Hacia la unión con Dios

Los grados de la oración*

Posted by pablofranciscomaurino en septiembre 13, 2010

En el Paraíso, antes del pecado original, no se necesitaban medios para comunicarse con Dios. En el estado de inocencia y de gracia en que vivían, nuestros primeros padres se comunicaban con Dios del mismo modo que lo hacen las Personas divinas: directamente, sin palabras humanas, Persona a Persona.

Pero por causa del pecado original se rompió la íntima comunicación que existía entre el hombre y Dios. Por eso Él, adaptándose a nuestra situación, y nos trasmitió su Palabra en lenguaje humano y, al venir a la tierra, nos habló con nuestras propias palabras.

Por eso, ahora, así como usamos idiomas para comunicarnos con los otros seres humanos, queremos usar este medio para tratar a nuestro Creador. Y este medio es pobrísimo, incapaz de llegar plenamente a Dios, como se verá mas abajo. Por eso, es preciso que el Señor nos saque de esta situación tan pobre, a través de un proceso de maduración que se ha llamado el paso por las edades espirituales.

Según muchos Padres de la Iglesia y todos santos Doctores que trataron el tema, primero es necesario que, después de dejar el pecado, pasemos por una etapa que nos purifica (fase purgativa), que se ha llamado la edad espiritual del niño o estado de los principiantes. Luego llega la etapa en la que Dios nos ilustra (fase iluminativa), que es la edad espiritual del adolescente o estado de los aprovechados. Finalmente, el Señor nos une íntimamente a Él (fase unitiva), que es la edad espiritual del adulto o estado de los perfectos.

 

La oración va desarrollándose según el crecimiento en estas edades espirituales. El Espíritu Santo ilumina y mueve de modos diversos a principiantes, adelantados y perfectos.

Estas son las líneas principales en la dinámica de la oración:

1. La oración va pasando de formas activas–discursivas (vida ascética de los principiantes) a modalidades pasivas–simples (vida mística de los perfectos).

2. La oración pasiva–mística es don gratuito de Dios, pero nosotros podemos disponernos mucho, colaborando con la gracia de Dios en la oración activa, para recibirla. Desde luego no podemos adquirirla, ha de darla Dios.

3. La voluntad es la primera facultad que en la oración logra fijarse establemente en Dios por el amor. Sólo en las más altas formas de oración mística todas las potencias se unen fijas en Dios durablemente.

4. La conciencia de la presencia de Dios es muy pobre en la oración activa, y viene a hacerse más tarde la sustancia misma de la oración mística.

5. La perfecta oración continua, la fusión entre contemplación y acción, sólo se alcanza cuando se llega a la oración mística.

6. Es normalmente simultáneo el crecimiento de la vida cristiana en general y de la oración.

7. La perfección a la que Dios nos ha llamado a todos (Mt 5,48; Col 1,28; Ef 4,13; Mt 19,21; etc.) es la vida de unión con Dios; por eso se llama el estado de los perfectos.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582) logró, por don de Dios, conocer y expresar maravillosamente esta doctrina espiritual, que ya era enseñada por la teología espiritual anterior, aunque no tan claramente. Se citan a continuación sus obras con siglas, la Vida (V.), Camino de Perfección, según códice del Escorial (CE) o el de Valladolid (CV), así como las Moradas del Castillo interior (M) y Cuenta de conciencia (CC).

Las oraciones activas

 El cristiano principiante, durante su vida ascética, caracterizada por el ejercicio predominante de las virtudes, que lo hacen participar de la vida sobrenatural al modo humano, practica su oración con la asistencia del Espíritu Santo, en formas activas, discursivas, con imágenes, conceptos y palabras, laboriosamente. Estas oraciones, como otras actividades y trabajos, producen cansancio.

En estas oraciones, el huerto del alma va siendo regado «sacando el agua de un pozo, cosa que se hace con mucho trabajo» (V.11,7).

Oración espontánea de muchas palabras

Es ésta una forma de orar básica, universal, necesaria al corazón cristiano, y que no requiere particular aprendizaje: «Señor, voy a estar un rato contigo. Ya ves cómo estoy. Tengo que hablar contigo, y no sé cómo hacerlo. Dame tu luz y tu gracia, para que»… Se trata, como se ve, de una oración activa, discursiva, con sucesividad de temas, conceptos, palabras, voliciones, al modo psicológico humano; espontánea, no asistida por método alguno, ni por ninguna fórmula oracional, sino que brota a impulsos circunstanciales del corazón, con la ayuda del Espíritu; de muchas palabras, como es propio en los principiantes, pues si aquéllas terminan, cesa la oración.

Oración vocal

 Consiste en la recitación de fórmulas oracionales ya compuestas. Es el modo de orar más humilde, más fácil de enseñar y de aprender, más universalmente practicado en la historia de la Iglesia, y más válido en todas las edades espirituales, pues extiende su vigencia hasta el umbral mismo de la oración mística contemplativa. La mejor escuela de oración y la más eficaz catequesis.

En esta forma de oración lo más importante que ha de tenerse en cuenta es que el que «no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, a eso no lo llamo yo oración, aunque mucho menee los labios» (1 M 1,7; +CE 37,1).

 Meditación

 El orante, al meditar, trata amistosamente con Dios, y piensa con amor en él, en sus palabras y en sus obras. Es, pues, una oración activa y discursiva sumamente valiosa para entrar en intimidad con el Señor y para asimilar personalmente los grandes misterios de la fe.

Hay, evidentemente, en la meditación una parte discursiva, intelectual y reflexiva, de gran valor; pero en la oración meditativa es aún más importante el elemento amoroso, volitivo, de encuentro personal e inmediato «con Quien sabemos que nos ama» (V.8,5). En este sentido la meditación es oración en la medida en que se produce en ella ese encuentro personal y amistoso. Por eso «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho» (4 M 1,7).

Uno puede meditar en tres niveles, por ejemplo, la parábola del buen samaritano:

1) Meditación pagana: «Es admirable la conducta del samaritano. Yo procuraré hacer lo mismo». Eso no es oración, sino reflexión ética que no sale del propio yo, ni produce encuentro con Dios.

2) Meditación cristiana: «El samaritano simboliza a Cristo, que se inclina sobre la humanidad enferma. Yo también debo ser compasivo». Esto sigue sin ser oración, aunque es una meditación cristiana valiosa, hecha en fe, como cuando se estudia teología.

3) Oración meditativa o meditación realmente orante: «Cristo bendito, que, como el buen samaritano te compadeces de nosotros, inclínate a mí, que estoy herido, e inclínate en mí hacia mis hermanos necesitados». Esto es verdadera oración, pues produce encuentro personal con el Señor. Y también causa conversión, pues, según el tema considerado, conviene «hacer muchos actos para determinarse a hacer mucho por Dios y despertar el amor, y otros actos para ayudar a crecer las virtudes» (V.12,2).

Los grandes maestros de la oración cristiana han tenido como nota común una suma sencillez en los modos.

El objeto de la meditación cristiana conviene que sea cristológico. Conviene subir a la contemplación de la Trinidad por la meditación de los misterios de Cristo.

Y también conviene que la oración meditativa sea litúrgica, contemplando a Cristo tal como la Iglesia lo contempla día a día, y tal como ella nos invita a considerar y celebrar sus misterios.

Oración de simplicidad

La más sencilla de las oraciones activas, que llaman también oración de simple mirada, de presencia de Dios, de atención amorosa, oración afectiva o recogimiento activo —que se distingue del pasivo, como veremos—: «Esto no es cosa sobrenatural, sino que podemos nosotros hacerlo, con el favor de Dios, se entiende» (CE 49,3). Esta oración sencilla viene a ser un ensimismamiento del orante, que con simple mirada capta en sí mismo la presencia amorosa de Dios.

Ensimismamiento: Es oración de recogimiento «porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios» (CV 28,4). El discurso es escaso, las palabras, pocas. Aunque todavía «esto no es silencio de las potencias, es encerramiento de ellas en el alma misma» (29,4).

Simple mirada, con atención amorosa: «No os pido que penséis en Él, ni saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones en vuestro entendimiento; no quiero más sino que lo miréis» (CE 42,3). Puesta en la presencia del Señor, el alma «mire que lo mira» (V.13,22).

Presencia de Dios: En la oración de simplicidad y recogimiento el orante se representa al Señor en su interior (4,8), y en las mismas ocupaciones se va acostumbrando a retirarse de vez en cuando en sí mismo, donde encuentra al Señor: «Aunque sea por un momento sólo, aquel recuerdo de que tengo compañía dentro de mí, es gran provecho» (CV 29,5).

A veces puede ser dolorosa, sobre todo cuando los orantes no la entienden, y «les parece perdido el tiempo, y tengo yo por mucha ganancia esta pérdida» (V.13,11). Otras veces es gozosa: «De mí os confieso que nunca supe qué cosa era rezar con satisfacción hasta que el Señor me enseñó este modo» (CV 29,7). Y siempre es sumamente provechosa: perseverando en ella, «yo sé que en un año, y quizá en medio, saldréis con ello, con el favor de Dios» (29,9).

Las oraciones semipasivas

Suelen ser el modo de orar que corresponde a cristianos ya adelantados, los aprovechados, que están en la fase iluminativa o progresiva.

Ahora, en la oración, el riego del campo del alma se hace más quieta y suavemente, «con noria y arcaduces, que se hace con menos trabajo y se saca más agua; o de un río o arroyo, se riega mejor; queda más llena la tierra de agua y no se necesita regar tan a menudo, y trabaja menos el hortelano» (V.11,7).

Estas oraciones, casi místicas, van siendo al modo divino (5 M 1,1; san Juan de la Cruz, 2 Noche 17,2-5).

El recogimiento (pasivo)

Es psicológicamente semejante al recogimiento activo (simplicidad), ya descrito, pero el orante se da cuenta de que es un modo de oración infundido por Dios, no adquirido. Suele darse en los adelantados que van pasando la purificación pasiva del sentido (1 Noche 9), y es la transición de las oraciones activas más simplificadas a la oración de quietud, en la que está el verdadero umbral de la contemplación mística.

«Es un recogimiento interior que se siente en el alma, que le da gana de cerrar los ojos y no oír ni ver ni entender sino aquello en que el alma entonces se ocupa, que es poder tratar con Dios a solas. Aquí no se pierde ningún sentido ni potencia, todo está entero, pero lo está para emplearse en Dios» (CC 54,3; +4 M 3,3).

La quietud

Es la más caracterizada forma de oración semipasiva, y es ya principio de la «pura contemplación» (CV 30,7). Es un gran gozo, porque da al alma una inmensa certeza de la presencia de Dios, tal que «de ninguna manera se podrá convencer de que no estuvo Dios con ella» (V.15,14). Pero puede darse a veces con gran sufrimiento, con sentimiento de vacío desconcertante, pues de pronto ve el orante que ya no puede meditar como solía, y que «se ha vuelto todo al revés» (1 Noche 8,3).

La oración de quietud «es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por más diligencias que hagamos, porque es un poner el alma en paz o ponerla el Señor en su presencia, por mejor decir, porque todas las potencias se sosiegan… Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo el cuerpo), que no se querría mover… Siéntese grandísimo deleite en el cuerpo y gran satisfacción en el alma… Las potencias sosegadas, no querrían moverse —todo parece que le estorba para amar—, aunque no tan perdidas, porque pueden pensar junto a quién están, que las dos [entendimiento y memoria] quedan libres. La voluntad es aquí la cautiva… El cuerpo no querría se moverse, porque le parece que ha de perder aquella paz. En decir Padre nuestro una vez se les pasará una hora» (CV 31,2-3). «Dura rato y aun ratos» (CC 54,4). «Es con grandísimo consuelo y con tan poco trabajo que no cansa la oración, aunque dure mucho rato» (V.14,4). 

El sueño de las potencias

Más pasivo que la quietud, fue experimentado por Santa Teresa en la oración durante cinco o seis años. «Quiere el Señor aquí ayudar al hortelano de manera que casi Él es el hortelano y el que lo hace todo. Es como un sueño de potencias que ni del todo se pierden, ni entienden cómo obra. El gusto y suavidad es mayor sin comparación que lo pasado. Es un morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios» (V.16,1-2).

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Los efectos espirituales de las oraciones semipasivas son muy notables. Todas las virtudes se acrecientan (4 M 3,9), y al cristiano aquí «le comienza un amor con Dios muy desinteresado» (V.15,14). Las señales de la genuina oración semipasiva son claras, y san Juan de la Cruz las reduce a tres, que han de darse juntas: 1) cesa la fascinación por las cosas del mundo; 2) se intensifica la búsqueda de la perfección, y 3) las consideraciones discursivas que antes ayudaban a la oración, ahora estorban y se hacen imposibles (2 Subida 13-14; 1 Noche 9; Dichos 118).

En cuanto a qué hacer en la oración semipasiva, santa Teresa enseña: «Es esta oración una pequeña centella que comienza el Señor a encender en el alma del verdadero amor suyo. Esta quietud y recogimiento y centellica es la que comienza a encender el gran fuego que echa llamas… Pues bien, lo que ha de hacer el alma en los tiempos de esta quietud se hará con suavidad y sin ruido (llamo ruido a andar con el entendimiento buscando muchas palabras y consideraciones). La voluntad entienda que éstos son unos leños grandes puestos sin discreción para ahogar esta centella. Haga algunos actos amorosos, sin admitir ruido del entendimiento buscando grandes cosas. Más hace aquí al caso unas pajitas puestas con humildad, que no mucha leña junta de razones muy doctas. Así que en estos tiempos de quietud dejar descansar el alma con su descanso, y quédense a un lado las letras [los estudios y discursos]. En fin, aquí no se ha de dejar del todo la oración mental, ni algunas palabras vocales (si quisieran alguna vez o pudieran, porque si la quietud es grande, se puede hablar, pero con mucha dificultad)» (V.15,4-9).

Adviértase que todavía aquí sólo la voluntad está cautiva en Dios por el amor, mientras que las otras facultades —entendimiento, memoria, imaginación— a veces se fugan. Quede, entonces, la voluntad en su quietud orante, «porque si las quiere recoger, ella y ellas se perderán» (V.14,2-3). La santa aconseja «que no se haga caso de la imaginación más que de un loco, sino dejarla con su tema» (17,7). Y lo mismo con el entendimiento, que «es un moledor» y que fácilmente anda «muy desbaratado» (15,6): «No haga más caso del entendimiento que de un loco, porque si lo tener, necesariamente se ha de ocupar e inquietar algo en ello. Y todo será trabajar sin ganancia, y perder [oración] que se la daría el Señor sin ningún trabajo suyo» (CV 31,8). «Vale más que deje el entendimiento, y no se vaya ella detrás de él; estése la voluntad gozando aquella gracia y recogida» (V.15,6).

Las oraciones pasivas

La verdadera oración cristiana es la oración mística pasiva, que es la que corresponde a los cristianos perfectos. Y a ella estamos todos llamados, pues todos estamos llamados a la perfección (Cf. Mt 5,48). 

El Espíritu Santo, que habita en nosotros, obra primero en nosotros, tanto en la oración como en la vida ordinaria, al modo humano; pero tiende con fuerza a obrar en nosotros al modo divino, que desborda nuestros límites humanos psicológicos, tanto en la oración como en la vida ordinaria. Es entonces cuando tanto en la oración como en la vida corriente la pasividad viene a ser la nota dominante: «Sin ningún [trabajo] nuestro obra el Señor aquí»; «no hago nada casi de mi parte, sino que entiendo claramente que el Señor es el que obra» (V.21,9.13).

Aquí ya el riego del campo del alma «lo riega el Señor con mucha lluvia, sin trabajo ninguno nuestro, y es sin comparación mucho mejor que todo lo que se ha dicho anteriormente» (11,7).

No es fácil describir la oración mística, «no se sabe decir, ni el entendimiento lo sabe entender ni las comparaciones pueden servir para declararlo, pues son muy bajas las cosas de la tierra para este fin» (5 M 1,1). San Juan de la Cruz dice que la unión mística del hombre con Dios es una «sabiduría secreta, que se comunica e infunde en el alma por el amor; lo cual ocurre secretamente a oscuras de la obra del entendimiento y de las demás potencias» (2 Noche 17,2). Por eso los místicos, para expresar la obra sobrenatural que el Espíritu Santo realiza en ellos al modo divino, se ven en la necesidad de recurrir a las analogías e imágenes poéticas.

Dios es el fuego que incendia al hombre, el madero, y lo hace llama. La unión mística es comparable al vino y el agua que se mezclan en forma inseparable. Es como el amor mutuo de una perfecta e íntima amistad. Más aún, la amistad conyugal del matrimonio es la más perfecta imagen para expresar la total unión de Dios y el hombre.

Es el mismo lenguaje de san Juan de la Cruz: «El Amado vive en el amante y el amante en el Amado. Y tal manera de semejanza hace el amor en la transformación de los amados, que se puede decir que cada uno es el otro y que ambos son uno» (Cántico 12,7).

La unión simple (noviazgo)

La oración mística de simple unión «aún no llega a desposorio espiritual, sino como cuando se han de desposar dos, se trata [de saber antes] si son conformes y que el uno y el otro se quieran» (5 M 4,4). «Estando el alma buscando a Dios, siente con un deleite grandísimo y suave casi desfallecer toda a manera de desmayo, le va faltando el aliento y todas las fuerzas corporales, de manera que si no es con mucha dificultad, no puede ni menear las manos; los ojos se le cierran sin querer, o si los tiene abiertos no ve casi nada. Oye, mas no entiende lo que oye. Hablar está de más, porque no atina a formar palabra, ni hay fuerza, si atinase, para poderla pronunciar» (V.18,10).

Aunque «se ocupan todos los sentidos en este gozo» y «es unión de todas las potencias, que aunque quiera alguna distraerse de Dios, no puede, y si puede, ya no es unión» (V.18,1), todavía aquí «la voluntad es la que mantiene la fijación en Dios, mas las otras dos potencias [entendimiento y memoria] pronto vuelven a importunar. Como la voluntad está quieta, las vuelve a suspender, y están otro poco de tiempo importunando, y vuelven a vivir. En esto se puede pasar algunas horas de oración» (18,13). En su forma plena, toda el alma absorta en Dios, no dura tanto: «media hora es mucho; yo nunca, a mi parecer, estuve tanto» (18,12; +5 M 1,9; 4,4). «Esta oración no hace daño por larga que sea», sino que relaja y fortalece al orante (18,11). La presencia divina es captada en el alma misma del orante en forma indudable (5 M 1,9), y también la omnipresencia maravillosa de Dios en las criaturas (V.18,15). San Juan de la Cruz lo expresa bien: Es aquí cuando «todas las criaturas descubren las bellezas de su ser, virtud y hermosura y gracias, y la raíz de su duración y vida. Y éste es el deleite grande: conocer por Dios las criaturas, y no por las criaturas a Dios; que es conocer los efectos por su causa, y no la causa por los efectos, que es conocimiento trasero, y el otro esencial» (Llama 4,5).

La unión extática (desposorios)

En vísperas ya del matrimonio espiritual, el orante se une con Dios en forma extática y con duración breve: «Veréis lo que hace Su Majestad para concluir este desposorio. Roba Dios toda el alma para sí [arrobamiento], como a cosa suya propia y ya esposa suya, y no quiere estorbo de nadie, ni de potencias ni de sentidos…, de manera que no parece que tiene alma. Esto dura poco espacio, porque quitándose esta gran suspensión un poco, parece que el cuerpo vuelve algo en sí y alienta para volverse a morir, y dar mayor vida al alma; y con todo, no dura mucho este gran éxtasis» (6 M 4,2. 9. 13). Los arrobamientos pueden tener formas internas diferentes, locuciones, visiones intelectuales o imaginarias (6 M 3-5,8-9), pero estos fenómenos no son de la sustancia misma de la contemplación mística, y no deben ser buscados (9,15s).

A veces el desfallecimiento no es místico, «sino alguna flaqueza natural, que puede ser en personas de flaca complexión» (4,9). Pero los éxtasis genuinos implican aún una mínima indisposición del hombre para la perfecta unión con Dios: «Nuestro natural es muy tímido y bajo para tan gran cosa» (4,2); por eso en la unión extática todavía el cuerpo desfallece. Y «la causa es —explica San Juan de la Cruz— porque semejantes mercedes no se pueden recibir mucho en la carne, porque el espíritu es levantado a comunicarse con el Espíritu divino que viene al alma, y así por fuerza ha de desamparar en alguna manera a la carne» (Cántico 13,4).

Hay en esta oración inmenso gozo, «grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay remedio de resistir» (V.20,3). Pero puede haber también un terrible sufrimiento, unas penas que parecen «ser de esta manera las que padecen en el purgatorio» (6 M 11,3). Estamos en la última Noche, en las últimas purificaciones pasivas del espíritu.

«Siente el alma una soledad extraña, porque criatura de toda la tierra no le hace compañía, antes todo la atormenta más; se ve como una persona colgada, que no asienta en cosa de la tierra, ni al cielo puede subir, abrasada con esta sed, y no puede llegar al agua» (6 M 11,5). «En este rigor es poco lo que dura; será, cuando más, tres o cuatro horas —a mi parecer—, porque si mucho durase, si no fuera por milagro, sería imposible sufrirlo la flaqueza natural» (11,8). «Quizá no serán todas las almas llevadas por este camino, aunque dudo mucho que vivan libres de trabajos de la tierra, de una manera u otra, las almas que a veces gozan tan de veras de las cosas del cielo» (1,3). Podrán ser penas interiores, calumnias, persecuciones, enfermedades, dudas angustiosas, sentimientos de reprobación y de ausencia de Dios (1,4. 7-9), trastornos psicológicos o lo que Dios permita.

En todo caso, «ningún remedio hay en esta tempestad, sino aguardar a la misericordia de Dios, que a deshora, con una palabra sola suya o una ocasión que acaso sucedió, lo quita todo tan de pronto que parece que no hubo nublado en aquella alma, según queda llena de sol y de mucho más consuelo» (1,10). San Ignacio de Loyola igualmente cuenta de sí que de la más honda desolación pasaba, por gracia de Dios, a la más dulce consolación «tan súbitamente, que parecía habérsele quitado la tristeza y desolación, como quien quita una capa de los hombros de uno» (Autobiografía 21).

También la humanidad de Cristo es aquí camino para llegar a estas alturas místicas, y el orante «no debe querer otro camino, aunque esté en la cumbre de la contemplación; por aquí va seguro» (V.22,7). Esta es, como lo explicó K. Rahner, la Eterna significación de la humanidad de Jesús para nuestra relación con Dios (Escritos de Teología III, Madrid, Taurus 1961, 47-59; +J. Alfaro, Cristo glorioso, Revelador del Padre, «Gregorianum» 39, 1958, 222-270).

La unión transformante (matrimonio)

Esta es la cumbre y plenitud de la oración cristiana, donde se consuma el matrimonio espiritual entre Dios y el hombre. Jesucristo, su humanidad sagrada, ha sido el camino para llegar a la sublime contemplación de la Trinidad divina. Esta contemplación perfecta, que produce una plena transformación del hombre en Dios, ya no ocasiona el desfallecimiento corporal del éxtasis. Y no se trata ya tampoco de una contemplación breve y transitoria, sino que es una oración mística permanente, en la cual el orante, en la oración o el trabajo, queda como templo consagrado, siempre consciente de la presencia de Dios.

Por Cristo. «La primera vez que Dios hace esta gracia, quiere Su Majestad mostrarse al alma por visión imaginaria de su sacratísima Humanidad, para que lo entienda bien y no esté ignorante de que recibe tan soberano don» (7 M 2,1).

A la Trinidad. En esta última Morada, «por visión intelectual, por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, las tres Personas, y por una comunicación admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad que las tres Personas son una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma por la vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria. Aquí se le comunican las tres Personas y le hablan, y le dan a entender aquellas palabras que dice el Evangelio que dijo el Señor que vendría Él y el Padre y el Espíritu Santo a morar con el alma que lo ama y guarda sus mandamientos. ¡Oh, válgame Dios, qué diferente cosa es oír estas palabras y creerlas, a entender por esta manera qué verdaderas son!» (1,7-8).

Sin éxtasis. Ya «se les quita esta gran flaqueza, que les causaba tanto trabajo, y antes no se les quitó. Quizá es que la ha fortalecido el Señor y ensanchado y habilitado; o pudo ser que [antes] quería dar a entender en público lo que hacía con estas almas en secreto» (7 M 3,12).

Presencia continua. «Cada día se asombra más esta alma, porque nunca más le parece [que las Personas divinas] se fueron de su lado, sino que notoriamente ve —de la manera que he dicho— que están en lo interior de su alma, en lo muy interior, en una cosa muy honda —que no se sabe decir cómo es, porque no hay palabras o estudios para expresarlo o explicarlo— siente en sí esta divina compañía» (1,8).

Unión transformante. El matrimonio espiritual, dice san Juan de la Cruz, «es mucho más sin comparación que el desposorio espiritual, porque es una transformación total en el Amado, en que se entregan ambas partes por total posesión de la una a la otra, con cierta consumación de unión de amor, en que está el alma hecha divina y Dios por participación cuanto se puede en esta vida» (Cántico 22,3).

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Los efectos de la oración mística pasiva son, ciertamente, muy notables. Crece inmensamente en el hombre la lucidez espiritual para ver a Dios, al mundo, para conocerse a sí mismo, y el tiempo pasado le parece vivido como en oscuridad y engaño: «Los sentidos y potencias en ninguna manera podían entender en mil años lo que aquí entienden en brevísimo tiempo» (5 M 4,4; +6 M 5,10). Nace en el corazón una gran ternura de amor al Señor, y aquella centellica que se encendió en la oración de quietud, se hace ahora un fuego abrasador (V.15,4-9; 19,1). El Señor le concede al cristiano un ánimo heroico y eficaz para toda obra buena (19,2; 20,23; 21,5; 6 M 4,15) y una potencia apostólica de sorprendentes efectos (V.21,13; +18,4). Y al mismo tiempo que Dios muestra su santo rostro al hombre, le muestra sus pecados, no sólo «las telarañas del alma y las faltas grandes, sino hasta un polvito de imperfección que haya» (20,28), y lo conforta en una determinación firmísima de no pecar, «ni hacer una imperfección, si pudiese» (6 M 6,3). En todo lo cual vemos que si la contemplación de Dios exige santidad («los limpios de corazón verán a Dios», Mt 5,8), también es verdad que la contemplación mística produce una gran santidad («contempladlo y quedaréis radiantes», Sal 33,6).

A estas alturas, al alma le queda en una gran paz (7 M 2,13), «y así nada le preocupa de todo lo que pueda suceder, sino que tiene un extraño olvido», aunque por supuesto, puede «hacer todo lo que está obligado conforme a su estado» (3,1). Siente la persona «un desasimiento grande de todo y un deseo de estar siempre o a solas [con Dios] u ocupados en cosa que sea provecho de alguna alma. No hay sequedades ni trabajos interiores, sino una memoria y ternura con nuestro Señor, que no querría estar sino dándole alabanzas» (3,7-8). A estas almas «no les falta cruz, salvo que no les inquieta ni les hace perder la paz» (3,15). El mundo entero le parece al místico una farsa de locos, pues él lo ve todo como «al revés» de como lo ven los mundanos o lo veía él antes. Y así, se duele de pensar en su vida antigua, que «ve que es grandísima mentira, y que todos andamos en ella» (V.20,26); «ríese de sí, del tiempo en que tenía algún gusto por el dinero y codicia de ellos» (20,27), y «no hay ya quien viva, viendo el gran engaño en que andamos y la ceguedad que tenemos» (21,4). ¡Oh, qué felicidad haber descubierto la auténtica verdad!

Adaptado de:

Fundación Gratis Date:

http://www.gratisdate.org/fr-textos.htm

Resumen (inverso):

Perfectos

(Oraciones

pasivas)

Unión transformante

 

Unión extática

Unión simple

Aprovechados

(Oraciones

semipasivas)

 

 

Sueño de las potencias

Oración de quietud

Recogimiento pasivo

Principiantes

(Oraciones

activas)

 

 

Oración de simplicidad

Oración de meditación

Oración espontánea de muchas palabras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


[1] Entre los místicos, se denomina “sentido” tanto a los llamados sentidos inferiores (vista, oído, olfato, gusto, tacto, placer, dolor…), como a los sentidos superiores (el entendimiento o inteligencia, la memoria, la voluntad, las sensaciones, los sentimientos, la imaginación, la fantasía, las pasiones, los vicios, etc.)

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