Hacia la unión con Dios

Métodos fáciles para hacer oración de meditación*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 4, 2010

 

Presentación

Muchas veces he insinuado a la gente un ratito de meditación. Aún recuerdo lo que un día me respondió una señora. Me miró sorprendida y como quien no me cree en mis cabales, me dijo: «Padre, que yo no tengo vocación de monjita». «Yo, rezar, todo lo que quiera… pero eso de meditar me queda muy difícil».

Muchos creen eso, que meditar es muy difícil. Y son gente buena, piadosa. Y todo depende, pienso yo, de que a los seglares se les ha hablado muy poco del ejercicio de la oración de meditación. Y creen que eso debe ser demasiado complicado.

Este es el motivo que me ha movido a ofrecerte este artículo. Primero, para ayudarte a descubrir que la oración de meditación no es para ninguna clase social en particular sino para todo cristiano que quiere sentir y personalizar su fe. Y en segundo lugar, para facilitarte unos pequeños caminos que te sirvan de guía y puedas tú mismo hacer la experiencia de que meditar no es difícil, y que tú también puedes hacerlo.

Son caminos; no son los únicos; hay muchos más. Tú mismo podrás luego encontrar el tuyo, el que a ti personalmente te vaya mejor. De momento puedes empezar a caminar por alguno de estos. Si te indico demasiados puntos para tu reflexión no es para que tengas que recorrerlos todos. Elige aquellos que creas que te van mejor.

No tengas miedo en lanzarte a la experiencia. Al principio, puede que te sientas un tanto desorientado y hasta creas que estás perdiendo el tiempo. Mira, pierde el tiempo el que no hace nada, el que no intenta nada. No hay tiempo perdido para quien busca los mejores caminos para ahondar en el misterio del amor de Dios revelado en el misterio de la Cruz.

Te recomiendo para ello:

  • Comienza por querer meditar. Luego, decídete a meditar. Fija un momento concreto durante el día. Podrías comenzar por diez o quince minutos. Luego podrás ampliarlo.  

 

  • Pongo en tus manos este escrito con mi más sincero deseo de que despierte en ti las ganas de meditar.  

 

Tu amigo de siempre, Clemente Sobrado, Pasionista

¿Yo puedo meditar?

La mayoría de los cristianos se han quedado con la oración de petición. No está mal. Es cosa buena. Pero se están perdiendo toda una serie de posibilidades.

Con frecuencia, los cristianos se lamentan de la ineficacia de su oración. «Pido y pido, y Dios no me ha escuchado». Y esto crea en muchos una especie de decepción contra Dios… Hasta se podía hablar de que a veces se molestan con Dios. «Si Dios no me hace caso, ¿para qué seguir rezándole? ¿Para qué seguir creyendo en Él?»

Nuestra oración debería ir acompañada de una mayor interiorización. Podemos «pedirle cosas», pero mucho más útil e importante es unirse a Él, conocer más de cerca el misterio de su amor. Meternos en su misterio. Dejarnos impregnar de su amor. Y esto lo hacemos mediante la oración de meditación. Meditando los misterios de la vida de Jesús, sobre todo, ese misterio supremo de su Pasión y Muerte que es la máxima expresión del amor de Dios para con nosotros.

 

Acércate más

Un discípulo pedía al Maestro que le enseñase a orar. El Maestro, muy complaciente le dijo: «Hijo, acércate».

El discípulo se acercó al Maestro. «Más cerca», le dice.

El discípulo se acercó más, hasta quedar pegado al Maestro. «Acércate más, hijo.»

El discípulo le dijo: «Maestro, ya no puedo más, tu cuerpo y el mío están pegados el uno al otro. ¿Cómo podré acercarme más?»

No te habrás acercado lo suficiente mientras sólo tu cuerpo y el mío estén pegados. Es preciso que acerques tu espíritu al mío. No estaremos verdaderamente unidos mientras tú no hayas metido tu alma en la mía, tu corazón en el mío. ¿No me pedías que te enseñase a meditar?

La meditación no consiste tan sólo en ver a Jesús por fuera. No es suficiente mirar con los ojos, ni tocarlo con las manos. Es necesario acercarse más a Él, hasta entrar en su propia intimidad, en sus sentimientos, en sus pensamientos, en sus actitudes. Es meterse y sentir por dentro lo que Él mismo sentía. Eso es la meditación. Y, en el fondo, esa es también la realidad de la oración.

Oración y meditación tienen como finalidad esencial la unión. Unión del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Jesús expresó y manifestó esto con frecuencia, hablando de su relación amorosa con el Padre y también de la relación que debe existir entre el Padre y nosotros:

«Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros». (Jn 17, 21) «… yo en ellos y tú en mí». (Jn 17, 23)

«Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor». (Jn 15, 9)

«Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo». (Flp 2, 5).

Meditar es entrar en comunión espiritual con Jesús. Es entrar en comunión de sentimientos, de afectos, de tristeza, de alegría, de miedos y de angustias de Jesús en su Pasión y Muerte. La gran pregunta que tenemos que hacernos, al meditar en su Pasión y Muerte, es: ¿Qué sentía realmente Jesús en ese momento? ¿Qué sentía sobre mí? ¿Qué pensaba de mí? ¿Cómo me tenía presente a mí en ese instante?

No meditamos para saber más sobre Dios o sobre Jesús. Para saber más estudiamos teología. Se puede saber mucho de Dios y de Jesús y nuestro corazón puede estar muy lejos de ellos. Meditamos para sentir más a Dios, para sentir más a Jesús. La meditación nos hará conocer mejor el misterio del amor de Dios, pero no con la ciencia de la teología, sino con la ciencia que se aprende en la experiencia.

Comienza

Los niños pequeños no tienen demasiadas ideas sobre su mamá; ni sabrían definirla; pero los niños chiquitos tienen mucha experiencia de lo que es una madre. No se ama mucho por saber mucha psicología sobre el amor. Por eso, aquel otro Maestro, cuyo discípulo le pedía que le enseñase la iluminación de Dios, le respondió: «Medita». «Pero, Maestro —respondió el discípulo—, yo no sé meditar». Y el Maestro impasible insistió: «Pues medita». «¿Y cómo meditar si no sé meditar?» «Pues medita. A amar se aprende amando y a meditar se aprende meditando. No aprende el que no comienza. No aprende a meditar el que no comienza a meditar».

¿Cómo enseñarle al niño chiquito a andar? Él mismo comienza a gatear, a tenerse en pie, temblando de miedo a caerse. Y más de una vez se cae. Pero andando se aprende a andar. A meditar se aprende meditando. ¿No aprendiste también así a rezar? ¿No aprendiste también así a hablar?

Querer, sentir ganas

El niño aprende a hablar porque siente necesidad de expresarse. Al principio sólo la madre es capaz de interpretar sus medias palabras. Pero él siente necesidad de comunicarse. (Alguien dijo que todo niño, al nacer, tiene en potencia todas las lenguas: el chino, el japonés, el español o el quechua… Para él todas las lenguas son iguales. Escuchando y hablando una en concreto se identifica con ella. Y esa lengua será su lengua propia toda su vida.)

Cada uno de nosotros sentimos necesidad de expresarnos también delante de Dios. Necesitamos decirle nuestros sentimientos y necesitamos sentir los suyos. Esa necesidad es la que nos tiene que llevar a la oración de meditación.

De ahí que el primer paso para meditar es querer, sentir ganas de meditar. El resto vendrá de por sí. Encontrarás muchas lenguas con las que poder comunicarte con Él, decirle tus cosas y escuchar las que Él te dice. Pero tú mismo irás luego aprendiendo tu propio camino, tu propio lenguaje. Habrá muchas maneras de interiorizar a Jesús en tu corazón.

Tú tienes que ir encontrando la tuya propia. Es la mejor. No se trata de imitar lo que hacen los demás. Tú anda tu propio camino. No intentes copiar caminos. Tú tienes el propio.

No partir del «no puedo»

El peor obstáculo que puedes encontrar en el camino de la meditación es decir: «yo no puedo, eso no es cosa para mí». Cuando el no puedo se adueña de tu corazón, tú mismo te estás poniendo una barrera difícil de saltar. No digas «no puedo», en tanto no hayas hecho la prueba. No sientas que la derrota hunde tu corazón, «cuando aún no has puesto el balón en juego».

Ahí está el Espíritu Santo

Pero, además, no olvides que la oración de meditación es una experiencia del misterio del amor de Dios revelado en Jesús. Y si tú no puedes entrar en el corazón de alguien si antes no te abre su corazón, tampoco podrás entrar al corazón de Dios y de Jesús, si ellos no se te hubieran abierto primero. Pero el corazón de Dios ya lo tienes abierto de par en par. La mejor muestra del corazón abierto de Dios es Jesús colgado de la Cruz. «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único» (Jn 3, 16).

Pero también es preciso que tu corazón esté abierto. Y aquí sí puedes encontrar dificultades. Con frecuencia tenemos miedo a abrirnos a Él, miedo a abrirnos a su amor. Pero ahí está el Espíritu Santo, testigo del amor de Dios hacia ti, y fuerza que ora en ti. No olvides que más que orar tú, es el Espíritu que ora en ti. Y esto no es una invención moderna. Te lo dice san Pablo:

«Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene: mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios» (Rm 8, 26-27).

Ésta es la gran ventaja que tenemos. Cuando decimos que no podemos orar, que no podemos meditar, nos estamos olvidando de quien sí puede orar y meditar dentro de nosotros, el Espíritu Santo. El Espíritu Santo está siempre como ayuda en nuestras debilidades. El mismo Jesús, en los discursos de la Última Cena, decía al prometernos el Espíritu que Él nos enviaría:

«Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

No sólo nos recordará todo lo que Jesús dijo, sino que también nos recordará todo lo que Jesús hizo. Y lo máximo que hizo Jesús fue morir por nosotros en la Cruz. Por tanto, una de las misiones más importantes del Espíritu Santo será traernos a la memoria, al recuerdo, el amor del Padre revelado en la Muerte de Jesús. Será Él quien, al hacer presente este misterio de amor en nosotros, nos haga posible la gracia de la meditación, la gracia de poder experimentarlo y revivirlo en nuestro corazón.

La meditación sobre la Pasión y Muerte de Jesús

A muchos les asusta el camino de la Cruz. Posiblemente porque aún no han descubierto el verdadero sentido de la Cruz. Solemos identificar la Cruz con el dolor, el sufrimiento, la enfermedad, las desgracias, los fracasos. Vista así la Cruz resulta poco amable. Si cuando uno va a someterse a una operación quirúrgica sólo piensa en el bisturí, en la anestesia, en los malestares postoperatorios, ¿quién se dejaría operar? Pero bisturí, anestesia y consiguientes malestares, ¿qué otra cosa son sino expresión de una salud que puede recuperarse?

La Pasión y Muerte de Jesús es cierto que están llenas de dolor. Pero el dolor aquí es una simple expresión de cuánto nos ama. «Me ama hasta ser capaz de dar la vida por mí». Lo importante es la «vida por mí». Es decir: el amor infinito de que soy objeto, el valor de mi vida que merece que Dios sacrifique la de su Hijo para que yo viva.

¿Qué es lo que medito en la Pasión y Muerte de Jesús? Medito en el amor. Un amor que leo y descubro en el sufrimiento de Jesús.

Medito en la verdad de Dios. Porque ahí descubro y encuentro que Dios se me revela no como el juez que condena, sino como el Dios que me «ama hasta el extremo». La meditación sobre la Pasión no puede llevarme a quedar aturdido por los golpes del martillo, sino a quedarme extasiado de su amor por mí. Quedarme en el martillo, los clavos, los maderos, es como hacerle perder horizonte a la Muerte de Jesús.

Medito en mi propia grandeza. Yo no puedo ser una basura. Primero, porque Dios no hace basuras y, en segundo lugar, porque nadie da su vida por una basura. ¿Tendrá aquí sentido aquello del tesoro y la perla del Evangelio? Vio el valor del tesoro escondido y de la perla tan preciosa que «vendió con alegría todo lo que tenía para comprarla». ¿No será que Dios ve lo que valgo yo y por eso entrega generoso a su Hijo para ganarme a mí?

De la meditación sobre la Pasión de Jesús sólo se puede sacar una consecuencia clara: dios me ama, Dios me valora. Yo soy importante. Por eso san Pablo de la Cruz insistía tanto en la meditación de la Pasión como una manera de que todos los hombres, aun los más pobres e ignorantes, tomasen conciencia de su dignidad.

Los métodos

Te he dicho que cada uno tiene que andar sus propios caminos. De todos modos, aquí queremos sugerirte algunos posibles caminos o métodos muy sencillos y simples. No son los únicos, tal vez tampoco los más importantes, porque los más importantes para ti son aquellos que mejor van contigo.

Son ayudas para que comiences. Luego tú mismo irás encontrando tu propio camino. Pero comienza por algo para que no te enredes en la maleza, y renuncies porque no ves nada por delante.

Tiempos de meditación

Se podría decir que no hay tiempos de meditación, porque todo el día tú puedes caminar por la vida con el corazón lleno de diversos sentimientos y recuerdos dolorosos y amorosos.

De todos modos, es conveniente dedicarle un tiempo adecuado a lo largo del día. Es conveniente comenzar por dedicarle de diez a quince minutos diarios. Es posible que luego tú mismo le vayas encontrando tanto gusto que alargues tu tiempo a media hora.

Escoge un momento oportuno. El que tú crees que es el más adecuado a tus posibilidades. Es tiempo que ha de ser para ti algo sagrado. Durante el día tienes tu tiempo laboral, tu tiempo recreacional, tu tiempo de diversión. ¿Por qué no tu tiempo personal? ¿Por qué no tu tiempo y el tiempo de Dios en ti?

Método «aplicación de los sentidos» (1)

A. Crea primero un ambiente propicio dentro de ti.

1      Ponte delante de Dios que te mira con cariño, con mucho amor. Aviva dentro de tu corazón esta mirada de Dios que te ve por dentro.

2      Aviva dentro de ti este sentimiento de fe: «Creo que me miras. Creo que me ves. Creo que tu mirada me descubre como soy por dentro».

3      Como si sintieses la mirada amorosa de Dios dentro de ti, reconoce con humildad tu realidad delante de Él. No trates de ocultarle nada, deja que las pequeñas basuras que llevas dentro se iluminen. Reconoce tus debilidades. ¿Cuál es la debilidad que en este momento más te humilla delante de Dios?

4      Pídele ahora que también tú quieres verle a Él por dentro. Quieres ver lo que siente su corazón por ti. Pídele: «Señor, hazme ver tu rostro». «Señor, dame un corazón que te ame como Tú me amas».

5    Pídele a María que te ayude a adentrarte en el misterio de la Pasión de Jesús, tal y como ella la vivió: «Madre, tú callaste durante toda la Pasión de tu Hijo. No dijiste ni una palabra. Todo lo vivías en tu corazón. Concédeme que también yo calle, pero que mi corazón la viva como el tuyo».

B. Cuerpo de la meditación

1      Escoge uno de los pasajes de la Pasión de Jesús. Léelo despacio, que te vaya quedando dentro.

2      Comienza por mirar, contemplar la escena. No hables nada. Simplemente mira, dejando que tu mirada vaya como metiéndose en la escena, no como espectador sino como algo que te interesa.

3      Fíjate en el rostro de Jesús. Su expresión, la que pudo tener según la escena que se medita. Mira al entorno que lo rodea, la expresión de los que están con Él.

4      Luego, trata de verte a ti mismo como parte de la escena.

¿Qué lugar ocupas tú allí? Deja que la mirada de Jesús se clave en ti y que con ella te pregunte: «¿Qué haces tú aquí? ¿De qué lado estás?»

5      Escucha lo que se dice, se habla, los diálogos… Que todo lo que se dice allí lo escuche tu corazón.

6      Trata de acercarte a Él: ¿Qué le dirías? ¿Qué le preguntarías?

¿Qué te diría Jesús? Escucha su voz.

7      Ahora intenta meterte dentro de Él: ¿Qué sentimientos descubres en Jesús? ¿Qué pensaría Jesús?

Permanece dentro del corazón de Jesús.

8      Trata de sentir dentro de ti lo que Él sentía. Que tú y Él viváis los mismos sentimientos.

Termina:

¿Qué es lo que más me llegó al corazón? ¿Cómo me veo a mí mismo frente a lo que he meditado?

¿En qué puedo cambiar mi vida a la luz de lo que he meditado?

¿Qué sentimientos he de seguir recordando durante el día?

Algunas escenas entre tantas:

1      Jesús en el Huerto: Mc 14, 32-40; Mt 26, 36-46

2      Prendimiento: Mt 26, 47-50; Lc 22, 47-53; Jn 18, 2-11

3      Negaciones de Pedro: Mt 26, 69-75; Lc 22, 56-62

4      Las burlas de Jesús: Lc 22, 63-65; Mt 26,67-68; Mc 14, 65

5      Jesús y Barrabás: Mt 27, 15-18 y 20, 22-26

6      Silencio de Jesús: Mt 27, 11-14

7      La flagelación: Mt 27, 27-31; Mc 15, 16-20

8      El Cirineo: Lc 23, 26; Mt 27, 31-34; Mc 15, 20-23

9      Jesús perdona: Lc 23, 33-34

10 Burlas en la cruz: Lc 22, 35-38; Mt 27, 39-43

11 El buen ladrón: Lc 23, 39-43; Mt 27, 44; Mc 15, 32

12 Jesús y su Madre: Jn 19, 25-27

13 Abandono en la Cruz: Mc 15, 33-39

14 Muerte de Jesús: Lc 23, 44-46

15 Sepultura: Lc 23, 50-56

Éstas no son sino algunas de esas escenas dolorosas de la Pasión de Jesús. Pueden serte útiles para comenzar. Luego podrás recorrerlas todas.

Importante:

–        No es cuestión de tener muchas ideas, sino sentir dentro de ti lo que Jesús sentía en cada escena.

–        De cada meditación haz una jaculatoria para repetir durante el día como resonancia de lo que has meditado. Un ejemplo de la Oración del Huerto: «Padre, hoy no quiero hacer mi voluntad sino la tuya». «Padre, también yo tengo miedo muchas veces, pero me fio de Ti».

 

Método «aplicación de los sentidos» (2)

A. Ambientación espiritual de fe, mediante el Padre Nuestro

1      «Padre nuestro»… Trata de sentir a Dios como Padre y a ti como hijo y a los demás como hermanos. Deja que tu corazón se empape bien de la paternidad de Dios y de tu filiación.  

 

2     «Padre, glorifica tu nombre»… Ponte en actitud de admiración, adoración y agradecimiento al amor paternal de Dios. Siéntete amado de Él.

3 «Padre, venga tu Reino»… Trata de identificarte con los intereses de Dios y que Dios sea reconocido por todos y todos trabajemos por su Reino en la tierra.

4      «Padre, hágase tu voluntad»… Trata de poner tu corazón en una actitud de aceptación de su voluntad renunciando a la tuya…  

 

5      «Padre, danos el pan»… Trata de sentir tu indigencia, tu pobreza y la necesidad que tienes de Dios en tu corazón…

 

6     «Padre, perdónanos»… Trata de sentir la necesidad de que Dios te perdone, te limpie interiormente reconociendo y repasando brevemente tus fallos.

7      «Padre, que yo perdone»… Despierta en tu corazón sentimientos de perdón hacia aquellos que no te caen bien o con los que tienes alguna enemistad, no te hablas…

 

8      «Padre, no me dejes caer»… Reconoce tu debilidad y que sin la ayuda de la gracia no puedes nada.

B Medita el amor del Padre en la Pasión

1  Escoge cualquier escena de la Pasión; por ejemplo, la muerte de Jesús.

2      «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único».

3      Verme a mí desde dentro, con todos mis fallos, indigno de ser amado.

4      Ver cómo por encima de mis debilidades, Dios me ama gratuitamente.

5      Mira a Jesús colgado de la Cruz, muerto, y escucha cómo te habla del Padre, de cuánto el Padre te ama. «Así te ama mi Padre…. ».

6      Contemplando a Jesús como entregado por el Padre, trata de sentirte amado por Él.

7      Métete en el corazón de Jesús para sentir su amor muriendo por ti.

8      Métete en el corazón de Dios para contemplar cómo vería Él la muerte de Jesús por nosotros. ¿Cómo vería Dios el corazón de su Hijo amándonos?

9      Trata de sentir en tu corazón la alegría de ser amado hasta el punto de dar la vida por ti.

C ¿Qué puedo hacer ahora?

1      ¿Cómo amo yo a Dios en mi corazón?

2      ¿Qué soy capaz de hacer para demostrarle mi amor por Él?

3      ¿Qué puedo hacer yo para amar a todos como Dios los ama?

4      ¿Hay alguien que rechazo en mi corazón? ¿Soy capaz de perdonarlo de verdad?

5      ¿Qué hay en mi corazón que me impide vivir este amor de Dios en mí?

6      ¿En qué cosas creo que debo cambiar en mi vida para expresarle mi amor a Él?

7      Mirando al Crucifijo ¿qué decisión tomo ahora en mi vida?

Escoge una jaculatoria para el día:

«Que la Pasión de Jesús esté siempre impresa en mi corazón».

«Tanto me ama Dios que Jesús murió por mí».

Meditar la Pasión de Jesús mediante jaculatorias

A. «Y puesto de rodillas oraba diciendo: «Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22, 41-42).

Jaculatorias:

«Padre, si quieres, sáname de esta enfermedad. Pero prefiero hacer tu voluntad, aunque no me cure»,

«Padre, me siento débil. Si quieres, líbrame de esta tentación que me molesta. Pero estoy dispuesto a tener que luchar, si así lo prefieres tú».

«Padre, ya sabes lo que me cuesta aceptar tu voluntad, pero como Jesús, también yo te digo «no se haga mi voluntad sino la tuya».

B. «Y sumido en angustia, insistía más en su oración” (Lc 22, 44).

Jaculatorias:

«Señor, que cuando me sienta triste, busque consuelo rezándote a Ti».

«Señor, que cuando no tenga ganas de nada, no deje mi oración a Ti».

«Señor, que cuando sienta tristeza en mi alma, busque mi alegría hablando contigo en la oración».

C. «Su sudor se hizo como gotas espesas de sangre que caían en tierra» (Lc 22,44).

Jaculatorias:

«Jesús, ¿tanto te costó también a Ti, aceptar la voluntad del Padre? Dame tu fortaleza para que no traicione nunca los planes que Tú tienes en mi vida».

«Jesús, ¿sudar sangre para ser fiel al Padre? Siento vergüenza de lo fácil que yo me quejo de todo».

«Jesús, Tú sudaste sangre por mí, que yo aprenda a vencer mis respetos humanos cuando deba confesarte en público».

D. «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del Hombre?» (Lc 22, 48).

Jaculatorias:

«Señor, ¿por un simple placer y satisfacción de mis sentidos, también yo quiero entregarte?»

«Señor, dame la gracia de quitarme las máscaras de mis mentiras y que pueda vivir en tu verdad».

«Señor, que sea sincero siempre conmigo y contigo, aunque muchas veces me duela reconocer la mentira que llevo dentro».

E. «Éste estaba con Él. Pero Pedro lo negó: ¡Mujer, no conozco a ese hombre!» (Lc 22, 56-58).

Jaculatorias:

«Jesús, dame la valentía de no negarte nunca delante de mis amigos».

«Jesús, que con mi vida no diga también yo que “no te conozco”. Porque Tú sabes bien que te conozco».

«Jesús, que tenga la valentía de confesarte con el testimonio de vida, allí donde mis amigos me están pidiendo que te niegue».

F. «Y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 52).

Jaculatorias:

«Señor, dale lágrimas a mi corazón, para que llore con fe las veces que no te he confesado delante de los demás».

«Señor, que llore en mi corazón por las veces que te ofendí con mi pecado».

«Señor, dame la gracia de arrepentirme de las veces que he dado un mal testimonio de Ti, como cristiano».

G. «Pilato le preguntó con mucha insistencia, pero Él no respondió nada» (Lc 23, 9).

Jaculatorias:

«Jesús, Tú callabas cuando te acusaban en falso; dame la gracia de no defenderme cuando alguien habla mal de mí».

«Jesús, Tú callabas cuando eras acusado injustamente; que la mejor respuesta a los que murmuran de mí, sea el testimonio de mi vida».

«Jesús, Tú callabas cuando estaba en juego tu inocencia y tu misma vida; que mi mejor respuesta a los que hablan mal de mí, sea el amarlos más todavía».

H. «Echaron mano de un tal Simón de Cirene… y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús» (Lc 23, 26).

Jaculatorias:

«Jesús, también Tú sentiste la debilidad bajo la Cruz. Te pido que no me desaliente en mis propias debilidades».

«Jesús, necesitaste que un cualquiera te ayudase a llevar tu Cruz. Dame generosidad para que también yo ayude a mis hermanos a llevar las suyas».

I. «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

Jaculatorias:

«Gracias, Jesús, porque estoy seguro de que nunca me faltará tu perdón».

«Gracias, Jesús, porque tu amor que perdona es más grande que mis pecados».

«Gracias, Jesús, porque en tu muerte me enseñas a perdonar aunque yo tenga la razón».

Meditación de la Pasión de Jesús para los momentos difíciles de la vida

A. Disposiciones interiores para meditar

1      Comienza pidiéndole al Espíritu Santo que ilumine tu mente, y aliente tu corazón para que puedas encontrarte a ti mismo en la Pasión de Jesús.

2      Luego, mírate a ti mismo por dentro: imagínate que eres como un templo («sois templos del Espíritu Santo»), o bien como una especie de sagrario, donde Jesús habita. Procura sentirte como habitado por Dios.

3      Con la mente y el corazón procura buscar la figura de María en la Pasión de su Hijo. Entra ahora en su corazón dolorido: ¿qué sentiría como madre? ¿Qué actitudes descubres en medio de su dolor?

4      Pídele ahora que te ayude a comprender y vivir la Pasión de su Hijo como ella misma la vivió y sentir lo que ella sintió.

B. Verme como parte de la Pasión de Jesús

1      Recuerda: «Todos cuantos tenían enfermos de diversas enfermedades y dolencias se los llevaban a Jesús» (Lc 4, 40).

2      Reconocer mis enfermedades: los dolores físicos, los dolores sicológicos, tristeza, penas, desilusiones, miedos, inseguridades, aburrimiento.

3      Reconocer las enfermedades de mi alma: las debilidades y flaquezas que me hacen caer, los pecados que más me duele haber cometido, mi falta de caridad, mis faltas para con Dios, para con mis hermanos.

4      Ver ahora a Jesús cargado con la Cruz hecha con todas mis debilidades, mis caídas, mis flaquezas, mis infidelidades. Trata de ver cada una de estas situaciones tuyas amontonadas sobre las espaldas de Jesús.

5      Verte aliviado espiritualmente porque Él se hace cargo de todo lo que a ti te está pesando tanto.

6      Métete dentro de su corazón para sentir lo que Él sentiría al cargar con toda esa tu vida.

7      Preséntale a todos los que te hacen sufrir y dile que los aceptas como Él te está aceptando a ti.

8      Preséntale a todos los que también están sufriendo y se sienten débiles. Preséntale a las personas que conoces y sufren. Preséntale a los enfermos del barrio, a la gente necesitada y pobre, a tanto niño abandonado en la calle. Pídele que los haga fuertes, que Él pueda ser su esperanza en un mundo que les niega la esperanza.

9      Míralo a Él despacio, más con el corazón que con los ojos. Y deja que Él te mire a ti. Deja que sus ojos penetren en tu corazón y vean lo bueno que llevas dentro, también toda la pobreza que hay dentro de ti.

C. Actitudes

1      Jesús, en su Pasión, callaba… No se defendía… No se quejaba… ¿Qué actitud tomo yo en estos casos? ¿Callo? ¿Me quejo? ¿Me lamento o incluso critico?

2      Jesús, en su Pasión, se apoya interiormente en su Padre Dios, incluso aunque Éste parezca no dar la cara. ¿En quién me apoyo yo en mis sufrimientos y debilidades?

3      Jesús, en su Pasión, amaba a los que lo hacían sufrir… ¿Cómo veo yo a los que me fastidian?

D. Decisiones

1      Viendo a Jesús en su Pasión ¿qué resoluciones decido tomar en mi vida para el futuro?

2       ¿Qué defecto en particular debo corregir en mi vida?

3      ¿Qué debo hacer yo con los que fallan o veo débiles?

4      ¿Hoy qué cosas y qué actitudes debo mejorar en mí para parecerme más a Jesús?

5      ¿Hoy qué actitudes puedo asumir con aquellos que a mi lado están sufriendo?

Jaculatoria:

«Jesús, Tú que cargaste con mi vida sobre tus espaldas, concédeme que yo alivie el peso que cargan mis hermanos».

Método «mariposilla que se quema»

«Deje que la pobre mariposilla se abrase toda, se reduzca a cenizas en esa llama amorosa de la dulcísima hoguera del corazón amoroso de Jesús y, hecha cenizas, deje que esa poca ceniza de su nada se abisme, se pierda, se consuma, en el abismo infinito de la infinita bondad; y allí deshecha de amor, haga fiesta continua, con cánticos de amor, con sagradas complacencias, con sueños amorosos, con santo silencio» (San Pablo de la Cruz, L. I, 279).

1      Para comenzar esta manera de meditar imagínate una luz encendida en la oscuridad. Ve cómo las mariposillas se lanzan a la luz hasta que la luz que las fascina termina por quemarlas.

2      Luego, trata de mirar al corazón de Dios, en el corazón de Cristo crucificado, ardiendo en llamas de amor. Quédate contemplando un rato el corazón de Dios encendido en llamas y Dios que te grita: «Te amo, soy tu padre». «Cree en mi amor, fíate de mi amor, déjate amar».

3      Contempla luego tu corazón deseoso de ser amado, hambriento de cariño, de ternura. Contempla las decepciones amorosas que has tenido. Has creído en tantos amores que luego te han fallado, te han abandonado. Tú te entregaste totalmente y te han fallado.

4      Pero tú sigues necesitado de amor. Mira el corazón ardiente de Dios sobre la Cruz. «Tanto amó Dios al hombre, que entregó a su Hijo único».

«Dios es amor».

«Nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él».

5      Imagínate que eres como la mariposilla revoloteando alrededor del corazón de Jesús crucificado.

–  Deja que su amor se te vaya metiendo dentro: «Señor, creo que Tú sí me amas de verdad». «Creo en tu amor para conmigo». Repítelo hasta que sientas que tu corazón sí cree de verdad en el amor de Dios Padre.

–  Deja que en tu corazón se vaya encendiendo ese amor de Dios crucificado y vayas sintiendo también tú el calor del fuego de ese amor.

–   Deja que el calor del amor del corazón de Dios vaya calentando, quemando todo lo feo que hay en ti, hasta sentirte limpio y brillante.

6      Despierta sentimientos de alegría al saberte amado. Puedes utilizar algunos versículos del Magníficat de María:

– Proclama mi alma la grandeza del Señor.

– Se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador.

– Porque me ha mirado y me ha amado.

– Porque su amor quiere hacer cosas grandes en mi corazón.

–  Incluso podrías poner la música de algún canto que hable del amor de Dios…

8      Termina:

–  haciendo un acto de fe en el amor de Dios hacia ti,

–  haciendo un acto de agradecimiento: agradécele tanto amor,

–  renovándole tu amor hacia Él y hacia todos los hombres,

–  si hay alguien que no simpatiza contigo, dile al Señor que tú también lo quieres amar a él.

9      Actitud para la jornada: trata de repetir durante el día:

«Dios me ama».

«Gracias, Señor por tu amor».

«Sé que debo “amarte con toda mi mente, con todo mi corazón, con todo mi ser, y a mi prójimo como a mí mismo”, o como Tú mismo lo amas».

 

Método «examen de tus pecados»

«…Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn, 4, 10).

«… mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo todavía nosotros pecadores, murió por nosotros» (Rm 5, 8).

–        Ponte en presencia de Jesús en su Pasión. Y hazte una pregunta: «¿Y todo esto lo hizo por qué, por quién?» Y trata de sentir que la razón última de la Pasión de Jesús eres tú mismo, como pecador.

–        Esto hace que no seas espectador de ella sino que te metas hasta dentro, como uno de los principales actores. Tú en la Pasión no eres actor de relleno, eres actor principal.

–        Él sufre la Pasión como «propiciación por mis pecados». Sufre su Pasión como reparación de mis pecados. Sufre como consecuencia de mis pecados. Si yo no hubiese pecado ¿hubiese sufrido tanto?

Y aquí puedes hacer una doble experiencia:

La primera: mis pecados son cosa seria…. hacen sufrir a Dios, condenan a Dios, cargan con la Cruz a Dios, crucifican a Dios y matan a Dios.

La segunda: debo hacer un examen de mi historia de pecado:

–       mis pecados personales en el cumplimiento de mis deberes para con Dios,

–       mis pecados personales contra mi hermano, sobre todo, mis pecados de desamor, injusticia, incomprensión,

–       mis pecados de indiferencia ante el dolor de los demás.

No como quien hace un inventario de cosas que no me afectan. Sino como quien va viendo en cada uno una manera de someter a Jesús a su Pasión.

–       De los actuales pecados, defectos e imperfecciones de mi vida, ¿cuál me parece que realmente más le hace doler el corazón a Jesús, más le hiere en su espíritu? Es posible que a mí me parezcan tonterías. Pero vistos desde el cuerpo golpeado y el alma herida de Jesús ¿cómo los veo?

–       Más que sentirme juzgado y condenado por Él, debo sentirme, a pesar de todo, amado por Él. Me ama, aún siendo pecador… El poder de su amor es más grande que mis propias debilidades.

Termina dándole gracias por sus heridas. Pidiéndole perdón por lo que tú le haces sufrir a Él y le haces sufrir en los hermanos.

Pidiéndole perdón porque, pese a lo que Él ha hecho por ti, tú aún sigues sin dar importancia al pecado en tu vida.

Pidiéndole perdón porque, viendo lo que Él hace por ti, tú apenas haces nada por los demás.

Y decide en qué cosas crees que debes cambiar. Toma la decisión mirándolo, porque el verdadero valor y significado del pecado sólo puede medirse desde la experiencia de sus efectos en Jesús durante su Pasión.

 

Método «pescar»

«También quisiera que alguna vez fuera a pescar. ¿Cómo? Veamos: La Pasión santísima de Jesús es un mar de dolores, pero también es un mar de amor. Dígale al Señor que le enseñe a pescar en ese mar. Sumérjase en él y cuanto más se sumerja, menos hallará fondo. Déjese penetrar enteramente por el amor y el dolor. De esta manera hará totalmente suyas las penas del dulce Jesús» (San Pablo de la Cruz, L. III, 516).

–       Mentalmente figúrate la Pasión de Jesús como un mar de dolor y un mar de amor. Igual que el agua del mar que es a la vez salada y a la vez fresca para los días de calor.

–       Piensa en todo lo que Jesús debió sufrir en sus horas de Pasión. Pero piensa también cuánto amor había en su corazón. «Con verdadero deseo he deseado que llegase esta hora». El dolor lo ponen los hombres y lo sufre Él. Pero el amor lo pone Jesús y lo sientes tú. Imagínate cómo ardería su corazón en ganas de expresarte y manifestarte todo el amor que el Padre tiene por ti.

–        Pídele con paz: «Jesús, enséñame a descubrir ese fondo de tu dolor y de tu amor». Pídele que te enseñe a sentir y creer de verdad que nadie te ha amado tanto como Él.

–        Sumérgete en ese mar de dolor y de amor como si te echases al mar en un día caluroso de verano. Métete en ese dolor como si tú mismo lo sintieses, parecido a lo que sucede cuando metes el dedo o la mano en agua hirviendo. Y métete también en ese inmenso amor y siéntete todo rodeado del cariño de Dios.

–        Haz tuyos sus sufrimientos. Y haz tuyo todo su cariño, toda su ternura y todo su amor. Trata de sentirte amado por Él como se sintió Pedro después de negarlo y sus ojos tropezaron con la mirada tierna de Jesús que le llegó hasta el fondo del alma.

–        Sumérgete también en el dolor de cada hombre, mujer, niño, joven o anciano. Acércate al dolor de los demás. ¿Quieres imaginarte a ti como uno de ellos? ¿Como un necesitado como ellos? ¿Vestido de andrajos como ellos? ¿Cómo te sientes viviendo en esa condición casi inhumana?

–       Y ahora la pesca: ¿qué sentimiento más te ha impresionado? ¿Qué actitud de Jesús más ha tocado tu corazón? Y como quien lleva los peces pescados a casa, lleva dentro de ti esos sentimientos para vivirlos durante el día. Llévate también contigo a lo largo del día éste o aquel sufrimiento de alguno de tus hermanos….

Termina dándole gracias por lo que sufrió por ti y por todo el amor con que te amó y te sigue amando.

Método «coloquial»

«Sí no puede meditar en la Pasión de Jesús, hable de ella con Él, con algún coloquio amoroso» (San Pablo de la Cruz, L I, 401).

1      Comienza como siempre creando un clima de paz, de serenidad, de tranquilidad y de fe, dentro de tu corazón.

2      Aviva tu corazón en actitud de fe, de admiración, adoración y reverencia hacia Dios…

Pero sobre todo, aviva la experiencia paternal de Dios y tu condición filial: Él es tu padre y tú su hijo.

3      Haz una breve oración pidiéndole que sea Él mismo quien te enseñe a descubrir el misterio de su amor revelado y manifestado en el dolor de su Pasión y Muerte.

4      Y como el hijo pequeño que se deja guiar por la mano de su madre y que pregunta de todo, siente que le agarras la mano a Jesús y pídele que Él te vaya guiando, que sea Él quien te responda. Se trata de una breve meditación en la que tú preguntas y dejas que Él sea el que responde:

– Señor, ¿qué es lo que más te dolió durante las horas de tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué actitud humana más te dolió y repugnó durante tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿qué dolor físico fue el que más te hizo sufrir?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento te sentiste más solo y abandonado de todos?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿en qué momento me tuviste más presente en tu corazón?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿qué es lo que hoy más te duele en la vida de mis hermanos? ¿Qué es lo que hoy te sigue haciendo sufrir en la vida de tantos hombres y mujeres? ¿Qué es lo que más hiere tu corazón en mi vida; por ejemplo en mi trato con los demás?

Escucha en silencio desde tu corazón…

– Señor, ¿cuál de los personajes de la Pasión te causó más dolor? ¿Judas, Pedro, Caifás, Pilato, Herodes…?

Escucha en silencio desde tu corazón…

–  Señor, ¿en qué personaje me viste más retratado a mí en tu Pasión?

Escucha en silencio desde tu corazón…

6      Luego desahoga tus sentimientos con Él…

– sentimientos de compañía,

– sentimientos de pena,

– sentimientos de amor hacia Él,

– sentimientos de agradecimiento,

–  sentimientos de decisión de cambiar tu vida…

Jaculatoria para el día:

Puedes convertir en jaculatoria cualquiera de los sentimientos que has tenido o has visto en Jesús.

O puedes repetir:

«Que la Pasión santísima de Jesús esté impresa y grabada siempre en mi corazón».

Método «esconderse en las llagas de Jesús»

“Procure permanecer escondido en las llagas santísimas de Jesús, que será enriquecido de todo bien y de toda verdadera luz, para volar hacia la perfección según su estado» (San Pablo de la Cruz, 1, 558).

 

1      Esta meditación puedes comenzarla poniendo primero paz en tu espíritu, reconociendo humildemente tu pobreza espiritual, y la poca fidelidad que tienes a las exigencias del amor de Dios.

2      Luego, pon tus ojos y los ojos de tu corazón en el Crucificado. Y contempla todas las llagas de su cuerpo entregado y maltratado colgado de la Cruz:

–  anda repasando con tu mirada cada una de sus heridas,

– hazlo despacio identificándote con cada una de ellas,

– repasa luego las cinco llagas: las de sus manos y las de sus pies, y la llaga del costado.

3      Contempla cada llaga como si cada una tuviese un letrero: Amor. Así ama Dios.

4     Y después quédate mirando la gran llaga, la del costado, por la que puedes meterte hasta el corazón mismo de Jesús:

–        métete en esa llaga abierta hasta el fondo,

–        siente dentro el calor del corazón de Jesús,

–        siéntete amado por Él,

–        siéntete acogido por Él,

–        siente la seguridad de ese refugio amoroso del Corazón de Dios.

5      Vive ahí dentro como si fuese tu propia casa. Siéntete a gusto ahí dentro.

6      Contempla también a Jesús llagado en su cuerpo místico: en tantos hermanos nuestros que pecan y así lo hieren más y más. Intenta tocar a ese Jesús adolorido que tantas veces se cruza en tu camino.

7      Es el momento de sentirse bañado por la Sangre que mana del costado de Jesús…

– sentir que de ahí dentro nació la Iglesia…

– bebe a gusto en la fuente misma de la Iglesia,

– reaviva tu fe en la Iglesia,

– siéntete tú mismo Iglesia.

Es también el momento de meter en las llagas de Jesús a los enfermos, a los ancianos, a los que sufren soledad, a los que viven pidiendo limosna y sienten el rechazo de la sociedad; para que sepan que están compartiendo la Cruz de Cristo y que, por eso, son privilegiados, pues así lo ayudan a salvar personas.

Haz la prueba de ir metiendo en la llaga del costado a los privilegiados que se hacen víctimas con Él: cada una de las personas necesitadas, pobres, enfermas…

8      Vivencia para el día, repite con frecuencia:

Señor:

–  Cuando me sienta solo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté triste, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando esté sufriendo, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando me sienta incomprendido, en tus llagas, escóndeme.

– Cuando sienta que te he ofendido, en tus llagas, escóndeme.

–  Cuando sienta miedo de acercarme a Ti, en tus llagas, escóndeme.

–  ¡Gracias por hacerme uno contigo!

Señor:

– Cuando mis hermanos sientan la desesperanza, en tus llagas, escóndelos.

–  Cuando mis hermanos sientan la frialdad de los demás, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la dureza de la pobreza, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la inseguridad del futuro, en tus llagas, escóndelos.

– Cuando mis hermanos sientan la injusticia social, en tus llagas, escóndelos.

– Que sepan que todas sus cruces son participación de tu vida divina, y así se hacen uno contigo.

Método «ofrecimiento de la Pasión»

«Ofrezca al Padre la Pasión de su divino Hijo, dígale que si el mundo no merece esta visita de tanta misericordia, lo merece en cambio Jesús. Dígaselo, háblele con claridad, pero con suma reverencia… pues el mundo vive olvidado de las penas de Jesús, que son el milagro de los milagros del amor de Dios» (San Pablo de la Cruz L II, 499).

1      Comienza la meditación poniéndote en la presencia de Dios que ve y mira tu corazón.

2      Luego, contempla el mundo que te rodea.

–        ¿Qué importancia dan a Dios los hombres que conoces en torno tuyo?

–        ¿Qué importancia dan a la Pasión y Muerte de Jesús las personas con las que vives y las que viven en tu entorno?

–        Trata de sentir pena por el olvido de Dios en el corazón de tanta gente: el olvido de su amor, el olvido de lo que ha sufrido por nosotros.

3     Contemplando a Jesús crucificado y muerto en la Cruz, celebra como una especie de Misa en tu corazón:

–        extiende tus manos abiertas y míralas,

–        imagínate que tus manos son como la patena y el cáliz de la Misa,

–        en ellas pon el Cuerpo roto de Jesús y su preciosa Sangre,

–        ofréceselos al Padre:

«Padre, me duele el olvido en que te tiene el mundo. Padre, me duele que el mundo no crea en tu amor. Padre, me duele que el mundo no se deje amar por tu Amor crucificado.»

«Yo no tengo nada que ofrecerte, sino mis propios olvidos. Porque también yo me he olvidado demasiado de que Tú me amas. Pero

–        te ofrezco la Cruz de Jesús,

–        te ofrezco la Pasión santísima de Jesús,

–        te ofrezco la Muerte de Jesús,

–        te ofrezco a Jesús mismo, tu Hijo, al que Tú entregaste por nosotros.»

4      Quédate así un rato, mientras tu espíritu se sienta a gusto. Piensa que es Jesús mismo que se ofrece en tus manos al Padre. Piensa que eres como un sacerdote para el mundo desde cuyas manos ofreces al Padre todo el amor que Él mismo te ha manifestado en Jesús crucificado.

5      Siente que en tus manos tienes el «milagro de los milagros del amor de Dios» y que como no tienes nada tuyo que ofrecerle, lo ofreces a Él mismo.

6      Mantente así el tiempo que necesites, sin prisas, sintiendo dentro de ti esa doble experiencia: el corazón de los hombres y el corazón de Jesús Crucificado. El olvido de los hombres y las ganas de Dios de manifestarles su amor.

7      A lo largo del día, mira con frecuencia tus manos en las que le has ofrecido a Dios la Pasión y Muerte de Jesús…

8      A lo largo del día piensa que unas manos que han ofrecido la Pasión y Muerte de Jesús, no pueden ser manos que hieran a los demás, sino manos que expresen amor a los demás.

 

Método «descansar sobre la Cruz»

«Ea, pues, repose en paz sobre la cruz, duérmase, con sueño de fe y de amor en el corazón de Jesús crucificado; padezca, calle y cante espiritualmente. «Yo no me gloriaré en otra cosa, sino en la cruz de mi dulce Salvador» (San Pablo de la Cruz L. II, 719; Gal 6,14).

1      Puedes comenzar ambientándote con la lectura de la crucifixión. Llegados al Calvario, lo desnudan de sus vestidos y lo tienden de espaldas sobre el madero de la Cruz. Y le clavan con clavos las manos y los pies.

2      Quédate unos momentos en silencio contemplando con los ojos de tu corazón la escena de la crucifixión. Deja que tu corazón se empape bien.

3      Luego, trata suavemente de meterte en el corazón de Jesús para escuchar con los oídos de tu corazón lo que Él siente en esos momentos.

Jesús cansado y agotado del camino del Calvario encuentra como única cama de descanso los maderos de una Cruz.

4      Unido espiritualmente a Jesús, pídele que, por unos momentos, te deje a ti echarte sobre su Cruz.

– Imagínate tumbado sobre la Cruz de Jesús.

–  Descansa unos instantes sobre ella, en silencio.

–  No te muevas, intenta sentir la dureza del madero, pero intenta también sentir la serenidad, la paz, el amor de Jesús en tu corazón.

5      Piensa que tus sufrimientos son una cruz como la de Jesús.

–  Échate suavemente sobre esa cruz de tu vida, trata de sentirla.

– Piensa en la Cruz de Jesús y piensa en la tuya… ¿a cuál de las dos la ves más dura y dolorosa?

6      Trata de descansar sobre la Cruz de Jesús… y luego trata de descansar sobre tu propia cruz.

7      Mírala con ojos de fe: no en lo que tiene de dolor, sino en lo que significa de amor. No la veas como un castigo que tienes que sufrir. Por el contrario, intenta verla como la cruz en la que también tú estás llamado a morir por los demás. Haz de tu cruz una oportunidad para ofrecer tus sufrimientos: por la Iglesia, por los que viven alejados de Dios, por la santidad de los tuyos y tu propia santidad.

8     Piensa que Jesús no hizo su cruz. Se la hicieron otros. Y otros lo clavaron a ella. Abre los ojos del corazón para contemplar a tantos hermanos tuyos clavados en tantas cruces de dolor, pobreza, desesperanza…; tampoco ellos se han construido su cruz. ¿Cuántas cruces he labrado yo para crucificar a mis hermanos?

9      Toma una decisión: Durante el día no quejarte de tus sufrimientos, sino callar e incluso darle gracias a Jesús que te permite parecerte a Él y hacer algo por los demás.

Jaculatoria para el día:

«Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos que, por tu santa Cruz, redimiste al mundo».

Método «beber del cáliz de Jesús»

«Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz» (Lc 22, 42).

«… beba dulcemente del cáliz que le ofrece Jesús, pues, si bien es amargo al sentido, sin embargo es agradable al espíritu, porque lo enriquece de modo extraordinario» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

–        Comienza imaginándote a Jesús, postrado en tierra, la noche de Getsemaní. Casi desfallecido, sin fuerzas, con el alma llena de tristeza.

–        Escucha el grito de su oración al Padre y que brota de la soledad de su corazón «si quieres, aparta de mí este cáliz»… Aparta de mí mi Pasión. Aparta de mí mi condena. Aparta de mí la Cruz. Aparta de mí la muerte.

–        Entra en su corazón que siente el mismo rechazo que cualquiera al dolor, el sufrimiento, los desprecios y la muerte. Fíjate bien que es una oración hecha grito, hecha de dolor y angustia, aunque también de confianza y seguridad en el Padre.

–       Haz que tu corazón escuche callado la actitud de obediencia filial a lo que instintivamente repugna… «que no se haga mi voluntad, sino lo que tú quieres».

–       Únete a Jesús así caído y piensa desde tu corazón en tantos hermanos que también hoy gritan al Padre su propia angustia, su tristeza, sus miedos de cada día; y saca el propósito de enseñarles a todos la sabiduría de la Cruz: que unidos a las penas de Jesús ayudarán a cada hombre y mujer.

–       Jesús llama a su Pasión «cáliz, copa». Como si toda su Pasión estuviese metida en un vaso y que Él mismo tiene que tomar en sus manos y acercarlo a sus labios y beberlo.

–       Durante unos momentos, en silencio, deja que tu corazón se compenetre con esa angustia y rechazo que siente Jesús. No hables palabras. Trata de sentir en ti lo que Él sentía y experimentaba. Y dile que no quieres dejarlo solo: que eres tú quien se merece todo ese sufrimiento.

–       Luego, entra dentro de ti mismo. Imagínate que tienes en tus manos un vaso grande. Ve metiendo en él todos tus sufrimientos, frustraciones, insatisfacciones, desilusiones. Llénalo con todo aquello que tú estás rechazando ahora mismo en tu vida. Lo que más te duele. Lo que más te hace sentir miedo de cara al futuro.

–       ¿Sientes ganas de tomarlo? ¿Sientes ganas de beberlo entero o más bien tu corazón protesta, grita y hasta se desespera?

–        Mirando fijamente a Jesús, ¿qué cosas quisieras decirle también tú hoy a Dios? ¿Que te disculpe de beber y tragarte tus sufrimientos?

–        Mejor si comienzas por contemplar a Jesús de nuevo. ¿Te atreverías a pedirle que te dé ese cáliz de su Pasión, que tú estás dispuesto a beberlo por Él, en vez de Él? ¿Te atreves ahora a quejarte de que Dios no te oye, no te escucha, no te ama? ¿Te atreverías a beber el cáliz del sufrimiento por todos esos hombres, mujeres y niños que a diario contemplas en los noticiarios de la televisión?

–        ¿Por qué no echas tus propios sufrimientos corporales, afectivos, emocionales, morales y espirituales en el mismo cáliz de la Pasión de Jesús? ¿No crees que si bebes tu propio cáliz en el cáliz de la Pasión tu propia pasión tendía otro sentido?

–        Comprométete a ir bebiendo a sorbitos a lo largo del día el cáliz de su Pasión y de tu pasión, diciendo con frecuencia: «Padre, quita de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad, que se haga tu voluntad».

Método «mi gota de sufrimiento»

«Arroje esa pequeña gota de su padecer en el mar inmenso de los padecimientos de Jesús. Y así verá cómo su alma, toda embriagada de amor, quedará sumergida totalmente en el puro amor y el puro padecer, viéndose penetrada interior y exteriormente» (San Pablo de la Cruz L. 1, 299).

1      Como siempre, comienza por ponerte delante de Cristo Crucificado, tratando de hacer silencio interior lleno de fe. Renuncia a tus ideas, a lo que sientes y ponte en desnudez, espiritual en su presencia.

2      Lee alguno de los pasajes de los relatos de la Pasión de Jesús, cualquiera, el que mejor se adapte a tu estado en ese momento.

3      O bien, échale una mirada a Jesús colgado de la Cruz, contemplando lo que Él sufre. Y deseando completar sus sufrimientos…

4      Imagínate estar junto al mar, la inmensidad de las aguas.

Haz la prueba de echar una gotita de agua en el mar:

– ¿Puedes encontrarla ahora?

– ¿Sabes dónde está?

– ¿Puedes recogerla?

5      Esa gotita de agua se ha perdido en la inmensidad del mar.

Ya no existe porque ha quedado absorbida por el agua del mar.

Ya ha adquirido el sabor del agua del mar. Es tan pequeña, comparada con la grandeza del mar, que prácticamente resulta insignificante.

6      ¿Verdad que te quejas y lamentas de todo lo que te pasa? ¿Quisieras comparar tus sufrimientos con los de Jesús?

7      Tú estás sufriendo.

Cuéntale a Jesús todos esos sufrimientos que en estos momentos atormentan tu cuerpo o tu espíritu.

–  Arrójalos en el mar de los sufrimientos de Jesús en su Pasión.

–  ¿Crees que los podrás encontrar? ¿No se parecerán a la gota de agua que has echado en el mar?

–  Piensa que lo mismo que la gota de agua, también tus sufrimientos han quedado perdidos y absorbidos por los sufrimientos de Jesús.

– Piensa que también esos sufrimientos tuyos, arrojados en el mar de los sufrimientos de Jesús, ya no tienen sabor propio, también ellos tienen ya el sabor de los dolores de Jesús. Ahora están unidos místicamente a los suyos y tienen una grandísima eficacia: le devuelven la gloria que le quitamos a Dios-Padre con nuestros pecados, lo ayudan a salvar y a santificar a mucha gente y así se va construyendo su Reino de amor en los corazones de los hombres.

9      Medita callado en tu corazón:

– Todavía siento que nadie sufre tanto como yo…

– me rebelo porque todo me sale mal y Dios me tiene dejado de su mano….

– pero, al ver ahora mis sufrimientos perdidos en el mar de sufrimientos de Jesús, ¿podré quejarme? Y al ver mi gota en el mar de dolor de mis hermanos, ¿podré quejarme contra Dios?

10 Procura sentir en ti los mismos sentimientos de Jesús en sus padecimientos de la Pasión… Mira su anhelo por salvar a todos…

– Identifícate interiormente con ellos. Y ahora déjate perder a ti mismo en un mismo dolor: el tuyo y el de Jesús.

– Ama tu condición dolorosa como Jesús amaba la suya. Ámalo a Él sintiéndote amado por Él, sintiéndote así identificado con Él interior y exteriormente. Y serás eficaz.

11 A lo largo del día, ofrécele tu padecer unido al suyo, ofrécele los sufrimientos que Él padeció y en ellos, como gota en el mar de su dolor, ofrécele los tuyos. Trata de vivir identificado a Él por dentro, en tus sentimientos, y por fuera, en tus padecimientos.

Método «el ramillete»

«Mi Amado es para mí una bolsita de mirra… mi Amado es para mí un ramillete de nardos» (Ct 1,1214).

«Haga un ramillete de las penas de Jesús y guárdelo en el fondo de su corazón, y de vez en cuando haga memoria amorosa y dolorosa con dulces palabras» (San Pablo de la Cruz, L I, 108).

«Lleve en su corazón un ramillete de las penas de Jesús y de los dolores de María» (San Pablo de la Cruz, L I, 99).

Los que se pasean por un bello jardín no salen de él a gusto si no se llevan entre las manos algunas flores para olerlas y guardárselas durante el día.

Así nosotros, al leer o meditar la Pasión de Cristo es gratificante que escojamos algunas palabras, pensamientos o hechos que nos hayan impactado más, y formemos con ellos un ramillete, para guardarlo y olerlo espiritualmente durante el día. Es el ramillete de las penas de Jesús.

De los consejos de San Pablo de la Cruz se desprenden los siguientes movimientos:

– Haz un ramillete de las penas de Jesús (escribe): espinas, clavos, desprecios, llagas, etc.

– Guarda el escrito (ramillete) junto al corazón; expresa sentimientos de amor, recuerda las penas de Jesús, piensa en ellas durante el día…

– Haz actos de amor y dolor, de acción de gracias.

– Ofrece frecuentemente este ramillete a Dios Padre por las necesidades que el Espíritu de Dios te inspire en cada momento: la salvación de todos los hombres, la santificación de cada uno de los miembros la Iglesia, la honra y gloria de Dios…

– Ten libertad para hacerlo como el Espíritu Santo te inspire, sin esfuerzos de cabeza, sin fórmulas aprendidas de memoria, con paz, con amor, espontáneamente.

Aplicación:

Añade al ramillete tus penas, las de tus familiares y las del prójimo. Lo importante es que hagas memoria de Jesús encarnado en la naturaleza sufriente, para pagar nuestras culpas. Lo importante es que tengas “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Flp 2,5), y te acerques al pueblo que sufre, para enseñarle a darle sentido cristiano al sufrimiento, a ser otros Cristos, el mismo Cristo.

Compromiso

Tener junto a mí el ramillete de las penas de Jesús me mueve a hacer actos de fe, esperanza y caridad, de unión mística con Él, sufriendo con Él, por Él y en Él, y ofreciéndolo por la gloria de su Padre, la salvación de todos los hombres y mujeres del mundo y la santificación de los bautizados, únicas metas por las que vale la pena vivir y morir.

Selección adaptada del folleto: Métodos fáciles para meditar 

Clemente Sobrado, pasionista

Congregación de la Pasión de Jesucristo (PASIONISTAS)

Colombia

 

Nihil obstat:

P. Pío Zarrabe C. P. Vicario Regional l-IX-1994

Puede Imprimirse:

Mons. Augusto Vargas Alzamora, Arzobispo de Lima. 7-IX-1994

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