Santo, se ha hecho hombre como nosotros; es Dios, que ha llegado a ser nuestro hermano, nuestro amigo, el Esposo de nuestras almas; Dios maravillosamente puesto a nuestro alcance, Dios revestido de incomparable encanto para nosotros. La Santa Humanidad es la puerta que nos convenía para penetrar en los secretos de la Divinidad; y ofrece a nuestro pensamiento un precioso apoyo, a nuestro corazón un delicioso atractivo, a nuestra voluntad un modelo proporcionado. Jesús es el Salvador, a quien todo se lo debemos; Cabeza que nos comunica la vida. Camino que debemos seguir, y Guía que va delante de nosotros, Viático que sostiene nuestras fuerzas, término que debemos esperar, único galardón a que aspiramos. Es para nosotros alfa y omega, principio y fin.

A excepción de los atractivos de la gracia que siempre hay que respetar, nunca se encomendará bastante a las almas piadosas que nada antepongan a Nuestro Señor en sus devociones. La práctica más recomendada por los Maestros de piedad es la de seguirle principalmente al Calvario y al altar. Muchos, sin embargo, prefieren honrar su Sagrado Corazón o su santísima Infancia. Lo esencial es que se tenga muy a menudo a Jesús a la vista para contemplarle, en el corazón para amarle, en la voluntad para conocerle e imitarle. Después, que cada cual siga su atractivo y busque al buen Maestro allí donde con más facilidad le encuentre. En cualquiera de sus misterios hay todo lo que se precisa para satisfacer las aspiraciones y las necesidades más variadas; es siempre la víctima voluntaria que se dirige al sacrificio, el Esposo que nos invita al sufrimiento, su vida entera no ha sido sino cruz y martirio.

Jesús Niño, por no hablar sino de El, tiene la mano tan fuerte como dulce, y es lo suficiente sabio para no perjudicar a sus amigos. Un día, «durante la Santa Misa, se presenta a una religiosa con una multitud de cruces en sus manos. Las había de todos los tamaños, pero sobre todo pequeñas, y eran tan numerosas que apenas las podía sostener, y la dijo graciosamente: ¿Me quieres con todo mi cortejo? (Su cortejo eran las cruces.) ¡Oh!, sí, amable y gracioso Niño -díjole ella-, os quiero con todo vuestro cortejo. Venid, que os quiero acoger».

Santa Teresita del Niño Jesús se había ofrecido a su dulce Amigo, «para ser no su pequeño juguete de valor que los niños se contentan con mirar, sin atreverse a tocarlo, sino como una pelotita de escaso precio, que pudiera arrojar al suelo, empujar con el pie, rasgar, arrinconar, o bien estrecharla contra su corazón, si tal fuese su gusto». En una palabra, quería divertir al Niño Jesús y entregarse a sus caprichos infantiles. El escuchó su petición y no tardó en romper el pequeño juguete, «queriendo sin duda ver lo que contenía dentro». Imposible describir en términos más graciosos una ruda crucifixión, una verdadera muerte a sí misma, bastando la dulce mano del Niño Jesús para esta forzada labor.

La Pasión es el atractivo más general; éste fue el de Nuestro Padre San Bernardo. «Desde el principio de mi conversión -dice-, a fin de suplir los méritos que a mí me faltaban, puse sobre mi corazón un hacecito de mirra, formado de todas las ansiedades y amarguras de mi Salvador. En él coloqué las privaciones de su infancia, los trabajos de su predicación, las fatigas de sus viajes, sus vigilias en la oración, sus tentaciones y sus ayunos, sus lágrimas de compasión, los lazos tendidos a sus palabras, las traiciones de los falsos hermanos, los clamores, las bofetadas, los sarcasmos, las injurias, los clavos, todos los tormentos que cuenta el Evangelio y que El padeció en tan crecido número por nuestra salvación… Nadie podrá arrebatarme este hacecito, que siempre conservaré sobre mi corazón. Estoy persuadido de que la sabiduría consiste en meditar estas cosas; y en esto he cifrado la perfección de la justicia, la plenitud de la ciencia, las riquezas de la salvación, la abundancia de los méritos. De ahí me viene la suave unción de la consolación. Esto es lo que me levanta en la adversidad, lo que me sostiene en la prosperidad, lo que en las alegrías y tristezas de la vida me conduce con seguridad por el camino real, y lo que aparta los males que de una y otra parte me amenazan… Por esto, tengo con frecuencia estas cosas en mi boca, y vosotros lo sabéis; Dios sabe que las tengo siempre en mi corazón, es evidente que de ellas están llenos mis escritos. No hay para mí más sublime filosofía aquí abajo que la de conocer a Jesús y a Jesús Crucificado.»

Un día Nuestro Señor muestra a Gemma Galgani sus cinco llagas abiertas, y le dice: «Mira, hija mía, y aprende a amar. ¿Ves esta cruz, estas espinas y estos clavos, estas carnes lívidas y estas heridas y llagas? Todo es obra del amor y de un amor infinito. Hasta este punto te he amado. ¿Quieres tú amarme de verdad? Aprende ante todo a sufrir; es el sufrimiento quien enseña a amar.» Esta vista del Redentor cubierto de llagas y bañado en sangre, encendió en el corazón de la sierva de Dios el sentimiento del amor hasta el sacrificio, y el vivo deseo de sufrir algo por Aquel que tanto sufrió por ella. Se despojó de todas sus joyas: «Las únicas joyas que embellecen a la esposa de un Rey crucificado son las espinas y la cruz.» Desea sufrir para parecerse a su Amado: «Quiero sufrir con Jesús, exclama, quiero ser semejante a Jesús, sufrir mientras viviere.» Su ángel de la guarda le presenta a su elección una corona de espinas o una de azucenas:

«Quiero la de Jesús, sólo ella me agrada», responde; en seguida, con amorosa impaciencia toma la corona de espinas, la cubre de besos y la estrecha contra su corazón. «No quiero las consolaciones de Jesús; Jesús es el hombre de dolores, quiero ser también la hija de los dolores.» Durante una prolongada tribulación dijo a Nuestro Señor: « ¡Con Vos, sienta bien el sufrir! » Otra alma generosa, Sor Isabel de la Trinidad, declárase «enteramente feliz con poder seguir el camino del Calvario, como una esposa cabe del divino Crucificado.» Una religiosa cree oír a Nuestro Señor que la dice: «¿Quieres amarme en el sufrimiento, en la inmolación, en el desprecio?» Lo acepta con ánimo esforzado, mas cuando el dolor se presenta bajo una u otra forma, el primer movimiento es un movimiento de repulsa, y el divino Maestro añade: «Déjate desollar, inmolar. ., ya que eres esposa de un Dios crucificado, es preciso que tú sufras… Bebamos, hija, en el mismo cáliz la tristeza, la angustia y el dolor.» Después de los más elevados favores, se cree ella aún menos exenta del dolor: «Ahora sí que debemos beber Cristo y yo en el mismo cáliz, recorrer el mismo camino, morir sobre la misma cruz.» Mas el buen Maestro la muestra «que se ama en la medida en que se es generoso», la enseña «a sonreír siempre al dolor»; ella acepta «a no ser consolada, para consolar al divino y gran Afligido». «Quiero amaros, gran Abandonado, pero en el sufrimiento, en el olvido de mí misma y de las criaturas. ¿Cómo pensar aún en mí?» Así, no desea ya gozar cerca del Amado, sino sufrir a fin de que El halle sus delicias con las almas religiosas y sacerdotales, morir para que El viva en todos los corazones.

Jesús es ciertamente el Salvador del mundo. El suscita corazones generosos, a quienes asocia a su obra de Redención y, por consiguiente, a su sacrificio, encendiendo en ellos un celo ardiente por las almas que se pierden y por el Amado que tan malamente es servido y tan ofendido. Quéjase a Gemma Galgani de la malicia, ingratitud e indiferencia general. Se le olvida como si jamás hubiera amado, ni nunca hubiera sufrido, como si fuese desconocido a todos. Los pecadores se obstinan en el mal, los tibios no se hacen violencia, los afligidos caen en el abatimiento. Se le deja casi solo en las iglesias y su corazón está de continuo rebosante de tristezas. Necesita una expiación inmensa, principalmente por los pecados y sacrilegios con que se ve ultrajado por las almas escogidas entre mil. Gemma acepta con corazón magnánimo su misión de amor y de expiación: «Yo soy la víctima -dice- y Jesús es el sacrificador. Sufrir, sufrir pero sin ningún consuelo, sin el menor alivio, sufrir sólo por amor. Me basta ser víctima de Jesús, para expiar mis innumerables pecados y, si es posible, los del mundo entero.» Así habla esta inocente joven. A todas las grandes almas que la augusta Víctima asocia de un ¡nodo especial a su obra de Redención las marca con el sello de la cruz. Según la feliz expresión de Sor Isabel de la Trinidad, «El se hace en ellas como una humanidad añadida, en la que todavía pueda sufrir por la gloria de su Padre y las necesidades de su Iglesia y perpetuar aquí abajo su vida de reparación, de sacrificio, de alabanza y de adoración.» No menos hermosas son las palabras de un alma ardiendo en deseos de ver a Dios: «En el tiempo de la persecución -dice-, a la hora en que las esposas de Jesús son convocadas al Calvario, no es mi ensueño morir, quiero ir al Gólgota con Jesús, quiero sufrir con El y por El, y cuando hubiere llegado la hora de su triunfo, ¡ah!, entonces sí que seré dichosa uniéndome a El. Por Ti, Jesús mío, quiero morir, morir sin consuelo alguno, mas antes quiero por Ti vivir oculta, ignorada y despreciada. Para consolarte, Jesús mío, y para ganarte almas, quiero olvidarme, renunciarme, inmolarme. No amo el sufrimiento, Tú bien lo sabes; cuando se presenta se rebela con frecuencia la naturaleza, pero en el fondo huélgome de poder padecer algo por Ti. ¡Oh, Jesús!, mi corazón es demasiado pequeño para amarte, dame los corazones de todos los hombres que no te aman que yo los consagraré al puro amor.»

La angelical Santa Teresa del Niño Jesús hubiera querido ser sacerdote para llevar a Jesús en sus manos, para darlo a las almas; hubiera querido iluminar el mundo; como los doctores anunciar el Evangelio a toda la tierra y en todos los tiempos; hubiera querido sobre todo el martirio, pero el martirio con todo género de suplicios. «Como Vos, Esposo adorado, querría ser azotada, crucificada; querría morir desollada como San Bartolomé; como San Juan querría ser sumergida en aceite hirviendo; deseo, como San Ignacio de Antioquía, ser triturada por los dientes de las fieras, a fin de llegar a ser pan digno de Dios; con Santa Inés y Santa Cecilia, querría ofrecer mi cuello a la espada del verdugo, y como Juana de Arco, sobre una hoguera ardiente pronunciar el dulce nombre de Jesús.» Mas ya que Dios ha dispuesto de ella de otro modo, su vocación será el amor, y lo probará arrojando flores, es decir, que no dejará pasar ningún sacrificio por pequeño que sea, ninguna mirada, ninguna palabra, y aprovechará las menores acciones, para hacerlas por amor, sufrirá y se alegrará, aun por amor.

¡Quiera Dios que tan elevados sentimientos nos guíen siempre en la práctica del Santo Abandono! Las grandes almas que nos complacemos en citar, se habían ofrecido como víctimas y pedían a veces el sufrimiento; manifestado queda ya nuestro pensamiento sobre esta manera de proceder.

6. EL EJEMPLO DE NUESTRO SEÑOR

A un alma que se sienta prendada del amor de Dios, nada la lleva tanto al abandono como el ejemplo de su amado Maestro. El agrada soberanamente al alma, y ella a su vez quiere únicamente agradarle, y por lo mismo se esfuerza en imitarle en todas las cosas. Ahora bien, su vida entera no ha sido sino obediencia y abandono.

Hace su entrada en el mundo, y «viene ante todo -dice Monseñor Gay- para su Padre. El, su Padre, es objeto de toda su religión y el término del sacrificio». Le habla y le dice: «He aquí que vengo para hacer vuestra voluntad.» ¡Pues qué! ¿No viene para predicar, trabajar, morir, sufrir, vencer el infierno, y salvar al mundo con su cruz?

«Esta es su labor, como El muy bien lo sabe, pues sus ojos apenas abiertos ya lo han visto todo y su corazón lo ha abrazado inmediatamente. Quiere cumplir todo, hasta la última tilde, y lo quiere sinceramente y con un querer lleno de amor y de eficacia… mas quiere todo esto, por ser tal la eterna voluntad de su Padre y sólo esta voluntad le conmueve y le decide. Viendo todo lo demás, se fija, sin embargo, en sólo esto; sólo de ella habla y de sólo ella pretende depender. Esta voluntad divina lo es todo: principio, fin, razón, luz, apoyo, mansión, alimento, recompensa. En ella, pues, se apoya, a ella se reduce, en ella se afirma, y ejecutando después tantas cosas, y tan elevadas y tan inauditas y tan sobrehumanas, nunca hará sino esta cosa sencilla, en la que nuestros niños son capaces de imitarle: hará la voluntad de su Padre celestial, y a ella se entregará sin reserva y vivirá por completo abandonado.»

Esta obediencia y este abandono tienen su origen en su amor para con el Padre; es plenitud de abandono, porque es plenitud de amor; amor filial, confiado, desinteresado, generoso, sin reserva; amor rebosando reconocimiento por los bienes que ha recibido en santa Humanidad; amor lleno de celo, de abnegación y de humildad; Víctima cargada con todos los pecados del mundo, estima todos los castigos, ya que ningún sufrimiento es excesivo para reparar la gloria de su Padre y restituirle los hijos alejados y con todo tan tiernamente queridos.

Amor filial, y al mismo tiempo amor de niño. «¿Pues qué otra cosa ha sido -dice Monseñor Gay- Nuestro Señor, Jesús, el Hijo del Eterno Padre, verdadero Dios y verdadero Hombre, según su Humanidad, sino un niño? A nuestros mismos ojos es el estado en que ha querido aparecer; mas para su Padre, a los ojos de la Divinidad, de su propia Divinidad, no ha cesado nunca ni cesará de ser un niño. Esta Humanidad gobierna todos los seres; los Serafines le besan los pies, y el mundo entero con razón la saluda como a su maestra y soberana; súbditos suyos son los reyes; los pueblos, su herencia; los ángeles, sus mensajeros. Es reina a la manera que Dios es Rey, y, sin embargo, os lo repito, no es en definitiva sino un niño, un niño de un día y de una hora, que no tiene de sí y por sí solo ni pensamiento, ni palabra, ni movimiento, ni vida; un niño pequeño oculto en el seno, llevado en brazos, entregado a los derechos, a las voluntades, al beneplácito, a las costumbres, a las sonrisas infantiles, a las caricias sin igual, al amor infinito de la Divinidad que es su padre y su madre. Todo esto copia el alma abandonada, pues siendo Dios nuestro Padre, ¿qué son respecto a El nuestra edad, nuestra talla y nuestra actitud? Aun cuando fuéramos un San Pedro, o un San Pablo o cualquiera de esos gigantes en la santidad, ¿seríamos alguna vez grandes delante de Dios?»

Si pudiéramos seguir la vida de Nuestro Señor Jesucristo hasta en sus mismos actos, hallaríamos por todas partes el amor, la confianza, la docilidad, el abandono infantil de un niño. Citemos tan sólo algunos ejemplos de San Francisco de Sales.

«Ved al pobre Niño en la cueva, que recibe la pobreza, la desnudez, la compañía de los animales, todas las inclemencias del tiempo, el frío y todo cuanto permite su Padre que le venga. No está escrito que haya extendido sus manos en busca del seno de su Madre, mas no rehúsa los pequeños alivios que Ella le da. Recibe los servicios de San José, las adoraciones de los reyes y de los pastores, y todo con la misma igualdad de ánimo. Así nada debemos nosotros desear ni nada rehusar, sino sufrir y recibir con igualdad de ánimo todo lo que la Providencia permita que nos suceda.»

«Si se hubiera preguntado al dulce Niño Jesús llevado en brazos de su Madre, a dónde iba, ¿no hubiera tenido razón en responder: Yo no voy, es mi Madre la que va por mí?, y a quien le hubiera preguntado: Pero al menos, ¿no vais Vos con vuestra Madre?, hubiera podido con razón decirle: No; yo no voy en manera alguna, o si voy allí donde mi Madre me lleva, no es por mis propios pasos, es por los pasos de mi Madre que voy. A la manera que mi Madre va por mí, así Ella quiere por mí y yo la dejo igualmente el cuidado de ir como el de querer. Su voluntad basta para Ella y para mí, sin que yo tenga querer alguno en lo tocante a ir o venir; no me importa si camina aprisa o despacio, si va por ésta o la otra parte; no me opongo a su deseo de ir acá o allá y me contento con estar siempre en sus brazos y mantenerme bien unido a su amante cuello. »

En su huida a Egipto, Nuestro Señor, que es la Sabiduría eterna, y que gozaba del perfecto uso de la razón, no advierte a San José o a su dulcísima Madre nada de cuanto había de acontecerles. Nada quiso emprender sino por el encargo del ángel Gabriel que había sido destinado por el Padre para anunciar el misterio de la Encarnación, para ser desde entonces como el ecónomo general de la Sagrada Familia, para cuidar de ella en los diversos acontecimientos. Este Niño Todopoderoso, pero manso y humilde de corazón, se dejaba llevar a donde querían y por quien quería llevarle, se abandonaba dócilmente en manos del ángel por más que éste no tenía ni ciencia, ni sabiduría que pudieran compararse con su divina Majestad.

«Algunos contemplativos han supuesto que Nuestro Señor en Egipto, en el taller de San José y durante los treinta años de su adorable vida oculta, se ocupaba algunas veces en hacer cruces», y las ofrecía a sus amigos -método que no ha variado-. Devorado del celo por la gloria de su Padre, de la Iglesia y por las almas, «tuvo mil amorosos desfallecimientos; veía la hora de ser bautizado con su propia sangre y languidecía suspirando en tanto que esto llegaba, a fin de vernos libres, por su muerte, de la muerte eterna». Y sin embargo, cuando entra en el Huerto de los Olivos, se entrega a los terribles asaltos del temor y de las repugnancias, «sufriéndolos voluntariamente por amor nuestro, pudiéndose librar de ellos. El dolor le causa angustias de muerte, y el amor un ardiente deseo de ella, una cruel agonía entre el deseo y el horror a la muerte, hasta la abundante efusión de su sangre que corre como de una fuente y riega la tierra». Con todo, no cesa de repetir en amoroso abandono: «Padre mío, hágase vuestra voluntad y no la mía». En consecuencia, «déjase prender, maniatar y conducir a gusto de los que quieren crucificarle, con un abandono admirable de su cuerpo y de su vida, poniéndolos en sus manos. De igual modo van a entregarse su alma y voluntad por una perfectísima indiferencia en manos de su Padre Eterno».

Mas antes, un supremo dolor y el más terrible de todos le espera «sobre la cruz», cuando después de haber dejado todo por el amor y la obediencia de su Padre, fue como dejado y abandonado de El; y empujada su barca a la desolación por el torrente de las pasiones, apenas sentía la brújula de su vida, que, sin embargo, no sólo miraba a su Padre, sino que le estaba inseparablemente unida; cosa que la parte inferior ni sabía ni de ella se apercibía, ensayo que la divina Providencia jamás ha hecho ni hará en ninguna otra alma, pues no lo podría soportar. Para mostrarnos lo que podemos y debemos hacer cuando nuestras penas llegan a su colmo, quejóse filialmente a su Padre: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Mas apresúrase a añadir con todas sus fuerzas y con la más amorosa sumisión: «Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu», dando así a su Padre y a nosotros el supremo testimonio de su amor, «muriendo en el amor, por el amor, para el amor y de amor». Al mismo tiempo, nos enseña -«cuando nuestros males están en su apogeo, y mientras las convulsiones de las penas espirituales nos quiten cualquiera otro género de alivios y de medios de resistir- a poner nuestro espíritu en manos de Aquel que es nuestro verdadero Padre, y, bajando la cabeza de nuestra aquiescencia a su beneplácito, a entregarle toda nuestra voluntad».

Este continuo abandono de niño pequeño se ha dignado Nuestro Señor extenderlo a toda suerte de peñas y pruebas, pues «fue afligido en su vida civil, condenado como un criminal de lesa majestad divina y humana y atormentado con extraordinaria ignominia; en su vida natural, muriendo entre los más crueles y sensibles tormentos que se pueden imaginar; en su vida espiritual, sufriendo tristezas, temores, espantos, angustias, abandonos y aflicciones interiores, que jamás encontrarán semejante»; y todo con entera y sumisa voluntad. «Pues aunque la parte superior de su alma estuviera soberanamente gozosa de la gloria eterna, el amor impedía a esta gloria difundir sus delicias y sentimientos, tanto en la imaginación, como en la parte inferior, dejando así el corazón a merced de la tristeza y angustia.»

De esta suerte nos da ejemplo para que aceptemos con corazón magnánimo y sin rechazarlas jamás esas mil pruebas del orden natural o espiritual, de que nos resta hacer una rápida exposición.

3. Ejercicio del Santo Abandono

1. OBJETO DEL ABANDONO EN GENERAL

No estará de más recordar la distinción entre la voluntad de Dios significada y su voluntad de beneplácito, ya que en esto está el nudo de la cuestión.

Por la primera, Dios nos significa claramente y manifiesta de antemano y de una vez para siempre, «las verdades que hemos de creer, los bienes que hemos de esperar, las penas que hemos de temer, lo que hemos de amar, los mandamientos que se han de observar y los consejos que se han de seguir». Las señales invariables de su voluntad son los preceptos de Dios y de la Iglesia, los consejos evangélicos, los votos y las Reglas, las inspiraciones de la gracia. A estas cuatro señales puede añadirse la doctrina de las virtudes, los ejemplos de Nuestro Señor y de los Santos.

Ahora bien, el beneplácito de Dios no es conocido de antemano, y por regla general está fuera del dominio de nuestros cálculos, y con frecuencia hasta desconcierta nuestros planes. Solamente nos será manifestado por los acontecimientos, ya que los elementos que constituyen su objeto no dependen de nosotros sino de Dios, que se ha reservado su decisión. Por ejemplo, dentro de cierto tiempo, ¿estaremos sanos o enfermos, en la prosperidad o en la adversidad, en la paz o en el combate, en la sequedad o en la consolación? Es más, ¿quién podrá asegurarnos que viviremos? Sólo conoceremos lo que Dios quiere de nosotros, a medida que se vayan desarrollando los acontecimientos.

Nada más a propósito para la voluntad del divino beneplácito que el santo abandono, puesto que todo él se funda en una espera dulce y confiada, en tanto que la voluntad de Dios se nos manifiesta, y en una amorosa aquiescencia, desde el momento que aquélla se da a conocer. Supone además, como preliminar condición, la indiferencia por virtud, pues nada tan necesario como esta universal indiferencia, si se quiere estar apercibido para cualquier acontecimiento. Por otra parte, mientras no se declare el divino beneplácito, no cabe sino esperar confiada y filialmente, pues quien ha de disponer de nosotros es Nuestro Padre celestial, la Sabiduría y la Bondad por esencia. Y desde el momento que los acontecimientos no están en nuestro poder, una espera pacífica y sumisa nada tiene de quietista y hasta se Impone, salvo lo que en otra parte hemos dicho acerca de la prudencia, de la oración y de los esfuerzos en el abandono.

Diversa ha de ser nuestra actitud ante la voluntad de Dios significada. Nos ha manifestado con toda claridad «que tales y tales cosas sean creídas, esperadas y temidas, amadas y practicadas». Lo sabemos, y por lo mismo no tenemos ya el derecho de permanecer indiferentes para quererlas o no quererlas. Como de antemano nos ha manifestado su voluntad de una vez para siempre, no hay para qué esperar nos la explique de nuevo en cada caso particular. Las cosas de que se trata dependen de nuestro albedrío, y a nosotros corresponde obrar con la gracia por nuestra propia determinación. Ante la voluntad de Dios significada, no nos queda sino someter nuestro querer al suyo, por lo menos en todo lo que es obligatorio, «creyendo en conformidad con su doctrina, esperando sus promesas, temiendo sus amenazas, amando y viviendo según sus mandatos».

Se darán casos en que los acontecimientos no se sustraigan por completo a nuestra acción, pudiéndose prever y proveer de alguna manera, y en este caso convendrá añadir al abandono la prudencia y los esfuerzos personales, porque en el fondo, tales acontecimientos serán una mezcla de la voluntad de Dios significada y de su beneplácito.

Por consiguiente, no tiene lugar el abandono en lo concerniente a la salvación o a la condenación, a los medios que nos ha prescrito o aconsejado tomar para asegurar lo uno y lo otro; como son la guarda de los mandamientos de Dios y de la Iglesia, la huida del pecado, la práctica de las virtudes, la fidelidad a nuestros votos y Reglas, la obediencia a los superiores, la docilidad a las inspiraciones de la gracia. Dios nos ha manifestado su voluntad sobre todas las cosas, y para asegurar su fiel ejecución, ha hecho promesas y lanzado amenazas, ha enviado a su Hijo, establecido la Iglesia, el sacerdocio, los Sacramentos, multiplicado los socorros exteriores, prodigado la gracia interior. Evidentemente la indiferencia no tiene ya razón de ser; la obediencia se requiere en las cosas obligatorias, y en cuanto a las de consejo, es preciso al menos estimarlas y no apartar de ellas a las almas generosas.

«Si la indiferencia cristiana -dice Bossuet- se excluye con relación a las cosas que son objeto de la voluntad significada, es preciso, como lo hace San Francisco de Sales, restringirla a ciertos acontecimientos que están regulados por la voluntad de beneplácito, cuyas órdenes soberanas determinan las cosas que suceden diariamente en el curso de la vida.»

«Ha de practicarse en las cosas que se relacionan con la vida natural: como la salud, la enfermedad, belleza, fealdad, debilidad y la fuerza; en las cosas de la vida civil, acerca de los honores, dignidades, riquezas, en las situaciones de la vida espiritual, como sequedades, consolaciones, gustos, arideces; en las acciones, en los sufrimientos y por fin en todo género de acontecimientos». En lo que atañe al beneplácito divino, esta indiferencia se extiende «al pasado, al presente, al porvenir; al cuerpo y a todos sus estados, al alma y a todas sus miserias y cualidades, a los bienes y a los males, a las vicisitudes del mundo material y a las revoluciones del mundo moral, a la vida y a la muerte, al tiempo y a la eternidad». Mas Dios modifica su acción en conformidad con los sujetos: «Si se trata de los mundanos, les priva de los honores, de los bienes temporales y de las delicias de la vida. Si se trata de los sabios, permite que sea rebajada su erudición, su espíritu, su ciencia, su literatura. En cuanto a los santos, les aflige en lo tocante a su vida espiritual y al ejercicio de las virtudes».

¿Hay necesidad de indicar que, siendo el gozo y la tribulación el objeto del abandono, ofrecerá esta última con más frecuencia la ocasión de ejercitarse? Todos sabemos por dolorosa experiencia, que la tierra es un valle de lágrimas y que nuestras alegrías son raras y fugitivas.

Señalemos aquí dos ilusiones posibles:

1ª Ciertas almas forman grandes proyectos de servir a Dios con acciones y sufrimientos extraordinarios cuya ocasión jamás llega a presentarse, y mientras abrazan con la imaginación cruces que no existen, rechazan con empeño las que la Providencia les envía en el momento presente, y que, sin embargo, son menores. ¿No es una deplorable tentación el ser tan valeroso en espíritu y tan débil en realidad? ¡Líbrenos Dios de estos ardores imaginarios, que fomentan con frecuencia la secreta estima de nosotros mismos! En lugar de alimentarnos de quimeras, permanezcamos en nuestro abandono, poniendo todo nuestro cuidado en santificar plenamente la prueba real, o sea, la del momento presente.

2ª Sería una ilusión muy perjudicial despreciar o tener en poco nuestras cruces diarias, porque son pequeñas. Todas son ciertamente muy insignificantes; mas, como son, por decirlo así, de cada momento, por su mismo número aportan al alma fiel una enorme mina de sacrificios y de méritos. Por una parte, nada impide recibirlas con mucha fe, amor y generosidad; y de esta manera la bondad de nuestras disposiciones les dará un valor inestimable a los ojos de Dios. Cierto que las grandes cruces, llevadas con amor grande también, nos acarrearían más méritos y recompensa, pero son raras. El orgullo y el buscarse a sí mismo se deslizan en ellas más fácilmente y «de ordinario esas acciones eminentes se hacen con menos caridad», mientras que el amor y las otras santas disposiciones son las que «dan precio y valor a todas nuestras obras». Estimemos, pues, las cruces grandes, pero guardémonos de menospreciar las pruebas vulgares y ordinarias, porque de ellas hemos de sacar más provecho. «Practiquemos la conformidad con la voluntad de Dios -dice el P. Dosda- en todos sus pormenores, por ejemplo: a propósito de la humillación ocasionada por un olvido o por una torpeza, a propósito de una mosca inoportuna, de un perro que ladra, de una luz que se apaga, de un vestido que se rompe.» Practiquémosla sobre todo con las diferencias de carácter, las contrariedades, humillaciones y los mil pequeños incidentes en que abunda la vida de comunidad. Sin parecerlo, es un poderoso medio de morir a sí mismo y de vivir todo para Dios.

Después de haber expuesto con detenimiento la naturaleza, motivos y el objeto en general del Santo Abandono, hubiéramos podido dejar al lector el cuidado de hacer las aplicaciones prácticas. Mas, como las pruebas son muy diversas, hemos creído hacer una obra útil estudiando las principales, a fin de poder, según la naturaleza de cada una, indicar los motivos especiales de paciencia y de sumisión, resolver algunas dificultades, precisar lo que se refiere a la oración, a la prudencia y los esfuerzos personales. Recorreremos sucesivamente las pruebas de orden temporal, las de orden espiritual en sus vías comunes y las de las vías místicas.

2. EL ABANDONO EN LAS COSAS TEMPORALES, EN GENERAL

Hay bienes y males temporales: bienes, como la ciencia, la salud, las riquezas, la prosperidad, los honores; males como la enfermedad, la pobreza, los infortunios. He aquí las cosas que el mundo juzga importantes en primer término y de las que ante todo se preocupa, y por cierto equivocadamente. Las cosas de aquí abajo se deben apreciar a la luz de la eternidad.

El soberano Bien, el único necesario, es Dios, y por consiguiente, según enseña Santo Tomás, los bienes principales supremos para nosotros son la bienaventuranza y lo que nos la ha hecho merecer. No cabe abuso en estos bienes, ni pueden tener mal fin. Por esto los santos los piden de una manera absoluta, conforme a estas palabras del Salmo:

«Muéstranos tu faz, y seremos salvos», he aquí la bienaventuranza; «conducidnos por las sendas de vuestros mandamientos», he aquí el camino que a ella nos conduce. En cuanto a los bienes temporales, añade el Santo Doctor, sucede con demasiada frecuencia que se emplean mal y pueden tener mal resultado: siendo así que la riqueza y los honores han causado la pérdida de gran número de personas. No son, pues, los bienes temporales principales y definitivos, sino secundarios y pasajeros, socorros que nos ayudan a caminar hacia la bienaventuranza, en cuanto que conservan la vida temporal y nos sirven de instrumentos para practicar la virtud. Con tal que los estimemos como objeto secundario y no como objeto principal de nuestra solicitud, es perfectamente legítimo desearlos, pedirlos en la oración, buscarlos con una moderada aplicación, pensar aun en el porvenir, en la medida de la necesidad y en el tiempo conveniente. Mas nuestra solicitud es excesiva y culpable, si en lugar de usar estos bienes según la necesidad, llegamos hasta considerarlos como nuestro fin; si cuidamos de lo temporal hasta el punto de descuidar lo espiritual, si tememos carecer de lo necesario, aun haciendo lo que debemos, pues, en este caso, es preciso contar con la Providencia. La comida, la bebida, el vestido, son cosas de primera necesidad, y respecto a ellas Nuestro Señor no condena en manera alguna el cuidado moderado que induce al trabajo, pero destierra la solicitud excesiva que va hasta la inquietud; termina diciéndonos que busquemos ante todo los bienes espirituales, con la firme seguridad de que los bienes temporales nos serán dados por añadidura y conforme a la necesidad, si es que hacemos lo que está de nuestra parte.

«Aun prohibiendo que nos inquietemos por los bienes temporales como los gentiles, porque Nuestro Padre Celestial sabe de qué cosas tenemos necesidad, Nuestro Señor añade expresamente: “Buscad primero el reino de Dios”. Con esto quiere el divino Maestro excitar en nosotros los buenos deseos para los que sentimos pesadez, y amortiguar los deseos de los sentidos para los que somos sensibles por demás. Quiere también enseñarnos a hacer distinción entre los bienes que es necesario pedir de un modo absoluto, como lo son “el reino de Dios y su Justicia”, y los que se han de pedir tan sólo bajo condición y si Dios los quiere.

»Más todavía, Jesucristo mismo nos ha enseñado a decir: El pan nuestro, palabras que entre otros sentidos han significado siempre la petición de los bienes temporales. (La Iglesia ha hecho lo mismo en sus Letanías y su Liturgia.) El perfecto espiritual no excluye esta petición del número de las siete del Padrenuestro, y si se dice que no pida nada temporal, se entiende que no lo pida como un bien absoluto, ni absolutamente, sino en orden a la salvación y bajo reserva de la voluntad de Dios.»

En efecto, dice San Alfonso, «la promesa divina (de escuchar nuestras oraciones) no se refiere a los favores temporales, tales como la salud, las riquezas, las dignidades y otras prosperidades de este género. Muchas veces Dios las niega con razón, porque ve que comprometerían a la salvación de nuestra alma. En cuanto a los bienes espirituales, es preciso pedirlos sin condición, de un modo absoluto y con certeza de obtenerlos».

También los males temporales es preciso considerarlos con los ojos de la fe y a la luz de la eternidad. El pecado, y sobre todo la muerte en el pecado, con su eterna sanción que es el naufragio de nuestro destino y el desastre irremediable, es el mal de los males. Debemos pedir a Dios con insistencia y de una manera absoluta que nos preserve de él a todo trance. Mas la pobreza, los achaques, las enfermedades, las demás aflicciones de este género, la muerte misma no son sino males relativos. En los designios de la Providencia así hemos de considerarlos, o por mejor decir, como gracias precisas y a veces harto necesarias, como el pago de nuestras faltas, remedio de nuestras enfermedades espirituales, origen de grandes virtudes y de méritos sin cuento, siempre que nosotros cooperemos a la acción de Dios con humilde sumisión. Por el contrario, la impaciencia y la falta de fe en la prueba convertirían el remedio en ponzoña, nos harían contraer la enfermedad, la muerte quizá allí donde la Providencia nos había preparado la vida. Siendo esto cierto, tenemos perfecto derecho a rogar a Dios que «nos libre del mal, que aleje de nosotros la guerra, la peste, el hambre», y demás calamidades públicas o privadas.

Nuestro Señor nos lo hace repetir en la oración dominical y la Iglesia en su Liturgia. Mas Dios no ha prometido escuchar siempre este género de peticiones, y nosotros sólo podemos formularlas bajo condición de que tal sea la voluntad divina. Aun cuando temiéramos perder la paciencia, nos bastaría manifestar a Dios esta alternativa, o que disminuya la carga o que aumente las fuerzas. Lo que sí convendrá pedir siempre y de una manera absoluta, es el espíritu de fe, la paciencia y las demás disposiciones que convienen al tiempo de la prueba, y en tanto que ésta dure, indudablemente Dios quiere que practiquemos estas virtudes, ya que es éste precisamente el fin que se propone al enviárnosla.

Los bienes y los males temporales no son, pues, sino bienes o males relativos. De unos y de otros puede hacerse el uso más acertado o el más desgraciado abuso. ¿Seremos tan juiciosos que nos sirvamos de ellos para despegarnos de la tierra y aficionamos solamente a los bienes del cielo? «¿Pasaremos por los bienes temporales de suerte que no perdamos los eternos?» ¿No llegaremos a ser del número de los insensatos que se olvidan de Dios en la fortuna próspera y murmuran de El en la adversidad? Nada podemos asegurar, pues sólo Dios lo sabe. A propósito de los bienes y males temporales, tendremos diversos deberes que cumplir, y el primero será siempre la conformidad con la voluntad divina. Quiera Dios que la nuestra sea, no la simple resignación, sino el Santo Abandono, es decir, una total indiferencia por virtud, la espera general y pacífica antes de los acontecimientos, y en cuanto el beneplácito divino se haya declarado, una sumisión amorosa, confiada y filial. Dirigiremos una rápida ojeada sobre las situaciones comunes a todos los hombres, ya sean del claustro, ya del mundo. Sin embargo, los consejos que daremos para determinados casos, podrá cada cual extenderlos a otros análogos, según los deberes de su estado. Y con objeto de poner un poco de orden en materia tan compleja, examinaremos uno por uno los bienes y los males del orden temporal que están fuera de nosotros, los que tienen su asiento en nosotros, en el cuerpo o en el espíritu, y los que dependen de la opinión de los demás. Antes, empero, hemos de decir una palabra sobre los bienes y los males naturales que no pertenecen ni a nosotros ni a nadie, y que es preciso sufrir de buen grado o por fuerza. Cedamos la palabra al P. Saint-Jure: «Debemos conformar nuestra voluntad con la de Dios en las cosas naturales que están fuera de nosotros: el calor, el frío, la lluvia, el granizo, las tempestades, el trueno, el relámpago, la peste, el hambre y finalmente todas las influencias del aire y el desorden de los elementos. Debemos aceptar todos los tiempos que Dios nos envía, y no soportarlos impacientes y airados, como es costumbre cuando nos son contrarios. No conviene decir: ¡Qué mal tan desesperante y desgraciado, y servirnos de expresiones que manifiesten la contradicción y el descontento de nuestros espíritus. Debemos querer el tiempo como es, puesto que Dios lo ha hecho, y decir en esta incomodidad, con los tres muchachos del horno de Babilonia: “Frío, calor, hielo y nieve, rayos y nubes, bendecid al Señor, alabadle y ensalzadle para siempre”. Estas criaturas lo hacen sin cesar obedeciendo a Dios y cumpliendo su santísima voluntad, pues con ellas hemos de bendecirle y glorificarle nosotros por el mismo medio. Debiéramos pensar, a fin de ahogar estos movimientos injustos y estas expresiones desordenadas, que si este tiempo nos es incómodo, a otros les es cómodo; que si no es bueno para la parte, es útil al todo; que si estorba nuestros planes, favorecerá los del vecino, y cuando así no fuera, ¿no nos basta que sea siempre bueno para la gloria de Dios, ya que es según su voluntad y en ello tiene El sus complacencias?

3. EL ABANDONO EN LOS BIENES Y EN LOS MALES EXTERIORES

Artículo 1º.- La prosperidad y la adversidad

Comenzamos por lo que es más general, la adversidad o la prosperidad, tanto para nosotros como para los que nos son queridos (familia, comunidad, etc.).

Se puede hacer un buen uso de la prosperidad y de la adversidad, y se puede abusar de ellas. ¿Seremos del número de los sabios o de los necios? ¿Querrá Dios hacernos pasar por buena o por mala fortuna? ¿Tendrá intención de retenernos mucho tiempo sobre la cruz? Nada sabemos, y, por consiguiente, el partido más acertado es establecernos en la santa indiferencia, esperar en paz el divino beneplácito aceptado con amorosa confianza, y sacar de él todo el provecho posible.

A la luz de una fe viva, la prosperidad se nos presentará como una sonrisa perpetua de la Providencia, y por lo mismo abriremos gustosos nuestro corazón al reconocimiento, al amor, a la confianza para con nuestro Padre Celestial. Cada nueva prenda de su afecto hará brotar de nuestros labios un gracias sincero. Con ella aliviaremos a nuestros hermanos menos afortunados, llevándolos así a bendecir con nosotros al Autor de todos los bienes. Mas desgraciadamente tiene razón San Francisco cuando dice: «La prosperidad tiene atractivos que encantan los sentidos y adormecen la razón; imperceptiblemente nos hace cambiar, de suerte que nos aficionamos a los dones, olvidando al Bienhechor.» Y hasta nos hace descender, por decirlo así, y sin darnos cuenta, hacia una vida menos austera, en busca de nuestras comodidades, por los senderos de relajación. Se verá quizá, y no sin asombro, que algunos hacen profesión de vivir unidos a Jesucristo en la cruz y, sin embargo, andan ansiosos de la prosperidad, ávidos de procurarse los bienes de la tierra, ardientes por fijar en ellos su corazón, presurosos en recurrir a Dios cuando la espina de la adversidad llega a punzarles, impacientes por librarse de ella. Y, sin embargo, el Evangelio no pone la bienaventuranza cristiana sino en la pobreza, en los desprecios, el dolor, las lágrimas, las persecuciones; la misma filosofía nos enseña que la prosperidad es la madrastra de la verdadera virtud y la adversidad su madre. Con harta frecuencia el estado de prosperidad habitual es un lazo, y recordando que ella no ha sonreído de esta manera a Nuestro Señor y a los santos, el verdadero espiritual concluirá por inquietarse y deseará no gozar tanto de este mundo; sólo una cosa le dará seguridad: estar en manos de Dios y sentirse bajo su mirada.

La adversidad nos abre un camino más seguro. Dios, que es amigo constante y solícito, nos quita la prosperidad que nos perjudicaría, emplea la espada de la adversidad para cortar los afectos rivales de su santo amor; unas veces por la privación, otras por el sufrimiento nos aparta más pronto y seguramente del placer, arranca nuestro espíritu y corazón de esta tierra y los atrae hacia las riberas eternas. Es la mejor escuela del desasimiento, y también un purgatorio anticipado menos terrible que el de la otra vida, eficacísimo, sin embargo; porque Dios no castigará dos veces la misma falta. Después de habernos purificado en el horno del sufrimiento, como el oro en el crisol, nos hallará dignos de sí y nos recibirá como víctimas de holocausto.

La adversidad es una mina de oro de donde se pueden sacar las más sublimes virtudes y méritos inagotables. El P. Jerónimo Natalis preguntaba un día a San Ignacio: «¿Cuál es el camino más corto y más seguro para llegar a la perfección y al cielo?» El santo le respondió: «Sufrir muchas adversidades grandes por amor de Jesucristo.» Una gran adversidad nos lleva al cielo, pero muchas nos llevan a él más pronto y más lejos; porque, para los hombres de fe, según el P. Baltasar Álvarez, «los sufrimientos son como caballos de posta que Dios envía para atraerlos más prontamente a sí, o como una escala que les ofrece para elevarse a virtudes más eminentes… Considérese el dolor de un propietario cuando una terrible granizada viene a destruir su viña, pero si los granizos fueran de oro, ¿sería razonable su aflicción? Pues oro son los desprecios y demás aflicciones que caen como granizo sobre un alma que en verdad es paciente. Lo que gana vale infinitamente más que lo que pierde. El cielo es el reino de los tentados, de los afligidos, de los despreciados».

La adversidad es el camino más corto para la santidad. Según Santa Catalina de Génova las injurias, los desprecios, las enfermedades, la pobreza, las tentaciones y todas las demás contrariedades nos son indispensables para sujetar por completo nuestras torcidas inclinaciones, y el desarreglo de nuestras pasiones; es el medio de que el Señor se vale para disponemos a la unión divina, y según San Ignacio, «no hay madera más a propósito para producir y conservar el amor de Dios que la madera de la cruz». San Alfonso añade: « La ciencia de los Santos consiste en sufrir constantemente por Jesucristo, y éste es el medio de santificarse pronto». Los favores con que el Señor ha beneficiado a sus amigos, los hechos extraordinarios que les han dado celebridad, son quizá lo que más impresiona en su vida, pero sin motivo alguno. Lo que sí debiéramos señalar son las debilidades, las sequedades, las desolaciones, las persecuciones de todo género que Dios les ha prodigado, y su inalterable paciencia en este dilatado martirio, pues por este medio han llegado a ser santos. Como amantes generosos del divino Maestro, han deseado ser como El pobres, sufridos, despreciados. Dios Padre los ha crucificado con su Hijo tiernamente amado, y los más amantes han sido los más probados, siendo hacia el fin de su vida, época de su más elevada perfección, cuando de ordinario más han sufrido. «Porque eran agradables a Dios, fue necesario que la tentación los probara». La tribulación ha sido, por decirlo así, la recompensa de sus trabajos pasados a la vez que la consumación de su santidad.

Nadie hay que no haya vivido sobre la cruz, ni uno que no se haya alegrado de sufrir en ella con su adorado Maestro. Todos, como Nuestro Padre San Benito, han preferido «padecer los desprecios del mundo a recibir sus alabanzas, y a agotarse con trabajos más bien que ser colmados de los favores del siglo». El bienaventurado Susón, cuando por excepción disfrutaba una tregua en sus continuas pruebas, lamentábase ante las religiosas, sus hijas espirituales: «Temo mucho ir por mal camino, porque hace ya cuatro semanas que no he recibido ataques de nadie; tengo miedo de si Dios no pensará ya en mí». Apenas acababa de hablar cuando se le viene a anunciar que personas poderosas han jurado su perdición. A esta noticia no pudo menos que experimentar inmediatamente un movimiento de terror. «Desearía saber por qué he merecido la muerte. – Es por las conversiones que obráis. – ¡Entonces! ¡Sea Dios bendito! » Vuelve lleno de gozo a la reja: «Animo, hermanas mías, que Dios ha pensado en mí y aún no me ha olvidado». Nosotros decimos en nuestras pruebas: Basta, Dios mío, basta. La venerable María Magdalena Postel, por el contrario, repetía sin cesar: «Aún más, Señor, aún más; ven, cruz, que te abrazo. ¡Dios mío, bendito seáis! Vos no nos humilláis sino para elevarnos más». En una circunstancia muy penosa, Santa Teresa del Niño Jesús escribía a su hermana: « ¡Cuánto nos ama Jesús, pues que nos envía dolor tan grande! La eternidad no será bastante larga para bendecirlo por ello. Nos colma de sus favores como colmaba a los grandes Santos… El sufrimiento y la humillación son el único camino que forma los Santos. Nuestra prueba es una ruina de oro que es preciso explotar. Ofrezcamos nuestro sufrimiento a Jesús para salvar las almas».

De todo esto concluyamos con San Alfonso: «Algunas personas se imaginan que son amadas de Dios, cuando prosperan en todo y no tienen nada que sufrir. Pero se engañan, porque Dios prueba la fidelidad de sus servidores, y separa la paja del grano por la adversidad y no por la prosperidad: el que en las penas se humilla y se resigna con la voluntad de Dios, es el grano destinado al Paraíso, y el que se enorgullece, se impacienta, y por fin abandona a Dios, es la paja destinada al infierno. El que lleva su cruz con paciencia, se salva; el que la lleva con impaciencia, se pierde». Dos fueron los crucificados a cada lado de Jesús, y la misma pena hizo, del uno, un santo y, del otro, un réprobo.

¡Ojalá que tomáramos nuestras cruces, no sólo con paciencia y resignación, sino aun con amor y confianza filial! Dos cosas nos ayudarán especialmente a conseguirlo: el espíritu de fe y la humildad. Por poco que se escuche a la naturaleza, retrocederá siempre ante la adversidad; mas impóngasele silencio para no considerar sino a Dios, y pronto diremos con el Rey Profeta: «Me he callado, Señor, y no he abierto mi boca, porque sois Vos quien lo ha hecho todo». El orgulloso cree con facilidad que no se le hace justicia, y los caminos de Dios, cuando son dolorosos, le espantan y desconciertan. El humilde, por el contrario, penetrado por un vivo sentimiento de sus miserias y de sus faltas, bendecirá a Dios hasta en sus rigores: «Adoro, Señor, la equidad de vuestros juicios y hasta me hacéis gracia y yo alabo vuestras misericordias, pues estáis lejos de castigarme tanto como he merecido. Y además, me es necesario el remedio del sufrimiento, y las penas que me enviáis son precisamente las que mejor responden a mis necesidades».

Artículo 2º.- Calamidades públicas y privadas

Debemos conformarnos con la voluntad de Dios en las calamidades públicas, tales como la guerra, la peste, el hambre, y todos los azotes de la divina Justicia. Otro tanto es preciso hacer cuando la desgracia viene a caer sobre nosotros personalmente o sobre los nuestros. El gran secreto para conseguirlo, es mirar todas las cosas con los ojos de la Fe, adorar los juicios del Altísimo con corazón contrito y humillado, y sean cualesquiera los azotes que nos hieran, persuadirnos bien de que la Providencia, infinitamente sabia y paternal, no se determinaría a enviarlos ni a permitirlos, si no fueran en sus manos los instrumentos de renovación y de salvación para los pueblos o para las almas. «Así es como ella conduce al cielo por el camino del sufrimiento a una multitud de personas que se perderían siguiendo otra dirección. ¡Cuántos pecadores, llamados a Dios por el duro camino de la aflicción, renuncian a sus antiguas iniquidades y mueren en los sentimientos de un verdadero arrepentimiento! ¡Cuántos cristianos ocuparán un día un puesto glorioso en el cielo, que sin esta saludable prueba, hubieran gemido eternamente en las llamas del infierno! Lo que nosotros llamamos calamidad y castigo es frecuentemente una gracia de primer orden, una prueba brillante de misericordia. Acostumbrémonos a no considerar las cosas sino desde estos magníficos puntos de vista de la Fe, y nada de lo que sucede en este mundo nos escandalizará, nada alterará la paz de nuestra alma y su confiada sumisión a la Providencia. Mas entremos en algunos pormenores, comenzando por las desgracias públicas.

I. Es fácil ver la mano de la Providencia en la peste, el hambre, las inundaciones, la tempestad y demás calamidades de este género, porque los elementos insensibles obedecen a su autoridad sin resistirla jamás. Pero, ¿cómo verla en la persecución con su malignidad satánica, o en la guerra con sus furores? Y allí está, sin embargo, como dejamos ya dicho. Por encima de los hombres buenos y malos, y hasta más allá de los satélites del infierno, está el Arbitro supremo, la Causa primera que los mueve quizá sin ellos saberlo, y sin la cual nada puede hacerse. La política de los príncipes, las órdenes de los jefes, la obediencia de los soldados, los proyectos tenebrosos de los perseguidores, su ejecución por los subalternos, las ruinas y el sufrimiento que de esto ha de resultar, todo ha sido previsto hasta el menor detalle; todo ha sido combinado y decretado en los consejos de la Providencia, formándose de esta suerte una extraña colaboración de la malicia del hombre y de la santidad de Dios. El, infinitamente santo, no puede dejar de odiar el mal, y si lo tolera, es por no quitar a los hombres el libre uso de su libertad. Mas su justicia pedirá cuenta a cada uno a su tiempo: a las naciones y a las familias aquí abajo, porque no cuentan como tales en la eternidad; a los individuos, en este mundo o en el otro. Entre tanto, Dios quiere utilizar para conseguir sus intentos, la malicia de los hombres y sus faltas, no menos que sus buenas disposiciones y santas obras, de suerte que aun el desorden del hombre entra bajo el orden de la Providencia.

Por parte de los hombres puede haber en ello no poco que reprender, y Dios los juzgará. Por parte de la Providencia, «todo es justo, todo sabio, todo es bueno, todo recto, todo dirigido a un fin laudable, todo llega a un resultado final, absoluto e infinitamente amable. Nerón es un monstruo, pero hace mártires. Diocleciano lleva hasta los últimos límites los furores de la persecución, mas prepara la reacción y el advenimiento de Constantino. Arrio es un demonio encarnado, que quisiera arrebatar a Jesucristo su divinidad, pero da ocasión a las definiciones de la Iglesia sobre esta misma divinidad. Los bárbaros, precipitándose sobre el viejo mundo, le inundan de sangre, mas preparan al Evangelio una raza capaz de ser cristiana. Las Cruzadas parecen fracasar porque no salvan a Jerusalén, mas salvan a Europa. La revolución francesa lo trastorna todo, mas, con esta ocasión, el vigor y la vida renace en la sociedad cristiana obligada a la resistencia».

En nuestra época de persecución es evidente que Satanás está suelto, y que ha recibido el poder de cribar al justo. Y ¿por qué es este triunfo de los malos?, ¿por qué esta aparente derrota de la Iglesia?, ¿por qué esta prevención de las muchedumbres?, ¿por qué estos gobiernos impíos que pierden a los pueblos?, ¿por qué este oscurecimiento y tibieza de los que se llaman buenos?, ¿por qué, en una palabra, el imperio del mal sobre el bien?

¿Por qué? Por respeto a la libertad que es la condición del mérito y del demérito. Dios deja obrar, pero cuando juzgare llegado el tiempo, para confundir a los malos, para despertar a los dormidos, para reanimar a los tibios, para defender a los justos, dejará desencadenarse sobre el mundo culpable una guerra universal. Preséntase el azote, se hace un silencio inquietante, cállase la política, despiértase la fe, las Iglesias se llenan. Dejábase a Dios en el olvido, pero ahora se recuerda que El es el dueño de los acontecimientos. Y ¿cómo no verlo? Los hombres que han desencadenado la tempestad no saben ni dirigirla ni ponerse a cubierto de ella, mas Dios, reservándose el hacer justicia a su tiempo, utilizará la previsión de unos y la imprevisión de otros, las máquinas perfeccionadas y los planes hábilmente concebidos, el valor y las acciones brillantes, las faltas, la malicia y aun el crimen. Todo le sirve para pasear su azote sobre las naciones, las familias y los individuos. Pero no lo hará sino en la medida útil a sus fines. Caiga el hombre de rodillas, que El gustoso se apaciguará; mas si las buenas impresiones de los primeros días se disipan, si los ojos se obstinan en permanecer cerrados y los corazones sin arrepentirse, ¿habrá derecho a extrañar que la guerra se prolongue y surjan quizá otros nuevos azotes? ¿Sería preferible que, siguiendo un funesto olvido de las leyes divinas, las naciones continúen descendiendo al abismo y las almas al infierno?

Y ¿cómo explicar semejante severidad en un Dios tan bueno? Para extrañarse, preciso es no haber comprendido los desconocidos derechos de Dios, su amor despreciado, la multitud de sus gracias y los excesos de nuestra malicia, las alegrías de la eternidad feliz o los tormentos de un infierno sin fin. Precisamente porque es infinitamente bueno, es por lo que Nuestro Padre celestial nos ama sin debilidades y tal como lo exige nuestra eternidad. Todas las prosperidades del mundo serán el peor de los azotes, si adormecen a las almas en el descuido y en el olvido, y su despertar se verificará en el fondo del abismo. Por el contrario, las más espantosas calamidades, aun cuando durasen años enteros, nada son al lado de un infierno eterno, pues hasta son gran misericordia de parte de Dios, y para nosotros dichosa fortuna si podemos a este precio desarmar la justicia divina, evitar el infierno y recobrar nuestros derechos al Cielo. Tal es el designio de Nuestro Padre celestial. No le gusta castigar, pero si a ello le constreñimos por el olvido de nuestros deberes y de nuestros verdaderos intereses, nuestra es la falta. Si manifestamos insubordinación cuando nos corrige, nuestra falta es mucho mayor. Después de todo, Dios no se apresura a castigar, y para no verse precisado a hacerlo, amenaza largo tiempo, hasta usa de tanta paciencia que los débiles se maravillan y los malos blasfeman. Vendrá empero un día en que Dios se verá obligado a obrar como Soberano y justo Juez para restablecer el orden, y como Padre Salvador de las almas para volverlas al camino de salvación por los medios del rigor, ya que se obstinan en hacer inútiles los medios de dulzura.

Los azotes de Dios traen a unos la prueba, a otros, el castigo, y a todos los de buena voluntad gracias de renovación. ¡Dichoso el que sabe reconocerlas y aprovecharse de ellas! «Estas desgracias -dice el P. Caussade- son para muchos otras tantas gracias de predestinación. Mas es necesario declarar que pueden ser al mismo tiempo para otros motivos de reprobación, bien que esto no sucederá sino por culpa suya, y por no pequeña culpa, pues ¿qué más razonable y fácil, en cierto sentido, que hacer de la necesidad virtud? ¿Por qué levantarse inútil y criminalmente contra la mano paternal de Dios, que no nos castiga, sino para despegarnos de los miserables bienes de acá abajo? Como su misma ira nace de su misericordia, no nos hiere sino para apartarnos del pecado y salvarnos. A manera de un sabio cirujano que corta hasta lo vivo las carnes podridas, a fin de conservar la vida y de preservar el resto del cuerpo.»

¿Cómo portarnos en medio de las calamidades?

1º «Humillarnos bajo la poderosa mano de Dios», y abandonarnos a su Providencia con sumisión filial, en la íntima convicción de que es Dios quien lo ha dirigido todo, de que sus designios impenetrables tienen por principio el amor de las almas, y de que sabrá poner al servicio del bien los acontecimientos más desconcertantes. Por lo que personalmente nos concierne, nos conviene recordar que estamos en manos de Nuestro Padre celestial, y si quiere salvarnos, le es tan fácil hacerlo en medio de los peligros, como llamarnos a Sí cuando ningún peligro pareciera amenazarnos, y si es que quiere probarnos, ¡bendito sea su santo nombre para siempre!

2º Cumplir nuestros deberes del mejor modo posible y sacrificarnos por el bien común, según el tiempo y las circunstancias, y como nuestra situación lo permita. «La tempestad es tempestad. A ella se resigna el marinero y trabaja.» Hagamos nosotros lo mismo. No entremos en la agitación de las olas que nos sacuden, y adhierámonos a la roca de la Providencia, diciendo: «¡Dios mío, os adoro, os alabo, acepto la prueba, soporto estos malos días y me mantengo en paz!»

3º En consecuencia, es preciso orar, ante todo orar y siempre orar. Pidamos, busquemos, llamemos, importunemos a Dios, ya para que abrevie la calamidad si tal es su beneplácito, ya también, y esto de un modo absoluto, para que perezcan las menos almas posibles en la tormenta, para que los pueblos vuelvan a Dios con corazón contrito y humillado, los santos se multipliquen, la Iglesia sea más fielmente escuchada y Dios menos ofendido. Y como «la oración unida al ayuno es especialmente buena y la limosna hace hallar misericordia», la época de las calamidades es el tiempo oportuno cual ningún otro, para renovarnos en la fidelidad a nuestros deberes, y de añadir a nuestros sacrificios obligatorios algunas mortificaciones que las sobrepasan, a fin de aplacar mejor el justo enojo de Dios. Porque las calamidades son, en general, el castigo del pecado, y cuando son más universales y terribles, es señal que fue mayor la ola de iniquidad que provocó la cólera divina. Nada mejor puede hacerse que enmendar nuestra propia vida y ofrecer al Dueño irritado, al Padre no reconocido, un acrecentamiento de amor y de fidelidad por lo referente a nosotros, un abundante tributo de desagravio y reparación por nuestras culpas y por las del mundo pecador.

II. Casi idéntica ha de ser nuestra manera de conducirnos cuando la calamidad venga a descargar sobre nosotros, sobre nuestras familias o sobre nuestra Comunidad. Trataremos de no ver a ella sino a Dios, y a Dios paternalmente ocupado en el bien de las almas. «La muerte de una persona querida me parece una calamidad, y si hubiera vivido algunos años más, quizá hubiera muerto en estado de pecado. Yo debo treinta o cuarenta años de vida a esa enfermedad que he sufrido con tan poca paciencia. Mi salud eterna pendía de esta confusión que me ha costado tantas lágrimas. No había remedio para mi alma, si yo no hubiera perdido ese dinero. ¿De qué nos quejamos? ¡Dios se encarga de conducirnos y nosotros nos inquietamos!» ¡Oh! si penetráramos mejor sus amorosos designios sobre nosotros, le bendeciríamos hasta en sus aparentes rigores. Este filial abandono multiplicaría nuestros méritos, nos traería la paz, movería el corazón de Dios y sería frecuentemente el mejor medio de acertar.

Dos meses después de la fundación de la Orden de la Visitación, enfermó tan gravemente Santa Juana de Chantal, que la muerte parecía inevitable. Fue esta una dura prueba para el piadoso Obispo de Ginebra, porque teniendo la seguridad de que aquella obra era de Dios y destinada a producir mucho bien, veía con toda claridad que, caído el pastor, se dispersaría el rebaño. Sin embargo, tuvo el ánimo de decir: «Dios quiere quizá contentarse con nuestros primeros pasos, sabiendo que no somos bastante fuertes para realizar el viaje entero.» Dios, que no esperaba sino este acto de abandono, inmediatamente devolvió a la Santa Fundadora la salud para largos años. Los principios más penosos, las dificultades de reclutar gente, los muertos, las decepciones, un cisma, una insurrección, la pobreza rayana en miseria, la persecución de fuera y las importunidades de la autoridad, nada le faltó a San Alfonso de Ligorio en el establecimiento de su Congregación. Pero en medio de las tempestades oraba, y hacia todo cuanto humanamente era posible, «no quería sino sólo la voluntad de Dios». Era, pues, designio del cielo que el piadoso fundador llegase a ser un perfecto modelo, y su Instituto un plantel de santos, y para esto, ¿no convenía que el Padre de este ilustre linaje se asemejase al divino Redentor, pobre y humilde y perseguido?

Una de las pruebas más fuertes es la pérdida de los seres queridos. Después de la muerte de su madre, el dulce Obispo de Ginebra escribe a Santa Juana de Chantal: «¿No es preciso en todo y por todo adorar esta suprema Providencia, cuyos consejos son santos, buenos y amables? He aquí que ha sido de su agrado retirar de este miserable mundo a nuestra muy querida madre para tenerla, como lo espero, cerca de Si, y a su derecha. Confesemos que Dios es bueno y eterna su misericordia. Todas sus voluntades son justas; todos sus decretos, equitativos, su beneplácito es siempre santo y sus decisiones, muy dignas de amor.» Como hijo amante, experimentó con esta muerte un dolor vivísimo, pero tranquilo; no osaría manifestar descontento ni aun lamentarse porque es Dios quien ha descargado ese golpe. Después de la muerte de su hermana, escribe a Santa Juana de Chantal, muy afligida con tal motivo: «Menester es no sólo aceptar el que Dios nos hiera, sino también conviene conformarse en lo que haga en la parte que sea de su agrado. Es preciso dejar a Dios la elección, porque le pertenece… ¡Jesús, Señor mío!, sin reserva, sin condiciones, sin peros, sin excepción, sin limitación, hágase vuestra voluntad acerca del padre, de la madre, de la hija, en todo y por todo. Y no digo que no se haya de rogar y desear su salud, pero decir a Dios: “dejad esto y tomad aquello”, en manera alguna conviene, hija mía, tal lenguaje… Tenéis cuatro hijos, un suegro, un hermano muy amado, además un padre espiritual, todo esto es muy querido y con razón, porque Dios lo quiere. ¡Bien! Si Dios os arrebatara todo esto, ¿no tendríais lo suficiente con poseer a Dios? ¿No pensáis así? Aunque nada poseyéramos fuera de Dios, ¿no sería esto mucho?» Por una parte, la muerte es tan sólo una breve separación. Un fin dichoso después de una santa vida y la eterna reunión cerca de Dios, ¿no es lo esencial? ¿Y no sabe Dios mejor que nadie el tiempo y el modo más favorable ya para nosotros, ya para los nuestros?

«Que se viertan algunas lágrimas en la muerte de un pariente, de un amigo -dice San Alfonso-, es una debilidad perdonable, mas abandonarse a toda la vehemencia del dolor, es falta de virtud, falta de amor de Dios. Esto no es decir que las buenas religiosas no sientan la pérdida de los parientes y de ciertas personas particularmente estimadas, pero piensan: Así lo quiere Dios, y se van resignadas y tranquilas a suplicar por estas almas queridas, multiplicando oraciones y comuniones, a fin de unirse más estrechamente a Dios, y de consolarse con la santa esperanza de volver a encontrar un día a todos reunidos en el Cielo.»

San Bernardo perdió a uno de sus hermanos. «Resistía -nos dice- a los sentimientos de mi corazón con todas las fuerzas de mi fe, representándome que la muerte es el tributo a la naturaleza, la deuda universal, la necesidad de nuestra condición, la orden del Todopoderoso, la decisión del justo Juez, el azote del Dios terrible, y finalmente el beneplácito del Señor. Pude imponerme a mis lágrimas, mas no a mi dolor, que cuanto más lo comprimía dentro, más violento se hacía; y declaro que fui vencido. Vosotros sabéis cuán justo es mi dolor, qué fiel compañero era aquel que me ha sido arrebatado, hasta qué extremo era vigilante, laborioso, dulce y agradable. ¿Quién me amó como él? ¿Quién me fue tan necesario? Era yo débil de cuerpo y él me llevaba y animaba, perezoso y negligente y él me excitaba, olvidadizo y sin previsión y él me advertía. Menos unidos estábamos por los lazos de la sangre que por el parentesco del espíritu, la armonía de sentimientos y la conformidad de carácter. Nuestras almas no formaban sino una sola, y un mismo golpe las ha herido, enviando una mitad al cielo y dejando la otra en la tierra. Y mi Gerardo ¡era tanto para mí! … hermano mío por la sangre, hijo mío por la profesión, mi padre por su piadosa solicitud, un otro yo por el espíritu, mi íntimo por el cariño. Me ha dejado, y siento el golpe, herido como estoy hasta el fondo del alma. Lloro, pero no dirijo reconvención alguna a la mano que me ha herido. Mis palabras están llenas de dolor, mas no de murmuración, reconociendo que una misma sentencia ha castigado al uno y coronado al otro, a cada cual según su mérito; el Señor dulce y justo ha hecho misericordia a Gerardo su servidor, y a mí me ha hecho sentir el peso de su justicia. Señor, vos me disteis a Gerardo, Vos me lo habéis quitado. Lloro porque me ha sido arrebatado, pero no olvido que de Vos lo había recibido y os doy gracias por haber podido disfrutar de él. Habéis reclamado vuestro depósito y tomado lo que era vuestro. Mis lágrimas ponen fin a mi discurso; poner, Señor, medida y fin a mis lágrimas.»

Artículo 3º.- Riquezas y pobreza

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Y San Francisco de Sales añade: «Desdichados, pues, los ricos de espíritu, porque a ellos pertenece la miseria del infierno. Rico de espíritu es aquel que tiene las riquezas en su espíritu o su espíritu en las riquezas. Pobre de espíritu es aquel que no tiene ningún género de riquezas en su espíritu, ni su espíritu en las riquezas. Los halcones hacen su nido como una pelota, y no dejan sino una pequeña abertura en su parte superior; los construyen a la orilla del mar, y además los hacen tan firmes e impenetrables que aun pasándoles las olas por encima, jamás el agua ha podido penetrar en ellos, mas sobrenadando siempre permanecen en el mar, sobre el mar y dueños del mar. Así debe ser, amada Filotea, vuestro corazón, abierto solamente hacia el cielo, impenetrable a las riquezas y a las cosas caducas; si las poseéis, conservad vuestro corazón libre de afición a ellas; que se mantenga siempre en alto y que en medio de las riquezas permanezca sin riqueza y dueño de las riquezas. No, no coloquéis este espíritu celestial en los bienes terrestres, haced que les supere, que esté sobre ellos, y no en ellos.» Así queda descrita la pobreza afectiva, la cual ofrece una variedad de grados desde la simple resignación en la miseria o desapego en la posesión, hasta el amor apasionado de San Francisco de Asís, por su Señora la Pobreza. Cuando esta pobreza alcanza una elevada perfección es la bienaventuranza alabada por nuestro Señor. La pobreza afectiva es necesario pedirla de una manera absoluta y procurarla con asiduidad en la fortuna y en la miseria, por ser el fin que hemos de proponernos alcanzar, ya que según la observación de San Bernardo, «no es la pobreza reputada por virtud, sino el amor de la pobreza». Las riquezas, por el contrario, lo mismo que la pobreza afectiva, son uno de los principales objetos del Santo Abandono.

Sin un mínimo de bienes temporales una familia no podría conservarse, atender a sus buenas obras y proveer moderadamente el porvenir. Si lo temporal marcha bien, el espíritu se hallará menos abrumado de cuidados, más libre para entregarse todo a lo espiritual. Como Dios nos ha constituido sus administradores y los dispensadores de esos bienes, con ellos podrá hacerse un fructuoso apostolado, puesto que al aliviar los cuerpos se tiene ocasión de ganar las almas para Dios, a la vez que se siente el placer de hacer dichoso a otros, porque «es mucho más agradable dar que recibir». Tiene, pues, razón San Francisco de Sales al decir en este sentido: «que ser rico de hecho y pobre de afecto es la gran dicha del cristiano, pues por este medio se obtienen las comodidades de las riquezas para este mundo y el mérito de la pobreza para el otro».

Mas, según San Buenaventura, «la abundancia de los bienes temporales es una especie de liga, que se adhiere al alma y la impide volar a Dios». Por consiguiente, pone al religioso en peligro de derramarse más de lo conveniente en las cosas de la tierra, de apegar a ella su corazón, de sacrificar más o menos la austeridad de su vida, de ir en busca de comodidades y de entibiarse así en el amor de Dios. Al seglar le expone a tentaciones más temibles, puesto que el dinero es la llave de una vida mundana y disipada. Con las riquezas entran fácilmente la estima de si, el deseo de ser honrado, el orgullo y la ambición; en una palabra, «puesto que el amor de las riquezas es la raíz de todos los males», difícilmente entrará el rico en el reino de los cielos, al menos si sólo es rico para sí mismo y no según Dios, y con mayor razón, si a diario celebra opíparos festines, mientras que a su puerta sufre Lázaro la necesidad.

Por otra parte, la miseria, pesando sobre el espíritu con sus cuidados y preocupaciones, apenas deja libertad para entregarse a Dios sólo, pues expone a las almas todavía débiles al desaliento, a la murmuración, a la insubordinación; y si es persistente y demasiado dura, hace la existencia, por decirlo así, imposible.

Entre la fortuna y la miseria hállase un grado intermedio, que el Apóstol mira como una riqueza: es la piedad con lo necesario para vivir, o bien con esa moderación de espíritu que se contenta con el alimento y el vestido. Hablábase a San Francisco de Sales de la pobreza de su Obispado: «Después de todo -respondió-, teniendo honestamente con qué alimentarnos y vestirnos, ¿no hemos de estar contentos? Lo demás no es sino trabajo, cuidados, superfluidad… Mis rentas bastan a mis necesidades, y lo que sobre esto hubiera, sería superfluo. Los que tienen más, no lo tienen sino para llevar mayor ostentación; no es para ellos, sino para servidores que comen, por lo regular sin hacer nada, los bienes del Obispado. Quien menos tiene, menos cuenta tendrá que dar y menos cuidados de pensar a quién es preciso dar, ya que el Rey de la gloria quiere ser servido y honrado con equidad. Los que disfrutan de grandes rentas gastan a veces tanto, que al fin del año no han conservado más que yo, si es que no se han cargado de deudas. Yo hago consistir la principal riqueza en no deber nada.» Y de otra parte, «mi Arzobispado me vale tanto como el Arzobispado de Toledo, porque me vale el paraíso o el infierno».

El mismo Santo también decía: «Hemos de vivir en este mundo como si tuviéramos el espíritu en el cielo y el cuerpo en la tumba. La verdadera felicidad de aquí abajo está en contentarse con lo suficiente. ¿Quién no amará la pobreza tan amada de Nuestro Señor y de la que ha hecho la fiel compañera de toda su vida? Para aprender a contentarse con poco, no hay sino considerar a los que son más pobres que nosotros, porque nosotros no somos pobres, sino relativamente. Si nos contentamos con lo necesario, rara vez seremos pobres, y si queremos todo lo que la pasión exige, nunca seremos ricos. El secreto de enriquecernos en poco tiempo y con poco gasto, consiste en moderar nuestros deseos, imitando a los escultores que hacen sus obras por sustracción y no a los pintores, que las hacen por adición.»

Es preciso, pues, ejercitarse en el santo abandono, porque de una parte, para evitar la miseria y llegar a la fortuna, no bastarán el trabajo, el espíritu de orden y economía, ni la misma virtud. Dios continúa Dueño de sus bienes, los da o los rehúsa según le place. Por otra parte, ¿sabríamos nosotros santificar la miseria, o hacer buen uso de las riquezas? No lo sabemos; sólo Dios pudiera decirlo. Lo mejor será, pues, ponernos en sus manos, rezando la plegaria del Sabio: «Señor, no me deis ni la extrema pobreza ni la riqueza; concededme solamente lo que es necesario para vivir, no sea que en mi hartura me exponga a desconoceros y decir:

¿Quién es el Señor?, o que la necesidad me arrastre a cometer injusticias».

Que Dios nos conceda las riquezas, la medianía o la miseria, habrá siempre una mezcla de su beneplácito y de su voluntad significada, y, por consiguiente, nosotros habremos de unir la obediencia al abandono.

Si El nos ha distribuido con largueza sus bienes, nos es necesario guardar «el precepto del Apóstol a los ricos de este mundo, es decir, evitar el engreírnos en nuestros pensamientos, y poner nuestra confianza en nuestras inciertas riquezas, hacer limosna con alegría, gustar de hacer a otros partícipes de nuestros bienes, acumular tesoros de santas obras, y de esta manera establecer un sólido fundamento para el porvenir, a fin de llegar a la vida eterna». Esforcémonos entre tanto, según el consejo de San Francisco de Sales, «por armonizar en nuestros afecto la riqueza y la pobreza, teniendo a la vez un gran cuidado y un desprecio de las cosas temporales», cuidado mayor aún que el de los mundanos por sus bienes, porque ellos no trabajan sino por sus intereses y nosotros para Dios; cuidado dulce, pacífico y tranquilo, como el sentimiento del deber de donde procede. «Dios quiere en efecto que obremos así por su amor.» Juntemos a esto el desprecio de las riquezas, «a fin de impedir que aquel cuidado se convierta en avaricia»; vigilemos para no desear con inquietud los bienes que aún no poseemos y para no aficionarnos a los que ya poseemos, hasta el punto de temer vivamente perderlos; y si nos acontece llegar a perderlos, no apenarnos con exceso: «Pues nada manifiesta tanto el afecto a la cosa perdida como el afligirse cuando se pierde.» «Cuando se presentaren inconvenientes que nos empobrezcan en poco o en mucho, como sucede en las tempestades, los incendios, las inundaciones, la sequía, los robos, los procesos, entonces es la verdadera ocasión de practicar la pobreza, recibiendo con dulzura esta disminución de los bienes y acomodándonos paciente y constantemente a este empobrecimiento. Por muy rico que sea uno, ocurre con frecuencia padecer necesidad de alguna cosa. Aprovechad, Filotea, estas ocasiones, aceptadlas con ánimo varonil, sufridlas alegremente.» «Si, pues, os veis privados de remedios en vuestras enfermedades o de fuego durante el invierno, o también de alimento o de vestido, decid: Dios mío, Vos me bastáis, y conservaos en paz.»

«Si realmente sois pobre, muy amada Filotea, sedlo además de espíritu, haced de la necesidad virtud, y emplead esta piedra preciosa de la pobreza para lo que vale. Su brillo no se descubre en este mundo, a pesar de estar tan a la vista y de ser tan bello y rico. Tened paciencia, que estáis en buena compañía: Nuestro Señor, Nuestra Señora, los Apóstoles, tantos santos y santas han sido pobres. y pudiendo ser ricos han despreciado el serlo… Abrazad, pues, la pobreza como la dulce amiga de Jesucristo, pues El nació, vivió y murió en la pobreza que fue la nodriza de toda su vida.»

La venerable María Magdalena Postel, reducida a refugiarse en un establo con su pequeña Comunidad, rebosaba de gozo y decía: «Sí, hijas mías, estoy contenta, porque ahora nos parecemos más a Nuestro Señor, que en su Nacimiento no fue recibido ni en un palacio real, ni en palacio suntuoso, sino en el pesebre de Belén.» Y algún tiempo después añadía: «Temo las riquezas para las Comunidades. No deseemos sino lo estrictamente necesario, y aun esto es preciso ganarlo con el trabajo de nuestras manos. Trabajad como si os propusierais llegar a ser ricos; mas desead y pedid permanecer siempre pobres. La pobreza y la humildad deben ser la base da la Congregación que Dios me ha llamado a fundar, y el día en que se pierda el espíritu de pobreza, aquélla perecerá.»

San José es un admirable modelo de abandono a la Providencia en la necesidad. «Dios quiere que sea siempre pobre, lo que constituye una de las más fuertes pruebas que nos pueden sobrevenir. El se somete amorosamente y durante toda su vida. Su pobreza fue una pobreza despreciada, abandonada y menesterosa. La pobreza voluntaria de que los religiosos hacen profesión es muy amable, tanto más cuanto que no impide que reciban lo necesario, privándoles únicamente de lo superfluo. Mas la pobreza de San José, de Nuestro Señor y de la Santísima Virgen no era de tal naturaleza, pues aunque era voluntaria, en cuanto a que la amaban con cariño, no dejaba, sin embargo, de ser abyecta, abandonada, despreciada. Todos consideraban a este gran Santo como a un pobre carpintero, quien sin duda no podía trabajar tanto que no le faltasen muchas cosas necesarias por más que se esforzaba cuanto le era posible, con un afecto que no tiene igual, por el mantenimiento de su familia. Después de esto, sometíase humildemente a la voluntad de Dios, para continuar en su pobreza y abyección, sin dejarse en manera alguna vencer ni abatir por el disgusto interior, que seguramente había de hacer tentativas para turbarle.»

Para imitar estos grandes ejemplos «no os lamentéis, pues, amada Filotea, de vuestra pobreza; porque no se queja uno sino de lo que le desagrada; y si la pobreza os desagrada, ya no sois pobre de espíritu, sino rica de afecto. No os desconsoléis por no ser tan socorrida como sería conveniente, porque querer ser pobre y no sufrir por ello incomodidad, es querer el honor de la pobreza y la comodidad de las riquezas».

Artículo 4º.- El lugar y las relaciones

I. El religioso se aficiona a su casa como el hijo al hogar paterno, y en tanto este afecto se conserve sumiso al beneplácito divino, nada hay más legítimo ni más digno de respeto. El Monasterio es el jardín cerrado en donde Dios nos ha puesto al abrigo del mundo, en donde El se digna vivir con nosotros en la más deliciosa intimidad. No es aún el Paraíso, no es ya Egipto; es la Tierra prometida, en la que corren en abundancia la leche y la miel. Bajo el mismo techo de Nuestro Señor y a dos pasos de su Tabernáculo, el religioso pasa horas tan dulces como santas en celebrar los augustos misterios, en cantar las alabanzas de Dios, en alimentar su alma con el pan de la oración y piadosas lecturas. Allí es donde fuimos iniciados en las observancias monásticas, formados en la vida interior y ejercitados en las luchas para conseguir la santidad. Gracias a la Regla y a la firmeza de nuestros Superiores que nos sostienen, a los ejemplos de la Comunidad que nos arrastran, ha sido posible apresurar el paso y adelantar algo más en el camino. Estos lugares benditos, regados con tanta abundancia por las aguas de la gracia, fueron los felices testigos de nuestras mejores alegrías, de nuestros combates y de nuestras pruebas. Allí es donde nosotros hemos prometido vivir y morir, de allí es de donde nuestra alma espera volar al cielo, mientras que el compañero de sus trabajos descenderá a dormir allí cerca de nuestros antepasados. esperando su glorioso despertar. Sin embargo, esta adhesión tan legítima a nuestro Monasterio ha de estar subordinada al beneplácito divino, porque Dios será siempre el supremo Arbitro de nuestros destinos. El puede disponer de nosotros por medio de la obediencia, libre es de dejar obrar la malicia de los perseguidores.

Ciertamente que debemos hacer cuanto de nosotros depende para conservar la estabilidad que hemos prometido, pero si Dios se complace en desterrarnos de nuestro querido Monasterio, ¿no es el Maestro infinitamente sabio e infinitamente bueno? ¿No es la divina Providencia la que debemos mirar por encima de los hombres en esto como en todo lo demás? Y, por consiguiente, ¿osaríamos protestar contra su voluntad soberana, en lugar de someternos a ella con amorosa confianza? La tierra es un lugar de paso, y nuestra ciudad permanente está en el cielo. Que nos dirijamos a ella desde el destierro, desde la patria, poco importa, lo esencial es llegar allí. Mientras Dios nos tenga en el Monasterio, en él estará para nosotros el camino del Paraíso, y nada se le puede comparar; mas si la Providencia nos envía a otra parte, en dondequiera que nos coloque, allí estará en adelante para nosotros la esperanza de la salvación, pues es la obediencia la que nos introduce en el reino de los cielos. Por lo demás, hay algo infinitamente preferible a los muros de nuestro convento: es la vida religiosa que en él se observa; y si para conservarla es preciso resignarnos a sufrir el destierro, ¡bendito sea Dios que aun a tan subido precio nos conserva tan inapreciable bien! ¿Sería éste, después de todo, un sacrificio heroico? Seguros de tener en el destierro las mismas observancias, la misma Comunidad, los mismos Superiores que en el Monasterio, seríamos ciertamente menos dignos de lástima que tantos religiosos imposibilitados de consagrarse en tierra tan extraña a sus obras acostumbradas, como tantos otros, sobre todo los que han sido lanzados al mundo, privados de la vida religiosa. Para nosotros, monjes, formados únicamente para la vida de claustro, volver al mundo es el peor de los infortunios, y para conjurarlo habríase de hacer lo posible y hasta lo imposible. En el caso que la obediencia dispusiera de nosotros, en conformidad con las leyes de nuestra Orden, enviándonos a una fundación, un refugio, etc., el ferviente religioso no ha de ver en eso sino la voluntad de Dios y el bien de su alma, y con magnánimo corazón entregarse al beneplácito divino, y a no ser por un deber de conciencia, hasta evitar observaciones respetuosas y filiales.

Apenas ha hablado Dios por boca de un superior, se inclina confiado y sin tardanza, no pensando sino en someterse como verdadero hijo de obediencia, y en sacar de su sacrificio el mejor partido posible a favor de su adelantamiento espiritual.

II. Tenemos en el claustro una selecta compañía, escogida entre mil y diez mil. Una Comunidad es una familia unida a Jesucristo, en la que cada cual rivaliza en desprecio del mundo, en atractivo por nuestras santas leyes, en celo por agradar a Dios y santificarse; y todos los días experimentamos cuán dulce es habitar reunidos los hermanos. Jamás sabremos ni bendecir suficientemente al Señor por habernos llamado a la religión, ni pagar a nuestra Comunidad todo el bien que nos hace. Con todo, aunque sólo tuviéramos santos en nuestra compañía, hemos de esperar encontrar entre los hombres algunos restos de humana debilidad; por lo menos, habrá diversidad de temperamentos y de caracteres, las divergencias de sentimientos y voluntades, mil pequeñas nonadas que nos harán sufrir, tanto más cuanto que la misma consideración con que habitualmente se nos trata, nos vuelve más sensibles a todo procedimiento menos delicado.

Si acontece, pues, que hayamos de soportar algo de parte de los que nos rodean, ante todo hemos de persuadirnos de que esa es la voluntad de Dios. Es El, en efecto, y no el azar, quien nos ha llamado de las cuatro partes del mundo y nos ha juntado en tal Comunidad y bajo tales Superiores, para vivir allí reunidos en perpetuo contacto. El genio, las miras, los gustos, mil otras cosas no se armonizan sino a fuerza de virtud; será preciso hacerse mutuamente muchos sacrificios por el bien de la paz. Dios lo sabia y para esto precisamente nos ha puesto a los unos cerca de los otros. En el cielo disfrutaremos del reposo perfecto, de la paz después de la victoria. Aquí abajo, es el tiempo del combate contra nosotros mismos, a fin de reparar nuestras faltas, dominar nuestros defectos, aumentar nuestras virtudes y méritos. Los medios para conseguirlo son múltiples, uno de los mejores será para nosotros la vida común con las renuncias que impone.

«Por no haberte penetrado en este gran principio -escribía el P. de Caussade a una de sus dirigidas-, jamás habéis sabido someteros a ciertos estados y acontecimientos, ni, por consiguiente, permanecer en ellos firme y tranquila en la voluntad de Dios. El demonio siempre os ha tentado, inquietado, trastornado con cien ilusiones y falsos razonamientos en este punto. Tratad, pues yo os conjuro por el interés de vuestra salvación y de vuestro reposo, de libraros de semejante extravío de espíritu, y por el mismo hecho pondréis término a todos vuestros despechos y a todas las rebeldías de vuestro corazón.»

Las penas de la vida de familia y de Comunidad no tanto constituyen con la oposición de humor o de carácter un obstáculo a nuestro progreso espiritual, como medio providencial y muy precioso. En nuestra falta de fe, de humildad y de abnegación ha de buscarse el origen de nuestro malestar, al que las dificultades le ofrecen tan sólo la ocasión de manifestarse. Proviniendo, pues, el mal de nosotros, ahí es donde es preciso aplicar el remedio, y ésta es la razón porque Dios nos ofrece estas oposiciones de carácter, estas pruebas crucificadoras y constantemente renovadas.

¡Excelentes penitencias para las culpas pasadas! Porque «la caridad cubre la muchedumbre de los pecados», y Dios nos tratará como nosotros hubiéremos tratado a nuestros semejantes. Perdonemos, y El nos perdonará; olvidemos los agravios de nuestros hermanos y El olvidará los nuestros. Tengamos tolerancia para con nuestro prójimo, paciencia, misericordia, mansedumbre, y El, fiel a su palabra, hará otro tanto con nosotros. Es costoso sufrir así siempre, mas ¡qué seguridad, qué consuelo poder decir que a este precio se tiene derecho a contar con la divina misericordia!

¡Excelente ejercicio de mortificación! Sin él, cuántas virtudes nos faltarían. Si queremos adquirir la tolerancia mutua, la paciencia y la abnegación, ¿no son necesarias personas que nos contraríen y que sepan hacerlo a tiempo y fuera de tiempo, y por decirlo así, sin piedad? Creeríamos conocernos bien y abrigaríamos quizá extrañas ilusiones, si unos y otros no viniesen en momento propicio a decirnos sin contemplación muchas verdades. ¡ Son precisas tantas humillaciones!

¿Sabríamos nosotros escoger las buenas humillaciones, aquellas de que tenemos necesidad y no las que nos agradan? ¿Tendríamos la firmeza de someternos a ellas con perseverancia, como se somete un enfermo a su régimen austero? En lugar de sublevarnos, bendigamos a Dios que ha tenido la sabiduría y la bondad de poner a nuestro lado tal o cual persona; es de la que teníamos más necesidad. Una santa fundadora decía a sus hijas: «Cada una tiene su modo de ser, sus imperfecciones, sus rarezas. Si no existieran en la Comunidad caracteres un tanto difíciles, sería necesario comprarlos para que nos ayudasen a ganar el cielo.» Dios nos provee de ellos gratuitamente. ¡A nosotros toca aprovecharnos de estas gracias para morir a nosotros mismos!

Además, estas contrariedades constantemente renovadas, «os ofrecerán cada día no pocas ocasiones de practicar las más raras y sólidas virtudes: la caridad, la paciencia, la dulzura, la humildad de corazón, la benignidad, la renuncia a vuestras inclinaciones, etc.; y estas pequeñas virtudes de cada día, practicadas fielmente, os formarán una rica mies de gracias y de méritos para la eternidad. Por éstas, mejor que por todas las otras prácticas y los demás medios, es como podréis obtener el gran don de la oración interior, la paz del corazón, el recogimiento, la presencia continua de Dios y su puro y perfecto amor. Esta sola cruz llevada con paciencia os atraerá infinidad de gracias, y os servirá más eficazmente que las pruebas en apariencia más dolorosas, para desprenderos perfectamente de vosotros mismos y uniros plenamente a Dios». Así se expresa el P. de Caussade, y dice después:

«Lejos de compadeceros, no puedo menos de felicitaros de haber tenido por fin ocasión de practicar la verdadera caridad. La antipatía que experimentáis hacia la persona con quien estáis en continuas relaciones, la oposición de vuestras ideas y de vuestras miras, los rozamientos que ella os causa por sus modales o su lenguaje, son otras tantas señales infalibles de que la caridad que usáis para con ella será puramente sobrenatural sin mezcla alguna de sentimientos humanos. Oro puro es lo que vais a reunir, y sólo de vos depende formar un inmenso tesoro. Agradecédselo, pues, a Nuestro Señor, y para no perder nada de las ventajas inapreciables de vuestra posición presente, seguid con exactitud las reglas que os voy a trazar.

»1ª Soportad apaciblemente las rebeldías involuntarias que os hacen experimentar los procedimientos de esta persona, a la manera que soportaríais un acceso de fiebre o de jaqueca. Vuestra antipatía es, en efecto, una fiebre interior con sus escalofríos y subidas. ¡Oh! ¡Cuán crucificador, humillante y penoso es todo esto, y por consiguiente, cuán meritorio y santificador!

»2ª No habléis jamás a propósito de esta persona, como quizá hacen las otras; sino hablad siempre de ella en buen sentido, pues tiene algo bueno. Y, ¿quién no tiene algo malo? ¿Quién es perfecto en este mundo? Puede ser que sin querer ni pensar en ello, vos la probéis más de lo que Dios os prueba por ella! Dios pule a veces un diamante con otro diamante, dice Fenelón.

»3ª Cuando cometiereis algunas faltas, levantaos sin tardanza, humillándoos dulcemente, sin despecho voluntario ni contra ella, ni contra vos, sin turbación ni enojo y sin inquietud. Nuestras faltas así reparadas llegan a sernos de provecho y ventajosas, y por estas miserias y estas faltas diarias, es como Dios nos empequeñece de continuo y nos mantiene en la verdadera humildad de corazón.

»4ª No os mezcléis en nada, sino en la medida en que vuestro deber os obliga; cumplido éste, no os preocupéis de nada; no penséis siquiera en ello, si no es en la presencia de Dios. Abandonemos todo a la Providencia, pues la única cosa importante es que seamos todo de Dios y que consigamos la salvación. »

En las pruebas de este género, Santa Juana de Chantal es un perfecto modelo. Viuda a los veintiocho años, recibió de su padre político orden de ir a vivir en su compañía con sus cuatro hijos. Sin dificultad pudo entrever la amargura del cáliz que había de beber, pues conocía el carácter del viejo barón, los desórdenes de su casa y los aún mayores de su conducta. Este anciano sombrío ante quien todo había de doblegarse, había caído bajo la dependencia de una criada que mandaba como ama en el castillo, dilapidaba los bienes y hacía murmurar a todo el mundo. Durante más de siete años, la santa será tratada como una extraña que se admite en el hogar doméstico, pero a la que en nada se la consulta ni tiene derecho a hacer observación alguna. Estará, por decirlo así, bajo la férula de una inferior insolente, que no escaseará ni siquiera las injurias. Tenía que pasar por la amargura de ver a los hijos de la sirvienta preferidos a los suyos. Se apoderaba de ella la indignación, revolvíase toda su sangre, especialmente al principio. Mas ahogaba estos gritos de la naturaleza, y a cada insolencia no oponía sino un corazón dulce y un semblante gracioso, llegando hasta el grado de heroísmo de cuidar los hijos de la sirvienta como a los suyos, y prestarles con sus propias manos los servicios más humildes. ¿Y cuál era el secreto de su victoria? Únicamente ocupada en su importante obra, la conversión de su padre político y de la indigna criada, se proponía vencerlos a uno y a otra a fuerza de dulzura; no habla situación ni sacrificio que la asustasen con la esperanza de llevarlos a Dios. Aprovechaba todas las circunstancias para hacerles bien y ninguna violencia, ninguna vejación, fue jamás capaz de disminuir su respeto ni desanimar su paciencia. «A este motivo tan elevado que la sostuvo durante siete años en esta vida heroica, vino a juntarse otro que no le prestó menor apoyo. Era naturalmente un tanto altiva; había heredado con la sangre paterna, yo no sé qué de orgullosa y dominante que ella quería ahogar a todo trance. La ocasión le pareció excelente para llegar a ser humilde a fuerza de humillaciones, y lo con siguió más de lo que puede decirse. En esta ruda escuela, mejor que en el más severo noviciado, hízola Dios adquirir esta rara humildad y esta perfecta obediencia que muy pronto hicieron de ella, bajo la dirección de San Francisco de Sales, el instrumento de tan grandes obras.»

¡Quiera Dios que a las gracias de este género respondamos también nosotros con el mismo espíritu de fe e igual generosidad!

4. EL ABANDONO EN LOS BIENES NATURALES DEL CUERPO Y DEL ESPÍRITU

Artículo 1º.- La salud y la enfermedad

Se puede hacer un buen uso de la salud y de la enfermedad, y se puede abusar de la una y de la otra.

La salud se recomienda suficientemente por sí misma, sin que sea necesario afirmar que favorece la oración, las piadosas lecturas, la ocupación no interrumpida con Dios, que facilita el trabajo manual e intelectual, que hace menos penoso el cumplimiento de nuestros deberes diarios. Es un precioso beneficio del cielo del que nunca se hace caso sino después de haberlo perdido. En tanto que se la posee, no siempre se pensará en agradecerla a Dios que nos la concede; se experimentará quizá más dificultad en someter el cuerpo al espíritu, en no derramarse demasiado en los cuidados de la vida presente, en vivir tan sólo para la eternidad que no parece cercana.

«La enfermedad como la salud es un don de Dios. Nos lo envía para probar nuestra virtud o corregirnos de nuestros defectos, para mostrarnos nuestra debilidad o para desengañarnos acerca de nuestro propio juicio, para desprendernos del amor a las cosas de la tierra y de los placeres sensuales, para amortiguar el ardor impetuoso y disminuir las fuerzas de la carne, nuestro mayor enemigo; para recordarnos que estamos aquí abajo en un lugar de destierro y que el cielo es nuestra verdadera patria; para procurarnos, en fin, todas las ventajas que se consiguen con esta prueba, cuando se acepta con gratitud como un favor especial.» Bien santificada es, en efecto, «uno de los tiempos más preciosos de la vida, y con frecuencia, en un día de enfermedad soportada cual conviene, avanzaremos más en la virtud, pagaremos más deudas a la justicia divina por nuestros pecados pasados, atesoraremos más, nos haremos más agradables a Dios, le procuraremos más gloria que en una semana o en un mes de salud. Mas si el tiempo de enfermedad es tiempo precioso para nuestra salvación, son muy pocos los que lo emplean útilmente, los que hacen producir a sus enfermedades el valor que merecen». «Por mi parte -dice San Alfonso, llamo al tiempo de enfermedades la piedra de toque de los espíritus; pues entonces es cuando se descubre lo que vale la virtud del alma. Si soporta esta prueba sin inquietud, sin deseos, obedeciendo a los médicos y a sus Superiores, si se mantiene tranquila, resignada en la voluntad de Dios, es señal de que hay en ella un gran fondo de virtud. Mas, ¿qué pensar de un enfermo que se queja de los pocos cuidados que de los otros recibe, de sus sufrimientos que encuentra insoportables, de la ineficacia de los remedios, de la ignorancia del médico y que llega a veces hasta murmurar contra Dios mismo, como si le tratase con demasiada dureza?»

¿Seremos del número de los sabios, que no abundan, que no se preocupan ni de la salud ni de la enfermedad, y que saben sacar de ambas todo el provecho posible? O bien, ¿no llegaremos a convertir la salud en un escollo y la enfermedad en causa de ruina? Nada podemos asegurar, pues sólo Dios lo sabe. Por lo pronto, nada hay mejor que establecerse en una santa indiferencia y entregarnos al beneplácito divino, sea cual fuere. Es la condición necesaria, para mantenernos siempre dispuestos a recibir con amor y confianza lo que la Providencia tuviera a bien enviarnos, la plenitud de las fuerzas, la debilidad, la enfermedad o los achaques.

Sin embargo, el abandono no quita sino la preocupación; no dispensa en manera alguna de las leyes de la prudencia, ni siquiera excluye un deseo moderado. Nuestra salud puede ser más o menos necesaria a los que nos rodean, de ella necesitamos para desempeñar nuestras obligaciones. «No es, pues, pecado sino virtud -dice San Alfonso tener de la misma un cuidado razonable, encaminado al mejor servicio de Dios.» Aquí se han de temer dos escollos: las muchas y las pocas precauciones. No tenemos derecho a comprometer inútilmente nuestra salud por excesos o culpables imprudencias. Mas, por el contrario, añade San Alfonso, «habrá pecado en cuidar de ella en demasía, visto sobre todo que bajo la influencia del amor propio se pasa fácilmente de lo necesario a lo superfluo». Este segundo escollo es mucho más de temer que el primero, por lo que San Bernardo se muestra enérgico contra los sobrado celosos discípulos de Epicuro e Hipócrates: Epicuro no piensa sino en la voluptuosidad; Hipócrates, en la salud; mi Maestro me predica el desprecio de la una y de la otra y me enseña a perder, si es necesario, la vida del cuerpo para salvar la del alma, y con esta palabra condena la prudencia de la carne que se deja llevar hacia la voluptuosidad, o que busca la salud más de lo necesario.

Santa Teresa compadece amablemente a las personas preocupadas con exceso de su salud, que pudiendo asistir al coro sin peligro de ponerse más enfermas, dejan de hacerlo «un día porque les duele la cabeza, otro porque les dolió, y dos o tres días más por temor de que les duela». La santa misma no evitó siempre este escollo, según lo declara en su Vida: «Que no nos matarán estos negros cuerpos que tan concertadamente se quieren llevar para desconcertar el alma; y el demonio ayuda mucho a hacerlos inhábiles. Cuando ve un poco de temor no quiere él más para hacernos entender que todo nos ha de matar y quitar la salud; hasta en tener lágrimas nos hace temer de cegar. He pasado por esto y por eso lo sé; y yo no sé qué mejor vista o salud podemos desear que perderla por tal causa. Como soy tan enferma, hasta que me determiné en no hacer caso del cuerpo ni de la salud, siempre estuve atada sin valer nada; y ahora tengo bien poco. Mas como quiso que entendiese este ardid del demonio, y como me ponía delante el perder la salud, decía yo: “poco va en que me muera… ¡Sí! ¡El descanso! … No he menester descanso, sino cruz”. Ansí otras cosas. Vi claro que en muy muchas, aunque yo de hecho soy harto enferma, que era tentación del demonio o flojedad mía, que después que no estoy tan mirada y regalada tengo mucha más salud».

Bien persuadidos de que la santidad es el fin y la salud un medio accesorio, opongamos a todos los artificios del enemigo la valiente respuesta de Gemma Galgani: «Primero el alma, después el cuerpo»; y no olvidemos este importante aviso de San Alfonso: «Temed que, tomando muy a pecho el cuidado de vuestra salud corporal, pongáis en peligro la salud de vuestra alma, o por lo menos la obra de vuestra santificación. Pensad que si los santos hubieran como vos cuidado tanto de su salud, jamás se hubieran santificado.»

Cuando la enfermedad, la debilidad, los achaques nos visiten, ¿nos será permitido exhalar quejas resignadas, formular deseos moderados y presentar súplicas sumisas? Seguramente que sí.

San Francisco de Sales consiente a su querido Teótimo repetir todas las lamentaciones de Job y de Jeremías, con tal que lo más alto del espíritu se conforme con el divino beneplácito. Sin embargo, se burla finamente de los que no cesan de quejarse, que no hallan suficientes personas a quienes referir por menudo sus dolores, cuyo mal es siempre incomparable, mientras que el de los otros no es nada. Jamás se le vio hacer personalmente el quejumbroso: decía sencillamente su mal sin abultarlo con excesivos lamentos, sin disminuirlo con engaños. Lo primero le parecía cobardía; lo segundo, doblez.

«No os prohíbo -dice San Alfonso descubrir vuestros sufrimientos cuando son graves. Mas poneros a gemir por un pequeño mal y querer que todos vengan a lamentarse a vuestro alrededor, lo tengo por debilidad… Cuando los males nos afligen con vehemencia, no es falta pedir a Dios nos libre de ellos. Más perfecto es no quejarse de los dolores que se tienen, y lo mejor es no pedir ni la salud ni la enfermedad, sino abandonarnos a la voluntad de Dios, a fin de que El disponga de nosotros como le plazca. Si con todo necesitamos solicitar nuestra curación, sea por lo menos con resignación y bajo la condición de que la salud del cuerpo convenga a la del alma; de otra suerte, nuestra oración sería defectuosa y sin efectos, ya que el Señor no escucha las oraciones que no se hagan con resignación.»

«Paréceme -dice Santa Teresa- que es una grandísima imperfección quejarse sin cesar de pequeños males. No hablo de los males de importancia, como una fiebre violenta, por más que deseo que se soporten con paciencia y moderación, sino que me refiero a esas ligeras indisposiciones que se pueden sufrir sin dar molestias a nadie. En cuanto a los grandes males por sí mismos se compadecen y no pueden ocultarse por mucho tiempo. Sin embargo, cuando se trate de verdaderas enfermedades, deben declararse y sufrir que se nos asista con lo que fuere necesario»

En una palabra, los doctores y los santos admiten quejas moderadas y oraciones sumisas; tan sólo condenan el exceso y la falta de sumisión. Mas prefieren inclinarse, como San Francisco de Sales, «hacia donde hay señales más ciertas del divino beneplácito», y decir con San Alfonso: «Señor, no deseo ni curar, ni estar enfermo; quiero únicamente lo que Vos queréis». San Francisco de Sales permite a sus hijas pedir la curación a Nuestro Señor como a quien nos la puede conceder, pero con esta condición: si tal es su voluntad. Mas personalmente, jamás oraba para ser librado de la enfermedad; era demasiada gracia para él, decía; sufrir en su cuerpo a fin de que, como no hacía mucha penitencia voluntaria, siquiera hiciese alguna necesaria. Léese asimismo en el oficio de San Camilo de Lelis, que teniendo cinco enfermedades largas y penosas, las llamaba «las misericordias del Señor», y se guardó muy bien de pedir el ser librado de ellas.

Lejos de nosotros el pensamiento de condenar al que ruega para obtener la curación o alivio de sus males, con tal de que lo haga con sumisión. Nuestro Señor ha curado a los enfermos que se apiñaban en torno suyo; y con frecuencia recompensa con milagros a los que afluyen a Lourdes. A no dudarlo, hay en ello una magnífica demostración de fe y confianza gloriosa en Dios, impresionante para el pueblo cristiano. Mas he aquí otro enfermo despegado de sí mismo, tan unido a la voluntad divina y tan dispuesto a todo cuanto Dios quiera enviarle, que se limita a manifestar a su Padre celestial su rendimiento y su confianza, y sea cual fuere la voluntad divina, la abraza con magnanimidad y se contenta con cumplir santamente con su deber. Este enfermo generoso, ¿no muestra tanto como los otros, y aún más, su fe, confianza, amor, sumisión y humilde abnegación? Cada cual puede pensar y tener sus preferencias y seguir su atractivo, pero en cuanto a nosotros, ninguna opinión nos agrada tanto como la de San Francisco de Sales y de San Alfonso.

«Cuando se os ofrezca algún mal -decía el piadoso Obispo de Ginebra-, oponedle los remedios que fueren posibles y según Dios (que los religiosos que viven bajo un Superior reciban el tratamiento que se les ofreciere, con sencillez y sumisión): pues obrar de otra manera seria tentar a la divina Majestad. Pero también, hecho esto, esperad con entera resignación el efecto que Dios quiera otorgar. Si es de su agrado que los remedios venzan al mal, se lo agradeceréis con humildad, y si le place que el mal supere a los remedios, bendecidle con paciencia. Porque es preciso aceptar no solamente el estar enfermos, sino también el estar de la clase de enfermedad que Dios quiera, no haciendo elección o repulsa alguna de cualquier mal o aflicción que sea, por abyecta o deshonrosa que nos pueda parecer; por el mal y la aflicción sin abyección, con frecuencia hinchan el corazón en vez de humillarle. Mas cuando se padece un mal sin honor, o el deshonor mismo, el envilecimiento y la abyección son nuestro mal, ¡qué ocasiones de ejercitar la paciencia, la humildad, la modestia y la dulzura de espíritu y de corazón! » Santa Teresa del Niño Jesús «tenía por principio, que es preciso agotar todas las fuerzas antes de quejarse. ¡Cuántas veces se dirigía a maitines con vértigos o violentos dolores de cabeza! Aún puedo andar, se decía, por tanto debo cumplir mi deber, y merced a esta energía, realizaba sencillamente actos heroicos». Conviene dar a conocer a los Superiores nuestras enfermedades, pero inspirándonos en tan hermosa generosidad, continuaremos llenando fielmente en la enfermedad las obligaciones que tan sólo piden una buena voluntad, y en la medida que fuere posible, las que exigen la salud. Y a fin de santificar nuestros males seguiremos este prudente aviso de San Francisco de Sales: «Obedeced, tomad las medicinas, alimentos y otros remedios por amor de Dios, acordándonos de la hiel que El tomó por nuestro amor. Desead curar para servirle, no rehuséis estar enfermo para obedecerle, disponeos a morir, si así le place, para alabarle y gozar de El. Mirad con frecuencia con vuestra vista interior a Jesucristo crucificado, desnudo y, en fin, abrumado de disgustos, de tristezas y de trabajos, y considerad que todos nuestros sufrimientos, ni en calidad ni en cantidad, son en modo alguno comparables a los suyos, y que jamás vos podréis sufrir cosa alguna por El, al precio que El ha sufrido por vos.»

Así hacía la venerable María Magdalena Postel. Un asma violenta, durante treinta años por lo menos, habíase unido a ella cual compañera inseparable, y ella la había acogido como a un amigo y a un bienhechor. Estaba a veces pálida, tan sofocada que parecía a punto de expirar. « Gracias, Dios mío -decía entonces-, que se haga vuestra voluntad. ¡Más, Señor, más! » Un día que se le compadecía, exclamó: « ¡Oh!, no es nada. Mucho más ha sufrido el Salvador por nosotros.» Comenzó después a cantar como si fuera una joven de quince anos: «¿Cuándo te veré, oh bella patria?»

Artículo 2º.- Las consecuencias de la enfermedad

La prolongación de la enfermedad, la incapacidad para muchas cosas que la acompañan o que la siguen, agravan no poco las molestias que ocasiona: y todo esto ha de ser objeto de un filial y confiado abandono.

Siendo «el Altísimo quien ha creado los médicos y remedios», entra en el orden de la Providencia que se recurra a ellos en la necesidad; los seglares con una prudente moderación, y los religiosos según la obediencia. Mas Dios tiene en su soberana mano el mal, el remedio y el médico. «No son las hierbas y las cataplasmas, es vuestra palabra, Señor, la que todo lo cura» Dios ha sanado en otro tiempo, sanará ahora si le place, sin el menor socorro humano, como cuando Nuestro Señor devolvía la salud con una palabra. El sanó en otro tiempo, sana aún si le place, por medios inofensivos mas sin valor curativo, por ejemplo: cuando Eliseo enviaba a Naamán a bañarse siete veces en el Jordán, o Jesús imponía las manos a los enfermos, o les untaba con un poco de saliva. El ha sanado en otro tiempo, y sana aún si le place, por medios al parecer contrarios, como cuando Jesús frotó con lodo los ojos del ciego de nacimiento. Y a pesar de la ciencia de los doctores, a pesar de la abnegación de los enfermos, a pesar de la energía de los remedios, deja empeorar al que quiere, y todos terminan por morir, así el sabio más famoso como el último de los vivientes. Dios es, pues, el Dueño absoluto de la naturaleza, de la salud y de la enfermedad. En El se ha de creer y no conviene tener como Asá una confianza exagerada en los medios humanos, porque El les otorga o niega el resultado según le place. Si, pues, a despecho de los médicos y de las medicinas, el mal se prolonga y las enfermedades subsisten, en preciso adorar con filial y humilde sumisión la santísima voluntad de Dios. El Señor no ha permitido que el médico acierte o que el remedio obre, quizá ha permitido aun que los cuidados agraven el mal en lugar de curarlo. Nada de esto hace sino con un designio paternal y para el bien de nuestra alma; a nosotros toca aprovecharnos de ello.

La primera prueba es, pues, la prolongación del mal. Lejos de nosotros las quejas, el descorazonamiento, la murmuración y el pensamiento de culpar a los que nos cuidan. Ellos han cumplido seguramente su deber con gran abnegación y les debemos mucho reconocimiento. Si han merecido alguna reprensión, Dios les pedirá cuentas de su falta; pero ha querido servirse de ellos para mantenernos en la cruz, y será necesario ver en esto mismo un designio de la divina Providencia. El error o la habilidad, la negligencia o la abnegación, nada hay que no haya sido previsto por Ella con toda claridad, nada que Ella no haya elegido, y a ciencia cierta, nada que Ella no sepa utilizar para conducirnos a sus fines. Por tanto, veamos sólo a Dios, creamos en su amor y bendigamos la prueba como don de su mano paternal. A los que se quejan con sobrada facilidad de la falta de cuidados, dice San Alfonso reprendiéndoles: «Os compadezco, no por vuestros sufrimientos, sino por vuestra poca paciencia; estáis en verdad doblemente enfermos, de espíritu y de cuerpo. Se os olvida, pero vosotros sois los que olvidáis a Jesucristo muriendo en la cruz, abandonado de todos por vuestro amor. ¿Para qué quejaros de éste o de aquél, cuando os habríais de quejar de vosotros mismos por tener tan poco amor a Jesucristo, y por consecuencia, mostrar tan poca confianza y paciencia?» San José de Calasanz decía: « Practíquese tan sólo la paciencia en las enfermedades, y las quejas desaparecerán de la tierra.» Y Salvino: «Muchas personas no llegarían jamás a la santidad, si disfrutasen de buena salud.» De hecho, para no hablar sino de las mujeres que se santificaron, leed su vida, y veréis a todas, o a casi todas, sujetas a mil enfermedades. Santa Teresa no pasó durante cuarenta años un solo día sin sufrir. Así el citado Salvino añade: «Las personas consagradas al amor de Jesucristo están y quieren estar enfermas.»

Las múltiples impotencias debidas a la enfermedad son otra prueba muy crucificante. Con más o menos frecuencia y extensión, no se puede como en tiempo de salud observar toda la Regla, asistir al coro, comulgar, orar, hacer penitencia, ser asiduo al trabajo, al estudio y a todos los deberes de su cargo; y cuando el mal es tenaz, estas impotencias pueden durar largo tiempo. A esto responde San Alfonso diciendo: «Dime, alma fiel, ¿por qué deseas hacer estas cosas? ¿No es para agradar a Dios? ¿Qué buscas, pues, cuando sabes con certeza que el beneplácito de Dios no es que hagas (como en otro tiempo), oraciones, comuniones, penitencias, estudios, predicaciones u otras obras, sino soportar con paciencia esta enfermedad y estos dolores que El te envía? «Amigo mío, escribía San Juan de Ávila a un sacerdote enfermo, no examináis lo que haríais estando sano, sino contentaos con ser un buen enfermo todo el tiempo que a Dios pluguiere. Si es su voluntad lo que de veras buscáis, ¿qué os importa estar enfermo o sano?» Es incumbencia de Dios aplicarnos, según su beneplácito, a las obras de salud o a las de enfermedad. A nosotros toca ver en todo su santa voluntad, amarla, adorarla puesto que ella es siempre la única regla suprema. Hagamos, pues, en la salud las obras de la salud, en la enfermedad, las de la enfermedad según que están determinadas por nuestras observancias. Dios nos pide esto y no quiere otra cosa. ¿Por qué turbarse obrando de este modo? La inquietud mostraría que no hemos entendido nuestro deber, o que nos dejamos prender de los artificios del demonio.

Pero, diréis, el mal, prolongándose, mi impide cumplir los deberes de mi cargo, y ¿qué va a suceder? Sucederá lo que Dios quiera. ¿No tiene el derecho de disponer de nosotros en esto como en todas las cosas? Todo el tiempo que vuestros Superiores, debidamente advertidos, juzguen conveniente manteneros en el empleo, llenadle lo mejor que podáis y conservaos en paz. De vuestra parte todo va bien, con tal de que hagáis la voluntad de Dios, que tiene mil medios de suplir lo que hacéis si es tal su beneplácito. Elige obreros según entiende que debe hacerlo, les da los medios que quiere, deja a San Pablo consumirse en el fondo de una prisión durante dos años, en tiempo en que la Iglesia naciente tenía mayor necesidad del Apóstol.

Por lo menos, dirá alguno, si yo pudiera orar como antes, esto me consolaría en mi impotencia. Mas, responde San Alfonso de Ligorio, «no hay mejor manera de servir a Dios que abrazar con alegría su santa voluntad. Lo que glorifica al Señor no son nuestras obras, sino nuestra resignación y la conformidad de nuestra voluntad con su beneplácito». Por eso decía San Francisco de Sales que se da más gloria a Dios en una hora de sufrimiento con filial sumisión que en muchos días de trabajo con menos amor. Quejándose a él un enfermo de no poder entregarse a la oración que seria sus delicias y su fuerza, le dijo: «No os entristezcáis, pues recibir los golpes de la Providencia no es menor bien que meditar; es mejor estar en la cruz con el Salvador que mirarle solamente.» Por lo demás un alma generosa persevera fiel a sus prácticas diarias en cuanto le sea posible; y para llenar su tarea acostumbrada le basta por lo regular distribuir bien el tiempo, simplificar su oración y adaptarla a su estado actual. «Para un alma que ama -dice Santa Teresa- la verdadera oración durante la enfermedad consiste en ofrecer a Dios lo que sufre, en acordarse de El, en conformarse con su santísima voluntad y en mil actos de este género que se presentan; no se precisan grandes esfuerzos para entrar en este trato íntimo.» Y San Alfonso añade: «No digamos a Dios sino esta palabra: Fiat voluntas tua; repitámosla desde lo íntimo del corazón, cien veces, mil, siempre. Agradaremos más a Dios con esta sola palabra que con todas las mortificaciones y devociones posibles.»

Diréis, en fin, que el malestar, las enfermedades, os hacen inútil, que sois una carga para la Comunidad, que la escandalizáis no guardando las observancias. Con seguridad que un enfermo se sacrifica cuanto puede; evita ocasionar demasiados gastos, reclamar cuidados superfluos, parecer exigente, difícil para hacerse servir; los cuidados que se le prodigan sabe pagarlos con el agradecimiento y la docilidad. Es Nuestro Señor a quien se honra en su persona, y El se esfuerza en parecérsele. Ansioso de adelantar siempre y de no perder el beneficio de tanta cruz, tiene sin cesar presente a Dios y a su eternidad; observa generosamente lo que puede de su Regla, compensando lo que le es imposible con la abnegación, la humildad y el Santo Abandono. Sin él pensarlo, este enfermo edifica, es una bendición para cuantos le rodean. Mas en definitiva, es la voluntad divina y no la suya la que pone sobre sus espaldas la cruz de un mal pasajero o de prolongadas enfermedades. De éstas, es él quien lleva la parte más pesada, quedando algo también para el enfermero, el superior y la Comunidad. ¿Y no tiene Dios derecho a servirse de nosotros como de otro cualquiera para pedir un sacrificio a nuestros hermanos, e imponerles un deber? Los que nos cuidan sabrán, con la gracia de Dios, abandonarse como nosotros a la Providencia, y llenar para con nosotros las obligaciones que Ella les señale. Nuestra misión es aceptar pacientemente la humillación y sentir que somos una carga; lo es también aligerar la de nuestros hermanos con nuestro espíritu verdaderamente religioso. Deber nuestro es imitar a aquella religiosa que no pudiendo explicar su enfermedad, sufría al ver que no era útil, pero aceptaba con humildad el beneplácito de Dios y se consolaba pensando que le quedaban tres grandes medios de hacer el bien: la oración, el ejemplo y el perfecto cumplimiento de sus Reglas. Un buen enfermo no es inútil sino en apariencia; en realidad puede él hacerse de gran valor si quiere, porque lo que sobre todo aprovecha a la Comunidad, no son los brazos para los trabajos pesados, ni la inteligencia para los empleos elevados; es la virtud, son las almas santamente ávidas de progresar en la santidad y perfección, verdaderos contemplativos y verdaderos penitentes; de nosotros depende ser así, con la divina gracia, en la enfermedad como en la salud, aunque por medios diferentes. Dios estará satisfecho, y la Comunidad no podrá menos de estarlo; y si alguno que otro, a pesar de nuestra buena voluntad, nos juzga con algo de severidad, no habrá desedificación ninguna por nuestra parte; sólo nos resta recibir humildemente la prueba de no ser comprendidos hasta el día en que Dios nos justifique.

Nuestro austero San Bernardo era de naturaleza extremadamente tierna y delicada; escuchó más a su generosidad que a sus fuerzas, de suerte que casi al principio de su vida religiosa enfermó y siempre anduvo así. Cuando se presentó al Obispo de Chalons para recibir la bendición abacial, estaba del todo extenuado y parecía un moribundo. Púsose por obediencia en manos de un practicante, que acabó de ponerle peor, haciéndole servir platos que un hombre robusto y acosado de hambre apenas hubiera querido tocar. El santo tomaba todo con indiferencia y todo lo hallaba igualmente bueno. Una estrechura de garganta que casi no le permitía pasar más que líquidos, el estómago muy delicado y el vientre en estado deplorable, eran sus tres dolencias permanentes. A éstos venían accidentalmente a reunirse otros males. Con frecuencia devolvía los alimentos como los había tomado, y lo poco que de ellos conservaba sólo servia para torturarle. A pesar de tantos sufrimientos como le extenuaban, maceraba su cuerpo con severos ayunos, con vigilias prolongadas, con los más duros trabajos. Considerábase siempre como un principiante, y decía que le hacía falta la regularidad de un novicio, la severidad de la Orden y el rigor de la disciplina. Sin embargo, hubo de adoptar un régimen que su estómago pudiese soportar, sin perder lo más mínimo el espíritu de sacrificio y la pobreza. Con ánimo increíble asistía con la Comunidad al coro, al trabajo, a todo. Si había faenas que él no supiera ejecutar, cavaba la tierra, cortaba leña, la llevaba sobre sus espaldas; y cuando sus fuerzas le traicionaban, cogía las ocupaciones más viles, a fin de compensar la fatiga con la humildad. Sólo la necesidad era capaz de apartarle de los ayunos comunes. Fue, sin embargo, preciso hacerlo, porque llegó tiempo en que, no pudiéndose sostener sin gran trabajo en pie, permanecía casi de continuo sentado y muy rara vez se movía. Lo que no podía hacer lo compensaba dándose más a la oración, a las piadosas lecturas, al estudio y a la composición; dábase por entero a sus religiosos por la predicación y la dirección. Y cuando la Iglesia tenía necesidad de sus servicios, olvidaba su estado de agotamiento, afrontaba la fatiga de los viajes, resolvía los asuntos, predicaba sin descanso y daba solución a todo. Volvía luego aún más enfermo, pero también más hambriento de su amada vida de penitencia y de contemplación. Tal existencia no era otra cosa que una muerte continua y prolongada. «El Santo lo sentía, y sus religiosos le suplicaban tomase algún alivio, pero ponía los ojos en Jesús ensangrentado en la cruz, cubierto de llagas, y, más dócil a la lección del amor que a los consejos de la prudencia, hacía callar la voz de la ternura filial y saboreaba más la amargura del cáliz.» ¿Pudo la enfermedad impedirle ser un perfecto cisterciense más útil que ninguno a su Comunidad y aun a la Iglesia entera?

Nuestra Beata Aleida hubo de soportar durante toda su vida los más crueles sufrimientos y una horrorosa lepra. Separada de sus hermanas a causa de este terrible mal, sirvióse de ello para unirse a Dios con oración más continua; gozábase en su dolorosa situación por amor de Cristo su Esposo, en cuyas llagas acontecíale encontrar con frecuencia gozos y una fuerza sobrenatural. Rica en dones celestiales, ilustre por sus milagros, curó no pocos leprosos con la sola imposición de sus manos. Había, pues, llegado a la cumbre, pero Nuestro Señor quiso elevarla a mayor altura. ¿Qué hace? Prepárala un acrecentamiento de sufrimientos con las correspondientes gracias, para hacerla crecer en la paciencia. En la fiesta de San Bernabé, parecía estar a las puertas de la muerte. Nuestro Señor le anuncia que le queda un año de vida todavía y que durante este tiempo había de soportar males más terribles que los anteriores, por amor de su Amado Esposo. En efecto, su vista se apaga, sus manos se contraen, la piel de la cabeza y de todo su cuerpo se cubre de úlceras, de las que manan sin cesar gusanos y carne dañada. Estos crueles tormentos súfrelos la bienaventurada con inalterable paciencia, hasta que llegado de nuevo el día de San Bernabé, exhala su purísima alma en las manos de Cristo, su Esposo.

Santa Gertrudis, que floreció en Helfta, bajo las leyes de nuestra Orden, con Santa Matilde, su maestra y amiga, tenía muy precaria salud. Por temporadas que a veces eran largas, la enfermedad la obligaba a guardar cama. Sus frecuentes insomnios, su ardor en la oración y sus raptos causábanle tal fatiga que llegaba al agotamiento. Con frecuencia le era, pues, imposible tomar parte en el Oficio divino, o bien no podía asistir a él sino permaneciendo sentada. Estábala prohibido el ayuno aun en la Cuaresma, y hasta durante la noche se la obligaba a tomar algo para poder sostenerse, o cuando el Oficio era demasiado largo. Humillábase al verse sometida a tales necesidades, quejábase de no poder hacer las reverencias del coro, sentíase inclinada a rehusar los alimentos que la ofrecían, y Nuestro Señor enseñóla a recibir todo como venido de su mano, a servirse de estos alivios para su adelantamiento espiritual. Una cosa la afligía, y era fa molestia que causaba a sus compañeras, ¡servíanla éstas con tanto afecto…! Y ella, ¿no les pagaba en justo retorno con sus incesantes oraciones, sus consejos sobrenaturales y sus fraternales avisos? Felices enfermedades que la procuraron entre otros bienes la dicha de vivir toda para Dios en la contemplación, sin las que quizá no tendríamos sus escritos llenos de unción tan penetrante.

Pudiéramos citar otros muchos ejemplos tomados de la hagiografía de nuestra Orden, que nos mostrarían cómo las enfermedades, lejos de ser obstáculo que cierra el camino, son por el contrario un sendero que lleva a la santidad. Los enfermos fervorosos caminan, corren, vuelan hacia el blanco de sus deseos, según el grado de sus disposiciones. Los malos enfermos no hacen lo mismo, pero hay que atribuirlo solamente a su falta de valor y de sumisión.

Concluyamos con una palabra del Padre Saint-Jure a propósito de la convalecencia. «Es, dice, uno de los momentos más peligrosos de la vida, porque se está constreñido, a pesar de conocerlo, a conceder algo a la naturaleza, a tratarla con más suavidad con el fin de restablecer las fuerzas, lo que hace que se emancipe y se relaje con facilidad; déjase llevar por la gula, procúrase gustos bajo pretexto de necesidad, entrégase a la ociosidad bajo el pretexto de debilidad, a la negligencia en la oración y en los ejercicios de piedad por miedo de fatigarse, a pasatiempos y recreaciones pueriles para descansar, como si el cuidado de recobrar la salud diese libertad de ver, oír, o decir todo lo que se ofrece. Y como el espíritu no está ocupado, llénase fácilmente de mil pensamientos inútiles que le distraen. Todos estos males acontecen a quien no vigila con cuidado sobre si mismo.» Y sin embargo, la única máxima que debe seguirse en la convalecencia, así como en la salud o en la enfermedad, debería ser la de Gemma Galgani: «Primero, el alma, después el cuerpo.»

Artículo 3º.- La vida o la muerte

Tarde o temprano hemos de morir. Mas, ¿cuándo será y en qué condiciones? Ignorantes estamos de todo esto. Dios, dueño absoluto de la vida y de la muerte, se ha reservado el día y la hora; a nadie, por regla general, comunica sus secretos, y muchos, aun entre los grandes santos, no lo han conocido, o no lo conocieron sino tarde. Así se explica cómo San Alfonso, treinta o cuarenta años antes de morir hablaba ya de su muerte próxima. Feliz ignorancia que nos advierte que estemos siempre dispuestos, y que estimula sin cesar nuestra actividad espiritual. Hemos de aceptar esta incertidumbre con sumisión y hasta con reconocimiento. Mas, ¿se ha de desear que la muerte venga en breve plazo o que nos deje aún largo tiempo?

Numerosos motivos nos autorizan a llamarla con nuestros deseos.

1º Los males de la vida presente. Apenas nacido el hombre, comienza la muerte en él su trabajo, y tiene que luchar sin tregua para librarse de sus asaltos, y a pesar del alimento, del sueño y de los remedios, camina a pasos agigantados hacia la tumba; su vida no es sino una muerte lenta y continua. El trabajo y la fatiga, la intemperie y las estaciones, los achaques y las enfermedades, las penas del corazón y del espíritu, los cuidados y las preocupaciones, todo lleva a hacer de la tierra un valle de lágrimas. A nuestras propias penas, vienen a unirse las de los nuestros, y como si estos tantos males no bastasen, la malicia humana esfuérzase en agravarlos sin medida: los hombres levántanse contra los hombres; las familias, contra las familias; las naciones, contra las naciones; no se sabe ya qué enredos inventar para hacer sufrir, ni qué máquinas de guerra para mejor destrozarse. Suframos la prueba todo el tiempo que Dios quiera, mas, ¿no es natural suspirar por la muerte, cuya bienhechora mano enjugará nuestras lágrimas y nos abrirá la encantadora morada, en donde no habrá ya gemidos de ningún género, sino calma eterna, paz y reposo sin fin?

2º Los peligros y las faltas de la vida presente La tierra es un campo de batalla, en que nos es preciso luchar día y noche contra un enemigo invisible que no duerme, que no conoce ni la fatiga ni la compasión; enseñado por experiencia sesenta veces secular, conoce demasiado cuál es nuestro Lado flaco, y halla las más desconcertantes complicidades en la plaza sitiada; y nosotros, que somos la debilidad misma y la inconstancia, a pesar del poderoso auxilio de Dios, siempre hemos de temer un desfallecimiento por nuestra parte. En este momento estamos en amistad con Dios, y ¿lo estaremos más tarde? La perseverancia final es un don de Dios, y quien hoy camina por los senderos de la santidad, mañana quizá ande ya por los de la relajación y resbale sobre la pendiente que conduce a los abismos. Aun suponiendo que nos libremos de este supremo infortunio, es cierto al menos que nos quedaremos muy por detrás de nuestros deseos, que caeremos en multitud de faltas ligeras, y que sentiremos bullir en el fondo de nuestro corazón todo un mundo de pasiones y de inclinaciones que nos causan miedo. Hoy, que juzgamos estar preparados, ¿no es natural desear que la muerte venga pronto a poner término a nuestras incesantes faltas y a nuestras continuas alarmas, confirmándonos en la gracia?

Por otra parte, hemos de vivir en medio de un siglo perverso en que se multiplican los pecados, y crímenes, en que el vicio triunfa, la virtud es perseguida, la Iglesia, tratada como enemiga, Dios, arrojado de todas partes. Y, ¿cómo no suspirar por la compañía de los santos, en donde reina el Dios de la paz, en donde todo regocijará nuestros ojos y nuestros corazones?

3º El deseo del cielo y del amor de Dios. Hace mucho tiempo que hemos comprendido el vacío, la ineficacia y la nada de la tierra con todos sus falsos bienes, y abandonado el mundo, hemos corrido en busca de sólo Dios. A medida que nuestra alma se despoja y purifica, hácese más vivo el deseo del cielo, el amor divino más ardiente, casi impaciente: es Dios lo que necesitamos, Dios visto, amado, poseído sin tardanza, sufrimos por vivir sin El. Cierto que el Dios de nuestro corazón está allí, muy cerca de nosotros, en la Santa Eucaristía pero le querríamos sin velo. Déjase a veces encontrar en la oración, mas no basta una unión fugitiva e incompleta, necesitamos su eterna y perfecta posesión. Nuestro cuerpo se levanta como los muros de una prisión entre el alma y su Amado; que caiga de una vez, que deje de ocultarnos el único objeto de todos nuestros afectos. ¿Cuándo se acabará, Señor, este destierro? ¿Cuándo vendréis por mi? ¿Cuándo iré yo, Señor, a Vos? ¿Cuándo me veré, Señor, con Vos? ¡Cómo se tarda ya esta hora! ¡Qué contento y alegría será para mí, cuando me digan que llega ya!

Laetatus sum in his quae dicta sunt mihi: ¡ir domum Domini ibimus: stantes erant pedes nostri in atriis tuis, Jerusalem. «Me he alegrado desde que se me ha dicho: Iremos a la casa del Señor y pronto nos hallaremos, oh Jerusalén, en el recinto de tus murallas».

A semejanza de la Esposa de los Cantares, el gran Apóstol languidecía de amor y suspiraba por la disolución del cuerpo para estar con Cristo. Estaba enfermo de amor, y en su impaciente ansia de gozar de su Amado, la menor tardanza hacíasele una eternidad y llenaba su corazón de tristeza. Tales eran los sentimientos de Santa Teresa del Niño Jesús en su lecho de muerte. «¿Estáis resignada a morir? ¡Oh, padre mío!, respondía ella, para vivir es para lo que se necesita resignación; muriendo no experimento más que alegría»

Hay, por tanto, sólidas razones que nos hacen desear la muerte; las hay también igualmente para desear la prolongación de nuestros días, y son casi las mismas.

1º Los males de la vida presente. Mediante la paciencia y el espíritu de fe, se convierten en ocasión de mayores bienes; despegan de la tierra y hacen suspirar por un mundo mejor; es un excelente purgatorio, una mina de virtudes inagotable. Cuanto más abunden estos males, más rica será la cosecha para el cielo. Si la malicia de los hombres viene a mezclarse en ellos, ¿qué nos importa? Nosotros queremos ver tras el instrumento no otra cosa que la Providencia, y como resultado de todas nuestras pruebas, como adelantamiento espiritual, Dios glorificado, muchas almas salvadas, el purgatorio rociado con sangre de Nuestro Señor. En el cielo no habrá ya sufrimientos, es verdad; mas por lo mismo no será posible dar, como aquí abajo, al divino Maestro el testimonio de la prueba amorosamente aceptada.

2º Los peligros y las faltas de la vida presente. Reconocemos sin dificultad que el sentimiento del peligro mueve a desear vivamente el cielo; mas el combate no carece de encantos para un alma valiente, ávida de conquistar la vida eterna, y demostrar su amor y abnegación a su Rey amado. El es quien nos llama a las armas, y ¿no estará con nosotros? El claustro es la más segura trinchera, y gracias a la oración y a la vigilancia, esperamos librar un buen combate y no quedar heridos de muerte. Hasta el momento, nuestra victoria está muy lejos de ser completa; sin el auxilio del tiempo, ¿cómo reparar nuestras derrotas, expiar nuestras faltas, rescatar nuestra inutilidad, conquistar un rico botín? Y ahora que Dios se encuentra atacado por todas partes, el puesto de sus amados servidores, ¿no ha de ser combatir a su lado y luchar por su causa? Así lo entendió aquella alma que decía: «Tengo, bien lo sabéis, deseos de ver a Dios, pero en estos tiempos de persecución le tengo mayor de padecer por El; morir cuando las Esposas del Cordero están convocadas para la cumbre del Calvario, no, no es éste mi ideal.»

3º El deseo del cielo y el amor de Dios. Morir cuanto antes, es quizá lo más seguro, y más pronto nos hallaríamos con nuestro Amado. Con todo, si Dios prolonga nuestra vida, con tal de que nos lleve al puerto, le bendeciremos eternamente por ello; por tanto, a cada paso podemos crecer en gracia y por lo mismo obtener nuevos grados de gloria. En algunos años podemos ganar cientos de miles, millones quizá; es decir: añadir por cientos de miles y de millones nuevas energías a nuestro poder de ver a Dios, de amarle y de poseerle. ¡ Qué magnífico aumento de gloria para El, y de felicidad para nosotros durante toda la eternidad! ¿Tenemos ya caudal suficiente? ¿No sería de desear que aún se acrecentase? Si nuestro cielo se hace esperar, puede embellecerse indefinidamente, y sería quizá con gran perjuicio nuestro el que escuchara Dios nuestros apremiantes deseos.

4º Si acontece que uno y otro se considera muy necesario a los que le rodean, es señal inequívoca de divina voluntad, y por ende un motivo de moderar sus deseos. San Martín de Tours, en su lecho de muerte, hállase en una situación de este género; no teme morir, no rehúsa vivir, se abandona a la misma Providencia. La misma perplejidad había experimentado el gran Apóstol: «Para mí, la muerte es una ganancia, escribe a los filipenses; pero si se prolonga mi vida, he de sacar fruto de mi trabajo. Por dos partes me veo estrechado: deseo yerme desatado del cuerpo y estar con Cristo, y eso sería mucho mejor; mas mi permanencia en esta vida os es necesaria. No sé qué escoger»

San Alfonso ensalza indudablemente la perfecta conformidad con la voluntad divina, y con todo, presenta sus argumentos en forma que lleva más a desear la muerte que la vida. Idénticos matices ofrece el P. Rodríguez. A Santa Teresa le parecía que sufrir era la única rezón de la existencia: Señor, o morir o padecer. No puede soportar por más tiempo el suplicio de verse sin Dios; sin embargo, aceptaría con ánimo varonil todos los trabajos de este destierro hasta el fin del mundo, por recibir en el cielo un grado mayor de gloria. Su amiga María Díaz, llegada a la edad de ochenta años, rogaba a Dios prolongase su vida. Santa Teresa le manifestó un día el ardor con que deseaba el cielo: «Yo, respondió aquélla, lo deseo, pero lo más tarde posible; en este lugar de destierro puedo dar algo a Dios, trabajando, sufriendo por su gloria, pero en el cielo nada podré ofrecerle.» Según el venerable P. la Puente «estos dos deseos tan diferentes descansan sobre sólidos fundamentos, mas el de María Díaz era mucho más preferible, porque daba más a la gracia, única que puede inspirar el amor de la cruz». San Francisco de Sales, en su última enfermedad, permanece fiel a su máxima: nada desear, nada pedir, nada rehusar. Instábasele a que rezase la oración de San Martín moribundo: «Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúso el trabajo», y con humildad profunda responde: «nada de esto haré; no soy necesario, ni útil, que soy del todo inútil». San Felipe de Neri dijo lo mismo en parecida circunstancia. Notemos, por último, estas acertadas palabras del Obispo de Ginebra: «Tomo a mi cuidado el cuidado de vivir bien, y el de mi muerte lo dejo a Dios». En una palabra, todos los santos han practicado el perfecto abandono, pero unos han deseado la muerte a la vida, otros prefirieron no tener ningún deseo.

Por dicha nuestra, no estamos obligados a hacer una elección y a formar peticiones en consecuencia, puesto que se trata de asuntos cuya decisión se ha reservado Dios. De igual modo, en cuanto al tiempo, el lugar y demás condiciones de nuestra muerte, tenemos el derecho de exponer filialmente a Dios nuestros deseos, o de dejarle el cuidado de ordenarlo todo según su beneplácito, en conformidad con sus intereses, que son también los nuestros.

Mas hemos de pedir con instancia la gracia de recibir los Sacramentos en pleno conocimiento, y de tener en nuestros últimos momentos las oraciones de la Comunidad; pues entonces, a la vez de deberes que cumplir, hay preciosas ayudas que utilizar. Sin embargo, si nosotros nos hallamos realmente dispuestos, esta petición, por justa que sea, ha de quedar subordinada al beneplácito divino. Nuestro Padre San Bernardo, ausente a causa del servicio de la Iglesia, escribía a sus religiosos: «¿Será, pues, necesario, oh buen Jesús, que mi vida entera transcurra en el dolor y mis años en los gemidos? Valdría más morir, pero morir en medio de mis hermanos, de mis hijos, de mis amados. La muerte en estas condiciones es más dulce y más segura. Y hasta va en ello vuestra bondad, Señor; concededme este consuelo antes que abandone para siempre este mundo. No soy digno de llevar el nombre de Padre, mas dignaos permitir a los hijos cerrar los ojos de su padre, de ver su fin y alegrar su tránsito; de acompañar con sus plegarias a su alma al reposo de los bienaventurados, si Vos la juzgáis digna de él, y de enterrar sus restos mortales junto a los de aquellos con quienes compartió la pobreza. Esto, Señor, si he hallado gracia en vuestros ojos, deseo de todo corazón alcanzar por las oraciones y méritos de mis hermanos. Sin embargo, hágase vuestra voluntad y no la mía, pues no quiero vivir ni morir para mí.» Santa Gertrudis, cuando caminaba por una pendiente abrupta, resbaló y fue rodando hasta el valle. Sus compañeras la preguntaron si no había temido morir sin Sacramentos, y la santa respondió: «Mucho deseo no estar privada de los auxilios de la Religión en mi última hora, pero aún deseo mucho más lo que Dios quiere, persuadida como estoy de que la mejor disposición que se puede tener para morir bien es someterse a la voluntad de Dios.»

Finalmente, lo esencial es una santa muerte preparada por una vida santa, ya que de esto depende la eternidad. He aquí lo que hemos de desear sobre todo y solicitar de manera absoluta. Esperando el día señalado por la Providencia, sea nuestro cuidado de cada instante hacer plenamente fructuoso para la eternidad el tiempo que Ella nos deja; y cuando nuestro fin parezca próximo, sea nuestra única preocupación conformar y aun uniformar nuestra voluntad con la de Dios, ya en la muerte, ya en todas las circunstancias, hasta las más humillantes, pues nada es más capaz de hacerla santa y apacible.

Artículo 4º.- La desigual distribución de los dones naturales

Es necesario que cada cual esté contento con los dones y talentos con que la Providencia le haya dotado, y no se entregue a la murmuración porque no haya recibido tanta inteligencia y habilidad como otro, ni porque haya ido a menos en sus recursos personales, por excesivo trabajo, por la vejez o la enfermedad. Este aviso es de utilidad general; pues los más favorecidos tienen siempre algunos defectos que les obligan a practicar la resignación y la humildad. Y será tanto más peligroso dejar sin defensa este lado, cuanto que por ahí ataca el demonio a gran número de almas: incítalas a compararse con lo que fueron en otro tiempo, con lo que son otros, a fin de hacer nacer en ellas todo género de malos sentimientos, así como un orgulloso desprecio del prójimo, una necia infatuación de sí mismos, y una envidia no exenta de malignidad juntamente con el desprecio, y quizá también el desaliento.

Tenemos el deber de conformarnos en esto como en todo lo demás con la voluntad de Dios, de contentarnos con los talentos que El nos ha dado, con la condición en que nos ha colocado, y no hemos de querer ser más sabios, más hábiles, más considerados que lo que Dios quiere. Si tenemos menos dotes que algunos otros, o algún defecto natural de cuerpo o de espíritu, una presencia exterior menos ventajosa, un miembro estropeado, una salud débil, una memoria infiel, una inteligencia tarda, un juicio menos firme, poca aptitud para tal o cual empleo, no hemos de lamentarnos y murmurar a causa de las perfecciones que nos faltan, ni envidiar a los que las tienen. Tendría muy poca gracia que un hombre se ofendiese de que el regalo que se le hace por un puro favor no es tan bueno y rico como hubiera deseado. ¿Estaba Dios obligado a otorgarnos un espíritu más elevado, un cuerpo mejor dispuesto? ¿No podía habernos criado en condiciones aún menos favorables, o dejarnos en la nada? ¿Hemos siquiera merecido esto que nos ha dado? Todo es puro efecto de su bondad a la que somos deudores. Hagamos callar a este orgullo miserable que nos hace ingratos, reconozcamos humildemente los bienes que el Señor se ha dignado concedernos.

En la distribución de los talentos naturales no está Dios obligado a conformarse a nuestros falsos principios de igualdad. No debiendo nada a nadie, El es Dueño absoluto de sus bienes, y no comete injusticia dando a unos más y a otros menos, perteneciendo, por otra parte, a su sabiduría que cada cual reciba según la misión que determina confiarle. «Un obrero forja sus instrumentos de tamaño, espesor y forma en relación con la obra que se propone ejecutar; de igual manera Dios nos distribuye el espíritu y los talentos en conformidad con los designios que sobre nosotros tiene para su servicio, y la medida de gloria que de ellos quiere sacar.» A cada uno exige el cumplimiento de los deberes que la vida cristiana impone; nos destina además un empleo particular en su casa: a unos el sacerdocio o la vida religiosa, a otros la vida secular, en tal o cual condición; y en consecuencia, nos distribuye los dones de naturaleza y de gracia. Busca ante todo el bien de nuestra alma, o mejor aún, su solo y único objeto final es procurar su. gloria santificándonos. Como El, nosotros no hemos de ver en los dones de naturaleza y en los de gracia, sino medios de glorificarle por nuestra santificación.

Porque, «¿quién sabe -dice San Alfonso- si con más talento, con una salud más robusta, con un exterior más agradable, no llegaríamos a perdernos? ¿Cuántos hay, para quienes la ciencia y los talentos, la fuerza o la hermosura, han sido ocasión de eterna ruina, inspirándoles sentimientos de vanidad y de desprecio de los demás, y hasta conduciéndolos a precipitarse en mil infamias? ¿ Cuántos, por el contrario, deben su salvación a la pobreza, enfermedad o a la falta de hermosura, los cuales, si hubieran sido ricos, vigorosos o bien formados, se hubieran condenado? No es necesario tener hermoso rostro, ni buena salud, ni mucho talento; sólo una cosa es necesaria: salvar el alma». Tal vez se nos ocurra la idea de que necesitamos cierto grado de aptitudes para desempeñar nuestro cargo, y que con más recursos naturales pudiéramos hacer mayor bien. Mas, como hace notar con razón el P. Saint-Jure: «Es una verdadera dicha para muchos y muy importante para su salvación no tener agudo ingenio, ni memoria, ni talentos naturales; la abundancia los perdería, y la medida que Dios les ha otorgado les salvará. Los árboles no se hallan mejor por estar plantados en lugares elevados, pues en los valles se encontrarían más abrigados. Una memoria prodigiosa que lo retiene todo, un espíritu vivo y penetrante en todas las ciencias, una rara erudición, un gran brillo y un glorioso renombre, no sirven frecuentemente sino para alimentar la vanidad, y se convierten en ocasión de ruina.» Hasta es posible hallar alguna pobre alma bastante infatuada de sus méritos, que desea ser colocada en el candelero, que envidia a los que poseen cargos, que les denigra y hasta trabaja por perderlos. ¿Qué seria de nosotros si tuviésemos mayores talentos? Sólo Dios lo sabe. En vista de ello, ¿hay partido más prudente que el de confiarle nuestra suerte y entregarnos a El?

¿No está permitido al menos desear estos bienes naturales y pedirlos? Ciertamente, y a condición de que se haga con intención recta y humilde sumisión. En otra parte hemos hablado de las riquezas y de la salud; dejemos a un lado la hermosura, que el Espíritu Santo llama yana y engañosa. Nosotros podemos necesitar de tal o cual aptitud, y hay ciertos dones que parecen particularmente preciosos y deseables, como una fiel memoria, una inteligencia penetrante, un juicio recto, corazón generoso, voluntad firme. Es, pues, legitimo pedirlos. El bienaventurado Alberto Magno obtuvo por sus oraciones una maravillosa facilidad para aprender, mas el piadoso Obispo de Ginebra, fiel a su invariable doctrina, «no quiere que se desee tener mejor ingenio, mejor juicio»; según él, «estos deseos son frívolos y ocupan el lugar del que todos debemos tener: procurar cultivar cada uno el suyo y tal cual es».

En realidad, lo importante no es envidiar los dones que nos faltan, sino hacer fructificar los que Dios nos ha confiado, porque de ellos nos pedirá cuenta, y cuanto más nos hubiere dado, más nos ha de exigir. Que hayamos recibido diez, cinco, dos talentos, o uno tan sólo poco importa, será preciso presentar el capital junto con los intereses. El recompensado con mayor magnificencia no siempre será el que posea más dones, sino el que hubiere sabido hacerlos más productivos. Para ser mal servidor, no es necesario abusar de nuestros talentos, basta enterrarlos. ¿Y qué pago podemos esperar de Dios si los empleamos no para su gloria y sus intereses, sino para sólo nosotros, a nuestra manera y no conforme a sus miras y voluntad? «Como los ojos de los criados están fijos en las manos de sus señores», así hemos de tener los ojos de nuestra alma dirigidos constantemente a Dios, ya para ver lo que El quiere de nosotros, ya para implorar su ayuda; porque su voluntad santísima es la única que nos lleva a nuestro fin, y sin ella nada podemos. ¿Quién cumplirá, pues, mejor su modesta misión aquí abajo? No siempre será el de mejores dotes, sino aquel que se haga más flexible en manos de Dios, es decir: el más humilde, el más obediente. Por medio de un instrumento dócil, aunque sea de mediano valor, o aun insignificante, Dios hará maravillas. «Creedme -decía San Francisco de Sales-, Dios es un gran obrero: con pobres instrumentos sabe hacer obras excelentes. Elige ordinariamente las cosas débiles para confundir las fuertes, la ignorancia para confundir la ciencia, y lo que no es, para confundir a lo que aparenta ser algo. ¿Qué no ha hecho con una vara de Moisés, con una mandíbula de un asno en manos de Sansón? ¿Con qué venció a Holofernes, sino por mano de una mujer?» Y en nuestros días, ¿no ha realizado prodigios de conversión por medio del Santo Cura de Ars? Este hombre mucho distaba de ser un genio, pero era profundamente humilde. Cerca de él había multitud de otros más sabios, y con más dotes naturales; pero, como no estaban de manera tan absoluta en manos de Dios, no han podido igualar a ese modesto obrero.

¿Quién hará servir mejor los dones naturales a su santificación? Tampoco será siempre el mejor dotado, sino el más esclarecido por la fe, el más humilde y el más obediente. ¿No se han visto con frecuencia hombres enriquecidos en todo género de dones, dilapidar la vida presente y comprometer su eternidad; mientras que otros con menos talento y cultura, se muestran infinitamente más sabios, porque vuelven por completo a Dios y no viven sino para El? Cierta religiosa deploraba un día en presencia de Nuestro Señor lo que. ella llamaba su «nulidad», y sufría más que de costumbre al sentirse tan inútil, cuando la vino este pensamiento: «puedo sufrir, puedo amar, y para estas dos cosas no necesito ni talento ni salud. ¡Dios mío, qué bueno sois! ¡Aun siendo la nada que soy, puedo glorificaros, puedo salvaros muchas almas». «¡Qué!, preguntaba el bienaventurado Egidio a San Buenaventura, ¿no puede un ignorante amar a Dios tanto como el más sabio doctor? Sí, hermano mío, y hasta una pobre viejecita sin ciencia puede amar a Dios tanto, y aun más que un Maestro en Teología.» Y el Santo Hermano transportado de gozo, corre a la huerta y comienza a gritar: «Venid, hombres simples y sin letras, venid, mujercillas pobres e ignorantes, venid a amar a Nuestro Señor, pues podéis amarle tanto y aun más que Fray Buenaventura y los más hábiles teólogos.»

Artículo 5º.- Los empleos

El que es dueño de sí mismo, busca una ocupación en armonía con sus gustos y aptitudes, y ha de seguir en todo las reglas de la prudencia cristiana. En nuestros Monasterios no podemos hacer la elección por nosotros mismos; es la obediencia la que nos destina a continuar en nuestro puesto de la Comunidad o a desempeñar tal o cual empleo, tal cargo espiritual. En esto habrá, pues, materia de abandono y convendrá seguir la célebre máxima del piadoso Obispo de Ginebra: nada pedir, nada rehusar, y por ende, nada desear, si no es el hacer del mejor modo posible la voluntad de Dios; nada temer, si no es hacer nuestra propia voluntad porque esto entraña el doble escollo de exponernos a los peligros buscando los empleos, o de faltar a la obediencia rehusándolos.

¿No será más prudente no desear ni pedir nada, sino conservarnos en santa indiferencia, a causa de la incertidumbre en que nos hallamos? No sabemos, en efecto, si es más conforme al divino beneplácito, más ventajoso para nuestra alma pasar por los empleos o permanecer sin cargo particular. En este último caso nos libramos de muchos peligros y responsabilidades, tenemos completa libertad para entregarnos a Dios solo, para consagrarnos sin reserva a las dulces y santas ocupaciones de María, al gobierno de este pequeño reino que está dentro de nosotros. Mas esto no es pura holganza, sino rudo trabajo. ¿Tendremos siempre la paciencia y el valor de aplicarnos a él con perseverante energía? O quizá, ¿no iremos, como las gentes desocupadas, a pasatiempos de fantasía, a ocuparnos de lo que no nos incumbe? En todo caso, perdemos esas mil ocasiones de sacrificio y abnegación que se encuentran en los empleos. Los cargos, por el contrario, nos ofrecen abundante mies de renunciamiento y de cuidados y de humillaciones. Su mismo nombre lo indica; son una carga y a veces bien pesada para los que la toman en serio; y por esto facilitan la santificación por el sacrificio. Los empleos espirituales tienen además una inmensa ventaja: nos ponen en la feliz necesidad de distribuir con frecuencia el pan de la palabra, de estar en trato diario con almas excelentes y de obrar siempre bien para predicar con el ejemplo. Pero también acarrean tremendas responsabilidades; porque si el rebaño no rinde suficientes beneficios, seremos nosotros quienes primeramente rendiremos cuenta al Dueño. Por otra parte, ¿no es de temer que se absorba uno en lo’ temporal con detrimento de lo espiritual, que se descuide de sí ocupándose de los otros, que tome pretexto de su cargo para olvidar los deberes de Comunidad, y que vea más o menos en los empleos un medio de tomarse libertades y de contentar a la naturaleza? En una palabra, éstas y otras parecidas consideraciones han de hacernos muy circunspectos en nuestros deseos, inclinándonos más bien a orar de esta manera: «Dios mío, ¿será más conducente a vuestra gloria y a mi bien, que yo pase por los cargos o que permanezca sin empleo? Yo lo ignoro, Vos lo sabéis, Señor, y en Vos pongo toda mi confianza; disponed de todo esto de manera más favorable a nuestros intereses comunes, que a Vos me entrego.»

¿Quiere esto decir que esté prohibido concebir un deseo y formularlo filialmente? Seguramente que no; pues siendo una petición delicada, ha de mirarse con atención. Como San Alfonso lo hace notar con mucha razón, «si os gusta elegir, elegid siempre los cargos menos agradables». San Francisco de Sales también ha dicho: «Si nos fuera dada la elección, los empleos más deseables serían los más abyectos, los más penosos, aquellos en que hay más que hacer y más en que humillarse por Dios. » Aun en este caso, el deseo parece muy sospechoso a nuestro piadoso Doctor. «¿Sabéis por ventura, dice, si después de haber deseado los empleos humildes tendréis la fuerza suficiente para recibir bien las abyecciones que en ellos se encuentran, para sufrir sin sublevaros los disgustos y amarguras, la mortificación y la humildad? En resumen, de creer al Santo, es preciso tener por tentación el deseo de todos los cargos, cualesquiera que sean, y con mayor razón si son honrosos. «En Cuanto a aquellos -dice el P. Rodríguez- que desean puestos y oficios, o ministerios más altos, pareciéndoles que en aquéllos harían más fruto en las almas y más servicio a Dios, digo que se engañan mucho de pensar que ese celo es del mayor servicio de Dios y del mayor bien de las almas; no es sino celo de honra y estimación y de sus comodidades; y por ser aquel oficio y ministerio más honroso y más conforme a su gusto e inclinación, por eso lo desean… Y si yo fuese humilde antes querría que el otro hiciese el oficio alto, porque tengo que creer que lo hará mejor que yo y con más fruto y con menos peligro de vanidad.» Concluyamos, pues, con San Francisco de Sales, que será mejor no desear nada, sino abandonarnos por completo en las manos de Dios y de su Providencia. «¿A qué fin desear una cosa más que otra? Con tal que agrademos a Dios y amemos su divina voluntad, esto debe bastarnos y de modo especial en religión, en donde la obediencia es la que da valor a todos nuestros ejercicios.» Estemos dispuestos a recibir los cargos que ella nos imponga; «sean honrosos o abyectos yo los recibiré humildemente, sin replicar ni una sola palabra si no fuere preguntado, de lo contrario, diré sencillamente la verdad como lo siento». No es posible dar a Dios testimonio más brillante de amor y de confianza que dejarle disponer de nosotros como El quiera, y decirle: «Mi suerte está en tus manos»; yo vivo tranquilo en este pensamiento y no deseo preocuparme de otra cosa.

Cuando el Superior ha hablado, es Dios quien ha hablado. Ya no se contenta El con declararnos su beneplácito por los acontecimientos, nos significa también su voluntad por boca de su representante. El Señor tenía ya sobre nosotros derechos absolutos; en la profesión religiosa hemos contraído con El nuevas obligaciones, nos hemos entregado a la Comunidad. El Superior está oficialmente encargado, en nombre de Dios y del Monasterio, de exigir de nosotros lo que hemos prometido; y ¿no es uno de estos sagrados compromisos el de aceptar que el Superior disponga de nosotros según nuestras santas leyes? ¿Que nos deje en nuestro puesto, que nos confíe empleos o nos los quite, siempre cumple con su misión, y nosotros hemos de ser fieles a nuestros compromisos. Ora, consulta, reflexiona y decide en conformidad con su conciencia inspirándose en nuestras Reglas, y de acuerdo con el personal de que puede disponer. De nadie depende, sino de Dios y de los superiores mayores; y por tanto, no ha de pedirnos permiso, ni siquiera exponernos sus motivos de obrar. Por otra parte, deber suyo es, no menos que interés suyo y nuestro, procurar ante todo el bien de las almas. Además, Dios, que nos asigna un empleo, pondrá su gracia a nuestra disposición, porque no cabe abandono de su parte cuando, dejando a un lado nuestros gustos y repugnancias, vamos con esforzado ánimo a donde El nos quiere.

No tenemos derecho a rechazar un empleo por modesto que sea; pues ninguno hay vil y despreciable sino el orgullo y la falta de virtud. No hay oficio bajo en el servicio del Altísimo; los menores trabajos son de un precio inestimable a sus ojos, cuando se los ennoblece por la fe, el amor y la abnegación. La Santísima Virgen ha superado en mucho a los mismos Serafines, porque ha realzado con las más santas disposiciones las ocupaciones más sencillas. Por otra parte, la Comunidad es un cuerpo que necesita de todo su organismo: necesita una cabeza y precisa también pies y manos; ¿con qué derecho querríamos ser cabeza más bien que pies, y ojos más bien que manos? Desde el momento que nosotros despreciamos un empleo como inferior a nuestros méritos, nos falta la humildad, y ¿no ha querido Dios ponernos precisamente en situación de adquirirla? Y si nosotros le servimos con esforzado ánimo en un oficio a propósito para huir el orgullo del espíritu y la delicadeza de los sentidos, ¿no es darle el testimonio más brillante de nuestro amor y de nuestra abnegación?

No tenemos derecho de rehusar un empleo porque nos parezca superior a nuestros méritos. ¡Extraña humildad la que paralizaría la obediencia y nos haría olvidar nuestros compromisos! Es nuestro Superior quien debe ser juez de nuestras aptitudes y no nosotros; él asume la responsabilidad de elegimos, y nos deja únicamente la de obedecer.

Sin duda, motivo para temer tendríamos si nosotros buscáramos los cargos y se nos confiaran a fuerza de nuestras instancias, mas desde el momento que es Dios quien nos los asigna, El nos prestará también su ayuda. Y, como hemos dicho en el capítulo anterior, es El hábil obrero que sabe ejecutar excelentes obras hasta con pobres instrumentos. Los talentos son preciosos cuando están unidos a la virtud; mas Dios quiere sobre todo que su instrumento sea flexible y dócil, es decir, humilde y obediente, fuera de que Dios no nos exige el acierto, sino que pide se obre lo mejor que se pueda, y con eso se da por satisfecho.

En fin, nosotros no tenemos derecho a rechazar los empleos, alegando con sobrada facilidad el peligro que en ellos pudiera correr nuestra alma, y en ese sentido dice San Ligorio: «No creáis que ante Dios podéis rehusar un cargo a causa de las faltas de que teméis haceros culpables en él. Al entrar en religión se asume la obligación de prestar al Monasterio todos los servicios posibles, mas si el temor de pecar pudiera servirnos de excusa, en él se apoyarían todos, y entonces, ¿con quién contar para el servicio del Monasterio y la administración de la Comunidad? Proponeos ejecutar el beneplácito divino y no os faltará la ayuda de Dios.»

En una palabra, «¿no es mejor dejar a Dios disponer de nosotros según sus miras, atender al empleo que haya tenido a bien imponernos, recibirlo humildemente sin replicar palabra? Pueden, sin embargo, hallarse empleos que superen nuestras fuerzas o demasiado conformes con nuestras naturales inclinaciones, o también peligrosos para nuestra salvación. Entonces nada más conveniente (y a veces nada más necesario) que dar a conocer a nuestros Superiores estas circunstancias que pueden serles desconocidas, lo que ha de hacerse con toda humildad, dulzura y sumisión que la Regla prescribe en semejantes casos. Mas, si a pesar de nuestros respetuosos reparos los Superiores insisten, aceptemos su mandato con amor, juzgando que esto nos es más útil, dispuestos por otra parte a vigilar cuidadosamente sobre nosotros, confiando en la ayuda de la gracia», y fieles en dar cuenta exacta de nuestro proceder.

Terminemos con una observación capital del P. Rodríguez: «Lo que Dios mira y estima en nosotros en esta vida, no es el personaje que representamos en esta vida, no es el personaje que representamos en la Comunidad, uno de superior, otro de predicador, otro de sacristán, otro de portero, sino el buen cobro que cada uno da de su personaje; y así si el coadjutor hace bien su oficio y representa mejor su personaje que el predicador o que el superior el suyo, será más estimado delante de Dios y más premiado y honrado. Por tanto, nadie tenga deseo de otro personaje ni de otro talento, sino procure cada uno representar bien el personaje que le han dado, y emplear bien el talento que ha recibido», de suerte que glorifiquéis a Dios por vuestra santificación. Tendréis, pues, vigilancia en no descuidar, con pretexto de empleo, la regularidad común y la vida interior, sino cumplir vuestro cargo a la luz de la Eternidad, bajo la mirada de Dios, de manteneros en una estricta obediencia y humildad, y de aprovecharos de los deberes y dificultades del empleo para adelantar en la virtud. He aquí lo esencial, lo único necesario, y el beneficio de los beneficios.

Artículo 6º.- Reposo y tranquilidad

Algunos empleos espirituales o temporales, traen consigo el trabajo, la fatiga y los cuidados; no es uno dueño de sí mismo, expuesto como se halla continuamente a ser interrumpido por el primero que se presenta durante el trabajo, la oración, las piadosas lecturas. Otros cargos, por el contrario, sólo exigen una atención relativa y no imponen apenas ni cuidados ni molestias, sucediendo lo propio, con mayor razón, cuando no se tiene ningún empleo.

El reposo y la tranquilidad facilitan en gran manera la observancia regular y la vida interior, nos colocan en circunstancias favorables para cultivar a nuestras anchas nuestra alma y conservarnos unidos a Dios durante el curso del día. Mas pudiera suceder que nos apegáramos tan desordenadamente, que con dificultad renunciáramos a ello cuando se ponga por medio obligaciones del cargo y bien común. Este amor del reposo y de la tranquilidad, tan legítimo en si, llega en tal caso a ser excesivo; degenera en vulgar egoísmo, y no conoce el desinterés ni el sacrificio, y por lo mismo que apaga la llama de la verdadera caridad, nos hace inútiles para nosotros y para los demás.

El trabajo y los cuidados, las continuas molestias de ciertos cargos, nos proporcionan una inagotable mina de sacrificio y de abnegación; es un perfecto calvario para quien desea morir a si mismo, es una continua inmolación en provecho de todos. Por el contrario, es muy fácil en este torbellino de los negocios y cuidados descuidar su interior y sobrenaturalizar poco nuestras acciones; y sin embargo, con un poco de trabajo es fácil purificar la intención, elevar con frecuencia el alma a Dios y conservarse suficientemente recogido. Nadie ha estado más ocupado que San Bernardo, Santa Teresa, San Alfonso y tantos otros. Pregúntase cómo han podido hallar, en medio de tantos trabajos y cuidados, oportunidad para componer libros de valor tan inestimable, para consagrarse durante tanto tiempo a la oración y ser perfectísimos contemplativos: sin embargo, lo hicieron.

¿Qué querrá Dios de nosotros? Aprovecharíamos más en la agitación o en la tranquilidad? Sólo Dios lo sabe. Es, pues, prudente establecernos en una santa indiferencia y estar dispuestos a todo cuanto El quiera. Nosotros, como miembros de una Orden contemplativa, tenemos desde luego derecho a desear la calma y la tranquilidad, a fin de vivir con más facilidad en la intimidad del divino Maestro. San Pedro juzgaba con razón que estaba bien en el Tabor; no deseaba abandonarlo, sino vivir cerca siempre de su dulce Salvador y bajo la misma tienda. No dejó, sin embargo, de añadir, y nosotros hemos de hacerlo también con él: «Señor, si quieres.» Mas, ¿lo querrá? El Tabor no se encuentra aquí abajo de un modo permanente. Necesitamos el Calvario y la crucifixión, y no tenemos el derecho de elegir nuestras cruces y de impedir a Dios que nos imponga otras. Si ha preferido imponernos aquellas que abundan en tal o cual cargo, aceptémoslas con confianza; es la sabiduría infalible y el más amante de los Padres, y ésta es la prueba que necesitábamos para hacer morir en nosotros la naturaleza; pues otra cruz, elegida por nosotros, no respondería seguramente como ésta a nuestras necesidades.

En esto hay una mezcla de beneplácito divino y voluntad significada. En cuanto de nosotros dependa y lo podamos hacer sin faltar a ninguna de nuestras obligaciones, hemos de amar, desear, buscar la calma y la tranquilidad, y por decirlo así, crear en derredor nuestro una atmósfera de paz y de recogimiento, pues es el espíritu de nuestra vocación. Mas si es del agrado de Dios pedirnos un sacrificio y ponernos en el tráfago de mil cuidados, no tenemos derecho a decirle que no; tratemos únicamente de conservar aun entonces, en cuanto fuera posible, el espíritu interior; el silencio y la unión divina; y cuando se ofreciere un momento de calma, sepamos aprovecharla para internarnos más en Dios.

Así lo hacía nuestro Padre San Bernardo. Con frecuencia las órdenes del Soberano Pontífice le imponen prolongadas ausencias y asuntos de enorme fatiga, y vuelve a Claraval con una insaciable necesidad de permanecer a solas con Dios. Con todo, su primer cuidado era dirigirse al noviciado para ver a sus nuevos hijos y alimentarlos con la leche de su palabra. Dábase en seguida a sus religiosos a fin de derramar en ellos sus consuelos, tanto más abundantes, cuanto mayor era el tiempo que se habían visto privados de ellos. Primero pensaba en los suyos, y después en sí mismo. «La caridad -decía- no busca sus propios intereses. Hace ya largo tiempo que ella me ha persuadido a preferir vuestro provecho a todo cuanto amo.

Orar, leer, escribir, meditar y demás ventajas de los ejercicios piadosos, todo lo he reputado como una pérdida por amor vuestro. Soporto con paciencia haber de dejar a Raquel por Lía; y no me pesa haber abandonado las dulzuras de la contemplación, cuando me es dado observar que después de nuestras pláticas el irascible se torna dulce; el orgulloso, humilde; el pusilánime, esforzado, que los hijos pequeños del Señor se sirvan de mí como quieran, con tal que se salven. Si yo no perdono ningún trabajo por ellos, ellos me perdonarán mis faltas, y mi descanso más apetecido será saber que no temen importunarme en sus necesidades. Me prestaré a satisfacer sus deseos cuanto me fuere posible; y mientras tuviere un soplo de vida, serviré a mi Dios sirviéndolos a ellos con una caridad sin fingimiento.»

San Francisco de Sales hacía lo propio: «Si alguno, aun cuando fuere de los más pequeños, se dirigía a él, tomaba el Santo la actitud de un inferior ante su superior, sin rechazar a nadie, no rehusando hablar ni escuchar y no dando la más pequeña muestra de disgusto, aunque tuviere que perder un tiempo precioso escuchando frivolidades. Su sentencia favorita era ésta: «Dios quiere esto de mí, ¿qué más necesito? En cuanto que ejecuto esta acción no estoy obligado a ejecutar otra. Nuestro centro es la voluntad de Dios, y fuera de El no hay sino turbación y desasosiego.» Santa Juana de Chantal asegura que en la abrumadora multitud de los negocios siempre se le veía unido a Dios, amando su santa voluntad igualmente en todas las cosas, y por este medio, las cosas amargas se le habían vuelto sabrosas.

5. EL ABANDONO EN LOS BIENES DE OPINIÓN

Artículo 1º.- Reputación

Cosa muy querida nos es nuestra reputación, y en especial con respecto a nuestros Superiores y a la Comunidad. Damos la mayor importancia a su estima y confianza, aparte de que podamos necesitar de ellas para el ejercicio de nuestro cargo. Pues bien, no es raro que por motivo legítimo o culpable, con razón o sin ella, se desaten las lenguas contra nosotros, lo cual no es pequeña prueba. El Salmista quéjase de ella con frecuencia a Dios: «bien conocía las contradicciones de las lenguas», «los hijos de los hombres cuyos dientes son armas y flechas y su lengua afilado cuchillo», «lenguas maldicientes y engañosas, semejantes a carbones de fuego voraz, a flechas agudas lanzadas por vigoroso brazo».

Si acontece que sus dardos, lanzados en la sombra o en el descubierto, hieren nuestra reputación, debemos soportar siempre con paciencia sus ataques y conformarnos con el divino beneplácito. En efecto, tras los hombres es preciso ver a Dios sólo, de quien ellos son instrumentos, ya tengan o no conciencia de ello, pues El les pedirá cuentas de cada palabra y les pagará según sus obras. Mas entretanto, se servirá del celo, la ligereza y de la guía de la malignidad misma para probarnos. Nuestra reputación le pertenece, tiene derecho de disponer de ella como le place. Nosotros creemos que la necesitamos para el desempeño de nuestro cargo, pero sabe El mejor lo que conviene a los intereses de su gloria, al bien de las almas, a nuestro progreso espiritual. Si ha resuelto probarnos en este punto, es dueño de escoger para este fin el instrumento que quiera. A pesar de los lamentos y las recriminaciones de la naturaleza, olvidemos deliberadamente a los hombres para no ver sino a Dios sólo; y besando con filial sumisión su mano que nos hiere con amoroso designio, apliquémonos a recoger todos los frutos que la prueba nos puede proporcionar.

Estas tribulaciones nos .brindan, en efecto, ocasiones raras de crecer en muchas y sólidas virtudes. El alma, despojándose de su reputación, elévase por encima de la opinión de los hombres hasta Dios sólo, para servirle con absoluta pureza de intención. La humildad toma fuerza y se arraiga profundamente, cuando acepta esta dura prueba; entonces es cuando el justo se desprecia realmente y acepta ser despreciado por los demás. Afiánzase en la dulzura ahogando los arrebatos de la cólera; en la paciencia, moderando la tristeza que producen estas injusticias. ¡Bella y sublime es la caridad que perdona todos los agravios, que ama a sus enemigos, habla de ellos sin amargura y devuelve bien por mal! La confianza en Dios se dilata en la tranquilidad con que se lleva la cruz, y el amor de Nuestro Señor en la fidelidad en servirle como de ordinario. Dulce fruto de esta amarga pena será vencer el mal con el bien, y disfrutar de continuo la bienaventuranza prometida a los que son perfectamente dulces, misericordiosos y pacíficos.

Quiere Dios por este medio hacernos humildes de corazón, siguiendo el ejemplo y las lecciones del Cordero y de sus fieles amigos. «¿Ha habido jamás reputación más destrozada que la de Jesucristo? ¿De qué injuria no fue blanco? ¿Qué calumnias no pesaron sobre él? Sin embargo, el Padre le ha dado un nombre que está sobre todo nombre, y le ha exaltado tanto más cuanto fue más abatido. Y los Apóstoles, ¿no salían gozosos de los concilios en que habían recibido afrentas por el nombre de Jesús? Porque es verdadera gloria sufrir por tan digna causa. Bien veo que nosotros no queremos sino persecuciones aparatosas, a fin de que nuestra vanidad brille en medio de nuestros sufrimientos; querríamos ser crucificados gloriosamente. Según nuestra apreciación, cuando los mártires sufrían tan crueles suplicios, eran alabados por los espectadores de sus tormentos; ¿no eran, por el contrario, maldecidos y tenidos por dignos de execración? ¡Cuán pocos son los que se determinan a despreciar la propia reputación, a fin de promover así la gloria de Aquel que murió ignominiosamente en la cruz, para procurarnos una gloria que no tendrá fin. »

Así habla San Francisco de Sales, y añade: «¿Qué es, pues, la reputación para que tantos se sacrifiquen ante ese ídolo? Después de todo, no pasa de ser un sueño, una sombra, una opinión, un poco de humo, una alabanza cuya memoria se extingue con su eco, una estimación frecuentemente tan falsa, que muchos se maravillan de verse culpados de defectos que en manera alguna tienen, y alabados de virtudes, sabiendo muy bien que tienen los vicios opuestos.» Venían a veces a decir al Santo Obispo que se hablaba mal de él que se llegaban a decir cosas extrañas y escandalosas. En lugar de defenderse, respondía: «¿No dicen más que eso? Pues en verdad que no saben todo; al lisonjearme, me perdonan y bien veo que me juzgan mejor de lo que soy. ¡Sea Dios bendito! Es preciso corregirse, y si en esto no merezco ser corregido, lo merezco en otras muchas cosas; con que siempre es una misericordia el que me corrijan tan benignamente.»

Sin embargo, por perfecto que sea nuestro desasimiento de la reputación, nuestro abandono en Dios en lo a ella referente, no podemos menos de tener un cuidado razonable. Expresamente lo recomienda el Sabio; y, por consiguiente, es voluntad de Dios significada. La buena reputación, dice San Francisco de Sales, «es uno de los fundamentos de la sociedad humana, sin la cual no sólo somos inútiles al público, sino también perjudiciales a causa del escándalo que de nosotros recibe; la caridad, pues, lo exige, y la humildad se complace en que nosotros conservemos y deseemos con toda diligencia el buen nombre. Además, no deja de ser muy útil para la conservación de nuestras virtudes, en particular, de las virtudes aún débiles. La obligación de conservar nuestra reputación y de ser tales que se nos pueda estimar, estimula a un ánimo generoso con poderosa y dulce violencia. Con todo, no seamos demasiado apasionados, exigentes y puntillosos para conservarla. El desprecio de la injuria y de la calumnia es por lo regular un remedio mucho más saludable que el resentimiento; el desprecio hace que se desvanezcan, y el resentimiento, al contrario, parece darles consistencia. Es necesario ser celoso, mas no idólatras de nuestro buen nombre.»

«Renunciemos, pues, aquella conversación yana, aquel trato inútil, aquella amistad frívola, aquellos modales inconsiderados si ofenden la buena fama, porque el buen nombre es mucho más estimable que todo vano solaz; pero si murmuran, nos reprenden y calumnian a causa de los ejercicios de piedad, los progresos en la devoción y la diligencia en buscar los bienes eternos, dejémoslos hablar, puestos siempre los ojos en Jesucristo crucificado, que será el protector de nuestra fama. Si permite que nos la arrebaten, será para devolvernos otra mejor o para hacernos adelantar en la santa humildad, de la cual una sola onza vale más que mil libras de honra. Si injustamente somos censurados, opongamos con serenidad la verdad a la calumnia, y si ésta persevera, perseveremos también nosotros en humillarnos, pues nunca estará más al abrigo que cuando la ponemos juntamente con nuestra alma en manos de Dios. Exceptuemos, sin embargo, ciertos crímenes tan atroces e infames, que nadie tiene derecho a sufrir su imputación, cuando de ellos se puede justamente sincerarse. Exceptuemos, también ciertas personas de cuya buena reputación depende la edificación de muchos, porque en estos casos es preciso procurar tranquilamente la reparación de la ofensa recibida.»

Así hablaba San Francisco de Sales a su Filotea, y éste era su modo de obrar. Quería que la dignidad episcopal fuese respetada en su persona, pero era indiferente en cuanto a su persona concernía tocante a la estima y al desprecio, y no tanto le preocupaban las alabanzas como los menosprecios. Defendióse modestamente de ciertas calumnias que podían comprometer su ministerio, pero, en general, permanecía insensible a las injurias y juicios desfavorables que contra él se hicieran; contentándose con reír cuando de ellos se acordaba (lo que rara vez acontecía). «Los que se quejan de la maledicencia -acostumbraba a decir- son harto delicados, porque al fin y al cabo es una crucecita de palabras que lleva el viento; y se necesita tener la piel y los oídos muy tiernos para no poder sufrir el zumbido y la picadura de una mosca.» En las calumnias de mayor importancia, pensaba en el Salvador expirando como un infame sobre la cruz y entre dos ladrones: «Esta es -decía- la verdadera serpiente de bronce, cuya vista nos cura de las mordeduras del áspid. Ante este gran ejemplo, vergüenza habríamos de tener de quejamos, y mayor aún de conservar resentimientos contra los calumniadores.» Pensaba también en el juicio final que nos hará completa justicia, e importábale poco entretanto el ser censurado de los hombres, con tal de agradar a su amado Maestro. Ni siquiera quería se tomase su defensa: «¿Os he dado el encargo de incomodaros por mí? Dejad que hablen, pues no es sino una cruz de palabras, una tribulación de viento, y es posible también que mis detractores vean mis defectos mejor que los que me aman, siendo de esta manera, más que enemigos, nuestros amigos, puesto que cooperan a la destrucción del amor propio.» En una palabra, indiferente a las alabanzas y a los desprecios, se abandonaba en manos de la Providencia, dispuesto a cumplir su obligación con buena o mala fama, y no deseando otra reputación, sino la que Dios juzgara conveniente que disfrutara para los intereses de su servicio.

Aun en ocasiones en que podían rechazar la calumnia y que hasta parecía imponérselo el deber, los santos han preferido casi siempre guardar silencio, a ejemplo de Nuestro Señor durante la Pasión, dejando a la divina justicia el cuidado de justificarlos si lo juzgaba conveniente. San Gerardo de Mayella, entre otros muchos, nos ofrece de ello un memorable ejemplo. «Una infame le acusó de un crimen horrible. Inquieto y turbado, San Alfonso llamó al acusado, le manifestó la denuncia y le preguntó qué alegaba en contra. Impasible como el mármol, Gerardo no articuló palabra. Alfonso le privó de la comunión y de toda relación con los de fuera, y el hermano, sin embargo, no se permitió la menor murmuración. Convencidos de su inocencia, los Padres le instaban a que se justificara: “Hay un Dios -decía- y a El le corresponde ocuparse de eso”. Y aconsejado de que para aliviar su martirio pidiese al menos poder comulgar, respondió: “No; muramos bajo el peso de la divina voluntad”. Cincuenta días después, satisfecho de haber obrado con Gerardo como con su divino Hijo, “el oprobio de las gentes”, declaró su inocencia. La infeliz que le había acusado retractó su calumnia, declarando haber obrado por inspiración del demonio. El verse declarado inocente no impresionó más a Gerardo que la acusación, y como San Alfonso le preguntase por qué había rehusado disculparse, le respondió de manera sublime diciendo: “Padre mío, ¿no es prescripción de la Regla no excusarse jamás, sino sufrir en silencio cualquier mortificación?”» Es verdad que la Regla no le obligaba en aquella circunstancia, y el ejemplo es más de admirar que de imitar, pero, ¡qué lección para nuestra delicadeza!

Artículo 2º.- Las humillaciones

La humildad es una virtud capital y su acción altamente beneficiosa. De ella provienen la fuerza y la seguridad en los peligros, ilusiones y pruebas, pues sabe desconfiar de sí y orar. Es del agrado de los hombres, a quienes hace sumisos a los superiores, dulces y condescendientes con los inferiores; es el encanto de nuestro Padre celestial, porque nos hace adoptar la actitud más conveniente ante su majestad y su autoridad, imprime a nuestro continente un notable parecido con nuestro Hermano, nuestro Amigo, nuestro Esposo, Jesús, «manso y humilde de corazón». ¿No es El la humildad personificada? «El humilde le atrae, el orgulloso le aleja. Al humilde le protege y le libra, le ama y le consuela, y hacia el humilde se inclina y le colma de gracias, y después del abatimiento le levanta a gran gloria; al humilde revela sus secretos, le convida y le atrae dulcemente hacia Si». La palabra del Maestro es categórica: «El que se humillare será ensalzado, y, por el contrario, el que se ensalce será humillado».

Si tenemos, pues, la noble ambición de crecer cada día un tanto en la amistad e intimidad con Dios, el verdadero secreto de granjeamos sus favores será siempre rebajarnos por la humildad; secreto en verdad muy poco conocido. Hay quienes no se preocupan sino de subir, siendo así que ante todo convendría esforzarse por descender. Cuánto convendría meditar la respuesta tan profunda de Santa Teresa del Niño Jesús a una de sus novicias: «Encójome cuando pienso en todo lo que he de adquirir; en lo que habéis de perder, querréis decir, porque estoy viendo que equivocáis el camino y no llegaréis jamás al término de vuestro viaje. Queréis subir a una elevada montaña, y Dios os quiere hacer bajar, y os espera en el fondo del valle de la humildad… El único medio de hacer rápidos progresos en las vías del amor, es conservarse siempre pequeña.»

Muchos son los caminos que conducen a la humildad. Confiemos muy particularmente en los abatimientos, según esta bella expresión de San Bernardo: «La humillación conduce a la humildad, como la paciencia a la paz y el estudio a la ciencia.» ¿Queréis apreciar si vuestra humildad es verdadera? ¿Queréis ver hasta dónde llega, y si avanza o retrocede? Las humillaciones os lo enseñarán. Bien recibidas, empujan fuertemente hacia adelante y con frecuencia hacen realizar notables progresos, y sin ellas jamás se alcanzará la perfección en la humildad. «¿Deseáis la virtud de la humildad? -concluye San Bernardo-; no huyáis del camino de la humillación, porque si no soportáis los abatimientos, no podéis ser elevados a la humildad.»

Decía San Francisco de Sales que hay dos maneras de practicar los abatimientos: la una es pasiva y se refiere al beneplácito divino, y constituye uno de los objetos del abandono; la otra activa, y entra en la voluntad de Dios significada. La mayor parte de las personas no quieren sino ésta, llevando muy a mal la otra; consienten en humillarse, y no aceptan el ser humilladas; y en esto se equivocan de medio a medio.

Conviene sin duda humillarse a sí mismo, y hemos de. dar siempre marcada preferencia a las prácticas más conformes a nuestra vocación y más contrarias a nuestras inclinaciones. San Francisco de Sales quería que nadie profiriese de sí mismo palabras despreciativas que no naciesen del fondo del corazón, de otra suerte, «este modo de hablar es un refinado orgullo. Para conseguir la gloria de ser considerado como humilde, se hace como los remeros que vuelven la espalda al puerto al cual se dirigen; y con este modo de obrar se camina sin pensarlo a velas desplegadas por el mar de la vanidad». Recurramos, pues, más a las obras que a las palabras para abatirnos. La mejor humillación activa en nuestros claustros será siempre la leal dependencia de la Regla, de nuestros superiores y aun de nuestros hermanos. Nadie ignora que los doce grados de humildad, según nuestro Padre San Benito, se fundan casi exclusivamente en la obediencia, y es también de esta virtud de la que San Francisco de Sales hace derivar la señal de la verdadera humildad, fundándose en esta expresión de San Pablo, que Nuestro Señor se anonadó haciéndose obediente. «¿Veis -decía- cuál es la medida de la humildad? Es la obediencia. Si obedecéis, pronta, franca, alegremente, sin murmuración, sin rodeos y sin réplica sois verdaderamente humildes, y sin la humildad es difícil ser verdadero obediente; porque la obediencia pide sumisión, y el verdadero humilde se hace inferior y se sujeta a toda criatura por amor de Jesucristo; tiene a todos sus prójimos por superiores, y se considera como el oprobio de los hombres, el desecho de la plebe y la escoria del mundo.» Humillación excelente es también descubrir el fondo de nuestros corazones y de nuestra conciencia a los que tienen la misión de dirigirnos, dándoles fiel cuenta de nuestras tentaciones, de nuestras malas inclinaciones y, en general, de todos los males de nuestra alma. Finalmente, es saludable humillación acusarse ante los Superiores como lo haríamos en presencia del mismo Dios, y cumplir con corazón contrito y humillado las penitencias usadas en nuestros Monasterios. Además de estas humillaciones de Regla, hay otras que son espontáneas. San Francisco de Sales «quería mucha discreción en éstas, porque el amor propio puede deslizarse en ellas sagaz e imperceptiblemente, y ponía en sexto grado procurarse las abyecciones cuando no nos vinieren de fuera».

El santo estimaba mucho las humillaciones que no son de nuestra libre elección; porque en verdad, las cruces que nosotros fabricamos son siempre más delicadas, además de que serían contadas y apenas tendrían eficacia para matar nuestro amor propio.

Necesitamos, pues, que nos cubran de confusión, que nos digan las verdades sin miramientos, y que nos hagan sentir todo este mundo de corrupción y de miserias que bulle en nosotros. De ahí que Dios nos prive de la salud, disminuya nuestras facultades naturales, nos abandone a la impotencia y oscuridad, o nos aflija con otras penas interiores. Esta misma razón le mueve a abofetearnos por mano de Satanás, a ordenar a nuestros Superiores que nos reprendan, y a la Comunidad que tome parte conforme a nuestros usos en la corrección de nuestros defectos. La acción ruda y saludable de la humillación quiere Dios ejercerla especialmente por aquellos que nos rodean; a todos los emplea en la obra, utilizando para ello el buen celo y el celo amargo, las virtudes y los defectos, las intenciones santas, la debilidad y aun, en caso necesario, la malicia. Los hombres no son sino instrumentos responsables, y Dios se reserva el castigarlos o recompensarlos a su tiempo. Dejémosle esta misión, y no viendo en El sino a. nuestro Dios, a nuestro Salvador, al Amigo por excelencia, y olvidando lo que en ello hay de amargo para la naturaleza, aceptemos como de su mano este austero y bienhechor tratamiento de las humillaciones. De ordinario, éstas son breves y ligeras, y aun cuando fuesen largas y dolorosas, no lo serian sino de una manera más eficaz, dispuestas por la divina misericordia, «y el rescate de las faltas pasadas, la remisión de las fragilidades diarias, el remedio de nuestras enfermedades, un tesoro de virtudes y méritos, un testimonio de nuestra total entrega a Dios, el precio de sus divinas amistades y el instrumento de nuestra perfección».

La humillación fomenta el orgullo cuando se la rechaza con indignación o se sufre murmurando; y esto explica cómo «se hallan tantas personas humilladas que no son humildes». Sólo será provechosa para aquel que le hace buena acogida y en la medida en que la reciba humildemente como si fuera de la mano de Dios, diciéndose, por ejemplo: en verdad que la necesito y bien la he merecido. Y si una ligera ofensa, una falta de consideración, una palabra desagradable es suficiente para lanzarme en la agitación y turbación, señal es que el orgullo se halla todavía lleno de vida en mi corazón, y en lugar de mirar la humillación como un mal, debiera mirarla como mi remedio; bendecir a Dios que quiere curarme, y saber agradecerla a mis hermanos que me ayudan a vencer mi amor propio. Por otra parte, la vergüenza, la confusión, la verdadera humillación, ¿no consiste en sentirme aún tan lleno de orgullo después de tantos años pasados en el servicio del Rey de los humildes? Si conociéramos bien nuestras faltas pasadas y nuestras miserias presentes, poco nos costaría persuadirnos de que nadie podrá jamás despreciarnos, injuriarnos y ultrajarnos en la medida que lo tenemos merecido; y en vez de quejamos cuando Dios nos envía la confusión, se lo agradeceríamos como favor inapreciable, puesto que a trueque de una prueba corta y ligera oculta nuestras miserias de aquí abajo a casi todas las miradas y nos ahorra la vergüenza eterna. Y no digamos que somos inocentes en la presente circunstancia, pues no pocas de nuestras faltas han quedado impunes, y el castigo, por haberse diferido, no es menos merecido.

San Pedro mártir, puesto injustamente en prisión, quejábase a Nuestro Señor de esta manera: «¿Qué crimen he cometido para recibir tal castigo?» «Y Yo, respondió el divino Crucificado, ¿por qué crimen fui puesto en la cruz?» La Iglesia en uno de sus cánticos dice que El «es solo Santo, solo Señor, solo Altísimo con el Espíritu Santo en la gloria del Padre», y con todo, vino a su reino y los suyos no le recibieron, sino que le llenaron de ultrajes y malos tratamientos, le acusaron, le condenaron, le posponen a un homicida, le conducen al suplicio entre dos ladrones, le insultan hasta en la Cruz; es el más despreciado, el último de los hombres; su faz adorable es maltratada con bofetadas, manchada con salivazos. No aparta, sin embargo, su cara, ni les dirige palabra alguna de reprensión, sino que adora en silencio la voluntad de su Padre y la reconoce enteramente justa, y la acepta con amor porque se ve cubierto de los pecados del mundo, ¿y nosotros, viles criaturas suyas, tantas veces culpables, miraríamos con deshonor participar de los abatimientos del Hijo de Dios y recibirlos humildemente sin decir palabra? ¿Sufriremos que la Santa Víctima padezca sola por faltas que son nuestras y no suyas, y no querremos beber en el cáliz de las humillaciones? ¿Es esto justo y generoso? ¿No será más bien una vergüenza? ¿Cómo agradaremos con orgullo semejante a Aquel «que es manso y humilde de corazón»? ¿No tendría derecho a decirnos: «He sido calumniado, despreciado, tratado de insensato, y querrás tú que se te estime, y seguirás siendo todavía sensible a los desprecios»?

Por otra parte, el amor quiere la semejanza con el objeto amado, y a medida que aquél crece, se acepta con más gusto y hasta se considera uno dichoso en compartir las humillaciones, las injurias y los oprobios de su Amado Jesús. Entonces el amor «nos hace considerar como favor grandísimo y como singular honor las afrentas, calumnias, vituperios y oprobios que nos causa el mundo, y nos hace renunciar y rechazar toda gloria que no sea la del Amado Crucificado, por la cual nos gloriamos en el abatimiento, en la abnegación y en el anonadamiento de nosotros mismos, no queriendo otras señales de majestad que la corona de espinas del Crucificado, el cetro de su caña, el manto de desprecio que le fue impuesto y el trono de su cruz, en la cual los sagrados amantes hallan más contento, más gozo y más gloria y felicidad que Salomón en su trono de marfil».

Al hablar así, San Francisco de Sales nos describe sus propias disposiciones. En medio de la tempestad, de los desprecios y de los ultrajes reconocía la voluntad de Dios y a ella se unía sin dilación, en la que permanecía inmóvil sin conservar resentimiento alguno, no tomando de ahí ocasión para rehusar petición alguna razonable; y de seguro que si alguno le hubiera arrancado un ojo, con el mismo afecto le hubiera mirado con el otro. Ante el amago de tenerse que enfrentar con un ministro insolente, que tenía una boca infernal y una lengua en extremo mordaz, decía: «Esto es precisamente lo que nos hace falta. ¿No ha sido Nuestro Señor saturado de oprobios? ¡Y cuánta gloria no sacará Dios de mi confusión! Si descaradamente somos insultados, magníficamente será El exaltado; veréis las conversiones a montones, cayendo a mil a vuestra derecha y diez mil a vuestra izquierda.» San Francisco de Asís respira los mismos sentimientos. Como un día fuese muy bien recibido, dijo a su compañero: «Vámonos de aquí, pues no tenemos nada que ganar en donde se nos honra; nuestra ganancia está en los lugares en que se nos vitupera y se nos desprecia.»

Artículo 3º.- Persecuciones de parte de las personas buenas

Las persecuciones pueden venirnos de parte de los malos y de parte también de las personas buenas.

«Ser despreciado, reprendido y acusado por los malos, es realmente dulce para un hombre animoso -dice San Francisco de Sales-; empero ser reprendido, acusado y maltratado por los buenos, por los amigos, por los parientes, eso sí que es meritorio. Así como las picaduras de las abejas son más agudas que las de las moscas, del mismo modo, el mal que proviene de las personas buenas y las contradicciones que nos ocasionan, se toleran con mayor dificultad que las de los otros.» San Pedro de Alcántara, penetrado de la más viva compasión por Santa Teresa, le dijo que una de las mayores penas de este destierro era lo que ella había soportado, es decir, esta contradicción de los buenos. ¿Radica esto en que el aprecio y el afecto de estas personas nos son más estimados, o en que la prueba era menos esperada? ¿Obedece acaso a que las personas buenas, creyendo seguir el dictamen de su conciencia, guardan menos consideraciones? Sean cualesquiera el origen y las circunstancias de estas duras pruebas, nos parece conveniente entrar en algunas consideraciones que ayudarán a santificarías.

Todos los santos han pasado aquí abajo por la persecución, dice San Alfonso. Ved a San Basilio acusado de herejía ante el Papa San Dámaso, a San Cirilo condenado por hereje por un Concilio de cuarenta Obispos y depuesto luego vergonzosamente, a San Atanasio perseguido por culpársele de hechicero y a San Juan Crisóstomo por costumbres relajadas. «Ved también a San Romualdo, quien contando más de cien años, es con todo acusado de un crimen vergonzoso, tanto que se intentó quemarle vivo; a San Francisco de Sales, a quien por espacio de tres años se le juzgó manteniendo relaciones ilícitas con una persona del mundo, y esperar por todo ese tiempo que Dios le justifique de esta calumnia; por último, ved a Santa Liduvina, en cuyo aposento entró un día una mujer desgraciada para vomitar injurias a cuál más grosera.» Ninguno de nosotros ignora que nuestro bienaventurado Padre San Benito estuvo a punto de ser envenenado por los suyos, y ¡cuánto no tuvieron que sufrir nuestros primeros padres del Cister, así de sus hermanos de Molismo, como de otros monjes de su tiempo! Otro tanto aconteció al venerable Juan de la Barriére y al Abad de Rancé cuando quisieron implantar su reforma. San Francisco de Asís renunció al cargo de Superior a causa de la oposición que encontró’ entre los suyos: Fray Elías, su vicario general, no reparó en acusarle ante un crecido número de religiosos de ser la ruina del Instituto, y este mismo Fray Elías fue el que encarceló a San Antonio de Padua. San Ignacio de Loyola fue encerrado en los calabozos del Santo Oficio. San Juan de la Cruz, habiendo reformado el Carmelo, es arrojado por los Padres de la Observancia en una oscura cárcel, y allí privado de celebrar la Santa Misa durante largos meses, y tuvo además que sufrir rigurosísima abstinencia y las más duras disciplinas y reprensiones. Por idéntico motivo, y a causa de los caminos por los que Dios la llevaba, hubo de sufrir Santa Teresa durísimas vejaciones, de las que se percibe el eco en su Vida. Su confesor, el P. Baltasar Álvarez, sufrió también una especie de persecución motivada por su oración sobrenatural. Otros muchísimos podríamos citar, pero terminaremos por San Alfonso, que fue perseguido durante largos años: como teólogo por los rigoristas, como fundador de los Redentoristas por los regalistas, y finalmente por sus hijos, como ya dejamos dicho. Baronio cuenta cómo el Papa San León IX cedió a las prevenciones contra San Pedro Damiano: «Yo lo digo -añade este sabio Cardenal-, para consolar a las víctimas de estas malas lenguas, para hacer más prudentes a los demasiado crédulos y enseñarles a no prestar fácilmente oídos a las calumnias.»

Estas persecuciones hallan su aparente explicación en la diversidad de espíritus: «¿Qué acuerdo puede haber entre Jesucristo y Belial?» Los malos no pueden soportar la virtud por modesta y reservada que sea, porque los condena, los molesta y los quiere convertir. Las personas buenas, hasta que no han mortificado bastante sus pasiones (si éstas son numerosas), déjanse cegar y arrastrar cualquier día con menoscabo de la paz y de la caridad. Ejemplo de ello tenemos en el P. Francisco de Paula, encarnizado perseguidor de San Alfonso, que lejos de ser mal religioso, hasta gozaba de reputación muy recomendable. Mucho se hubiera extrañado si se le hubiese predicho que, andando el tiempo, trabajaría con celo digno de mejor causa en perder a su ilustre y santo Fundador, mediante informes tendenciosos, envenenados y llenos de calumnias; hízolo, sin embargo, porque no había combatido suficientemente su desmesurada ambición, que ni siquiera había echado de ver hasta entonces. Los más santos pueden hacerse sufrir mutuamente, ya porque se engañan, o porque no entienden su deber de la misma manera, existiendo como existe entre los hombres diversidad de miras y caracteres.

Mas para penetrar a fondo el misterio de estas pruebas es preciso remontarse hasta Nuestro Señor y penetrar en los consejos de la Providencia. Jesús nos advierte que ha venido a traer la espada y no la paz, y que los enemigos del hombre serán los de su casa; que ha sido perseguido y hasta se ha llegado a llamarle Belcebú, y que no es el discípulo más que su Maestro; se nos odiará, se nos perseguirá de ciudad en ciudad, se nos entregará y llegará tiempo en que los mismos que nos den la muerte crean hacer un servicio a Dios. El Apóstol, a su vez, se hace eco de su Maestro: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución»; pero termina diciendo el Señor, «bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Cuando os maldijeren y persiguieren y se hubieren dicho contra vos todos los males imaginables sin razón y por mi causa, regocijaos, alegraos porque vuestra recompensa es grande en el Reino de los cielos y tened presentes a los Profetas, que antes que vosotros fueron también perseguidos». Y ¿qué fin se propone la Providencia con estas pruebas purificadoras? Quiere señalar todas sus obras con el sello de la cruz, despojarnos de la estima y afecto propio, formarnos en la paciencia, en el perfecto abandono, en la caridad sólo por amor de Dios, consumar la santidad de sus mejores amigos.

Jesús humilde, despreciado, víctima de la iniquidad, pero manso y humilde de corazón en medio de los ultrajes, amante y abnegado hasta la total efusión de su sangre a pesar de todas las injusticias y perfidias, es el Maestro que nos muestra el camino, el Modelo al que el Espíritu Santo ha encargado la misión de hacernos semejantes. La Providencia emplea a los buenos y a los malos como instrumento para reproducir en nosotros a Jesús ultrajado, vilipendiado, tratado indignamente; pero al propio tiempo el Espíritu Santo nos ofrece la gracia, obra en nosotros para hacernos imitar fielmente a Jesús manso y humilde de corazón, a Jesús lleno de dulzura y de heroica caridad. Caminar con paso resuelto por las huellas de Jesús perseguido, es entrar en las vías de la santidad. Murmurar, quejarse y andar con repugnancia, es arrastrarse penosamente en la mediocridad. San Alfonso, por su parte, dice: «Persuadámonos que en recompensa de nuestra paciencia en sufrir de buen grado las persecuciones, tendrá Dios cuidado de nosotros, pues es Dueño de levantarnos cuando quisiere. Mas aunque fuera preciso vivir en lo sucesivo, bajo el peso del deshonor, existe la otra vida, en la que por nuestra paciencia seremos colmados de honores tanto más sublimes.»

Olvidemos, pues, a los hombres y todas las faltas que creemos tienen, y desechemos de nuestro corazón la amargura y el resentimiento. Fijos constantemente los ojos en el eterno perseguido, en Jesús nuestro modelo y en el Amado de nuestras almas, adoremos como El todos los designios de su Padre, que es también el nuestro. Abracemos con amor las pruebas que El nos envía y los efectos de ellas ya consumados e irreparables, esforzándonos por sacar de ellos el mejor partido posible, entrando plenamente en las disposiciones de nuestro dulce Jesús y obrando en todo como El lo haría en nuestro caso. Esto no nos impide, en cuanto al porvenir, hacer lo que depende de nosotros para precaver los peligros, para evitar las consecuencias si fuere del agrado de Dios, siempre que la gloria divina, el bien de las almas, u otras justas razones lo exijan o lo permitan.

El beato Enrique Susón recorrió durante largo tiempo este doloroso camino, y ved las enseñanzas que recibió del cielo. Díjole una voz interior: «Abre la ventana de tu celda, mira y aprende.» La abrió, y fijando la vista, vio a un perro que corría por el claustro, llevando en su boca un trozo de alfombra con la que se divertía, ya lanzándola al aire, ya arrastrándola por el suelo, destrozándola y haciéndola pedazos. Una voz interior dijo al beato: «así serás tú tratado y despedazado por boca de tus hermanos». Entonces hízose esta reflexión: «Puesto que no puede ser de otra manera, resígnate; mira cómo esta alfombra se deja maltratar sin quejarse, haz tú lo mismo.» Bajó, cogió la alfombra y la conservó durante largos años como preciado tesoro. Cuando tenía una tentación de impaciencia, la cogía en sus manos, a fin de reconocerse en ella y de adquirir la valentía de callarse. Cuando desviaba el rostro despreciando a los que le perseguían, era por ello castigado interiormente y una voz decíale en el fondo de su corazón: «Acuérdate que Yo, tu Señor, no aparté mi rostro a los que me escupían.» Entonces experimentaba un verdadero arrepentimiento y entraba de nuevo en sí mismo… Decíale aún la voz interior: «Dios quiere que cuando seas maltratado con palabras y hechos soportes todo con paciencia, quiere que mueras del todo a ti mismo, que no tomes tu diario alimento antes de haberte dirigido a tus adversarios y de haber sosegado, en cuanto te fuere posible, la ira de su corazón por medio de palabras y modales caritativos, dulces y humildes… No has de suponer que ellos sean otros Judas en el verdadero sentido de la palabra, sino los cooperadores de Dios que debe probarte para bien tuyo.»

San Alfonso, condenado por el Papa a causa de injustas acusaciones y separado definitivamente de la Congregación que había fundado, no se quejó y no recriminó a nadie, tan sólo dijo con heroica sumisión: «Seis meses ha que hago esta oración: Señor, lo que Vos queréis lo quiero yo también.» Y aceptó con el alma toda destrozada, aunque con resignación, vivir proscrito hasta la muerte, puesto que tal era la voluntad de Dios. Lejos de conservar animosidad contra su perseguidor, escribíale: «Me entero con alegría de que el Papa os prodiga sus favores. Tenedme al corriente de todo lo bueno que os acontezca, para que pueda dar gracias a Dios. Le pido aumente en vos su amor, que multiplique vuestras casas, y que os bendiga a vos y a vuestras misiones.» En esta prueba, como en todas las circunstancias difíciles, había comenzado por hacer que orase su Congregación y por recomendar a cada uno se renovase en el fervor, a fin de tener a Dios de su parte; después había tomado cuantas medidas podía aconsejar la prudencia, pero sometiéndose de antemano al divino beneplácito.

En lo más crudo de la persecución, San Juan de la Cruz recibía los oprobios con alegría, porque creíase merecedor de peores tratamientos. Parecíale que no se le injuriaba bastante y suspiraba por el momento en que tendría que sufrir sangrientas disciplinas, a fin de poder sufrir por Dios esta afrenta y dolor. Creía tener tantos defectos, ser culpable de tantos pecados, que no se indignaba por las reprensiones y ultrajes, pues para él no eran injustos ni crueles. Por más que sus penas interiores fuesen aún mayores en esta época, se consolaba en sus continuas comunicaciones con Dios, y componiendo ese admirable cántico que explicó más tarde.

6. DEL ABANDONO EN LOS BIENES ESENCIALES ESPIRITUALES

Consideremos aquí la vida espiritual en su parte esencial: 1º Su fin esencial, que es la vida de la gloria. 2º Su esencia aquí abajo, que es la vida de la gracia. 3º Su ejercicio esencial en este mundo, es decir, la práctica de sus virtudes y la huida del pecado. 4º Sus medios esenciales, que son la observancia de los preceptos, de nuestros votos y de nuestras Reglas, etc. Todas estas cosas son necesarias a los adultos, religiosos o seglares, cualquiera que sea la condición en que Dios los ponga o el camino por donde los lleve. Son ellas el objeto propio de la voluntad de Dios, significada, y, por tanto, son del dominio de la obediencia y no del abandono. El abandono, sin embargo, hallará ocasiones de ejercitarse aun en estas cosas.

Artículo 1º.- La vida de la gloria

«Dios nos ha significado de tantos modos y por tantos medios su voluntad de que todos fuésemos salvos, que nadie puede ignorarlo. Pues aunque no todos se salven, no deja, sin embargo, esta voluntad de ser una voluntad verdadera, que obra en nosotros según la condición de su naturaleza y de la nuestra; porque la bondad de Dios le lleva a comunicamos liberalmente los auxilios de su gracia, pero nos deja la libertad de valernos de estos medios y salvarnos, o de despreciarlos y perdernos. Debemos, pues, querer nuestra salud como Dios la quiere, para lo cual hemos de abrazar y querer las gracias que Dios a tal fin nos dispensa, porque es necesario que nuestra voluntad corresponda a la suya.» Así se expresa San Francisco de Sales, al que nos complacemos en citar, para vindicar su doctrina del abuso que de ella han hecho los quietistas. De este pasaje toma pie Bossuet para establecer con mil pruebas en su apoyo, que comprendida como está la salvación en primer término en la voluntad de Dios significada, el piadoso Doctor de Ginebra no la hacía materia del abandono y que, «si él extiende la santa indiferencia a todas las cosas», ha de entenderse con esto los acontecimientos que caen bajo el beneplácito divino. Además, sería impiedad contra Dios y crueldad para nosotros mismos hacernos indiferentes para la salvación o la condenación.

Esta monstruosa indiferencia era con todo muy querida de los quietistas, y condenaban el deseo del cielo y despreciaban la esperanza: unos, porque este deseo es un acto; otros, porque la perfección exige que se obre únicamente por puro amor, y el puro amor excluye el temor, la esperanza y todo interés propio. Tantos errores hay en esta doctrina como palabras contiene. Para dejar obrar a Dios y tornarse dócil a la gracia, es preciso suprimir lo que hubiera de defectuoso en nuestra actividad, mas no la actividad misma, ya que ella es necesaria para corresponder a la gracia: A Dios rogando y con el mazo dando, reza el refrán. El motivo del amor es el más perfecto, pero los demás motivos sobrenaturales son buenos y Dios mismo se complace en suscitarlos a las almas. La caridad anima las virtudes, las gobierna y ennoblece, mas no las suprime; y como reina que es, no va nunca sin todo su cortejo, ocupando ella el primer puesto y siguiéndola la esperanza, pues ambas son necesarias y, lejos de excluirse, viven en perfecta armonía. ¿Acaso no es propio del amor tender a la unión? Y así, cuanto más se enciende el amor, más intenso es el deseo de la unión, se piensa en el Amado, deséase su presencia, su amistad, su intimidad y no acertamos a separarnos de él. Cuando un alma fervorosa consiente de grado en no ir al cielo sino algún tanto más tarde, es por el sólo deseo de agradar a Dios abrazando su santa voluntad y de verle mejor, de poseerle más perfectamente durante toda la eternidad. En definitiva, ¿no es la salvación el amor puro, siempre actual, invariable y perfecto, mientras que la condenación es su extinción total y definitiva?

Es verdad que Moisés pide ser borrado del libro de la vida, si Dios no perdona a su pueblo; San Pablo desea ser anatema por sus hermanos; San Francisco de Sales asegura que un alma heroicamente indiferente «preferiría el infierno con la voluntad de Dios al Paraíso sin su divina voluntad; y si, suponiendo lo imposible, supiera que su condenación seria más agradable a Dios que su salvación, correría a su condenación». En estos supuestos imposibles, los santos muestran la grandeza, la vehemencia, los transportes de su caridad, que están, sin embargo, a infinita distancia de una cruel indiferencia de poseer a Dios o perderlo, de amarle u odiarle eternamente. Tan sólo quieren decir que sufrirían con gusto, si el cumplimiento de la voluntad divina lo precisara, todos los males del mundo y hasta los tormentos del infierno, pero no el pecado; en todo lo cual demuestran lo que aman a Dios, y cuán deseosos se hallan de agradarle haciendo todo lo que El quiere, y glorificarle convirtiéndole almas. Santa Teresa del Niño Jesús era el eco fiel de estos sentimientos cuando, «no sabiendo cómo decir a Jesús que le amaba, que le quería ver por todas partes servido y glorificado, exclamaba que gustosa consentiría en verse sepultada en los abismos del infierno, porque El fuese amado eternamente. Esto no podía glorificarle, ya que no desea sino nuestra felicidad; pero cuando se ama, se experimenta la necesidad de decir mil locuras». Tales protestas son muy verdaderas en San Pablo, en Moisés y otros grandes santos; en las almas menos perfectas corren el riesgo de ser una presuntuosa ilusión, un vano alimento de su amor propio.

En resumen, es necesario querer positivamente lo que Dios manda; y como nada desea tan ardientemente como nuestra dicha eterna, es necesario querer nuestra salvación de un modo absoluto y por encima de todo. Aquí no cabe el abandono sino en cuanto al tiempo más cercano o más lejano, como hemos dicho tratando de la vida o de la muerte, y también en cuanto a los grados de gracia y gloria que ahora vamos a explicar.

Artículo 2º.- La vida de la gracia

La vida de la gracia es el germen cuya expansión es la vida de la gloria. La una pasa luchando en la prueba, la otra triunfa en la felicidad; mas en realidad, es una sola y misma vida sobrenatural y divina la que comienza aquí abajo y se consuma en el cielo. Por otra parte, la vida de la gracia es la condición indispensable de la vida de la gloria. y es la que determina su medida. En consecuencia, hemos de desear tanto la una como la otra. Dios quiere ante todo que aspiremos a ellas como a fin supremo de la existencia, ya que trabaja exclusivamente por hacérnoslas alcanzar, y el demonio por hacérnoslas perder. Las almas que plenamente han entendido la importancia de su destino, no tienen otro objetivo en medio de los trabajos y vicisitudes de esta vida, que conservar la vida de la gracia tan preciosa y tan disputada, y de llevarla a su perfecto desenvolvimiento. Tocante, pues, a la esencia de esta vida, no hay lugar al santo abandono, por ser la voluntad claramente significada que las almas «tengan la vida y que la tengan en abundancia».

Pero el abandono hallará su puesto en lo que concierne al grado de la gracia, y por ende al grado de las virtudes y al grado de la gloria eterna; pues, según el Concilio de Trento, «recibimos la justicia en nosotros en la medida que place al Espíritu Santo otorgárnosla, y en la proporción que cada uno coopera a ella». La gracia, las virtudes y la gloria dependen, por tanto, de Dios que da como El quiere, y del hombre en cuanto que se prepara y corresponde.

Puesto que todo esto depende de la generosidad individual, es preciso orar, orar más, orar mejor, corresponder a la acción divina con ánimo y perseverancia, no omitir esfuerzo alguno para no quedar por debajo del grado de virtud y de gloria que la Providencia nos ha destinado. ¿Cuál es la causa de que no seamos más santos? ¿Quién tiene la culpa de que tan sólo vegetemos como plantas marchitas, en lugar de tener sobreabundancia de vida espiritual? La gracia afluye a las almas generosas, se nos prodiga en el claustro, y más aún se nos prodigaría y frutos más copiosos produciría si supiéramos obtenerla mejor por la oración y no contrariaría por nuestras infidelidades. No, no es la gracia la que nos falta, nosotros somos los que faltamos a la gracia. No acusemos a Dios de paliar nuestra negligencia, pues tenemos muy merecida esta reflexión de San Francisco de Sales: «Jesús, el Amado de nuestras almas, viene a nosotros y halla nuestros corazones llenos de deseos, de afectos y de pequeños gustos. No es esto lo que El busca, sino que querría hallarlos vacíos para hacerse dueño y guía suyo. Verdad es que nos hemos apartado del pecado mortal y de todo afecto pecaminoso, pero los pliegues de nuestro corazón están llenos de mil bagatelas que le atan las manos, y le impiden distribuimos las gracias que nos quiere otorgar. Hagamos, pues, lo que de nosotros depende, y abandonémonos a la divina Providencia.»

A pesar de todo, Dios permanece dueño de sus dones, y a nadie niega las gracias necesarias para alcanzar el fin que se ha dignado asignarnos. Pero a unos concede más, a otros menos, y con mucha frecuencia su mano abre con sobreabundancia y profusión cuando El quiere y como a El le place. Por eso Nuestro Señor, «con corazón verdaderamente filial, previniendo a su Madre con las bendiciones de su dulzura la ha preservado de todo pecado», y de tal suerte la ha santificado, que Ella es su «única paloma, su toda perfecta sin igual». Con certeza se afirma de San Juan Bautista y con probabilidad de Jeremías y de San José, que la divina Providencia veló por ellos desde el seno de su madre y los estableció en la perpetuidad de su amor. Los Apóstoles elegidos para ser las columnas de la Iglesia fueron confirmados en gracia el día de Pentecostés. Entre la multitud de los santos no hay quizá dos que sean iguales, pues la Liturgia nos hace decir en la fiesta de cada Confesor Pontífice: «No se halló otro semejante a él.» La misma diversidad reina entre los fieles, y ¿quién no ve que entre los cristianos los medios de salvación son más numerosos y eficaces que entre los infieles, y que entre los mismos cristianos hay pueblos y ciudades donde los ministros de la Religión son de mayor capacidad y el ambiente más ventajoso? La gracia riega el claustro más que el mundo, y con frecuencia un monasterio mucho más que otro. Pero es preciso guardarse bien de inquirir jamás por qué la Suprema Sabiduría ha concedido tal gracia a uno con preferencia a otro, ni por qué.

Ella hace abundar sus favores más en una parte que en otra. «No, Teótimo, nunca tengas esta curiosidad, porque contando todos con lo suficiente y hasta con lo abundante para la salvación, ¿qué razón puede nadie tener para lamentarse, si a Dios place distribuir sus gracias con mayor abundancia a unos que a otros…? Es, pues, una impertinencia el empeñarse en inquirir por qué San Pablo no ha tenido la gracia de San Pedro, ni San Pedro la de San Pablo; por qué San Antonio no ha sido San Atanasio, ni San Atanasio San Jerónimo. La Iglesia es un jardín matizado de infinidad de flores; y así, conviene que las haya de diversa extensión, de variados colores, de distintos olores y, en suma, de diferentes perfecciones. Cada cual tiene su valor, su gracia y su esmalte, y todas en conjunto forman una agradabilísima perfección de hermosura. Además, no creamos jamás hallar una razón más plausible de la voluntad de Dios que su misma voluntad, la que es sobradamente razonable y aun la razón de todas las razones, la regla de toda bondad, la ley de toda equidad.»

En consecuencia, un alma que practica bien el santo abandono, deja a Dios la determinación del grado de santidad que ha de alcanzar en la tierra, de las gracias extraordinarias de que esta santidad pueda estar acompañada aquí abajo y de la gloria con que ha de ser coronada en el cielo. Si Nuestro Señor eleva en poco tiempo a alguno de sus amigos a la más alta perfección, si les prodiga señalados favores, luces sorprendentes, sentimientos elevadísimos de devoción, no por esto siente celos, sino que, muy al contrario, se regocija de todo esto por Dios y por las almas. En lugar de dar cabida a la tristeza malsana o a los deseos vanos, mantiénese firme en el abandono; y con esto, el grado de gloria a que aspira es precisamente el que Dios le ha destinado. Mas hace cuanto de sí depende con ánimo y perseverancia, a fin de no quedarse en plano inferior a ese grado de santidad, que es el objeto de todos sus deseos.

Artículo 3º.- La práctica de las virtudes

Dios no deifica la sustancia de nuestra alma por la gracia santificante, y nuestras facultades por las virtudes infusas y los dones del Espíritu Santo, sino para hacernos producir actos sobrenaturales, como se planta un árbol frutal para que nos dé frutos. Si nuestro Señor nos ha dado el precepto y el ejemplo, si nos intima sus amenazas y sus promesas, si nos prodiga sus gracias exteriores e interiores, es tan sólo para hacernos practicar la virtud, que huyamos del pecado y consigamos la vida eterna. Porque la práctica de las virtudes es el único camino de salvación y de perfección para los adultos, es también el fin próximo de la vida espiritual, es un ejercicio esencial, que unas veces es obligatorio y otras voluntario, es, en fin, la tarea que Dios asigna a nuestra actividad y ha de ser también el trabajo de toda la vida, pues las virtudes son numerosas, complejas e indefinidamente perfectibles.

Como la práctica de las virtudes pertenece, dice Bossuet, «a la voluntad significada, es decir, al expreso mandamiento de Dios, no hay en ella abandono ni indiferencia que practicar, y sería impiedad abandonarse a no adquirir virtudes o estar indiferente para tenerlas». Y San Francisco de Sales se expresa en idénticos términos: «Dios nos ha ordenado -dice- hacer cuanto podamos por adquirir las virtudes; así es que no olvidemos nada a fin de salir bien en esta santa empresa»; y añade en otra parte que podemos desearías y pedirlas, y hasta es más, lo debemos hacer de un modo absoluto y sin condición alguna.

Puesto que la práctica de las virtudes pertenece a la voluntad de Dios significada, debemos consagramos a ellas según los principios de la ascética cristiana, con la gracia desde luego, mas por propia determinación y sin esperar a que Dios, mediante las disposiciones de su Providencia, nos coloque en condiciones de hacerlo y nos declare de nuevo su voluntad, puesto que nos es ya suficientemente conocida, y esto basta. Labor nuestra es suscitar las ocasiones y utilizar las que nos ofrecen nuestras santas Reglas y los acontecimientos, pudiendo, además, multiplicar los actos de virtud sin ocasiones exteriores. No hay, pues, lugar al abandono en cuanto a la esencia de esta práctica, pero tendrá lugar en muchas cosas, como el grado, la manera y ciertos medios.

1º.- El grado de virtud. «Este depende a la vez -dice el P. le Gaudier- del hombre y de la gracia. Podemos, pues, y hasta debemos hacer los mayores esfuerzos para aumentarlo sin cesar, contentándonos, sin embargo, con la medida que pluguiere a la divina Bondad. Por esto, si observamos que nuestros progresos disminuyen o se paralizan, si llegamos a omitir obras de virtud y aun a caer positivamente en algún defecto, hemos de afligimos de haber faltado a la gracia y por no haber correspondido a los deseos de Dios. Mas, ya que El juzgó oportuno permitir esta caída o poner este limite a nuestros progresos para procurar su gloria y nuestra humillación y para castigar también nuestra negligencia, es de todo punto necesario conformar nuestra voluntad a la suya.» Declaramos, sin embargo, con este piadoso autor, que «si no subimos más alto, es por lo regular debido a nuestra culpa: la gracia abunda en toda alma fiel, pero nosotros no tenemos un ideal bastante elevado, y nos falta el valor y la perseverancia».

2º.- Las maneras defectuosas de practicar la virtud. Un orgullo secreto, la necesidad de gozar, el miedo de sufrir, pueden en efecto mezclarse en ella. Pertenece a la mortificación cristiana poner orden, mas la Providencia nos proveerá gustosa de los medios para conseguirlo. Citemos algunos ejemplos: Existe ante todo la manera egoísta de buscarnos a nosotros mismos en las diversas consolaciones, en nuestros ejercicios de devoción y hasta en el progreso de nuestras virtudes. Dios nos gobernará en forma tal que nos quite poco a poco estos apegos, a fin de que con mayor pureza y simplicidad no ansiemos sino el beneplácito de su divina Majestad, y cultivemos en adelante las virtudes; «no ya porque ellas nos son agradables, honrosas y a propósito para contentar el amor que nos tenemos a nosotros mismos, sino porque son agradables a Dios, útiles a su honor y destinadas a su gloria». De ahí el que aun las almas más selectas sientan la aridez, atormentadas por mil repugnancias y dificultades, quebrantadas y aniquiladas por el sentimiento de su impotencia y de sus miserias. Dios quiere despojarlas del orgullo y de la sensualidad, para que aprendan a no servirle sino a El sólo y por puro espíritu de fe.

Existe también la manera inquieta y apresurada. Muchas, luego que se han decidido a perfeccionarse por la adquisición de las virtudes, querrían poseerlas todas de un golpe; como si aspirar a la perfección bastara para poseerlas sin trabajo. Dios exige que hagamos cuanto está de nuestra parte por la fidelidad en conservar cada virtud según nuestra condición y vocación. Nos quiere así acostumbrar a tender a la perfección por grados con un corazón tranquilo. Por lo que mira a llegar a ella más pronto o más tarde, pide que lo dejemos a su Providencia; y suavemente nos conducirá, de suerte que moderemos la impaciencia de nuestros deseos y nos conservemos en la humildad.

3º.- Algunos medios de practicar la virtud. Dios se reserva el intervenir a su tiempo y como le plazca, para allanar los obstáculos, suscitar las ocasiones y facilitar el trabajo. Lo hace por cada acontecimiento de su beneplácito, empleando a todos los hombres en los intereses de su gloria, «pero a unos en la acción más que en el sufrimiento, a otros por el martirio, las persecuciones, la mortificación voluntaria, la enfermedad, etc. Nuestro papel consiste en hacernos indiferentes a todas estas cosas y esperar el divino beneplácito, y después, en abrazar su santa voluntad y estrecharla con amor así que aparezca claramente». ¿Acaso no es ella soberanamente sabia, paternal y saludable? Por otra parte, nadie tiene derecho a pedir cuenta a Dios de por qué nos pone aquí o por qué no nos conduce de otra manera. Mucho menos podemos exigir de El algunas de esas intervenciones especiales, en que su acción singularmente poderosa ilumina, abrasa, transforma las almas, o al menos las hace realizar un sensible progreso en poco tiempo y como sin esfuerzo de su parte. Santa Teresa en varios lugares de su Vida señala casos de este género. Cuenta en particular cómo el primer rapto con que el Señor la favoreció despególa súbitamente de ciertas amistades muy inocentes, pero a las que estaba muy apegada, y cómo después le era imposible entablar otras de las que no fuere Dios el único lazo. Mas estas ascensiones rápidas, estas iluminaciones súbitas, estas transformaciones sorprendentes no son sino muy raras excepciones. Dios, habiéndonos dotado de inteligencia y de voluntad libre, poniendo su gracia a nuestra disposición, «nos ha dejado en manos de nuestro consejo»; y así a nuestra actividad espiritual es a la que debemos exigir la práctica de las virtudes. Sería harto temerario y hasta insensato quien, contando con intervenciones extraordinarias de Dios, descuidase la iniciativa personal y se durmiera en la pereza.

Artículo 4º.- La huida del pecado

«La vida del hombre sobre la tierra es un combate». Día y noche los enemigos de dentro y de fuera nos acechan con intento de robarnos el tesoro de nuestras virtudes, y aun la vida de la gracia y de la gloria. Es preciso vigilar, orar, luchar sin tregua, rechazar de continuo los asaltos del infierno, descubrir sus artificios, tener a raya nuestras malas inclinaciones y nuestras pasiones desarregladas, que están en inteligencia con él; y si ha conseguido penetrar en nuestras filas por el pecado, arrojarlo por la penitencia, reparar las consecuencias de nuestra falta, prevenir una nueva ofensiva, preparar la final victoria mediante la vigilancia y ánimo siempre alerta, y puesto que somos la debilidad misma, hemos de llamar en nuestra ayuda a la omnipotencia de Dios. La lucha es de absoluta necesidad y no debe terminar sino con la vida. El día que cesemos de combatir, el pecado nos invadirá como un implacable enemigo, y se precipitará sobre un país que ha cesado de oponerle una resistencia victoriosa. Además, téngase en cuenta lo que cuesta despegarse de todo y establecerse sólidamente en la pureza del corazón y en la paz del alma, por lo que, una vez adquirida, es preciso conservarla a todo trance.

«Nuestro Señor no cesa de exhortar, prometer, amenazar, defender, mandar e inspirar, a fin de apartar nuestra voluntad del pecado, en cuanto esto puede hacerse sin quitarnos la libertad.» La voluntad divina nos ha sido significada mil veces y bajo todas las formas, y ante una voluntad divina tan claramente conocida en cosas de tan capital importancia, la indiferencia sería criminal. Preciso es, pues, resolverse a luchar sin tregua ni descanso y entrar en combate, sin esperar otra cosa que la gracia prometida a la oración y a la fidelidad.

Sin duda, Dios pudiera venir en nuestra ayuda por una de esas intervenciones poderosas que rinden al alma y la cambian con pasmosa prontitud; y así es como Magdalena, la pecadora escandalosa, se transforma en un momento y llega a ser maravillosamente pura; así es como Pedro, después de su triple negación, tropieza con la mirada de Jesús y comienza a derramar lágrimas que jamás han de cesar; como el buen ladrón, hasta entonces malhechor y blasfemo, realiza en el postrer momento una entera conversión y recibe de boca del Salvador la más consoladora seguridad; de esta manera es como los Apóstoles, antes tímidos e imperfectos, son confirmados en gracia y colmados de un valor intrépido el día de Pentecostés; como Saulo, el ardiente perseguidor, cae postrado en el camino de Damasco y pronto quedará convertido en un Apóstol no menos ardoroso. Dios pudiera sin dificultad hacernos pasar en un instante del pecado o de la tibieza a las más santas disposiciones, ya que en su poder están todas estas maravillosas transformaciones, mas, como advierte San Francisco de Sales, «son tan extraordinarias en la gracia, como la resurrección de los cuerpos en la naturaleza; de suerte, que no hemos de pretenderías». De igual manera, Dios pudiera calmar a las almas a quienes ve en la turbación o en otras disposiciones penosas, y hacerlo con una sola palabra suya, y establecerlas súbitamente en el estado en que El las quiere. Hácelo algunas veces, pero no es éste su método habitual. Prefiere que la «purgación y curación ordinaria, sea de los cuerpos, sea de los espíritus, no se haga sino poco a poco, progresivamente, paso a paso y entre dificultades y gustos».

Dios juzga más glorioso para nosotros y para El no salvarnos sin nosotros, o que nuestra perdición dependa de nosotros. Si nos preservase, si nos convirtiese, si nos transformase casi sin trabajo de nuestra parte, ¿dónde estaría nuestro mérito? Por el contrario, dejándonos más tiempo a nuestra propia determinación, exige de nosotros mayores esfuerzos, pero nos ofrece con el honor y mérito una fuente de incesantes progresos por la vigilancia, la oración, el combate, la penitencia, la humildad, la mortificación cristiana. Habiéndonos creado libres, nos gobierna libremente, juzgando preferible sacar bien del mal, a costa de nuestra libertad. Quiere, pues, que luchemos contra nuestras malas inclinaciones, nuestras pasiones desarregladas y los enemigos de fuera. El, que nos ha trazado el camino, nos ofrecerá su gracia, nos recompensará según nuestras obras; pero nos deja obrar. Preciso es armarnos de valor para la lucha, adorando a la divina Providencia en esta santa disposición, «en la que brillan su sabiduría en regir las criaturas libres, su liberalidad en recompensar a los buenos, su paciencia en soportar a los malos, su poder para convertirlos, o por lo menos, para llamarlos al orden por la justicia, y en fin, el bien de su gloria que El halla en todas las cosas y es la que únicamente busca en todas ellas». Pero obedezcamos al mismo tiempo a su voluntad significada, que nos ordena aborrecer el pecado, evitarlo mediante la vigilancia, la oración y el combate o repararlo por la penitencia.

Artículo 5º.- La observancia de los preceptos, votos, Reglas, etc.

Expuesto ya lo concerniente a la gloria eterna, a la vida de la gracia, a la práctica de las virtudes y a la huida del pecado, agrupamos aquí en este mismo articulo todas las restantes materias pertenecientes a la voluntad de Dios significada, como son: los preceptos de Dios y de la Iglesia, los consejos evangélicos, los deberes de estado, y por consiguiente para nuestros religiosos, nuestros votos, nuestras Reglas y las órdenes de nuestros Superiores; y por último, las inspiraciones de la gracia, los ejemplos de Nuestro Señor y de los santos.

Ya que todo esto pertenece a la voluntad de Dios significada, constituye el dominio propio de la obediencia y no del abandono. Constituye, además, los medios que nos asigna Dios para huir del pecado, cultivar las virtudes, vivir de la gracia y tender a la gloria; y como El quiere el fin, quiere también los medios y los tiene en grande estima. Impone los unos por vía de precepto, o si no son obligatorios, llegan a serlo para nosotros por efecto de nuestra profesión; los otros continúan siendo facultativos, pero es Dios mismo quien nos lo propone, si bien es El quien nos incita por sus promesas y nos atrae por su gracia para no descuidarlos. Así es como, por ejemplo, nos induce, además de las oraciones y sacrificios obligatoriamente tasados por nuestras Reglas, y mediante las condiciones requeridas, a hacer algo más por nuestra buena voluntad, y nos mueve a multiplicar los actos interiores de las virtudes, a seguir más de cerca a los santos, a nuestro dulce y amado Salvador Jesús.

En consecuencia, para cumplir todas estas cosas, al menos en lo que atañe a su obligatoriedad, no hemos de esperar a que los acontecimientos nos declaren la voluntad divina, o a que una moción especial del Espíritu Santo nos incline a cumplirla, porque ya nos es bastante conocida y, además, la gracia está a nuestra disposición. Por tanto, no tenemos sino caminar por nuestra propia determinación, fijos constantemente los ojos en los preceptos, en nuestras leyes monásticas y en las otras señales de la divina voluntad, a fin de regular de acuerdo con ella cada uno de nuestros pasos.

No hemos, sin embargo, de adherirnos a todas estas cosas, sino en tanto que continúen siendo la voluntad de Dios con respecto a nosotros. Si El deja de quererlas, nos es preciso despegarnos de ellas para poner todo nuestro afecto en lo que El quiere de presente, y no querer sino esto, porque algunos preceptos de Dios no son tan inmutables que no puedan ser modificados por las circunstancias; y lo propio sucede con los mandamientos de la Iglesia, como, por ejemplo: la asistencia a la Misa, el ayuno y la abstinencia en caso de enfermedad. Con mayor razón Dios podrá modificar algunas de nuestras obligaciones monásticas, cambiando nuestro estado de salud u otras circunstancias. Puede también, según le plazca, dejarnos o retirarnos la facilidad de ejecutar tal o cual práctica de libre elección. Es imposible a un solo hombre observar todos los consejos evangélicos o imitar todas las obras exteriores de Nuestro Señor y de los santos. Ha de hacerse una elección, que por lo regular la deja Dios a nuestra iniciativa; sin embargo, hácela con frecuencia El mismo, disponiendo de nosotros con su voluntad de beneplácito, por cuya razón habrá en todo esto materia más que suficiente para el Santo Abandono.

Dios asigna a cada uno el lugar de combate, las armas y el servicio según la vocación que nos da, o las circunstancias en que nos pone. En el siglo no se pueden practicar las observancias del claustro, y la vida estrictamente contemplativa no soporta el apostolado de fuera, ni la vida activa las constantes ocupaciones de María. La indigencia en el mundo o la pobreza en la vida religiosa impedirá hacer limosna, etc.; y en nuestra misma vocación hay un dilatado horizonte abierto al divino beneplácito. En virtud de éste, confía Dios los altos cargos a uno, mientras deja al otro su puesto humilde, otorga la salud según le place, y con ella la facilidad de guardar todas las observancias; mas, cuando le parece, quita la fuerza y reduce a una impotencia total o parcial.

En resumen, no siendo posible seguir nosotros solos todos los ejemplos de Nuestro Señor y de los santos, ni todos los consejos evangélicos, con todo, hemos de estimarlos en su justo valor, no despreciar nada de lo que ha llevado a las almas a la perfección, sino seguir tan sólo aquellos consejos y prácticas que se armonizan con nuestra condición y nuestra vocación. Hemos de guardar esmeradamente las obligaciones comunes a todos los cristianos y los deberes propios de nuestro estado, adhiriéndonos de todo corazón a estos medios de santificación como queridos por Dios, redoblando, si fuere necesario, nuestros esfuerzos y el espíritu de fe para no aflojar en su obse